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Title: Promesas almibaradas (1859)
Description: Editorial de Marx para el New-York Daily Tribune sobre la circular y el mensaje con que Luis Napoleón proclama su desinterés en Italia: el hombre que destruyó la libertad francesa en nombre del odio a la anarquía bien puede invocarlo para acabar con la independencia italiana.
Author: Karl Marx
Date: 1859-05-06
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1859%20Promesas%20almibaradas
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*Escrito en inglés por Karl Marx hacia el 6 de mayo de 1859 y publicado como editorial en el* New-York Daily Tribune*, núm. 5639, del 18 de mayo de 1859. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 320-322), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen algunas erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1859%20Honigs%C3%BC%C3%9Fe%20Versicherungen).*

La circular del 27 de abril que Luis Napoleón ha hecho llegar por medio de sus representantes diplomáticos a todos los Gobiernos de Europa y su mensaje al Cuerpo Legislativo del 3 de mayo prueban que el emperador es plenamente consciente de la desconfianza con que en todas partes se acogen sus motivos y los verdaderos fines de su intromisión en los asuntos italianos, y que se esfuerza con empeño por disiparla. En la circular intenta demostrar que siempre ha llevado a cabo esa intervención de acuerdo con Inglaterra, Prusia y Rusia, y afirma que esas potencias están tan descontentas como él con la situación de Italia, tan convencidas como él de los peligros que nacen del descontento y la agitación secreta que allí reinan, y tan decididas como él a adelantarse con prudente previsión a una crisis inevitable. Pero cuando, como prueba, invoca la misión de lord Cowley en Viena, la propuesta rusa de un congreso y el apoyo de Prusia a esos pasos, parece olvidar que esas acciones no tenían a Italia como objeto principal, sino que las desencadenó y las determinó la amenazadora discordia entre Austria y Francia, frente a la cual el descontento y la agitación italianos quedaban reducidos a la insignificancia.

Solo cuando Napoleón mostró de repente un interés insólito por los asuntos italianos adquirió la cuestión italiana una importancia urgente a los ojos de las demás potencias de Europa. Aunque Austria ha sido la primera en romper las hostilidades, el hecho es que no habría habido motivo para romperlas si Cerdeña no se hubiera visto alentada por Napoleón, sin que en ello tomaran parte ni Prusia ni Inglaterra, y no hubiera dado en consecuencia los pasos correspondientes. No es, pues, en absoluto cierto que Francia se limitara a ofrecer a las demás potencias su cooperación para un arreglo pacífico de las cuestiones litigiosas entre Austria y Cerdeña; es un hecho incontrovertible que las demás potencias solo se sintieron movidas a mostrar mayor interés por ellas cuando Francia tomó una parte considerable en esa disputa y, por tanto, esta dejó de ser para ellas una cuestión italiana para convertirse en una cuestión europea. El hecho mismo de que solo Francia se sintiera movida a proteger a Cerdeña contra el ataque austriaco contradice la afirmación de que obra de acuerdo con las demás potencias en los asuntos italianos. Tanto en esta circular como en su mensaje al Cuerpo Legislativo, el emperador francés niega con gran celo toda ambición personal, todo afán de conquista, todo deseo de afianzar la influencia francesa en Italia. Quiere hacer creer que solo se esfuerza por conseguir la independencia italiana y restablecer el equilibrio de poder perturbado por la preponderancia de Austria. Quienes recuerden las garantías que dio el emperador y los juramentos que prestó como presidente de la República Francesa[^1] difícilmente estarán dispuestos a conceder confianza incondicional a sus meras declaraciones; e incluso estos esfuerzos suyos por calmar los temores y disipar las sospechas de Europa contienen alusiones muy apropiadas para producir el efecto contrario.

Nadie puede dudar de que Luis Napoleón desea sinceramente en este momento impedir toda intromisión de Inglaterra o de Alemania en su guerra con Austria; pero eso no prueba en modo alguno que no se proponga otra cosa que un arreglo de los asuntos italianos. Suponiendo que aspire al predominio en Europa, preferiría naturalmente combatir a las distintas potencias por separado. Se extraña de la agitación de algunos Estados alemanes, aunque esa agitación la provocan las mismas causas con las que intenta explicar su propia prisa por acudir en ayuda de Cerdeña.

Si Francia tiene una frontera común con Cerdeña y está unida a ella por viejos recuerdos, por un origen común y por la alianza recientemente concluida, el parentesco entre Alemania y Austria es el mismo, o aún más estrecho; y si Napoleón no quiere esperar a encontrarse él mismo ante un hecho consumado, el triunfo de Austria sobre Cerdeña, tampoco los alemanes están dispuestos a esperar al hecho consumado de un triunfo de Francia sobre Austria. Que Luis Napoleón aspira a humillar a Austria, en particular expulsándola de Italia, no lo niega. Lo que niega es querer conquistar territorio italiano o ganar influencia sobre él, y declara que el fin de la guerra es devolver Italia a sí misma, y no imponerle un mero cambio de amo. Pero supongamos, cosa muy probable, que los Gobiernos italianos cuya independencia frente a Austria se trata de defender se vieran acosados por aquellos a quienes Luis Napoleón llama «los amigos del desorden» y «los incorregibles partidarios de los viejos partidos». ¿Qué pasaría entonces?

> «Francia», dice Luis Napoleón, «ha mostrado su odio a la anarquía.»

Asegura que precisamente a ese odio a la anarquía debe su poder actual. En ese odio a la anarquía vio su autorización para disolver la Cámara republicana, romper sus propios juramentos, derribar por la fuerza militar el Gobierno republicano, aniquilar por completo la libertad de prensa y desterrar o mandar a Cayena a todos los adversarios de su tiranía personal. ¿No podría la represión de la anarquía servir igual de bien a sus intereses en Italia? Si «la represión de los amigos del desorden y de los incorregibles partidarios de los viejos partidos» justificó la destrucción de la libertad francesa, ¿no podría servir igual de bien de pretexto para derribar la independencia italiana?

[^1]: Al tomar posesión como presidente de la Segunda República, en diciembre de 1848, Luis Napoleón Bonaparte juró fidelidad a la Constitución republicana, que violó con el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851.
