---
Title: Quid pro quo (1859)
Description: Serie de cuatro artículos de Marx en el semanario londinense Das Volk sobre la diplomacia prusiana durante la guerra de Italia, según el libro azul publicado en Berlín: la comedia de la «mediación armada», la misión de Willisen en Viena y el intercambio de notas con Austria, Inglaterra y Rusia, con el que Prusia quiso arrancar la hegemonía en Alemania y acabó en el papel del león de Shakespeare que pide perdón por serlo.
Author: Karl Marx
Date: 1859-07-30
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1859%20Quid%20pro%20quo
---


*Escrito por Karl Marx en alemán y publicado en cuatro artículos en* Das Volk *(Londres), núm. 13, del 30 de julio, núm. 14, del 6 de agosto, núm. 15, del 13 de agosto, y núm. 16, del 20 de agosto de 1859. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 450-467), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen algunas erratas de la edición digital de la MEW; donde esta dice «funciones ruso-inglesas» leemos «ficciones». Las palabras inglesas y francesas que Marx deja en su lengua se dan en cursiva y se traducen en nota. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1859%20Quid%20pro%20Quo).*

## I

[*Das Volk*, núm. 13, del 30 de julio de 1859]

El general Clausewitz, en un escrito sobre la campaña austro-francesa de 1799, observa que Austria sucumbió tantas veces porque el planteamiento de sus batallas, tanto estratégico como táctico, no estaba calculado para conseguir de verdad la victoria, sino más bien para explotar la victoria anticipada. Envolver al enemigo por las dos alas, cercarlo, dispersar el propio ejército hacia los puntos más alejados para cerrar todos los escondrijos al enemigo derrotado en la imaginación: estas y otras medidas parecidas para explotar la victoria fantástica eran cada vez los medios más prácticos para asegurar la derrota. Lo que vale para el arte de la guerra de Austria vale para la diplomacia de Prusia.

Prusia se había propuesto sin duda representar un gran papel con pequeños costes de producción. Cierto instinto le decía que el momento era propicio para que las medianías se hincharan. La Francia de los tratados de Viena, la Francia de Luis Felipe, había sido rebautizada por simple decreto de reino en imperio sin que se moviera un solo mojón en Europa. En lugar de la campaña de Italia de 1796 y de la expedición a Egipto, habían bastado la fundación de la Sociedad del 10 de Diciembre, esa banda de granujas, y la revista de las salchichas en Satory[^1] para parodiar el 18 Brumario con el 2 de Diciembre. Prusia sabía que la ilusión de los campesinos franceses sobre la resurrección del Napoleón auténtico no la compartían del todo las grandes potencias. Se había convenido tácitamente que el aventurero que tenía que *hacer* de Napoleón en Francia asumía un papel peligroso y podía, por tanto, volverse peligroso en cualquier momento para la Europa oficial. Francia solo podía soportar el imperio de bisutería de Birmingham[^2] a condición de que Europa pareciera creer en la farsa. Había, pues, que facilitarle su papel al comediante y asegurarle una buena *claque* en el patio de butacas y en el gallinero. Cada vez que la situación interior de Francia se hacía insostenible (y dos años parecen ser el máximo del período de rotación del imperio rococó sobre su propio eje), había que permitir al antiguo prisionero de Ham una aventura exterior. La parodia de algún artículo del programa napoleónico, ejecutable más allá de la frontera francesa, pasaba entonces al orden del día de Europa. Al hijo de Hortensia[^3] se le permitía hacer la guerra, pero solo con el lema de Luis Felipe: *La France est assez riche pour payer sa gloire*.[^4] El viejo rey de Prusia, el hombre de la cabeza descabezada,[^5] dijo una vez que *su* Prusia se distinguía de la Prusia de Federico el Grande en que esta se hallaba en oposición abstracta al cristianismo, mientras que la suya había superado la época de tránsito de la Ilustración insulsa y había penetrado hasta la comprensión íntima y profunda de la revelación. Del mismo modo, el viejo Napoleón se aferraba al prejuicio chatamente racionalista de que una guerra solo es favorable a Francia si el extranjero carga con los gastos y Francia recoge los ingresos de la guerra. Su melodramático *remplaçant*,[^6] en cambio, ha penetrado hasta la profunda idea de que Francia tiene que pagar ella misma su gloria guerrera, de que respetar sus viejas fronteras es una ley natural y de que todas sus guerras tienen que estar «localizadas», es decir, moverse dentro del estrecho margen que Europa se digna asignarle cada vez para representar su papel. Sus guerras no son, por tanto, en realidad más que sangrías periódicas de Francia, que la enriquecen con una nueva deuda pública y le birlan un viejo ejército. Después de cada una de estas guerras surgen, sin embargo, ciertos inconvenientes. Francia está de mal humor; pero Europa hace al principio todo lo posible por quitarle las manías a la *belle France*.[^7] Hace de Barnum[^8] del *Dutchfish*.[^9] Tras la guerra rusa, ¿no se le cubrió con todos los atributos teatrales del árbitro de Europa? ¿No viajaba el barón von Seebach de Dresde a París y de París a Dresde? ¿No le hacían la corte Orlov, el envenenador, y Brunnow, el falsario?[^10] ¿No creían en su omnipotencia el príncipe de Montenegro y Jacobus Venedey?[^11] ¿No se le permitió imponer las exigencias de Rusia bajo la razón social de deslealtades contra Inglaterra? La paz rusa, que Palmerston había sellado con la traición de Kars y la magnitud negativa de su propio general Williams,[^12] ¿no la denunció el *Times* como una traición de Bonaparte a Inglaterra? ¿No brilló así a la luz de la cabeza más astuta de Europa? ¿No había ocupado durante la guerra todas las capitales, si no del mundo moderno, sí del mundo antiguo, y su bondadosa evacuación de los Dardanelos no apuntaba a planes más profundos? El viejo Napoleón echaba mano de lo que tenía más cerca. La aparente resignación del Napoleón reeditado apunta a una insondabilidad maquiavélica. Si rechazaba lo bueno era solo porque aspiraba a lo mejor. Por último, el tratado de paz de París, ¿no fue coronado con un *avis* de Europa a los periodistas antibonapartistas de Bélgica, ese Estado gigante?[^13]

Entretanto, los dos años normales de rotación de la Francia seudonapoleónica iban pasando. Los representantes oficiales de Europa creían haber hecho por el momento bastante por la grandeza del hombre. Se le permitió navegar hacia China en el séquito de los ingleses e instalar al coronel Cuza en los Principados del Danubio por encargo de los rusos.[^14] Pero en cuanto se confundían, aunque solo fuera a modo de ensayo, las delicadas líneas fronterizas entre el héroe y el payaso que representa al héroe, Luis Napoleón se veía devuelto con escarnio al terreno asignado. Su intriga contra los Estados Unidos de Norteamérica, su intento de restablecer la trata de esclavos,[^15] sus amenazas melodramáticas contra Inglaterra, su manifestación antirrusa a favor del canal de Suez, que tuvo que asumir por encargo de Rusia para justificar ante John Bull la oposición rusa de Palmerston al proyecto: todo eso reventó. Solo frente al pequeño Portugal se le permitió alzar la voz,[^16] para poner en el debido relieve lo poco que alzaba la voz frente a las grandes potencias. La propia Bélgica empezó a fortificarse, y hasta Suiza declamaba el Guillermo Tell. A las potencias oficiales de Europa les había ocurrido, evidentemente, lo que tantas veces extravió a los investigadores de la astronomía en épocas pasadas: un cálculo equivocado del período de rotación.

Entretanto habían transcurrido los dos años de rotación del *lesser Empire*.[^17] Durante la primera rotación, de 1852 a 1854, se había producido una descomposición silenciosa, que se olía pero no se oía. La guerra rusa fue su *safety valve*.[^18] No así durante el turno de 1856 a 1858. La evolución interior de Francia había devuelto al seudo-Bonaparte al momento del golpe de Estado. Las granadas de Orsini[^19] habían relampagueado. El desdichado pretendiente de miss Coutts[^20] tuvo que abdicar ante sus generales. Francia, acontecimiento inaudito, fue dividida a la usanza española en cinco capitanías generales,[^21] operación que se llevó a cabo bajo la estrella de Eugenia, aquejada de timpanitis. La creación de una regencia transfirió de hecho el poder del Quasimodo imperial a Pélissier, el orleanista asador de carne humana árabe.[^22] Pero la *terreur*[^23] renovada no infundió terror. En lugar de temible, el sobrino holandés de la batalla de Austerlitz resultó grotesco. *N'est pas monstre qui veut*.[^24] Montalembert pudo hacer de Hampden en París, y Proudhon proclamaba en Bruselas el luisfelipismo con un *acte additionnel*.[^25] La sublevación de Chalon[^26] demostró que el propio ejército veía en el imperio restaurado una pantomima cuya escena final se acercaba.

Luis Bonaparte había vuelto a llegar al punto fatal en que la Europa oficial tenía que comprender que el peligro de la revolución solo podía conjurarse con la parodia de un nuevo artículo del viejo programa napoleónico. La parodia había empezado por el final de Napoleón, la campaña de Rusia. ¿Por qué no continuarla con el comienzo de Napoleón, la campaña de Italia? De todos los personajes europeos, Austria era el menos *grato*. Prusia tiene que vengarse de ella por el congreso de Varsovia, la batalla de Bronzell y la marcha al mar del Norte.[^27] Palmerston había acreditado desde siempre sus afanes civilizadores con el odio a Austria. Rusia veía con espanto que Austria anunciaba que su banco reanudaría los pagos en metálico. Cuando en 1846, por primera vez desde tiempos inmemoriales, el tesoro de Austria no presentó déficit, Rusia había dado la señal para la revolución de Cracovia.[^28] Por último, Austria era la *bête noire*[^29] de la Europa liberal. La segunda campaña anfiteatral de Atila de Luis Bonaparte tenía, pues, que dirigirse contra Austria, en las condiciones conocidas: sin indemnización de guerra, sin ampliación de las fronteras francesas, una guerra «localizada» dentro de los límites de la sana razón, es decir, dentro del terreno necesario para una segunda sangría gloriosa de Francia.

En estas circunstancias, ya que de todos modos se estaba representando una comedia, Prusia creyó que también para ella había llegado el momento de representar un gran papel, con la venia de la autoridad y con un buen seguro. La paz de Villafranca la ha puesto en la picota como incauta ante toda Europa. Dado su gran progreso en el constitucionalismo, un progreso demostrable en la progresión geométrica de su deuda pública, ha creído conveniente tapar la herida con un *blue book of its own make*.[^30] En un artículo escucharemos su apología.

## II

[*Das Volk*, núm. 14, del 6 de agosto de 1859]

Si la Prusia de la regencia[^31] habla como escribe, se explica fácilmente su talento, acreditado de nuevo en la comedia de las equivocaciones europea, no solo para entender mal, sino también para que la entiendan mal. Tiene en esto cierto parecido con Falstaff, que no solo era ingenioso él mismo, sino causa de ingenio en los demás.[^32]

El 14 de abril llegó a Berlín el archiduque Alberto,[^33] que se quedó allí hasta el 20 de abril. Tenía que comunicar al regente un secreto y hacerle una propuesta. El secreto era el inminente ultimátum austriaco a Víctor Manuel. La propuesta consistía en una guerra del Rin. El archiduque Alberto operaría con 260.000 austriacos y el cuerpo federal de Alemania del sur al otro lado del alto Rin, mientras que los cuerpos prusianos y de Alemania del norte formarían, bajo mando supremo prusiano, un ejército del norte en el Rin. En lugar de un «general federal», Francisco José y el príncipe regente decidirían conjuntamente desde un mismo cuartel general.

Prusia, con contenida indignación, no solo rechazó en el acto el plan de guerra, sino que «hizo al archiduque Alberto las más apremiantes observaciones contra el procedimiento *brusco* del ultimátum».

Cuando Prusia pone en juego la *donkeypower*[^34] (como es sabido, en las grandes máquinas se calcula por *horsepowers*) de su locuaz astucia, nadie puede resistirse, y menos que nadie un austriaco. El regente y sus cuatro satélites, Schleinitz, Auerswald, Bonin y el señor doctor Zabel,[^35] estaban «convencidos» de que habían «convencido» a Austria.

> «Cuando el archiduque Alberto», dice una declaración prusiana semioficial, «salió de Berlín el 20 de abril, se *creyó* aplazado el atrevido plan del momento... Pero, *alas!*,[^36] pocas horas después de su partida el telégrafo anunció desde Viena el *envío del ultimátum*».

Estallada la guerra, Prusia se negó a declarar su *neutralidad*. Schleinitz nos revela el secreto de esta heroica resolución en un «*Despacho a las misiones prusianas en las cortes alemanas, Berlín, 24 de junio*».

> «Prusia», susurra, «no ha abandonado nunca su posición de *potencia intermediaria*» (en otro despacho dice *potencia mediadora*). «Al contrario, desde que estalló la guerra, su *empeño principal* ha sido preservar esta *posición negándose a dar seguridades de su neutralidad*, manteniéndose lejos de todo compromiso en *todas* direcciones y quedando *así* completamente libre de prejuicios y *libre* para la *acción mediadora*».

En otras palabras: Austria y Francia, las partes en litigio, se agotarán en la guerra, «localizada» por el momento en la arena de Italia, mientras Inglaterra, como neutral (!), se queda lejos, al fondo. Los neutrales se han paralizado a sí mismos, y los combatientes tienen las manos atadas porque necesitan los puños. Entre los unos y los otros flota Prusia, «completamente libre de prejuicios y libre», un *deus ex machina* euripideo. El mediador siempre ha salido ganando frente a los extremos. Cristo ha llegado más lejos que Jehová, san Pedro más lejos que Cristo, el cura más lejos que los santos, y Prusia, la mediadora armada, llegará más lejos que los contendientes y los neutrales. Tienen que producirse eventualidades en que Rusia e Inglaterra den la señal para el final de la comedia. Entonces le meterán a escondidas a Prusia sus instrucciones secretas en el bolsillo por detrás, mientras ella se pone por delante la máscara de Breno.[^37] Francia no sabrá si Prusia media a favor de Austria; Austria no sabrá si media a favor de Francia; ninguna de las dos sabrá si Prusia no media contra ambas a favor de Rusia e Inglaterra. Tendrá derecho a exigir confianza de «todas partes» y a infundir desconfianza en todas direcciones. Su falta de ataduras atará a todos. Además, si Prusia se declaraba neutral, no podía impedirse que Baviera y otros miembros de la Confederación tomaran partido por Austria. Como mediadora armada, en cambio, con las grandes potencias neutrales cubriéndole los flancos y la retaguardia, y con la imagen nebulosa de su siempre amenazadora gran hazaña «alemana» en perspectiva, podía esperar, mientras se perdía en pasos tan misteriosos como pausados hacia la salvación de Austria, escamotear entretanto a descuento la hegemonía en Alemania. Como portavoz de Inglaterra y de Rusia podía imponerse a la Confederación Germánica; como apaciguadora de la Confederación Germánica, insinuarse ante Inglaterra y Rusia.

¡No solo gran potencia alemana, sino gran potencia europea, y además «potencia mediadora», y encima tirano de la Confederación! Ya se verá en el curso de los acontecimientos cómo Schleinitz se va enviscando más y más en esta línea de pensamiento tan astuta como sublime. La que hasta ahora era la quinta rueda del carro del Estado europeo, la gran potencia *by courtesy*,[^38] el personaje europeo *on sufferance*:[^39] ¡este mismo prusiano, encargado ahora de la grandiosa posición del *quos ego*![^40] Y no porque desenvaine la espada, sino porque se limita a echarse el fusil al hombro, sin derramar otra cosa que las lágrimas del regente y la tinta de sus satélites. Que la gloria, aunque solo fuera la del «Mediador» de *Las afinidades electivas* de Goethe,[^41] siguiera siendo inalcanzable, no fue en verdad culpa de Prusia.

Prusia comprendió que en el primer acto había que fruncirle el ceño a Austria, mantener alejada la más leve sospecha de Luis Bonaparte y, sobre todo, recomendarse con buena conducta ante Rusia e Inglaterra.

> «Alcanzar este objetivo, tan importante para nuestro propio interés», confiesa Schleinitz en el despacho ya citado, «*no era fácil*, dada la agitación que reinaba en muchos Estados alemanes. Apenas necesitamos recordar, además, que la orientación de nuestra política se apartaba en esto de la de un gran número de gobiernos alemanes, y que sobre todo Austria no estaba de acuerdo con ella».

Pese a todas estas dificultades, Prusia hizo con éxito de gendarme de la Confederación Germánica. De finales de abril a finales de mayo desplegó su acción mediadora obligando a sus confederados a la inactividad.

> «Nuestros esfuerzos», dice Schleinitz eufemísticamente, «se dirigieron *ante todo* a prevenir que la Confederación se viera envuelta *prematuramente* en la guerra».

Al mismo tiempo, el gabinete de Berlín abrió las compuertas de la prensa liberal, que le soltó al buen burgués, negro sobre blanco, que si Bonaparte marchaba sobre Italia era solo para liberar a Alemania de Austria y fundar la unidad alemana bajo el héroe que pertenece sin duda a la nación, puesto que ya una vez fue declarado «propiedad nacional».[^42]

Lo que dificultaba un tanto la operación de Prusia era que tenía la vocación de mediar «a su debido tiempo», pero mediar «armada». Mientras tenía que acallar las ganas de guerra, tenía que llamar al mismo tiempo a las armas. Mientras repartía las armas, tenía que prevenir contra su uso:

No juegues con el arma de fuego, que siente como tú el dolor.[^43]

> «Pero si al mismo tiempo», dice Schleinitz, «tomábamos todas las medidas encaminadas a asegurar a Alemania, situada en medio de las dos grandes potencias beligerantes, y si los órganos de la Confederación, con nuestra colaboración, tomaban sin cesar disposiciones defensivas, nos surgía el *nuevo deber* de velar por que estas disposiciones no se convirtieran de repente en medios de ataque, comprometiendo seriamente con ello la posición de la Confederación y *la nuestra propia*».

Pero la «potencia mediadora», como se comprende, no podía avanzar siempre en la misma dirección de un modo unilateral. Aparecieron además síntomas peligrosos.

> «Había», dice Schleinitz, «para gran pesar nuestro, indicios de que se proyectaban acuerdos particulares en un sentido distinto del de nuestra política, y la gravedad de la situación tenía que hacer *temer* por nuestra parte que con ello fuera ganando terreno, involuntariamente, la tendencia a disolver los vínculos de la Confederación».

Para prevenir estos «inconvenientes» y empezar el segundo acto de la «mediación» tuvo lugar la misión del general Willisen en Viena.[^44] Sus resultados constan en el despacho de Schleinitz fechado en Berlín el 14 de junio y dirigido a Werther, el embajador prusiano en Viena. Mientras Schleinitz solo escribe a los confederados alemanes, usa el conocido estilo de consejero de gobierno prusiano *in ordinary*.[^45] Cuando escribe a las grandes potencias extranjeras, lo hace por fortuna en una lengua que no conoce. ¡Pero sus despachos a Austria! Tenias de frases de una vara de largo, lavadas con el jabón verde de los buenos sentimientos del gothaísmo,[^46] espolvoreadas con la arenilla seca de cancillería de la Uckermark[^47] y medio ahogadas en torrentes de pérfido *treacle*[^48] berlinés.

## III

[*Das Volk*, núm. 15, del 13 de agosto de 1859]

Si analizamos con algún detalle una parte del libro azul de Berlín, que tiene ya tres semanas, no es por capricho de anticuario ni por interés en la historia de Brandeburgo. Se trata, al contrario, de documentos que en este momento los liberales y demócratas alemanes pregonan como pruebas de la vocación imperial futura de Prusia.

El último despacho de Schleinitz al general Willisen llegó a Viena el 27 de mayo. Los despachos de Werther a Schleinitz sobre la acogida que dio a Willisen el gabinete imperial son del 29 y del 31 de mayo. Quedan sin respuesta durante medio mes. Para encubrir todas las contradicciones entre la «misión» original y su «interpretación» posterior, en el libro azul prusiano se han suprimido tanto los despachos de Schleinitz a Willisen como los de Werther a Schleinitz, exactamente igual que todas las negociaciones entre el príncipe regente y Boustrapa.[^49] Rechberg, el ministro austriaco de Asuntos Exteriores,[^50] no podía establecer de ningún modo el *texto original*, porque Willisen y Werther no debían comunicarle los despachos prusianos en copia, sino solo *leérselos* de viva voz. Ya se comprende la situación de un ministro que no puede leer, sino que tiene que oír, una construcción como la siguiente:

> «Guiado por el deseo», dice Schleinitz, «de que reinara plena claridad en un asunto tan importante, había procurado en mi escrito dirigido al general von Willisen señalar nuestro punto de vista con plena precisión, tanto en lo relativo a lo que nos proponemos hacer por nuestra parte en determinadas circunstancias como en lo relativo a los supuestos en que tiene que basarse necesariamente la acción que hemos previsto».

Antes de ponerse a dar una interpretación oficial de la misión de Willisen en Viena, Schleinitz había dejado, con prudencia característica, que los acontecimientos desfilaran ante él. El ejército austriaco había perdido la batalla de Magenta, había evacuado todas las fortalezas lombardas y estaba en plena retirada detrás del Chiese. La circular de Gorchakov[^51] a los pequeños Estados alemanes, en la que, bajo amenaza del knut, les imponía a gritos una estricta neutralidad, había llegado a la prensa. Derby, sospechoso de secretas simpatías por Austria, dimitió en manos de Palmerston. Por fin, el 14 de junio (la fecha del despacho de Schleinitz a Werther), el *Preussischer Staats-Anzeiger* publicó un decreto de movilización de seis cuerpos de ejército prusianos. ¡La misión de Willisen en Viena, seguida de esta movilización! Toda Alemania estaba llena de la heroica prudencia y del prudente heroísmo de Prusia.

Vayamos por fin al despacho de Schleinitz al embajador prusiano en Viena. De boca del regente habían salido «palabras magnánimas». Willisen, además, había anunciado como un oráculo «las intenciones más leales», «los planes más desinteresados» y «la confianza más confiada», y el conde Rechberg había expresado «su conformidad con el punto de vista que hemos adoptado»; pero ese mismo Rechberg, un Sócrates vienés, deseaba bajar por fin el debate del cielo de las frases a la tierra, prosaica y llana. Concedía «especial valor» a «ver formuladas» las «intenciones» prusianas. Así pues, Prusia, por la pluma de Schleinitz, se dispone a dar «precisión» a la «intención» de la «misión» de Willisen. Resume, por tanto, «en lo que sigue las intenciones que dimos a conocer en el *intercambio de ideas* habido en Viena», resumen que reproducimos en resumen. El chiste de la misión de Willisen era este: Prusia tenía «intenciones firmes bajo un supuesto expreso». Schleinitz habría hecho mejor en decir que Prusia tenía intenciones escurridizas bajo un supuesto firme. El *supuesto* era que Austria dejara a Prusia la iniciativa en la Confederación Germánica y renunciara a tratados separados con las cortes alemanas; en suma, que concediera temporalmente a Prusia la hegemonía en Alemania; la *intención*, asegurar las «posesiones territoriales italianas» de Austria, «basadas en los tratados de 1815», y «procurar la paz sobre esta base». Las relaciones de Austria con los demás Estados italianos y «las relaciones de estos últimos» las consideraba Prusia una «cuestión abierta». Si las «posesiones italianas» de Austria «se vieran seriamente amenazadas», Prusia «intentaría una mediación armada» y

> «según el éxito de esta, para alcanzar el objetivo fijado más arriba, seguiría actuando como lo exijan sus deberes de potencia europea y la alta vocación de la nación alemana».

«Está», dice el desinteresado Schleinitz, «en nuestro propio interés no intervenir *demasiado tarde*. Pero la *elección del momento*, tanto para la mediación como para la acción ulterior de Prusia que la siga, tiene que quedar reservada *a la libre apreciación de la corte real*».

Schleinitz afirma, primero, que Rechberg califica este «intercambio de ideas» transmitido por Willisen de «intercambio de sentimientos»; segundo, que las intenciones y supuestos de Prusia «contaban con el asentimiento de la corte imperial», y tercero, que Rechberg, enemigo al parecer del pensamiento puro, quería transformar el «intercambio de ideas» en un «intercambio de notas», ver «documentada por escrito la conformidad de ambos gabinetes», en suma, ver «constatados» negro sobre blanco el «supuesto» prusiano y la «intención» prusiana. Aquí se subleva la noble conciencia de Schleinitz. ¿Qué pretende la exigencia de Rechberg? En realidad, la conversión de nuestros «*más secretos pensamientos políticos, abiertos en confianza*, en seguridades vinculantes». ¡Schleinitz hace verdaderos ejercicios de pensamiento político secreto, y Rechberg quiere atar la idea inaccesible en notas profanas! *Quelle horreur*[^52] para un pensador berlinés. Además, tal intercambio de notas equivaldría a una «garantía» de las posesiones austro-italianas. ¡Como si Prusia quisiera garantizar algo! Encima, el intercambio de ideas convertido sacrílegamente en intercambio de notas podría «interpretarse en el acto, y *lógicamente*, por parte francesa y rusa como un *engagement formel*[^53] y como entrada en la guerra». ¡Como si Prusia pensara alguna vez entrar en una guerra o quisiera comprometerse en ninguna dirección, y menos aún en la francesa y la rusa! Pero, por último, y esto es lo principal, tal intercambio de notas «haría evidentemente irrealizable el intento de mediación proyectado». Austria tiene que comprender que no se trata de sus posesiones italianas, ni de los tratados de 1815, ni de la usurpación francesa, ni del dominio mundial ruso, ni en general de intereses profanos, sino que las turbulencias europeas solo se han provocado para improvisar la nueva y sublime «posición» de Prusia como «potencia mediadora». El granuja de Shakespeare que despierta convertido en lord después de haberse dormido como calderero[^54] no habla de un modo más conmovedor que Schleinitz cuando le asalta la idea fija de la vocación de Prusia como «potencia mediadora armada» de Europa. Como picado por la tarántula, lo aguijonea y lo acosa la *uneasy conviction, that he ought to act up to his newborn sublimity of character*.[^55]

La «confianza» con que Schleinitz le susurra al oído a Rechberg la idea fija de la vocación de Prusia como potencia mediadora le permite, según dice, «esperar encontrar en la corte imperial una confianza correspondiente a la nuestra». Rechberg, por su parte, pide copia de esta curiosa nota de Schleinitz. Para documentar la confianza prusiana, Werther declara que, «conforme a sus instrucciones», está autorizado a leer la nota de viva voz, pero de ningún modo a entregar el *corpus delicti*. Rechberg pide entonces que Werther lo acompañe a Verona a ver a Francisco José, para que este «adquiera, al menos de palabra, un conocimiento exacto y completo de las opiniones de Prusia». La confianza prusiana se resiste también a esta pretensión, y Rechberg observa con irónica resignación que, si «en su respuesta quizá no puede seguir con total exactitud todos los desarrollos del despacho de Berlín», ello se debe a que solo conoce de oídas las construcciones de Schleinitz.

La respuesta de Rechberg, dirigida a Koller, el embajador austriaco en Berlín, está fechada en Verona el 22 de junio. Hace dudar de la concordancia entre la misión de Willisen, a finales de mayo, y la interpretación berlinesa de esa misión, a mediados de junio.

> «Después de mis conversaciones anteriores con él» (Werther) «y con el general von Willisen», dice Rechberg, «no había creído que el gabinete de Berlín persistiera todavía ahora en tan gran reserva con nosotros como para evitar incluso toda constancia escrita de sus intenciones».

Pero todavía menos había preparado la misión de Willisen a Rechberg para la sublime vocación de Prusia como potencia mediadora armada de Europa. El punto del que se trataba en verdad, dice Rechberg, era «la independencia de Europa frente a la supremacía de Francia». Los propios acontecimientos habían revelado la vacuidad y la nulidad de los «pretextos»

> «con los que nuestros adversarios intentaron disimular sus verdaderas intenciones hasta el momento de su madurez». «Además, Prusia tiene, como miembro de la Confederación Germánica, obligaciones con las que mantener una posición mediadora puede volverse incompatible en cualquier momento».

Por último, Austria había esperado ver a Prusia a su lado «como parte» y por eso había negado de antemano su vocación de «mediadora». Y si Austria, desde el comienzo de las turbulencias italianas, se había declarado contra los «intentos de Prusia de adoptar una posición mediadora», evidentemente aún menos podría aprobar nunca una «mediación armada de Prusia».

> «Una mediación armada», dice Rechberg, «implica por su propio concepto un *casus belli* con *ambas partes*. Por fortuna, no existe tal cosa entre Prusia y Austria, y por eso no podemos imaginar la posibilidad de una mediación armada de Prusia en *la relación entre estas dos potencias*. El nombre, como la cosa, parece que han de ser para siempre ajenos a esta relación».

Como se ve, Rechberg contradice el despacho de Schleinitz y su interpretación de la misión de Willisen. Encuentra cambiado el tono de Prusia desde finales de mayo; niega rotundamente que Austria haya reconocido nunca la sublime vocación de Prusia como potencia mediadora armada. Schleinitz nos debe la aclaración de este malentendido número 2 (el primero se produjo entre el archiduque Alberto y el príncipe regente): la publicación de sus despachos a Willisen y de los despachos de Werther a él mismo.

Por lo demás, Rechberg responde como austriaco, y ¿por qué iba el austriaco a mudar de piel ante el prusiano? ¿Por qué no iba Prusia a «garantizar» las posesiones de Austria en Italia? ¿No corresponde tal garantía, pregunta Rechberg, al espíritu de los tratados de Viena?

> «¿Habría podido esperar Francia, en la época que siguió al congreso de Viena, y aun hasta nuestros días, encontrar un solo adversario aislado si quería derribar una parte importante del orden europeo establecido por los tratados? Francia no podía pensar en tocar las relaciones de posesión mediante una guerra localizada».

Por lo demás, un «intercambio de notas» no es todavía una «garantía contractual». Austria solo había querido «tomar acta» de las buenas intenciones de Prusia. Por complacer a Schleinitz, guardaría sin embargo en total secreto sus pensamientos políticos totalmente secretos. En cuanto a la paz, observa Rechberg, Prusia podía hacer a Francia todas las propuestas de paz que quisiera,

> «siempre que estas propuestas mantengan intactos el estado territorial de 1815 y los derechos de soberanía de Austria y de los demás príncipes de Italia».

En otras palabras, Austria, en sus «comunicaciones confidenciales a Prusia» como potencia mediadora, no está dispuesta a ir más allá de lugares comunes vacíos. En cambio, en cuanto Prusia

> «entrara como aliado activo, ya solo podría hablarse de establecer condiciones de paz de común acuerdo».

Por último, Rechberg pone el dedo en las llagas prusianas. Austria había asentido a la «intención» de la iniciativa prusiana en la Dieta federal bajo el «supuesto» de que el intercambio prusiano de ideas se convirtiera en un intercambio de notas. Al caer la premisa, cae la conclusión. Hasta Schleinitz, con la facultad de comprensión que le es propia, «comprenderá» que, puesto que Berlín «no ha contraído en ningún sentido obligaciones vinculantes», puesto que incluso ha «aplazado» a un azul «futuro, y reservado a su libre elección, el momento de las resoluciones que haya de tomar en forma de mediación armada», Viena, por su parte, «tiene que conservar intacta su libertad en el ámbito de las relaciones de la Confederación Germánica».

El intento de Prusia de sacarle a Austria con artimañas la supremacía en Alemania y los poderes para el sublime papel de potencia mediadora europea había fracasado, pues, de modo decisivo, mientras se había llevado a cabo la movilización de los seis cuerpos de ejército prusianos. Prusia debía una explicación a Europa. En un «*despacho circular del 19 de junio a las legaciones prusianas ante las potencias europeas*», Schleinitz declara por eso:

> «Con la movilización, Prusia ha adoptado una posición más proporcionada a la situación actual, sin abandonar los principios de la moderación... *La política de Prusia sigue siendo la misma que ha seguido desde el comienzo del conflicto* en la cuestión italiana. Pero Prusia ha puesto ahora también a la altura de la situación los *medios* de contribuir a su solución».

Y para que no quedara duda, ni sobre la política ni sobre los medios, el despacho termina diciendo que «la intención de Prusia es *adelantarse a las divisiones de Alemania*». Aun esta declaración de pobre pecador creyó la regencia tener que suavizarla con comunicaciones «totalmente confidenciales» a Francia. Ya inmediatamente antes de estallar la guerra se había confiado al pintor de batallas G.,[^56] amigo común de Boustrapa y del regente, una misión del primero en Berlín. Había traído de vuelta las más amistosas seguridades. Pero en la época de la movilización viajaron a París protestas oficiales y oficiosas de este tenor:

> «Que Francia no interprete mal las medidas militares de Prusia. No nos hacemos ilusiones; sabemos lo impolítica que sería una guerra contra Francia y qué consecuencias peligrosas tendría. Pero que el emperador se haga cargo de la difícil situación en que nos encontramos. El gobierno del príncipe regente se ve acosado y empujado por todas partes. Estamos ante susceptibilidades recelosas y nos vemos obligados a tratarlas con miramiento».

O bien:

> «Vamos a movilizar. Pero que no se crea que es una medida ofensiva contra Francia. En su calidad de casi jefe de la Confederación Germánica, el regente no solo tiene el deber de proteger sus intereses, sino también el de adoptar en el interior una posición que le permita impedir precipitaciones e imponer su política de moderación a los demás Estados alemanes. Que el emperador lo comprenda bien y no omita nada para facilitarnos nuestra tarea».

La *tripotage*[^57] prusiana llegó hasta el punto cómico de pedir al gobierno francés:

> «Que los periódicos gubernamentales no ensalcen demasiado a Prusia a costa de Baviera, Sajonia, etc.; eso solo podría comprometer a Prusia».

Así que Walewski declaró con toda razón en su despacho circular del 29 de junio:

> «Las nuevas medidas militares que se toman en Prusia no nos inspiran *ninguna inquietud*... El gobierno prusiano declara, al movilizar una parte de su ejército, que no tiene otra intención que proteger la seguridad de Alemania y ponerse en condiciones de ejercer una justa influencia en los arreglos ulteriores con las otras dos grandes potencias».

La sublime *vocación de Prusia como potencia mediadora armada* se había convertido ya hasta tal punto en consigna entre las grandes potencias que Walewski podía permitirse el mal chiste de que Prusia no movilizaba contra Francia, sino contra «las otras dos grandes potencias», que de otro modo querrían birlarle su «justa» influencia en los «arreglos».

Así terminó el segundo acto de la mediación prusiana.

## IV

[*Das Volk*, núm. 16, del 20 de agosto de 1859]

El primer acto de la mediación prusiana, de finales de abril a finales de mayo, decretó para Alemania *la mort sans phrase*.[^58] En el segundo acto, de finales de mayo al 24 de junio, la parálisis de la «gran patria» se adorna con la frase de la misión de Willisen y el arabesco de la movilización prusiana. Una escena final de este segundo acto se representa en las pequeñas cortes alemanas, a las que les toca *escuchar* una nota de Schleinitz. Schleinitz, como Stieber,[^59] gusta del procedimiento oral «mixto». De su nota ya mencionada, fechada en Berlín el 24 de junio y dirigida «a las misiones prusianas en las cortes alemanas», citamos aquí solo dos pasajes. ¿Por qué negó Prusia el deseo austriaco de convertir el «intercambio de ideas» en un «intercambio de notas»?

> «Cumplir este deseo», les susurra Schleinitz a las cortes alemanas, «habría equivalido a una *garantía de Lombardía*. Asumir semejante obligación frente a *eventualidades indeterminadas* era imposible para Prusia».

Desde el punto de vista de Berlín, pues, la pérdida de Lombardía no era ni «una amenaza seria para las posesiones austriacas en Italia» ni «la eventualidad determinada» que acechaba la espada prusiana para saltar de la vaina.

> «Además», prosigue Schleinitz, «había que evitar incluso *todo compromiso de carácter formal* que pudiera *alterar nuestra posición de potencia mediadora*».

No era, pues, el fin de la mediación prusiana alterar las «eventualidades indeterminadas» en interés de Austria; era más bien la vocación de todas las eventualidades posibles dejar inalterada «la posición de Prusia como potencia mediadora». Mientras exige categóricamente de Austria que le ceda la iniciativa en la Confederación Germánica, le tiende como equivalente hipotético la buena voluntad prusiana, garantizada por la buena intención prusiana. Sopa de cebolla con salsa de pasas, como dice el mozo de cuerda[^60] berlinés.

En el tercer acto de la mediación, Prusia aparece por fin como gran potencia europea, y Schleinitz confecciona un despacho en dos copias, una dirigida al conde Bernstorff en Londres y otra al barón Bismarck en San Petersburgo,[^61] una para leérsela a lord John Russell y otra al príncipe Gorchakov. La mitad del despacho consiste en reverencias y disculpas. Prusia ha movilizado una parte de sus fuerzas armadas, y Schleinitz es inagotable en las motivaciones de esta audaz hazaña. En la circular general a las grandes potencias europeas del 19 de junio eran la seguridad del territorio federal alemán, el papel de potencia mediadora armada y, sobre todo, «adelantarse a las divisiones de Alemania». En el escrito a los confederados alemanes, «esta medida debía inmovilizar las fuerzas militares de Francia y facilitar considerablemente la posición de Austria». En el despacho a Inglaterra y a Rusia son «los armamentos de los vecinos», la «vigilancia de los acontecimientos», el «acercamiento de la guerra a la frontera alemana», la dignidad, los intereses, la vocación y así sucesivamente. Pero «por otra parte» y «no obstante» y «lo repito, señor conde, señor barón», Prusia no tiene malicia alguna con sus armamentos. «Ciertamente no es su intención añadir nuevas complicaciones». No persigue «otro objetivo que el que hace poco buscaba de acuerdo con Inglaterra y Rusia». *Nous n'entendons pas malice*,[^62] exclama Schleinitz.

> «Lo que deseamos» es «la *paz*», y «nos dirigimos con confianza a los gabinetes de Londres y de San Petersburgo para encontrar junto con ellos los medios de poner fin al derramamiento de sangre».

Para mostrarse digna de la confianza de Inglaterra y de Rusia, Prusia jura por dos ficciones ruso-inglesas: la primera, que Austria provocó la guerra con su ultimátum; la segunda, que la lucha gira en torno a reformas administrativas liberales y a la disolución del protectorado austriaco sobre los Estados italianos vecinos. Conciliar los derechos de la casa imperial austriaca con una «obra de reorganización» nacional-liberal: eso es lo que persigue Prusia. Por último, cree, como dice Schleinitz, en las *selfdenying declarations*[^63] de Luis Bonaparte.

Y estas insulseces de lugar común son todo lo que Prusia les tartamudea, cohibida, a las grandes potencias neutrales sobre sus «planes de mediación», «con plena confianza y franca sinceridad». Schleinitz, «el muchacho sobrio y modesto», teme «prejuzgar en cierta medida la cuestión si precisara más sus *ideas*». Solo la idea fija acaba por estallar. Prusia se cree «*llamada*» a ser «potencia mediadora armada». ¡Que Inglaterra y Rusia reconozcan esta vocación! Que

> «expresen sus opiniones sobre una solución de las complicaciones actuales y sobre el camino por el que podría hacerse aceptable a las partes en conflicto».

¡Que provean sobre todo a Prusia de instrucciones que le permitan asumir, con la alta venia de la autoridad, por así decirlo *avec garantie du gouvernement*,[^64] el papel de león mediador! Prusia quiere, pues, hacer de *lion* europeo, pero como Hans Schnock, el ebanista.[^65]

| *León:* | Sabed, pues, que yo, Hans Schnock, el ebanista, soy, no un león feroz, de veras, [ni la mujer de un león;] pues si viniera como león, con daño en la intención, me dolería, a fe mía, este cuerpo tan sano. |
| --- | --- |
| *Teseo:* | Una fiera muy cortés, y muy escrupulosa. |
| *Lisandro:* | Este león es un verdadero zorro en valentía. |
| *Teseo:* | Cierto, y un ganso en prudencia. |

El despacho de Schleinitz está fechado el 24 de junio, el día de la batalla de Solferino. Las dos copias del despacho estaban aún sobre el pupitre de Schleinitz cuando llegó a Berlín la noticia de la derrota austriaca. Al mismo tiempo, el correo trajo un despacho de lord John Russell en el que el antiguo *Mr. Brougham's little man*,[^66] el *tom-tit of English liberalism*,[^67] el heraldo de las *coercion bills* irlandesas,[^68] inicia a Prusia en las ideas italianas de Palmerston. Magdeburgo no está en el Mincio, ni Bückeburg en el Adigio, como tampoco Harwich está en el Ganges ni Salford en el Sutlej. Pero Bonaparte ha declarado que no codicia Magdeburgo ni Bückeburg. ¿Por qué, entonces, irritar al gallo galo con brutalidades teutónicas? Jack Russell descubre incluso que, cuando la «victoria» se haya «decidido» en el campo de batalla, «los combatientes estarán *probablemente* muy dispuestos a *poner fin* a la agotadora lucha». Apoyándose en este ingenioso descubrimiento, reprochando a Alemania sus ganas de guerra y alabando la «conducta moderada e ilustrada» de Prusia, Russell exhorta a Schleinitz a imitar a Inglaterra «tan exactamente como lo permitan las circunstancias en Alemania»!! Por último, *Jack of all trades*[^69] se acuerda de la «sublime vocación mediadora» de Prusia, y con la acostumbrada sonrisita agridulce el hombrecillo le arroja a su alumno de constitucionalismo, como despedida, estas palabras consoladoras:

> «Puede *quizá* llegar muy pronto un tiempo en que la voz de las potencias amigas y conciliadoras pueda hacerse oír con éxito y en que las exhortaciones a la paz ya no serán ineficaces». (Despacho de *Russell* a lord Bloomfield en Berlín, Londres, 22 de junio).

[^1]: La Sociedad del 10 de Diciembre, organización de lumpenproletarios y aventureros al servicio de Luis Bonaparte, que Marx describe en *El 18 Brumario de Luis Bonaparte*. En la revista militar de Satory, el 10 de octubre de 1850, el presidente obsequió a los soldados con salchichas, carne fría y champán para ganárselos.

[^2]: En el original, *Brummagem*: nombre popular de Birmingham y, por extensión, de la bisutería y la quincalla baratas y falsas que allí se fabricaban.

[^3]: Hortensia de Beauharnais (1783-1837), madre de Luis Napoleón, hija de la emperatriz Josefina y esposa de Luis Bonaparte, rey de Holanda.

[^4]: «Francia es lo bastante rica para pagar su gloria».

[^5]: Federico Guillermo IV (1795-1861), rey de Prusia desde 1840, incapacitado por una enfermedad mental desde 1857 y sustituido en la regencia por su hermano Guillermo.

[^6]: «Sustituto»; en la Francia de entonces, el que se pagaba para hacer el servicio militar en lugar de otro.

[^7]: «La bella Francia».

[^8]: Phineas Taylor Barnum (1810-1891), empresario de espectáculos norteamericano.

[^9]: Literalmente, «pez holandés»; según la MEW, aquí «grosero holandés». Alusión al rumor de que Luis Napoleón era hijo de un holandés.

[^10]: El barón Albin Leo von Seebach (1811-1884), embajador de Sajonia en París, yerno de Nesselrode, intermediario entre Napoleón III y Rusia en 1855-1856; el conde Alexéi Orlov (1786-1861) y el barón Filipp Brunnow (1797-1875), plenipotenciarios rusos en el congreso de París de 1856.

[^11]: Danilo I (1826-1860), príncipe de Montenegro; Jakob Venedey (1805-1871), publicista liberal alemán.

[^12]: La fortaleza turca de Kars, en el Cáucaso, capituló ante los rusos en noviembre de 1855 tras un largo asedio; la defendía el general británico William Fenwick Williams. Marx dedicó a esta capitulación la serie [La caída de Kars](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1856%20La%20ca%C3%ADda%20de%20Kars) (1856), en la que acusaba a Palmerston de haberla dejado caer.

[^13]: En la sesión del 8 de abril de 1856 del congreso de París, el ministro francés Walewski pidió medidas contra la prensa belga que atacaba a Napoleón III.

[^14]: La expedición anglo-francesa contra China en la segunda guerra del opio (1856-1860). Alexandru Ioan Cuza (1820-1873), coronel, fue elegido en enero y febrero de 1859 príncipe de Moldavia y de Valaquia.

[^15]: El llamado sistema de «emigrantes libres», con el que Francia reclutaba trabajadores africanos para sus colonias; Inglaterra lo denunció como una trata de esclavos encubierta.

[^16]: El asunto del *Charles et Georges*, barco francés apresado por los portugueses en 1857 en Mozambique por trata de esclavos, que Francia obligó a devolver en 1858 enviando una escuadra a Lisboa.

[^17]: «Imperio menor», imperio de segunda.

[^18]: «Válvula de seguridad».

[^19]: El atentado de Felice Orsini contra Napoleón III, en París, el 14 de enero de 1858.

[^20]: Angela Burdett-Coutts (1814-1906), heredera de la banca Coutts, una de las mujeres más ricas de Inglaterra; se decía que Luis Napoleón la había pretendido durante su exilio en Londres.

[^21]: Tras el atentado de Orsini, en enero de 1858, Francia se dividió en cinco grandes mandos militares, con mariscales al frente. En febrero de 1858 se aprobó además una ley de seguridad general y se nombró ministro del Interior al general Espinasse.

[^22]: Aimable Pélissier (1794-1864), mariscal de Francia, había hecho asfixiar con humo en 1845, en Argelia, a centenares de árabes refugiados en las grutas del Dahra.

[^23]: «Terror».

[^24]: «No es monstruo quien quiere»; Victor Hugo, *Napoléon le Petit*.

[^25]: Charles de Montalembert (1810-1870), católico liberal, fue procesado en 1858 por un artículo en que elogiaba las instituciones inglesas; John Hampden (1594-1643) fue el diputado que en 1637 se negó a pagar el *ship money* a Carlos I. Proudhon huyó a Bruselas en 1858, tras ser condenado por su libro *De la justice dans la Révolution et dans l'Église*. El *acte additionnel* fue la constitución liberal otorgada por Napoleón I a su vuelta de Elba en 1815.

[^26]: Un intento de sublevación republicana en Chalon-sur-Saône, en marzo de 1858.

[^27]: En la conferencia de Varsovia (octubre de 1850), el zar arbitró a favor de Austria en el conflicto austro-prusiano por Alemania; en Bronzell, en Hesse, hubo en noviembre de 1850 una escaramuza entre tropas prusianas y federales, tras la cual Prusia tuvo que capitular en Olmütz; en 1851 tropas austriacas marcharon a Holstein, en el mar del Norte, para restablecer allí la autoridad danesa.

[^28]: La insurrección nacional polaca de Cracovia, de febrero de 1846, cuya derrota llevó a la anexión de la ciudad libre por Austria.

[^29]: «Bestia negra», objeto de aversión.

[^30]: «Un libro azul de su propia fabricación».

[^31]: Desde octubre de 1858, Guillermo, príncipe de Prusia, gobernaba como regente por la enfermedad de su hermano Federico Guillermo IV.

[^32]: Shakespeare, *Enrique IV*, segunda parte, acto I, escena 2.

[^33]: El archiduque Alberto de Austria (1817-1895), hijo del archiduque Carlos, general.

[^34]: «Fuerza de asno», por analogía con *horsepowers*, «caballos de vapor».

[^35]: Alexander von Schleinitz (1807-1885), ministro de Asuntos Exteriores de Prusia; Rudolf von Auerswald (1795-1866), ministro sin cartera; Eduard von Bonin (1793-1865), ministro de la Guerra; Friedrich Zabel, director de la *National-Zeitung* de Berlín.

[^36]: «¡Ay!».

[^37]: Breno, el jefe galo que saqueó Roma hacia el 390 antes de nuestra era y echó su espada en la balanza al grito de *vae victis*.

[^38]: «Por cortesía».

[^39]: «Por tolerancia».

[^40]: «¡Yo os...!», amenaza de Neptuno a los vientos en Virgilio, *Eneida*, I, 135.

[^41]: Mittler («Mediador»), personaje de la novela de Goethe *Las afinidades electivas* (1809), empeñado en mediar en las desavenencias ajenas.

[^42]: En marzo de 1848, cuando el príncipe de Prusia, hoy regente, tuvo que huir a Inglaterra, la multitud de Berlín escribió en su palacio «propiedad nacional» para salvarlo de la destrucción.

[^43]: Parodia de un conocido verso infantil alemán: «Nunca atormentes a un animal por broma, que siente como tú el dolor».

[^44]: Karl Wilhelm von Willisen (1790-1879), general prusiano, enviado en misión especial a Viena en mayo de 1859; Karl von Werther (1809-1894), embajador de Prusia en Viena.

[^45]: «De costumbre».

[^46]: Véase la nota sobre el partido de Gotha en la [Revista política](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1859%20Revista%20pol%C3%ADtica) de la misma fecha que el cuarto artículo. El «jabón verde» es el jabón blando de potasa.

[^47]: Comarca de Brandeburgo de la que procedían muchos funcionarios prusianos.

[^48]: «Melaza».

[^49]: Mote de Luis Bonaparte formado con las primeras sílabas de Boulogne, Estrasburgo y París, escenarios de sus golpes de 1840, 1836 y 1851.

[^50]: El conde Johann Bernhard von Rechberg (1806-1899), ministro de Asuntos Exteriores de Austria desde mayo de 1859.

[^51]: El príncipe Alexandr Gorchakov (1798-1883), ministro de Asuntos Exteriores de Rusia.

[^52]: «¡Qué horror!».

[^53]: «Compromiso formal».

[^54]: Christopher Sly, el calderero borracho del prólogo de *La fierecilla domada*.

[^55]: «La inquietante convicción de que debía estar a la altura de la sublimidad recién nacida de su carácter».

[^56]: Según los editores de la MEW, probablemente el pintor francés Ginain.

[^57]: «Chanchullo».

[^58]: «La muerte sin más», palabras atribuidas a Sieyès en la votación de la condena de Luis XVI.

[^59]: Wilhelm Stieber (1818-1882), jefe de la policía política prusiana, principal artífice del proceso de los comunistas de Colonia (1852).

[^60]: El *Eckensteher*, mozo de cuerda que esperaba encargos en las esquinas de Berlín, figura cómica popular.

[^61]: El conde Albrecht von Bernstorff (1809-1873), embajador de Prusia en Londres; Otto von Bismarck (1815-1898), entonces embajador en San Petersburgo.

[^62]: «No tenemos malicia».

[^63]: «Declaraciones de renuncia».

[^64]: «Con garantía del gobierno».

[^65]: Snug, el ebanista que hace de león en la representación de los artesanos de *El sueño de una noche de verano* de Shakespeare, acto V, escena 1; Marx cita la traducción alemana de Schlegel, en la que se llama Hans Schnock.

[^66]: «El hombrecillo de míster Brougham». Henry Brougham (1778-1868), político whig y lord canciller.

[^67]: «El herrerillo del liberalismo inglés».

[^68]: Las leyes de excepción para Irlanda.

[^69]: «Aprendiz de todo», el que vale para todo.
