---
Title: Una verdad confirmada (1859)
Description: Editorial de Marx para el New-York Daily Tribune tras la paz de Villafranca: los manifiestos de Francisco José y de Luis Bonaparte confirman lo que el periódico había sostenido durante la guerra de Italia, que las derrotas austriacas se debieron a los errores de su mando y que el cuadrilátero de fortalezas detuvo a Napoleón III.
Author: Karl Marx
Date: 1859-08-04
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1859%20Una%20verdad%20confirmada
---


*Escrito en inglés por Karl Marx y publicado como editorial en el* New-York Daily Tribune*, núm. 5704, del 4 de agosto de 1859. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 440-443), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen algunas erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1859%20Best%C3%A4tigte%20Wahrheit).*

En su libro sobre la campaña de Italia de 1796 y 1797, Clausewitz[^1] observa en un pasaje que la guerra, en el fondo, no es un asunto tan teatral como algunos parecen creer, y que las victorias y las derrotas, miradas con los ojos de la ciencia, se presentan de un modo muy distinto a como aparecen en la cabeza de los charlatanes políticos. Saber esta verdad nos ha permitido soportar con ecuanimidad los ruidosos arrebatos de cólera que nuestra apreciación de los acontecimientos militares de la última guerra provocaba de vez en cuando en diversos órganos bonapartistas de este país, celosos aunque poco inteligentes, tanto en lengua francesa como inglesa. Ahora tenemos la satisfacción de ver confirmada nuestra apreciación de esos acontecimientos, mucho antes de lo que esperábamos, por los protagonistas decisivos de la lucha: Francisco José y Luis Napoleón.

Dejemos a un lado las simples cuestiones de detalle. ¿Cuál era el núcleo de nuestra crítica? Por una parte, no atribuimos las derrotas de los austriacos a genialidad alguna demostrada por los aliados, ni a los legendarios efectos de los cañones rayados, ni a la imaginaria deserción de los regimientos húngaros, ni a la tan celebrada audacia de los soldados franceses, sino únicamente a los errores estratégicos de los generales austriacos, a quienes Francisco José y sus consejeros personales habían puesto en el lugar de hombres como el general Hess.[^2] Gracias a esa estrategia equivocada, no solo se opusieron al enemigo en todas partes fuerzas numéricamente inferiores, sino que incluso las tropas disponibles se desplegaron en el campo de batalla del modo más absurdo. Por otra parte, el ejército austriaco, aun en esas condiciones, ofreció una resistencia tenaz; los dos ejércitos combatieron en las batallas casi de igual a igual pese a la desigual relación de fuerzas de las tropas enfrentadas; los errores estratégicos de los franceses y su imperdonable lentitud en la persecución del adversario restaron valor a la victoria y llegaron a malograr sus frutos: todo ello justificaba nuestra afirmación de que la situación de los beligerantes probablemente se habría invertido si el mando supremo del ejército austriaco se hubiera puesto en manos más capaces. En segundo lugar, y este es el punto más importante, ya antes de estallar la guerra subrayamos que, en el momento en que los austriacos pasaran de la ofensiva a la defensiva, la guerra quedaría dividida en dos partes: la melodramática, que se libraría en Lombardía, y la seria, que empieza detrás de la línea del Mincio, dentro de la temible red de las cuatro fortalezas.[^3] Todas las victorias de los franceses, decíamos, no pesan nada comparadas con las pruebas que aún tendrán que superar en una posición cuya conquista le costó nueve meses al propio Napoleón auténtico, aunque entonces Verona, Legnago y Peschiera carecían de importancia militar y Mantua tuvo que resistir sola todo el peso del ataque. Según vemos ahora por los periódicos de Viena, el general Hess, que conocía naturalmente mejor que nosotros el *statu quo* del arte militar austriaco, había propuesto al empezar la guerra no invadir el Piamonte, sino, al contrario, evacuar Lombardía y no presentar batalla hasta estar detrás del Mincio. Oigamos ahora lo que alegan en su descargo Francisco José y Luis Bonaparte: el uno, porque ha perdido parte de una provincia; el otro, porque ha falseado el programa que proclamó al empezar la guerra.

Francisco José constata, a propósito de la guerra, dos hechos que el *Moniteur* no le discute. En su orden del día al ejército dice que las fuerzas austriacas tuvieron siempre enfrente a un enemigo numéricamente superior. El *Moniteur* no se atreve a negarlo, porque, bien mirado, esa afirmación echa la culpa principal al propio emperador de Austria. Sea como fuere, nos apuntamos el mérito de haber desentrañado la verdadera situación de entre los informes más contradictorios de los «corresponsales propios», de entre las mentiras francesas y las exageraciones austriacas, y de haber expuesto correctamente, con los escasos e inexactos recursos de que disponíamos, la relación de fuerzas de los contendientes en nuestras consideraciones críticas sobre cada una de las batallas, de Montebello a Solferino. Francisco José da mucho peso a otro punto que a cierta clase de plumíferos ha de sonarles bastante extraño. Reproducimos literalmente su declaración:

> «Igualmente indudable es el hecho de que nuestros adversarios, pese a sus esfuerzos extremos y a la movilización de sus abundantísimos recursos, preparados desde hacía mucho tiempo para el golpe que se proponían, *solo pudieron obtener ventajas, aun al precio de sacrificios enormes, pero ninguna victoria decisiva*, mientras que el ejército de Austria, todavía intacto en su fuerza y en su valor, mantenía una posición cuya posesión le dejaba abierta la posibilidad de arrebatar quizá de nuevo al enemigo las ventajas conseguidas».

Pero Francisco José no se atrevió a declarar en su manifiesto que él y su camarilla habían sembrado en toda la guerra un desorden sin remedio, al imponer a su dirección sus caprichos y manías y al poner obstáculos absurdos en el camino de los generales plebeyos pero capaces. Sin embargo, incluso esta falta se confiesa ahora abiertamente, si no de palabra, al menos con hechos. El general Hess, cuyos consejos fueron desoídos durante toda la campaña y a quien se negó el puesto que le correspondía por su trayectoria, por su edad y hasta por su lugar en el escalafón austriaco, acaba de ser nombrado mariscal de campo; se le ha confiado el mando supremo de las fuerzas en Italia, y lo primero que hizo Francisco José al llegar a Viena fue hacer una visita ostentosa a la esposa del viejo general. En una palabra, toda la actitud actual del autócrata de los Habsburgo hacia el hombre que, por su nacimiento plebeyo, sus simpatías liberales, su ruda franqueza y su genio militar, hería las pretensiones de los círculos aristocráticos de Schönbrunn es una confesión de culpa humillante para los hombres de cualquier condición, pero sobre todo para los dueños hereditarios del género humano.

Veamos ahora la contrapartida del manifiesto austriaco, el alegato de defensa de Bonaparte. ¿Comparte la ingenua ilusión de sus admiradores de que ha ganado batallas decisivas? ¿Cree que en adelante están descartados los reveses? ¿Da a entender que se ha alcanzado un punto decisivo y que, con la constancia suficiente, sus victorias pueden llevar a un resultado glorioso? Todo lo contrario. Admite que la parte melodramática de la lucha ha terminado, que el aspecto de la guerra iba a cambiar inevitablemente, que le aguardaban reveses, que no solo temía la revolución que amenazaba, sino el poder «del enemigo atrincherado tras grandes fortalezas, en el frente». No veía ante sí otra cosa que «una guerra larga y estéril». He aquí sus palabras:

> «Llegados bajo los muros de Verona, la lucha debía cambiar inevitablemente de naturaleza, tanto en lo militar como en lo político. Obligado a atacar de frente al enemigo, atrincherado tras grandes fortalezas y protegido en sus flancos por la neutralidad de los territorios que lo rodean, y a punto de emprender una guerra larga y estéril, me encontré frente a Europa en armas, dispuesta a disputarnos nuestros éxitos o a agravar nuestras derrotas».[^4]

En otras palabras, Luis Napoleón no hizo la paz solo por miedo a Prusia, a Alemania y a la revolución, sino que temía también a las cuatro grandes fortalezas. Para sitiar Verona habría necesitado, según informa un artículo oficioso de la *Indépendance Belge*, un refuerzo de 60.000 hombres que no podía sacar de Francia dejando allí al mismo tiempo las fuerzas necesarias para el ejército del Norte, al mando de Pélissier.[^5] Y, de haber acabado con Verona, aún le quedaban por someter Legnano[^6] y Mantua. En resumen, Napoleón III y Francisco José confirman plenamente, después de la guerra, lo que nosotros dijimos antes y durante ella, tanto sobre los recursos militares de los dos países como sobre los rasgos de la campaña. Citamos a estos dos testigos como defensores involuntarios del sentido común y de la verdad histórica frente a esa riada de exageración estúpida y de necia ofuscación que en los dos últimos meses ha alcanzado unas proporciones que, según todas las apariencias, no volverán a verse tan pronto.

[^1]: Carl von Clausewitz (1780-1831), general y teórico militar prusiano, autor de *De la guerra*; su estudio *Der Feldzug von 1796 in Italien* se publicó en sus obras póstumas.

[^2]: Heinrich von Hess (1788-1870), jefe del Estado Mayor austriaco y estratega de las campañas de Radetzky en 1848-1849. En la guerra de 1859 el mando lo tuvo el conde Ferenc Gyulai, y después de Magenta el propio emperador.

[^3]: El llamado cuadrilátero: las fortalezas de Peschiera, Mantua, Verona y Legnago, entre el Mincio y el Adigio, base del dominio austriaco en el norte de Italia.

[^4]: Discurso de Napoleón III a los grandes cuerpos del Estado en Saint-Cloud, el 19 de julio de 1859, tras la paz preliminar de Villafranca (11 de julio).

[^5]: Aimable Pélissier (1794-1864), mariscal de Francia, mandaba durante la guerra el ejército de observación en el Rin.

[^6]: Así en la versión alemana; debe de tratarse de Legnago, la cuarta fortaleza del cuadrilátero, citada antes en el mismo artículo.
