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Title: Asuntos franceses (1860)
Description: Correspondencia de Marx desde París para el New-York Daily Tribune sobre la carta de Luis Bonaparte a Fould de enero de 1860: la conversión del emperador al librecambio, la duplicación del comercio exterior francés sin provecho para las masas y el Imperio como pesadilla que crece más deprisa que las fuerzas productivas de la nación.
Author: Karl Marx
Date: 1860-01-17
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1860%20Asuntos%20franceses
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*Escrito en inglés por Karl Marx (correspondencia fechada en París el 17 de enero de 1860) y publicado en el* New-York Daily Tribune*, núm. 5862, del 7 de febrero de 1860. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 3-7), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1860%20Franz%C3%B6sische%20Angelegenheiten).*

París, 17 de enero de 1860

Luis Napoleón se ha convertido al librecambio y se dispone a inaugurar una nueva era de paz. Difícilmente dejará de ser admitido en la Sociedad de los Amigos,[^1] y el año 1860 pasará a los anales de Europa como el primer año del milenio. Esta noticia extraordinaria, que corre por la prensa londinense, procede de una carta de Luis Bonaparte al ministro de Estado Fould,[^2] publicada en el *Moniteur* del 15 de enero de 1860. El primer efecto de la carta fue una baja de los fondos públicos en París y un alza de los mismos en Londres.

Ahora parece necesario, ante todo, examinar un poco más de cerca el *corpus delicti*, es decir, la carta imperial sobre la que ha de levantarse todo el edificio de la nueva era. Luis Bonaparte comunica al señor Fould que «ha llegado el momento de pensar en los medios de dar un mayor desarrollo a las distintas ramas de la riqueza nacional». Un anuncio casi idéntico había aparecido en el *Moniteur* en enero de 1852, cuando el *coup d'état* [golpe de Estado] inauguró la era del Crédit mobilier, del Crédit foncier y de otros *crédits ambulants*.[^3] Y eso no es todo. Desde aquella época tan rica en acontecimientos, cada boletín financiero anual publicado bajo el patrocinio del autócrata francés ha subrayado especialmente, y demostrado con una enorme serie de cifras oficiales, que el Imperio había cumplido su palabra y que todas las ramas de la industria nacional se habían desarrollado *de verdad* poderosamente bajo su solícita dirección.

Así que uno se encuentra en un aprieto. O la proclamación del *coup d'état* llegó demasiado pronto, y los boletines financieros publicados después del *coup d'état* eran falsos, o la presente declaración es un simple engaño.

En todo caso, parece indiscutible, como prueba el propio manifiesto imperial, que las ventajas económicas que la sociedad francesa había de obtener de la resurrección del bonapartismo no se refieren al pasado, sino al futuro. Veamos ahora mediante qué nuevo invento ha de producirse el feliz cambio económico.

Primero, Bonaparte comunica al señor Fould, que debió de quedarse algo sorprendido ante el importante descubrimiento de su amo, que «nuestro comercio exterior debe desarrollarse mediante el intercambio de productos»: en efecto, una perogrullada asombrosa. Puesto que el comercio exterior consiste en el intercambio de productos nacionales por productos extranjeros, no puede negarse que, para desarrollar el comercio exterior francés, hay que desarrollar el intercambio de productos franceses. El resultado principal que Luis Bonaparte espera del nuevo desarrollo del comercio exterior francés que se propone es «difundir el bienestar entre las clases trabajadoras», cuya situación ha empeorado notablemente en los últimos diez años, como con ello reconocía tácitamente el hombre del *coup d'état* y como han mostrado escritores franceses modernos (recuérdense, por ejemplo, las obras del difunto señor Colins).[^4] Por desgracia, un hecho importante extraña incluso al observador más superficial. El comercio exterior francés *ha* hecho ya enormes progresos de 1848 a 1860. Después de haber ascendido en 1848 a unos 875 millones de francos, en 1859 había subido a más del doble de esa suma. Un aumento del comercio de más del 100 por ciento en el breve lapso de diez años casi no tiene precedentes. Las causas de este aumento se encuentran en California, Australia, los Estados Unidos, etc., pero desde luego no en los archivos de las Tullerías. Se ve, sin embargo, que pese al enorme aumento del comercio exterior francés en los diez últimos años —un aumento que se debe a transformaciones radicales del mercado mundial, del todo ajenas al mezquino control de la policía francesa—, la situación de la masa del pueblo francés no ha mejorado. Por consiguiente, tienen que haber actuado unas fuerzas que han frustrado los resultados naturales del aumento del comercio. Si el desarrollo del comercio exterior francés explica a las claras con qué facilidad y comodidad pudo el Segundo Imperio entregarse a sus costosos caprichos, el empobrecimiento de la nación pese a la duplicación de las exportaciones delata a costa de quién se ha comprado esa vida imperial fácil y cómoda. Si el Imperio no podía subsistir *sin* el desarrollo del comercio exterior francés, ese auge del comercio no podía dar los frutos esperables precisamente *a causa* del Imperio.

El emperador de Austria había suprimido por ucase el déficit de sus Estados; ¿por qué no iba a ordenar también Luis Bonaparte por ucase el aumento del comercio exterior francés? Teme, sin embargo, un obstáculo en su camino.

> «Ante todo debemos —dice— mejorar nuestra agricultura y liberar nuestra industria de todas las trabas interiores que la mantienen en un nivel inferior.»

La urgente necesidad de mejorar la agricultura francesa es el tema constante de los economistas franceses. Pero ¿cómo va a resolver el problema Luis Bonaparte? En primer lugar, concederá a la agricultura préstamos a un «interés» moderado. Como es sabido, la agricultura francesa es la ocupación de más de dos tercios de la nación francesa. ¿Va a gravar Luis Bonaparte con impuestos al tercio restante para conceder a la mayoría de la nación préstamos «a un tipo de interés moderado»? La idea es en verdad demasiado absurda para darle importancia. Y sin embargo, el fin declarado de sus Crédits fonciers era llevar capital de préstamo a la agricultura. En lo único en que se han acreditado no es en la mejora de la agricultura, sino en la ruina de los pequeños campesinos y en la aceleración de la concentración de la propiedad de la tierra. En el fondo tenemos aquí otra vez la vieja panacea gastada: las instituciones de crédito. Nadie negará que el Segundo Imperio marca época en el desarrollo del crédito en Francia, pero tampoco que se pasó de la raya y que, con su propio crédito, se fue al diablo también su influencia favorecedora del crédito. Lo único nuevo parece ser ahora, después de que la maquinaria semioficial del crédito se ha forzado y explotado hasta el extremo, el sueño de Luis Bonaparte de convertir al propio gobierno en una oficina directa de préstamos. Como cualquier intento de este tipo es muy peligroso, fracasaría tan necesariamente como el intento de los graneros que debían hacer subir los precios del grano. El riego y el drenaje, así como el saneamiento del suelo, son a su manera muy buenas medidas, pero su único resultado posible es el aumento de los productos agrícolas. No pueden ni deben elevar los precios de esos productos. Aun si Luis Bonaparte, por algún método milagroso, encontrara los medios de realizar estas mejoras a escala nacional, ¿cómo iban a eliminar esas medidas la depreciación de los productos agrícolas que ha sufrido el campesino francés en estos cinco años? Además, Luis Napoleón quiere lograr una mejora progresiva de los medios de comunicación. La sangre fría con que se hace esta propuesta supera incluso la desfachatez bonapartista. Basta considerar el desarrollo del ferrocarril francés desde 1850. Los gastos anuales en estos «medios de comunicación» fueron, de 1845 a 1847, de unos 175.000.000 de francos; de 1848 a 1851, de unos 125.000.000 de francos; de 1852 a 1854, de casi 250.000.000 (el doble de los gastos de 1848 a 1851); de 1854 a 1856, de casi 550.000.000, y de 1857 a 1859, de unos 500.000.000. Cuando en 1857 se abatió la crisis general sobre el mundo comercial, el gobierno francés se espantó de las enormes sumas que aún se necesitaban para los ferrocarriles en construcción y para los ya concedidos. Prohibió a las compañías ferroviarias reunir más de 212.500.000 francos anuales mediante la emisión de acciones, obligaciones, etc., prohibió la fundación de nuevas compañías y fijó límites a la magnitud de las obras anuales. ¡Y a pesar de todo, Luis Bonaparte habla como si los ferrocarriles, los canales, etc., estuvieran todavía por inventar! Una rebaja forzosa de los derechos de los canales, que él insinúa, es naturalmente una empresa que implica romper contratos del Estado, que ahuyenta al capital invertido en ella y que desde luego no es apta para atraer nuevo capital por el mismo camino. Por último, para encontrar un mercado a los productos agrícolas, hay que estimular la industria fabril. Ahora bien, como ya hemos señalado, la industria fabril ha hecho enormes progresos bajo el Segundo Imperio; pero, a pesar de todo, a pesar del aumento sin precedentes de las exportaciones, a pesar del desarrollo colosal del ferrocarril y de otros medios de comunicación, a pesar de la tensión extrema de un sistema de crédito hasta ahora desconocido en Francia, la agricultura está postrada y los campesinos franceses se arruinan. ¿Cómo explicar este extraño fenómeno? El hecho de que cada año se añadan 255.000.000 de francos a la deuda consolidada, por no hablar del tributo de sangre para el ejército y la marina, responde suficientemente a esta pregunta. El propio Imperio es la gran pesadilla, cuyo peso crece más deprisa que las fuerzas productivas de la nación francesa.

La receta de Luis Bonaparte para la industria francesa, si descontamos todo lo que es pura palabrería o queda en un futuro lejano, es simplemente esta: supresión de los aranceles sobre la lana y el algodón y rebaja gradual de los aranceles sobre el azúcar y el café. Todo eso está muy bien, pero hace falta toda la credulidad de los librecambistas ingleses para llamar librecambio a tales medidas. Quien conozca la economía política sabe muy bien que la supresión de los aranceles sobre las materias primas agrícolas era uno de los puntos principales del sistema mercantil del siglo XVIII. Esas «trabas interiores» que pesan sobre la producción francesa no son nada comparadas con los *octrois* [consumos],[^5] que dividen Francia en tantos círculos independientes como ciudades hay, paralizan el intercambio interior de los productos e impiden la creación de riqueza al recortar su consumo. Sin embargo, esos *octrois* han aumentado bajo el régimen imperial y seguirán aumentando. La reducción de los aranceles sobre la lana y el algodón ha de compensarse con la supresión del fondo de amortización, con lo que desaparece, aunque solo sea nominalmente, la última restricción al crecimiento de la deuda pública.

Por otra parte, hay que talar bosques, allanar elevaciones del terreno y desecar pantanos, y todo ello con los 160.000.000 de francos que, según se dice, constituyen el remanente disponible de los últimos empréstitos de guerra, y en tres anualidades, lo que da una media anual de menos de 54.000.000 de francos. ¡Pero solo el encauzamiento del Loira, anunciado con tanta pompa por el Cagliostro imperial hace unos cinco años y del que nunca más volvió a hablarse, se tragaría toda la suma en menos de tres meses! ¿Qué queda, pues, del manifiesto? «El comienzo de una era de paz», como si esa era no se hubiera proclamado hace mucho en Burdeos. *L'Empire c'est la paix* [El Imperio es la paz].[^6]

[^1]: La Sociedad Religiosa de los Amigos, es decir, los cuáqueros, conocidos por su pacifismo; varios de los librecambistas ingleses de la escuela de Mánchester, como John Bright, eran cuáqueros.

[^2]: Achille Fould (1800-1867), banquero, ministro de Estado de Napoleón III de 1852 a 1860 y varias veces ministro de Hacienda.

[^3]: El Crédit mobilier, banco por acciones de los hermanos Pereire, y el Crédit foncier, banco de crédito hipotecario, se fundaron en 1852 con el apoyo del nuevo régimen. *Crédits ambulants*: «créditos ambulantes», juego de palabras de Marx.

[^4]: Jean-Guillaume de Colins (1783-1859), economista belga, partidario de un «socialismo racional» basado en la propiedad colectiva del suelo.

[^5]: Impuestos municipales sobre la entrada de artículos de consumo en las ciudades.

[^6]: Frase de Luis Bonaparte en su discurso de Burdeos del 9 de octubre de 1852, poco antes de proclamarse emperador.
