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Title: Garibaldi en Sicilia (1860)
Description: Editorial de Engels para el New-York Daily Tribune sobre la marcha de los Mil de Marsala a Palermo en mayo de 1860: el combate de Calatafimi, la descomposición de las tropas napolitanas y la maniobra con que Garibaldi alejó de la ciudad a la mitad de la guarnición y la tomó por el lado menos esperado, que lo acredita como estratega de primer orden.
Author: Friedrich Engels
Date: 1860-06-07
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1860%20Garibaldi%20en%20Sicilia
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*Escrito en inglés por Friedrich Engels hacia el 7 de junio de 1860 y publicado en el* New-York Daily Tribune*, núm. 5979, del 22 de junio de 1860, como editorial. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 60-64), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1860%20Garibaldi%20in%20Sizilien).*

Tras una serie de informaciones muy contradictorias, recibimos por fin algo parecido a noticias fidedignas sobre los pormenores de la admirable marcha de Garibaldi de Marsala a Palermo. Es de verdad una de las hazañas militares más sensacionales del siglo, y sería casi inexplicable sin el prestigio que precede a un general revolucionario victorioso. El éxito de Garibaldi demuestra que las tropas reales de Nápoles siguen temiendo al hombre que mantuvo en alto la bandera de la revolución italiana en la lucha contra los batallones franceses, napolitanos y austriacos, y que el pueblo de Sicilia no ha perdido la confianza en él ni en la causa nacional.

El 6 de mayo, dos vapores con unos 1.400 hombres armados zarpan de la costa de Génova. Estos hombres están organizados en siete compañías, todas destinadas a todas luces a formar el núcleo de un batallón que había de reclutarse entre los insurrectos. El 8 desembarcan en Talamone, en la costa toscana, y convencen con no se sabe qué argumento al comandante del fuerte de allí para que les proporcione carbón, munición y cuatro cañones de campaña. El 10 entran en el puerto de Marsala, en el extremo occidental de Sicilia, y desembarcan con todo su material a pesar de la llegada de dos buques de guerra napolitanos, que no están en condiciones de impedírselo en el momento oportuno; el rumor de una intervención británica en favor de los insurrectos ha resultado falso, y hasta los propios napolitanos lo abandonan. El 12, la pequeña tropa marchó 18 millas tierra adentro hasta Salemi, que está en la carretera de Palermo. Aquí parece que los dirigentes del partido revolucionario se encontraron con Garibaldi, deliberaron con él y reunieron un refuerzo de insurrectos de unos 4.000 hombres. Mientras se organizaban, el levantamiento, que había sido reprimido unas semanas antes, pero no sofocado, volvió a encenderse en toda la montaña de Sicilia occidental, y —como se vio el 16— no sin éxito. El 15, Garibaldi avanza hacia el norte por las montañas con sus 1.400 voluntarios organizados y 4.000 campesinos armados sobre Calatafimi, donde la carretera de Marsala desemboca en la calzada principal de Trapani a Marsala.[^1] Los desfiladeros que llevan a Calatafimi a través de una estribación del alto Monte Cerrara —llamada Monte di Pianto Romano— los defendían tres batallones de tropas reales con caballería y artillería al mando del general Landi.[^2] Garibaldi atacó en el acto esta posición, que al principio se defendió con tenacidad. Aunque en este ataque contra los 3.000 o 3.500 napolitanos Garibaldi solo pudo emplear a sus voluntarios y a una parte muy pequeña de los insurrectos sicilianos, los realistas fueron desalojados poco a poco de cinco posiciones fuertes, perdiendo un cañón de montaña y numerosos muertos y heridos. Las bajas de los garibaldinos las cifran ellos mismos en 18 muertos y 128 heridos. Los napolitanos afirman haber tomado en este encuentro una de las banderas de Garibaldi, pero, como encontraron una bandera olvidada en uno de los vapores abandonados en Marsala, es muy capaz que hayan exhibido esa misma bandera en Nápoles como prueba de su supuesta victoria. Su derrota en Calatafimi no los obligó, desde luego, a evacuar la ciudad aquella misma tarde. No la abandonaron hasta la mañana siguiente, y después parece que no opusieron a Garibaldi ninguna otra resistencia hasta Palermo. Llegaron a esta ciudad, sí, pero en un terrible estado de descomposición y desorden. La certeza de haber sucumbido ante simples «filibusteros y chusma armada» les trajo de repente a la memoria la temible imagen del Garibaldi que, mientras defendía Roma contra los franceses, aún encontró tiempo para marchar sobre Velletri y dar su merecido a la vanguardia de todo el ejército napolitano;[^3] el que más tarde, en las faldas de los Alpes, venció a soldados de un valor muy superior al que Nápoles hubiera producido nunca.[^4] La retirada precipitada, sin el menor intento de seguir resistiendo, tenía que reforzar el desánimo y la inclinación a la deserción que ya existían en sus filas; y cuando se vieron de repente rodeados y hostigados sin cesar por la insurrección que se había preparado en la reunión de Salemi, perdieron del todo su cohesión: de la brigada de Landi no volvió a Palermo más que una masa confusa y desanimada, muy reducida en número, en pequeños grupos dispersos.

Garibaldi entró el 16 en Calatafimi, el día en que Landi la había abandonado; el 17 marchó a Alcamo (10 millas), el 18 a Partinico (10 millas) y, más allá de este lugar, en dirección a Palermo. El 19, unos aguaceros ininterrumpidos impidieron a las tropas seguir la marcha.

Entretanto, Garibaldi se había cerciorado de que los napolitanos levantaban atrincheramientos alrededor de Palermo y reforzaban las viejas murallas ruinosas de la ciudad por el lado que mira a la carretera de Partinico. Contaban todavía al menos con 22.000 hombres y eran, por tanto, muy superiores a todas las fuerzas que Garibaldi podía oponerles. Pero estaban desmoralizados y su disciplina se había relajado; muchos pensaban en pasarse a los insurrectos, y sus generales eran conocidos como unos pusilánimes tanto por sus propios soldados como por el enemigo. Las únicas tropas de fiar entre ellos eran los dos batallones extranjeros. Tal como estaban las cosas, Garibaldi no podía arriesgar un ataque frontal directo a la ciudad, mientras que los napolitanos no podían emprender nada decisivo contra él, aunque sus tropas hubieran sido capaces de ello, pues siempre tenían que dejar una fuerte guarnición en la ciudad y no podían alejarse nunca demasiado de ella. Con un general del montón en el lugar de Garibaldi, esta situación habría conducido a una serie de combates inconexos y no decisivos, en los que tal vez habría podido foguear en la lucha a una parte de sus tropas bisoñas, pero en los que también las tropas reales habrían recobrado muy pronto buena parte de la confianza en sí mismas y de la disciplina perdidas, pues probablemente habrían obtenido éxitos en algunos de esos encuentros. Pero esta manera de hacer la guerra no habría respondido ni a las exigencias de una insurrección ni a un Garibaldi. Una ofensiva audaz era la única táctica adecuada a una revolución; un éxito rotundo, como sería la liberación de Palermo, se volvió una necesidad en cuanto los insurrectos tuvieron la ciudad a la vista.

Pero ¿cómo lograrlo? Aquí Garibaldi demostró ser un estratega excelente, cuyas capacidades no se mostraban solo en pequeños combates de guerrillas, sino igualmente en la dirección de operaciones importantes.

El 20 y los días siguientes, Garibaldi atacó las avanzadas y posiciones napolitanas cerca de Monreale y de Parco —en las carreteras que van de Trapani y de Corleone a Palermo— y así hizo creer al enemigo que su ataque iba dirigido sobre todo contra el lado suroeste de la ciudad y que allí estaban concentradas sus fuerzas principales. Con una hábil combinación de ataques y retiradas fingidas, indujo al general napolitano a enviar allí cada vez más tropas de la ciudad, hasta que el 24 aparecieron fuera de la ciudad, en dirección a Parco, unos 10.000 napolitanos. Eso era exactamente lo que Garibaldi se había propuesto. Los atacó en el acto con una parte de sus fuerzas y retrocedió lentamente ante ellos, para alejarlos así cada vez más de la ciudad, y cuando los hubo atraído, por encima de la cresta principal de las montañas que atraviesan Sicilia —que aquí separan la Conca d'oro (la concha de oro, el valle de Palermo) del valle de Corleone—, hasta Piana dei Greci, lanzó en el acto el grueso de sus tropas por otra parte de la misma cadena de colinas al valle de Misilmeri, que se abre hacia el mar cerca de Palermo. El 25 estableció su cuartel general en Misilmeri, a ocho millas de la capital. Qué más hizo con los 10.000 hombres enredados en una sola línea —una mala carretera que discurre por las montañas— es algo de lo que no estamos informados, pero podemos estar seguros de que los tuvo bien ocupados con nuevas victorias aparentes para asegurarse de que no volvieran demasiado deprisa a Palermo. Una vez reducidos así casi a la mitad los defensores de la ciudad, y trasladada su línea de ataque de la carretera de Trapani a la de Catania, pudo pasar al gran ataque. Si la sublevación en la ciudad precedió al asalto de Garibaldi o la provocó su llamada a las puertas, es algo que los despachos contradictorios dejan sin aclarar; lo seguro es que en la mañana del 27 todo Palermo empuñó las armas y que Garibaldi aporreaba la Porta Termini, en el lado sureste de la ciudad, donde ningún napolitano lo esperaba. Todo lo demás es conocido: la liberación gradual de la ciudad, de la que se expulsó a las tropas salvo en las baterías, la ciudadela y el palacio real; el bombardeo que siguió, el armisticio, la capitulación. Todavía faltan detalles auténticos de todos estos sucesos, pero los hechos principales son bastante seguros.

Digamos de paso que los movimientos de Garibaldi para preparar el ataque a Palermo lo acreditan de golpe como estratega de primer orden. Hasta ahora solo lo conocíamos como un jefe de guerrillas muy hábil y muy afortunado; incluso en el sitio de Roma, su método de defender la ciudad con continuas salidas apenas le dio ocasión de elevarse por encima de ese nivel. Pero aquí tenía ante sí una tarea propiamente estratégica, y en esa prueba se reveló maestro en el arte. Su manera de inducir al comandante napolitano al desatino de enviar fuera de su alcance a la mitad de las tropas, la inesperada y súbita marcha de flanco, la reaparición ante Palermo por el lado donde menos se le esperaba y su enérgico ataque a la guarnición debilitada son operaciones que llevan el sello del genio militar mucho más que todo lo ocurrido durante la guerra de Italia de 1859. La insurrección siciliana ha encontrado un jefe militar de primer orden; esperemos que el Garibaldi político, que pronto ha de aparecer en escena, deje sin mancha la gloria del general.

[^1]: Así en la MEW; debe de tratarse de la carretera principal de Trapani a Palermo, que pasa por Calatafimi.

[^2]: Francesco Landi (1792-1861), general napolitano, derrotado por Garibaldi en Calatafimi el 15 de mayo de 1860.

[^3]: Durante la defensa de la República Romana de 1849, Garibaldi derrotó a las tropas napolitanas en Palestrina (9 de mayo) y en Velletri (19 de mayo).

[^4]: En la guerra de 1859, Garibaldi, al mando de los Cazadores de los Alpes, venció a los austriacos en Varese y San Fermo (mayo de 1859).
