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Title: La política inglesa (1860)
Description: Correspondencia de Marx desde Londres para el New-York Daily Tribune sobre el debate del mensaje de respuesta a la Corona de 1860: la tercera guerra china emprendida por Palmerston sin consultar al Parlamento, la enmienda de lord Grey y la usurpación ministerial, que Marx compara con la usurpación imperial en Francia.
Author: Karl Marx
Date: 1860-01-27
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1860%20La%20pol%C3%ADtica%20inglesa
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*Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 27 de enero de 1860 y publicado en el* New-York Daily Tribune*, núm. 5868, del 14 de febrero de 1860. Traducimos del original inglés, según la transcripción de Harold Newson del texto de la antología *Marx on China, 1853-1860* (Londres, 1951) en el Marx-Engels Archive, cotejada con la versión alemana de la MEW (tomo 15, pp. 8-13), por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el del periódico. Las notas son nuestras. [Texto original en inglés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1860%20English%20Politics).*

Los temas más interesantes que se tocaron en los debates parlamentarios sobre el mensaje de respuesta al discurso de la Corona fueron la tercera guerra china, el tratado comercial con Francia y el embrollo italiano. Hay que entender que la cuestión china no implica solo una cuestión internacional, sino también una cuestión constitucional de importancia vital. La segunda guerra china, emprendida por orden arbitraria de lord Palmerston, condujo primero a un voto de censura contra su gabinete y después a la disolución forzosa de la Cámara de los Comunes; y la nueva Cámara, aunque elegida bajo sus propios auspicios, nunca fue llamada a casar la sentencia dictada por su predecesora.[^1] Hasta este mismo momento, la segunda guerra china de lord Palmerston sigue condenada por un veredicto parlamentario. Pero eso no es todo.

El 16 de septiembre de 1859 se recibió en Inglaterra la noticia del rechazo en el Peiho.[^2] En lugar de convocar al Parlamento, lord Palmerston se dirigió a Luis Bonaparte y conversó con el autócrata sobre una nueva expedición anglofrancesa contra China. Durante tres meses, como dice lord Grey, los puertos y arsenales británicos «han resonado con el estrépito de los preparativos», y se tomaron medidas para enviar a China artillería, pertrechos y cañoneros, y para mandar fuerzas considerables, de no menos de 10.000 hombres, además de las fuerzas navales. Embarcado así el país de lleno en una nueva guerra, por un lado mediante un tratado con Francia y por otro mediante un gasto enorme contraído sin ninguna comunicación previa al Parlamento, a este, cuando se reúne, se le pide con toda frescura que «agradezca a Su Majestad haberle informado de lo ocurrido y de los preparativos que se estaban haciendo para una expedición a China». ¿Con qué otro estilo habría podido dirigirse el propio Luis Napoleón a su *Corps législatif*, o el emperador Alejandro a su Senado?

En el debate sobre el mensaje de respuesta en la Cámara de los Comunes en 1857, el señor Gladstone, actual ministro de Hacienda, había exclamado indignado a propósito de la guerra de Persia:

> «Diré, sin temor a ser contradicho, que la práctica de iniciar guerras sin asociar al Parlamento a las primeras medidas está en total contradicción con la práctica establecida del país, es peligrosa para la Constitución y exige absolutamente la intervención de esta Cámara, para hacer del todo imposible que se repita un proceder tan peligroso.»

Lord Palmerston no solo ha repetido el proceder «tan peligroso para la Constitución»; no solo lo ha repetido esta vez con la conformidad del santurrón del señor Gladstone, sino que, como si quisiera poner a prueba la fuerza de la irresponsabilidad ministerial, esgrimiendo los derechos del Parlamento contra la Corona, las prerrogativas de la Corona contra el Parlamento y los privilegios de ambos contra el pueblo, ha tenido la osadía de repetir el peligroso proceder dentro del mismo campo de acción. Censurada por el Parlamento una guerra china suya, emprende otra guerra china a despecho del Parlamento. Y aun así, en ambas Cámaras, solo un hombre reunió valor suficiente para plantar cara a esta usurpación ministerial; y, cosa curiosa, ese hombre no pertenece a la rama popular, sino a la rama aristocrática del poder legislativo. Ese hombre es lord Grey.[^3] Propuso una enmienda al mensaje de respuesta al discurso de la reina en el sentido de que la expedición no debería haberse emprendido antes de conocer el parecer de ambas Cámaras del Parlamento.

La manera en que se recibió la enmienda de lord Grey, tanto por el portavoz del partido ministerial como por el jefe de la oposición de Su Majestad, es muy característica de la crisis política a la que se acercan rápidamente las instituciones representativas de Inglaterra. Lord Grey concedió que, en un sentido formal, la Corona gozaba de la prerrogativa de iniciar guerras; pero, puesto que a los ministros les estaba prohibido gastar un solo cuarto de penique en cualquier empresa sin la sanción previa del Parlamento, la ley y la práctica constitucionales exigían que los representantes responsables de la Corona no emprendieran nunca expediciones bélicas sin haber avisado antes al Parlamento y sin haberle pedido que tomara las disposiciones necesarias para sufragar los gastos que pudieran originarse. Así, si el consejo de la nación lo creía oportuno, podía frenar desde el principio cualquier guerra injusta o impolítica que proyectaran los ministros. Su señoría citó luego algunos ejemplos para mostrar con qué rigor se observaban antes estas reglas. En 1790, cuando los españoles se apoderaron de algunos barcos británicos en la costa noroeste de América, Pitt presentó a ambas Cámaras un mensaje de la Corona que pedía un voto de crédito para hacer frente a los gastos probables.[^4] Asimismo, en diciembre de 1826, cuando la hija de don Pedro pidió ayuda a Inglaterra contra Fernando VII de España, que proyectaba invadir Portugal en beneficio de don Miguel, Canning presentó un mensaje semejante en el que informaba al Parlamento de la naturaleza del caso y del importe de los gastos que probablemente se ocasionarían.[^5] Para terminar, lord Grey dio a entender abiertamente que el ministerio se había atrevido a imponer cargas al país sin el concurso del Parlamento, ya que los grandes gastos efectuados tenían que haberse sufragado de un modo u otro, y no podían haberse sufragado sin echar mano de asignaciones de fondos destinadas a necesidades del todo distintas.

Ahora bien, ¿qué clase de respuesta obtuvo lord Grey por parte del gabinete? El duque de Newcastle,[^6] que había sido el primero en protestar contra la legitimidad de la segunda guerra china de Palmerston, contestó en primer lugar que en los últimos años había surgido «la práctica muy saludable» de «no presentar nunca una enmienda al mensaje de respuesta... a menos que se persiguiera algún gran objetivo de partido». Por consiguiente, puesto que lord Grey no obraba por motivos facciosos y no pretendía aspirar a sacar a los ministros para entrar él, ¿qué demonios, por vida del duque de Newcastle, podía pretender al vulnerar esa «práctica muy saludable de los últimos años»? ¿Tan extravagante era como para figurarse que se iban a romper lanzas por algo que no fueran grandes objetivos de partido? En segundo lugar, ¿no era notorio que lord Palmerston se había apartado una y otra vez de la práctica constitucional que tan escrupulosamente observaban Pitt y Canning? ¿No había hecho aquel noble vizconde una guerra por su cuenta en Portugal en 1831, en Grecia en 1850 y, como podría haber añadido el duque de Newcastle, en Persia, en Afganistán y en muchos otros países? Pues bien, si el Parlamento había permitido a lord Palmerston arrogarse el derecho de guerra y paz y de imponer tributos durante treinta años, ¿por qué iban a intentar todos ellos, de repente, romper con su larga tradición servil? El derecho constitucional podía estar de parte de lord Grey, pero la prescripción estaba sin duda de parte de lord Palmerston. ¿Por qué pedir cuentas al noble vizconde a estas alturas, si nunca antes se le había castigado por innovaciones «saludables» parecidas? En realidad, el duque de Newcastle pareció más bien indulgente al no acusar de rebelión a lord Grey por su intento de quebrantar el privilegio prescriptivo de lord Palmerston de hacer con lo suyo —las fuerzas y el dinero de Inglaterra— lo que le viniera en gana.

Igual de original fue la manera en que el duque de Newcastle se esforzó por demostrar la legalidad de la expedición del Peiho. Existe un tratado anglochino de 1843 en virtud del cual Inglaterra goza de todos los derechos que los celestes concedan a las naciones más favorecidas. Ahora bien, Rusia, en su reciente tratado con China, ha estipulado el derecho a remontar el Peiho. Por consiguiente, en virtud del tratado de 1843, los ingleses tenían derecho a ese paso. Esto, dijo el duque de Newcastle, podía sostenerlo «sin grandes alegatos especiales». ¡Conque podía! Por un lado está la enojosa circunstancia de que el tratado ruso no se ha ratificado sino ahora y, por tanto, no data su existencia efectiva sino de una época posterior a la catástrofe del Peiho. Esto, naturalmente, no es más que un pequeño *hysteron proteron*.[^7] Por otro lado, es de conocimiento general que el estado de guerra suspende todos los tratados vigentes. Si los ingleses estaban en guerra con los chinos en el momento de la expedición del Peiho, no podían, claro está, invocar ni el tratado de 1843 ni ningún otro tratado. Si no estaban en guerra, el gabinete de Palmerston se ha tomado la libertad de iniciar una nueva guerra sin la sanción del Parlamento.

Para escapar de este último extremo del dilema, el pobre Newcastle asegura que, desde el bombardeo de Cantón, durante los dos últimos años, «Inglaterra nunca había estado en paz con China». Por consiguiente, el ministerio había proseguido las hostilidades, no las había reanudado, y por consiguiente él podía, sin alegatos especiales, invocar los tratados que solo rigen en tiempo de paz. Y para realzar la belleza de esta extraña especie de dialéctica, lord Palmerston, jefe del gabinete, asegura al mismo tiempo en la Cámara de los Comunes que Inglaterra, durante todo ese tiempo, «nunca había estado en guerra con China». Tampoco lo estaba ahora. Hubo, desde luego, bombardeos de Cantón, catástrofes del Peiho y expediciones anglofrancesas, pero no había guerra, pues nunca se había declarado la guerra y pues, hasta este momento, el emperador de China había permitido que las transacciones de Shanghái siguieran su curso habitual. El hecho mismo de haber atropellado, frente a los chinos, todas las formas internacionales legítimas de la guerra lo alega Palmerston como razón para prescindir también de las formas constitucionales frente al Parlamento británico, mientras su portavoz en la Cámara de los Lores, el conde de Granville,[^8] declara desdeñosamente «con respecto a China» que «la consulta del Parlamento por el gobierno» es «una cuestión puramente técnica». ¡La consulta del Parlamento por el gobierno, una cuestión puramente técnica!

¿Qué diferencia queda, entonces, entre un Parlamento británico y un *Corps législatif* francés? En Francia es al menos el presunto heredero de un héroe nacional quien se atreve a ponerse en el lugar de la nación y quien al mismo tiempo afronta abiertamente todos los peligros de semejante usurpación. Pero en Inglaterra es algún portavoz subalterno, algún cazador de cargos gastado, alguna nulidad anónima de un llamado gabinete, quienes, fiados en la fuerza de borrico de la mentalidad parlamentaria y en las evaporaciones aturdidoras de una prensa anónima, sin hacer ruido, sin correr ningún peligro, se abren paso calladamente hasta un poder irresponsable. Tómense por un lado las conmociones que provocó un Sila; tómense por otro las maniobras fraudulentas, muy de hombre de negocios, del gerente de un banco por acciones, del secretario de una sociedad benéfica o del escribano de una junta parroquial, y se comprenderá la diferencia entre la usurpación imperialista en Francia y la usurpación ministerial en Inglaterra.

Lord Derby,[^9] plenamente consciente del interés que ambas facciones tienen por igual en asegurar la impotencia y la irresponsabilidad ministeriales, no podía, naturalmente, «coincidir con el noble conde (Grey) en las severas opiniones que mantiene sobre los deslices del gobierno». No podía sumarse del todo a la queja de lord Grey de que el gobierno debería haber convocado al Parlamento para consultarle sobre la cuestión china, pero desde luego «no lo apoyaría con su voto si insistiera en someter la enmienda a votación».

En consecuencia, la enmienda no se sometió a votación, y todo el debate sobre la guerra china, en ambas Cámaras, se evaporó en grotescos cumplidos con los que ambas facciones colmaron al almirante Hope[^10] por haber enterrado tan gloriosamente las fuerzas inglesas en el barro.

[^1]: La segunda guerra del Opio (1856-1860) empezó con el bombardeo de Cantón en octubre de 1856. En marzo de 1857 la Cámara de los Comunes aprobó la moción de censura de Cobden contra la política de Palmerston en China; Palmerston disolvió la Cámara y ganó las elecciones.

[^2]: El 25 de junio de 1859 los fuertes de Taku, en la desembocadura del Peiho (hoy Hai He), rechazaron a la escuadra anglofrancesa que escoltaba a los enviados encargados de canjear en Pekín las ratificaciones del tratado de Tianjin de 1858.

[^3]: Henry George Grey, tercer conde Grey (1802-1894), político whig, ministro de las Colonias de 1846 a 1852.

[^4]: Crisis de Nutka (1789-1790), por las capturas españolas en la bahía de Nutka, en la isla de Vancouver. William Pitt el Joven (1759-1806) era entonces primer ministro.

[^5]: María II de Portugal (1819-1853), hija de Pedro I del Brasil (Pedro IV de Portugal), cuyo trono disputaba su tío don Miguel (1802-1866). George Canning (1770-1827) era entonces ministro de Asuntos Exteriores y envió tropas a Portugal.

[^6]: Henry Pelham-Clinton, quinto duque de Newcastle (1811-1864), peelita, ministro de las Colonias en el gabinete de Palmerston desde 1859.

[^7]: «Lo posterior antes»: figura que invierte el orden natural de las cosas.

[^8]: Granville George Leveson-Gower, segundo conde de Granville (1815-1891), whig, presidente del Consejo Privado y portavoz del gobierno en la Cámara de los Lores.

[^9]: Edward Smith-Stanley, conde de Derby (1799-1869), jefe del partido conservador, primer ministro en 1852 y en 1858-1859.

[^10]: James Hope (1808-1881), almirante británico al mando de la escuadra rechazada en el Peiho, donde fue herido.
