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Title: Los preparativos de Napoleón para su próxima guerra en el Rin (1860)
Description: Dos correspondencias de Marx desde Berlín para el New-York Daily Tribune sobre los planes de Luis Bonaparte en el Rin y el aislamiento de Prusia tras Villafranca: una reforma del ejército contra la Landwehr, la falta de libertades civiles, la tradición de vasallaje ante Rusia y la torpe política de la Pequeña Alemania en la cuestión de Hesse Electoral.
Author: Karl Marx
Date: 1860-05-01
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1860%20Los%20preparativos%20de%20Napole%C3%B3n%20para%20su%20pr%C3%B3xima%20guerra%20en%20el%20Rin
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*Escrito en inglés por Karl Marx (dos correspondencias fechadas en Berlín el 1 y el 2 de mayo de 1860, publicadas juntas) y publicado en el* New-York Daily Tribune*, núm. 5950, del 19 de mayo de 1860. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 46-54), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1860%20Vorbereitungen%20f%C3%BCr%20Napoleons%20k%C3%BCnftigen%20Krieg%20am%20Rhein).*

Berlín, 1 de mayo de 1860

La opinión de que Luis Bonaparte está a punto de poner la cuestión alemana en el orden del día domina en todas las clases de la sociedad. En la *National-Zeitung* de hoy, un corresponsal llega a asegurar que sabe por fuentes de lo más auténticas que Badinguet[^1] (como suele llamarse en París a Luis Bonaparte) se ha decidido definitivamente por una campaña en el Rin y que lord John Russell[^2] acababa de ser informado de ese plan cuando, hace unas semanas, se levantó para asustar a la Cámara de los Comunes con violentas invectivas contra el emperador de los franceses y con el repentino anuncio de que Inglaterra buscaba ahora nuevos aliados. El tono y la violencia de los periódicos semioficiales franceses no son en absoluto los adecuados para disipar estos temores. Lean ustedes, por ejemplo, el siguiente extracto de la *Correspondance Bullier*, una publicación parisina de la que la mayoría de los periodistas de provincias de Francia sacan su inspiración:

> «Uno de mis amigos, propenso a las profecías ingeniosas, me decía el otro día: “Ya verá usted cómo el emperador va al Rin a ofrecer al rey de Prusia su alianza y una ligera rectificación de fronteras”. Le contesté con una cita del folleto *Napoléon III et l'Italie*:[^3] “Más vale convenir amistosamente un cambio territorial que tener que hacerlo al día siguiente de una victoria”.»

Poco después de concluido el tratado comercial con Inglaterra, el gobierno francés dio a entender al embajador prusiano en París que una solicitud de un tratado semejante entre Francia y el Zollverein[^4] sería acogida favorablemente; pero cuando el gobierno prusiano respondió que el Zollverein no tenía el menor deseo de concluir tal tratado, se expresaron sorpresa y disgusto en una forma no precisamente cortés. Además, el gobierno prusiano estaba plenamente informado de las negociaciones que unos enviados de Luis Bonaparte habían entablado hace poco con la corte bávara para inducirla a ceder a Francia la fortaleza de Landau, que, según se dice, el tratado de 1814 había dejado a Francia y que el tratado de 1815 le había quitado indebidamente.[^5] Los rumores que corren entre el pueblo sobre una próxima ruptura con Francia se ven así reforzados por la desconfianza oficial.

La situación de Prusia tiene en este momento, en cierto sentido, un gran parecido con la de Austria después del final de la guerra de Oriente. Austria parecía entonces la potencia que mejor había salido parada de todas. Se lisonjeaba de haber humillado a Rusia, su peligrosa vecina, sin haberse expuesto a más molestias que la movilización de sus fuerzas. Como había hecho de mediador armado mientras las potencias occidentales tenían que soportar el peso principal de la guerra, después de proclamada la paz podía imaginarse que había eliminado, con las armas de la alianza occidental, la preponderancia que Rusia había adquirido sobre Austria desde los acontecimientos de 1849 en Hungría; y en efecto se hicieron entonces muchos cumplidos sobre la hábil táctica diplomática del gabinete de Viena. En realidad, sin embargo, la actitud ambigua que Austria adoptó durante la guerra de Oriente la privó de todos sus aliados y permitió a Luis Bonaparte *localizar* la guerra de Italia. Prusia, por su parte, no tocó sus recursos durante la guerra de Italia. Se echó el arma al hombro, pero no la usó, y se contentó con derramar, en lugar de sangre, la paciente tinta de sus figurones políticos. Después de la paz de Villafranca, Prusia parecía haber debilitado, gracias a las victorias francesas, a la casa rival de Habsburgo y haberse despejado el camino hacia la supremacía en Alemania. Ya solo los pretextos con que se proclamó la paz de Villafranca habrían debido disipar los delirios que aquejaban a Prusia. Mientras Luis Bonaparte declaraba que el rearme de Prusia y sus amenazas de una eventual intervención habían embotado la espada de Francia, Austria declaraba que su propia capacidad de resistencia había quedado destruida por la dudosa neutralidad de Prusia. Durante toda la guerra, Prusia mostró una presunción que sus actos contradecían de modo francamente ridículo. Frente a Austria y a los Estados alemanes más pequeños invocaba sus deberes de gran potencia europea; frente a Inglaterra y Rusia invocaba sus obligaciones de mayor potencia de Alemania, y, apoyando sus reclamaciones en esta doble pretensión, exigía a Francia que la reconociera como mediadora armada de Europa. Conforme a sus pretensiones de potencia alemana *par excellence*, Prusia permitió que Rusia intimidara a los príncipes alemanes más pequeños con una circular de una insolencia sin precedentes,[^6] y escuchó temerosa, en la persona del señor von Schleinitz,[^7] las charlatanas lecciones de lord John Russell sobre el derecho de gentes «constitucional».

Cumplió sus pretensiones de gran potencia europea apaciguando los ardores bélicos de los pequeños príncipes alemanes e intentando convertir las derrotas militares de Austria en otros tantos títulos jurídicos para apoderarse del puesto que antes ocupaba su rival en la asamblea de la Confederación Germánica. Cuando, por fin, los éxitos de las armas francesas la obligaron a adoptar algo parecido a una actitud belicosa, Prusia tropezó con la fría resistencia de los pequeños Estados alemanes, que apenas se tomaban la molestia de disimular su desconfianza hacia las intenciones últimas de la corte prusiana. La paz de Villafranca encontró a Prusia completamente aislada, no solo en Europa, sino también en Alemania, mientras que la anexión posterior de Saboya, que acortó considerablemente la frontera expuesta de Francia, ha mejorado mucho sus posibilidades de una campaña victoriosa en el Rin.

En estas circunstancias, la línea política que Prusia tiene a bien seguir ahora resulta igual de equivocada en sus relaciones interiores que en las exteriores. Pese a todas las jactanciosas declamaciones de los periódicos y de las corporaciones representativas prusianas, en sus asuntos interiores no ha cambiado nada, salvo la fraseología de sus funcionarios. Las propuestas de reforma del ejército, que en modo alguno refuerzan la potencia militar ante la difícil situación que amenaza, apuntan a un aumento permanente del ejército permanente, que ya es demasiado grande; a la sobrecarga de los recursos financieros, que ya están demasiado exigidos, y a la destrucción de la única institución democrática del país: la *Landwehr*.[^8] Todas las leyes reaccionarias sobre la prensa, el derecho de asociación, la administración municipal y las relaciones entre terratenientes y campesinos, la tutela burocrática y la omnipresencia de la policía se han mantenido cuidadosamente. Ni siquiera se han derogado los infames artículos relativos a los matrimonios entre nobles y gentes de origen sencillo. La mera idea de restablecer la Constitución suprimida por un *coup d'état* [golpe de Estado][^9] se rechaza a silbidos como un sueño fantástico.

Voy a darles un solo ejemplo de la libertad civil de que goza ahora un súbdito prusiano. Un prusiano renano de nacimiento fue condenado durante el peor período de la reacción, por un jurado de composición parcial, a siete años de prisión en una fortaleza prusiana por un hecho calificado entonces de delito político. Cumplida la condena, que el ministerio liberal no acortó, se dirigió a Colonia, de donde fue expulsado por orden de la policía. Se encaminó entonces a su ciudad natal, pero —cosa bastante extraña— las autoridades le informaron de que, por haber estado siete años alejado de aquel lugar, había perdido su derecho de vecindad y tenía que buscarse otro lugar de residencia. Alegó que su ausencia no había sido voluntaria, pero todo fue en vano. De Berlín, adonde fue después, lo expulsaron de nuevo con el pretexto de que, aparte de sus recursos personales de fuerza de trabajo y de conocimientos, no podía presentar ningún medio de subsistencia, pues todos sus bienes se habían consumido durante su prisión. Por último se refugió en Breslau, donde un antiguo conocido le dio empleo como dependiente; pero una mañana lo citaron a la policía y le comunicaron que su permiso de residencia solo podría prorrogarse unas semanas si entretanto no adquiría la vecindad en Breslau. Cuando la solicitó al ayuntamiento de Breslau, le pusieron muchas trabas mezquinas, que se allanaron gracias a la mediación de amigos solícitos, tras lo cual se le concedió por fin la vecindad; pero junto con la concesión recibió una abultada factura con una serie de tasas que todo mortal afortunado tiene que pagar al ser admitido en las filas de los vecinos de Breslau. Si sus amigos no hubieran encontrado el modo de reunir entre todos la suma exigida, este súbdito prusiano, como el judío errante, no habría encontrado en su gloriosa patria un lugar donde reclinar la cabeza.

Berlín, 2 de mayo de 1860

Después de concluida la paz de Villafranca, el gobierno prusiano —que durante meses se había mecido en la vana esperanza de ser reconocido como mediador armado de Europa y de levantar sobre las ruinas de la monarquía de los Habsburgo el edificio de la grandeza de los Hohenzollern— pareció empezar a vislumbrar los enormes peligros que amenazan en el futuro. Su política, a la vez irresoluta, vacilante y traicionera, lo había dejado sin aliados, e incluso Von Schleinitz, cuyos prolijos despachos se habían convertido en motivo de burla permanente para el mundo diplomático, apenas podía ocultarse la verdad de que, en cuanto la situación interior de Francia volviera a empujar al hombre de diciembre más allá de las fronteras francesas, Prusia sería el objeto predestinado de una nueva guerra localizada.

¿No había dejado caer Luis Napoleón, en un momento de aparente franqueza, algunas palabras al respecto que mostraban que sabía lo que Alemania necesita —a saber, la unidad—, que él era el hombre para realizarla y que las provincias renanas no serían un precio demasiado alto por adquirir una mercancía tan valiosa? Fiel a la tradición del pasado de Prusia, la primera idea del príncipe regente y de sus partidarios fue entregarse a la merced de Rusia. ¿No había adquirido Federico Guillermo I Pomerania mediante un tratado de reparto concluido con Pedro el Grande contra Carlos XII de Suecia?[^10] ¿No había alcanzado Federico II la victoria en la guerra de los Siete Años y anexionado Silesia porque Rusia se retiró de su aliado austriaco?[^11] ¿No habían hinchado las minúsculas dimensiones de la monarquía prusiana los sucesivos repartos de Polonia, acordados entre la corte de Berlín y la de San Petersburgo? ¿No se había recompensado en el Congreso de Viena la sumisión ilimitada de Federico Guillermo III, que secundó a Alejandro I cuando en 1814 Inglaterra, Austria y Francia dejaron ver signos de oposición y resistencia, con la incorporación a Prusia de Sajonia y de la provincia del Rin?[^12] En una palabra: en sus intervenciones en Alemania, Prusia había gozado siempre de la protección y el apoyo de Rusia, naturalmente con la condición expresa de ayudar a esta última gran potencia a someter a los países limítrofes con la patria y de hacer en la escena europea el papel de su modesto vasallo. En octubre de 1859, el príncipe regente y Alejandro II, rodeados de diplomáticos, generales y cortesanos, se reunieron en Breslau para concluir un tratado cuyos artículos han seguido siendo hasta ahora un misterio insondable, no desde luego para Luis Bonaparte o lord Palmerston, pero sí para los súbditos prusianos, cuyos representantes liberales se mostraron, naturalmente, demasiado corteses para interpelar al señor von Schleinitz, ministro de Asuntos Exteriores, sobre una cuestión tan delicada. Pero esto sí es seguro: que la prensa bonapartista no se dejó desconcertar por la conferencia de Breslau; que desde entonces las relaciones entre Rusia y Francia se han vuelto llamativamente más íntimas; que esa conferencia no pudo impedir que Luis Bonaparte se apoderara de Saboya ni que amenazara a Suiza con una inevitable «rectificación de las fronteras del Rin», y, por último, que la propia Prusia, pese a la grata perspectiva de poder ser la vanguardia de Rusia, se ha lanzado últimamente con avidez sobre el cebo de una alianza con Inglaterra, que en Londres solo se echó para divertir una o dos semanas a la Cámara de los Comunes.

Pero que lord John Russell divulgara indiscretamente en un libro azul el coqueteo del señor von Schleinitz con las Tullerías durante la última guerra de Italia asestó el golpe de gracia a la alianza anglo-prusiana, que el gobierno prusiano había tenido por un momento por un plan considerado en serio. En Londres, en cambio, se sabía que no era más que una frase que escondía un ardid parlamentario. Después de todo esto, pese a la conferencia con Alejandro II en Breslau y a la «búsqueda de nuevos aliados» de lord John Russell, Prusia está ahora, exactamente igual que después de la paz de Villafranca, completamente aislada y expuesta sin ayuda de nadie a la teoría francesa de las fronteras naturales.

¿Cabe siquiera concebir que, en circunstancias tan apuradas, la única salida que se le ocurrió al gobierno prusiano sea renovar su plan de una Pequeña Alemania con un Hohenzollern a la cabeza y, con las provocaciones más insolentes, no solo empujar a Austria al campo enemigo, sino enajenarse toda la Alemania del sur? Y sin embargo —por increíble que parezca, y tanto más increíble cuanto que la prensa bonapartista recomienda con celo esta línea política—, así es. Cuanto más se acerca el peligro, más ansiosa está Prusia por exhibir su hambre de un nuevo reparto de Alemania. Dicho sea de paso, es muy probable que, después del golpe asestado a Austria, Alemania necesite que se asiente a Prusia un golpe parecido para librarse de «las dos casas»;[^13] pero, en todo caso, nadie sospechará que el príncipe regente y el señor von Schleinitz obren según principios tan pesimistas. Desde la paz de Villafranca, las intenciones políticas del regente se habían delatado en pequeñas escaramuzas de prensa y en breves debates ocasionales sobre la cuestión italiana; pero el 20 de abril, en la Cámara de Diputados prusiana, con motivo de los debates sobre la cuestión de Hesse Electoral, se sacó el gato del saco.

Ya he explicado a sus lectores esta cuestión de Hesse Electoral, de modo que me limitaré ahora a exponer en pocas palabras los puntos principales en torno a los que giraron los debates. Cuando el príncipe elector suprimió en 1849-1850, bajo la protección de Austria, la Constitución de Hesse Electoral de 1831, a Prusia le entraron por un momento ganas de desenvainar la espada en favor de la cámara de diputados que protestaba; pero en noviembre de 1850, en el encuentro entre el príncipe Schwarzenberg y el barón Manteuffel en Olmütz, cuando Prusia se sometió por completo a Austria, confirmó el restablecimiento de la vieja Dieta federal alemana, traicionó a Schleswig-Holstein y renunció a toda pretensión de dominio, abandonó también su papel de caballero andante en favor de la Constitución de Hesse Electoral de 1831.[^14]

En 1852 el príncipe elector otorgó una nueva Constitución, que la Dieta federal confirmó pese a la protesta de la población de Hesse Electoral. Después de la guerra de Italia, la cuestión, promovida en secreto por Prusia, volvió a debatirse. Las cámaras de Hesse Electoral se declararon de nuevo por la validez jurídica de la Constitución de 1831, y se dirigieron a la Dieta de Fráncfort nuevas peticiones para su restablecimiento. Prusia declaró entonces que solo la Constitución de 1831 era válida, pero que, según añadía con cautela, debía adaptarse a los principios monárquicos de la Dieta federal. Austria, en cambio, insistió en que la Constitución de 1852 era legal, pero debía mejorarse en sentido liberal. Así, la disputa era una mera escaramuza verbal, un sofisma; en el fondo era una lucha por el poder entre los Hohenzollern y los Habsburgo en la Confederación Germánica. Una mayoría muy grande de la Dieta se pronunció por fin por la validez de la Constitución de 1852, es decir, por Austria contra Prusia. Los motivos que influyeron en la decisión de los Estados alemanes más pequeños eran transparentes. Sabían que Austria estaba demasiado enredada en dificultades exteriores y era demasiado impopular para intentar nada que fuera más allá de mantener el *statu quo* general en Alemania, mientras que sospechaban que Prusia abrigaba ambiciosos planes de innovación. Si no hubieran reconocido la competencia de la resolución de la Dieta de 1851, se habría puesto en juego la competencia de todas las decisiones de la Dieta desde 1848. Por último, no aprobaban la estrategia de Prusia de dictar a todos los pequeños príncipes alemanes y de mermar su soberanía tratando de hacer suyas las quejas del pueblo de Hesse Electoral contra el príncipe elector. En consecuencia, la propuesta de Prusia no prosperó.

Pues bien, el 20 de abril, cuando este asunto se debatió en Berlín en la Cámara de Diputados, el señor von Schleinitz declaró expresamente en nombre del gobierno prusiano que Prusia no se sentía obligada por la resolución de la Dieta federal; que en 1850, cuando se hizo la Constitución prusiana, no existía ninguna Dieta federal, pues esa corporación había sido barrida por el terremoto de 1848, de lo que hay que concluir que todas las resoluciones de la Dieta contrarias a los planes del gobierno prusiano carecían de fuerza de ley; y, por último, que la Dieta federal pertenecía en realidad al reino de los muertos, aunque la Confederación Germánica siguiera existiendo, naturalmente. ¿Puede imaginarse un paso más necio por parte del gobierno prusiano? El gobierno austriaco declaró que la vieja Constitución del Imperio alemán había caducado después de que Napoleón I la borrara.[^15] Los Habsburgo no hacían más que proclamar un hecho. Los Hohenzollern, en cambio, proclaman ahora la nulidad de la Constitución federal de Alemania en un momento en que Alemania está amenazada por una guerra extranjera, como si quisieran dar al hombre de diciembre un pretexto para concluir alianzas separadas con los Estados alemanes más pequeños, a los que las leyes de la Dieta habían impedido hasta ahora proceder así. Si Prusia hubiera proclamado el derecho de la revolución de 1848, declarado nulos todos los actos contrarrevolucionarios que ella misma y la Dieta han cometido desde entonces y proclamado el restablecimiento de todas las instituciones y leyes de la época revolucionaria, se habría ganado las simpatías de toda Alemania, incluida la Austria alemana. Tal como están las cosas, no ha hecho más que desunir a los príncipes alemanes sin unir al pueblo alemán. En realidad, ha abierto la puerta por la que pueden entrar los zuavos.

[^1]: Apodo de Luis Bonaparte, por el nombre del albañil con cuya ropa escapó en 1846 de la fortaleza de Ham.

[^2]: Lord John Russell (1792-1878), ministro de Asuntos Exteriores británico en el gabinete de Palmerston.

[^3]: Folleto anónimo de Louis-Étienne Arthur Dubreuil Hélion de La Guéronnière publicado en París en febrero de 1859, inspirado por Napoleón III, que preparó a la opinión para la guerra de Italia.

[^4]: Unión aduanera de los Estados alemanes bajo la dirección de Prusia, en vigor desde 1834; Austria no formaba parte de ella.

[^5]: La primera paz de París (30 de mayo de 1814) dejó Landau a Francia; la segunda (20 de noviembre de 1815) se la quitó, y la plaza pasó a Baviera.

[^6]: Circular del gobierno ruso de mayo de 1859 a sus representantes en las cortes alemanas, que advertía a los Estados de la Confederación contra toda acción armada en apoyo de Austria.

[^7]: Alexander von Schleinitz (1807-1885), ministro de Asuntos Exteriores de Prusia de 1858 a 1861.

[^8]: La milicia territorial prusiana, creada en las guerras contra Napoleón (1813), formada por los hombres que habían cumplido su servicio en el ejército permanente, con oficiales propios elegidos en buena parte entre la burguesía. En el *Tribune*, en alemán. La reforma del ejército de 1860 la relegó a una reserva de segunda línea.

[^9]: La Constitución prusiana fue otorgada por el rey el 5 de diciembre de 1848, tras la disolución de la Asamblea Nacional prusiana, y revisada en sentido reaccionario en 1850.


[^10]: En la gran guerra del Norte (1700-1721), Prusia, de acuerdo con Rusia, ocupó la Pomerania sueca hasta el Peene, que le confirmó la paz de Estocolmo de 1720.

[^11]: A la muerte de la emperatriz Isabel de Rusia (enero de 1762), su sucesor Pedro III, admirador de Federico II, firmó la paz con Prusia y retiró a Rusia de la coalición, lo que salvó a Federico de la derrota; la paz de Hubertusburgo (1763) le confirmó la posesión de Silesia.

[^12]: En el Congreso de Viena (1814-1815), Prusia apoyó las pretensiones rusas sobre Polonia a cambio de Sajonia; al final obtuvo el norte de Sajonia y las provincias del Rin y de Westfalia.

[^13]: Los Habsburgo y los Hohenzollern.

[^14]: El príncipe elector Federico Guillermo I de Hesse, con su ministro Hassenpflug, suprimió de hecho la Constitución de 1831 en 1850; la intervención de la Confederación, apoyada por Austria, estuvo a punto de provocar una guerra con Prusia, que capituló en la convención de Olmütz (29 de noviembre de 1850) firmada por Otto von Manteuffel y el príncipe Felix zu Schwarzenberg (1800-1852), presidente del gobierno austriaco. La Dieta federal, restablecida en 1851, aprobó la nueva Constitución otorgada en 1852.

[^15]: Francisco II renunció a la corona imperial alemana el 6 de agosto de 1806, tras la creación de la Confederación del Rin bajo el protectorado de Napoleón.
