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Title: Rusia se sirve de Austria - El encuentro de Varsovia (1860)
Description: Correspondencia de Marx para el New-York Daily Tribune: frente a la asamblea del Nationalverein en Coburgo, el encuentro de los príncipes en Varsovia; la política rusa de cambiar de bando, la lucha entre zar, nobleza y siervos por la emancipación y la conclusión de que solo una revolución alemana puede librar a Alemania de sus amos dinásticos.
Author: Karl Marx
Date: 1860-09-17
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1860%20Rusia%20se%20sirve%20de%20Austria%20-%20El%20encuentro%20de%20Varsovia
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*Escrito en inglés por Karl Marx (correspondencia fechada en Berlín el 17 de septiembre de 1860) y publicado en el* New-York Daily Tribune*, núm. 6072, del 10 de octubre de 1860. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 178-181), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Marx fechaba en Berlín algunas de sus correspondencias, aunque las escribía en Londres. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1860%20Ru%C3%9Fland%20bedient%20sich%20%C3%96sterreichs%20-%20Das%20Treffen%20in%20Warschau).*

Berlín, 17 de septiembre de 1860

De todos los países de Europa, Alemania ofrece en este momento el espectáculo más curioso, más confuso y más lamentable. El verdadero estado de los asuntos alemanes se entiende mejor contraponiendo sin más dos hechos: la reciente reunión de la Asociación Nacional Alemana en Coburgo[^1] y la inminente reunión de los principales príncipes alemanes en Varsovia[^2]. Mientras la primera aspira a la unificación de la patria renunciando a la Austria alemana y confiando en Prusia, el propio regente de Prusia, en sus planes de resistencia contra la agresión francesa, se apoya en la restauración de la Santa Alianza bajo dirección rusa. Como es sabido, a la política exterior rusa no le importan un ápice los principios en el sentido corriente de la palabra. No es legitimista ni revolucionaria, pero aprovecha con la misma habilidad todas las ocasiones de engrandecimiento territorial, ya se logre este tomando partido por pueblos sublevados o por príncipes en litigio. Respecto de Alemania, la política invariable de Rusia consiste en cambiar de bando. Primero se alía con Francia para quebrar la resistencia de Austria a sus planes orientales, y luego toma partido por Alemania para debilitar a Francia y girar contra la gratitud alemana una letra que se descontará en el Vístula o en el Danubio. En el curso de un conflicto europeo, siempre preferirá una coalición con los príncipes alemanes a una alianza con los advenedizos franceses, por la sencilla razón de que su verdadera fuerza reside en su superioridad diplomática y no en su poderío material. Una guerra contra Alemania, su vecino inmediato, nacida de una alianza con Francia, revelaría la verdadera impotencia del coloso del norte, mientras que en una guerra contra Francia, Rusia, por su situación geográfica, formaría siempre la reserva —Alemania se vería así obligada a hacer el trabajo propiamente dicho— y reclamaría para sí los frutos de la victoria. Las potencias aliadas se parecen en este punto a las distintas partes de un ejército. La vanguardia y el centro tienen que librar el combate decisivo, pero la reserva decide la batalla y se lleva la victoria. Los soñadores alemanes pueden entregarse a la engañosa esperanza de que Rusia, bajo la fuerte presión de una lucha social interior provocada por el movimiento de emancipación, desmienta esta vez la máxima del historiador ruso Karamzín[^3] sobre la inmutabilidad de la política exterior de Rusia.

Se supone que un imperio gigantesco desgarrado por la lucha de clases y amenazado por una crisis financiera estaría encantado de quitar las manos de Europa; pero eso sería no entender el verdadero carácter del movimiento interior de Rusia. Fueran cuales fueran sus verdaderas intenciones, a un zar benévolo le es tan imposible conciliar la abolición de la servidumbre con la continuación de su propia autocracia como le fue imposible en 1848 a un papa benévolo[^4] conciliar la unidad italiana con las condiciones de existencia del papado. Por sencilla que suene la frase de la emancipación de los siervos en Rusia, detrás de ella se esconden las intenciones más diversas y las aspiraciones más contradictorias. El velo que, al comienzo del movimiento, una especie de entusiasmo general echó sobre las aspiraciones en pugna tiene que rasgarse necesariamente en cuanto se pase de las palabras a los hechos. La emancipación de los siervos en el sentido del zar equivaldría a destruir las últimas barreras que todavía estorban a la autocracia zarista. Por un lado, quedaría suprimida la independencia relativa de los nobles, basada en su poder sin control sobre la mayoría del pueblo ruso; por otro, el autogobierno de las comunidades aldeanas de siervos, basado en la posesión común de la tierra sometida a servidumbre, quedaría roto por el plan del Gobierno, que apuntaba a suprimir el principio «comunista». Eso es lo que el Gobierno central entendía por emancipación de los siervos. Los nobles, por su parte —es decir, aquella parte influyente de la aristocracia rusa que había perdido la esperanza de mantener el viejo estado de cosas—, se habían decidido a permitir la emancipación de los siervos con dos condiciones. Una indemnización económica, con la que convertirían a los campesinos de siervos suyos en deudores hipotecarios suyos, de modo que, en lo que toca a los intereses materiales, al menos durante dos o tres generaciones no se habría cambiado nada salvo la forma de la dependencia servil, pues su forma patriarcal habría sido sustituida entonces por su forma civilizada. Además de esta indemnización que pagarían los siervos, exigían otra que debía pagar el Estado. A cambio del poder local sobre los siervos al que se declaraban dispuestos a renunciar, exigían como compensación poder político, que se arrancaría al Gobierno central y se les daría esencialmente como participación constitucional en la dirección general del Imperio.

Por último, los propios siervos preferían la fórmula más sencilla para la cuestión de la emancipación. Lo que entendían por ella era el viejo estado de cosas sin sus viejos terratenientes. En esta lucha recíproca —en la que el Gobierno, pese a amenazas y halagos, fracasó ante la resistencia de la nobleza y de los campesinos; la aristocracia, ante la resistencia del Gobierno y de su ganado humano de trabajo, y el campesinado, ante la resistencia conjunta de su soberano central y de sus señores locales—, se llegó, como es habitual en tales transacciones, a un acuerdo entre los poderes existentes a costa de la clase oprimida. El Gobierno y la aristocracia acordaron aplazar por el momento la cuestión de la emancipación y volver a lanzarse a aventuras exteriores. De ahí el tratado secreto de 1859 con Luis Bonaparte[^5] y el congreso oficial de 1860 en Varsovia con los príncipes alemanes. La guerra de Italia había quebrantado la confianza de Austria en sí misma lo bastante para convertirla de obstáculo en instrumento de los planes exteriores de Rusia, y Prusia, que se había puesto en ridículo mostrando en el curso de la guerra al mismo tiempo el semblante de la deslealtad ambiciosa y el de la inactividad completa, no puede dejar de seguir los pasos de Austria, amenazada como está por Francia en sus fronteras renanas. Uno de los grandes errores del partido de Gotha[^6] fue imaginarse que los golpes que Austria recibiría probablemente de Francia la descompondrían en sus partes esenciales, de modo que la Austria alemana, desligada de sus lazos con Italia, Polonia y Hungría, se uniría fácilmente a un gran imperio alemán. Una larga experiencia histórica nos ha mostrado que toda guerra que Austria libra con Francia o con Rusia no libra a Alemania de su carga, sino que la somete a los planes de Francia o de Rusia. Sería una mala política de estas potencias hacer pedazos a Austria de un gran golpe, aunque tuvieran fuerza para darlo; pero debilitar a Austria para aprovechar en su favor la influencia que le queda ha sido y será siempre el objetivo principal de sus operaciones diplomáticas y militares. Solo una revolución alemana con un centro en Viena y otro en Berlín podría hacer pedazos el Imperio de los Habsburgo sin poner en peligro la integridad de Alemania y sin poner sus territorios no alemanes bajo control francés o ruso.

El inminente congreso de Varsovia reforzaría mucho la posición de Luis Bonaparte en Francia si la perspectiva de un conflicto en Italia entre el partido verdaderamente nacional y el partido francés no le estropeara la ocasión. Tal como están las cosas, hay que esperar que el congreso de Varsovia abra por fin los ojos a Alemania y le muestre que, para resistir a las agresiones de fuera y realizar dentro la unidad y la libertad, tiene que deshacerse de sus amos dinásticos en su propia casa.

[^1]: El Deutscher Nationalverein (Asociación Nacional Alemana), fundado en 1859 por liberales burgueses, propugnaba la unificación de Alemania bajo la dirección de Prusia y sin Austria; celebró su asamblea general en Coburgo a comienzos de septiembre de 1860.

[^2]: Entrevista del zar Alejandro II con el emperador Francisco José de Austria y el príncipe regente Guillermo de Prusia en Varsovia, del 22 al 26 de octubre de 1860.

[^3]: Nikolái Mijáilovich Karamzín (1766-1826), escritor e historiador ruso, autor de una *Historia del Estado ruso*.

[^4]: Pío IX, papa de 1846 a 1878, que al comienzo de su pontificado pasó por liberal y partidario de la causa nacional italiana.

[^5]: Tratado secreto franco-ruso del 3 de marzo de 1859, por el que Rusia se comprometía a una neutralidad benévola hacia Francia en la guerra contra Austria.

[^6]: Partido de Gotha: los liberales alemanes que, tras la disolución de la Asamblea Nacional de Fráncfort, se reunieron en Gotha en junio de 1849 y defendieron la unificación de Alemania bajo la hegemonía prusiana y sin Austria; a ellos se remontaba el Nationalverein.
