---
Title: Saboya, Niza y el Rin (1860)
Description: El folleto con el que Engels continuó «El Po y el Rin»: ante la anexión de Saboya y Niza por Luis Napoleón, analiza su significado militar para Italia, Suiza y Alemania, desmonta la teoría bonapartista de las «fronteras naturales», que apunta al Rin, y denuncia la alianza ruso-francesa, con la esperanza puesta en la crisis de la servidumbre en Rusia.
Author: Friedrich Engels
Date: 1860-02
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1860%20Saboya%2C%20Niza%20y%20el%20Rin
---


*Escrito por Friedrich Engels a finales de febrero de 1860 y publicado sin firma («Del autor de* El Po y el Rin*») como folleto en Berlín, en la editorial de G. Behrend (Falckenberg), en 1860. Traducido del texto de Marx/Engels,* Werke*, tomo 13 (Berlín, 1961), págs. 571-612, cotejado con la primera edición (escaneo de dominio público en el Internet Archive), según la cual se han corregido erratas de transcripción y de imprenta, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras, salvo las señaladas como de Engels.* [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1860%20Savoyen%2C%20Nizza%20und%20der%20Rhein)

## I

Hace ahora un año que el complot bonapartista-piamontés-ruso empezó a desenvolverse a la vista del público. Primero el discurso de Año Nuevo, luego el emparejamiento de la «Ifigenia italiana», luego el grito de dolor de Italia y, por último, la confesión de Gorchakov de que había contraído con Luis Napoleón *compromisos por escrito*.[^1] Entretanto, armamentos, marchas de tropas, amenazas, intentos de mediación. Entonces, en el primer momento, un sentimiento instintivo recorrió como una sacudida toda Alemania: aquí no se trata de Italia, sino de nuestra propia piel. Se empieza en el Tesino y se acaba en el Rin. La meta final de todas las guerras bonapartistas no puede ser otra que la reconquista de la «frontera natural» de Francia, la frontera del Rin.

Pero aquella parte de la prensa alemana que más violentamente se horrorizaba ante la pretensión francesa encubierta a la frontera natural del Rin, esa misma parte, con la *Allgemeine Zeitung* de Augsburgo a la cabeza, defendía con un fanatismo igual de violento la dominación austriaca en la Alta Italia, con el pretexto de que el Mincio y el bajo Po formaban la frontera natural de Alemania frente a Italia. El señor Orges, de la *Allgemeine Zeitung* de Augsburgo, puso en movimiento todo su aparato estratégico para demostrar que Alemania estaba perdida sin el Po y el Mincio y que renunciar a la dominación austriaca en Italia era traicionar a Alemania.[^2]

Esto le daba la vuelta a la cosa. Aquí era igual de evidente que la amenaza sobre el Rin no era más que un pretexto y que el fin era conservar la dominación violenta de Austria en Italia. La amenaza sobre el Rin solo debía servir para inducir a Alemania a hacerse solidaria del sojuzgamiento de la Alta Italia por Austria. A esto se sumaba además la ridícula contradicción de sostener la misma teoría en el Po y condenarla en el Rin.

Fue entonces cuando el autor de estas líneas escribió un trabajo que publicó con el título de [*El Po y el Rin*](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1859%20El%20Po%20y%20el%20Rin). En interés del propio movimiento nacional, aquel folleto protestaba contra la teoría de la frontera del Mincio; trataba de demostrar con los argumentos de la ciencia militar que Alemania no necesitaba ni un palmo de Italia para defenderse y que Francia, si hubieran de valer solo las razones militares, tendría ciertamente títulos mucho más fuertes sobre el Rin que Alemania sobre el Mincio. En una palabra, intentaba hacer posible que los alemanes fueran con las manos limpias a la lucha que se esperaba.

Hasta qué punto lo consiguió el folleto, que lo decidan otros. No sabemos de ningún intento de refutar científicamente la argumentación que allí se desarrollaba. La *Allgemeine Zeitung* de Augsburgo, contra la que iba dirigido en primer lugar, prometió publicar un artículo propio sobre él, pero en su lugar sirvió tres ajenos, tomados de la *Ost-Deutsche Post*, cuya crítica se limitaba a declarar que el autor era un «pequeñoalemán» porque quería abandonar Italia.[^3] En todo caso, la *Allgemeine Zeitung* de Augsburgo, que sepamos, no ha vuelto a mencionar desde entonces la teoría de la frontera del Mincio.

Entretanto, el intento de hacer a Alemania solidaria de la dominación y de la política de Austria en Italia había dado al filisteísmo gothaiano del norte de Alemania un pretexto bienvenido para ponerse en contra del movimiento nacional.[^4] El movimiento originario era verdaderamente nacional, mucho más nacional que todas las fiestas de Schiller de Arcángel a San Francisco;[^5] nació espontáneamente, de manera instintiva, inmediata. Si Austria tenía o no razón en Italia, si Italia tenía derecho a la independencia, si la línea del Mincio era necesaria o no, todo eso le era de momento indiferente. Uno de los nuestros era atacado, y además por un tercero que nada tenía que ver con Italia, pero que tenía tanto mayor interés en conquistar la orilla izquierda del Rin; y frente a este, frente a Luis Napoleón, frente a las tradiciones del primer Imperio francés, todos tenemos que hacer piña. Eso es lo que sentía el instinto popular, y tenía razón.

Pero el filisteísmo liberal gothaiano hacía ya años que no consideraba en absoluto a la Austria alemana como «uno de los nuestros». La guerra le venía bien, porque podía debilitar a Austria y hacer así posible la inauguración, por fin, del imperio pequeñoalemán o granprusiano. A él se unió la masa de la democracia vulgar del norte de Alemania, que especulaba con que Luis Napoleón haría añicos a Austria y le permitiría luego a ella unificar toda Alemania bajo la hegemonía prusiana; a él se unió una pequeña parte de la emigración alemana en Francia y en Suiza, lo bastante desvergonzada como para aliarse abiertamente con el bonapartismo. Pero el más fuerte de los aliados era —digámoslo francamente— la cobardía del filisteo alemán, que nunca se atreve a mirar el peligro a la cara, que para mendigar un año de plazo deja en la estacada a sus fieles aliados, para estar luego, sin ellos, tanto más seguro de su propia derrota. De la mano de esta cobardía iba la conocida sabihondez que siempre tiene mil pretextos para que no se actúe a ningún precio, pero se hable tanto más; que de todo es escéptica, menos de esos pretextos; la misma sabihondez que aplaudió la paz de Basilea, que cedió a Francia la orilla izquierda del Rin; que se frotaba las manos en silencio cuando los austriacos fueron batidos en Ulm y en Austerlitz; la misma sabihondez que nunca ve venir su Jena y cuya sede central es Berlín.[^6]

Esta alianza triunfó; Alemania dejó a Austria en la estacada. Entretanto, el ejército austriaco se batía en la llanura lombarda con un heroísmo que asombró a sus adversarios y arrancó la admiración del mundo, salvo la de los gothaianos y su cola. Ninguna doma de desfile, ningún servicio de guarnición con polainas, ninguna vara de cabo había sido capaz de sacarles a los alemanes su indestructible talento para la pelea. Pese a lo ceñido del uniforme y lo pesado del equipo, aquellas tropas jóvenes, que nunca habían estado bajo el fuego, aguantaron como veteranos frente a unos franceses curtidos en la guerra, ligeros de ropa y ligeros de equipo, y solo con el mayor derroche imaginable de incapacidad y desunión consiguió el mando austriaco que tales tropas fueran derrotadas. ¿Y cómo derrotadas? Ni trofeos, ni banderas, casi ningún cañón, casi ningún prisionero: la única bandera conquistada se *encontró* en el campo de batalla bajo un montón de muertos, y los prisioneros ilesos eran desertores italianos o húngaros. Del soldado raso al comandante, el ejército austriaco se cubrió de gloria, y esa gloria corresponde muy principalmente a los austriacos *alemanes*. Los italianos no eran utilizables y en su mayoría se los había apartado; los húngaros se pasaban en masa al enemigo o eran muy poco seguros; los croatas lucharon en esta campaña decididamente peor que de costumbre.[^7] Los austriacos alemanes pueden apropiarse esa gloria con pleno derecho, puesto que a ellos, antes que a nadie, les toca también el bochorno del mal mando.

Aquel mando fue genuinamente de la vieja Austria. Lo que la incapacidad de Gyulay no podía conseguir por sí sola lo consiguió la falta de unidad en el mando, que la camarilla y la presencia de Francisco José se encargaron de asegurar.[^8] Gyulay invadió la Lomellina y se detuvo en seco en cuanto entró en el radio de Casale y Alessandria; toda la ofensiva había fracasado. Los franceses se unieron sin estorbo con los sardos. Para demostrar del todo su desconcierto, Gyulay ordena el reconocimiento de Montebello, como si quisiera probar desde el primer momento que el viejo espíritu austriaco del tanteo inseguro y de los graves escrúpulos en la conducción de la guerra seguía tan vivo como en tiempos del difunto Consejo Áulico de Guerra.[^9] Deja por completo la iniciativa al adversario. Dispersa su ejército de Piacenza a Arona para cubrirlo todo directamente, según la manera austriaca predilecta. Las tradiciones de Radetzky han caído en el olvido al cabo de apenas diez años.[^10] Cuando el enemigo ataca en Palestro, las brigadas austriacas entran en combate una tras otra con tal lentitud que cada una ha sido ya desalojada de su posición antes de que llegue la siguiente. Y cuando por fin el enemigo emprende de verdad la maniobra cuya posibilidad era lo único que daba sentido a toda la posición de la Lomellina —la marcha de flanco de Vercelli sobre Boffalora—, cuando llegó por fin la ocasión de parar esa arriesgada maniobra con un golpe sobre Novara y de explotar la desfavorable situación en que se hallaba el enemigo, entonces Gyulay pierde la cabeza y se repliega a la carrera al otro lado del Tesino para —dando un rodeo— cruzarse de frente en el camino del atacante. En plena retirada aparece Hess —el 3 de junio, a las cuatro de la mañana— en el cuartel general de Rosate.[^11] El Consejo Áulico de Guerra, resucitado en Verona, parecía haber empezado a dudar de la aptitud de Gyulay justo en el momento decisivo. Había, pues, dos generales en jefe. A propuesta de Hess, todas las columnas se detienen hasta que Hess se convence de que se ha dejado pasar el momento de atacar Novara y de que hay que dejar que las cosas sigan su curso. Entretanto han pasado casi cinco horas, durante las cuales las tropas han tenido interrumpida la marcha.[^12] Llegan a Magenta en el curso del día 4, dispersas, hambrientas, agotadas; aun así se baten de manera excelente y con el mejor resultado, hasta que Mac-Mahon, *contra* su orden, que le mandaba avanzar directamente de Turbigo sobre Milán, se vuelve hacia Magenta y cae sobre el flanco austriaco.[^13] Entretanto van llegando los demás cuerpos franceses, los de los austriacos no aparecen, y la batalla está perdida. La retirada de los austriacos es tan lenta que en Melegnano una de sus divisiones es atacada por dos cuerpos de ejército franceses enteros. Una brigada sostiene la localidad durante varias horas contra seis brigadas francesas y no cede hasta haber perdido más de la mitad de sus hombres. Por fin se destituye a Gyulay. El ejército da un gran rodeo por detrás de Milán, viniendo de Magenta, y tiene tiempo (¡tan poco se hablaba de perseguirlo!) de llegar a la posición de Castiglione y Lonato aun *antes* que el enemigo, que marchaba por la cuerda más corta. Esta posición, reconocida por los austriacos con la mayor minucia desde hacía años, la había elegido expresamente Francisco José para sus tropas, según se decía. Lo cierto es que hacía mucho que estaba incluida en el sistema defensivo del cuadrilátero de fortalezas y que constituía una posición excelente para una batalla defensiva con contragolpe ofensivo.[^14] Allí se reunió el ejército con los refuerzos llegados entretanto o retenidos hasta entonces; pero en cuanto los enemigos alcanzaron la otra orilla del Chiese, vuelve a sonar la señal de retirada y se pasa detrás del Mincio. Apenas ejecutada esta operación, el ejército austriaco vuelve a avanzar a través del mismo Mincio para arrebatar ahora al enemigo la misma posición que le acababa de dejar voluntariamente. Suficientemente quebrantado en su confianza en el mando supremo por este barullo de orden, contraorden, desorden, el ejército austriaco entra en la batalla de Solferino. Es una carnicería sin regla por ambas partes; de dirección táctica no hubo ni rastro, ni entre los franceses ni entre los austriacos; la mayor incapacidad, la mayor confusión y el mayor miedo a la responsabilidad de los generales austriacos, la mayor seguridad de los jefes de brigada y de división franceses y la superioridad natural de los franceses en el combate disperso y en el de pueblos, desarrollada en Argelia hasta el máximo, acabaron echando a los austriacos del campo de batalla. Con esto termina la campaña, y ¿quién se alegró más que el pobre señor Orges, que había tenido que alabar contra viento y marea el mando supremo austriaco en la *Allgemeine Zeitung* de Augsburgo y atribuirle racionales motivos estratégicos?

Es que también Luis Napoleón tenía bastante. La magra *gloire* de Magenta y Solferino era siempre más de lo que tenía derecho a esperar, y entre las cuatro fatales fortalezas podía llegar alguna vez el momento en que los austriacos dejaran de dejarse batir por sus propios generales. Además, Prusia movilizaba, y ni el ejército francés del Rin ni los rusos estaban listos para la guerra. En suma, se dejó caer la Italia libre hasta el Adriático; Luis Napoleón ofreció la paz, y se firmó el documento de Villafranca.[^15] Francia no recibió ni una pulgada de tierra; la Lombardía que le habían cedido se la regaló generosamente al Piamonte; había hecho la guerra por una idea: ¡cómo iba a haber pensado en la frontera del Rin!

Entretanto, la Italia central se había anexionado provisionalmente al Piamonte, y el reino de la Alta Italia representaba de momento una potencia muy respetable.

| | |
|:--|--:|
| Las provincias que tenía hasta entonces en tierra firme y la isla de Cerdeña representaban una población de | 4.730.500 almas |
| la Lombardía, sin Mantua, aproximadamente | 2.651.700 almas |
| Toscana | 1.719.900 almas |
| Parma y Módena | 1.090.900 almas |
| la Romaña (Bolonia, Ferrara, Rávena y Forlì) | 1.058.800 almas[^16] |
| (según el estado de 1848) en total | 11.251.800 almas. |

La superficie del Estado pasaba de 1.373 a 2.684 millas cuadradas alemanas.[^17] Así pues, el reino de la Alta Italia sería, si se constituía definitivamente, la primera potencia italiana. Frente a él no quedaban más que

| | |
|:--|--:|
| para Venecia | 2.452.900 almas |
| para Nápoles | 8.517.600 almas |
| para el resto de los Estados Pontificios | 2.235.600 almas |
| en total | 13.206.100 almas,[^18] |

de modo que la Alta Italia sola tendría casi tanta población como todos los demás países italianos juntos. Por su poder financiero y militar y por la civilización de sus habitantes, semejante Estado podría reclamar en Europa un puesto por delante de España, es decir, inmediatamente después de Prusia, y, seguro de las crecientes simpatías del resto de Italia, lo exigiría además sin falta.

Pero no era eso lo que había querido la política bonapartista. Una Italia unida, había declarado bien alto, Francia no puede tolerarla ni la tolerará jamás. Por independencia y libertad de Italia entendía una especie de Confederación del Rin italiana bajo protección bonapartista y bajo la presidencia de honor del papa, la sustitución de la hegemonía austriaca por la francesa.[^19] A la par corría la benévola intención de fundar en la Italia central un reino de Etruria, un reino de Westfalia italiano, para el heredero de Jerónimo Bonaparte.[^20] La consolidación del Estado de la Alta Italia puso fin a todos estos planes. Jerónimo Bonaparte hijo no había ganado nada en su marcha a través de los ducados, ni siquiera *un* voto; la Etruria bonapartista era tan imposible como la restauración: no quedaba más salida que la anexión al Piamonte.

Pero en la misma medida en que se hacía patente que la unificación de la Italia del norte era inevitable, en esa misma medida salía también a la luz la idea por la que esta vez había hecho Francia la guerra. Era la idea de la anexión de Saboya y Niza a Francia. Ya durante la guerra se habían alzado voces que afirmaban que tal era el precio de la intervención francesa en Italia. Pero no se las había escuchado, ¿y no las desmentía el acto de Villafranca? Pese a todo, el mundo supo de repente que bajo el régimen nacional y constitucional del *re galantuomo*[^21] languidecían dos provincias sometidas a dominación extranjera —dos provincias francesas que volvían anhelantes sus ojos llorosos hacia la gran patria, de la que solo la fuerza bruta las tenía separadas— y que Luis Napoleón no podía seguir cerrando los oídos al grito de dolor de Saboya y de Niza.

Ahora se ponía de manifiesto, ciertamente, que Niza y Saboya representaban el precio por el que Luis Napoleón había emprendido la tarea de unir la Lombardía y Venecia al Piamonte, y que, como Venecia no estaba de momento a su alcance, se lo pedía como precio por consentir la anexión de la Italia central. Empezaron entonces las repugnantes maniobras de los agentes bonapartistas en Saboya y Niza y la gritería de la prensa pagada de París: el Gobierno piamontés ahogaba la voluntad popular de estas provincias, que clamaba a voces por la unión con Francia; entonces, por fin, se dijo abiertamente en París que los Alpes eran la frontera natural de Francia y que Francia tenía derecho a ellos.

## II

Cuando la prensa francesa afirma que Saboya es francesa por su lengua y sus costumbres, eso es por lo menos tan cierto como si se afirmara lo mismo de la Suiza francesa, de la parte valona de Bélgica y de las islas anglonormandas del Canal. El pueblo saboyano habla un dialecto del sur de Francia, y la lengua culta y escrita es en todas partes el francés. Tan poco se puede hablar de un elemento italiano en Saboya que, al contrario, la lengua popular francesa (es decir, la del sur de Francia o provenzal) se extiende todavía al otro lado de los Alpes, dentro del Piamonte, hasta los valles altos del Dora Riparia y del Dora Baltea. Pese a ello, antes de la guerra no se notaban apenas simpatías por la unión con Francia; tales ideas solo las abrigaban algunos individuos aquí y allá en la Baja Saboya, que tiene cierto tráfico comercial con Francia; a la masa de la población le eran aquí tan ajenas como en todos los demás países de lengua francesa limítrofes con Francia. Es en general curioso que ninguno de los países incorporados a Francia entre 1792 y 1812 tenga el menor deseo de volver a ponerse bajo las alas del águila. Se han apropiado los frutos de la primera Revolución francesa, pero están más que hartos de la rígida centralización de la administración, del régimen de los prefectos, de la infalibilidad de los apóstoles de la civilización enviados desde París. Las simpatías que la revolución de Julio y la de Febrero despertaron de nuevo, el bonapartismo las ha vuelto a ahogar enseguida. Nadie tiene ganas de importar Lambessa, Cayena, la ley de sospechosos.[^22] A esto se añade el aislamiento chino de Francia frente a casi todo el comercio de importación, que se nota precisamente en la frontera más que en ningún otro sitio. La Primera República encontró en todas sus fronteras provincias oprimidas y esquilmadas, pueblos despedazados y privados de todo interés natural común, a los que trajo la emancipación del campesinado, de la agricultura, de la industria, del comercio. El Segundo Imperio tropieza en todas sus fronteras con una libertad mayor de la que él mismo es capaz de ofrecer; tropieza en Alemania y en Italia con un sentimiento nacional fortalecido, y en los países menores con intereses particulares consolidados, que han crecido con cuarenta y cinco años de un desarrollo industrial de una rapidez inaudita y están ramificados en todas direcciones con el comercio mundial; no trae más que el despotismo de la época de los césares romanos, el encierro del comercio y de la industria en la gran cárcel de su línea aduanera y, a lo sumo, pasaje gratuito a donde crece la pimienta.[^23]

Separada del Piamonte por la cadena principal de los Alpes, Saboya recibe casi todo lo que necesita del norte, de Ginebra y en parte de Lyon, del mismo modo que, por otro lado, el cantón del Tesino, que está al sur de los pasos alpinos, se abastece desde Génova y Venecia. Si esta circunstancia es un motivo para separarse del Piamonte, no lo es en ningún caso para unirse a Francia, pues la metrópoli comercial de Saboya es Ginebra; de ello se encargaron, además de la situación geográfica, la sabiduría de la legislación aduanera francesa y las vejaciones de la aduana francesa.

Pero, pese a la lengua, al parentesco de estirpe y a la cadena de los Alpes, los saboyanos no parecen tener el menor deseo de dejarse colmar de dicha con las instituciones imperialistas de la gran madre patria francesa.[^24] Tienen el sentimiento tradicional de que no fue Italia quien conquistó Saboya, sino Saboya quien conquistó el Piamonte. Desde la pequeña Baja Saboya, el belicoso pueblecito montañés de toda la provincia se concentró en un Estado, para descender luego a la llanura itálica y anexionarse sucesivamente, por la conquista y por la política, el Piamonte, el Monferrato, Niza, la Lomellina, Cerdeña y Génova. La dinastía se estableció en Turín y se hizo italiana, pero Saboya siguió siendo la cuna del Estado, y la cruz de Saboya es hoy el escudo de la Italia del norte de Niza a Rímini y de Sondrio a Siena. Francia conquistó Saboya en las campañas de 1792 a 1794, y hasta 1814 el país se llamó departamento del Mont-Blanc. Pero en 1814 no estaba en absoluto dispuesto a seguir siendo francés; la unión con Suiza o la vuelta a la antigua relación con el Piamonte era la única cuestión. Pese a ello, la Baja Saboya siguió siendo francesa hasta después de los Cien Días, cuando fue devuelta al Piamonte.[^25] La vieja tradición histórica se ha debilitado, naturalmente, con el tiempo; Saboya quedó desatendida, las provincias italianas del Estado pasaron a pesar demasiado; los intereses de la política piamontesa apuntaban cada vez más al sur y al este. Es tanto más notable que precisamente *la* clase de la población que pretendía ser la portadora por excelencia de la tradición histórica fuera la que más veleidades separatistas abrigaba: la vieja nobleza conservadora y ultramontana; y esas veleidades se dirigían a la unión con Suiza mientras allí imperaron las viejas constituciones oligárquicas de patriciado; solo desde la implantación general de la democracia en Suiza parecen haber tomado otra dirección; bajo Luis Napoleón, Francia se ha vuelto lo bastante reaccionaria y ultramontana para aparecer a los ojos de la nobleza saboyana como refugio frente a la política revolucionaria del Piamonte.

El estado de cosas parece ser hoy este: en general no hay deseo alguno de separar Saboya del Piamonte. En la parte alta del país, en la Maurienne, la Tarentaise y la Alta Saboya, la población está decididamente por el *statu quo*. En el Genevois, el Faucigny y el Chablais, si ha de producirse un cambio, se prefiere a cualquier otro la unión con Suiza. Solo aquí y allá en la Baja Saboya, y más aún en la nobleza reaccionaria del país en general, se manifiesta un deseo de unión con Francia. Pero esas voces están tan aisladas que incluso en Chambéry la inmensa mayoría de la población se opone a ellas decididamente, y la nobleza reaccionaria (véase la declaración de Costa de Beauregard) no se atreve a confesar sus simpatías.[^26]

Hasta aquí la cuestión de la nacionalidad y de la voluntad popular.

¿Qué ocurre ahora con la cuestión militar? ¿Qué ventajas estratégicas da al Piamonte la posesión de Saboya y cuáles daría a Francia? ¿Y cómo afecta un cambio de dueño en Saboya al tercer Estado fronterizo, a Suiza?

De Basilea a Briançon, la frontera francesa traza un gran arco muy entrante; un buen pedazo de Suiza y toda Saboya se adelantan aquí sobre el territorio francés. Si trazamos la cuerda de ese arco, resulta que el segmento circular lo llenan casi exactamente la Suiza francesa y Saboya. Si la frontera de Francia se adelantara hasta esa cuerda, formaría de Lauterburg a Fréjus una línea, en conjunto, tan recta como de Lauterburg a Dunkerque; pero esa línea tendría para la defensa una importancia muy distinta de la otra. Mientras que la frontera norte está completamente abierta, la parte septentrional de la frontera este estaría cubierta por el Rin y la meridional por los Alpes. Entre Basilea y el Mont Blanc, ciertamente, ningún accidente del terreno marcaría la línea fronteriza; aquí la «frontera natural» la formarían más bien el Jura hasta el fuerte de l'Écluse y, desde allí, el ramal de los Alpes que, a partir del Mont Blanc, limita por el sur el valle del Arve y termina igualmente en el fuerte de l'Écluse. Pero si la frontera natural traza un arco cóncavo *entrante*, entonces precisamente no cumple su fin y, por tanto, ya no es una frontera natural. Y si resulta que este segmento entrante, que tan poco naturalmente hace retroceder nuestra frontera, está además habitado por gentes que son francesas «por su lengua, sus costumbres y su civilización», ¿no habrá que rectificar aquí el error que cometió la naturaleza, no habrá que establecer aquí en la práctica, con mayor razón, la convexidad, o por lo menos la línea recta, que la teoría exige? ¿Se puede sacrificar a un capricho de la naturaleza a los franceses que viven más allá de la frontera natural?

Que tales razonamientos bonapartistas no carecen de toda importancia lo prueba el Primer Imperio, que fue de anexión en anexión hasta que le pararon los pies; la frontera más perfecta tiene sus puntos débiles, en los que se puede mejorar y echar una mano; y si uno no tiene por qué andarse con miramientos, puede seguir anexionando una y otra vez sin fin. En cualquier caso, del razonamiento anterior se desprende que lo que puede decirse a favor de la anexión de Saboya, tanto en lo que toca a la nacionalidad como a los intereses militares de Francia, *vale también para la Suiza francesa*.

Los Alpes, que desde el Col di Tenda siguen una dirección nornoroeste, a partir del monte Thabor, que es el mojón entre el Piamonte, Saboya y Francia, giran en su dirección general hacia el nornordeste, para torcer todavía más hacia el este desde el Mont Géant, punto fronterizo entre el Piamonte, Saboya y Suiza. Por tanto, del monte Thabor al Mont Géant, los Alpes solo pueden ser la frontera natural de Francia si esa frontera sigue en línea recta desde el Mont Géant hasta Basilea. Con otras palabras: la exigencia de anexionar Saboya a Francia *lleva implícita la exigencia de anexionar la Suiza francesa*.

En todo el trecho en que la cresta principal de los Alpes forma la frontera actual de los dos Estados no hay más que un paso con carretera: el del Mont Genèvre. Aparte de él, el Col d'Argentera, que lleva de Barcelonnette al valle del Stura, es también practicable para la artillería, y puede que otros caminos de herradura puedan habilitarse con algún trabajo para todas las armas. Pero mientras Saboya y Niza ofrezcan cada una dos pasos con carretera sobre la cadena principal de los Alpes, todo atacante francés que no posea aún esas provincias conquistará al menos una de ellas antes de cruzar los Alpes. A esto se añade que, para un ataque desde Francia, el Mont Genèvre solo permite un golpe directo sobre Turín, mientras que el Mont Cenis y más aún el Pequeño San Bernardo, los dos pasos saboyanos, ejercen un efecto de flanco; y que, para un ejército italiano atacante, el Mont Genèvre obliga a dar un gran rodeo para golpear el corazón de Francia, mientras que el Mont Cenis es la gran carretera principal de Turín a París. Así pues, a ningún general se le ocurrirá utilizar el Mont Genèvre sino para columnas secundarias; la gran línea de operaciones pasará siempre por Saboya.

La posesión de Saboya daría, pues, a Francia, en primer lugar, un terreno que le es indispensable para una guerra ofensiva contra Italia y que de otro modo tendría que conquistar primero. Un ejército italiano que se encuentre a la defensiva nunca defenderá Saboya, ciertamente, con una batalla decisiva, pero puede detener en cierta medida a los atacantes con una guerra de montaña llevada con energía y destruyendo las carreteras ya en los valles altos del Arc y del Isère (por los que corren las carreteras del Mont Cenis y del San Bernardo), y sostener todavía después algún tiempo la vertiente norte de la cadena principal de los Alpes, apoyado en los fuertes que cierran los pasos. Naturalmente, de una defensa absoluta no se puede hablar aquí, como tampoco en general en la guerra de montaña; la batalla decisiva se reserva para cuando el enemigo baje a la llanura. Pero se gana *con seguridad* un tiempo que puede ser decisivo para concentrar las fuerzas con vistas a la batalla principal y que es especialmente importante para un país tan alargado y tan pobre en ferrocarriles como Italia frente a un país compacto, cubierto por una excelente red de ferrocarriles estratégicos, como Francia; y ese tiempo está *perdido con seguridad* si Francia posee Saboya ya antes de la guerra. Pero Italia nunca hará sola una guerra contra Francia; y si tiene aliados, es posible que los dos ejércitos se equilibren ya en Saboya. La consecuencia será que la lucha por la posesión de la cadena alpina se alargue; que, en el peor de los casos, los italianos sostengan algún tiempo la vertiente norte de la cresta y, tras perderla, disputen a los franceses la vertiente sur, pues solo es dueño de una cresta montañosa quien posee las dos vertientes y puede cruzarla. Que el atacante sea todavía lo bastante fuerte y resuelto para seguir al defensor hasta la llanura es algo muy dudoso.

Las campañas de 1792 a 1795 en Saboya nos dan un ejemplo de esa guerra de montaña indecisa, aunque la acción fuera por ambas partes floja, insegura y a tientas.

El 21 de septiembre de 1792 el general Montesquiou invadió Saboya. Los diez mil sardos que la defendían estaban tan dispersos en un cordón de puestos, según la moda predilecta de la época, que en ninguna parte podían reunir fuerzas suficientes para resistir. Chambéry y Montmélian fueron ocupados, y los franceses recorrieron los valles hasta el pie de la cadena alpina principal. La cresta misma quedó por completo en manos de los sardos, que el 15 de agosto de 1793, tras algunos pequeños combates, volvieron a avanzar al mando del general Gordon sobre los franceses, debilitados por los envíos de tropas al asedio de Lyon, y los rechazaron de los valles del Arc y del Isère hasta Montmélian. Aquí las columnas batidas se replegaron sobre sus reservas; Kellermann volvió de Lyon, pasó enseguida (el 11 de septiembre) al ataque y, con poco esfuerzo, rechazó de nuevo a los sardos hasta los pasos alpinos; pero allí se agotaron también sus fuerzas y tuvo que detenerse al pie de la cadena. En 1794, sin embargo, el ejército de los Alpes fue elevado a 75.000 hombres, a los que los piamonteses solo podían oponer 40.000, más una reserva de quizá 10.000 austriacos disponibles. Pese a ello, los primeros ataques de los franceses tanto contra el Pequeño San Bernardo como contra el Mont Cenis fracasaron, hasta que por fin, el 23 de abril, fue tomado el San Bernardo y, el 14 de mayo, el Mont Cenis, con lo que toda la cresta cayó en sus manos.[^27]

Hicieron falta, pues, tres campañas para arrebatar a los piamonteses por este lado el acceso a Italia. Aunque una guerra tan falta de decisión no podría hoy arrastrarse durante varias campañas en un terreno tan reducido, siempre les resultará difícil a los franceses, con cierto equilibrio de fuerzas, no solo forzar los pasos alpinos, sino además seguir siendo lo bastante fuertes para bajar sin más a la llanura. Saboya no le presta a Italia más servicio que ese; pero ya es bastante.

Supongamos, en cambio, que Saboya se une a Francia. ¿En qué situación queda entonces Italia? La vertiente norte de la cadena alpina está en manos de los franceses; los italianos ya solo pueden defender la vertiente sur, cuyos puntos de cierre y posiciones están dominados o al menos vistos desde la alta cresta y pueden casi siempre ser rodeados a bastante poca distancia. La defensa de la montaña queda reducida a su último acto, el más débil y a la vez el más costoso en bajas. Desaparece del todo la ocasión de recoger información que ofrece la guerra de montaña en Saboya. Y no es eso todo. Mientras hubiera que *conquistar* Saboya, Francia podía, según las circunstancias, contentarse con hacerlo y reducir así a Italia a la defensiva pasiva; ya se tenía un resultado; las tropas quizá podían emplearse mejor en otra parte; Francia tenía interés en no empeñar demasiadas fuerzas en este teatro de la guerra. A la inversa, si Saboya es ya definitivamente una provincia francesa, merece la pena defenderla a la manera francesa, ofensivamente. La defensa pasiva puede costar en una campaña tantos hombres como un ataque contra Italia; para atacar no se necesitan tantas tropas más, ¡y qué resultados tan distintos se ofrecen!

A la mañana siguiente de la anexión se verá a oficiales del estado mayor francés subir por los valles del Arc y del Isère, explorar los valles laterales, escalar las crestas, interrogar a los mejores guías alpinos, medir distancias a pasos, levantar pendientes y anotarlo todo con cuidado; y todo ello no con el capricho del turista, sino según un plan visible, que probablemente ya está listo. Pronto los seguirán ingenieros y contratistas, y no tardarán en construirse, en lo más profundo de la alta montaña, carreteras y edificios de mampostería de los que ni el habitante del lugar ni el viajero sabrán decir qué significan. Tampoco son cosa de campesinos ni de turistas: su único fin es desarrollar las disposiciones estratégicas naturales de Saboya.

El paso del Mont Cenis y el del Mont Genèvre llevan los dos a Susa. Si columnas francesas atacan las vertientes sur de ambos, los destacamentos italianos que las defienden caen en una tenaza completa. No pueden saber de qué lado vendrá el ataque principal; pero saben de antemano que, si se fuerza uno de los dos pasos y se toma Susa, las tropas que defienden el otro paso quedan cortadas. Si se fuerza primero el Mont Cenis, las tropas del Mont Genèvre aún podrán salvarse, en todo caso, por senderos hasta el valle de Fenestrelle, abandonando su artillería, sus bagajes y sus caballos; pero si los atacantes avanzan por el Mont Genèvre hasta Susa, las tropas que están en el Mont Cenis no tienen retirada alguna. En tales circunstancias, la defensa de estos dos pasos se reduce a una mera demostración. Ahora bien, las líneas de operaciones de los dos destacamentos franceses, las carreteras de Grenoble a Briançon y de Chambéry a Lans-le-Bourg, corren en conjunto en paralelo y solo las separa un ramal montañoso que se desprende del monte Thabor y por el que pasan muchos senderos y caminos de herradura. En cuanto los franceses construyan sobre esa cresta una carretera transversal, que solo necesita tener cuatro millas alemanas de longitud, podrán lanzar sus masas a voluntad de una carretera a otra, la tenaza será aún más eficaz, y la defensa de la línea de los Alpes contra un ataque desde Italia ganará enormemente en fuerza por este lado.[^28]

Sigamos. Saboya tiene un segundo paso alpino, el Pequeño San Bernardo. Muchas autoridades francesas sostienen que Napoleón habría hecho mejor en utilizar este paso para su marcha a través de los Alpes, en lugar del Gran San Bernardo. El paso es más bajo, por lo que en primavera se libra antes de la nieve, y en general es más fácil de cruzar. Desde Lyon y Besançon, las columnas convergen hacia Albertville por lo menos con la misma facilidad que hacia Lausana; y los dos pasos llevan a Aosta y a Ivrea. El mero hecho de que pudiera surgir una polémica sobre la preferencia de uno u otro paso para los fines de Napoleón en la campaña de 1800 demuestra ya la importancia de este Pequeño San Bernardo para la conducción de la guerra.[^29] Ciertamente, hacen falta circunstancias muy particulares para que el Pequeño San Bernardo pueda servir para repetir el envolvimiento estratégico de Marengo. Hoy los ejércitos son mayores, y nunca pueden atravesar una alta montaña en una sola columna; un envolvimiento con solo 30.000 hombres se buscaría hoy, en la mayoría de los casos, su propia ruina. Todo esto es cierto para la primera y la segunda campaña. Pero si, como parece, todas las guerras sostenidas con tenacidad por ambas partes adquieren, por los grupos de fortalezas y los campos atrincherados de los últimos tiempos, otro carácter, más largo; si una guerra ya no puede decidirse de verdad antes de que los contendientes se hayan desgastado lentamente unos a otros en varias campañas, entonces los ejércitos acabarán también haciéndose cada vez más pequeños. Supongamos el caso de que una guerra haya ido y venido durante varios años por la llanura de la Alta Italia; que los franceses, que entretanto han tomado Casale o Alessandria o las dos, sean arrojados al otro lado de los Alpes y que la lucha se estanque allí con fuerzas bastante mermadas por ambas partes. ¿Será también entonces, con nuestros ferrocarriles y con una artillería que en todas partes se aligera ya, tan difícil lanzar rápidamente 30.000 o 40.000 hombres, y aun más, por el Pequeño San Bernardo sobre Ivrea? Desde Ivrea pueden dirigirse a su plaza de depósito fortificada en la llanura, donde encontrarán lo más necesario y se reforzarán con la guarnición; si esto no fuera posible, seguro que no podrá cerrarles el camino de Turín y la carretera de retirada por los dos pasos más próximos una fuerza superior. Pero esos 30.000 o 40.000 hombres, con las guarniciones, serán en tal momento una fuerza muy respetable y, en el peor de los casos y tras dispersar los cuerpos enemigos más próximos, podrán hacer la guerra en torno a su campo atrincherado con todas las perspectivas de éxito. Piénsese en lo mucho que habían menguado ya los ejércitos en 1814 y en las pocas fuerzas con que Napoleón hizo aquel año cosas tan grandes.[^30]

La carretera del San Bernardo corre, como hemos dicho, por el valle del Isère, como la del Mont Cenis por el del Arc. Los dos ríos nacen en el monte Iseran. Más arriba de Bourg-Saint-Maurice, la carretera del San Bernardo deja el río para subir derecha por la montaña, mientras que el desfiladero del valle (Val de Tignes) sube a la derecha hacia el sur. Más abajo de Lans-le-Bourg, en Termignon, desemboca en el valle del Arc un pequeño valle lateral (Val Saint-Barthélemy). Del Val de Tignes salen tres senderos que cruzan la cresta, entre el monte Iseran y el monte Chaffequarré, hasta el Val Saint-Barthélemy. Uno de estos tres collados será sin duda apto para una carretera. Si se construye aquí una carretera, el sistema estratégico de carreteras de Saboya —como provincia fronteriza francesa—, junto con la carretera transversal antes indicada, estará ya bastante desarrollado. Justo detrás de la cresta principal de los Alpes correría una carretera que uniría entre sí los tres pasos más importantes y permitiría trasladar las masas principales del San Bernardo y del Mont Genèvre a las proximidades del Mont Cenis en dos días, y de un flanco al otro en cuatro o cinco. Si este sistema se completa además con una carretera de Moûtiers por el paso de Pralognan a Saint-Barthélemy y Lans-le-Bourg, y otra de Moûtiers a Saint-Jean-de-Maurienne, difícilmente quedaría nada que añadir. Solo faltaría construir las fortificaciones necesarias como apoyo —no como cierre absoluto— y poner a cubierto de un ataque a viva fuerza a Moûtiers, el principal nudo de carreteras, como depósito central. Y todo ello supone menos de veinticinco millas alemanas de carreteras nuevas.

Si se hacen estas obras u otras parecidas —y que el estado mayor francés tiene ya listo un plan para la plena explotación estratégica de Saboya está fuera de duda—, ¿qué será entonces de la defensa de la vertiente sur de los Alpes? ¿Y qué golpes formidables no podría dar —en caso de defensa— un nuevo Lecourbe, apoyado en un depósito central fortificado y en pequeños fuertes, si una red de carreteras así le asegurara la movilidad?[^31] Que no se diga que la guerra de montaña ya no puede darse con nuestros grandes ejércitos actuales. Mientras los ejércitos sean verdaderamente grandes y haya una superioridad decisiva de un lado, eso es bastante cierto. Pero los ejércitos ya se irán desgastando contra las fortalezas modernas, y se darán casos de sobra en que la superioridad deje paso al equilibrio. Naturalmente, no se va a la montaña si no hay más remedio, pero el camino de París a Italia y de Italia a París pasará siempre por Saboya o por el Valais.

Resumamos. Por su situación geográfica, y en especial por sus pasos alpinos, Saboya, como provincia francesa, permitiría a un ejército francés que fuera solo un poco superior apoderarse de la vertiente italiana de los Alpes, hacer incursiones en los valles y adquirir una importancia mucho mayor de la que le correspondería por sus fuerzas. Y con alguna preparación del teatro de la guerra, el ejército francés quedaría en una posición tan favorable que, con pleno equilibrio de fuerzas en lo demás, sería al instante superior a su adversario; además, el Pequeño San Bernardo obligaría a los italianos a un destacamento lejano, mientras que a los franceses les ofrece, según las circunstancias, la ocasión de golpes ofensivos más decisivos.

Saboya, en manos de Francia, es frente a Italia un *instrumento exclusivamente ofensivo*.

¿Y qué hay de los intereses de Suiza?

En la situación actual, Suiza no puede ser atacada por ninguno de sus vecinos fronterizos, por separado, más que de frente. Contamos aquí la Alemania del sur sin Austria como un vecino y Austria como un segundo, puesto que acabamos de ver que estos dos no siempre marchan juntos por fuerza. La Alemania del sur solo puede atacar por la línea Basilea-Constanza, Austria solo por la línea Rheineck-Münster, Italia por la línea Poschiavo-Ginebra y Francia por la línea Ginebra-Basilea. En todas partes el ejército suizo tiene su línea de retirada perpendicular detrás de su frente; en todas partes su territorio fronterizo neutral le cubre más o menos los flancos. Así pues, mientras sea uno solo de sus vecinos quien ataque a Suiza, no puede iniciarse un envolvimiento estratégico ya *antes* de que empiece la lucha. Solo Austria tiene ventajas de flanco por los Grisones, pero los suizos en ningún caso darían al ataque austriaco la batalla decisiva en los Grisones, sino más al noroeste, en las estribaciones de los Alpes. La cesión de la Lombardía por Austria ha aumentado considerablemente esta ventaja para Suiza; hasta hace un año, Austria tenía, ciertamente, medios para un ataque concéntrico sobre el suroeste de Suiza, cosa que en la alta montaña, con fuerzas superiores, no siempre es desechable.[^32] Sin embargo, el efecto de un ataque así se limitaba solo a los Grisones, el Tesino, Uri y Glaris, es decir, a la parte menos poblada y más pobre del país, y suponía ya una fuerte dispersión de las fuerzas enemigas si había de ir, desde Italia, más allá del San Gotardo. La actual distribución favorable de los vecinos fronterizos vale para Suiza más que las garantías europeas de neutralidad. Le da la posibilidad, si la ataca uno solo de sus países fronterizos, de alargar la defensa todo lo posible, y eso es, al fin y al cabo, lo único con lo que puede contar un país tan pequeño.

Desde el momento en que Saboya sea francesa, o simplemente esté ocupada por tropas francesas, ya no se puede hablar de defender toda la Suiza francesa, del Jura bernés al Bajo Valais. Ginebra puede convertirse ya hoy en veinticuatro horas en un depósito francés; el Jura queda rodeado, igual que la línea del Thielle y de los lagos de Neuchâtel y de Biel; los franceses, en lugar de batirse en los desfiladeros y forzar luego el estrecho camino entre esos dos lagos y a través del Gran Marjal, darán tranquilamente un rodeo por las ricas colinas del país de Vaud, y la primera posición para una resistencia seria coincide con aquella en la que hay que aceptar la primera batalla principal: la posición ante Berna, detrás del Sarine y del Sense; pues una columna envolvente que salga de Saboya por Villeneuve y Vevey hará inútil toda resistencia en el país de Vaud.[^33]

Hasta ahora, la primera línea de defensa de Suiza frente a Francia es el Jura, un terreno excelente para milicias poco instruidas, conocedoras del país y apoyadas por la población. Pero ya por la línea fronteriza tan dentada, que a menudo corta de través sus crestas paralelas, no se puede sostener en serio. La segunda línea, más importante, es la del Thielle, que une los lagos de Neuchâtel y de Biel y desagua desde el lago de Biel en el Aar. Se prolonga por la derecha con el curso bajo del Aar y por la izquierda con el Orbe, que desemboca en el extremo superior del lago de Neuchâtel, junto a Yverdon. Entre los lagos, el Thielle no tiene más que media milla de largo, y del lago de Biel al Aar, una milla. El frente propiamente dicho de la posición está entre los lagos, reforzado además por el Gran Marjal, que se extiende en la hondonada desde el lago de Neuchâtel hasta cerca de Aarberg y solo puede pasarse por la carretera principal. Un envolvimiento de este frente por el flanco derecho, por Büren, podrá paralizarlo la reserva situada en Aarberg; uno de mayor radio supone tender un puente sobre el Aar y expone fácilmente sus comunicaciones. Un envolvimiento por la izquierda solo puede hacerse por el país de Vaud, y puede ser detenido sucesivamente en el Orbe, el Mentue y el Broye. Esta resistencia no puede paralizarse con un envolvimiento a lo largo del lago de Ginebra sobre Friburgo, porque los suizos que se retiran a lo largo del lago de Neuchâtel conservan siempre el camino más corto hasta allí. Así, la posición del Thielle solo sirve para una batalla principal en circunstancias especiales, si el enemigo comete grandes errores, pero cumple todo lo que Suiza puede pedirle: da ocasión de detener al enemigo y, sobre todo, de reunir los contingentes del suroeste de Suiza.

Pero en cuanto Saboya esté en manos del enemigo, una columna que avance de Saint-Gingolph por Villeneuve y Châtel-Saint-Denis hará inútil toda resistencia en el país de Vaud, pues ya en Vevey está apenas dos millas más lejos de Friburgo que los suizos en el Orbe, y puede, por tanto, cortarles la retirada. De Saint-Gingolph a Friburgo hay unas doce millas; Friburgo está a una jornada de marcha detrás del flanco izquierdo de la posición del Thielle entre los lagos y a tres millas de Payerne (Peterlingen), donde las columnas francesas que marchan por el país de Vaud pueden enlazar con la de Saboya. En tres o cuatro días, por tanto, el atacante, si dispone de Saboya, puede cortar la comunicación del Valais por el valle del Ródano, conquistar Ginebra, el país de Vaud y Friburgo hasta el Sarine y caer con el grueso a espaldas de la posición del Thielle, con lo que Basilea, Soleura, el Jura bernés y Neuchâtel caen en sus manos. Y no son estas inhóspitas tierras de alta montaña, sino precisamente los cantones más ricos e industriales de Suiza.

Suiza sintió tanto la presión estratégica que Saboya ejerce sobre ella que en 1814 obtuvo la conocida neutralización de la parte norte y en 1816 se hizo prometer por contrato por Cerdeña que nunca cedería el Chablais, el Faucigny y el Genevois a otra potencia que no fuera la propia Suiza.[^34] También Luis Napoleón hace correr por todas partes el rumor de que solo pide la Saboya del sur; el Chablais, el Faucigny y una parte del Genevois, hasta el arroyo de los Usses, irían a parar a Suiza. Como un regalo merece otro, según el *Times* se vale del señor Vogt para tantear bajo cuerda a la representación nacional suiza por si no querrían concederle a cambio el libre uso de la carretera del Simplon.[^35] Primer indicio de que el Simplon es también un mojón natural de la frontera de Francia, como lo fue de hecho bajo el Primer Imperio.

Supongamos que Suiza se enriqueciera con el nuevo cantón de la Saboya del norte. La frontera la formaría la cresta que, separándose del macizo principal entre el Pequeño San Bernardo y el Mont Blanc, corre hacia el desfiladero del Ródano (fuerte de l'Écluse); sería, pues, en apariencia, completamente «natural». Pero por esa cresta pasan, desde los valles del Isère y del Ródano, las carreteras siguientes: 1) de Seyssel a Ginebra; 2) de Annecy a Ginebra; 3) de Annecy a Bonneville; 4) de Albertville a Sallanches. De Bonneville, como de Sallanches, salen carreteras que cruzan la cresta norte del valle del Arve hasta Thonon. El país está, pues, totalmente abierto a una ofensiva dirigida sobre Thonon, en la orilla sur del lago de Ginebra, y como las distancias de Seyssel o de Albertville a Thonon no pasan de quince millas, la posesión de la Saboya del norte solo daría a la defensa suiza, como mucho, cinco días más de tiempo. Pero como no se puede pensar en defender este nuevo cantón con otras tropas que una leva en masa, la columna atacante puede igualmente ir directamente de Ginebra a Thonon —cinco millas—, desde donde solo está ya a unas cuatro millas de Saint-Gingolph. En este caso, la Saboya del norte solo procura a Suiza tres días de plazo. Además, únicamente puede servir para dispersar las fuerzas defensivas suizas. La línea de retirada de un ejército suizo atacado desde Francia pasa evidentemente por Berna a través de la llanura, a ser posible siguiendo el Aar hacia Zúrich, y si no, hacia Lucerna, y desde ambos lugares hacia el valle del alto Rin. El ejército no debe, pues, situarse tan al sur que se le pueda apartar de estas líneas y empujar hacia la alta montaña. Como hemos visto, el país de Vaud todavía puede incluirse razonablemente en el sistema defensivo suizo; la Saboya del norte y el Valais, abierto al cesar la neutralidad saboyana, seguro que no. Pero ya se sabe cómo en un Estado federal amenazado y defendido por milicias cada cual quiere que se defienda su propia tierra. Ya se sabe: las tropas refunfuñarán y los consejeros nacionales pondrán el grito en el cielo si se abandonan sin resistencia ciudades y cantones enteros, ¡y no digamos un cantón nuevo que Suiza ha recibido solo para su defensa! En el propio estado mayor, cada uno querrá contribuir a que se cubra especialmente su región, y en un ejército de milicias, donde en el mejor de los casos la disciplina es ya bastante laxa por el bonachón trasiego de cervecería del tiempo de paz, todas estas influencias le pondrán al jefe muy difícil mantener unidas las tropas. Nueve de cada diez veces se puede apostar a que el jefe se mostrará débil o tendrá que ceder y a que la Saboya del norte será ocupada por tropas que no pueden servir para nada a la defensa, pero que en todo caso sufrirán en la retirada y serán arrojadas en parte al Valais, donde ya verán cómo vuelven a reunirse con el ejército principal por el Gemmi o el Furka.

La única seguridad para Suiza es que la Saboya del norte no le pertenezca ni a ella ni a Francia; entonces, en una guerra entre esos dos Estados, es de verdad neutral y cubre realmente a Suiza. Pero si pertenece a Suiza, eso no es para ella mucho mejor que si perteneciera a Francia. Su valor se reduce a tres o, como mucho, cinco días de tiempo ganado, la mayor parte de los cuales se vuelven a perder luego en la defensa del país de Vaud. ¿Qué es eso al lado de la seguridad de que, pase lo que pase, solo se la podrá atacar entre Basilea y el lago de Ginebra?

La Saboya del norte es para Suiza un regalo de los dánaos, y es más que eso: este regalo implica una amenaza.[^36] En el supuesto que hemos hecho, Francia domina militarmente toda la Suiza francesa e impide cualquier defensa de ella que sea siquiera medio seria. La anexión de la Saboya del sur por Francia *plantea de inmediato la exigencia de incorporar la Suiza francesa*.

## III

El condado de Niza está, como es sabido, al pie de los Alpes Marítimos, y su frontera con el territorio genovés baja hasta el mar una milla al este de Oneglia, en Cervo. La mitad occidental habla un dialecto provenzal; la oriental, al otro lado del Roya, un dialecto italiano. Pero, con excepción de algunos pueblos del Var, el italiano es en todas partes la lengua escrita; solo en la ciudad de Niza le hace contrapeso el francés, a consecuencia de la gran afluencia de forasteros.

Para tratar como es debido la cuestión de la nacionalidad, tenemos que detenernos aquí un momento en la situación lingüística de los Alpes occidentales.

En todos los puntos en que el italiano choca en los Alpes con otras lenguas, ha resultado ser la parte más débil. En ningún punto avanza más allá de la cadena alpina; los dialectos románicos de los Grisones y del Tirol son del todo independientes del italiano. En cambio, todas las lenguas vecinas le han ganado terreno al sur de los Alpes. En los distritos montañosos occidentales de la provincia véneta de Udine se habla esloveno de Carniola.[^37] En el Tirol, el elemento alemán es dueño de toda la vertiente sur y de todo el valle alto del Adigio; más al sur, en pleno territorio italiano, se encuentran las islas lingüísticas alemanas de los *sette comuni* y de los *tredici comuni*;[^38] al pie sur del Gries, tanto en el Val di Cavergno, en el Tesino, como en el Val Formazza, en el Piamonte, en el alto Val Vedro, al pie del Simplon, y por último en toda la vertiente sudeste del Monte Rosa, en el Val de Lys, en el alto Val Sesia y en el Val Anzasca, se habla alemán. A partir del Val de Lys empieza la frontera de la lengua francesa, que abarca todo el valle de Aosta y la vertiente oriental de los Alpes Cocios a partir del Mont Cenis, de modo que, según la opinión corriente, le pertenecen las fuentes de todos los ríos de la cuenca alta del Po. Según la opinión corriente, esta frontera va desde Demonte (en el Stura), pasando un poco al oeste del Col di Tenda, hasta el Roya, y lo sigue hasta el mar.

Sobre la frontera entre la lengua popular alemana o eslava y la italiana no puede haber duda. Pero otra cosa es cuando chocan dos lenguas románicas, y además no la lengua escrita italiana, *il vero toscano*,[^39] ni el culto francés del norte, sino el dialecto piamontés del italiano y la lengua del sur de Francia de los trovadores, hundida en mil *patois* degenerados, que para abreviar designaremos con el término inexacto, pero conocido, de provenzal. Quien se haya ocupado alguna vez, aunque sea por encima, de la gramática comparada de las lenguas románicas o de la literatura provenzal, notará enseguida en la Lombardía y en el Piamonte un gran parecido de la lengua popular con el provenzal. En el lombardo, ciertamente, este parecido se limita al aspecto exterior del habla; la caída de las terminaciones vocálicas masculinas, mientras se conservan las femeninas en singular, así como la de la mayoría de las terminaciones vocálicas en la conjugación, le dan un sonido provenzal, mientras que, por otro lado, la *n* nasal y la pronunciación de la *u* y de *œu* recuerdan el francés del norte. Pero la formación de las palabras y la fonética son esencialmente italianas, y donde aparecen divergencias recuerdan, curiosamente, a menudo, como también en el retorrománico, al portugués.[^40] El dialecto piamontés coincide en sus rasgos fundamentales bastante con el lombardo, pero se acerca ya más al provenzal y, sin duda, en los Alpes Cocios y Marítimos se le acercará tanto que será difícil trazar una frontera precisa.[^41] Además, la mayoría de los *patois* del sur de Francia no están mucho más cerca de la lengua escrita del norte de Francia que el propio piamontés. Aquí, por tanto, la lengua popular puede decidir poco sobre la nacionalidad; el campesino alpino de habla provenzal aprende con la misma facilidad el italiano que el francés y necesita el uno tan poco como el otro; entiende muy bien el piamontés, con el que se arregla de sobra. Si se quiere, con todo, encontrar un punto de apoyo, solo puede darlo la lengua escrita, y esta es, ciertamente, italiana en todo el Piamonte y en Niza; la única excepción la forman quizá el valle de Aosta y los valles valdenses, donde en algunos lugares predomina la lengua escrita francesa.[^42]

Querer sostener la nacionalidad francesa de Niza basándose en un *patois* provenzal que, además, solo abarca la mitad de la provincia es, pues, absurdo de entrada. Pero esta afirmación resulta aún más absurda si se piensa que la lengua provenzal se extiende también más allá de los Pirineos, abarca Aragón, Cataluña y Valencia y, en estas provincias españolas, pese a algunas resonancias castellanas, no solo se ha conservado en conjunto mucho más pura que en ningún lugar de Francia, sino que aún mantiene una existencia como lengua escrita en la literatura popular.[^43] ¿Qué será de España si Luis Bonaparte reclama el día menos pensado esas tres regiones como nacionalmente francesas?

Fabricar simpatías francesas en el condado de Niza parece aún más difícil que en Saboya. Del campo no se oye nada; en la ciudad, todos los intentos fracasan de manera todavía más estrepitosa que en Chambéry, aunque es mucho más fácil concentrar un montón de bonapartistas en esta ciudad de baños de mar. La idea de convertir en francés al niceno Garibaldi no está nada mal, en verdad.[^44]

Si Saboya es de la mayor importancia para la defensa del Piamonte, Niza lo es mucho más. De Niza salen tres carreteras hacia Italia: la de la Corniche, a lo largo de la costa, hacia Génova; la que por el Col di Nava va de Oneglia al valle del Tanaro, hacia Ceva; y la que por el Col di Tenda va a Cuneo (Coni). La primera queda cerrada al final, ciertamente, por Génova, pero ya en Albenga, y de nuevo en Savona, da a una columna que avance ocasión de cruzar los Apeninos por buenos caminos de carretera, y ofrece además multitud de caminos de herradura y senderos a través de la montaña; de cómo pueden aprovecharse en la guerra dio Napoleón un ejemplo en 1796. La tercera, por el Col di Tenda, es para Niza lo que el Mont Cenis para Saboya; lleva directamente a Turín, pero da pocas o ninguna ventaja de flanco. La del medio, por el Col di Nava, en cambio, lleva derecha a Alessandria y actúa por tanto en el sur como el Pequeño San Bernardo en el norte, solo que de manera mucho más directa y con muchas menos complicaciones. Tiene además la ventaja de estar lo bastante cerca de la carretera de la costa como para recibir de ella un apoyo considerable en el ataque. La columna que avance por la carretera de Nava puede ya en Garessio volver a enlazar con la que haya avanzado por la carretera de la costa hasta Albenga, pues aquí desemboca la carretera transversal de Albenga; pasada Ceva, el camino a Alessandria va por Carcare, donde desemboca la carretera de Savona y que está a medio camino entre Ceva y Savona. Pero entre Ceva, Savona y Oneglia hay alta montaña, donde la defensa no puede sostenerse. A esto se añade que la vertiente norte del Col di Nava, con las fuentes del Tanaro, está *en territorio niceno*, de modo que el paso pertenece de entrada a quien poseyera Niza antes de la guerra.

Un ejército francés que hubiera dispuesto de Niza ya antes de estallar la guerra amenaza desde allí el flanco, la retaguardia y las comunicaciones de cualquier destacamento italiano adelantado al oeste de Alessandria. La cesión de Niza a Francia significaría, pues, para la guerra, retrasar hasta Alessandria el punto de reunión de las fuerzas italianas, renunciar a defender el Piamonte propiamente dicho, que solo puede defenderse en Niza y en Saboya.

También aquí la historia de la guerra revolucionaria da el mejor ejemplo.

El 1 de octubre de 1792, el general Anselme cruzó el Var con una división de 9.000 hombres, mientras la flota francesa (doce navíos de línea y fragatas) echaba el ancla a menos de mil pasos de Niza. Los habitantes, favorables a la Revolución, se sublevaron, y la débil guarnición piamontesa (2.000 hombres) se retiró a toda prisa hacia el Col di Tenda, donde tomó posición en Saorgio. La ciudad de Niza recibió a los franceses con los brazos abiertos, pero estos saquearon todo el país, quemaron las casas a los campesinos, violaron a sus mujeres, y no había forma de mantenerlos en orden ni con las órdenes del día de Anselme ni con las proclamas de los comisarios de la Convención. Fue este el núcleo originario del posterior ejército de Italia, con el que el general Bonaparte cosechó sus primeros laureles. El bonapartismo, en sus comienzos, parece tener que apoyarse siempre en el lumpen; sin una Sociedad del Diez de Diciembre no se tiene en pie en ninguna parte.[^45] Los contendientes permanecieron mucho tiempo inactivos frente a frente; los franceses ocupaban la ciudad y sus alrededores, y los piamonteses, reforzados por una división austriaca, siguieron siendo dueños de la montaña y estaban en una posición muy atrincherada con el centro en Saorgio. En junio de 1793 los franceses hicieron algunos ataques, en conjunto infructuosos; en julio tomaron el Col d'Argentera, que lleva a la retaguardia de la posición enemiga. Tras la toma de Tolón (diciembre de 1793), el ejército de Italia recibió refuerzos considerables, y el general Bonaparte fue destinado a él. La primavera siguiente planeó un ataque contra el campamento de Saorgio, que se ejecutó el 28 de abril con el éxito más completo y dio a los franceses la posesión de todos los pasos de los Alpes Marítimos. Bonaparte propuso entonces unir el ejército de los Alpes con el de Italia en el valle del Stura y conquistar el Piamonte; pero el plan no fue aceptado. Poco después, con el 9 de Termidor, Bonaparte perdió a su más poderoso protector, Robespierre el joven, y con él su influencia en el consejo de guerra; quedó como simple general de división.[^46] El ejército pasó a la defensiva; solo cuando el general austriaco Colloredo avanzó con la lentitud de costumbre sobre Savona para cortar a los franceses la importantísima comunicación con la neutral Génova encontró Bonaparte ocasión de caer sobre él y propinarle un descalabro. Pese a ello, el camino de Génova siguió amenazado, y la campaña de 1795 se abrió con la expulsión de los franceses de toda la Riviera genovesa. Entretanto, el ejército de los Pirineos Orientales había quedado disponible por la paz con España y fue enviado a Niza, donde estuvo reunido por completo en noviembre.[^47] Schérer, que mandaba ahora en los Alpes Marítimos, pasó entonces enseguida al ataque según un plan elaborado por Masséna. Mientras Sérurier entretenía a los piamonteses en el Col di Tenda, Masséna avanzó por la alta montaña para envolver Loano, que Augereau atacó de frente (23 de noviembre). El plan salió a la perfección: los austriacos perdieron 2.000 muertos, 5.000 prisioneros y 40 cañones y quedaron completamente separados de los piamonteses. La comunicación con Génova volvía a estar asegurada, y la posesión de la montaña quedó sin disputa en manos de los franceses durante el invierno. Por fin, en la primavera de 1796, Bonaparte recibió el mando supremo del ejército de Italia, y las cosas tomaron otro giro. Apoyándose en la posesión de Niza y de la Riviera di Ponente, se internó en la montaña desde Savona, batió a los austriacos en Montenotte, Millesimo y Dego y los separó así de los piamonteses, que, rodeados y aislados por una fuerza francesa superior, firmaron enseguida la paz tras un par de combates de retirada.[^48] Así, cuatro combates afortunados en los valles altos del Bormida y del Tanaro dieron a los franceses la posesión militar de todo el Piamonte sin necesidad de un golpe directo sobre Turín; la guerra se desplazó enseguida a la Lombardía, y el Piamonte pasó a formar parte de la base de operaciones francesa.

Durante los tres primeros años de guerra, pues, Niza protegió completamente a Italia. Solo en la tercera campaña se perdieron los pasos de los Alpes Marítimos, y solo en la cuarta entraron en juego, pero entonces de una manera inmediatamente decisiva. Después de los combates de la primera semana en la montaña, bastó una simple demostración enérgica contra los piamonteses para hacerles ver lo desamparado de su situación y la necesidad de capitular. El golpe propiamente dicho pudo continuar casi sin interrupción en dirección a Milán; todo el territorio situado entre el Bormida, el Tesino y los Alpes cayó por sí solo en manos de los franceses.

Si Niza es provincia francesa, Italia se encuentra frente a Francia en la situación en que estaba al final de la campaña de 1794. No solo tienen los franceses abiertos el valle del Stura por el Col di Tenda y el del Tanaro por el Col di Nava; a un ejército atacante francés superior no se le puede disputar el camino de Albenga y de Savona, y con ello se encuentra, tres o cuatro días después de abrir la campaña, de nuevo en el punto de partida de la campaña de 1796. ¿Dónde ha de hacerle frente el grueso del ejército italiano? En la Riviera de Génova no tiene espacio para desplegarse; al oeste del Belbo y del Tanaro pone en peligro sus comunicaciones con Alessandria, con la Lombardía y con la Península. Lo único que puede hacer es avanzar desde Alessandria hacia el sur y caer con fuerzas reunidas sobre las columnas sueltas que desemboquen de la montaña. Pero esto supone que se ha renunciado de antemano a defender la frontera de los Alpes, pues de lo contrario todos los destacamentos situados en el Col di Tenda y más al oeste y al noroeste quedarían cortados. Con otras palabras, la posesión de Niza da a *Francia el dominio de los Alpes*, que dejan entonces de ser una muralla protectora para Italia, y con ello el dominio militar del Piamonte.

Niza da a Francia en el sur las mismas ventajas de flanco que Saboya le da en el norte, solo que todavía más completas y directas. Pero si ya Niza o Saboya, cada una por sí sola, dejan el Piamonte propiamente dicho completamente al descubierto ante un ataque francés, ¡qué poder no tendrá Francia sobre el Piamonte cuando posea las dos provincias! El Piamonte queda apresado entre ellas como en unas tenazas; en toda la línea, desde el Pequeño San Bernardo, dando la vuelta, hasta el Col di Nava y los caminos de montaña por encima de Savona, se puede jugar en variaciones sin fin el juego de tenaza de los ataques fingidos, hasta que por fin se produce el ataque verdadero sobre uno de los puntos de flanco y corta a todos los destacamentos italianos que se hayan aferrado demasiado a la montaña. A un ejército italiano no le quedaría más que concentrarse en Alessandria y Casale, limitarse a vigilar los Alpes y, en cuanto se aclare la dirección principal del ataque, lanzarse sobre ella con todas sus fuerzas reunidas. Si se admite esto, quiere decir, con otras palabras, que no solo la cadena alpina, sino toda la cuenca piamontesa del Po se abandona de antemano al enemigo, y que la primera posición defensiva de un ejército italiano contra Francia está detrás de las murallas de Alessandria. Con Saboya y Niza como antemurales, el Piamonte es la primera base de operaciones del ejército italiano; sin ellas, el Piamonte pertenece, militarmente hablando, a la ofensiva francesa, y hay que arrebatárselo primero con una victoria en suelo piamontés y con la conquista de los pasos de Saboya y de Niza.

La anexión de Saboya y de Niza equivale, si no a la anexión política, sí a la *anexión militar del Piamonte a Francia*. Cuando en el futuro Víctor Manuel contemple desde la Villa della Regina, junto a Turín, la espléndida cadena de los Alpes, de la que entonces ya no le pertenecerá ni una montaña, lo verá con bastante claridad.

Pero, se dice, en cuanto se forme en la Alta Italia un Estado militar fuerte, Francia necesitará Niza y Saboya para su propia defensa.

Hemos visto que Saboya reforzaría considerablemente el sistema defensivo francés. Niza solo lo reforzaría en la medida en que también esta provincia tendría que estar conquistada antes de que pudieran atacarse los actuales departamentos alpinos franceses. Pero la cuestión es si un Estado militar italiano fuerte amenazaría siquiera a Francia hasta el punto de que esta necesitara una protección especial frente a él.

Italia, aunque estuviera unida por completo, con sus 26 millones de habitantes nunca podría hacer una guerra ofensiva contra Francia si no es en alianza con Alemania. Pero en una guerra así Alemania aportaría siempre la gran masa de las fuerzas, e Italia sería la potencia subordinada. Esto solo bastaría para trasladar el peso principal del ataque de los Alpes al Rin y al Mosa. Pero a esto se añade todavía la situación del punto de ataque decisivo, París, en el norte de Francia. El ataque más sensible contra Francia será siempre el que parta de Bélgica; si Bélgica es neutral, el que parta de la orilla izquierda alemana del Rin y del alto Rin badense. Cualquier otro da un rodeo y es ya algo excéntrico, no va dirigido directamente sobre París. Y si ya Clausewitz (*De la guerra*, libro VI, cap. 23) se burla de que en 1814 un ejército de 200.000 hombres, en vez de marchar derecho sobre París, se dejara llevar de las narices por una teoría necia, dando un rodeo por Suiza, hasta la meseta de Langres, ¿qué no diría de planes de campaña que pretendieran dirigir el ataque principal contra París a través de la Alta Italia y de Saboya, o incluso de Niza?[^49] Todo ataque a través de Saboya está en franca desventaja frente al que parte del Rin, por la línea de comunicaciones más larga, que además pasa por los Alpes, por el camino más largo hasta París y, finalmente, por la fuerza de atracción del gran campo atrincherado de Lyon, que en la mayoría de los casos lo detendrá. Por eso en la campaña de 1814 los cuerpos que penetran en Francia a través de Italia no desempeñan prácticamente ningún papel.

Con tales medios de defensa, Francia no necesita en verdad ninguna ampliación territorial en esta frontera suya, que es ya la más cubierta de todas, y frente a uno de sus vecinos más débiles. Si la frontera actual de Francia estuviera en todas partes tan lejos de París, fuera tan fuerte por la naturaleza y por el arte y por lo que dificulta las comunicaciones enemigas como lo es frente a Italia, Francia sería inexpugnable. Pero si el bonapartismo escoge precisamente este punto para reclamar aquí las llamadas fronteras naturales con el pretexto de que Francia no puede prescindir de ellas para su defensa, ¡cuánto más fácil le será entonces fundamentar sus pretensiones sobre el Rin!

Niza seguirá siendo siempre italiana, aunque se la ceda momentáneamente a Francia. Saboya puede desear, y probablemente deseará algún día, su incorporación a Francia, cuando las grandes nacionalidades europeas se hayan consolidado más. Pero es muy distinto que Saboya se haga francesa voluntariamente, cuando Alemania e Italia hayan realizado también política y militarmente su unidad nacional y elevado así considerablemente su posición de potencia en Europa, o que un soberano que depende de la conquista, como Luis Napoleón, se la saque, regateando, a una Italia todavía dividida para perpetuar su soberanía sobre esa Italia y sentar a la vez el primer precedente para la teoría de las fronteras naturales.

## IV

A nosotros, los alemanes, en este chalaneo saboyano-niceno nos interesan sobre todo tres cosas.

Primera: la explicación práctica que da Luis Napoleón de la independencia italiana. Italia dividida en por lo menos tres Estados, cuatro si es posible, Venecia austriaca y Francia dueña del Piamonte por la posesión de Saboya y de Niza. El territorio pontificio, una vez separada la Romaña, separará por completo Nápoles del Estado de la Alta Italia e impedirá cualquier engrandecimiento de este último hacia el sur, puesto que al papa se le va a «garantizar» el resto de sus posesiones territoriales. Al mismo tiempo, al Estado de la Alta Italia se le pone delante Venecia como próximo cebo, el movimiento nacional italiano sigue teniendo en Austria su adversario más inmediato y principal; y para que Luis Napoleón pueda poner en movimiento a su antojo al nuevo reino contra Austria, los franceses se apoderan de todas las posiciones que dominan los Alpes occidentales y adelantan sus avanzadas hasta nueve millas de Turín. Esta es la posición que el bonapartismo se ha creado en Italia y que, en una guerra por la frontera del Rin, le vale tanto como un ejército. Da a Austria el mejor pretexto para aportar, a lo sumo, su contingente federal, si es que llega a tanto.[^50] Aquí solo podría servir una cosa: un vuelco completo de la política alemana respecto a Italia. Que Alemania no necesita Venecia hasta el Mincio y el Po creemos haberlo demostrado en otro lugar. Tampoco tenemos interés alguno en la supervivencia de la dominación pontificia y napolitana, pero sí en que se establezca una Italia fuerte y unida que pueda tener una política propia. Dadas las circunstancias, podemos, pues, ofrecer a Italia más que el bonapartismo; quizá pronto se den coyunturas en que será importante tener esto presente.

Segunda: la proclamación sin rodeos de la teoría de las fronteras naturales de Francia. Que la prensa francesa ha vuelto a inscribir esta teoría en su bandera no solo con permiso, sino por orden directa del Gobierno, nadie puede dudarlo. De momento la teoría solo se aplica a los Alpes; esto es todavía bastante inocente: Saboya y Niza son países pequeños, que solo tienen 575.000 y 236.000 habitantes respectivamente y que, por tanto, solo aumentarían la población de Francia en 811.000 almas, y su importancia político-militar no se advierte a primera vista. Pero que al reclamar estas dos provincias se vuelva a destacar precisamente el punto de vista de las fronteras naturales y se le recuerde al pueblo francés; que el oído de Europa deba volver a acostumbrarse a la palabra como a otras consignas bonapartistas pronunciadas y abandonadas alternativamente desde hace diez años: eso es lo que nos interesa especialmente a los alemanes. En el francés del Primer Imperio, que los republicanos del *National* siguieron hablando luego con tanto celo, por frontera natural de Francia se entiende por excelencia el Rin.[^51] Todavía hoy, cuando se habla de frontera natural, ningún francés piensa en Saboya ni en Niza, sino solo en el Rin. ¿Qué gobierno, y más uno que se apoya en las tradiciones y en los apetitos de conquista de la nación, podría atreverse a provocar de nuevo el clamor por las fronteras naturales y pretender luego despachar a Francia con Saboya y Niza?

La renovada proclamación de la teoría de las fronteras naturales de Francia es una amenaza directa contra Alemania y un hecho que ya no admite malentendidos y que da la razón al sentimiento nacional que se manifestó hace un año en Alemania. No Luis Napoleón, es cierto, pero sí la prensa que él dirige declara ahora a quien quiera oírlo que, efectivamente, de lo que se trataba, y se sigue tratando, no es de otra cosa que del Rin.

Tercera, y principal: la *posición de Rusia ante toda la intriga*. Cuando estalló la guerra el año pasado, cuando el propio Gorchakov confesó que Rusia había contraído «compromisos por escrito» con Luis Napoleón, llegaron al público rumores sobre el contenido de esos compromisos. Venían de fuentes distintas y se confirmaban mutuamente en lo esencial. Rusia se comprometía a movilizar cuatro cuerpos de ejército y situarlos en la frontera prusiana y en la austriaca para facilitar así el juego de Luis Napoleón. Para el curso de la propia guerra, se decía, se habían previsto tres casos:

O bien Austria hace la paz en el Mincio; en ese caso pierde la Lombardía y, aislada de Prusia y de Inglaterra, será fácil moverla a entrar en la alianza ruso-francesa, cuyos demás fines (reparto de Turquía, cesión de la orilla izquierda del Rin a Francia) se perseguirán entonces por otros caminos.

O bien sigue luchando por la posesión del Véneto; entonces se la expulsa por completo de Italia y se subleva Hungría, que, llegado el caso, se entregará al gran duque ruso Constantino;[^52] la Lombardía y Venecia pasan al Piamonte, Saboya y Niza a Francia.

O bien Austria sigue luchando y la Confederación Germánica la apoya; entonces Rusia entra activamente en la lucha, Francia recibe la orilla izquierda del Rin y Rusia obtiene mano libre en Turquía.

Lo repetimos: estos datos sobre el contenido esencial de la alianza ruso-francesa eran ya conocidos y se habían publicado al estallar la guerra. Una parte importante de ellos ha quedado confirmada por los acontecimientos. ¿Qué hay del resto?

Aportar pruebas documentales es, por la naturaleza misma de la cosa, imposible de momento. Estas no salen a la luz hasta que los acontecimientos correspondientes pertenecen ya a la historia. Solo la política de Rusia, establecida por hechos y documentos relativos a periodos históricos anteriores (por ejemplo, los documentos rusos encontrados en Varsovia en 1830), puede servir de guía en esta maraña de intrigas; pero para eso basta por completo.[^53]

Dos veces en este siglo se ha aliado Rusia con Francia, y las dos veces la alianza tuvo por fin o por base el reparto de Alemania.

La primera vez, en la balsa de Tilsit. Rusia entregó Alemania por completo al emperador francés e incluso aceptó, como prenda, un pedazo de Prusia. A cambio obtuvo mano libre en Turquía; se apresuró a conquistar Besarabia y Moldavia y a enviar sus tropas al otro lado del Danubio. Que Napoleón, poco después, «estudiara la cuestión turca» y cambiara notablemente de opinión sobre el asunto fue para Rusia uno de los motivos principales de la guerra de 1812.[^54]

La segunda vez, en 1829. Rusia firmó con Francia un tratado según el cual Francia había de recibir la orilla izquierda del Rin y Rusia, a cambio, de nuevo mano libre en Turquía. La revolución de Julio rompió este tratado; Talleyrand encontró los papeles correspondientes cuando se preparaba la acusación contra el ministerio Polignac y los echó al fuego para ahorrar a la diplomacia francesa y a la rusa el escándalo colosal.[^55] Frente al público profano, los diplomáticos de todos los países forman una sociedad secreta y nunca se comprometerán públicamente unos a otros.

En la guerra de 1853, Rusia confió en la Santa Alianza, que creía haber restablecido con la intervención en Hungría y la humillación de Varsovia y fortalecido con la desconfianza de Austria y de Prusia hacia Luis Napoleón. Se equivocó. Austria asombró al mundo con la magnitud de su ingratitud (entretanto había pagado su deuda con Rusia con intereses de usura en Schleswig-Holstein y en Varsovia) y con la vuelta consecuente a su tradicional política antirrusa en el Danubio.[^56] El cálculo ruso falló por ese lado; por el otro lo salvó de nuevo la traición en el campo enemigo.

Una cosa estaba clara: la idea fija de la conquista de Constantinopla ya solo podía realizarse mediante una alianza con Francia. Por otra parte, nunca había existido en Francia un gobierno para el que la conquista de la frontera del Rin fuera tan necesaria como para el de Luis Napoleón. La situación era aún más favorable que en 1829. Rusia tenía la partida en la mano; Luis Napoleón no podía hacer otra cosa que sacarle las castañas del fuego.

Ante todo, se trataba de aniquilar a Austria. Con la misma tenacidad con que Austria había resistido a los franceses en el campo de batalla de 1792 a 1809, con esa misma tenacidad había resistido diplomáticamente desde 1814 —y este es su único mérito, pero innegable— a los apetitos de conquista rusos en el Vístula y el Danubio. En 1848-1849, cuando la revolución en Alemania, en Italia y en Hungría llevó a Austria al borde de la descomposición, Rusia salvó a Austria: no debía descomponerse por una revolución, pues esta le habría arrancado de las manos a la política rusa la dirección de las partes que quedaran libres. Pese a todo, el movimiento, ya independiente, de las distintas nacionalidades había incapacitado a Austria desde 1848 para seguir haciendo frente a Rusia, y había suprimido así la última razón interna, histórica, de la existencia de Austria.

Ese mismo movimiento nacional antiaustriaco debía convertirse ahora en la palanca para desencajar a Austria. Primero en Italia; más tarde, si era necesario, en Hungría. Rusia no opera como el primer Napoleón; contra el oeste, sobre todo, donde se topa con poblaciones densas, superiores en civilización a su propio pueblo, avanza solo despacio. Los comienzos del sojuzgamiento de Polonia datan de Pedro el Grande, y todavía no está consumado más que en parte. Los éxitos lentos, pero seguros, le son tan deseables como los golpes rápidos y decisivos con grandes resultados; pero siempre tiene previstas las dos posibilidades. En el empleo de la insurrección húngara en la guerra de 1859, en el hecho de guardarla en la reserva para el segundo acto, se ve claramente la mano rusa.

Pero si Rusia, en un caso, se dio por satisfecha con el debilitamiento de Austria por la breve campaña de 1859, ¿no había previsto por eso otras eventualidades? ¿Había movilizado sus cuatro primeros cuerpos de ejército solo para darse esa satisfacción? ¿Y si Austria no cedía? ¿Si las combinaciones militares y políticas obligaban a Prusia y al resto de Alemania a intervenir a favor de Austria, como no podía ser de otro modo si la guerra continuaba? ¿Qué pasaba entonces? ¿Qué compromisos *podía* haber contraído Rusia con Francia para ese caso?

El tratado de Tilsit y el de 1829 dan la respuesta. Francia tiene que tener también su parte del botín si Rusia se extiende por el Danubio y manda directa o indirectamente en Constantinopla. La única compensación que Rusia *puede* ofrecer a Francia es la orilla izquierda del Rin; los sacrificios ha de cargarlos de nuevo Alemania. La política natural, y también la tradicional, de Rusia frente a Francia consiste en prometerle a Francia la posesión de la orilla izquierda del Rin, o ayudarla a obtenerla llegado el caso, a cambio de que permita y apoye las conquistas rusas en el Vístula y el Danubio; y luego en apoyar a Alemania, que en agradecimiento reconocerá las conquistas rusas, en la reconquista del territorio perdido a manos de Francia. Este programa, naturalmente, solo puede llevarse a cabo en las grandes crisis históricas, pero eso no impide en absoluto que tales eventualidades estuvieran previstas en 1859 igual que en 1829.

Que la conquista de Constantinopla es el objetivo inamovible de la política exterior rusa y que para alcanzarlo cualquier medio le parece bueno, querer demostrarlo todavía hoy sería ridículo. Aquí solo queremos recordar una cosa. Rusia nunca podrá llevar a cabo el reparto de Turquía si no es mediante una alianza con Francia o con Inglaterra. Cuando en 1844 pareció oportuno hacer ofertas directas a Inglaterra, el emperador Nicolás fue a Inglaterra y llevó él mismo una memoria rusa sobre el reparto de Turquía en la que, entre otras cosas, se prometía Egipto a los ingleses. Las ofertas se rechazaron, pero lord Aberdeen guardó la memoria en una cajita que entregó sellada a su sucesor en el Ministerio de Asuntos Exteriores; y cada ministro de Asuntos Exteriores posterior leyó el documento, volvió a sellarlo y se lo entregó así a su sucesor, hasta que en 1853, en los debates de la Cámara de los Lores, la cosa salió por fin a la luz pública. Al mismo tiempo se publicó la conocida conversación del emperador Nicolás con sir Hamilton Seymour sobre el «hombre enfermo», en la que se ofrecían igualmente a Inglaterra Egipto y Candía, mientras Rusia se daba aparentemente por satisfecha con ventajas menores.[^57] Las promesas rusas a Inglaterra eran, pues, en 1853 las mismas que en 1844; ¿y las promesas a Francia habrían sido en 1859 menos generosas que en 1829?

Luis Napoleón, por su personalidad y por su situación, depende de servir a los fines de Rusia. Supuesto heredero de una gran tradición militar, ha asumido también la herencia de las derrotas de 1813 a 1815. El ejército es su principal apoyo; tiene que contentarlo con nuevos éxitos militares, con el castigo de las potencias que en aquellos años derribaron a Francia, con el restablecimiento de las fronteras naturales del país. Solo cuando la tricolor francesa ondee en toda la orilla izquierda del Rin quedará borrada la afrenta de las dos conquistas de París. Y para lograr todo esto hace falta un aliado fuerte; solo se puede elegir entre Inglaterra y Rusia. Inglaterra, con sus ministerios tan cambiantes, es por lo menos poco de fiar, aun en el caso de que algún ministro inglés se prestara a tales proyectos. ¿Pero Rusia? A cambio de un equivalente razonable, ya había demostrado dos veces su disposición a una alianza sobre bases semejantes.

Nunca le vino a la política rusa un hombre más a propósito que Luis Napoleón, nunca le fue más favorable una situación que la suya. En el trono francés, un soberano que *tiene que* hacer la guerra, que *tiene que* conquistar solo para poder sostenerse, que necesita una alianza y que para esa alianza depende únicamente de Rusia: eso no se le había ofrecido nunca. Desde el encuentro de Stuttgart, todos los resortes últimos de la política francesa ya no hay que buscarlos en París, en la cabeza de Luis Napoleón, sino en Petersburgo, en el gabinete del príncipe Gorchakov.[^58] El hombre «misterioso» que tan reverente temor infunde al filisteo alemán se reduce a un instrumento con el que juega la diplomacia rusa y al que deja embolsarse toda la apariencia de grandeza, mientras ella se contenta con las ventajas reales. Rusia, que nunca sacrifica un kopek ni un soldado si no es absolutamente necesario, pero que deja que las demás potencias europeas se desgarren y debiliten entre sí todo lo posible, Rusia tuvo que dar primero su permiso con el tratado de Gorchakov para que Luis Napoleón pudiera ponerse ufano como libertador de Italia. Y cuando los informes sobre el estado de ánimo de la Polonia rusa sonaron demasiado mal como para permitir un levantamiento en la vecindad inmediata, en Hungría; cuando el intento de movilizar los cuatro primeros cuerpos de ejército rusos demostró el agotamiento, todavía no superado, del país; cuando tanto el movimiento campesino como la resistencia de la nobleza cobraron dimensiones que podían volverse peligrosas en una guerra exterior, entonces apareció un ayudante general del emperador ruso en el cuartel general francés, y se concluyó la paz de Villafranca. De momento, Rusia había conseguido bastante. Austria había sido duramente castigada por la «ingratitud» de 1854, más duramente de lo que Rusia nunca habría podido esperar. Sus finanzas, que antes de la guerra estaban a punto de sanearse, arruinadas para decenios; todo su sistema interno de gobierno, hundido sin remedio; su dominación en Italia, aniquilada; su territorio, mermado; su ejército, desmoralizado y privado de la confianza en sus jefes; los húngaros, los eslavos y los venecianos, tan crecidos en su movimiento nacional que ahora proclamaban abiertamente como su meta la separación de Austria; desde ese momento Rusia podía, ciertamente, desentenderse por completo de la resistencia de Austria y contar con convertirla poco a poco en un instrumento. Esos fueron los éxitos de Rusia; Luis Napoleón no se llevó a casa más que una *gloire* muy magra para su ejército, otra muy dudosa para sí mismo y una expectativa muy insegura sobre Saboya y Niza, dos provincias que, en el mejor de los casos, son para él regalos de los dánaos y lo encadenan aún más firmemente a Rusia.

Los demás planes se aplazan por el momento, no se abandonan. Por cuánto tiempo, dependerá del desarrollo de las relaciones internacionales en Europa, del tiempo que Luis Napoleón consiga mantener tranquilo a su ejército de pretorianos y del mayor o menor interés que tenga Rusia en una nueva guerra.

Qué papel piensa desempeñar Rusia frente a nosotros, los alemanes, lo dice con bastante claridad la conocida circular que el príncipe Gorchakov dirigió el año pasado a los pequeños Estados alemanes.[^59] Nunca se le había hablado a Alemania en semejante lenguaje. Los alemanes, esperemos, no olvidarán nunca que Rusia se atrevió a querer prohibirles acudir en ayuda de un Estado alemán atacado.

Los alemanes, esperemos, no olvidarán tampoco muchas otras cosas de Rusia.

En 1807, en la paz de Tilsit, Rusia se hizo ceder un pedazo del territorio de su aliada Prusia, el distrito de Białystok, y entregó Alemania a Napoleón.

En 1814, cuando incluso Austria (véanse las memorias de Castlereagh) defendía la necesidad de una Polonia independiente, Rusia se incorporó casi todo el gran ducado de Varsovia (es decir, antiguas provincias austriacas y prusianas) y ocupó así frente a Alemania una posición ofensiva que nos amenazará mientras no la hayamos echado de ella.[^60] El grupo de fortalezas de Modlin, Varsovia e Ivangorod, construido después de 1831, lo reconoce como una amenaza directa contra Alemania hasta el rusófilo Haxthausen.[^61]

En 1814-1815, Rusia hizo todo lo posible para que el Acta de la Confederación Germánica saliera en su forma actual y perpetuar así la impotencia de Alemania hacia fuera.

De 1815 a 1848, Alemania estuvo bajo la hegemonía directa de Rusia. Si Austria se le oponía en el Danubio, en los congresos de Laibach, Troppau y Verona ejecutaba todos los deseos de Rusia en el oeste de Europa.[^62] Esta hegemonía de Rusia era resultado directo del Acta de la Confederación Germánica. Cuando Prusia intentó sustraerse a ella por un momento en 1841 y 1842, se la obligó enseguida a volver a su posición anterior. La consecuencia fue que, al estallar la revolución de 1848, Rusia lanzó una circular en la que el movimiento de Alemania se trataba como una revuelta en el cuarto de los niños.

En 1829, Rusia firmó con el ministerio Polignac el tratado, preparado desde 1823 por Chateaubriand (y confesado públicamente por él), que entregaba a Francia, como en un trato de chalanes, la orilla izquierda del Rin.

En 1849, Rusia solo apoyó a Austria en Hungría con la condición de que Austria restableciera la Dieta federal y aniquilara la resistencia de Schleswig-Holstein; el protocolo de Londres aseguraba a Rusia la sucesión en toda la monarquía danesa en un plazo breve y le abría la perspectiva de realizar el plan, acariciado ya desde Pedro el Grande, de entrar en la Confederación Germánica (antes, en el Imperio).[^63]

En 1850, Prusia y Austria fueron emplazadas en Varsovia ante el zar, que se constituyó en juez de ambas. La humillación no fue menor para Austria que para Prusia, aunque a los ojos de los políticos de cervecería solo Prusia tuviera que cargar con ella.[^64]

En 1853, en la conversación con sir H. Seymour, el emperador Nicolás dispuso de Alemania como si le perteneciera en propiedad hereditaria. Austria, dijo, le era segura. A Prusia ni siquiera le hizo el honor de mencionarla.

Y, por último, en 1859, cuando la Santa Alianza parecía completamente disuelta, el tratado con Luis Napoleón, el ataque de Francia a Austria con el permiso y el apoyo de Rusia, y la circular de Gorchakov para prohibir a los alemanes de la manera más desvergonzada toda ayuda a Austria.

Eso es lo que debemos a los rusos desde el comienzo de este siglo y lo que los alemanes, esperemos, no olvidaremos nunca.

En este momento todavía nos amenaza la alianza ruso-francesa. Francia sola solo puede ser peligrosa para nosotros en momentos aislados, e incluso entonces solo gracias a la alianza con Rusia. Pero Rusia nos amenaza e insulta siempre, y si Alemania se levanta contra ello, pone en movimiento al gendarme francés con la perspectiva de la orilla izquierda del Rin.

¿Vamos a consentir más tiempo que se juegue con nosotros a este juego? ¿Vamos a tolerar más tiempo, cuarenta y cinco millones como somos, que una de nuestras provincias más hermosas, más ricas y más industriales sirva continuamente de cebo que Rusia le pone delante a la dominación pretoriana en Francia? ¿No tiene Renania otra misión que la de ser invadida por la guerra para que Rusia tenga mano libre en el Danubio y el Vístula?

Esa es la cuestión. Esperamos que Alemania la responda pronto con la espada en la mano. Si nos mantenemos unidos, ya les enseñaremos el camino de casa a los pretorianos franceses y a los *kapuschtschiks* rusos.[^65]

Entretanto hemos ganado un aliado en los siervos rusos. La lucha que ha estallado ahora en Rusia entre la clase dominante y la clase dominada de la población rural socava ya todo el sistema de la política exterior rusa. Este sistema solo era posible mientras Rusia no tuvo desarrollo político interno. Pero ese tiempo ha pasado. El desarrollo industrial y agrícola, impulsado de todas las maneras por el Gobierno y la nobleza, ha llegado a un grado en que ya no soporta las relaciones sociales existentes. Su supresión es, por un lado, una necesidad y, por otro, una imposibilidad sin un cambio violento. Con la Rusia que existió de Pedro el Grande a Nicolás cae también la política exterior de esa Rusia.[^66]

Por lo que parece, le está reservado a Alemania hacerles comprender este hecho a los rusos no solo con la pluma, sino también con la espada. Si se llega *a eso*, será una rehabilitación de Alemania que compensará siglos de oprobio político.

[^1]: El 1 de enero de 1859, en la recepción de Año Nuevo, Napoleón III lamentó ante el embajador austriaco, Hübner, que las relaciones con Austria no fueran tan buenas como antes: se leyó como un anuncio de guerra. La «Ifigenia italiana» es la princesa Clotilde de Saboya, hija de Víctor Manuel II, casada a los quince años, en enero de 1859, con el príncipe Napoleón, primo del emperador, para sellar la alianza franco-piamontesa; Ifigenia es la hija de Agamenón sacrificada para que la flota griega pudiera zarpar hacia Troya. El «grito de dolor» (*grido di dolore*) procede del discurso de la Corona de Víctor Manuel II del 10 de enero de 1859. El príncipe Alexandr Gorchakov (1798-1883) era ministro de Asuntos Exteriores de Rusia; Francia y Rusia habían firmado en marzo de 1859 un tratado secreto.

[^2]: Hermann Orges (1821-1874), redactor de asuntos militares de la *Allgemeine Zeitung* de Augsburgo, el gran diario de la Alemania del sur, favorable a Austria.

[^3]: La *Ost-Deutsche Post* era un diario de Viena. «Pequeñoalemán»: partidario de una Alemania unida sin Austria y bajo la hegemonía de Prusia, frente a la solución «granalemana», con Austria.

[^4]: «Gothaianos»: los liberales constitucionalistas que, tras abandonar la Asamblea Nacional de Fráncfort, se reunieron en Gotha en junio de 1849 y defendían la unificación pequeñoalemana bajo la corona prusiana.

[^5]: El centenario del nacimiento de Schiller (10 de noviembre de 1859) se celebró en toda Alemania y entre los alemanes del extranjero con fiestas de marcado tono nacional.

[^6]: Por la paz de Basilea (abril de 1795), Prusia salió de la coalición contra la Francia revolucionaria y aceptó la ocupación francesa de la orilla izquierda del Rin. En 1805, mientras Napoleón vencía a los austriacos en Ulm y en Austerlitz, Prusia se mantuvo neutral; al año siguiente, en Jena (14 de octubre de 1806), fue ella la aplastada.

[^7]: (Nota de Engels.) Véase el informe del corresponsal del *Times* en el campamento austriaco sobre Solferino. En Cavriana, el viejo *Feldzeugmeister* Nugent, que estaba presente como aficionado, hizo en vano todo lo posible por hacer avanzar varios batallones de *Grenzer*. [*Feldzeugmeister* era en Austria el grado inmediatamente inferior al de mariscal de campo; Laval Nugent (1777-1862) tenía entonces más de ochenta años. Los *Grenzer* eran las tropas de la Frontera Militar con el Imperio otomano, sobre todo croatas y serbios.]

[^8]: El conde Ferenc Gyulay (1798-1868) mandó el ejército austriaco en Italia hasta su destitución, tras Magenta. El emperador Francisco José I (1830-1916) se trasladó al teatro de la guerra y asumió después en persona el mando supremo.

[^9]: El combate de Montebello (20 de mayo de 1859) fue un reconocimiento en fuerza austriaco rechazado por los franceses. El Consejo Áulico de Guerra (*Hofkriegsrat*), la autoridad militar suprema de la monarquía de los Habsburgo hasta 1848, era proverbial por su lentitud y por querer dirigir las campañas desde Viena.

[^10]: El mariscal Joseph Radetzky (1766-1858) derrotó al Piamonte en Custoza (1848) y en Novara (1849).

[^11]: El barón Heinrich von Hess (1788-1870), antiguo jefe de estado mayor de Radetzky, enviado al cuartel general por el emperador.

[^12]: (Nota de Engels.) Véase la declaración del capitán Blakeley, el primer corresponsal del *Times* en el campamento austriaco, en ese periódico, en la que se comunica el hecho arriba citado. En la *Allgemeine Militär-Zeitung* de Darmstadt aparece una defensa de Gyulay en la que la detención de cinco horas se explica por un suceso que no puede comunicarse por razones de servicio y que fue ajeno a la intervención de Gyulay, y se carga a ese suceso la pérdida de la batalla. Pero Blakeley ya había comunicado en qué consistió ese suceso.

[^13]: Patrice de Mac-Mahon (1808-1893) mandaba el II cuerpo francés; por Magenta (4 de junio de 1859) fue nombrado mariscal y duque de Magenta.

[^14]: El cuadrilátero lo formaban las fortalezas de Peschiera, Mantua, Verona y Legnago, entre el Mincio y el Adigio.

[^15]: Los preliminares de paz de Villafranca (11 de julio de 1859), acordados en persona por Napoleón III y Francisco José, dejaban Venecia a Austria y preveían una confederación italiana presidida por el papa.

[^16]: Así en la primera edición, cuya suma da el total de 11.251.800; el texto de la MEW en mlwerke dice 1.053.800.

[^17]: La milla cuadrada alemana equivale a unos 55 km².

[^18]: La cifra de Nápoles (el reino de las Dos Sicilias, con Sicilia) es la de la primera edición; el texto de la MEW en mlwerke trae 3.517.600. El total de la primera edición es 13.306.100; damos, con la MEW, 13.206.100, que es la suma exacta.

[^19]: La Confederación del Rin (1806-1813) agrupó a los Estados de la Alemania del sur y del oeste bajo el protectorado de Napoleón I.

[^20]: Napoleón I creó el reino de Etruria (1801-1807) en Toscana y el reino de Westfalia (1807-1813) para su hermano Jerónimo. El heredero de este era el príncipe Napoleón (1822-1891), llamado por eso Jerónimo Bonaparte hijo, que en 1859 mandó el V cuerpo francés, desembarcado en Toscana y llevado a través de los ducados.

[^21]: «Rey caballero», sobrenombre de Víctor Manuel II (1820-1878), rey de Cerdeña.

[^22]: Lambessa (Lambèse), en Argelia, y Cayena, en la Guayana francesa, eran los presidios adonde Luis Bonaparte deportó a los republicanos tras el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851. La «ley de sospechosos» (*loi des suspects*) es la ley de seguridad general de febrero de 1858, votada tras el atentado de Orsini, que permitía internar o deportar sin juicio a los antiguos condenados políticos.

[^23]: «Ir adonde crece la pimienta» es en alemán la manera de mandar a alguien muy lejos; aquí, alusión a las deportaciones a la Guayana.

[^24]: «Imperialistas»: aquí, propias del régimen imperial bonapartista.

[^25]: El primer tratado de París (30 de mayo de 1814) dejó a Francia la parte occidental de Saboya, con Chambéry y Annecy; tras los Cien Días de Napoleón, el segundo tratado de París (20 de noviembre de 1815) la devolvió al reino de Cerdeña.

[^26]: El marqués Costa de Beauregard, diputado conservador saboyano en el Parlamento de Turín.

[^27]: Anne-Pierre de Montesquiou-Fezensac (1739-1798) mandaba en 1792 el ejército francés del Mediodía. François-Christophe Kellermann (1735-1820), el vencedor de Valmy, mandaba en 1793 el ejército de los Alpes y tuvo que ocuparse a la vez del asedio de Lyon, sublevada contra la Convención (agosto-octubre de 1793).

[^28]: La milla alemana equivale a unos 7,5 km.

[^29]: En mayo de 1800 Napoleón cruzó los Alpes por el Gran San Bernardo con el ejército de reserva, cayó a espaldas del ejército austriaco de Melas y lo derrotó en Marengo (14 de junio de 1800).

[^30]: En la campaña de Francia (enero-marzo de 1814), Napoleón hizo frente a los ejércitos aliados, muy superiores en número, con un ejército que pocas veces pasó de unos 70.000 hombres.

[^31]: Claude-Jacques Lecourbe (1759-1815), general francés, célebre por su guerra de montaña en Suiza en 1799.

[^32]: Por los preliminares de Villafranca y la paz de Zúrich (10 de noviembre de 1859), Austria cedió la Lombardía, salvo Mantua y Peschiera.

[^33]: El Thielle (en alemán, Zihl) une los lagos de Neuchâtel y de Biel; el Gran Marjal (*Grosses Moos*) es la llanura pantanosa entre los lagos de Neuchâtel, Biel y Morat; el Sarine (*Saane*) y el Sense son afluentes del Aar al oeste de Berna.

[^34]: En 1815 el Congreso de Viena y el segundo tratado de París incluyeron el Chablais y el Faucigny en la neutralidad suiza: en caso de guerra, Suiza podía ocuparlos militarmente. El tratado de Turín, de 16 de marzo de 1816, entre Cerdeña y Suiza, regló la frontera de Ginebra.

[^35]: Carl Vogt (1817-1895), naturalista, diputado de la izquierda en la Asamblea Nacional de Fráncfort y luego emigrado en Ginebra, había publicado en 1859 unos *Estudios sobre la situación actual de Europa* favorables a la política de Luis Napoleón; Marx lo acusó ese mismo año de 1860, en *Herr Vogt*, de estar a sueldo del bonapartismo.

[^36]: Alusión al verso de Virgilio *Timeo Danaos et dona ferentes* («temo a los dánaos aun cuando traen regalos»; *Eneida*, II, 49): el caballo de Troya.

[^37]: Carniola (*Krain*), la región central de la actual Eslovenia, entonces provincia austriaca.

[^38]: Los Siete Municipios, en la meseta de Asiago (provincia de Vicenza), y los Trece Municipios, en los montes de Verona, eran islas de habla alemana (el llamado cimbrio) de origen medieval.

[^39]: «El verdadero toscano».

[^40]: (Nota de Engels.) Lat. *clavis*, ital. *chiave*, port. *chave*, lomb. *ciàu* (pronúnciese: *tscháu*) = llave. La *Allgemeine Zeitung* de Augsburgo se hizo escribir el verano pasado desde Verona (véanse los informes desde el cuartel general austriaco) que allí la gente se llamaba por la calle «Tschau, Tschau». El sabio periódico, aficionado como es a los disparates lingüísticos, estaba visiblemente en apuros para encontrar la llave de ese *Tschau, Tschau*. La palabra es *s-ciau* (*stschau*) y es la forma lombarda análoga de *schiavo* = esclavo, servidor, como también nosotros nos saludamos con «servidor suyo, su seguro servidor», etc. De formas realmente provenzales en el lombardo solo se nos ocurren dos: el participio pasado femenino en *-da* (*amà*, *amada*) y la primera persona del presente en *i* (*ami* = amo, *saludi* = saludo). [Es el origen del saludo italiano *ciao*.]

[^41]: (Nota de Engels.) Los rasgos decisivos de los dialectos italianos y provenzales serían quizá: 1) la vocalización italiana de la *l* tras consonante (*fiore*, *piu*, *bianco*), ajena al provenzal; 2) la formación del plural de los sustantivos a partir del nominativo latino (*donne*, *cappelli*). El provenzal y el francés antiguo tenían también en la Edad Media, ciertamente, esta formación para el nominativo, mientras que todos los demás casos derivaban del acusativo latino (terminación *-s*). Pero todos los dialectos provenzales modernos solo tienen esta última forma, que sepamos. Aun así, en la frontera podría parecer dudoso si la forma nominativa conservada procede del italiano o del provenzal.

[^42]: Los valles valdenses (Pellice, Chisone y Germanasca), al oeste de Turín, eran el refugio de la comunidad protestante de los valdenses, que usaba el francés como lengua de iglesia y de escuela.

[^43]: Bajo «provenzal» incluye aquí Engels el catalán, con el valenciano, emparentado con el occitano; en aquellos años empezaba el renacimiento literario catalán (la *Renaixença*).

[^44]: Giuseppe Garibaldi había nacido en Niza en 1807.

[^45]: La Sociedad del Diez de Diciembre, fundada en 1849, reclutaba entre el lumpenproletariado de París a los partidarios de choque de Luis Bonaparte; Marx la describe en *El dieciocho brumario de Luis Bonaparte* (1852).

[^46]: Augustin Robespierre (1763-1794), hermano menor de Maximilien y representante en misión ante el ejército de Italia, cayó con él el 9 de Termidor del año II (27 de julio de 1794); Bonaparte, que le debía su ascenso, estuvo detenido unos días.

[^47]: La paz de Basilea con España se firmó el 22 de julio de 1795. Barthélemy Schérer (1747-1804) mandaba el ejército de Italia; André Masséna, Jean-Mathieu Sérurier y Pierre Augereau, sus generales de división, serían luego mariscales del Imperio. La batalla de Loano se libró el 23 y 24 de noviembre de 1795.

[^48]: Montenotte (12 de abril de 1796), Millesimo (13 de abril) y Dego (14-15 de abril). El Piamonte firmó el armisticio de Cherasco (28 de abril) y la paz de París (15 de mayo de 1796), por la que cedió Saboya y Niza a Francia.

[^49]: Carl von Clausewitz, *De la guerra*, libro VI, cap. 23 («La llave del país»). En 1814 el ejército principal aliado, al mando de Schwarzenberg, entró en Francia a través de Suiza para alcanzar la meseta de Langres, tenida por la «llave» de Francia.

[^50]: Como miembro de la Confederación Germánica, Austria solo estaba obligada a aportar a una guerra federal su contingente, una parte fija de sus fuerzas.

[^51]: *Le National*, diario de los republicanos burgueses de París (1830-1851).

[^52]: El gran duque Constantino Nikoláievich (1827-1892), hermano del zar Alejandro II.

[^53]: Durante la insurrección polaca de 1830-1831, los insurrectos se apoderaron en Varsovia de documentos diplomáticos rusos, publicados después en Londres por David Urquhart en la revista *The Portfolio* (1835-1837).

[^54]: En julio de 1807, tras sus entrevistas con Alejandro I en una balsa en medio del Niemen, Napoleón firmó la paz de Tilsit con Rusia y con Prusia, que perdió la mitad de su territorio; Rusia recibió el distrito de Białystok. Durante la guerra ruso-turca de 1806-1812 Rusia ocupó Moldavia y Valaquia y se anexionó Besarabia en 1812.

[^55]: Jules de Polignac (1780-1847) presidió el último gobierno de Carlos X (1829-1830); tras la revolución de Julio fue juzgado por la Cámara de los Pares. Charles-Maurice de Talleyrand (1754-1838) volvió entonces a la diplomacia como embajador en Londres. François-René de Chateaubriand, ministro de Asuntos Exteriores en 1822-1824, había defendido una alianza con Rusia que permitiera a Francia recuperar sus fronteras del Rin.

[^56]: En 1849 un ejército ruso aplastó la revolución húngara a petición de Austria; en la conferencia de Varsovia de octubre de 1850, el zar Nicolás arbitró el conflicto entre Austria y Prusia por la hegemonía en Alemania, a favor de Austria. Austria, que había ayudado a Dinamarca a someter Schleswig-Holstein (1850-1851), se volvió en 1854 contra Rusia: le exigió evacuar los principados danubianos y los ocupó ella misma: de ahí el reproche ruso de «ingratitud».

[^57]: El zar Nicolás I visitó Inglaterra en junio de 1844; la memoria, redactada después por el canciller ruso Nesselrode, se entregó a lord Aberdeen, entonces ministro de Asuntos Exteriores. En sus conversaciones de enero y febrero de 1853 con sir George Hamilton Seymour, embajador británico en Petersburgo, el zar llamó al Imperio otomano «el hombre enfermo»; la correspondencia se publicó en marzo de 1854. Candía es Creta.

[^58]: Napoleón III y Alejandro II se entrevistaron en Stuttgart en septiembre de 1857.

[^59]: La circular de Gorchakov a las cortes alemanas, de mayo de 1859, advertía a la Confederación Germánica contra cualquier intervención a favor de Austria.

[^60]: *Memoirs and Correspondence of Viscount Castlereagh*, publicadas por su hermano en 1848-1853. Robert Stewart, vizconde Castlereagh (1769-1822), ministro británico de Asuntos Exteriores, representó a Gran Bretaña en el Congreso de Viena, que dio a Rusia la mayor parte del gran ducado de Varsovia, convertida en reino de Polonia unido al imperio del zar.

[^61]: August von Haxthausen (1792-1866), terrateniente prusiano autor de un estudio muy difundido sobre las instituciones agrarias de Rusia. Ivangorod es la fortaleza de Dęblin.

[^62]: Congresos de la Santa Alianza: Troppau (1820), Laibach (1821) y Verona (1822), que decidieron las intervenciones contra las revoluciones de Nápoles, del Piamonte y de España.

[^63]: La Dieta federal (*Bundestag*) de la Confederación Germánica, disuelta en 1848, se restableció en 1850-1851. El protocolo de Londres (8 de mayo de 1852), firmado por las grandes potencias, reguló la sucesión al trono danés en favor de Cristián de Glücksburg, después de que el zar, como jefe de la casa de Holstein-Gottorp, renunciara a sus derechos en su favor; Holstein formaba parte de la Confederación Germánica.

[^64]: «Políticos de cervecería» traduce *Kannegießerei*, la charlatanería política de taberna.

[^65]: Así en la primera edición; la MEW trae *Kapustniki*. La palabra parece formada sobre el ruso *kapusta*, «col», como mote burlón de los soldados rusos.

[^66]: Alude a la preparación de la abolición de la servidumbre en Rusia (decretada en febrero de 1861), que provocaba entonces revueltas campesinas y la resistencia de la nobleza.
