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Title: Sobre los cañones rayados (1860)
Description: Serie de tres artículos de Engels para el New-York Daily Tribune sobre la artillería rayada: los primeros ensayos, los cañones de retrocarga de Cavalli y Wahrendorff, la crítica del sistema francés estrenado en Italia en 1859, que necesita viento y gran elevación, y los cañones británicos de Armstrong y Whitworth.
Author: Friedrich Engels
Date: 1860-04
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1860%20Sobre%20los%20ca%C3%B1ones%20rayados
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*Escrito en inglés por Friedrich Engels en marzo y abril de 1860 y publicado en el* New-York Daily Tribune*, núm. 5914, del 7 de abril, núm. 5926, del 21 de abril, y núm. 5938, del 5 de mayo de 1860. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 27-38), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW (la edición digital fecha por error su redacción en 1858). Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1860%20%C3%9Cber%20gezogene%20Kanonen).*

## I

[*New-York Daily Tribune*, núm. 5914, del 7 de abril de 1860]

Los primeros intentos de aumentar el alcance y la precisión de las piezas de artillería mediante estrías en la pared del ánima, dando así al proyectil un giro perpendicular a la línea de vuelo, datan del siglo XVII. En Múnich hay un pequeño cañón de ánima rayada fabricado en Núremberg en 1694; el ánima tiene ocho estrías y un calibre de unas dos pulgadas. Durante todo el siglo XVIII se hicieron, tanto en Alemania como en Inglaterra, experimentos con cañones rayados, algunos de ellos de retrocarga. Aunque se trataba solo de calibres pequeños, se obtuvieron resultados muy satisfactorios. Los cañones ingleses de dos libras de 1776, con un alcance de 1.300 yardas, daban un desvío lateral de solo dos pies, un grado de precisión al que ninguna otra arma de fuego de la época podía ni siquiera acercarse. Ese mismo año se emplearon por primera vez estos cañones rayados para disparar proyectiles alargados.

Sin embargo, estos experimentos quedaron durante mucho tiempo sin ningún resultado práctico. Las ideas militares de la época eran del todo contrarias a las armas rayadas. Incluso la carabina[^1] era entonces un instrumento muy tosco; cargarla era una operación larga y penosa, que exigía considerable destreza manual. En una época en que el fuego rápido, tanto de las líneas desplegadas como de las cabezas de columna y de los tiradores, era una de las principales exigencias de la batalla, era un arma inadecuada para la guerra en general. Napoleón no toleraba fusiles rayados en su ejército; en Inglaterra y Alemania solo se armó con ellos a unos pocos batallones; únicamente en América y en Suiza siguió siendo la carabina el arma nacional.

La guerra de Argelia fue la ocasión de devolver el crédito al fusil rayado y de perfeccionar su construcción; esas mejoras no fueron más que el comienzo de la enorme revolución en todo el sistema de las armas de fuego, que aún hoy está lejos de haber concluido. Los mosquetes de ánima lisa de los franceses no podían competir con las largas espingardas de los árabes; su mayor longitud y su mejor material, que admitían una carga más pesada, permitían a los cabileños y a los beduinos disparar contra los franceses desde una distancia a la que el fusil reglamentario era del todo ineficaz. El duque de Orleans,[^2] que había visto y admirado a los cazadores prusianos y austriacos, organizó según su modelo los cazadores franceses, que en armamento, equipo y táctica pronto fueron las mejores tropas de su clase en el mundo. El fusil rayado con el que se les armó era muy superior a la vieja carabina y experimentó enseguida nuevas modificaciones, que al final trajeron consigo la introducción general de los fusiles rayados en toda la infantería de Europa.

Una vez elevado así el alcance del fuego de infantería de 300 a 800 e incluso a 1.000 yardas, surgió la cuestión de si la artillería de campaña, que hasta entonces había dominado todas las distancias de 300 a 1.500 yardas, podría seguir sosteniéndose frente a las nuevas armas portátiles. En efecto, la mayor eficacia de los cañones de campaña ordinarios estaba precisamente en el alcance que ahora también lograba el fusil rayado; los botes de metralla apenas eran eficaces más allá de 600 o 700 yardas. Las balas rasas de los cañones de seis y de nueve libras no daban resultados muy satisfactorios más allá de 1.000 yardas, y, para ser decisivos, los shrapnels (metralla redonda) exigían sangre fría y un cálculo exacto de las distancias, cualidades que no siempre se encuentran en el campo de batalla cuando el enemigo avanza; también el fuego de granadas de los viejos obuses contra las tropas distaba mucho de ser satisfactorio. Los ejércitos que, como el inglés, tenían como calibre más pequeño el de nueve libras eran todavía los mejor parados; el cañón francés de ocho libras, y más aún el alemán de seis, quedaron casi inservibles. Para remediarlo, hacia el comienzo de la guerra de Crimea los franceses introdujeron el llamado invento de Luis Napoleón, el cañón ligero de doce libras, *canon obusier* [cañón-obús], con el que podían dispararse balas macizas, con una carga de solo una cuarta parte del peso del proyectil en vez de una tercera parte, y también granadas. Este cañón no era más que una imitación del cañón ligero inglés de doce libras, que los ingleses ya habían vuelto a abandonar. El sistema de disparar proyectiles huecos con cañones largos se usaba hacía tiempo en Alemania, de modo que en esta supuesta mejora no había absolutamente nada nuevo. Con todo, haber armado a toda la artillería francesa con cañones de doce libras, aun con un alcance menor, le habría dado una clara superioridad sobre los viejos cañones de seis y de ocho libras. Para contrarrestarlo, el gobierno prusiano decidió en 1859 dotar a toda su artillería a pie de cañones pesados de doce libras. Fue el último paso en el desarrollo de la pieza de ánima lisa; mostró que todo el asunto estaba liquidado y que los defensores del ánima lisa habían quedado reducidos al absurdo. En efecto, nada podía ser más disparatado que armar a toda la artillería de un ejército con estos pesados y torpes cañones prusianos de doce libras, y ello en una época en que la movilidad y la rapidez de maniobra son la exigencia más importante de todas. Como el cañón ligero francés de doce libras solo tenía una superioridad relativa frente a otra artillería, pero ninguna frente a las nuevas armas portátiles, y el cañón pesado prusiano de doce libras era un absurdo palpable, no quedaba otra salida que renunciar por completo a la artillería de campaña o adoptar cañones rayados.

Entretanto, en distintos países se habían proseguido sin interrupción los experimentos con cañones rayados. En Alemania, el teniente coronel bávaro Reichenbach[^3] experimentó ya en 1816 con un pequeño cañón rayado y un proyectil cilindro-cónico. En cuanto a alcance y precisión, los resultados fueron muy satisfactorios, pero las dificultades de la carga y unos obstáculos ajenos al asunto mismo impidieron continuar el experimento. En 1846 el comandante piamontés Cavalli[^4] construyó un cañón rayado de retrocarga que causó considerable sensación. Su primera pieza era un cañón de treinta libras, que se cargaba con un proyectil hueco cilindro-cónico de 64 libras de peso y con 5 libras de pólvora. Con una elevación de 14 3/4 grados obtuvo un alcance (medido en el primer impacto) de 3.050 metros, es decir, de 3.400 yardas. Un resultado importante de sus experimentos (proseguidos hasta los últimos tiempos, en parte en Suecia y en parte en el Piamonte) fue el descubrimiento de que todos los proyectiles disparados con cañones rayados tienen un desvío lateral regular, causado por el ángulo de las estrías, y siempre hacia el lado al que giran las estrías. Una vez comprobado esto, Cavalli inventó también la llamada alza lateral u horizontal para corregir el desvío. Los resultados de sus experimentos fueron sumamente satisfactorios. En Turín, en 1854, su cañón de treinta libras, con una carga de 8 libras y un proyectil de 64 libras, dio los resultados siguientes:

| Elevación | Alcance | Desvío lateral irregular |
|---|---|---|
| 10° | 2.806 m | 2,81 m |
| 15° | 3.785 m | 3,21 m |
| 20° | 4.511 m | 3,72 m |
| 25° | 5.103 m | 4,77 m |

Es decir, ¡con una elevación de 25 grados se obtiene un alcance de más de tres millas con un desvío lateral respecto de la línea de mira de menos de 16 pies (tras la corrección mediante el alza horizontal)! El mayor obús de campaña francés tenía, a un alcance de 2.400 metros, igual a 2.650 yardas, desvíos laterales de 47 metros, o 155 pies, por término medio, es decir, diez veces mayores que los del cañón rayado al doble de alcance.

Otro sistema de cañones rayados que llamó la atención poco después de los primeros experimentos de Cavalli fue el del barón sueco Wahrendorff.[^5] Su cañón era también de retrocarga y su proyectil cilindro-cónico. La diferencia en el proyectil consistía, sin embargo, en que el de Cavalli era de metal duro y tenía tetones que encajaban en las estrías, mientras que el de Wahrendorff estaba revestido de una fina camisa de plomo y su diámetro era algo mayor que el calibre de la parte rayada del ánima. Una vez introducido el proyectil en la recámara, que tenía para ello el tamaño adecuado, la explosión lo empujaba al ánima rayada; el plomo, fuertemente apretado en las estrías, suprimía todo viento y evitaba que escapara ni la menor cantidad del gas desarrollado por la explosión. Los resultados obtenidos con estos cañones en Suecia y en otros lugares fueron del todo satisfactorios, y mientras los cañones de Cavalli se adoptaron para el artillado de Génova, los de Wahrendorff desempeñaron un papel en las casamatas de Vaxholm en Suecia, de Portsmouth en Inglaterra y de algunas fortalezas prusianas. Con ello había empezado la introducción práctica de los cañones rayados, aunque solo para las fortalezas. Quedaba únicamente por dar un paso, introducirlos en la artillería de campaña, y eso se ha hecho en Francia y se está haciendo ahora en todas las artillerías europeas. Los distintos sistemas con arreglo a los cuales se desarrollan ahora con éxito, o pueden desarrollarse, cañones de campaña rayados serán objeto de otro artículo.

## II

[*New-York Daily Tribune*, núm. 5926, del 21 de abril de 1860]

Como dijimos en el artículo anterior, los franceses fueron los primeros en introducir el cañón rayado en la práctica de la guerra. Desde hace cinco o seis años, dos oficiales, el coronel Tamisier y el teniente coronel (hoy coronel) Treuille de Beaulieu,[^6] han experimentado en este terreno por encargo del gobierno, y los resultados obtenidos se consideraron suficientes para servir de base a una reorganización de la artillería francesa justo antes del estallido de la última guerra de Italia. Sin entrar en la historia de los experimentos, pasaremos directamente a describir el sistema que ha adoptado ahora la artillería francesa.

De acuerdo con el afán de uniformidad tan característico de los franceses, adoptaron un solo calibre para la artillería de campaña (el antiguo cañón francés de cuatro libras, con un diámetro de ánima de 85 1/2 milímetros, o casi 3 1/2 pulgadas) y otro para la artillería de sitio (el antiguo de doce libras, de 120 milímetros, o 4 3/4 pulgadas). Todas las demás piezas, salvo los morteros, se suprimen. El material empleado es por lo general el bronce ordinario de cañones, pero en algunos casos también el acero fundido. Las piezas son de avancarga, pues los experimentos franceses con piezas de retrocarga no fueron satisfactorios. Cada pieza tiene seis estrías en forma de artesa, de 5 milímetros de profundidad y 16 milímetros de anchura; el ángulo de las estrías parece ser solo pequeño, pero no se conocen detalles sobre él. El viento del proyectil es de entre 1/2 y 1 milímetro aproximadamente, y en las *ailettes* o tetones que encajan en las estrías, algo menos de 1 milímetro. El proyectil es cilindro-ojival y hueco, pesa cargado unas 12 libras y tiene seis *ailettes*, una por estría, tres situadas cerca de la punta y tres cerca del culote. Son muy cortas: de unos 15 milímetros de largo. El oído de la espoleta va desde la punta hacia abajo y, en los proyectiles cargados de pólvora, se cierra con un tubo de espoleta o un cono de espoleta con cápsula fulminante y, cuando el proyectil no debe estallar, con un tornillo de hierro. En este último caso se llena con una mezcla de serrín y arena, para que tenga el mismo peso que el proyectil cargado de pólvora. La longitud del ánima es de 1.385 milímetros, o dieciséis veces el calibre; el peso de la pieza de bronce duro es de solo 237 kilos (518 libras inglesas). Para corregir el desvío del proyectil respecto de la línea de mira (desvío lateral) en el sentido de las estrías —un desvío propio de todos los proyectiles disparados con ánimas rayadas—, el muñón derecho lleva una llamada alza horizontal. Según se dice, la pieza, igual que la cureña, está trabajada con mucho gusto y, por su pequeño tamaño y su cuidadoso acabado, parece más una maqueta que un verdadero instrumento de guerra.

Armada con este cañón, la artillería francesa entró en la campaña de Italia, donde dejó asombrados a los austriacos por su gran alcance, pero desde luego no por la precisión de su fuego. Muy a menudo, incluso por regla general, los cañones disparaban por encima del blanco y eran así más peligrosos para la reserva que para las primeras líneas; en otras palabras, allí donde llegaban más lejos que los cañones ordinarios, alcanzaban a gente a la que no apuntaban en absoluto. Es, sin duda, una ventaja muy dudosa, porque los objetivos a los que se apuntaba con los cañones no se alcanzaban en nueve casos de cada diez. En cambio, la artillería austriaca causó muy buena impresión al hacer frente a los franceses con su material, tan pesado como el que más en Europa; avanzó hasta corta distancia (500 o 900 yardas) de este temible adversario y desenganchó bajo su fuego más intenso. No cabe duda de que los cañones franceses, por superiores que sean a los viejos cañones de ánima lisa, no cumplieron en absoluto lo que se esperaba de ellos. Su alcance máximo era de 4.000 metros (4.400 yardas), y no fue sin duda más que una desvergonzada exageración bonapartista decir que alcanzaban con facilidad a un jinete aislado a 3.300 yardas de distancia.

Las razones de este rendimiento insatisfactorio en la guerra real son muy simples. La construcción de estos cañones es sumamente imperfecta, y si los franceses se aferran a ella, su artillería tendrá dentro de dos o tres años el peor material de toda Europa. El primer principio de las armas rayadas es que *no deben tener viento*; de lo contrario, el proyectil, que golpea suelto de un lado a otro en el ánima y en las estrías, no girará sobre su propio eje longitudinal, sino que en su vuelo describirá una espiral en torno a una línea imaginaria, cuya dirección la determina la posición casual del proyectil al salir de la boca, y el diámetro de la espiral aumenta con la distancia. Ahora bien, los cañones franceses tienen un viento considerable y no pueden prescindir de él mientras la inflamación de la espoleta de columna[^7] del proyectil hueco dependa de la explosión de la carga de proyección. Esta es, pues, una circunstancia que explica la falta de precisión. Una segunda es la irregularidad de la fuerza de proyección, que nace durante la explosión de la carga de un escape más o menos fuerte de los gases por el viento. Una tercera es la mayor elevación que, con la misma carga, exige ese viento. Es evidente que, allí donde no puede escapar gas alguno entre el proyectil y la pared del ánima, la misma carga tiene más fuerza de proyección que allí donde escapa una parte del gas. Pues bien, la artillería francesa parece exigir para los cañones rayados no solo una carga muy fuerte (una quinta parte del peso del proyectil), sino también una elevación bastante grande. El mayor alcance que logran las ánimas rayadas frente a las lisas, incluso con menor carga, se debe sobre todo a que no hay viento y a que así queda garantizado que toda la fuerza explosiva de la carga sirve para impulsar el proyectil. Por el viento, los franceses pierden parte de la fuerza de proyección y tienen que suplirla hasta cierto punto con una carga mayor y, además, con una mayor elevación del cañón. Pero a cualquier distancia nada perjudica tanto a la precisión como una gran elevación. Mientras la trayectoria del proyectil, en su punto más alto, no rebase mucho la altura del blanco, un error al calcular la distancia tiene poca importancia; pero a gran alcance el proyectil tiene una trayectoria muy alta y cae con un ángulo que por término medio es el doble que al comienzo del vuelo (esto se refiere, naturalmente, solo a elevaciones de hasta unos 15 grados). Por tanto, cuanto mayor es la elevación, más se acerca a la vertical la línea con la que el proyectil choca contra el suelo, y un error de no más de 10 o 20 yardas en el cálculo de la distancia puede excluir toda posibilidad de acertar. A distancias de más de 400 o 500 yardas tales errores son inevitables, y la consecuencia es la asombrosa diferencia entre el excelente tiro en el polígono, con distancias medidas, y la lamentable práctica en el campo de batalla, donde las distancias son desconocidas, los blancos se mueven y el tiempo para reflexionar es muy breve. Por eso también la probabilidad de acertar en el campo de batalla con los nuevos fusiles rayados más allá de 300 yardas es muy pequeña, mientras que por debajo de 300 yardas, gracias a la trayectoria rasante de la bala, es muy grande. En consecuencia, el ataque a la bayoneta es el medio más eficaz de desalojar a un enemigo de sus posiciones en cuanto la tropa atacante ha llegado a esa distancia. Supongamos que un ejército tenga fusiles rayados que a 400 yardas no den una trayectoria más alta que los de sus adversarios a 300; entonces tendrá la ventaja de poder abrir un fuego eficaz desde una distancia 100 yardas mayor, y como en el ataque bastan tres o cuatro minutos para recorrer 400 yardas, esa ventaja no es pequeña en el momento decisivo de una batalla. Lo mismo ocurre con los cañones. Sir Howard Douglas[^8] declaró hace diez años que el mejor cañón, con mucho, es el que tiene el mayor alcance con la menor elevación. En los cañones rayados la importancia de esta cualidad es aún mayor, porque la posibilidad de error al calcular la distancia crece con el alcance y porque solo con proyectiles redondos se puede contar con el tiro de rebote. Esta es una desventaja de los cañones rayados: para acertar, tienen que acertar en el primer impacto, mientras que los proyectiles redondos, si se quedan cortos, rebotan y siguen su vuelo más o menos en la misma dirección. En los cañones rayados, por tanto, una trayectoria rasante tiene la máxima importancia, pues cada grado más de elevación reduce en medida creciente la posibilidad de acertar en el primer impacto. Por eso la trayectoria muy curva de los cañones franceses es uno de sus defectos más graves.

Pero las deficiencias de estos cañones se ven agravadas por un defecto que las supera a todas y que basta para caracterizar todo el sistema. Se fabrican con las máquinas y del modo que servían antes para fabricar los viejos cañones de ánima lisa. Con el gran viento de aquellos viejos cañones y los distintos pesos y calibres de los proyectiles, la exactitud matemática en la producción era solo de importancia secundaria. La fabricación de armas de fuego era, hasta hace pocos años, la rama más atrasada de la industria moderna. Había demasiado trabajo manual y demasiadas pocas máquinas. Para las viejas armas de ánima lisa esto podía pasar, pero cuando hubo que producir armas de las que se esperaba gran precisión a grandes distancias, ese procedimiento se volvió inservible. Para tener la certeza de que el rendimiento de los fusiles a 600, 800 y 1.000 yardas, y el de los cañones a 2.000, 4.000 y 6.000 yardas, sea del todo equivalente, se hizo necesario que cada operación, por pequeña que fuera, la realizaran las máquinas mecánicas más perfectas, de modo que cada arma sea la réplica matemáticamente exacta de cualquier otra. Desviaciones de la exactitud matemática que eran insignificantes en el viejo sistema conducían ahora a defectos que hacían inservible el arma entera. Los franceses apenas han mejorado de modo perceptible su vieja maquinaria, y de ahí resultan los desvíos de su fuego de artillería. ¿Cómo conseguir que unos cañones, con la misma elevación y en completa igualdad de todas las demás circunstancias, den el mismo alcance si no coinciden entre sí hasta en el menor detalle? Pero imprecisiones de fabricación que a 800 yardas de alcance dan diferencias de una yarda darán a 4.000 yardas diferencias de 100 yardas. ¿Cómo esperar, pues, fiabilidad de tales cañones a grandes alcances?

Para recapitular: los cañones rayados franceses son malos porque necesitan viento en el ánima, requieren una elevación relativamente grande y su fabricación no responde en modo alguno a las exigencias de los cañones rayados de largo alcance. Pronto tendrán que ser desplazados por otros modelos, o la artillería francesa será la peor de Europa. Hemos examinado estos cañones con cierto detalle a propósito, porque ello nos daba ocasión de explicar los principios más importantes de los cañones rayados. En un último artículo examinaremos los dos sistemas propuestos que se disputan ahora la primacía en Inglaterra, modelos que, en su ejecución acabada, se basan ambos en el sistema de retrocarga y no tienen viento: el sistema Armstrong y el sistema Whitworth.

## III

[*New-York Daily Tribune*, núm. 5938, del 5 de mayo de 1860]

Pasamos ahora a describir los dos tipos de cañones rayados de retrocarga que se disputan actualmente la primacía en Inglaterra y que, inventados ambos por civiles, superan sin duda en eficacia todo lo que hasta ahora han producido los artilleros de oficio: el cañón Armstrong y el cañón Whitworth.

El cañón de William Armstrong[^9] tenía a su favor la ventaja de la prioridad y los elogios tanto de la prensa como del público de toda Inglaterra. Es sin duda una máquina de guerra sumamente eficaz y muy superior al cañón rayado francés; pero es muy dudoso que vaya a superar al cañón de Whitworth.

Sir William Armstrong construye su cañón arrollando en espiral alrededor de un tubo de acero fundido dos capas de barras de hierro forjado, la capa superior en sentido contrario a la inferior, del mismo modo que se fabrican los cañones de escopeta con capas de alambre. Este método da un material muy fuerte y resistente, aunque muy caro. La pared del ánima tiene numerosas estrías estrechas, muy juntas unas de otras, que dan al proyectil una vuelta en toda la longitud del ánima. El proyectil alargado, cilindro-ojival, es de hierro colado, pero va rodeado de una camisa de plomo que le da un diámetro algo mayor que el calibre del ánima. Este proyectil se introduce junto con el cartucho, por medio del cierre móvil, en la recámara, que es lo bastante grande para ello. La explosión empuja el proyectil al ánima estrecha, donde el plomo blando se aprieta en las estrías y se suprime así todo viento; con ello el proyectil recibe el movimiento en espiral alrededor de su eje longitudinal que determina el ángulo de las estrías. Este modo de forzar el proyectil en las estrías, y la camisa de material blando que requiere, son los rasgos característicos del sistema Armstrong, y si el lector vuelve a los principios de los cañones rayados que hemos expuesto en nuestros artículos anteriores, convendrá con nosotros en que Armstrong va, en principio, por el buen camino sin la menor duda. Como el proyectil tiene un diámetro mayor que el calibre, el cañón es por fuerza de retrocarga, lo que también nos parece un rasgo necesario de todos los cañones rayados. Sin embargo, el mecanismo de retrocarga en sí no tiene nada que ver con el principio de un sistema de rayado concreto, sino que puede trasladarse de un sistema a otro; por eso lo dejamos por completo fuera de nuestras consideraciones.

El alcance y la precisión obtenidos con este nuevo cañón son verdaderamente asombrosos. El proyectil se lanzó a unas 8.500 yardas, o casi cinco millas, y la seguridad con que se alcanzó el blanco a 2.000 o 3.000 yardas superó con mucho todo lo que podían mostrar los viejos cañones de ánima lisa a un tercio de esas distancias. Sin embargo, pese a todo el bombo de la prensa inglesa, los detalles de todos estos experimentos que tienen interés científico se mantuvieron en estricto secreto. Nunca se dio a conocer con qué elevación y con qué carga se obtuvieron esos alcances. El peso del proyectil y el del propio cañón, los desvíos exactos en dirección y en alcance, etc., nunca se publicaron en detalle. Ahora por fin, con la aparición del cañón Whitworth, nos enteramos al menos de algo sobre una serie de pruebas. El ministro de la Guerra, Sidney Herbert,[^10] informó al Parlamento de que un cañón de doce libras, de 8 quintales de peso, con una carga de pólvora de 1 libra y 8 onzas, alcanzó con 7 grados de elevación 2.460 yardas, con un desvío lateral máximo de 3 yardas y un desvío máximo en alcance de 65 yardas. Con 8 grados de elevación el alcance fue de 2.797 yardas, y con 9 grados de más de 3.000, manteniéndose casi iguales los desvíos. Sin embargo, una elevación de 7 a 9 grados es algo desconocido en la práctica de los cañones de campaña de ánima lisa. Las tablas oficiales, por ejemplo, no pasan de 4 grados de elevación, con la que los cañones de doce y de nueve libras alcanzan 1.400 yardas. Toda elevación mayor no serviría de nada en los cañones de campaña, pues daría una trayectoria demasiado alta y reduciría así enormemente la probabilidad de acertar. Conocemos, no obstante, algunos experimentos con pesados cañones navales de ánima lisa a mayores elevaciones (mencionados en *Naval Gunnery* de sir Howard Douglas). El cañón largo inglés de 32 libras dio en Deal, en 1839, con una elevación de 7 grados, alcances de 2.231 a 2.318 yardas, y con 9 grados, de 2.498 a 2.682 yardas. El cañón francés de 36 libras dio en 1846 y 1847, con 7 grados, un alcance de 2.270 yardas, y con 9 grados, de 2.636 yardas. Esto muestra que, a igual elevación, los alcances de los cañones rayados no son mucho mayores que los de los de ánima lisa.

El cañón Whitworth[^11] es opuesto al de Armstrong en casi todos los aspectos. Su ánima no es circular, sino hexagonal; el ángulo de sus estrías es casi el doble que el del cañón Armstrong; el proyectil es de un material muy duro, sin camisa de plomo alguna; el que sea de retrocarga no es en Whitworth cuestión de necesidad, sino simplemente de comodidad y de moda. Este cañón está hecho de un material patentado hace poco, llamado «hierro homogéneo», que se distingue por su gran resistencia, elasticidad y tenacidad; el proyectil se ajusta al ánima con exactitud matemática y por eso solo puede introducirse engrasado. Esto se hace mediante una mezcla de cera y grasa situada entre la carga y el proyectil, que contribuye además a reducir el viento que aún pudiera quedar. El material del cañón es tan resistente que puede aguantar fácilmente 3.000 disparos sin que la pared del ánima sufra.

El cañón Whitworth se presentó al público el pasado febrero, cuando se hizo con él una serie de experimentos en Southport, en la costa de Lancashire. Se trataba de tres cañones: uno de tres libras, uno de doce libras y uno de ochenta libras. De los detallados informes escogemos como ilustración el de doce libras. Este cañón tenía 7 pies y 9 pulgadas de largo y pesaba 8 quintales. El cañón ordinario de doce libras para proyectiles redondos tiene 6 pies y 6 pulgadas de largo y pesa 18 quintales. Con el cañón de Whitworth se obtuvieron los alcances siguientes: con 2 grados de elevación (con la que el viejo cañón de doce libras alcanzaba 1.000 yardas) y una carga de 1 1/2 libras, el alcance varió de 1.208 a 1.281 yardas. Con 5 grados (con los que el viejo cañón de 32 libras alcanzaba 1.940 yardas) llegó a un alcance de 2.298 a 2.342 yardas. Con 10 grados (alcance del viejo cañón de 32 libras: 2.800 yardas) dio un promedio de 4.000 yardas. Para elevaciones mayores se empleó un cañón de tres libras con 8 onzas de carga; con 20 grados tuvo un alcance de 6.300 a 6.800 yardas, y con 33 y 35 grados, de 9.400 a 9.700. El viejo cañón de 56 libras de ánima lisa alcanza con 20 grados 4.381 yardas, y con 32 grados, 5.680. La precisión lograda por el cañón Whitworth fue muy satisfactoria y, en cuanto al desvío lateral, al menos tan buena como la del cañón Armstrong; sobre los desvíos en alcance, los experimentos no permiten conclusiones satisfactorias.

[^1]: La *Büchse* alemana (en inglés, *rifle*): el arma rayada de los cazadores y tiradores, distinta del mosquete de ánima lisa de la infantería de línea.

[^2]: Fernando Felipe de Orleans (1810-1842), hijo mayor de Luis Felipe, creó en 1838-1840 los batallones de cazadores a pie (*chasseurs à pied*, al principio *chasseurs d'Orléans*).

[^3]: Georg von Reichenbach (1771-1826), ingeniero y constructor de instrumentos bávaro, oficial de artillería.

[^4]: Giovanni Cavalli (1808-1879), oficial de artillería piamontés, más tarde general, pionero de los cañones rayados de retrocarga.

[^5]: Martin von Wahrendorff (1789-1861), fabricante de armas sueco, propietario de la fundición de Åker.

[^6]: Gustave Tamisier (1809-1880) y Antoine-Hector Treuille de Beaulieu (1809-1886), oficiales de artillería franceses, autores del sistema de artillería rayada adoptado por Francia en 1858.

[^7]: Espoleta de tiempo cuya mecha se inflama con el fogonazo de la carga de proyección, para lo que el proyectil ha de tener viento.

[^8]: Sir Howard Douglas (1776-1861), general británico, autor de *A Treatise on Naval Gunnery* (1820, con muchas reediciones).

[^9]: William George Armstrong (1810-1900), industrial de Newcastle, cuyo cañón rayado de retrocarga adoptó el ejército británico en 1858-1859; fue nombrado *sir* en 1859.

[^10]: Sidney Herbert (1810-1861), peelita, ministro de la Guerra en el gabinete de Palmerston de 1859 a 1861.

[^11]: Joseph Whitworth (1803-1887), industrial de Mánchester, constructor de máquinas herramienta, inventor de un fusil y un cañón de ánima hexagonal.
