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Title: Brighton y Wimbledon (1861)
Description: Artículo de Engels para The Volunteer Journal de Manchester sobre los ejercicios de los voluntarios londinenses del lunes de Pascua de 1861: la división entre los partidarios de lord Ranelagh y los de lord Bury, el despliegue disparatado de Brighton y el valor de la instrucción de compañía.
Author: Friedrich Engels
Date: 1861-04-06
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1861%20Brighton%20y%20Wimbledon
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*Escrito en inglés por Friedrich Engels hacia el 4 de abril de 1861 y publicado en* The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire*, núm. 31, del 6 de abril de 1861. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de la MEW: Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 263-269), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen algunas erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1861%20Brighton%20und%20Wimbledon).*

Los ejercicios de los cuerpos de voluntarios de Londres y sus alrededores el lunes de Pascua[^1] parecen haber confirmado por completo las expectativas que expresamos en el artículo sobre los «Generales de voluntarios».[^2] El intento de lord Ranelagh[^3] de reunir por un día bajo su mando a todos los voluntarios de su distrito provocó en el acto una escisión entre los distintos cuerpos. Surgió un candidato rival al mando supremo en la persona de lord Bury;[^4] al simulacro de Brighton opuso este un ejercicio de campaña en Wimbledon. La desunión entre los cuerpos fue grande, y el resultado fue que unos fueron a Brighton a las órdenes de lord Ranelagh, otros a Wimbledon a las de lord Bury, otros, por su cuenta, al mismo lugar, otros a Richmond y otros a Wanstead. En sí misma, esta dispersión no habría tenido inconveniente alguno. Cada cuerpo es del todo independiente de los demás y tiene derecho a disfrutar de sus días libres a su manera. Pero de los agrios debates, las riñas personales y las hostilidades que precedieron a esa dispersión, y que sin duda durarán todavía algún tiempo, tenían que derivarse y se han derivado grandes inconvenientes. Jefes de cuerpo han tomado partido por uno u otro bando; sus soldados también han tomado partido, aunque no siempre por sus jefes, de modo que la mayoría de los voluntarios londinenses ha quedado dividida en dos grandes partes: el partido de Ranelagh y el de Bury. En Brighton se presentó un gran número de soldados de cuerpos destinados a Wimbledon, sin armas pero de uniforme, para protestar contra la decisión y la orden de sus propios superiores inmediatos. Lord Ranelagh, muy halagado por esta muestra de simpatía, llegó a formar con ellos un batallón provisional; con un gusto militar extraordinariamente fino, que hasta ahora no se había visto en ningún ejército, les permitió desfilar con sus propios soldados. Así al menos lo contó el *Daily Telegraph*.

Preguntamos ahora qué derecho tienen lord Ranelagh y lord Bury a presentarse como candidatos a generales de voluntarios y a sembrar así la discordia entre unidades que hasta ahora habían trabajado en armonía. Los dos han servido en las tropas regulares; si tenían la ambición de llegar a generales, tenían, como los demás, el camino ordinario para subir a ese grado, y con su posición social sus probabilidades eran diez veces mayores que las de la mayoría de sus compañeros. Cuando entraron en los cuerpos de voluntarios sabían muy bien que el grado activo más alto compatible con ese servicio es el de teniente coronel; que los voluntarios, si alguna vez se los movilizaba, se agruparían en brigadas junto con las tropas de línea y la milicia bajo el mando de generales de brigada de las tropas de línea, y que la naturaleza misma de la organización militar británica hace imposible nombrar generales a oficiales de cualquier otra parte de las fuerzas armadas que no sean las tropas de línea. Si aspiran al grado de general temporal de voluntarios, ambicionan puestos para los que ni ellos ni otros oficiales de voluntarios serían llamados nunca y para los que, por su falta de experiencia en el mando de grandes masas de tropas, tampoco están capacitados. Pero si, solo por jugar un día a generales, rompen la armonía entre los distintos cuerpos de su distrito y se arriesgan a causar un daño serio al movimiento, merecen una condena aún más severa y tajante.

Hasta ahora, en toda concentración de voluntarios de cierta importancia, era costumbre ofrecer el mando supremo y el nombramiento de los generales de brigada y de división al jefe militar del distrito. En nuestro artículo anterior dijimos que aprobábamos plenamente este proceder, porque responde a los usos y a la subordinación militares y porque garantiza jefes competentes. Ahora vemos que hace más todavía. Si el mando de la jornada de Pascua se hubiera confiado a las autoridades competentes, no habría habido escisión y se habrían evitado todas estas riñas. Pero los jefes londinenses parecen haber llenado a su tropa de un miedo de lo más ridículo a los Horse Guards.[^5] «¡Por el amor de Dios, que no se metan los Horse Guards!», es su grito de guerra. Nosotros, en el norte, no somos tan estrechos de miras. Siempre hemos estado en excelentes relaciones con nuestros superiores militares naturales y hemos sacado provecho de ello; esperamos también que se mantenga el viejo sistema y nos preserve de estas ridículas disensiones que ahora dividen a los cuerpos londinenses.

Lo desconfiados que eran los londinenses con los Horse Guards se vio en el alboroto que provocó en Brighton la presencia del general Scarlett,[^6] enviado por los Horse Guards para informar de lo que allí ocurriera. Los sabios de los distintos cuerpos menearon la cabeza con toda gravedad. El envío de aquel general era, decían, un intento de los Horse Guards de alcanzar su objetivo con mucha astucia. Se profetizaron las consecuencias más terribles si aquello se aceptaba como cosa natural. Los voluntarios, en realidad, habrían debido protestar; y de hecho se alegó que el general Scarlett no tenía derecho al saludo, que solo correspondía al lord lugarteniente del condado. El asunto se arregló por fin haciendo que se presentaran los dos y recibieran juntos los honores. Pero el que se pudieran discutir semejantes cuestiones muestra lo equivocadamente que entienden algunos voluntarios su posición.

Vemos, pues, que esta historia de Pascua no ha servido de nada a los voluntarios londinenses, ni para la disciplina dentro de los cuerpos, ni en cuanto a la subordinación, ni siquiera en cuanto al respeto a los oficiales superiores.

Al pasar a los distintos ejercicios de campaña, hemos de advertir de antemano que solo podemos basarnos en los relatos de la prensa londinense, extraordinariamente incompletos y confusos en lo que toca a la parte militar. Los errores de hecho que pueda haber no se nos pueden, por tanto, achacar a nosotros.

Las cinco brigadas de lord Ranelagh, después de desfilar, tomaron posición al este de Brighton, con la ciudad delante. Eran muy pequeñas; cada una tenía solo tres batallones de 400 hombres por término medio. Con esta fuerza había que ocupar una cadena de colinas demasiado extensa para un número tan pequeño. En un caso así, cuando 7.000 hombres aceptan combate, se supone que el enemigo no es muy superior en número, pues de lo contrario se replegarían sobre la reserva. Por eso el jefe dispondría sus tropas, como de costumbre, en una primera y una segunda línea y una reserva. Aseguraría su flanco lo mejor que pudiera y encomendaría a sus reservas y al grueso de las fuerzas (suponiendo que estuvieran detrás de él) la tarea de rechazar cualquier movimiento envolvente del enemigo. Sin embargo, según parece por casi todos los relatos, ¡lord Ranelagh desplegó sus 7.000 hombres en una sola línea! Había trazado un programa para un número tres veces mayor, y cuando vinieron solo 7.000 hombres en lugar de 20.000, hizo que aquel pequeño grupo ocupara toda la extensión de terreno prevista para la fuerza mayor. Si esto ocurrió de verdad, acabaría de una vez por todas con las pretensiones de lord Ranelagh a la dignidad de general, sea de voluntarios o de lo que sea. No estamos nada inclinados a creer que haya podido cometer semejante disparate, pero no hemos visto en ninguna parte que se desmintiera la afirmación casi unánime de la prensa, y por eso hemos de suponer que así ocurrió. Se nos cuenta incluso que había una pequeña reserva de unas pocas compañías, pero que dos tercios de ella fueron enviados en seguida a la primera línea, de modo que en el campo apenas quedó rastro de una segunda línea o de una reserva.

Esta primera línea, con su segunda línea *supuesta* y su reserva *supuesta*, fue atacada por un enemigo *supuesto*, al que recibieron los tiradores y, una vez rechazados estos, el fuego por hileras de las compañías del ala derecha. Por qué aprenden los voluntarios en las maniobras el fuego por hileras es más de lo que podemos decir. Creemos que todos los soldados que han estado en campaña estarán de acuerdo con nosotros en que el fuego por hileras, que tenía alguna utilidad en los tiempos en que la línea avanzaba a paso de parada, está hoy completamente anticuado y no vale absolutamente nada frente al enemigo, y en que no hay término medio útil entre el fuego de tiradores y la descarga.

El enemigo imaginario hizo retroceder la línea de defensa. Cómo se representó la acción de la segunda línea y de las reservas (que, después de todo, se *supuso* que apoyaban a la primera línea) es algo que no alcanzamos a comprender. Los batallones no solo tenían que suponer que habían sido rechazados, sino también que habían sido relevados. Luego se ocupó una segunda cadena de colinas situada a retaguardia y volvió a perderse, pero en un tercer cambio de terreno se produjo un vuelco, llegaron refuerzos imaginarios y el enemigo fue rechazado, aunque no perseguido en serio.

El *Times* nos informa de que los movimientos ejecutados fueron de la naturaleza más sencilla. Lo que sigue es un resumen que el corresponsal del *Telegraph* recibió de un oficial como relato de los movimientos de su batallón:

> «Llegados en columna de a cuatro, las filas formaron columnas a cuarto de distancia delante del número 1; la columna giró a la izquierda y volvió a desplegarse en dirección al número 1, avanzó en línea cubierta por el número 1, hizo alto, sonó el toque de reunión y entraron en acción los tiradores. Fuego de las compañías del ala derecha; la línea se retiró y pasó en columna de a cuatro a retaguardia desde el extremo derecho de las compañías; cambio de frente en columna, formada columna a cuarto de distancia detrás del número 1; marcha por subdivisiones en torno al centro, despliegue desde retaguardia a distancia de conversión, conversión a la izquierda en línea y una descarga; avance en columnas de compañía por retaguardia a lo largo del ala derecha; alineación sobre el número 1, columnas a cuarto de distancia delante del número 1; despliegue sobre el número 2; luego el número 1 pasó a la primera línea y los demás avanzaron con una conversión a la derecha, formaron columnas a cuarto de distancia detrás del número 1, de a cuatro por la izquierda, y así abandonaron la colina.»

Sobre la manera en que se ejecutaron estos movimientos solo sabemos que, como de costumbre entre los voluntarios, muy a menudo se perdieron las distancias y las compañías se separaron al formar en columna de a cuatro.

En Wimbledon, lord Grosvenor[^7] maniobró con su batallón de buena mañana y se marchó cuando llegaron las dos brigadas de lord Bury (menos de 4.000 hombres). Estas hicieron un ejercicio muy sencillo, pero muy adecuado para dar a la tropa una idea de las incidencias y movimientos que se producen en una guerra de verdad. El conjunto está tan bien descrito en la alocución del coronel McMurdo[^8] que solo tenemos que añadir que también aquí, para llenar el tiempo entre la retirada de los tiradores y la apertura del fuego por descargas, encontramos el fuego por hileras, que juzgamos totalmente equivocado desde todos los puntos de vista. En esos momentos, el duque de Wellington mandaba a sus hombres echarse cuerpo a tierra antes que dejarse cañonear de pie por la artillería y responder con un fuego por hileras débil, ineficaz y desmoralizador para ellos mismos. Por lo demás, estamos plenamente de acuerdo con la excelente alocución de McMurdo, con la que cerramos estas observaciones. Esperamos que todos los voluntarios atiendan y retengan lo que dice sobre la instrucción de compañía. La instrucción elemental de los voluntarios es por fuerza menos perfecta que la del soldado regular, pero aun así es de la mayor importancia para la solidez de los batallones. Solo la mayor atención a la instrucción de compañía puede remediar en cierta medida esta deficiencia inevitable.

El coronel McMurdo dice:

> «¡Voluntarios! A hombres que entienden algo del asunto no hace falta explicarles con todo detalle los movimientos que han ejecutado ustedes hoy. Pero me parece necesario llamar su atención sobre el carácter de las dos posiciones que han ocupado en el curso de los ejercicios de campaña. La primera posición que han tomado hoy era, naturalmente, muy fuerte, tan fuerte que dos tercios del enemigo no habrían podido entrar en combate. Ni su caballería habría podido actuar con éxito ni su artillería causarles daño, como no fuera con fuego vertical. Se supuso que el enemigo, juzgando demasiado fuerte esa posición, procuraba alcanzar la meseta en que ahora nos encontramos atacándonos de flanco por uno de esos largos valles en dirección a Wimbledon. Era necesario, por tanto, que abandonaran ustedes la fuerte posición que ocupaban antes y cambiaran el frente hacia la izquierda. El enemigo tenía un doble objetivo. Quería llegar a un terreno llano y despejado, donde pudiera emplear en el combate tanto la artillería como la caballería y la infantería, y quería, cayendo sobre el flanco izquierdo de ustedes, alcanzar la carretera de Wimbledon, por la que podría marchar sobre Londres a través de su posición. Deseo hacerles ver claramente la diferencia entre las dos posiciones que han ocupado. Era muy distinto cuando estaban ustedes en la colina escarpada, donde ni la caballería ni la artillería podían alcanzarlos. Allí contenían al enemigo, y cualquier número de soldados valientes habría podido contenerlo allí; pero aquí se los ha llevado, por así decir, a una especie de mesa de billar, donde podrían verse expuestos a las operaciones de las que quizá sean las mejores tropas de Europa. Mientras se formaba aquí la línea observé que algunos batallones estaban un poco inseguros. No se lo reprocho, porque tienen todavía muy poca práctica. Pero estaban inseguros, y si lo están hoy al formar la línea, ¿qué pasaría si esta llanura estuviera barrida por la artillería enemiga, si estuvieran ustedes muertos de sed, si cayeran muchos de sus compañeros a su lado y si de pronto, en medio del polvo y del humo, sintieran temblar el suelo bajo sus pies por una carga cerrada de la caballería enemiga? ¡Piensen lo fácilmente que pueden perder la seguridad tropas jóvenes en semejantes circunstancias! ¿Y qué es lo que vence todo eso? La disciplina, y otra vez la disciplina. Por disciplina no entiendo corregir una mala postura; me refiero más bien a la unión habitual, a la unidad de cuerpo y espíritu dirigida a un fin determinado; esa unión de cuerpo y espíritu que pone en acción el conjunto y hace que una compañía, un batallón, una brigada actúen como una máquina. Pero eso solo puede lograrse con la instrucción de compañía; solo puede lograrse prestando gran atención a la instrucción individual, porque yo considero la compañía como la unidad del ejército, y si cada uno está bien instruido y seguro, la compañía estará segura, y todo el ejército estará seguro. Todo lo que han aprendido ustedes sobre el tiro, todo su celo, todo su patriotismo, de nada servirán el día de la batalla sin un conocimiento a fondo de la instrucción de compañía. Instrucción de compañía, y nada más que instrucción de compañía: eso es lo que hace falta; y por eso les ruego que tengan presente que tirar muy bien no lo es todo, pues de nada sirve si no han formado ustedes la línea con toda firmeza bajo el fuego. Señores, han tenido ustedes una dura jornada en este suelo mojado; no quiero, pues, entretenerlos más, sino dejar que vuelvan a esos hogares que tan bien son capaces de proteger.»

*F. E.*

[^1]: El lunes de Pascua de 1861 cayó el 1 de abril.

[^2]: Véase [«Los generales de voluntarios»](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1861%20Los%20generales%20de%20voluntarios), publicado en el mismo semanario el 16 de marzo de 1861.

[^3]: Thomas Heron Jones, vizconde Ranelagh (1812-1885), antiguo oficial del ejército, coronel de un cuerpo de fusileros voluntarios de Middlesex y uno de los promotores más activos del movimiento de voluntarios.

[^4]: William Coutts Keppel, vizconde Bury (1832-1894), político liberal y antiguo oficial, teniente coronel del cuerpo de fusileros voluntarios del Servicio Civil (Civil Service Rifle Volunteers).

[^5]: Edificio de Whitehall donde residía el mando supremo del ejército británico; por extensión, el propio mando (el comandante en jefe, entonces el duque de Cambridge, y su estado mayor).

[^6]: James Yorke Scarlett (1799-1871), general británico, que había mandado la brigada pesada de caballería en Balaklava (1854).

[^7]: Hugh Lupus Grosvenor, lord Grosvenor (1825-1899), luego duque de Westminster, coronel del cuerpo de fusileros voluntarios de Westminster.

[^8]: William Montagu Scott McMurdo (1819-1894), coronel británico, inspector general de los voluntarios desde 1860.
