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Title: El mariscal Bugeaud sobre el factor moral en el combate (1861)
Description: Engels traduce para los voluntarios británicos, con una breve presentación, las instrucciones del coronel Bugeaud a los oficiales del 56.º regimiento: fuego avaro y a quemarropa, ataque a la bayoneta, envolvimiento de los flancos, retiradas rápidas y, sobre todo, la fuerza moral de la tropa.
Author: Friedrich Engels
Date: 1861-02-09
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1861%20El%20mariscal%20Bugeaud%20sobre%20el%20factor%20moral%20en%20el%20combate
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*Escrito en inglés por Friedrich Engels a comienzos de febrero de 1861 y publicado en* The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire*, núm. 23, del 9 de febrero, núm. 24, del 16 de febrero, y núm. 26, del 2 de marzo de 1861; las instrucciones de Bugeaud, en traducción inglesa de Engels. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 246-254), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Indicamos entre corchetes el comienzo de cada entrega. La nota de Engels se indica; las demás son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1861%20Marschall%20Bugeaud%20%C3%BCber%20den%20moralischen%20Faktor%20im%20Kampf).*

Las líneas que siguen son una traducción de las instrucciones que escribió para sus oficiales el entonces coronel Bugeaud, del 56.º regimiento francés[^1]. Es sin duda lo mejor que el mariscal escribió nunca. En ellas se exponen, con un vigor viril que no tiene igual en la literatura militar de ningún país y con una claridad como solo puede darla una larga experiencia de la guerra, aquellos principios del combate de infantería que todavía hoy siguen sin cambios los franceses y que les han dado hasta ahora la victoria sobre ejércitos que, por los hábitos de una larga paz, parecen haber confiado más en la táctica científica que en despertar todas las fuerzas morales de los soldados. Estos principios no son nuevos ni exclusivamente franceses en modo alguno; pero aquí están bien reunidos y expresados en un lenguaje hermoso y enérgico. No sustituyen en absoluto a la ciencia de la táctica, sino que son un complemento muy necesario de ella; y la mayoría son a la vez tan evidentes y exigen tan pocos conocimientos militares para entenderlos que la mayor parte de los voluntarios los comprenderá perfectamente.

> Señores: el arte de emplear una tropa en el combate tiene gran influencia en su resultado; gracias a él se coronan de éxito las buenas disposiciones y se quitan a las defectuosas sus peores consecuencias. Entre unas tropas de cualidades morales muy desarrolladas, conducidas con energía e imbuidas de los verdaderos principios del combate, y otras formadas e instruidas como la mayoría de las tropas europeas, hay la misma diferencia que entre los adultos y los niños. Es una verdad de la que me han convencido veinte encuentros. Espero que también ustedes lo reconozcan y que me ayuden con todas sus fuerzas a llevar al 56.º a un nivel tan alto de moral y de instrucción que ninguna guardia imperial o real del mundo pueda resistirnos cinco minutos en igualdad de condiciones para ambas partes.

> La mayoría de ustedes, señores, han visto combates de infantería que se reducían a un tímido intercambio de fuego a muy larga distancia entre tropas situadas paralelamente unas frente a otras.

> Cada parte parecía esperar la victoria del azar o del espanto que sus balas pudieran infundir al adversario. Se disparaban millones de cartuchos sin más resultado que muertos y heridos por ambos lados, hasta que una u otra circunstancia, casi siempre ajena a las tropas combatientes, provocaba la retirada de una de las dos líneas. Unos hombres que han agotado así su fuego y ven aclararse sus filas están poco inclinados a nuevos esfuerzos y los ponen fácilmente en fuga tropas frescas que actúan según mejores principios.

> Esa no es la manera de combatir de una infantería bien instruida. Vamos a intentar establecer los principios que han de darnos una superioridad enorme sobre cualquier infantería de Europa.

> Estos principios, señores, no son meras especulaciones de un ratón de biblioteca; son el fruto de mi experiencia desde el comienzo de la guerra de España de 1808 contra Inglaterra, y siempre me han asegurado el éxito contra los españoles, los ingleses[^2] y los austriacos. Espero que los hagan suyos, porque concuerdan con lo que ustedes mismos han tenido que observar en los encuentros en que han participado. Harán todo lo posible por inculcárselos a sus subordinados, y, cuando estos principios impregnen el espíritu de todo el regimiento, del tambor al coronel, el 56.º podrá considerarse invencible; podrán vencerlo distintas armas actuando juntas a la vez contra él, pero nunca la infantería sola, aunque esa infantería sea muy superior en número.

> El combate tiene su lado moral y su lado físico. El primero me parece el más importante, pero empezaremos tratando del segundo.

> *Disparar desde lejos es propio de la mala infantería; la buena infantería es avara de su fuego.* Como ese fuego es su fuerza principal, una infantería no debe malgastarlo, sino que se la debe enseñar a apuntar con la mayor precisión. Mientras no haya llegado el momento de hacer fuego, mantengan a sus tropas fuera de tiro o a cubierto. Cuando llegue ese momento, avancen para caer sobre el enemigo con una energía y una sangre fría que les permitan conseguirlo todo. Si su adversario, contra toda probabilidad, se mantiene firme y les deja acercarse mucho a él sin disparar, hagan la primera descarga y cuiden bien de que sus hombres carguen siempre dos balas por disparo. Más de una vez he debido el éxito al empleo de esas dos balas. En el calor del combate podría olvidarme de ordenarlo, pero ustedes lo recordarán; le doy gran importancia. Con esa resolución fría y con el fuego de dos balas por disparo rara vez tendrán que hacer una segunda descarga, ni al atacar una posición ni al rechazar a una tropa que les ataque.

> Quien entienda aunque sea un poco de la guerra sabrá que no puede ser de otro modo. ¿Cómo podría resistir el enemigo si ustedes llegan cerca de él con las armas cargadas y él ha agotado ya su fuego? Su valor moral queda paralizado por el miedo a una descarga a quemarropa, que ha de ser terrible, y retrocederá. Hagan entonces su descarga, penetren en las filas del enemigo y *hagan prisioneros*, que es mejor que matar; *mientras matan a un hombre con la bayoneta pueden haber hecho seis prisioneros*. Estos combates cuestan poco al vencedor; pierden ustedes unos cuantos hombres al avanzar, pero en cuanto están en el cuerpo a cuerpo y han desordenado al enemigo, no pierden ni uno. Esta táctica, señores, les asegurará la victoria; y si todo el ejército se impregna de ella, vencerá por malas que sean las disposiciones generales. Esas disposiciones no son asunto nuestro; pero, cuando se nos indique el lugar donde hemos de combatir, tenemos que combatir de modo que derrotemos todo lo que tengamos delante. Esa era la táctica de Duguay-Trouin[^3], y esa manera de combatir fundó su brillante fama más que todas sus demás cualidades. Se acercaba directamente al barco enemigo con todos sus cañones cargados y sus hombres tumbados en cubierta; en cuanto tocaba a su adversario, sus hombres se levantaban y barrían la cubierta enemiga con un fuego superior, lo que hacía del abordaje un asunto sencillo.

[*The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire*, núm. 24, 16 de febrero de 1861]

> Además de lo dicho, tenemos que emplear otros medios, porque debemos tener de nuestro lado tantas ventajas como sea posible. Un buen empleo de los tiradores será una gran ayuda; su acción ha de preceder siempre a la de las masas, sea en el ataque o en la defensa. Cuando ataquen, los tiradores descubrirán ventajas del terreno que el ojo no podía percibir de lejos; enviarán a las filas enemigas una lluvia de balas que las desconcertará y les impedirá apuntar con precisión a la línea que avanza sin disparar. Hay que dirigirlos en lo posible a los puntos donde *no* va a darse el combate decisivo. Pero, si se emplea a los tiradores delante de la línea de ataque, al final, para no estorbar la acción de la línea, se apartarán hacia los flancos e intentarán avanzar contra los flancos del enemigo para desmoralizarlo y hacer prisioneros; o bien se retirarán por los intervalos entre los batallones o se tenderán en el suelo para dejar pasar la línea por encima.

> El fuego de los tiradores no debe malgastarse más que el de la línea. No se trata de un mero intercambio de balas: esas balas han de contribuir al éxito. Con ese fin se mostrarán a los tiradores, poco antes del ataque de la línea, las posiciones que han de ocupar antes de empezar a disparar; en cuanto hayan abierto el fuego, la línea avanzará al ataque. Comprenderán ustedes que, si los tiradores quedaran mucho tiempo solos muy cerca de las fuerzas enemigas, serían rechazados y no se alcanzaría el fin propuesto. Tendrían que reforzarlos para rechazar a los tiradores enemigos que habían hecho retroceder a los nuestros, y eso traería serias dificultades. Por eso es de la mayor importancia no emplear nunca a los tiradores sino *à propos*[^4], y el momento adecuado será casi siempre el del ataque. En caso de que el enemigo nos hostigue antes de ese momento con sus tiradores, los rechazaremos con ataques súbitos y breves, pero violentos. Pueden estar seguros de hacerles retroceder si, en vez de oponerles una línea paralela de tiradores, como suele hacerse, los envuelven por los flancos, o si rompen la línea contraria, que se les echa encima en orden cerrado. Es el efecto de una impresión moral que trato de explicarme del modo siguiente:

> Los tiradores no pueden tener esa fuerza moral, ese sentimiento de cohesión que nace del contacto codo con codo y de la unidad del mando. Cada tirador se manda en cierta medida a sí mismo y solo confía en sus propias fuerzas. Ve una masa numerosa de soldados que corre hacia él; es demasiado débil para resistir y retrocede. Sus vecinos de la derecha y de la izquierda hacen lo mismo, y a ellos los siguen a su vez sus vecinos, que corren hacia atrás por imitación inconsciente o por miedo a quedar cortados; más atrás se rehacen para volver a abrir fuego.

> Nuestra compañía atacante no responderá a ese fuego; o se retira de nuevo o busca abrigo detrás de alguna ondulación del terreno. *Nada hay tan necio ni tan perjudicial como esos continuos combates de tiradores que no conducen a nada; gastan ustedes a sus hombres y sus municiones sin hacer avanzar las cosas, y en el momento decisivo les faltan a menudo los medios que han desperdiciado así.* Insisto en ello porque el despilfarro de municiones es el mayor defecto de nuestra infantería, como de cualquier otra. Muchas veces, tras media hora de fuego y antes de que se haya decidido nada, se oye gritar por todas partes que se acaban los cartuchos; hay hombres que dejan las filas para ir a buscarlos, y esa es a menudo la causa de una derrota. Sesenta disparos por hombre deberían bastar para la mayor de las batallas. En 1815, el 14.º regimiento de línea, que mandaba entonces el coronel Bugeaud, estuvo ocho horas bajo el fuego en los Alpes y conservó un tercio de sus cartuchos[^5]. El enemigo disparó durante las ocho horas, pero el 14.º solo respondió con descargas sueltas, y solo cuando los austriacos que atacaban estaban muy cerca de su posición. *A la descarga seguía siempre e inmediatamente una carga a la bayoneta*, que decidía ese ataque sin más tiroteos ni fuego disperso. Las dos partes volvían a sus posiciones de partida, que estaban muy cerca una de otra. Los austriacos seguían disparando, pero el 14.º se contenía hasta que lo atacaban de nuevo.

> Este ejemplo tiene también por objeto llevarles a apreciar los principios correctos del combate en la defensa de una posición, que consisten en atacar siempre uno mismo en el último momento, el decisivo. Pero tanto en la defensa como en el ataque hay otro medio sumamente eficaz para alcanzar la victoria: evitar, siempre que sea posible, el combate paralelo, que en cierto grado iguala las ventajas y solo puede decidirse a nuestro favor por la superioridad moral y por nuestro fuego más fuerte, de dos balas por disparo. Procuraremos, por tanto, envolver en el momento decisivo los flancos del enemigo. En la defensa en terreno quebrado es fácil. En cuanto el ataque del enemigo se ha desarrollado bien, enviamos una parte de nuestras reservas en columna a los flancos de la posición, y en el momento decisivo esas tropas aparecen, avanzan y se despliegan para coger al enemigo de flanco; enviamos tiradores a su retaguardia, y, en cuanto cada batallón o cada ala ha formado en línea, atacan en el acto para no dar al enemigo tiempo de parar el golpe. Atacado a la vez de frente y de flanco, ha de quedar vencido enseguida.

> Los mismos medios pueden emplearse cuando atacamos. Dos pequeñas columnas avanzarían detrás de los dos flancos de la línea desplegada y, una vez bastante cerca del enemigo, formarían también en línea para prolongarla y formar una especie de media luna que desborde y envuelva la línea enemiga; o, si no tienen ustedes tropas suficientes para ello, los batallones de los flancos de la línea atacante podrían, durante el avance, pasar a columna abierta, alcanzar los flancos del enemigo, volver a formar en línea y atacar, mientras los tiradores cubren los huecos. Este movimiento me parece muy adecuado para el fin propuesto y fácil de ejecutar si el jefe del batallón sabe calcular bien la distancia para no empezarlo ni demasiado pronto ni demasiado tarde. Naturalmente, si la oscuridad o un terreno quebrado les permiten alcanzar sin ser vistos los flancos del enemigo, hay que aprovecharlo con preferencia.

> Sean especialmente avaros de sus municiones en la retirada. Mientras se defienden con el fuego, pierden terreno y no se acercan en nada a su destino. Hay incluso casos en que *tienen que correr* para salir del alcance del adversario. Es a menudo el único medio de escapar a la destrucción. ¿Cuántas tropas no han sido destruidas por emprender una retirada lenta y mesurada, a la que falsamente se llamaba metódica? El único método razonable es hacerlo todo para alcanzar el objetivo: en una retirada, ese objetivo es salir deprisa del alcance del adversario, puesto que la situación ya no les permite combatir; pero su objetivo no debe ser nunca enredarse, por un falso sentido del honor, en un combate que no puede ser sino funesto y del que a menudo no encontrarán modo de salir. En ese caso, la huida es el único método que promete éxito. Hay un ejemplo de ello en la vida de uno de nuestros mayores generales modernos.

> Durante la retirada del mariscal Masséna de Portugal[^6], se encargó al mariscal Ney contener a los ingleses con la retaguardia para dar tiempo a los bagajes a pasar un *défilé*[^7]. Cumplió esta tarea con su energía habitual; pero, como el ejército inglés recibía refuerzo tras refuerzo, la posición ya no podía sostenerse. Para abandonarla habría tenido que bajar a un valle estrecho y subir otra ladera al otro lado. Entretanto sus tropas habrían estado expuestas al fuego del enemigo, que naturalmente habría ocupado en el acto la posición abandonada. El mariscal consideró que una retirada lenta le costaría demasiadas pérdidas; ordenó, pues, a los grupos de bandera de los batallones, a los ordenanzas del estado mayor, etc., que marcaran en la colina situada detrás de la posición una nueva línea, que los oficiales de estado mayor habían de fijar. En cuanto estuvo hecho, envió a sus soldados a paso ligero a través del valle para ocupar esa línea, que quedó así creada de nuevo como por arte de magia. Sin esta admirable precaución habríamos perdido mucha gente, y probablemente la cosa habría acabado con nuestra derrota en desbandada. Es claro, con todo, que esta maniobra no es aplicable cuando se está amenazado por la caballería; en ese caso hay que procurar avanzar lo más deprisa posible, manteniendo siempre un orden respetable.

> He oído decir a menudo a supuestos tácticos que una retirada debe hacerse despacio; pero este principio siempre me ha parecido falso. Sin duda hay casos en que una parte del ejército tiene que detener al enemigo para dar tiempo al resto a escapar; pero entonces no hay que marchar despacio, sino combatir y, muy a menudo, avanzar y atacar para restablecer la fuerza moral de los hombres y quebrantar la del enemigo. Pero cuando esa parte del ejército ha cumplido su cometido, cuando se ha alcanzado el objetivo, cuando el refuerzo continuo de las fuerzas enemigas le impide seguir combatiendo, tiene que retirarse en el acto, tan deprisa como lo permitan las circunstancias.

> Tenemos, pues, que aprender a retirarnos con método también en orden abierto y a rehacer deprisa nuestras filas; a formar en línea a paso ligero, en orden invertido o en orden fijo, sobre un flanco del adversario, y a apuntar siempre con la mayor precisión.

[*The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire*, núm. 26, 2 de marzo de 1861]

> La fuerza moral me parece siempre superior a la fuerza física. Esa fuerza moral se forma entusiasmando al soldado, inculcándole el amor a la gloria y el sentimiento del honor de su regimiento, y sobre todo desarrollando el patriotismo que dormita en germen en el pecho de todo soldado. Con soldados así educados se pueden hacer muy fácilmente grandes cosas, si se ha sabido ganar su confianza. Para conseguirla, tienen ustedes que cumplir con ellos todos sus deberes, hacerlos sus amigos, hablarles a menudo de la guerra y del modo de hacerla y demostrarles que son capaces de conducirlos bien. Bajo el fuego tienen que darles un brillante ejemplo de valor y de sangre fría.

> Deben prestar toda su atención a cualquier circunstancia que aumente el valor moral de sus propios hombres y debilite el de su adversario. Precisamente por eso, *el 56.º no se dejará atacar nunca; en el momento decisivo tomará siempre la iniciativa del combate y pasará al ataque.* En la defensiva se situará detrás de la línea en la que piensa aceptar el combate, para avanzar hasta ella en el momento decisivo. En un caso así se ve la fuerza de las influencias morales. Todas las ventajas físicas favorecen a una tropa situada en una posición fuerte por la naturaleza y por la mano del hombre. Y, sin embargo, esa tropa apostada será desalojada casi siempre si se limita a combatir a pie firme. Tanto desde el punto de vista moral como desde el físico puede decirse que *una buena defensa debe conducirse siempre de manera ofensiva.* Los movimientos ofensivos sobre los flancos y la retaguardia de su adversario surten efecto casi siempre; aunque los ejecute un puñado de hombres, quebrantan extraordinariamente la *moral* del adversario. Para estos movimientos no hay mejor maniobra que formar columnas cerradas detrás de los flancos de la línea de ataque; esas columnas pasan luego a formar en línea y envuelven al enemigo en cuanto llegan muy cerca de él. Y, como estas maniobras son tan eficaces, tienen que prevenir contra ellas a sus propios hombres, haciéndoles comprender que también ellos podrían ser atacados de ese modo y enseñándoles a protegerse. Deben decirles también que a sus espaldas pueden oírse gritos de pánico como «¡Estamos rodeados!», «¡Nos han cortado!», etc. Les comunicarán que los oficiales de cierre y, además, destacamentos de hombres escogidos tienen a retaguardia órdenes estrictas de pasar a la bayoneta o fusilar a todos los enviados del enemigo o a todos los malos soldados propios que lancen tales gritos; que los destacamentos enemigos que osen amenazarnos por los flancos y la retaguardia serán pronto aniquilados por nuestras reservas, y que en ese momento sus hombres no tienen que pensar en otra cosa que en cómo derrotar al enemigo que tienen justo delante.

> Para elevar la moral de los soldados se asegurarán además de que sus filas no se aclaren por hombres que pretextan atender a los heridos. Cuando acabe el combate, si estamos cerca, les daremos todos los cuidados; pero nuestra primera tarea y nuestro primer deber es vencer. Los heridos de un ejército victorioso no se abandonan nunca; los de un ejército derrotado tienen que padecer mil sufrimientos. Ocuparnos de los heridos durante la batalla es, por tanto, una falsa caridad y, por lo general, un mero pretexto de la cobardía. Los oficiales deben dar aquí también ejemplo de su entrega a la causa y, si están heridos, rechazar toda ayuda que les ofrezcan soldados que deberían estar combatiendo.

> En la batalla de Austerlitz pudo verse que un gran número de nuestros soldados heridos devolvían a sus batallones a los camaradas que querían llevarlos a los puestos de socorro.

> Uno de los mejores medios de mantener el valor moral de los soldados es la conducta ejemplar de los oficiales en cada fase de un encuentro. Si el fuego de artillería obliga al regimiento a hacer alto, tienen que pasearse con la cabeza alta delante de sus hombres y mantener su entusiasmo con una conversación alegre o con palabras enérgicas. Si se trata de lanzarse sobre el enemigo, tienen que preparar a sus soldados, repetirles los principios expuestos más arriba sobre el empleo de su fuego y recomendarles que en el cuerpo a cuerpo se mantengan lo más juntos posible y que a la primera señal se reúnan en el acto.

> Hay un buen medio de impedir que sus hombres abran fuego demasiado pronto: consiste sencillamente en que los oficiales montados se pongan delante de la línea. «Soldados —podría decir el coronel—, ¡no dispararéis contra vuestros oficiales! No me iré atrás hasta que sea hora de abrir fuego.» Las tropas así conducidas serán siempre valientes y rara vez serán vencidas, porque difícilmente encontrarán un adversario que tenga su firmeza moral y sus principios de combate.

> Si aparece caballería, hay que recordar a los soldados la fuerza de nuestro cuadro, que los hace inexpugnables. Por mi parte, les declaro que desearía de todo corazón que en el primer encuentro en que tomemos parte nos atacara la caballería: tan seguro estoy de que sería para el 56.º una ocasión de cubrirse de gloria.

> El valor moral de los soldados nunca se pone a prueba con más fuerza que en una retirada. Se ha dicho a menudo que los franceses son poco aptos para esta clase de combate, lo que equivaldría a decir que los franceses son malos soldados. Es absurdo. Innumerables hechos han demostrado en los últimos cuarenta años que los franceses, bien conducidos, pueden hacer excelentes retiradas. Muchas veces se ha echado la culpa al carácter nacional cuando habría que habérsela echado a los generales que tomaban malas disposiciones o que eran incapaces de despertar la fuerza moral de las tropas.

> Un viejo refrán dice: «Hazte oveja y te esquilarán.» En la retirada tienen que hacerse leones; y, cuando hayan asestado tres o cuatro golpes duros a un enemigo que les persiga demasiado de cerca, se les respetará. Con un poco de experiencia de la guerra es fácil conseguir algunos de esos éxitos de retaguardia que tanto contribuyen a elevar el valor moral de un ejército en retirada y a intimidar en grado sumo a los perseguidores. En la retirada son siempre ustedes quienes eligen el terreno en que se ha de combatir; allí reúnen y agrupan sus fuerzas para poder envolver con facilidad la cabeza de la columna enemiga, que durante la persecución estará muy estirada. La tarea que ha de cumplir cada cual debe estar bien pensada de antemano, y el ataque debe ser rápido y con brío. No debe mostrarse ni indecisión ni vacilación. Hay que aniquilar la cabeza de la columna enemiga, y luego retirarse deprisa para no enredarse con los refuerzos que van llegando sin cesar.

> Señores, he dicho bastante para que puedan apreciar como es debido el poder de la fuerza moral. Esa fuerza moral nace de la confianza que un oficial sabe despertar en sus subordinados; se gana obrando con tacto, inteligencia y valor. Deben cuidar de dar a sus soldados, en tiempo de paz, una buena opinión de lo que son ustedes capaces de hacer en tiempo de guerra. Lo conseguirán si no se fían de las revistas ni de las inspecciones ni de una mera instrucción fatigosa, cosas todas sin duda muy útiles, pero sin influencia alguna en la *moral* de los soldados. Tienen que conversar con sus hombres sobre nuestras guerras pasadas, contarles las acciones sobresalientes de nuestro valiente ejército, despertar en ellos el deseo de emularlas y, en una palabra, hacerlo todo para despertar en ellos el sentimiento del honor.

[^1]: Thomas-Robert Bugeaud (1784-1849), mariscal de Francia desde 1843, conquistador y gobernador general de Argelia (1840-1847). Tras la revolución de julio de 1830 volvió al servicio como coronel del 56.º regimiento de infantería de línea.

[^2]: (Nota de Engels.) El mariscal Bugeaud mandó, como comandante y luego teniente coronel, un batallón del ejército del mariscal Suchet en Cataluña. Es sabido que esta parte de las tropas francesas fue la que más éxitos tuvo en España y la que mantuvo su posición más tiempo que ninguna otra.

[^3]: René Duguay-Trouin (1673-1736), corsario y almirante francés, famoso por sus abordajes en las guerras de Luis XIV.

[^4]: En francés en el original: «oportunamente».

[^5]: En junio de 1815, durante los Cien Días, Bugeaud, al frente del 14.º de línea en el ejército de los Alpes, contuvo a fuerzas austriacas muy superiores en el combate de L'Hôpital (Saboya).

[^6]: En marzo y abril de 1811, tras el fracaso de su invasión de Portugal ante las líneas de Torres Vedras, Masséna se retiró hacia España perseguido por el ejército de Wellington; Ney mandaba la retaguardia.

[^7]: En francés en el original: «desfiladero».
