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Title: La crisis en Inglaterra (1861)
Description: Artículo de Marx para el diario vienés Die Presse: lo que la patata fue para Irlanda lo es el algodón para la industria inglesa, y la guerra civil americana amenaza con él todo el sistema económico de Inglaterra, que paga ahora su mal gobierno de la India.
Author: Karl Marx
Date: 1861-11-01
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1861%20La%20crisis%20en%20Inglaterra
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*Escrito por Karl Marx hacia el 1 de noviembre de 1861 y publicado en el diario vienés* Die Presse*, núm. 305, del 6 de noviembre de 1861. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 348-351), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen algunas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1861%20Die%20Krise%20in%20England).*

Inglaterra se encuentra hoy, como hace quince años, ante una catástrofe que amenaza con atacar de raíz todo su sistema económico. La *patata* era, como es sabido, el alimento exclusivo de Irlanda y de una parte nada desdeñable de la población obrera inglesa cuando la enfermedad de la patata de 1845 y 1846 hirió de podredumbre la raíz de la vida irlandesa. Los resultados de aquella gran catástrofe son conocidos. La población irlandesa disminuyó en dos millones, de los que una parte murió de hambre y la otra huyó al otro lado del océano Atlántico. Al mismo tiempo, esta inmensa desgracia ayudó a triunfar al partido librecambista inglés; la aristocracia terrateniente inglesa se vio obligada a sacrificar uno de sus monopolios más lucrativos, y la abolición de las leyes de cereales[^1] aseguró una base más amplia y más sana para la reproducción y el mantenimiento de los millones de trabajadores.

Lo que la *patata* era para la agricultura irlandesa lo es el *algodón* para la rama dominante de la industria de Gran Bretaña. De su elaboración depende la subsistencia de una masa de población mayor que el número total de habitantes de Escocia, que dos tercios de la población actual de Irlanda. Según el censo de 1861, en efecto, la población de Escocia era de 3.061.117 almas y la de Irlanda solo de 5.764.543, mientras que más de cuatro millones de personas viven directa o indirectamente de la industria algodonera en Inglaterra y Escocia. Ahora bien, la planta del algodón no ha enfermado. Su producción tampoco es monopolio de unas pocas regiones de la tierra. Al contrario, ninguna otra planta que dé materia para el vestido prospera en extensiones tan grandes de América, Asia y África. El monopolio algodonero de los estados esclavistas de la Unión americana no es un monopolio natural, sino histórico. Creció y se desarrolló a la par que el monopolio de la industria algodonera inglesa en el mercado mundial. En 1793, poco después de la época de los grandes inventos mecánicos en Inglaterra, un cuáquero de Connecticut, Ely Whitney, inventó la *cotton gin*, la desmotadora de algodón, que separa la fibra del algodón de su semilla[^2]. Antes de este invento, la jornada más esforzada de un negro apenas bastaba para separar una libra de fibra de algodón de la semilla. Después del invento de la *cotton gin*, una negra vieja podía entregar cómodamente 50 libras diarias de fibra de algodón, y las mejoras graduales duplicaron más tarde la eficacia de la máquina. Ahora habían saltado las cadenas del cultivo del algodón en los Estados Unidos. Creció deprisa, de la mano de la industria algodonera inglesa, hasta convertirse en una gran potencia comercial. En el curso de este desarrollo, Inglaterra pareció de vez en cuando sobresaltarse ante el monopolio del algodón americano como ante un espectro amenazador. Un momento así se produjo, por ejemplo, en la época en que la emancipación de los negros en las colonias inglesas se compró por 20.000.000 de libras esterlinas[^3]. Se encontró inquietante que la industria de Lancashire y de Yorkshire descansara en la soberanía del látigo esclavista en Georgia y Alabama, mientras el pueblo inglés se imponía tan grandes sacrificios para abolir la esclavitud en sus propias colonias. Pero la filantropía no hace la historia, y menos aún la historia del comercio. Escrúpulos parecidos surgían cada vez que se producía una mala cosecha de algodón en los Estados Unidos y los esclavistas, además, explotaban semejante fenómeno natural para elevar todavía más, artificialmente y mediante coaliciones, el precio del algodón. Los hilanderos y tejedores ingleses de algodón amenazaban entonces con rebelarse contra el «rey Algodón». Aparecían toda clase de proyectos para obtener algodón de fuentes asiáticas y africanas. Así, por ejemplo, en 1850. Pero la buena cosecha siguiente en los Estados Unidos aplastó victoriosamente tales veleidades de emancipación. Más aún, en los últimos años el monopolio del algodón americano alcanzó unas dimensiones antes apenas sospechadas, en parte como consecuencia de la legislación librecambista, que suprimió el derecho diferencial que existía hasta entonces sobre el algodón cultivado por esclavos, y en parte como consecuencia de los gigantescos progresos simultáneos de la industria algodonera inglesa y del cultivo del algodón americano durante el último decenio. Ya en 1857 el consumo de algodón en Inglaterra alcanzaba casi mil quinientos millones de libras de peso. Y de pronto la guerra civil americana amenaza este gran pilar de la industria inglesa. Mientras la Unión bloquea los puertos de los estados del Sur para cortar a los secesionistas su principal fuente de ingresos impidiendo la exportación de su cosecha de algodón de este año, la Confederación da a este bloqueo toda su fuerza coactiva con la decisión de no exportar voluntariamente ni una bala de algodón y obligar, más bien, a Inglaterra a venir ella misma a buscar su algodón a los puertos del Sur. Se trata de empujar a Inglaterra a romper el bloqueo por la fuerza, a declarar luego la guerra a la Unión y a echar así su espada en la balanza de los estados esclavistas.

Desde el comienzo de la guerra civil americana, el precio del algodón no ha dejado de subir en Inglaterra, pero durante bastante tiempo en menor proporción de la que cabía esperar. En conjunto, el mundo mercantil inglés parecía contemplar la crisis americana con gran flema. La razón de esta manera de ver tan fría era evidente. Toda la última cosecha americana se encontraba ya hacía tiempo en Europa. El producto de una nueva cosecha nunca se embarca antes de finales de noviembre, y estos embarques rara vez alcanzan un volumen importante antes de finales de diciembre. Hasta entonces daba, pues, bastante igual que las balas de algodón se retuvieran en las plantaciones o que se enviaran a los puertos del Sur nada más embaladas. Si el bloqueo cesaba en cualquier momento antes de fin de año, Inglaterra podía contar con seguridad con recibir en marzo o abril su suministro habitual de algodón, exactamente como si el bloqueo no hubiera existido nunca. Pero el mundo mercantil inglés, en gran parte engañado por la prensa inglesa, se entregó a la ilusión de que un espectáculo bélico de unos seis meses terminaría con el reconocimiento de la Confederación por los Estados Unidos. A finales de agosto, sin embargo, aparecieron norteamericanos en el mercado de Liverpool para comprar allí algodón, en parte para especular en Europa, en parte para reexpedirlo a Norteamérica. Este hecho inaudito abrió los ojos a los ingleses. Empezaron a comprender la gravedad de la situación. Desde entonces el mercado algodonero de Liverpool se halla en una excitación febril; los precios del algodón se vieron pronto empujados un 100 por ciento por encima de su nivel medio, y la especulación con el algodón adoptó la misma fisonomía salvaje que caracterizó la especulación ferroviaria de 1845[^4]. Las hilaturas y tejedurías de Lancashire y de otras sedes de la industria algodonera británica redujeron su tiempo de trabajo a tres días por semana, una parte de ellas paró por completo sus máquinas, la funesta repercusión sobre otras ramas de la industria no se hizo esperar, y toda Inglaterra tiembla en este momento ante la llegada de la mayor catástrofe económica que la haya amenazado hasta ahora.

El consumo de algodón *indio* crece, naturalmente, y la subida de los precios asegurará un suministro todavía más acelerado de la antiquísima patria del algodón. Sin embargo, sigue siendo imposible trastocar, por así decir con unos pocos meses de preaviso, las condiciones de la producción y el curso del comercio. Inglaterra expía ahora, en efecto, su largo mal gobierno de la India. Sus actuales intentos convulsivos de sustituir el algodón americano por el indio chocan con dos grandes obstáculos: la falta de medios de comunicación y de transporte en la India y la mísera situación del campesino indio, que le impide aprovechar las circunstancias, de momento favorables. Pero aun prescindiendo de esto, prescindiendo del proceso de mejora por el que todavía tiene que pasar el algodón indio para poder ocupar el lugar del americano, incluso en las circunstancias más favorables harán falta *años* antes de que la India pueda producir para la exportación la cantidad de algodón requerida. Y en *cuatro meses*, esto está estadísticamente comprobado, se habrán agotado las existencias de algodón de Liverpool. Y aun así solo durarán tanto si los hilanderos y tejedores británicos de algodón llevan a cabo, en una escala todavía mayor que hasta ahora, la reducción del tiempo de trabajo a tres días por semana y la paralización total de una parte de la maquinaria. Semejante procedimiento expone ya a los distritos fabriles a los mayores sufrimientos sociales. ¡Pero si el bloqueo americano se prolonga más allá de enero! ¿Qué pasará entonces?

[^1]: Las leyes de cereales (*Corn Laws*), que protegían la renta de los terratenientes gravando el grano importado, fueron abolidas en 1846 por el gobierno de Peel.

[^2]: Eli Whitney (1765-1825), natural de Massachusetts y afincado después en New Haven (Connecticut), construyó la desmotadora en 1793 en una plantación de Georgia.

[^3]: La ley de abolición de la esclavitud de 1833 indemnizó con veinte millones de libras esterlinas a los propietarios de esclavos de las colonias británicas.

[^4]: La fiebre especulativa de 1845 en las acciones de ferrocarriles, que terminó en el crac de 1847.
