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Title: La cuestión norteamericana en Inglaterra (1861)
Description: Crónica de Marx desde Londres para el New-York Daily Tribune que desmonta los argumentos de la prensa inglesa hostil al Norte en la Guerra de Secesión: la guerra la empezó el Sur por la esclavitud, la expansión es condición de vida del poder esclavista, y detrás de la falsa indignación antiesclavista hay aranceles y el deseo de ver dividida a la Unión.
Author: Karl Marx
Date: 1861-09-18
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1861%20La%20cuesti%C3%B3n%20norteamericana%20en%20Inglaterra
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*Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 18 de septiembre de 1861 y publicado en el* New-York Daily Tribune*, núm. 6403, del 11 de octubre de 1861. Traducido del original inglés según la transcripción del texto del* Tribune *hecha por Tony Brown en el Marx-Engels Archive (marxists.org), cotejado con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 304-313), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en inglés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1861%20The%20American%20Question%20in%20England).*

*Londres, 18 de septiembre de 1861*

La carta de la señora Beecher Stowe a lord Shaftesbury,[^1] sea cual sea su mérito intrínseco, ha hecho muchísimo bien al obligar a los órganos de la prensa londinense hostiles al Norte a hablar claro y a exponer ante el gran público las razones aparentes de su tono hostil al Norte y de sus mal disimuladas simpatías por el Sur, cosa que resulta bastante extraña en gentes que aparentan un horror absoluto a la esclavitud. Su primer y principal agravio es que la presente guerra americana «no es una guerra por la abolición de la esclavitud» y que, por tanto, no se puede esperar que el magnánimo británico, acostumbrado a emprender guerras propias y a interesarse por las guerras ajenas solo sobre la base de «amplios principios humanitarios», sienta simpatía alguna por sus primos del Norte.

> «En primer lugar —dice *The Economist*—, el supuesto de que la querella entre el Norte y el Sur sea una querella entre la libertad de los negros por un lado y la esclavitud de los negros por el otro es tan impudente como falso.» «El Norte —dice *The Saturday Review*— no proclama la abolición y nunca ha pretendido luchar contra la esclavitud. El Norte no ha izado como oriflama el sagrado símbolo de la justicia para con el negro; su grito de guerra no es la abolición incondicional.» «Si se nos ha engañado —dice *The Examiner*— sobre el verdadero significado de este sublime movimiento, ¿quién sino los propios federales tiene que responder del engaño?»[^2]

Pues bien, en primer lugar hay que conceder la premisa. La guerra no se ha emprendido con miras a acabar con la esclavitud, y las propias autoridades de los Estados Unidos se han tomado el mayor trabajo en protestar contra semejante idea. Pero hay que recordar que no fue el Norte, sino el Sur, quien emprendió esta guerra; el primero se ha limitado a defenderse. Si es cierto que el Norte, tras largas vacilaciones y tras dar muestras de una paciencia desconocida en los anales de la historia europea, desenvainó por fin la espada, no para aplastar la esclavitud, sino para salvar la Unión, el Sur, por su parte, inauguró la guerra proclamando a voz en grito que «la institución peculiar»[^3] era el único y principal fin de la rebelión. Confesó que luchaba por la libertad de esclavizar a otros, una libertad que, pese a las protestas del Norte, declaraba puesta en peligro por la victoria del Partido Republicano y la elección del señor Lincoln a la presidencia. El Congreso confederado se jactó de que su flamante constitución, a diferencia de la Constitución de los Washington, los Jefferson y los Adams, había reconocido por primera vez la esclavitud como una cosa buena en sí misma, un baluarte de la civilización y una institución divina. Si el Norte declaraba luchar solo por la Unión, el Sur se gloriaba de rebelarse por la supremacía de la esclavitud. Si a la Inglaterra antiesclavista e idealista no la atraía la declaración del Norte, ¿cómo es que no la repelieron violentamente las cínicas confesiones del Sur?

*The Saturday Review* sale de este feo dilema no creyendo las declaraciones de los propios secesionistas. Ve más hondo y descubre «*que la esclavitud ha tenido muy poco que ver con la secesión*»; las declaraciones en contrario de Jeff. Davis[^4] y compañía no serían más que «convencionalismos», con «más o menos el mismo significado que los convencionalismos sobre altares violados y hogares profanados que aparecen siempre en semejantes proclamas».

El acopio de argumentos de los periódicos hostiles al Norte es muy escaso, y en todos ellos encontramos casi las mismas frases repetidas a ciertos intervalos, como los términos de una serie matemática, con muy poco arte de variación o de combinación.

> «Pero si —exclama *The Economist*— fue ayer mismo, cuando el movimiento de secesión cobró fuerza en serio, al anunciarse la elección del señor Lincoln, cuando los norteños ofrecieron al Sur, si se quedaba en la Unión, todas las garantías imaginables del mantenimiento y la inviolabilidad de la odiosa institución; cuando renegaron de la manera más solemne de toda intención de inmiscuirse en ella; cuando sus dirigentes propusieron en el Congreso un compromiso tras otro, todos basados en la concesión de que no se tocaría la esclavitud.» «¿Cómo es —dice *The Examiner*— que el Norte estaba dispuesto a arreglar las cosas mediante las mayores concesiones al Sur en materia de esclavitud? ¿Cómo es que se propuso en el Congreso una determinada línea geográfica dentro de la cual la esclavitud había de reconocerse como una institución esencial? Los estados del Sur no se contentaron con eso.»

Lo que *The Economist* y *The Examiner* tenían que preguntar no era solo por qué se *propusieron* en el Congreso el compromiso de Crittenden[^5] y otras medidas de compromiso, sino por qué no se *aprobaron*. Fingen considerar esas propuestas de compromiso como aceptadas por el Norte y rechazadas por el Sur, cuando en realidad las frustró el partido del Norte que había ganado la elección de Lincoln. Propuestas que nunca maduraron en resoluciones, sino que se quedaron siempre en el estado embrionario de *pia desideria*,[^6] el Sur, naturalmente, nunca tuvo ocasión ni de rechazarlas ni de aceptarlas. Nos acercamos más al meollo de la cuestión con la siguiente observación de *The Examiner*:

> «La señora Stowe dice: “El partido esclavista, viendo que ya no podía servirse de la Unión para sus fines, decidió destruirla”. Aquí se reconoce que hasta entonces el partido esclavista se había servido de la Unión para sus fines, y habría estado bien que la señora Stowe hubiera mostrado con claridad dónde empezó el Norte a plantar cara a la esclavitud.»

Cabría suponer que *The Examiner* y los demás oráculos de la opinión pública de Inglaterra se habían familiarizado lo suficiente con la historia contemporánea como para no necesitar que la señora Stowe los informara sobre puntos de tanta importancia. El abuso progresivo de la Unión por el poder esclavista, que actuaba mediante su alianza con el Partido Demócrata del Norte, es, por así decirlo, la fórmula general de la historia de los Estados Unidos desde principios de este siglo. Las sucesivas medidas de compromiso marcan los sucesivos grados de la usurpación por la que la Unión se fue convirtiendo más y más en esclava del esclavista. Cada uno de estos compromisos señala una nueva usurpación del Sur, una nueva concesión del Norte. Al mismo tiempo, ninguna de las sucesivas victorias del Sur se obtuvo sino tras una lucha encarnizada con una fuerza antagónica en el Norte, que aparecía bajo diferentes nombres de partido, con diferentes consignas y bajo diferentes colores. Si el resultado positivo y final de cada lucha concreta era favorable al Sur, el observador atento de la historia no podía dejar de ver que cada nuevo avance del poder esclavista era un paso adelante hacia su derrota definitiva. Ya en los tiempos del compromiso de Misuri[^7] las fuerzas enfrentadas estaban tan igualadas que Jefferson, como vemos por sus memorias, temió que la Unión corriera peligro de partirse por ese antagonismo mortal. Las usurpaciones del poder esclavista alcanzaron su punto máximo cuando, con la ley de Kansas-Nebraska,[^8] por primera vez en la historia de los Estados Unidos, como confesó el propio señor Douglas, cayó toda barrera legal a la difusión de la esclavitud en los territorios de los Estados Unidos; cuando, después, un candidato del Norte compró su nominación presidencial comprometiendo a la Unión a conquistar o a comprar en Cuba un nuevo campo de dominio para el esclavista;[^9] cuando, más tarde, por la sentencia de Dred Scott,[^10] la difusión de la esclavitud por el poder federal fue proclamada ley de la Constitución americana, y, por último, cuando la trata de esclavos africanos se reabrió de hecho en una escala mayor que en los tiempos de su existencia legal. Pero, a la par de este punto culminante de las usurpaciones del Sur, logradas con la connivencia del Partido Demócrata del Norte, había señales inequívocas de que las fuerzas antagónicas del Norte habían reunido tanta fuerza que pronto tenían que inclinar la balanza del poder. La guerra de Kansas,[^11] la formación del Partido Republicano y el gran número de votos obtenidos por el señor Frémont[^12] en la elección presidencial de 1856 fueron otras tantas pruebas palpables de que el Norte había acumulado energías suficientes para enderezar las desviaciones que la historia de los Estados Unidos había sufrido durante medio siglo bajo la presión de los esclavistas y para devolverla a los verdaderos principios de su desarrollo. Aparte de estos fenómenos políticos, había un gran hecho estadístico y económico que indicaba que el abuso de la Unión Federal por el interés esclavista se había acercado al punto en que tendría que retroceder por la fuerza o *de bonne grâce*.[^13] Ese hecho era el crecimiento del Noroeste, los inmensos avances que su población había hecho de 1850 a 1860 y la influencia nueva y vivificadora que no podía dejar de ejercer sobre los destinos de los Estados Unidos.

Ahora bien, ¿era todo esto un capítulo secreto de la historia? ¿Hacía falta «la *admisión*» de la señora Beecher Stowe para revelar a *The Examiner* y a los demás iluminados políticos de la prensa londinense la verdad cuidadosamente oculta de que «hasta entonces el partido esclavista se había servido de la Unión para sus fines»? ¿Es culpa del Norte americano que los periodistas ingleses fueran cogidos completamente desprevenidos por el violento choque de las fuerzas antagónicas cuya fricción había sido durante medio siglo la fuerza motriz de su historia? ¿Es culpa de los americanos que la prensa inglesa tome por el antojo caprichoso incubado en un solo día lo que era en realidad el resultado maduro de largos años de lucha? El mero hecho de que la prensa londinense apenas haya reparado en la formación y el progreso del Partido Republicano en América dice mucho sobre la vaciedad de sus tiradas antiesclavistas. Tómense, por ejemplo, los dos antípodas de la prensa londinense, el *London Times* y el *Reynolds's Weekly Newspaper*,[^14] el uno gran órgano de las clases respetables, el otro único órgano que queda de la clase obrera. El primero, poco antes de que tocara a su fin la carrera del señor Buchanan,[^15] publicó una elaborada apología de su administración y un libelo difamatorio contra el movimiento republicano. Reynolds, por su parte, fue uno de los paniaguados del señor Buchanan durante la estancia de este en Londres, y desde entonces no ha perdido ocasión de ensalzarlo y de denigrar a sus adversarios. ¿Cómo se explica que el Partido Republicano, cuyo programa se redactó sobre la base del antagonismo declarado frente a las usurpaciones de la esclavocracia y al abuso de la Unión por el interés esclavista, ganara en el Norte? ¿Cómo se explica, en segundo lugar, que el grueso del Partido Demócrata del Norte, echando a un lado sus viejos lazos con los jefes de la esclavocracia, despreciando sus tradiciones de medio siglo, sacrificando grandes intereses comerciales y mayores prejuicios políticos, acudiera en apoyo de la actual administración republicana y le ofreciera hombres y dinero a manos llenas?

En lugar de responder a estas preguntas, *The Economist* exclama:

> «¿Podemos olvidar […] que los abolicionistas han sido habitualmente tan ferozmente perseguidos y maltratados en el Norte y en el Oeste como en el Sur? ¿Puede negarse que la irritabilidad y la tibieza, por no decir la insinceridad, del gobierno de Washington han sido durante años el principal impedimento que ha frustrado nuestros esfuerzos por suprimir eficazmente la trata en la costa de África, mientras que una gran proporción de los clíperes realmente empleados en ese tráfico se han construido con capital del Norte, son propiedad de comerciantes del Norte y van tripulados por marineros del Norte?»

Esto es, en efecto, una pieza maestra de lógica. La Inglaterra antiesclavista no puede simpatizar con el Norte, que está quebrando la influencia agostadora de la esclavocracia, porque no puede olvidar que el Norte, mientras estuvo atado por esa influencia, apoyó la trata, agredió a los abolicionistas y tuvo sus instituciones democráticas manchadas por los prejuicios del negrero. No puede simpatizar con la administración del señor Lincoln, porque tuvo que reprochar cosas a la administración del señor Buchanan. Tiene por fuerza que poner reparos de mal humor al actual movimiento de resurrección del Norte, alentar a los simpatizantes norteños de la trata, estigmatizada en el programa republicano, y coquetear con la esclavocracia del Sur, que se erige un imperio propio, porque no puede olvidar que el Norte de ayer no era el Norte de hoy. La necesidad de justificar su actitud con semejantes alegatos picapleitos de Old Bailey[^16] prueba más que nada que la parte de la prensa inglesa hostil al Norte obedece a motivos ocultos, demasiado mezquinos y cobardes para confesarlos abiertamente.

Como una de sus maniobras favoritas es echar en cara a la actual administración republicana los actos de sus predecesores proesclavistas, se esfuerza mucho en persuadir al pueblo inglés de que el *N. Y. Herald*[^17] debe considerarse el único intérprete auténtico de la opinión del Norte. Dada la pauta en este sentido por el *London Times*, el *servum pecus*[^18] de los demás órganos hostiles al Norte, grandes y pequeños, insiste en batir el mismo matorral. Así, dice *The Economist*:

> «En lo más recio de la lucha no faltaron periódicos y políticos neoyorquinos que exhortaban a los combatientes, ahora que tenían grandes ejércitos en campaña, a emplearlos, no el uno contra el otro, sino contra Gran Bretaña: a transigir en la disputa interna, incluida la cuestión de los esclavos, e invadir el territorio británico sin aviso y con fuerzas abrumadoras.»

*The Economist* sabe perfectamente que los esfuerzos del *N. Y. Herald*, apoyados con ardor por el *London Times*, por enredar a los Estados Unidos en una guerra con Inglaterra no pretendían más que asegurar el éxito de la secesión y frustrar el movimiento de regeneración del Norte.

Con todo, hay una concesión que hace la prensa inglesa hostil al Norte. El snob de la *Saturday*[^19] nos dice:

> «Lo que estaba en juego en la elección de Lincoln, y lo que ha precipitado la convulsión, era simplemente la limitación de la institución de la esclavitud a los estados donde esa institución ya existe.»

Y *The Economist* observa:

> «Es bien cierto que el objetivo del Partido Republicano que eligió al señor Lincoln era impedir que la esclavitud se extendiera a los territorios no colonizados... Puede ser cierto que el éxito del Norte, si fuera completo e incondicional, le permitiría confinar la esclavitud dentro de los quince estados que ya la han adoptado y podría llevar así a su extinción final, aunque esto es más probable que seguro.»

En 1859, con ocasión de la expedición de John Brown a Harper's Ferry,[^20] este mismo *Economist* publicó una serie de elaborados artículos para probar que, en virtud de una ley económica, la esclavitud americana estaba condenada a una extinción gradual desde el momento en que se la privara de su capacidad de expansión. Esa «ley económica» la entendía perfectamente la esclavocracia.

> «Dentro de quince años más —dijo Toombs—,[^21] sin un gran aumento del territorio esclavista, o habrá que permitir que los esclavos huyan de los blancos o los blancos tendrán que huir de los esclavos.»

La limitación de la esclavitud a su área constitucional, tal como la proclamaban los republicanos, fue el fundamento expreso sobre el que se profirió por primera vez la amenaza de secesión en la Cámara de Representantes el 19 de diciembre de 1859. Cuando el señor Singleton (Misisipi) preguntó al señor Curtis (Iowa) «si el Partido Republicano no dejaría nunca al Sur tener un pie más de territorio esclavista mientras siguiera en la Unión», y el señor Curtis respondió afirmativamente, el señor Singleton *dijo que eso disolvería la Unión*. Su consejo a Misisipi era que cuanto antes saliera de la Unión, mejor: «los caballeros deberían recordar que […] Jefferson Davis mandó nuestras fuerzas en México, y que […] todavía vive, quizá para mandar el ejército del Sur». Aparte por completo de la *ley económica* que hace de la difusión de la esclavitud una condición vital para su conservación dentro de sus áreas constitucionales, los jefes del Sur nunca se habían engañado sobre su necesidad para mantener su dominio *político* sobre los Estados Unidos. *John Calhoun*,[^22] en la defensa de sus proposiciones ante el Senado, declaró expresamente el 19 de febrero de 1847 «que el Senado era el único contrapeso de poder que le quedaba al Sur en el gobierno» y que la creación de nuevos estados esclavistas se había vuelto necesaria «para conservar el equilibrio de poder en el Senado». Además, la oligarquía de los 300.000 propietarios de esclavos ni siquiera podía mantener su dominio en casa si no era echando constantemente a sus plebeyos blancos el cebo de futuras conquistas dentro y fuera de las fronteras de los Estados Unidos. Si, pues, según los oráculos de la prensa inglesa, el Norte había llegado a la firme resolución de circunscribir la esclavitud a sus límites actuales y de extinguirla así por vía constitucional, ¿no bastaba eso para ganarse las simpatías de la Inglaterra antiesclavista?

Pero los puritanos ingleses no parecen, en efecto, darse por contentos más que con una guerra expresamente abolicionista.

> «Así pues —dice *The Economist*—, no siendo esta una guerra por la emancipación de la raza negra […], ¿por qué otro motivo se nos puede pedir con justicia que simpaticemos con tanto calor con la causa federal?» «Hubo un tiempo —dice *The Examiner*— en que nuestras simpatías estaban con el Norte, pensando que iba realmente en serio al plantar cara a las usurpaciones de los estados esclavistas» y al adoptar «la emancipación como medida de justicia para con la raza negra».

Sin embargo, en los mismos números en que estos periódicos nos dicen que no pueden simpatizar con el Norte porque su guerra no es abolicionista, se nos informa de que «el recurso desesperado de proclamar la emancipación de los negros y llamar a los esclavos a una insurrección general» es una cosa «cuya mera concepción […] es repulsiva y espantosa», y de que «un compromiso» sería «muy preferible a un éxito comprado a tal precio y manchado por tal crimen».

Así que el afán inglés de una guerra abolicionista es pura hipocresía. La pata del diablo asoma en las frases siguientes:

> «Por último […] —dice *The Economist*—, ¿es el arancel Morrill[^23] un título a nuestra gratitud y a nuestra simpatía, o es la certeza de que, en caso de triunfo del Norte, ese arancel se extendería a toda la república una razón para que debamos desear a gritos su éxito?» «Los norteamericanos —dice *The Examiner*— no van en serio en nada más que en un egoísta arancel proteccionista. Los estados del Sur estaban cansados de que el arancel proteccionista del Norte les robara los frutos de su trabajo esclavo.»

*The Examiner* y *The Economist* se comentan el uno al otro. El segundo es lo bastante honrado para confesar por fin que para él y sus seguidores la simpatía es una mera cuestión de aranceles, mientras que el primero reduce la guerra entre el Norte y el Sur a una guerra arancelaria, a una guerra entre proteccionismo y librecambio. *The Examiner* quizá no sepa que hasta los anuladores de Carolina del Sur de 1832,[^24] como atestigua el general Jackson, usaron el proteccionismo solo como pretexto para la secesión; pero hasta *The Examiner* debería saber que la presente rebelión no esperó a la aprobación del arancel Morrill para estallar. De hecho, los sureños no podían estar cansados de que el arancel proteccionista del Norte les robara los frutos de su trabajo esclavo, si se tiene en cuenta que de 1846 a 1861 había regido un arancel librecambista.

*The Spectator* caracteriza en su último número el pensamiento secreto de algunos de los órganos hostiles al Norte de la siguiente manera notable:

> «¿Qué es, pues, lo que los órganos hostiles al Norte declaran realmente considerar deseable, al amparo de este alegato de que hay que plegarse a la lógica inexorable de los hechos? Sostienen que la desunión es deseable precisamente porque, como hemos dicho, es el único paso posible para poner fin a esta “contienda sin causa y fratricida”; y luego, naturalmente, solo como idea de última hora y como humilde apología de la Providencia y “justificación de los caminos de Dios ante el hombre”,[^25] ahora que la necesidad inevitable se ha revelado, por otras razones que se descubren como bellas adaptaciones a las exigencias morales del país una vez que se discierne el desenlace. Se descubre que a los estados les convendrá mucho disolverse en grupos rivales. Se pondrán freno unos a otros en sus ambiciones; neutralizarán unos el poder de otros, y si alguna vez Inglaterra llegara a tener una disputa con uno o más de ellos, los meros celos traerían en nuestra ayuda a los grupos antagónicos. Este será, se alega, un estado de cosas muy saludable, pues nos librará de inquietudes y fomentará entre los propios estados la “competencia” política, esa gran salvaguardia de la honradez y la pureza.

> »Tal es el razonamiento, sostenido con toda gravedad, de la numerosa clase de simpatizantes del Sur que ahora brota entre nosotros. Traducido al inglés (y nos apena que un argumento inglés sobre tal asunto sea de naturaleza que requiera traducción), significa que deploramos la actual gran escala de esta guerra “fratricida” porque puede concentrar en un solo espasmo terrible una serie de pequeñas guerras crónicas, de pasiones y celos entre grupos de estados rivales en los tiempos venideros. La verdad real es, y este sentimiento tan poco inglés la discierne con claridad aunque la envuelva en frases decentes, que grupos rivales de estados americanos no podrían vivir juntos en paz ni en armonía. La condición crónica sería de una hostilidad maligna nacida de las mismas causas que han producido la contienda actual. Se afirma que los distintos grupos de estados tienen distintos intereses arancelarios. Esos distintos intereses arancelarios serían fuente de constantes pequeñas guerras si los estados llegaran a disolverse, y la esclavitud, raíz de toda la discordia, sería el manantial de innumerables animosidades, disensiones y campañas. Nunca más podría establecerse un equilibrio estable entre los estados rivales. Y, sin embargo, se sostiene que este largo porvenir de lucha incesante es la solución providencial de la gran cuestión que hoy está en juego; y la única razón real por la que se la ve con buenos ojos es que, mientras que el actual conflicto en gran escala puede desembocar en una unidad política restaurada y más fuerte, la alternativa de rencillas en pequeña escala multiplicadas hasta el infinito desembocará en un continente débil y dividido al que Inglaterra no tendrá que temer.

> »Ahora bien, no negamos que los propios americanos sembraron la semilla de este estado de ánimo mezquino y despreciable con la actitud inamistosa y fanfarrona que tantas veces han mostrado hacia Inglaterra, pero sí decimos que este estado de ánimo, por nuestra parte, es mezquino y despreciable. Vemos que en un desenlace aplazado no hay esperanza de una tranquilidad profunda y duradera para América, que significa la decadencia y caída de la nación americana en clanes y tribus pendencieros, y sin embargo alzamos las manos horrorizados ante la actual contienda “fratricida” porque ofrece esperanzas de un desenlace definitivo. Los exhortamos a mirar con buenos ojos un porvenir indefinido de pequeñas contiendas, igual de fratricidas y probablemente mucho más desmoralizadoras, porque estas nos sacarían del costado la espina de la rivalidad americana.»

[^1]: La novelista Harriet Beecher Stowe (1811-1896), autora de *La cabaña del tío Tom* (1852), publicó en la prensa británica, en el verano de 1861, una carta abierta a lord Shaftesbury, el filántropo y reformador social Anthony Ashley Cooper, conde de Shaftesbury (1801-1885), en defensa de la causa del Norte.

[^2]: *The Economist*, semanario librecambista; *The Saturday Review* y *The Examiner*, semanarios londinenses. «Federales» designaba a los partidarios del gobierno federal de la Unión.

[^3]: Eufemismo con que se designaba la esclavitud en los estados del Sur.

[^4]: Jefferson Davis (1808-1889), presidente de los Estados Confederados de América desde febrero de 1861.

[^5]: Plan de enmiendas constitucionales presentado en diciembre de 1860 por el senador de Kentucky John J. Crittenden (1787-1863), que garantizaba la esclavitud en los estados donde existía y la permitía en los territorios al sur de los 36° 30' de latitud; el Congreso lo rechazó.

[^6]: En latín: «deseos piadosos».

[^7]: Compromiso de 1820 por el que Misuri entró en la Unión como estado esclavista y se prohibió la esclavitud en el resto del antiguo territorio de Luisiana al norte de los 36° 30'.

[^8]: Ley de 1854, promovida por el senador demócrata de Illinois Stephen A. Douglas (1813-1861), que dejaba la admisión de la esclavitud en los territorios de Kansas y Nebraska a la decisión de sus pobladores y derogaba así el compromiso de Misuri.

[^9]: Alusión a James Buchanan (1791-1868), presidente de 1857 a 1861, que como embajador en Londres firmó en 1854 el llamado manifiesto de Ostende, que proponía comprar Cuba a España o, en su defecto, arrebatársela.

[^10]: Sentencia del Tribunal Supremo de 1857 (caso Dred Scott contra Sandford) que negaba la ciudadanía a los negros y declaraba que el Congreso no podía prohibir la esclavitud en los territorios.

[^11]: Lucha armada entre colonos esclavistas y antiesclavistas en Kansas a partir de 1854.

[^12]: John Charles Frémont (1813-1890), primer candidato presidencial del Partido Republicano, en 1856.

[^13]: En francés: «de buen grado».

[^14]: Semanario radical londinense, fundado en 1850 por George W. M. Reynolds (1814-1879).

[^15]: James Buchanan, presidente de los Estados Unidos hasta marzo de 1861, había sido embajador en Londres de 1853 a 1856.

[^16]: El tribunal penal central de Londres.

[^17]: El *New York Herald*, diario neoyorquino favorable al Sur antes de la guerra.

[^18]: En latín: «rebaño servil» (Horacio, *Epístolas*, I, 19, 19).

[^19]: *The Saturday Review*.

[^20]: El abolicionista John Brown (1800-1859) asaltó en octubre de 1859 el arsenal federal de Harper's Ferry (Virginia) para desencadenar una sublevación de esclavos; fue capturado y ahorcado.

[^21]: Robert Toombs (1810-1885), senador por Georgia, luego secretario de Estado de la Confederación.

[^22]: John C. Calhoun (1782-1850), senador por Carolina del Sur, principal teórico de los derechos de los estados esclavistas.

[^23]: Arancel proteccionista aprobado en marzo de 1861, propuesto por el diputado de Vermont Justin S. Morrill (1810-1898).

[^24]: En 1832 Carolina del Sur declaró nulos en su territorio los aranceles federales de 1828 y 1832; el presidente Andrew Jackson (1767-1845) respondió con la amenaza de la fuerza.

[^25]: Cita del *Paraíso perdido* de Milton (I, 26).
