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Title: La guerra civil norteamericana (1862)
Description: Artículo de Marx y Engels para Die Presse de Viena: balance militar del primer año de la guerra de Secesión, elogio de la campaña de Kentucky y Tennessee de Halleck y Grant, crítica del «plan Anaconda» de McClellan y tesis de que Georgia es la llave de la Confederación.
Author: Karl Marx, Friedrich Engels
Date: 1862-03-26
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1862%20La%20guerra%20civil%20norteamericana
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*Escrito en alemán por Karl Marx y Friedrich Engels en marzo de 1862 y publicado, en dos entregas, en* Die Presse *(Viena), núms. 84 y 85, del 26 y el 27 de marzo de 1862. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 486-495), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1862%20Der%20Amerikanische%20B%C3%BCrgerkrieg).*

Se la mire desde el punto de vista que se quiera, la guerra civil norteamericana ofrece un espectáculo sin paralelo en los anales de la historia militar. La inmensa extensión del territorio en disputa; el amplísimo frente de las líneas de operaciones; la masa numérica de los ejércitos enemigos, cuya creación apenas pudo apoyarse en una base de organización anterior; el coste fabuloso de esos ejércitos, el modo de dirigirlos y los principios tácticos y estratégicos generales con que se hace la guerra: todo es nuevo a los ojos del espectador europeo.

La conspiración secesionista, organizada mucho antes de estallar, protegida y apoyada por la administración de Buchanan,[^1] dio al Sur una ventaja inicial que era lo único con lo que podía esperar alcanzar su objetivo. Amenazado por su población esclava y por un fuerte elemento unionista entre los propios blancos, con un número de hombres libres dos tercios menor que el del Norte, pero más dispuesto para el ataque gracias a la masa de ociosos aventureros que alberga, el Sur lo tenía todo pendiente de una ofensiva rápida, audaz, casi temeraria. Si los sudistas lograban tomar St. Louis, Cincinnati, Washington, Baltimore y quizá Filadelfia, podían contar con un pánico durante el cual la diplomacia y el soborno asegurarían el reconocimiento de la independencia de todos los estados esclavistas. Si ese primer ataque fracasaba, al menos en los puntos decisivos, su situación tenía que empeorar día a día, a medida que se desplegaba la fuerza del Norte. Este punto lo comprendieron bien los hombres que, con un espíritu verdaderamente bonapartista, habían organizado la conspiración secesionista. Abrieron la campaña en consecuencia. Sus bandas de aventureros arrollaron Misuri y Tennessee, mientras sus tropas más regulares invadían Virginia oriental y preparaban un golpe de mano sobre Washington. Con el fracaso de ese golpe, la campaña del Sur estaba perdida *desde el punto de vista militar*.

El Norte entró en el teatro de la guerra a regañadientes, adormilado, como era de esperar dado su mayor desarrollo industrial y comercial. La maquinaria social era aquí incomparablemente más complicada que en el Sur, y hacía falta incomparablemente más tiempo para imprimir a su movimiento esa dirección desacostumbrada. El alistamiento de voluntarios por tres meses fue un gran error, aunque quizá inevitable. La política del Norte consistió en mantenerse al principio a la defensiva en todos los puntos decisivos, organizar sus fuerzas, adiestrarlas mediante operaciones en pequeña escala y sin arriesgar batallas decisivas y, por último, en cuanto la organización estuviese bastante consolidada y el elemento traidor más o menos apartado del ejército, pasar a una ofensiva enérgica e incesante y reconquistar ante todo Kentucky, Tennessee, Virginia y Carolina del Norte. Convertir a los ciudadanos en soldados tenía que costar más tiempo en el Norte que en el Sur. Una vez conseguido, se podía contar con la superioridad individual del hombre del Norte.

En conjunto, descontados los errores, que procedieron más de fuentes políticas que militares, el Norte actuó conforme a esos principios. La guerra menor en Misuri y en Virginia occidental, al tiempo que protegía a las poblaciones unionistas, acostumbró a las tropas al servicio de campaña y al fuego sin exponerlas a derrotas decisivas. El gran bochorno de Bull Run[^2] fue en cierta medida resultado del error anterior de alistar voluntarios por tres meses. Era absurdo hacer atacar de frente, con reclutas bisoños, una posición fuerte, en terreno difícil, en manos de un enemigo apenas inferior en número. El pánico que se apoderó del ejército de la Unión en el momento decisivo, y cuyo motivo todavía no se ha aclarado, no podía sorprender a nadie que conociese un poco la historia de las guerras populares. Cosas así les ocurrieron muy a menudo a las tropas francesas de 1792 a 1795, lo que no impidió a esas mismas tropas ganar las batallas de Jemappes y Fleurus, Montenotte, Castiglione y Rivoli. Las bromas de la prensa europea sobre el pánico de Bull Run solo tenían *una* excusa para su necedad: las fanfarronadas previas de una parte de la prensa norteamericana.

Los seis meses de calma que siguieron a la derrota de Manassas los aprovechó mejor el Norte que el Sur. No solo se llenaron las filas del Norte en mayor escala que las del Sur. Sus oficiales recibieron mejor instrucción; la disciplina y el adiestramiento de las tropas no tropezaron con los mismos obstáculos que en el Sur. Los traidores y los intrusos incapaces fueron apartados cada vez más, y la época del pánico de Bull Run pertenece al pasado. Los ejércitos de ambos bandos no deben medirse, naturalmente, con el rasero de los grandes ejércitos europeos, ni siquiera con el del antiguo ejército regular de los Estados Unidos. Napoleón podía, en efecto, instruir en los depósitos batallones de reclutas bisoños durante el primer mes, hacerlos marchar durante el segundo y llevarlos ante el enemigo durante el tercero; pero entonces cada batallón recibía un refuerzo suficiente de oficiales y suboficiales experimentados, cada compañía algunos soldados veteranos, y el día de la batalla las tropas jóvenes iban encuadradas en brigadas junto con veteranos y, por así decirlo, enmarcadas por ellos. Todas esas condiciones faltaban en Norteamérica. Sin la considerable masa de experiencia militar que inmigró a Norteamérica a consecuencia de las agitaciones revolucionarias europeas de 1848-1849, la organización del ejército de la Unión habría exigido un plazo mucho más largo todavía. El número muy pequeño de muertos y heridos en proporción al total de hombres empeñados (por lo general, uno de cada veinte) prueba que la mayoría de los combates, incluso los más recientes en Kentucky y Tennessee, se libraron principalmente con armas de fuego a distancias bastante grandes y que las cargas a la bayoneta ocasionales o bien se detuvieron pronto ante el fuego enemigo o bien pusieron en fuga al enemigo antes de llegar al cuerpo a cuerpo. Entretanto, la nueva campaña se ha abierto con mejores auspicios, con el avance victorioso de Buell y Halleck[^3] a través de Kentucky y Tennessee.

Tras la reconquista de Misuri y de Virginia occidental, la Unión abrió la campaña con el avance en Kentucky. Aquí los secesionistas tenían tres posiciones fuertes, campamentos atrincherados: Columbus, sobre el Misisipi, a su izquierda; Bowling Green en el centro; Mill Springs, sobre el río Cumberland, a la derecha. Su línea se extendía a lo largo de 300 millas de oeste a este. La extensión de esa línea quitaba a los tres cuerpos la posibilidad de apoyarse mutuamente y ofrecía a las tropas de la Unión la ocasión de atacar a cada uno por separado con fuerzas superiores. El gran error del despliegue de los secesionistas nació del intento de tenerlo todo ocupado. Un único campamento central fuerte y atrincherado, destinado a ser el campo de batalla de un encuentro decisivo y defendido por el grueso del ejército, habría defendido Kentucky de modo incomparablemente más eficaz. O bien habría atraído a la fuerza principal de los unionistas, o bien los habría puesto en una situación peligrosa si intentaban avanzar sin tener en cuenta una concentración de tropas tan fuerte.

En las circunstancias dadas, los unionistas decidieron atacar esos tres campamentos uno tras otro, sacar al enemigo de ellos por la maniobra y obligarle a aceptar el combate en campo abierto. Este plan, que respondía a todas las reglas del arte de la guerra, se ejecutó con rapidez y energía. Hacia mediados de enero, un cuerpo de unos 15.000 unionistas marchó sobre Mill Springs, ocupado por 20.000 secesionistas. Los unionistas maniobraron de manera que el enemigo creyese que solo tenía delante un débil destacamento volante. El general Zollicoffer[^4] cayó en seguida en la trampa, salió de su campamento atrincherado y atacó a los unionistas. Pronto se convenció de que tenía enfrente una fuerza superior. Cayó, y sus tropas sufrieron una derrota tan completa como la de los unionistas en Bull Run. Pero esta vez la victoria se explotó de manera muy distinta. El ejército vencido fue perseguido de cerca hasta que llegó, deshecho, desmoralizado, sin artillería de campaña ni bagajes, a su campamento de Mill Springs. Ese campamento estaba levantado en la orilla norte del río Cumberland, de modo que, en caso de otra derrota, las tropas no tenían más retirada que cruzar el río por medio de unos pocos vapores y barcas fluviales. Vemos, por lo demás, que casi todos los campamentos secesionistas estaban levantados en el lado *enemigo* del río. Tomar una posición así no solo es correcto, sino muy práctico, si se tiene un puente a la espalda. En ese caso el campamento sirve de cabeza de puente y da a quienes lo ocupan la posibilidad de lanzar sus fuerzas a voluntad sobre cualquiera de las dos orillas y obtener así el dominio completo del río. En cambio, un campamento en el lado enemigo del río, sin puente a la espalda, corta la retirada tras un combate desgraciado y obliga a las tropas a capitular, o las expone a la matanza y a ahogarse, como les ocurrió a los unionistas en Ball's Bluff, en el lado enemigo del Potomac, adonde los había enviado la traición del general Stone.[^5]

Cuando los secesionistas vencidos llegaron a su campamento de Mill Springs, comprendieron en seguida que un ataque enemigo contra sus atrincheramientos o bien tenía que ser rechazado o bien acabaría muy pronto en capitulación. Tras la experiencia de la mañana habían perdido la confianza en su capacidad de resistencia. Por eso, cuando los unionistas avanzaron al día siguiente para atacar el campamento, descubrieron que el enemigo había aprovechado la noche para cruzar el río, abandonando el campamento, los bagajes, la artillería y las provisiones. De este modo, el extremo derecho de la línea secesionista quedó rechazado hasta Tennessee, y Kentucky oriental, donde la masa de la población era hostil al partido esclavista, fue reconquistado para la Unión.

Por la misma época, hacia mediados de enero, empezaron los preparativos para desalojar a los secesionistas de Columbus y Bowling Green. Se tuvo dispuesta una fuerte flotilla de lanchas de morteros y cañoneras acorazadas y se hizo correr por todas partes la noticia de que iba a escoltar a un numeroso ejército que marcharía a lo largo del Misisipi, de Cairo a Memphis y Nueva Orleans. Pero todas las demostraciones en el Misisipi eran simples maniobras de distracción. En el momento decisivo, las cañoneras fueron llevadas al Ohio y de allí al Tennessee, que remontaron hasta Fort Henry. Esta plaza, junto con Fort Donelson, sobre el río Cumberland, formaba la segunda línea de defensa de los secesionistas en Tennessee. La posición estaba bien elegida, pues en caso de retirada tras el Cumberland, este río habría cubierto su frente y el Tennessee su flanco izquierdo, mientras que la estrecha franja de tierra entre los dos ríos quedaba suficientemente cubierta por los dos fuertes mencionados. Pero la rápida acción de los unionistas rompió la propia segunda línea antes de que fuesen atacados el ala izquierda y el centro de la primera.

En la primera semana de febrero aparecieron las cañoneras de los unionistas ante Fort Henry, que se rindió tras un breve bombardeo. La guarnición escapó a Fort Donelson, porque la fuerza de tierra de la expedición no era bastante fuerte para cercar la plaza. Las cañoneras bajaron entonces de nuevo por el Tennessee, subieron por el Ohio y de allí remontaron el Cumberland hasta Fort Donelson. Una sola cañonera remontó audazmente el Tennessee, atravesando el corazón del estado de Tennessee, rozando el estado de Misisipi y avanzando hasta Florence, en el norte de Alabama, donde una serie de pantanos y bancos (conocidos con el nombre de Muscle Shoals) impide seguir navegando. El hecho de que una sola cañonera hiciese ese largo viaje de al menos 150 millas y regresase después sin sufrir ningún ataque prueba que a lo largo del río predomina el sentimiento unionista, que favorecerá mucho a las tropas de la Unión si llegan a avanzar tanto.

La expedición fluvial del Cumberland combinó entonces sus movimientos con los de las fuerzas de tierra a las órdenes de los generales Halleck y Grant. Los secesionistas de Bowling Green fueron engañados sobre los movimientos de los unionistas. Por eso permanecieron tranquilos en su campamento mientras, una semana después de la caída de Fort Henry, Fort Donelson era cercado por tierra por 40.000 unionistas y amenazado por el lado del río por una fuerte flotilla de cañoneras. Como el campamento de Mill Springs y Fort Henry, Fort Donelson tenía el río a la espalda, sin puente para la retirada. Era la plaza más fuerte que los unionistas habían atacado hasta entonces. Las obras estaban hechas con mayor esmero; además, la plaza era lo bastante amplia para alojar a los 20.000 hombres que la ocupaban. El primer día del ataque, las cañoneras acallaron el fuego de las baterías orientadas hacia el río y bombardearon el interior de las obras de defensa, mientras las tropas de tierra hacían retroceder a las avanzadas enemigas y obligaban al grueso de los secesionistas a buscar refugio justo bajo los cañones de sus propias obras de defensa. El segundo día, las cañoneras, que habían sufrido mucho la víspera, parecen haber conseguido poca cosa. En cambio, las tropas de tierra tuvieron que librar una batalla larga, y en algunos puntos encarnizada, contra las columnas de la guarnición, que intentaban romper el ala derecha enemiga para asegurarse la línea de retirada hacia Nashville. Pero un enérgico ataque del ala derecha unionista contra el ala izquierda de los secesionistas y los considerables refuerzos que recibió el ala izquierda de los unionistas decidieron la victoria a favor de los atacantes. Varias obras exteriores habían sido tomadas al asalto. La guarnición, encerrada en sus líneas de defensa interiores, sin posibilidad de retirada y, al parecer, sin condiciones para resistir un ataque a la mañana siguiente, se rindió al otro día sin condiciones.

Con Fort *Donelson* cayeron en manos de los unionistas la artillería, los bagajes y los pertrechos de guerra del enemigo; 30.000 secesionistas se rindieron el día de la toma, 1.000 más al día siguiente, y en cuanto aparecieron las avanzadas de los vencedores ante Clarksville, una ciudad situada más arriba en el río Cumberland, esta abrió sus puertas. También aquí tenían acumuladas los secesionistas considerables provisiones.

La toma de Fort Donelson solo plantea *un* enigma: la huida del general Floyd[^6] con 5.000 hombres el segundo día del bombardeo. Esos fugitivos eran demasiado numerosos para sacarlos a escondidas durante la noche en vapores. Con algunas precauciones por parte de los atacantes, no habrían podido escapar.

Siete días después de la rendición de Fort Donelson, Nashville fue ocupada por los federales. La distancia entre las dos localidades es de unas 100 millas inglesas, y una marcha de 15 millas diarias, por caminos pésimos y en la estación más desfavorable, honra a las tropas de la Unión. Al recibir la noticia de la caída de Fort Donelson, los secesionistas evacuaron Bowling Green; una semana después abandonaron Columbus y se retiraron a una isla del Misisipi, 45 millas más al sur.[^7] Así, Kentucky fue reconquistado por entero para la Unión. Pero Tennessee solo pueden conservarlo los secesionistas si ofrecen y ganan una gran batalla. Se dice, en efecto, que han concentrado con ese fin 65.000 hombres. Pero nada impide a los unionistas oponerles una fuerza superior.

La dirección de la campaña de Kentucky, de Somerset a Nashville, merece los mayores elogios. La reconquista de un territorio tan extenso, el avance del Ohio al Cumberland en un solo mes, muestra una energía, una decisión y una rapidez que rara vez han alcanzado los ejércitos regulares de Europa. Compárese, por ejemplo, el lento avance de los aliados de Magenta a Solferino en 1859, sin perseguir al enemigo en retirada, sin intentar cortarle los rezagados y menos aún envolver y cercar unidades enteras suyas.

Halleck y Grant, en particular, ofrecen buenos ejemplos de conducción decidida de la guerra. Sin la menor consideración por Columbus ni por Bowling Green, concentran sus fuerzas sobre los puntos decisivos, Fort Henry y Fort Donelson, los atacan con rapidez y energía, y con ello precisamente hacen insostenibles Columbus y Bowling Green. Luego marchan en seguida sobre Clarksville y Nashville, sin dejar a los secesionistas en retirada tiempo para ocupar nuevas posiciones en el norte de Tennessee. Durante esta rápida persecución, el cuerpo de tropas secesionista de Columbus queda completamente cortado del centro y del ala derecha de su ejército. Los periódicos ingleses han censurado sin razón esta operación. Aun si el ataque contra Fort Donelson hubiese fracasado, los secesionistas de Bowling Green, ocupados por el general Buell, no podían destacar hombres suficientes para que la guarnición pudiese seguir a los unionistas rechazados en campo abierto o poner en peligro su retirada. Columbus, por otro lado, estaba tan lejos que no podía intervenir en absoluto en los movimientos de Grant. De hecho, una vez que los unionistas limpiaron Misuri de secesionistas, Columbus se convirtió para estos en un puesto completamente inútil. Las tropas que formaban su guarnición tuvieron que apresurar mucho su retirada hacia Memphis o incluso hacia Arkansas para escapar al peligro de una rendición sin gloria.

A consecuencia de la limpieza de Misuri y de la reconquista de Kentucky, el teatro de la guerra se ha estrechado tanto que los distintos ejércitos pueden, hasta cierto punto, actuar de consuno a lo largo de toda la línea de operaciones y trabajar para alcanzar resultados determinados. Dicho de otro modo, solo ahora toma la guerra un carácter *estratégico*, y la configuración geográfica del país cobra un nuevo interés. La tarea de los generales del Norte es ahora encontrar el talón de Aquiles en los estados algodoneros.

Hasta la toma de Nashville no era posible ninguna acción estratégica común entre el ejército de Kentucky y el ejército del Potomac. Estaban demasiado alejados uno de otro. Estaban en la misma línea de frente, pero sus líneas de operaciones eran completamente distintas. Solo con el avance victorioso en Tennessee pasaron los movimientos del ejército de Kentucky a ser importantes para todo el teatro de la guerra.

Los periódicos norteamericanos influidos por McClellan[^8] hacen mucho ruido con la teoría del estrangulamiento de la anaconda. Según ella, una inmensa línea de ejércitos debe ceñir la rebelión, ir apretando poco a poco sus anillos y acabar estrangulando al enemigo. Esto es puramente pueril. Es un refrito del llamado *sistema de cordón*, inventado en Austria hacia 1770 y aplicado con tanta obstinación y con fracaso tan constante contra los franceses de 1792 a 1797. En Jemappes, Fleurus y muy especialmente en Montenotte, Millesimo, Dego, Castiglione y Rivoli se acabó con ese sistema. Los franceses partieron en dos la «anaconda» golpeando en un punto en el que habían concentrado fuerzas superiores. Luego fueron despedazando uno tras otro los trozos de la «anaconda».

En los estados bien poblados y más o menos centralizados hay siempre un centro cuya ocupación por el enemigo quebraría la resistencia nacional. París es un ejemplo brillante. Pero los estados esclavistas no tienen un centro así. Están poco poblados, con pocas ciudades grandes, y todas ellas en la costa. La cuestión es, pues: ¿existe pese a todo un centro de gravedad militar cuya toma rompa la espina dorsal de su resistencia, o son, como todavía lo era Rusia en 1812, imposibles de conquistar sin ocupar cada pueblo y cada palmo de tierra, en una palabra, toda la periferia?

Échese una ojeada a la forma geográfica de Secesia, con su larga franja costera en el océano Atlántico y su larga franja costera en el golfo de México. Mientras los confederados conservaban Kentucky y Tennessee, el conjunto formaba una gran masa compacta. La pérdida de esos dos estados clava en su territorio una cuña inmensa que separa los estados del Atlántico norte de los estados del golfo de México. El camino directo de Virginia y las dos Carolinas a Texas, Luisiana, Misisipi y en parte incluso a Alabama pasa por Tennessee, ocupado ahora por los unionistas. El *único* camino que, una vez conquistado por completo Tennessee por la Unión, une las dos secciones de los estados esclavistas pasa por Georgia. Esto prueba que *Georgia es la llave de Secesia*. Con la pérdida de Georgia, la Confederación quedaría cortada en dos secciones que habrían perdido toda comunicación entre sí. Y en una reconquista de Georgia por los secesionistas apenas cabría pensar, porque las fuerzas unionistas estarían concentradas en una posición central, mientras que sus adversarios, separados en dos campos, a duras penas podrían reunir fuerzas suficientes para un ataque común.

¿Haría falta para semejante operación conquistar toda Georgia con la costa de Florida? En absoluto. En un país donde las comunicaciones, sobre todo entre puntos alejados, dependen mucho más de los ferrocarriles que de las carreteras, basta con apoderarse de los ferrocarriles. La línea férrea más meridional entre los estados del golfo de México y la costa atlántica pasa por Macon y Gordon, cerca de Milledgeville.[^9]

La ocupación de esos dos puntos partiría, pues, en dos a Secesia y permitiría a los unionistas batir una parte tras otra. De lo dicho se desprende a la vez que ninguna república del Sur es viable sin la posesión de Tennessee. Sin Tennessee, el punto vital de Georgia queda solo a ocho o diez jornadas de marcha de la frontera; el Norte tendría siempre el puño en la garganta del Sur, y a la menor presión el Sur tendría que ceder o volver a luchar por su vida, en circunstancias en que una sola derrota le cortaría toda perspectiva de éxito.

De las consideraciones anteriores se sigue:

El Potomac *no* es la posición más importante del teatro de la guerra. La toma de Richmond y el avance del ejército del Potomac más hacia el sur, difícil por los muchos ríos que cortan la línea de marcha, podrían producir moralmente un efecto enorme. Desde el punto de vista puramente militar no decidirían *nada*.

La decisión de la campaña corresponde al ejército de Kentucky, que ahora se encuentra en Tennessee. Por un lado, ese ejército es el que está más cerca de los puntos decisivos; por otro, ocupa un territorio sin el cual la secesión no es viable. Por eso habría que reforzar ese ejército a costa de todos los demás y sacrificando todas las operaciones menores. Sus próximos objetivos de ataque serían Chattanooga y Dalton, en el alto Tennessee, los nudos ferroviarios más importantes de todo el Sur. Una vez ocupados, la comunicación entre los estados orientales y occidentales de Secesia quedaría reducida a las líneas de Georgia. Se trataría luego de cortar, con Atlanta y Georgia, otra línea de ferrocarril y, por último, de destruir con la toma de Macon y Gordon la última comunicación entre las dos secciones.

Si, por el contrario, se sigue el plan Anaconda, la guerra puede prolongarse indefinidamente pese a todos los éxitos parciales, e incluso en el Potomac, mientras las dificultades financieras y, a la vez, las complicaciones diplomáticas ganan nuevo margen.

[^1]: James Buchanan (1791-1868), presidente de los Estados Unidos de 1857 a 1861, demócrata complaciente con los esclavistas; varios miembros de su gabinete prepararon la secesión desde sus cargos.

[^2]: Primera batalla de Bull Run o de Manassas (Virginia), 21 de julio de 1861, en la que el ejército de la Unión fue derrotado y huyó en desbandada hacia Washington.

[^3]: Don Carlos Buell (1818-1898), general de la Unión, al mando del ejército del Ohio; Henry Wager Halleck (1815-1872), general de la Unión, al mando del departamento del Misuri.

[^4]: Felix Kirk Zollicoffer (1812-1862), general confederado, muerto en la batalla de Mill Springs (19 de enero de 1862).

[^5]: Charles Pomeroy Stone (1824-1887), general de la Unión, hecho responsable de la derrota de Ball's Bluff (21 de octubre de 1861) y encarcelado en febrero de 1862 sin juicio, por sospechas de deslealtad que nunca se probaron.

[^6]: John Buchanan Floyd (1806-1863), ministro de la Guerra de Buchanan y luego general confederado, huyó de Fort Donelson antes de la capitulación.

[^7]: La isla Número Diez, en el Misisipi.

[^8]: George Brinton McClellan (1826-1885), general en jefe de los ejércitos de la Unión de noviembre de 1861 a marzo de 1862. El «plan Anaconda» de bloqueo y cerco del Sur lo había propuesto en 1861 el general Winfield Scott.

[^9]: En la MEW, «Cordon». Gordon (Georgia), estación del ferrocarril Central de Georgia cerca de Milledgeville, entonces capital del estado.
