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Title: La miseria obrera en Inglaterra (1862)
Description: Correspondencia de Marx para Die Presse de Viena en plena crisis del algodón: la aristocracia terrateniente y los fabricantes se echan en cara quién ha exprimido más a los obreros y quién debe menos para socorrerlos, mientras una obrera de Yorkshire muere de hambre a la espera de la beneficencia oficial.
Author: Karl Marx
Date: 1862-09-20
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1862%20La%20miseria%20obrera%20en%20Inglaterra
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*Escrito en alemán por Karl Marx en Londres hacia el 20 de septiembre de 1862 y publicado en* Die Presse *(Viena), núm. 266, del 27 de septiembre de 1862. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 544-547), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1862%20Die%20Arbeiternot%20in%20England).*

Desde hace dos meses se libra en la prensa de aquí una polémica cuyas actas ofrecerán sin duda al futuro historiador de la sociedad inglesa un interés incomparablemente mayor que todos los catálogos de la gran Exposición,[^1] ilustrados o sin ilustrar.

Se recordará que poco antes de clausurarse el Parlamento, a toda prisa y a instancias de los grandes industriales, se hizo pasar por las dos Cámaras un proyecto de ley que eleva el impuesto de pobres en los municipios de Lancashire y Yorkshire.[^2] Esta medida, de efectos muy limitados en sí misma, afecta sobre todo a las pequeñas clases medias de los distritos fabriles, mientras que a los *landlords* (grandes propietarios de tierras) y a los *cottonlords* (los lores del algodón) apenas los roza. Durante el debate de ese proyecto Palmerston dejó caer duras palabras contra los *cottonlords*, cuyos obreros se morían de hambre en las calles mientras ellos amontonaban riqueza sobre riqueza comprando y vendiendo algodón con fines especulativos. También su *masterly inaction* («inactividad magistral») durante la crisis la explicó por motivos «especulativos». Ya en la apertura de la legislatura lord Derby[^3] había declarado que la escasez de algodón se les había aparecido a los fabricantes como un *deus ex machina*, porque una enorme saturación de los mercados tenía que desencadenar la crisis más terrible si la guerra civil norteamericana no hubiera cortado de golpe el suministro de la materia prima. Cobden, como portavoz de los industriales, respondió con una diatriba de tres días contra la política exterior de Palmerston.

Aplazado el Parlamento, la lucha continuó en la prensa. Los llamamientos al público inglés para socorrer a la población obrera que sufría y las dimensiones siempre crecientes de la miseria en los distritos fabriles ofrecían cada día nuevos motivos para proseguirla. El *Morning Star* y otros órganos de los industriales recordaron que el conde de Derby y todo un enjambre de aristócratas debían sus rentas anuales de la tierra, de 300.000 libras esterlinas y más, procedentes de fincas situadas en los distritos fabriles, únicamente a la industria, en la que nunca habían tomado parte y que había dado por arte de magia su precio actual a un suelo antes sin valor. El *Morning Star* llegó a fijar las contribuciones benéficas a que estaban obligados Derby y otros grandes *landlords*. La de Derby, por ejemplo, la tasó en 30.000 libras. Lord Derby convocó en efecto, poco después del aplazamiento del Parlamento, un mitin en Manchester para suscribir donativos. Se impuso a sí mismo 1.000 libras, y los demás grandes terratenientes suscribieron sumas proporcionadas. El resultado no fue brillante, pero al menos la aristocracia de la tierra había hecho algo. Se golpeó el pecho con un «*Salvavi animam meam!*».[^4]

Entretanto, los grandes dignatarios de la industria algodonera persistían en su actitud «estoica». No se les encuentra en ninguna parte, ni en los comités locales que se formaron para aliviar la miseria ni en el comité de Londres. *They are neither here nor there, but they are on the Liverpool market* («No están ni aquí ni allí, sino en el mercado de Liverpool»), dice un periódico londinense. Los periódicos tories y el *Times* tronan ahora a diario contra los déspotas del algodón, que han chupado millones «de la carne y la sangre de los obreros» y ahora se niegan a aportar siquiera unos peniques para conservar «la fuente de su riqueza». El *Times* ha enviado a los distritos fabriles reporteros propios, cuyas descripciones muy detalladas no contribuyen precisamente a hacer populares a los *cottonlords*. En cambio, los órganos industriales —el *Morning Star*, el *Economist*, el *Manchester Guardian*, etc.— acusan al *Times* de atizar la lucha de clases para tapar la culpa del Gobierno, su gestión en la India, etc. Más aún: se acusa al *Times* de «tendencias comunistas». El *Times*, visiblemente encantado con esta ocasión de reconquistar su popularidad, responde con burla mordaz: si por un lado los *cottonlords* proceden con mucho espíritu economista, en cuanto explotan especulativamente la actual escasez de algodón, por el otro son comunistas empedernidos, y además «comunistas de la peor especie». Esos ricos señores exigen que Inglaterra abra la bolsa para conservarles, sin gasto alguno para ellos, la parte más valiosa de su capital. Porque su capital no consiste solo en fábricas, maquinaria y saldos en el banco, sino mucho más aún en los bien disciplinados ejércitos obreros de Lancashire y Yorkshire. ¡Y mientras los señores cierran sus fábricas para vender la materia prima con un 500 por ciento de beneficio, exigen que el pueblo inglés mantenga en pie a sus ejércitos licenciados!

Mientras dura esta extraña disputa entre la aristocracia de la tierra y la aristocracia de las fábricas —sobre cuál de las dos ha exprimido más a la clase obrera y cuál está menos obligada a hacer algo contra la miseria obrera—, a los propios pacientes les ocurren cosas de las que los admiradores continentales de la *great exhibition* no tienen ni idea. El suceso que expongo en las líneas siguientes está comprobado oficialmente.

En un pequeño *cottage* de Gauxholme, en las cercanías de Padmonden (West Riding de Yorkshire),[^5] vivía un padre con sus dos hijas; el padre, viejo y achacoso; las muchachas se ganaban el pan como obreras en la fábrica de algodón de los señores Halliwell. Ocupaban un cuarto miserable en la planta baja, a pocos pies de un arroyo inmundo, y por encima de su ventana una escalera daba acceso a los habitantes del piso de arriba, de modo que la luz quedaba cortada a la lóbrega vivienda. En los mejores tiempos ganaban apenas lo justo para «mantener juntos el cuerpo y el alma»; pero en las últimas 15 semanas se les secó la única fuente de sustento. La fábrica se cerró; la familia ya no tenía medios para procurarse una comida. Paso a paso la miseria la arrastró a su abismo. Cada hora la acercaba a la tumba. Los escasos ahorros se agotaron pronto. Les llegó el turno al pobre mobiliario, a la ropa, a la ropa blanca y a todo lo que pudiera venderse o empeñarse, para convertirlo en pan. Es seguro que durante las 14 semanas en que no ganaron ni un *farthing*[^6] no pidieron ni siquiera la ayuda de la parroquia.

Para colmo de tormento, el viejo llevaba un mes enfermo y sin poder dejar la cama. La tragedia de Ugolino y sus hijos[^7] se repitió, sin su canibalismo, en la choza de Padmonden. En la última desesperación, hace unos ocho días (el 12), la más fuerte de las dos muchachas se decidió por fin, fue a ver al inspector de pobres y le contó la triste historia. Este señor, por increíble que parezca, respondió que no podía hacer nada por la familia hasta el miércoles siguiente. Cinco días más debían seguir consumiéndose los tres pobres desdichados hasta que el poderoso alguacil se dignara por fin prestar ayuda. La familia esperó: no podía hacer otra cosa. Cuando llegó por fin el miércoles fijado, en que la benevolencia oficial iba a arrojar una miga de pan a la familia herida por el hambre, el pueblo se sobresaltó con el rumor de que una de las hermanas había muerto de hambre. El terrible rumor era demasiado cierto. Tendido sobre un mísero catre, en medio de los símbolos de la miseria más espantosa, yacía el cadáver de la muchacha muerta de hambre, mientras su padre, consumido y desvalido, sollozaba en su cama y la hermana superviviente apenas conservaba fuerzas para contar la historia de sus sufrimientos. Sabemos por experiencia a qué conducirá este caso atroz, que hoy en día no es en absoluto excepcional. Se celebrará una encuesta judicial. El *coroner* (el juez de instrucción de las muertes)[^8] se extenderá largamente sobre el espíritu benévolo de la ley de pobres inglesa y volverá a aducir la excelencia de la maquinaria dispuesta para aplicarla como prueba *prima facie* de que la ley no puede ser en modo alguno responsable del triste accidente. El inspector de pobres saldrá limpio y, si no recibe los calurosos cumplidos del tribunal, se enterará al menos, para su tranquilidad, de que sobre él no recae la más mínima mancha. El jurado, por último, coronará la solemne comedia con el veredicto: *Died by the visitation of God* («Muerta por voluntad de Dios»).

[^1]: La Exposición Internacional de Londres de 1862, abierta de mayo a noviembre en South Kensington.

[^2]: La Union Relief Aid Act, aprobada en agosto de 1862 para los distritos algodoneros, que repartía entre las parroquias de cada distrito la carga extraordinaria de la ayuda a los pobres.

[^3]: Edward Geoffrey Smith Stanley, conde de Derby (1799-1869), jefe del Partido Conservador, gran terrateniente de Lancashire.

[^4]: «¡He salvado mi alma!»: fórmula tomada de la Vulgata (Ezequiel 3, 19).

[^5]: Así en la MEW. Se trata de Todmorden, en el límite entre Yorkshire y Lancashire; Gauxholme es un barrio de esa localidad.

[^6]: Moneda de un cuarto de penique, la más pequeña de la moneda inglesa.

[^7]: El conde Ugolino della Gherardesca, encerrado en 1288 con sus hijos y nietos en una torre de Pisa, donde murieron de hambre; en el canto XXXIII del *Infierno* de Dante se sugiere que acabó devorando sus cadáveres.

[^8]: Funcionario encargado de investigar, con un jurado, las muertes violentas o sospechosas.
