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Title: Salario, precio y ganancia (1865)
Description: El informe que Marx leyó ante el Consejo General de la Internacional en junio de 1865 para defender la lucha por los salarios y los sindicatos: la primera exposición, sencilla y condensada, de su teoría del valor, de la fuerza de trabajo y de la plusvalía, dos años antes de El capital.
Author: Karl Marx
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1865%20Salario%2C%20precio%20y%20ganancia
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*Informe leído en inglés por Karl Marx ante el Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores, en Londres, en las sesiones del 20 y el 27 de junio de 1865. Marx no lo publicó; el manuscrito apareció entre sus papeles tras la muerte de Engels y lo publicó por primera vez en Londres, en 1898, su hija Eleanor Marx Aveling, que le dio el título* Value, Price and Profit *(«Valor, precio y ganancia»); la traducción alemana que apareció poco después se tituló* Lohn, Preis und Profit, *de donde procede el título consagrado en español,* Salario, precio y ganancia. *La división en capítulos y los títulos entre corchetes son de la edición de 1898, que llevaba además un breve prefacio de Edward Aveling que no reproducimos. Traducido del texto inglés de esa edición (reimpresión de Nueva York, International Publishers, 1969) por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en inglés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1865%20Value%2C%20Price%20and%20Profit).*

## [Preliminar]

Ciudadanos:

Antes de entrar en materia, permitidme unas observaciones preliminares. Reina ahora en el continente una verdadera epidemia de huelgas y un clamor general por la subida de los salarios. La cuestión se planteará en nuestro congreso.[^1] Vosotros, como dirección de la Asociación Internacional, debéis tener convicciones firmes sobre esta cuestión capital. Por mi parte, he creído por eso que era mi deber entrar a fondo en el asunto, aun a riesgo de someter vuestra paciencia a una dura prueba.

Otra observación preliminar se refiere al ciudadano Weston.[^2] No solo os ha propuesto, sino que ha defendido públicamente, en interés de la clase obrera según él cree, unas opiniones que sabe muy impopulares entre la clase obrera. Todos debemos honrar mucho semejante muestra de valor moral. Espero que, pese al estilo sin adornos de mi exposición, al final me encuentre de acuerdo con lo que me parece la idea justa que hay en el fondo de sus tesis, que, sin embargo, en su forma actual no puedo sino considerar teóricamente falsas y prácticamente peligrosas.

Paso, pues, sin más al asunto que nos ocupa.

## I. [Producción y salarios]

La argumentación del ciudadano Weston descansaba, en realidad, sobre dos premisas: primera, que el volumen de la producción nacional es una cosa fija, una cantidad o magnitud constante, como dirían los matemáticos; segunda, que el monto de los salarios reales, es decir, de los salarios medidos por la cantidad de mercancías que pueden comprar, es una suma fija, una magnitud constante.

Pues bien, su primera afirmación es evidentemente errónea. Año tras año veréis que el valor y la masa de la producción aumentan, que aumentan las fuerzas productivas del trabajo nacional y que la cantidad de dinero necesaria para hacer circular esa producción creciente cambia continuamente. Lo que es cierto al final del año, y para distintos años comparados entre sí, es cierto para cada día medio del año. El volumen o la magnitud de la producción nacional cambia continuamente. No es una magnitud constante, sino variable, y, aparte de los cambios de la población, tiene que serlo, por el cambio continuo en la acumulación del capital y en las fuerzas productivas del trabajo. Es completamente cierto que, si hoy se produjera una subida de la tasa general de los salarios, esa subida, fueran cuales fuesen sus efectos ulteriores, no cambiaría por sí misma de inmediato el volumen de la producción. Partiría, en primer lugar, del estado de cosas existente. Pero si antes de la subida de los salarios la producción nacional era variable y no fija, seguirá siendo variable y no fija después de la subida.

Pero supongamos que el volumen de la producción nacional fuera constante en lugar de variable. Aun entonces, lo que nuestro amigo Weston considera una conclusión lógica seguiría siendo una afirmación gratuita. Si tengo un número dado, digamos ocho, los límites absolutos de ese número no impiden que sus partes cambien sus límites relativos. Si las ganancias fueran seis y los salarios dos, los salarios podrían subir a seis y las ganancias bajar a dos, y el total seguiría siendo ocho. El volumen fijo de la producción no probaría en modo alguno que el monto de los salarios sea fijo. ¿Cómo prueba entonces nuestro amigo Weston esa fijeza? Afirmándola.

Pero, aun concediéndole su afirmación, esta cortaría en los dos sentidos, mientras que él solo la aplica en uno. Si el monto de los salarios es una magnitud constante, no puede aumentar ni disminuir. Si los obreros obran neciamente al imponer una subida temporal de los salarios, los capitalistas no obrarían con menos necedad al imponer una baja temporal. Nuestro amigo Weston no niega que, en determinadas circunstancias, los obreros *pueden* imponer una subida de los salarios, pero, como su monto está fijado por naturaleza, tiene que seguirle una reacción. Por otra parte, sabe también que los capitalistas *pueden* imponer una baja de los salarios, y de hecho intentan imponerla continuamente. Según el principio de la constancia de los salarios, en este caso debería seguir una reacción no menos que en el anterior. Los obreros, por lo tanto, al reaccionar contra el intento o el hecho de bajar los salarios, obrarían correctamente. Obrarían, pues, correctamente al imponer *una subida de los salarios*, porque toda *reacción* contra la baja de los salarios es una *acción* a favor de su subida. Según el propio principio del ciudadano Weston, el de la *constancia de los salarios*, los obreros deberían, pues, en determinadas circunstancias, unirse y luchar por una subida de los salarios. Si niega esta conclusión, tiene que renunciar a la premisa de la que se deriva. No debe decir que el monto de los salarios es una *cantidad constante*, sino que, aunque no puede ni debe *subir*, puede y debe *bajar* siempre que al capital le plazca reducirlo. Si al capitalista le place alimentaros con patatas en lugar de carne y con avena en lugar de trigo, tenéis que aceptar su voluntad como una ley de la economía política y someteros a ella. Si en un país la tasa de los salarios es más alta que en otro, por ejemplo en los Estados Unidos más que en Inglaterra, tenéis que explicar esta diferencia en la tasa de los salarios por una diferencia entre la voluntad del capitalista norteamericano y la del capitalista inglés, método que sin duda simplificaría mucho no solo el estudio de los fenómenos económicos, sino el de todos los demás.

Pero incluso entonces podríamos preguntar *por qué* la voluntad del capitalista norteamericano es distinta de la del capitalista inglés. Y para responder a la pregunta hay que salir del dominio de la *voluntad*. Alguien puede decirme que Dios quiere una cosa en Francia y otra en Inglaterra. Si le pido que me explique esta dualidad de voluntad, podría tener el descaro de responderme que Dios quiere tener una voluntad en Francia y otra en Inglaterra. Pero nuestro amigo Weston es sin duda el último hombre capaz de hacer un argumento de semejante negación completa de todo razonamiento.

La *voluntad* del capitalista es, sin duda, tomar todo lo que pueda. Lo que hemos de hacer no es hablar de su *voluntad*, sino investigar su *poder*, los *límites de ese poder* y el *carácter de esos límites*.

## II. [Producción, salarios, ganancias]

La conferencia que nos leyó el ciudadano Weston habría cabido en una cáscara de nuez.

Todo su razonamiento se reducía a esto: si la clase obrera obliga a la clase capitalista a pagar cinco chelines en lugar de cuatro en forma de salario en dinero, el capitalista le devolverá en forma de mercancías el valor de cuatro chelines en lugar del valor de cinco.[^3] La clase obrera tendría que pagar cinco chelines por lo que, antes de la subida de los salarios, compraba con cuatro. Pero ¿por qué ocurre esto? ¿Por qué el capitalista solo devuelve el valor de cuatro chelines por cinco? Porque el monto de los salarios es fijo. Pero ¿por qué está fijado en el valor de cuatro chelines en mercancías? ¿Por qué no en tres, o en dos, o en cualquier otra suma? Si el límite del monto de los salarios lo establece una ley económica, independiente tanto de la voluntad del capitalista como de la del obrero, lo primero que tenía que hacer el ciudadano Weston era enunciar esa ley y probarla. Debería haber probado además que el monto de los salarios pagado efectivamente en cada momento dado corresponde siempre con exactitud al monto necesario de los salarios y nunca se desvía de él. Si, por el contrario, el límite dado del monto de los salarios se funda en la *mera voluntad* del capitalista o en los límites de su avaricia, es un límite arbitrario. No hay en él nada necesario. Puede cambiar *por* la voluntad del capitalista, y puede, por lo tanto, cambiar *contra* su voluntad.

El ciudadano Weston ilustró su teoría diciéndoos que, si una sopera contiene cierta cantidad de sopa que han de comer cierto número de personas, el ensanchamiento de las cucharas no aumentaría la cantidad de sopa. Me permitirá que encuentre esta ilustración un tanto boba.[^4] Me recordó en cierto modo el símil que empleó Menenio Agripa. Cuando los plebeyos romanos se pusieron en huelga contra los patricios romanos, el patricio Agripa les dijo que el vientre patricio alimentaba a los miembros plebeyos del cuerpo político.[^5] Agripa no logró demostrar que se alimenten los miembros de un hombre llenando el vientre de otro. El ciudadano Weston, por su parte, ha olvidado que la sopera de la que comen los obreros está llena con todo el producto del trabajo nacional, y que lo que les impide sacar más de ella no es ni la estrechez de la sopera ni la escasez de su contenido, sino solo la pequeñez de sus cucharas.

¿Con qué artificio puede el capitalista devolver el valor de cuatro chelines por cinco? Subiendo el precio de la mercancía que vende. Ahora bien, ¿la subida, y en general el cambio de los precios de las mercancías, los propios precios de las mercancías, dependen de la mera voluntad del capitalista? ¿O hacen falta, por el contrario, determinadas circunstancias para que esa voluntad se cumpla? Si no fuera así, las subidas y bajadas, las incesantes fluctuaciones de los precios de mercado, se convertirían en un enigma insoluble.

Puesto que suponemos que no se ha producido ningún cambio, ni en las fuerzas productivas del trabajo, ni en la cantidad de capital y de trabajo empleada, ni en el valor del dinero en que se estiman los valores de los productos, sino *solo un cambio en la tasa de los salarios*, ¿cómo podría esa *subida de los salarios* afectar a los *precios de las mercancías*? Solo afectando a la proporción efectiva entre la demanda y la oferta de esas mercancías.

Es completamente cierto que, considerada en conjunto, la clase obrera gasta, y tiene que gastar, sus ingresos en *artículos de primera necesidad*. Una subida general de la tasa de los salarios produciría, pues, un aumento de la demanda de artículos de primera necesidad y, en consecuencia, de sus *precios de mercado*. Los capitalistas que producen esos artículos se resarcirían de la subida de los salarios con la subida de los precios de mercado de sus mercancías. Pero ¿qué pasa con los demás capitalistas, los que *no* producen artículos de primera necesidad? Y no debéis imaginar que son pocos. Si consideráis que dos tercios del producto nacional los consume una quinta parte de la población —un miembro de la Cámara de los Comunes dijo hace poco que solo una séptima parte—, comprenderéis qué proporción inmensa del producto nacional tiene que producirse en forma de artículos de lujo o *cambiarse* por artículos de lujo, y qué cantidad inmensa de los propios artículos de primera necesidad tiene que derrocharse en lacayos, caballos, gatos, etc., derroche que, como sabemos por experiencia, se reduce siempre mucho cuando suben los precios de los artículos de primera necesidad.

Pues bien, ¿cuál sería la situación de esos capitalistas que *no* producen artículos de primera necesidad? No podrían resarcirse de la *caída de la tasa de ganancia* consiguiente a la subida general de los salarios con una *subida del precio de sus mercancías*, porque la demanda de esas mercancías no habría aumentado. Sus ingresos habrían disminuido, y con esos ingresos disminuidos tendrían que pagar más por la misma cantidad de artículos de primera necesidad, ahora más caros. Pero eso no sería todo. Al haber disminuido sus ingresos, tendrían menos que gastar en artículos de lujo y, por lo tanto, disminuiría la demanda recíproca de sus respectivas mercancías. A consecuencia de esa menor demanda, bajarían los precios de sus mercancías. En esas ramas de la industria, por lo tanto, *la tasa de ganancia caería*, no simplemente en proporción a la subida general de la tasa de los salarios, sino en la razón compuesta de la subida general de los salarios, la subida de los precios de los artículos de primera necesidad y la baja de los precios de los artículos de lujo.

¿Cuál sería la consecuencia de *esta diferencia entre las tasas de ganancia* de los capitales invertidos en las distintas ramas de la industria? Pues la que se produce en general siempre que, por la razón que sea, la *tasa media de ganancia* llega a ser distinta en las distintas esferas de la producción. El capital y el trabajo se trasladarían de las ramas menos remuneradoras a las más remuneradoras, y este proceso de traslado continuaría hasta que la oferta hubiera aumentado en un sector de la industria en proporción a la mayor demanda y hubiera disminuido en los demás sectores en proporción a la menor demanda. Producido este cambio, la tasa general de ganancia volvería a *igualarse* en las distintas ramas. Como todo el trastorno nació originariamente de un mero cambio en la proporción entre la demanda y la oferta de distintas mercancías, al cesar la causa cesaría el efecto, y los PRECIOS volverían a su nivel y a su equilibrio anteriores. En vez de limitarse a algunas ramas de la industria, *la caída de la tasa de ganancia* consiguiente a la subida de los salarios se habría hecho general. Según nuestro supuesto, no se habría producido ningún cambio en las fuerzas productivas del trabajo ni en el volumen total de la producción, pero *ese volumen dado de producción habría cambiado de forma*. Una parte mayor del producto existiría en forma de artículos de primera necesidad y una parte menor en forma de artículos de lujo; o, lo que viene a ser lo mismo, se cambiaría una parte menor por artículos de lujo extranjeros y se consumiría en su forma original; o, lo que de nuevo viene a ser lo mismo, una parte mayor del producto nacional se cambiaría por artículos de primera necesidad extranjeros en lugar de por artículos de lujo. La subida general de la tasa de los salarios, por lo tanto, después de una perturbación pasajera de los precios de mercado, solo daría como resultado una caída general de la tasa de ganancia, sin ningún cambio permanente en los precios de las mercancías. Si se me dice que en el razonamiento anterior supongo que todo el excedente de salario se gasta en artículos de primera necesidad, respondo que he hecho la suposición más favorable a la opinión del ciudadano Weston. Si el excedente de salario se gastara en artículos que antes no entraban en el consumo de los obreros, el aumento real de su poder adquisitivo no necesitaría prueba. Pero, como procede únicamente de una subida de los salarios, ese aumento de su poder adquisitivo tiene que corresponder exactamente a la disminución del poder adquisitivo de los capitalistas. La *demanda total* de mercancías, por lo tanto, no *aumentaría*, sino que *cambiarían* las partes que la componen. El aumento de la demanda por un lado quedaría contrarrestado por la disminución de la demanda por el otro. Así, al permanecer estacionaria la demanda total, no podría producirse ningún cambio en los precios de mercado de las mercancías. Llegáis, pues, a este dilema: o el excedente de salario se gasta por igual en todos los artículos de consumo —y entonces la expansión de la demanda por parte de la clase obrera tiene que compensarse con la contracción de la demanda por parte de la clase capitalista—, o el excedente de salario se gasta solo en algunos artículos cuyos precios de mercado subirán temporalmente. La consiguiente subida de la tasa de ganancia en unas ramas de la industria y la consiguiente caída en otras producirán un cambio en la distribución del capital y del trabajo, que continuará hasta que la oferta se haya elevado a la mayor demanda en un sector de la industria y se haya reducido a la menor demanda en los demás. En el primer supuesto no se producirá ningún cambio en los precios de las mercancías. En el otro, después de algunas fluctuaciones de los precios de mercado, los valores de cambio de las mercancías volverán a su nivel anterior. En ambos supuestos, la subida general de la tasa de los salarios no dará en definitiva otro resultado que una caída general de la tasa de ganancia.

Para estimular vuestra imaginación, el ciudadano Weston os pidió que pensarais en las dificultades que provocaría una subida general de los salarios agrícolas ingleses de nueve chelines a dieciocho. ¡Pensad, exclamó, en el inmenso aumento de la demanda de artículos de primera necesidad y en la consiguiente subida espantosa de sus precios! Ahora bien, todos sabéis que el salario medio del jornalero agrícola norteamericano es más del doble que el del jornalero agrícola inglés, aunque los precios de los productos agrícolas son más bajos en los Estados Unidos que en el Reino Unido, aunque las relaciones generales entre el capital y el trabajo son en los Estados Unidos las mismas que en Inglaterra y aunque el volumen anual de la producción es mucho menor en los Estados Unidos que en Inglaterra. ¿Por qué, entonces, toca nuestro amigo esa campana de alarma? Sencillamente, para desviar la verdadera cuestión que tenemos delante. Una subida repentina de los salarios de nueve chelines a dieciocho sería una subida repentina del 100 por ciento. Pero no estamos discutiendo en absoluto si la tasa general de los salarios en Inglaterra podría aumentar de repente en un 100 por ciento. No tenemos nada que ver con la *magnitud* de la subida, que en cada caso práctico tiene que depender de las circunstancias dadas y ajustarse a ellas. Solo tenemos que investigar cómo actuará una subida general de la tasa de los salarios, aunque se limite al uno por ciento.

Dejando a un lado la subida imaginaria del 100 por ciento del amigo Weston, os propongo que fijéis vuestra atención en la subida real de los salarios que se produjo en Gran Bretaña de 1849 a 1859.

Todos conocéis la ley de las diez horas, o más bien de las diez horas y media, vigente desde 1848.[^6] Ha sido uno de los mayores cambios económicos que hemos presenciado. Fue una subida repentina y obligatoria de los salarios, no en algunos oficios locales, sino en las principales ramas industriales con las que Inglaterra domina los mercados del mundo. Fue una subida de los salarios en circunstancias singularmente desfavorables. El doctor Ure, el profesor Senior[^7] y todos los demás portavoces económicos oficiales de la clase media[^8] *demostraron*, y debo decir que con razones mucho más sólidas que las de nuestro amigo Weston, que sería el toque de difuntos de la industria inglesa. Demostraron que no equivalía a una simple subida de los salarios, sino a una subida de los salarios iniciada por una disminución de la cantidad de trabajo empleada y basada en ella. Afirmaron que la duodécima hora que se quería quitar al capitalista era justamente la única hora de la que obtenía su ganancia. Amenazaron con una disminución de la acumulación, subida de los precios, pérdida de mercados, reducción de la producción, la consiguiente repercusión sobre los salarios y, finalmente, la ruina. Declararon, en efecto, que las leyes del máximo de Maximiliano Robespierre[^9] eran poca cosa comparadas con ella; y en cierto sentido tenían razón. Pues bien, ¿cuál fue el resultado? Una subida de los salarios en dinero de los obreros fabriles, pese a la reducción de la jornada de trabajo; un gran aumento del número de obreros empleados en las fábricas; una baja continua de los precios de sus productos; un desarrollo maravilloso de las fuerzas productivas de su trabajo; una expansión progresiva inaudita de los mercados para sus mercancías. En Manchester, en la reunión de 1860 de la Asociación para el Progreso de la Ciencia, oí yo mismo al señor Newman confesar que él, el doctor Ure, Senior y todos los demás expositores oficiales de la ciencia económica se habían equivocado, mientras que el instinto del pueblo había acertado.[^10] Menciono al señor W. Newman, y no al profesor Francis Newman, porque ocupa una posición eminente en la ciencia económica como colaborador y editor de la *Historia de los precios* del señor Thomas Tooke,[^11] esa obra magnífica que sigue la historia de los precios de 1793 a 1856. Si la idea fija de nuestro amigo Weston —un monto fijo de los salarios, un volumen fijo de la producción, un grado fijo de la fuerza productiva del trabajo, una voluntad fija y permanente del capitalista, y toda su demás fijeza y definitividad— fuera correcta, los lúgubres presagios del profesor Senior habrían acertado, y Robert Owen, que ya en 1816 proclamó que una limitación general de la jornada de trabajo era el primer paso preparatorio para la emancipación de la clase obrera, y que, contra el prejuicio general, la implantó efectivamente por su cuenta en su fábrica de algodón de New Lanark, se habría equivocado.[^12]

En el mismo periodo en que se implantó la ley de las diez horas, con la consiguiente subida de los salarios, se produjo en Gran Bretaña, por razones que no sería oportuno enumerar aquí, *una subida general de los salarios agrícolas*. Aunque no lo exige mi propósito inmediato, para no induciros a error haré algunas observaciones previas.

Si un hombre ganaba dos chelines de salario semanal y su salario subía a cuatro chelines, la *tasa de los salarios* habría subido un 100 por ciento. Esto parecería algo magnífico expresado como subida de la *tasa de los salarios*, aunque el *monto efectivo del salario*, cuatro chelines semanales, seguiría siendo una miseria, un salario de hambre. No debéis dejaros llevar, pues, por los altisonantes tantos por ciento de la *tasa* de los salarios. Tenéis que preguntar siempre: ¿cuál era el monto *original*?

Comprenderéis además que, si había diez hombres que recibían 2 chelines cada uno por semana, cinco que recibían 5 chelines cada uno y cinco que recibían 11 chelines semanales, los veinte hombres juntos recibirían 100 chelines, o 5 libras esterlinas, por semana.[^13] Si se produjera entonces una subida de, digamos, el 20 por ciento sobre la suma *total* de sus salarios semanales, se pasaría de 5 libras a 6. Tomando la media, podríamos decir que la *tasa general de los salarios* había subido un 20 por ciento, aunque en realidad los salarios de los diez hombres se hubieran quedado estacionarios, los del primer grupo de cinco solo hubieran subido de 5 chelines a 6 y los del otro grupo de cinco hubieran subido de 55 chelines a 70.[^14] La mitad de los hombres no habría mejorado en absoluto su situación, una cuarta parte la habría mejorado en un grado imperceptible y solo una cuarta parte la habría mejorado realmente. Sin embargo, calculando por la *media*, el monto total de los salarios de esos veinte hombres habría aumentado un 25 por ciento,[^15] y en lo que respecta al capital total que los emplea y a los precios de las mercancías que producen, sería exactamente igual que si todos hubieran participado por igual en la subida media de los salarios. En el caso del trabajo agrícola, como los salarios corrientes eran muy distintos en los distintos condados de Inglaterra y Escocia, la subida los afectó de manera muy desigual.

Por último, durante el periodo en que se produjo esa subida de los salarios actuaron influencias contrarias, como los nuevos impuestos consiguientes a la guerra con Rusia,[^16] la demolición en gran escala de las viviendas de los jornaleros agrícolas, etc. Hechas estas salvedades, paso a afirmar que de 1849 a 1859 se produjo una *subida de alrededor del 40 por ciento* en la tasa media de los salarios agrícolas de Gran Bretaña. Podría daros abundantes detalles en prueba de mi afirmación, pero para el propósito presente creo suficiente remitiros al concienzudo y crítico informe sobre «Las fuerzas empleadas en la agricultura» que leyó en 1860 el difunto señor John C. Morton en la Sociedad de las Artes de Londres.[^17] El señor Morton da los resultados, tomados de cuentas y de otros documentos auténticos, que había reunido de unos cien arrendatarios residentes en doce condados escoceses y treinta y cinco ingleses.

Según la opinión de nuestro amigo Weston, y teniendo en cuenta la subida simultánea de los salarios de los obreros fabriles, tendría que haberse producido una subida tremenda de los precios de los productos agrícolas durante el periodo de 1849 a 1859. Pero ¿cuál es el hecho? Pese a la guerra con Rusia y a las malas cosechas consecutivas de 1854 a 1856, el precio medio del trigo, que es el principal producto agrícola de Inglaterra, bajó de unas 3 libras por *quarter* en los años 1838 a 1848 a unas 2 libras y 10 chelines por *quarter* en los años 1849 a 1859.[^18] Esto supone una baja del precio del trigo de más del 16 por ciento, simultánea a una subida media de los salarios agrícolas del 40 por ciento. Durante el mismo periodo, si comparamos su final con su comienzo, 1859 con 1849, el pauperismo oficial disminuyó de 934 419 a 860 470 personas, una diferencia de 73 949;[^19] una disminución muy pequeña, lo reconozco, y que volvió a perderse en los años siguientes, pero una disminución al fin.

Podría decirse que, a consecuencia de la abolición de las leyes de cereales,[^20] la importación de trigo extranjero fue más del doble en el periodo de 1849 a 1859 que en el de 1838 a 1848. ¿Y qué? Desde el punto de vista del ciudadano Weston, cabría esperar que esa demanda repentina, inmensa y continuamente creciente en los mercados extranjeros hubiera hecho subir allí los precios de los productos agrícolas hasta una altura espantosa, pues el efecto de un aumento de la demanda es el mismo venga de fuera o de dentro. ¿Cuál fue el hecho? Aparte de algunos años de malas cosechas, durante todo ese periodo la ruinosa baja del precio del trigo fue un tema permanente de declamación en Francia; los norteamericanos se vieron obligados una y otra vez a quemar su excedente de producción; y Rusia, si hemos de creer al señor Urquhart,[^21] fomentó la guerra civil en los Estados Unidos porque sus exportaciones agrícolas quedaban paralizadas por la competencia yanqui en los mercados de Europa.

*Reducido a su forma abstracta*, el argumento del ciudadano Weston vendría a ser este: todo aumento de la demanda se produce siempre sobre la base de un volumen dado de producción. Por lo tanto, *nunca puede aumentar la oferta de los artículos demandados*, sino *solo elevar sus precios en dinero*. Pues bien, la observación más común muestra que un aumento de la demanda unas veces deja completamente intactos los precios de mercado de las mercancías y otras provoca una subida temporal de los precios de mercado, seguida de un aumento de la oferta, seguido a su vez de una reducción de los precios a su nivel original y, en muchos casos, *por debajo* de su nivel original. Que el aumento de la demanda proceda de un excedente de salario o de cualquier otra causa no cambia en absoluto los términos del problema. Desde el punto de vista del ciudadano Weston, el fenómeno general era tan difícil de explicar como el fenómeno que se produce en las circunstancias excepcionales de una subida de los salarios. Su argumento no tenía, pues, ninguna relación particular con el tema que tratamos. Solo expresaba su perplejidad ante las leyes por las que un aumento de la demanda produce un aumento de la oferta y no una subida definitiva de los precios de mercado.

## III. [Salarios y medio circulante]

El segundo día del debate, nuestro amigo Weston vistió sus viejas afirmaciones con formas nuevas. Dijo: a consecuencia de una subida general de los salarios en dinero, se necesitará más medio circulante para pagar los mismos salarios. Si el medio circulante es *fijo*, ¿cómo vais a pagar con ese medio circulante fijo unos salarios en dinero mayores? Primero la dificultad nacía de la cantidad fija de mercancías que corresponde al obrero pese al aumento de su salario en dinero; ahora nace del aumento del salario en dinero pese a la cantidad fija de mercancías. Naturalmente, si se rechaza su dogma original, desaparece su queja secundaria. Sin embargo, mostraré que esta cuestión del medio circulante no tiene nada que ver con el asunto que tratamos.

En vuestro país el mecanismo de los pagos está mucho más perfeccionado que en cualquier otro país de Europa. Gracias a la extensión y a la concentración del sistema bancario, se necesita mucho menos medio circulante para hacer circular la misma cantidad de valores y para realizar el mismo volumen de negocios, o uno mayor. Por ejemplo, en lo que respecta a los salarios, el obrero fabril inglés entrega cada semana su salario al tendero, que lo envía cada semana al banquero, que lo devuelve cada semana al fabricante, que vuelve a pagarlo a sus obreros, y así sucesivamente. Con este mecanismo, el salario anual de un obrero, digamos de 52 libras, puede pagarse con un solo soberano que da vueltas cada semana en el mismo círculo.[^22] Incluso en Inglaterra el mecanismo es menos perfecto que en Escocia, y no es igual de perfecto en todas partes; por eso encontramos, por ejemplo, que en algunos distritos agrícolas se necesita mucho más medio circulante para hacer circular una cantidad mucho menor de valores.

Si cruzáis el canal de la Mancha, veréis que los *salarios en dinero* son mucho más bajos que en Inglaterra, pero que en Alemania, Italia, Suiza y Francia se hacen circular con una *cantidad mucho mayor de medio circulante*. El mismo soberano no lo intercepta tan deprisa el banquero ni vuelve tan deprisa al capitalista industrial; y por eso, en lugar de un soberano que hace circular 52 libras al año, se necesitan quizá tres soberanos para hacer circular un salario anual de 25 libras. Así, comparando los países del continente con Inglaterra, veréis enseguida que unos salarios en dinero bajos pueden requerir para su circulación un medio circulante mucho mayor que unos salarios en dinero altos, y que se trata en realidad de una cuestión puramente técnica, del todo ajena a nuestro asunto.

Según los mejores cálculos que conozco, los ingresos anuales de la clase obrera de este país pueden estimarse en 250 millones de libras. Esta suma inmensa se hace circular con unos tres millones de libras. Supongamos que se produce una subida de los salarios del cincuenta por ciento. Entonces, en lugar de tres millones de medio circulante, se necesitarían cuatro millones y medio. Como una parte muy considerable de los gastos diarios del obrero se paga en plata y en cobre, es decir, en meros signos cuyo valor relativo con respecto al oro lo fija arbitrariamente la ley, como el del papel moneda inconvertible, una subida de los salarios en dinero del cincuenta por ciento requeriría, en el caso extremo, una circulación adicional de soberanos de, digamos, un millón. Un millón que ahora duerme en forma de lingotes o de moneda en los sótanos del Banco de Inglaterra o de los banqueros privados entraría en circulación. Pero incluso el gasto insignificante que supondría acuñar ese millón adicional, o su desgaste adicional, podría ahorrarse, y se ahorraría efectivamente, si la falta de medio circulante adicional provocara algún roce. Todos sabéis que el medio circulante de este país se divide en dos grandes sectores. Uno, formado por billetes de banco de distintas clases, se emplea en las transacciones entre comerciantes y en los pagos mayores de los consumidores a los comerciantes, mientras que el otro tipo de medio circulante, la moneda metálica, circula en el comercio al por menor. Aunque son distintos, estos dos tipos de medio circulante se mezclan entre sí. Así, la moneda de oro circula en muy gran medida incluso en los pagos mayores, para todas las sumas sueltas inferiores a 5 libras. Si mañana se emitieran billetes de 4 libras, o de 3, o de 2, el oro que llena estos canales de circulación sería expulsado de ellos inmediatamente y afluiría a los canales donde lo hiciera necesario el aumento de los salarios en dinero.[^23] Así, el millón adicional que requeriría una subida de los salarios del cincuenta por ciento se obtendría sin añadir un solo soberano. El mismo efecto podría producirse, sin un solo billete de banco adicional, con una circulación adicional de letras de cambio, como ocurrió en el Lancashire durante muchísimo tiempo.

Si una subida general de la tasa de los salarios, por ejemplo del 100 por ciento, como la que el ciudadano Weston suponía en los salarios agrícolas, produjera una gran subida de los precios de los artículos de primera necesidad y requiriera, según su opinión, una cantidad adicional de medio circulante imposible de conseguir, *una baja general de los salarios* tendría que producir el mismo efecto, en la misma escala, en sentido contrario. ¡Pues bien! Todos sabéis que los años 1858 a 1860 fueron los más prósperos de la industria algodonera, y que en particular el año 1860 no tiene rival en este sentido en los anales del comercio, mientras que todas las demás ramas de la industria estaban también en pleno auge. Los salarios de los obreros del algodón y de todos los demás obreros relacionados con su industria estaban en 1860 más altos que nunca. Llegó la crisis norteamericana,[^24] y esos salarios totales se redujeron de repente a alrededor de la cuarta parte de su monto anterior. En sentido inverso, esto habría sido una subida del 400 por ciento. Si los salarios suben de cinco a veinte, decimos que suben un 400 por ciento; si bajan de veinte a cinco, decimos que bajan un setenta y cinco por ciento; pero el monto de la subida en un caso y el de la baja en el otro sería el mismo, a saber, quince chelines. Fue, pues, un cambio repentino de la tasa de los salarios sin precedentes, y que afectaba además a un número de obreros que, si contamos a todos los obreros no solo empleados directamente en la industria algodonera, sino dependientes indirectamente de ella, era la mitad mayor que el número de jornaleros agrícolas. ¿Bajó el precio del trigo? *Subió*, de una media anual de 47 chelines y 8 peniques por *quarter* en los tres años de 1858 a 1860 a una media anual de 55 chelines y 10 peniques por *quarter* en los tres años de 1861 a 1863. En cuanto al medio circulante, en 1861 se acuñaron en la Casa de la Moneda 8 673 323 libras, frente a 3 378 792 en 1860. Es decir, en 1861 se acuñaron 5 294 440 libras[^25] más que en 1860. Es cierto que la circulación de billetes de banco fue en 1861 inferior en 1 319 000 libras a la de 1860. Restémoslo. Queda todavía un excedente de medio circulante en el año 1861, comparado con el año próspero de 1860, de 3 975 440 libras, o unos 4 millones de libras; pero la reserva de oro del Banco de Inglaterra había disminuido al mismo tiempo, no exactamente en la misma proporción, pero sí en una aproximada.

Comparad el año 1862 con 1842. Aparte del inmenso aumento del valor y de la cantidad de las mercancías puestas en circulación, solo el capital pagado en transacciones regulares por acciones, préstamos, etc., de los ferrocarriles de Inglaterra y Gales ascendió en 1862 a 320 millones de libras, suma que en 1842 habría parecido fabulosa. Sin embargo, las cantidades totales de medio circulante en 1862 y en 1842 eran aproximadamente iguales, y en general encontraréis una tendencia a la disminución progresiva del medio circulante frente al aumento enorme del valor, no solo de las mercancías, sino de las transacciones monetarias en general. Desde el punto de vista de nuestro amigo Weston, esto es un enigma insoluble. Si hubiera mirado este asunto un poco más a fondo, habría descubierto que, con total independencia de los salarios, y aun suponiéndolos fijos, el valor y la masa de las mercancías que hay que hacer circular, y en general el monto de las transacciones monetarias que hay que liquidar, varían cada día; que la cantidad de billetes de banco emitidos varía cada día; que la cantidad de pagos realizados sin intervención de dinero alguno, por medio de letras, cheques, créditos en libros y cámaras de compensación, varía cada día; que, en la medida en que se requiere moneda metálica efectiva, la proporción entre la moneda en circulación y la moneda y los lingotes en reserva o dormidos en los sótanos de los bancos varía cada día; que la cantidad de oro en lingotes absorbida por la circulación nacional y la que se envía al extranjero para la circulación internacional varían cada día. Habría descubierto que ese dogma de un medio circulante fijo es un error monstruoso, incompatible con nuestro movimiento de cada día. Habría investigado las leyes que permiten al medio circulante adaptarse a unas circunstancias que cambian tan continuamente, en lugar de convertir su idea equivocada de las leyes de la circulación monetaria en un argumento contra la subida de los salarios.

## IV. [Oferta y demanda]

Nuestro amigo Weston hace suyo el proverbio latino «*repetitio est mater studiorum*», es decir, que la repetición es la madre del estudio, y por eso repitió su dogma original bajo la nueva forma de que la contracción del medio circulante, resultado de un aumento de los salarios, produciría una disminución del capital, etc. Como ya he tratado su manía del medio circulante, considero completamente inútil entrar en las consecuencias imaginarias que, según él, se derivarían de su imaginario percance monetario. Voy a reducir enseguida su *único y mismo dogma*, repetido bajo tantas formas distintas, a su forma teórica más simple.

La manera acrítica con que ha tratado su tema se hará evidente con una sola observación. Argumenta contra una subida de los salarios, o contra los salarios altos que resultan de ella. Ahora bien, yo le pregunto: ¿qué son salarios altos y qué son salarios bajos? ¿Por qué, por ejemplo, cinco chelines semanales son un salario bajo y veinte chelines semanales un salario alto? Si cinco es poco comparado con veinte, veinte es todavía menos comparado con doscientos. Si un hombre diera una conferencia sobre el termómetro y empezara declamando sobre grados altos y bajos, no transmitiría ningún conocimiento. Primero tendría que decirme cómo se determina el punto de congelación y el de ebullición, y cómo esos puntos de referencia los establecen leyes naturales y no el capricho de los vendedores o de los fabricantes de termómetros. Pues bien, en lo que respecta a los salarios y a las ganancias, el ciudadano Weston no solo no ha deducido esos puntos de referencia de las leyes económicas, sino que ni siquiera ha sentido la necesidad de buscarlos. Se ha contentado con aceptar los términos de la jerga corriente, bajo y alto, como si tuvieran un significado fijo, aunque es evidente que solo puede decirse que los salarios son altos o bajos comparándolos con una norma con la que medir sus magnitudes.

No sabrá decirme por qué se da cierta cantidad de dinero por cierta cantidad de trabajo. Si me respondiera: «Eso lo establece la ley de la oferta y la demanda», le preguntaría ante todo por qué ley se regulan a su vez la oferta y la demanda. Y semejante respuesta lo dejaría enseguida fuera de combate. Las relaciones entre la oferta y la demanda de trabajo cambian perpetuamente, y con ellas los precios de mercado del trabajo. Si la demanda supera a la oferta, los salarios suben; si la oferta supera a la demanda, los salarios bajan, aunque en esas circunstancias podría ser necesario *poner a prueba* el estado real de la demanda y de la oferta mediante una huelga, por ejemplo, o por cualquier otro método. Pero si se acepta la oferta y la demanda como la ley que regula los salarios, sería tan pueril como inútil declamar contra una subida de los salarios, porque, según la ley suprema a la que se apela, una subida periódica de los salarios es tan necesaria y legítima como una baja periódica. Si *no* se acepta la oferta y la demanda como la ley que regula los salarios, vuelvo a repetir la pregunta: ¿por qué se da cierta cantidad de dinero por cierta cantidad de trabajo?

Pero consideremos las cosas de manera más amplia. Os equivocaríais por completo si creyerais que el valor del trabajo o de cualquier otra mercancía lo fijan en última instancia la oferta y la demanda. La oferta y la demanda no regulan más que las *fluctuaciones* pasajeras de los precios de mercado. Os explicarán por qué el precio de mercado de una mercancía sube por encima de su *valor* o baja por debajo de él, pero nunca podrán explicar el propio *valor*. Supongamos que la oferta y la demanda se equilibran o, como dicen los economistas, se cubren mutuamente. Pues bien, en el momento mismo en que estas fuerzas opuestas se igualan, se paralizan entre sí y dejan de actuar en uno u otro sentido. En el momento en que la oferta y la demanda se equilibran, y dejan por tanto de actuar, el *precio de mercado* de una mercancía coincide con su *valor real*, con el precio normal en torno al cual oscilan sus precios de mercado. Al investigar la naturaleza de ese VALOR no tenemos, pues, nada que ver con los efectos pasajeros de la oferta y la demanda sobre los precios de mercado. Lo mismo vale para los salarios y para los precios de todas las demás mercancías.

## V. [Salarios y precios]

Reducidos a su expresión teórica más simple, todos los argumentos de nuestro amigo se resuelven en este único dogma: «*Los precios de las mercancías los determinan o regulan los salarios*».

Podría apelar a la observación práctica para que diera testimonio contra esta falacia anticuada y desacreditada. Podría deciros que los obreros fabriles, los mineros, los constructores de barcos, etc., de Inglaterra, cuyo trabajo está relativamente bien pagado, venden más barato que todas las demás naciones gracias a la baratura de sus productos, mientras que el jornalero agrícola inglés, por ejemplo, cuyo trabajo está relativamente mal pagado, es desplazado por casi todas las demás naciones a causa de la carestía de sus productos. Comparando un artículo con otro en el mismo país, y las mercancías de distintos países, podría mostrar, salvo algunas excepciones más aparentes que reales, que por término medio el trabajo bien pagado produce las mercancías baratas, y el trabajo mal pagado, las caras. Esto, naturalmente, no probaría que el precio alto del trabajo en un caso y su precio bajo en el otro sean las causas respectivas de esos efectos diametralmente opuestos, pero probaría en todo caso que los precios de las mercancías no los rigen los precios del trabajo. Sin embargo, es del todo superfluo que empleemos este método empírico.

Quizá se niegue que el ciudadano Weston haya expuesto el dogma: «*Los precios de las mercancías los determinan o regulan los salarios*». De hecho, nunca lo ha formulado. Dijo, por el contrario, que la ganancia y la renta forman también parte de los precios de las mercancías, porque de los precios de las mercancías tienen que pagarse no solo los salarios del obrero, sino también las ganancias del capitalista y las rentas del terrateniente. Pero ¿cómo se forman, según su idea, los precios? Primero, por los salarios. Después se añade al precio un tanto por ciento adicional a favor del capitalista y otro tanto por ciento adicional a favor del terrateniente. Supongamos que los salarios del trabajo empleado en producir una mercancía son diez. Si la tasa de ganancia fuera del 100 por ciento, el capitalista añadiría diez a los salarios adelantados, y si la tasa de la renta fuera también del 100 por ciento sobre los salarios, se añadirían diez más, y el precio total de la mercancía ascendería a treinta. Pero semejante determinación de los precios sería simplemente su determinación por los salarios. Si en el caso anterior los salarios subieran a veinte, el precio de la mercancía subiría a sesenta, y así sucesivamente. Por eso todos los anticuados escritores de economía política que defendieron el dogma de que los salarios regulan los precios intentaron demostrarlo tratando la ganancia y la renta *como meros recargos porcentuales sobre los salarios*. Ninguno de ellos pudo, naturalmente, reducir los límites de esos recargos a ninguna ley económica. Parecen pensar, por el contrario, que las ganancias las fijan la tradición, la costumbre, la voluntad del capitalista o algún otro método igualmente arbitrario e inexplicable. Si afirman que las fija la competencia entre los capitalistas, no dicen nada. Esa competencia iguala sin duda las distintas tasas de ganancia de los distintos oficios, o las reduce a un nivel medio, pero nunca puede determinar ese nivel mismo, la tasa general de ganancia.

¿Qué queremos decir cuando decimos que los precios de las mercancías los determinan los salarios? Como los salarios no son más que un nombre del precio del trabajo, queremos decir que los precios de las mercancías los regula el precio del trabajo. Como el «precio» es valor de cambio —y cuando hablo de valor hablo siempre de valor de cambio—, es *valor de cambio expresado en dinero*, la proposición se reduce a esto: que «el *valor de las mercancías* lo determina el valor del trabajo», o que «el *valor del trabajo es la medida general del valor*».

Pero entonces, ¿cómo se determina a su vez el «*valor del trabajo*»? Aquí nos atascamos. Nos atascamos, naturalmente, si intentamos razonar con lógica; pero los defensores de esa doctrina despachan pronto los escrúpulos lógicos. Tomemos, por ejemplo, a nuestro amigo Weston. Primero nos dijo que los salarios regulan el precio de las mercancías y que, por lo tanto, cuando suben los salarios tienen que subir los precios. Luego dio media vuelta para mostrarnos que una subida de los salarios no serviría de nada porque los precios de las mercancías habrían subido, y porque los salarios se medían en realidad por los precios de las mercancías en que se gastan. Así, empezamos diciendo que el valor del trabajo determina el valor de las mercancías y terminamos diciendo que el valor de las mercancías determina el valor del trabajo. Así nos movemos de un lado a otro en el más vicioso de los círculos, sin llegar a ninguna conclusión.

En conjunto, es evidente que, al hacer del valor de una mercancía, digamos el trabajo, el trigo o cualquier otra, la medida y el regulador general del valor, no hacemos más que desplazar la dificultad, porque determinamos un valor por otro que, por su parte, necesita ser determinado.

El dogma de que «los salarios determinan el precio de las mercancías», expresado en sus términos más abstractos, se reduce a que «el valor está determinado por el valor», y esta tautología significa que, en realidad, no sabemos nada del valor. Si se acepta esta premisa, todo razonamiento sobre las leyes generales de la economía política se convierte en mera palabrería. Por eso fue un gran mérito de Ricardo haber destruido de raíz en su obra *Principios de economía política*, publicada en 1817,[^26] la vieja falacia, popular y gastada, de que «los salarios determinan los precios», falacia que Adam Smith y sus predecesores franceses habían rechazado en las partes realmente científicas de sus investigaciones, pero que reprodujeron en sus capítulos más exotéricos y vulgarizadores.

## VI. Valor y trabajo

Ciudadanos, he llegado a un punto en que tengo que entrar en el verdadero desarrollo de la cuestión. No puedo prometer hacerlo de un modo muy satisfactorio, porque para ello tendría que recorrer todo el campo de la economía política. Solo puedo, como dirían los franceses, «*effleurer la question*», tocar los puntos principales. La primera pregunta que tenemos que hacernos es esta: ¿qué es el *valor* de una mercancía? ¿Cómo se determina?

A primera vista parecería que el valor de una mercancía es algo completamente *relativo*, que no puede establecerse sin considerar una mercancía en sus relaciones con todas las demás. De hecho, cuando hablamos del valor, del valor de cambio de una mercancía, nos referimos a las cantidades proporcionales en que se cambia por todas las demás mercancías. Pero entonces surge la pregunta: ¿cómo se regulan las proporciones en que las mercancías se cambian unas por otras? Sabemos por experiencia que esas proporciones varían infinitamente. Si tomamos una sola mercancía, el trigo, por ejemplo, veremos que un *quarter* de trigo se cambia por las distintas mercancías en proporciones casi infinitamente variadas. Sin embargo, como *su valor sigue siendo siempre el mismo*, se exprese en seda, en oro o en cualquier otra mercancía, tiene que ser algo distinto de esas *diferentes proporciones de cambio* con los distintos artículos e independiente de ellas. Tiene que ser posible expresar en una forma muy distinta esas diversas ecuaciones con mercancías diversas.

Además, si digo que un *quarter* de trigo se cambia por hierro en cierta proporción, o que el valor de un *quarter* de trigo se expresa en cierta cantidad de hierro, digo que el valor del trigo y su equivalente en hierro son iguales a *una tercera cosa*, que no es ni trigo ni hierro, porque supongo que expresan la misma magnitud en dos formas distintas. Cada uno de ellos, el trigo y el hierro, tiene que poder reducirse, pues, independientemente del otro, a esa tercera cosa que es su medida común.

Para aclarar este punto recurriré a un ejemplo geométrico muy sencillo. Cuando comparamos las áreas de triángulos de todas las formas y tamaños posibles, o comparamos triángulos con rectángulos o con cualquier otra figura rectilínea, ¿cómo procedemos? Reducimos el área de un triángulo cualquiera a una expresión completamente distinta de su forma visible. Una vez que hemos averiguado, por la naturaleza del triángulo, que su área es igual a la mitad del producto de su base por su altura, podemos comparar los distintos valores de toda clase de triángulos y de todas las figuras rectilíneas, porque todas ellas pueden descomponerse en cierto número de triángulos.

Lo mismo hay que hacer con los valores de las mercancías. Tenemos que poder reducirlos todos a una expresión común a todos ellos, que solo los distinga por las proporciones en que contienen esa misma medida.

Como los *valores de cambio* de las mercancías no son más que *funciones sociales* de esas cosas y no tienen nada que ver con sus cualidades *naturales*, tenemos que preguntar primero: ¿cuál es la *sustancia social* común a todas las mercancías? Es el *trabajo*. Para producir una mercancía hay que emplear en ella, o incorporarle, cierta cantidad de trabajo. Y no digo solo *trabajo*, sino *trabajo social*. Un hombre que produce un artículo para su propio uso inmediato, para consumirlo él mismo, crea un *producto*, pero no una *mercancía*. Como productor que se basta a sí mismo, no tiene nada que ver con la sociedad. Pero para producir una *mercancía*, un hombre no solo tiene que producir un artículo que satisfaga alguna necesidad *social*, sino que su propio trabajo tiene que formar parte integrante de la suma total de trabajo invertida por la sociedad. Tiene que estar subordinado a la *división del trabajo dentro de la sociedad*. No es nada sin las demás divisiones del trabajo, y por su parte se requiere para *integrarlas*.

Si consideramos las *mercancías como valores*, las consideramos exclusivamente bajo el aspecto único de *trabajo social realizado, fijado* o, si queréis, *cristalizado*. En este sentido, solo pueden *diferenciarse* por representar cantidades mayores o menores de trabajo; por ejemplo, en un pañuelo de seda puede haber incorporada una cantidad de trabajo mayor que en un ladrillo. Pero ¿cómo se miden las *cantidades de trabajo*? Por el *tiempo que dura el trabajo*, midiendo el trabajo por horas, por días, etc. Naturalmente, para aplicar esta medida se reducen todas las clases de trabajo a trabajo medio o simple como unidad. Llegamos, pues, a esta conclusión. Una mercancía tiene *un valor* porque es una *cristalización de trabajo social*. La *magnitud* de su valor, o su valor *relativo*, depende de la cantidad mayor o menor de esa sustancia social que contiene, es decir, de la masa relativa de trabajo necesaria para producirla. Los *valores relativos de las mercancías* están, pues, determinados por las *respectivas cantidades o sumas de trabajo incorporadas, realizadas, fijadas en ellas*. Las cantidades *correlativas* de mercancías que pueden producirse en el *mismo tiempo de trabajo* son *iguales*. O bien: el valor de una mercancía es al valor de otra como la cantidad de trabajo fijada en la una es a la cantidad de trabajo fijada en la otra.

Sospecho que muchos de vosotros preguntaréis: ¿hay realmente una diferencia tan grande, o alguna diferencia, entre determinar los valores de las mercancías por los *salarios* y determinarlos por las *cantidades relativas de trabajo* necesarias para producirlas? Pero tenéis que daros cuenta de que la *remuneración* del trabajo y la *cantidad* de trabajo son cosas completamente distintas. Supongamos, por ejemplo, que en un *quarter* de trigo y en una onza de oro están fijadas *cantidades iguales de trabajo*.[^27] Recurro a este ejemplo porque lo empleó Benjamin Franklin en su primer ensayo, publicado en 1721 con el título *A Modest Enquiry into the Nature and Necessity of a Paper Currency* [«Modesta investigación sobre la naturaleza y la necesidad de un papel moneda»], donde fue de los primeros en dar con la verdadera naturaleza del valor.[^28]

Pues bien. Suponemos, entonces, que un *quarter* de trigo y una onza de oro son *valores iguales* o *equivalentes* porque son *cristalizaciones de cantidades iguales de trabajo medio*, de tantos días o tantas semanas de trabajo fijados respectivamente en ellos. Al determinar así los valores relativos del oro y del trigo, ¿nos referimos de alguna manera a los *salarios* del jornalero agrícola y del minero? En absoluto. Dejamos completamente *indeterminado* cómo se pagó su día o su semana de trabajo, e incluso si se empleó o no trabajo asalariado. Si se empleó, los salarios pueden haber sido muy desiguales. El trabajador cuyo trabajo se ha realizado en el *quarter* de trigo puede recibir solo dos *bushels*, y el trabajador empleado en la mina puede recibir media onza de oro.[^29] O, suponiendo que sus salarios sean iguales, pueden desviarse en todas las proporciones posibles de los valores de las mercancías que han producido. Pueden ascender a la cuarta parte, a la quinta o a cualquier otra parte proporcional del *quarter* de trigo o de la onza de oro. Sus *salarios* no pueden, naturalmente, *exceder*, ser *mayores* que los valores de las mercancías que han producido, pero pueden ser *menores* en cualquier grado. Sus *salarios* estarán *limitados* por los *valores* de los productos, pero los *valores de sus productos* no estarán limitados por los salarios. Y, sobre todo, los valores, los valores relativos del trigo y del oro, por ejemplo, se habrán establecido sin tener en cuenta para nada el valor del trabajo empleado, es decir, los *salarios*. Determinar los valores de las mercancías por las *cantidades relativas de trabajo fijadas en ellas* es, pues, algo completamente distinto del método tautológico de determinar los valores de las mercancías por el valor del trabajo, o por los *salarios*. Pero este punto se aclarará más en el curso de nuestra investigación.

Al calcular el valor de cambio de una mercancía tenemos que añadir a la cantidad de trabajo empleada en último lugar la cantidad de trabajo incorporada *anteriormente* en la materia prima de la mercancía y el trabajo empleado en los instrumentos, herramientas, maquinaria y edificios que sirven de ayuda a ese trabajo. Por ejemplo, el valor de cierta cantidad de hilo de algodón es la cristalización de la cantidad de trabajo añadida al algodón durante el proceso de hilado, de la cantidad de trabajo realizada anteriormente en el propio algodón, de la cantidad de trabajo realizada en el carbón, el aceite y las demás materias auxiliares empleadas, y de la cantidad de trabajo fijada en la máquina de vapor, los husos, el edificio de la fábrica, etc. Los instrumentos de producción propiamente dichos, como herramientas, maquinaria y edificios, sirven una y otra vez, durante periodos más o menos largos, en repetidos procesos de producción. Si se consumieran de una vez, como la materia prima, todo su valor se transferiría de una vez a las mercancías que ayudan a producir. Pero como un huso, por ejemplo, solo se desgasta poco a poco, se hace un cálculo medio, basado en el tiempo medio que dura y en su desgaste medio durante cierto periodo, digamos un día. De esta manera calculamos qué parte del valor del huso se transfiere al hilo hilado cada día y, por lo tanto, qué parte de la cantidad total de trabajo realizada en una libra[^30] de hilo, por ejemplo, se debe a la cantidad de trabajo realizada anteriormente en el huso. Para nuestro propósito presente no es necesario detenernos más en este punto.

Podría parecer que, si el valor de una mercancía lo determina la *cantidad de trabajo empleada en producirla*, cuanto más perezoso o más torpe sea un hombre, más valiosa será su mercancía, porque más tiempo de trabajo necesitará para acabarla. Pero sería un triste error. Recordaréis que he empleado la expresión «trabajo *social*», y en esta calificación de «*social*» van implícitas muchas cosas. Cuando decimos que el valor de una mercancía lo determina la *cantidad de trabajo* incorporada o cristalizada en ella, nos referimos a *la cantidad de trabajo necesaria* para producirla en un estado dado de la sociedad, en determinadas condiciones sociales medias de producción, con una intensidad social media dada y con la habilidad media del trabajo empleado. Cuando en Inglaterra el telar mecánico empezó a competir con el telar manual, solo hacía falta la mitad del tiempo de trabajo anterior para convertir una cantidad dada de hilo en una yarda de tela de algodón o de paño.[^31] El pobre tejedor manual trabajaba ahora diecisiete o dieciocho horas diarias, en lugar de las nueve o diez que trabajaba antes. Pero el producto de veinte horas de su trabajo representaba ahora solo diez horas sociales de trabajo, o diez horas del trabajo socialmente necesario para convertir cierta cantidad de hilo en tejido. Su producto de veinte horas no tenía, pues, más valor que su anterior producto de diez horas.

Así pues, si la cantidad de trabajo socialmente necesario realizada en las mercancías regula sus valores de cambio, todo aumento de la cantidad de trabajo que requiere la producción de una mercancía tiene que aumentar su valor, del mismo modo que toda disminución tiene que reducirlo.

Si las respectivas cantidades de trabajo necesarias para producir las respectivas mercancías permanecieran constantes, también serían constantes sus valores relativos. Pero no es así. La cantidad de trabajo necesaria para producir una mercancía cambia continuamente con los cambios de las fuerzas productivas del trabajo. Cuanto mayores son las fuerzas productivas del trabajo, más producto se acaba en un tiempo de trabajo dado; y cuanto menores son, menos producto se acaba en el mismo tiempo. Si, por ejemplo, con el crecimiento de la población se hiciera necesario cultivar tierras menos fértiles, la misma cantidad de producto solo podría obtenerse con una cantidad mayor de trabajo, y el valor de los productos agrícolas subiría en consecuencia. Por otra parte, si con los medios de producción modernos un solo hilandero convierte en hilo, en una jornada de trabajo, muchos miles de veces la cantidad de algodón que podría haber hilado en el mismo tiempo con el torno de hilar, es evidente que cada libra de algodón absorberá muchos miles de veces menos trabajo de hilado que antes y que, por consiguiente, el valor añadido por el hilado a cada libra de algodón será mil veces menor que antes. El valor del hilo bajará en la misma medida.

Aparte de las diferentes energías naturales y de las aptitudes para el trabajo adquiridas por los distintos pueblos, las fuerzas productivas del trabajo tienen que depender principalmente:

Primero. De las condiciones *naturales* del trabajo, como la fertilidad del suelo, las minas, etc.

Segundo. Del perfeccionamiento progresivo de las *fuerzas sociales del trabajo*, como las que nacen de la producción a gran escala, de la concentración del capital y de la combinación del trabajo, de la subdivisión del trabajo, de la maquinaria, de los métodos perfeccionados, de la aplicación de agentes químicos y otros agentes naturales, del acortamiento del tiempo y del espacio por los medios de comunicación y de transporte, y de cualquier otro procedimiento por el que la ciencia pone los agentes naturales al servicio del trabajo y por el que se desarrolla el carácter social o cooperativo del trabajo. Cuanto mayores son las fuerzas productivas del trabajo, menos trabajo se emplea en una cantidad dada de producto y, por lo tanto, menor es el valor del producto. Cuanto menores son las fuerzas productivas del trabajo, más trabajo se emplea en la misma cantidad de producto y, por lo tanto, mayor es su valor. Como ley general podemos establecer, pues, lo siguiente:

*Los valores de las mercancías están en razón directa de los tiempos de trabajo empleados en producirlas y en razón inversa de las fuerzas productivas del trabajo empleado.*

Como hasta ahora solo he hablado del *valor*, añadiré unas palabras sobre el *precio*, que es una forma particular que adopta el valor.

El precio, tomado en sí mismo, no es más que la *expresión monetaria del valor*. Los valores de todas las mercancías de este país, por ejemplo, se expresan en precios oro, mientras que en el continente se expresan principalmente en precios plata. El valor del oro o de la plata, como el de todas las demás mercancías, lo regula la cantidad de trabajo necesaria para obtenerlos. Cambiáis cierta cantidad de vuestros productos nacionales, en los que está cristalizada cierta cantidad de vuestro trabajo nacional, por el producto de los países productores de oro y plata, en el que está cristalizada cierta cantidad de *su* trabajo. Es de esta manera, de hecho mediante el trueque, como aprendéis a expresar en oro y en plata los valores de todas las mercancías, es decir, las respectivas cantidades de trabajo empleadas en ellas. Si examináis un poco más de cerca la *expresión monetaria del valor* o, lo que viene a ser lo mismo, la conversión del valor en precio, veréis que es un proceso por el que dais a los *valores* de todas las mercancías una *forma independiente* y *homogénea*, o por el que los expresáis como cantidades de igual trabajo social. En la medida en que no es más que la expresión monetaria del valor, Adam Smith llamó al precio *precio natural*, y los fisiócratas franceses, «*prix nécessaire*» [precio necesario].[^32]

¿Cuál es entonces la relación entre el *valor* y los *precios de mercado*, o entre los *precios naturales* y los *precios de mercado*? Todos sabéis que el *precio de mercado* es el *mismo* para todas las mercancías de la misma clase, por mucho que difieran las condiciones de producción de los distintos productores. El precio de mercado solo expresa la *cantidad media de trabajo social* necesaria, en las condiciones medias de producción, para abastecer el mercado con cierta masa de cierto artículo. Se calcula sobre el conjunto de las mercancías de una clase determinada.

Hasta aquí, el *precio de mercado* de una mercancía coincide con su *valor*. Por otra parte, las oscilaciones de los precios de mercado, que unas veces suben por encima del valor o precio natural y otras bajan por debajo de él, dependen de las fluctuaciones de la oferta y la demanda. Las desviaciones de los precios de mercado respecto de los valores son continuas, pero, como dice Adam Smith:

> «El precio natural es el precio central hacia el que gravitan continuamente los precios de las mercancías. Accidentes diversos pueden a veces mantenerlos suspendidos bastante por encima de él y a veces hacerlos bajar incluso algo por debajo. Pero, sean cuales fueren los obstáculos que les impiden asentarse en este centro de reposo y permanencia, tienden constantemente hacia él».[^33]

No puedo examinar ahora este asunto a fondo. Basta decir que, *si* la oferta y la demanda se equilibran, los precios de mercado de las mercancías corresponderán a sus precios naturales, es decir, a sus valores, determinados por las respectivas cantidades de trabajo necesarias para producirlas. Pero la oferta y la demanda *tienen* que tender constantemente a equilibrarse, aunque solo lo hagan compensando una fluctuación con otra, una subida con una bajada, y *viceversa*. Si, en lugar de considerar solo las fluctuaciones diarias, analizáis el movimiento de los precios de mercado durante periodos más largos, como ha hecho por ejemplo el señor Tooke en su *Historia de los precios*, veréis que las fluctuaciones de los precios de mercado, sus desviaciones de los valores, sus subidas y bajadas, se paralizan y se compensan entre sí; de modo que, aparte del efecto de los monopolios y de algunas otras modificaciones que ahora tengo que pasar por alto, todas las clases de mercancías se venden por término medio por sus respectivos *valores* o precios naturales. Los periodos medios en que se compensan las fluctuaciones de los precios de mercado son distintos para las distintas clases de mercancías, porque en unas es más fácil que en otras adaptar la oferta a la demanda.

Así pues, si, hablando en términos generales y abarcando periodos algo largos, todas las clases de mercancías se venden por sus respectivos valores, es absurdo suponer que la ganancia —no en casos particulares, sino las ganancias constantes y habituales de los distintos oficios— nace de recargar los precios de las mercancías, o de venderlas a un precio superior a su *valor*. Lo absurdo de esta idea se hace evidente si se generaliza. Lo que un hombre ganara constantemente como vendedor lo perdería constantemente como comprador. No serviría decir que hay hombres que son compradores sin ser vendedores, o consumidores sin ser productores. Lo que esas personas pagan a los productores, primero tienen que recibirlo de ellos gratis. Si un hombre toma primero vuestro dinero y después os lo devuelve comprándoos vuestras mercancías, nunca os enriqueceréis vendiéndole demasiado caras vuestras mercancías a ese mismo hombre. Esa clase de transacción podría reducir una pérdida, pero nunca ayudaría a obtener una ganancia. Para explicar, pues, la *naturaleza general de la ganancia*, tenéis que partir del teorema de que, por término medio, las mercancías se *venden por sus valores reales* y de que *las ganancias se obtienen vendiéndolas por sus valores*, es decir, en proporción a la cantidad de trabajo realizada en ellas. Si no podéis explicar la ganancia con este supuesto, no podéis explicarla en absoluto. Esto parece una paradoja y contrario a la observación de todos los días. También es una paradoja que la Tierra gire alrededor del Sol y que el agua se componga de dos gases muy inflamables. La verdad científica es siempre paradójica si se la juzga por la experiencia de todos los días, que solo capta la apariencia engañosa de las cosas.

## VII. La fuerza de trabajo

Después de haber analizado, en la medida en que podía hacerse de un modo tan somero, la naturaleza del *valor*, del *valor de una mercancía cualquiera*, tenemos que fijar nuestra atención en el *valor del trabajo* específicamente. Y aquí tengo que sorprenderos otra vez con una aparente paradoja. Todos estáis convencidos de que lo que vendéis cada día es vuestro trabajo; de que, por lo tanto, el trabajo tiene un precio, y de que, como el precio de una mercancía no es más que la expresión monetaria de su valor, tiene que existir sin duda algo así como el *valor del trabajo*. Sin embargo, no existe nada que sea el *valor del trabajo* en el sentido corriente de la palabra. Hemos visto que la cantidad de trabajo necesario cristalizada en una mercancía constituye su valor. Ahora bien, aplicando este concepto del valor, ¿cómo podríamos definir, por ejemplo, el valor de una jornada de trabajo de diez horas? ¿Cuánto trabajo contiene esa jornada? Diez horas de trabajo.

Decir que el valor de una jornada de trabajo de diez horas es igual a diez horas de trabajo, o a la cantidad de trabajo que contiene, sería una expresión tautológica y, además, absurda. Naturalmente, una vez que hayamos descubierto el sentido verdadero pero oculto de la expresión «*valor del trabajo*», podremos interpretar esta aplicación irracional y aparentemente imposible del valor, del mismo modo que, una vez seguros del movimiento real de los cuerpos celestes, podemos explicar sus movimientos aparentes o meramente fenoménicos.

Lo que el obrero vende no es directamente su *trabajo*, sino su *fuerza de trabajo*,[^34] cuya disposición temporal cede al capitalista. Tan cierto es esto que, no sé si las leyes inglesas, pero sin duda algunas leyes del continente fijan el *tiempo máximo* por el que un hombre puede vender su fuerza de trabajo. Si se le permitiera hacerlo por un periodo indefinido, se restablecería inmediatamente la esclavitud. Una venta así, si abarcara, por ejemplo, toda su vida, lo convertiría de golpe en esclavo de por vida de su patrono.

Uno de los economistas más antiguos y de los filósofos más originales de Inglaterra, Thomas Hobbes, dio ya instintivamente en su *Leviatán* con este punto, que pasaron por alto todos sus sucesores. Dice: «*El valor o la estimación de un hombre* es, como el de todas las demás cosas, su *precio*; es decir, lo que se daría por el *uso de su poder*».[^35] Partiendo de esta base, podremos determinar el *valor del trabajo* como el de todas las demás mercancías.

Pero antes de hacerlo podríamos preguntar: ¿cómo surge este extraño fenómeno, que encontremos en el mercado, por un lado, un grupo de compradores que poseen la tierra, la maquinaria, las materias primas y los medios de subsistencia, todos ellos, salvo la tierra en su estado bruto, *productos del trabajo*, y, por otro, un grupo de vendedores que no tienen nada que vender salvo su fuerza de trabajo, sus brazos y sus cerebros trabajadores? ¿Que unos compren continuamente para obtener una ganancia y enriquecerse, mientras que los otros venden continuamente para ganarse la vida? Investigar esta cuestión sería investigar lo que los economistas llaman «*acumulación previa u originaria*», pero que debería llamarse *expropiación originaria*.[^36] Veríamos que esta llamada *acumulación originaria* no significa otra cosa que una serie de procesos históricos que dieron como resultado la *disolución* de la *unidad originaria* que existía entre el hombre trabajador y sus instrumentos de trabajo. Pero esa investigación queda fuera del ámbito de mi tema actual. Una vez establecida la *separación* entre el hombre trabajador y los instrumentos de trabajo, ese estado de cosas se mantendrá y se reproducirá a una escala cada vez mayor, hasta que una revolución nueva y radical en el modo de producción lo derribe de nuevo y restablezca la unidad originaria en una nueva forma histórica.

¿Cuál es, entonces, el *valor de la fuerza de trabajo*?

Como el de cualquier otra mercancía, su valor lo determina la cantidad de trabajo necesaria para producirla. La fuerza de trabajo de un hombre solo existe en su individualidad viva. Un hombre tiene que consumir cierta masa de artículos de primera necesidad para crecer y mantenerse con vida. Pero el hombre, como la máquina, se desgasta y tiene que ser sustituido por otro hombre. Además de la masa de artículos de primera necesidad que requiere su *propio* sustento, necesita otra cantidad de artículos de primera necesidad para criar cierto número de hijos que lo sustituyan en el mercado de trabajo y perpetúen la raza de los trabajadores. Además, para desarrollar su fuerza de trabajo y adquirir cierta habilidad, hay que gastar otra cantidad de valores. Para nuestro propósito basta considerar el trabajo *medio*, cuyos costes de educación y desarrollo son magnitudes insignificantes. Debo aprovechar, sin embargo, esta ocasión para señalar que, del mismo modo que difieren los costes de producir fuerzas de trabajo de distinta calidad, difieren también los valores de las fuerzas de trabajo empleadas en los distintos oficios. La reivindicación de la *igualdad de salarios* descansa, por lo tanto, en un error; es un deseo vano que nunca se cumplirá. Es fruto de ese radicalismo falso y superficial que acepta las premisas e intenta eludir las conclusiones. Sobre la base del sistema del trabajo asalariado, el valor de la fuerza de trabajo se establece como el de cualquier otra mercancía; y como las distintas clases de fuerza de trabajo tienen valores distintos, o requieren cantidades distintas de trabajo para su producción, *tienen* que obtener precios distintos en el mercado de trabajo. Clamar por una *retribución igual, o incluso equitativa*, sobre la base del sistema del trabajo asalariado es lo mismo que clamar por la *libertad* sobre la base del sistema de la esclavitud. Lo que vosotros consideréis justo o equitativo no viene al caso. La cuestión es: ¿qué es necesario e inevitable con un sistema de producción dado? Después de lo dicho, se verá que el *valor de la fuerza de trabajo* lo determina el *valor de los artículos de primera necesidad* que se requieren para producir, desarrollar, mantener y perpetuar la fuerza de trabajo.

## VIII. La producción de la plusvalía

Supongamos ahora que la cantidad media de los artículos de primera necesidad que un obrero consume cada día requiere para su producción *seis horas de trabajo medio*. Supongamos, además, que en una cantidad de oro igual a 3 chelines están realizadas también seis horas de trabajo medio. Entonces 3 chelines serían el *precio*, o la expresión monetaria del *valor diario* de la *fuerza de trabajo* de ese hombre. Si trabajara seis horas diarias, produciría cada día un valor suficiente para comprar la cantidad media de sus artículos de primera necesidad diarios, o para mantenerse como obrero.

Pero nuestro hombre es un obrero asalariado. Tiene, pues, que vender su fuerza de trabajo a un capitalista. Si la vende por 3 chelines diarios, o 18 chelines semanales, la vende por su valor. Supongamos que es un hilandero. Si trabaja seis horas diarias, añadirá al algodón un valor de 3 chelines diarios. Este valor que añade cada día sería un equivalente exacto del salario, o del precio de su fuerza de trabajo, que recibe cada día. Pero en ese caso al capitalista no le correspondería *ninguna plusvalía* ni *ningún plusproducto*.[^37] Aquí está, pues, el quid de la cuestión.

Al comprar la fuerza de trabajo del obrero y pagar su valor, el capitalista, como cualquier otro comprador, ha adquirido el derecho a consumir o usar la mercancía comprada. La fuerza de trabajo de un hombre se consume o se usa haciéndolo trabajar, como se consume o se usa una máquina haciéndola funcionar. Al comprar el valor diario o semanal de la fuerza de trabajo del obrero, el capitalista ha adquirido, pues, el derecho a usar esa fuerza de trabajo o a hacerla trabajar durante *todo el día o toda la semana*. La jornada de trabajo o la semana de trabajo tienen, naturalmente, ciertos límites, pero los examinaremos más de cerca después.

De momento quiero llamar vuestra atención sobre un punto decisivo. El *valor* de la fuerza de trabajo lo determina la cantidad de trabajo necesaria para mantenerla o reproducirla, pero el *uso* de esa fuerza de trabajo solo está limitado por las energías activas y la fuerza física del obrero. El *valor* diario o semanal de la fuerza de trabajo es algo completamente distinto del ejercicio diario o semanal de esa fuerza, del mismo modo que el pienso que necesita un caballo y el tiempo que puede llevar al jinete son cosas completamente distintas. La cantidad de trabajo que limita el *valor* de la fuerza de trabajo del obrero no limita en modo alguno la cantidad de trabajo que su fuerza de trabajo es capaz de ejecutar. Tomemos el ejemplo de nuestro hilandero. Hemos visto que, para reproducir cada día su fuerza de trabajo, tiene que reproducir cada día un valor de tres chelines, cosa que hará trabajando seis horas diarias. Pero esto no le impide trabajar diez, doce o más horas al día. Ahora bien, al pagar el *valor* diario o semanal de la fuerza de trabajo del hilandero, el capitalista ha adquirido el derecho a usar esa fuerza de trabajo durante *todo el día o toda la semana*. Lo hará trabajar, pues, digamos, doce horas diarias. Además de las seis horas necesarias para reponer su salario, o el valor de su fuerza de trabajo, tendrá, pues, que trabajar *otras seis horas*, que llamaré horas de *plustrabajo*, y ese plustrabajo se realizará en una *plusvalía* y en un *plusproducto*. Si nuestro hilandero, por ejemplo, con su trabajo diario de seis horas añadía al algodón un valor de tres chelines, valor que era un equivalente exacto de su salario, en doce horas añadirá al algodón un valor de seis chelines y producirá *un excedente proporcional de hilo*. Como ha vendido su fuerza de trabajo al capitalista, todo el valor del producto creado por él pertenece al capitalista, propietario *pro tempore* de su fuerza de trabajo. Al adelantar tres chelines, el capitalista realizará, pues, un valor de seis chelines, porque, adelantando un valor en el que están cristalizadas seis horas de trabajo, recibirá a cambio un valor en el que están cristalizadas doce horas de trabajo. Repitiendo cada día este mismo proceso, el capitalista adelantará cada día tres chelines y se embolsará cada día seis, la mitad de los cuales volverá a destinarse a pagar salarios, mientras que la otra mitad formará la *plusvalía*, por la que el capitalista no paga ningún equivalente. Sobre *esta clase de intercambio entre el capital y el trabajo* se funda la producción capitalista, o el sistema del trabajo asalariado, y este intercambio tiene que dar constantemente como resultado la reproducción del obrero como obrero y del capitalista como capitalista.

*La tasa de plusvalía*, si todas las demás circunstancias siguen siendo las mismas, dependerá de la proporción entre la parte de la jornada de trabajo necesaria para reproducir el valor de la fuerza de trabajo y el *plustiempo* o *plustrabajo* realizado para el capitalista. Dependerá, pues, de la *proporción en que la jornada de trabajo se prolongue más allá del tiempo* en el que el obrero, trabajando, solo reproduciría el valor de su fuerza de trabajo, o repondría su salario.

## IX. El valor del trabajo

Tenemos que volver ahora a la expresión «*valor o precio del trabajo*». Hemos visto que, en realidad, no es más que el valor de la fuerza de trabajo, medido por los valores de las mercancías necesarias para su mantenimiento. Pero como el obrero recibe su salario *después* de haber realizado su trabajo, y como sabe además que lo que entrega efectivamente al capitalista es su trabajo, el valor o precio de su fuerza de trabajo se le presenta necesariamente como el *precio* o *valor de su propio trabajo*. Si el precio de su fuerza de trabajo es de tres chelines, en los que se realizan seis horas de trabajo, y si trabaja doce horas, considera necesariamente esos tres chelines como el valor o precio de doce horas de trabajo, aunque esas doce horas de trabajo se realicen en un valor de seis chelines. De aquí se derivan dos consecuencias.

Primera. El *valor o precio de la fuerza de trabajo* toma la apariencia del *precio o valor del propio trabajo*, aunque, en rigor, valor y precio del trabajo son expresiones sin sentido.

Segunda. Aunque solo se *paga* una parte del trabajo diario del obrero, mientras que la otra parte queda *sin pagar*, y aunque ese trabajo no pagado o plustrabajo constituye precisamente el fondo del que se forma la *plusvalía* o *ganancia*, parece como si todo el trabajo fuera trabajo pagado.

Esta falsa apariencia distingue el *trabajo asalariado* de las demás formas *históricas* del trabajo. Sobre la base del sistema del trabajo asalariado, incluso el trabajo *no pagado* parece trabajo *pagado*. En el *esclavo*, por el contrario, incluso la parte de su trabajo que se paga parece no pagada. Naturalmente, para trabajar el esclavo tiene que vivir, y una parte de su jornada de trabajo se destina a reponer el valor de su propio sustento. Pero como entre él y su amo no se cierra ningún trato, ni hay entre las dos partes actos de compra y venta, todo su trabajo parece entregado a cambio de nada.

Tomemos, por otra parte, al campesino siervo, tal como existía, podría decir que hasta ayer, en todo el este de Europa. Este campesino trabajaba, por ejemplo, tres días para sí mismo en su propio campo o en el campo que se le había asignado, y los tres días siguientes realizaba un trabajo obligatorio y gratuito en la hacienda de su señor.[^38] Aquí, pues, las partes pagada y no pagada del trabajo estaban separadas de manera tangible, separadas en el tiempo y en el espacio; y nuestros liberales rebosaban de indignación moral ante la idea absurda de hacer trabajar a un hombre a cambio de nada.

Pero, en realidad, que un hombre trabaje tres días a la semana para sí mismo en su propio campo y tres días gratis en la hacienda de su señor, o que trabaje en la fábrica o en el taller seis horas diarias para sí mismo y seis para su patrono, viene a ser lo mismo, aunque en el segundo caso las partes pagada y no pagada del trabajo están inseparablemente mezcladas y el carácter de toda la transacción queda completamente enmascarado por la *intervención de un contrato* y por la *paga* que se recibe al final de la semana. En un caso, el trabajo gratuito parece entregado voluntariamente; en el otro, parece obligatorio. Esa es toda la diferencia.

Cuando emplee la expresión «*valor del trabajo*», la emplearé solo como término corriente y popular para designar el «*valor de la fuerza de trabajo*».

## X. La ganancia se obtiene vendiendo una mercancía por su valor

Supongamos que una hora de trabajo medio se realiza en un valor igual a seis peniques, o que doce horas de trabajo medio se realizan en seis chelines. Supongamos, además, que el valor del trabajo es de tres chelines, o el producto de seis horas de trabajo. Si en las materias primas, la maquinaria, etc., consumidas en una mercancía estuvieran realizadas veinticuatro horas de trabajo medio, su valor ascendería a doce chelines. Si, además, el obrero empleado por el capitalista añadiera doce horas de trabajo a esos medios de producción, esas doce horas se realizarían en un valor adicional de seis chelines. El *valor total del producto* ascendería, pues, a treinta y seis horas de trabajo realizado y sería igual a dieciocho chelines. Pero como el valor del trabajo, o el salario pagado al obrero, sería de solo tres chelines, el capitalista no habría pagado ningún equivalente por las seis horas de plustrabajo que el obrero ha trabajado y que se han realizado en el valor de la mercancía. Al vender esta mercancía por su valor, por dieciocho chelines, el capitalista realizaría, pues, un valor de tres chelines por el que no ha pagado ningún equivalente. Esos tres chelines constituirían la plusvalía o ganancia que se embolsa. El capitalista obtendría, por lo tanto, la ganancia de tres chelines no vendiendo su mercancía a un precio *superior* a su valor, sino vendiéndola *por su valor real*.

El valor de una mercancía lo determina la *cantidad total de trabajo* que contiene. Pero una parte de esa cantidad de trabajo se realiza en un valor por el que se ha pagado un equivalente en forma de salario; otra parte se realiza en un valor por el que NO se ha pagado ningún equivalente. Una parte del trabajo contenido en la mercancía es trabajo *pagado*; otra parte es trabajo *no pagado*. Por lo tanto, al vender la mercancía *por su valor*, es decir, como cristalización de la *cantidad total de trabajo* empleada en ella, el capitalista tiene que venderla necesariamente con ganancia. No solo vende lo que le ha costado un equivalente, sino que vende también lo que no le ha costado nada, aunque le haya costado trabajo a su obrero. Lo que la mercancía le cuesta al capitalista y lo que cuesta realmente son cosas distintas.

Repito, pues, que las ganancias normales y medias se obtienen vendiendo las mercancías no *por encima* de sus valores reales, sino *por* sus valores reales.

## XI. Las distintas partes en que se descompone la plusvalía

A la *plusvalía*, o a la parte del valor total de la mercancía en la que se realiza el *plustrabajo* o *trabajo no pagado* del obrero, la llamo *ganancia*. El capitalista empresario no se embolsa toda esa ganancia. El monopolio de la tierra permite al terrateniente quedarse con una parte de esa *plusvalía* con el nombre de *renta*, tanto si la tierra se utiliza para edificios agrícolas o para ferrocarriles como para cualquier otro fin productivo. Por otra parte, el hecho mismo de que la posesión de los *instrumentos de trabajo* permita al capitalista empresario producir una *plusvalía* o, lo que viene a ser lo mismo, *apropiarse cierta cantidad de trabajo no pagado*, permite al propietario de los medios de trabajo, que los presta total o parcialmente al capitalista empresario, permite, en una palabra, al capitalista prestamista reclamar para sí, con el nombre de *interés*, otra parte de esa plusvalía, de modo que al capitalista empresario *como tal* solo le queda lo que se llama ganancia *industrial* o *comercial*.

Por qué leyes se regula este reparto de la suma total de la plusvalía entre las tres categorías de personas es una cuestión completamente ajena a nuestro tema. Pero de lo expuesto se desprende al menos lo siguiente.

La *renta, el interés y la ganancia industrial* no son más que nombres distintos para distintas partes de la *plusvalía* de la mercancía, o del *trabajo no pagado que encierra*, y todos ellos *proceden por igual de esta fuente y solo de esta fuente*. No proceden de la *tierra* como tal ni del *capital* como tal, sino que la tierra y el capital permiten a sus propietarios obtener sus respectivas partes de la plusvalía que el capitalista empresario extrae del obrero. Para el propio obrero es una cuestión de importancia secundaria que esa plusvalía, resultado de su plustrabajo o trabajo no pagado, se la embolse toda el capitalista empresario o que este se vea obligado a ceder parte de ella a terceros con el nombre de renta e interés. Supongamos que el capitalista empresario emplee solo su propio capital y sea su propio terrateniente: entonces toda la plusvalía irá a parar a su bolsillo.

Es el capitalista empresario quien extrae directamente del obrero esta plusvalía, cualquiera que sea la parte de ella que pueda quedarse finalmente. Por eso, sobre esta relación entre el capitalista empresario y el obrero asalariado gira todo el sistema del trabajo asalariado y todo el sistema actual de producción. Algunos de los ciudadanos que tomaron parte en nuestro debate se equivocaban, pues, al intentar quitar importancia al asunto y tratar esta relación fundamental entre el capitalista empresario y el obrero como una cuestión secundaria, aunque tenían razón al afirmar que, en determinadas circunstancias, una subida de los precios puede afectar en grados muy desiguales al capitalista empresario, al terrateniente, al capitalista financiero y, si queréis, al recaudador de impuestos.

De lo expuesto se desprende otra consecuencia.

La parte del valor de la mercancía que solo representa el valor de las materias primas y de la maquinaria, en una palabra, el valor de los medios de producción consumidos, no forma *ningún ingreso*, sino que repone *solo capital*. Pero, aparte de esto, es falso que la otra parte del valor de la mercancía, *la que forma ingreso*, o puede gastarse en forma de salarios, ganancias, renta e interés, esté *constituida* por el valor de los salarios, el valor de la renta, el valor de las ganancias, etc. Dejaremos de lado en primer lugar los salarios y solo trataremos de las ganancias industriales, el interés y la renta. Acabamos de ver que la *plusvalía* contenida en la *mercancía*, o la parte de su valor en la que se realiza *trabajo no pagado*, se descompone en distintas fracciones que llevan tres nombres distintos.

Pero sería todo lo contrario de la verdad decir que su valor está *compuesto* o *formado* por la *suma* de los *valores independientes de estos tres componentes*.

Si una hora de trabajo se realiza en un valor de seis peniques, si la jornada de trabajo del obrero es de doce horas y si la mitad de ese tiempo es trabajo no pagado, ese plustrabajo añadirá a la mercancía una *plusvalía* de tres chelines, es decir, un valor por el que no se ha pagado ningún equivalente. Esta plusvalía de tres chelines constituye *todo el fondo* que el capitalista empresario puede repartir, en las proporciones que sean, con el terrateniente y con el prestamista. El valor de esos tres chelines constituye el límite del valor que tienen que repartirse entre ellos. Pero no es el capitalista empresario quien añade al valor de la mercancía un valor arbitrario para su ganancia, al que se añade otro valor para el terrateniente, y así sucesivamente, de modo que la suma de esos valores fijados arbitrariamente constituya el valor total. Veis, pues, la falacia de la idea corriente que confunde la *descomposición de un valor dado* en tres partes con la *formación* de ese valor mediante la suma de tres valores *independientes*, convirtiendo así el valor total del que se derivan la renta, la ganancia y el interés en una magnitud arbitraria.

Si la ganancia total que realiza un capitalista es igual a 100 libras, llamamos a esta suma, considerada como magnitud *absoluta*, la *masa de ganancia*. Pero si calculamos la proporción que guardan esas 100 libras con el capital adelantado, llamamos a esta magnitud *relativa* la *tasa de ganancia*. Es evidente que esta tasa de ganancia puede expresarse de dos maneras.

Supongamos que 100 libras son el capital *adelantado en salarios*. Si la plusvalía creada es también de 100 libras —y esto nos mostraría que la mitad de la jornada de trabajo del obrero se compone de trabajo *no pagado*— y si midiéramos esta ganancia por el valor del capital adelantado en salarios, diríamos que la *tasa de ganancia* es del cien por cien, porque el valor adelantado sería cien y el valor realizado, doscientos.

Si, por el contrario, no consideráramos solo el *capital adelantado en salarios*, sino el *capital total* adelantado, digamos, por ejemplo, 500 libras, de las cuales 400 representaran el valor de las materias primas, la maquinaria, etc., diríamos que la *tasa de ganancia* es solo del veinte por ciento, porque la ganancia de cien no sería más que la quinta parte del capital *total* adelantado.

La primera manera de expresar la tasa de ganancia es la única que os muestra la proporción real entre el trabajo pagado y el no pagado, el grado real de *explotación* (permitidme esta palabra francesa)[^39] *del trabajo*. La otra manera de expresarla es la de uso común y es, en efecto, adecuada para ciertos fines. En todo caso, es muy útil para ocultar el grado en que el capitalista extrae del obrero trabajo gratuito.

En las observaciones que me quedan por hacer, emplearé la palabra *ganancia* para designar la suma total de la plusvalía que extrae el capitalista, sin tener en cuenta el reparto de esa plusvalía entre las distintas partes, y cuando emplee la expresión *tasa de ganancia* mediré siempre las ganancias por el valor del capital adelantado en salarios.[^40]

## XII. Relación general entre ganancias, salarios y precios

Descontad del valor de una mercancía el valor que repone el de las materias primas y demás medios de producción empleados en ella, es decir, descontad el valor que representa el trabajo *pretérito* contenido en ella, y el resto de su valor se reducirá a la cantidad de trabajo añadida por el obrero empleado en *último* lugar. Si ese obrero trabaja doce horas diarias y si doce horas de trabajo medio se cristalizan en una cantidad de oro igual a seis chelines, ese valor adicional de seis chelines es el *único* valor que habrá creado su trabajo. Este valor dado, determinado por su tiempo de trabajo, es el único fondo del que tanto él como el capitalista tienen que sacar sus respectivas partes o dividendos, el único valor que se reparte entre salarios y ganancias. Es evidente que este valor no cambiará por las proporciones variables en que pueda repartirse entre las dos partes. Tampoco cambiará nada si en lugar de un obrero ponéis a toda la población obrera, doce millones de jornadas de trabajo, por ejemplo, en lugar de una.

Como el capitalista y el obrero solo tienen que repartirse este valor limitado, es decir, el valor medido por el trabajo total del obrero, cuanto más reciba uno, menos recibirá el otro, y *viceversa*. Siempre que una cantidad está dada, una de sus partes aumentará en la misma medida en que disminuya la otra. Si cambian los salarios, las ganancias cambiarán en sentido opuesto. Si los salarios bajan, las ganancias subirán; y si los salarios suben, las ganancias bajarán. Si el obrero, según nuestro supuesto anterior, recibe tres chelines, que son la mitad del valor que ha creado, o si toda su jornada de trabajo se compone de una mitad de trabajo pagado y otra de trabajo no pagado, la *tasa de ganancia* será del 100 por ciento, porque el capitalista recibirá también tres chelines. Si el obrero recibe solo dos chelines, o trabaja para sí mismo solo la tercera parte de la jornada, el capitalista recibirá cuatro chelines y la tasa de ganancia será del 200 por ciento. Si el obrero recibe cuatro chelines, el capitalista solo recibirá dos y la tasa de ganancia bajaría al 50 por ciento; pero ninguna de estas variaciones afectará al valor de la mercancía. Una subida general de los salarios daría, pues, como resultado una caída de la tasa general de ganancia, pero no afectaría a los valores.

Pero aunque los valores de las mercancías, que en última instancia tienen que regular sus precios de mercado, los determinen exclusivamente las cantidades totales de trabajo fijadas en ellas y no el reparto de esa cantidad entre trabajo pagado y no pagado, de ello no se sigue en modo alguno que los valores de cada mercancía, o de cada lote de mercancías, producidos en doce horas, por ejemplo, vayan a permanecer constantes. El *número* o la masa de mercancías producidas en un tiempo de trabajo dado, o con una cantidad dada de trabajo, depende de la *fuerza productiva* del trabajo empleado, y no de su *extensión* o duración. Con un grado de fuerza productiva del trabajo de hilado, por ejemplo, una jornada de trabajo de doce horas puede producir doce libras de hilo; con un grado menor, solo dos libras. Si doce horas de trabajo medio se realizaran en un valor de seis chelines, en un caso las doce libras de hilo costarían seis chelines, y en el otro las dos libras de hilo costarían también seis chelines. Una libra de hilo costaría, pues, seis peniques en un caso y tres chelines en el otro. La diferencia de precio resultaría de la diferencia entre las fuerzas productivas del trabajo empleado. Con la mayor fuerza productiva, en una libra de hilo se realizaría una hora de trabajo; con la menor, se realizarían seis horas. El precio de una libra de hilo sería en un caso de solo seis peniques, aunque los salarios fueran relativamente altos y la tasa de ganancia baja; en el otro, de tres chelines, aunque los salarios fueran bajos y la tasa de ganancia alta. Sería así porque el precio de la libra de hilo lo regula la *cantidad total de trabajo incorporada en ella*, y no el *reparto proporcional de esa cantidad total entre trabajo pagado y no pagado*. El hecho que he mencionado antes, que el trabajo bien pagado puede producir mercancías baratas, y el trabajo mal pagado, mercancías caras, pierde, pues, su apariencia paradójica. No es más que la expresión de la ley general de que el valor de una mercancía lo regula la cantidad de trabajo incorporada en ella, y de que la cantidad de trabajo incorporada en ella depende por completo de las fuerzas productivas del trabajo empleado y variará, por lo tanto, con cada variación de la productividad del trabajo.

## XIII. Principales casos de intentos de subir los salarios o de resistir a su reducción

Consideremos ahora seriamente los principales casos en que se intenta una subida de los salarios o se resiste a una reducción.

1. Hemos visto que el *valor de la fuerza de trabajo* o, en términos más populares, el *valor del trabajo* lo determina el valor de los artículos de primera necesidad, o la cantidad de trabajo necesaria para producirlos.

Así pues, si en un país dado el valor de los artículos de primera necesidad que el obrero consume por término medio cada día representara seis horas de trabajo, expresadas en tres chelines, el obrero tendría que trabajar seis horas diarias para producir un equivalente de su sustento diario. Si la jornada de trabajo completa fuera de doce horas, el capitalista le pagaría el valor de su trabajo pagándole tres chelines. La mitad de la jornada de trabajo sería trabajo no pagado y la tasa de ganancia ascendería al 100 por ciento. Pero supongamos ahora que, a consecuencia de una disminución de la productividad, se necesitara más trabajo para producir, digamos, la misma cantidad de productos agrícolas, de modo que el precio de los artículos de primera necesidad medios diarios subiera de tres a cuatro chelines. En ese caso, el *valor* del trabajo subiría un tercio, o un 33 1/3 por ciento. Se necesitarían ocho horas de la jornada de trabajo para producir un equivalente del sustento diario del obrero con arreglo a su antiguo nivel de vida. El plustrabajo bajaría, pues, de seis horas a cuatro, y la tasa de ganancia, del 100 al 50 por ciento. Pero al exigir una subida del salario, el obrero no haría más que exigir que se le pagara el *mayor valor de su trabajo*, como cualquier otro vendedor de una mercancía que, al aumentar los costes de su mercancía, intenta que se le pague su mayor valor. Si los salarios no subieran, o no subieran lo suficiente para compensar el aumento de los valores de los artículos de primera necesidad, el *precio* del trabajo bajaría por debajo del *valor del trabajo* y el nivel de vida del obrero empeoraría.

Pero también podría producirse un cambio en sentido opuesto. Gracias al aumento de la productividad del trabajo, la misma cantidad de artículos de primera necesidad medios diarios podría bajar de tres a dos chelines, o solo se necesitarían cuatro horas de la jornada de trabajo, en lugar de seis, para reproducir un equivalente del valor de los artículos de primera necesidad diarios. El obrero podría comprar ahora con dos chelines tantos artículos de primera necesidad como antes con tres. El *valor del trabajo*, ciertamente, habría bajado, pero ese valor disminuido dispondría de la misma cantidad de mercancías que antes. Las ganancias subirían entonces de tres a cuatro chelines, y la tasa de ganancia, del 100 al 200 por ciento. Aunque el nivel de vida absoluto del obrero seguiría siendo el mismo, su salario *relativo*, y con él su posición social relativa, comparada con la del capitalista, habría descendido. Si el obrero se resistiera a esa reducción de su salario relativo, solo intentaría obtener una parte del aumento de las fuerzas productivas de su propio trabajo y mantener su anterior posición relativa en la escala social. Así, después de la abolición de las leyes de cereales, y en flagrante violación de las promesas más solemnes hechas durante la campaña contra esas leyes, los señores de las fábricas ingleses redujeron en general los salarios un diez por ciento. La resistencia de los obreros fracasó al principio, pero, a consecuencia de circunstancias en las que no puedo entrar ahora, el diez por ciento perdido se recuperó después.

2. Los *valores* de los artículos de primera necesidad, y por lo tanto el *valor del trabajo*, podrían seguir siendo los mismos, pero podría producirse un cambio en sus *precios en dinero* a consecuencia de un cambio previo en el *valor del dinero*. Con el descubrimiento de minas más ricas, etc., producir dos onzas de oro podría, por ejemplo, no costar más trabajo que antes una onza. El *valor* del oro se depreciaría entonces a la mitad, o un cincuenta por ciento. Como los *valores* de todas las demás mercancías se expresarían entonces en el doble de sus anteriores *precios en dinero*, lo mismo ocurriría con el *valor del trabajo*. Doce horas de trabajo, que antes se expresaban en seis chelines, se expresarían ahora en doce. Si el salario del obrero siguiera siendo de tres chelines, en lugar de subir a seis, el *precio en dinero de su trabajo* solo sería igual a *la mitad del valor de su trabajo*, y su nivel de vida empeoraría terriblemente. Lo mismo ocurriría, en mayor o menor grado, si su salario subiera, pero no en proporción a la baja del valor del oro. En ese caso no habría cambiado nada, ni en las fuerzas productivas del trabajo, ni en la oferta y la demanda, ni en los valores.

No habría cambiado nada salvo los *nombres* en dinero de esos valores. Decir que en ese caso el obrero no debe insistir en una subida proporcional de su salario es decir que debe contentarse con que le paguen con nombres en lugar de con cosas. Toda la historia pasada demuestra que, siempre que se produce semejante depreciación del dinero, los capitalistas están al acecho para aprovechar la ocasión y estafar al obrero. Una escuela muy numerosa de economistas afirma que, a consecuencia de los nuevos descubrimientos de tierras auríferas, de la mejor explotación de las minas de plata y del abastecimiento más barato de mercurio, el valor de los metales preciosos se ha depreciado de nuevo.[^41] Esto explicaría los intentos generales y simultáneos de subir los salarios en el continente.

3. Hasta ahora hemos supuesto que la *jornada de trabajo* tiene límites dados. Pero la jornada de trabajo no tiene por sí misma límites constantes. La tendencia constante del capital es alargarla hasta la máxima duración físicamente posible, porque en la misma medida aumentarán el plustrabajo y, por lo tanto, la ganancia que resulta de él. Cuanto más logra el capital prolongar la jornada de trabajo, mayor es la cantidad de trabajo ajeno de la que se apropia.

Durante el siglo XVII, e incluso durante los dos primeros tercios del XVIII, la jornada de diez horas era la jornada de trabajo normal en toda Inglaterra. Durante la guerra antijacobina, que fue en realidad una guerra de los barones británicos contra las masas trabajadoras británicas,[^42] el capital celebró sus bacanales y prolongó la jornada de trabajo de diez horas a doce, catorce, dieciocho. Malthus, un hombre al que nadie sospecharía de sentimentalismo lacrimoso, declaró en un folleto publicado hacia 1815 que, si aquello seguía así, la vida de la nación quedaría atacada en su misma fuente.[^43] Pocos años antes de la introducción general de la maquinaria recién inventada, hacia 1765, apareció en Inglaterra un folleto titulado *An Essay on Trade* [«Ensayo sobre el comercio»].[^44] Su autor anónimo, enemigo declarado de las clases trabajadoras, declama sobre la necesidad de ampliar los límites de la jornada de trabajo. Entre otros medios para conseguirlo, propone *casas de trabajo* que, según él, deberían ser «casas del terror». ¿Y qué duración de la jornada de trabajo prescribe para esas «casas del terror»? *Doce horas*, el mismo tiempo que en 1832 los capitalistas, los economistas y los ministros declararon que era no solo el tiempo de trabajo existente, sino el necesario para un niño menor de doce años.[^45]

Al vender su fuerza de trabajo, y está obligado a venderla en el sistema actual, el obrero cede al capitalista el consumo de esa fuerza, pero dentro de ciertos límites racionales. Vende su fuerza de trabajo para mantenerla, aparte de su desgaste natural, no para destruirla. Al venderla por su valor diario o semanal, se sobrentiende que en un día o en una semana esa fuerza de trabajo no se someterá a un desgaste o deterioro de dos días o de dos semanas. Tomemos una máquina que vale 1000 libras. Si se consume en diez años, añadirá 100 libras anuales al valor de las mercancías en cuya producción interviene. Si se consume en cinco años, añadirá 200 libras anuales; es decir, el valor de su desgaste anual está en razón inversa de la rapidez con que se consume. Pero en esto se distingue el obrero de la máquina. La maquinaria no se desgasta exactamente en la misma proporción en que se usa. El hombre, por el contrario, se deteriora en una proporción mayor de la que se vería por la mera suma numérica del trabajo.

En sus intentos de reducir la jornada de trabajo a sus antiguas dimensiones racionales o, allí donde no pueden imponer la fijación legal de una jornada de trabajo normal, de poner freno al exceso de trabajo con una subida de los salarios, una subida no solo proporcional al plustiempo exigido, sino mayor, los obreros no hacen más que cumplir un deber para consigo mismos y para con su raza. No hacen más que poner límites a las usurpaciones tiránicas del capital. El tiempo es el espacio del desarrollo humano. Un hombre que no dispone de tiempo libre, cuya vida entera, aparte de las interrupciones puramente físicas del sueño, las comidas, etc., la absorbe su trabajo para el capitalista, es menos que una bestia de carga. Es una simple máquina de producir riqueza ajena, con el cuerpo destrozado y el espíritu embrutecido. Y, sin embargo, toda la historia de la industria moderna muestra que el capital, si no se le pone freno, trabajará sin miramientos ni piedad por arrojar a toda la clase obrera a ese extremo de degradación.

Al prolongar la jornada de trabajo, el capitalista puede pagar *salarios más altos* y, sin embargo, rebajar el *valor del trabajo*, si la subida de los salarios no corresponde a la mayor cantidad de trabajo extraída y al deterioro más rápido de la fuerza de trabajo que así se provoca. Esto puede hacerse también de otra manera. Vuestros estadísticos de la clase media os dirán, por ejemplo, que el salario medio de las familias fabriles del Lancashire ha subido. Olvidan que, en lugar del trabajo del hombre, el cabeza de familia, ahora se arroja bajo las ruedas del Juggernaut del capital[^46] a su mujer y quizá a tres o cuatro de sus hijos, y que la subida del salario total no corresponde al plustrabajo total extraído de la familia.

Incluso con límites dados de la jornada de trabajo, como los que existen hoy en todas las ramas de la industria sometidas a las leyes fabriles, puede hacerse necesaria una subida de los salarios, aunque solo sea para mantener el antiguo nivel del *valor del trabajo*. Aumentando la *intensidad* del trabajo, puede hacerse que un hombre gaste en una hora tanta fuerza vital como antes en dos. Esto se ha conseguido en cierta medida en las industrias sometidas a las leyes fabriles, acelerando la maquinaria y aumentando el número de máquinas de trabajo que un solo individuo tiene que vigilar ahora. Si el aumento de la intensidad del trabajo, o de la masa de trabajo gastada en una hora, guarda cierta proporción razonable con la disminución de la duración de la jornada de trabajo, el obrero seguirá saliendo ganando. Si se rebasa este límite, pierde por un lado lo que ha ganado por otro, y diez horas de trabajo pueden resultar entonces tan ruinosas como antes doce. Al poner freno a esta tendencia del capital luchando por una subida de los salarios que corresponda a la intensidad creciente del trabajo, el obrero no hace más que oponerse a la depreciación de su trabajo y al deterioro de su raza.

4. Todos sabéis que, por razones que no tengo que explicar ahora, la producción capitalista pasa por ciertos ciclos periódicos. Pasa por una fase de calma, de animación creciente, de prosperidad, de superproducción, de crisis y de estancamiento. Los precios de mercado de las mercancías y las tasas de ganancia de mercado siguen esas fases, bajando unas veces por debajo de sus medias y subiendo otras por encima.

Si consideráis todo el ciclo, veréis que una desviación del precio de mercado se compensa con la otra y que, tomando la media del ciclo, los precios de mercado de las mercancías se regulan por sus valores. ¡Pues bien! Durante las fases de baja de los precios de mercado y durante las fases de crisis y de estancamiento, al obrero, si no lo echan del todo a la calle, le rebajan con toda seguridad el salario. Para que no lo estafen, tiene que discutir con el capitalista, incluso con esa baja de los precios de mercado, en qué proporción se ha hecho necesaria la rebaja de los salarios. Si durante las fases de prosperidad, cuando se obtienen ganancias extraordinarias, no luchara por una subida de los salarios, no recibiría, tomando la media de un ciclo industrial, ni siquiera su *salario medio*, o el *valor* de su trabajo. Es el colmo de la locura exigir que, mientras su salario se ve forzosamente afectado por las fases adversas del ciclo, se excluya él mismo de toda compensación durante las fases prósperas. En general, los *valores* de todas las mercancías solo se realizan mediante la compensación de los precios de mercado continuamente cambiantes, que nacen de las fluctuaciones continuas de la demanda y la oferta. Sobre la base del sistema actual, el trabajo no es más que una mercancía como las demás. Tiene que pasar, pues, por las mismas fluctuaciones para obtener un precio medio que corresponda a su valor.

Sería absurdo tratarlo, por un lado, como una mercancía y querer, por otro, eximirlo de las leyes que regulan los precios de las mercancías. El esclavo recibe una cantidad permanente y fija de sustento; el obrero asalariado, no. Tiene que intentar conseguir una subida de los salarios en un caso, aunque solo sea para compensar la baja de los salarios en el otro. Si se resignara a aceptar la voluntad, los dictados del capitalista, como una ley económica permanente, compartiría todas las miserias del esclavo sin tener la seguridad del esclavo.

5. En todos los casos que he considerado, y que son noventa y nueve de cada cien, habéis visto que la lucha por la subida de los salarios no hace más que seguir a cambios *previos* y es el fruto necesario de cambios previos en el volumen de la producción, en las fuerzas productivas del trabajo, en el valor del trabajo, en el valor del dinero, en la duración o la intensidad del trabajo extraído, en las fluctuaciones de los precios de mercado, que dependen de las fluctuaciones de la demanda y la oferta y se corresponden con las distintas fases del ciclo industrial; en una palabra, como reacciones del trabajo contra la acción previa del capital. Si tratáis la lucha por la subida de los salarios independientemente de todas estas circunstancias, si solo atendéis al cambio de los salarios y pasáis por alto todos los demás cambios de los que este procede, partís de una premisa falsa para llegar a conclusiones falsas.

## XIV. La lucha entre el capital y el trabajo y sus resultados

1. Después de haber mostrado que la resistencia periódica de los obreros contra la reducción de los salarios y sus intentos periódicos de conseguir una subida de los salarios son inseparables del sistema del trabajo asalariado y vienen dictados por el hecho mismo de que el trabajo está asimilado a las mercancías y sometido, por lo tanto, a las leyes que regulan el movimiento general de los precios; después de haber mostrado, además, que una subida general de los salarios daría como resultado una caída de la tasa general de ganancia, pero no afectaría a los precios medios de las mercancías ni a sus valores, surge por último la pregunta de hasta qué punto, en esta lucha incesante entre el capital y el trabajo, es probable que este último salga vencedor.

Podría responder con una generalización y decir que, como ocurre con todas las demás mercancías, el *precio de mercado* del trabajo se adaptará a la larga a su *valor*; que, por lo tanto, pese a todas las subidas y bajadas, y haga lo que haga, el obrero solo recibirá por término medio el valor de su trabajo, que se reduce al valor de su fuerza de trabajo, que lo determina el valor de los artículos de primera necesidad requeridos para su mantenimiento y su reproducción, valor de los artículos de primera necesidad que, a su vez, lo regula en última instancia la cantidad de trabajo necesaria para producirlos.

Pero hay ciertos rasgos peculiares que distinguen el *valor de la fuerza de trabajo, o valor del trabajo*, de los valores de todas las demás mercancías. El valor de la fuerza de trabajo está formado por dos elementos: uno puramente físico y otro histórico o social. Su *límite último* lo determina el elemento *físico*; es decir, para mantenerse y reproducirse, para perpetuar su existencia física, la clase obrera tiene que recibir los artículos de primera necesidad absolutamente indispensables para vivir y multiplicarse. El *valor* de esos artículos de primera necesidad indispensables constituye, pues, el límite último del *valor del trabajo*. Por otra parte, la duración de la jornada de trabajo está limitada también por fronteras últimas, aunque muy elásticas. Su límite último lo da la fuerza física del obrero. Si el agotamiento diario de sus fuerzas vitales rebasa cierto grado, no podrán volver a emplearse día tras día.

Pero, como he dicho, este límite es muy elástico. Una sucesión rápida de generaciones enfermizas y de vida corta mantendrá el mercado de trabajo tan bien abastecido como una serie de generaciones vigorosas y de vida larga. Además de este elemento puramente físico, el valor del trabajo lo determina en cada país un *nivel de vida tradicional*. No se trata solo de la vida física, sino de la satisfacción de ciertas necesidades que nacen de las condiciones sociales en que viven y se crían los hombres. El nivel de vida inglés podría reducirse al irlandés; el nivel de vida de un campesino alemán, al de un campesino livonio.[^47] La importante función que desempeñan en este sentido la tradición histórica y la costumbre social podéis verla en la obra del señor Thornton sobre la *superpoblación*,[^48] donde muestra que los salarios medios de los distintos distritos agrícolas de Inglaterra todavía hoy difieren más o menos según las circunstancias más o menos favorables en que esos distritos salieron del estado de servidumbre.

Este elemento histórico o social que entra en el valor del trabajo puede dilatarse, o contraerse, o extinguirse por completo, de modo que no quede más que el *límite físico*. Durante la guerra antijacobina, emprendida, como solía decir el viejo George Rose,[^49] incorregible devorador de impuestos y titular de sinecuras, para salvar las comodidades de nuestra santa religión de las incursiones de los infieles franceses, los honrados arrendatarios ingleses, a los que tan delicadamente hemos tratado en un capítulo anterior, rebajaron los salarios de los jornaleros agrícolas incluso por debajo de ese *mínimo puramente físico*, pero completaron con las leyes de pobres[^50] el resto necesario para la perpetuación física de la raza. Fue una manera gloriosa de convertir al obrero asalariado en esclavo y al orgulloso *yeoman* de Shakespeare en un indigente.[^51]

Si comparáis los salarios normales, o valores del trabajo, en distintos países, y si los comparáis en distintas épocas históricas de un mismo país, veréis que el *valor del trabajo* mismo no es una magnitud fija, sino variable, aun suponiendo que los valores de todas las demás mercancías permanezcan constantes.

Una comparación semejante probaría que no solo cambian las *tasas de mercado* de la ganancia, sino también sus tasas *medias*.

Pero en lo que respecta a las *ganancias*, no existe ninguna ley que determine su *mínimo*. No podemos decir cuál es el límite último de su disminución. ¿Y por qué no podemos fijar ese límite? Porque, aunque podemos fijar el *mínimo* de los salarios, no podemos fijar su *máximo*.

Solo podemos decir que, dados los límites de la jornada de trabajo, el *máximo de la ganancia* corresponde al *mínimo físico de los salarios*, y que, dados los salarios, el *máximo de la ganancia* corresponde a la prolongación de la jornada de trabajo que sea compatible con las fuerzas físicas del obrero. El máximo de la ganancia está limitado, pues, por el mínimo físico de los salarios y por el máximo físico de la jornada de trabajo. Es evidente que entre los dos límites de la *tasa máxima de ganancia* es posible una escala inmensa de variaciones. Su grado efectivo solo se fija por la lucha continua entre el capital y el trabajo: el capitalista tiende constantemente a reducir los salarios a su mínimo físico y a extender la jornada de trabajo a su máximo físico, mientras que el obrero presiona constantemente en sentido contrario.

El asunto se reduce a una cuestión de las fuerzas respectivas de los combatientes.

2. En lo que respecta a la *limitación de la jornada de trabajo*, en Inglaterra, como en todos los demás países, nunca se ha establecido más que por *intervención legislativa*. Sin la presión continua de los obreros desde fuera, esa intervención nunca se habría producido. Pero, en todo caso, el resultado no podía alcanzarse mediante acuerdos privados entre los obreros y los capitalistas. Esta misma necesidad de una *acción política general* es la prueba de que, en su acción puramente económica, el capital es la parte más fuerte.

En cuanto a los *límites* del *valor del trabajo*, su fijación efectiva depende siempre de la oferta y la demanda, me refiero a la demanda de trabajo por parte del capital y a la oferta de trabajo por parte de los obreros. En los países coloniales, la ley de la oferta y la demanda favorece al obrero. De ahí el nivel relativamente alto de los salarios en los Estados Unidos. El capital puede intentarlo allí todo. No puede impedir que el mercado de trabajo se vacíe continuamente por la conversión continua de obreros asalariados en campesinos independientes que se bastan a sí mismos. La condición de obrero asalariado es para una gran parte del pueblo norteamericano un estado de prueba que están seguros de abandonar en un plazo más o menos largo. Para remediar este estado de cosas colonial, el paternal gobierno británico adoptó durante algún tiempo lo que se llama la moderna teoría de la colonización, que consiste en fijar un precio artificialmente alto a la tierra de las colonias para impedir que el obrero asalariado se convierta demasiado deprisa en campesino independiente.[^52]

Pero vayamos ahora a los viejos países civilizados, en los que el capital domina todo el proceso de producción. Tomemos, por ejemplo, la subida de los salarios agrícolas en Inglaterra de 1849 a 1859. ¿Cuál fue su consecuencia? Los arrendatarios no pudieron, como les habría aconsejado nuestro amigo Weston, subir el valor del trigo, ni siquiera su precio de mercado. Tuvieron, por el contrario, que soportar su baja. Pero durante esos once años introdujeron maquinaria de toda clase, adoptaron métodos más científicos, convirtieron en pastos parte de la tierra de labor, aumentaron el tamaño de las explotaciones y, con él, la escala de la producción, y con estos y otros procedimientos, disminuyendo la demanda de trabajo al aumentar su fuerza productiva, volvieron a hacer relativamente sobrante a la población agrícola. Este es el método general con que se produce, más deprisa o más despacio, la reacción del capital contra una subida de los salarios en los viejos países poblados desde antiguo. Ricardo ha observado con razón que la maquinaria está en competencia constante con el trabajo y que a menudo solo puede introducirse cuando el precio del trabajo ha alcanzado cierta altura;[^53] pero la aplicación de la maquinaria no es más que uno de los muchos métodos para aumentar las fuerzas productivas del trabajo. El mismo desarrollo que hace relativamente sobrante el trabajo común simplifica, por otro lado, el trabajo cualificado y lo deprecia así.

La misma ley actúa también en otra forma. Con el desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo se acelera la acumulación del capital, incluso pese a una tasa de los salarios relativamente alta. De ahí podría deducirse, como lo dedujo Adam Smith, en cuya época la industria moderna estaba todavía en su infancia, que la acumulación acelerada del capital tiene que inclinar la balanza a favor del obrero, al asegurarle una demanda creciente de su trabajo. Desde este mismo punto de vista, muchos autores contemporáneos se han asombrado de que, habiendo crecido el capital inglés en los últimos veinte años mucho más deprisa que la población inglesa, los salarios no hayan aumentado más. Pero, al mismo tiempo que progresa la acumulación, se produce un *cambio progresivo en la composición del capital*. La parte del capital total que consiste en capital fijo, maquinaria, materias primas y medios de producción en todas sus formas posibles aumenta progresivamente en comparación con la otra parte del capital, la que se invierte en salarios o en la compra de trabajo. Esta ley la han formulado de manera más o menos exacta el señor Barton, Ricardo, Sismondi, el profesor Richard Jones, el profesor Ramsay, Cherbuliez y otros.[^54]

Si la proporción entre estos dos elementos del capital era al principio de uno a uno, con el progreso de la industria llegará a ser de cinco a uno, y así sucesivamente. Si de un capital total de 600 se invierten 300 en instrumentos, materias primas, etc., y 300 en salarios, basta con que el capital total se duplique para crear una demanda de 600 obreros en lugar de 300. Pero si de un capital de 600 se invierten 500 en maquinaria, materiales, etc., y solo 100 en salarios, el mismo capital tiene que aumentar de 600 a 3600 para crear una demanda de 600 obreros en lugar de 300. Con el progreso de la industria, la demanda de trabajo no sigue, pues, el ritmo de la acumulación del capital. Seguirá aumentando, pero en una proporción constantemente decreciente en comparación con el aumento del capital.

Estas pocas indicaciones bastarán para mostrar que el propio desarrollo de la industria moderna tiene que inclinar progresivamente la balanza a favor del capitalista y en contra del obrero, y que, por consiguiente, la tendencia general de la producción capitalista no es a elevar, sino a hundir el nivel medio de los salarios, o a empujar el *valor del trabajo* más o menos hasta su *límite mínimo*. Pero, siendo esta la tendencia de las *cosas* en este sistema, ¿quiere decir esto que la clase obrera deba renunciar a su resistencia contra las usurpaciones del capital y abandonar sus intentos de aprovechar lo mejor posible las ocasiones de mejorar temporalmente su situación? Si lo hiciera, quedaría degradada a una masa uniforme de desgraciados destrozados y sin salvación posible. Creo haber mostrado que sus luchas por el nivel de los salarios son episodios inseparables de todo el sistema del trabajo asalariado, que en 99 casos de cada 100 sus esfuerzos por subir los salarios no son más que esfuerzos por mantener el valor dado del trabajo, y que la necesidad de discutir su precio con el capitalista es inherente a su condición de tener que venderse como mercancías. Si cediera cobardemente en su conflicto diario con el capital, se incapacitaría sin duda para emprender cualquier movimiento de mayor envergadura.

Al mismo tiempo, y con total independencia de la servidumbre general que implica el sistema del trabajo asalariado, la clase obrera no debe exagerarse a sí misma el resultado final de estas luchas diarias. No debe olvidar que lucha contra los efectos, pero no contra las causas de esos efectos; que frena el movimiento descendente, pero no cambia su dirección; que aplica paliativos, pero no cura la enfermedad. No debe, pues, dejarse absorber exclusivamente por estas inevitables escaramuzas de guerrillas que surgen sin cesar de las incesantes usurpaciones del capital o de los cambios del mercado. Debe comprender que, con todas las miserias que le impone, el sistema actual engendra al mismo tiempo las *condiciones materiales* y las *formas sociales* necesarias para una reconstrucción económica de la sociedad. En lugar del lema *conservador* «*¡Un salario justo por una jornada de trabajo justa!*», debe inscribir en su bandera la consigna *revolucionaria* «*¡Abolición del sistema del trabajo asalariado!*».[^55]

Después de esta exposición tan larga y, me temo, tan fatigosa, en la que he tenido que entrar para hacer cierta justicia al tema, concluiré proponiendo las siguientes resoluciones:

*Primera.* Una subida general de la tasa de los salarios daría como resultado una caída de la tasa general de ganancia, pero, en términos generales, no afectaría a los precios de las mercancías.

*Segunda.* La tendencia general de la producción capitalista no es a elevar, sino a hundir el nivel medio de los salarios.

*Tercera.* Los sindicatos[^56] cumplen bien su función como centros de resistencia contra las usurpaciones del capital. Fracasan en parte por un uso poco juicioso de su fuerza. Fracasan en general porque se limitan a una guerra de guerrillas contra los efectos del sistema existente, en lugar de intentar al mismo tiempo cambiarlo, en lugar de emplear sus fuerzas organizadas como palanca para la emancipación definitiva de la clase obrera, es decir, para la abolición definitiva del sistema del trabajo asalariado.

[^1]: El congreso de la Internacional previsto para 1865 en Bruselas no llegó a celebrarse; en su lugar se reunió en Londres una conferencia en septiembre de 1865, y el primer congreso tuvo lugar en Ginebra en septiembre de 1866.

[^2]: John Weston, carpintero, antiguo seguidor de Robert Owen y miembro del Consejo General de la Internacional. En la sesión del 4 de abril de 1865 propuso que el Consejo discutiera si una subida de los salarios puede mejorar en general la situación de la clase obrera y si los sindicatos que la persiguen no perjudican a otras ramas de la industria; defendió la respuesta negativa a la primera pregunta y la afirmativa a la segunda en las sesiones de mayo, y también en el semanario obrero *The Bee-Hive*. Este informe es la respuesta de Marx.

[^3]: El chelín (*shilling*, abreviado *s.*) era la vigésima parte de la libra esterlina y se dividía en doce peniques (*pence*, abreviado *d.*).

[^4]: Juego de palabras intraducible: *spoon* es «cuchara», y *spoony*, «bobo».

[^5]: Según Tito Livio (*Historia de Roma*, II, 32), durante la retirada de la plebe al monte Sacro, en el 494 a. C., el patricio Menenio Agripa la convenció de volver a Roma con la fábula de los miembros del cuerpo que se rebelan contra el estómago y acaban debilitándose ellos mismos.

[^6]: La ley de 1847 limitó a diez horas diarias, desde mayo de 1848, la jornada de las mujeres y de los adolescentes en las fábricas textiles; la ley de 1850 la fijó en diez horas y media de lunes a viernes, con una semana de sesenta horas.

[^7]: Andrew Ure (1778-1857), químico, autor de *The Philosophy of Manufactures* (1835), apología del sistema fabril. Nassau William Senior (1790-1864), economista y profesor en Oxford, sostuvo en sus *Letters on the Factory Act* (1837) que toda la ganancia neta del fabricante procedía de la «última hora» de la jornada.

[^8]: En el inglés de la época, *middle class* designaba a la burguesía (fabricantes, comerciantes, banqueros), por oposición a la aristocracia terrateniente.

[^9]: Las leyes del máximo, votadas por la Convención en 1793, durante el gobierno jacobino, fijaron precios máximos para los cereales y otros artículos de primera necesidad, y también topes para los salarios.

[^10]: Se trata en realidad de William Newmarch (1820-1882), economista y estadístico, coautor con Tooke de los dos últimos tomos de la *Historia de los precios*. La reunión anual de la Asociación Británica para el Progreso de la Ciencia (*British Association for the Advancement of Science*) se celebró en Manchester en 1861, no en 1860; Newmarch presidió en ella la sección de economía y estadística.

[^11]: Thomas Tooke (1774-1858), economista y comerciante londinense, autor de *A History of Prices, and of the State of the Circulation*, en seis tomos (1838-1857).

[^12]: Robert Owen (1771-1858), fabricante y socialista utópico británico. En su hilatura de New Lanark (Escocia) redujo la jornada de trabajo e impulsó la primera ley fabril sobre el trabajo infantil, aprobada en 1819.

[^13]: La libra esterlina valía 20 chelines, o 240 peniques.

[^14]: Es decir, los cinco hombres de este grupo, que cobraban 11 chelines cada uno, 55 en total, pasarían a cobrar 14 cada uno, 70 en total.

[^15]: Así en el texto. Según las cifras anteriores, el monto total pasa de 100 a 120 chelines, es decir, aumenta un 20 por ciento.

[^16]: La guerra de Crimea (1853-1856).

[^17]: John Chalmers Morton (1821-1888), agrónomo y director de la *Agricultural Gazette*. Pese al «difunto», vivía todavía en 1865; quien había muerto en 1864 era su padre, el agrónomo John Morton. La Sociedad de las Artes (*Society of Arts*) era una sociedad londinense para el fomento de las artes, las manufacturas y el comercio.

[^18]: El *quarter* era una medida de capacidad para granos de ocho *bushels*, unos 290 litros.

[^19]: Número de personas socorridas por la beneficencia pública en aplicación de las leyes de pobres.

[^20]: Las leyes de cereales (*Corn Laws*) gravaban la importación de trigo para proteger los precios de los terratenientes. Fueron abolidas en 1846, tras la campaña de la Liga contra las Leyes de Cereales (*Anti-Corn Law League*), dirigida por los fabricantes librecambistas; la abolición fue plena desde 1849.

[^21]: David Urquhart (1805-1877), diplomático y publicista británico, conservador y obsesionado con las maniobras de la diplomacia rusa, en las que veía la mano oculta de toda la política europea.

[^22]: El soberano (*sovereign*) era la moneda de oro de una libra esterlina.

[^23]: En Inglaterra no circulaban entonces billetes de banco de menos de 5 libras.

[^24]: La guerra de Secesión norteamericana (1861-1865) cortó el suministro de algodón y provocó en el Lancashire la llamada «hambre del algodón».

[^25]: Así en el texto; la resta da 5 294 531 libras.

[^26]: David Ricardo (1772-1823), *On the Principles of Political Economy and Taxation* (Londres, 1817).

[^27]: La onza troy, empleada para los metales preciosos, equivale a unos 31,1 gramos.

[^28]: Benjamin Franklin (1706-1790). El ensayo es de 1729, no de 1721.

[^29]: El *bushel* era la octava parte del *quarter*, unos 36,4 litros.

[^30]: La libra de peso (*pound*) equivale a unos 454 gramos.

[^31]: La yarda equivale a 0,914 metros.

[^32]: Los fisiócratas, escuela económica francesa del siglo XVIII encabezada por François Quesnay, consideraban la agricultura la única fuente del excedente.

[^33]: Adam Smith, *La riqueza de las naciones* (1776), libro I, capítulo 7.

[^34]: Marx escribe *labouring power*, lo que en alemán llamará *Arbeitskraft* y en español traducimos siempre como «fuerza de trabajo»; el título del apartado, *Labour Power*, es de la edición de 1898. Esta distinción entre el trabajo y la fuerza de trabajo, que el obrero vende, es la clave de la exposición que sigue: en *Trabajo asalariado y capital* (1849) Marx todavía decía que el obrero vende su trabajo, y Engels corrigió ese texto en este sentido al reeditarlo en 1891.

[^35]: Thomas Hobbes, *Leviatán* (1651), parte I, capítulo 10.

[^36]: Adam Smith hablaba de *previous accumulation*, «acumulación previa». Marx estudiará estos procesos en el libro I de *El capital* (1867) con el nombre de «acumulación originaria» (*ursprüngliche Akkumulation*).

[^37]: *Surplus value*, *surplus produce* y *surplus labour*: «plusvalía», «plusproducto» y «plustrabajo» (en alemán, *Mehrwert*, *Mehrprodukt* y *Mehrarbeit*).

[^38]: En Rusia la servidumbre se había abolido en 1861, cuatro años antes de este informe.

[^39]: En el inglés de la época, *exploitation* en este sentido se tenía todavía por un galicismo.

[^40]: Medida así, sobre el capital adelantado en salarios, la «tasa de ganancia» de este informe es lo que en *El capital* Marx llamará «tasa de plusvalía»; allí reservará el nombre de «tasa de ganancia» para la proporción entre la plusvalía y el capital total, la segunda manera de expresarla de la que habla en el párrafo anterior.

[^41]: Los yacimientos de oro descubiertos en California (1848) y en Australia (1851). El mercurio se empleaba para extraer la plata de sus minerales por amalgamación.

[^42]: Las guerras de Gran Bretaña contra la Francia revolucionaria y napoleónica (1793-1815).

[^43]: Thomas Robert Malthus (1766-1834), clérigo y economista, autor del *Ensayo sobre el principio de la población* (1798).

[^44]: Se trata de *An Essay on Trade and Commerce* (Londres, 1770), de autor anónimo, que Marx cita varias veces en el libro I de *El capital*.

[^45]: Alusión a los debates parlamentarios que precedieron a la ley fabril de 1833.

[^46]: El Juggernaut (Jagannath) es una forma del dios hindú Visnú, cuya imagen se pasea en procesión en un carro enorme en Puri (India); según los relatos europeos, algunos fieles se arrojaban bajo sus ruedas.

[^47]: Livonia, región báltica del Imperio ruso, en las actuales Letonia y Estonia, donde los campesinos letones y estonios vivían en gran miseria bajo la nobleza terrateniente alemana.

[^48]: William Thomas Thornton (1813-1880), *Over-population and its Remedy* (Londres, 1846).

[^49]: George Rose (1744-1818), político conservador, secretario del Tesoro bajo William Pitt.

[^50]: Desde 1795 (el llamado sistema de Speenhamland), muchas parroquias inglesas completaban con fondos de la beneficencia los salarios agrícolas insuficientes, lo que permitía a los arrendatarios pagar menos. Las leyes de pobres (*Poor Laws*) regulaban esa beneficencia pública.

[^51]: El *yeoman* era el pequeño propietario rural libre, al que Shakespeare celebra en *Enrique V* (acto III, escena 1: «And you, good yeomen, / Whose limbs were made in England»).

[^52]: La teoría de la «colonización sistemática» de Edward Gibbon Wakefield (1796-1862), aplicada en Australia del Sur y en Nueva Zelanda. Marx la critica en el último capítulo del libro I de *El capital*.

[^53]: David Ricardo, *Principios de economía política*, capítulo 31, «Sobre la maquinaria», añadido en la tercera edición (1821).

[^54]: John Barton (1789-1852), *Observations on the Circumstances which Influence the Condition of the Labouring Classes of Society* (1817); Jean-Charles-Léonard Simonde de Sismondi (1773-1842), economista suizo; Richard Jones (1790-1855), profesor de economía política en el colegio de Haileybury; George Ramsay (1800-1871), *An Essay on the Distribution of Wealth* (1836); Antoine-Élisée Cherbuliez (1797-1869), economista suizo. En el texto de 1898 los dos últimos nombres aparecen como «Ramsey» y «Cherbuilliez».

[^55]: «Instead of the *conservative* motto: “*A fair day’s wage for a fair day’s work!*” they ought to inscribe on their banner the *revolutionary* watchword: “*Abolition of the wages system!*”». El primero era el lema tradicional de los sindicatos británicos. *Wages system* (literalmente, «sistema del salario») lo traducimos siempre como «sistema del trabajo asalariado».

[^56]: *Trades Unions*: las uniones de oficio británicas, los sindicatos de la época.
