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Title: El capital. Libro primero. II. La transformación del dinero en capital (1867)
Description: Sección segunda de El capital: la fórmula general del capital, sus contradicciones y la compra y venta de la fuerza de trabajo, mercancía que crea más valor del que cuesta.
Author: Karl Marx
Date: 1867-09
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1867%20El%20capital.%20Libro%20primero.%20II.%20La%20transformaci%C3%B3n%20del%20dinero%20en%20capital
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*Karl Marx, El capital. Crítica de la economía política. Libro primero: El proceso de producción del capital. Primera edición: Hamburgo, Otto Meissner, 1867. Se traduce de la cuarta edición alemana (1890), revisada por Friedrich Engels, según el texto de la MEW 23 (Berlín, 1962) cotejado con la MEGA II/10; las citas que Marx daba en inglés, francés u otras lenguas se traducen de su original. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas marcadas «(Nota de la traducción.)» son nuestras; las demás son de Marx o, entre corchetes con «— F. E.», de Engels. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1867%20Das%20Kapital.%20Erster%20Band.%20II.%20Die%20Verwandlung%20von%20Geld%20in%20Kapital)*

[Prólogos y epílogos](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1867%20El%20capital.%20Libro%20primero.%20Pr%C3%B3logos%20y%20ep%C3%ADlogos) · [I](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1867%20El%20capital.%20Libro%20primero.%20I.%20Mercanc%C3%ADa%20y%20dinero) · II · [III](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1867%20El%20capital.%20Libro%20primero.%20III.%20La%20producci%C3%B3n%20de%20la%20plusval%C3%ADa%20absoluta) · [IV](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1867%20El%20capital.%20Libro%20primero.%20IV.%20La%20producci%C3%B3n%20de%20la%20plusval%C3%ADa%20relativa) · [V](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1867%20El%20capital.%20Libro%20primero.%20V.%20La%20producci%C3%B3n%20de%20la%20plusval%C3%ADa%20absoluta%20y%20relativa) · [VI](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1867%20El%20capital.%20Libro%20primero.%20VI.%20El%20salario) · [VII](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1867%20El%20capital.%20Libro%20primero.%20VII.%20El%20proceso%20de%20acumulaci%C3%B3n%20del%20capital)

## Capítulo cuarto. La transformación del dinero en capital

### 1. La fórmula general del capital

La circulación de mercancías es el punto de partida del capital. La producción de mercancías y la circulación desarrollada de mercancías, el comercio, constituyen las premisas históricas bajo las cuales nace. El comercio mundial y el mercado mundial abren en el siglo XVI la moderna historia de la vida del capital.

Si prescindimos del contenido material de la circulación de mercancías, del intercambio de los diversos valores de uso, y consideramos solo las formas económicas que este proceso engendra, encontramos como su producto último el dinero. Este producto último de la circulación de mercancías es la primera forma de manifestación del capital.

Históricamente, el capital se enfrenta a la propiedad de la tierra en todas partes, en primer lugar, bajo la forma de dinero, como patrimonio dinerario, capital comercial y capital usurario.[^k4-1] Sin embargo, no hace falta volver la vista a la historia de la génesis del capital para reconocer en el dinero su primera forma de manifestación. La misma historia se desarrolla a diario ante nuestros ojos. Todo capital nuevo sale a escena en primera instancia, es decir, entra en el mercado —mercado de mercancías, mercado de trabajo o mercado de dinero—, todavía como dinero, dinero que ha de transformarse en capital mediante determinados procesos.

El dinero como dinero y el dinero como capital no se distinguen, de entrada, más que por su distinta forma de circulación.

La forma inmediata de la circulación de mercancías es M – D – M,[^k4-t5] transformación de mercancía en dinero y retransformación de dinero en mercancía: vender para comprar. Pero junto a esta forma encontramos otra, específicamente distinta, la forma D – M – D, transformación de dinero en mercancía y retransformación de mercancía en dinero: comprar para vender. El dinero que describe en su movimiento esta última circulación se transforma en capital, se vuelve capital y es ya capital por su propia determinación.

Examinemos más de cerca la circulación D – M – G. Recorre, igual que la circulación simple de mercancías, dos fases contrapuestas. En la primera fase, D – M, la compra, el dinero se transforma en mercancía. En la segunda fase, M – D, la venta, la mercancía se retransforma en dinero. Pero la unidad de ambas fases es el movimiento global que cambia dinero por mercancía y esa misma mercancía de nuevo por dinero, que compra mercancía para venderla o, si se dejan de lado las diferencias formales entre compra y venta, que con el dinero compra mercancía y con la mercancía compra dinero.[^k4-2] El resultado en que se extingue todo el proceso es intercambio de dinero por dinero, D – G. Si compro 2.000 libras de algodón por 100 £ y vuelvo a vender las 2.000 libras de algodón por 110 £, al final he cambiado 100 £ por 110 £, dinero por dinero.

Ahora bien, es evidente que el proceso de circulación D – M – D sería absurdo y vacío de contenido si, valiéndose de su rodeo, se quisiera cambiar el mismo valor en dinero por el mismo valor en dinero, por ejemplo, 100 £ por 100 £. Incomparablemente más sencillo y seguro sería el método del atesorador, que retiene sus 100 £ en vez de exponerlas a los riesgos de la circulación. Por otra parte, tanto si el comerciante vuelve a vender a 110 £ el algodón comprado con 100 £ como si tiene que malvenderlo a 100 £ o incluso a 50, en cualquier caso su dinero ha descrito un movimiento peculiar y original, de un tipo completamente distinto del que describe en la circulación simple de mercancías, por ejemplo, en manos del campesino que vende trigo y con el dinero así obtenido compra ropa. Se trata, pues, en primer lugar, de caracterizar las diferencias de forma entre los ciclos D – M – D y M – D – W. Con ello se pondrá de manifiesto a la vez la diferencia de contenido que acecha detrás de esas diferencias de forma.

Veamos primero lo que ambas formas tienen en común.

Los dos ciclos se descomponen en las mismas dos fases contrapuestas, M – D, venta, y D – M, compra. En cada una de las dos fases se enfrentan los mismos dos elementos materiales, mercancía y dinero, y dos personas con las mismas máscaras de carácter económicas, un comprador y un vendedor. Cada uno de los dos ciclos es la unidad de las mismas fases contrapuestas, y en ambos casos esa unidad se lleva a cabo mediante la intervención de tres contratantes, de los cuales uno solo vende, otro solo compra y el tercero compra y vende alternativamente.

Pero lo que separa de entrada los ciclos M – D – M y D – M – D es el orden inverso en que se suceden las mismas fases contrapuestas de la circulación. La circulación simple de mercancías empieza con la venta y termina con la compra; la circulación del dinero como capital empieza con la compra y termina con la venta. Allí es la mercancía, aquí el dinero, lo que constituye el punto de partida y el punto final del movimiento. En la primera forma es el dinero el que media el curso global; en la otra, a la inversa, la mercancía.

En la circulación M – D – M, el dinero se transforma finalmente en mercancía que sirve como valor de uso. El dinero, pues, se ha gastado definitivamente. En la forma inversa, D – M – D, el comprador, en cambio, desembolsa dinero para ingresar dinero como vendedor. Al comprar la mercancía arroja dinero a la circulación para volver a retirarlo de ella mediante la venta de esa misma mercancía. Suelta el dinero solo con la artera intención de volver a apoderarse de él. Por eso el dinero solo se adelanta.[^k4-3]

En la forma M – D – M, la misma pieza de dinero cambia dos veces de lugar. El vendedor la recibe del comprador y la entrega en pago a otro vendedor. El proceso global, que empieza con el ingreso de dinero a cambio de mercancía, concluye con la entrega de dinero a cambio de mercancía. Lo contrario ocurre en la forma D – M – G. Aquí no es la misma pieza de dinero la que cambia dos veces de lugar, sino la misma mercancía. El comprador la recibe de manos del vendedor y la entrega en manos de otro comprador. Así como en la circulación simple de mercancías el doble cambio de lugar de la misma pieza de dinero produce su paso definitivo de unas manos a otras, aquí el doble cambio de lugar de la misma mercancía produce el reflujo del dinero a su punto de partida inicial.

El reflujo del dinero a su punto de partida no depende de que la mercancía se venda más cara de lo que se compró. Esta circunstancia solo influye en la magnitud de la suma de dinero que refluye. El fenómeno del reflujo en sí se produce en cuanto la mercancía comprada se vuelve a vender, es decir, en cuanto se describe completo el ciclo D – M – G. He aquí, pues, una diferencia perceptible por los sentidos entre la circulación del dinero como capital y su circulación como mero dinero.

El ciclo M – D – M queda completamente recorrido en cuanto la venta de una mercancía aporta dinero que la compra de otra mercancía vuelve a retirar. Si a pesar de ello se produce un reflujo del dinero a su punto de partida, será solo por la renovación o repetición de todo el recorrido. Si vendo un *quarter* de trigo por 3 £ y con esas 3 £ compro ropa, las 3 £ están definitivamente gastadas para mí. Ya no tengo nada que ver con ellas. Son del comerciante de ropa. Si ahora vendo un segundo *quarter* de trigo, el dinero refluye hacia mí, pero no a consecuencia de la primera transacción, sino solo a consecuencia de su repetición. Vuelve a alejarse de mí en cuanto llevo a término la segunda transacción y compro de nuevo. En la circulación M – D – M, por tanto, el gasto del dinero no tiene nada que ver con su reflujo. En D – M – D, en cambio, el reflujo del dinero está condicionado por el modo mismo de gastarlo. Sin ese reflujo la operación ha fracasado, o el proceso está interrumpido y todavía sin terminar, porque le falta su segunda fase, la venta que completa y cierra la compra.

El ciclo M – D – M parte del extremo de una mercancía y concluye con el extremo de otra mercancía, que sale de la circulación y cae en la esfera del consumo. El consumo, la satisfacción de necesidades, en una palabra, el valor de uso, es por eso su fin último. El ciclo D – M – D, en cambio, parte del extremo del dinero y regresa finalmente a ese mismo extremo. Su motivo impulsor y su fin determinante es, por eso, el valor de cambio mismo.

En la circulación simple de mercancías ambos extremos tienen la misma forma económica. Los dos son mercancía. Son también mercancías de la misma magnitud de valor. Pero son valores de uso cualitativamente distintos, por ejemplo, trigo y ropa. El intercambio de productos, el cambio de las diversas materias en que se representa el trabajo social, constituye aquí el contenido del movimiento. No así en la circulación D – M – G. A primera vista parece vacía de contenido, por tautológica. Ambos extremos tienen la misma forma económica. Los dos son dinero, y por tanto no son valores de uso cualitativamente distintos, pues el dinero es precisamente la figura transformada de las mercancías en la que se han extinguido sus valores de uso particulares. Cambiar primero 100 £ por algodón y luego ese mismo algodón otra vez por 100 £, es decir, cambiar dando un rodeo dinero por dinero, lo mismo por lo mismo, parece una operación tan carente de finalidad como absurda.[^k4-4] Una suma de dinero solo puede distinguirse de otra suma de dinero por su magnitud. El proceso D – M – D no debe, por tanto, su contenido a ninguna diferencia cualitativa entre sus extremos, puesto que ambos son dinero, sino únicamente a su diferencia cuantitativa. Al final se retira de la circulación más dinero del que al principio se arrojó a ella. El algodón comprado por 100 £ se vuelve a vender, por ejemplo, por 100 + 10 £, o sea, por 110. La forma completa de este proceso es, por consiguiente, D – M – D', donde D' = D + ΔD, es decir, igual a la suma de dinero adelantada inicialmente más un incremento. A este incremento o excedente sobre el valor inicial lo llamo plusvalía (*surplus value*). El valor adelantado inicialmente no solo se conserva, pues, en la circulación, sino que en ella modifica su magnitud de valor, le añade una plusvalía o se valoriza. Y este movimiento lo transforma en capital.

Es posible, ciertamente, que en M – D – M los dos extremos M, M, por ejemplo, trigo y ropa, sean magnitudes de valor cuantitativamente distintas. El campesino puede vender su trigo por encima de su valor o comprar la ropa por debajo del suyo. Puede, por su parte, ser engañado por el comerciante de ropa. Pero para esta forma de circulación en sí semejante diferencia de valor es puramente accidental. Esta forma no pierde todo sentido y razón de ser, como el proceso D – M – D, si los dos extremos, trigo y ropa, por ejemplo, son equivalentes. Su equivalencia es aquí, más bien, condición del curso normal.

La repetición o renovación de la venta para la compra, igual que este mismo proceso, encuentra su medida y su meta en un fin último situado fuera de ella: el consumo, la satisfacción de determinadas necesidades. En la compra para la venta, en cambio, el principio y el fin son lo mismo, dinero, valor de cambio, y ya por eso el movimiento es interminable. Ciertamente, de D ha salido D + ΔD; de las 100 £, 100 + 10. Pero, consideradas solo cualitativamente, 110 £ son lo mismo que 100 £, a saber, dinero. Y, consideradas cuantitativamente, 110 £ son una suma limitada de valor, igual que 100 £. Si las 110 £ se gastaran como dinero, abandonarían su papel. Dejarían de ser capital. Retiradas de la circulación, se petrifican como tesoro, y no les crece ni un *farthing* aunque permanezcan almacenadas hasta el día del Juicio Final. Si se trata, pues, de valorizar el valor, la necesidad de valorizar 110 £ es la misma que la de valorizar 100, ya que ambas son expresiones limitadas del valor de cambio y tienen, por tanto, la misma vocación: aproximarse a la riqueza por excelencia mediante la expansión de su magnitud. Es verdad que por un instante el valor adelantado inicialmente, 100 £, se distingue de la plusvalía de 10 £ que le crece en la circulación, pero esta diferencia vuelve a disolverse de inmediato. Al final del proceso no aparece, de un lado, el valor original de 100 £ y, del otro, la plusvalía de 10 £. Lo que aparece es un valor de 110 £, que se encuentra exactamente en la misma forma, apropiada para iniciar el proceso de valorización, que las 100 £ iniciales. Al final del movimiento, el dinero vuelve a aparecer como su comienzo.[^k4-5] El final de cada ciclo singular en que se lleva a cabo la compra para la venta constituye, por eso, por sí mismo, el comienzo de un ciclo nuevo. La circulación simple de mercancías —la venta para la compra— sirve de medio para un fin último situado fuera de la circulación: la apropiación de valores de uso, la satisfacción de necesidades. La circulación del dinero como capital es, en cambio, un fin en sí misma, pues la valorización del valor solo existe dentro de este movimiento siempre renovado. Por eso el movimiento del capital no tiene medida.[^k4-6]

Como portador consciente de este movimiento, el poseedor de dinero se convierte en capitalista. Su persona, o más bien su bolsillo, es el punto de partida y el punto de retorno del dinero. El contenido objetivo de aquella circulación —la valorización del valor— es su fin subjetivo, y solo en la medida en que la apropiación creciente de la riqueza abstracta es el único motivo impulsor de sus operaciones funciona como capitalista, o sea, como capital personificado, dotado de voluntad y consciencia. Nunca hay que considerar, por tanto, el valor de uso como fin inmediato del capitalista.[^k4-7] Tampoco la ganancia aislada, sino solo el incesante movimiento de la ganancia.[^k4-8] Este afán absoluto de enriquecimiento, esta apasionada caza del valor,[^k4-9] es común al capitalista y al atesorador; pero mientras que el atesorador no es más que el capitalista chiflado, el capitalista es el atesorador racional. El incesante acrecentamiento del valor, que el atesorador persigue tratando de salvar el dinero de la circulación,[^k4-10] lo alcanza el capitalista, más listo, entregándolo una y otra vez a la circulación.[^k4-10a]

Las formas autónomas, las formas de dinero que adopta el valor de las mercancías en la circulación simple, no hacen más que mediar el intercambio de mercancías y desaparecen en el resultado final del movimiento. En la circulación D – M – D, en cambio, ambos, mercancía y dinero, funcionan solo como modos de existencia distintos del valor mismo: el dinero, como su modo de existencia general; la mercancía, como su modo de existencia particular, por así decir, solo disfrazado.[^k4-11] El valor pasa constantemente de una forma a otra sin perderse en este movimiento, y se transforma así en un sujeto automático. Si se fijan las formas particulares de manifestación que el valor que se valoriza adopta alternativamente en el ciclo de su vida, se obtienen las definiciones: el capital es dinero, el capital es mercancía.[^k4-12] Pero, en realidad, el valor se convierte aquí en el sujeto de un proceso en el que, bajo el cambio constante de las formas de dinero y mercancía, modifica él mismo su magnitud, se desprende como plusvalía de sí mismo como valor inicial, se valoriza a sí mismo. Pues el movimiento en que añade plusvalía es su propio movimiento, y su valorización, por tanto, autovalorización. Ha adquirido la cualidad oculta de crear valor porque es valor. Pare crías vivas o, por lo menos, pone huevos de oro.

Como sujeto dominante de semejante proceso, en el que tan pronto adopta como abandona la forma de dinero y la forma de mercancía, pero se conserva y se expande en este cambio, el valor necesita ante todo una forma autónoma mediante la cual se constate su identidad consigo mismo. Y esa forma solo la posee en el dinero. Por eso el dinero constituye el punto de partida y el punto final de todo proceso de valorización. Era 100 £, ahora es 110 £, etc. Pero el dinero mismo solo cuenta aquí como una de las formas del valor, pues este tiene dos. Sin adoptar la forma de mercancía, el dinero no se convierte en capital. Así pues, el dinero no se presenta aquí en actitud polémica contra la mercancía, como en el atesoramiento. El capitalista sabe que todas las mercancías, por andrajosas que parezcan o por mal que huelan, son en la fe y en la verdad dinero, judíos interiormente circuncidados, y además medios milagrosos para hacer de dinero más dinero.

Si en la circulación simple el valor de las mercancías adquiere, frente a su valor de uso, a lo sumo la forma autónoma del dinero, aquí se presenta de pronto como una sustancia en proceso, que se mueve por sí misma, y para la cual mercancía y dinero no son más que meras formas. Pero aún hay más. En lugar de representar relaciones entre mercancías, entra ahora, por así decir, en una relación privada consigo mismo. Se distingue como valor inicial de sí mismo como plusvalía, como Dios Padre de sí mismo como Dios Hijo, y ambos tienen la misma edad y no forman en realidad más que una sola persona, pues solo gracias a la plusvalía de 10 £ se convierten en capital las 100 £ adelantadas, y en cuanto lo han hecho, en cuanto ha sido engendrado el Hijo y por el Hijo el Padre, su diferencia vuelve a desaparecer y ambos son Uno: 110 £.

El valor se convierte, pues, en valor en proceso, en dinero en proceso, y como tal en capital. Sale de la circulación, vuelve a entrar en ella, se conserva y se multiplica en ella, regresa de ella acrecentado y empieza una y otra vez el mismo ciclo.[^k4-13] D – D', dinero que incuba dinero —*money which begets money*—: así reza la descripción del capital en boca de sus primeros intérpretes, los mercantilistas.

Comprar para vender o, más exactamente, comprar para vender más caro, D – M – D', parece, ciertamente, una forma propia de un solo tipo de capital, el capital comercial. Pero también el capital industrial es dinero que se transforma en mercancía y que, mediante la venta de la mercancía, se retransforma en más dinero. Los actos que tengan lugar, por ejemplo, entre la compra y la venta, fuera de la esfera de la circulación, no cambian nada en esta forma del movimiento. Por último, en el capital que rinde interés la circulación D – M – D' se presenta abreviada, en su resultado y sin mediación, por así decir en estilo lapidario, como D – D', dinero que es igual a más dinero, valor que es mayor que él mismo.

Así pues, D – M – D' es, en efecto, la fórmula general del capital tal como aparece de manera inmediata en la esfera de la circulación.

### 2. Contradicciones de la fórmula general

La forma de circulación en la que el dinero se revela como capital contradice todas las leyes desarrolladas anteriormente sobre la naturaleza de la mercancía, del valor, del dinero y de la circulación misma. Lo que la distingue de la circulación simple de mercancías es el orden inverso en que se suceden los mismos dos procesos contrapuestos, la venta y la compra. ¿Y cómo habría de transformar por arte de magia una diferencia tan puramente formal la naturaleza de estos procesos?

Más aún. Esta inversión solo existe para uno de los tres socios comerciales que tratan entre sí. Como capitalista, compro mercancía a A y se la revendo a B, mientras que como simple poseedor de mercancías vendo mercancía a B y después compro mercancía a A. Para los socios comerciales A y B esta diferencia no existe. Solo se presentan como compradores o vendedores de mercancías. Yo mismo me enfrento a ellos cada vez como simple poseedor de dinero o poseedor de mercancías, comprador o vendedor, y en ambas secuencias me enfrento a una de las personas solo como comprador y a la otra solo como vendedor, a una solo como dinero y a la otra solo como mercancía, y a ninguna de las dos como capital o capitalista o representante de algo que fuera más que dinero o mercancía o pudiera ejercer un efecto distinto del del dinero o de la mercancía. Para mí, la compra a A y la venta a B forman una secuencia. Pero la conexión entre estos dos actos solo existe para mí. A no se preocupa de mi transacción con B, ni B de mi transacción con A. Si quisiera explicarles el mérito especial que me gano invirtiendo el orden de la secuencia, me demostrarían que me equivoco en cuanto a la secuencia misma y que la transacción global no empezó con una compra ni terminó con una venta, sino, al contrario, empezó con una venta y concluyó con una compra. En efecto, mi primer acto, la compra, era desde el punto de vista de A una venta, y mi segundo acto, la venta, era desde el punto de vista de B una compra. No contentos con eso, A y B declararán que toda la secuencia era superflua y un juego de prestidigitación. A venderá la mercancía directamente a B, y B se la comprará directamente a A. Con ello toda la transacción se reduce a un acto unilateral de la circulación ordinaria de mercancías, mera venta desde el punto de vista de A y mera compra desde el punto de vista de B. Así pues, con la inversión de la secuencia no hemos salido de la esfera de la circulación simple de mercancías, y debemos más bien examinar si esta, por su naturaleza, permite la valorización de los valores que entran en ella y, por tanto, la formación de plusvalía.

Tomemos el proceso de circulación en una forma en la que se presente como mero intercambio de mercancías. Así ocurre siempre que dos poseedores de mercancías se compran mercancías el uno al otro y el saldo de sus créditos recíprocos en dinero se compensa el día de pago. El dinero sirve aquí como dinero de cuenta, para expresar en sus precios los valores de las mercancías, pero no se enfrenta materialmente a las mercancías mismas. En lo que respecta al valor de uso, está claro que ambos participantes en el intercambio pueden ganar. Los dos enajenan mercancías que, como valor de uso, no les sirven para nada, y reciben mercancías que necesitan para su uso. Y puede que esta no sea la única ventaja. A, que vende vino y compra trigo, produce quizá más vino del que podría producir el cultivador de trigo B en el mismo tiempo de trabajo, y el cultivador de trigo B, en el mismo tiempo de trabajo, más trigo del que podría producir el viticultor A. A obtiene así por el mismo valor de cambio más trigo, y B más vino, que si cada uno de los dos, sin intercambio, tuviera que producir vino y trigo para sí mismo. Con respecto al valor de uso, por tanto, puede decirse que «el intercambio es una transacción en la que ambas partes ganan».[^k4-14] No así con el valor de cambio.

> «Un hombre que posee mucho vino y nada de trigo comercia con un hombre que posee mucho trigo y nada de vino, y entre ellos se cambia trigo por valor de 50 por un valor de 50 en vino. Este intercambio no es un aumento del valor de cambio ni para el uno ni para el otro, pues ya antes del intercambio cada uno de ellos poseía un valor igual al que se ha procurado mediante esta operación».[^k4-15]

En nada cambia la cosa el que el dinero se interponga entre las mercancías como medio de circulación y que los actos de compra y venta se separen de manera perceptible.[^k4-16] El valor de las mercancías está representado en sus precios antes de que entren en la circulación; es, pues, premisa y no resultado de esta.[^k4-17]

Considerada en abstracto, es decir, prescindiendo de circunstancias que no se desprenden de las leyes inmanentes de la circulación simple de mercancías, en esta no ocurre, aparte de la sustitución de un valor de uso por otro, más que una metamorfosis, un mero cambio de forma de la mercancía. El mismo valor, es decir, la misma cantidad de trabajo social objetivado, permanece en manos del mismo poseedor de mercancías, primero en la figura de su mercancía, luego en la del dinero en que esta se transforma y por último en la de la mercancía en que este dinero se retransforma. Este cambio de forma no implica ninguna modificación de la magnitud de valor. Y el cambio que el valor de la mercancía misma recorre en este proceso se limita a un cambio de su forma de dinero. Existe primero como precio de la mercancía puesta en venta, luego como una suma de dinero que, sin embargo, ya estaba expresada en el precio, y por último como el precio de una mercancía equivalente. Este cambio de forma no implica en sí y por sí una modificación de la magnitud de valor, como no la implica el cambio de un billete de cinco libras por soberanos, medios soberanos y chelines.

Así pues, en la medida en que la circulación de la mercancía solo trae consigo un cambio de forma de su valor, trae consigo, si el fenómeno se produce en estado puro, un intercambio de equivalentes. Por eso la propia economía vulgar, por poco que sospeche lo que es el valor, siempre que quiere considerar el fenómeno a su manera en estado puro, supone que la demanda y la oferta coinciden, es decir, que su efecto deja de existir por completo. Si, pues, con respecto al valor de uso ambos participantes en el intercambio pueden ganar, no pueden ganar ambos en valor de cambio. Aquí rige más bien la máxima: «Donde hay igualdad no hay ganancia».[^k4-18] Las mercancías pueden venderse, ciertamente, a precios que se desvían de sus valores, pero esa desviación aparece como una violación de la ley del intercambio de mercancías.[^k4-19] En su figura pura, este es un intercambio de equivalentes y, por tanto, no es un medio de enriquecerse en valor.[^k4-20] Tras los intentos de presentar la circulación de mercancías como fuente de plusvalía acecha por eso, casi siempre, un *quid pro quo*, una confusión entre valor de uso y valor de cambio. Así, por ejemplo, en Condillac:

> «Es falso que en el intercambio de mercancías se cambie un valor igual por un valor igual. Al contrario. Cada uno de los dos contratantes da siempre un valor menor por uno mayor... Si en efecto se cambiaran siempre valores iguales, ninguno de los contratantes podría obtener ganancia alguna. Pero ambos ganan, o al menos deberían ganar. ¿Por qué? El valor de las cosas consiste únicamente en su relación con nuestras necesidades. Lo que para uno es más, para el otro es menos, y a la inversa... No se supone que pongamos en venta cosas indispensables para nuestro consumo... Queremos desprendernos de una cosa que no nos sirve para obtener otra que necesitamos; queremos dar menos por más... Era natural juzgar que en el intercambio se daba un valor igual por un valor igual siempre que cada una de las cosas intercambiadas era igual en valor a la misma cantidad de dinero... Pero hay que tener en cuenta además otra consideración: se trata de saber si ambos cambiamos algo superfluo por algo necesario».[^k4-21]

Se ve cómo Condillac no solo confunde valor de uso y valor de cambio, sino que, de manera verdaderamente pueril, atribuye a una sociedad de producción de mercancías desarrollada una situación en la que el productor produce él mismo sus medios de subsistencia y solo arroja a la circulación el excedente sobre sus propias necesidades, lo superfluo.[^k4-22] Sin embargo, el argumento de Condillac se repite con frecuencia en los economistas modernos, sobre todo cuando se trata de presentar la figura desarrollada del intercambio de mercancías, el comercio, como productora de plusvalía.

> «El comercio —se dice, por ejemplo— añade valor a los productos, pues los mismos productos tienen más valor en manos del consumidor que en manos del productor, y por eso debe considerarse literalmente (*strictly*) como un acto de producción».[^k4-23]

Pero las mercancías no se pagan dos veces, una por su valor de uso y otra por su valor. Y si el valor de uso de la mercancía es más útil al comprador que al vendedor, su forma de dinero es más útil al vendedor que al comprador. ¿La vendería, si no? Y así podría decirse igualmente que el comprador realiza literalmente (*strictly*) un «acto de producción» cuando, por ejemplo, transforma en dinero las medias del comerciante.

Si se intercambian mercancías, o mercancías y dinero, de igual valor de cambio, es decir, equivalentes, es evidente que nadie saca de la circulación más valor del que arroja en ella. No tiene lugar entonces ninguna formación de plusvalía. Ahora bien, en su forma pura el proceso de circulación de las mercancías implica el intercambio de equivalentes. Pero en la realidad las cosas no suceden de forma pura. Supongamos, por tanto, un intercambio de no equivalentes.

En cualquier caso, en el mercado de mercancías solo se enfrentan poseedores de mercancías a poseedores de mercancías, y el poder que estas personas ejercen unas sobre otras no es más que el poder de sus mercancías. La diversidad material de las mercancías es el motivo material del intercambio y hace a los poseedores de mercancías mutuamente dependientes, puesto que ninguno de ellos tiene en su mano el objeto de su propia necesidad y cada uno tiene en su mano el objeto de la necesidad del otro. Aparte de esta diversidad material de sus valores de uso, entre las mercancías solo hay una diferencia más, la diferencia entre su forma natural y su forma transformada, entre mercancía y dinero. Y así los poseedores de mercancías solo se distinguen como vendedores, poseedores de mercancía, y como compradores, poseedores de dinero.

Supongamos ahora que, por algún privilegio inexplicable, al vendedor le fuera dado vender la mercancía por encima de su valor, a 110 si vale 100, es decir, con un recargo nominal del precio del 10 %. El vendedor se embolsa, pues, una plusvalía de 10. Pero, después de haber sido vendedor, se convierte en comprador. Un tercer poseedor de mercancías le sale ahora al encuentro como vendedor y goza a su vez del privilegio de vender la mercancía un 10 % más cara. Nuestro hombre ha ganado 10 como vendedor para perder 10 como comprador.[^k4-24] Todo se reduce, en efecto, a que todos los poseedores de mercancías se venden unos a otros sus mercancías un 10 % por encima de su valor, lo cual es exactamente lo mismo que si las vendieran por sus valores. Semejante recargo nominal general de los precios de las mercancías produce el mismo efecto que si los valores de las mercancías se estimaran, por ejemplo, en plata en lugar de en oro. Los nombres monetarios, es decir, los precios de las mercancías, se inflarían, pero sus relaciones de valor permanecerían inalteradas.

Supongamos, a la inversa, que el privilegio sea del comprador, que pueda comprar las mercancías por debajo de su valor. Aquí ni siquiera hace falta recordar que el comprador vuelve a ser vendedor. Era vendedor antes de ser comprador. Ya ha perdido un 10 % como vendedor antes de ganar un 10 % como comprador.[^k4-25] Todo sigue como estaba. La formación de plusvalía, y por tanto la transformación de dinero en capital, no puede explicarse, pues, ni por el hecho de que los vendedores vendan las mercancías por encima de su valor ni por el de que los compradores las compren por debajo de su valor.[^k4-26]

El problema no se simplifica en modo alguno introduciendo de contrabando relaciones ajenas a él, diciendo, por ejemplo, con el coronel Torrens:

> «La demanda efectiva consiste en la capacidad y la inclinación (!) de los consumidores, ya sea mediante intercambio inmediato o mediado, a dar por las mercancías una porción algo mayor de todos los ingredientes del capital de lo que cuesta su producción».[^k4-27]

En la circulación, productores y consumidores solo se enfrentan como vendedores y compradores. Afirmar que la plusvalía para el productor surge de que los consumidores pagan la mercancía por encima de su valor no es más que enmascarar la sencilla proposición: el poseedor de mercancías posee, como vendedor, el privilegio de vender demasiado caro. El vendedor ha producido él mismo la mercancía o representa a su productor, pero el comprador, no menos que él, ha producido él mismo la mercancía representada en su dinero o representa a su productor. Se enfrentan, pues, productor a productor. Lo que los distingue es que uno compra y el otro vende. No nos hace avanzar un solo paso que el poseedor de mercancías, bajo el nombre de productor, venda la mercancía por encima de su valor y, bajo el nombre de consumidor, la pague demasiado cara.[^k4-28]

Por eso los representantes consecuentes de la ilusión de que la plusvalía surge de un recargo nominal de los precios o del privilegio del vendedor de vender demasiado caro la mercancía suponen una clase que solo compra sin vender, y que por tanto también solo consume sin producir. La existencia de semejante clase es todavía inexplicable desde el punto de vista que hemos alcanzado hasta ahora, el de la circulación simple. Pero adelantémonos. El dinero con el que semejante clase compra constantemente tiene que afluirle constantemente, sin intercambio, gratis, en virtud de títulos cualesquiera de derecho o de fuerza, de los propios poseedores de mercancías. Venderle a esta clase las mercancías por encima de su valor no significa más que recuperar en parte, mediante un timo, dinero entregado gratis.[^k4-29] Así, las ciudades de Asia Menor pagaban a la antigua Roma un tributo anual en dinero. Con ese dinero Roma les compraba mercancías, y las compraba demasiado caras. Los habitantes de Asia Menor engañaban a los romanos sonsacando a los conquistadores, por la vía del comercio, una parte del tributo. Pero, con todo, los engañados seguían siendo ellos. Sus mercancías se les seguían pagando con su propio dinero. No es este un método de enriquecimiento ni de formación de plusvalía.

Mantengámonos, pues, dentro de los límites del intercambio de mercancías, donde los vendedores son compradores y los compradores vendedores. Nuestro apuro procede quizá de que hemos concebido a las personas solo como categorías personificadas, no individualmente.

El poseedor de mercancías A puede ser tan astuto que les tome el pelo a sus colegas B o C, mientras que estos, pese a toda su buena voluntad, no consiguen tomarse la revancha. A vende a B vino por valor de 40 £ y obtiene a cambio trigo por valor de 50 £. A ha transformado sus 40 £ en 50, ha hecho más dinero de menos dinero y ha transformado su mercancía en capital. Miremos más de cerca. Antes del intercambio teníamos vino por valor de 40 £ en manos de A y trigo por valor de 50 £ en manos de B, un valor total de 90 £. Después del intercambio tenemos el mismo valor total de 90 £. El valor circulante no ha aumentado ni un átomo; ha cambiado su distribución entre A y B. De un lado aparece como plusvalía lo que del otro es minusvalía; de un lado como más lo que del otro es menos. El mismo cambio se habría producido si A, sin la forma encubridora del intercambio, le hubiera robado directamente a B 10 £. La suma de los valores circulantes no puede aumentar, evidentemente, por ningún cambio en su distribución, como tampoco un judío aumenta la masa de metales preciosos de un país vendiendo por una guinea un *farthing* de la época de la reina Ana. El conjunto de la clase capitalista de un país no puede estafarse a sí mismo.[^k4-30]

Por muchas vueltas que se le dé, el resultado sigue siendo el mismo. Si se intercambian equivalentes, no surge plusvalía, y si se intercambian no equivalentes, tampoco surge plusvalía.[^k4-31] La circulación o el intercambio de mercancías no crea valor.[^k4-32]

Se comprende, por tanto, por qué en nuestro análisis de la forma fundamental del capital, de la forma en que determina la organización económica de la sociedad moderna, sus figuras populares y, por así decir, antediluvianas, el capital comercial y el capital usurario, quedan de momento completamente al margen.

En el capital comercial propiamente dicho es donde la forma D – M – D', comprar para vender más caro, aparece en su estado más puro. Por otra parte, todo su movimiento transcurre dentro de la esfera de la circulación. Pero como es imposible explicar a partir de la circulación misma la transformación del dinero en capital, la formación de plusvalía, el capital comercial aparece como imposible en cuanto se intercambian equivalentes;[^k4-33] solo puede derivarse, por tanto, del doble engaño de los productores de mercancías que compran y que venden por parte del comerciante que se interpone parasitariamente entre ellos. En este sentido dice Franklin: «La guerra es robo; el comercio, estafa».[^k4-34] Si la valorización del capital comercial no ha de explicarse por la mera estafa a los productores de mercancías, hace falta para ello una larga serie de eslabones intermedios, de la que aquí, donde la circulación de mercancías y sus momentos simples constituyen nuestra única premisa, carecemos todavía por completo.

Lo que vale para el capital comercial vale aún más para el capital usurario. En el capital comercial los extremos, el dinero que se arroja al mercado y el dinero acrecentado que se retira del mercado, están al menos mediados por la compra y la venta, por el movimiento de la circulación. En el capital usurario, la forma D – M – D' se abrevia en los extremos sin mediación D – D', dinero que se cambia por más dinero, una forma que contradice la naturaleza del dinero y que es, por tanto, inexplicable desde el punto de vista del intercambio de mercancías. De ahí que Aristóteles diga:

> «Puesto que la crematística es doble, una perteneciente al comercio y otra a la economía, la segunda necesaria y loable, la primera basada en la circulación y censurada con razón (pues no se funda en la naturaleza, sino en el engaño recíproco), la usura es odiada con toda razón, porque aquí el propio dinero es la fuente de la ganancia y no se emplea para aquello para lo que fue inventado. Pues surgió para el intercambio de mercancías, mientras que el interés hace del dinero más dinero. De ahí también su nombre» (τόκος, interés y lo engendrado). «Pues lo engendrado se parece a quienes lo engendran. Pero el interés es dinero de dinero, de modo que de todas las ramas de adquisición esta es la más contraria a la naturaleza».[^k4-35]

Tanto el capital comercial como el capital que rinde interés los encontraremos en el curso de nuestra investigación como formas derivadas, y veremos al mismo tiempo por qué aparecen históricamente antes que la forma fundamental moderna del capital.

Se ha mostrado que la plusvalía no puede surgir de la circulación y que, por tanto, en su formación tiene que ocurrir a espaldas de esta algo que en ella misma es invisible.[^k4-36] Pero ¿puede la plusvalía surgir de otra parte que no sea la circulación? La circulación es la suma de todas las relaciones mercantiles de los poseedores de mercancías. Fuera de ella, el poseedor de mercancías ya solo está en relación con su propia mercancía. En lo que toca al valor de esta, la relación se limita a que contiene una cantidad de su propio trabajo medida según determinadas leyes sociales. Esta cantidad de trabajo se expresa en la magnitud de valor de su mercancía y, como la magnitud de valor se representa en dinero de cuenta, en un precio de, por ejemplo, 10 £. Pero su trabajo no se representa en el valor de la mercancía y en un excedente sobre su propio valor, no en un precio de 10 que sea a la vez un precio de 11, no en un valor que sea mayor que él mismo. El poseedor de mercancías puede crear valores con su trabajo, pero no valores que se valoricen. Puede aumentar el valor de una mercancía añadiendo a un valor existente nuevo valor mediante nuevo trabajo, por ejemplo, haciendo botas con cuero. La misma materia tiene ahora más valor porque contiene una cantidad mayor de trabajo. La bota tiene por eso más valor que el cuero, pero el valor del cuero sigue siendo el que era. No se ha valorizado, no ha incorporado plusvalía durante la fabricación de la bota. Es imposible, por tanto, que el productor de mercancías, fuera de la esfera de la circulación, sin entrar en contacto con otros poseedores de mercancías, valorice valor y transforme así dinero o mercancía en capital.

El capital, por tanto, no puede surgir de la circulación, y tampoco puede no surgir de la circulación. Tiene que surgir en ella y a la vez no en ella.

Se ha obtenido, pues, un doble resultado.

La transformación del dinero en capital ha de desarrollarse sobre la base de las leyes inmanentes al intercambio de mercancías, de modo que el punto de partida sea el intercambio de equivalentes.[^k4-37] Nuestro poseedor de dinero, que todavía no existe más que como oruga de capitalista, tiene que comprar las mercancías por su valor, venderlas por su valor y, sin embargo, sacar al final del proceso más valor del que puso en él. Su desarrollo en mariposa tiene que producirse en la esfera de la circulación y no tiene que producirse en la esfera de la circulación. Estas son las condiciones del problema. *Hic Rhodus, hic salta!*[^k4-t1]

### 3. Compra y venta de la fuerza de trabajo

La modificación del valor del dinero que ha de transformarse en capital no puede producirse en ese mismo dinero, pues como medio de compra y como medio de pago no hace más que realizar el precio de la mercancía que compra o paga, mientras que, si persiste en su propia forma, se petrifica en un fósil de magnitud de valor invariable.[^k4-38] Tampoco puede surgir la modificación del segundo acto de la circulación, la reventa de la mercancía, pues este acto se limita a retransformar la mercancía de la forma natural en la forma de dinero. La modificación tiene que producirse, pues, en la mercancía que se compra en el primer acto, D – M, pero no en su valor, puesto que se intercambian equivalentes: la mercancía se paga por su valor. La modificación solo puede surgir, por tanto, de su valor de uso como tal, es decir, de su consumo. Para extraer valor del consumo de una mercancía, nuestro poseedor de dinero tendría que tener la suerte de descubrir dentro de la esfera de la circulación, en el mercado, una mercancía cuyo valor de uso poseyera la peculiar propiedad de ser fuente de valor, cuyo consumo efectivo fuera, por tanto, objetivación de trabajo y, en consecuencia, creación de valor. Y el poseedor de dinero encuentra en el mercado una mercancía específica de este tipo: la capacidad de trabajo o fuerza de trabajo.

Por fuerza de trabajo o capacidad de trabajo entendemos el conjunto de las facultades físicas y mentales que existen en la corporeidad, en la personalidad viva de un ser humano, y que este pone en movimiento siempre que produce valores de uso de cualquier clase.

Pero para que el poseedor de dinero encuentre en el mercado la fuerza de trabajo como mercancía tienen que cumplirse diversas condiciones. El intercambio de mercancías no implica en sí y por sí otras relaciones de dependencia que las que nacen de su propia naturaleza. Bajo este supuesto, la fuerza de trabajo solo puede aparecer en el mercado como mercancía en la medida en que, y porque, su propio poseedor, la persona de quien es fuerza de trabajo, la ofrece o la vende como mercancía. Para que su poseedor la venda como mercancía tiene que poder disponer de ella, ser, por tanto, propietario libre de su capacidad de trabajo, de su persona.[^k4-39] Él y el poseedor de dinero se encuentran en el mercado y entran en relación como poseedores de mercancías con iguales derechos, que solo se distinguen en que uno es comprador y el otro vendedor, y que son, pues, personas jurídicamente iguales. La continuidad de esta relación exige que el propietario de la fuerza de trabajo la venda siempre solo por un tiempo determinado, pues si la vende en bloque, de una vez para siempre, se vende a sí mismo, se transforma de hombre libre en esclavo, de poseedor de mercancía en mercancía. Como persona, tiene que comportarse constantemente con su fuerza de trabajo como con su propiedad y, por tanto, como con su propia mercancía, y eso solo puede hacerlo en la medida en que la pone a disposición del comprador, se la cede para su consumo, siempre solo de forma pasajera, por un plazo determinado, de manera que al enajenarla no renuncia a su propiedad sobre ella.[^k4-40]

La segunda condición esencial para que el poseedor de dinero encuentre en el mercado la fuerza de trabajo como mercancía es que su poseedor, en lugar de poder vender mercancías en las que se haya objetivado su trabajo, tenga que ofrecer más bien como mercancía su propia fuerza de trabajo, que solo existe en su corporeidad viva.

Para que alguien venda mercancías distintas de su fuerza de trabajo tiene que poseer, naturalmente, medios de producción, por ejemplo, materias primas, instrumentos de trabajo, etc. No puede hacer botas sin cuero. Necesita además medios de subsistencia. Nadie, ni siquiera un músico del porvenir,[^k4-t2] puede vivir de productos del futuro, ni tampoco, por tanto, de valores de uso cuya producción aún no está terminada, y, como el primer día de su aparición sobre el escenario de la tierra, el hombre tiene que seguir consumiendo cada día antes de producir y mientras produce. Si los productos se producen como mercancías, tienen que venderse después de producidos, y solo después de la venta pueden satisfacer las necesidades del productor. Al tiempo de producción se añade el tiempo necesario para la venta.

Para transformar dinero en capital, el poseedor de dinero tiene que encontrar, pues, en el mercado de mercancías al obrero libre, libre en el doble sentido de que, como persona libre, dispone de su fuerza de trabajo como de su mercancía, y de que, por otra parte, no tiene otras mercancías que vender, está suelto y desembarazado, libre de todas las cosas necesarias para la realización de su fuerza de trabajo.

La pregunta de por qué este obrero libre se le enfrenta en la esfera de la circulación no le interesa al poseedor de dinero, que encuentra el mercado de trabajo como una sección especial del mercado de mercancías. Y de momento tampoco nos interesa a nosotros. Nos atenemos teóricamente al hecho, como el poseedor de dinero en la práctica. Una cosa, sin embargo, está clara. La naturaleza no produce, de un lado, poseedores de dinero o de mercancías y, del otro, meros poseedores de sus propias fuerzas de trabajo. Esta relación no es una relación de la historia natural, ni tampoco una relación social común a todos los períodos de la historia. Es, evidentemente, ella misma el resultado de un desarrollo histórico previo, el producto de muchas revoluciones económicas, del hundimiento de toda una serie de formaciones más antiguas de la producción social.

También las categorías económicas que hemos considerado anteriormente llevan su huella histórica. En la existencia del producto como mercancía están envueltas determinadas condiciones históricas. Para convertirse en mercancía, el producto no debe producirse como medio de subsistencia inmediato para el propio productor. Si hubiéramos investigado más a fondo —¿en qué circunstancias adoptan todos los productos, o siquiera la mayoría de ellos, la forma de mercancía?—, habríamos descubierto que eso solo ocurre sobre la base de un modo de producción muy específico, el modo de producción capitalista. Pero una investigación así quedaba lejos del análisis de la mercancía. La producción y la circulación de mercancías pueden tener lugar aunque la inmensa mayoría de los productos, destinada directamente a cubrir las propias necesidades, no se transforme en mercancía y el proceso social de producción, por tanto, esté todavía lejos de estar dominado en toda su amplitud y profundidad por el valor de cambio. La representación del producto como mercancía presupone una división del trabajo dentro de la sociedad tan desarrollada que la separación entre valor de uso y valor de cambio, que en el trueque directo apenas comienza, se haya consumado ya. Pero semejante grado de desarrollo es común a las formaciones económicas de la sociedad históricamente más diversas.

Si consideramos el dinero, este presupone cierto nivel del intercambio de mercancías. Las formas particulares del dinero —mero equivalente de las mercancías, medio de circulación, medio de pago, tesoro y dinero mundial— remiten, según el distinto alcance y el predominio relativo de una u otra función, a fases muy diferentes del proceso social de producción. No obstante, la experiencia muestra que una circulación de mercancías relativamente poco desarrollada basta para la formación de todas estas formas. No así con el capital. Sus condiciones históricas de existencia no se dan, ni mucho menos, con la circulación de mercancías y de dinero. Solo nace allí donde el poseedor de medios de producción y de subsistencia encuentra en el mercado al obrero libre como vendedor de su fuerza de trabajo, y esta sola condición histórica encierra una historia universal. Por eso el capital anuncia desde el principio una época del proceso social de producción.[^k4-41]

Hay que examinar ahora más de cerca esta mercancía peculiar, la fuerza de trabajo. Como todas las demás mercancías, posee un valor.[^k4-42] ¿Cómo se determina?

El valor de la fuerza de trabajo, como el de cualquier otra mercancía, está determinado por el tiempo de trabajo necesario para la producción, y por tanto también para la reproducción, de este artículo específico. En cuanto valor, la fuerza de trabajo misma no representa más que una determinada cantidad de trabajo social medio objetivado en ella. La fuerza de trabajo solo existe como disposición del individuo vivo. Su producción presupone, pues, la existencia de este. Dada la existencia del individuo, la producción de la fuerza de trabajo consiste en su propia reproducción o conservación. Para conservarse, el individuo vivo necesita cierta suma de medios de subsistencia. El tiempo de trabajo necesario para la producción de la fuerza de trabajo se resuelve, por tanto, en el tiempo de trabajo necesario para la producción de esos medios de subsistencia; o, dicho de otro modo, el valor de la fuerza de trabajo es el valor de los medios de subsistencia necesarios para la conservación de su poseedor. Pero la fuerza de trabajo solo se realiza mediante su exteriorización, solo se ejerce en el trabajo. Ahora bien, al ejercerla, en el trabajo, se gasta una determinada cantidad de músculo, nervio, cerebro, etc., humanos, que tiene que reponerse. Este mayor gasto exige un mayor ingreso.[^k4-43] Si el propietario de la fuerza de trabajo ha trabajado hoy, tiene que poder repetir mañana el mismo proceso en iguales condiciones de fuerza y salud. La suma de los medios de subsistencia tiene que bastar, pues, para mantener al individuo que trabaja, en cuanto individuo que trabaja, en su estado de vida normal. Las propias necesidades naturales, como la alimentación, el vestido, la calefacción, la vivienda, etc., varían según las peculiaridades climáticas y demás peculiaridades naturales de cada país. Por otra parte, el alcance de las llamadas necesidades indispensables, así como el modo de satisfacerlas, es en sí mismo un producto histórico y depende, por tanto, en gran medida del nivel cultural de un país, y, entre otras cosas, también esencialmente de las condiciones en que se ha formado la clase de los obreros libres y, por tanto, de los hábitos y exigencias vitales con que se ha formado.[^k4-44] A diferencia de las demás mercancías, la determinación del valor de la fuerza de trabajo encierra, pues, un elemento histórico y moral. Sin embargo, para un país determinado y en un período determinado, el volumen medio de los medios de subsistencia necesarios está dado.

El propietario de la fuerza de trabajo es mortal. Si su presencia en el mercado ha de ser, pues, continua, como presupone la continua transformación de dinero en capital, el vendedor de la fuerza de trabajo tiene que perpetuarse, «como se perpetúa todo individuo vivo, mediante la procreación».[^k4-45] Las fuerzas de trabajo retiradas del mercado por el desgaste y la muerte tienen que ser sustituidas constantemente, como mínimo, por un número igual de fuerzas de trabajo nuevas. La suma de los medios de subsistencia necesarios para la producción de la fuerza de trabajo incluye, por tanto, los medios de subsistencia de los sustitutos, es decir, de los hijos de los obreros, de modo que esta raza de peculiares poseedores de mercancías se perpetúe en el mercado de mercancías.[^k4-46]

Para modificar la naturaleza humana general de tal modo que adquiera habilidad y destreza en una rama determinada del trabajo, que se convierta en fuerza de trabajo desarrollada y específica, hace falta una determinada formación o educación, que a su vez cuesta una suma mayor o menor de equivalentes en mercancías. Según el carácter más o menos complejo de la fuerza de trabajo, sus costes de formación son distintos. Estos costes de aprendizaje, ínfimos en el caso de la fuerza de trabajo ordinaria, entran, pues, en el conjunto de los valores gastados en su producción.

El valor de la fuerza de trabajo se resuelve en el valor de una determinada suma de medios de subsistencia. Varía, por tanto, también con el valor de estos medios de subsistencia, es decir, con la magnitud del tiempo de trabajo requerido para su producción.

Una parte de los medios de subsistencia, por ejemplo, los alimentos, el combustible, etc., se consume cada día de nuevo y tiene que reponerse cada día de nuevo. Otros medios de subsistencia, como la ropa, los muebles, etc., se gastan en períodos más largos y, por eso, solo tienen que reponerse en períodos más largos. Unas mercancías tienen que comprarse o pagarse a diario; otras, semanalmente, trimestralmente, etc. Pero, sea cual sea la manera en que se distribuya la suma de estos gastos, por ejemplo, a lo largo de un año, tiene que estar cubierta por el ingreso medio, día tras día. Si la masa de las mercancías requeridas diariamente para la producción de la fuerza de trabajo fuera = A, la de las requeridas semanalmente = B, la de las requeridas trimestralmente = C, etc., la media diaria de estas mercancías sería = (365A + 52B + 4C + etc.)/365. Suponiendo que en esta masa de mercancías necesaria para el día medio se encerraran 6 horas de trabajo social, en la fuerza de trabajo se objetivaría diariamente medio día de trabajo social medio, o, dicho de otro modo, se requeriría media jornada laboral para la producción diaria de la fuerza de trabajo. Esta cantidad de trabajo requerida para su producción diaria constituye el valor diario de la fuerza de trabajo, o el valor de la fuerza de trabajo reproducida diariamente. Si medio día de trabajo social medio se representa a su vez en una masa de oro de 3 chelines o un tálero, un tálero es el precio que corresponde al valor diario de la fuerza de trabajo. Si el poseedor de la fuerza de trabajo la ofrece por un tálero diario, su precio de venta es igual a su valor y, según nuestro supuesto, el poseedor de dinero, ávido de transformar sus táleros en capital, paga ese valor.

El límite último o mínimo del valor de la fuerza de trabajo lo constituye el valor de una masa de mercancías sin cuyo aporte diario el portador de la fuerza de trabajo, el ser humano, no puede renovar su proceso vital; es decir, el valor de los medios de subsistencia físicamente indispensables. Si el precio de la fuerza de trabajo desciende a este mínimo, desciende por debajo de su valor, pues en tales condiciones solo puede conservarse y desarrollarse en forma raquítica. Pero el valor de toda mercancía está determinado por el tiempo de trabajo requerido para suministrarla con su calidad normal.

Es un sentimentalismo extraordinariamente barato encontrar brutal esta determinación del valor de la fuerza de trabajo, que se desprende de la naturaleza de la cosa, y lamentarse, por ejemplo, con Rossi:

> «Concebir la capacidad de trabajo (*puissance de travail*) haciendo abstracción de los medios de subsistencia de los trabajadores durante el proceso de producción es concebir una quimera (*être de raison*). Quien dice trabajo, quien dice capacidad de trabajo, dice a la vez trabajador y medios de subsistencia, trabajador y salario».[^k4-47]

Quien dice capacidad de trabajo no dice trabajo, como tampoco quien dice capacidad de digestión dice digestión. Para este último proceso hace falta, como es sabido, algo más que un buen estómago. Quien dice capacidad de trabajo no hace abstracción de los medios de subsistencia necesarios para su sustento. El valor de estos está más bien expresado en el valor de aquella. Si no se vende, de nada le sirve al obrero; al contrario, la siente entonces como una cruel necesidad natural: que su capacidad de trabajo haya exigido para su producción una determinada cantidad de medios de subsistencia y la exija siempre de nuevo para su reproducción. Descubre entonces, con Sismondi, que «la capacidad de trabajo... no es nada si no se vende».[^k4-48]

La naturaleza peculiar de esta mercancía específica, la fuerza de trabajo, implica que, al cerrarse el contrato entre el comprador y el vendedor, su valor de uso todavía no ha pasado realmente a manos del comprador. Su valor, como el de cualquier otra mercancía, estaba determinado antes de que entrara en la circulación, pues para la producción de la fuerza de trabajo se gastó una determinada cantidad de trabajo social; pero su valor de uso consiste únicamente en la exteriorización posterior de esa fuerza. La enajenación de la fuerza y su exteriorización efectiva, es decir, su existencia como valor de uso, están, por tanto, separadas en el tiempo. Ahora bien, en el caso de las mercancías[^k4-49] en que la enajenación formal del valor de uso mediante la venta y su cesión efectiva al comprador están separadas en el tiempo, el dinero del comprador funciona por lo general como medio de pago. En todos los países de modo de producción capitalista la fuerza de trabajo no se paga hasta que ya ha funcionado durante el plazo fijado en el contrato de compra, por ejemplo, al final de cada semana. En todas partes, por tanto, el obrero adelanta al capitalista el valor de uso de la fuerza de trabajo; deja que el comprador la consuma antes de recibir el pago de su precio; en todas partes, por tanto, el obrero da crédito al capitalista. Que este crédito no es una vana ilusión lo muestran no solo la pérdida ocasional del salario acreditado cuando el capitalista quiebra,[^k4-50] sino también una serie de efectos más duraderos.[^k4-51] No obstante, para la naturaleza del intercambio de mercancías en sí es indiferente que el dinero funcione como medio de compra o como medio de pago. El precio de la fuerza de trabajo está fijado por contrato, aunque solo se realice después, como el alquiler de una casa. La fuerza de trabajo está vendida, aunque solo se pague después. Para la comprensión pura de la relación es útil, sin embargo, suponer de momento que el poseedor de la fuerza de trabajo, al venderla, recibe cada vez y en el acto el precio estipulado en el contrato.

Conocemos ya la manera en que se determina el valor que el poseedor de dinero paga al poseedor de esta mercancía peculiar, la fuerza de trabajo. El valor de uso que el primero recibe, por su parte, en el intercambio solo se muestra en el consumo efectivo, en el proceso de consumo de la fuerza de trabajo. Todas las cosas necesarias para este proceso, como la materia prima, etc., el poseedor de dinero las compra en el mercado de mercancías y las paga a su precio íntegro. El proceso de consumo de la fuerza de trabajo es a la vez el proceso de producción de mercancía y de plusvalía. El consumo de la fuerza de trabajo, igual que el consumo de cualquier otra mercancía, se realiza fuera del mercado o de la esfera de la circulación. Abandonamos, por eso, esta ruidosa esfera, que se asienta en la superficie y está a la vista de todos, y, junto con el poseedor de dinero y el poseedor de fuerza de trabajo, los seguimos a ambos al oculto taller de la producción, en cuyo umbral se lee: *No admittance except on business*.[^k4-t3] Aquí se mostrará no solo cómo produce el capital, sino también cómo se le produce a él, al capital. El secreto de la fabricación de plus tiene que desvelarse por fin.

La esfera de la circulación o del intercambio de mercancías, dentro de cuyos límites se mueven la compra y la venta de la fuerza de trabajo, era, en efecto, un verdadero Edén de los derechos innatos del hombre. Lo único que aquí reina es la libertad, la igualdad, la propiedad y Bentham. ¡Libertad!, porque el comprador y el vendedor de una mercancía, por ejemplo, de la fuerza de trabajo, solo están determinados por su libre voluntad. Contratan como personas libres, jurídicamente iguales. El contrato es el resultado final en el que sus voluntades se dan una expresión jurídica común. ¡Igualdad!, porque solo se relacionan entre sí como poseedores de mercancías e intercambian equivalente por equivalente. ¡Propiedad!, porque cada uno solo dispone de lo suyo. ¡Bentham!, porque a cada uno de los dos solo le importa él mismo. El único poder que los junta y los pone en relación es el de su egoísmo, el de su ventaja particular, el de sus intereses privados. Y precisamente porque así cada uno solo se ocupa de sí y ninguno del otro, todos, en virtud de una armonía preestablecida de las cosas o bajo los auspicios de una providencia astutísima, no hacen más que llevar a cabo la obra de su provecho mutuo, de la utilidad común, del interés general.

Al dejar esta esfera de la circulación simple o del intercambio de mercancías, de la que el librecambista *vulgaris* toma las ideas, los conceptos y la medida para juzgar la sociedad del capital y del trabajo asalariado, parece que ya se transforma algo la fisonomía de nuestras *dramatis personae*. El antiguo poseedor de dinero marcha delante como capitalista; el poseedor de fuerza de trabajo le sigue como su obrero; el uno, sonriendo con aire significativo y lleno de afán de negocio; el otro, tímido, reacio, como quien ha llevado su propia piel al mercado y ya no puede esperar más que una cosa: que se la curtan.

[^k4-1]: La oposición entre el poder de la propiedad de la tierra, basado en relaciones personales de servidumbre y dominio, y el poder impersonal del dinero está claramente recogida en dos refranes franceses: «No hay tierra sin señor» (*Nulle terre sans seigneur*) y «El dinero no tiene amo» (*L'argent n'a pas de maître*).

[^k4-t5]: (Nota de la traducción.) M = mercancía (*Ware*), D = dinero (*Geld*); D' = D + ΔD, el dinero inicial más un incremento. El original alemán escribe W – G – W y G – W – G'.

[^k4-2]: «Con dinero se compran mercancías, y con mercancías se compra dinero». (Mercier de la Rivière, *L'ordre naturel et essentiel des sociétés politiques*, p. 543.)

[^k4-3]: «Cuando una cosa se compra para venderla de nuevo, la suma empleada se llama dinero adelantado; cuando se compra para no venderla, puede decirse que se ha gastado». (James Steuart, *Works etc.*, edited by General Sir James Steuart, his son, Lond. 1805, v. I, p. 274.)

[^k4-4]: «No se cambia dinero por dinero», grita Mercier de la Rivière a los mercantilistas (l. c., p. 486). En una obra que trata *ex professo* del «comercio» y de la «especulación» se lee: «Todo comercio consiste en el intercambio de cosas de distinto tipo; y la ventaja» (¿para el comerciante?) «nace precisamente de esa diversidad. Cambiar una libra de pan por una libra de pan no reportaría ventaja alguna..., de ahí el ventajoso contraste entre el comercio y el juego, que no es más que intercambio de dinero por dinero». (Th. Corbet, *An Inquiry into the Causes and Modes of the Wealth of Individuals; or the Principles of Trade and Speculation explained*, Londres 1841, p. 5.) Aunque Corbet no ve que D – D, cambiar dinero por dinero, es la forma de circulación característica no solo del capital comercial, sino de todo capital, admite por lo menos que esta forma es común a un tipo de comercio, la especulación, y al juego; pero luego llega MacCulloch y descubre que comprar para vender es especular, con lo que desaparece la diferencia entre especulación y comercio. «Toda transacción en la que un individuo compra un producto para venderlo de nuevo es, de hecho, una especulación». (MacCulloch, *A Dictionary, practical etc. of Commerce*, Londres 1847, p. 1009.) Incomparablemente más ingenuo es Pinto, el Píndaro de la Bolsa de Ámsterdam: «El comercio es un juego» (esta frase está tomada de Locke) «y no es con mendigos con quienes se puede ganar. Si se ganara durante mucho tiempo en todo y a todos, habría que devolver de buen acuerdo la mayor parte de la ganancia para volver a empezar el juego». (Pinto, *Traité de la Circulation et du Crédit*, Ámsterdam 1771, p. 231.)

[^k4-5]: «El capital se divide... en el capital originario y la ganancia, el incremento del capital..., aunque la práctica misma vuelve a sumar en seguida esa ganancia al capital y la pone en movimiento con él». (F. Engels, «Umrisse zu einer Kritik der Nationalökonomie», en *Deutsch-Französische Jahrbücher*, editados por Arnold Ruge y Karl Marx, París 1844, p. 99.)

[^k4-6]: Aristóteles contrapone la economía a la crematística. Parte de la economía. En cuanto arte de adquisición, esta se limita a procurar los bienes necesarios para la vida y útiles para la casa o el Estado. «La verdadera riqueza (ὁ ἀληθινὸς πλοῦτος) consiste en tales valores de uso, pues la medida de esta clase de bienes que basta para una buena vida no es ilimitada. Pero hay una segunda clase de arte de adquisición, a la que se llama preferentemente, y con razón, crematística, a consecuencia de la cual no parece existir límite alguno a la riqueza y a la posesión. El comercio de mercancías (ἡ καπηλικὴ significa literalmente comercio al por menor, y Aristóteles toma esta forma porque en ella predomina el valor de uso) no pertenece por naturaleza a la crematística, pues aquí el intercambio solo se refiere a lo que ellos mismos (comprador y vendedor) necesitan». Por eso, sigue exponiendo, la forma originaria del comercio de mercancías fue también el trueque, pero con su extensión surgió necesariamente el dinero. Con la invención del dinero, el trueque tuvo que convertirse necesariamente en καπηλικὴ, en comercio de mercancías, y este, en contradicción con su tendencia originaria, se desarrolló hasta convertirse en crematística, en el arte de hacer dinero. Ahora bien, la crematística se distingue de la economía en que «para ella la circulación es la fuente de la riqueza (ποιητικὴ χρημάτων ... διὰ χρημάτων μεταβολῆς). Y parece girar en torno al dinero, pues el dinero es el principio y el fin de esta clase de intercambio (τὸ γὰρ νόμισμα στοιχεῖον καί πέρας τῆς ἀλαγῆς ἐστίν). Por eso también la riqueza a que aspira la crematística es ilimitada. Así como todo arte para el que su meta no vale como medio, sino como fin último, es ilimitado en su afán, pues procura acercarse cada vez más a ella, mientras que las artes que solo persiguen medios para un fin no son ilimitadas, ya que el fin mismo les pone límite, tampoco para esta crematística hay barrera alguna a su meta, sino que su meta es el enriquecimiento absoluto. La economía, no la crematística, tiene un límite...; la primera tiene por fin algo distinto del dinero mismo; la segunda, su multiplicación... La confusión de ambas formas, que se entrecruzan, lleva a algunos a considerar la conservación y multiplicación del dinero hasta el infinito como el fin último de la economía». (Aristóteles, *De Rep.*, ed. Bekker, lib. I, c. 8 y 9 *passim*.)

[^k4-7]: «Las mercancías» (aquí en el sentido de valores de uso) «no son el objeto final del capitalista comerciante...; el dinero es su objeto final». (Th. Chalmers, *On Politic. Econ. etc.*, 2nd edit., Glasgow 1832, p. 165, 166.)

[^k4-8]: «El comerciante casi no cuenta para nada la ganancia ya hecha, sino que mira siempre a la futura». (A. Genovesi, *Lezioni di Economia Civile* (1765), edición de los economistas italianos de Custodi, *Parte Moderna*, t. VIII, p. 139.)

[^k4-9]: «La inextinguible pasión por la ganancia, la *auri sacra fames*, determina siempre al capitalista». (MacCulloch, *The Principles of Polit. Econ.*, Londres 1830, p. 179.) Esta comprensión no impide, naturalmente, al mismo MacCulloch y consortes, cuando se ven en apuros teóricos, por ejemplo, al tratar la sobreproducción, transformar a ese mismo capitalista en un buen ciudadano al que solo le importa el valor de uso y que hasta desarrolla una verdadera hambre canina de hombre lobo por las botas, los sombreros, los huevos, los percales y otras clases sumamente familiares de valor de uso.

[^k4-10]: «Σώζειν» es una de las expresiones características de los griegos para el atesoramiento. Del mismo modo, *to save* significa a la vez salvar y ahorrar.

[^k4-10a]: «Ese infinito que las cosas no tienen en el progreso lo tienen en el giro». (Galiani.)

[^k4-11]: «No es la materia la que hace el capital, sino el valor de esas materias». (J. B. Say, *Traité d'Écon. Polit.*, 3.ª ed., París 1817, t. II, p. 429.)

[^k4-12]: «El medio de circulación (!) empleado con fines productivos es capital». (Macleod, *The Theory and Practice of Banking*, Londres 1855, v. I, c. 1, p. 55.) [(Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «v. I, c. I».] «El capital son mercancías». (James Mill, *Elements of Pol. Econ.*, Londres 1821, p. 74.)

[^k4-13]: «Capital... valor permanente que se multiplica». (Sismondi, *Nouveaux Principes d'Écon. Polit.*, t. I, p. 89.) [(Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «p. 88, 89».]

[^k4-14]: «El intercambio es una transacción admirable en la que los dos contratantes ganan... siempre (!)». (Destutt de Tracy, *Traité de la Volonté et de ses effets*, París 1826, p. 68.) El mismo libro apareció también como *Traité d'Éc. Pol.* [(Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «apareció en 1823 como» (*erschien 1823 als*).]

[^k4-15]: Mercier de la Rivière, l. c., p. 544.

[^k4-16]: «Que uno de estos dos valores sea dinero, o que ambos sean mercancías corrientes, nada más indiferente en sí». (Mercier de la Rivière, l. c., p. 543.)

[^k4-17]: «No son los contratantes quienes deciden sobre el valor; este está decidido antes del convenio». (Le Trosne, l. c., p. 906.)

[^k4-18]: «Donde hay igualdad no hay ganancia». (Galiani, *Della Moneta*, en Custodi, *Parte Moderna*, t. IV, p. 244.)

[^k4-19]: «El intercambio se vuelve desventajoso para una de las partes cuando alguna cosa ajena viene a disminuir o a exagerar el precio: entonces se lesiona la igualdad, pero la lesión procede de esa causa y no del intercambio». (Le Trosne, l. c., p. 904.)

[^k4-20]: «El intercambio es por su naturaleza un contrato de igualdad que se hace de valor por valor igual. No es, pues, un medio de enriquecerse, puesto que se da tanto como se recibe». (Le Trosne, l. c., p. 903, 904.)

[^k4-21]: Condillac, *Le Commerce et le Gouvernement* (1776), edición de Daire y Molinari en los *Mélanges d'Économie Politique*, París 1847, p. 267, 291.

[^k4-22]: Por eso Le Trosne responde muy acertadamente a su amigo Condillac: «En la sociedad formada no hay nada superabundante en ningún género». Al mismo tiempo se burla de él con la glosa de que, «si los dos participantes en el intercambio reciben por igual más a cambio de igualmente menos, ambos reciben lo mismo». Como Condillac no tiene todavía ni la más remota idea de la naturaleza del valor de cambio, es la autoridad adecuada para que el señor profesor Wilhelm Roscher respalde sus propios conceptos infantiles. Véase su obra *Die Grundlagen der Nationalökonomie*, tercera edición, 1858.

[^k4-23]: S. P. Newman, *Elements of Polit. Econ.*, Andover and New York 1835, p. 175.

[^k4-24]: «Con el aumento del valor nominal del producto... los vendedores no se enriquecen..., puesto que lo que ganan como vendedores lo gastan exactamente en calidad de compradores». (*The Essential Principles of the Wealth of Nations etc.*, Londres 1797, p. 66.)

[^k4-25]: «Si uno se ve forzado a dar por 18 *livres* una cantidad de cierto producto que valía 24, cuando emplee ese mismo dinero en comprar obtendrá igualmente por 18 *livres* lo que pagaba a 24». (Le Trosne, l. c., p. 897.)

[^k4-26]: «Ningún vendedor puede, pues, llegar a encarecer habitualmente sus mercancías sino sometiéndose también a pagar habitualmente más caras las mercancías de los demás vendedores; y, por la misma razón, ningún consumidor puede... pagar habitualmente más barato lo que compra sino sometiéndose también a una rebaja semejante en el precio de las cosas que vende». (Mercier de la Rivière, l. c., p. 555.)

[^k4-27]: R. Torrens, *An Essay on the Production of Wealth*, Londres 1821, p. 349.

[^k4-28]: «La idea de que las ganancias las pagan los consumidores es, sin duda, muy absurda. ¿Quiénes son los consumidores?». (G. Ramsay, *An Essay on the Distribution of Wealth*, Edimburgo 1836, p. 183.)

[^k4-29]: «Cuando a un hombre le falta demanda, ¿le recomienda el señor Malthus que pague a otra persona para que le quite sus mercancías?», pregunta un ricardiano indignado a Malthus, quien, como su discípulo, el cura Chalmers, glorifica económicamente la clase de los meros compradores o consumidores. Véase *An Inquiry into those principles, respecting the Nature of Demand and the Necessity of Consumption, lately advocated by Mr. Malthus etc.*, Londres 1821, p. 55.

[^k4-30]: Destutt de Tracy, aunque —o quizá porque— era *membre de l'Institut*, sostenía la opinión contraria. Los capitalistas industriales, dice, obtienen sus ganancias porque «lo venden todo más caro de lo que les ha costado producirlo. ¿Y a quién se lo venden? En primer lugar, unos a otros». (L. c., p. 239.)

[^k4-31]: «El intercambio que se hace de dos valores iguales no aumenta ni disminuye la masa de los valores existentes en la sociedad. El intercambio de dos valores desiguales... tampoco cambia nada en la suma de los valores sociales, aunque añada a la fortuna de uno lo que quita de la fortuna del otro». (J. B. Say, l. c., t. II, p. 443, 444.) Say, sin preocuparse naturalmente por las consecuencias de esta proposición, la toma casi literalmente de los fisiócratas. El modo en que ha explotado sus escritos, olvidados en su época, para aumentar su propio «valor» lo muestra el siguiente ejemplo. La proposición «más famosa» de *monsieur* Say: «Solo se compran productos con productos» (l. c., t. II, p. 438) [(Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «t. I».], dice así en el original fisiocrático: «Las producciones solo se pagan con producciones». (Le Trosne, l. c., p. 899.)

[^k4-32]: «El intercambio no confiere ningún valor a los productos». (F. Wayland, *The Elements of Pol. Econ.*, Boston 1843, p. 168.)

[^k4-33]: «Bajo el régimen de equivalentes invariables, el comercio sería imposible». (G. Opdyke, *A Treatise on polit. Economy*, Nueva York 1851, p. 66-69.) [(Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «p. 67».] «En la base de la diferencia entre valor real y valor de cambio hay un hecho: que el valor de una cosa es distinto del llamado equivalente que se da por ella en el comercio, es decir, que ese equivalente no es un equivalente». (F. Engels, l. c., p. 95, 96.)

[^k4-34]: Benjamin Franklin, *Works*, vol. II, edit. Sparks, en «Positions to be examined concerning National Wealth».

[^k4-35]: Aristóteles, l. c., c. 10.

[^k4-36]: «La ganancia, en las condiciones habituales del mercado, no se hace intercambiando. Si no hubiera existido antes, tampoco podría existir después de esa transacción». (Ramsay, l. c., p. 184.)

[^k4-37]: Después de la exposición precedente, el lector comprenderá que esto solo significa que la formación de capital tiene que ser posible aun cuando el precio de las mercancías sea igual a su valor. No puede explicarse por la desviación de los precios de las mercancías respecto de sus valores. Si los precios se desvían realmente de los valores, hay que reducirlos primero a estos últimos, es decir, prescindir de esa circunstancia como de algo accidental, para tener ante sí en estado puro el fenómeno de la formación de capital sobre la base del intercambio de mercancías y no verse confundido en su observación por circunstancias accesorias perturbadoras y ajenas a su curso propiamente dicho. Se sabe, por lo demás, que esta reducción no es en modo alguno un procedimiento meramente científico. Las constantes oscilaciones de los precios de mercado, sus subidas y bajadas, se compensan, se anulan mutuamente y se reducen por sí mismas al precio medio como su regla interna. Este es la estrella polar, por ejemplo, del comerciante o del industrial en toda empresa que abarque un período de tiempo más largo. Sabe, pues, que, considerando en conjunto un período más largo, las mercancías no se venden realmente ni por debajo ni por encima de su precio medio, sino a ese precio. Si el pensamiento desinteresado fuera, pues, de su interés, tendría que plantearse así el problema de la formación del capital: ¿cómo puede surgir el capital si los precios están regulados por el precio medio, es decir, en última instancia, por el valor de la mercancía? Digo «en última instancia» porque los precios medios no coinciden directamente con las magnitudes de valor de las mercancías, como creen A. Smith, Ricardo, etc.

[^k4-t1]: (Nota de la traducción.) «Aquí está Rodas, ¡salta aquí!»: palabras de la fábula de Esopo *El fanfarrón*, dirigidas a quien presumía de haber dado en Rodas un salto prodigioso; vienen a decir que se demuestre lo que se afirma aquí y ahora.

[^k4-38]: «En forma de dinero..., el capital no produce ganancia alguna». (Ricardo, *Princ. of Pol. Econ.*, p. 267.)

[^k4-39]: En las enciclopedias de la Antigüedad clásica puede leerse el disparate de que en el mundo antiguo el capital estaba plenamente desarrollado, «salvo que faltaban el obrero libre y el sistema de crédito». También el señor Mommsen comete en su *Historia de Roma* un *quid pro quo* tras otro.

[^k4-40]: Por eso diversas legislaciones fijan un máximo para el contrato de trabajo. Todos los códigos de los pueblos de trabajo libre regulan las condiciones de rescisión del contrato. En distintos países, sobre todo en México (antes de la guerra civil norteamericana también en los territorios arrancados a México y, en el fondo, hasta la revolución de Cuza, en los principados danubianos), la esclavitud se oculta bajo la forma del peonaje. Mediante adelantos que han de saldarse con trabajo y que se transmiten de generación en generación, no solo el obrero individual, sino también su familia, se convierten de hecho en propiedad de otras personas y de sus familias. Juárez había abolido el peonaje. El llamado emperador Maximiliano lo reintrodujo mediante un decreto que en la Cámara de Representantes de Washington fue denunciado certeramente como decreto para el restablecimiento de la esclavitud en México. «De mis habilidades particulares, corporales y espirituales, y de mis posibilidades de actividad puedo... enajenar a otro un uso limitado en el tiempo, porque, con esta limitación, adquieren una relación exterior con mi totalidad y universalidad. Mediante la enajenación de todo mi tiempo concreto de trabajo y de la totalidad de mi producción, haría de lo sustancial de estos, de mi actividad y realidad universal, de mi personalidad, propiedad de otro». (Hegel, *Philosophie des Rechts*, Berlín 1840, p. 104, § 67.)

[^k4-t2]: (Nota de la traducción.) «Zukunftsmusikant», burla de la «música del porvenir» (*Zukunftsmusik*), expresión asociada a Richard Wagner y a su escrito *Das Kunstwerk der Zukunft* (1850).

[^k4-41]: Lo que caracteriza, pues, a la época capitalista es que la fuerza de trabajo adquiere para el propio obrero la forma de una mercancía que le pertenece, y su trabajo, por tanto, la forma de trabajo asalariado. Por otro lado, solo a partir de ese momento se generaliza la forma de mercancía de los productos del trabajo.

[^k4-42]: «El valor o la valía de un hombre es, como el de todas las demás cosas, su precio; es decir, tanto como se daría por el uso de su poder». (Th. Hobbes, *Leviathan*, en *Works*, edit. Molesworth, Londres 1839-1844, v. III, p. 76.)

[^k4-43]: Por eso el *villicus* de la antigua Roma, que como administrador estaba al frente de los esclavos agrícolas, recibía, «puesto que tiene un trabajo más ligero que los siervos, una ración más escasa que estos». (Th. Mommsen, *Röm. Geschichte*, 1856, p. 810.)

[^k4-44]: Cf. *Over-Population and its Remedy*, Londres 1846, de W. Th. Thornton.

[^k4-45]: Petty.

[^k4-46]: «Su» (del trabajo) «precio natural... consiste en una cantidad de cosas necesarias y comodidades de la vida tal como, dada la naturaleza del clima y los hábitos del país, son necesarias para mantener al trabajador y permitirle criar una familia capaz de preservar en el mercado una oferta de trabajo no disminuida». (R. Torrens, *An Essay on the external Corn Trade*, Londres 1815, p. 62.) La palabra trabajo está aquí puesta erróneamente por fuerza de trabajo.

[^k4-47]: Rossi, *Cours d'Écon. Polit.*, Bruselas 1843, p. 370, 371.

[^k4-48]: Sismondi, *Nouv. Princ. etc.*, t. I, p. 113.

[^k4-49]: «Todo trabajo se paga después de haber cesado». (*An Inquiry into those Principles, respecting the Nature of Demand etc.*, p. 104.) «El crédito comercial tuvo que empezar en el momento en que el obrero, primer artífice de la producción, pudo, gracias a sus ahorros, esperar el salario de su trabajo hasta el final de la semana, de la quincena, del mes, del trimestre, etc.». (Ch. Ganilh, *Des Systèmes d'Écon. Polit.*, 2.ª ed., París 1821, t. II, p. 150.)

[^k4-50]: «El obrero presta su laboriosidad», pero, añade astutamente Storch, «no arriesga nada», salvo «perder su salario... el obrero no transmite nada material». (Storch, *Cours d'Écon. Polit.*, Petersburgo 1815, t. II, p. 36, 37.)

[^k4-51]: Un ejemplo. En Londres hay dos clases de panaderos: los *full priced*, que venden el pan por su valor íntegro, y los *undersellers*, que lo venden por debajo de ese valor. Esta última clase constituye más de ¾ del número total de panaderos (p. XXXII del *Report* del comisario del Gobierno H. S. Tremenheere sobre los *Grievances complained of by the journeymen bakers etc.*, Londres 1862). Estos *undersellers* venden, casi sin excepción, pan adulterado con alumbre, jabón, potasa, cal, polvo de piedra de Derbyshire y otros ingredientes igualmente agradables, nutritivos y saludables. (Véase el libro azul citado, así como el informe del *Committee of 1855 on the Adulteration of Bread* y el del Dr. Hassall, *Adulterations Detected*, 2nd. edit., Londres 1861.) Sir John Gordon declaró ante el comité de 1855 que, «a consecuencia de estas adulteraciones, el pobre que vive de dos libras de pan diarias no recibe hoy realmente ni la cuarta parte de la sustancia nutritiva, aparte de los efectos nocivos sobre su salud». Como razón de que «una parte muy grande de la clase obrera», aunque bien informada de las adulteraciones, acepte sin embargo el alumbre, el polvo de piedra, etc., Tremenheere (l. c., p. XLVIII) aduce que para ellos «es una cosa de necesidad tomar el pan de su panadero o del *chandler's shop* [tienda de ultramarinos de barrio, que vendía a crédito] tal como se lo quieran dar». Como no cobran hasta el final de la semana de trabajo, tampoco pueden «pagar hasta el final de la semana el pan consumido por sus familias durante ella»; y, añade Tremenheere, aduciendo las declaraciones de los testigos: «Es notorio que el pan compuesto con esas mezclas se hace expresamente para este tipo de clientes». (*It is notorious that bread composed of those mixtures, is made expressly for sale in this manner.*) «En muchos distritos agrícolas ingleses» (y más aún en los escoceses) «el salario se paga cada quince días e incluso mensualmente. Con estos largos plazos de pago, el obrero agrícola tiene que comprar sus mercancías a crédito... Tiene que pagar precios más altos y queda de hecho atado a la tienda que le fía. Así, por ejemplo, en Horningsham (Wilts), donde la paga es mensual, la misma harina que en otras partes paga a 1 chelín y 10 peniques el *stone* le cuesta 2 chelines y 4 peniques». (*Sixth Report on Public Health by The Medical Office of the Privy Council etc.*, 1864, p. 264.) «Los estampadores manuales de percal de Paisley y Kilmarnock» (Escocia occidental) «consiguieron en 1853, mediante una huelga, que el plazo de pago se redujera de un mes a 14 días». (*Reports of the Inspectors of Factories for 31st Oct. 1853*, p. 34.) Como otra bonita evolución del crédito que el obrero concede al capitalista puede considerarse el método de muchos propietarios ingleses de minas de carbón, según el cual al obrero no se le paga hasta el final del mes y entretanto recibe adelantos del capitalista, a menudo en mercancías que tiene que pagar por encima de su precio de mercado (*truck system*). «Es práctica común de los patronos de las minas de carbón pagar una vez al mes y adelantar dinero a sus obreros al final de cada semana intermedia. El dinero se da en la tienda» (es decir, en la *tommy-shop* o tienda de comestibles propiedad del mismo patrono); «los hombres lo cogen por un lado y lo gastan por el otro». (*Children's Employment Commission, III. Report*, Londres 1864, p. 38, n. 192.)

[^k4-t3]: (Nota de la traducción.) «Prohibida la entrada salvo por asuntos de negocio».
