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Title: El capital. Libro primero. V. La producción de la plusvalía absoluta y relativa (1867)
Description: Sección quinta del libro primero de El capital: el trabajo productivo, la unidad y la diferencia de la plusvalía absoluta y la relativa, las leyes del cambio de magnitud del precio de la fuerza de trabajo y de la plusvalía, y las fórmulas de la tasa de plusvalía.
Author: Karl Marx
Date: 1867-09
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1867%20El%20capital.%20Libro%20primero.%20V.%20La%20producci%C3%B3n%20de%20la%20plusval%C3%ADa%20absoluta%20y%20relativa
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*Karl Marx, El capital. Crítica de la economía política. Libro primero: El proceso de producción del capital. Primera edición: Hamburgo, Otto Meissner, 1867. Se traduce de la cuarta edición alemana (1890), revisada por Friedrich Engels, según el texto de la MEW 23 (Berlín, 1962) cotejado con la MEGA II/10; las citas que Marx daba en inglés, francés u otras lenguas se traducen de su original. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas marcadas «(Nota de la traducción.)» son nuestras; las demás son de Marx o, entre corchetes con «— F. E.», de Engels. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1867%20Das%20Kapital.%20Erster%20Band.%20V.%20Die%20Produktion%20des%20absoluten%20und%20relativen%20Mehrwerts)*

[Prólogos y epílogos](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1867%20El%20capital.%20Libro%20primero.%20Pr%C3%B3logos%20y%20ep%C3%ADlogos) · [I](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1867%20El%20capital.%20Libro%20primero.%20I.%20Mercanc%C3%ADa%20y%20dinero) · [II](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1867%20El%20capital.%20Libro%20primero.%20II.%20La%20transformaci%C3%B3n%20del%20dinero%20en%20capital) · [III](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1867%20El%20capital.%20Libro%20primero.%20III.%20La%20producci%C3%B3n%20de%20la%20plusval%C3%ADa%20absoluta) · [IV](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1867%20El%20capital.%20Libro%20primero.%20IV.%20La%20producci%C3%B3n%20de%20la%20plusval%C3%ADa%20relativa) · V · [VI](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1867%20El%20capital.%20Libro%20primero.%20VI.%20El%20salario) · [VII](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1867%20El%20capital.%20Libro%20primero.%20VII.%20El%20proceso%20de%20acumulaci%C3%B3n%20del%20capital)

## Capítulo decimocuarto. Plusvalía absoluta y relativa

El proceso de trabajo se consideró al principio (véase el capítulo quinto) en abstracto, con independencia de sus formas históricas, como proceso entre el hombre y la naturaleza. Allí se decía: «Si se considera el proceso de trabajo en su conjunto desde el punto de vista de su resultado, ambos, el medio de trabajo y el objeto de trabajo, aparecen como medios de producción, y el trabajo mismo como trabajo productivo». Y en la nota 7 se añadía: «Esta determinación del trabajo productivo, tal como resulta desde el punto de vista del proceso de trabajo simple, no basta en modo alguno para el proceso de producción capitalista». Esto es lo que hay que desarrollar aquí.

Mientras el proceso de trabajo es puramente individual, el mismo obrero reúne todas las funciones que más tarde se separan. En la apropiación individual de objetos naturales para sus fines vitales se controla a sí mismo. Más tarde es controlado. El hombre aislado no puede actuar sobre la naturaleza sin poner en acción sus propios músculos bajo el control de su propio cerebro. Así como en el sistema natural la cabeza y la mano van juntas, el proceso de trabajo une el trabajo intelectual y el trabajo manual. Más tarde se separan hasta llegar a la oposición hostil. El producto se transforma, en general, de producto inmediato del productor individual en producto social, en producto común de un obrero colectivo, es decir, de un personal de trabajo combinado cuyos miembros están más cerca o más lejos de la manipulación del objeto de trabajo. Con el carácter cooperativo del propio proceso de trabajo se amplía, pues, necesariamente el concepto de trabajo productivo y de su portador, el obrero productivo. Para trabajar productivamente ya no es necesario poner uno mismo la mano; basta con ser órgano del obrero colectivo, con desempeñar cualquiera de sus funciones parciales. La determinación originaria del trabajo productivo dada más arriba, derivada de la naturaleza misma de la producción material, sigue siendo siempre verdadera para el obrero colectivo considerado como un todo. Pero ya no vale para cada uno de sus miembros tomado por separado.

Por otro lado, sin embargo, el concepto de trabajo productivo se estrecha. La producción capitalista no es solo producción de mercancías: es esencialmente producción de plusvalía. El obrero no produce para sí, sino para el capital. Ya no basta, por tanto, con que produzca sin más. Tiene que producir plusvalía. Solo es productivo el obrero que produce plusvalía para el capitalista o que sirve a la autovalorización del capital. Si se nos permite elegir un ejemplo fuera de la esfera de la producción material, un maestro de escuela es obrero productivo cuando no solo trabaja las cabezas de los niños, sino que se mata a trabajar para enriquecer al empresario. Que este haya invertido su capital en una fábrica de enseñanza en lugar de en una fábrica de embutidos no cambia en nada la relación. El concepto de obrero productivo no implica, pues, en modo alguno, solo una relación entre actividad y efecto útil, entre obrero y producto del trabajo, sino también una relación de producción específicamente social, surgida históricamente, que marca al obrero como medio directo de valorización del capital. Ser obrero productivo no es, pues, una suerte, sino una desgracia. En el libro cuarto de esta obra, que trata de la historia de la teoría,[^k13-t1] se verá más de cerca que la economía política clásica hizo desde siempre de la producción de plusvalía el carácter decisivo del obrero productivo. Con su concepción de la naturaleza de la plusvalía cambia, por tanto, su definición del obrero productivo. Así, los fisiócratas declaran que solo el trabajo agrícola es productivo, porque solo él proporciona una plusvalía. Pero para los fisiócratas la plusvalía existe exclusivamente en la forma de renta de la tierra.

La prolongación de la jornada laboral más allá del punto en que el obrero solo habría producido un equivalente del valor de su fuerza de trabajo, y la apropiación de ese plustrabajo por el capital: eso es la producción de la plusvalía absoluta. Constituye la base general del sistema capitalista y el punto de partida de la producción de la plusvalía relativa. En esta, la jornada laboral está dividida de antemano en dos trozos: trabajo necesario y plustrabajo. Para prolongar el plustrabajo se acorta el trabajo necesario mediante métodos con los que el equivalente del salario se produce en menos tiempo. La producción de la plusvalía absoluta gira solo en torno a la duración de la jornada laboral; la producción de la plusvalía relativa revoluciona de arriba abajo los procesos técnicos del trabajo y las agrupaciones sociales.

Presupone, pues, un modo de producción específicamente capitalista, que, con sus métodos, medios y condiciones, solo surge y se forma de manera espontánea sobre la base de la subsunción formal del trabajo en el capital. En lugar de la subsunción formal aparece la subsunción real del trabajo en el capital.

Basta con señalar las formas híbridas en las que el plustrabajo no se le extrae al productor por coacción directa, pero tampoco se ha producido aún su subordinación formal al capital. El capital no se ha adueñado todavía aquí directamente del proceso de trabajo. Junto a los productores independientes que ejercen la artesanía o la agricultura según el modo de explotación heredado de sus antepasados aparece el usurero o el comerciante, el capital usurario o el capital comercial, que los chupa como un parásito. El predominio de esta forma de explotación en una sociedad excluye el modo de producción capitalista, aunque, por otro lado, puede constituir la transición hacia él, como en la Baja Edad Media. Por último, como muestra el ejemplo del moderno trabajo a domicilio, ciertas formas híbridas se reproducen aquí y allá sobre el trasfondo de la gran industria, aunque con una fisonomía completamente cambiada.

Si para la producción de la plusvalía absoluta basta la subsunción meramente formal del trabajo en el capital, por ejemplo que artesanos que antes trabajaban para sí mismos o como oficiales de un maestro gremial pasen ahora, como obreros asalariados, al control directo del capitalista, por otro lado se vio que los métodos para producir la plusvalía relativa son a la vez métodos para producir la plusvalía absoluta. Más aún: la prolongación desmesurada de la jornada laboral se presentó como el producto más genuino de la gran industria. En general, el modo de producción específicamente capitalista deja de ser un simple medio para producir plusvalía relativa en cuanto se adueña de toda una rama de la producción, y más aún en cuanto se adueña de todas las ramas de la producción decisivas. Se convierte entonces en la forma general, socialmente dominante, del proceso de producción. Como método particular para producir plusvalía relativa solo actúa ya, en primer lugar, en la medida en que se apodera de industrias hasta entonces subordinadas al capital solo formalmente, es decir, en su propaganda. En segundo lugar, en la medida en que las industrias que ya han caído en su poder se revolucionan continuamente mediante el cambio de los métodos de producción.

Desde cierto punto de vista, la diferencia entre plusvalía absoluta y relativa parece del todo ilusoria. La plusvalía relativa es absoluta, pues implica la prolongación absoluta de la jornada laboral más allá del tiempo de trabajo necesario para la existencia del propio obrero. La plusvalía absoluta es relativa, pues implica un desarrollo de la productividad del trabajo que permite limitar el tiempo de trabajo necesario a una parte de la jornada laboral. Pero si se atiende al movimiento de la plusvalía, esa apariencia de identidad desaparece. Una vez implantado el modo de producción capitalista y convertido en modo de producción general, la diferencia entre plusvalía absoluta y relativa se hace sensible en cuanto se trata de elevar la tasa de plusvalía en general. Suponiendo que la fuerza de trabajo se pague por su valor, nos encontramos entonces ante esta alternativa: dadas la fuerza productiva del trabajo y su grado normal de intensidad, la tasa de plusvalía solo puede elevarse mediante la prolongación absoluta de la jornada laboral; por otra parte, dado el límite de la jornada laboral, la tasa de plusvalía solo puede elevarse mediante un cambio relativo en la magnitud de sus partes componentes, el trabajo necesario y el plustrabajo, lo que, por una parte, si el salario no ha de caer por debajo del valor de la fuerza de trabajo, presupone un cambio en la productividad o en la intensidad del trabajo.

Si el obrero necesita todo su tiempo para producir los medios de subsistencia necesarios para conservarse a sí mismo y a su raza, no le queda tiempo para trabajar gratuitamente para terceras personas. Sin cierto grado de productividad del trabajo no hay tal tiempo disponible para el obrero; sin ese tiempo sobrante no hay plustrabajo y, por tanto, no hay capitalistas, pero tampoco esclavistas, ni barones feudales, en una palabra, no hay clase de grandes propietarios.[^k13-1]

Puede hablarse así de una base natural de la plusvalía, pero solo en el sentido muy general de que ningún obstáculo natural absoluto impide a uno quitarse de encima el trabajo necesario para su propia existencia y cargárselo a otro, del mismo modo, por ejemplo, que ningún obstáculo natural absoluto impide a unos utilizar como alimento la carne de otros.[^k13-1a] No hay por qué asociar, como se ha hecho aquí y allá, representaciones místicas a esta productividad del trabajo surgida espontáneamente. Solo cuando los hombres han salido trabajosamente de su primer estado animal y su trabajo mismo está ya, por tanto, socializado en cierto grado, surgen relaciones en las que el plustrabajo de uno se convierte en condición de existencia de otro. En los comienzos de la civilización, las fuerzas productivas del trabajo adquiridas son escasas, pero también lo son las necesidades, que se desarrollan con los medios de su satisfacción y a partir de ellos. Además, en esos comienzos la proporción de las partes de la sociedad que viven del trabajo ajeno es ínfima frente a la masa de los productores directos. Con el progreso de la fuerza productiva social del trabajo, esa proporción crece en términos absolutos y relativos.[^k13-2] Por lo demás, la relación capitalista surge en un terreno económico que es producto de un largo proceso de desarrollo. La productividad del trabajo ya existente de la que parte como base no es un don de la naturaleza, sino de una historia que abarca miles de siglos.

Prescindiendo de la forma más o menos desarrollada de la producción social, la productividad del trabajo sigue ligada a condiciones naturales. Todas ellas pueden reducirse a la naturaleza del hombre mismo, como la raza, etc., y a la naturaleza que lo rodea. Las condiciones naturales externas se dividen económicamente en dos grandes clases: riqueza natural de medios de subsistencia, es decir, fertilidad del suelo, aguas ricas en peces, etc., y riqueza natural de medios de trabajo, como saltos de agua vivos, ríos navegables, madera, metales, carbón, etc. En los comienzos de la civilización es decisiva la primera clase de riqueza natural; en un grado de desarrollo superior, la segunda. Compárese, por ejemplo, Inglaterra con la India o, en el mundo antiguo, Atenas y Corinto con los países ribereños del mar Negro.

Cuanto menor es el número de las necesidades naturales que hay que satisfacer forzosamente y cuanto mayores son la fertilidad natural del suelo y la benignidad del clima, tanto menor es el tiempo de trabajo necesario para la conservación y reproducción del productor. Tanto mayor puede ser, por tanto, el excedente de su trabajo para otros sobre su trabajo para sí mismo. Así lo observa ya Diodoro[^k13-t2] a propósito de los antiguos egipcios:

> «Es del todo increíble el poco esfuerzo y el poco gasto que les causa la crianza de sus hijos. Les cocinan el primer alimento sencillo que encuentran; también les dan a comer la parte inferior del papiro, en la medida en que puede asarse al fuego, y las raíces y los tallos de las plantas de los pantanos, unas veces crudos, otras cocidos o asados. La mayoría de los niños van descalzos y sin vestir, pues el aire es muy templado. Por eso un hijo no les cuesta a sus padres, hasta que es adulto, más de veinte dracmas en total. Esto explica principalmente que en Egipto la población sea tan numerosa y que por eso hayan podido emprenderse tantas grandes obras.»[^k13-3]

Sin embargo, las grandes construcciones del antiguo Egipto se deben menos al volumen de su población que a la gran proporción de ella que estaba disponible. Así como el obrero individual puede suministrar tanto más plustrabajo cuanto menor es su tiempo de trabajo necesario, así también, cuanto menor es la parte de la población obrera requerida para producir los medios de subsistencia necesarios, tanto mayor es la parte disponible para otras obras.

Una vez presupuesta la producción capitalista, la magnitud del plustrabajo, permaneciendo iguales las demás circunstancias y dada la duración de la jornada laboral, variará con las condiciones naturales del trabajo, y en particular con la fertilidad del suelo. Pero de ningún modo se sigue a la inversa que el suelo más fértil sea el más adecuado para el crecimiento del modo de producción capitalista. Este presupone el dominio del hombre sobre la naturaleza. Una naturaleza demasiado pródiga «lo lleva de la mano como a un niño con andaderas». No hace de su propio desarrollo una necesidad natural.[^k13-4] No es el clima tropical, con su vegetación exuberante, sino la zona templada, la patria del capital. No es la fertilidad absoluta del suelo, sino su diferenciación, la diversidad de sus productos naturales, lo que constituye la base natural de la división social del trabajo y lo que, mediante el cambio de las circunstancias naturales en que habita, empuja al hombre a diversificar sus propias necesidades, capacidades, medios y modos de trabajo. La necesidad de controlar socialmente una fuerza natural, de administrarla, de apropiársela o domarla en gran escala por medio de obras hechas por la mano del hombre, desempeña el papel más decisivo en la historia de la industria. Así, por ejemplo, la regulación de las aguas en Egipto,[^k13-5] Lombardía, Holanda, etc. O en la India, Persia, etc., donde el riego por canales artificiales no solo aporta al suelo el agua indispensable, sino, con su limo, también el abono mineral de las montañas. El secreto del florecimiento industrial de España y Sicilia bajo la dominación árabe fue la canalización.[^k13-6]

Lo favorable de las condiciones naturales proporciona siempre solo la posibilidad, nunca la realidad, del plustrabajo, y por tanto de la plusvalía o del plusproducto. La diversidad de las condiciones naturales del trabajo hace que la misma cantidad de trabajo satisfaga en distintos países distintas masas de necesidades[^k13-7] y que, por tanto, en circunstancias por lo demás análogas, el tiempo de trabajo necesario sea distinto. Sobre el plustrabajo actúan solo como barrera natural, es decir, determinando el punto en que puede empezar el trabajo para otros. En la misma medida en que avanza la industria, retrocede esa barrera natural. En medio de la sociedad de Europa occidental, donde el obrero solo compra con plustrabajo el permiso de trabajar para su propia existencia, es fácil imaginarse que suministrar un plusproducto es una cualidad innata del trabajo humano.[^k13-8] Pero tómese, por ejemplo, al habitante de las islas orientales del archipiélago asiático, donde el sagú crece silvestre en el bosque.

> «Cuando los habitantes, tras hacer un agujero en el árbol, se han convencido de que la médula está madura, se derriba el tronco y se divide en varios trozos; se raspa la médula, se mezcla con agua y se cuela, y entonces es harina de sagú perfectamente utilizable. Un árbol da por lo común 300 libras y puede dar de 500 a 600. Allí se va, pues, al bosque y se corta uno su pan como entre nosotros se corta la leña.»[^k13-9]

Supongamos que uno de estos cortadores de pan del este de Asia necesita 12 horas de trabajo a la semana para satisfacer todas sus necesidades. Lo que el favor de la naturaleza le da directamente es mucho tiempo libre. Para que lo emplee productivamente para sí mismo hace falta toda una serie de circunstancias históricas; para que lo gaste en plustrabajo para personas ajenas hace falta coacción externa. Si se implantara la producción capitalista, el buen hombre quizá tendría que trabajar 6 días a la semana para apropiarse él mismo del producto de una jornada laboral. El favor de la naturaleza no explica por qué ahora trabaja 6 días a la semana o por qué suministra 5 días de plustrabajo. Solo explica por qué su tiempo de trabajo necesario se limita a un día a la semana. Pero en ningún caso brotaría su plusproducto de una cualidad oculta, innata al trabajo humano.

Al igual que las fuerzas productivas del trabajo desarrolladas históricamente, sociales, también las condicionadas por la naturaleza aparecen como fuerzas productivas del capital, al que se incorpora el trabajo. —

Ricardo nunca se preocupa del origen de la plusvalía. La trata como una cosa inherente al modo de producción capitalista, que a sus ojos es la forma natural de la producción social. Cuando habla de la productividad del trabajo, no busca en ella la causa de la existencia de la plusvalía, sino solo la causa que determina su magnitud. En cambio, su escuela proclamó a voz en grito la fuerza productiva del trabajo como la causa del nacimiento de la ganancia (léase: plusvalía). En todo caso, un progreso frente a los mercantilistas, que, por su parte, derivan del intercambio el excedente del precio de los productos sobre sus costes de producción, de su venta por encima de su valor. No obstante, también la escuela de Ricardo se había limitado a eludir el problema, no lo había resuelto. En efecto, estos economistas burgueses tenían el instinto certero de que era muy peligroso ahondar demasiado en la candente cuestión del origen de la plusvalía. Pero ¿qué decir cuando, medio siglo después de Ricardo, el señor John Stuart Mill constata solemnemente su superioridad sobre los mercantilistas repitiendo mal los pobres subterfugios de los primeros vulgarizadores de Ricardo?

Mill dice:

> «La causa de la ganancia es que el trabajo produce más de lo que se requiere para su sustento.»

Hasta aquí, nada más que la vieja cantinela; pero Mill quiere añadir también algo de su cosecha:

> «O, para variar la forma de la proposición: la razón por la que el capital proporciona una ganancia es que los alimentos, los vestidos, las materias primas y los medios de trabajo duran más tiempo del que se requiere para producirlos.»

Mill confunde aquí la duración del tiempo de trabajo con la duración de sus productos. Según esta opinión, un panadero, cuyos productos solo duran un día, nunca podría sacar de sus obreros asalariados la misma ganancia que un constructor de máquinas, cuyos productos duran veinte años o más. Ciertamente, si los nidos de los pájaros no duraran más tiempo del que se requiere para construirlos, los pájaros tendrían que arreglárselas sin nidos.

Una vez establecida esta verdad fundamental, Mill establece su superioridad sobre los mercantilistas:

> «Vemos, pues, que la ganancia no nace del incidente de los intercambios, sino de la fuerza productiva del trabajo; la ganancia total de un país está siempre determinada por la fuerza productiva del trabajo, haya o no intercambio. Si no existiera división de las ocupaciones, no habría compra ni venta, pero seguiría habiendo ganancia.»

¡Aquí, pues, el intercambio, la compra y la venta, las condiciones generales de la producción capitalista, son un puro incidente, y sigue habiendo ganancia sin compra y venta de la fuerza de trabajo!

Prosigamos:

> «Si el conjunto de los obreros de un país produce un 20% por encima de la suma de sus salarios, las ganancias serán del 20%, sea cual sea el nivel de los precios de las mercancías.»

Esto es, por una parte, una tautología de lo más lograda, pues si los obreros producen para sus capitalistas una plusvalía del 20%, las ganancias serán a la suma total de los salarios de los obreros como 20 : 100. Por otra parte, es absolutamente falso que las ganancias «serán del 20%». Tienen que ser siempre menores, porque las ganancias se calculan sobre la suma total del capital adelantado. Supongamos que el capitalista ha adelantado, por ejemplo, 500 £, de ellas 400 £ en medios de producción y 100 £ en salarios. Si la tasa de plusvalía es, como se ha supuesto, del 20%, la tasa de ganancia será como 20 : 500, es decir, del 4% y no del 20%.

Sigue una brillante muestra de cómo trata Mill las diversas formas históricas de la producción social:

> «Presupongo en todas partes el estado actual de las cosas, que, salvo pocas excepciones, reina en todas partes, es decir, que el capitalista hace todos los adelantos, incluida la remuneración del obrero.»

¡Extraña ilusión óptica, ver en todas partes un estado que hasta ahora solo reina excepcionalmente sobre la faz de la tierra! Pero sigamos. Mill tiene la bondad de admitir que «no es una necesidad absoluta que sea así». Al contrario.

> «El obrero podría esperar el pago, incluso del importe total de su salario, hasta que el trabajo estuviera completamente acabado, si tuviera los medios necesarios para mantenerse entretanto. Pero en ese caso sería en cierto grado un capitalista que invierte capital en el negocio y aporta una parte de los fondos necesarios para continuarlo.»

Igual de bien podría decir Mill que el obrero que se adelanta a sí mismo no solo los medios de subsistencia, sino también los medios de trabajo, es en realidad su propio obrero asalariado. O que el campesino americano es su propio esclavo, que presta la corvea para sí mismo en lugar de para un amo ajeno.

Después de habernos demostrado Mill con tal claridad que la producción capitalista, aunque no existiera, existiría siempre, es lo bastante consecuente para demostrar que no existe ni siquiera cuando existe:

> «E incluso en el caso anterior» (cuando el capitalista adelanta al obrero asalariado todos sus medios de subsistencia) «puede considerarse al obrero desde el mismo punto de vista» (es decir, como un capitalista). «Pues, al entregar su trabajo por debajo del precio de mercado (!), puede considerarse que adelanta la diferencia (?) a su empresario, etc.»[^k13-9a]

En la realidad de los hechos, el obrero adelanta gratis al capitalista su trabajo durante una semana, etc., para recibir al final de la semana, etc., su precio de mercado; ¡eso, según Mill, lo convierte en capitalista! En la llanura chata también los montones de tierra parecen colinas; mídase la chatura de nuestra burguesía actual por el calibre de sus «grandes inteligencias».

## Capítulo decimoquinto. Cambio de magnitud del precio de la fuerza de trabajo y de la plusvalía

El valor de la fuerza de trabajo está determinado por el valor de los medios de subsistencia habitualmente necesarios para el obrero medio. La masa de esos medios de subsistencia, aunque su forma pueda cambiar, está dada en una época determinada de una sociedad determinada y ha de tratarse, por tanto, como una magnitud constante. Lo que cambia es el valor de esa masa. Otros dos factores entran en la determinación del valor de la fuerza de trabajo. Por una parte, sus costes de desarrollo, que cambian con el modo de producción; por otra, su diferencia natural, según sea masculina o femenina, madura o inmadura. El consumo de estas fuerzas de trabajo diferentes, condicionado a su vez por el modo de producción, establece una gran diferencia en los costes de reproducción de la familia obrera y en el valor del obrero varón adulto. Ambos factores quedan, sin embargo, excluidos de la investigación que sigue.[^k13-9b]

Suponemos: 1) que las mercancías se venden por su valor; 2) que el precio de la fuerza de trabajo sube ocasionalmente por encima de su valor, pero nunca cae por debajo de él.

Supuesto esto, se vio que las magnitudes relativas del precio de la fuerza de trabajo y de la plusvalía están condicionadas por tres circunstancias: 1) la duración de la jornada laboral o la magnitud extensiva del trabajo; 2) la intensidad normal del trabajo o su magnitud intensiva, de manera que en un tiempo determinado se gasta una cantidad determinada de trabajo; 3) por último, la fuerza productiva del trabajo, de manera que, según el grado de desarrollo de las condiciones de producción, la misma cantidad de trabajo suministra en el mismo tiempo una cantidad mayor de producto. Son evidentemente posibles combinaciones muy diversas, según que uno de los tres factores sea constante y dos variables, o dos factores constantes y uno variable, o, por último, los tres variables a la vez. Estas combinaciones se diversifican aún más por el hecho de que, cuando varían a la vez distintos factores, la magnitud y la dirección de la variación pueden ser distintas. En lo que sigue solo se exponen las combinaciones principales.

### I. Magnitud de la jornada laboral e intensidad del trabajo constantes (dadas), fuerza productiva del trabajo variable

Bajo este supuesto, el valor de la fuerza de trabajo y la plusvalía están determinados por tres leyes.

Primera: la jornada laboral de una magnitud dada se representa siempre en el mismo producto de valor, por mucho que cambien la productividad del trabajo y, con ella, la masa de productos y, por tanto, el precio de cada mercancía.

El producto de valor de una jornada laboral de doce horas es, por ejemplo, de 6 chelines, aunque la masa de los valores de uso producidos cambie con la fuerza productiva del trabajo y el valor de 6 chelines se reparta, por tanto, entre más o menos mercancías.

Segunda: el valor de la fuerza de trabajo y la plusvalía cambian en sentido inverso el uno respecto de la otra. Un cambio en la fuerza productiva del trabajo, su aumento o su disminución, actúa en sentido inverso sobre el valor de la fuerza de trabajo y en sentido directo sobre la plusvalía.

El producto de valor de la jornada laboral de doce horas es una magnitud constante, por ejemplo 6 chelines. Esta magnitud constante es igual a la suma de la plusvalía más el valor de la fuerza de trabajo, que el obrero repone mediante un equivalente. Es evidente que, de dos partes de una magnitud constante, ninguna puede aumentar sin que la otra disminuya. El valor de la fuerza de trabajo no puede subir de 3 chelines a 4 sin que la plusvalía baje de 3 chelines a 2, y la plusvalía no puede subir de 3 a 4 chelines sin que el valor de la fuerza de trabajo baje de 3 chelines a 2. En estas circunstancias, pues, no es posible ningún cambio en la magnitud absoluta, sea del valor de la fuerza de trabajo, sea de la plusvalía, sin un cambio simultáneo de sus magnitudes relativas o proporcionales. Es imposible que bajen o suban a la vez.

Además, el valor de la fuerza de trabajo no puede bajar, ni por tanto subir la plusvalía, sin que suba la fuerza productiva del trabajo; en el caso anterior, por ejemplo, el valor de la fuerza de trabajo no puede descender de 3 a 2 chelines sin que una mayor fuerza productiva del trabajo permita producir en 4 horas la misma masa de medios de subsistencia que antes requería 6 horas para su producción. A la inversa, el valor de la fuerza de trabajo no puede subir de 3 a 4 chelines sin que la fuerza productiva del trabajo baje, es decir, sin que se requieran 8 horas para producir la misma masa de medios de subsistencia para la que antes bastaban 6. De aquí se sigue que el aumento de la productividad del trabajo hace bajar el valor de la fuerza de trabajo y eleva con ello la plusvalía, mientras que, a la inversa, la disminución de la productividad eleva el valor de la fuerza de trabajo y hace bajar la plusvalía.

Al formular esta ley, Ricardo pasó por alto una circunstancia: aunque el cambio en la magnitud de la plusvalía o del plustrabajo implica un cambio inverso en la magnitud del valor de la fuerza de trabajo o del trabajo necesario, no se sigue en modo alguno que cambien en la misma proporción. Aumentan o disminuyen en la misma magnitud. Pero la proporción en que aumenta o disminuye cada parte del producto de valor o de la jornada laboral depende de la división originaria que existía antes del cambio en la fuerza productiva del trabajo. Si el valor de la fuerza de trabajo era de 4 chelines, o el tiempo de trabajo necesario de 8 horas, y la plusvalía de 2 chelines, o el plustrabajo de 4 horas, y, a consecuencia de una mayor fuerza productiva del trabajo, el valor de la fuerza de trabajo baja a 3 chelines, o el trabajo necesario a 6 horas, la plusvalía sube a 3 chelines, o el plustrabajo a 6 horas. Es la misma magnitud de 2 horas o de 1 chelín la que allí se añade y aquí se quita. Pero el cambio proporcional de magnitud es distinto en uno y otro lado. Mientras el valor de la fuerza de trabajo baja de 4 chelines a 3, es decir, en ¼ o un 25%, la plusvalía sube de 2 chelines a 3, es decir, en ½ o un 50%. Se sigue, por tanto, que el aumento o la disminución proporcional de la plusvalía, a consecuencia de un cambio dado en la fuerza productiva del trabajo, es tanto mayor cuanto menor era originariamente la parte de la jornada laboral que se representa en plusvalía, y tanto menor cuanto mayor era esa parte.

Tercera: el aumento o la disminución de la plusvalía es siempre consecuencia y nunca causa de la disminución o el aumento correspondiente del valor de la fuerza de trabajo.[^k13-10]

Puesto que la jornada laboral tiene una magnitud constante y se representa en una magnitud de valor constante, que a cada cambio de magnitud de la plusvalía corresponde un cambio inverso de magnitud en el valor de la fuerza de trabajo y que el valor de la fuerza de trabajo solo puede cambiar con un cambio en la fuerza productiva del trabajo, en estas condiciones se sigue evidentemente que todo cambio de magnitud de la plusvalía brota de un cambio inverso de magnitud en el valor de la fuerza de trabajo. Si, por tanto, se ha visto que no es posible ningún cambio absoluto de magnitud en el valor de la fuerza de trabajo y de la plusvalía sin un cambio de sus magnitudes relativas, ahora se sigue que no es posible ningún cambio de sus magnitudes relativas de valor sin un cambio en la magnitud absoluta de valor de la fuerza de trabajo.

Según la tercera ley, el cambio de magnitud de la plusvalía presupone un movimiento del valor de la fuerza de trabajo causado por un cambio en la fuerza productiva del trabajo. El límite de ese cambio está dado por el nuevo límite del valor de la fuerza de trabajo. Pero, aun cuando las circunstancias permitan a la ley actuar, pueden producirse movimientos intermedios. Si, por ejemplo, a consecuencia de una mayor fuerza productiva del trabajo, el valor de la fuerza de trabajo baja de 4 chelines a 3, o el tiempo de trabajo necesario de 8 horas a 6, el precio de la fuerza de trabajo podría bajar solo a 3 chelines 8 peniques, 3 chelines 6 peniques, 3 chelines 2 peniques, etc., y la plusvalía, por tanto, subir solo a 3 chelines 4 peniques, 3 chelines 6 peniques, 3 chelines 10 peniques, etc. El grado de la baja, cuyo límite mínimo son 3 chelines, depende del peso relativo que echen en la balanza la presión del capital por un lado y la resistencia de los obreros por el otro.

El valor de la fuerza de trabajo está determinado por el valor de una cantidad determinada de medios de subsistencia. Lo que cambia con la fuerza productiva del trabajo es el valor de esos medios de subsistencia, no su masa. La masa misma puede crecer, al aumentar la fuerza productiva del trabajo, a la vez y en la misma proporción para el obrero y para el capitalista sin ningún cambio de magnitud entre el precio de la fuerza de trabajo y la plusvalía. Si el valor originario de la fuerza de trabajo es de 3 chelines y el tiempo de trabajo necesario asciende a 6 horas, y si la plusvalía es igualmente de 3 chelines, o el plustrabajo asciende también a 6 horas, una duplicación de la fuerza productiva del trabajo, sin que cambie la división de la jornada laboral, dejaría inalterados el precio de la fuerza de trabajo y la plusvalía. Solo que cada uno de ellos se representaría en el doble de valores de uso, pero abaratados en proporción. Aunque el precio de la fuerza de trabajo no hubiera cambiado, habría subido por encima de su valor. Si el precio de la fuerza de trabajo bajara, pero no hasta el límite mínimo de 1½ chelines dado por su nuevo valor, sino a 2 chelines 10 peniques, 2 chelines 6 peniques, etc., ese precio en descenso seguiría representando una masa creciente de medios de subsistencia. Así, al aumentar la fuerza productiva del trabajo, el precio de la fuerza de trabajo podría bajar continuamente con un crecimiento simultáneo y constante de la masa de medios de subsistencia del obrero. Pero en términos relativos, es decir, comparado con la plusvalía, el valor de la fuerza de trabajo bajaría continuamente y se ensancharía así el abismo entre las condiciones de vida del obrero y las del capitalista.[^k13-11]

Ricardo fue el primero en formular rigurosamente las tres leyes establecidas más arriba. Los defectos de su exposición son: 1) que considera las condiciones particulares dentro de las cuales rigen esas leyes como las condiciones evidentes por sí mismas, generales y exclusivas de la producción capitalista. No conoce ningún cambio ni en la duración de la jornada laboral ni en la intensidad del trabajo, de modo que en él la productividad del trabajo se convierte por sí sola en el único factor variable; 2) pero, y esto falsea su análisis en un grado mucho mayor, al igual que los demás economistas, nunca investigó la plusvalía como tal, es decir, con independencia de sus formas particulares, como la ganancia, la renta de la tierra, etc. Por eso confunde directamente las leyes sobre la tasa de plusvalía con las leyes de la tasa de ganancia. Como ya se ha dicho, la tasa de ganancia es la relación de la plusvalía con el capital total adelantado, mientras que la tasa de plusvalía es la relación de la plusvalía con la parte meramente variable de ese capital. Supongamos que un capital de 500 £ (C) se divide en materias primas, medios de trabajo, etc., por un total de 400 £ (c) y en 100 £ de salarios (v), y que la plusvalía es = 100 £ (p).[^k13-t3] Entonces la tasa de plusvalía p/v = (100 £)/(100 £) = 100%. Pero la tasa de ganancia p/C = (100 £)/(500 £) = 20%. Es evidente, además, que la tasa de ganancia puede depender de circunstancias que en modo alguno influyen en la tasa de plusvalía. Demostraré más adelante, en el libro tercero de esta obra, que la misma tasa de plusvalía puede expresarse en las tasas de ganancia más diversas, y diversas tasas de plusvalía, en determinadas circunstancias, en la misma tasa de ganancia.

### II. Jornada laboral constante, fuerza productiva del trabajo constante, intensidad del trabajo variable

La creciente intensidad del trabajo presupone un mayor gasto de trabajo en el mismo espacio de tiempo. La jornada laboral más intensa se materializa, por tanto, en más productos que la menos intensa con el mismo número de horas. Es cierto que, con una mayor fuerza productiva, también la misma jornada laboral suministra más productos. Pero en este último caso el valor de cada producto baja, porque cuesta menos trabajo que antes; en el primero se mantiene inalterado, porque el producto sigue costando el mismo trabajo. El número de productos aumenta aquí sin que baje su precio. Con su número crece la suma de sus precios, mientras que allí la misma suma de valor solo se representa en una masa de productos mayor. Con el mismo número de horas, la jornada laboral más intensa se materializa, pues, en un producto de valor más alto y, por tanto, si el valor del dinero no cambia, en más dinero. Su producto de valor varía con las desviaciones de su intensidad respecto del grado normal social. La misma jornada laboral no se representa, pues, como antes, en un producto de valor constante, sino en uno variable: la jornada laboral de doce horas más intensa, por ejemplo, en 7 chelines, 8 chelines, etc., en lugar de en 6 chelines como la jornada de doce horas de intensidad corriente. Está claro: si varía el producto de valor de la jornada laboral, digamos de 6 a 8 chelines, las dos partes de ese producto de valor, el precio de la fuerza de trabajo y la plusvalía, pueden crecer a la vez, en igual o desigual grado. El precio de la fuerza de trabajo y la plusvalía pueden crecer ambos al mismo tiempo de 3 chelines a 4 si el producto de valor sube de 6 a 8. El aumento del precio de la fuerza de trabajo no implica aquí necesariamente que su precio suba por encima de su valor. Puede ir acompañado, al contrario, de una caída de su valor. Esto ocurre siempre que el aumento del precio de la fuerza de trabajo no compensa su desgaste acelerado.

Sabemos que, salvo excepciones pasajeras, un cambio en la productividad del trabajo solo produce un cambio en la magnitud de valor de la fuerza de trabajo y, por tanto, en la magnitud de la plusvalía, cuando los productos de las ramas industriales afectadas entran en el consumo habitual del obrero. Esa barrera desaparece aquí. Cambie la magnitud del trabajo extensiva o intensivamente, a su cambio de magnitud le corresponde un cambio en la magnitud de su producto de valor, con independencia de la naturaleza del artículo en que se representa ese valor.

Si la intensidad del trabajo aumentara a la vez y por igual en todas las ramas industriales, el nuevo grado de intensidad, más elevado, se convertiría en el grado normal social corriente y dejaría así de contar como magnitud extensiva. Sin embargo, incluso entonces los grados medios de intensidad del trabajo seguirían siendo distintos en las distintas naciones y modificarían, por tanto, la aplicación de la ley del valor a las jornadas laborales de las distintas naciones. La jornada laboral más intensa de una nación se representa en una expresión monetaria más alta que la menos intensa de otra.[^k13-12]

### III. Fuerza productiva e intensidad del trabajo constantes, jornada laboral variable

La jornada laboral puede variar en dos direcciones. Puede acortarse o prolongarse.

1) El acortamiento de la jornada laboral en las condiciones dadas, es decir, con fuerza productiva e intensidad del trabajo invariables, deja inalterados el valor de la fuerza de trabajo y, por tanto, el tiempo de trabajo necesario. Acorta el plustrabajo y la plusvalía. Con la magnitud absoluta de esta, baja también su magnitud relativa, es decir, su magnitud en relación con la magnitud de valor de la fuerza de trabajo, que no cambia. El capitalista solo podría resarcirse rebajando el precio de la fuerza de trabajo por debajo de su valor.

Todas las frases tradicionales contra el acortamiento de la jornada laboral suponen que el fenómeno se produce en las circunstancias aquí presupuestas, mientras que en la realidad, a la inversa, el cambio en la productividad y en la intensidad del trabajo o bien precede al acortamiento de la jornada laboral o bien le sigue inmediatamente.[^k13-13]

2) Prolongación de la jornada laboral: sea el tiempo de trabajo necesario de 6 horas, o el valor de la fuerza de trabajo de 3 chelines, y asimismo el plustrabajo de 6 horas y la plusvalía de 3 chelines. La jornada laboral total asciende entonces a 12 horas y se representa en un producto de valor de 6 chelines. Si la jornada laboral se prolonga en 2 horas y el precio de la fuerza de trabajo no cambia, con la magnitud absoluta de la plusvalía crece su magnitud relativa. Aunque la magnitud de valor de la fuerza de trabajo permanece inalterada en términos absolutos, baja en términos relativos. En las condiciones de I, la magnitud relativa de valor de la fuerza de trabajo no podía cambiar sin un cambio de su magnitud absoluta. Aquí, por el contrario, el cambio relativo de magnitud en el valor de la fuerza de trabajo es el resultado de un cambio absoluto de magnitud de la plusvalía.

Como el producto de valor en que se representa la jornada laboral crece con la prolongación de esta, el precio de la fuerza de trabajo y la plusvalía pueden crecer a la vez, en igual o desigual incremento. Este crecimiento simultáneo es, pues, posible en dos casos: con la prolongación absoluta de la jornada laboral y con una intensidad creciente del trabajo sin tal prolongación.

Con una jornada laboral prolongada, el precio de la fuerza de trabajo puede caer por debajo de su valor aunque nominalmente siga igual o incluso suba. El valor diario de la fuerza de trabajo está calculado, en efecto, como se recordará, sobre su duración media normal o sobre el período de vida normal del obrero, y sobre la correspondiente transformación normal, adecuada a la naturaleza humana, de sustancia vital en movimiento.[^k13-14] Hasta cierto punto, el mayor desgaste de la fuerza de trabajo, inseparable de la prolongación de la jornada laboral, puede compensarse con una mayor reposición. Más allá de ese punto, el desgaste crece en progresión geométrica y se destruyen a la vez todas las condiciones normales de reproducción y de funcionamiento de la fuerza de trabajo. El precio de la fuerza de trabajo y su grado de explotación dejan de ser magnitudes conmensurables entre sí.

### IV. Variaciones simultáneas en la duración, la fuerza productiva y la intensidad del trabajo

Es evidente que aquí son posibles muchísimas combinaciones. Pueden variar dos factores y permanecer constante uno, o pueden variar los tres a la vez. Pueden variar en igual o desigual grado, en la misma dirección o en direcciones opuestas, y sus variaciones, por tanto, pueden anularse en parte o del todo. Sin embargo, el análisis de todos los casos posibles es fácil con las aclaraciones dadas en I, II y III. Se encuentra el resultado de cualquier combinación posible tratando sucesivamente un factor como variable y los demás, por de pronto, como constantes. Aquí, por tanto, solo tomaremos nota brevemente de dos casos importantes.

1) Fuerza productiva del trabajo decreciente con prolongación simultánea de la jornada laboral:

Cuando hablamos aquí de una fuerza productiva del trabajo decreciente, se trata de ramas de trabajo cuyos productos determinan el valor de la fuerza de trabajo, es decir, por ejemplo, de una fuerza productiva del trabajo decreciente a consecuencia de una creciente esterilidad del suelo y del correspondiente encarecimiento de los productos del suelo. Sea la jornada laboral de doce horas, y su producto de valor de 6 chelines, de los cuales la mitad repone el valor de la fuerza de trabajo y la otra mitad constituye plusvalía. La jornada laboral se divide, pues, en 6 horas de trabajo necesario y 6 horas de plustrabajo. Por el encarecimiento de los productos del suelo, supongamos que el valor de la fuerza de trabajo sube de 3 a 4 chelines y, por tanto, el tiempo de trabajo necesario de 6 a 8 horas. Si la jornada laboral no cambia, el plustrabajo baja de 6 a 4 horas y la plusvalía de 3 a 2 chelines. Si la jornada laboral se prolonga en 2 horas, es decir, de 12 a 14 horas, el plustrabajo sigue siendo de 6 horas y la plusvalía de 3 chelines, pero su magnitud baja en comparación con el valor de la fuerza de trabajo, medido por el trabajo necesario. Si la jornada laboral se prolonga en 4 horas, de 12 a 16 horas, las magnitudes proporcionales de la plusvalía y del valor de la fuerza de trabajo, del plustrabajo y del trabajo necesario, permanecen inalteradas, pero la magnitud absoluta de la plusvalía crece de 3 a 4 chelines, y la del plustrabajo de 6 a 8 horas de trabajo, es decir, en ⅓ o un 33⅓%. Con una fuerza productiva del trabajo decreciente y una prolongación simultánea de la jornada laboral, la magnitud absoluta de la plusvalía puede, pues, permanecer inalterada mientras baja su magnitud proporcional; su magnitud proporcional puede permanecer inalterada mientras crece su magnitud absoluta, y, según el grado de la prolongación, pueden crecer ambas.

En el período de 1799 a 1815, el alza de los precios de los medios de subsistencia provocó en Inglaterra una subida nominal de los salarios, aunque los salarios reales, expresados en medios de subsistencia, bajaron. De ello concluyeron West y Ricardo que la disminución de la productividad del trabajo agrícola había provocado una baja de la tasa de plusvalía, e hicieron de este supuesto, válido solo en su fantasía, el punto de partida de importantes análisis sobre la relación de magnitud relativa entre salario, ganancia y renta de la tierra. Pero gracias a la mayor intensidad del trabajo y a la prolongación forzada del tiempo de trabajo, la plusvalía había crecido entonces en términos absolutos y relativos. Fue el período en que la prolongación desmesurada de la jornada laboral adquirió carta de ciudadanía,[^k13-15] el período caracterizado especialmente por el aumento acelerado del capital aquí y del pauperismo allá.[^k13-16]

2) Intensidad y fuerza productiva del trabajo crecientes con acortamiento simultáneo de la jornada laboral:

El aumento de la fuerza productiva del trabajo y su creciente intensidad actúan en un sentido de manera uniforme. Ambos aumentan la masa de productos obtenida en cada lapso de tiempo. Ambos acortan, pues, la parte de la jornada laboral que el obrero necesita para producir sus medios de subsistencia o su equivalente. El límite mínimo absoluto de la jornada laboral lo forma, en general, esta parte componente suya, necesaria pero contráctil. Si toda la jornada laboral se redujera a ella, desaparecería el plustrabajo, cosa imposible bajo el régimen del capital. La supresión de la forma de producción capitalista permite limitar la jornada laboral al trabajo necesario. Sin embargo, este último, en circunstancias por lo demás iguales, ampliaría su espacio. Por una parte, porque las condiciones de vida del obrero serían más ricas y sus exigencias vitales mayores. Por otra, una parte del actual plustrabajo contaría como trabajo necesario, a saber, el trabajo necesario para formar un fondo social de reserva y de acumulación.

Cuanto más crece la fuerza productiva del trabajo, tanto más puede acortarse la jornada laboral, y cuanto más se acorta la jornada laboral, tanto más puede crecer la intensidad del trabajo. Socialmente considerada, la productividad del trabajo crece también con su economía. Esta no solo incluye economizar los medios de producción, sino evitar todo trabajo inútil. Mientras el modo de producción capitalista impone la economía en cada negocio individual, su sistema anárquico de competencia engendra el más desmesurado despilfarro de los medios de producción y de las fuerzas de trabajo sociales, junto a una infinidad de funciones hoy indispensables, pero superfluas en sí y por sí.

Dadas la intensidad y la fuerza productiva del trabajo, la parte de la jornada laboral social necesaria para la producción material es tanto más corta, y la parte del tiempo conquistada para la actividad libre, intelectual y social de los individuos es, por tanto, tanto mayor, cuanto más uniformemente se reparte el trabajo entre todos los miembros de la sociedad aptos para trabajar, cuanto menos puede una capa social quitarse de encima la necesidad natural del trabajo y cargársela a otra capa. El límite absoluto del acortamiento de la jornada laboral es, en este sentido, la generalidad del trabajo. En la sociedad capitalista se produce tiempo libre para una clase transformando todo el tiempo de vida de las masas en tiempo de trabajo.

## Capítulo decimosexto. Diversas fórmulas de la tasa de plusvalía

Se ha visto que la tasa de plusvalía se representa en las fórmulas:

I.

(plusvalía)/(capital variable) (p/v)[^k13-t4]  
= (plusvalía)/(valor de la fuerza de trabajo)  
= (plustrabajo)/(trabajo necesario).

Las dos primeras fórmulas representan como relación de valores lo que la tercera representa como relación de los tiempos en que esos valores se producen. Estas fórmulas, que se sustituyen unas a otras, son conceptualmente rigurosas. Por eso se las encuentra en la economía política clásica en cuanto al fondo, pero no elaboradas conscientemente. En ella nos encontramos, en cambio, con las siguientes fórmulas derivadas:

II.

(plustrabajo)/(jornada laboral)  
= (plusvalía)/(valor del producto)  
= (plusproducto)/(producto total).

Una y la misma proporción está expresada aquí alternativamente en la forma de los tiempos de trabajo, de los valores en que estos se materializan y de los productos en que existen esos valores. Se supone, naturalmente, que por valor del producto ha de entenderse solo el producto de valor de la jornada laboral, quedando excluida la parte constante del valor del producto.

En todas estas fórmulas el grado real de explotación del trabajo, o la tasa de plusvalía, está expresado falsamente. Sea la jornada laboral de 12 horas. Con los demás supuestos de nuestro ejemplo anterior, el grado real de explotación del trabajo se representa en este caso en las proporciones:

(6 horas de plustrabajo)/(6 horas de trabajo necesario)  
= (plusvalía de 3 chelines)/(capital variable de 3 chelines)  
= 100%.

Según las fórmulas II, en cambio, obtenemos:

(6 horas de plustrabajo)/(jornada laboral de 12 horas)  
= (plusvalía de 3 chelines)/(producto de valor de 6 chelines)  
= 50%.

Estas fórmulas derivadas expresan, de hecho, la proporción en que la jornada laboral o su producto de valor se reparte entre el capitalista y el obrero. Si se las toma, por tanto, como expresiones inmediatas del grado de autovalorización del capital, rige la falsa ley de que el plustrabajo o la plusvalía nunca pueden alcanzar el 100%.[^k13-17] Como el plustrabajo solo puede constituir siempre una parte alícuota de la jornada laboral, o la plusvalía solo una parte alícuota del producto de valor, el plustrabajo es necesariamente siempre menor que la jornada laboral, o la plusvalía siempre menor que el producto de valor. Pero para que estuvieran en la relación de 100/100 tendrían que ser iguales. Para que el plustrabajo absorbiera toda la jornada laboral (se trata aquí de la jornada media de la semana de trabajo, del año de trabajo, etc.), el trabajo necesario tendría que reducirse a cero. Pero si desaparece el trabajo necesario, desaparece también el plustrabajo, puesto que este no es más que una función de aquel. La proporción (plustrabajo)/(jornada laboral) = (plusvalía)/(producto de valor) no puede, pues, alcanzar nunca el límite de 100/100, y menos aún subir a (100 + x)/100. Pero sí puede hacerlo la tasa de plusvalía o grado real de explotación del trabajo. Tómese, por ejemplo, el cálculo del señor L. de Lavergne,[^k13-t5] según el cual el obrero agrícola inglés recibe solo ¼ del producto[^k13-18] o de su valor, y el capitalista (arrendatario), en cambio, ¾, sea cual sea la manera en que el botín se reparta después entre el capitalista y el terrateniente, etc. El plustrabajo del obrero agrícola inglés es, según esto, a su trabajo necesario como 3 : 1, un porcentaje de explotación del 300%.

El método escolástico de tratar la jornada laboral como una magnitud constante se consolidó con el empleo de las fórmulas II, porque en ellas el plustrabajo se compara siempre con una jornada laboral de magnitud dada. Lo mismo ocurre cuando se atiende exclusivamente al reparto del producto de valor. La jornada laboral que ya se ha objetivado en un producto de valor es siempre una jornada laboral de límites dados.

La representación de la plusvalía y del valor de la fuerza de trabajo como fracciones del producto de valor —un modo de representación que, por lo demás, brota del propio modo de producción capitalista y cuyo significado se desvelará más adelante— oculta el carácter específico de la relación capitalista, a saber, el intercambio del capital variable por la fuerza de trabajo viva y la correspondiente exclusión del obrero respecto del producto. En su lugar aparece la falsa apariencia de una relación de asociación en la que el obrero y el capitalista se reparten el producto según la proporción de sus diversos factores de formación.[^k13-19]

Por lo demás, las fórmulas II pueden siempre volver a transformarse en las fórmulas I. Si tenemos, por ejemplo, (plustrabajo de 6 horas)/(jornada laboral de 12 horas), el tiempo de trabajo necesario = jornada laboral de doce horas menos plustrabajo de seis horas, y resulta así:

(plustrabajo de 6 horas)/(trabajo necesario de 6 horas) = 100/100.

Una tercera fórmula, que ya he anticipado ocasionalmente, es:

III.

(plusvalía)/(valor de la fuerza de trabajo)  
= (plustrabajo)/(trabajo necesario)  
= (trabajo no pagado)/(trabajo pagado).

El malentendido al que podría inducir la fórmula (trabajo no pagado)/(trabajo pagado), como si el capitalista pagara el trabajo y no la fuerza de trabajo, desaparece tras el desarrollo expuesto anteriormente. (Trabajo no pagado)/(trabajo pagado) no es más que la expresión popular de (plustrabajo)/(trabajo necesario). El capitalista paga el valor, o el precio que se aparta de él, de la fuerza de trabajo, y recibe a cambio la disposición sobre la fuerza de trabajo viva misma. Su usufructo de esta fuerza de trabajo se divide en dos períodos. Durante uno de ellos, el obrero solo produce un valor = valor de su fuerza de trabajo, es decir, solo un equivalente. Por el precio adelantado de la fuerza de trabajo, el capitalista recibe así un producto del mismo precio. Es como si hubiera comprado el producto ya hecho en el mercado. En el período del plustrabajo, en cambio, el usufructo de la fuerza de trabajo forma valor para el capitalista sin costarle ninguna reposición de valor.[^k13-20] Obtiene gratis esta puesta en movimiento de la fuerza de trabajo. En este sentido puede llamarse al plustrabajo trabajo no pagado.

El capital no es, pues, solo mando sobre el trabajo, como dice A. Smith. Es esencialmente mando sobre trabajo no pagado. Toda plusvalía, sea cual sea la forma particular en que más tarde cristalice —ganancia, interés, renta, etc.—, es por su sustancia materialización de tiempo de trabajo no pagado. El secreto de la autovalorización del capital se resuelve en su disposición sobre una cantidad determinada de trabajo ajeno no pagado.

[^k13-t1]: (Nota de la traducción.) Marx no llegó a dar forma definitiva a este libro cuarto; sus manuscritos sobre la historia de la teoría los publicó Karl Kautsky entre 1905 y 1910 con el título de *Teorías sobre la plusvalía*.

[^k13-1]: «La mera existencia de los maestros capitalistas como clase distinta depende de la productividad de la industria.» (Ramsay, l. c., p. 206.) «Si el trabajo de cada hombre bastara solo para producir su propio alimento, no podría haber propiedad.» (Ravenstone, l. c., p. 14.)

[^k13-1a]: Según un cálculo hecho recientemente, solo en las regiones de la tierra ya exploradas viven todavía por lo menos cuatro millones de caníbales.

[^k13-2]: «Entre los indios salvajes de América casi todo es del trabajador; 99 partes de cien han de cargarse a la cuenta del trabajo. En Inglaterra, quizá el trabajador no tiene ni ⅔.» (*The Advantages of the East India Trade etc.*, pp. 72 y 73.)

[^k13-t2]: (Nota de la traducción.) Diodoro de Sicilia, historiador griego del siglo I a. C., autor de una *Biblioteca histórica*. Marx lo cita en traducción alemana.

[^k13-3]: Diodoro, l. c., libro I, cap. 80.

[^k13-4]: «La primera» (la riqueza natural), «como es la más noble y ventajosa, hace al pueblo descuidado, orgulloso y dado a todos los excesos; mientras que la segunda impone vigilancia, saber, artes y política.» (*England's Treasure by Foreign Trade. Or the Balance of our Foreign Trade is the Rule of our Treasure. Written by Thomas Mun, of London, Merchant, and now published for the common good by his son John Mun*, Londres, 1669, pp. 181 y 182.) «Tampoco puedo concebir maldición mayor para un pueblo que verse arrojado a un pedazo de tierra donde las producciones para la subsistencia y el alimento fueran en gran medida espontáneas, y donde el clima exigiera o permitiera poco cuidado para el vestido y el abrigo...; también puede haber un extremo en el otro sentido. Un suelo incapaz de producir con el trabajo es tan malo como un suelo que produce en abundancia sin trabajo alguno.» (*An Inquiry into the Present High Price of Provisions*, Londres, 1767, p. 10.)

[^k13-5]: La necesidad de calcular los períodos de las crecidas del Nilo creó la astronomía egipcia y, con ella, el dominio de la casta sacerdotal como directora de la agricultura. «El solsticio es el momento del año en que comienza la crecida del Nilo, y el que los egipcios debieron observar con mayor atención... Era este año trópico el que les importaba señalar para guiarse en sus operaciones agrícolas. Tuvieron, pues, que buscar en el cielo un signo visible de su retorno.» (Cuvier, *Discours sur les révolutions du globe*, ed. Hoefer, París, 1863, p. 141.)

[^k13-6]: Una de las bases materiales del poder del Estado sobre los pequeños organismos productivos inconexos de la India era la regulación del suministro de agua. Los soberanos mahometanos de la India lo entendieron mejor que sus sucesores ingleses. Baste recordar la hambruna de 1866, que costó la vida a más de un millón de hindúes en el distrito de Orissa, presidencia de Bengala.

[^k13-7]: «No hay dos países que suministren igual número de artículos de primera necesidad con la misma abundancia y con la misma cantidad de trabajo. Las necesidades de los hombres aumentan o disminuyen con el rigor o la templanza del clima en que viven; en consecuencia, la proporción del comercio que los habitantes de los distintos países se ven obligados a llevar a cabo por necesidad no puede ser la misma, ni es posible determinar el grado de variación de otro modo que por los grados de calor y de frío; de donde puede sacarse esta conclusión general: que la cantidad de trabajo requerida para un cierto número de personas es máxima en los climas fríos y mínima en los cálidos, pues en los primeros los hombres no solo necesitan más ropa, sino que la tierra necesita más cultivo que en los segundos.» (*An Essay on the Governing Causes of the Natural Rate of Interest*, Londres, 1750, p. 59.) El autor de este escrito anónimo, que hizo época, es J. Massie. Hume tomó de él su teoría del interés.

[^k13-8]: «Todo trabajo debe» (parece que esto también forma parte de los *droits et devoirs du citoyen*, los derechos y deberes del ciudadano) «dejar un excedente.» (Proudhon.)

[^k13-9]: F. Schouw, *Die Erde, die Pflanze und der Mensch*, 2.ª ed., Leipzig, 1854, p. 148.

[^k13-9a]: J. St. Mill, *Principles of Political Economy*, Londres, 1868, pp. 252-253, *passim*. [Los pasajes anteriores están traducidos según la edición francesa de *El capital*. — F. E.]

[^k13-9b]: El caso tratado en la p. 281 [(Nota de la traducción.) Página de la 4.ª edición alemana; corresponde al capítulo décimo, «Concepto de la plusvalía relativa».] queda aquí, naturalmente, excluido también. [Nota a la 3.ª edición. — F. E.]

[^k13-10]: A esta tercera ley, McCulloch, entre otros, ha añadido el disparate de que la plusvalía puede subir sin que baje el valor de la fuerza de trabajo mediante la supresión de impuestos que el capitalista tenía que pagar antes. La supresión de tales impuestos no cambia absolutamente nada en la cantidad de plusvalía que el capitalista industrial extrae de primera mano al obrero. Solo cambia la proporción en que se mete la plusvalía en su propio bolsillo o tiene que repartirla con terceras personas. No cambia, pues, nada en la relación entre el valor de la fuerza de trabajo y la plusvalía. La excepción de McCulloch solo prueba, por tanto, que no entiende la regla, desgracia que le ocurre en la vulgarización de Ricardo con tanta frecuencia como a J.-B. Say en la vulgarización de A. Smith.

[^k13-11]: «Cuando se produce una alteración en la productividad de la industria, y se produce más o menos con una cantidad dada de trabajo y de capital, la proporción de los salarios puede evidentemente variar, mientras que la cantidad que esa proporción representa sigue siendo la misma, o la cantidad puede variar mientras la proporción sigue siendo la misma.» (*Outlines of Political Economy etc.*, p. 67.)

[^k13-t3]: (Nota de la traducción.) Usamos las letras de la terminología española: p = plusvalía (*Mehrwert*, m en el original alemán); c = capital constante; v = capital variable; C = capital total.

[^k13-12]: «En igualdad de circunstancias, el fabricante inglés puede sacar en un tiempo dado una cantidad de trabajo considerablemente mayor que un fabricante extranjero, tanto como para compensar la diferencia de las jornadas laborales, entre 60 horas semanales aquí y 72 u 80 en otras partes.» (*Reports of Insp. of Fact. for 31st Oct. 1855*, p. 65.) Un mayor acortamiento legal de la jornada laboral en las fábricas del continente sería el medio más infalible para reducir esta diferencia entre la hora de trabajo continental y la inglesa.

[^k13-13]: «Hay circunstancias compensatorias ... que la aplicación de la ley de las diez horas ha sacado a la luz.» (*Reports of Insp. of Fact. for 31st October 1848*, p. 7.) [(Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «1st December 1848».]

[^k13-14]: «La cantidad de trabajo que un hombre ha realizado en el curso de 24 horas podría determinarse aproximadamente examinando los cambios químicos que se han producido en su cuerpo, pues las formas modificadas de la materia indican el ejercicio anterior de fuerza dinámica.» (Grove, *On the Correlation of Physical Forces*.)

[^k13-15]: «El trigo y el trabajo rara vez marchan del todo a la par; pero hay un límite evidente más allá del cual no pueden separarse. En cuanto a los esfuerzos extraordinarios que hacen las clases trabajadoras en los períodos de carestía, y que producen la baja de los salarios señalada en las declaraciones» (a saber, ante las comisiones parlamentarias de investigación de 1814-1815), «son muy meritorios en los individuos y favorecen ciertamente el crecimiento del capital. Pero ningún hombre con sentimientos humanitarios podría desear verlos constantes e ininterrumpidos. Son admirabilísimos como alivio temporal; pero si estuvieran constantemente en acción, producirían efectos semejantes a los de una población empujada hasta los límites más extremos de sus alimentos.» (Malthus, *Inquiry into the Nature and Progress of Rent*, Londres, 1815, p. 48, nota.) Honra a Malthus que ponga el acento en la prolongación de la jornada laboral, de la que trata directamente también en otro lugar de su folleto, mientras que Ricardo y otros, ante los hechos más clamorosos, basaron todas sus investigaciones en la magnitud constante de la jornada laboral. Pero los intereses conservadores de los que Malthus era siervo le impidieron ver que la prolongación desmesurada de la jornada laboral, junto con el extraordinario desarrollo de la maquinaria y la explotación del trabajo de mujeres y niños, tenía que hacer «sobrante» a una gran parte de la clase obrera, sobre todo en cuanto cesaran la demanda de la guerra y el monopolio inglés del mercado mundial. Era, naturalmente, mucho más cómodo, y mucho más conforme con los intereses de las clases dominantes, a las que Malthus idolatra como un auténtico cura, explicar esta «superpoblación» por las leyes eternas de la naturaleza que por las leyes naturales, solo históricas, de la producción capitalista.

[^k13-16]: «Una causa principal del aumento del capital durante la guerra procedió de los mayores esfuerzos, y quizá de las mayores privaciones, de las clases trabajadoras, las más numerosas en toda sociedad. Más mujeres y niños se vieron obligados por la necesidad a emprender ocupaciones penosas, y los que ya eran obreros se vieron obligados, por la misma causa, a dedicar una mayor parte de su tiempo a aumentar la producción.» (*Essays on Political Econ. in which are illustrated the Principal Causes of the Present National Distress*, Londres, 1830, p. 248.)

[^k13-t4]: (Nota de la traducción.) p = plusvalía (*Mehrwert*, m en el original alemán); v = capital variable.

[^k13-17]: Así, por ejemplo, en *Dritter Brief an v. Kirchmann von Rodbertus. Widerlegung der Ricardo'schen Theorie von der Grundrente und Begründung einer neuen Rententheorie*, Berlín, 1851. Más adelante volveré sobre este escrito, que, a pesar de su falsa teoría de la renta de la tierra, penetra la esencia de la producción capitalista. — [Adición a la 3.ª edición. — Se ve aquí con qué benevolencia juzgaba Marx a sus predecesores en cuanto encontraba en ellos un progreso real, una idea nueva y justa. Entretanto, la publicación de las cartas de Rodbertus a Rud. Meyer ha restringido en cierta medida el reconocimiento anterior. Allí se dice: «Hay que salvar al capital no solo del trabajo, sino también de sí mismo, y eso se consigue de hecho del mejor modo concibiendo la actividad del empresario capitalista como funciones de economía nacional y de economía del Estado que le están delegadas por la propiedad del capital, y su ganancia como una forma de sueldo, porque todavía no conocemos ninguna otra organización social. Pero los sueldos pueden regularse, y también reducirse si le quitan demasiado al salario. Así ha de rechazarse también la irrupción de Marx en la sociedad —así quisiera llamar a su libro— ... En general, el libro de Marx no es tanto una investigación sobre el capital como una polémica contra la forma actual del capital, que él confunde con el concepto mismo de capital, de donde nacen precisamente sus errores.» (*Briefe etc. von Dr. Rodbertus-Jagetzow*, publicadas por el Dr. Rud. Meyer, Berlín, 1881, t. I, p. 111, carta 48 de Rodbertus.) — En tales lugares comunes ideológicos van a encallar los arranques, en verdad audaces, de las «cartas sociales» de Rodbertus. — F. E.]

[^k13-t5]: (Nota de la traducción.) Léonce de Lavergne (1809-1880), economista y agrónomo francés, autor de *Économie rurale de l'Angleterre, de l'Écosse et de l'Irlande* (1854).

[^k13-18]: En este cálculo se ha descontado, evidentemente, la parte del producto que solo repone el capital constante desembolsado. El señor L. de Lavergne, admirador ciego de Inglaterra, da una proporción más bien demasiado baja que demasiado alta.

[^k13-19]: Como todas las formas desarrolladas del proceso de producción capitalista son formas de la cooperación, nada es naturalmente más fácil que abstraer de su carácter específicamente antagónico y convertirlas así, con una fábula, en formas de asociación libre, como hace el conde A. de Laborde en *De l'Esprit de l'Association dans tous les intérêts de la Communauté*, París, 1818. El yanqui H. Carey logra ocasionalmente este truco, con el mismo éxito, incluso para las relaciones del sistema esclavista.

[^k13-20]: Aunque los fisiócratas no penetraron el secreto de la plusvalía, sí veían claramente que era «una riqueza independiente y disponible que él» (su poseedor) «no ha comprado y que vende». (Turgot, *Réflexions sur la Formation et la Distribution des Richesses*, p. 11.)
