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Title: El capital. Libro primero. VII. El proceso de acumulación del capital (1867)
Description: Sección séptima del libro primero de El capital: la reproducción simple y ampliada del capital, la transformación de la plusvalía en capital, la ley general de la acumulación capitalista, la llamada acumulación originaria y la teoría moderna de la colonización.
Author: Karl Marx
Date: 1867-09
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1867%20El%20capital.%20Libro%20primero.%20VII.%20El%20proceso%20de%20acumulaci%C3%B3n%20del%20capital
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*Karl Marx, El capital. Crítica de la economía política. Libro primero: El proceso de producción del capital. Primera edición: Hamburgo, Otto Meissner, 1867. Se traduce de la cuarta edición alemana (1890), revisada por Friedrich Engels, según el texto de la MEW 23 (Berlín, 1962) cotejado con la MEGA II/10; las citas que Marx daba en inglés, francés u otras lenguas se traducen de su original. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas marcadas «(Nota de la traducción.)» son nuestras; las demás son de Marx o, entre corchetes con «— F. E.», de Engels. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1867%20Das%20Kapital.%20Erster%20Band.%20VII.%20Der%20Akkumulationsproze%C3%9F%20des%20Kapitals)*

[Prólogos y epílogos](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1867%20El%20capital.%20Libro%20primero.%20Pr%C3%B3logos%20y%20ep%C3%ADlogos) · [I](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1867%20El%20capital.%20Libro%20primero.%20I.%20Mercanc%C3%ADa%20y%20dinero) · [II](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1867%20El%20capital.%20Libro%20primero.%20II.%20La%20transformaci%C3%B3n%20del%20dinero%20en%20capital) · [III](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1867%20El%20capital.%20Libro%20primero.%20III.%20La%20producci%C3%B3n%20de%20la%20plusval%C3%ADa%20absoluta) · [IV](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1867%20El%20capital.%20Libro%20primero.%20IV.%20La%20producci%C3%B3n%20de%20la%20plusval%C3%ADa%20relativa) · [V](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1867%20El%20capital.%20Libro%20primero.%20V.%20La%20producci%C3%B3n%20de%20la%20plusval%C3%ADa%20absoluta%20y%20relativa) · [VI](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1867%20El%20capital.%20Libro%20primero.%20VI.%20El%20salario) · VII

La transformación de una suma de dinero en medios de producción y fuerza de trabajo es el primer movimiento que recorre la cantidad de valor que ha de funcionar como capital. Tiene lugar en el mercado, en la esfera de la circulación. La segunda fase del movimiento, el proceso de producción, concluye en cuanto los medios de producción se han transformado en mercancía cuyo valor supera el valor de sus componentes, es decir, contiene el capital adelantado originariamente más una plusvalía. Estas mercancías tienen que ser lanzadas luego otra vez a la esfera de la circulación. Se trata de venderlas, de realizar su valor en dinero, de transformar de nuevo este dinero en capital, y así una y otra vez. Este ciclo, que recorre siempre las mismas fases sucesivas, constituye la circulación del capital.

La primera condición de la acumulación es que el capitalista haya conseguido vender sus mercancías y volver a transformar en capital la mayor parte del dinero así obtenido. En lo que sigue se supone que el capital recorre su proceso de circulación de modo normal. El análisis detallado de este proceso corresponde al libro segundo.

El capitalista que produce la plusvalía, es decir, que extrae directamente de los obreros trabajo no pagado y lo fija en mercancías, es ciertamente el primero que se la apropia, pero en modo alguno el último propietario de esa plusvalía. Después tiene que repartirla con capitalistas que desempeñan otras funciones en el conjunto de la producción social, con el propietario de la tierra, etc. La plusvalía se divide, por tanto, en diferentes partes. Sus fragmentos corresponden a diferentes categorías de personas y adoptan formas diferentes, independientes entre sí, como ganancia, interés, ganancia comercial, renta del suelo, etc. Estas formas transfiguradas de la plusvalía no pueden tratarse hasta el libro tercero.

Aquí suponemos, pues, por una parte, que el capitalista que produce la mercancía la vende por su valor, y no nos detenemos en su regreso al mercado de mercancías, ni en las nuevas formas que el capital adquiere en la esfera de la circulación, ni en las condiciones concretas de la reproducción que en ellas se encierran. Por otra parte, consideramos al productor capitalista propietario de toda la plusvalía o, si se quiere, representante de todos los que participan con él en el botín. Así pues, consideramos ante todo la acumulación en abstracto, es decir, como mero momento del proceso inmediato de producción.

Por lo demás, siempre que hay acumulación, el capitalista logra vender la mercancía producida y volver a transformar en capital el dinero obtenido por ella. Además, la división de la plusvalía en diferentes trozos no altera en nada su naturaleza ni las condiciones necesarias en que se convierte en elemento de la acumulación. Sea cual fuere la proporción de la plusvalía que el productor capitalista retenga para sí o ceda a otros, siempre es él quien se la apropia en primera instancia. Lo que se supone en nuestra exposición de la acumulación se supone, pues, en su curso real. Por otra parte, la escisión de la plusvalía y el movimiento mediador de la circulación oscurecen la forma fundamental simple del proceso de acumulación. Su análisis puro exige, por tanto, prescindir provisionalmente de todos los fenómenos que ocultan el juego interno de su mecanismo.

## Capítulo vigesimoprimero. La reproducción simple

Cualquiera que sea la forma social del proceso de producción, este tiene que ser continuo o recorrer periódicamente, una y otra vez, las mismas fases. Una sociedad no puede dejar de producir, como no puede dejar de consumir. Considerado en su conexión constante y en el flujo ininterrumpido de su renovación, todo proceso social de producción es, por tanto, al mismo tiempo, proceso de reproducción.

Las condiciones de la producción son al mismo tiempo las condiciones de la reproducción. Ninguna sociedad puede producir continuamente, es decir, reproducir, sin volver a transformar continuamente una parte de sus productos en medios de producción o elementos de la nueva producción. Si las demás circunstancias no varían, solo puede reproducir o conservar su riqueza en la misma escala si repone *in natura*, mediante una cantidad igual de ejemplares nuevos, los medios de producción consumidos, por ejemplo, a lo largo del año, es decir, los medios de trabajo, las materias primas y las materias auxiliares; esa cantidad se separa de la masa anual de productos y se incorpora de nuevo al proceso de producción. Una cantidad determinada del producto anual pertenece, pues, a la producción. Destinada de antemano al consumo productivo, existe en gran parte en formas naturales que por sí mismas excluyen el consumo individual.

Si la producción tiene forma capitalista, también la tiene la reproducción. Así como en el modo de producción capitalista el proceso de trabajo solo aparece como un medio para el proceso de valorización, la reproducción solo aparece como un medio para reproducir como capital el valor adelantado, es decir, como valor que se valoriza. La máscara de carácter económica del capitalista solo se adhiere a un hombre porque su dinero funciona continuamente como capital. Si, por ejemplo, la suma de dinero adelantada de 100 £ se ha transformado este año en capital y ha producido una plusvalía de 20 £, tiene que repetir la misma operación el año siguiente, y así sucesivamente. Como incremento periódico del valor del capital, o fruto periódico del capital en proceso, la plusvalía adopta la forma de una renta[^k14-t1] que brota del capital.[^k14-1]

Si esta renta solo le sirve al capitalista como fondo de consumo, o si se consume con la misma periodicidad con que se obtiene, tiene lugar, si las demás circunstancias no varían, la reproducción simple. Aunque esta no es más que la mera repetición del proceso de producción en la misma escala, esta mera repetición o continuidad imprime al proceso ciertos caracteres nuevos o, más bien, disuelve los caracteres aparentes que presentaba como acto meramente aislado.

El proceso de producción se inicia con la compra de la fuerza de trabajo por un tiempo determinado, y este inicio se renueva constantemente en cuanto vence el plazo de venta del trabajo y ha transcurrido, con ello, un periodo de producción determinado: semana, mes, etc. Pero al obrero no se le paga hasta que su fuerza de trabajo ha actuado y ha realizado en mercancías tanto su propio valor como la plusvalía. Así pues, ha producido, igual que la plusvalía, que de momento solo consideramos como fondo de consumo del capitalista, el fondo de su propio pago, el capital variable, antes de que este refluya hacia él en la forma de salario, y solo se le da ocupación mientras lo reproduzca constantemente. De ahí la fórmula de los economistas, mencionada en el capítulo decimosexto bajo el número II, que presenta el salario como participación en el producto mismo.[^k14-2] Es una parte del producto reproducido constantemente por el propio obrero la que refluye constantemente hacia él en la forma de salario. Es cierto que el capitalista le paga en dinero el valor de la mercancía. Pero este dinero no es más que la forma transfigurada del producto del trabajo. Mientras el obrero transforma una parte de los medios de producción en producto, una parte de su producto anterior se vuelve a transformar en dinero. Es su trabajo de la semana pasada o del último semestre el que paga su trabajo de hoy o del semestre próximo. La ilusión que engendra la forma dinero se desvanece en el acto en cuanto, en lugar del capitalista individual y del obrero individual, se consideran la clase capitalista y la clase obrera. La clase capitalista da constantemente a la clase obrera, en forma de dinero, libranzas sobre una parte del producto producido por esta y apropiado por aquella. Estas libranzas el obrero las devuelve con la misma constancia a la clase capitalista, retirándole con ello la parte de su propio producto que le corresponde a él. La forma mercancía del producto y la forma dinero de la mercancía disfrazan la transacción.

El capital variable no es, pues, más que una forma histórica particular de manifestarse el fondo de medios de subsistencia o fondo de trabajo que el obrero necesita para su autoconservación y su reproducción y que en todos los sistemas de producción social tiene siempre que producir y reproducir él mismo. Si el fondo de trabajo le llega constantemente en forma de medios de pago de su trabajo, es solo porque su propio producto se aleja constantemente de él en la forma de capital. Pero esta forma de manifestarse el fondo de trabajo no altera en nada el hecho de que es su propio trabajo objetivado lo que el capitalista adelanta al obrero.[^k14-3] Tomemos un campesino sujeto a corvea. Trabaja con sus propios medios de producción en su propio campo, por ejemplo, tres días a la semana. Los otros tres días de la semana hace trabajo de corvea en la finca señorial. Reproduce constantemente su propio fondo de trabajo, y este nunca adopta frente a él la forma de medios de pago adelantados por un tercero a cambio de su trabajo. En compensación, tampoco su trabajo forzoso no pagado adopta nunca la forma de trabajo voluntario y pagado. Si mañana el señor se apropia del campo, del ganado de tiro, de las semillas, en suma, de los medios de producción del campesino de corvea, este tendrá en adelante que vender su fuerza de trabajo al señor. Si las demás circunstancias no varían, seguirá trabajando, como antes, seis días a la semana: tres para sí mismo y tres para el antiguo señor de corvea, convertido ahora en patrono que paga salario. Seguirá, como antes, consumiendo los medios de producción como medios de producción y transfiriendo su valor al producto. Como antes, una parte determinada del producto entrará en la reproducción. Pero así como el trabajo de corvea adopta la forma del trabajo asalariado, el fondo de trabajo que el campesino de corvea sigue produciendo y reproduciendo como antes adopta la forma de un capital que el señor le adelanta. El economista burgués, cuyo cerebro limitado no sabe separar la forma de manifestación de lo que se manifiesta en ella, cierra los ojos ante el hecho de que todavía hoy el fondo de trabajo solo aparece por excepción en el globo terráqueo en la forma de capital.[^k14-4]

Ciertamente, el capital variable solo pierde el sentido de un valor adelantado del fondo propio del capitalista[^k14-4a] cuando consideramos el proceso capitalista de producción en el flujo constante de su renovación. Pero en algún lugar y en algún momento tiene que empezar. Desde nuestro punto de vista anterior es, por tanto, verosímil que el capitalista se convirtiera alguna vez en poseedor de dinero por obra de alguna acumulación originaria independiente del trabajo ajeno no pagado, y que por eso pudiera presentarse en el mercado como comprador de fuerza de trabajo. Sin embargo, la mera continuidad del proceso capitalista de producción, o la reproducción simple, produce otros cambios singulares que no afectan solo a la parte variable del capital, sino al capital total.

Si la plusvalía producida periódicamente, por ejemplo cada año, con un capital de 1.000 £ asciende a 200 £ y esta plusvalía se consume cada año, está claro que, tras repetirse durante cinco años el mismo proceso, la suma de la plusvalía consumida será = 5 × 200, o igual al valor del capital adelantado originariamente, de 1.000 £. Si la plusvalía anual solo se consumiera en parte, por ejemplo solo la mitad, se llegaría al mismo resultado tras diez años de repetición del proceso de producción, pues 10 × 100 = 1.000. En general: el valor del capital adelantado, dividido por la plusvalía consumida anualmente, da el número de años o el número de periodos de reproducción al cabo de los cuales el capital adelantado originariamente ha sido consumido por el capitalista y ha desaparecido, por tanto. La idea del capitalista de que consume el producto del trabajo ajeno no pagado, la plusvalía, y conserva el valor originario del capital no puede alterar absolutamente en nada el hecho. Al cabo de cierto número de años, el valor de capital que posee es igual a la suma de la plusvalía apropiada sin equivalente durante ese mismo número de años, y la suma de valor que ha consumido es igual al valor originario del capital. Ciertamente, conserva en la mano un capital cuya magnitud no ha variado, y del que una parte, edificios, máquinas, etc., ya existía cuando puso en marcha su negocio. Pero aquí se trata del valor del capital y no de sus componentes materiales. Si alguien consume todo su patrimonio contrayendo deudas que equivalen al valor de ese patrimonio, todo el patrimonio no representa más que la suma total de sus deudas. Y del mismo modo, cuando el capitalista ha consumido el equivalente de su capital adelantado, el valor de este capital ya no representa más que la suma total de la plusvalía de la que se ha apropiado gratuitamente. No sigue existiendo ni un átomo de valor de su antiguo capital.

Prescindiendo por completo de toda acumulación, la mera continuidad del proceso de producción, o la reproducción simple, transforma, pues, necesariamente al cabo de un periodo más o menos largo todo capital en capital acumulado o plusvalía capitalizada. Aunque al entrar en el proceso de producción fuera propiedad adquirida con el trabajo personal de quien lo emplea, tarde o temprano se convierte en valor apropiado sin equivalente o en materialización, en forma de dinero o de otro modo, de trabajo ajeno no pagado.

Vimos en el capítulo cuarto que, para transformar dinero en capital, no bastaba la existencia de la producción de valor y de la circulación de mercancías.[^k14-t12] Antes tenían que enfrentarse como comprador y vendedor, aquí, poseedores de valor o de dinero, allí, poseedores de la sustancia creadora de valor; aquí, poseedores de medios de producción y de subsistencia, allí, poseedores de nada más que fuerza de trabajo. La separación entre el producto del trabajo y el trabajo mismo, entre las condiciones objetivas del trabajo y la fuerza de trabajo subjetiva, era, pues, la base dada de hecho, el punto de partida del proceso capitalista de producción.

Pero lo que al principio era solo punto de partida, la mera continuidad del proceso, la reproducción simple, lo produce siempre de nuevo y lo perpetúa como resultado propio de la producción capitalista. Por un lado, el proceso de producción transforma continuamente la riqueza material en capital, en medios de valorización y de disfrute para el capitalista. Por otro, el obrero sale constantemente del proceso tal como entró en él: fuente personal de la riqueza, pero despojado de todos los medios para realizar esa riqueza para sí. Como antes de entrar en el proceso su propio trabajo ya le ha sido enajenado a él mismo, apropiado por el capitalista e incorporado al capital, durante el proceso se objetiva constantemente en producto ajeno. Como el proceso de producción es al mismo tiempo el proceso de consumo de la fuerza de trabajo por el capitalista, el producto del obrero no solo se transforma continuamente en mercancía, sino en capital: valor que succiona la fuerza creadora de valor, medios de subsistencia que compran personas, medios de producción que emplean al productor.[^k14-5] El obrero mismo produce, por tanto, constantemente la riqueza objetiva como capital, como poder ajeno a él que lo domina y lo explota, y el capitalista produce con la misma constancia la fuerza de trabajo como fuente subjetiva de riqueza, separada de sus propios medios de objetivación y de realización, abstracta, existente en la mera corporeidad del obrero; en suma, produce al obrero como obrero asalariado.[^k14-6] Esta reproducción constante o perpetuación del obrero es el *sine qua non* de la producción capitalista.

El consumo del obrero es de dos clases. En la producción misma consume con su trabajo medios de producción y los transforma en productos de valor superior al del capital adelantado. Este es su consumo productivo. Es al mismo tiempo consumo de su fuerza de trabajo por el capitalista que la ha comprado. Por otra parte, el obrero emplea en medios de subsistencia el dinero pagado por la compra de la fuerza de trabajo: este es su consumo individual. El consumo productivo y el consumo individual del obrero son, pues, totalmente distintos. En el primero actúa como fuerza motriz del capital y pertenece al capitalista; en el segundo se pertenece a sí mismo y ejecuta funciones vitales fuera del proceso de producción. El resultado del uno es la vida del capitalista; el del otro, la vida del propio obrero.

Al examinar la «jornada laboral», etc., se mostró de paso que el obrero se ve a menudo obligado a hacer de su consumo individual un mero incidente del proceso de producción. En este caso se administra medios de subsistencia para mantener en marcha su fuerza de trabajo, como se administran carbón y agua a la máquina de vapor y aceite a la rueda. Sus medios de consumo son entonces meros medios de consumo de un medio de producción, y su consumo individual, consumo directamente productivo. Pero esto aparece como un abuso no esencial al proceso capitalista de producción.[^k14-7]

Las cosas cambian en cuanto consideramos, no al capitalista individual y al obrero individual, sino a la clase capitalista y a la clase obrera; no el proceso aislado de producción de la mercancía, sino el proceso capitalista de producción en su flujo y en su amplitud social. Cuando el capitalista convierte una parte de su capital en fuerza de trabajo, valoriza con ello su capital total. Mata dos pájaros de un tiro. No solo se beneficia de lo que recibe del obrero, sino también de lo que le da. El capital enajenado a cambio de fuerza de trabajo se transforma en medios de subsistencia cuyo consumo sirve para reproducir músculos, nervios, huesos y cerebro de los obreros existentes y para engendrar obreros nuevos. Dentro de los límites de lo absolutamente necesario, el consumo individual de la clase obrera es, por tanto, la reconversión de los medios de subsistencia enajenados por el capital a cambio de fuerza de trabajo en fuerza de trabajo nuevamente explotable por el capital. Es producción y reproducción del medio de producción más indispensable para el capitalista: el obrero mismo. El consumo individual del obrero sigue siendo, pues, un momento de la producción y reproducción del capital, ya tenga lugar dentro o fuera del taller, de la fábrica, etc., dentro o fuera del proceso de trabajo, exactamente igual que la limpieza de la máquina, ya se haga durante el proceso de trabajo o en determinadas pausas de este. No importa que el obrero efectúe su consumo individual por amor a sí mismo y no al capitalista. Tampoco el consumo de la bestia de carga deja de ser un momento necesario del proceso de producción porque la bestia disfrute de lo que come. La conservación y reproducción constantes de la clase obrera siguen siendo condición constante de la reproducción del capital. El capitalista puede confiar tranquilamente su cumplimiento al instinto de conservación y de procreación de los obreros. Solo se cuida de restringir su consumo individual en lo posible a lo necesario, y está a cien leguas de aquella brutalidad sudamericana que obliga al obrero a ingerir alimentos más sustanciosos en lugar de otros menos sustanciosos.[^k14-8]

Por eso también el capitalista y su ideólogo, el economista político, solo consideran productiva la parte del consumo individual del obrero que se requiere para perpetuar la clase obrera, es decir, que en efecto tiene que consumirse para que el capital consuma la fuerza de trabajo; lo que el obrero consuma además para su placer es consumo improductivo.[^k14-9] Si la acumulación del capital provocara un aumento del salario y, por tanto, un aumento de los medios de consumo del obrero sin que el capital consumiera más fuerza de trabajo, el capital adicional se habría consumido improductivamente.[^k14-10] En efecto: el consumo individual del obrero es improductivo para él mismo, pues solo reproduce al individuo necesitado; es productivo para el capitalista y para el Estado, pues es producción de la fuerza que produce la riqueza ajena.[^k14-11]

Desde el punto de vista social, la clase obrera es, pues, también fuera del proceso inmediato de trabajo, un accesorio del capital, igual que el instrumento de trabajo muerto. Incluso su consumo individual no es, dentro de ciertos límites, más que un momento del proceso de reproducción del capital. Pero el proceso se encarga de que estos instrumentos de producción dotados de consciencia de sí no se escapen, alejando constantemente su producto de su polo hacia el polo opuesto, el del capital. El consumo individual se encarga, por una parte, de su propia conservación y reproducción y, por otra, mediante la destrucción de los medios de subsistencia, de que reaparezcan constantemente en el mercado de trabajo. El esclavo romano estaba atado a su propietario por cadenas; el obrero asalariado lo está por hilos invisibles. La apariencia de su independencia se mantiene gracias al cambio constante de los patronos individuales y a la *fictio juris* del contrato.

Antes, el capital, cuando le parecía necesario, hacía valer por medio de leyes coercitivas su derecho de propiedad sobre el obrero libre. Así, por ejemplo, la emigración de los obreros de las máquinas estuvo prohibida en Inglaterra, bajo penas graves, hasta 1815.

La reproducción de la clase obrera implica al mismo tiempo la transmisión y acumulación de la destreza de una generación a otra.[^k14-12] Hasta qué punto el capitalista cuenta la existencia de una clase obrera diestra de este tipo entre las condiciones de producción que le pertenecen, y la considera de hecho la existencia real de su capital variable, se ve en cuanto una crisis amenaza con hacérsela perder. Como es sabido, a consecuencia de la guerra civil norteamericana y de la escasez de algodón que la acompañó, la mayoría de los obreros algodoneros de Lancashire, etc., fueron puestos en la calle. Del seno de la propia clase obrera, como de otras capas sociales, se elevó el clamor por una ayuda del Estado o una colecta nacional voluntaria para hacer posible la emigración de los «sobrantes» a las colonias inglesas o a los Estados Unidos. Entonces el *Times* (24 de marzo de 1863) publicó una carta de Edmund Potter, expresidente de la Cámara de Comercio de Manchester. Su carta fue calificada con razón en la Cámara de los Comunes de «el manifiesto de los fabricantes».[^k14-13] Damos aquí algunos pasajes característicos en los que se expresa sin tapujos el título de propiedad del capital sobre la fuerza de trabajo.

> «A los obreros algodoneros se les puede decir que su oferta es demasiado grande..., que quizá tendría que reducirse en un tercio, y que entonces habría una demanda sana para los dos tercios restantes... La opinión pública presiona a favor de la emigración... El patrono» (es decir, el fabricante de algodón) «no puede ver de buen grado que se le retire su oferta de trabajo; puede pensar que eso es tan injusto como erróneo... Si la emigración se sostiene con fondos públicos, tiene derecho a exigir ser oído y quizá a protestar».

El mismo Potter explica después lo útil que es la industria algodonera, cómo «sin duda ha drenado la población de Irlanda y de los distritos agrícolas ingleses», lo inmenso de su volumen, cómo en el año 1860 suministró 5/13 de todo el comercio de exportación inglés, cómo dentro de pocos años volverá a expandirse mediante la ampliación del mercado, sobre todo del de la India, y mediante la obtención forzosa de un «abastecimiento suficiente de algodón, a 6 peniques la libra». Y continúa:

> «El tiempo —uno, dos, tres años quizá— producirá la cantidad necesaria... Yo quisiera plantear entonces la pregunta: ¿merece la pena conservar esta industria, vale la pena mantener en orden la maquinaria» (es decir, las máquinas de trabajo vivas) «y no es la mayor de las locuras pensar en abandonarla? Yo creo que sí. Admitiré que los obreros no son una propiedad (*I allow that the workers are not a property*), no son propiedad de Lancashire y de los patronos; pero son la fuerza de ambos; son la fuerza intelectual y adiestrada que no se puede reemplazar en una generación; la otra maquinaria, en cambio, la que ellos trabajan (*the mere machinery which they work*), podría en gran parte reemplazarse con ventaja y mejorarse en doce meses.[^k14-14] ¡Fomentad o permitid (!) la emigración de la fuerza de trabajo, y qué será del capitalista! (*Encourage or allow the working power to emigrate, and what of the capitalist?*)».

Este grito del corazón recuerda al mariscal de corte Kalb.[^k14-t2]

> «... Llevaos la flor y nata de los obreros, y el capital fijo quedará depreciado en alto grado, y el capital circulante no se expondrá a la lucha con una escasa oferta de una clase inferior de trabajo... Se nos dice que los propios obreros desean la emigración. Es muy natural que lo deseen... Reducid, comprimid el negocio del algodón quitándole sus fuerzas de trabajo (*by taking away its working power*), disminuyendo su gasto en salarios en, digamos, un tercio o 5 millones, ¿y qué será entonces de la clase inmediatamente superior a ellos, los pequeños tenderos? ¿Qué será de las rentas del suelo, qué del alquiler de los *cottages*?... ¿qué del pequeño arrendatario, del propietario de casas acomodado y del propietario de la tierra? Y decid ahora si puede haber para todas las clases del país un plan más suicida que este de debilitar a la nación exportando a sus mejores obreros fabriles y depreciando una parte de su capital y su riqueza más productivos». «Aconsejo un empréstito de 5 a 6 millones, repartido en 2 o 3 años, administrado por comisionados especiales adscritos a las administraciones de los pobres de los distritos algodoneros, con reglamentos legales especiales y con cierto trabajo obligatorio, para mantener el valor moral de los que reciben limosna... ¿Puede haber algo peor para los propietarios de la tierra o los patronos (*can anything be worse for landowners or masters*) que abandonar a sus mejores obreros y desmoralizar y descontentar a los que quedan mediante una vasta emigración que vacía y mediante el vaciamiento de valor y de capital de toda una provincia?».

Potter, el órgano escogido de los fabricantes de algodón, distingue dos «maquinarias», cada una de las cuales pertenece al capitalista: una está en su fábrica; la otra se aloja de noche y los domingos fuera, en *cottages*. La una está muerta, la otra viva. La maquinaria muerta no solo se deteriora y se deprecia cada día, sino que una gran parte de su masa existente envejece constantemente, por el continuo progreso técnico, hasta tal punto que puede sustituirse con ventaja y en pocos meses por maquinaria más nueva. La maquinaria viva, al contrario, mejora cuanto más dura, cuanto más acumula en sí la destreza de generaciones. El *Times* respondió al magnate fabril, entre otras cosas:

> «El señor E. Potter está tan impresionado por la importancia extraordinaria y absoluta de los patronos algodoneros que, para conservar esta clase y perpetuar su oficio, quiere encerrar a medio millón de la clase obrera, contra su voluntad, en un gran *workhouse* moral. ¿Merece la pena conservar esta industria?, pregunta el señor Potter. Ciertamente, por todos los medios honrados, respondemos nosotros. ¿Vale la pena mantener en orden la maquinaria?, pregunta otra vez el señor Potter. Aquí nos detenemos perplejos. Por maquinaria entiende el señor Potter la maquinaria humana, pues asegura que no se propone tratarla como propiedad absoluta. Hemos de confesar que no consideramos que "valga la pena", ni siquiera que sea posible, mantener en orden la maquinaria humana, es decir, encerrarla y engrasarla hasta que se la necesite. La maquinaria humana tiene la propiedad de oxidarse cuando está inactiva, por mucho que la engraséis o la frotéis. Además, la maquinaria humana, como la experiencia nos acaba de enseñar, es capaz de soltar el vapor por su cuenta y estallar, o de bailar el baile de San Vito por nuestras grandes ciudades. Puede que, como dice el señor Potter, haga falta más tiempo para reproducir a los obreros, pero con maquinistas y dinero a mano encontraremos siempre hombres laboriosos, duros e industriosos para fabricar con ellos más patronos fabriles de los que nunca podremos consumir... El señor Potter parlotea de una reactivación de la industria en 1, 2, 3 años, ¡y nos pide que no fomentemos o no permitamos la emigración de la fuerza de trabajo! Dice que es natural que los obreros deseen emigrar, pero opina que la nación tiene que encerrar en los distritos algodoneros, contra lo que desean, a este medio millón de obreros con los 700.000 que dependen de ellos y, consecuencia necesaria, aplastar por la fuerza su descontento y mantenerlos con limosnas, todo ello por si acaso los patronos algodoneros vuelven a necesitarlos un día cualquiera... Ha llegado el momento de que la gran opinión pública de estas islas haga algo para salvar "esta fuerza de trabajo" de quienes quieren tratarla como tratan el carbón, el hierro y el algodón (*to save this 'working power' from those who would deal with it as they deal with iron, coal and cotton*)».[^k14-15]

El artículo del *Times* no era más que un *jeu d'esprit*. La «gran opinión pública» compartía de hecho la opinión del señor Potter de que los obreros fabriles son accesorios muebles de las fábricas. Se impidió su emigración.[^k14-16] Se los encerró en el «*workhouse* moral» de los distritos algodoneros, y siguen siendo, como antes, «la fuerza (*the strength*) de los patronos algodoneros de Lancashire».

El proceso capitalista de producción reproduce, pues, por su propio curso, la separación entre la fuerza de trabajo y las condiciones de trabajo. Reproduce y perpetúa con ello las condiciones de explotación del obrero. Obliga constantemente al obrero a vender su fuerza de trabajo para vivir, y capacita constantemente al capitalista para comprarla con el fin de enriquecerse.[^k14-17] Ya no es el azar el que enfrenta en el mercado de mercancías al capitalista y al obrero como comprador y vendedor. Es la jugada de doble molino[^k14-t3] del propio proceso la que arroja una y otra vez al uno al mercado de mercancías como vendedor de su fuerza de trabajo y transforma una y otra vez su propio producto en medio de compra del otro. En realidad, el obrero pertenece al capital antes de venderse al capitalista. Su servidumbre económica[^k14-18] está a la vez mediada y oculta por la renovación periódica de su venta de sí mismo, el cambio de sus patronos individuales y la oscilación del precio de mercado del trabajo.[^k14-19]

El proceso capitalista de producción, considerado en su conexión o como proceso de reproducción, no produce, pues, solo mercancía, no solo plusvalía; produce y reproduce la relación capitalista misma: de un lado, el capitalista; del otro, el obrero asalariado.[^k14-20]

## Capítulo vigesimosegundo. La transformación de la plusvalía en capital

### 1. El proceso capitalista de producción en escala ampliada. Cómo las leyes de propiedad de la producción de mercancías se truecan en leyes de la apropiación capitalista

Antes tuvimos que examinar cómo la plusvalía brota del capital; ahora, cómo el capital brota de la plusvalía. El empleo de plusvalía como capital, o la reconversión de plusvalía en capital, se llama acumulación del capital.[^k14-21]

Consideremos este proceso, en primer lugar, desde el punto de vista del capitalista individual. Supongamos que un hilandero ha adelantado un capital de 10.000 £, cuatro quintas partes del cual en algodón, máquinas, etc., y la última quinta parte en salario. Produce anualmente 240.000 libras de hilo por valor de 12.000 £. Con una tasa de plusvalía del 100 %, la plusvalía está contenida en el plusproducto o producto neto de 40.000 libras de hilo, la sexta parte del producto bruto, por valor de 2.000 £, que la venta realizará. Una suma de valor de 2.000 £ es una suma de valor de 2.000 £. Ni por el olor ni por la vista se nota en este dinero que es plusvalía. El carácter de un valor como plusvalía muestra cómo llegó a manos de su dueño, pero no altera en nada la naturaleza del valor o del dinero.

Para transformar en capital la suma de 2.000 £ recién añadida, el hilandero, si todas las demás circunstancias no varían, adelantará, pues, cuatro quintas partes de ella en la compra de algodón, etc., y una quinta parte en la compra de nuevos obreros hilanderos, que encontrarán en el mercado los medios de subsistencia cuyo valor él les ha adelantado. Entonces el nuevo capital de 2.000 £ funciona en la hilandería y rinde a su vez una plusvalía de 400 £.

El valor del capital se adelantó originariamente en forma de dinero; la plusvalía, en cambio, existe desde el principio como valor de una parte determinada del producto bruto. Si este se vende, se transforma en dinero, el valor del capital recobra su forma originaria, pero la plusvalía transforma su modo de existencia originario. A partir de este momento, sin embargo, valor del capital y plusvalía son ambos sumas de dinero, y su reconversión en capital se efectúa exactamente del mismo modo. Una y otra las invierte el capitalista en la compra de las mercancías que le permiten empezar de nuevo la fabricación de su artículo, y esta vez en escala ampliada. Pero para comprar estas mercancías tiene que encontrarlas en el mercado.

Sus propios hilos solo circulan porque él lleva al mercado su producto anual, como hacen igualmente todos los demás capitalistas con sus mercancías. Pero antes de llegar al mercado se encontraban ya en el fondo anual de producción, es decir, en la masa total de objetos de toda clase en que se transforma a lo largo del año la suma total de los capitales individuales o el capital social total, y del que cada capitalista individual solo tiene en sus manos una parte alícuota. Los actos del mercado no hacen más que efectuar el cambio de mano de los componentes individuales de la producción anual, enviarlos de una mano a otra, pero no pueden ni aumentar la producción anual total ni alterar la naturaleza de los objetos producidos. Así pues, el uso que pueda hacerse del producto anual total depende de su propia composición, y en modo alguno de la circulación.

Ante todo, la producción anual tiene que suministrar todos los objetos (valores de uso) con los que han de reponerse los componentes materiales del capital consumidos a lo largo del año. Deducidos estos, queda el producto neto o plusproducto, en el que está contenida la plusvalía. ¿Y en qué consiste este plusproducto? ¿Quizá en cosas destinadas a satisfacer las necesidades y los caprichos de la clase capitalista, que entran, por tanto, en su fondo de consumo? Si eso fuera todo, la plusvalía se dilapidaría hasta las heces y solo tendría lugar la reproducción simple.

Para acumular hay que transformar en capital una parte del plusproducto. Pero, sin hacer milagros, solo pueden transformarse en capital las cosas utilizables en el proceso de trabajo, es decir, medios de producción, y además las cosas de que el obrero puede vivir, es decir, medios de subsistencia. Por consiguiente, una parte del plustrabajo anual tiene que haberse empleado en fabricar medios de producción y de subsistencia adicionales, por encima de la cantidad necesaria para reponer el capital adelantado. En una palabra: la plusvalía solo es transformable en capital porque el plusproducto, cuyo valor es ella, contiene ya los componentes materiales de un nuevo capital.[^k14-21a]

Ahora bien, para hacer funcionar efectivamente como capital estos componentes, la clase capitalista necesita un suplemento de trabajo. Si no ha de crecer, extensiva o intensivamente, la explotación de los obreros ya ocupados, tienen que contratarse fuerzas de trabajo adicionales. También de esto se ha encargado ya el mecanismo de la producción capitalista, al reproducir a la clase obrera como clase dependiente del salario, cuyo salario ordinario basta para asegurar no solo su conservación, sino también su multiplicación. Estas fuerzas de trabajo adicionales, que la clase obrera le suministra anualmente en diferentes edades, el capital ya no tiene más que incorporarlas a los medios de producción adicionales contenidos ya en la producción anual, y la transformación de la plusvalía en capital está lista. Considerada en concreto, la acumulación se resuelve en reproducción del capital en escala progresiva. El ciclo de la reproducción simple se altera y se transforma, según la expresión de Sismondi, en una espiral.[^k14-21b]

Volvamos ahora a nuestro ejemplo. Es la vieja historia: Abraham engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, etc. El capital originario de 10.000 £ rinde una plusvalía de 2.000 £, que se capitaliza. El nuevo capital de 2.000 £ rinde una plusvalía de 400 £; esta, capitalizada a su vez, es decir, transformada en un segundo capital adicional, rinde una nueva plusvalía de 80 £, y así sucesivamente.

Prescindimos aquí de la parte de la plusvalía consumida por el capitalista. Tampoco nos interesa de momento si los capitales adicionales se suman al capital originario o se separan de él para valorizarse por su cuenta; si los explota el mismo capitalista que los ha acumulado o si los transfiere a otros. Solo que no debemos olvidar que, junto a los capitales recién formados, el capital originario continúa reproduciéndose y produciendo plusvalía, y que lo mismo vale para todo capital acumulado con respecto al capital adicional engendrado por él.

El capital originario se formó mediante el adelanto de 10.000 £. ¿De dónde las ha sacado su poseedor? ¡De su propio trabajo y del de sus antepasados!, nos responden al unísono los portavoces de la economía política[^k14-21c], y su suposición parece, en efecto, la única que concuerda con las leyes de la producción de mercancías.

Muy otra cosa sucede con el capital adicional de 2.000 £. Su proceso de formación lo conocemos con toda exactitud. Es plusvalía capitalizada. Desde su origen no contiene ni un solo átomo de valor que no provenga de trabajo ajeno no pagado. Los medios de producción a los que se incorpora la fuerza de trabajo adicional, así como los medios de subsistencia de que esta vive, no son más que partes integrantes del plusproducto, del tributo arrancado anualmente a la clase obrera por la clase capitalista. Cuando esta, con una parte del tributo, compra a aquella fuerza de trabajo adicional, aunque sea a su precio completo, de modo que se intercambie equivalente por equivalente, sigue siendo el viejo proceder del conquistador que compra mercancías a los vencidos con el propio dinero que les ha robado.

Si el capital adicional ocupa a su propio productor, este tiene, en primer lugar, que seguir valorizando el capital originario y, además, volver a comprar el fruto de su trabajo anterior con más trabajo del que ha costado. Considerado como transacción entre la clase capitalista y la clase obrera, nada cambia si con el trabajo no pagado de los obreros ocupados hasta entonces se ocupa a obreros adicionales. Puede también que el capitalista transforme el capital adicional en una máquina que ponga en la calle al productor del capital adicional y lo sustituya por un par de niños. En todos los casos, la clase obrera ha creado con su plustrabajo de este año el capital que el año próximo ocupará trabajo adicional.[^k14-22] Esto es lo que se llama engendrar capital mediante capital.

El supuesto de la acumulación del primer capital adicional de 2.000 £ era una suma de valor de 10.000 £ adelantada por el capitalista y que le pertenecía en virtud de su «trabajo originario». El supuesto del segundo capital adicional de 400 £, en cambio, no es otra cosa que la acumulación previa del primero, de las 2.000 £, cuya plusvalía capitalizada es. La propiedad de trabajo pasado no pagado aparece ahora como la única condición para la apropiación actual de trabajo vivo no pagado en volumen siempre creciente. Cuanto más ha acumulado el capitalista, más puede acumular.

En la medida en que la plusvalía de la que consta el capital adicional n.º I era el resultado de la compra de la fuerza de trabajo con una parte del capital originario, compra que respondía a las leyes del intercambio de mercancías y que, jurídicamente considerada, no presupone nada más que la libre disposición, por parte del obrero, de sus propias capacidades y, por parte del poseedor de dinero o de mercancías, de los valores que le pertenecen; en la medida en que el capital adicional n.º II, etc., es mero resultado del capital adicional n.º I y, por tanto, consecuencia de aquella primera relación; en la medida en que cada transacción individual responde continuamente a la ley del intercambio de mercancías, en que el capitalista compra siempre la fuerza de trabajo y el obrero siempre la vende, y, queremos suponerlo, incluso por su valor real, es evidente que la ley de la apropiación o ley de la propiedad privada basada en la producción y la circulación de mercancías se trueca, por su propia dialéctica interna e inevitable, en su contrario directo. El intercambio de equivalentes, que aparecía como la operación originaria, ha dado tal vuelta que ya solo se intercambia en apariencia, pues, en primer lugar, la parte del capital intercambiada por fuerza de trabajo no es ella misma más que una parte del producto del trabajo ajeno apropiado sin equivalente y, en segundo lugar, su productor, el obrero, no solo tiene que reponerla, sino reponerla con un nuevo excedente. La relación de intercambio entre capitalista y obrero se convierte, pues, en mera apariencia propia del proceso de circulación, en mera forma ajena al contenido mismo y que no hace más que mistificarlo. La compra y venta constante de la fuerza de trabajo es la forma. El contenido es que el capitalista cambia siempre de nuevo una parte del trabajo ajeno ya objetivado, del que se apropia sin cesar sin equivalente, por una cantidad mayor de trabajo ajeno vivo. Originariamente, el derecho de propiedad se nos presentaba fundado en el trabajo propio. Por lo menos había que admitir esta suposición, ya que solo se enfrentan poseedores de mercancías con iguales derechos, y el medio para apropiarse de la mercancía ajena no es más que la enajenación de la mercancía propia, y esta solo puede producirse mediante el trabajo. La propiedad aparece ahora, del lado del capitalista, como el derecho a apropiarse de trabajo ajeno no pagado o de su producto y, del lado del obrero, como la imposibilidad de apropiarse de su propio producto. La separación entre propiedad y trabajo se convierte en consecuencia necesaria de una ley que en apariencia partía de su identidad.[^k14-23]

Así pues, por mucho que el modo capitalista de apropiación parezca dar de bofetadas a las leyes originarias de la producción de mercancías, no nace en absoluto de la violación de estas leyes, sino, al contrario, de su aplicación. Un breve repaso de la sucesión de las fases del movimiento cuyo punto final es la acumulación capitalista lo aclarará una vez más.

Hemos visto, en primer lugar, que la transformación originaria de una suma de valor en capital se efectuó por completo conforme a las leyes del intercambio. Uno de los contratantes vende su fuerza de trabajo; el otro la compra. El primero recibe el valor de su mercancía, cuyo valor de uso —el trabajo— queda con ello enajenado al segundo. Este transforma entonces medios de producción que ya le pertenecen, con ayuda de trabajo que también le pertenece, en un producto nuevo que asimismo le pertenece en derecho.

El valor de este producto incluye: en primer lugar, el valor de los medios de producción consumidos. El trabajo útil no puede consumir estos medios de producción sin transferir su valor al nuevo producto; pero, para ser vendible, la fuerza de trabajo tiene que ser capaz de suministrar trabajo útil en la rama industrial en que haya de emplearse.

El valor del nuevo producto incluye además el equivalente del valor de la fuerza de trabajo y una plusvalía. Y ello porque la fuerza de trabajo vendida por un periodo determinado, día, semana, etc., posee menos valor que el que crea su uso durante ese tiempo. Pero al obrero se le ha pagado el valor de cambio de su fuerza de trabajo y con ello ha enajenado su valor de uso, como ocurre en toda compra y venta.

Que esta mercancía particular, la fuerza de trabajo, tenga el peculiar valor de uso de suministrar trabajo, es decir, de crear valor, no puede afectar a la ley general de la producción de mercancías. Así pues, si la suma de valor adelantada en salario no solo se encuentra de nuevo, sin más, en el producto, sino que se encuentra aumentada en una plusvalía, ello no proviene de que se haya engañado al vendedor, que ha recibido el valor de su mercancía, sino solo del consumo de esta mercancía por el comprador.

La ley del intercambio solo exige igualdad entre los valores de cambio de las mercancías que se entregan una por otra. Exige incluso de antemano diversidad de sus valores de uso, y no tiene absolutamente nada que ver con su consumo, que solo empieza una vez cerrado y consumado el trato.

La transformación originaria del dinero en capital se efectúa, pues, en la más exacta concordancia con las leyes económicas de la producción de mercancías y con el derecho de propiedad que de ellas se deriva. Pese a ello, tiene como resultado:  
1. que el producto pertenece al capitalista y no al obrero;  
2. que el valor de este producto incluye, además del valor del capital adelantado, una plusvalía que al obrero le ha costado trabajo y al capitalista nada, y que, sin embargo, se convierte en propiedad legítima del capitalista;  
3. que el obrero ha conservado su fuerza de trabajo y puede venderla de nuevo si encuentra comprador.

La reproducción simple no es más que la repetición periódica de esta primera operación; cada vez, una y otra vez, se transforma dinero en capital. La ley, por tanto, no se quebranta; al contrario, solo obtiene ocasión de actuar de forma duradera.

> «Varios intercambios sucesivos no han hecho del último más que el representante del primero» (Sismondi, l. c., p. 70).

Y, sin embargo, hemos visto que la reproducción simple basta para imprimir a esta primera operación —en la medida en que se la concebía como proceso aislado— un carácter totalmente distinto.

> «Entre quienes se reparten la renta nacional, unos» (los obreros) «adquieren cada año un nuevo derecho a ella mediante un nuevo trabajo; los otros» (los capitalistas) «han adquirido anteriormente sobre ella un derecho permanente mediante un trabajo primitivo» (Sismondi, l. c., pp. 110 y 111).[^k14-t13]

Como es sabido, el terreno del trabajo no es el único en el que la primogenitura hace milagros.

Nada cambia tampoco si la reproducción simple es sustituida por la reproducción en escala ampliada, por la acumulación. En aquella, el capitalista se pule toda la plusvalía; en esta, demuestra su virtud burguesa consumiendo solo una parte y transformando el resto en dinero.

La plusvalía es propiedad suya; nunca ha pertenecido a otro. Si la adelanta a la producción, hace adelantos de su propio fondo, exactamente igual que el día en que pisó por primera vez el mercado. Que esta vez ese fondo provenga del trabajo no pagado de sus obreros no importa absolutamente nada. Si el obrero B es ocupado con la plusvalía que ha producido el obrero A, en primer lugar A ha suministrado esa plusvalía sin que se le haya escatimado ni un céntimo del precio justo de su mercancía y, en segundo lugar, este negocio no le concierne en absoluto a B. Lo que B exige, y tiene derecho a exigir, es que el capitalista le pague el valor de su fuerza de trabajo.

> «Ambos ganaban todavía: el obrero, porque se le adelantaban los frutos de su trabajo» (debería decir: del trabajo gratuito de otros obreros) «antes de que estuviera hecho» (debería decir: antes de que el suyo hubiera dado fruto); «el patrono, porque el trabajo de este obrero valía más que el salario» (debería decir: producía más valor que el de su salario) (Sismondi, l. c., p. 135).

Ciertamente, las cosas se presentan de modo muy distinto si consideramos la producción capitalista en el flujo ininterrumpido de su renovación y, en lugar del capitalista individual y del obrero individual, contemplamos el conjunto: la clase capitalista y, frente a ella, la clase obrera. Pero con ello aplicaríamos un criterio totalmente ajeno a la producción de mercancías.

En la producción de mercancías solo se enfrentan, independientes uno de otro, vendedor y comprador. Sus relaciones recíprocas terminan con el vencimiento del contrato concluido entre ellos. Si el negocio se repite, es en virtud de un nuevo contrato que no tiene nada que ver con el anterior y en el que solo el azar vuelve a reunir al mismo comprador con el mismo vendedor.

Si la producción de mercancías, o un proceso que le pertenece, ha de juzgarse, pues, según sus propias leyes económicas, tenemos que considerar cada acto de intercambio por sí mismo, fuera de toda conexión con el acto de intercambio que lo precedió y con el que le sigue. Y como las compras y ventas solo se concluyen entre individuos aislados, es inadmisible buscar en ellas relaciones entre clases sociales enteras.

Por larga que sea la serie de reproducciones periódicas y de acumulaciones precedentes que haya recorrido el capital que hoy funciona, conserva siempre su virginidad originaria. Mientras en cada acto de intercambio —tomado aisladamente— se respeten las leyes del intercambio, el modo de apropiación puede experimentar una revolución total sin que el derecho de propiedad conforme a la producción de mercancías se vea afectado en lo más mínimo. Este mismo derecho rige tanto al principio, cuando el producto pertenece al productor y este, intercambiando equivalente por equivalente, solo puede enriquecerse con su propio trabajo, como en el periodo capitalista, en el que la riqueza social se convierte en medida siempre creciente en propiedad de quienes están en condiciones de apropiarse una y otra vez del trabajo no pagado de otros.

Este resultado se hace inevitable en cuanto la fuerza de trabajo es vendida libremente como mercancía por el propio obrero. Pero solo a partir de entonces se generaliza la producción de mercancías y se convierte en forma típica de producción; solo a partir de entonces se produce todo producto desde el principio para la venta y pasa toda la riqueza producida por la circulación. Solo allí donde el trabajo asalariado es su base se impone la producción de mercancías a la sociedad entera; pero también solo allí despliega todas sus potencias ocultas. Decir que la intervención del trabajo asalariado falsea la producción de mercancías equivale a decir que la producción de mercancías, si quiere permanecer sin falsear, no debe desarrollarse. En la misma medida en que, según sus propias leyes inmanentes, se desarrolla hasta convertirse en producción capitalista, en esa misma medida las leyes de propiedad de la producción de mercancías se truecan en leyes de la apropiación capitalista.[^k14-24]

Se vio que incluso con la reproducción simple todo capital adelantado, comoquiera que se haya adquirido originariamente, se transforma en capital acumulado o plusvalía capitalizada. Pero en el torrente de la producción todo el capital adelantado originariamente se convierte, en general, en una magnitud evanescente (*magnitudo evanescens* en sentido matemático) comparado con el capital directamente acumulado, es decir, con la plusvalía o el plusproducto reconvertidos en capital, ya funcione en la mano que lo ha acumulado o en mano ajena. Por eso la economía política presenta el capital en general como «riqueza acumulada» (plusvalía o renta transformada) «que se emplea de nuevo en la producción de plusvalía»[^k14-25], o también al capitalista como «poseedor del plusproducto»[^k14-26]. La misma manera de ver solo tiene otra forma en la expresión de que todo el capital existente es interés acumulado o capitalizado, pues el interés no es más que un fragmento de la plusvalía.[^k14-27]

### 2. Concepción errónea de la reproducción en escala ampliada por parte de la economía política

Antes de entrar en algunas determinaciones más precisas de la acumulación o de la reconversión de plusvalía en capital, hay que despejar un equívoco urdido por la economía clásica.

Así como las mercancías que el capitalista compra con una parte de la plusvalía para su propio consumo no le sirven de medios de producción y de valorización, tampoco es trabajo productivo el trabajo que compra para satisfacer sus necesidades naturales y sociales. En lugar de transformar la plusvalía en capital mediante la compra de esas mercancías y ese trabajo, la consume o la gasta, al contrario, como renta. Frente a la mentalidad de la vieja nobleza, que, como dice acertadamente Hegel, «consiste en consumir lo existente» y se despliega sobre todo en el lujo de los servicios personales, para la economía burguesa era de importancia decisiva proclamar la acumulación del capital como primer deber cívico y predicar incansablemente que no se puede acumular si uno se come toda su renta en vez de gastar una buena parte de ella en contratar obreros productivos adicionales que rindan más de lo que cuestan. Por otra parte, tenía que polemizar contra el prejuicio popular que confunde la producción capitalista con el atesoramiento[^k14-28] y cree, por tanto, que la riqueza acumulada es riqueza sustraída a la destrucción en su forma natural existente, es decir, al consumo, o bien salvada de la circulación. Encerrar el dinero para sustraerlo a la circulación sería justamente lo contrario de su valorización como capital, y la acumulación de mercancías en el sentido del atesoramiento, pura necedad.[^k14-28a] La acumulación de mercancías en grandes masas es resultado de un estancamiento de la circulación o de la sobreproducción.[^k14-29] Es cierto que en la representación popular se mezcla, por una parte, la imagen de los bienes amontonados en el fondo de consumo de los ricos y que se consumen lentamente, y por otra, la formación de existencias, un fenómeno que pertenece a todos los modos de producción y en el que nos detendremos un momento en el análisis del proceso de circulación.

Hasta aquí tiene razón, pues, la economía clásica cuando subraya como momento característico del proceso de acumulación el consumo del plusproducto por obreros productivos en lugar de por obreros improductivos. Pero aquí empieza también su error. A. Smith puso de moda presentar la acumulación como mero consumo del plusproducto por obreros productivos, o la capitalización de la plusvalía como su mera conversión en fuerza de trabajo. Oigamos, por ejemplo, a Ricardo:

> «Hay que entender que todos los productos de un país se consumen; pero hay la mayor diferencia imaginable entre que los consuman quienes reproducen otro valor o quienes no lo reproducen. Cuando decimos que se ahorra renta y se añade al capital, queremos decir que la parte de la renta de la que se dice que se añade al capital la consumen obreros productivos en lugar de obreros improductivos. No hay mayor error que suponer que el capital aumenta por el no consumo».[^k14-30]

No hay mayor error que el que Ricardo y todos los que vinieron después repiten de A. Smith, a saber, que

> «la parte de la renta de la que se dice que se añade al capital la consumen obreros productivos».

Según esta idea, toda la plusvalía que se transforma en capital se convertiría en capital variable. Al contrario, se divide, como el valor adelantado originariamente, en capital constante y capital variable, en medios de producción y fuerza de trabajo. La fuerza de trabajo es la forma en que existe el capital variable dentro del proceso de producción. En este proceso, ella misma es consumida por el capitalista. Ella consume con su función —el trabajo— medios de producción. Al mismo tiempo, el dinero pagado en la compra de la fuerza de trabajo se transforma en medios de subsistencia que no consume el «trabajo productivo», sino el «obrero productivo». A. Smith llega, mediante un análisis radicalmente equivocado, al resultado absurdo de que, aunque cada capital individual se divide en una parte constante y una parte variable, el capital social se resuelve solo en capital variable o se gasta solo en el pago de salarios. Supongamos, por ejemplo, que un fabricante de paños transforma 2.000 £ en capital. Invierte una parte del dinero en la compra de tejedores y la otra en hilo de lana, maquinaria lanera, etc. Pero la gente a la que compra el hilo y la maquinaria paga a su vez con una parte de él trabajo, etc., hasta que las 2.000 £ enteras se han gastado en pagar salarios, o todo el producto representado por las 2.000 £ lo han consumido obreros productivos. Como se ve, todo el peso de este argumento reside en la palabra «etc.», que nos manda de Herodes a Pilatos. En efecto, A. Smith interrumpe la investigación justo donde empieza su dificultad.[^k14-31]

Mientras solo se tiene en cuenta el fondo de la producción anual total, el proceso anual de reproducción es fácil de entender. Pero todos los componentes de la producción anual tienen que llevarse al mercado de mercancías, y ahí empieza la dificultad. Los movimientos de los capitales individuales y de las rentas personales se cruzan, se mezclan, se pierden en un cambio general de lugar —la circulación de la riqueza social— que confunde la vista y plantea a la investigación problemas muy intrincados. En la sección tercera del libro segundo daré el análisis de la conexión real. Es el gran mérito de los fisiócratas haber intentado por primera vez, en su *Tableau économique*, ofrecer una imagen de la producción anual en la figura en que sale de la circulación.[^k14-32]

Por lo demás, se comprende por sí mismo que la economía política no ha dejado de explotar en interés de la clase capitalista la tesis de A. Smith de que toda la parte del producto neto transformada en capital la consume la clase obrera.

### 3. División de la plusvalía en capital y renta. La teoría de la abstinencia

En el capítulo anterior considerábamos la plusvalía, o el plusproducto, solo como fondo de consumo individual del capitalista; en este capítulo, hasta ahora, solo como fondo de acumulación. Pero no es solo lo uno ni solo lo otro, sino ambas cosas a la vez. Una parte de la plusvalía la consume el capitalista como renta[^k14-33]; otra parte se emplea como capital, o se acumula.

Dada la masa de la plusvalía, una de estas partes será tanto mayor cuanto menor sea la otra. Tomando todas las demás circunstancias como invariables, la proporción en que se efectúa esta división determina la magnitud de la acumulación. Pero quien efectúa esta división es el propietario de la plusvalía, el capitalista. Es, pues, un acto de su voluntad. De la parte del tributo percibido por él que acumula se dice que la ahorra, porque no se la come, es decir, porque ejerce su función de capitalista, a saber, la función de enriquecerse.

Solo en tanto que el capitalista es capital personificado tiene un valor histórico y aquel derecho histórico a la existencia que, como dice el ingenioso Lichnowski, «no tiene ningún fecha no».[^k14-t4] Solo en esa medida su propia necesidad transitoria está contenida en la necesidad transitoria del modo de producción capitalista. Pero en esa medida su motivo impulsor tampoco es el valor de uso y el disfrute, sino el valor de cambio y su aumento. Como fanático de la valorización del valor, obliga sin miramientos a la humanidad a producir por producir y, por tanto, a un desarrollo de las fuerzas productivas sociales y a la creación de condiciones materiales de producción que son las únicas que pueden constituir la base real de una forma superior de sociedad, cuyo principio fundamental es el desarrollo pleno y libre de cada individuo. Solo como personificación del capital es respetable el capitalista. Como tal, comparte con el atesorador el instinto absoluto de enriquecimiento. Pero lo que en este aparece como manía individual es en el capitalista efecto del mecanismo social en el que él no es más que una rueda motriz. Además, el desarrollo de la producción capitalista hace necesario un aumento continuo del capital invertido en una empresa industrial, y la competencia impone a cada capitalista individual las leyes inmanentes del modo de producción capitalista como leyes coercitivas externas. Le obliga a ampliar continuamente su capital para conservarlo, y solo puede ampliarlo mediante una acumulación progresiva.

Por eso, en la medida en que todo su hacer y dejar de hacer no es más que función del capital dotado en él de voluntad y consciencia, su propio consumo privado le parece un robo a la acumulación de su capital, igual que en la contabilidad italiana los gastos privados figuran en el debe del capitalista frente al capital. La acumulación es conquista del mundo de la riqueza social. Con la masa del material humano explotado extiende al mismo tiempo el dominio directo e indirecto del capitalista.[^k14-34]

Pero el pecado original actúa en todas partes. Con el desarrollo del modo de producción capitalista, de la acumulación y de la riqueza, el capitalista deja de ser mera encarnación del capital. Siente un «humano enternecimiento» por su propio Adán y se vuelve tan culto que sonríe ante el entusiasmo por la ascesis como prejuicio del atesorador anticuado. Mientras el capitalista clásico estigmatiza el consumo individual como pecado contra su función y como «abstención» de la acumulación, el capitalista modernizado es capaz de concebir la acumulación como «renuncia» a su instinto de disfrute. «¡Dos almas, ay, habitan en su pecho, y una quiere separarse de la otra!».[^k14-t5]

En los comienzos históricos del modo de producción capitalista —y todo advenedizo capitalista recorre individualmente esta fase histórica— predominan como pasiones absolutas el instinto de enriquecimiento y la avaricia. Pero el progreso de la producción capitalista no solo crea un mundo de disfrutes. Con la especulación y el sistema de crédito abre mil fuentes de enriquecimiento repentino. Llegado cierto grado de desarrollo, un grado convencional de derroche, que es a la vez exhibición de la riqueza y, por tanto, medio de crédito, se convierte incluso en una necesidad comercial del «desdichado» capitalista. El lujo entra en los gastos de representación del capital. De todos modos, el capitalista no se enriquece, como el atesorador, en proporción a su trabajo personal y a su no consumo personal, sino en la medida en que succiona fuerza de trabajo ajena e impone al obrero la renuncia a todos los goces de la vida. Por eso, aunque el derroche del capitalista nunca posee el carácter *bona fide* del derroche del alegre señor feudal, y tras él acechan siempre más bien la avaricia más sórdida y el cálculo más mezquino, su derroche crece, sin embargo, con su acumulación, sin que el uno tenga que menoscabar a la otra. Con ello se desarrolla a la vez en el pecho henchido del individuo-capital un conflicto fáustico entre el instinto de acumulación y el instinto de disfrute.

> «La industria de Manchester», se dice en un escrito que el Dr. Aikin publicó en 1795, «puede dividirse en cuatro periodos. En el primero, los fabricantes se veían obligados a trabajar duramente para ganarse el sustento».

Se enriquecían sobre todo robando a los padres que les confiaban muchachos como *apprentices* (aprendices) y tenían que soltar mucho dinero por ello, mientras los aprendices pasaban hambre. Por otra parte, las ganancias medias eran bajas y la acumulación exigía gran parsimonia. Vivían como atesoradores y no consumían, ni de lejos, siquiera los intereses de su capital.

> «En el segundo periodo habían empezado a adquirir pequeñas fortunas, pero trabajaban tan duramente como antes», pues la explotación directa del trabajo cuesta trabajo, como sabe todo negrero, «y seguían viviendo con el mismo estilo frugal... En el tercer periodo empezó el lujo, y el negocio se amplió enviando jinetes» (viajantes de comercio a caballo) «en busca de pedidos a todas las ciudades con mercado del reino. Es probable que antes de 1690 existieran pocos capitales, o ninguno, de 3.000 a 4.000 £ adquiridos en la industria. Pero hacia esa época, o algo después, los industriales habían acumulado ya dinero y empezaron a levantar casas de piedra en lugar de las de madera y argamasa... Todavía en los primeros decenios del siglo XVIII, un fabricante de Manchester que pusiera a sus invitados una pinta de vino extranjero se exponía a los comentarios y a los meneos de cabeza de todos sus vecinos».

Antes de la aparición de la maquinaria, lo que consumían por la noche los fabricantes en las tabernas donde se reunían nunca pasaba de 6 peniques por un vaso de ponche y 1 penique por un rollo de tabaco. Solo en 1758, y esto hace época, se vio «¡a una persona realmente dedicada a los negocios con carruaje propio!». «El cuarto periodo», el último tercio del siglo XVIII, «es el del gran lujo y el derroche, sostenidos por la expansión del negocio».[^k14-35] ¡Qué diría el buen Dr. Aikin si resucitara hoy en Manchester!

¡Acumulad, acumulad! ¡Esa es la ley y los profetas! «La industria suministra el material que el ahorro acumula».[^k14-36] Así pues, ¡ahorrad, ahorrad!, es decir, ¡reconvertid en capital la mayor parte posible de la plusvalía o del plusproducto! Acumulación por la acumulación, producción por la producción: con esta fórmula expresó la economía clásica la misión histórica del periodo burgués. Ni por un momento se engañó sobre los dolores de parto de la riqueza[^k14-37], pero ¿de qué sirven los lamentos ante la necesidad histórica? Si para la economía clásica el proletario solo cuenta como máquina de producir plusvalía, también el capitalista solo cuenta para ella como máquina de transformar esa plusvalía en pluscapital. Se toma su función histórica con amarga seriedad. Para proteger su pecho del funesto conflicto entre el instinto de disfrute y el instinto de enriquecimiento, Malthus defendió, a comienzos de los años veinte de este siglo, una división del trabajo que asigna al capitalista realmente ocupado en la producción el negocio de la acumulación, y a los demás partícipes en la plusvalía, la aristocracia de la tierra, los prebendados del Estado y de la Iglesia, etc., el negocio del derroche. Es de la mayor importancia, dice, «mantener separadas la pasión por el gasto y la pasión por la acumulación (*the passion for expenditure and the passion for accumulation*)».[^k14-38] Los señores capitalistas, transformados desde hacía tiempo en vividores y hombres de mundo, pusieron el grito en el cielo. ¡Cómo!, exclamó uno de sus portavoces, un ricardiano, ¡el señor Malthus predica altas rentas del suelo, altos impuestos, etc., para clavar al industrial un aguijón permanente por medio de consumidores improductivos! Desde luego, producción, producción en escala siempre ampliada, reza el santo y seña, pero

> «la producción se ve mucho más frenada que favorecida por semejante proceso. Tampoco es del todo justo (*nor is it quite fair*) mantener así en la ociosidad a cierto número de personas solo para pellizcar a otras de cuyo carácter cabe deducir (*who are likely, from their characters*) que, si se las puede obligar a funcionar, funcionarán con éxito».[^k14-39]

Por injusto que le parezca aguijonear al capitalista industrial a la acumulación quitándole la grasa de la sopa, tanto más necesario le parece limitar al obrero en lo posible al salario mínimo «para mantenerlo laborioso». Tampoco oculta ni por un momento que la apropiación de trabajo no pagado es el secreto de la fabricación de plus.

> «El aumento de la demanda por parte de los obreros no significa absolutamente nada más que su disposición a tomar para sí menos de su propio producto y a dejar una parte mayor a quienes los emplean; y si se dice que esto, al disminuir el consumo» (por parte de los obreros), «produce *glut*» (saturación del mercado, sobreproducción), «solo puedo responder que *glut* es sinónimo de altas ganancias».[^k14-40]

La docta querella sobre cómo repartir del modo más provechoso para la acumulación el botín extraído al obrero entre el capitalista industrial y el ocioso propietario de la tierra, etc., enmudeció ante la revolución de julio. Poco después, el proletariado urbano tocó a rebato en Lyon, y el proletariado rural soltó en Inglaterra el gallo rojo del incendio.[^k14-t6] A este lado del canal hacía estragos el owenismo; al otro, el sansimonismo y el fourierismo. Había sonado la hora de la economía vulgar. Justo un año antes de que Nassau W. Senior descubriera en Manchester que la ganancia (incluido el interés) del capital es el producto de la «última hora de trabajo, la duodécima», no pagada, había anunciado al mundo otro descubrimiento. «Yo», dijo solemnemente, «yo sustituyo la palabra capital, considerado como instrumento de producción, por la palabra abstinencia».[^k14-41] ¡Un modelo insuperable de los «descubrimientos» de la economía vulgar! Sustituye una categoría económica por una frase sicofántica. *Voilà tout*. «Cuando el salvaje», diserta Senior, «fabrica arcos, ejerce una industria, pero no practica la abstinencia». Esto nos explica cómo y por qué en estados anteriores de la sociedad se fabricaban medios de trabajo «sin la abstinencia» del capitalista. «Cuanto más progresa la sociedad, más abstinencia exige»[^k14-42], a saber, por parte de quienes ejercen la industria de apropiarse de la industria ajena y de su producto. Todas las condiciones del proceso de trabajo se transforman desde ahora en otras tantas prácticas de abstinencia del capitalista. Que el trigo no solo se coma, sino que también se siembre: ¡abstinencia del capitalista! Que el vino tenga tiempo de fermentar: ¡abstinencia del capitalista![^k14-43] El capitalista despoja a su propio Adán cuando «presta los instrumentos de producción al obrero» (!), alias, cuando los valoriza como capital incorporándoles fuerza de trabajo, en lugar de comerse las máquinas de vapor, el algodón, los ferrocarriles, el abono, los caballos de tiro, etc., o, como se lo imagina puerilmente el economista vulgar, de dilapidar «su valor» en lujo y otros medios de consumo.[^k14-44] Cómo ha de arreglárselas la clase capitalista para ello es un secreto guardado hasta ahora con obstinación por la economía vulgar. Basta: el mundo ya solo vive de la mortificación de este moderno penitente de Visnú, el capitalista. No solo la acumulación: la simple «conservación de un capital exige un esfuerzo constante para resistir a la tentación de comérselo».[^k14-45] La simple humanidad manda, pues, evidentemente, redimir al capitalista del martirio y la tentación, del mismo modo que hace poco el esclavista de Georgia fue redimido, mediante la abolición de la esclavitud, del doloroso dilema de si debía dilapidar en champán todo el plusproducto arrancado a latigazos a los esclavos negros o reconvertir también una parte en más negros y más tierra.

En las más diversas formaciones económicas de la sociedad no solo tiene lugar la reproducción simple, sino también, aunque en distinta medida, la reproducción en escala ampliada. Se produce y se consume progresivamente más, y, por tanto, se transforma también más producto en medios de producción. Pero este proceso no aparece como acumulación de capital, ni, por tanto, como función del capitalista, mientras los medios de producción del obrero, y por ende también su producto y sus medios de subsistencia, no se le enfrenten todavía en la forma de capital.[^k14-46] Richard Jones, fallecido hace algunos años, sucesor de Malthus en la cátedra de economía política del colegio de la India Oriental en Haileybury, lo explica bien a partir de dos grandes hechos. Como la parte más numerosa del pueblo indio son campesinos que trabajan por cuenta propia, su producto, sus medios de trabajo y de subsistencia, nunca existen tampoco «en la forma (*in the shape*) de un fondo ahorrado de una renta ajena (*saved from Revenue*) y que, por tanto, ha pasado por un proceso previo de acumulación (*a previous process of accumulation*)».[^k14-47] Por otra parte, los obreros no agrícolas de las provincias donde la dominación inglesa menos ha disuelto el viejo sistema son empleados directamente por los grandes, a quienes afluye una porción del plusproducto rural como tributo o renta del suelo. Una parte de este producto la consumen los grandes en su forma natural; otra parte la transforman para ellos los obreros en medios de lujo y otros medios de consumo, mientras el resto constituye el salario de los obreros, que son propietarios de sus instrumentos de trabajo. La producción y la reproducción en escala ampliada siguen aquí su curso sin intervención alguna de aquel santo extravagante, de aquel Caballero de la Triste Figura: el capitalista «que renuncia».

### 4. Circunstancias que, independientemente de la división proporcional de la plusvalía en capital y renta, determinan el volumen de la acumulación: grado de explotación de la fuerza de trabajo; fuerza productiva del trabajo; diferencia creciente entre capital empleado y capital consumido; magnitud del capital adelantado

Supuesta como dada la proporción en que la plusvalía se divide en capital y renta, la magnitud del capital acumulado depende evidentemente de la magnitud absoluta de la plusvalía. Si se capitaliza, pongamos, el 80 % y se come el 20 %, el capital acumulado ascenderá a 2.400 £ o a 1.200 £, según que la plusvalía total haya ascendido a 3.000 o a 1.500 £. Por consiguiente, en la determinación de la magnitud de la acumulación intervienen todas las circunstancias que determinan la masa de la plusvalía. Las resumimos aquí una vez más, pero solo en la medida en que ofrecen puntos de vista nuevos en relación con la acumulación.

Se recordará que la tasa de plusvalía depende en primera instancia del grado de explotación de la fuerza de trabajo. La economía política aprecia tanto este papel que en ocasiones identifica la aceleración de la acumulación por el aumento de la fuerza productiva del trabajo con su aceleración por el aumento de la explotación del obrero.[^k14-48] En las secciones sobre la producción de la plusvalía se supuso constantemente que el salario es por lo menos igual al valor de la fuerza de trabajo. Sin embargo, la reducción violenta del salario por debajo de este valor desempeña en el movimiento práctico un papel demasiado importante para no detenernos un momento en ella. Dentro de ciertos límites, transforma de hecho el fondo de consumo necesario del obrero en un fondo de acumulación de capital.

> «Los salarios», dice J. St. Mill, «no tienen fuerza productiva; son el precio de una fuerza productiva; los salarios no contribuyen, junto al trabajo mismo, a la producción de mercancías, como tampoco el precio de la maquinaria misma. Si se pudiera tener trabajo sin comprarlo, los salarios serían superfluos».[^k14-49]

Pero si los obreros pudieran vivir del aire, tampoco se los podría comprar a ningún precio. Que no cuesten nada es, pues, un límite en sentido matemático, siempre inalcanzable, aunque siempre aproximable. La tendencia constante del capital es rebajarlos a este punto de vista nihilista. Un escritor del siglo XVIII al que he citado a menudo, el autor del *Essay on Trade and Commerce*, no hace más que delatar el secreto más íntimo del alma del capital inglés cuando declara que la misión histórica vital de Inglaterra es rebajar el salario inglés al nivel francés y holandés.[^k14-50] Entre otras cosas, dice ingenuamente:

> «Pero si nuestros pobres» (término técnico por obreros) «quieren vivir lujosamente..., su trabajo tiene que ser naturalmente caro... Considérese tan solo el montón espeluznante de cosas superfluas (*heap of superfluities*) que consumen nuestros obreros de las manufacturas, como son el aguardiente, la ginebra, el té, el azúcar, las frutas extranjeras, la cerveza fuerte, las telas estampadas, el tabaco de rapé y de fumar, etc.».[^k14-51]

Cita el escrito de un fabricante de Northamptonshire que se lamenta, con la mirada vuelta al cielo:

> «El trabajo es un tercio entero más barato en Francia que en Inglaterra: pues los pobres franceses trabajan duramente y lo pasan mal en cuanto a comida y vestido, y su consumo principal consiste en pan, fruta, hierbas, raíces y pescado seco; pues comen muy rara vez carne y, cuando el trigo está caro, muy poco pan».[^k14-52] «A lo cual», prosigue el ensayista, «se añade además que su bebida consiste en agua o en licores flojos semejantes, de modo que, en efecto, gastan asombrosamente poco dinero... Semejante estado de cosas es sin duda difícil de implantar, pero no es inalcanzable, como prueba concluyentemente su existencia tanto en Francia como en Holanda».[^k14-53]

Dos decenios más tarde, un charlatán norteamericano, el yanqui ennoblecido Benjamin Thompson (alias conde de Rumford), siguió la misma línea filantrópica con gran complacencia ante Dios y ante los hombres. Sus *Essays* son un libro de cocina con recetas de toda clase para sustituir por sucedáneos los caros alimentos normales del obrero. Una receta especialmente lograda de este extravagante «filósofo» es la siguiente:

> «Cinco libras de cebada, cinco libras de maíz, 3 peniques de arenques, 1 penique de sal, 1 penique de vinagre, 2 peniques de pimienta y hierbas: suma de 20 3/4 peniques, da una sopa para 64 personas; es más, con los precios medios del grano, el coste de la comida puede reducirse a 1/4 de penique por cabeza» (ni siquiera 3 *Pfennige*).[^k14-54]

Con el progreso de la producción capitalista, la falsificación de mercancías ha hecho superfluos los ideales de Thompson.[^k14-55]

A finales del siglo XVIII y durante los primeros decenios del XIX, los arrendatarios y los *landlords* ingleses impusieron el salario mínimo absoluto pagando a los jornaleros agrícolas menos del mínimo en la forma de salario, y el resto en la forma de socorro parroquial. Un ejemplo de las bufonadas con que procedían los Dogberry[^k14-t7] ingleses en su fijación «legal» de la tarifa salarial:

> «Cuando los *squires* fijaron los salarios para Speenhamland en 1795, habían comido, pero pensaban evidentemente que los obreros no tenían necesidad de hacer otro tanto... Decidieron que el salario semanal sería de 3 chelines por hombre cuando la hogaza de pan de 8 libras y 11 onzas estuviera a 1 chelín, y que crecería regularmente hasta que la hogaza costara 1 chelín y 5 peniques. En cuanto subiera por encima de este precio, el salario disminuiría proporcionalmente hasta que el precio de la hogaza llegara a 2 chelines; y entonces el alimento del hombre sería 1/5 menor que antes».[^k14-56]

Ante la comisión investigadora de la Cámara de los Lores, en 1814, se le pregunta a un tal A. Bennett, gran arrendatario, magistrado, administrador de la casa de pobres y regulador de salarios:

> «¿Se observa alguna proporción entre el valor del trabajo de un día y el socorro parroquial de los obreros?». Respuesta: «Sí. Los ingresos semanales de cada familia se completan, por encima de su salario nominal, hasta la hogaza de un galón de pan (8 libras y 11 onzas) y 3 peniques por cabeza... Suponemos que la hogaza de un galón basta para el sustento de cada persona de la familia durante la semana; y los 3 peniques son para ropa; y si la parroquia tiene a bien suministrar ella misma la ropa, se descuentan los 3 peniques. Esta práctica rige no solo en todo el oeste de Wiltshire, sino, según creo, en todo el país».[^k14-57] «Así», exclama un escritor burgués de aquella época, «los arrendatarios han degradado durante años a una clase respetable de sus compatriotas, obligándolos a refugiarse en el *workhouse*... El arrendatario ha aumentado sus propias ganancias impidiendo incluso la acumulación del fondo de consumo más indispensable por parte de los obreros».[^k14-58]

Qué papel desempeña hoy el robo directo al fondo de consumo necesario del obrero en la formación de la plusvalía y, por tanto, del fondo de acumulación del capital, lo ha mostrado, por ejemplo, el llamado trabajo a domicilio (véase cap. XV, 8, c).[^k14-t8] Más hechos en el curso de esta sección.

Aunque en todas las ramas industriales la parte del capital constante que consiste en medios de trabajo tiene que bastar para cierto número de obreros, determinado por la magnitud de la instalación, no necesita en modo alguno crecer siempre en la misma proporción que la cantidad de trabajo ocupada. En una instalación fabril, cien obreros que trabajan ocho horas pueden suministrar 800 horas de trabajo. Si el capitalista quiere aumentar esta suma en la mitad, puede contratar 50 obreros nuevos; pero entonces tiene que adelantar también un nuevo capital, no solo para salarios, sino también para medios de trabajo. Pero también puede hacer trabajar a los 100 obreros antiguos 12 horas en lugar de 8, y entonces bastan los medios de trabajo ya existentes, que en ese caso se desgastan simplemente más deprisa. Así, el trabajo adicional obtenido mediante una mayor tensión de la fuerza de trabajo puede aumentar el plusproducto y la plusvalía, la sustancia de la acumulación, sin aumento proporcional de la parte constante del capital.

En la industria extractiva, en las minas, por ejemplo, las materias primas no forman parte del capital adelantado. El objeto de trabajo no es aquí producto de un trabajo anterior, sino un regalo gratuito de la naturaleza. Así ocurre con el mineral metálico, los minerales, la hulla, las piedras, etc. Aquí el capital constante consiste casi exclusivamente en medios de trabajo que pueden soportar muy bien una cantidad mayor de trabajo (turnos de día y de noche de los obreros, por ejemplo). Iguales todas las demás circunstancias, la masa y el valor del producto aumentarán, sin embargo, en proporción directa al trabajo empleado. Como el primer día de la producción, concurren aquí los formadores originarios del producto, y por ende también los formadores de los elementos materiales del capital: el hombre y la naturaleza. Gracias a la elasticidad de la fuerza de trabajo, el campo de la acumulación se ha ampliado sin aumento previo del capital constante.

En la agricultura no se puede extender la tierra cultivada sin adelantar semilla y abono adicionales. Pero, una vez hecho este adelanto, incluso el cultivo puramente mecánico del suelo ejerce un efecto milagroso sobre la abundancia del producto. Una cantidad mayor de trabajo, realizada por el mismo número de obreros que hasta entonces, aumenta así la fertilidad sin requerir un nuevo adelanto en medios de trabajo. Es de nuevo la acción directa del hombre sobre la naturaleza la que se convierte en fuente inmediata de una acumulación acrecentada, sin intervención de un nuevo capital.

Por último, en la industria propiamente dicha, todo gasto adicional de trabajo presupone un gasto adicional correspondiente de materias primas, pero no necesariamente también de medios de trabajo. Y como la industria extractiva y la agricultura suministran a la industria manufacturera sus propias materias primas y las de sus medios de trabajo, a esta le aprovecha también el suplemento de producto que aquellas han generado sin suplemento adicional de capital.

Resultado general: al incorporar los dos formadores originarios de la riqueza, la fuerza de trabajo y la tierra, el capital adquiere una fuerza de expansión que le permite extender los elementos de su acumulación más allá de los límites aparentemente fijados por su propia magnitud, fijados por el valor y la masa de los medios de producción ya producidos en los que tiene su existencia.

Otro factor importante en la acumulación del capital es el grado de productividad del trabajo social.

Con la fuerza productiva del trabajo crece la masa de productos en que se representa un valor determinado y, por tanto, también una plusvalía de magnitud dada. Con una tasa de plusvalía constante, e incluso decreciente, siempre que disminuya más despacio de lo que aumenta la fuerza productiva del trabajo, crece la masa del plusproducto. Si su división en renta y capital adicional no varía, el consumo del capitalista puede, por tanto, crecer sin que disminuya el fondo de acumulación. La magnitud proporcional del fondo de acumulación puede incluso crecer a costa del fondo de consumo, mientras el abaratamiento de las mercancías pone a disposición del capitalista tantos o más medios de disfrute que antes. Pero, como se ha visto, con la creciente productividad del trabajo va de la mano el abaratamiento del obrero y, por tanto, una tasa de plusvalía creciente, incluso cuando el salario real sube. Este nunca sube en proporción a la productividad del trabajo. El mismo valor de capital variable pone, pues, en movimiento más fuerza de trabajo y, por tanto, más trabajo. El mismo valor de capital constante se representa en más medios de producción, es decir, en más medios de trabajo, materiales de trabajo y materias auxiliares, y suministra, por tanto, más formadores de producto y también más formadores de valor o absorbentes de trabajo. Así pues, con un valor del capital adicional constante, e incluso decreciente, se produce una acumulación acelerada. No solo se amplía materialmente la escala de la reproducción, sino que la producción de plusvalía crece más deprisa que el valor del capital adicional.

El desarrollo de la fuerza productiva del trabajo repercute también sobre el capital originario, o sobre el capital que se encuentra ya en el proceso de producción. Una parte del capital constante en funciones consiste en medios de trabajo, como maquinaria, etc., que solo se consumen, y por tanto solo se reproducen o se sustituyen por nuevos ejemplares del mismo tipo, en periodos más largos. Pero cada año muere una parte de estos medios de trabajo, o llega al término de su función productiva. Esa parte se encuentra, por tanto, cada año en la fase de su reproducción periódica o de su sustitución por nuevos ejemplares del mismo tipo. Si la fuerza productiva del trabajo ha aumentado en el lugar de nacimiento de estos medios de trabajo —y se desarrolla continuamente con el flujo ininterrumpido de la ciencia y de la técnica—, máquinas, herramientas, aparatos, etc., más eficaces y, atendiendo al volumen de lo que rinden, más baratos ocupan el lugar de los antiguos. El capital antiguo se reproduce en una forma más productiva, sin contar los continuos cambios de detalle en los medios de trabajo existentes. La otra parte del capital constante, la materia prima y las materias auxiliares, se reproduce continuamente dentro del año, y la que procede de la agricultura, por lo general cada año. Toda introducción de métodos mejores, etc., actúa aquí, pues, casi al mismo tiempo sobre el capital adicional y sobre el capital que ya está en funciones. Todo progreso de la química no solo multiplica el número de las sustancias útiles y las aplicaciones útiles de las ya conocidas, ampliando así, con el crecimiento del capital, sus esferas de inversión. Enseña a la vez a devolver los excrementos del proceso de producción y de consumo al ciclo del proceso de reproducción, y crea así, sin desembolso previo de capital, nueva materia de capital. Al igual que la explotación acrecentada de la riqueza natural mediante una simple mayor tensión de la fuerza de trabajo, la ciencia y la técnica constituyen una potencia de expansión del capital en funciones independiente de su magnitud dada. Esta potencia repercute a la vez sobre la parte del capital originario que ha entrado en su fase de renovación. En su nueva forma, el capital incorpora gratuitamente el progreso social realizado a espaldas de su forma antigua. Ciertamente, este desarrollo de la fuerza productiva va acompañado a la vez de una depreciación parcial de capitales en funciones. En la medida en que esta depreciación se deja sentir de modo agudo a través de la competencia, el peso principal recae sobre el obrero, en cuya explotación acrecentada busca el capitalista resarcimiento.

El trabajo transfiere al producto el valor de los medios de producción consumidos por él. Por otra parte, el valor y la masa de los medios de producción puestos en movimiento por una cantidad dada de trabajo crecen en la medida en que el trabajo se vuelve más productivo. Así pues, aunque la misma cantidad de trabajo añada siempre a sus productos solo la misma suma de valor nuevo, el valor antiguo del capital que les transfiere al mismo tiempo crece con la productividad creciente del trabajo.

Un hilandero inglés y uno chino, por ejemplo, pueden trabajar el mismo número de horas con la misma intensidad; en tal caso, ambos generarán en una semana valores iguales. Pese a esta igualdad, hay una diferencia inmensa entre el valor del producto semanal del inglés, que trabaja con un poderoso autómata, y el del chino, que solo tiene un torno de hilar. En el mismo tiempo en que el chino hila una libra de algodón, el inglés hila varios cientos de libras. Una suma de valores antiguos varios cientos de veces mayor hincha el valor de su producto, en el cual se conservan en una nueva forma útil y pueden así volver a funcionar como capital. «En 1782», nos enseña F. Engels, «toda la cosecha de lana de los tres años anteriores» (en Inglaterra) «seguía sin elaborar por falta de obreros, y habría tenido que quedarse así si no hubiera acudido en su ayuda la maquinaria recién inventada y la hubiera hilado».[^k14-59] El trabajo objetivado en la forma de maquinaria no hizo brotar del suelo directamente, por supuesto, a ningún hombre, pero permitió a un número reducido de obreros, añadiendo relativamente poco trabajo vivo, no solo consumir productivamente la lana y añadirle valor nuevo, sino conservar su valor antiguo en la forma de hilo, etc. Con ello suministró a la vez el medio y el acicate para la reproducción ampliada de lana. Es don natural del trabajo vivo conservar valor antiguo mientras crea valor nuevo. Con el crecimiento de la eficacia, el volumen y el valor de sus medios de producción, es decir, con la acumulación que acompaña al desarrollo de su fuerza productiva, el trabajo conserva y perpetúa, por tanto, en una forma siempre nueva, un valor de capital siempre creciente.[^k14-60] Esta fuerza natural del trabajo aparece como fuerza de autoconservación del capital al que está incorporado, exactamente igual que sus fuerzas productivas sociales aparecen como propiedades de este, y la apropiación constante del plustrabajo por el capitalista, como autovalorización constante del capital. Todas las fuerzas del trabajo se proyectan como fuerzas del capital, igual que todas las formas de valor de la mercancía como formas del dinero.

Con el crecimiento del capital crece la diferencia entre capital empleado y capital consumido. En otras palabras: crece la masa de valor y de materia de los medios de trabajo, como edificios, maquinaria, tubos de drenaje, ganado de labor, aparatos de toda clase, que durante periodos más o menos largos, en procesos de producción constantemente repetidos, funcionan en todo su volumen o sirven para obtener determinados efectos útiles, mientras que solo se desgastan poco a poco y, por tanto, solo pierden su valor por partes, y también solo por partes lo transfieren al producto. En la proporción en que estos medios de trabajo sirven como formadores de producto sin añadir valor al producto, es decir, se emplean enteros pero solo se consumen en parte, prestan, como se ha mencionado antes, el mismo servicio gratuito que las fuerzas naturales: el agua, el vapor, el aire, la electricidad, etc. Este servicio gratuito del trabajo pasado, cuando el trabajo vivo se apodera de él y lo anima, se acumula con la escala creciente de la acumulación.

Como el trabajo pasado se disfraza siempre de capital, es decir, el pasivo del trabajo de A, B, C, etc., de activo del no trabajador X, los burgueses y los economistas políticos se deshacen en elogios de los méritos del trabajo pasado, que, según el genio escocés MacCulloch, debe incluso percibir una paga propia (interés, ganancia, etc.).[^k14-61] El peso siempre creciente del trabajo pasado que coopera en el proceso de trabajo vivo bajo la forma de medios de producción se atribuye, pues, a su figura enajenada al propio obrero, cuyo trabajo pasado y no pagado es, a su figura de capital. Los agentes prácticos de la producción capitalista y sus charlatanes ideológicos son tan incapaces de concebir el medio de producción separado de la antagónica máscara de carácter social que hoy se le adhiere como un esclavista de concebir al trabajador mismo separado de su carácter de esclavo.

Dado el grado de explotación de la fuerza de trabajo, la masa de la plusvalía está determinada por el número de obreros explotados simultáneamente, y este corresponde, aunque en proporción variable, a la magnitud del capital. Así pues, cuanto más crece el capital mediante acumulaciones sucesivas, más crece también la suma de valor que se divide en fondo de consumo y fondo de acumulación. El capitalista puede, por tanto, vivir con más desahogo y al mismo tiempo «renunciar» más. Y, finalmente, todos los resortes de la producción actúan con tanta mayor energía cuanto más se amplía su escala con la masa del capital adelantado.

### 5. El llamado fondo de trabajo

En el curso de esta investigación ha resultado que el capital no es una magnitud fija, sino una parte de la riqueza social elástica y que fluctúa constantemente con la división de la plusvalía en renta y capital adicional. Se ha visto además que, incluso con una magnitud dada del capital en funciones, la fuerza de trabajo, la ciencia y la tierra que se le incorporan (por tierra han de entenderse económicamente todos los objetos de trabajo que existen por naturaleza sin intervención del hombre) constituyen potencias elásticas de ese capital, que le conceden, dentro de ciertos límites, un margen de acción independiente de su propia magnitud. Para ello se ha prescindido de todas las circunstancias del proceso de circulación que hacen que una misma masa de capital surta efectos de muy diverso grado. Como suponemos las barreras de la producción capitalista, es decir, una figura puramente espontánea del proceso social de producción, se ha prescindido de toda combinación más racional que pudiera efectuarse directamente y de forma planificada con los medios de producción y las fuerzas de trabajo existentes. La economía clásica gustó siempre de concebir el capital social como una magnitud fija de eficacia fija. Pero el prejuicio no quedó consolidado como dogma hasta que lo hizo el archifilisteo Jeremías Bentham, ese oráculo sobrio, pedante y charlatán del vulgar entendimiento burgués del siglo XIX.[^k14-62] Bentham es entre los filósofos lo que Martin Tupper entre los poetas. Ambos solo podían fabricarse en Inglaterra.[^k14-63] Con su dogma, los fenómenos más corrientes del proceso de producción, como, por ejemplo, sus expansiones y contracciones repentinas, e incluso la acumulación, se vuelven completamente incomprensibles.[^k14-64] El dogma lo explotaron, tanto el propio Bentham como Malthus, James Mill, MacCulloch, etc., con fines apologéticos, en especial para presentar como magnitud fija una parte del capital, el capital variable o convertible en fuerza de trabajo. La existencia material del capital variable, es decir, la masa de medios de subsistencia que representa para el obrero, o el llamado fondo de trabajo, se convirtió por arte de fábula en una parte especial de la riqueza social, cercada por cadenas naturales e infranqueable. Para poner en movimiento la parte de la riqueza social que ha de funcionar como capital constante o, expresado materialmente, como medios de producción, se requiere una masa determinada de trabajo vivo. Esta está dada tecnológicamente. Pero no está dado el número de obreros requerido para poner en acción esta masa de trabajo, pues varía con el grado de explotación de la fuerza de trabajo individual, ni el precio de esta fuerza de trabajo, sino solo su límite mínimo, que además es muy elástico. Los hechos en que se basa el dogma son estos: por una parte, el obrero no tiene voz en la división de la riqueza social en medios de disfrute de los no trabajadores y medios de producción. Por otra, solo en casos excepcionales favorables puede ampliar el llamado «fondo de trabajo» a costa de la «renta» del rico.[^k14-65]

A qué tautología absurda conduce transformar poéticamente la barrera capitalista del fondo de trabajo en su barrera natural social, lo muestra, entre otros, el profesor Fawcett:

> «El capital circulante[^k14-66] de un país», dice, «es su fondo de trabajo. Por tanto, para calcular el salario monetario medio que recibe cada obrero, no tenemos más que dividir simplemente este capital por el número de la población obrera».[^k14-67]

Es decir, primero sumamos los salarios individuales efectivamente pagados; después afirmamos que esta adición constituye la suma de valor del «fondo de trabajo» impuesto por Dios y la naturaleza. Por último, dividimos la suma así obtenida por el número de cabezas de los obreros, para descubrir a su vez cuánto puede corresponder por término medio a cada obrero individualmente. Un procedimiento extraordinariamente astuto. No impide al señor Fawcett decir a renglón seguido:

> «La riqueza total acumulada anualmente en Inglaterra se divide en dos partes. Una parte se emplea en Inglaterra para el mantenimiento de nuestra propia industria. Otra parte se exporta a otros países... La parte empleada en nuestra industria no constituye una porción considerable de la riqueza acumulada anualmente en este país».[^k14-68]

La mayor parte del plusproducto que se añade cada año, sustraído sin equivalente al obrero inglés, no se capitaliza, pues, en Inglaterra, sino en países extranjeros. Pero con el capital adicional así exportado se exporta también, desde luego, una parte del «fondo de trabajo» inventado por Dios y Bentham.[^k14-69]

## Capítulo vigesimotercero. La ley general de la acumulación capitalista

### 1. Demanda creciente de fuerza de trabajo con la acumulación, sin cambio en la composición del capital

En este capítulo tratamos de la influencia que el crecimiento del capital ejerce sobre la suerte de la clase obrera. El factor más importante en esta investigación es la composición del capital y los cambios que esta experimenta en el curso del proceso de acumulación.

La composición del capital ha de entenderse en un doble sentido. Por el lado del valor, se determina por la proporción en que el capital se divide en capital constante o valor de los medios de producción y capital variable o valor de la fuerza de trabajo, suma total de los salarios. Por el lado de la materia, tal como funciona en el proceso de producción, todo capital se divide en medios de producción y fuerza de trabajo viva; esta composición se determina por la proporción entre la masa de los medios de producción empleados, por una parte, y la cantidad de trabajo necesaria para su empleo, por otra. Llamo a la primera composición de valor y a la segunda composición técnica del capital. Entre ambas existe una estrecha interrelación. Para expresarla, llamo a la composición de valor del capital, en la medida en que está determinada por su composición técnica y refleja los cambios de esta, composición orgánica del capital. Cuando se hable sin más de la composición del capital, se entenderá siempre su composición orgánica.

Los numerosos capitales individuales invertidos en una determinada rama de la producción tienen entre sí una composición más o menos distinta. El promedio de sus composiciones individuales nos da la composición del capital total de esa rama de la producción. Por último, el promedio general de las composiciones medias de todas las ramas de la producción nos da la composición del capital social de un país, y en lo que sigue se trata, en última instancia, únicamente de esta.

El crecimiento del capital implica el crecimiento de su parte integrante variable, o convertida en fuerza de trabajo. Una parte de la plusvalía transformada en capital adicional tiene que volver a transformarse siempre en capital variable o fondo de trabajo suplementario. Si suponemos que, permaneciendo iguales las demás circunstancias, la composición del capital no varía, es decir, que una masa determinada de medios de producción o capital constante exige siempre la misma masa de fuerza de trabajo para ser puesta en movimiento, es evidente que la demanda de trabajo y el fondo de subsistencia de los obreros crecen en proporción al capital, y tanto más rápidamente cuanto más rápidamente crece el capital. Como el capital produce cada año una plusvalía, de la que una parte se suma cada año al capital originario; como este incremento crece a su vez cada año con el volumen creciente del capital que ya está en funciones, y como, por último, bajo un acicate especial del afán de enriquecerse, por ejemplo la apertura de nuevos mercados o de nuevas esferas de inversión de capital a consecuencia de necesidades sociales recién desarrolladas, etc., la escala de la acumulación puede ampliarse de golpe por un mero cambio en la división de la plusvalía o del plusproducto en capital y renta, las necesidades de acumulación del capital pueden sobrepasar el crecimiento de la fuerza de trabajo o del número de obreros, la demanda de obreros puede sobrepasar su oferta, y por tanto los salarios pueden subir. Esto tiene incluso que ocurrir a la postre si el supuesto anterior se mantiene sin cambios. Como cada año se emplean más obreros que el anterior, tarde o temprano tiene que llegar el punto en que las necesidades de la acumulación empiezan a rebasar la oferta habitual de trabajo, y en que, por tanto, se produce una subida de los salarios. En Inglaterra resuenan quejas por ello durante todo el siglo XV y la primera mitad del XVIII. Pero las circunstancias más o menos favorables en que los obreros asalariados se mantienen y se multiplican no cambian en nada el carácter fundamental de la producción capitalista. Así como la reproducción simple reproduce continuamente la relación capitalista misma, capitalistas en un lado y obreros asalariados en el otro, la reproducción en escala ampliada, o sea la acumulación, reproduce la relación capitalista en escala ampliada: más capitalistas, o capitalistas más grandes, en este polo, y más obreros asalariados en aquel. La reproducción de la fuerza de trabajo, que ha de incorporarse incesantemente al capital como medio de valorización, que no puede desprenderse de él y cuya servidumbre respecto al capital solo queda velada por el cambio de los capitalistas individuales a quienes se vende, constituye en realidad un momento de la reproducción del capital mismo. La acumulación del capital es, pues, multiplicación del proletariado.[^k15-70]

La economía clásica comprendía tan bien este principio que A. Smith, Ricardo, etc., como ya se ha mencionado, llegan incluso a identificar erróneamente la acumulación con el consumo de toda la parte capitalizada del plusproducto por obreros productivos, o con su transformación en obreros asalariados adicionales. Ya en 1696 dice John Bellers:

> «Si alguien tuviera 100.000 acres y otras tantas libras en dinero y otras tantas cabezas de ganado, ¿qué sería el hombre rico sin el obrero sino un obrero él mismo? Y así como los obreros hacen ricas a las gentes, cuantos más obreros haya, más ricos habrá... El trabajo del pobre es la mina del rico».[^k15-71]

Así también Bernard de Mandeville a comienzos del siglo XVIII:

> «Donde la propiedad está suficientemente protegida, sería más fácil vivir sin dinero que sin pobres, pues ¿quién haría el trabajo?... Así como hay que preservar a los obreros de morir de hambre, no deberían recibir nada que valga la pena ahorrar. Si aquí o allá alguno de la clase más baja se eleva, a fuerza de una laboriosidad fuera de lo común y de apretarse el cinturón, por encima de la situación en que se crio, nadie debe impedírselo; en efecto, es innegable que el plan más sabio para cada particular, para cada familia particular de la sociedad, es ser frugal; pero es interés de todas las naciones ricas que la mayor parte de los pobres no esté nunca ociosa y que, sin embargo, gaste siempre lo que gana... Quienes se ganan la vida con su trabajo diario no tienen nada que los incite a ser serviciales salvo sus necesidades, que es prudente aliviar, pero que sería necio curar. Lo único que puede hacer laborioso al hombre que trabaja es un salario moderado. Uno demasiado bajo lo vuelve, según su temperamento, pusilánime o desesperado; uno demasiado alto, insolente y holgazán... De lo expuesto hasta aquí se sigue que en una nación libre, donde no se permiten esclavos, la riqueza más segura consiste en una multitud de pobres laboriosos. Aparte de que son la fuente nunca agotada de reclutas para la flota y el ejército, sin ellos no habría disfrute alguno ni el producto de ningún país podría valorizarse. Para hacer feliz a la sociedad» (que, naturalmente, se compone de los que no trabajan) «y para contentar al pueblo mismo en condiciones míseras, es necesario que la gran mayoría siga siendo tan ignorante como pobre. El conocimiento ensancha y multiplica nuestros deseos, y cuanto menos desea un hombre, más fácilmente pueden satisfacerse sus necesidades».[^k15-72]

Lo que Mandeville, un hombre honrado y una cabeza clara, no comprende todavía es que el mecanismo mismo del proceso de acumulación multiplica, con el capital, la masa de los «pobres laboriosos», es decir, de los obreros asalariados, que se ven obligados a convertir su fuerza de trabajo en creciente fuerza de valorización del capital creciente y, precisamente por ello, a perpetuar su relación de dependencia respecto de su propio producto, personificado en el capitalista. A propósito de esta relación de dependencia observa sir F. M. Eden en su *Situación de los pobres, o historia de la clase trabajadora de Inglaterra*:

> «Nuestra zona exige trabajo para la satisfacción de las necesidades, y por eso al menos una parte de la sociedad tiene que trabajar sin descanso... Algunos que no trabajan tienen, sin embargo, a su disposición los productos de la laboriosidad. Pero estos propietarios lo deben únicamente a la civilización y al orden; son meras criaturas de las instituciones civiles.[^k15-73] Pues estas han reconocido que los frutos del trabajo pueden apropiarse también por otros medios que el trabajo. Las gentes de fortuna independiente deben su fortuna casi por entero al trabajo de otros, no a su propia capacidad, que no es en absoluto mejor que la de los demás; no es la posesión de tierra y de dinero, sino el mando sobre el trabajo (*the command of labour*) lo que distingue a los ricos de los pobres... Lo que conviene al pobre no es una situación abyecta o servil, sino una relación de dependencia cómoda y liberal (*a state of easy and liberal dependence*), y, para las gentes de propiedad, una influencia y una autoridad suficientes sobre quienes trabajan para ellas... Una relación de dependencia semejante es, como sabe todo conocedor de la naturaleza humana, necesaria para el bienestar de los propios obreros».[^k15-74]

Sir F. M. Eden, dicho sea de paso, es el único discípulo de Adam Smith que hizo algo importante durante el siglo XVIII.[^k15-75]

Bajo las condiciones de acumulación supuestas hasta aquí, las más favorables para los obreros, su relación de dependencia respecto al capital se reviste de formas soportables o, como dice Eden, «cómodas y liberales». En lugar de hacerse más intensiva con el crecimiento del capital, solo se hace más extensiva; es decir, la esfera de explotación y de dominación del capital no hace más que extenderse con sus propias dimensiones y con el número de sus súbditos. De su propio plusproducto, que se hincha y que, al hincharse, se transforma en capital adicional, refluye hacia ellos una parte mayor en forma de medios de pago, de modo que pueden ampliar el círculo de sus disfrutes, dotar mejor su fondo de consumo de ropa, muebles, etc., y formar pequeños fondos de reserva en dinero. Pero así como una mejor ropa, alimentación y trato y un *peculium* mayor no suprimen la relación de dependencia y la explotación del esclavo, tampoco suprimen las del obrero asalariado. El precio creciente del trabajo a consecuencia de la acumulación del capital solo significa, en realidad, que el volumen y el peso de la cadena de oro que el propio obrero asalariado se ha forjado ya permiten aflojarla un poco. En las controversias sobre este asunto se ha pasado por alto casi siempre lo principal, a saber, la *differentia specifica* de la producción capitalista. La fuerza de trabajo no se compra aquí para satisfacer, con su servicio o con su producto, las necesidades personales del comprador. El fin de este es la valorización de su capital, la producción de mercancías que contengan más trabajo del que él paga, que contengan por tanto una parte de valor que no le cuesta nada y que, sin embargo, se realiza con la venta de las mercancías. La producción de plusvalía, o fabricación de plus, es la ley absoluta de este modo de producción. Solo en la medida en que conserva los medios de producción como capital, reproduce su propio valor como capital y suministra en trabajo no pagado una fuente de capital adicional, es vendible la fuerza de trabajo.[^k15-76] Las condiciones de su venta, más o menos favorables para el obrero, implican, pues, la necesidad de su constante reventa y la reproducción siempre ampliada de la riqueza como capital. El salario, como hemos visto, condiciona por su naturaleza la entrega por parte del obrero de una cantidad determinada de trabajo no pagado. Prescindiendo por completo de la subida del salario con un precio decreciente del trabajo, etc., su aumento significa, en el mejor de los casos, solo una disminución cuantitativa del trabajo no pagado que el obrero tiene que rendir. Esta disminución nunca puede llegar al punto en que amenazaría al propio sistema. Prescindiendo de los conflictos violentos por la tasa del salario —y Adam Smith ya mostró que, en general, en semejante conflicto el amo sigue siendo siempre el amo—, una subida del precio del trabajo que nazca de la acumulación del capital supone la alternativa siguiente.

O bien el precio del trabajo sigue subiendo, porque su aumento no estorba el progreso de la acumulación; en ello no hay nada de asombroso, pues, como dice A. Smith,

> «aun con un beneficio reducido, los capitales siguen multiplicándose; crecen incluso más deprisa que antes... Un capital grande, aun con un beneficio menor, crece en general más deprisa que un capital pequeño con un beneficio grande». (*L. c.*, I, p. 189.)

En este caso es evidente que una disminución del trabajo no pagado no perjudica en absoluto la extensión del dominio del capital. O bien —y este es el otro lado de la alternativa— la acumulación se afloja a consecuencia del precio creciente del trabajo, porque se embota el aguijón de la ganancia. La acumulación disminuye. Pero con su disminución desaparece la causa de su disminución, a saber, la desproporción entre el capital y la fuerza de trabajo explotable. El mecanismo del proceso de producción capitalista elimina, pues, por sí mismo los obstáculos que crea pasajeramente. El precio del trabajo vuelve a caer a un nivel que corresponde a las necesidades de valorización del capital, ya sea este inferior, superior o igual al nivel que se consideraba normal antes de producirse el aumento de los salarios. Se ve, pues: en el primer caso no es la disminución en el crecimiento absoluto o proporcional de la fuerza de trabajo o de la población obrera lo que hace que el capital sobre, sino, a la inversa, el aumento del capital lo que hace insuficiente la fuerza de trabajo explotable. En el segundo caso no es el aumento en el crecimiento absoluto o proporcional de la fuerza de trabajo o de la población obrera lo que hace insuficiente el capital, sino, a la inversa, la disminución del capital lo que hace que sobre la fuerza de trabajo explotable o, más bien, su precio. Son estos movimientos absolutos en la acumulación del capital los que se reflejan como movimientos relativos en la masa de la fuerza de trabajo explotable y parecen deberse, por eso, al movimiento propio de esta última. Por emplear una expresión matemática: la magnitud de la acumulación es la variable independiente, y la magnitud del salario, la dependiente, y no a la inversa. Del mismo modo, en la fase de crisis del ciclo industrial la caída general de los precios de las mercancías se expresa como subida del valor relativo del dinero, y en la fase de prosperidad la subida general de los precios de las mercancías, como caída del valor relativo del dinero. La llamada escuela de la *currency* deduce de ello que, con precios altos, circula demasiado dinero, y con precios bajos, demasiado poco.[^k15-t1] Su ignorancia y su total desconocimiento de los hechos[^k15-77] encuentran un digno paralelo en los economistas que interpretan aquellos fenómenos de la acumulación en el sentido de que unas veces existen demasiado pocos obreros asalariados y otras demasiados.

La ley de la producción capitalista que subyace a la pretendida «ley natural de la población» se reduce sencillamente a esto: la relación entre el capital, la acumulación y la tasa del salario no es otra cosa que la relación entre el trabajo no pagado, transformado en capital, y el trabajo adicional necesario para poner en movimiento el capital adicional. No es, pues, en modo alguno una relación entre dos magnitudes independientes entre sí, por un lado la magnitud del capital y por otro el número de la población obrera, sino que es más bien, en última instancia, solo la relación entre el trabajo no pagado y el trabajo pagado de la misma población obrera. Si la cantidad de trabajo no pagado que suministra la clase obrera y acumula la clase capitalista crece con la rapidez suficiente para que solo pueda transformarse en capital mediante un aporte extraordinario de trabajo pagado, el salario sube y, permaneciendo igual todo lo demás, el trabajo no pagado disminuye proporcionalmente. Pero en cuanto esta disminución toca el punto en que el plustrabajo que alimenta al capital ya no se ofrece en la cantidad normal, se produce una reacción: se capitaliza una parte menor de la renta, la acumulación se paraliza y el movimiento ascendente de los salarios recibe un contragolpe. El aumento del precio del trabajo queda, pues, confinado dentro de límites que no solo dejan intactos los fundamentos del sistema capitalista, sino que aseguran también su reproducción en escala creciente. La ley de la acumulación capitalista, mistificada como ley natural, no expresa, pues, en realidad, más que esto: que su naturaleza excluye toda disminución del grado de explotación del trabajo o toda subida del precio del trabajo que pudiera poner seriamente en peligro la reproducción constante de la relación capitalista y su reproducción en una escala siempre ampliada. No puede ser de otro modo en un modo de producción en el que el obrero existe para las necesidades de valorización de los valores ya existentes, en lugar de existir, a la inversa, la riqueza objetiva para las necesidades de desarrollo del obrero. Así como en la religión el hombre está dominado por la obra de su propia cabeza, en la producción capitalista lo está por la obra de su propia mano.[^k15-77a]

### 2. Disminución relativa de la parte variable del capital en el curso de la acumulación y de la concentración que la acompaña

Según los propios economistas, no es ni el volumen existente de la riqueza social ni la magnitud del capital ya adquirido lo que provoca un aumento de los salarios, sino únicamente el crecimiento continuado de la acumulación y el grado de velocidad de su crecimiento (A. Smith, libro 1, cap. 8). Hasta aquí solo hemos considerado una fase particular de este proceso, aquella en que el incremento del capital tiene lugar sin cambio en la composición técnica del capital. Pero el proceso va más allá de esta fase.

Dados una vez los fundamentos generales del sistema capitalista, en el curso de la acumulación llega siempre un punto en que el desarrollo de la productividad del trabajo social se convierte en la palanca más poderosa de la acumulación.

> «La misma causa», dice A. Smith, «que eleva los salarios, a saber, el aumento del capital, impulsa el incremento de las capacidades productivas del trabajo y pone a una cantidad menor de trabajo en condiciones de producir una cantidad mayor de productos».

Prescindiendo de las condiciones naturales, como la fertilidad del suelo, etc., y de la destreza de los productores independientes que trabajan aisladamente, la cual, sin embargo, se acredita más cualitativamente en la bondad que cuantitativamente en la masa de lo producido, el grado social de productividad del trabajo se expresa en el volumen relativo de los medios de producción que un obrero, durante un tiempo dado y con la misma tensión de la fuerza de trabajo, transforma en producto. La masa de los medios de producción con que funciona crece con la productividad de su trabajo. Estos medios de producción desempeñan aquí un doble papel. El crecimiento de unos es consecuencia, el de otros condición, de la creciente productividad del trabajo. Por ejemplo, con la división manufacturera del trabajo y el empleo de maquinaria se elabora en el mismo tiempo más materia prima, y entra, por tanto, en el proceso de trabajo una masa mayor de materias primas y materias auxiliares. Esta es la consecuencia de la creciente productividad del trabajo. Por otra parte, la masa de la maquinaria, del ganado de labor, del abono mineral, de los tubos de drenaje, etc., empleados es condición de la creciente productividad del trabajo. Lo mismo ocurre con la masa de medios de producción concentrada en edificios, hornos gigantescos, medios de transporte, etc. Pero, sea condición o consecuencia, el volumen creciente de los medios de producción en comparación con la fuerza de trabajo incorporada a ellos expresa la creciente productividad del trabajo. El aumento de esta aparece, pues, en la disminución de la masa de trabajo en proporción a la masa de medios de producción que mueve, o en la disminución de la magnitud del factor subjetivo del proceso de trabajo comparado con sus factores objetivos.

Este cambio en la composición técnica del capital, el crecimiento de la masa de los medios de producción comparada con la masa de la fuerza de trabajo que los anima, se refleja en su composición de valor, en el aumento de la parte integrante constante del valor del capital a costa de su parte integrante variable. Por ejemplo, de un capital, calculado en porcentajes, se invierte al principio un 50 % en medios de producción y un 50 % en fuerza de trabajo; más tarde, con el desarrollo del grado de productividad del trabajo, un 80 % en medios de producción y un 20 % en fuerza de trabajo, etc. Esta ley del crecimiento progresivo de la parte constante del capital en proporción a la variable se confirma a cada paso (como ya se expuso más arriba) por el análisis comparativo de los precios de las mercancías, tanto si comparamos distintas épocas económicas de una sola nación como si comparamos distintas naciones en la misma época. La magnitud relativa del elemento del precio que solo representa el valor de los medios de producción consumidos, o la parte constante del capital, estará en razón directa, y la magnitud relativa del otro elemento del precio, el que paga el trabajo o representa la parte variable del capital, estará por lo general en razón inversa, del progreso de la acumulación.

Sin embargo, la disminución de la parte variable del capital frente a la constante, o la composición alterada del valor del capital, solo indica aproximadamente el cambio en la composición de sus partes integrantes materiales. Si, por ejemplo, el valor del capital invertido hoy en la hilatura es en sus 7/8 constante y en 1/8 variable, mientras que a comienzos del siglo XVIII era en 1/2 constante y en 1/2 variable, la masa de materia prima, de medios de trabajo, etc., que una cantidad determinada de trabajo de hilatura consume hoy productivamente es, en cambio, cientos de veces mayor que a comienzos del siglo XVIII. La razón es sencillamente que, con la creciente productividad del trabajo, no solo aumenta el volumen de los medios de producción que este consume, sino que su valor, comparado con su volumen, disminuye. Su valor aumenta, pues, en términos absolutos, pero no en proporción a su volumen. El crecimiento de la diferencia entre el capital constante y el variable es, por eso, mucho menor que el de la diferencia entre la masa de los medios de producción en que se convierte el capital constante y la masa de fuerza de trabajo en que se convierte el variable. La primera diferencia aumenta con la segunda, pero en menor grado.

Por lo demás, si el progreso de la acumulación reduce la magnitud relativa de la parte variable del capital, no excluye con ello en absoluto el incremento de su magnitud absoluta. Supongamos que un valor de capital se divide al principio en un 50 % de capital constante y un 50 % de capital variable, y más tarde en un 80 % de constante y un 20 % de variable. Si entretanto el capital originario, digamos de 6.000 £, ha crecido hasta 18.000 £, también su parte integrante variable ha crecido en 1/5. Era de 3.000 £ y ahora es de 3.600 £. Pero donde antes habría bastado un incremento del capital del 20 % para aumentar en un 20 % la demanda de trabajo, ahora eso exige triplicar el capital originario.

En la sección cuarta se mostró cómo el desarrollo de la fuerza productiva social del trabajo presupone la cooperación en gran escala; cómo solo bajo este supuesto puede organizarse la división y combinación del trabajo, economizarse los medios de producción mediante su concentración masiva, crearse medios de trabajo que ya por su materialidad solo pueden emplearse en común, por ejemplo el sistema de la maquinaria, etc., ponerse al servicio de la producción enormes fuerzas naturales y llevarse a cabo la transformación del proceso de producción en aplicación tecnológica de la ciencia. Sobre la base de la producción de mercancías, donde los medios de producción son propiedad de particulares y donde, por consiguiente, el trabajador manual o bien produce mercancías aislado e independiente, o bien vende su fuerza de trabajo como mercancía porque le faltan los medios para trabajar por su cuenta, aquel supuesto solo se realiza mediante el crecimiento de los capitales individuales o en la medida en que los medios sociales de producción y de subsistencia se transforman en propiedad privada de capitalistas. El terreno de la producción de mercancías solo puede sostener la producción en gran escala en forma capitalista. Una cierta acumulación de capital en manos de productores individuales de mercancías constituye, por eso, el supuesto del modo de producción específicamente capitalista. Por eso tuvimos que presuponerla al tratar del paso del artesanado a la explotación capitalista. Puede llamarse acumulación originaria, porque, en lugar de resultado histórico, es fundamento histórico de la producción específicamente capitalista. Cómo surge ella misma no necesitamos investigarlo todavía. Basta con que constituye el punto de partida. Pero todos los métodos para incrementar la fuerza productiva social del trabajo que brotan sobre esta base son a la vez métodos de producción incrementada de plusvalía o de plusproducto, que es a su vez el elemento formador de la acumulación. Son, pues, a la vez métodos de producción de capital por medio de capital, o métodos de su acumulación acelerada. La continua retransformación de plusvalía en capital se presenta como magnitud creciente del capital que entra en el proceso de producción. Esta se convierte a su vez en fundamento de una escala ampliada de la producción, de los métodos que la acompañan para incrementar la fuerza productiva del trabajo y de una producción acelerada de plusvalía. Así pues, si un cierto grado de acumulación del capital aparece como condición del modo de producción específicamente capitalista, este último provoca, por repercusión, una acumulación acelerada del capital. Con la acumulación del capital se desarrolla, por eso, el modo de producción específicamente capitalista, y con el modo de producción específicamente capitalista, la acumulación del capital. Estos dos factores económicos generan, en razón compuesta del impulso que se dan recíprocamente, el cambio en la composición técnica del capital por el cual la parte integrante variable se hace cada vez más pequeña comparada con la constante.

Todo capital individual es una concentración mayor o menor de medios de producción, con el correspondiente mando sobre un ejército mayor o menor de obreros. Toda acumulación se convierte en medio de una nueva acumulación. Con la masa incrementada de la riqueza que funciona como capital, la acumulación amplía su concentración en manos de capitalistas individuales y, por tanto, la base de la producción en gran escala y de los métodos de producción específicamente capitalistas. El crecimiento del capital social se lleva a cabo en el crecimiento de muchos capitales individuales. Suponiendo que todas las demás circunstancias permanezcan iguales, los capitales individuales, y con ellos la concentración de los medios de producción, crecen en la proporción en que constituyen partes alícuotas del capital social total. Al mismo tiempo se desprenden de los capitales originarios vástagos que funcionan como nuevos capitales independientes. Un gran papel desempeña en ello, entre otras cosas, la división de la fortuna en las familias capitalistas. Con la acumulación del capital crece también, por eso, en mayor o menor medida, el número de capitalistas. Dos puntos caracterizan esta clase de concentración, que descansa directamente en la acumulación o, más bien, es idéntica a ella. Primero: la creciente concentración de los medios sociales de producción en manos de capitalistas individuales está limitada, permaneciendo iguales las demás circunstancias, por el grado de crecimiento de la riqueza social. Segundo: la parte del capital social asentada en cada esfera particular de la producción está repartida entre muchos capitalistas, que se enfrentan unos a otros como productores de mercancías independientes y en competencia entre sí. La acumulación y la concentración que la acompaña no solo están, pues, dispersas en muchos puntos, sino que el crecimiento de los capitales en funciones se ve contrarrestado por la formación de nuevos capitales y la escisión de los antiguos. Por eso, si la acumulación se presenta por un lado como concentración creciente de los medios de producción y del mando sobre el trabajo, se presenta por otro como repulsión recíproca de muchos capitales individuales.

A esta dispersión del capital social total en muchos capitales individuales, o a la repulsión recíproca de sus fracciones, se opone su atracción. Esta ya no es la simple concentración de medios de producción y de mando sobre el trabajo, idéntica a la acumulación. Es concentración de capitales ya formados, abolición de su independencia individual, expropiación de capitalista por capitalista, transformación de muchos capitales menores en pocos capitales mayores. Este proceso se distingue del primero en que solo presupone una distribución alterada de los capitales ya existentes y en funciones, y en que su campo de acción no está limitado, pues, por el crecimiento absoluto de la riqueza social o por los límites absolutos de la acumulación. El capital se hincha aquí en una mano hasta formar grandes masas porque allí se pierde en muchas manos. Es la centralización propiamente dicha, a diferencia de la acumulación y la concentración.

Las leyes de esta centralización de los capitales, o de la atracción de capital por capital, no pueden desarrollarse aquí. Basta una breve indicación de los hechos. La lucha de la competencia se libra abaratando las mercancías. La baratura de las mercancías depende, *caeteris paribus*, de la productividad del trabajo, y esta, a su vez, de la escala de la producción. Por eso los capitales mayores derrotan a los menores. Se recordará, además, que con el desarrollo del modo de producción capitalista crece el volumen mínimo del capital individual que se requiere para llevar un negocio en sus condiciones normales. Por eso los capitales menores se agolpan en esferas de la producción de las que la gran industria solo se ha adueñado aún esporádica o imperfectamente. La competencia hace estragos aquí en razón directa del número y en razón inversa de la magnitud de los capitales rivales. Termina siempre con la ruina de muchos capitalistas menores, cuyos capitales pasan en parte a manos del vencedor y en parte se hunden. Aparte de esto, con la producción capitalista se forma un poder completamente nuevo, el sistema de crédito, que en sus comienzos se introduce furtivamente como modesto auxiliar de la acumulación y, por hilos invisibles, atrae a manos de capitalistas individuales o asociados los medios pecuniarios dispersos en masas mayores o menores por la superficie de la sociedad, pero que pronto se convierte en un arma nueva y temible en la lucha de la competencia y acaba transformándose en un inmenso mecanismo social para la centralización de los capitales.

En la medida en que se desarrollan la producción y la acumulación capitalistas, en esa misma medida se desarrollan la competencia y el crédito, las dos palancas más poderosas de la centralización. Junto a ello, el progreso de la acumulación multiplica la materia centralizable, es decir, los capitales individuales, mientras que la expansión de la producción capitalista crea aquí la necesidad social y allí los medios técnicos de aquellas enormes empresas industriales cuya realización está ligada a una centralización previa del capital. Hoy en día, pues, la fuerza de atracción recíproca de los capitales individuales y la tendencia a la centralización son más fuertes que nunca. Pero aunque la extensión relativa y la energía del movimiento centralizador estén determinadas en cierto grado por la magnitud ya alcanzada de la riqueza capitalista y por la superioridad del mecanismo económico, el progreso de la centralización no depende en modo alguno del crecimiento positivo de la magnitud del capital social. Y esto es lo que distingue en especial la centralización de la concentración, que no es más que otra expresión de la reproducción en escala ampliada. La centralización puede efectuarse mediante una mera distribución alterada de capitales ya existentes, mediante un simple cambio en la agrupación cuantitativa de las partes integrantes del capital social. El capital puede crecer aquí hasta formar masas enormes en una mano porque allí se sustrae a muchas manos individuales. En una rama de negocios dada, la centralización habría alcanzado su límite extremo si todos los capitales invertidos en ella se hubieran fundido en un solo capital individual.[^k15-77b] En una sociedad dada, este límite solo se alcanzaría en el momento en que todo el capital social estuviera reunido en manos, ya de un solo capitalista, ya de una sola sociedad de capitalistas.

La centralización completa la obra de la acumulación al poner a los capitalistas industriales en condiciones de ampliar la escala de sus operaciones. Ya sea este último resultado consecuencia de la acumulación o de la centralización; ya se lleve a cabo la centralización por la vía violenta de la anexión —cuando ciertos capitales se convierten para otros en centros de gravitación tan preponderantes que rompen su cohesión individual y atraen luego hacia sí los fragmentos sueltos— o se produzca la fusión de una multitud de capitales ya formados o en vías de formación mediante el procedimiento más suave de la constitución de sociedades por acciones, el efecto económico es el mismo. La extensión aumentada de los establecimientos industriales constituye en todas partes el punto de partida para una organización más amplia del trabajo colectivo de muchos, para un desarrollo más vasto de sus fuerzas motrices materiales, es decir, para la transformación progresiva de procesos de producción aislados y llevados a cabo según la costumbre en procesos de producción socialmente combinados y científicamente ordenados.

Pero está claro que la acumulación, el aumento gradual del capital mediante la reproducción que pasa de la forma circular a la espiral, es un procedimiento harto lento comparado con la centralización, que solo necesita cambiar la agrupación cuantitativa de las partes integrantes del capital social. El mundo estaría todavía sin ferrocarriles si hubiera tenido que esperar hasta que la acumulación hubiera puesto a algunos capitales individuales en condiciones de afrontar la construcción de un ferrocarril. La centralización, en cambio, lo ha conseguido en un abrir y cerrar de ojos por medio de las sociedades por acciones. Y mientras la centralización intensifica y acelera así los efectos de la acumulación, amplía y acelera al mismo tiempo las revoluciones en la composición técnica del capital que aumentan su parte constante a costa de su parte variable y reducen con ello la demanda relativa de trabajo.

Las masas de capital soldadas de la noche a la mañana por la centralización se reproducen y se multiplican como las demás, solo que más deprisa, y se convierten con ello en nuevas y poderosas palancas de la acumulación social. Así pues, cuando se habla del progreso de la acumulación social, en él quedan tácitamente comprendidos —hoy en día— los efectos de la centralización.

Los capitales adicionales formados en el curso de la acumulación normal (véase cap. XXII, 1) sirven preferentemente de vehículo para la explotación de nuevos inventos y descubrimientos y, en general, de perfeccionamientos industriales. Pero también el capital antiguo alcanza con el tiempo el momento de su renovación de pies a cabeza, en que cambia de piel y renace igualmente en la forma técnica perfeccionada en la que una masa menor de trabajo basta para poner en movimiento una masa mayor de maquinaria y materias primas. La disminución absoluta de la demanda de trabajo que de ello se sigue necesariamente será, como es natural, tanto mayor cuanto más se hayan amontonado ya en masas, en virtud del movimiento centralizador, los capitales que pasan por este proceso de renovación.

Así pues, por una parte, el capital adicional formado en el curso de la acumulación atrae, en proporción a su magnitud, cada vez menos obreros. Por otra parte, el capital antiguo, reproducido periódicamente con una nueva composición, repele a un número cada vez mayor de obreros a los que antes empleaba.

### 3. Producción progresiva de una superpoblación relativa o ejército industrial de reserva

La acumulación del capital, que al principio solo aparecía como su ampliación cuantitativa, se lleva a cabo, como hemos visto, en un cambio cualitativo continuo de su composición, en un aumento constante de su parte integrante constante a costa de la variable.[^k15-77c]

El modo de producción específicamente capitalista, el desarrollo de la fuerza productiva del trabajo que le corresponde y el cambio que de ello resulta en la composición orgánica del capital no solo marchan al paso del progreso de la acumulación o del crecimiento de la riqueza social. Avanzan con rapidez incomparablemente mayor, porque la acumulación simple, o la extensión absoluta del capital total, va acompañada de la centralización de sus elementos individuales, y la revolución técnica del capital adicional, de la revolución técnica del capital originario. Con el avance de la acumulación, pues, la proporción entre la parte constante y la parte variable del capital, si al principio era de 1 : 1, se transforma en 2 : 1, 3 : 1, 4 : 1, 5 : 1, 7 : 1, etc., de modo que, a medida que el capital crece, en lugar de la 1/2 de su valor total solo se convierte progresivamente en fuerza de trabajo 1/3, 1/4, 1/5, 1/6, 1/8, etc., y en cambio 2/3, 3/4, 4/5, 5/6, 7/8, etc., en medios de producción. Como la demanda de trabajo no está determinada por el volumen del capital total, sino por el de su parte integrante variable, disminuye progresivamente con el crecimiento del capital total, en lugar de crecer proporcionalmente con él, como antes se suponía. Disminuye en relación con la magnitud del capital total y en progresión acelerada con el crecimiento de esta magnitud. Con el crecimiento del capital total crece ciertamente también su parte integrante variable, o la fuerza de trabajo incorporada a él, pero en una proporción que disminuye constantemente. Se acortan los intervalos en los que la acumulación actúa como mera ampliación de la producción sobre una base técnica dada. No solo se requiere una acumulación del capital total acelerada en progresión creciente para absorber un número adicional de obreros de magnitud dada, o incluso, debido a la metamorfosis constante del capital antiguo, para dar ocupación al que ya está en funciones. Por su parte, esta acumulación y centralización crecientes se convierten a su vez en fuente de nuevos cambios en la composición del capital, o de una disminución nuevamente acelerada de su parte integrante variable en comparación con la constante. Esta disminución relativa de su parte integrante variable, acelerada con el crecimiento del capital total y acelerada más deprisa que su propio crecimiento, aparece, por otro lado, a la inversa, como un crecimiento absoluto de la población obrera siempre más rápido que el del capital variable o de sus medios de ocupación. La acumulación capitalista, por el contrario, produce constantemente, y en proporción a su energía y a su volumen, una población obrera relativa, es decir, excesiva para las necesidades medias de valorización del capital, y por tanto superflua o adicional.

Considerando el capital social total, el movimiento de su acumulación provoca unas veces cambios periódicos, mientras que otras veces sus momentos se distribuyen simultáneamente entre las distintas esferas de la producción. En algunas esferas se produce un cambio en la composición del capital sin crecimiento de su magnitud absoluta, a consecuencia de la mera concentración; en otras, el crecimiento absoluto del capital va unido a una disminución absoluta de su parte integrante variable o de la fuerza de trabajo que absorbe; en otras, el capital unas veces sigue creciendo sobre su base técnica dada y atrae fuerza de trabajo adicional en proporción a su crecimiento, y otras veces se produce un cambio orgánico y su parte integrante variable se contrae; en todas las esferas, el crecimiento de la parte variable del capital, y por tanto del número de obreros ocupados, va siempre unido a fuertes fluctuaciones y a una producción pasajera de superpoblación, ya tome esta la forma más llamativa de la repulsión de obreros ya ocupados, ya la menos visible, pero no menos eficaz, de una absorción más difícil de la población obrera adicional por sus canales de salida habituales.[^k15-78] Con la magnitud del capital social que ya está en funciones y el grado de su crecimiento, con la ampliación de la escala de la producción y de la masa de obreros puestos en movimiento, con el desarrollo de la fuerza productiva de su trabajo, con el caudal más ancho y más pleno de todos los manantiales de la riqueza, se amplía también la escala en que una mayor atracción de obreros por el capital va unida a una mayor repulsión de los mismos, aumenta la rapidez de los cambios en la composición orgánica del capital y en su forma técnica, y se ensancha el círculo de las esferas de la producción afectadas por ellos, unas veces simultánea y otras alternativamente. Con la acumulación del capital producida por ella misma, la población obrera produce, pues, en volumen creciente, los medios de su propia conversión en relativamente supernumeraria.[^k15-79] Esta es una ley de población peculiar del modo de producción capitalista, como en efecto todo modo de producción histórico particular tiene sus leyes de población particulares, históricamente válidas. Una ley de población abstracta solo existe para las plantas y los animales, en la medida en que el hombre no interviene históricamente.

Pero si una población obrera excedente es producto necesario de la acumulación o del desarrollo de la riqueza sobre base capitalista, esta superpoblación se convierte a su vez en palanca de la acumulación capitalista, e incluso en una condición de existencia del modo de producción capitalista. Constituye un ejército industrial de reserva disponible, que pertenece al capital de modo tan absoluto como si este lo hubiera criado a su propia costa. Crea para sus cambiantes necesidades de valorización el material humano explotable siempre dispuesto, con independencia de los límites del aumento real de la población. Con la acumulación y el desarrollo de la fuerza productiva del trabajo que la acompaña, crece la fuerza de expansión repentina del capital, no solo porque crece la elasticidad del capital en funciones y la riqueza absoluta, de la que el capital solo constituye una parte elástica, no solo porque el crédito, bajo cualquier estímulo particular, pone en un abrir y cerrar de ojos una parte inusual de esta riqueza a disposición de la producción como capital adicional. Las condiciones técnicas del propio proceso de producción, la maquinaria, los medios de transporte, etc., permiten, en la mayor escala, la transformación más rápida del plusproducto en medios de producción adicionales. La masa de la riqueza social que se desborda con el progreso de la acumulación y es transformable en capital adicional se precipita con frenesí en viejas ramas de la producción cuyo mercado se amplía de repente, o en ramas recién abiertas, como los ferrocarriles, etc., cuya necesidad nace del desarrollo de las antiguas. En todos estos casos tiene que ser posible lanzar de repente grandes masas humanas a los puntos decisivos sin interrumpir la escala de la producción en otras esferas. La superpoblación las suministra. El curso vital característico de la industria moderna, la forma de un ciclo decenal, interrumpido por oscilaciones menores, de periodos de animación media, producción a toda presión, crisis y estancamiento, descansa en la formación constante, la absorción mayor o menor y la nueva formación del ejército industrial de reserva o superpoblación. A su vez, las vicisitudes del ciclo industrial reclutan la superpoblación y se convierten en uno de sus agentes de reproducción más enérgicos.

Este curso vital peculiar de la industria moderna, que no encontramos en ninguna época anterior de la humanidad, era también imposible en el periodo de infancia de la producción capitalista. La composición del capital solo variaba muy paulatinamente. A su acumulación correspondía, pues, en conjunto, un crecimiento proporcional de la demanda de trabajo. Por lento que fuera el progreso de su acumulación comparado con la época moderna, chocaba con límites naturales de la población obrera explotable, que solo podían apartarse mediante los medios violentos que se mencionarán más adelante. La expansión súbita y a saltos de la escala de la producción es el supuesto de su contracción súbita; esta, a su vez, provoca de nuevo la primera, pero la primera es imposible sin material humano disponible, sin un aumento de los obreros independiente del crecimiento absoluto de la población. Este aumento se crea mediante el simple proceso que «libera» constantemente a una parte de los obreros, mediante métodos que reducen el número de obreros ocupados en proporción a la producción aumentada. Toda la forma de movimiento de la industria moderna nace, pues, de la transformación constante de una parte de la población obrera en brazos desocupados o semiocupados. La superficialidad de la economía política se muestra, entre otras cosas, en que convierte la expansión y contracción del crédito, mero síntoma de los periodos alternos del ciclo industrial, en causa de estos. Exactamente igual que los cuerpos celestes, una vez lanzados en un movimiento determinado, lo repiten siempre, así ocurre con la producción social en cuanto se ve lanzada a aquel movimiento de expansión y contracción alternas. Los efectos se convierten a su vez en causas, y las vicisitudes de todo el proceso, que reproduce siempre sus propias condiciones, adoptan la forma de la periodicidad. Una vez consolidada esta, hasta la economía política comprende la producción de una población relativa, es decir, excesiva respecto a la necesidad media de valorización del capital, como condición vital de la industria moderna.

> «Supongamos», dice H. Merivale, antes profesor de economía política en Oxford y después funcionario del Ministerio de Colonias inglés, «supongamos que, con ocasión de una crisis, la nación se esforzara por librarse, mediante la emigración, de algunos centenares de miles de brazos superfluos: ¿cuál sería la consecuencia? Que al primer retorno de la demanda de trabajo habría escasez. Por rápida que sea la reproducción de los hombres, necesita en todo caso el intervalo de una generación para reponer a los obreros adultos. Ahora bien, las ganancias de nuestros fabricantes dependen principalmente del poder de explotar el momento favorable de la demanda animada y resarcirse así del periodo de flojedad. Este poder solo les está asegurado por el mando sobre la maquinaria y el trabajo manual. Tienen que encontrar brazos disponibles; tienen que ser capaces de tensar o aflojar, si es necesario, la actividad de sus operaciones según el estado del mercado, o de lo contrario no pueden en modo alguno mantener, en la cacería de la competencia, la preponderancia en que se funda la riqueza de este país».[^k15-80]

Hasta Malthus reconoce en la superpoblación, que, con su estrechez de miras, explica por un crecimiento absoluto excesivo de la población obrera y no por su conversión relativa en supernumeraria, una necesidad de la industria moderna. Dice:

> «Unos hábitos prudentes respecto al matrimonio, llevados hasta cierto punto entre la clase obrera de un país que depende principalmente de la manufactura y del comercio, le serían perjudiciales... Dada la naturaleza de la población, un aumento de obreros no puede llevarse al mercado, a consecuencia de una demanda particular, hasta pasados 16 o 18 años, y la transformación de renta en capital mediante el ahorro puede producirse mucho más deprisa; un país está siempre expuesto a que su fondo de trabajo crezca más deprisa que la población».[^k15-81]

Después de declarar así que la producción constante de una superpoblación relativa de obreros es una necesidad de la acumulación capitalista, la economía política, y de manera muy adecuada en la figura de una vieja solterona, pone en boca del *beau idéal* de su capitalista las siguientes palabras dirigidas a los «supernumerarios» que su propia creación de capital adicional ha arrojado a la calle:

> «Nosotros, los fabricantes, hacemos por vosotros lo que podemos aumentando el capital del que tenéis que subsistir; y vosotros tenéis que hacer el resto, ajustando vuestro número a los medios de subsistencia».[^k15-82]

A la producción capitalista no le basta en modo alguno la cantidad de fuerza de trabajo disponible que suministra el crecimiento natural de la población. Para su libre juego necesita un ejército industrial de reserva independiente de este límite natural.

Hasta aquí se ha supuesto que al aumento o la disminución del capital variable corresponde exactamente el aumento o la disminución del número de obreros ocupados.

Sin embargo, aunque el número de obreros que manda permanezca igual o incluso disminuya, el capital variable crece si el obrero individual suministra más trabajo y por eso crece su salario, aunque el precio del trabajo permanezca igual o incluso baje, solo que más despacio de lo que aumenta la masa de trabajo. El incremento del capital variable se convierte entonces en índice de más trabajo, pero no de más obreros ocupados. Todo capitalista tiene un interés absoluto en exprimir una cantidad determinada de trabajo a un número menor de obreros en lugar de exprimirla, igual de barata o incluso más barata, a un número mayor. En este último caso, el desembolso de capital constante crece en proporción a la masa de trabajo puesta en movimiento; en el primero, mucho más despacio. Cuanto mayor es la escala de la producción, más decisivo es este motivo. Su peso crece con la acumulación del capital.

Hemos visto que el desarrollo del modo de producción capitalista y de la fuerza productiva del trabajo —a la vez causa y efecto de la acumulación— capacita al capitalista para poner en movimiento más trabajo con el mismo desembolso de capital variable, mediante una mayor explotación extensiva o intensiva de las fuerzas de trabajo individuales. Hemos visto, además, que con el mismo valor de capital compra más fuerzas de trabajo desplazando progresivamente a los obreros más diestros por otros menos diestros, a los maduros por los inmaduros, a los varones por mujeres, la fuerza de trabajo adulta por fuerza de trabajo juvenil o infantil.[^k15-t23]

Así pues, en el curso de la acumulación, por una parte un capital variable mayor pone en movimiento más trabajo sin reclutar más obreros; por otra, un capital variable de la misma magnitud pone en movimiento más trabajo con la misma masa de fuerza de trabajo, y, por último, más fuerzas de trabajo inferiores desplazando a las superiores.

La producción de una superpoblación relativa, o la liberación de obreros, avanza por eso aún más deprisa que la revolución técnica del proceso de producción, acelerada ya de por sí con el progreso de la acumulación, y que la correspondiente disminución proporcional de la parte variable del capital frente a la constante. Si los medios de producción, a medida que aumentan en volumen y eficacia, se convierten en menor grado en medios de ocupación de los obreros, esta relación se modifica a su vez por el hecho de que, a medida que crece la fuerza productiva del trabajo, el capital aumenta su oferta de trabajo más deprisa que su demanda de obreros. El exceso de trabajo de la parte ocupada de la clase obrera engrosa las filas de su reserva, mientras que, a la inversa, la mayor presión que esta ejerce con su competencia sobre la primera la obliga al exceso de trabajo y a someterse a los dictados del capital. La condena de una parte de la clase obrera a la ociosidad forzosa por el exceso de trabajo de la otra parte, y viceversa, se convierte en medio de enriquecimiento del capitalista individual[^k15-83] y acelera al mismo tiempo la producción del ejército industrial de reserva en una escala que corresponde al progreso de la acumulación social. Inglaterra, por ejemplo, demuestra la importancia de este momento en la formación de la superpoblación relativa. Sus medios técnicos para «ahorrar» trabajo son colosales. Sin embargo, si mañana se limitara el trabajo con carácter general a una medida racional y se volviera a graduar adecuadamente según la edad y el sexo para las distintas capas de la clase obrera, la población obrera existente sería absolutamente insuficiente para proseguir la producción nacional a su escala actual. La gran mayoría de los obreros ahora «improductivos» tendría que transformarse en «productivos».

A grandes rasgos, los movimientos generales del salario están regulados exclusivamente por la expansión y contracción del ejército industrial de reserva, que corresponden a la alternancia de periodos del ciclo industrial. No están determinados, pues, por el movimiento del número absoluto de la población obrera, sino por la proporción cambiante en que la clase obrera se divide en ejército activo y ejército de reserva, por el aumento y la disminución del volumen relativo de la superpoblación, por el grado en que esta es unas veces absorbida y otras vuelta a liberar. Para la industria moderna, con su ciclo decenal y sus fases periódicas, que además, en el curso de la acumulación, se ven atravesadas por oscilaciones irregulares que se suceden cada vez con más rapidez, sería en verdad una bonita ley la que regulara la demanda y la oferta de trabajo no por la expansión y contracción del capital, es decir, según sus necesidades de valorización de cada momento, de modo que el mercado de trabajo apareciera unas veces relativamente desabastecido porque el capital se expande, y otras sobresaturado porque se contrae, sino que, a la inversa, hiciera depender el movimiento del capital del movimiento absoluto de la cifra de población. Pero este es el dogma económico. Según él, a consecuencia de la acumulación del capital sube el salario. El salario elevado estimula una multiplicación más rápida de la población obrera, y esta continúa hasta que el mercado de trabajo está sobresaturado y el capital, por tanto, se ha vuelto insuficiente en relación con la oferta de obreros. El salario baja, y ahora viene el reverso de la medalla. Por la caída del salario la población obrera se va diezmando poco a poco, de modo que frente a ella el capital vuelve a ser excesivo, o también, como lo explican otros, la caída del salario y la consiguiente explotación incrementada del obrero aceleran de nuevo la acumulación, mientras que al mismo tiempo el salario bajo mantiene a raya el crecimiento de la clase obrera. Así se restablece la situación en que la oferta de trabajo es inferior a la demanda de trabajo, el salario sube, etc. ¡Bonito método de movimiento este para la producción capitalista desarrollada! Antes de que, a consecuencia del aumento del salario, pudiera producirse ningún crecimiento positivo de la población realmente apta para el trabajo, habría vencido una y otra vez el plazo dentro del cual tiene que librarse la campaña industrial y darse y decidirse la batalla.

Entre 1849 y 1859 se produjo en los distritos agrícolas ingleses, al tiempo que bajaban los precios de los cereales, una subida de salarios que en la práctica solo era nominal; por ejemplo, en Wiltshire el salario semanal subió de 7 a 8 chelines; en Dorsetshire, de 7 u 8 a 9 chelines, etc. Fue la consecuencia de un drenaje extraordinario de la superpoblación agrícola, causado por la demanda de la guerra, la extensión masiva de las construcciones ferroviarias, las fábricas, las minas, etc. Cuanto más bajo es el salario, más alto se expresa en cifras porcentuales cualquier subida suya, por insignificante que sea. Si el salario semanal es, por ejemplo, de 20 chelines y sube a 22, sube un 10 %; si, en cambio, es solo de 7 chelines y sube a 9, sube un 28 4/7 %, lo que suena muy considerable. En todo caso, los arrendatarios pusieron el grito en el cielo, y hasta el *London Economist*[^k15-84] habló con toda seriedad de «*a general and substantial advance*»[^k15-t6] a propósito de estos salarios de hambre. ¿Qué hicieron entonces los arrendatarios? ¿Esperaron a que los jornaleros agrícolas, a consecuencia de esta brillante paga, se hubieran multiplicado tanto que su salario tuviera que volver a bajar, como ocurren las cosas en el cerebro dogmático de los economistas? Introdujeron más maquinaria, y en un abrir y cerrar de ojos los obreros volvían a ser «supernumerarios» en una proporción que satisfacía incluso a los arrendatarios. Ahora había «más capital» invertido en la agricultura que antes, y en una forma más productiva. Con ello, la demanda de trabajo cayó no solo en términos relativos, sino absolutos.

Aquella ficción económica confunde las leyes que regulan el movimiento general del salario, o la relación entre la clase obrera, es decir, la fuerza de trabajo total, y el capital social total, con las leyes que distribuyen la población obrera entre las esferas particulares de la producción. Si, por ejemplo, a consecuencia de una coyuntura favorable, la acumulación es especialmente animada en una determinada esfera de la producción, y las ganancias son allí mayores que las ganancias medias y el capital adicional afluye a ella, suben naturalmente la demanda de trabajo y el salario. El salario más alto atrae a una parte mayor de la población obrera a la esfera favorecida, hasta que esta queda saturada de fuerza de trabajo y el salario vuelve a caer, a la larga, a su anterior nivel medio, o por debajo de él si la afluencia fue demasiado grande. Entonces no solo cesa la inmigración de obreros a la rama de negocios en cuestión, sino que deja incluso su lugar a la emigración. Aquí el economista político cree ver «dónde y cómo», con el aumento del salario, un aumento absoluto de obreros, y con el aumento absoluto de los obreros, una disminución del salario; pero en realidad solo ve la oscilación local del mercado de trabajo de una esfera particular de la producción, solo ve fenómenos de la distribución de la población obrera entre las distintas esferas de inversión del capital, según sus cambiantes necesidades.

Durante los periodos de estancamiento y de prosperidad media, el ejército industrial de reserva presiona sobre el ejército obrero activo, y durante el periodo de sobreproducción y de paroxismo pone freno a sus pretensiones. La superpoblación relativa es, pues, el telón de fondo sobre el que se mueve la ley de la demanda y la oferta de trabajo. Encierra el campo de acción de esta ley dentro de los límites que convienen absolutamente a la avidez de explotación y al afán de dominio del capital. Este es el lugar para volver sobre una de las grandes hazañas de la apologética económica. Se recordará que, cuando por la introducción de maquinaria nueva o la ampliación de la antigua una porción de capital variable se transforma en capital constante, el apologeta de la economía interpreta esta operación, que «fija» capital y precisamente por ello «libera» obreros, a la inversa, como si liberara capital para el obrero. Solo ahora puede apreciarse en toda su magnitud el descaro del apologeta. Lo que se libera no son solo los obreros desplazados directamente por la máquina, sino también su contingente de reemplazo y el contingente adicional que, con la ampliación habitual del negocio sobre su antigua base, se absorbía regularmente. Ahora todos ellos están «liberados», y todo capital nuevo deseoso de funcionar puede disponer de ellos. Atraiga a estos o a otros, el efecto sobre la demanda general de trabajo será nulo mientras este capital baste justo para descargar al mercado de tantos obreros como las máquinas han arrojado a él. Si emplea un número menor, crece la cantidad de supernumerarios; si emplea uno mayor, la demanda general de trabajo solo crece en el excedente de los ocupados sobre los «liberados». El impulso que los capitales adicionales en busca de inversión habrían dado de otro modo a la demanda general de trabajo queda, pues, neutralizado en todo caso hasta donde alcanza el número de obreros arrojados a la calle por la máquina. Es decir, el mecanismo de la producción capitalista se encarga de que el aumento absoluto del capital no vaya acompañado de un incremento correspondiente de la demanda general de trabajo. ¡Y a esto llama el apologeta una compensación por la miseria, los sufrimientos y la posible ruina de los obreros desplazados durante el periodo de transición que los confina en el ejército industrial de reserva! La demanda de trabajo no es idéntica al crecimiento del capital, ni la oferta de trabajo al crecimiento de la clase obrera, como si se tratara de dos potencias independientes entre sí que actuaran la una sobre la otra. *Les dés sont pipés*.[^k15-t7] El capital actúa en los dos lados a la vez. Si su acumulación, por una parte, aumenta la demanda de trabajo, por otra aumenta la oferta de obreros mediante su «liberación», mientras que al mismo tiempo la presión de los desocupados obliga a los ocupados a poner en movimiento más trabajo y, por tanto, hace en cierto grado que la oferta de trabajo sea independiente de la oferta de obreros. El movimiento de la ley de la demanda y la oferta de trabajo sobre esta base consuma el despotismo del capital. Por eso, en cuanto los obreros descubren el secreto de cómo es posible que, en la misma medida en que trabajan más, producen más riqueza ajena y crece la fuerza productiva de su trabajo, hasta su función como medio de valorización del capital se vuelve cada vez más precaria para ellos; en cuanto descubren que el grado de intensidad de la competencia entre ellos mismos depende por entero de la presión de la superpoblación relativa; en cuanto, por tanto, tratan de organizar mediante las *trade unions*, etc., una cooperación planificada entre los ocupados y los desocupados para quebrar o debilitar las consecuencias ruinosas que aquella ley natural de la producción capitalista tiene para su clase, el capital y su sicofante, el economista político, ponen el grito en el cielo por la violación de la ley «eterna» y, por así decirlo, «sagrada» de la demanda y la oferta. Toda unión entre ocupados y desocupados perturba, en efecto, el juego «puro» de esa ley. Por otra parte, en cuanto, en las colonias por ejemplo, circunstancias adversas impiden la creación del ejército industrial de reserva y, con él, la dependencia absoluta de la clase obrera respecto de la clase capitalista, el capital, junto con su Sancho Panza de lugares comunes, se rebela contra la «sagrada» ley de la demanda y la oferta y trata de echarle una mano mediante medios coercitivos.

### 4. Distintas formas de existencia de la superpoblación relativa. La ley general de la acumulación capitalista

La superpoblación relativa existe en todos los matices posibles. Todo obrero forma parte de ella durante el tiempo en que está semiocupado o desocupado del todo. Prescindiendo de las grandes formas, periódicamente recurrentes, que le imprime la alternancia de fases del ciclo industrial, de modo que unas veces aparece de forma aguda en las crisis y otras de forma crónica en las épocas de negocios flojos, posee constantemente tres formas: fluctuante, latente y estancada.

En los centros de la industria moderna —fábricas, manufacturas, fundiciones y minas, etc.—, los obreros son unas veces repelidos y otras atraídos de nuevo en mayor volumen, de modo que, en general, el número de ocupados aumenta, aunque en una proporción siempre decreciente respecto a la escala de la producción. La superpoblación existe aquí en forma fluctuante.

Tanto en las fábricas propiamente dichas como en todos los grandes talleres en que la maquinaria entra como factor o en que simplemente se ha implantado la división moderna del trabajo, se necesitan en masa obreros varones hasta que dejan atrás la juventud. Una vez alcanzado este término, solo un número muy pequeño sigue siendo utilizable en las mismas ramas de negocios, mientras que la mayoría es despedida con regularidad. Esta mayoría constituye un elemento de la superpoblación fluctuante, que crece con el volumen de la industria. Una parte emigra y, en realidad, no hace más que viajar en pos del capital que emigra. Una de las consecuencias es que la población femenina crece más deprisa que la masculina; *teste* Inglaterra.[^k15-t8] Que el crecimiento natural de la masa obrera no sacie las necesidades de acumulación del capital y, sin embargo, las rebase al mismo tiempo es una contradicción de su propio movimiento. El capital necesita masas mayores de obreros de edad temprana, y menores de edad viril. Esta contradicción no es más clamorosa que la otra, la de que se oigan quejas por falta de brazos al mismo tiempo que muchos miles están en la calle porque la división del trabajo los encadena a una rama de negocios determinada.[^k15-85] Además, el consumo de la fuerza de trabajo por el capital es tan rápido que el obrero de mediana edad, la mayoría de las veces, ya está más o menos gastado. Cae en las filas de los supernumerarios o se ve empujado de un escalón superior a uno inferior. Precisamente entre los obreros de la gran industria encontramos la vida más corta.

> «El doctor Lee,[^k15-t24] funcionario de sanidad de Manchester, ha comprobado que en esa ciudad la duración media de la vida de la clase acomodada es de 38 años y la de la clase obrera de solo 17. En Liverpool es de 35 años para la primera y de 15 para la segunda. Se sigue, pues, que la clase privilegiada tiene un arriendo de vida (*have a lease of life*) más del doble que el de sus conciudadanos menos favorecidos».[^k15-85a]

En estas circunstancias, el crecimiento absoluto de esta fracción del proletariado requiere una forma que engruese su número aunque sus elementos se desgasten deprisa. Por tanto, un rápido relevo de las generaciones obreras. (La misma ley no rige para las demás clases de la población.) Esta necesidad social se satisface mediante los matrimonios tempranos, consecuencia necesaria de las condiciones en que viven los obreros de la gran industria, y mediante la prima que la explotación de los niños obreros pone a su producción.

En cuanto la producción capitalista se ha adueñado de la agricultura, o en el grado en que se ha adueñado de ella, la demanda de población obrera rural disminuye en términos absolutos con la acumulación del capital que funciona en ella, sin que su repulsión se vea complementada, como en la industria no agrícola, por una mayor atracción. Una parte de la población rural se encuentra, por eso, continuamente a punto de pasar al proletariado urbano o manufacturero, y al acecho de circunstancias favorables a esta transformación. (Manufactura, aquí, en el sentido de toda industria no agrícola.)[^k15-86] Esta fuente de la superpoblación relativa mana, pues, constantemente. Pero su flujo constante hacia las ciudades presupone en el propio campo una superpoblación latente continua, cuyo volumen solo se hace visible en cuanto los canales de salida se abren excepcionalmente de par en par. Por eso el jornalero agrícola se ve empujado hasta el mínimo del salario y tiene siempre un pie en el pantano del pauperismo.

La tercera categoría de la superpoblación relativa, la estancada, forma parte del ejército obrero activo, pero con una ocupación completamente irregular. Ofrece así al capital un depósito inagotable de fuerza de trabajo disponible. Su nivel de vida desciende por debajo del nivel normal medio de la clase trabajadora, y precisamente esto la convierte en amplia base de ramas de explotación propias del capital. La caracterizan el máximo de tiempo de trabajo y el mínimo de salario. Ya hemos conocido su figura principal bajo la rúbrica del trabajo a domicilio. Se recluta continuamente entre los supernumerarios de la gran industria y de la agricultura, y sobre todo también entre los de ramas industriales en decadencia, en las que el oficio artesanal sucumbe ante la manufactura y esta ante la máquina. Su volumen se amplía a medida que, con el volumen y la energía de la acumulación, avanza la «conversión en supernumerarios». Pero constituye al mismo tiempo un elemento de la clase obrera que se reproduce y se perpetúa a sí mismo y que toma una parte proporcionalmente mayor en el crecimiento total de esta que los demás elementos. En efecto, no solo la masa de los nacimientos y defunciones, sino también el tamaño absoluto de las familias está en razón inversa a la cuantía del salario, y por tanto a la masa de medios de subsistencia de que disponen las distintas categorías de obreros. Esta ley de la sociedad capitalista sonaría absurda entre salvajes o incluso entre colonos civilizados. Recuerda la reproducción masiva de especies animales individualmente débiles y muy acosadas.[^k15-87]

Por último, el sedimento más hondo de la superpoblación relativa habita la esfera del pauperismo. Prescindiendo de los vagabundos, los delincuentes, las prostitutas, en una palabra, del lumpenproletariado propiamente dicho, esta capa social consta de tres categorías. Primero, los aptos para el trabajo. Basta echar una ojeada superficial a la estadística del pauperismo inglés para comprobar que su masa se hincha con cada crisis y disminuye con cada reactivación de los negocios. Segundo: los huérfanos e hijos de pobres. Son candidatos al ejército industrial de reserva y en épocas de gran auge, como 1860, por ejemplo, se los enrola rápida y masivamente en el ejército obrero activo. Tercero: los degradados, los andrajosos, los incapacitados para el trabajo. Son, sobre todo, individuos que sucumben por la inmovilidad que les ha causado la división del trabajo, los que viven más allá de la edad normal de un obrero y, por último, las víctimas de la industria, cuyo número crece con la maquinaria peligrosa, la minería, las fábricas químicas, etc.: mutilados, enfermos, viudas, etc. El pauperismo constituye el asilo de inválidos del ejército obrero activo y el peso muerto del ejército industrial de reserva. Su producción está comprendida en la producción de la superpoblación relativa, y su necesidad en la necesidad de esta; junto con ella constituye una condición de existencia de la producción capitalista y del desarrollo de la riqueza. Forma parte de los *faux frais*[^k15-t9] de la producción capitalista, que el capital, sin embargo, sabe en gran parte quitarse de encima y cargar sobre los hombros de la clase obrera y de la pequeña clase media.

Cuanto mayores son la riqueza social, el capital en funciones, el volumen y la energía de su crecimiento, y por tanto también la magnitud absoluta del proletariado y la fuerza productiva de su trabajo, tanto mayor es el ejército industrial de reserva. La fuerza de trabajo disponible se desarrolla por las mismas causas que la fuerza expansiva del capital. La magnitud proporcional del ejército industrial de reserva crece, pues, con las potencias de la riqueza. Pero cuanto mayor es este ejército de reserva en proporción al ejército obrero activo, tanto más masiva es la superpoblación consolidada, cuya miseria está en razón inversa al tormento de su trabajo. Y cuanto mayores son, por último, la capa de Lázaro de la clase obrera y el ejército industrial de reserva, tanto mayor es el pauperismo oficial. *Esta es la ley absoluta, general, de la acumulación capitalista*. Como todas las demás leyes, en su realización se ve modificada por múltiples circunstancias cuyo análisis no corresponde a este lugar.

Se comprende la necedad de la sabiduría económica que predica a los obreros que adapten su número a las necesidades de valorización del capital. El mecanismo de la producción y la acumulación capitalistas adapta constantemente este número a esas necesidades de valorización. La primera palabra de esta adaptación es la creación de una superpoblación relativa o ejército industrial de reserva; la última, la miseria de capas cada vez más amplias del ejército obrero activo y el peso muerto del pauperismo.

La ley según la cual, gracias al progreso de la productividad del trabajo social, una masa siempre creciente de medios de producción puede ponerse en movimiento con un gasto de fuerza humana progresivamente decreciente, esta ley se expresa sobre base capitalista, donde no es el obrero quien emplea los medios de trabajo, sino los medios de trabajo los que emplean al obrero, en que, cuanto más alta es la fuerza productiva del trabajo, tanto mayor es la presión de los obreros sobre sus medios de ocupación, y tanto más precaria, por tanto, su condición de existencia: la venta de su propia fuerza para aumentar la riqueza ajena o para la autovalorización del capital. El crecimiento de los medios de producción y de la productividad del trabajo, más rápido que el de la población productiva, se expresa, pues, capitalistamente a la inversa: en que la población obrera crece siempre más deprisa que la necesidad de valorización del capital.

Vimos en la sección cuarta, al analizar la producción de la plusvalía relativa, que dentro del sistema capitalista todos los métodos para incrementar la fuerza productiva social del trabajo se llevan a cabo a costa del obrero individual; que todos los medios para desarrollar la producción se truecan en medios de dominación y explotación del productor, mutilan al obrero convirtiéndolo en un hombre parcial, lo degradan a apéndice de la máquina, aniquilan con el tormento de su trabajo el contenido de este, le enajenan las potencias espirituales del proceso de trabajo en la misma medida en que la ciencia se incorpora a este como potencia independiente; que deforman las condiciones dentro de las cuales trabaja, lo someten durante el proceso de trabajo al despotismo más mezquino y odioso, transforman el tiempo de su vida en tiempo de trabajo y arrojan a su mujer y a sus hijos bajo la rueda del carro de Juggernaut del capital.[^k15-t10] Pero todos los métodos para producir plusvalía son a la vez métodos de acumulación, y toda extensión de la acumulación se convierte, a la inversa, en medio para desarrollar aquellos métodos. Se sigue de ello que, a medida que se acumula el capital, la situación del obrero, sea cual sea su paga, alta o baja, tiene que empeorar. Por último, la ley que mantiene siempre la superpoblación relativa o ejército industrial de reserva en equilibrio con el volumen y la energía de la acumulación encadena al obrero al capital con más firmeza que las cuñas de Hefesto encadenaban a Prometeo a la roca. Condiciona una acumulación de miseria correspondiente a la acumulación de capital. La acumulación de riqueza en un polo es, pues, al mismo tiempo acumulación de miseria, tormento de trabajo, esclavitud, ignorancia, embrutecimiento y degradación moral en el polo opuesto, es decir, del lado de la clase que produce su propio producto como capital.

Este carácter antagónico de la acumulación capitalista[^k15-88] lo han expresado de distintas formas los economistas políticos, aunque en parte lo confunden con fenómenos de modos de producción precapitalistas que, si bien análogos, son esencialmente distintos.

El monje veneciano Ortes, uno de los grandes escritores económicos del siglo XVIII, concibe el antagonismo de la producción capitalista como ley natural general de la riqueza social.

> «El bien económico y el mal económico se mantienen siempre en equilibrio en una nación (*il bene ed il male economico in una nazione sempre all'istessa misura*); la abundancia de bienes para unos es siempre igual a la falta de ellos para otros (*la copia dei beni in alcuni sempre eguale alla mancanza di essi in altri*). La gran riqueza de unos va siempre acompañada de la privación absoluta de lo necesario en muchos más. La riqueza de una nación corresponde a su población, y su miseria corresponde a su riqueza. La laboriosidad de unos impone la ociosidad de otros. Los pobres y ociosos son un fruto necesario de los ricos y activos», etc.[^k15-89]

De manera completamente burda, unos diez años después de Ortes, el cura protestante de la Alta Iglesia Townsend glorificó la pobreza como condición necesaria de la riqueza.

> «La coacción legal al trabajo va unida a demasiado esfuerzo, violencia y ruido, mientras que el hambre no solo es una presión pacífica, silenciosa e incesante, sino que, como el motivo más natural para la laboriosidad y el trabajo, provoca el esfuerzo más poderoso».

Todo depende, pues, de hacer permanente el hambre entre la clase obrera, y de ello se encarga, según Townsend, el principio de la población, que actúa en especial entre los pobres.

> «Parece una ley natural que los pobres sean hasta cierto punto imprevisores (*improvident*)» (a saber, tan imprevisores como para venir al mundo sin una cuchara de oro en la boca), «de modo que siempre haya algunos (*that there always may be some*) para desempeñar las funciones más serviles, más sucias y más viles de la comunidad. El fondo de la felicidad humana (*the fund of human happiness*) aumenta con ello mucho; los más delicados (*the more delicate*) quedan libres de la brega y pueden dedicarse sin estorbo a vocaciones más elevadas, etc. ... La ley de pobres tiende a destruir la armonía y la belleza, la simetría y el orden de este sistema que Dios y la naturaleza han erigido en el mundo».[^k15-90]

Si el monje veneciano encontraba en el decreto del destino que perpetúa la miseria la razón de ser de la caridad cristiana, del celibato, de los conventos y de las fundaciones piadosas, el prebendado protestante, por el contrario, encuentra en él el pretexto para condenar las leyes en virtud de las cuales el pobre tenía derecho a un escaso socorro público.

> «El progreso de la riqueza social», dice Storch, «engendra esa clase útil de la sociedad... que ejerce las ocupaciones más fastidiosas, más viles y más repugnantes; que toma sobre sus hombros, en una palabra, todo lo que la vida tiene de desagradable y servil, y que procura precisamente con ello a las demás clases el tiempo, la serenidad de espíritu y la dignidad de carácter convencional» (*c'est bon!*)[^k15-t11] «etc.».[^k15-91]

Storch se pregunta cuál es, en realidad, la ventaja de esta civilización capitalista, con su miseria y la degradación de las masas, sobre la barbarie. Solo encuentra una respuesta: ¡la seguridad!

> «Gracias al progreso de la industria y de la ciencia», dice Sismondi, «cada obrero puede producir cada día mucho más de lo que necesita para su consumo. Pero al mismo tiempo, mientras su trabajo produce la riqueza, la riqueza, si él estuviera llamado a consumirla, lo haría poco apto para el trabajo». Según él, «los hombres» (es decir, los que no trabajan) «renunciarían probablemente a todos los perfeccionamientos de las artes, así como a todos los disfrutes que nos procura la industria, si tuvieran que comprarlos con un trabajo constante como el del obrero... Los esfuerzos están hoy separados de su recompensa; no es el mismo hombre el que primero trabaja y luego descansa: al contrario, precisamente porque uno trabaja, el otro tiene que descansar... La multiplicación infinita de la productividad del trabajo no puede tener, pues, otro resultado que el aumento del lujo y de los disfrutes de los ricos ociosos».[^k15-92]

Por último, Destutt de Tracy, el doctrinario burgués de sangre de pez, lo dice brutalmente:

> «Las naciones pobres son aquellas en que el pueblo vive bien, y las naciones ricas, aquellas en que es por lo común pobre».[^k15-93]

### 5. Ilustración de la ley general de la acumulación capitalista

#### a) Inglaterra de 1846 a 1866

Ningún periodo de la sociedad moderna es tan favorable para el estudio de la acumulación capitalista como el de los últimos veinte años transcurridos. Es como si hubiera encontrado la bolsa de Fortunato.[^k15-t13] Pero de todos los países es Inglaterra, una vez más, la que ofrece el ejemplo clásico, porque ocupa el primer lugar en el mercado mundial, porque solo aquí está plenamente desarrollado el modo de producción capitalista y porque, por último, la implantación del reino milenario del librecambio desde 1846 ha cortado a la economía vulgar su último escondrijo. El progreso titánico de la producción, de tal modo que la segunda mitad del periodo de veinte años supera ampliamente a la primera, ya se indicó suficientemente en la sección cuarta.

Aunque el crecimiento absoluto de la población inglesa en el último medio siglo fue muy grande, el crecimiento proporcional, o la tasa de aumento, disminuyó continuamente, como muestra la siguiente tabla tomada del censo oficial:

*Aumento porcentual anual de la población de Inglaterra y Gales, en decimales*

| 1811-1821 | 1,533 % |
|---|---|
| 1821-1831 | 1,446 % |
| 1831-1841 | 1,326 % |
| 1841-1851 | 1,216 % |
| 1851-1861 | 1,141 % |

Consideremos ahora, por otro lado, el crecimiento de la riqueza. El punto de apoyo más seguro lo ofrece aquí el movimiento de las ganancias, rentas de la tierra, etc., sujetas al impuesto sobre la renta. El aumento de las ganancias imponibles (sin incluir a los arrendatarios ni algunas otras rúbricas) fue en Gran Bretaña, de 1853 a 1864, del 50,47 % (o del 4,58 % de media anual)[^k15-94], y el de la población, durante el mismo periodo, de alrededor del 12 %. El aumento de las rentas imponibles de la tierra (incluidas casas, ferrocarriles, minas, pesquerías, etc.) fue de 1853 a 1864 del 38 %, o del 3 5/12 % anual, y las rúbricas que más contribuyeron a él fueron las siguientes:

| | Exceso del ingreso anual de 1864 sobre el de 1853 | Aumento por año |
|---|---|---|
| De casas: | 38,60 % | 3,50 % |
| Canteras: | 84,76 % | 7,70 % |
| Minas: | 68,85 % | 6,26 % |
| Fundiciones de hierro: | 39,92 % | 3,63 % |
| Pesquerías: | 57,37 % | 5,21 % |
| Fábricas de gas: | 126,02 % | 11,45 % |
| Ferrocarriles: | 83,29 % | 7,57 %[^k15-95] |

Si se comparan los periodos de cuatro años dentro del de 1853-1864, el grado de aumento de los ingresos crece continuamente. Para los procedentes de la ganancia, por ejemplo, es del 1,73 % anual en 1853-1857, del 2,74 % anual en 1857-1861 y del 9,30 % anual en 1861-1864. La suma total de los ingresos del Reino Unido sujetos al impuesto sobre la renta fue de 307.068.898 £ en 1856; de 328.127.416 £ en 1859; de 351.745.241 £ en 1862; de 359.142.897 £ en 1863; de 362.462.279 £ en 1864, y de 385.530.020 £ en 1865.[^k15-96]

La acumulación del capital fue acompañada al mismo tiempo de su concentración y centralización. Aunque no existía una estadística agrícola oficial para Inglaterra (sí para Irlanda), diez condados la suministraron voluntariamente. Dio como resultado que de 1851 a 1861 los arrendamientos de menos de 100 acres disminuyeron de 31.583 a 26.567, es decir, que 5.016 se habían fundido con arrendamientos mayores.[^k15-97] De 1815 a 1825 ninguna fortuna mobiliaria de más de 1 millón de £ cayó bajo el impuesto de sucesiones; en cambio, de 1825 a 1855 fueron 8, y de 1855 a junio de 1859, es decir, en 4 1/2 años, 4.[^k15-98] Pero donde mejor se verá la centralización es en un breve análisis del impuesto sobre la renta de la rúbrica D (ganancias, excluidos los arrendatarios, etc.) en los años 1864 y 1865. Advierto antes que los ingresos de esta fuente pagan *income tax* hasta un mínimo de 60 £. Estos ingresos imponibles ascendieron en Inglaterra, Gales y Escocia a 95.844.222 £ en 1864 y a 105.435.787 £ en 1865[^k15-99]; el número de contribuyentes fue en 1864 de 308.416 personas sobre una población total de 23.891.009, y en 1865 de 332.431 personas sobre una población total de 24.127.003. Sobre la distribución de estos ingresos en ambos años, la tabla siguiente:

| | Año que termina el 5 de abril de 1864: ingresos de la ganancia | Personas | Año que termina el 5 de abril de 1865: ingresos de la ganancia | Personas |
|---|---|---|---|---|
| Ingreso total: | 95.844.222 £ | 308.416 | 105.435.787 £ | 332.431 |
| de ello: | 57.028.290 £ | 22.334 | 64.554.297 £[^k15-t25] | 24.075 |
| de ello: | 36.415.225 £ | 3.619 | 42.535.576 £ | 4.021 |
| de ello: | 22.809.781 £ | 822 | 27.555.313 £ | 973 |
| de ello: | 8.744.762 £ | 91 | 11.077.238 £ | 107 |

En el Reino Unido se produjeron en 1855 61.453.079 toneladas de carbón por valor de 16.113.267 £; en 1864, 92.787.873 toneladas por valor de 23.197.968 £; en 1855, 3.218.154 toneladas de hierro en bruto por valor de 8.045.385 £, y en 1864, 4.767.951 toneladas por valor de 11.919.877 £. En 1854, la longitud de los ferrocarriles en explotación en el Reino Unido era de 8.054 millas, con un capital desembolsado de 286.068.794 £; en 1864, la longitud era de 12.789 millas, con un capital desembolsado de 425.719.613 £. En 1854, el total de la exportación y la importación del Reino Unido ascendió a 268.210.145 £, y en 1865, a 489.923.285.[^k15-t26] La tabla siguiente muestra el movimiento de la exportación:

| 1847 | 58.842.377 £ |
|---|---|
| 1849 | 63.596.052 £[^k15-t27] |
| 1856 | 115.826.948 £ |
| 1860 | 135.842.817 £ |
| 1865 | 165.862.402 £ |
| 1866 | 188.917.563 £[^k15-100] |

Después de estos pocos datos se comprende el grito de triunfo del registrador general del pueblo británico:

> «Por rápido que haya sido el aumento de la población, no ha seguido el paso al progreso de la industria y de la riqueza».[^k15-101]

Volvámonos ahora hacia los agentes inmediatos de esta industria, o los productores de esta riqueza: hacia la clase obrera.

> «Es uno de los rasgos más melancólicos del estado social del país», dice Gladstone, «que a una disminución del poder de consumo del pueblo y a un aumento de las privaciones y la miseria de la clase trabajadora corresponda al mismo tiempo una acumulación constante de riqueza en las clases altas y un crecimiento constante del capital».[^k15-102]

Así hablaba este untuoso ministro en la Cámara de los Comunes el 13 de febrero de 1843. El 16 de abril de 1863, veinte años después, en el discurso en que presenta su presupuesto:

> «De 1842 a 1852 los ingresos imponibles de este país crecieron un 6 %... En los 8 años de 1853 a 1861 crecieron, si partimos de la base de 1853, un 20 %. El hecho es tan asombroso que resulta casi increíble... Este embriagador aumento de riqueza y de poder... está enteramente limitado a las clases poseedoras, pero... pero tiene que ser de beneficio indirecto para la población obrera, porque abarata los artículos de consumo general; mientras que los ricos se han hecho más ricos, los pobres, en todo caso, se han hecho menos pobres. No me atrevo a decir que los extremos de la pobreza hayan disminuido».[^k15-103]

¡Qué anticlímax tan cojo! Si la clase obrera ha seguido siendo «pobre», solo «menos pobre» en la medida en que producía un «embriagador aumento de riqueza y de poder» para la clase de la propiedad, en términos relativos ha seguido siendo igual de pobre. Si los extremos de la pobreza no han disminuido, han aumentado, porque han aumentado los extremos de la riqueza. En cuanto al abaratamiento de los medios de subsistencia, la estadística oficial, por ejemplo los datos del London Orphan Asylum, muestra un encarecimiento del 20 % para la media de los tres años de 1860 a 1862 en comparación con 1851-1853. En los tres años siguientes, 1863-1865, encarecimiento progresivo de la carne, la mantequilla, la leche, el azúcar, la sal, el carbón y una gran cantidad de otros medios de subsistencia necesarios.[^k15-104] El siguiente discurso de Gladstone sobre el presupuesto, del 7 de abril de 1864, es un ditirambo pindárico al progreso de la fabricación de plus y a la felicidad del pueblo templada por la «pobreza». Habla de masas «al borde del pauperismo», de las ramas de negocios «en que el salario no ha subido», y resume por último la felicidad de la clase obrera en estas palabras:

> «La vida humana es, en nueve casos de cada diez, una mera lucha por la existencia».[^k15-105]

El profesor Fawcett, que no está atado como Gladstone por consideraciones oficiales, declara sin rodeos:

> «No niego, naturalmente, que el salario en dinero haya subido con este aumento del capital» (en las últimas décadas), «pero esta ventaja aparente se pierde de nuevo en gran medida porque muchas cosas necesarias para la vida se encarecen constantemente» (cree que por la depreciación de los metales preciosos)... «Los ricos se enriquecen deprisa (*the rich grow rapidly richer*), mientras que no se percibe ningún aumento del bienestar de las clases trabajadoras... Los obreros se convierten casi en esclavos de los tenderos, de quienes son deudores».[^k15-106]

En las secciones sobre la jornada laboral y la maquinaria se pusieron al descubierto las circunstancias en que la clase obrera británica creó un «embriagador aumento de riqueza y de poder» para las clases poseedoras. Pero entonces nos ocupaba sobre todo el obrero durante su función social. Para iluminar plenamente las leyes de la acumulación hay que tener en cuenta también su situación fuera del taller, sus condiciones de alimentación y de vivienda. Los límites de este libro nos obligan a considerar aquí sobre todo la parte peor pagada del proletariado industrial y de los obreros agrícolas, es decir, la mayoría de la clase obrera.

Antes, todavía, unas palabras sobre el pauperismo oficial, o sea, la parte de la clase obrera que ha perdido su condición de existencia, la venta de la fuerza de trabajo, y que vegeta de la limosna pública. La lista oficial de pobres contaba en Inglaterra[^k15-107] en 1855 851.369 personas; en 1856, 877.767; en 1865, 971.433. A consecuencia de la penuria algodonera, en los años 1863 y 1864 se hinchó hasta 1.079.382 y 1.014.978. La crisis de 1866, que golpeó con más dureza a Londres, provocó en esta sede del mercado mundial, más poblada que el reino de Escocia, un aumento de pobres del 19,5 % para 1866 en comparación con 1865, y del 24,4 % en comparación con 1864, y un aumento aún mayor para los primeros meses de 1867 en comparación con 1866. Al analizar la estadística de los pobres hay que destacar dos puntos. Por una parte, el movimiento de altas y bajas de la masa de pobres refleja las vicisitudes periódicas del ciclo industrial. Por otra, la estadística oficial engaña cada vez más sobre el volumen real del pauperismo en la medida en que, con la acumulación del capital, se desarrollan la lucha de clases y, por tanto, el amor propio de los obreros. Por ejemplo, la barbarie en el trato a los pobres, contra la que tanto clamó la prensa inglesa (*Times*, *Pall Mall Gazette*, etc.) durante los dos últimos años, es de vieja data. F. Engels constata en 1844[^k15-t22] exactamente los mismos horrores y exactamente el mismo griterío pasajero e hipócrita propio de la «literatura sensacionalista». Pero el espantoso aumento de las muertes por hambre (*deaths by starvation*) en Londres durante la última década demuestra sin lugar a dudas la creciente repugnancia de los obreros hacia la esclavitud del *workhouse*[^k15-108], ese presidio de la miseria.

#### b) Las capas mal pagadas de la clase obrera industrial británica

Volvámonos ahora hacia las capas mal pagadas de la clase obrera industrial. Durante la penuria algodonera, en 1862, el Privy Council[^k15-t14] encargó al doctor Smith una investigación sobre el estado de la alimentación de los obreros del algodón depauperados de Lancashire y Cheshire. Una larga observación anterior lo había llevado a la conclusión de que, «para evitar las enfermedades del hambre (*starvation diseases*)», la alimentación diaria de una mujer media debía contener como mínimo 3.900 granos de carbono con 180 granos de nitrógeno, y la de un hombre medio, como mínimo 4.300 granos de carbono con 200 granos de nitrógeno: para las mujeres, aproximadamente tanta sustancia nutritiva como la contenida en dos libras de buen pan de trigo; para los hombres, 1/9 más; para la media semanal de adultos de ambos sexos, como mínimo 28.600 granos de carbono y 1.330 granos de nitrógeno. Su cálculo se vio confirmado en la práctica de manera sorprendente por su coincidencia con la mísera cantidad de alimento a la que la penuria había reducido el consumo de los obreros del algodón. En diciembre de 1862 recibían 29.211 granos de carbono y 1.295 granos de nitrógeno por semana.

En 1863 el Privy Council ordenó una investigación sobre la penuria de la parte peor alimentada de la clase obrera inglesa. El doctor Simon, funcionario médico del Privy Council, eligió para este trabajo al mencionado doctor Smith. Su investigación se extiende, por una parte, a los obreros agrícolas y, por otra, a los tejedores de seda, las costureras, los guanteros de piel, los calceteros, los tejedores de guantes y los zapateros. Estas últimas categorías son exclusivamente urbanas, con excepción de los calceteros. Se tomó como regla de la investigación escoger en cada categoría las familias más sanas y relativamente mejor situadas.

Como resultado general se obtuvo que

> «solo en una de las clases investigadas de obreros urbanos el aporte de nitrógeno superaba ligeramente la medida mínima absoluta por debajo de la cual se presentan las enfermedades del hambre; que en dos clases había falta, y en una de ellas una falta muy grande, de aporte de alimentos tanto nitrogenados como carbonados; que de las familias agrícolas investigadas, más de una quinta parte recibía menos del aporte indispensable de alimentos carbonados, y más de 1/3 menos del aporte indispensable de alimentos nitrogenados, y que en tres condados (Berkshire, Oxfordshire y Somersetshire) reinaba por término medio la falta del mínimo de alimentos nitrogenados».[^k15-109]

Entre los obreros agrícolas, los peor alimentados eran los de Inglaterra, la parte más rica del Reino Unido.[^k15-110] Entre los jornaleros del campo, la desnutrición recaía sobre todo en la mujer y los niños, pues «el hombre tiene que comer para hacer su trabajo». Una penuria aún mayor hacía estragos entre las categorías de obreros urbanos investigadas. «Están tan mal alimentados que por fuerza ha de haber muchos casos de privaciones crueles y ruinosas para la salud» (¡«abstinencia» del capitalista, todo esto!, a saber, abstinencia de pagar los medios de subsistencia indispensables para la mera vegetación de sus brazos).[^k15-111]

La tabla siguiente muestra la relación entre el estado de la alimentación de las categorías de obreros puramente urbanas antes mencionadas, la medida mínima admitida por el doctor Smith y la medida de alimentación de los obreros del algodón en la época de su mayor penuria:

| Ambos sexos | Media semanal de carbono | Media semanal de nitrógeno |
|---|---|---|
| | Granos | Granos |
| Cinco ramas de negocios urbanas | 28.876 | 1.192 |
| Obreros fabriles de Lancashire sin trabajo | 29.211 | 1.295 |
| Cantidad mínima propuesta para los obreros de Lancashire, a igual número de varones y mujeres | 28.600 | 1.330[^k15-112] |

La mitad, 60/125, de las categorías de obreros industriales investigadas no recibía en absoluto cerveza, y el 28 %, leche. La media semanal de alimentos líquidos en las familias oscilaba entre 7 onzas en las costureras y 24 3/4 onzas en los calceteros. La mayoría de los que no recibían leche eran las costureras de Londres. La cantidad de cereales panificables consumida semanalmente variaba entre 7 3/4 libras en las costureras y 11 1/4 libras en los zapateros, y daba una media total de 9,9 libras semanales por adulto. El azúcar (melaza, etc.) variaba entre 4 onzas semanales en los guanteros de piel y 11 onzas en los calceteros; la media total por semana para todas las categorías era de 8 onzas por adulto. La media semanal total de mantequilla (grasa, etc.), 5 onzas por adulto. La media semanal de carne (tocino, etc.) oscilaba, por adulto, entre 7 1/4 onzas en los tejedores de seda y 18 1/4 onzas en los guanteros de piel; media total para las distintas categorías, 13,6 onzas. El gasto semanal en alimentación por adulto daba las siguientes cifras medias generales: tejedores de seda, 2 chelines y 2 1/2 peniques; costureras, 2 chelines y 7 peniques; guanteros de piel, 2 chelines y 9 1/2 peniques; zapateros, 2 chelines y 7 3/4 peniques; calceteros, 2 chelines y 6 1/4 peniques. Para los tejedores de seda de Macclesfield, la media semanal era de solo 1 chelín y 8 1/2 peniques. Las categorías peor alimentadas eran las costureras, los tejedores de seda y los guanteros de piel.[^k15-113]

El doctor Simon dice en su informe general de sanidad sobre este estado de la alimentación:

> «Que son innumerables los casos en que la falta de alimento produce o agrava enfermedades lo confirmará cualquiera que esté familiarizado con la práctica médica entre los pobres o con los pacientes de los hospitales, sean internos o ambulatorios... Pero aquí se añade, desde el punto de vista sanitario, otra circunstancia muy decisiva... Hay que recordar que la privación de alimentos solo se soporta a regañadientes y que, por regla general, una gran pobreza de la dieta solo llega cojeando a la zaga de otras privaciones anteriores. Mucho antes de que la falta de alimento pese desde el punto de vista higiénico, mucho antes de que al fisiólogo se le ocurra contar los granos de nitrógeno y de carbono entre los que oscilan la vida y la muerte por hambre, el hogar se habrá visto despojado por completo de toda comodidad material. La ropa y la calefacción habrán sido aún más escasas que la comida. Ninguna protección suficiente contra la inclemencia del tiempo; reducción del espacio de vivienda hasta un grado que produce o agrava enfermedades; apenas un rastro de enseres domésticos o de muebles; la propia limpieza se habrá vuelto costosa o difícil. Si todavía se hacen intentos por amor propio de mantenerla, cada uno de estos intentos representa un tormento de hambre adicional. El hogar estará allí donde el techo pueda comprarse más barato: en barrios donde la policía sanitaria da menos fruto, el desagüe más lamentable, el menor tránsito, la mayor suciedad pública, el abastecimiento de agua más mezquino o peor y, en las ciudades, la mayor falta de luz y de aire. Estos son los peligros para la salud a los que está expuesta inevitablemente la pobreza cuando esta pobreza incluye la falta de alimento. Si la suma de estos males es de una magnitud terrible para la vida, la mera falta de alimento es de por sí espantosa... Son pensamientos angustiosos, sobre todo si se recuerda que la pobreza de que se trata no es la pobreza culpable de la ociosidad. Es la pobreza de trabajadores. Más aún: en lo que respecta a los obreros urbanos, el trabajo con el que se compra el escaso bocado de alimento se prolonga casi siempre más allá de toda medida. Y, sin embargo, solo en un sentido muy condicionado puede decirse que este trabajo permite al obrero mantenerse a sí mismo... En una escala muy grande, este mantenerse a sí mismo nominal no puede ser más que un rodeo, más corto o más largo, hacia el pauperismo».[^k15-114]

La conexión interna entre el tormento del hambre de las capas obreras más laboriosas y el consumo derrochador de los ricos, grosero o refinado, fundado en la acumulación capitalista, solo se descubre con el conocimiento de las leyes económicas. No ocurre así con el estado de la vivienda. Cualquier observador imparcial ve que, cuanto más masiva es la centralización de los medios de producción, tanto mayor es la correspondiente aglomeración de obreros en el mismo espacio, y que por tanto, cuanto más rápida es la acumulación capitalista, tanto más miserable es el estado de la vivienda de los obreros. La «mejora» (*improvements*) de las ciudades que acompaña al progreso de la riqueza, mediante el derribo de barrios mal construidos, la erección de palacios para bancos, grandes almacenes, etc., el ensanche de las calles para el tráfico comercial y los coches de lujo, la introducción de tranvías de caballos, etc., expulsa evidentemente a los pobres a escondrijos cada vez peores y más abarrotados. Por otra parte, todo el mundo sabe que la carestía de las viviendas está en razón inversa a su calidad y que los especuladores inmobiliarios explotan las minas de la miseria con más ganancia y menos costes de lo que jamás se explotaron las minas de Potosí. El carácter antagónico de la acumulación capitalista y, por tanto, de las relaciones capitalistas de propiedad en general[^k15-115] se hace aquí tan palpable que hasta los informes oficiales ingleses sobre este asunto están plagados de ataques heterodoxos contra la «propiedad y sus derechos». El mal ha seguido tan de cerca el desarrollo de la industria, la acumulación del capital, el crecimiento y el «embellecimiento» de las ciudades que el mero miedo a las enfermedades contagiosas, que tampoco perdonan a la «respetabilidad», dio vida de 1847 a 1864 a no menos de 10 leyes del Parlamento sobre policía sanitaria, y que la burguesía asustada de algunas ciudades, como Liverpool, Glasgow, etc., intervino por medio de su municipalidad. No obstante, exclama el doctor Simon en su informe de 1865: «Hablando en general, los males no están sometidos a control en Inglaterra». Por orden del Privy Council se llevó a cabo en 1864 una investigación sobre las condiciones de vivienda de los obreros agrícolas, y en 1865 sobre las de las clases más pobres de las ciudades. Los magistrales trabajos del doctor Julian Hunter se encuentran en el séptimo y el octavo informe sobre *Public Health*. De los obreros agrícolas me ocuparé más adelante. Sobre el estado de la vivienda urbana, antepongo una observación general del doctor Simon:

> «Aunque mi punto de vista oficial», dice, «es exclusivamente médico, la humanidad más elemental no permite ignorar el otro aspecto de este mal. En su grado más alto implica casi necesariamente tal negación de todo pudor, tan sucia confusión de cuerpos y funciones corporales, tal exposición de la desnudez sexual, que son bestiales y no humanas. Estar sometido a estas influencias es una degradación que se ahonda cuanto más dura. Para los niños nacidos bajo esta maldición, es un bautismo en la infamia (*baptism into infamy*). Y es desesperado más allá de toda medida el deseo de que personas colocadas en tales circunstancias aspiren en otros aspectos a aquella atmósfera de civilización cuya esencia consiste en la pureza física y moral».[^k15-116]

El primer lugar en alojamientos superpoblados o absolutamente imposibles para la habitación humana lo ocupa Londres.

> «Dos puntos», dice el doctor Hunter, «son seguros: primero, hay en Londres unas 20 grandes colonias, de unas 10.000 personas cada una, cuya miserable situación supera todo lo que jamás se ha visto en otra parte de Inglaterra, y que es casi enteramente el resultado de sus malos alojamientos; segundo, el estado de hacinamiento y ruina de las casas de estas colonias es mucho peor que hace 20 años».[^k15-117] «No es exagerado decir que la vida en muchas partes de Londres y de Newcastle es infernal».[^k15-118]

También la parte mejor situada de la clase obrera, junto con los pequeños tenderos y otros elementos de la pequeña clase media, cae en Londres cada vez más bajo la maldición de estas indignas condiciones de alojamiento, a medida que avanzan las «mejoras» y, con ellas, el derribo de calles y casas viejas, a medida que crecen las fábricas y la afluencia de gente a la metrópoli y, por último, a medida que suben los alquileres con la renta urbana del suelo.

> «Los alquileres se han vuelto tan excesivos que pocos obreros pueden pagar más de una habitación».[^k15-119]

Casi no hay propiedad inmobiliaria en Londres que no esté cargada con un sinnúmero de *middlemen*.[^k15-t15] En efecto, el precio del suelo en Londres es siempre muy alto en comparación con sus rentas anuales, porque todo comprador especula con volver a deshacerse de él tarde o temprano a un *jury price* (tasación fijada por un jurado en las expropiaciones) o con sacarle fraudulentamente un aumento extraordinario de valor gracias a la proximidad de alguna gran empresa. La consecuencia es un comercio regular de compra de contratos de arrendamiento próximos a vencer.

> «De los *gentlemen* de este negocio cabe esperar que actúen como actúan: que saquen a los inquilinos todo lo posible y dejen la casa misma a sus sucesores en el estado más miserable posible».[^k15-120]

Los alquileres son semanales y los señores no corren ningún riesgo. A consecuencia de la construcción de ferrocarriles dentro de la ciudad,

> «se vio hace poco en el este de Londres a cierto número de familias expulsadas de sus antiguas viviendas vagando un sábado por la noche con sus pocos bienes terrenales a la espalda, sin otro lugar donde parar que el *workhouse*».[^k15-121]

Los *workhouses* están ya abarrotados, y las «mejoras» ya aprobadas por el Parlamento apenas han empezado a ejecutarse. Cuando los obreros son expulsados por la demolición de sus viejas casas, no abandonan su parroquia o, a lo sumo, se establecen en su linde, en la parroquia vecina.

> «Procuran naturalmente alojarse lo más cerca posible de sus lugares de trabajo. La consecuencia es que, en lugar de dos habitaciones, la familia tiene que meterse en una. Aun a un alquiler más alto, el alojamiento es peor que el malo del que se la expulsa. La mitad de los obreros del Strand necesita ya hacer un trayecto de dos millas hasta el lugar de trabajo».

Este Strand, cuya calle principal da al forastero una impresión imponente de la riqueza de Londres, puede servir de ejemplo del empaquetamiento humano londinense. En una de sus parroquias el funcionario de sanidad contó 581 personas por acre, aunque se había medido también la mitad del Támesis. Se comprende por sí solo que toda medida de policía sanitaria que, como ha sido hasta ahora el caso en Londres, expulsa a los obreros de un barrio derribando casas inhabitables solo sirve para hacinarlos con mayor densidad en otro.

> «O bien», dice el doctor Hunter, «todo el procedimiento tiene que detenerse necesariamente como un absurdo, o bien tiene que despertar la simpatía pública (!) por lo que ahora puede llamarse sin exagerar un deber nacional, a saber, procurar techo a gente que por falta de capital no puede procurárselo por sí misma, pero que sí puede indemnizar a los arrendadores con pagos periódicos».[^k15-122]

¡Admírese la justicia capitalista! El terrateniente, el propietario de casas, el hombre de negocios, cuando lo expropian las *improvements*, como ferrocarriles, construcción de nuevas calles, etc., no solo recibe plena indemnización. Además, por su forzosa «abstinencia», tiene que ser consolado, por Dios y en derecho, con una ganancia considerable. El obrero es arrojado a la calle con su mujer, sus hijos y sus enseres y, si se agolpa en masa excesiva en barrios donde la municipalidad vela por el decoro, ¡se le persigue por razones de policía sanitaria!

Aparte de Londres, a comienzos del siglo XIX no había en Inglaterra una sola ciudad que contara 100.000 habitantes. Solo cinco contaban más de 50.000. Ahora existen 28 ciudades de más de 50.000 habitantes.

> «El resultado de este cambio no ha sido solo un enorme aumento de la población urbana, sino que las viejas ciudades pequeñas y densamente apiñadas son ahora centros edificados por todos lados, sin acceso libre al aire en ninguna parte. Como ya no son agradables para los ricos, estos las abandonan por los suburbios más amenos. Los sucesores de estos ricos ocupan las casas mayores, una familia, a menudo con subarrendados además, por cada habitación. Así se ha apiñado a una población en casas no destinadas a ella y para las que es del todo inadecuada, en un entorno verdaderamente degradante para los adultos y ruinoso para los niños».[^k15-123]

Cuanto más deprisa se acumula el capital en una ciudad industrial o comercial, tanto más rápida es la afluencia del material humano explotable y tanto más miserables los alojamientos improvisados de los obreros. Newcastle-upon-Tyne, como centro de un distrito hullero y minero cada vez más productivo, ocupa por eso, después de Londres, el segundo lugar en el infierno de la vivienda. No menos de 34.000 personas se alojan allí en habitaciones individuales. Por su absoluta nocividad pública, la policía ha derribado recientemente en Newcastle y Gateshead casas en número considerable. La construcción de casas nuevas avanza muy despacio; los negocios, muy deprisa. Por eso en 1865 la ciudad estaba más abarrotada que nunca. Apenas había una sola habitación para alquilar. El doctor Embleton, del hospital de fiebres de Newcastle, dice:

> «Sin ninguna duda, la causa de la persistencia y la propagación del tifus está en la aglomeración de seres humanos y en la suciedad de sus viviendas. Las casas en que viven a menudo los obreros están en callejones y patios cerrados. Respecto a la luz, el aire, el espacio y la limpieza, son verdaderos modelos de deficiencia e insalubridad, una vergüenza para cualquier país civilizado. Allí yacen por la noche hombres, mujeres y niños amontonados. En cuanto a los hombres, el turno de noche sigue al turno de día en una corriente ininterrumpida, de modo que las camas apenas tienen tiempo de enfriarse. Las casas están mal provistas de agua y peor de retretes; son inmundas, sin ventilación, pestilentes».[^k15-124]

El precio semanal de estos agujeros sube de 8 peniques a 3 chelines.

> «Newcastle-upon-Tyne», dice el doctor Hunter, «ofrece el ejemplo de una de las mejores estirpes de nuestros compatriotas hundida a menudo, por las circunstancias exteriores de vivienda y de calle, en una degeneración casi salvaje».[^k15-125]

Por el vaivén del capital y del trabajo, el estado de la vivienda de una ciudad industrial puede ser hoy soportable y mañana se vuelve abominable. O la edilidad urbana puede haberse decidido por fin a eliminar los abusos más graves. Mañana llega un enjambre de langostas de irlandeses andrajosos o de jornaleros agrícolas ingleses degradados. Se los mete en sótanos y desvanes, o se transforma la casa obrera antes respetable en un albergue en el que el personal cambia tan deprisa como los alojamientos de tropas durante la guerra de los Treinta Años. Ejemplo: Bradford. Allí el filisteo municipal estaba precisamente ocupado en la reforma urbana. Además, en 1861 había allí todavía 1.751 casas deshabitadas. Pero llegan ahora los buenos negocios, de los que tan amablemente ha cacareado hace poco el blandamente liberal señor Forster, el amigo de los negros. Con los buenos negocios, naturalmente, la inundación por las olas del siempre agitado «ejército de reserva» o «superpoblación relativa». Los espantosos sótanos y habitaciones registrados en la lista (nota[^k15-126]) que el doctor Hunter recibió del agente de una compañía de seguros estaban habitados en su mayoría por obreros bien pagados. Declararon que pagarían gustosamente viviendas mejores si las hubiera. Mientras tanto se degradan y enferman todos sin excepción, mientras el blandamente liberal Forster, M. P., derrama lágrimas sobre las bendiciones del librecambio y las ganancias de las eminentes cabezas de Bradford que comercian en estambre. En el informe del 5 de septiembre de 1865, el doctor Bell, uno de los médicos de pobres de Bradford, explica la espantosa mortalidad de los enfermos de fiebre de su distrito por sus condiciones de vivienda:

> «En un sótano de 1.500 pies cúbicos viven 10 personas... Vincent Street, Green Air Place y The Leys albergan 223 casas con 1.450 habitantes, 435 camas y 36 retretes... Las camas, y entiendo por tales cualquier rollo de harapos sucios o puñado de virutas, acogen cada una por término medio a 3,3 personas, algunas a 4 y a 6.[^k15-t28] Muchos duermen sin cama en el suelo desnudo con la ropa puesta, hombres y mujeres jóvenes, casados y solteros, todo revuelto. ¿Hace falta añadir que estos alojamientos son en su mayoría cuevas oscuras, húmedas, sucias y hediondas, del todo impropias para habitación humana? Son los centros de donde parten la enfermedad y la muerte, que se cobran sus víctimas también entre los bien situados (*of good circumstances*), que han permitido que estos bubones de peste supuren en medio de nosotros».[^k15-127]

Bristol ocupa el tercer lugar, después de Londres, en la miseria de la vivienda.

> «Aquí, en una de las ciudades más ricas de Europa, la mayor abundancia de la pobreza más desnuda (*blank poverty*) y de miseria doméstica».[^k15-128]

#### c) La población nómada

Nos volvemos ahora hacia una capa del pueblo de origen rural y de ocupación en gran parte industrial. Constituye la infantería ligera del capital, que este, según sus necesidades, lanza unas veces a este punto y otras a aquel. Cuando no está en marcha, «acampa». El trabajo nómada se emplea en diversas obras de construcción y drenaje, en la fabricación de ladrillos, la calcinación de cal, la construcción de ferrocarriles, etc. Columna ambulante de la peste, lleva a los lugares en cuyas cercanías planta su campamento viruela, tifus, cólera, escarlatina, etc.[^k15-129] En las empresas que requieren un desembolso de capital considerable, como la construcción de ferrocarriles, etc., es por lo general el propio empresario quien proporciona a su ejército barracas de madera o cosas semejantes, aldeas improvisadas sin ninguna precaución sanitaria, fuera del control de las autoridades locales, muy provechosas para el señor contratista, que explota doblemente a los obreros, como soldados de la industria y como inquilinos. Según que la barraca de madera tenga 1, 2 o 3 agujeros, su ocupante, peón de movimiento de tierras, etc., tiene que pagar 2, 3 o 4 chelines semanales.[^k15-130] Baste un ejemplo. En septiembre de 1864, informa el doctor Simon, el ministro del Interior, sir George Grey, recibió la siguiente denuncia del presidente del Nuisance Removal Committee[^k15-t16] de la parroquia de Sevenoaks:

> «La viruela era del todo desconocida en esta parroquia hasta hace unos 12 meses. Poco antes de esa fecha se abrieron las obras de un ferrocarril de Lewisham a Tunbridge. Además de ejecutarse las obras principales en las inmediaciones de esta ciudad, se estableció aquí también el depósito principal de toda la obra. Por eso se empleaba aquí a un gran número de personas. Como era imposible alojarlas a todas en *cottages*, el contratista, el señor Jay, hizo levantar barracas en distintos puntos a lo largo de la línea del ferrocarril para alojar a los obreros. Estas barracas no tenían ventilación ni desagüe y estaban además necesariamente abarrotadas, porque cada inquilino tenía que acoger a otros huéspedes, por numerosa que fuera su propia familia, y aunque cada barraca solo tenía dos habitaciones. Según el informe médico que recibimos, la consecuencia fue que esta pobre gente tenía que soportar por la noche todos los tormentos de la asfixia para evitar las emanaciones pestilentes del agua estancada y sucia y de los retretes situados justo bajo las ventanas. Por último, un médico que había tenido ocasión de visitar estas barracas presentó quejas a nuestro comité. Habló del estado de estas llamadas viviendas en los términos más amargos y temía consecuencias muy graves si no se tomaban algunas precauciones sanitarias. Hace aproximadamente un año, el susodicho Jay se comprometió a habilitar una casa a la que se trasladaría inmediatamente a las personas empleadas por él en caso de que estallaran enfermedades contagiosas. Repitió esta promesa a finales del pasado julio, pero nunca dio el menor paso para cumplirla, aunque desde esa fecha se han producido diversos casos de viruela y, a consecuencia de ellos, dos defunciones. El 9 de septiembre, el médico Kelson me informó de nuevos casos de viruela en las mismas barracas y describió su estado como espantoso. Para información de usted» (el ministro) «debo añadir que nuestra parroquia posee una casa aislada, la llamada casa de apestados, donde se atiende a los feligreses que padecen enfermedades contagiosas. Esta casa está desde hace meses continuamente abarrotada de pacientes. En una familia murieron cinco niños de viruela y fiebre. Del 1 de abril al 1 de septiembre de este año se produjeron no menos de 10 defunciones por viruela, 4 de ellas en las mencionadas barracas, los focos de la peste. Es imposible dar el número de casos de enfermedad, porque las familias afectadas los mantienen en el mayor secreto posible».[^k15-131]

Los obreros de las minas de carbón y de otras minas se cuentan entre las categorías mejor pagadas del proletariado británico. A qué precio compran su salario se mostró en un lugar anterior.[^k15-132] Echo aquí una rápida ojeada a sus condiciones de alojamiento. Por regla general, el explotador de la mina, sea propietario o arrendatario de ella, construye cierto número de *cottages* para sus brazos. Estos reciben los *cottages* y el carbón para calentarse «gratis», es decir, este último constituye una parte del salario entregada en especie. A los que no pueden alojarse de este modo se les dan en compensación 4 £ al año. Los distritos mineros atraen rápidamente a una gran población, compuesta por la propia población minera y por los artesanos, tenderos, etc., que se agrupan en torno a ella. Como en todas partes donde la población es densa, la renta del suelo es aquí alta. El empresario minero procura, por eso, levantar en el solar más estrecho posible, a la boca de los pozos, tantos *cottages* como sean precisamente necesarios para empaquetar a sus brazos y a sus familias. Si se abren nuevos pozos en las cercanías o se vuelven a explotar los antiguos, aumenta la aglomeración. En la construcción de los *cottages* solo rige un punto de vista: la «abstinencia» del capitalista respecto de todo gasto en dinero contante que no sea absolutamente inevitable.

> «Las viviendas de los mineros y de los demás obreros vinculados a las minas de Northumberland y Durham», dice el doctor Julian Hunter, «son quizá, por término medio, lo peor y lo más caro que ofrece Inglaterra en este terreno a gran escala, con la excepción, sin embargo, de distritos semejantes de Monmouthshire. Su extrema maldad reside en el elevado número de personas que llenan una habitación, en la estrechez del solar sobre el que se arroja una gran masa de casas, en la falta de agua y la ausencia de retretes, en el método, empleado con frecuencia, de poner una casa encima de otra o de distribuirlas en *flats*» (de modo que los distintos *cottages* forman pisos superpuestos verticalmente)... «El empresario trata a toda la colonia como si solo estuviera acampada y no residiera».[^k15-133] «Cumpliendo mis instrucciones», dice el doctor Stevens, «he visitado la mayoría de las grandes aldeas mineras de la Durham Union... Con muy pocas excepciones, vale de todas ellas que se descuida todo medio de asegurar la salud de los habitantes... Todos los mineros están ligados al arrendatario (*lessee*) o propietario de la mina por 12 meses» (*bound*, término que, como *bondage*, procede de la época de la servidumbre). «Si dan rienda suelta a su descontento o molestan de cualquier manera al capataz (*viewer*), este pone una marca o una anotación junto a su nombre en el libro de vigilancia y los despide en la nueva contratación anual... Me parece que ninguna parte del sistema de pago en especie[^k15-t17] puede ser peor que la que impera en estos distritos densamente poblados. El obrero se ve obligado a recibir como parte de su salario una casa rodeada de influencias pestilentes. No puede valerse por sí mismo. Es a todos los efectos un siervo (*he is to all intents and purposes a serf*). Parece dudoso que nadie más que su propietario pueda ayudarle, y este propietario consulta ante todo su balance, y el resultado es bastante infalible. El obrero recibe también del propietario su suministro de agua. Sea buena o mala, se le suministre o se le retenga, tiene que pagarla o, más bien, aceptar que se le descuente del salario».[^k15-134]

En conflicto con la «opinión pública», o también con la policía sanitaria, el capital no tiene el menor reparo en «justificar» las condiciones, en parte peligrosas y en parte degradantes, a que confina la función y el hogar del obrero diciendo que son necesarias para explotarlo con más provecho. Así ocurre cuando renuncia a los dispositivos de protección contra la maquinaria peligrosa en la fábrica, a los medios de ventilación y de seguridad en las minas, etc. Así ocurre aquí con el alojamiento de los mineros.

> «Como excusa», dice el doctor Simon, funcionario médico del Privy Council, en su informe oficial, «como excusa de las infames condiciones de alojamiento se alega que las minas se explotan generalmente en arriendo, que la duración del contrato de arrendamiento (en las minas de carbón, por lo general, 21 años) es demasiado corta para que el arrendatario de la mina considere que vale la pena proporcionar un buen alojamiento a la gente trabajadora, a los menestrales, etc., que la empresa atrae; que, aunque él mismo tuviera la intención de proceder liberalmente en este aspecto, el terrateniente la frustraría. Este tendría, en efecto, la tendencia a exigir enseguida una renta adicional exorbitante por el privilegio de levantar en la superficie del suelo una aldea decente y cómoda para alojar a quienes trabajan la propiedad subterránea. Este precio prohibitivo, cuando no la prohibición directa, disuadiría también a otros que de otro modo quizá querrían construir... No quiero examinar más a fondo el valor de esta excusa, ni tampoco sobre quién recaería en última instancia el gasto adicional de un alojamiento decente: sobre el terrateniente, sobre el arrendatario de la mina, sobre los obreros o sobre el público... Pero ante hechos tan vergonzosos como los que revelan los informes adjuntos» (del doctor Hunter, Stevens, etc.) «hay que aplicar un remedio... Los títulos de propiedad de la tierra se utilizan así para cometer una gran injusticia pública. En su calidad de propietario de la mina, el terrateniente invita a una colonia industrial a trabajar en su dominio, y luego, en su calidad de propietario de la superficie del suelo, hace imposible a los obreros que él mismo ha reunido encontrar el alojamiento adecuado e indispensable para su vida. El arrendatario de la mina» (el explotador capitalista) «no tiene ningún interés pecuniario en oponerse a este reparto del negocio, pues sabe bien que, si las pretensiones de este último son exorbitantes, las consecuencias no recaen sobre él; que los obreros, sobre quienes recaen, carecen de la educación necesaria para conocer sus derechos sanitarios, y que ni el alojamiento más obsceno ni el agua de beber más podrida dan nunca motivo para una huelga».[^k15-135]

#### d) Efecto de las crisis sobre la parte mejor pagada de la clase obrera

Antes de pasar a los obreros agrícolas propiamente dichos, mostraremos todavía con un ejemplo cómo afectan las crisis incluso a la parte mejor pagada de la clase obrera, a su aristocracia. Se recordará que el año 1857 trajo una de las grandes crisis con que se cierra siempre el ciclo industrial. El plazo siguiente venció en 1866. Ya descontada en los distritos fabriles propiamente dichos por la penuria algodonera, que empujó mucho capital desde su esfera de inversión habitual hacia las grandes sedes centrales del mercado de dinero, esta vez la crisis tomó un carácter predominantemente financiero. Su estallido en mayo de 1866 lo señaló la quiebra de un banco gigantesco de Londres,[^k15-t18] a la que siguió inmediatamente el hundimiento de innumerables sociedades financieras fraudulentas. Una de las grandes ramas de negocios de Londres a las que alcanzó la catástrofe fue la construcción naval en hierro. Los magnates de este negocio no solo habían sobreproducido desmesuradamente durante la época de la especulación, sino que además habían asumido enormes contratos de suministro, especulando con que la fuente del crédito seguiría manando con la misma abundancia. Ahora se produjo una reacción terrible, que dura también en otras industrias londinenses[^k15-136] hasta este momento, finales de marzo de 1867. Para caracterizar la situación de los obreros, el siguiente pasaje del detallado informe de un corresponsal del *Morning Star* que a comienzos de 1867 visitó los principales centros del sufrimiento:

> «En el este de Londres, en los distritos de Poplar, Millwall, Greenwich, Deptford, Limehouse y Canning Town, se encuentran al menos 15.000 obreros, con sus familias, en un estado de extrema necesidad, entre ellos más de 3.000 mecánicos cualificados. Sus fondos de reserva están agotados a consecuencia de seis u ocho meses de paro... Me costó mucho llegar hasta la puerta del *workhouse* (de Poplar), porque la asediaba una multitud hambrienta. Esperaba los vales de pan, pero aún no había llegado la hora del reparto. El patio formaba un gran cuadrado con un tejadillo que corre alrededor de sus muros. Densos montones de nieve cubrían los adoquines en el centro del patio. Había allí ciertos pequeños espacios cercados con mimbre trenzado, como rediles de ovejas, en los que los hombres trabajan cuando hace mejor tiempo. El día de mi visita los rediles estaban tan nevados que nadie podía sentarse en ellos. Los hombres, sin embargo, estaban ocupados, al abrigo de los aleros, en machacar adoquines para macadán. Cada uno tenía como asiento un adoquín grueso y golpeaba con un pesado martillo el granito cubierto de escarcha hasta haber partido 5 *bushels*. Entonces había hecho su jornada y recibía 3 peniques» (2 *Silbergroschen* y 6 *Pfennige*)[^k15-t19] «y un vale de pan. En otra parte del patio había una casita de madera raquítica. Al abrir la puerta la encontramos llena de hombres, apretados hombro con hombro para darse calor unos a otros. Deshilaban cabo de barco y discutían entre ellos sobre quién podía trabajar más tiempo con un mínimo de alimento, porque la resistencia era su *point d'honneur*. Solo en este *workhouse* recibían socorro 7.000 personas, entre ellas muchos cientos que 6 u 8 meses antes ganaban los salarios más altos del trabajo cualificado en este país. Su número habría sido el doble si no hubiera tantos que, aun habiendo agotado toda su reserva de dinero, retroceden sin embargo ante el recurso a la parroquia mientras les queda algo que empeñar... Al salir del *workhouse* di un paseo por las calles de casas, en su mayoría de una sola planta, tan numerosas en Poplar. Mi guía era miembro del comité de parados. La primera casa en que entramos era la de un obrero del hierro que llevaba 27 semanas sin trabajo. Encontré al hombre sentado con toda su familia en una habitación trasera. La habitación aún no estaba del todo desprovista de muebles, y había fuego en ella. Era necesario para proteger del frío los pies descalzos de los niños pequeños, porque era un día de un frío atroz. En un plato frente al fuego había una porción de estopa que la mujer y los niños deshilaban a cambio del pan del *workhouse*. El hombre trabajaba en uno de los patios antes descritos por un vale de pan y 3 peniques al día. Ahora venía a casa a comer, muy hambriento, como nos dijo con una sonrisa amarga, y su comida consistía en unas rebanadas de pan con manteca y una taza de té sin leche... La puerta siguiente a la que llamamos nos la abrió una mujer de mediana edad, que, sin decir palabra, nos condujo a una pequeña habitación trasera donde estaba sentada toda su familia, en silencio, con los ojos fijos en un fuego que se apagaba rápidamente. Tal desolación, tal desesperanza envolvían a esta gente y su pequeña habitación que no deseo volver a ver nunca una escena semejante. "No han ganado nada, señor", dijo la mujer señalando a sus chicos, "nada en 26 semanas, y todo nuestro dinero se ha ido, todo el dinero que el padre y yo ahorramos en los tiempos mejores, creyendo asegurarnos un respaldo para cuando el negocio fuera mal. Mírelo usted", gritó casi con furia, sacando una libreta de ahorros con todas sus anotaciones regulares de dinero ingresado y retirado, de modo que pudimos ver cómo la pequeña fortuna había empezado con el primer depósito de 5 chelines, cómo había ido creciendo poco a poco hasta 20 £ y luego había vuelto a derretirse, de libras a chelines, hasta que la última anotación había dejado la libreta tan sin valor como un trozo de papel en blanco. Esta familia recibía una mísera comida diaria del *workhouse*... Nuestra visita siguiente fue a la mujer de un irlandés que había trabajado en los astilleros. La encontramos enferma por falta de alimento, tendida vestida sobre un colchón, apenas cubierta con un trozo de alfombra, porque toda la ropa de cama estaba en la casa de empeños. Los míseros niños la cuidaban y parecían, al contrario, necesitar ellos los cuidados maternos. Diecinueve semanas de ociosidad forzosa los habían reducido a este estado, y mientras contaba la historia del amargo pasado gemía como si hubiera perdido toda esperanza en un futuro mejor... Al salir de la casa, un joven corrió hacia nosotros y nos rogó que entráramos en su casa y viéramos si se podía hacer algo por él. Una mujer joven, dos niños guapos, un manojo de papeletas de empeño y una habitación completamente desnuda era todo lo que tenía que mostrar».

Sobre las secuelas de la crisis de 1866, el siguiente extracto de un periódico *tory*. No hay que olvidar que la parte oriental de Londres, de la que aquí se trata, no solo es la sede de los constructores navales en hierro mencionados en el texto del capítulo, sino también de un llamado «trabajo a domicilio» pagado siempre por debajo del mínimo.

> «Un espectáculo espantoso se desarrolló ayer en una parte de la metrópoli. Aunque los miles de parados del East End no desfilaron en masa con banderas negras de luto, la corriente humana fue bastante imponente. Recordemos lo que sufre esta población. Se está muriendo de hambre. Este es el hecho simple y terrible. Son 40.000... En nuestra presencia, en un barrio de esta maravillosa metrópoli, justo al lado de la más enorme acumulación de riqueza que jamás vio el mundo, justo al lado, 40.000 personas muriéndose de hambre sin remedio. Estos miles irrumpen ahora en los demás barrios; ellos, medio muertos de hambre en todas las épocas, nos gritan su dolor al oído, lo gritan al cielo, nos hablan de sus viviendas destrozadas por la miseria, de que les es imposible encontrar trabajo e inútil mendigar. Los contribuyentes locales del impuesto de pobres se ven empujados ellos mismos al borde del pauperismo por las exigencias de las parroquias». (*Standard*, 5 de abril de 1867.)

Como está de moda entre los capitalistas ingleses presentar Bélgica como el paraíso del obrero, porque allí «la libertad del trabajo» o, lo que es lo mismo, «la libertad del capital» no se ve menoscabada ni por el despotismo de las *trade unions* ni por las leyes fabriles, unas palabras sobre la «felicidad» del obrero belga. Seguramente nadie estaba más iniciado en los misterios de esta felicidad que el difunto señor Ducpétiaux, inspector general de las prisiones y los establecimientos de beneficencia belgas y miembro de la Comisión Central de Estadística de Bélgica. Tomemos su obra *Budgets économiques des classes ouvrières en Belgique*, Bruselas, 1855. En ella encontramos, entre otras cosas, una familia obrera belga normal cuyos gastos e ingresos anuales se calculan según datos muy precisos, y cuyas condiciones de alimentación se comparan luego con las del soldado, el marinero de la flota y el preso. La familia «se compone del padre, la madre y cuatro hijos». De estas seis personas, «cuatro pueden estar ocupadas útilmente todo el año»; se supone «que no hay entre ellos enfermos ni incapacitados para el trabajo», ni «gastos con fines religiosos, morales e intelectuales, salvo una pequeñísima suma para los asientos de la iglesia», ni «aportaciones a las cajas de ahorro o de pensiones de vejez», ni «gastos de lujo u otros superfluos». Pero se admite que el padre y el hijo mayor fumen tabaco y vayan los domingos a la taberna, para lo cual se les asignan nada menos que 86 céntimos a la semana.

> «Del cuadro de conjunto de los salarios concedidos a los obreros de las distintas ramas de negocios se sigue... que la media más alta del salario diario es: 1 fr. 56 c. para los hombres, 89 c. para las mujeres, 56 c. para los muchachos y 55 c. para las muchachas. Calculados así, los ingresos de la familia ascenderían como mucho a 1.068 fr. anuales... En el hogar adoptado como típico hemos sumado todos los ingresos posibles. Pero si atribuimos un salario a la madre, privamos con ello al hogar de su dirección; ¿quién cuida de la casa, quién de los niños pequeños? ¿Quién ha de cocinar, lavar, remendar? Este dilema se presenta cada día a los obreros».

El presupuesto de la familia es, por tanto:

| el padre | 300 días de trabajo a | 1,56 fr. | 468 fr. |
|---|---|---|---|
| la madre | | 0,89 fr. | 267 fr. |
| el muchacho | | 0,56 fr. | 168 fr. |
| la muchacha | | 0,55 fr. | 165 fr. |
| | | Total | 1.068 fr. |

El gasto anual de la familia y su déficit ascenderían, si el obrero tuviera la alimentación:

| del marinero de la flota | 1.828 fr. | déficit | 760 fr. |
|---|---|---|---|
| del soldado | 1.473 fr. | déficit | 405 fr. |
| del preso | 1.112 fr. | déficit | 44 fr. |

> «Se ve que pocas familias obreras pueden procurarse la alimentación, no ya del marinero o del soldado, sino ni siquiera la del preso. Por término medio, cada preso costó en Bélgica, en 1847-1849, 63 c. diarios, lo que da una diferencia de 13 c. con los gastos diarios de mantenimiento del obrero. Los gastos de administración y vigilancia se compensan con el hecho de que el preso no paga alquiler... Pero ¿cómo es posible que un gran número, podríamos decir la gran mayoría de los obreros, viva en condiciones todavía más económicas? Solo recurriendo a expedientes cuyo secreto solo conoce el obrero; recortando la ración diaria; comiendo pan de centeno en lugar de pan de trigo; comiendo menos carne o ninguna; lo mismo con la mantequilla y los condimentos; metiendo a la familia en una o dos habitaciones donde muchachas y muchachos duermen juntos, a menudo en el mismo jergón; ahorrando en la ropa, la ropa blanca y los artículos de limpieza; renunciando a las diversiones del domingo; en una palabra, resignándose a las privaciones más dolorosas. Una vez llegado a este último límite, la más mínima subida del precio de los medios de subsistencia, una paralización del trabajo, una enfermedad, aumentan la miseria del obrero y lo arruinan por completo. Las deudas se acumulan, se le niega el crédito, la ropa y los muebles más necesarios van a parar a la casa de empeños, y finalmente la familia pide que se la inscriba en la lista de pobres».[^k15-137]

En efecto, en este «paraíso de los capitalistas», al más mínimo cambio en el precio de los medios de subsistencia más necesarios sigue un cambio en el número de defunciones y de delitos. (Véase *Manifest der Maatschappij: De Vlamingen Vooruit!*, Bruselas, 1860, p. 12.)[^k15-t29] Bélgica entera cuenta 930.000 familias, de ellas, según la estadística oficial: 90.000 ricas (electores) = 450.000 personas; 390.000 familias de la pequeña clase media, en la ciudad y en el campo, una gran parte de ellas cayendo constantemente en el proletariado = 1.950.000 personas. Por último, 450.000 familias obreras = 2.250.000 personas, de las cuales las familias modelo gozan de la felicidad descrita por Ducpétiaux. ¡De las 450.000 familias obreras, más de 200.000 en la lista de pobres!

#### e) El proletariado agrícola británico

El carácter antagónico de la producción y de la acumulación capitalistas no se manifiesta en ninguna parte de forma más brutal que en el progreso de la agricultura inglesa (incluida la ganadería) y en el retroceso del obrero agrícola inglés. Antes de pasar a su situación actual, una rápida mirada atrás. La agricultura moderna data en Inglaterra de mediados del siglo XVIII, aunque la revolución de las relaciones de propiedad de la tierra, de la que parte como base el modo de producción transformado, es de fecha muy anterior.

Si tomamos los datos de Arthur Young, observador minucioso aunque pensador superficial, sobre el obrero agrícola de 1771, este desempeña un papel muy mísero comparado con su predecesor de finales del siglo XIV, «cuando podía vivir en la abundancia y acumular riqueza»[^k16-138], por no hablar del siglo XV, «la edad de oro de los obreros ingleses de la ciudad y del campo». Pero no necesitamos remontarnos tan atrás. En un escrito muy sustancioso de 1777 se lee:

> «El gran arrendatario se ha elevado casi al nivel del *gentleman*, mientras que el pobre obrero agrícola está casi aplastado contra el suelo. Su desdichada situación se pone claramente de manifiesto comparando sus condiciones de hoy con las de hace 40 años... El propietario de la tierra y el arrendatario actúan de la mano para oprimir al obrero.»[^k16-139]

Luego se demuestra en detalle que el salario real en el campo bajó de 1737 a 1777 en casi ¼, o un 25 %.

> «La política moderna —dice por la misma época el doctor Richard Price— favorece a las clases altas del pueblo; la consecuencia será que tarde o temprano todo el reino se compondrá solo de *gentlemen* y mendigos, de grandes y esclavos.»[^k16-140]

Sin embargo, la situación del obrero agrícola inglés entre 1770 y 1780, tanto en lo que respecta a su alimentación y su vivienda como a su amor propio, sus diversiones, etc., es un ideal que después no se volvió a alcanzar jamás. Expresado en pintas de trigo, su salario medio ascendía en 1770-1771 a 90 pintas; en tiempos de Eden (1797), solo a 65, y en 1808, a 60.[^k16-141]

Ya se ha señalado antes la situación de los obreros agrícolas al final de la guerra antijacobina, durante la cual los aristócratas de la tierra, los arrendatarios, los fabricantes, los comerciantes, los banqueros, los caballeros de la Bolsa, los proveedores del ejército, etc., se habían enriquecido extraordinariamente. El salario nominal subió, en parte a consecuencia de la depreciación de los billetes de banco y en parte por un aumento de los precios de los medios de subsistencia de primera necesidad independiente de aquella. Pero el movimiento real del salario puede comprobarse de manera muy sencilla, sin recurrir a detalles que aquí no caben. La ley de pobres y su administración eran las mismas en 1795 y en 1814. Se recordará cómo se aplicaba esta ley en el campo: en forma de limosna, la parroquia completaba el salario nominal hasta la suma nominal requerida para la mera vegetación del obrero. La proporción entre el salario pagado por el arrendatario y el déficit salarial cubierto por la parroquia nos muestra dos cosas: primero, el descenso del salario por debajo de su mínimo; segundo, el grado en que el obrero agrícola estaba compuesto de obrero asalariado y de *pauper*, o el grado en que se le había convertido en siervo de su parroquia. Elegimos un condado que representa la proporción media de todos los demás condados. En 1795 el salario semanal medio en Northamptonshire era de 7 chelines 6 peniques; el gasto total anual de una familia de 6 personas, de 36 £ 12 chelines 5 peniques; sus ingresos totales, de 29 £ 18 chelines; el déficit cubierto por la parroquia, de 6 £ 14 chelines 5 peniques. En el mismo condado, en 1814, el salario semanal era de 12 chelines 2 peniques; el gasto total anual de una familia de 5 personas, de 54 £ 18 chelines 4 peniques; sus ingresos totales, de 36 £ 2 chelines; el déficit cubierto por la parroquia, de 18 £ 6 chelines 4 peniques[^k16-142]. En 1795 el déficit era menos de ¼ del salario; en 1814, más de la mitad. Se comprende por sí mismo que en estas circunstancias las escasas comodidades que Eden encontraba todavía en el *cottage* del obrero agrícola hubieran desaparecido en 1814.[^k16-143] De todos los animales que tiene el arrendatario, el obrero, el *instrumentum vocale*[^k16-t1], fue en adelante el más agobiado de trabajo, el peor alimentado y el más brutalmente tratado.

El mismo estado de cosas continuó tranquilamente hasta que

> «los motines de Swing[^k16-t2] de 1830 nos revelaron» (es decir, a las clases dominantes) «a la luz de los almiares en llamas que la miseria y un sombrío descontento sedicioso ardían con la misma furia bajo la superficie de la Inglaterra agrícola que de la industrial»[^k16-144].

Sadler[^k16-t3] bautizó entonces en la Cámara de los Comunes a los obreros agrícolas como «esclavos blancos» (*white slaves*), y un obispo repitió el epíteto en la Cámara de los Lores. El economista político más notable de aquel período, E. G. Wakefield, dice:

> «El obrero agrícola del sur de Inglaterra no es un esclavo, no es un hombre libre: es un *pauper*.»[^k16-145]

La época inmediatamente anterior a la abolición de las leyes cerealistas arrojó nueva luz sobre la situación de los obreros agrícolas. Por un lado, a los agitadores burgueses les interesaba demostrar lo poco que aquellas leyes proteccionistas protegían al productor real de cereales. Por otro, la burguesía industrial echaba espuma de rabia ante la denuncia de las condiciones de las fábricas por parte de los aristócratas de la tierra, ante la simpatía afectada de esos ociosos depravados hasta la médula, sin corazón y de alcurnia, por los sufrimientos del obrero fabril, y ante su «celo diplomático» en favor de la legislación fabril. Dice un viejo refrán inglés que, cuando dos ladrones se pelean, siempre sale algo bueno. Y, en efecto, la ruidosa y apasionada pendencia entre las dos fracciones de la clase dominante sobre la cuestión de cuál de ellas explotaba al obrero con mayor desvergüenza hizo a diestro y siniestro de comadrona de la verdad. El conde de Shaftesbury, alias lord Ashley, era el adalid de la campaña filantrópica aristocrática contra las fábricas. Por eso, en 1844-1845, fue uno de los temas favoritos de las revelaciones del *Morning Chronicle* sobre las condiciones de los obreros agrícolas. Este periódico, entonces el órgano liberal más importante, envió a los distritos rurales comisionados propios, que no se contentaron en modo alguno con descripciones generales y estadísticas, sino que publicaron los nombres tanto de las familias obreras investigadas como de sus terratenientes. La lista siguiente da los salarios pagados en tres aldeas de las cercanías de Blanford, Wimbourne y Poole. Las aldeas son propiedad del señor G. Bankes y del conde de Shaftesbury. Se observará que este papa de la *low church*, esta cabeza de los pietistas ingleses, se embolsa, igual que el susodicho Bankes, una parte considerable de los salarios de miseria de los obreros con el pretexto del alquiler de la casa.

| Niños | Miembros de la familia | Salario semanal de los hombres | Salario semanal de los niños |  | Ingreso semanal de toda la familia |  | Alquiler semanal de la casa |  | Salario semanal total, descontado el alquiler |  | Salario semanal por cabeza |  |
|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|
| a | b | c | d |  | e |  | f |  | g |  | h |  |
| Primera aldea |  |  |  |  |  |  |  |  |  |  |  |  |
|  |  | chel. | chel. | pen. | chel. | pen. | chel. | pen. | chel. | pen. | chel. | pen. |
| 2 | 4 | 8 | - | - | 8 | - | 2 | - | 6 | - | 1 | 6 |
| 3 | 5 | 8 | - | - | 8 | - | 1 | 6 | 6 | 6 | 1 | 3½ |
| 2 | 4 | 8 | - | - | 8 | - | 1 | - | 7 | - | 1 | 9 |
| 2 | 4 | 8 | - | - | 8 | - | 1 | - | 7 | - | 1 | 9 |
| 6 | 8 | 7 | 1 | 6 | 10 | 6 | 2 | - | 8 | 6 | 1 | 0¾ |
| 3 | 5 | 7 | 2 | - | 7 | - | 1 | 4 | 5 | 8 | 1 | 1½ |
| Segunda aldea |  |  |  |  |  |  |  |  |  |  |  |  |
| 6 | 8 | 7 | 1 | 6 | 10 | - | 1 | 6 | 8 | 6 | 1 | 0¾ |
| 6 | 8 | 7 | 1 | 6 | 7 | - | 1 | 3½ | 5 | 8½ | - | 8½ |
| 8 | 10 | 7 | - | - | 7 | - | 1 | 3½ | 5 | 8½ | - | 7 |
| 4 | 6 | 7 | - | - | 7 | - | 1 | 6½ | 5 | 5½ | - | 11 |
| 3 | 5 | 7 | - | - | 7 | - | 1 | 6½ | 5 | 5½ | 1 | 1 |
| Tercera aldea |  |  |  |  |  |  |  |  |  |  |  |  |
| 4 | 6 | 7 | - | - | 7 | - | 1 | - | 6 | - | 1 | - |
| 3 | 5 | 7 | 2 | - | 11 | 6 | - | 10 | 10 | 8 | 2 | 1½ |
| 0 | 2 | 5 | 2 | 6 | 5 | - | 1 | - | 4 | - | 2[^k16-146] |  |

La abolición de las leyes cerealistas dio a la agricultura inglesa un impulso enorme. Drenaje en la mayor escala[^k16-147], un nuevo sistema de estabulación y de cultivo de plantas forrajeras artificiales, introducción de aparatos mecánicos de abonado, nuevo tratamiento de la arcilla, empleo creciente de abonos minerales, uso de la máquina de vapor y de toda clase de nueva maquinaria de trabajo, etc., cultivo más intensivo en general: eso caracteriza esta época. El presidente de la Real Sociedad de Agricultura, el señor Pusey, afirma que los costes (relativos) de explotación se han reducido casi a la mitad gracias a la maquinaria recién introducida. Por otro lado, el rendimiento positivo del suelo aumentó rápidamente. Un mayor desembolso de capital por acre, y por tanto también una concentración acelerada de los arrendamientos, era condición fundamental del nuevo método.[^k16-148] Al mismo tiempo, la superficie cultivada se amplió de 1846 a 1856 en 464.119 acres, por no hablar de las grandes extensiones de los condados del este, que de conejeras y pastos pobres se transformaron como por encanto en exuberantes campos de cereal. Ya se sabe que, al mismo tiempo, disminuyó el número total de personas ocupadas en la agricultura. En cuanto a los labradores propiamente dichos, de ambos sexos y de todas las edades, su número descendió de 1.241.269 en 1851 a 1.163.217 en 1861.[^k16-t13][^k16-149] Por eso, si el registrador general inglés observa con razón que «el aumento de arrendatarios y obreros agrícolas desde 1801 no guarda ninguna proporción con el aumento del producto agrícola»[^k16-150], esta desproporción vale mucho más aún para el último período, en el que la disminución positiva de la población obrera rural fue de la mano de la extensión de la superficie cultivada, de un cultivo más intensivo, de una acumulación inaudita del capital incorporado al suelo y dedicado a su laboreo, de un aumento del producto del suelo sin parangón en la historia de la agronomía inglesa, de las rentas rebosantes de los propietarios de la tierra y de la creciente riqueza de los arrendatarios capitalistas. Si a esto se añade la ampliación rápida e ininterrumpida del mercado urbano de venta y el imperio del librecambio, el obrero agrícola, *post tot discrimina rerum*[^k16-t4], se vio por fin en condiciones que, *secundum artem*, tenían que hacerlo loco de felicidad.

El profesor Rogers llega, en cambio, a la conclusión de que el obrero agrícola inglés de hoy, no ya comparado con su predecesor de la segunda mitad del siglo XIV y del siglo XV, sino solo con su predecesor del período 1770-1780, ha empeorado extraordinariamente su situación; de que «ha vuelto a convertirse en siervo», y por cierto en un siervo mal alimentado y mal alojado.[^k16-151] El doctor Julian Hunter, en su informe, que hizo época, sobre las condiciones de vivienda de los obreros agrícolas, dice:

> «Los costes de existencia del *hind*» (nombre del obrero agrícola que procede de la época de la servidumbre) «están fijados en la cantidad más baja posible con la que puede vivir... su salario y su techo no se calculan sobre el beneficio que se le pueda sacar. Es un cero en los cálculos del arrendatario[^k16-152]... Sus medios de subsistencia se tratan siempre como una cantidad fija.»[^k16-153] «En cuanto a cualquier reducción ulterior de sus ingresos, puede decir: *nihil habeo, nihil curo*[^k16-t5]. No tiene miedo al futuro, porque no dispone de nada fuera de lo absolutamente indispensable para su existencia. Ha llegado al punto de congelación del que parten, como dato, los cálculos del arrendatario. Pase lo que pase, no tiene parte ni en la fortuna ni en el infortunio.»[^k16-154]

En 1863 se llevó a cabo una investigación oficial sobre las condiciones de alimentación y de ocupación de los delincuentes condenados a deportación y a trabajos forzados públicos. Los resultados se recogen en dos voluminosos libros azules.

> «Una comparación cuidadosa —se dice, entre otras cosas— entre la dieta de los delincuentes en las cárceles de Inglaterra y la de los *paupers* de los *workhouses* y de los obreros agrícolas libres de ese mismo país muestra indiscutiblemente que los primeros están mucho mejor alimentados que cualquiera de las otras dos clases»[^k16-155], mientras que «la masa de trabajo que se exige a un condenado a trabajos forzados públicos viene a ser la mitad de la que realiza el obrero agrícola corriente».[^k16-156]

Algunas declaraciones características de testigos: interrogatorio de John Smith, director de la cárcel de Edimburgo.

> N.º 5056: «La dieta en las cárceles inglesas es mucho mejor que la de los obreros agrícolas corrientes.» N.º 5057: «Es un hecho que los obreros agrícolas corrientes de Escocia rara vez reciben carne de ninguna clase.» N.º 3047: «¿Conoce usted alguna razón que haga necesario alimentar a los delincuentes mucho mejor (*much better*) que a los obreros agrícolas corrientes? —Ciertamente, no.» N.º 3048: «¿Considera usted conveniente hacer nuevos experimentos para acercar la dieta de los presos condenados a trabajos forzados públicos a la de los obreros agrícolas libres?»[^k16-157] «El obrero agrícola —se dice— podría decir: trabajo duro y no tengo bastante que comer. Cuando estaba en la cárcel, no trabajaba tan duro y tenía comida en abundancia; por eso me conviene más estar en la cárcel que fuera.»[^k16-158]

Con las tablas anejas al primer volumen del informe se ha compuesto un cuadro comparativo.

Cantidad semanal de alimentos[^k16-158a]

|  | Componentes nitrogenados | Componentes no nitrogenados | Componentes minerales | Total |
|---|---|---|---|---|
|  | Onzas | Onzas | Onzas | Onzas |
| Delincuente de la cárcel de Portland | 28,95 | 150,06 | 4,68 | 183,69 |
| Marinero de la Marina Real | 29,63 | 152,91 | 4,52 | 187,06 |
| Soldado | 25,55 | 114,49 | 3,94 | 143,98 |
| Carrocero (obrero) | 24,53 | 162,06 | 4,23 | 190,82 |
| Cajista | 21,24 | 100,83 | 3,12 | 125,19 |
| Obrero agrícola | 17,73 | 118,06 | 3,29 | 139,08 |

El lector ya conoce el resultado general de la comisión médica de investigación de 1863 sobre el estado de nutrición de las clases peor alimentadas del pueblo. Recordará que la dieta de una gran parte de las familias de obreros agrícolas está por debajo de la medida mínima «para prevenir las enfermedades del hambre». Este es el caso, en particular, de todos los distritos puramente agrícolas de Cornualles, Devon, Somerset, Wilts, Stafford, Oxford, Berks y Herts.

> «Los alimentos que recibe el obrero agrícola —dice el doctor Smith[^k16-t15]— son más de lo que indica la cantidad media, puesto que él mismo recibe una parte de los medios de subsistencia mucho mayor que los demás miembros de su familia, indispensable para su trabajo; en los distritos más pobres, casi toda la carne o el tocino. La cantidad de alimento que corresponde a la mujer, y también a los niños en su período de crecimiento rápido, es en muchos casos, y en casi todos los condados, insuficiente, sobre todo en nitrógeno.»[^k16-159]

Los mozos y criadas que viven en casa de los propios arrendatarios están abundantemente alimentados. Su número bajó de 288.277[^k16-t14] en 1851 a 204.962 en 1861.

> «El trabajo de las mujeres en el campo —dice el doctor Smith—, cualesquiera que sean los demás inconvenientes que lo acompañen, es en las circunstancias actuales de gran ventaja para la familia, porque le proporciona medios para el calzado, el vestido y el pago del alquiler de la casa, y le permite así comer mejor.»[^k16-160]

Uno de los resultados más notables de esta investigación fue que el obrero agrícola de Inglaterra está mucho peor alimentado que el de las demás partes del Reino Unido (*is considerably the worst fed*), como muestra la tabla.

Consumo semanal de carbono y de nitrógeno del obrero agrícola medio

|  | Carbono | Nitrógeno |
|---|---|---|
|  | Granos | Granos |
| Inglaterra | 40.673 | 1.594 |
| Gales | 48.354 | 2.031 |
| Escocia | 48.980 | 2.348 |
| Irlanda | 43.366 | 2.434[^k16-161] |

> «Cada página del informe del doctor Hunter —dice el doctor Simon en su informe oficial de sanidad— da testimonio de la cantidad insuficiente y de la mísera calidad de las viviendas de nuestro obrero agrícola. Y desde hace muchos años su situación en este aspecto ha empeorado progresivamente. Ahora le resulta mucho más difícil encontrar alojamiento y, cuando lo encuentra, este responde mucho menos a sus necesidades de lo que tal vez ha sido el caso desde hace siglos. Sobre todo en los últimos 30 o 20 años, el mal crece rápidamente, y las condiciones de vivienda del campesino son hoy lamentables en grado sumo. Salvo en la medida en que aquellos a quienes su trabajo enriquece consideren que vale la pena tratarlo con una especie de compasiva indulgencia, está del todo indefenso en la materia. Que encuentre alojamiento en la tierra que cultiva, que este sea humano o propio de cerdos, que tenga un pequeño huerto que alivie tanto la presión de la pobreza, nada de eso depende de su disposición o de su capacidad para pagar un alquiler adecuado, sino del uso que a otros les plazca hacer de “su derecho a hacer con su propiedad lo que quieran”. Por grande que sea una finca arrendada, no existe ley alguna que obligue a que haya en ella un número determinado de viviendas obreras, y menos aún decentes; la ley tampoco reserva al obrero el más mínimo derecho sobre la tierra para la que su trabajo es tan necesario como la lluvia y el sol... Una circunstancia notoria echa todavía un gran peso en la balanza contra él..., la influencia de la ley de pobres con sus disposiciones sobre el domicilio de socorro y la carga del impuesto de pobres.[^k16-162] Bajo su influencia, cada parroquia tiene un interés pecuniario en limitar al mínimo el número de obreros agrícolas residentes en ella; porque, por desgracia, el trabajo agrícola, en vez de garantizar al obrero que se mata a trabajar y a su familia una independencia segura y permanente, no conduce la mayoría de las veces, por un rodeo más o menos largo, sino al pauperismo, un pauperismo que está tan cerca durante todo el camino que cualquier enfermedad o cualquier falta pasajera de ocupación obliga de inmediato a recurrir al socorro parroquial; y por eso todo asentamiento de una población agrícola en una parroquia es manifiestamente un recargo de su impuesto de pobres... A los grandes propietarios de la tierra[^k16-163] les basta con decidir que en sus fincas no haya viviendas obreras, y se libran en el acto de la mitad de su responsabilidad para con los pobres. Hasta qué punto la constitución y la ley inglesas pretendían este tipo de propiedad absoluta de la tierra, que capacita a un *landlord* que “hace con lo suyo lo que quiere” para tratar a los cultivadores del suelo como a extranjeros y expulsarlos de su territorio, es una cuestión cuyo examen no entra en mi competencia... Este poder de desahucio no es mera teoría. Se ejerce en la práctica en la mayor escala. Es una de las circunstancias que dominan las condiciones de vivienda del obrero agrícola... La extensión del mal puede juzgarse por el último censo, según el cual la destrucción de casas, pese a la mayor demanda local de ellas, avanzó durante los últimos 10 años en 821 distritos distintos de Inglaterra, de modo que, aparte de las personas a las que se obligó a convertirse en no residentes» (es decir, en la parroquia en que trabajan), «en 1861, comparado con 1851, una población un 5⅓ % mayor fue hacinada en un espacio habitable un 4½ % menor... En cuanto el proceso de despoblación ha alcanzado su objetivo, el resultado, dice el doctor Hunter, es una aldea de escaparate (*show-village*), donde los *cottages* se han reducido a unos pocos y donde no puede vivir nadie salvo pastores, jardineros y guardas de caza, servidores fijos que reciben de la graciosa señoría el buen trato habitual en su clase.[^k16-164] Pero la tierra necesita ser cultivada, y se verá que los obreros ocupados en ella no son inquilinos del propietario, sino que vienen de una aldea abierta, a lo mejor a 3 millas de distancia, donde los acogió una numerosa clase de pequeños propietarios de casas tras la destrucción de sus *cottages* en las aldeas cerradas. Donde las cosas tienden a este resultado, los *cottages* atestiguan por lo general con su aspecto miserable la suerte a la que están condenados. Se los encuentra en las distintas fases de la ruina natural. Mientras el techo se tiene en pie, se permite al obrero pagar una renta por él, y a menudo está muy contento de poder hacerlo, aunque tenga que pagar el precio de una buena vivienda. Pero ninguna reparación, ningún arreglo, salvo los que pueda hacer el inquilino sin un penique. Cuando por fin acaba siendo del todo inhabitable, no es más que un *cottage* destruido más y otro tanto de impuesto de pobres futuro de menos. Mientras los grandes propietarios se quitan así de encima el impuesto de pobres despoblando las tierras que controlan, el pueblecito o la localidad abierta más próximos acogen a los obreros echados a la calle; el más próximo, digo, pero ese “más próximo” puede estar a 3 o 4 millas de la granja donde el obrero tiene que deslomarse a diario. Así, a su jornada de trabajo, como si no fuera nada, se añade la necesidad de una marcha diaria de 6 u 8 millas para ganarse el pan de cada día. Todo el trabajo agrícola que hacen su mujer y sus hijos se desarrolla ahora en las mismas circunstancias agravantes. Y no es este todo el mal que le causa la distancia. En la localidad abierta, los especuladores de la construcción compran retazos de terreno que siembran tan densamente como pueden de los tugurios más baratos que se pueda imaginar. Y en estas viviendas miserables, que, aun cuando den a campo abierto, comparten los rasgos más monstruosos de las peores viviendas urbanas, se acurrucan los obreros agrícolas de Inglaterra[^k16-165]... Por otra parte, no hay que imaginarse que ni siquiera el obrero alojado en la tierra que cultiva encuentre una vivienda como la que merece su vida de laboriosidad productiva. Incluso en las fincas más principescas, su *cottage* es a menudo de la especie más lamentable. Hay *landlords* que creen que un establo es bastante bueno para sus obreros y las familias de estos, y que, sin embargo, no desdeñan sacar del alquiler todo el dinero contante que pueden.[^k16-166] Puede ser una choza ruinosa con un solo dormitorio, sin hogar, sin retrete, sin ventanas que se abran, sin más abastecimiento de agua que la zanja, sin huerto: el obrero está indefenso frente al atropello. Y nuestras leyes de policía sanitaria (*The Nuisances Removal Acts*) son letra muerta. Su aplicación está confiada precisamente a los propietarios que alquilan tales agujeros... No hay que dejarse deslumbrar por escenas excepcionalmente más luminosas frente al peso abrumador de los hechos, que son una mancha de la civilización inglesa. Espantoso tiene que ser, en efecto, el estado de cosas si, pese a la monstruosidad evidente del alojamiento actual, observadores competentes llegan unánimemente a la conclusión final de que incluso la indignidad general de las viviendas es un mal infinitamente menos opresivo que su mera insuficiencia numérica. Desde hace años, el hacinamiento en las viviendas de los obreros agrícolas es motivo de honda preocupación, no solo para las personas que se preocupan por la salud, sino para todas las que dan importancia a una vida decente y moral. Porque, una y otra vez, en términos tan uniformes que parecen estereotipados, quienes informan sobre la propagación de enfermedades epidémicas en los distritos rurales denuncian el hacinamiento de las casas como una causa que frustra por completo todo intento de detener el avance de una epidemia una vez introducida. Y una y otra vez se ha demostrado que, pese a las muchas influencias saludables de la vida en el campo, la aglomeración, que tanto acelera la propagación de las enfermedades contagiosas, favorece también la aparición de enfermedades no contagiosas. Y las personas que han denunciado este estado de cosas no callan otros males. Aun cuando su tema original solo concernía a la higiene, se vieron casi obligadas a entrar en los demás aspectos del asunto. Al demostrar con cuánta frecuencia ocurre que personas adultas de ambos sexos, casadas y solteras, se amontonan (*huddled*) en estrechos dormitorios, sus informes tenían que suscitar la convicción de que, en las circunstancias descritas, el sentimiento del pudor y de la decencia se ve ultrajado del modo más grosero y toda moralidad se arruina casi necesariamente[^k16-167]... Por ejemplo, en el apéndice de mi último informe, el doctor Ord, en su informe sobre el brote de fiebre de Wing, en Buckinghamshire, menciona cómo llegó allí desde Wingrave un joven con fiebre. Los primeros días de su enfermedad durmió en una habitación con otras 9 personas. En dos semanas cayeron enfermas varias personas; en el curso de pocas semanas, 5 de las 9 personas contrajeron la fiebre, ¡y una murió! Al mismo tiempo, el doctor Harvey, del hospital de St. George, que visitó Wing durante la epidemia por asuntos de su consulta privada, me informó en el mismo sentido: “Una joven enferma de fiebre dormía por la noche en la misma habitación con su padre, su madre, su hijo bastardo, dos jóvenes, sus hermanos, y sus dos hermanas, cada una con un bastardo: en total, 10 personas. Pocas semanas antes dormían 13 niños en la misma habitación.”»[^k16-168]

El doctor Hunter examinó 5.375 *cottages* de obreros agrícolas, no solo en los distritos puramente agrícolas, sino en todos los condados de Inglaterra. De estos 5.375, 2.195 tenían un solo dormitorio (a menudo también sala de estar), 2.930 solo 2, y 250 más de 2. Voy a dar una breve antología de una docena de condados.

*1. Bedfordshire.*

Wrestlingworth: dormitorios de unos 12 pies de largo y 10 de ancho, aunque muchos son más pequeños. La pequeña choza de una sola planta se divide a menudo con tablas en dos dormitorios; a menudo hay una cama en una cocina de 5 pies 6 pulgadas de alto. Alquiler: 3 £. Los inquilinos tienen que construirse sus propios retretes; el propietario de la casa solo pone un agujero. En cuanto uno construye un retrete, lo usa todo el vecindario. Una casa llamada Richardson, de una belleza insuperable. Sus paredes de argamasa se abombaban como un vestido de señora al hacer una reverencia. Un hastial era convexo, el otro cóncavo, y sobre este último se alzaba por desgracia una chimenea, un tubo torcido de barro y madera parecido a la trompa de un elefante. Un palo largo servía de puntal para impedir que se cayera la chimenea. Puerta y ventana en forma de rombo. De 17 casas visitadas, solo 4 con más de 1 dormitorio, y esas 4 hacinadas. Los *cots* de un solo dormitorio albergaban a 3 adultos con 3 niños, a un matrimonio con 6 niños, etc.

Dunton: alquileres altos, de 4 a 5 £; salario semanal de los hombres, 10 chelines. Esperan sacar el alquiler gracias al trenzado de paja de la familia. Cuanto más alto el alquiler, mayor el número de personas que tienen que juntarse para pagarlo. Seis adultos que viven con 4 niños en un dormitorio pagan por él 3 £ 10 chelines. La casa más barata de Dunton, de 15 pies de largo y 10 de ancho por fuera, se alquila por 3 £. Solo una de las 14 casas examinadas tenía dos dormitorios. Un poco antes del pueblo, una casa cuyos ocupantes habían ensuciado de excrementos sus paredes exteriores; las 9 pulgadas inferiores de la puerta, desaparecidos por pura podredumbre; por la noche, al cerrar, unos ladrillos colocados ingeniosamente desde dentro y tapados con un trozo de estera. Media ventana, con cristal y marco, había seguido del todo el camino de toda carne. Allí, sin muebles, se apiñaban 3 adultos y 5 niños. Dunton no es peor que el resto de la Biggleswade Union.

*2. Berkshire.*

Beenham: en junio de 1864 vivían un hombre, su mujer y 4 niños en un *cot* (*cottage* de una sola planta). Una hija volvió a casa del servicio con escarlatina. Murió. Un niño enfermó y murió. La madre y un niño padecían tifus cuando llamaron al doctor Hunter. El padre y un niño dormían fuera, pero la dificultad de asegurar el aislamiento se puso aquí de manifiesto, pues en el mercado abarrotado de la mísera aldea estaba la ropa de la casa atacada por la fiebre, esperando la colada. El alquiler de la casa de H., 1 chelín semanal; el único dormitorio, para un matrimonio y 6 niños. Una casa alquilada por 8 peniques (semanales), de 14 pies 6 pulgadas de largo y 7 pies de ancho, con una cocina de 6 pies de alto; el dormitorio, sin ventana, sin hogar, sin puerta ni abertura salvo hacia el pasillo; sin huerto. Hace poco vivía aquí un hombre con dos hijas adultas y un hijo adolescente; padre e hijo dormían en la cama; las muchachas, en el pasillo. Cada una tuvo un hijo mientras la familia vivió aquí, pero una fue a dar a luz al *workhouse* y luego volvió a casa.

*3. Buckinghamshire.*

Aquí, 30 *cottages*, en 1.000 acres de tierra, contienen unas 130-140 personas. La parroquia de Bradenham abarca 1.000 acres; tenía en 1851 36 casas y una población de 84 varones y 54 mujeres. Esta desigualdad de sexos se había curado en 1861, cuando contaba 98 personas del sexo masculino y 87 del femenino: un aumento en 10 años de 14 hombres y 33 mujeres. Entretanto, el número de casas había disminuido en 1.

Winslow: gran parte, de nueva construcción y de buen estilo; la demanda de casas parece considerable, porque unos *cots* muy miserables se alquilan a 1 chelín y a 1 chelín 3 peniques por semana.

Water Eaton: aquí los propietarios, ante el aumento de la población, han destruido alrededor del 20 % de las casas existentes. Un pobre obrero que tenía que caminar unas 4 millas hasta su trabajo respondió a la pregunta de si no podría encontrar un *cot* más cerca: «No, se cuidarán muy mucho de admitir a un hombre con una familia tan grande como la mía».

Tinker's End, cerca de Winslow: un dormitorio en el que había 4 adultos y 5 niños, de 11 pies de largo, 9 pies de ancho y 6 pies 5 pulgadas de alto en el punto más alto; otro, de 11 pies 7 pulgadas de largo, 9 pies de ancho y 5 pies 10 pulgadas de alto, albergaba a 6 personas. Cada una de estas familias tenía menos espacio del necesario para un galeote. Ninguna casa tenía más de un dormitorio; ninguna, puerta trasera. Agua, muy escasa. Alquiler semanal, de 1 chelín 4 peniques a 2 chelines. En 16 casas examinadas, un solo hombre que ganara 10 chelines por semana. La reserva de aire concedida a cada persona en el caso mencionado corresponde a la que le tocaría si la encerraran por la noche en una caja de 4 pies cúbicos. Es verdad que las viejas chozas ofrecen gran cantidad de ventilación natural.

*4. Cambridgeshire.*

Gamblingay pertenece a diversos propietarios. Contiene los *cots* más andrajosos que se puedan encontrar en cualquier parte. Mucho trenzado de paja. Una languidez mortal, una resignación sin esperanza a la suciedad dominan Gamblingay. El abandono que reina en su centro se convierte en tortura en los extremos, norte y sur, donde las casas se pudren a trozos. Los *landlords* ausentes sangran alegremente al pobre lugarejo. Los alquileres son muy altos; de 8 a 9 personas metidas en una habitación de un solo dormitorio; en dos casos, 6 adultos, con 1 y 2 niños respectivamente, en un pequeño dormitorio.

*5. Essex.*

En este condado, la disminución de personas y la de *cottages* van de la mano en muchas parroquias. Sin embargo, en no menos de 22 parroquias la destrucción de casas no ha detenido el crecimiento de la población ni ha provocado la expulsión que se produce en todas partes bajo el nombre de «emigración a las ciudades». En Fingringhoe, parroquia de 3.443 acres, había en 1851 145 casas; en 1861, solo 110; pero la gente no quiso irse y se las arregló para aumentar incluso con este trato. En Ramsden Crays, en 1851 habitaban 252 personas 61 casas, pero en 1861 había 262 personas apretujadas en 49 casas. En Basildon vivían en 1851, en 1.827 acres, 157 personas en 35 casas; al final del decenio, 180 personas en 27 casas. En las parroquias de Fingringhoe, South Fambridge, Widford, Basildon y Ramsden Crays vivían en 1851, en 8.449 acres, 1.392 personas en 316 casas; en 1861, en la misma superficie, 1.473 personas en 249 casas.

*6. Herefordshire.*

Este pequeño condado ha sufrido más que ningún otro de Inglaterra el «espíritu de desahucio». En Madley, los *cottages* hacinados, la mayoría con 2 dormitorios, pertenecen en gran parte a los arrendatarios. ¡Los alquilan fácilmente a 3 o 4 £ al año y pagan un salario semanal de 9 chelines!

*7. Huntingdonshire.*

Hartford tenía en 1851 87 casas; poco después se destruyeron 19 *cottages* en esta pequeña parroquia de 1.720 acres; población en 1831: 452 personas; en 1851: 382, y en 1861: 341. Se examinaron catorce *cots* de un solo dormitorio. En uno, 1 matrimonio, 3 hijos adultos, 1 muchacha adulta y 4 niños: 10 en total; en otro, 3 adultos y 6 niños. Una de estas habitaciones, en la que dormían 8 personas, tenía 12 pies 10 pulgadas de largo, 12 pies 2 pulgadas de ancho y 6 pies 9 pulgadas de alto; la medida media, sin descontar los salientes, daba unos 130 pies cúbicos por cabeza. En los 14 dormitorios, 34 adultos y 33 niños. Estos *cottages* rara vez tienen huertecillo, pero muchos de sus ocupantes podían arrendar pequeños retazos de tierra a 10 o 12 chelines el *rood* (¼ de acre). Estos *allotments* están lejos de las casas, que carecen de retrete. La familia tiene que ir a su parcela a depositar sus excrementos o, como aquí ocurre, con perdón, llenar con ellos el cajón de un armario. Cuando está lleno, se saca y se vacía allí donde hace falta su contenido. En Japón, el ciclo de las condiciones de vida se cumple con más limpieza.

*8. Lincolnshire.*

Langtoft: un hombre vive aquí, en la casa de Wright, con su mujer, la madre de esta y 5 niños; la casa tiene cocina delantera, fregadero y un dormitorio sobre la cocina delantera; la cocina delantera y el dormitorio miden 12 pies 2 pulgadas de largo y 9 pies 5 pulgadas de ancho; toda la planta, 21 pies 3 pulgadas de largo y 9 pies 5 pulgadas de ancho. El dormitorio es un desván. Las paredes se juntan en el techo como un pan de azúcar, y en la fachada se abre una ventana de trampilla. ¿Por qué vivía aquí? ¿El huerto? Extraordinariamente diminuto. ¿El alquiler? Alto: 1 chelín 3 peniques por semana. ¿Cerca de su trabajo? No, a 6 millas, de modo que cada día recorre a pie 12 millas entre ida y vuelta. Vivía allí porque era un *cot* que se podía alquilar y porque quería un *cot* para él solo, en cualquier parte, a cualquier precio, en cualquier estado. Esta es la estadística de 12 casas de Langtoft con 12 dormitorios, 38 adultos y 36 niños:

*12 casas en Langtoft*

| Casas | Dormitorios | Adultos | Niños | Número de personas | Casas | Dormitorios | Adultos | Niños | Número de personas |
|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|
| 1 | 1 | 3 | 5 | 8 | 1 | 1 | 3 | 3 | 6 |
| 1 | 1 | 4 | 3 | 7 | 1 | 1 | 3 | 2 | 5 |
| 1 | 1 | 4 | 4 | 8 | 1 | 1 | 2 | 0 | 2 |
| 1 | 1 | 5 | 4 | 9 | 1 | 1 | 2 | 3 | 5 |
| 1 | 1 | 2 | 2 | 4 | 1 | 1 | 3 | 3 | 6 |
| 1 | 1 | 5 | 3 | 8 | 1 | 1 | 2 | 4 | 6 |

*9. Kent.*

Kennington, tristísimamente superpoblado en 1859, cuando apareció la difteria y el médico de la parroquia llevó a cabo una investigación oficial sobre la situación de la clase más pobre del pueblo. Halló que en esta localidad, donde hace falta mucho trabajo, se habían destruido varios *cots* y no se había construido ninguno nuevo. En un barrio había 4 casas llamadas *birdcages* (jaulas de pájaros); cada una tenía 4 habitaciones con las siguientes dimensiones en pies y pulgadas:

| Cocina | 9,5 × 8,11 × 6,6 |
|---|---|
| Fregadero | 8,6 × 4,6 × 6,6 |
| Dormitorio | 8,5 × 5,10 × 6,3 |
| Dormitorio | 8,3 × 8,4 × 6,3 |

*10. Northamptonshire.*

Brixworth, Pitsford y Floore: en estas aldeas, en invierno, de 20 a 30 hombres vagan por las calles por falta de trabajo. Los arrendatarios no siempre labran lo suficiente las tierras de cereal y de raíces, y el *landlord* ha considerado oportuno juntar todos sus arrendamientos en 2 o 3. De ahí la falta de ocupación. Mientras a un lado de la zanja el campo pide trabajo a gritos, desde el otro lado los obreros estafados le lanzan miradas anhelantes. Febrilmente agotados de trabajo en verano y medio muertos de hambre en invierno, no es de extrañar que digan en su propio dialecto que *the parson and gentlefolks seem frit to death at them*[^k16-168a].

En Floore, ejemplos de matrimonios con 4, 5 y 6 niños en un dormitorio de las dimensiones más reducidas; ídem, 3 adultos con 5 niños; ídem, un matrimonio con el abuelo y 6 niños enfermos de escarlatina, etc.; en 2 casas con 2 dormitorios, 2 familias de 8 y 9 adultos respectivamente.

*11. Wiltshire.*

Stratton: 31 casas visitadas, 8 con un solo dormitorio; Penhill, en la misma parroquia. Un *cot* alquilado por 1 chelín 3 peniques semanales a 4 adultos y 4 niños no tenía nada bueno salvo unas buenas paredes, desde el suelo de piedras toscamente labradas hasta el techo de paja podrida.

*12. Worcestershire.*

Aquí la destrucción de casas no es tan grave; sin embargo, de 1851 a 1861 el número de personas por casa aumentó de 4,2 a 4,6 individuos.

Badsey: aquí, muchos *cots* y huertecillos. Algunos arrendatarios declaran que los *cots* son *a great nuisance here, because they bring the poor* (los *cots*, un gran estorbo, porque traen a los pobres). A la observación de un *gentleman*:

> «Los pobres no están en absoluto mejor por eso; si se construyen 500 *cots*, se venden como rosquillas; de hecho, cuantos más se construyen, más hacen falta»

—según él, las casas producen los habitantes, que por ley natural ejercen presión sobre «los medios de alojamiento»—, el doctor Hunter replica:

> «Pues bien, estos pobres tienen que venir de alguna parte, y como en Badsey no existe ningún atractivo especial, como las limosnas, tiene que existir una repulsión de algún lugar aún más incómodo que los empuja hasta aquí. Si cada uno pudiera encontrar un *cot* y un pedacito de tierra cerca de su lugar de trabajo, sin duda lo preferiría a Badsey, donde paga por su puñado de tierra el doble que el arrendatario por la suya.»

La emigración constante a las ciudades, la constante «conversión en sobrantes» en el campo mediante la concentración de los arrendamientos, la transformación de las tierras de labor en pastos, la maquinaria, etc., y el constante desahucio de la población rural mediante la destrucción de los *cottages* van de la mano. Cuanto más despoblado está el distrito, mayor es su «superpoblación relativa», mayor la presión de esta sobre los medios de ocupación, mayor el excedente absoluto de la población rural sobre sus medios de alojamiento y, por tanto, mayor en las aldeas la superpoblación local y el hacinamiento humano más pestilente. La condensación de la masa humana en pequeñas aldeas y villorrios dispersos corresponde al vaciamiento violento de seres humanos en la superficie del campo. La ininterrumpida «conversión en sobrantes» de los obreros agrícolas, pese a la disminución de su número y con la masa creciente de su producto, es la cuna de su pauperismo. Su eventual pauperismo es un motivo de su desahucio y la fuente principal de su miseria en materia de vivienda, que quebranta su última capacidad de resistencia y los convierte en meros esclavos de los terratenientes[^k16-169] y de los arrendatarios, de modo que el mínimo del salario se consolida para ellos como ley natural. Por otro lado, el campo, pese a su constante «superpoblación relativa», está al mismo tiempo subpoblado. Esto se manifiesta no solo localmente en aquellos puntos en que la salida de gente hacia las ciudades, las minas, la construcción de ferrocarriles, etc., se produce con demasiada rapidez, sino en todas partes, tanto en la época de la cosecha como en primavera y en verano, en los numerosos momentos en que la agricultura inglesa, muy cuidadosa e intensiva, necesita brazos suplementarios. Siempre hay demasiados obreros agrícolas para las necesidades medias del cultivo y siempre demasiado pocos para las excepcionales o temporales.[^k16-170] De ahí que en los documentos oficiales se registre la queja contradictoria de las mismas localidades sobre falta y exceso simultáneos de trabajo. La falta temporal o local de trabajo no provoca un aumento del salario, sino que se empuje a mujeres y niños al trabajo del campo y se descienda a edades cada vez más bajas. En cuanto la explotación de mujeres y niños gana mayor terreno, se convierte a su vez en un nuevo medio para hacer sobrante al obrero agrícola varón y para mantener bajo su salario. En el este de Inglaterra florece un hermoso fruto de este *cercle vicieux*: el llamado *gang system* (sistema de cuadrillas o de bandas), sobre el que vuelvo aquí brevemente.[^k16-171]

El sistema de cuadrillas reina casi exclusivamente en Lincolnshire, Huntingdonshire, Cambridgeshire, Norfolk, Suffolk y Nottinghamshire, y esporádicamente en los condados vecinos de Northampton, Bedford y Rutland. Sirva aquí de ejemplo Lincolnshire. Una gran parte de este condado es tierra nueva, antiguo pantano o también, como en otros de los condados del este mencionados, tierra ganada hace poco al mar. La máquina de vapor ha hecho maravillas en el desagüe. Lo que antes era ciénaga y arenal lleva ahora un exuberante mar de cereal y da las rentas del suelo más altas. Lo mismo vale para las tierras de aluvión ganadas artificialmente, como en la isla de Axholme y en las demás parroquias de la orilla del Trent. A medida que surgían los nuevos arrendamientos, no solo no se construyeron *cottages* nuevos, sino que se derribaron los viejos; la mano de obra, en cambio, se hizo venir de las aldeas abiertas, a millas de distancia, a lo largo de los caminos que serpentean junto a las lomas. Allí era donde la población había encontrado antes su único refugio contra las prolongadas inundaciones invernales. Los obreros residentes en los arrendamientos de 400 a 1.000 acres (aquí se les llama *confined labourers*) sirven exclusivamente para las faenas agrícolas permanentes, pesadas y hechas con caballos. Por cada 100 acres (1 acre = 40,49 áreas o 1,584 *Morgen* prusianos) apenas corresponde por término medio un *cottage*. Un arrendatario de los *fens*, por ejemplo, declara ante la comisión de investigación:

> «Mi arrendamiento abarca 320 acres, todo tierra de cereal. No tiene ningún *cottage*. Ahora vive conmigo un obrero. Tengo cuatro mozos de caballos alojados en los alrededores. El trabajo ligero, para el que hacen falta numerosos brazos, lo hacen las cuadrillas.»[^k16-172]

El suelo exige mucho trabajo ligero de campo, como escardar las malas hierbas, binar, ciertas operaciones de abonado, despedregar, etc. Lo hacen las cuadrillas o bandas organizadas, que tienen su domicilio en las localidades abiertas.

La cuadrilla consta de 10 a 40 o 50 personas: mujeres, jóvenes de ambos sexos (de 13 a 18 años), aunque los muchachos se retiran casi siempre a los 13 años, y, por último, niños de ambos sexos (de 6 a 13 años). A su cabeza está el *gangmaster* (capataz de cuadrilla), siempre un obrero agrícola corriente, casi siempre un mal sujeto, un calavera, inconstante, borracho, pero con cierto espíritu de empresa y *savoir-faire*. Él recluta la cuadrilla, que trabaja a sus órdenes, no a las del arrendatario. Con este último contrata casi siempre a destajo, y sus ingresos, que por término medio no suben mucho por encima de los de un obrero agrícola corriente[^k16-173], dependen casi por entero de la habilidad con que sepa sacar a su banda la mayor cantidad posible de trabajo en el menor tiempo. Los arrendatarios han descubierto que las mujeres solo trabajan como es debido bajo una dictadura masculina, pero que las mujeres y los niños, una vez lanzados, derrochan su fuerza vital con verdadero ímpetu, cosa que ya sabía Fourier, mientras que el obrero varón adulto es tan taimado que la economiza cuanto puede. El capataz va de una finca a otra y ocupa así a su banda 6-8 meses al año. Por eso su clientela es mucho más lucrativa y segura para las familias obreras que la del arrendatario individual, que solo ocupa niños de vez en cuando. Esta circunstancia afianza tanto su influencia en las localidades abiertas que casi siempre los niños solo pueden contratarse por su mediación. Alquilar a estos últimos individualmente, separados de la cuadrilla, constituye su negocio accesorio.

Los «lados sombríos» del sistema son el exceso de trabajo de los niños y jóvenes, las enormes marchas que hacen a diario hasta las fincas, situadas a 5, 6 y a veces 7 millas, y de vuelta, y, por último, la desmoralización de la «cuadrilla». Aunque el capataz, al que en algunas comarcas llaman *the driver* (el arreador), va provisto de una larga vara, rara vez la usa, y las quejas de malos tratos brutales son la excepción. Es un emperador democrático o una especie de flautista de Hamelín. Necesita, pues, popularidad entre sus súbditos, y los ata a su persona mediante la vida gitanesca que florece bajo sus auspicios. Un desenfreno grosero, una alegre licencia y el descaro más obsceno ponen alas a la cuadrilla. Por lo general, el capataz paga en una taberna y luego vuelve a casa a la cabeza del cortejo, tambaleándose, apoyado a derecha e izquierda en una mujerona robusta, con los niños y los jóvenes alborotando detrás, cantando canciones de burla y obscenas. En el camino de vuelta, lo que Fourier llama «fanerogamia» está a la orden del día. Es frecuente que muchachas de trece y catorce años queden embarazadas de sus compañeros de edad. Las aldeas abiertas que proporcionan el contingente de la cuadrilla se convierten en Sodomas y Gomorras[^k16-174] y dan el doble de nacimientos ilegítimos que el resto del reino. Ya se ha señalado antes de qué son capaces en materia de moralidad, como mujeres casadas, las muchachas criadas en esta escuela. Sus hijos, en la medida en que el opio no acaba con ellos, son reclutas natos de la cuadrilla.

La cuadrilla en la forma clásica que acabamos de describir se llama cuadrilla pública, común o ambulante (*public, common or tramping gang*). Porque también hay cuadrillas privadas (*private gangs*). Están compuestas como la cuadrilla común, pero cuentan con menos cabezas y trabajan, en lugar de a las órdenes del capataz, a las de un viejo mozo de labranza al que el arrendatario no sabe dar mejor empleo. El humor gitanesco desaparece aquí, pero, según todas las declaraciones de testigos, empeoran la paga y el trato de los niños.

El sistema de cuadrillas, que en los últimos años se extiende sin cesar[^k16-175], no existe, evidentemente, por amor al capataz. Existe para el enriquecimiento de los grandes arrendatarios[^k16-176] o, en su caso, de los terratenientes[^k16-177]. Para el arrendatario no hay método más ingenioso de mantener su personal obrero muy por debajo del nivel normal y tener, sin embargo, siempre a mano el brazo suplementario para cualquier trabajo suplementario, de sacar la mayor cantidad posible de trabajo con el menor dinero posible[^k16-178] y de hacer «sobrante» al obrero varón adulto. Después de la exposición anterior se comprende que, por un lado, se reconozca la mayor o menor falta de ocupación del campesino y que, por otro, se declare al mismo tiempo «necesario» el sistema de cuadrillas por la escasez de trabajo masculino y su emigración a las ciudades.[^k16-179] El campo limpio de malas hierbas y la mala hierba humana de Lincolnshire, etc., son el polo y el contrapolo de la producción capitalista.[^k16-180]

#### f) Irlanda

Para terminar este apartado, tenemos que trasladarnos todavía un momento a Irlanda. Primero, los hechos que aquí importan.

La población de Irlanda había crecido en 1841 hasta 8.222.664 personas; en 1851 se había reducido a 6.623.985; en 1861, a 5.850.309; en 1866, a 5½ millones, aproximadamente su nivel de 1801. La disminución empezó con el año del hambre de 1846, de modo que Irlanda perdió en menos de 20 años más de 5/16 de su población.[^k16-181] Su emigración total de mayo de 1851 a julio de 1865 sumó 1.591.487 personas; la emigración de los últimos 5 años, 1861-1865, más de medio millón. El número de casas habitadas disminuyó de 1851 a 1861 en 52.990. De 1851 a 1861, el número de granjas arrendadas de 15 a 30 acres aumentó en 61.000, y el de las de más de 30 acres en 109.000, mientras que el número total de arrendamientos disminuyó en 120.000; una disminución que, por tanto, se debe exclusivamente a la eliminación de los arrendamientos de menos de 15 acres, es decir, a su centralización.

La disminución de la población fue acompañada, naturalmente, en conjunto, de una disminución de la masa de productos. Para nuestro propósito basta con considerar los 5 años 1861-1865, durante los cuales emigró más de ½ millón de personas y la población absoluta descendió en más de ⅛ de millón. (Véase la tabla A.)

*Tabla A*

Cabaña ganadera

| Año | Caballos |  |  | Ganado vacuno |  |  |
|---|---|---|---|---|---|---|
|  | Total | Disminución |  | Total | Disminución | Aumento |
| 1860 | 619.811 |  |  | 3.606.374 |  |  |
| 1861 | 614.232 | 5.579 |  | 3.471.688 | 134.686 |  |
| 1862 | 602.894 | 11.338 |  | 3.254.890 | 216.798 |  |
| 1863 | 579.978 | 22.916 |  | 3.144.231 | 110.659 |  |
| 1864 | 562.158 | 17.820 |  | 3.262.294 |  | 118.063 |
| 1865 | 547.867 | 14.291 |  | 3.493.414 |  | 231.120 |
| Año | Ovejas |  |  | Cerdos |  |  |
|  | Total | Disminución | Aumento | Total | Disminución | Aumento |
| 1860 | 3.542.080 |  |  | 1.271.072 |  |  |
| 1861 | 3.556.050 |  | 13.970 | 1.102.042 | 169.030 |  |
| 1862 | 3.456.132 | 99.918 |  | 1.154.324 |  | 52.282 |
| 1863 | 3.308.204 | 147.928 |  | 1.067.458 | 86.866 |  |
| 1864 | 3.366.941 |  | 58.737 | 1.058.480 | 8.978 |  |
| 1865 | 3.688.742 |  | 321.801 | 1.299.893 |  | 241.413 |

De la tabla anterior resulta:

| Caballos | Ganado vacuno | Ovejas | Cerdos |
|---|---|---|---|
| Disminución absoluta | Disminución absoluta | Aumento absoluto | Aumento absoluto |
| 71.944 | 112.960 | 146.662 | 28.821[^k16-182] |

Pasemos ahora a la agricultura, que suministra los medios de subsistencia para el ganado y para el hombre. En la tabla siguiente se calcula la disminución o el aumento de cada año con respecto al inmediatamente anterior. Los cereales comprenden el trigo, la avena, la cebada, el centeno, las habas y los guisantes; los cultivos verdes, las patatas, los nabos, la remolacha forrajera y la remolacha, la col, las zanahorias, las chirivías, la veza, etc.

Tabla B

Aumento o disminución de la superficie de tierra dedicada a cultivos y a prados (o pastos), en acres

|  | Cereales | Cultivos verdes |  | Pastizales y trébol |  | Lino |  | Toda la tierra dedicada a la agricultura y la ganadería |  |
|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|
| Año | Disminución | Disminución | Aumento | Disminución | Aumento | Disminución | Aumento | Disminución | Aumento |
| 1861 | 15.701 | 36.974 |  | 47.969 |  |  | 19.271 | 81.373 |  |
| 1862 | 72.734 | 74.785 |  |  | 6.623 |  | 2.055 | 138.841 |  |
| 1863 | 144.719 | 19.358 |  |  | 7.724 |  | 63.922 | 92.431 |  |
| 1864 | 122.437 | 2.317 |  |  | 47.486 |  | 87.761 |  | 10.493 |
| 1865 | 72.450 |  | 25.421 |  | 68.970 | 50.159 |  | 28.218 |  |
| 1861-65 | 428.041 | 108.013 |  |  | 82.834 |  | 122.850 | 330.370 |  |

En el año 1865 se añadieron a la rúbrica «pastizales» 127.470 acres, principalmente porque la superficie de la rúbrica «tierras sin aprovechar, baldías y *bog* (turbera)» disminuyó en 101.543 acres. Si comparamos 1865 con 1864, tenemos una disminución de cereales de 246.667 *quarters*, de los que 48.999 de trigo, 166.605 de avena, 29.892 de cebada, etc.; una disminución de patatas, aunque la superficie dedicada a ellas creció en 1865, de 446.398 toneladas, etc. (Véase la tabla C.)

Del movimiento de la población y de la producción del suelo de Irlanda pasamos al movimiento en la bolsa de sus *landlords*, grandes arrendatarios y capitalistas industriales. Se refleja en las subidas y bajadas del impuesto sobre la renta. Para entender la tabla D que sigue, hay que advertir que la rúbrica D (beneficios, excepto los de los arrendatarios) comprende también los llamados beneficios «profesionales», es decir, los ingresos de abogados, médicos, etc., mientras que las rúbricas C y E, no detalladas aparte, comprenden los ingresos de funcionarios, oficiales, sinecuristas del Estado, acreedores del Estado, etc.

*Tabla D*

Rentas sujetas al impuesto sobre la renta, en £[^k16-184]

|  | 1860 | 1861 | 1862 | 1863 | 1864 | 1865 |
|---|---|---|---|---|---|---|
| Rúbrica A: renta del suelo | 12.893.829 | 13.003.554 | 13.398.938 | 13.494.091 | 13.470.700 | 13.801.616 |
| Rúbrica B: beneficios de los arrendatarios | 2.765.387 | 2.773.644 | 2.937.899 | 2.938.923 | 2.930.874 | 2.946.072 |
| Rúbrica D: beneficios industriales, etc. | 4.891.652 | 4.836.203 | 4.858.800 | 4.846.497 | 4.546.147 | 4.850.199 |
| Todas las rúbricas, de la A a la E | 22.962.885 | 22.998.394 | 23.597.574 | 23.658.631 | 23.236.298 | 23.930.340 |

*Tabla C*

Aumento o disminución de la superficie de tierra cultivada, del producto por acre y del producto total. 1865 comparado con 1864[^k16-183]

| Producto | Acres cultivados 1864 | Acres cultivados 1865 | Aumento o disminución 1865: + | Aumento o disminución 1865: - | Producto por acre 1864 | Producto por acre 1865 | Aumento o disminución 1865: + | Aumento o disminución 1865: - | Producto total 1864 | Producto total 1865 | Aumento o disminución 1865: + | Aumento o disminución 1865: - |
|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|
|  |  |  |  |  | Quintales | Quintales | Quintales | Quintales | Quarters | Quarters | Quarters | Quarters |
| Trigo | 276.483 | 266.989 | - | 9.494 | 13,3 | 13,0 | - | 0,3 | 875.782 | 826.783 | - | 48.999 |
| Avena | 1.814.886 | 1.745.228 | - | 69.658 | 12,1 | 12,3 | 0,2 | - | 7.826.332 | 7.659.727 | - | 166.605 |
| Cebada | 172.700 | 177.102 | 4.402 | - | 15,9 | 14,9 | - | 1,0 | 761.909 | 732.017 | - | 29.892 |
| Bere[^k16-t12] | 8.894 | 10.091 | 1.197 | - | 16,4 | 14,8 | - | 1,6 | 15.160 | 13.989 | - | 1.171 |
| Centeno |  |  |  |  | 8,5 | 10,4 | 1,9 | - | 12.680 | 18.364 | 5.684 | - |
|  |  |  |  |  | Toneladas | Toneladas | Toneladas | Toneladas | Toneladas | Toneladas | Toneladas | Toneladas |
| Patatas | 1.039.724 | 1.066.260 | 26.536 | - | 4,1 | 3,6 | - | 0,5 | 4.312.388 | 3.865.990 | - | 446.398 |
| Nabos | 337.355 | 334.212 | - | 3.143 | 10,3 | 9,9 | - | 0,4 | 3.467.659 | 3.301.683 | - | 165.976 |
| Remolacha forrajera | 14.073 | 14.389 | 316 | - | 10,5 | 13,3 | 2,8 | - | 147.284 | 191.937 | 44.653 | - |
| Col | 31.821 | 33.622 | 1.801 | - | 9,3 | 10,4 | 1,1 | - | 297.375 | 350.252 | 52.877 | - |
| Lino | 301.693 | 251.433 | - | 50.260 | 34,2\* | 25,2\* | - | 9,0\* | 64.506 | 39.561 | - | 24.945 |
| Heno | 1.609.569 | 1.678.493 | 68.924 | - | 1,6 | 1,8 | 0,2 | - | 2.607.153 | 3.068.707 | 461.554 | - |

\* *Stones* de 14 libras.

Bajo la rúbrica D, el aumento de los ingresos en la media anual de 1853-1864 fue solo de 0,93, mientras que en el mismo período fue de 4,58 en Gran Bretaña. La tabla siguiente muestra la distribución de los beneficios (excluidos los de los arrendatarios) en los años 1864 y 1865:

*Tabla E*

Rúbrica D. Ingresos procedentes de beneficios (de más de 60 £) en Irlanda[^k16-185]

|  | 1864 |  | 1865 |  |
|---|---|---|---|---|
|  | £ | Repartido entre personas | £ | Repartido entre personas |
| Ingresos totales anuales | 4.368.610 | 17.467 | 4.669.979 | 18.081 |
| Ingresos anuales de más de 60 y menos de 100 £ | 238.726 | 5.015 | 222.575 | 4.703 |
| De los ingresos totales anuales | 1.979.066 | 11.321 | 2.028.571 | 12.184 |
| Resto de los ingresos totales anuales | 2.150.818 | 1.131 | 2.418.833 | 1.194 |
| De ellos | 1.073.906 | 1.010 | 1.097.927 | 1.044 |
|  | 1.076.912 | 121 | 1.320.906 | 150 |
|  | 430.535 | 95 | 584.458 | 122 |
|  | 646.377 | 26 | 736.448 | 28 |
|  | 262.819 | 3 | 274.528 | 3 |

Inglaterra, país de producción capitalista desarrollada y predominantemente industrial, se habría desangrado con una sangría de población como la irlandesa. Pero Irlanda no es hoy más que un distrito agrícola de Inglaterra separado por un ancho foso de agua, al que suministra cereales, lana, ganado y reclutas industriales y militares.

La despoblación ha sacado mucha tierra del cultivo, ha reducido mucho el producto del suelo[^k16-186] y, pese a la ampliación de la superficie dedicada a la ganadería, ha provocado en algunas de sus ramas una disminución absoluta y en otras un progreso apenas digno de mención, interrumpido por continuos retrocesos. Sin embargo, con la caída de la población subieron sin cesar las rentas del suelo y los beneficios de los arrendatarios, aunque estos últimos no tan constantemente como las primeras. La razón es fácil de comprender. Por una parte, con la fusión de los arrendamientos y la transformación de las tierras de labor en pastos, una parte mayor del producto total se convirtió en plusproducto. El plusproducto creció, aunque disminuyera el producto total, del que es una fracción. Por otra parte, el valor en dinero de este plusproducto subió aún más deprisa que su masa, a consecuencia de la subida de los precios de mercado ingleses de la carne, la lana, etc., en los últimos 20 años y muy especialmente en los últimos 10.

Unos medios de producción dispersos, que sirven a los propios productores como medios de ocupación y de subsistencia, sin valorizarse mediante la incorporación de trabajo ajeno, son tan poco capital como el producto consumido por su propio productor es mercancía. Si con la población disminuyó también la masa de los medios de producción empleados en la agricultura, la masa del capital empleado en ella aumentó, porque una parte de los medios de producción antes dispersos se convirtió en capital.

El capital total de Irlanda invertido fuera de la agricultura, en la industria y en el comercio, se acumuló durante los dos últimos decenios lentamente y con grandes y continuas fluctuaciones. En cambio, tanto más deprisa se desarrolló la concentración de sus componentes individuales. Por último, por escaso que fuera su crecimiento absoluto, en términos relativos, en proporción a la población reducida, se había hinchado.

Aquí se despliega, pues, ante nuestros ojos y en gran escala, un proceso que la economía ortodoxa no podría desear más hermoso para confirmar su dogma de que la miseria nace de la superpoblación absoluta y el equilibrio se restablece mediante la despoblación. Es este un experimento de importancia muy distinta de la peste de mediados del siglo XIV, tan celebrada por los malthusianos. Dicho sea de paso: si ya era de una ingenuidad de maestro de escuela aplicar a las relaciones de producción y de población del siglo XIX la medida del siglo XIV, esta ingenuidad pasaba además por alto que, si a aquella peste y a la consiguiente diezma siguieron de inmediato a este lado del canal, en Inglaterra, la liberación y el enriquecimiento de la población rural, al otro lado, en Francia, les siguieron una servidumbre mayor y una miseria acrecentada.[^k16-186a]

El hambre de 1846 mató en Irlanda a más de un millón de personas, pero solo pobres diablos. No causó el menor menoscabo a la riqueza del país. El éxodo que siguió, de veinte años y todavía en aumento, no diezmó, como por ejemplo la guerra de los Treinta Años, a los hombres junto con sus medios de producción. El genio irlandés inventó un método completamente nuevo para hacer desaparecer como por arte de magia a un pueblo pobre a miles de millas del escenario de su miseria. Los emigrantes establecidos en los Estados Unidos envían cada año sumas de dinero a casa, medios para el viaje de los que se quedaron. Cada grupo que emigra este año arrastra tras de sí el año siguiente a otro grupo. Así, en lugar de costarle algo a Irlanda, la emigración constituye una de las ramas más lucrativas de su negocio de exportación. Es, por último, un proceso sistemático que no abre un hueco pasajero en la masa de la población, sino que bombea de ella cada año más personas de las que repone la natalidad, de modo que el nivel absoluto de la población baja de año en año.[^k16-186b]

¿Cuáles fueron las consecuencias para los obreros que quedaron en Irlanda, liberados de la superpoblación? Que la superpoblación relativa es hoy tan grande como antes de 1846, que el salario está igual de bajo y la brega del trabajo ha aumentado, que la miseria en el campo empuja de nuevo hacia una nueva crisis. Las causas son sencillas. La revolución en la agricultura marchó al paso de la emigración. La producción de superpoblación relativa fue aún más deprisa que la despoblación absoluta. Una ojeada a la tabla B muestra que la transformación de tierras de labor en pastos tiene que actuar en Irlanda de modo aún más agudo que en Inglaterra. En Inglaterra, con la ganadería crece el cultivo de plantas verdes; en Irlanda, disminuye. Mientras grandes masas de tierras antes labradas se dejan en barbecho o se convierten en pastizal permanente, una gran parte de las tierras baldías y turberas antes sin aprovechar sirve para ampliar la ganadería. Los arrendatarios pequeños y medianos —cuento entre ellos a todos los que no cultivan más de 100 acres— siguen representando aproximadamente 8/10 del número total.[^k16-186c] Se ven aplastados progresivamente, en un grado muy distinto que antes, por la competencia de la agricultura explotada de forma capitalista, y por eso suministran constantemente nuevos reclutas a la clase de los obreros asalariados. La única gran industria de Irlanda, la fabricación de lino, emplea relativamente pocos hombres adultos y, pese a su expansión desde el encarecimiento del algodón de 1861-1866, solo ocupa en general una parte relativamente insignificante de la población. Como cualquier otra gran industria, produce constantemente, mediante las continuas oscilaciones dentro de su propia esfera, una superpoblación relativa, incluso cuando crece en términos absolutos la masa humana que absorbe. La miseria de la población rural es el pedestal de gigantescas fábricas de camisas, etc., cuyo ejército obrero está disperso en su mayor parte por el campo. Volvemos a encontrar aquí el sistema de trabajo a domicilio ya descrito, que tiene en la remuneración insuficiente y el exceso de trabajo sus medios metódicos de «conversión en sobrantes». Por último, aunque la despoblación no tenga las consecuencias destructivas que tiene en un país de producción capitalista desarrollada, no se produce sin una constante repercusión en el mercado interior. El vacío que aquí crea la emigración no solo estrecha la demanda local de trabajo, sino también los ingresos de los pequeños tenderos, de los artesanos y de los pequeños industriales en general. De ahí la disminución de los ingresos entre 60 y 100 £ en la tabla E.

En los informes de los inspectores irlandeses de la administración de pobres (1870) se encuentra una exposición transparente de la situación de los jornaleros rurales de Irlanda.[^k16-186d] Funcionarios de un gobierno que solo se sostiene gracias a las bayonetas y al estado de sitio, unas veces abierto y otras encubierto, tienen que guardar todos los miramientos de lenguaje que sus colegas de Inglaterra desprecian; pero, a pesar de ello, no permiten a su gobierno mecerse en ilusiones. Según ellos, la tasa salarial en el campo, todavía muy baja, ha subido sin embargo en los últimos 20 años un 50-60 %, y ahora está por término medio en 6-9 chelines a la semana. Pero detrás de esta subida aparente se oculta una caída real del salario, pues no compensa siquiera el encarecimiento de los medios de subsistencia necesarios producido entretanto; como prueba, el siguiente extracto de las cuentas oficiales de un *workhouse* irlandés.

Coste medio semanal de manutención por cabeza

| Año | Alimentación | Ropa | Total |
|---|---|---|---|
| 29 sept. 1848 - 29 sept. 1849 | 1 chel. 3¼ pen. | 0 chel. 3 pen. | 1 chel. 6¼ pen. |
| 29 sept. 1868 - 29 sept. 1869 | 2 chel. 7¼ pen. | 0 chel. 6 pen. | 3 chel. 1¼ pen. |

El precio de los medios de subsistencia necesarios es, pues, casi el doble, y el de la ropa exactamente el doble, que hace veinte años.

Aun prescindiendo de esta desproporción, la mera comparación de la tasa salarial expresada en dinero estaría lejos de dar un resultado exacto. Antes del hambre, la gran masa de los salarios rurales se pagaba en especie, y en dinero solo la parte más pequeña; hoy el pago en dinero es la regla. Ya de ello se sigue que, fuera cual fuera el movimiento del salario real, su tasa en dinero tenía que subir.

> «Antes del hambre, el jornalero agrícola poseía un pedacito de tierra en el que cultivaba patatas y criaba cerdos y aves. Hoy no solo tiene que comprar todos sus medios de subsistencia, sino que además pierde los ingresos de la venta de cerdos, aves y huevos.»[^k16-187]

En efecto, antes los obreros agrícolas se confundían con los pequeños arrendatarios y formaban casi siempre solo la retaguardia de los arrendamientos medianos y grandes en que encontraban ocupación. Solo desde la catástrofe de 1846 empezaron a formar una fracción de la clase de los obreros asalariados puros, un estamento particular que ya solo está ligado a sus patronos por relaciones de dinero.

Se sabe cuál era su estado de vivienda en 1846. Desde entonces ha empeorado todavía más. Una parte de los jornaleros del campo, que por lo demás disminuye de día en día, vive aún en las tierras de los arrendatarios, en chozas hacinadas cuyos horrores superan con mucho lo peor que nos ofrecieron en este género los distritos rurales ingleses. Y eso vale en general, con excepción de algunas zonas del Ulster: en el sur, en los condados de Cork, Limerick, Kilkenny, etc.; en el este, en Wicklow, Wexford, etc.; en el centro, en King's y Queen's County, Dublín, etc.; en el norte, en Down, Antrim, Tyrone, etc.; en el oeste, en Sligo, Roscommon, Mayo, Galway, etc. «Es —exclama uno de los inspectores—, es una vergüenza para la religión y la civilización de este país.»[^k16-187a] Para hacer más soportable a los jornaleros la vida en sus cuevas, se les confiscan sistemáticamente los pedacitos de tierra que les pertenecían desde tiempo inmemorial.

> «La conciencia de esta especie de proscripción a que los han sometido los terratenientes y sus administradores ha despertado en los jornaleros del campo los correspondientes sentimientos de antagonismo y de odio contra quienes los tratan como una raza sin derechos.»[^k16-187a]

El primer acto de la revolución agrícola consistió en barrer, en la mayor escala y como obedeciendo a una consigna dada desde arriba, las chozas situadas en el campo de trabajo. Muchos obreros se vieron así obligados a buscar refugio en aldeas y ciudades. Allí se los arrojó como desperdicios a buhardillas, agujeros, sótanos y a los escondrijos de los peores barrios. Miles de familias irlandesas que, incluso según el testimonio de ingleses imbuidos de prejuicios nacionales, se distinguían por su raro apego al hogar, por su despreocupada alegría y por la pureza de sus costumbres domésticas, se vieron así trasplantadas de repente a los invernaderos del vicio. Los hombres tienen ahora que buscar trabajo con los arrendatarios vecinos y solo se les contrata por días, es decir, en la forma más precaria de salario; además,

> «tienen ahora que recorrer largos caminos hasta la finca y de vuelta, a menudo mojados como ratas y expuestos a otras inclemencias que con frecuencia provocan debilitamiento, enfermedad y, con ello, penuria».[^k16-187b]

«Las ciudades tenían que acoger año tras año lo que pasaba por excedente de obreros en los distritos rurales»[^k16-187c], ¡y luego todavía hay quien se extraña de «que en las ciudades y las aldeas haya excedente, y en el campo escasez, de obreros»![^k16-187d] La verdad es que esta falta solo se nota «en la época de las faenas agrícolas urgentes, en primavera y en otoño, mientras que el resto del año muchos brazos quedan ociosos»[^k16-187e]; que «después de la cosecha, de octubre a la primavera, apenas hay ocupación para ellos»[^k16-187f], y que también durante la temporada de trabajo «pierden con frecuencia días enteros y están expuestos a interrupciones del trabajo de toda clase»[^k16-187g].

Estas consecuencias de la revolución agrícola, es decir, de la transformación de las tierras de labor en pastos, del empleo de maquinaria, del más riguroso ahorro de trabajo, etc., se ven agravadas aún por los terratenientes modelo, aquellos que, en lugar de consumir sus rentas en el extranjero, tienen la bondad de residir en Irlanda en sus dominios. Para que la ley de la oferta y la demanda no sufra el menor menoscabo, estos señores

> «sacan ahora casi toda la mano de obra que necesitan de sus pequeños arrendatarios, que se ven así obligados a bregar para sus terratenientes por un salario en general más bajo que el de los jornaleros corrientes, y eso sin consideración alguna a las incomodidades y pérdidas que se derivan de tener que descuidar sus propios campos en la época crítica de la siembra o de la cosecha».[^k16-187h]

La inseguridad y la irregularidad de la ocupación, la frecuente repetición y la larga duración de los paros del trabajo, todos estos síntomas de una superpoblación relativa, figuran, pues, en los informes de los inspectores de la administración de pobres como otras tantas quejas del proletariado agrícola irlandés. Se recordará que nos encontramos con fenómenos semejantes en el proletariado agrícola inglés. Pero la diferencia está en que en Inglaterra, país industrial, la reserva industrial se recluta en el campo, mientras que en Irlanda, país agrícola, la reserva agrícola se recluta en las ciudades, refugio de los obreros agrícolas expulsados. Allí, los sobrantes de la agricultura se convierten en obreros fabriles; aquí, los arrojados a las ciudades, a la vez que presionan sobre el salario urbano, siguen siendo obreros agrícolas y son devueltos constantemente al campo en busca de trabajo.

Los informantes oficiales resumen como sigue la situación material de los jornaleros agrícolas:

> «Aunque viven con la más extrema frugalidad, su salario apenas les alcanza para costearse a sí mismos y a sus familias comida y vivienda; para la ropa necesitan otros ingresos... La atmósfera de sus viviendas, unida a otras privaciones, expone a esta clase de modo muy particular al tifus y a la tisis.»[^k16-187i]

Según esto, no es de extrañar que, por el testimonio unánime de los informantes, un sombrío descontento penetre las filas de esta clase; que añore el pasado, aborrezca el presente, desespere del futuro, «se entregue a las influencias reprobables de los demagogos» y no tenga más que una idea fija: emigrar a América. ¡Este es el país de Jauja en que la gran panacea malthusiana, la despoblación, ha convertido a la verde Erin!

Para saber qué buena vida llevan los obreros manufactureros irlandeses, basta un ejemplo:

> «En mi reciente inspección del norte de Irlanda —dice el inspector fabril inglés Robert Baker— me llamó la atención el esfuerzo de un hábil obrero irlandés por dar educación a sus hijos con los medios más escasos. Reproduzco su declaración al pie de la letra, tal como la recogí de su boca. Que es un hábil obrero de fábrica se sabrá si digo que se le emplea en artículos para el mercado de Manchester. Johnson: soy *beetler*[^k16-t6] y trabajo de 6 de la mañana a 11 de la noche, de lunes a viernes; el sábado terminamos a las 6 de la tarde y tenemos 3 horas para comidas y descanso. Tengo 5 hijos. Por este trabajo cobro 10 chelines 6 peniques semanales; mi mujer también trabaja y gana 5 chelines a la semana. La hija mayor, de doce años, cuida de la casa. Es nuestra cocinera y nuestra única ayuda. Prepara a los pequeños para la escuela. Mi mujer se levanta conmigo y sale conmigo. Una muchacha que pasa por delante de nuestra casa me despierta a las 5 y media de la mañana. No comemos nada antes de ir al trabajo. La niña de doce años cuida de los más pequeños durante el día. Desayunamos a las 8 y para ello vamos a casa. Tomamos té una vez a la semana; los demás días tomamos unas gachas (*stirabout*), unas veces de harina de avena y otras de harina de maíz, según lo que podamos conseguir. En invierno tenemos un poco de azúcar y agua para nuestra harina de maíz. En verano cosechamos unas pocas patatas que plantamos nosotros mismos en un retacito de tierra, y cuando se acaban, volvemos a las gachas. Así pasa un día tras otro, domingos y días laborables, todo el año. Al anochecer, acabada la jornada, siempre estoy muy cansado. Un bocado de carne lo vemos por excepción, pero muy rara vez. Tres de nuestros hijos van a la escuela, por la que pagamos 1 penique por cabeza a la semana. Nuestro alquiler es de 9 peniques a la semana; la turba y el combustible cuestan por lo menos 1 chelín 6 peniques cada quince días.»[^k16-188]

¡Estos son los salarios irlandeses, esta es la vida irlandesa!

En efecto, la miseria de Irlanda vuelve a ser tema del día en Inglaterra. A finales de 1866 y comienzos de 1867, uno de los magnates de la tierra irlandeses, lord Dufferin, se puso a resolverla en el *Times*. «¡Qué humano en tan gran señor!»[^k16-t7]

Por la tabla E se ha visto que, mientras en 1864, de 4.368.610 £ de beneficio total, 3 fabricantes de plus se embolsaban solo 262.819, en 1865 esos mismos 3 virtuosos de la «abstinencia», de 4.669.979 £ de beneficio total, se embolsaban en cambio 274.528 £; en 1864, 26 fabricantes de plus, 646.377 £; en 1865, 28 fabricantes de plus, 736.448 £; en 1864, 121 fabricantes de plus, 1.076.912 £; en 1865, 150 fabricantes de plus, 1.320.906 £; en 1864, 1.131 fabricantes de plus, 2.150.818 £, casi la mitad del beneficio total anual; en 1865, 1.194 fabricantes de plus, 2.418.833 £, más de la mitad del beneficio total anual. Pero la parte del león que un número ínfimo de magnates de la tierra de Inglaterra, Escocia e Irlanda devora del total anual de las rentas de la nación es tan monstruosa que la sabiduría de Estado inglesa considera oportuno no suministrar sobre la distribución de la renta del suelo el mismo material estadístico que sobre la distribución del beneficio. Lord Dufferin es uno de esos magnates de la tierra. Que los libros de rentas y los beneficios puedan ser alguna vez «sobrantes», o que su plétora tenga algo que ver con la plétora de la miseria del pueblo, es, naturalmente, una idea tan «poco respetable» como «malsana» (*unsound*). Él se atiene a los hechos. El hecho es que, a medida que disminuye la población irlandesa, se hinchan los libros de rentas irlandeses; que la despoblación «sienta bien» al propietario de la tierra, y por tanto también a la tierra, y por tanto también al pueblo, que no es más que un accesorio de la tierra. Declara, pues, que Irlanda sigue superpoblada y que la corriente de la emigración fluye todavía con demasiada lentitud. Para ser completamente feliz, Irlanda tendría que desprenderse todavía al menos de ⅓ de millón de trabajadores. No se crea que este lord, poeta por añadidura, es un médico de la escuela de Sangrado[^k16-t8], que, cada vez que no encontraba mejor a su enfermo, prescribía una sangría, y otra más, hasta que el paciente perdía con la sangre también la enfermedad. Lord Dufferin pide una nueva sangría de solo ⅓ de millón, en lugar de unos 2 millones, sin cuya evacuación, en efecto, no se puede instaurar el milenio en Erin. La prueba es fácil.

Número y extensión de los arrendamientos en Irlanda en 1864

|  | Arrendamientos | Número | Acres |
|---|---|---|---|
| 1 | Arrendamientos de no más de 1 acre | 48.653 | 25.394 |
| 2 | Arrendamientos de más de 1 y no más de 5 acres | 82.037 | 288.916 |
| 3 | Arrendamientos de más de 5 y no más de 15 acres | 176.368 | 1.836.310 |
| 4 | Arrendamientos de más de 15 y no más de 30 acres | 136.578 | 3.051.343 |
| 5 | Arrendamientos de más de 30 y no más de 50 acres | 71.961 | 2.906.274 |
| 6 | Arrendamientos de más de 50 y no más de 100 acres | 54.247 | 3.983.880 |
| 7 | Arrendamientos de más de 100 acres | 31.927 | 8.227.807 |
| 8 | Superficie total |  | 20.319.924[^k16-188a] |

La centralización ha eliminado de 1851 a 1861 principalmente arrendamientos de las tres primeras categorías, de menos de 1 y no más de 15 acres. Estos tienen que desaparecer ante todo. Esto da 307.058 arrendatarios «sobrantes» y, calculando la familia con la baja media de 4 cabezas, 1.228.232 personas. Con el supuesto extravagante de que ¼ de ellas pueda volver a ser absorbido una vez consumada la revolución agrícola, quedan para emigrar 921.174 personas. Las categorías 4, 5 y 6, de más de 15 y no más de 100 acres, son, como se sabe en Inglaterra desde hace mucho, demasiado pequeñas para el cultivo capitalista de cereales y magnitudes casi insignificantes para la cría de ovejas. Con los mismos supuestos que antes, han de emigrar, pues, otras 788.358 personas; suma: 1.709.532. Y, *comme l'appétit vient en mangeant*[^k16-t9], los ojos del libro de rentas descubrirán pronto que Irlanda, con 3½ millones, sigue siendo mísera, y mísera porque está superpoblada, y que por tanto su despoblación tiene que ir mucho más lejos para que cumpla su verdadera vocación: la de ser dehesa de ovejas y pasto de ganado de Inglaterra.[^k16-188b]

Este provechoso método tiene, como todo lo bueno de este mundo, su inconveniente. Con la acumulación de la renta del suelo en Irlanda va al paso la acumulación de irlandeses en América. El irlandés desalojado por la oveja y el buey resucita al otro lado del océano como feniano.[^k16-t10] Y frente a la vieja reina de los mares se alza, cada vez más amenazadora, la joven república gigante.

> *Acerba fata Romanos agunt*  
> *Scelusque fraternae necis.*[^k16-t11]

## Capítulo vigesimocuarto. La llamada acumulación originaria

### 1. El secreto de la acumulación originaria

Hemos visto cómo el dinero se transforma en capital, cómo con el capital se hace plusvalía y con la plusvalía más capital. Pero la acumulación del capital presupone la plusvalía, la plusvalía presupone la producción capitalista, y esta, a su vez, la existencia de masas considerables de capital y de fuerza de trabajo en manos de productores de mercancías. Todo este movimiento parece, pues, dar vueltas en un círculo vicioso, del que solo salimos suponiendo una acumulación «originaria» anterior a la acumulación capitalista («previous accumulation», en Adam Smith), una acumulación que no es el resultado del modo de producción capitalista, sino su punto de partida.

Esta acumulación originaria desempeña en la economía política aproximadamente el mismo papel que el pecado original en la teología. Adán mordió la manzana, y con ello el pecado cayó sobre el género humano. Se explica su origen contándolo como una anécdota del pasado. En tiempos muy remotos había, por un lado, una élite laboriosa, inteligente y, sobre todo, ahorrativa, y por el otro, una caterva de holgazanes que dilapidaban todo lo que tenían y más. La leyenda del pecado original teológico nos cuenta, ciertamente, cómo el hombre fue condenado a comer el pan con el sudor de su frente; la historia del pecado original económico nos revela, en cambio, por qué hay gente que no tiene ninguna necesidad de ello. Es igual. Así sucedió que los primeros acumularon riqueza y los segundos acabaron por no tener nada que vender salvo su propia piel. Y de este pecado original data la pobreza de la gran masa, que, pese a todo su trabajo, sigue sin tener nada que vender salvo a sí misma, y la riqueza de unos pocos, que crece sin cesar aunque hace mucho que dejaron de trabajar. Semejantes niñerías insulsas se las sigue dando masticadas el señor Thiers, por ejemplo, con la solemnidad de un hombre de Estado, a los franceses, en otro tiempo tan ingeniosos, en defensa de la *propriété*. Pero en cuanto entra en juego la cuestión de la propiedad, se convierte en deber sagrado aferrarse al punto de vista de la cartilla infantil como el único adecuado para todas las edades y grados de desarrollo. En la historia real, como es sabido, el gran papel lo desempeñan la conquista, el sojuzgamiento, el robo con asesinato; en una palabra, la violencia. En la apacible economía política ha reinado desde siempre el idilio. El derecho y el «trabajo» fueron desde siempre los únicos medios de enriquecimiento, exceptuando siempre, naturalmente, «este año». En realidad, los métodos de la acumulación originaria son cualquier cosa menos idílicos.

El dinero y la mercancía no son capital de antemano, como no lo son los medios de producción y de subsistencia. Necesitan transformarse en capital. Pero esta transformación solo puede producirse en determinadas circunstancias, que se resumen en lo siguiente: dos clases muy distintas de poseedores de mercancías tienen que enfrentarse y entrar en contacto; de un lado, propietarios de dinero, de medios de producción y de medios de subsistencia, a quienes importa valorizar la suma de valor que poseen comprando fuerza de trabajo ajena; de otro, obreros libres, vendedores de su propia fuerza de trabajo y, por tanto, vendedores de trabajo. Obreros libres en el doble sentido de que ni forman parte directamente de los medios de producción, como los esclavos, los siervos, etc., ni les pertenecen los medios de producción, como al campesino que trabaja por su cuenta, etc., sino que están libres, sueltos y desembarazados de ellos. Con esta polarización del mercado de mercancías están dadas las condiciones fundamentales de la producción capitalista. La relación capitalista presupone la separación entre los obreros y la propiedad de las condiciones de realización del trabajo. En cuanto la producción capitalista se sostiene sobre sus propios pies, no solo mantiene esa separación, sino que la reproduce en una escala cada vez mayor. El proceso que crea la relación capitalista no puede ser, pues, otra cosa que el proceso de separación del obrero de la propiedad de sus condiciones de trabajo, un proceso que, por un lado, transforma en capital los medios sociales de vida y de producción y, por otro, convierte a los productores directos en obreros asalariados. La llamada acumulación originaria no es, por tanto, más que el proceso histórico de separación entre productor y medios de producción. Aparece como «originaria» porque constituye la prehistoria del capital y del modo de producción que le corresponde.

La estructura económica de la sociedad capitalista ha surgido de la estructura económica de la sociedad feudal. La disolución de esta ha liberado los elementos de aquella.

El productor directo, el obrero, solo pudo disponer de su persona después de haber dejado de estar atado a la gleba y de ser siervo o vasallo de otra persona. Para convertirse en vendedor libre de fuerza de trabajo, que lleva su mercancía adondequiera que encuentre mercado, tuvo además que escapar al dominio de los gremios, a sus ordenanzas sobre aprendices y oficiales y a sus trabas reglamentarias del trabajo. Así, el movimiento histórico que convierte a los productores en obreros asalariados aparece, por un lado, como su liberación de la servidumbre y de la coacción gremial; y solo este lado existe para nuestros historiadores burgueses. Pero, por otro lado, los recién liberados solo se convierten en vendedores de sí mismos después de haber sido despojados de todos sus medios de producción y de todas las garantías de existencia que les ofrecían las viejas instituciones feudales. Y la historia de esta expropiación suya está escrita en los anales de la humanidad con trazos de sangre y fuego.

Los capitalistas industriales, estos nuevos potentados, tuvieron que desplazar a su vez no solo a los maestros artesanos de los gremios, sino también a los señores feudales, que estaban en posesión de las fuentes de riqueza. Desde este lado, su ascenso se presenta como fruto de una lucha victoriosa contra el poder feudal y sus irritantes privilegios, así como contra los gremios y las trabas que estos habían puesto al libre desarrollo de la producción y a la libre explotación del hombre por el hombre. Pero los caballeros de industria solo consiguieron desplazar a los caballeros de la espada explotando acontecimientos de los que eran por completo inocentes. Se encumbraron por medios tan viles como aquellos con los que el liberto romano se hizo antaño dueño de su *patronus*.

El punto de partida del desarrollo que engendra tanto al obrero asalariado como al capitalista fue la servidumbre del obrero. El avance consistió en un cambio de forma de este sojuzgamiento, en la transformación de la explotación feudal en explotación capitalista. Para comprender su curso no necesitamos remontarnos muy atrás. Aunque los primeros comienzos de la producción capitalista nos salen al paso esporádicamente ya en los siglos XIV y XV en algunas ciudades del Mediterráneo, la era capitalista no data sino del siglo XVI. Allí donde aparece, la abolición de la servidumbre se ha consumado hace mucho, y el momento culminante de la Edad Media, la existencia de ciudades soberanas, lleva largo tiempo palideciendo.

En la historia de la acumulación originaria hacen época todas las conmociones que sirven de palanca a la clase capitalista en formación; pero, sobre todo, los momentos en que grandes masas humanas son arrancadas súbita y violentamente de sus medios de subsistencia y arrojadas al mercado de trabajo como proletarios libres como los pájaros.[^k17-t1] La expropiación de la tierra al productor rural, al campesino, constituye la base de todo el proceso. Su historia adopta en los distintos países matices distintos y recorre las diversas fases en distinto orden y en distintas épocas históricas. Solo en Inglaterra, que por eso tomamos como ejemplo, presenta su forma clásica.[^k17-189]

### 2. Expropiación de la tierra a la población rural

En Inglaterra, la servidumbre había desaparecido de hecho en la última parte del siglo XIV. La inmensa mayoría de la población[^k17-190] se componía entonces, y más aún en el siglo XV, de campesinos libres que trabajaban por su cuenta, cualquiera que fuese el rótulo feudal bajo el que se ocultara su propiedad. En las fincas señoriales más grandes, el *bailiff* (administrador), antes también siervo, había sido desplazado por el arrendatario libre. Los asalariados de la agricultura eran en parte campesinos que aprovechaban su tiempo libre trabajando para los grandes terratenientes, y en parte una clase independiente, relativa y absolutamente poco numerosa, de asalariados propiamente dichos. También estos últimos eran de hecho, a la vez, campesinos que trabajaban por su cuenta, pues además de su salario recibían tierra de labor por un total de 4 o más acres, junto con *cottages*. Disfrutaban además, junto con los campesinos propiamente dichos, del usufructo de las tierras comunales, en las que pastaba su ganado y que les proporcionaban a la vez el combustible: leña, turba, etc.[^k17-191] En todos los países de Europa, la producción feudal se caracteriza por el reparto de la tierra entre el mayor número posible de vasallos. El poder del señor feudal, como el de todo soberano, no se basaba en la longitud de su lista de rentas, sino en el número de sus súbditos, y este dependía del número de campesinos que trabajaban por su cuenta.[^k17-192] Por eso, aunque el suelo inglés se repartió tras la conquista normanda en baronías gigantescas, una sola de las cuales englobaba a menudo 900 antiguos señoríos anglosajones, estaba sembrado de pequeñas explotaciones campesinas, interrumpidas solo aquí y allá por fincas señoriales mayores. Tales condiciones, unidas al florecimiento simultáneo de la vida urbana que distingue al siglo XV, permitían aquella riqueza del pueblo que el canciller Fortescue describe con tanta elocuencia en sus *Laudibus Legum Angliae*, pero excluían la riqueza en capital.

El preludio de la revolución que creó la base del modo de producción capitalista tiene lugar en el último tercio del siglo XV y en los primeros decenios del XVI. Una masa de proletarios libres como los pájaros fue arrojada al mercado de trabajo por la disolución de las mesnadas feudales, que, como observa con razón sir James Steuart, «llenaban inútilmente por todas partes casas y castillos». Aunque el poder real, producto él mismo del desarrollo burgués, aceleró violentamente la disolución de estas mesnadas en su afán de soberanía absoluta, no fue en modo alguno su única causa. Antes bien, en la oposición más obstinada a la monarquía y al Parlamento, el gran señor feudal creó un proletariado incomparablemente mayor expulsando violentamente al campesinado de la tierra, sobre la que tenía el mismo título jurídico feudal que él mismo, y usurpando sus tierras comunales. El impulso inmediato lo dio en Inglaterra, sobre todo, el florecimiento de la manufactura lanera de Flandes y la consiguiente subida de los precios de la lana. A la vieja nobleza feudal se la habían tragado las grandes guerras feudales; la nueva era hija de su tiempo, para el que el dinero era el poder de todos los poderes. Transformar la tierra de labor en pasto para ovejas: tal fue, pues, su consigna. Harrison, en su *Description of England. Prefixed to Holinshed's Chronicles*, describe cómo la expropiación de los pequeños campesinos arruina el país. «*What care our great incroachers!*» (¡Qué les importa a nuestros grandes usurpadores!). Las viviendas de los campesinos y los *cottages* de los obreros fueron derribados por la fuerza o abandonados a la ruina.

> «Si se comparan», dice Harrison, «los inventarios antiguos de cada finca señorial, se verá que han desaparecido innumerables casas y pequeñas explotaciones campesinas, que la tierra alimenta a mucha menos gente, que muchas ciudades han decaído, aunque florezcan algunas nuevas… De ciudades y aldeas destruidas para hacer pastos de ovejas, en las que solo quedan en pie las casas señoriales, podría yo contar algo».

Las quejas de aquellas viejas crónicas son siempre exageradas, pero reflejan con exactitud la impresión que la revolución de las relaciones de producción causó en los propios contemporáneos. Una comparación entre los escritos del canciller Fortescue y los de Tomás Moro ilustra el abismo que separa el siglo XV del XVI. De su edad de oro, como dice con razón Thornton, la clase obrera inglesa se precipitó sin transición alguna en la edad de hierro.

La legislación se asustó ante esta revolución. Aún no estaba a la altura de la civilización en la que la *Wealth of the Nation*, es decir, la formación de capital y la explotación y el empobrecimiento sin miramientos de la masa del pueblo, pasa por la *ultima Thule* de toda la sabiduría de Estado. En su historia de Enrique VII dice Bacon:

> «Por aquel tiempo» (1489) «se multiplicaron las quejas por la transformación de tierras de labor en pastos» (para ovejas, etc.), «fáciles de atender con unos pocos pastores; y los arrendamientos temporales, vitalicios y anuales (de los que vivía buena parte de los *yeomen*) se convirtieron en tierras de dominio. Esto produjo una decadencia del pueblo y, en consecuencia, una decadencia de ciudades, iglesias, diezmos… En el remedio de este mal fue admirable la sabiduría del rey y del Parlamento de aquel tiempo… Tomaron medidas contra esta usurpación despobladora de las tierras comunales (*depopulating inclosures*) y contra la ganadería despobladora que le seguía los pasos (*depopulating pasture*)».

Una ley de Enrique VII, de 1489[^k17-t12], c. 19, prohibió la destrucción de toda casa campesina a la que pertenecieran por lo menos 20 acres de tierra. En una ley del año 25 de Enrique VIII se renueva la misma ley. Dice, entre otras cosas, que

> «muchos arrendamientos y grandes rebaños de ganado, sobre todo de ovejas, se acumulan en pocas manos, por lo cual las rentas de la tierra han crecido mucho y la labranza (*tillage*) ha decaído mucho, se han derribado iglesias y casas y masas asombrosas de gente se han visto incapacitadas para mantenerse a sí mismas y a sus familias».

La ley ordena, por tanto, la reconstrucción de las granjas arruinadas, fija la proporción entre tierra de cereal y tierra de pasto, etc. Una ley de 1533 se queja de que algunos propietarios posean 24.000 ovejas y limita su número a 2.000.[^k17-193] Las quejas del pueblo y la legislación contra la expropiación de los pequeños arrendatarios y campesinos, que se prolongó durante unos 150 años desde Enrique VII, fueron igualmente estériles. El secreto de su fracaso nos lo revela Bacon sin darse cuenta.

> «La ley de Enrique VII», dice en sus *Essays, civil and moral*, sección 29[^k17-t13], «fue profunda y admirable, porque creó explotaciones agrícolas y casas de labranza de una medida normal determinada, es decir, les conservó una proporción de tierra que les permitía traer al mundo súbditos de riqueza suficiente y sin condición servil, y mantener el arado en manos de propietarios y no de asalariados (*to keep the plough in the hand of the owners and not hirelings*)».[^k17-193a]

Lo que el sistema capitalista requería era, por el contrario, la condición servil de la masa del pueblo, su conversión en asalariados y la transformación de sus medios de trabajo en capital. Durante este período de transición, la legislación trató también de conservar los 4 acres de tierra junto al *cottage* del asalariado rural y le prohibió admitir inquilinos en su *cottage*. Todavía en 1627, bajo Carlos I, Roger Crocker, de Fontmill, fue condenado por haber construido un *cottage* en el señorío de Fontmill sin 4 acres de tierra como anexo permanente; todavía en 1638, bajo Carlos I, se nombró una comisión real para imponer el cumplimiento de las viejas leyes, en particular también la de los 4 acres de tierra; todavía Cromwell prohibió construir una casa en un radio de 4 millas[^k17-t14] en torno a Londres sin dotarla de 4 acres de tierra. Todavía en la primera mitad del siglo XVIII hay quejas si el *cottage* del jornalero agrícola no tiene un anejo de 1 a 2 acres. Hoy en día se da por feliz si tiene un huertecito o si puede arrendar, lejos de él, un par de varas de tierra.

> «Terratenientes y arrendatarios», dice el doctor Hunter, «actúan aquí de común acuerdo. Unos pocos acres junto al *cottage* harían al obrero demasiado independiente».[^k17-194]

El proceso violento de expropiación de la masa del pueblo recibió un nuevo y terrible impulso en el siglo XVI con la Reforma y, a su zaga, con el colosal robo de los bienes de la Iglesia. En la época de la Reforma, la Iglesia católica era propietaria feudal de buena parte de la tierra inglesa. La supresión de los conventos, etc., arrojó a sus moradores al proletariado. Los propios bienes eclesiásticos fueron en gran parte regalados a rapaces favoritos del rey o vendidos a precio irrisorio a arrendatarios y burgueses especuladores, que expulsaron en masa a los antiguos colonos hereditarios y fundieron sus explotaciones. La propiedad, garantizada por la ley, de los campesinos empobrecidos sobre una parte de los diezmos eclesiásticos fue confiscada calladamente.[^k17-195] «*Pauper ubique jacet*»,[^k17-t2] exclamó la reina Isabel tras recorrer Inglaterra. En el año 43 de su reinado hubo por fin que reconocer oficialmente el pauperismo con la implantación del impuesto de pobres.

> «Los autores de esta ley se avergonzaron de declarar sus motivos y por eso la echaron al mundo, contra toda costumbre, sin ningún *preamble* (exposición de motivos)».[^k17-196]

Por la ley 16 Car. I, 4 se declaró perpetua, y en realidad no recibió una forma nueva y más dura hasta 1834.[^k17-197] Estos efectos inmediatos de la Reforma no fueron los más duraderos. La propiedad de la Iglesia era el baluarte religioso de las antiguas relaciones de propiedad de la tierra. Con su caída, estas ya no podían sostenerse.[^k17-198]

Todavía en los últimos decenios del siglo XVII, la *yeomanry*, un campesinado independiente, era más numerosa que la clase de los arrendatarios. Había formado el núcleo de la fuerza de Cromwell y, según confiesa el propio Macaulay, contrastaba ventajosamente con los borrachos hidalgüelos de estercolero y con sus criados, los curas rurales, que tenían que casar a la «criada predilecta» del señor. Todavía los propios asalariados del campo eran copropietarios de la propiedad comunal. Hacia 1750 había desaparecido la *yeomanry*[^k17-199], y en los últimos decenios del siglo XVIII, el último rastro de propiedad comunal de los labradores. Prescindimos aquí de los móviles puramente económicos de la revolución agrícola. Preguntamos por sus palancas violentas.

Bajo la restauración de los Estuardo, los terratenientes impusieron por vía legal una usurpación que en todo el continente se consumó también sin rodeos legales. Abolieron el régimen feudal de la tierra, es decir, se sacudieron las prestaciones que esta debía al Estado, «indemnizaron» al Estado con impuestos sobre el campesinado y el resto de la masa del pueblo, reivindicaron la moderna propiedad privada sobre fincas de las que solo poseían títulos feudales e impusieron, por último, aquellas leyes de domicilio (*laws of settlement*) que, *mutatis mutandis*, actuaron sobre los labradores ingleses como el edicto del tártaro Borís Godunov sobre el campesinado ruso.

La *glorious Revolution* (revolución gloriosa) llevó al poder, con Guillermo III de Orange,[^k17-200] a los fabricantes de plus, terratenientes y capitalistas. Estos inauguraron la nueva era practicando en escala colosal el robo de los dominios del Estado, que hasta entonces solo se había practicado con modestia. Estas tierras fueron regaladas, vendidas a precios irrisorios o anexionadas a fincas privadas por usurpación directa.[^k17-201] Todo ello sin observar en lo más mínimo la etiqueta legal. Los bienes del Estado así apropiados fraudulentamente, junto con el robo de la Iglesia, en la medida en que no se perdió durante la revolución republicana, constituyen la base de los actuales dominios principescos de la oligarquía inglesa.[^k17-202] Los capitalistas burgueses favorecieron la operación, entre otras cosas, para convertir la tierra en un puro artículo de comercio, ampliar el campo de la gran explotación agrícola, aumentar su suministro de proletarios del campo libres como los pájaros, etc. Además, la nueva aristocracia terrateniente era la aliada natural de la nueva bancocracia, de la alta finanza recién salida del cascarón y de los grandes manufactureros, que entonces se apoyaban en los aranceles protectores. La burguesía inglesa obró en su interés tan acertadamente como los burgueses suecos, que, a la inversa, de la mano de su baluarte económico, el campesinado, apoyaron a los reyes en la recuperación violenta de las tierras de la Corona en poder de la oligarquía (desde 1604, y luego bajo Carlos X y Carlos XI).

La propiedad comunal —completamente distinta de la propiedad del Estado que acabamos de considerar— era una institución germánica antigua que sobrevivió bajo el manto del feudalismo. Hemos visto cómo su usurpación violenta, acompañada casi siempre de la transformación de tierras de labor en pasto para el ganado, comienza a finales del siglo XV y prosigue en el siglo XVI. Pero entonces el proceso se consumaba como acto de violencia individual, contra el que la legislación lucha en vano durante 150 años. El progreso del siglo XVIII se revela en que ahora la propia ley se convierte en vehículo del robo de las tierras del pueblo, aunque los grandes arrendatarios empleen además, de paso, sus pequeños métodos privados e independientes.[^k17-203] La forma parlamentaria del robo es la de los *Bills for Inclosures of Commons* (leyes de cercamiento de las tierras comunales); en otras palabras, decretos por los que los terratenientes se regalan a sí mismos como propiedad privada la tierra del pueblo, decretos de expropiación del pueblo. Sir F. M. Eden refuta su propio astuto alegato de abogado, en el que intenta presentar la propiedad comunal como propiedad privada de los grandes terratenientes que ocuparon el lugar de los feudales, al reclamar él mismo una «ley general del Parlamento para el cercamiento de las tierras comunales», con lo que reconoce que hace falta un golpe de Estado parlamentario para convertirlas en propiedad privada, y al exigir, por otra parte, a la legislatura una «indemnización» para los pobres expropiados.[^k17-204]

Mientras el lugar de los *yeomen* independientes lo ocupaban los *tenants-at-will*, pequeños arrendatarios despedibles con un año de preaviso, una caterva servil y sometida al arbitrio de los *landlords*, fue sobre todo el robo sistemático de la propiedad comunal, junto con el saqueo de los dominios del Estado, lo que contribuyó a hinchar aquellos grandes arrendamientos a los que en el siglo XVIII se llamaba arrendamientos de capital[^k17-205] o arrendamientos de comerciante[^k17-206], y a «liberar» a la población del campo como proletariado para la industria.

Sin embargo, el siglo XVIII no comprendía aún, en la misma medida que el XIX, la identidad entre riqueza nacional y pobreza del pueblo. De ahí la violentísima polémica que se libró en la literatura económica de la época sobre la *inclosure of commons*. De la masa de material que tengo delante doy unos pocos pasajes, porque ilustran vivamente la situación.

> «En muchas parroquias de Hertfordshire», escribe una pluma indignada, «24 arrendamientos de 50 a 150 acres por término medio se han fundido en 3».[^k17-207] «En Northamptonshire y Lincolnshire[^k17-t28] ha predominado mucho el cercamiento de las tierras comunales, y la mayoría de los nuevos señoríos surgidos de los cercamientos se han transformado en pastos; a consecuencia de ello, muchos señoríos no tienen hoy 50 acres bajo el arado, donde antes se araban 1.500… Ruinas de antiguas viviendas, graneros, establos, etc.» son las únicas huellas de los antiguos habitantes. «Cien casas y familias se han reducido en algunos lugares… a 8 o 10… En la mayoría de las parroquias donde el cercamiento solo se ha practicado desde hace 15 o 20 años, los terratenientes son muy pocos en comparación con el número de los que cultivaban la tierra cuando estaba en régimen de campo abierto. No es nada raro ver a 4 o 5 ricos engordadores de ganado usurpar grandes señoríos recién cercados, que antes estaban en manos de 20 o 30 arrendatarios y de otros tantos pequeños propietarios y moradores. Todos ellos han sido arrojados con sus familias de lo que poseían, junto con muchas otras familias a las que ellos daban trabajo y sustento».[^k17-208]

No era solo tierra baldía, sino a menudo tierra cultivada, ya mediante un pago determinado al municipio, ya en común, la que el *landlord* colindante se anexionaba con el pretexto del cercamiento.

> «Hablo aquí del cercamiento de campos abiertos y de tierras que ya están cultivadas. Hasta los escritores que defienden las *inclosures* admiten que estas aumentan el monopolio de los grandes arrendamientos, encarecen los medios de subsistencia y producen despoblación… e incluso el cercamiento de tierras yermas, tal como se practica ahora, roba al pobre una parte de sus medios de subsistencia e hincha arrendamientos que ya son demasiado grandes».[^k17-209] «Si», dice el doctor Price, «la tierra cae en manos de unos pocos grandes arrendatarios, los pequeños arrendatarios» (a los que antes ha descrito como «una multitud de pequeños propietarios y arrendatarios que se mantienen a sí mismos y a sus familias con el producto de la tierra que cultivan, con las ovejas, las aves, los cerdos, etc., que mandan a la tierra comunal, de modo que tienen pocos motivos para comprar medios de subsistencia») «se convertirán en gente que tiene que ganarse la subsistencia trabajando para otros y que está obligada a ir al mercado a por todo lo que necesita… Quizá se realice más trabajo, porque habrá más coacción para ello… Las ciudades y las manufacturas crecerán, porque se empujará hacia ellas a más gente en busca de empleo. Así es como actúa naturalmente la concentración de los arrendamientos y así es como ha actuado de hecho, desde hace muchos años, en este reino».[^k17-210]

Resume así el efecto de conjunto de las *inclosures*:

> «En conjunto, la situación de las clases bajas del pueblo ha empeorado en casi todos los aspectos; los pequeños propietarios y arrendatarios han sido rebajados a la condición de jornaleros y asalariados; y, al mismo tiempo, ganarse la vida en esa condición se ha vuelto más difícil».[^k17-211]

En efecto, la usurpación de las tierras comunales y la revolución agrícola que la acompañó actuaron de modo tan agudo sobre los trabajadores agrícolas que, según el propio Eden, entre 1765 y 1780 su salario empezó a caer por debajo del mínimo y a completarse con el socorro oficial de pobres. Su salario, dice, «apenas alcanzaba ya para las necesidades absolutas de la vida».

Escuchemos todavía un momento a un defensor de los *enclosures* y adversario del doctor Price.

> «No es una conclusión correcta que haya despoblación porque ya no se vea a la gente derrochar su trabajo en el campo abierto… Si, tras convertir a los pequeños campesinos en gente que tiene que trabajar para otros, se moviliza más trabajo, eso es una ventaja que la nación» (a la que, naturalmente, no pertenecen los así convertidos) «tiene que desear… El producto será mayor si su trabajo combinado se emplea en un solo arrendamiento: así se forma un plusproducto para las manufacturas, y con ello las manufacturas, una de las minas de oro de esta nación, aumentan en proporción a la cantidad de grano producida».[^k17-212]

La estoica tranquilidad de ánimo con que el economista político contempla la más descarada profanación del «sagrado derecho de propiedad» y la más brutal violencia contra las personas, en cuanto son necesarias para establecer la base del modo de producción capitalista, nos la muestra, entre otros, sir F. M. Eden, que además tiene un tinte *tory* y «filantrópico». Toda la serie de robos, atrocidades y padecimientos del pueblo que acompañan a la expropiación violenta del pueblo desde el último tercio del siglo XV hasta finales del XVIII solo le lleva a esta «confortable» reflexión final:

> «Había que establecer la proporción justa (*due*) entre tierra de labor y tierra de pasto. Todavía en todo el siglo XIV y en la mayor parte del XV, a 1 acre de pasto correspondían 2, 3 y hasta 4 acres de tierra de labor. A mediados del siglo XVI, la proporción pasó a ser de 3 acres de pasto por 2 de labor, y más tarde de 2 acres de pasto por 1 acre de tierra de labor, hasta que por fin se llegó a la proporción justa de 3 acres de pasto por 1 acre de tierra de labor».

En el siglo XIX se perdió, naturalmente, hasta el recuerdo del vínculo entre el labrador y la propiedad comunal. Por no hablar de épocas posteriores, ¿qué *farthing* de indemnización recibió jamás la población rural por los 3.511.770 acres de tierra comunal que le fueron robados entre 1810[^k17-t15] y 1831 y que los *landlords* se regalaron parlamentariamente a sí mismos?

El último gran proceso de expropiación de la tierra a los labradores es, por fin, el llamado *Clearing of Estates* («despeje» de las fincas, en realidad barrido de las personas que vivían en ellas). Todos los métodos ingleses considerados hasta aquí culminaron en el «despeje». Como se vio en la descripción de la situación moderna en el apartado anterior, ahora que ya no quedan campesinos independientes que barrer, se sigue adelante hasta el «despeje» de los *cottages*, de modo que los trabajadores agrícolas ya no encuentran en la misma tierra que cultivan el espacio necesario para alojarse. Pero lo que significa el *Clearing of Estates* en sentido propio solo llegamos a conocerlo en la tierra prometida de la novelística moderna, en las Tierras Altas de Escocia. Allí el proceso se distingue por su carácter sistemático, por la magnitud de la escala en que se ejecuta de un golpe (en Irlanda, los terratenientes han llegado a barrer varias aldeas a la vez; en las Tierras Altas de Escocia se trata de extensiones de tierra del tamaño de ducados alemanes) y, por último, por la forma particular de la propiedad de la tierra escamoteada.

Los celtas de las Tierras Altas de Escocia estaban organizados en clanes, cada uno de los cuales era propietario de la tierra en que se había asentado. El representante del clan, su jefe o «gran hombre», solo era propietario titular de esta tierra, exactamente igual que la reina de Inglaterra es propietaria titular de toda la tierra nacional. Cuando el gobierno inglés logró reprimir las guerras internas de estos «grandes hombres» y sus continuas incursiones en las llanuras de la Baja Escocia, los jefes de clan no abandonaron en absoluto su viejo oficio de bandidos; solo cambiaron su forma. Por su propia autoridad, convirtieron su derecho de propiedad titular en derecho de propiedad privada, y como tropezaron con la resistencia de los miembros del clan, decidieron expulsarlos por la fuerza abierta.

> «Un rey de Inglaterra podría con el mismo derecho pretender echar a sus súbditos al mar»,

dice el profesor Newman.[^k17-213] Esta revolución, que en Escocia empezó tras el último levantamiento del Pretendiente,[^k17-t3] puede seguirse en sus primeras fases en sir James Steuart[^k17-214] y James Anderson[^k17-215]. En el siglo XVIII se prohibió además la emigración a los gaélicos expulsados de la tierra, para empujarlos por la fuerza a Glasgow y a otras ciudades fabriles.[^k17-216] Como ejemplo del método dominante en el siglo XIX[^k17-217] bastan aquí los «despejes» de la duquesa de Sutherland. Esta persona versada en economía decidió, nada más tomar las riendas, aplicar una cura económica radical y transformar en pasto para ovejas todo el condado, cuya población, a causa de procesos semejantes anteriores, ya se había reducido a 15.000 habitantes. De 1814[^k17-t16] a 1820, estos 15.000 habitantes, unas 3.000 familias, fueron sistemáticamente expulsados y exterminados. Todas sus aldeas fueron destruidas e incendiadas, todos sus campos convertidos en pastos. Se mandó a soldados británicos a ejecutar la operación, y llegaron a las manos con los nativos. Una anciana murió quemada entre las llamas de la cabaña que se negaba a abandonar. Así se apropió esta señora de 794.000 acres de tierra que pertenecían al clan desde tiempo inmemorial. A los nativos expulsados les asignó unos 6.000 acres en la orilla del mar, 2 acres por familia. Estos 6.000 acres habían estado hasta entonces baldíos y no habían reportado ingreso alguno a sus propietarios. La duquesa llevó su nobleza de sentimientos hasta arrendar el acre, por término medio, a 2 chelines y 6 peniques a los miembros del clan, que durante siglos habían derramado su sangre por la familia. Toda la tierra robada al clan la dividió en 29 grandes arrendamientos para ovejas, cada uno habitado por una sola familia, en su mayoría mozos de labranza ingleses. En 1825[^k17-t17], los 15.000 gaélicos ya habían sido sustituidos por 131.000 ovejas. La parte de los aborígenes arrojada a la orilla del mar trató de vivir de la pesca. Se volvieron anfibios y vivían, como dice un escritor inglés, mitad en tierra y mitad en el agua, y con todo ello solo vivían a medias de ambas.[^k17-218]

Pero los buenos gaélicos iban a pagar todavía más caro su idolatría montañesa y romántica por los «grandes hombres» del clan. El olor a pescado les llegó a la nariz a los grandes hombres. Olfatearon que detrás había algo provechoso y arrendaron la orilla del mar a los grandes pescaderos de Londres. Los gaélicos fueron expulsados por segunda vez.[^k17-219]

Pero, por último, una parte de los pastos de ovejas se vuelve a convertir en coto de caza. Es sabido que en Inglaterra no hay bosques propiamente dichos. La caza de los parques de los grandes es ganado doméstico constitucional, gordo como los *aldermen* de Londres. Escocia es, por tanto, el último asilo de la «noble pasión».

> «En las Tierras Altas», dice Somers en 1848, «los bosques se han extendido mucho. Aquí, a un lado de Gaick, tenéis el nuevo bosque de Glenfeshie, y allí, al otro lado, el nuevo bosque de Ardverikie. En la misma línea tenéis el Bleak-Mount, un desierto inmenso, creado hace poco. De este a oeste, desde las cercanías de Aberdeen hasta los acantilados de Oban, tenéis ahora una línea continua de bosque, mientras que en otras partes de las Tierras Altas se encuentran los nuevos bosques de Loch Archaig, Glengarry, Glenmoriston, etc.… La transformación de su tierra en pasto para ovejas… empujó a los gaélicos a suelos más estériles. Ahora el ciervo empieza a sustituir a la oveja y los empuja a una miseria aún más aplastante… Los bosques de caza[^k17-219a] y el pueblo no pueden existir uno junto al otro. Uno u otro tiene que dejar el sitio en todo caso. Dejad que los cotos de caza crezcan en número y en extensión en el próximo cuarto de siglo como en el pasado, y no encontraréis ya ni un gaélico en su tierra natal. Este movimiento entre los propietarios de las Tierras Altas se debe en parte a la moda, al capricho aristocrático, a la afición a la caza, etc., pero en parte se dedican al comercio de la caza con la vista puesta exclusivamente en el beneficio. Porque es un hecho que un trozo de terreno montañoso dispuesto como coto de caza resulta en muchos casos incomparablemente más rentable que como pasto de ovejas… El aficionado que busca un coto de caza no pone a su oferta más límite que la anchura de su bolsa… Sobre las Tierras Altas se han abatido sufrimientos no menos crueles que los que la política de los reyes normandos impuso a Inglaterra. Los ciervos han obtenido un campo de acción más libre, mientras que a los hombres se los ha acosado en círculos cada vez más estrechos… Al pueblo se le ha arrebatado una libertad tras otra… Y la opresión crece todavía cada día. El despeje y la expulsión del pueblo los persiguen los propietarios como un principio fijo, como una necesidad agrícola, exactamente igual que se barren los árboles y los matorrales en las tierras salvajes de América y de Australia, y la operación sigue su curso tranquilo y profesional».[^k17-220]

El robo de los bienes de la Iglesia, la enajenación fraudulenta de los dominios del Estado, el saqueo de la propiedad comunal, la transformación usurpadora y ejecutada con un terrorismo despiadado de la propiedad feudal y de clan en moderna propiedad privada: otros tantos métodos idílicos de la acumulación originaria. Conquistaron el campo para la agricultura capitalista, incorporaron la tierra al capital y crearon para la industria urbana el aporte necesario de proletariado libre como los pájaros.

### 3. Legislación sanguinaria contra los expropiados desde finales del siglo XV. Leyes para rebajar el salario

Los expulsados por la disolución de las mesnadas feudales y por la expropiación violenta y a sacudidas de la tierra, este proletariado libre como los pájaros, no podían en modo alguno ser absorbidos por la manufactura naciente con la misma rapidez con que eran echados al mundo. Por otra parte, los que de pronto habían sido arrancados del cauce habitual de su vida no podían adaptarse con la misma rapidez a la disciplina de la nueva situación. Se convirtieron en masa en mendigos, ladrones y vagabundos, en parte por inclinación, en la mayoría de los casos por la fuerza de las circunstancias. De ahí que a finales del siglo XV y durante todo el siglo XVI se dictara en toda Europa occidental una legislación sanguinaria contra el vagabundeo. A los padres de la actual clase obrera se los castigó, para empezar, por haber sido convertidos en vagabundos y *paupers*. La legislación los trataba como delincuentes «voluntarios» y suponía que de su buena voluntad dependía seguir trabajando en las viejas condiciones, que ya no existían.

En Inglaterra, esa legislación comenzó bajo Enrique VII.

Enrique VIII, 1530: los mendigos viejos e incapacitados para el trabajo reciben una licencia de mendicidad. En cambio, azotes y encierro para los vagabundos robustos. Se los atará a la trasera de un carro y se los azotará hasta que la sangre les corra por el cuerpo; luego jurarán volver a su lugar de nacimiento o adonde hayan vivido los tres últimos años y «ponerse a trabajar» (*to put himself to labour*). ¡Qué cruel ironía! En el año 27 de Enrique VIII se repite el estatuto anterior, pero agravado con nuevos añadidos. Si se les sorprende por segunda vez vagabundeando, se repetirán los azotes y se les cortará media oreja; a la tercera reincidencia, en cambio, el culpable será ejecutado como delincuente grave y enemigo de la comunidad.

Eduardo VI: un estatuto de su primer año de reinado, 1547, ordena que, si alguien se niega a trabajar, sea adjudicado como esclavo a la persona que lo haya denunciado como ocioso. El amo alimentará a su esclavo con pan y agua, bebida floja y los desechos de carne que le parezcan oportunos. Tiene derecho a obligarlo a cualquier trabajo, por repugnante que sea, a fuerza de azotes y cadenas. Si el esclavo se ausenta durante 14 días, queda condenado a esclavitud de por vida y será marcado a fuego con la letra S en la frente o en la mejilla; si huye por tercera vez, será ejecutado como traidor al Estado. El amo puede venderlo, legarlo en herencia o alquilarlo como esclavo, exactamente igual que cualquier otro bien mueble o ganado. Si los esclavos emprenden algo contra sus amos, serán asimismo ejecutados. Los jueces de paz, previa información, perseguirán a esos sujetos. Si se comprueba que un vagabundo ha holgazaneado tres días, se le llevará a su lugar de nacimiento, se le marcará a fuego en el pecho con un hierro al rojo con el signo V y allí se le empleará encadenado en la calle o en otros servicios. Si el vagabundo da un lugar de nacimiento falso, será como castigo esclavo de por vida de ese lugar, de sus habitantes o de su corporación, y se le marcará con una S. Toda persona tiene derecho a quitar sus hijos a los vagabundos y a tenerlos como aprendices, a los muchachos hasta los 24 años y a las muchachas hasta los 20. Si se escapan, serán hasta esa edad esclavos de sus maestros, que podrán encadenarlos, azotarlos, etc., a su antojo. Todo amo puede poner a su esclavo un anillo de hierro en el cuello, en los brazos o en las piernas, para reconocerlo mejor y estar más seguro de él.[^k17-221] La última parte de este estatuto prevé que ciertos pobres sean empleados por el lugar o por los individuos que quieran darles de comer y de beber y encontrarles trabajo. Esta clase de esclavos parroquiales se mantuvo en Inglaterra hasta muy entrado el siglo XIX con el nombre de *roundsmen* («los que van de ronda»).

Isabel, 1572: los mendigos sin licencia y mayores de 14 años serán azotados duramente y marcados a fuego en el lóbulo de la oreja izquierda si nadie quiere tomarlos a su servicio por dos años[^k17-t19]; en caso de reincidencia, si son mayores de 18 años, serán… ejecutados, si nadie quiere tomarlos a su servicio por dos años; pero a la tercera reincidencia serán ejecutados sin piedad como traidores al Estado. Estatutos semejantes: 18 Isabel, c. 13[^k17-t18], y el de 1597.[^k17-221a]

Jacobo I: una persona que anda errante y mendigando es declarada vagabunda y maleante. Los jueces de paz en las *Petty Sessions* están facultados para hacerla azotar públicamente y para encarcelarla 6 meses la primera vez que se la sorprenda y 2 años la segunda. Durante la prisión será azotada tantas veces y tanto como los jueces de paz tengan por conveniente… Los vagabundos incorregibles y peligrosos serán marcados a fuego con una R en el hombro izquierdo y condenados a trabajos forzados, y si se les vuelve a sorprender mendigando, serán ejecutados sin piedad. Estas disposiciones, vigentes hasta los primeros tiempos del siglo XVIII, no se derogaron hasta la ley 12 Ana, c. 23.

Leyes semejantes en Francia, donde a mediados del siglo XVII se había establecido en París un reino de los vagabundos (*royaume des truands*). Todavía en los primeros tiempos de Luis XVI (ordenanza del 13 de julio de 1777), todo hombre de complexión sana de 16 a 60 años, si carecía de medios de existencia y no ejercía una profesión, debía ser enviado a galeras. Algo parecido disponían el estatuto de Carlos V para los Países Bajos de octubre de 1537[^k17-t20], el primer edicto de los Estados y ciudades de Holanda del 19 de marzo de 1614, el bando de las Provincias Unidas del 25 de junio de 1649, etc.

Así, la población rural, violentamente expropiada de la tierra, expulsada y convertida en vagabunda, fue metida a latigazos, a fuego y a tormento, mediante leyes grotescamente terroristas, en la disciplina necesaria para el sistema del trabajo asalariado.

No basta con que las condiciones de trabajo aparezcan en un polo como capital y en el otro polo personas que no tienen nada que vender salvo su fuerza de trabajo. Tampoco basta con obligarlas a venderse voluntariamente. En el curso de la producción capitalista se desarrolla una clase obrera que, por educación, tradición y costumbre, reconoce las exigencias de ese modo de producción como leyes naturales evidentes por sí mismas. La organización del proceso capitalista de producción ya desarrollado quiebra toda resistencia; la producción constante de una superpoblación relativa mantiene la ley de la oferta y la demanda de trabajo, y por tanto el salario, en un carril acorde con las necesidades de valorización del capital; la coacción muda de las relaciones económicas sella el dominio del capitalista sobre el obrero. Todavía se emplea, ciertamente, la violencia extraeconómica, directa, pero solo excepcionalmente. Para la marcha ordinaria de las cosas, el obrero puede quedar abandonado a las «leyes naturales de la producción», es decir, a su dependencia del capital, que nace de las propias condiciones de producción y que estas garantizan y perpetúan. No ocurre así durante la génesis histórica de la producción capitalista. La burguesía naciente necesita y emplea el poder del Estado para «regular» el salario, es decir, para comprimirlo dentro de los límites convenientes a la fabricación de plus, para prolongar la jornada laboral y para mantener al propio obrero en el grado normal de dependencia. Es este un momento esencial de la llamada acumulación originaria.

La clase de los asalariados, que surgió en la segunda mitad del siglo XIV, solo constituía entonces, y en el siglo siguiente, una parte muy pequeña de la población, muy protegida en su posición por la economía campesina independiente en el campo y por la organización gremial en la ciudad. En el campo y en la ciudad, maestros y obreros estaban socialmente próximos. La subordinación del trabajo al capital era solo formal, es decir, el propio modo de producción no tenía aún un carácter específicamente capitalista. El elemento variable del capital predominaba con mucho sobre el constante. Por eso la demanda de trabajo asalariado crecía rápidamente con cada acumulación del capital, mientras que la oferta de trabajo asalariado la seguía con lentitud. Una gran parte del producto nacional, que más tarde se transformó en fondo de acumulación del capital, entraba entonces todavía en el fondo de consumo del obrero.

La legislación sobre el trabajo asalariado, acuñada desde el principio para la explotación del obrero y siempre igual de hostil a él en su desarrollo,[^k17-222] se inaugura en Inglaterra con el *Statute of Labourers* de Eduardo III, de 1349. Le corresponde en Francia la ordenanza de 1350, promulgada en nombre del rey Juan. La legislación inglesa y la francesa corren paralelas y son idénticas en su contenido. En la medida en que los estatutos obreros intentan imponer la prolongación de la jornada laboral, no vuelvo sobre ellos, pues este punto se trató antes (capítulo 8, 5).

El *Statute of Labourers* se promulgó a instancias apremiantes de la Cámara de los Comunes.

> «Antes», dice ingenuamente un *tory*, «los pobres pedían salarios tan altos que amenazaban a la industria y a la riqueza. Ahora su salario es tan bajo que amenaza igualmente a la industria y a la riqueza, pero de otro modo y quizá más peligrosamente que entonces».[^k17-223]

Se fijó una tarifa legal de salarios para la ciudad y el campo, para el trabajo a destajo y el trabajo a jornal. Los obreros del campo deben contratarse por un año; los de la ciudad, «en mercado abierto». Se prohíbe, bajo pena de prisión, pagar salarios más altos que los del estatuto, pero se castiga con más dureza recibir un salario más alto que pagarlo. Así, todavía en las secciones 18 y 19 del estatuto de aprendices de Isabel se impone una pena de diez días de prisión al que paga un salario más alto, y en cambio una de veintiún días al que lo cobra. Un estatuto de 1360 agravó las penas y facultó incluso al maestro para arrancar trabajo a la tarifa legal de salarios mediante coacción física. Todas las combinaciones, contratos, juramentos, etc., por los que los albañiles y los carpinteros se obligaban mutuamente quedan declarados nulos y sin valor. La coalición obrera se trata como delito grave desde el siglo XIV hasta 1825, año de la abolición de las leyes contra las coaliciones. El espíritu del estatuto obrero de 1349 y de sus engendros posteriores resplandece en el hecho de que el Estado dicta, sí, un máximo del salario, pero en modo alguno un mínimo.

En el siglo XVI, como es sabido, la situación de los obreros había empeorado mucho. El salario en dinero subió, pero no en proporción a la depreciación del dinero y a la consiguiente subida de los precios de las mercancías. En realidad, pues, el salario bajó. Pese a ello, siguieron en vigor las leyes destinadas a rebajarlo, al mismo tiempo que se cortaban las orejas y se marcaba a fuego a aquellos «a quienes nadie quería tomar a su servicio». Por el estatuto de aprendices 5 Isabel, c. 3[^k17-t21], se facultó a los jueces de paz para fijar ciertos salarios y modificarlos según la estación del año y los precios de las mercancías. Jacobo I extendió esta regulación del trabajo también a los tejedores, a los hilanderos y a toda clase de categorías de obreros;[^k17-224] Jorge II extendió las leyes contra la coalición obrera a todas las manufacturas.

En el período manufacturero propiamente dicho, el modo de producción capitalista se había fortalecido lo suficiente para hacer tan impracticable como superflua la regulación legal del salario; pero no se quería prescindir, para un caso de necesidad, de las armas del viejo arsenal. Todavía la ley 8 Jorge II[^k17-t23] prohibía pagar a los oficiales sastres de Londres y sus alrededores más de 2 chelines y 7 1/2 peniques de jornal, salvo en casos de luto general; todavía la ley 13 Jorge III, c. 68, encomendó a los jueces de paz la regulación del salario de los tejedores de seda; todavía en 1796 hicieron falta dos sentencias de los tribunales superiores para decidir si las órdenes de los jueces de paz sobre salarios valían también para los obreros no agrícolas; todavía en 1799 una ley del Parlamento confirmó que el salario de los mineros de Escocia estaba regulado por un estatuto de Isabel y por dos leyes escocesas de 1661 y 1671[^k17-t22]. Hasta qué punto se habían trastocado entretanto las condiciones lo demostró un incidente inaudito en la Cámara de los Comunes inglesa. Aquí, donde desde hacía más de 400 años se fabricaban leyes sobre el máximo que el salario no podía rebasar en modo alguno, Whitbread propuso en 1796 un salario mínimo legal para los jornaleros agrícolas. Pitt se opuso, pero reconoció que «la situación de los pobres era cruel (*cruel*)». Por fin, en 1813, se derogaron las leyes de regulación de salarios. Eran una anomalía ridícula desde que el capitalista regulaba la fábrica con su legislación privada y hacía completar, con el impuesto de pobres, el salario del obrero agrícola hasta el mínimo indispensable. Las disposiciones de los estatutos obreros sobre los contratos entre maestro y asalariado, sobre los plazos de despido y cosas semejantes, que solo permiten una demanda civil contra el maestro que incumple el contrato, pero una acción penal contra el obrero que lo incumple, siguen hasta hoy en plena vigencia.

Las crueles leyes contra las coaliciones cayeron en 1825 ante la actitud amenazadora del proletariado. Pero solo cayeron en parte. Algunos bellos restos de los viejos estatutos no desaparecieron hasta 1859. Por fin, la ley del Parlamento del 29 de junio de 1871 pretendió eliminar los últimos rastros de esta legislación de clase mediante el reconocimiento legal de las *Trades' Unions*. Pero una ley del Parlamento de la misma fecha (*An act to amend the criminal law relating to violence, threats and molestation*) restableció de hecho la situación anterior bajo una forma nueva. Con este escamoteo parlamentario, los medios de que pueden servirse los obreros en una huelga (*strike*) o en un *lock-out* (huelga de los fabricantes coaligados mediante el cierre simultáneo de sus fábricas) se sustrajeron al derecho común y se sometieron a una legislación penal de excepción, cuya interpretación quedaba en manos de los propios fabricantes en su calidad de jueces de paz. Dos años antes, la misma Cámara de los Comunes y el mismo señor Gladstone, con la conocida honradez, habían presentado un proyecto de ley para abolir todas las leyes penales de excepción contra la clase obrera. Pero nunca se le dejó pasar de la segunda lectura, y así se fue dando largas al asunto hasta que por fin el «gran partido liberal», mediante una alianza con los *tories*, cobró valor para volverse resueltamente contra el mismo proletariado que lo había llevado al poder. No contento con esta traición, el «gran partido liberal» permitió a los jueces ingleses, siempre meneando la cola al servicio de las clases dominantes, desenterrar las leyes prescritas sobre «conspiraciones» y aplicarlas a las coaliciones obreras. Como se ve, el Parlamento inglés solo renunció a regañadientes y bajo la presión de las masas a las leyes contra las huelgas y las *Trades' Unions*, después de haber ocupado él mismo durante cinco siglos, con desvergonzado egoísmo, la posición de una *Trades' Union* permanente de los capitalistas contra los obreros.

Ya al comienzo de la tormenta revolucionaria, la burguesía francesa se atrevió a quitar de nuevo a los obreros el derecho de asociación que acababan de conquistar. Por el decreto del 14 de junio de 1791 declaró toda coalición obrera «atentado contra la libertad y la Declaración de los Derechos del Hombre», castigado con 500 libras y la privación por un año de los derechos de ciudadano activo.[^k17-225] Esta ley, que encierra con medios de policía de Estado la lucha competitiva entre capital y trabajo dentro de límites cómodos para el capital, sobrevivió a revoluciones y cambios de dinastía. Ni siquiera el gobierno del Terror la tocó. Solo hace muy poco se ha borrado del Código Penal. Nada más característico que el pretexto de este golpe de Estado burgués. «Aunque», dice Le Chapelier, el ponente, «es deseable que el salario suba más de lo que está ahora, para que quien lo recibe quede fuera de esa dependencia absoluta, causada por la privación de los medios de subsistencia necesarios, que es casi la dependencia de la esclavitud», los obreros no deben, sin embargo, ponerse de acuerdo sobre sus intereses, actuar en común y moderar así su «dependencia absoluta, que es casi esclavitud», porque precisamente con ello lesionan «la libertad de sus *ci-devant maîtres*, los actuales empresarios» (¡la libertad de mantener a los obreros en la esclavitud!), y porque una coalición contra el despotismo de los antiguos maestros de las corporaciones es —¡adivínese!— un restablecimiento de las corporaciones abolidas por la Constitución francesa.[^k17-226]

### 4. Génesis de los arrendatarios capitalistas

Una vez considerada la creación violenta de proletarios libres como los pájaros, la disciplina sanguinaria que los convierte en asalariados, la sucia acción de Estado que con medios de policía aumenta, junto con el grado de explotación del trabajo, la acumulación del capital, cabe preguntarse: ¿de dónde vienen originariamente los capitalistas? Porque la expropiación de la población rural solo crea directamente grandes terratenientes. En cuanto a la génesis del arrendatario, podemos, por así decirlo, palparla con las manos, porque es un proceso lento, que se arrastra a lo largo de muchos siglos. Los propios siervos, y junto a ellos también pequeños propietarios libres de tierra, se encontraban en relaciones de posesión muy distintas y fueron emancipados, por tanto, en condiciones económicas muy distintas.

En Inglaterra, la primera forma del arrendatario es el *bailiff*, siervo él mismo. Su posición es semejante a la del *villicus* de la antigua Roma, solo que en una esfera de acción más estrecha. Durante la segunda mitad del siglo XIV lo sustituye un arrendatario al que el *landlord* provee de simiente, ganado y aperos de labranza. Su situación no es muy distinta de la del campesino. Solo que explota más trabajo asalariado. Pronto se convierte en *métayer*, aparcero. Pone una parte del capital agrícola y el *landlord* la otra. Ambos se reparten el producto total en una proporción fijada por contrato. Esta forma desaparece rápidamente en Inglaterra para dejar sitio a la del arrendatario propiamente dicho, que valoriza su propio capital empleando asalariados y paga al *landlord*, como renta de la tierra, una parte del plusproducto, en dinero o en especie.

Mientras, durante el siglo XV, el campesino independiente y el mozo de labranza que, además de trabajar a jornal, cultiva al mismo tiempo por su cuenta se enriquecen con su propio trabajo, la situación del arrendatario y su campo de producción siguen siendo igual de mediocres. La revolución agrícola del último tercio del siglo XV, que se prolonga durante casi todo el siglo XVI (salvo, sin embargo, sus últimos decenios), lo enriquece con la misma rapidez con que empobrece a la población rural.[^k17-227] La usurpación de los pastos comunales, etc., le permite aumentar mucho su ganado casi sin costes, mientras el ganado le proporciona abonos más abundantes para el cultivo de la tierra.

En el siglo XVI se añade un factor de importancia decisiva. Los contratos de arrendamiento eran entonces largos, a menudo de 99 años. La continua caída del valor de los metales preciosos y, por tanto, del dinero dio a los arrendatarios frutos de oro. Sin contar todas las demás circunstancias examinadas antes, rebajó el salario. Una fracción de este pasó a sumarse a la ganancia del arrendamiento. La continua subida de los precios del grano, la lana, la carne, en una palabra, de todos los productos agrícolas, hinchaba el capital dinerario del arrendatario sin intervención suya, mientras que la renta de la tierra que tenía que pagar estaba contratada en el antiguo valor del dinero.[^k17-228] Así se enriquecía a la vez a costa de sus asalariados y de su *landlord*. No es de extrañar, pues, que Inglaterra poseyera a finales del siglo XVI una clase de «arrendatarios capitalistas», ricos para las condiciones de la época.[^k17-229]

### 5. Repercusión de la revolución agrícola en la industria. Creación del mercado interior para el capital industrial

La expropiación y expulsión de la población rural, a sacudidas y siempre renovada, suministró, como se ha visto, una y otra vez a la industria urbana masas de proletarios situados por completo fuera de las relaciones gremiales, sabia circunstancia que al viejo A. Anderson (que no hay que confundir con James Anderson) le hace creer, en su historia del comercio, en una intervención directa de la Providencia. Tenemos que detenernos todavía un momento en este elemento de la acumulación originaria. Al enrarecimiento de la población rural independiente, que trabajaba por su cuenta, no solo le correspondió la condensación del proletariado industrial, del mismo modo que Geoffroy Saint-Hilaire explica la condensación de la materia cósmica aquí por su enrarecimiento allá.[^k17-230] Pese al menor número de quienes la cultivaban, la tierra seguía dando el mismo producto o más, porque la revolución de las relaciones de propiedad de la tierra iba acompañada de mejores métodos de cultivo, de una cooperación mayor, de concentración de los medios de producción, etc., y porque a los asalariados rurales no solo se los hacía trabajar con más intensidad[^k17-231], sino que además el campo de producción en el que trabajaban para sí mismos se reducía cada vez más. Con la parte liberada de la población rural se liberan, pues, también sus antiguos medios de alimentación. Estos se transforman ahora en elemento material del capital variable. El campesino puesto en la calle tiene que comprar su valor a su nuevo amo, el capitalista industrial, en forma de salario. Lo que ocurrió con los medios de subsistencia ocurrió también con la materia prima agrícola nacional de la industria. Se transformó en un elemento del capital constante.

Supongamos, por ejemplo, que una parte de los campesinos de Westfalia, que en tiempos de Federico II hilaban todos lino, aunque no seda, fuera expropiada por la fuerza y expulsada de la tierra, y que la otra parte, la que se queda, se convirtiera en jornaleros de grandes arrendatarios. Al mismo tiempo se levantan grandes hilaturas y tejedurías de lino, en las que los «liberados» trabajan ahora como asalariados. El lino tiene exactamente el mismo aspecto que antes. No ha cambiado en él ni una fibra, pero se le ha metido en el cuerpo una nueva alma social. Ahora forma parte del capital constante del señor manufacturero. Antes repartido entre una infinidad de pequeños productores que lo cultivaban ellos mismos y lo hilaban en pequeñas porciones con sus familias, está ahora concentrado en manos de un capitalista que hace hilar y tejer a otros para él. El trabajo extra gastado en el hilado del lino se realizaba antes en ingresos extra de innumerables familias campesinas o también, en tiempos de Federico II, en impuestos *pour le roi de Prusse*.[^k17-t5] Ahora se realiza en la ganancia de unos pocos capitalistas. Los husos y los telares, antes repartidos por el campo, están ahora reunidos en unos pocos grandes cuarteles de trabajo, como los obreros, como la materia prima. Y husos, telares y materia prima se han convertido en adelante, de medios de existencia independiente para hilanderos y tejedores, en medios para mandarlos[^k17-232] y para chuparles trabajo no pagado. A las grandes manufacturas, como a los grandes arrendamientos, no se les nota que están formados por la reunión de muchos pequeños centros de producción y mediante la expropiación de muchos pequeños productores independientes. Sin embargo, la mirada sin prejuicios no se deja engañar. En tiempos de Mirabeau, el león de la revolución, las grandes manufacturas se llamaban todavía *manufactures réunies*, talleres reunidos, como hablamos de campos reunidos.

> «Solo se ven», dice Mirabeau, «las grandes manufacturas, donde cientos de personas trabajan bajo un director y que se suelen llamar manufacturas reunidas (*manufactures réunies*). En cambio, aquellas en las que un número muy grande de obreros trabaja disperso y cada uno por su cuenta apenas merecen una mirada. Se las relega por completo a segundo plano. Es este un error muy grande, porque solo ellas constituyen una parte realmente importante de la riqueza del pueblo… La fábrica reunida (*fabrique réunie*) enriquecerá prodigiosamente a uno o dos empresarios, pero los obreros no son más que jornaleros mejor o peor pagados y no participan en nada del bienestar del empresario. En la fábrica separada (*fabrique séparée*), en cambio, nadie se hace rico, pero una multitud de obreros vive en el desahogo… El número de obreros laboriosos y ahorradores crecerá, porque verán en una manera de vivir juiciosa, en la actividad, un medio de mejorar sustancialmente su situación, en lugar de obtener un pequeño aumento de salario, que nunca puede ser un objetivo importante para el futuro, sino que a lo sumo permite a la gente vivir un poco mejor al día. Las manufacturas individuales separadas, unidas casi siempre a una pequeña explotación agrícola, son las libres».[^k17-233]

La expropiación y expulsión de una parte de la población rural no solo libera, junto con los obreros, sus medios de subsistencia y su material de trabajo para el capital industrial: crea el mercado interior.

En efecto, los acontecimientos que convierten a los pequeños campesinos en asalariados y sus medios de subsistencia y de trabajo en elementos materiales del capital crean a la vez a este último su mercado interior. Antes, la familia campesina producía y elaboraba los medios de subsistencia y las materias primas que después consumía en su mayor parte ella misma. Estas materias primas y medios de subsistencia se han convertido ahora en mercancías; el gran arrendatario los vende, y en las manufacturas encuentra su mercado. El hilo, el lienzo, las telas bastas de lana, cosas cuyas materias primas se encontraban al alcance de toda familia campesina y que esta hilaba y tejía para su propio uso, se transforman ahora en artículos de manufactura cuyo mercado lo forman precisamente los distritos rurales. La numerosa clientela dispersa, condicionada hasta entonces por una multitud de pequeños productores que trabajaban por su cuenta, se concentra ahora en un gran mercado abastecido por el capital industrial.[^k17-234]

Así, de la mano de la expropiación de los campesinos que antes trabajaban por su cuenta y de su separación de sus medios de producción va la destrucción de la industria rural accesoria, el proceso de separación entre manufactura y agricultura. Y solo la destrucción de la industria doméstica rural puede dar al mercado interior de un país la extensión y la solidez que necesita el modo de producción capitalista.

Sin embargo, el período manufacturero propiamente dicho no llega a una transformación radical. Recuérdese que solo se apodera de la producción nacional de manera muy fragmentaria y que descansa siempre sobre el amplio trasfondo del artesanado urbano y de la industria accesoria doméstica y rural. Si destruye esta última bajo una forma, en determinadas ramas, en ciertos puntos, la vuelve a suscitar en otros, porque la necesita hasta cierto grado para la elaboración de la materia prima. Produce, por eso, una nueva clase de pequeños campesinos que practican el cultivo de la tierra como rama accesoria y el trabajo industrial, para vender el producto a la manufactura —directamente o por el rodeo del comerciante—, como ocupación principal. Esta es una razón, aunque no la principal, de un fenómeno que al principio desconcierta al investigador de la historia inglesa. Desde el último tercio del siglo XV encuentra quejas continuas, interrumpidas solo a ciertos intervalos, sobre la creciente economía capitalista en el campo y la destrucción progresiva del campesinado. Por otra parte, vuelve a encontrar siempre a ese campesinado, aunque en número menor y en una forma cada vez peor.[^k17-235] La razón principal es esta: Inglaterra es de preferencia ora productora de cereales, ora criadora de ganado, en períodos alternos, y con ellos oscila la extensión de la explotación campesina. Solo la gran industria proporciona, con las máquinas, la base constante de la agricultura capitalista, expropia radicalmente a la inmensa mayoría de la población rural y consuma la separación entre la agricultura y la industria doméstica rural, cuyas raíces arranca: el hilado y el tejido.[^k17-236] Por eso es también ella la que conquista para el capital industrial todo el mercado interior.[^k17-237]

### 6. Génesis del capitalista industrial

La génesis del capitalista industrial[^k17-238] no se produjo de la misma manera paulatina que la del arrendatario. Sin duda, algunos pequeños maestros gremiales, y más aún pequeños artesanos independientes o incluso asalariados, se convirtieron en pequeños capitalistas y, mediante una explotación cada vez más amplia de trabajo asalariado y la acumulación correspondiente, en capitalistas *sans phrase*. En el período de infancia de la producción capitalista, las cosas sucedieron muchas veces como en el período de infancia de la vida urbana medieval, cuando la cuestión de cuál de los siervos fugitivos había de ser maestro y cuál criado se decidía en gran parte por la fecha más temprana o más tardía de su fuga. Pero el paso de tortuga de este método no correspondía en modo alguno a las necesidades comerciales del nuevo mercado mundial que habían creado los grandes descubrimientos de finales del siglo XV. Ahora bien, la Edad Media había legado dos formas distintas de capital, que maduran en las más diversas formaciones económicas de la sociedad y que, antes de la era del modo de producción capitalista, pasan por capital *quand même*:[^k17-t6] el capital usurario y el capital comercial.

> «Actualmente, toda la riqueza de la sociedad pasa primero a manos del capitalista… este paga al terrateniente la renta, al obrero el salario, al recaudador de impuestos y diezmos lo que reclaman, y se queda para sí con una parte grande, de hecho la mayor y cada día creciente, del producto anual del trabajo. El capitalista puede considerarse ahora como el propietario de primera mano de toda la riqueza social, aunque ninguna ley le haya conferido el derecho a esta propiedad… Este cambio en la propiedad se produjo por el cobro de intereses sobre el capital… y no es poco notable que los legisladores de toda Europa quisieran impedirlo con leyes contra la usura… El poder del capitalista sobre toda la riqueza del país es una revolución completa en el derecho de propiedad, ¿y por qué ley o por qué serie de leyes se produjo?».[^k17-239]

El autor debería haberse dicho que las revoluciones no se hacen con leyes.

El capital dinerario formado por la usura y el comercio encontraba obstáculos para transformarse en capital industrial en el régimen feudal del campo y en el régimen gremial de las ciudades.[^k17-240] Estas barreras cayeron con la disolución de las mesnadas feudales y con la expropiación y expulsión parcial de la población rural. La nueva manufactura se instaló en los puertos marítimos de exportación o en puntos del campo situados fuera del control del viejo régimen urbano y de su régimen gremial. De ahí, en Inglaterra, la lucha encarnizada de las *corporate towns* contra estos nuevos semilleros industriales.

El descubrimiento de los países del oro y de la plata en América, el exterminio, la esclavización y el sepultamiento en las minas de la población indígena, el comienzo de la conquista y el saqueo de las Indias Orientales, la transformación de África en un coto de caza comercial de pieles negras caracterizan los albores de la era de la producción capitalista. Estos procesos idílicos son momentos principales de la acumulación originaria. Les sigue los pasos la guerra comercial de las naciones europeas, con el orbe entero por escenario. La inaugura la sublevación de los Países Bajos contra España, adquiere proporciones gigantescas en la guerra antijacobina de Inglaterra y continúa todavía en las guerras del opio contra China, etc.

Los diversos momentos de la acumulación originaria se reparten ahora, en un orden más o menos cronológico, sobre todo entre España, Portugal, Holanda, Francia e Inglaterra. En Inglaterra se combinan sistemáticamente a finales del siglo XVII en el sistema colonial, el sistema de la deuda pública, el moderno sistema tributario y el sistema proteccionista. Estos métodos se basan en parte en la violencia más brutal, como por ejemplo el sistema colonial. Pero todos se valieron del poder del Estado, de la violencia concentrada y organizada de la sociedad, para fomentar como en un invernadero el proceso de transformación del modo de producción feudal en capitalista y abreviar las transiciones. La violencia es la partera de toda sociedad vieja que lleva en su seno otra nueva. Ella misma es una potencia económica.

Del sistema colonial cristiano dice un hombre que ha hecho del cristianismo su especialidad, W. Howitt:

> «Las barbaries y las atrocidades infames de las llamadas razas cristianas, en todas las regiones del mundo y contra todos los pueblos que pudieron sojuzgar, no tienen parangón en ninguna era de la historia universal, en ninguna raza, por salvaje e inculta, despiadada y desvergonzada que fuera».[^k17-241]

La historia de la economía colonial holandesa —y Holanda era la nación capitalista modelo del siglo XVII— «despliega un cuadro insuperable de traición, soborno, asesinato alevoso e infamia».[^k17-242] Nada más característico que su sistema de robo de personas en Célebes para obtener esclavos para Java. Se adiestraba a los ladrones de personas con este fin. El ladrón, el intérprete y el vendedor eran los agentes principales de este comercio; los príncipes indígenas, los principales vendedores. A los jóvenes robados se los escondía en las cárceles secretas de Célebes hasta que estaban a punto para ser embarcados en los barcos negreros. Un informe oficial dice:

> «Esta sola ciudad de Macasar, por ejemplo, está llena de cárceles secretas, a cuál más espantosa, atestadas de desdichados, víctimas de la codicia y la tiranía, cargados de cadenas, arrancados violentamente de sus familias».

Para apoderarse de Malaca, los holandeses sobornaron al gobernador portugués. Este los dejó entrar en la ciudad en 1641. Corrieron inmediatamente a su casa y lo asesinaron para «renunciar» al pago de la suma del soborno, de 21.875 £. Por dondequiera que ponían el pie seguían la devastación y la despoblación. Banyuwangi, una provincia de Java, contaba en 1750 más de 80.000 habitantes; en 1811, solo 8.000. ¡Eso es el *doux commerce*![^k17-t7]

La Compañía Inglesa de las Indias Orientales obtuvo, como es sabido, además del dominio político de las Indias Orientales, el monopolio exclusivo del comercio del té y del comercio con China en general, así como del transporte de mercancías desde y hacia Europa. Pero la navegación de cabotaje de la India y entre las islas, así como el comercio en el interior de la India, se convirtieron en monopolio de los altos funcionarios de la Compañía. Los monopolios de la sal, el opio, el betel y otras mercancías eran minas inagotables de riqueza. Los propios funcionarios fijaban los precios y despellejaban a su antojo al desdichado hindú. El gobernador general participaba en este comercio privado. Sus favoritos obtenían contratos en condiciones con las que, más listos que los alquimistas, hacían oro de la nada. Grandes fortunas brotaban en un día como hongos; la acumulación originaria se realizaba sin adelantar un chelín. El proceso judicial contra Warren Hastings está plagado de ejemplos semejantes. He aquí un caso. Se adjudica un contrato de opio a un tal Sullivan en el momento de su partida —en misión oficial— hacia una parte de la India muy alejada de los distritos del opio. Sullivan vende su contrato por 40.000 £ a un tal Binn[^k17-t24]; Binn lo vende el mismo día por 60.000 £, y el comprador final, que ejecuta el contrato, declara que todavía sacó después de ello una ganancia enorme. Según una lista presentada al Parlamento, la Compañía y sus funcionarios se hicieron regalar por los indios, de 1757 a 1766, ¡6 millones de £! Entre 1769 y 1770, los ingleses fabricaron una hambruna acaparando todo el arroz y negándose a revenderlo si no era a precios fabulosos.[^k17-243]

El trato a los indígenas fue, naturalmente, de lo más brutal en las plantaciones destinadas solo al comercio de exportación, como las Indias Occidentales, y en los países ricos y densamente poblados entregados al robo y al asesinato, como México y las Indias Orientales. Pero tampoco en las colonias propiamente dichas se desmintió el carácter cristiano de la acumulación originaria. Aquellos sobrios virtuosos del protestantismo, los puritanos de Nueva Inglaterra, fijaron en 1703, por acuerdos de su *Assembly*, una prima de 40 £ por cada cabellera de indio y cada piel roja capturado; en 1720[^k17-t25], una prima de 100 £ por cada cabellera; en 1744, después de que Massachusetts-Bay declarara rebelde a cierta tribu, los precios siguientes: por cabellera de varón de 12 años en adelante, 100 £ de moneda nueva; por prisioneros varones, 105 £; por mujeres y niños prisioneros, 50 £[^k17-t26]; ¡por cabelleras de mujeres y niños, 50 £! Unos decenios más tarde, el sistema colonial se vengó en la descendencia, sublevada entretanto, de los piadosos *pilgrim fathers*. Por instigación y a sueldo de los ingleses, se los mató a tomahawk. El Parlamento británico declaró que los perros sabuesos y el arrancar cabelleras eran «medios que Dios y la naturaleza habían puesto en sus manos».

El sistema colonial hizo madurar como en un invernadero el comercio y la navegación. Las «sociedades *Monopolia*» (Lutero) fueron poderosas palancas de la concentración del capital. La colonia aseguraba a las manufacturas en auge un mercado y una acumulación potenciada por el monopolio del mercado. El tesoro capturado fuera de Europa directamente mediante el saqueo, la esclavización y el robo con asesinato refluía a la metrópoli y se transformaba allí en capital. Holanda, que fue la primera en desarrollar plenamente el sistema colonial, estaba ya en 1648 en el apogeo de su grandeza comercial. Estaba

> «en posesión casi exclusiva del comercio de las Indias Orientales y del tráfico entre el suroeste y el noreste de Europa. Sus pesquerías, su marina y sus manufacturas superaban a las de cualquier otro país. Los capitales de la república eran quizá más considerables que los de todo el resto de Europa junto».

Gülich se olvida de añadir que la masa del pueblo de Holanda estaba ya en 1648 más agotada por el trabajo, más empobrecida y más brutalmente oprimida que la de todo el resto de Europa junto.

Hoy en día, la supremacía industrial trae consigo la supremacía comercial. En el período manufacturero propiamente dicho, en cambio, es la supremacía comercial la que da el predominio industrial. De ahí el papel preponderante que desempeñaba entonces el sistema colonial. Era el «dios extranjero» que se colocó en el altar junto a los viejos ídolos de Europa y que un buen día los echó a todos por tierra de un empujón. Proclamó la fabricación de plus como fin último y único de la humanidad.

El sistema del crédito público, es decir, de las deudas del Estado, cuyos orígenes descubrimos ya en la Edad Media en Génova y Venecia, se adueñó de toda Europa durante el período manufacturero. El sistema colonial, con su comercio marítimo y sus guerras comerciales, le sirvió de invernadero. Así arraigó primero en Holanda. La deuda pública, es decir, la enajenación del Estado —ya sea despótico, constitucional o republicano—, imprime su sello a la era capitalista. La única parte de la llamada riqueza nacional que entra realmente en la posesión colectiva de los pueblos modernos es… su deuda pública.[^k17-243a] De ahí, con toda consecuencia, la doctrina moderna de que un pueblo se hace tanto más rico cuanto más se endeuda. El crédito público se convierte en el credo del capital. Y con el nacimiento del endeudamiento del Estado, el lugar del pecado contra el Espíritu Santo, que no tiene perdón, lo ocupa la deslealtad para con la deuda pública.

La deuda pública se convierte en una de las palancas más enérgicas de la acumulación originaria. Como por un toque de varita mágica, dota al dinero improductivo de fuerza generadora y lo transforma así en capital, sin que para ello tenga necesidad de exponerse a las molestias y riesgos inseparables de la inversión industrial e incluso de la usuraria. Los acreedores del Estado no dan en realidad nada, porque la suma prestada se convierte en títulos públicos de deuda fácilmente transferibles, que siguen funcionando en sus manos exactamente igual que si fueran otro tanto de dinero contante. Pero, aun prescindiendo de la clase de rentistas ociosos así creada y de la riqueza improvisada de los financieros que hacen de intermediarios entre el gobierno y la nación —así como de la de los arrendadores de impuestos, comerciantes y fabricantes privados, a quienes un buen pedazo de cada empréstito del Estado les presta el servicio de un capital caído del cielo—, la deuda pública ha hecho prosperar las sociedades por acciones, el comercio de efectos negociables de todo tipo y el agiotaje; en una palabra: el juego de bolsa y la moderna bancocracia.

Desde su nacimiento, los grandes bancos engalanados con títulos nacionales no eran más que sociedades de especuladores privados que se ponían al lado de los gobiernos y que, gracias a los privilegios obtenidos, estaban en condiciones de adelantarles dinero. Por eso la acumulación de la deuda pública no tiene indicador más infalible que la subida sucesiva de las acciones de estos bancos, cuyo pleno despliegue data de la fundación del Banco de Inglaterra (1694). El Banco de Inglaterra empezó prestando su dinero al gobierno al 8 %; al mismo tiempo, el Parlamento lo autorizaba a acuñar dinero con el mismo capital, prestándolo de nuevo al público en forma de billetes de banco. Con estos billetes podía descontar letras de cambio, dar préstamos sobre mercancías y comprar metales preciosos. No pasó mucho tiempo antes de que este dinero de crédito fabricado por el propio banco se convirtiera en la moneda con la que el Banco de Inglaterra hacía empréstitos al Estado y pagaba por cuenta del Estado los intereses de la deuda pública. No contento con dar con una mano para recibir más con la otra, seguía siendo además, mientras recibía, acreedor perpetuo de la nación hasta el último cuarto entregado. Poco a poco se convirtió en el depósito inevitable de los tesoros metálicos del país y en el centro de gravedad de todo el crédito comercial. Por la misma época en que en Inglaterra se dejó de quemar brujas, se empezó a ahorcar a los falsificadores de billetes de banco. Qué efecto causó en los contemporáneos la súbita aparición de esta camada de bancócratas, financieros, rentistas, corredores, *stockjobbers* y lobos de bolsa lo prueban los escritos de la época, por ejemplo los de Bolingbroke.[^k17-243b]

Con las deudas del Estado nació un sistema de crédito internacional que a menudo oculta una de las fuentes de la acumulación originaria en este o aquel pueblo. Así, las infamias del sistema de rapiña veneciano constituyen uno de esos fundamentos ocultos de la riqueza en capital de Holanda, a la que la Venecia decadente prestaba grandes sumas de dinero. Lo mismo ocurre entre Holanda e Inglaterra. Ya a comienzos del siglo XVIII, las manufacturas de Holanda han sido ampliamente superadas y el país ha dejado de ser la nación comercial e industrial dominante. Uno de sus negocios principales de 1701 a 1776 pasa a ser, por tanto, el préstamo de capitales enormes, especialmente a su poderoso competidor, Inglaterra. Algo parecido ocurre hoy entre Inglaterra y los Estados Unidos. Más de un capital que hoy aparece en los Estados Unidos sin partida de nacimiento es sangre de niños capitalizada ayer en Inglaterra.

Como la deuda pública tiene su respaldo en los ingresos del Estado, que deben cubrir los pagos anuales de intereses, etc., el sistema tributario moderno se convirtió en complemento necesario del sistema de empréstitos nacionales. Los empréstitos permiten al gobierno sufragar gastos extraordinarios sin que el contribuyente lo note de inmediato, pero exigen en lo sucesivo, a pesar de todo, impuestos más altos. Por otra parte, la subida de impuestos causada por la acumulación de deudas contraídas una tras otra obliga al gobierno, ante nuevos gastos extraordinarios, a tomar siempre nuevos empréstitos. La fiscalidad moderna, cuyo eje lo forman los impuestos sobre los medios de subsistencia más necesarios (y, por tanto, su encarecimiento), lleva así en sí misma el germen de la progresión automática. El exceso de impuestos no es un incidente, sino más bien un principio. Por eso en Holanda, donde se inauguró primero este sistema, el gran patriota De Witt lo celebró en sus máximas como el mejor sistema para hacer al asalariado sumiso, frugal, laborioso y… agobiado de trabajo. Pero el influjo destructor que ejerce sobre la situación de los asalariados nos interesa aquí menos que la expropiación violenta del campesino, del artesano, en una palabra, de todos los componentes de la pequeña clase media, que ese sistema trae consigo. Sobre esto no hay dos opiniones, ni siquiera entre los economistas burgueses. Su eficacia expropiadora se ve reforzada además por el sistema proteccionista, que es una de sus partes integrantes.

La gran parte que corresponde a la deuda pública y al sistema fiscal que le corresponde en la capitalización de la riqueza y en la expropiación de las masas ha llevado a una serie de escritores, como Cobbett, Doubleday y otros, a buscar aquí, equivocadamente, la causa fundamental de la miseria de los pueblos modernos.

El sistema proteccionista era un artificio para fabricar fabricantes, expropiar a los trabajadores independientes, capitalizar los medios nacionales de producción y de subsistencia y abreviar violentamente el tránsito del modo de producción antiguo al moderno. Los Estados europeos se disputaron la patente de este invento y, una vez puestos al servicio de los fabricantes de plus, no solo esquilmaron con ese fin a su propio pueblo, indirectamente con los aranceles protectores, directamente con las primas a la exportación, etc. En los países dependientes se arrancó de raíz por la fuerza toda industria, como hizo por ejemplo Inglaterra con la manufactura lanera irlandesa. En el continente europeo, siguiendo el ejemplo de Colbert, el proceso se simplificó todavía mucho. El capital originario del industrial fluye aquí en parte directamente del tesoro del Estado.

> «¿Por qué», exclama Mirabeau, «ir a buscar tan lejos la causa del esplendor manufacturero de Sajonia antes de la guerra de los Siete Años? ¡180 millones de deudas del Estado!».[^k17-244]

El sistema colonial, las deudas del Estado, el peso de los impuestos, el proteccionismo, las guerras comerciales, etc., estos vástagos del período manufacturero propiamente dicho, se hinchan gigantescamente durante el período de infancia de la gran industria. El nacimiento de esta última se celebra con la gran matanza herodiana de los inocentes.[^k17-t8] Como la marina real, las fábricas se reclutan por medio de la leva forzosa. Por muy indiferente que se muestre sir F. M. Eden ante los horrores de la expropiación de la tierra a la población rural desde el último tercio del siglo XV hasta su época, finales del siglo XVIII, y por muy complacido que se felicite de ese proceso, «necesario» para establecer la agricultura capitalista y «la verdadera proporción entre tierra de labor y pasto», no demuestra, en cambio, la misma comprensión económica de la necesidad del robo de niños y de la esclavitud infantil para la transformación de la explotación manufacturera en explotación fabril y para el establecimiento de la verdadera proporción entre capital y fuerza de trabajo. Dice:

> «Quizá merezca la consideración del público si una manufactura que, para funcionar con éxito, tiene que saquear los *cottages* y los *workhouses* en busca de niños pobres, para que, relevándose por tandas, se los haga trabajar hasta reventar y se los prive del descanso durante la mayor parte de la noche; una manufactura que, además, amontona de tal modo a gentes de ambos sexos, de distintas edades e inclinaciones, que el contagio del ejemplo tiene que llevar a la depravación y al libertinaje; si semejante manufactura puede aumentar la suma de la felicidad nacional e individual».[^k17-245] «En Derbyshire, Nottinghamshire y sobre todo en Lancashire», dice Fielden, «la maquinaria recién inventada se empleó en grandes fábricas, junto a corrientes capaces de mover la rueda hidráulica. De pronto se necesitaron miles de brazos en estos lugares, lejos de las ciudades; y Lancashire en particular, hasta entonces relativamente poco poblado y estéril, necesitaba ahora ante todo una población. Los dedos pequeños y ágiles eran lo más solicitado. Enseguida surgió la costumbre de traer aprendices (!) de los distintos *workhouses* parroquiales de Londres, Birmingham y otros lugares. Muchos, muchísimos miles de estas pequeñas criaturas desvalidas, de 7 a 13 o 14 años, fueron así expedidos al norte. Era costumbre que el amo» (es decir, el ladrón de niños) «vistiera, alimentara y alojara a sus aprendices en una casa de aprendices cerca de la fábrica. Se nombraban capataces para vigilar su trabajo. Era interés de estos negreros hacer trabajar a los niños hasta el límite extremo, porque su paga estaba en proporción a la cantidad de producto que pudiera arrancarse al niño. La crueldad era la consecuencia natural… En muchos distritos fabriles, sobre todo de Lancashire, se infligieron las torturas más desgarradoras a estas criaturas inofensivas y sin amigos, consignadas a los fabricantes. Se las acosaba hasta la muerte con excesos de trabajo… se las azotaba, encadenaba y torturaba con el más exquisito refinamiento de crueldad; en muchos casos se las mataba de hambre hasta dejarlas en los huesos, mientras el látigo las mantenía en el trabajo… ¡Sí, en algunos casos se las empujó al suicidio!… Los hermosos y románticos valles de Derbyshire, Nottinghamshire y Lancashire, apartados de la mirada pública, se convirtieron en sombríos desiertos de tortura y… ¡a menudo de asesinato!… Las ganancias de los fabricantes eran enormes. Eso no hacía más que afilar su hambre canina de hombre lobo. Empezaron con la práctica del trabajo nocturno, es decir, después de dejar paralizado a un grupo de brazos con el trabajo diurno, tenían a otro grupo preparado para el trabajo nocturno; el grupo de día se iba a las camas que el grupo de noche acababa de dejar, y *vice versa*. Es tradición popular en Lancashire que las camas nunca se enfriaban».[^k17-246]

Con el desarrollo de la producción capitalista durante el período manufacturero, la opinión pública de Europa había perdido el último resto de pudor y de conciencia. Las naciones se jactaban cínicamente de toda infamia que fuera un medio para la acumulación de capital. Léanse, por ejemplo, los ingenuos anales comerciales del buen hombre A. Anderson. En ellos se pregona como un triunfo de la sabiduría de Estado inglesa que Inglaterra, en la paz de Utrecht, arrancara a los españoles, mediante el tratado del asiento, el privilegio de poder practicar también entre África y la América española la trata de negros, que hasta entonces solo practicaba entre África y las Indias Occidentales inglesas. Inglaterra obtuvo el derecho de abastecer a la América española, hasta 1743, con 4.800 negros al año. Esto proporcionaba a la vez una tapadera oficial al contrabando británico. Liverpool se hizo grande sobre la base de la trata de esclavos. Esta constituye su método de acumulación originaria. Y hasta el día de hoy la «respetabilidad» de Liverpool ha seguido siendo el Píndaro de la trata de esclavos, que —véase el escrito ya citado del doctor Aikin, de 1795— «exalta el espíritu de empresa comercial hasta la pasión, forma marinos famosos y reporta enormes sumas de dinero». Liverpool empleaba en la trata de esclavos 15 barcos en 1730; 53 en 1751; 74 en 1760; 96 en 1770, y 132 en 1792.

Al tiempo que introducía en Inglaterra la esclavitud infantil, la industria algodonera dio el impulso para transformar la economía esclavista de los Estados Unidos, antes más o menos patriarcal, en un sistema comercial de explotación. En general, la esclavitud encubierta de los asalariados en Europa necesitaba como pedestal la esclavitud *sans phrase* en el Nuevo Mundo.[^k17-247]

*Tantae molis erat*[^k17-t9] liberar las «eternas leyes naturales» del modo de producción capitalista, consumar el proceso de separación entre los obreros y las condiciones de trabajo, transformar en un polo los medios sociales de producción y de subsistencia en capital, y en el polo opuesto la masa del pueblo en asalariados, en «pobres trabajadores» libres, ese producto artificial de la historia moderna.[^k17-248] Si el dinero, según Augier, «viene al mundo con manchas naturales de sangre en una mejilla»,[^k17-249] el capital viene chorreando sangre y lodo por todos los poros, de la cabeza a los pies.[^k17-250]

### 7. Tendencia histórica de la acumulación capitalista

¿En qué se resuelve la acumulación originaria del capital, es decir, su génesis histórica? En la medida en que no es transformación directa de esclavos y siervos en asalariados, y por tanto mero cambio de forma, solo significa la expropiación de los productores directos, es decir, la disolución de la propiedad privada basada en el trabajo propio.

La propiedad privada, como antítesis de la propiedad social, colectiva, solo existe allí donde los medios de trabajo y las condiciones externas del trabajo pertenecen a particulares. Pero según que estos particulares sean los trabajadores o los no trabajadores, la propiedad privada tiene también un carácter distinto. Los infinitos matices que presenta a primera vista no hacen más que reflejar los estados intermedios que se encuentran entre estos dos extremos.

La propiedad privada del trabajador sobre sus medios de producción es la base de la pequeña explotación, y la pequeña explotación, una condición necesaria para el desarrollo de la producción social y de la libre individualidad del propio trabajador. Ciertamente, este modo de producción existe también dentro de la esclavitud, la servidumbre y otras relaciones de dependencia. Pero solo florece, solo despliega toda su energía, solo conquista la forma clásica adecuada allí donde el trabajador es propietario privado libre de las condiciones de trabajo que él mismo maneja: el campesino, de la tierra que cultiva; el artesano, del instrumento que toca como un virtuoso.

Este modo de producción presupone la dispersión de la tierra y de los demás medios de producción. Así como excluye la concentración de estos, excluye también la cooperación, la división del trabajo dentro de los mismos procesos de producción, el dominio y la regulación sociales de la naturaleza, el libre desarrollo de las fuerzas productivas sociales. Solo es compatible con límites estrechos y primitivos de la producción y de la sociedad. Querer perpetuarlo sería, como dice con razón Pecqueur, «decretar la mediocridad general». Al llegar a cierto grado de desarrollo, alumbra los medios materiales de su propia destrucción. A partir de ese momento se agitan en el seno de la sociedad fuerzas y pasiones que se sienten encadenadas por él. Tiene que ser destruido, y es destruido. Su destrucción, la transformación de los medios de producción individuales y dispersos en medios de producción socialmente concentrados y, por tanto, de la propiedad enana de muchos en propiedad masiva de unos pocos; por tanto, la expropiación de la gran masa del pueblo, despojada de la tierra, de los medios de subsistencia y de los instrumentos de trabajo, esta terrible y penosa expropiación de la masa del pueblo, constituye la prehistoria del capital. Abarca una serie de métodos violentos, de los que solo hemos pasado revista a los que hicieron época, como métodos de la acumulación originaria del capital. La expropiación de los productores directos se lleva a cabo con el vandalismo más despiadado y bajo el impulso de las pasiones más infames, más sucias, más mezquinamente odiosas. La propiedad privada ganada con el propio trabajo, basada, por así decirlo, en la fusión del individuo trabajador aislado e independiente con sus condiciones de trabajo, es desplazada por la propiedad privada capitalista, que se basa en la explotación de trabajo ajeno, pero formalmente libre.[^k17-251]

En cuanto este proceso de transformación ha descompuesto suficientemente, en profundidad y en extensión, la vieja sociedad; en cuanto los trabajadores se han convertido en proletarios y sus condiciones de trabajo en capital; en cuanto el modo de producción capitalista se sostiene sobre sus propios pies, la ulterior socialización del trabajo y la ulterior transformación de la tierra y demás medios de producción en medios de producción explotados socialmente, es decir, comunes, y, por tanto, la ulterior expropiación de los propietarios privados, adquieren una forma nueva. A quien ahora hay que expropiar ya no es al trabajador que trabaja por su cuenta, sino al capitalista que explota a muchos obreros.

Esta expropiación se lleva a cabo por el juego de las leyes inmanentes de la propia producción capitalista, por la centralización de los capitales. Cada capitalista mata a muchos. De la mano de esta centralización, o de la expropiación de muchos capitalistas por unos pocos, se desarrollan, en una escala cada vez mayor, la forma cooperativa del proceso de trabajo, la aplicación técnica consciente de la ciencia, la explotación planificada de la tierra, la transformación de los medios de trabajo en medios de trabajo que solo pueden emplearse en común, el ahorro de todos los medios de producción al usarlos como medios de producción del trabajo combinado, social, el entrelazamiento de todos los pueblos en la red del mercado mundial y, con ello, el carácter internacional del régimen capitalista. Con el número cada vez menor de los magnates del capital, que usurpan y monopolizan todas las ventajas de este proceso de transformación, crecen la masa de la miseria, de la opresión, de la servidumbre, de la degeneración, de la explotación, pero también la rebeldía de la clase obrera, que no deja de crecer y que el mecanismo mismo del proceso capitalista de producción instruye, une y organiza. El monopolio del capital se convierte en traba del modo de producción que ha florecido con él y bajo él. La centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo llegan a un punto en que se vuelven incompatibles con su envoltura capitalista. Esta salta hecha añicos. Suena la hora de la propiedad privada capitalista. Los expropiadores son expropiados.

El modo de apropiación capitalista, que surge del modo de producción capitalista, y por tanto la propiedad privada capitalista, es la primera negación de la propiedad privada individual, fundada en el trabajo propio. Pero la producción capitalista engendra, con la necesidad de un proceso natural, su propia negación. Es la negación de la negación. Esta no restablece la propiedad privada, pero sí la propiedad individual sobre la base de las conquistas de la era capitalista: la cooperación y la posesión en común de la tierra y de los medios de producción producidos por el propio trabajo.

La transformación de la propiedad privada dispersa, basada en el trabajo propio de los individuos, en propiedad capitalista es, naturalmente, un proceso incomparablemente más largo, más duro y más difícil que la transformación en propiedad social de la propiedad capitalista, que de hecho descansa ya en un régimen social de producción. Allí se trataba de la expropiación de la masa del pueblo por unos pocos usurpadores; aquí se trata de la expropiación de unos pocos usurpadores por la masa del pueblo.[^k17-252]

## Capítulo vigesimoquinto. La teoría moderna de la colonización[^k17-253]

La economía política confunde por principio dos clases muy distintas de propiedad privada, una de las cuales se basa en el trabajo propio del productor y la otra en la explotación del trabajo ajeno. Olvida que la segunda no solo constituye la antítesis directa de la primera, sino que crece únicamente sobre su tumba.

En el oeste de Europa, la patria de la economía política, el proceso de la acumulación originaria se ha consumado en mayor o menor medida. El régimen capitalista ha sometido aquí directamente a toda la producción nacional o, donde las condiciones están todavía menos desarrolladas, controla al menos indirectamente las capas sociales degeneradas, pertenecientes al modo de producción anticuado, que siguen existiendo a su lado. A este mundo acabado del capital, el economista político aplica las ideas jurídicas y de propiedad del mundo precapitalista con un celo tanto más angustiado y una unción tanto mayor cuanto más alto le gritan los hechos a la cara a su ideología.

No ocurre así en las colonias. El régimen capitalista tropieza allí por todas partes con el obstáculo del productor que, como poseedor de sus propias condiciones de trabajo, se enriquece a sí mismo con su trabajo en vez de enriquecer al capitalista. La contradicción entre estos dos sistemas económicos diametralmente opuestos se manifiesta aquí prácticamente en su lucha. Allí donde el capitalista tiene a sus espaldas el poder de la metrópoli, trata de quitar de en medio por la fuerza el modo de producción y de apropiación basado en el trabajo propio. El mismo interés que en la metrópoli lleva al sicofante del capital, al economista político, a declarar teóricamente que el modo de producción capitalista es su propio contrario, ese mismo interés le empuja aquí a *make a clean breast of it* (confesarlo todo sin tapujos) y a proclamar en voz alta la oposición entre ambos modos de producción. Con este fin demuestra que el desarrollo de la fuerza productiva social del trabajo, la cooperación, la división del trabajo, el empleo de la maquinaria en gran escala, etc., son imposibles sin la expropiación de los obreros y la consiguiente transformación de sus medios de producción en capital. En interés de la llamada riqueza nacional busca artificios para producir la pobreza del pueblo. Su coraza apologética se desmorona aquí pedazo a pedazo como yesca podrida.

El gran mérito de E. G. Wakefield es haber descubierto, no algo nuevo sobre las colonias[^k17-254], sino, en las colonias, la verdad sobre las relaciones capitalistas de la metrópoli. Así como el sistema proteccionista, en sus orígenes,[^k17-255] aspiraba a fabricar capitalistas en la metrópoli, la teoría de la colonización de Wakefield, que Inglaterra intentó durante algún tiempo poner en práctica por vía legal, aspira a fabricar asalariados en las colonias. A esto lo llama *systematic colonization* (colonización sistemática).

Para empezar, Wakefield descubrió en las colonias que la propiedad de dinero, medios de subsistencia, máquinas y otros medios de producción no convierte aún a un hombre en capitalista si falta el complemento, el asalariado, el otro hombre que se ve obligado a venderse voluntariamente a sí mismo. Descubrió que el capital no es una cosa, sino una relación social entre personas mediada por cosas.[^k17-256] El señor Peel, se nos lamenta, se llevó de Inglaterra al río Swan, en Nueva Holanda, medios de subsistencia y medios de producción por valor de 50.000 £. El señor Peel fue tan previsor que se llevó además a 3.000[^k17-t27] personas de la clase trabajadora, hombres, mujeres y niños. Una vez llegado a su destino, «el señor Peel se quedó sin un criado que le hiciera la cama o le sacara agua del río».[^k17-257] ¡Desdichado señor Peel, que lo había previsto todo menos la exportación de las relaciones de producción inglesas al río Swan!

Para comprender los siguientes descubrimientos de Wakefield, dos observaciones previas. Es sabido que los medios de producción y de subsistencia, como propiedad del productor directo, no son capital. Solo se convierten en capital en condiciones en que sirven a la vez como medios de explotación y de dominación del obrero. Pero esta alma capitalista suya está tan íntimamente casada, en la cabeza del economista político, con su sustancia material que los bautiza como capital en cualquier circunstancia, aun allí donde son exactamente lo contrario. Así ocurre en Wakefield. Además, a la dispersión de los medios de producción como propiedad individual de muchos trabajadores independientes entre sí, que trabajan por su cuenta, la llama reparto igual del capital. Al economista político le pasa como al jurista feudal. También este pegaba sus etiquetas jurídicas feudales a relaciones puramente dinerarias.

> «Si el capital», dice Wakefield, «estuviera repartido en porciones iguales entre todos los miembros de la sociedad, nadie tendría interés en acumular más capital del que pudiera emplear con sus propias manos. Esto es lo que ocurre en cierto grado en las nuevas colonias americanas, donde la pasión por la propiedad de la tierra impide la existencia de una clase de asalariados».[^k17-258]

Así pues, mientras el obrero puede acumular para sí mismo, y puede hacerlo mientras sigue siendo propietario de sus medios de producción, la acumulación capitalista y el modo de producción capitalista son imposibles. Falta la clase de los asalariados, indispensable para ello. ¿Cómo se llevó a cabo, pues, en la vieja Europa la expropiación de sus condiciones de trabajo al obrero y, por tanto, cómo se establecieron el capital y el trabajo asalariado? Mediante un *contrat social* de un tipo absolutamente original.

> «La humanidad… adoptó un método sencillo para fomentar la acumulación del capital», que, naturalmente, desde los tiempos de Adán se le representaba como fin último y único de su existencia; «se dividió en propietarios de capital y propietarios de trabajo… esta división fue el resultado de un acuerdo y una combinación voluntarios».[^k17-259]

En una palabra: la masa de la humanidad se expropió a sí misma en honor de la «acumulación del capital». Uno creería ahora que el instinto de este fanatismo abnegado debería dar rienda suelta a sus impulsos sobre todo en las colonias, el único lugar donde existen hombres y circunstancias capaces de trasladar un *contrat social* del reino de los sueños al de la realidad. Pero entonces, ¿para qué la «colonización sistemática» por oposición a la colonización espontánea? Pero, ay:

> «en los estados septentrionales de la Unión americana es dudoso que una décima parte de la población pertenezca a la categoría de los asalariados… En Inglaterra… la gran masa del pueblo se compone de asalariados».[^k17-260]

Más aún: el impulso de la humanidad trabajadora a expropiarse a sí misma en honor del capital existe tan poco que la esclavitud es, incluso según Wakefield, la única base espontánea de la riqueza colonial. Su colonización sistemática es un mero *pis aller*,[^k17-t10] puesto que ahora tiene que vérselas con hombres libres en lugar de con esclavos.

> «Los primeros colonos españoles de Santo Domingo no recibieron obreros de España. Pero sin obreros» (es decir, sin esclavitud) «el capital habría perecido o, al menos, se habría reducido a las pequeñas masas que cada individuo puede emplear con sus propias manos. Esto ha sucedido realmente en la última colonia fundada por los ingleses, donde un gran capital en simiente, ganado e instrumentos se perdió por falta de asalariados y donde ningún colono posee mucho más capital del que puede emplear con sus propias manos».[^k17-261]

Lo hemos visto: la expropiación de la tierra a la masa del pueblo constituye la base del modo de producción capitalista. La esencia de una colonia libre consiste, por el contrario, en que la masa de la tierra es todavía propiedad del pueblo y, por tanto, cada colono puede convertir una parte de ella en su propiedad privada y en medio de producción individual sin impedir al colono que llegue después la misma operación.[^k17-262] Este es el secreto tanto del florecimiento de las colonias como de su cáncer: su resistencia al asentamiento del capital.

> «Donde la tierra es muy barata y todos los hombres son libres, donde cada cual puede obtener a voluntad un trozo de tierra para sí, el trabajo no solo es muy caro en lo que respecta a la parte del obrero en su producto, sino que la dificultad está en obtener trabajo combinado a cualquier precio».[^k17-263]

Como en las colonias la separación del obrero de las condiciones de trabajo y de su raíz, la tierra, aún no existe o solo existe esporádicamente o en un campo de acción demasiado limitado, tampoco existe aún la separación de la agricultura y la industria, ni la destrucción de la industria doméstica rural; ¿y de dónde va a salir entonces el mercado interior para el capital?

> «Ninguna parte de la población de América es exclusivamente agrícola, con excepción de los esclavos y de sus empleadores, que combinan capital y trabajo para grandes obras. Los americanos libres que cultivan ellos mismos la tierra practican al mismo tiempo muchas otras ocupaciones. Una parte de los muebles y herramientas que usan suelen hacerlos ellos mismos. A menudo construyen sus propias casas y llevan el producto de su propia industria a mercados por lejanos que estén. Son hilanderos y tejedores, fabrican jabón y velas, zapatos y ropa para su propio uso. En América, el cultivo de la tierra es a menudo la ocupación accesoria de un herrero, de un molinero o de un tendero».[^k17-264]

¿Dónde queda, entre semejantes tipos raros, el «campo de abstinencia» para el capitalista?

La gran belleza de la producción capitalista consiste en que no solo reproduce constantemente al asalariado como asalariado, sino que, en proporción a la acumulación del capital, produce siempre una superpoblación relativa de asalariados. Así se mantiene en su debido carril la ley de la demanda y la oferta de trabajo, se encierran las oscilaciones del salario dentro de límites convenientes a la explotación capitalista y se garantiza, por último, la tan indispensable dependencia social del obrero respecto del capitalista, una relación de dependencia absoluta que el economista político, en casa, en la metrópoli, puede tergiversar con mucha labia en una libre relación contractual entre comprador y vendedor, entre poseedores de mercancías igualmente independientes, poseedores de la mercancía capital y de la mercancía trabajo. Pero en las colonias se rompe la bella ilusión. La población absoluta crece aquí mucho más deprisa que en la metrópoli, porque muchos obreros llegan al mundo ya adultos, y sin embargo el mercado de trabajo nunca está lleno. La ley de la demanda y la oferta de trabajo se viene abajo. Por una parte, el viejo mundo arroja continuamente capital ávido de explotación y necesitado de abstinencia; por otra, la reproducción regular de los asalariados como asalariados tropieza con los obstáculos más impertinentes y en parte insuperables. ¡Y no digamos la producción de asalariados sobrantes en proporción a la acumulación del capital! El asalariado de hoy se convierte mañana en campesino o artesano independiente que trabaja por su cuenta. Desaparece del mercado de trabajo, pero… no en el *workhouse*. Esta transformación constante de los asalariados en productores independientes, que trabajan para sí mismos en lugar de para el capital y se enriquecen a sí mismos en lugar de enriquecer al señor capitalista, repercute a su vez de modo muy perjudicial en la situación del mercado de trabajo. No solo se mantiene indecentemente bajo el grado de explotación del asalariado. Este pierde además, junto con la relación de dependencia, también el sentimiento de dependencia respecto del abstinente capitalista. De ahí todos los males que nuestro E. G. Wakefield describe tan honradamente, con tanta elocuencia y de manera tan conmovedora.

La oferta de trabajo asalariado, se queja, no es ni constante, ni regular, ni suficiente. «No solo es siempre demasiado escasa, sino insegura».[^k17-265]

> «Aunque el producto que ha de repartirse entre el obrero y el capitalista es grande, el obrero se lleva una parte tan grande que se convierte rápidamente en capitalista… En cambio, pocos, aunque vivan un tiempo extraordinariamente largo, pueden acumular grandes masas de riqueza».[^k17-266]

Los obreros no permiten en modo alguno a los capitalistas que se abstengan de pagar la mayor parte de su trabajo. De nada le sirve al capitalista ser tan astuto como para importar de Europa, junto con su propio capital, sus propios asalariados.

> «Pronto dejan de ser asalariados, pronto se convierten en campesinos independientes o incluso en competidores de sus antiguos patronos en el propio mercado de trabajo asalariado».[^k17-267]

¡Imagínese el horror! ¡El buen capitalista ha importado de Europa con su propio y buen dinero a sus propios competidores en carne y hueso! ¡Esto ya es el colmo! No es de extrañar que Wakefield se queje de la falta de relación de dependencia y de sentimiento de dependencia de los asalariados en las colonias. A causa de los altos salarios, dice su discípulo Merivale, existe en las colonias un afán apasionado de trabajo más barato y más sumiso, de una clase a la que el capitalista pueda dictar las condiciones, en vez de que esta se las dicte a él… En los países de vieja civilización, el obrero, aunque libre, depende del capitalista por ley natural; en las colonias, esta dependencia tiene que crearse por medios artificiales.[^k17-268]

¿Cuál es, pues, según Wakefield, la consecuencia de este mal de las colonias? Un «sistema bárbaro de dispersión» de los productores y del patrimonio nacional.[^k17-269] La dispersión de los medios de producción entre innumerables propietarios que trabajan por su cuenta destruye, junto con la centralización del capital, toda base del trabajo combinado. Toda empresa de largo aliento, que se extienda a lo largo de años y requiera el desembolso de capital fijo, tropieza con obstáculos para su ejecución. En Europa, el capital no vacila un instante, porque la clase obrera es su accesorio vivo, siempre sobreabundante, siempre a su disposición. ¡Pero en los países coloniales! Wakefield cuenta una anécdota sumamente dolorosa. Conversaba con algunos capitalistas del Canadá y del estado de Nueva York, donde además las oleadas de inmigración se estancan a menudo y depositan un sedimento de obreros «sobrantes».

> «Nuestro capital», suspira uno de los personajes del melodrama, «nuestro capital estaba preparado para muchas operaciones que requieren un período considerable para completarse; pero ¿podíamos emprender tales operaciones con obreros que, como sabíamos, pronto nos darían la espalda? Si hubiéramos estado seguros de poder retener el trabajo de esos inmigrantes, los habríamos contratado con alegría de inmediato y a un precio alto. Es más, aun con la certeza de perderlos, los habríamos contratado, si hubiéramos estado seguros de un aporte fresco según nuestras necesidades».[^k17-270]

Después de contrastar con pompa la agricultura capitalista inglesa y su trabajo «combinado» con la dispersa economía campesina americana, a Wakefield se le escapa también el reverso de la medalla. Describe a la masa del pueblo americano como acomodada, independiente, emprendedora y relativamente culta, mientras que

> «el trabajador agrícola inglés es un desgraciado miserable (*a miserable wretch*), un *pauper*… ¿En qué país, fuera de Norteamérica y de algunas colonias nuevas, superan de manera apreciable los salarios del trabajo libre empleado en el campo los medios de subsistencia más indispensables del obrero?… Sin duda, los caballos de labor en Inglaterra, como son una propiedad valiosa, están mucho mejor alimentados que el labrador inglés».[^k17-271]

Pero *never mind*: la riqueza nacional es, por su propia naturaleza, idéntica a la miseria del pueblo.

¿Cómo curar, pues, el cáncer anticapitalista de las colonias? Si se quisiera convertir de un golpe toda la tierra de propiedad del pueblo en propiedad privada, se destruiría, ciertamente, la raíz del mal, pero también… la colonia. El arte está en matar dos pájaros de un tiro. Que el gobierno dé a la tierra virgen un precio artificial, independiente de la ley de la oferta y la demanda, que obligue al inmigrante a trabajar como asalariado durante un tiempo bastante largo, hasta que pueda ganar dinero suficiente para comprar tierra[^k17-272] y convertirse en campesino independiente. Y que el gobierno emplee, por otra parte, el fondo procedente de la venta de las tierras a un precio relativamente prohibitivo para el asalariado, es decir, este fondo de dinero arrancado al salario mediante la violación de la sagrada ley de la oferta y la demanda, en importar a las colonias, en la misma medida en que este fondo crece, desheredados de Europa, y mantener así bien abastecido el mercado de trabajo asalariado del señor capitalista. En estas circunstancias, *tout sera pour le mieux dans le meilleur des mondes possibles*.[^k17-t11] Este es el gran secreto de la «colonización sistemática».

> «Con este plan», exclama Wakefield triunfante, «la oferta de trabajo tiene que ser constante y regular; porque, en primer lugar, como ningún obrero es capaz de procurarse tierra antes de haber trabajado por dinero, todos los obreros inmigrantes, al trabajar combinados a cambio de un salario, producirían para su empleador capital para emplear más trabajo; en segundo lugar, todo el que colgara el trabajo asalariado y se hiciera propietario de tierra aseguraría, precisamente con la compra de la tierra, un fondo para traer trabajo fresco a las colonias».[^k17-273]

El precio de la tierra impuesto por el Estado tiene que ser, naturalmente, «suficiente» (*sufficient price*), es decir, tan alto «que impida a los obreros convertirse en campesinos independientes hasta que haya otros que ocupen su lugar en el mercado de trabajo asalariado».[^k17-274] Este «precio suficiente de la tierra» no es más que una perífrasis eufemística del rescate que el obrero paga al capitalista por el permiso para retirarse del mercado de trabajo asalariado al campo. Primero tiene que crear «capital» al señor capitalista, para que este pueda explotar a más obreros, y luego poner en el mercado de trabajo un «sustituto», que el gobierno expide por mar, a costa del obrero, a su antiguo señor capitalista.

Es sumamente característico que el gobierno inglés aplicara durante años este método de «acumulación originaria» recetado expresamente por el señor Wakefield para uso de los países coloniales. El fiasco fue, naturalmente, tan vergonzoso como el de la ley bancaria de Peel. La corriente de emigración no hizo más que desviarse de las colonias inglesas hacia los Estados Unidos. Entretanto, el progreso de la producción capitalista en Europa, acompañado de una creciente presión gubernamental, ha hecho superflua la receta de Wakefield. Por una parte, la inmensa y continua corriente humana empujada año tras año hacia América deja sedimentos estancados en el este de los Estados Unidos, porque la ola de emigración procedente de Europa arroja allí a la gente al mercado de trabajo más deprisa de lo que la ola de emigración hacia el oeste puede llevársela. Por otra parte, la guerra civil americana ha traído consigo una deuda nacional colosal y, con ella, la presión fiscal, la creación de la más vil aristocracia financiera, el regalo de una parte inmensa de las tierras públicas a sociedades de especuladores para la explotación de ferrocarriles, minas, etc.; en una palabra, la más rápida centralización del capital. La gran república ha dejado, pues, de ser la tierra prometida de los obreros emigrantes. La producción capitalista avanza allí a pasos de gigante, aunque la rebaja de los salarios y la dependencia del asalariado distan todavía mucho de haber descendido al nivel normal europeo. La desvergonzada dilapidación de la tierra colonial sin cultivar en favor de aristócratas y capitalistas por parte del gobierno inglés, tan ruidosamente denunciada por el propio Wakefield, ha engendrado, sobre todo en Australia,[^k17-275] junto con la corriente humana que atraen las excavaciones de oro (*gold-diggings*) y la competencia que la importación de mercancías inglesas hace hasta al más pequeño artesano, una «superpoblación obrera relativa» suficiente, de modo que casi cada vapor correo trae la mala noticia de una saturación del mercado de trabajo australiano —*glut of the Australian labour-market*— y la prostitución prospera allí en algunos lugares tan exuberante como en el Haymarket de Londres.

Pero no es el estado de las colonias lo que aquí nos ocupa. Lo único que nos interesa es el secreto descubierto en el Nuevo Mundo por la economía política del Viejo Mundo y proclamado por ella a voz en grito: el modo de producción y de acumulación capitalista, y por tanto también la propiedad privada capitalista, tienen por condición la destrucción de la propiedad privada basada en el trabajo propio, es decir, la expropiación del trabajador.

[^k14-t1]: (Nota de la traducción.) *Revenue*: el ingreso que brota periódicamente de una fuente (el capital, la tierra, el trabajo). Lo traducimos por «renta» en este sentido amplio, distinto de la renta del suelo (*Grundrente*). Marx explica su doble uso en la nota 33.

[^k14-1]: «Los ricos, que consumen los productos del trabajo de otros, solo los obtienen mediante actos de intercambio (compras de mercancías). Parecen, pues, expuestos a un pronto agotamiento de sus fondos de reserva... Pero en el orden social la riqueza ha adquirido la fuerza de reproducirse mediante el trabajo ajeno... La riqueza, como el trabajo y por medio del trabajo, da un fruto anual que puede destruirse cada año sin que el rico se vuelva más pobre. Este fruto es la renta que brota del capital» (Sismondi, *Nouv. Princ. d'Écon. Pol.*, t. I, pp. 81 y 82).

[^k14-2]: «Los salarios, igual que las ganancias, han de considerarse cada uno de ellos realmente como una porción del producto acabado» (Ramsay, l. c., p. 142). «La parte del producto que corresponde al obrero bajo la forma de salario» (J. Mill, *Elements etc.*, trad. de Parisot, París, 1823, pp. 33 y 34). (Nota de la traducción: donde dice «pp. 33 y 34», la 4.ª ed. dice «p. 34».)

[^k14-3]: «Cuando se emplea capital en adelantar al obrero su salario, no añade nada a los fondos para el mantenimiento del trabajo» (Cazenove, en una nota a su edición de las *Definitions in Polit. Econ.* de Malthus, Londres, 1853, p. 22).

[^k14-4]: «Los medios de subsistencia de los obreros no los adelantan los capitalistas a los obreros ni siquiera en una cuarta parte de la Tierra» (Richard Jones, *Textbook of Lectures on the Polit. Economy of Nations*, Hertford, 1852, p. 36).

[^k14-4a]: «Aunque al *manufacturer*» (es decir, al obrero manufacturero) «su patrono le adelanta el salario, en realidad no le cuesta nada, pues el valor de este salario se repone por lo general, junto con una ganancia, en el valor acrecentado del objeto en que se ha empleado su trabajo» (A. Smith, l. c., libro II, cap. III, p. 355).

[^k14-t12]: (Nota de la traducción.) Así en la 4.ª ed.; la MEW lee «Warenproduktion» (producción de mercancías).

[^k14-5]: «Esta es una propiedad particularmente notable del consumo productivo. Lo que se consume productivamente es capital, y se convierte en capital por el consumo» (James Mill, l. c., p. 242). Pero J. Mill no ha dado con la pista de esta «propiedad particularmente notable».

[^k14-6]: «Es cierto, en efecto, que la primera introducción de una manufactura da empleo a muchos pobres, pero estos no dejan de serlo, y su continuación hace muchos más» (*Reasons for a limited Exportation of Wool*, Londres, 1677, p. 19). «El arrendatario afirma ahora absurdamente que él mantiene a los pobres. En realidad, se los mantiene en la miseria» (*Reasons for the late Increase of the Poor Rates: or a comparative view of the prices of labour and provisions*, Londres, 1777, p. 31).

[^k14-7]: Rossi no declamaría tan enfáticamente sobre este punto si hubiera penetrado realmente en el secreto del consumo productivo (*productive consumption*).

[^k14-8]: «Los obreros de las minas de Sudamérica, cuya tarea diaria (quizá la más dura del mundo) consiste en sacar a la superficie sobre sus hombros, desde una profundidad de 450 pies, una carga de mineral de 100 a 200 libras de peso, viven solo de pan y judías; preferirían el pan solo como alimento, pero sus amos, que han descubierto que con pan no pueden trabajar tan duramente, los tratan como a caballos y los obligan a comer las judías; ahora bien, las judías son proporcionalmente mucho más ricas en fosfato de cal que el pan» (Liebig, l. c., parte 1.ª, p. 194, nota). (Nota de la traducción: donde dice «de 100 a 200 libras», la 4.ª ed. dice «de 180 a 200 libras».)

[^k14-9]: James Mill, l. c., pp. 238 ss.

[^k14-10]: «Si el precio del trabajo subiera tanto que, pese al aumento del capital, no pudiera emplearse más trabajo, yo diría que ese aumento del capital se consume improductivamente» (Ricardo, l. c., p. 163).

[^k14-11]: «El único consumo productivo en sentido propio es el consumo o destrucción de riqueza» (se refiere al consumo de los medios de producción) «por los capitalistas con vistas a la reproducción... El obrero... es un consumidor productivo para la persona que lo emplea y para el Estado, pero, hablando con exactitud, no para sí mismo» (Malthus, *Definitions etc.*, p. 30).

[^k14-12]: «Lo único de lo que puede decirse que está almacenado y preparado de antemano es la destreza del obrero... La acumulación y almacenamiento del trabajo diestro, esta operación, la más importante, se lleva a cabo, en lo que respecta a la gran masa de los obreros, sin capital alguno» (Hodgskin, *Labour Defended etc.*, pp. 12 y 13).

[^k14-13]: «Esa carta podía considerarse el manifiesto de los fabricantes» (Ferrand, moción sobre la *cotton famine*, sesión de la Cámara de los Comunes del 27 de abril de 1863).

[^k14-14]: Se recordará que el mismo capital canta otra canción en circunstancias ordinarias, cuando se trata de rebajar el salario. Entonces «los patronos» declaran a una sola voz (véase sección cuarta, nota 188): «Los obreros fabriles deberían tener muy presente, para su bien, que su trabajo es en realidad una clase muy inferior de trabajo diestro; que ninguno es más fácil de adquirir ni, dada su calidad, está mejor remunerado; que ningún otro puede obtenerse en tan poco tiempo y en tal abundancia mediante una breve instrucción de los menos expertos. La maquinaria del patrono» (que, como oímos ahora, puede reemplazarse con ventaja y mejorada en 12 meses) «desempeña en realidad un papel mucho más importante en el negocio de la producción que el trabajo y la destreza del obrero» (que ahora no son reemplazables en 30 años), «que una formación de 6 meses puede enseñar y cualquier mozo de labranza aprender».

[^k14-t2]: (Nota de la traducción.) El mariscal de corte von Kalb, cortesano necio de la tragedia de Schiller *Intriga y amor* (*Kabale und Liebe*, 1784).

[^k14-15]: *Times*, 24 de marzo de 1863.

[^k14-16]: El Parlamento no votó ni un *farthing* para la emigración, sino solo leyes que facultaban a los municipios para mantener a los obreros entre la vida y la muerte, o para explotarlos sin pagarles salarios normales. En cambio, cuando tres años después estalló la peste bovina, el Parlamento atropelló salvajemente incluso la etiqueta parlamentaria y votó en un abrir y cerrar de ojos millones para indemnizar a los millonarios *landlords*, cuyos arrendatarios, de todos modos, se resarcían con la subida de los precios de la carne. El bestial bramido de los propietarios de la tierra en la apertura del Parlamento de 1866 demostró que no hace falta ser hindú para adorar a la vaca Sabala, ni Júpiter para transformarse en buey.

[^k14-17]: «El obrero pedía subsistencia para vivir; el patrono pedía trabajo para ganar» (Sismondi, l. c., p. 91).

[^k14-t3]: (Nota de la traducción.) *Zwickmühle*: en el juego del molino, la posición que permite cerrar un «molino» en cada jugada, de modo que el adversario pierde una pieza tras otra sin poder evitarlo.

[^k14-18]: Una forma rústicamente burda de esta servidumbre existe en el condado de Durham. Es uno de los pocos condados en los que las circunstancias no aseguran al arrendatario un título de propiedad indiscutido sobre los jornaleros agrícolas. La industria minera permite a estos elegir. Por eso aquí el arrendatario, contra la regla, solo toma en arriendo tierras en las que hay *cottages* para los obreros. El alquiler del *cottage* forma parte del salario. Estos *cottages* se llaman *hind's houses*. Se alquilan a los obreros con ciertas obligaciones feudales, en virtud de un contrato que se llama *bondage* (servidumbre) y que obliga al obrero, por ejemplo, a poner a su hija, etc., a disposición del arrendatario durante el tiempo en que él esté empleado en otra parte. El propio obrero se llama *bondsman*, siervo. Esta relación muestra también el consumo individual del obrero como consumo para el capital, o consumo productivo, desde un ángulo completamente nuevo: «Es curioso observar cómo incluso los excrementos de este *bondsman* cuentan entre los emolumentos de su calculador amo... El arrendatario no permite en toda la vecindad más letrina que la suya y no tolera en este punto merma alguna de sus derechos de soberano» (*Public Health. VII. Rep. 1864*, p. 188).

[^k14-19]: Se recordará que en el trabajo de los niños, etc., desaparece incluso la formalidad de la venta de sí mismo.

[^k14-20]: «El capital presupone el trabajo asalariado, y el trabajo asalariado presupone el capital. Se condicionan recíprocamente; se engendran recíprocamente. Un obrero de una fábrica de algodón, ¿produce solo tejidos de algodón? No, produce capital. Produce valores que sirven de nuevo para mandar sobre su trabajo y para crear, por medio de él, nuevos valores» (Karl Marx, *Trabajo asalariado y capital*, en *Neue Rheinische Zeitung*, n.º 266, 7 de abril de 1849). Los artículos publicados con este título en la *N. Rh. Z.* son fragmentos de las conferencias que di sobre ese tema en 1847 en la Asociación Obrera Alemana de Bruselas y cuya impresión interrumpió la revolución de febrero.

[^k14-21]: «Acumulación de capital: el empleo de una parte de la renta como capital» (Malthus, *Definitions etc.*, ed. Cazenove, p. 11). «Conversión de renta en capital» (Malthus, *Princ. of Pol. Econ.*, 2.ª ed., Londres, 1836, p. 320).

[^k14-21a]: Se prescinde aquí del comercio de exportación, mediante el cual una nación puede convertir artículos de lujo en medios de producción o de subsistencia, y a la inversa. Para captar el objeto de la investigación en su pureza, libre de circunstancias accesorias perturbadoras, tenemos que considerar aquí todo el mundo comercial como una sola nación y suponer que la producción capitalista se ha implantado en todas partes y se ha adueñado de todas las ramas industriales.

[^k14-21b]: El análisis de la acumulación de Sismondi tiene el gran defecto de que se conforma demasiado con la frase «conversión de renta en capital», sin indagar las condiciones materiales de esta operación.

[^k14-21c]: «El trabajo primitivo al que su capital debió su nacimiento» (Sismondi, l. c., ed. de París, t. I, p. 109).

[^k14-22]: «El trabajo crea el capital antes de que el capital emplee el trabajo» (*Labour creates capital, before capital employs labour*) (E. G. Wakefield, *England and America*, Londres, 1833, vol. II, p. 110).

[^k14-23]: La propiedad del capitalista sobre el producto del trabajo ajeno «es consecuencia rigurosa de la ley de la apropiación, cuyo principio fundamental era, por el contrario, el título de propiedad exclusivo de cada obrero sobre el producto de su propio trabajo» (Cherbuliez, *Richesse ou Pauvreté*, París, 1841, p. 58, donde, sin embargo, no se desarrolla correctamente este trueque dialéctico).

[^k14-t13]: (Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «p. 111».

[^k14-24]: Admírese, por tanto, la astucia de Proudhon, que quiere abolir la propiedad capitalista oponiéndole... ¡las leyes eternas de propiedad de la producción de mercancías!

[^k14-25]: «Capital», a saber: «... riqueza acumulada... empleada con vistas a la ganancia» (Malthus, l. c.). «El capital... consiste en riqueza ahorrada de la renta y usada con vistas a la ganancia» (R. Jones, *Text-book of lectures on the Political Economy of Nations*, Hertford, 1852, p. 16).

[^k14-26]: «Los poseedores del plusproducto o capital» (*The Source and Remedy of the National Difficulties. A Letter to Lord John Russell*, Londres, 1821).

[^k14-27]: «El capital, con el interés compuesto sobre cada porción de capital ahorrado, lo absorbe todo hasta tal punto que toda la riqueza del mundo de la que se obtiene un ingreso hace tiempo que se ha convertido en interés del capital» (*Economist* de Londres, 19 de julio de 1851).

[^k14-28]: «Ningún economista político de nuestros días puede entender por ahorro el mero atesoramiento; y, aparte de este procedimiento restringido e insuficiente, no cabe imaginar otro uso de este término en relación con la riqueza nacional que el que ha de derivarse de una aplicación diferente de lo que se ahorra, fundada en una distinción real entre las diferentes clases de trabajo que se mantienen con ello» (Malthus, l. c., pp. 38 y 39).

[^k14-28a]: Así, en Balzac, que había estudiado tan a fondo todos los matices de la avaricia, el viejo usurero Gobseck ya chochea cuando empieza a formarse un tesoro con mercancías amontonadas.

[^k14-29]: «Acumulación de existencias... cese del intercambio... sobreproducción» (Th. Corbet, l. c., p. 104).

[^k14-30]: Ricardo, l. c., p. 163, nota.

[^k14-31]: Pese a su «Lógica», el señor J. St. Mill nunca descubre ni siquiera los análisis defectuosos de sus predecesores que, aun dentro del horizonte burgués y desde el punto de vista puramente profesional, piden a gritos una corrección. En todas partes registra, con dogmatismo de escolar, las confusiones mentales de sus maestros. También aquí: «El capital mismo, a la larga, se convierte enteramente en salarios, y cuando se repone con la venta del producto, vuelve a convertirse en salarios».

[^k14-32]: En la exposición del proceso de reproducción, y por tanto también de la acumulación, A. Smith no solo no hizo progresos en muchos aspectos, sino que dio claros pasos atrás en comparación con sus predecesores, sobre todo con los fisiócratas. Con su ilusión, mencionada en el texto, se relaciona el dogma verdaderamente fabuloso, legado asimismo por él a la economía política, de que el precio de las mercancías se compone de salario, ganancia (interés) y renta del suelo, es decir, solo de salario y plusvalía. Partiendo de esta base, Storch al menos confiesa ingenuamente: «Es imposible descomponer el precio necesario en sus elementos más simples» (Storch, l. c., ed. de Petersburgo, 1815, t. II, p. 141, nota). ¡Bonita ciencia económica, que declara imposible descomponer el precio de las mercancías en sus elementos más simples! Lo concerniente a este punto se encontrará desarrollado en la sección tercera del libro segundo y en la sección séptima del libro tercero.

[^k14-33]: El lector observará que la palabra renta se emplea en dos sentidos: primero, para designar la plusvalía como fruto que brota periódicamente del capital; segundo, para designar la parte de este fruto que el capitalista consume periódicamente o que añade a su fondo de consumo. Mantengo este doble sentido porque concuerda con el uso lingüístico de los economistas ingleses y franceses.

[^k14-t4]: (Nota de la traducción.) Felix von Lichnowski (1814-1848), diputado de la derecha en la Asamblea Nacional de Fráncfort, repitió esta frase sin sentido («keinen Datum nicht», con doble negación y falta de concordancia) en el debate sobre Polonia de 1848, del que se burló la *Neue Rheinische Zeitung* (véase «El debate sobre Polonia en Fráncfort»).

[^k14-34]: En la forma anticuada, aunque siempre renovada, del capitalista, la del usurero, ilustra Lutero muy bien el afán de dominio como elemento del instinto de enriquecimiento. «Los paganos han podido calcular por la razón que un usurero es un cuádruple ladrón y asesino. Pero nosotros, los cristianos, los tenemos en tanta honra que casi los adoramos por su dinero... Quien chupa, roba y hurta a otro su sustento comete un asesinato tan grande (en cuanto de él depende) como quien lo mata de hambre y lo arruina por completo. Eso es lo que hace un usurero, y entretanto se sienta seguro en su silla, cuando con más justicia debería colgar de la horca y ser devorado por tantos cuervos como florines ha robado, si es que tuviera tanta carne encima que tantos cuervos pudieran meter en ella el pico y repartírsela. Entretanto se ahorca a los ladrones pequeños... Los ladrones pequeños yacen presos en el cepo; los ladrones grandes van luciendo oro y seda... Por eso no hay tampoco en la tierra mayor enemigo del hombre (después del diablo) que un avaro y un usurero, pues quiere ser dios sobre todos los hombres. Turcos, guerreros, tiranos son también hombres malos, pero tienen que dejar vivir a la gente y confesar que son malos y enemigos. Y pueden, e incluso tienen que apiadarse a veces de algunos. Pero un usurero y panza avara quiere que el mundo entero perezca para él de hambre y sed, de tristeza y necesidad, en cuanto de él depende, para tenerlo todo él solo, y que todos reciban de él como de un dios y sean eternamente sus siervos. Llevar capas, cadenas de oro, anillos, limpiarse la boca, dejarse tener y alabar por hombre digno y piadoso... La usura es un monstruo grande y espantoso, como un hombre lobo que todo lo devasta, más que ningún Caco, Gerión o Anteo. Y, sin embargo, se adorna y quiere pasar por piadoso, para que no se vea adónde van los bueyes que arrastra de espaldas a su cueva. Pero Hércules ha de oír el clamor de los bueyes y de los cautivos, y buscar a Caco aun entre riscos y peñas, y librar otra vez a los bueyes del malhechor. Pues Caco significa un malhechor que es un piadoso usurero, que hurta, roba y lo devora todo. Y, sin embargo, no quiere haberlo hecho, y nadie ha de encontrarlo, porque los bueyes, arrastrados de espaldas a su cueva, dan la apariencia y dejan las huellas de que han salido de ella. Así quiere también el usurero engañar al mundo, como si fuera útil y diera bueyes al mundo, cuando los arrebata y los devora él solo... Y si se enrueda y se decapita a los salteadores de caminos, a los asesinos y a los bandidos, ¡cuánto más habría que enrodar y matar... expulsar, maldecir y decapitar a todos los usureros!» (Martín Lutero, l. c.).

[^k14-t5]: (Nota de la traducción.) Goethe, *Fausto*, primera parte, escena «Ante la puerta de la ciudad»: «¡Dos almas, ay, habitan en mi pecho!». Marx pone «su pecho».

[^k14-35]: Dr. Aikin, *Description of the Country from 30 to 40 miles round Manchester*, Londres, 1795, pp. 181, 182 ss., 188. (Nota de la traducción: donde dice «pp. 181, 182 ss., 188», la 4.ª ed. dice «p. 181 ss.».)

[^k14-36]: A. Smith, l. c., libro II, cap. III.

[^k14-37]: Hasta J. B. Say dice: «Los ahorros de los ricos se hacen a costa de los pobres». «El proletario romano vivía casi enteramente a costa de la sociedad... Casi podría decirse que la sociedad moderna vive a costa de los proletarios, de la parte que les sustrae de la remuneración del trabajo» (Sismondi, *Études etc.*, t. I, p. 24).

[^k14-38]: Malthus, l. c., pp. 319 y 320. (Nota de la traducción: donde dice «pp. 319 y 320», la 4.ª ed. dice «pp. 325 y 326».)

[^k14-39]: *An Inquiry into those principles respecting the Nature of Demand etc.*, p. 67.

[^k14-40]: L. c., p. 59.

[^k14-t6]: (Nota de la traducción.) Lyon: la insurrección de los tejedores de seda de noviembre de 1831. «Soltar el gallo rojo» es, en alemán, prender fuego; alude a los incendios de almiares y granjas de las revueltas de los jornaleros agrícolas ingleses de 1830 (los motines del «capitán Swing»).

[^k14-41]: Senior, *Principes fondamentaux de l'Écon. Pol.*, trad. de Arrivabene, París, 1836, p. 309. Esto ya era demasiado incluso para los partidarios de la vieja escuela clásica. «El señor Senior sustituye la expresión trabajo y capital por la expresión trabajo y abstinencia... La abstinencia es una mera negación. No es la abstinencia, sino el uso del capital empleado productivamente lo que constituye la fuente de la ganancia» (John Cazenove, l. c., p. 130, nota). El señor John St. Mill, en cambio, extracta por un lado la teoría de la ganancia de Ricardo y se anexiona por otro la *remuneration of abstinence* de Senior. Tan ajena como le es la «contradicción» hegeliana, fuente de toda dialéctica, tan a sus anchas se encuentra en las contradicciones chatas.

    Añadido a la 2.ª edición. Al economista vulgar no se le ha ocurrido nunca la sencilla reflexión de que toda acción humana puede concebirse como «abstención» de su contrario. Comer es abstenerse de ayunar; andar, abstenerse de estar parado; trabajar, abstenerse de holgazanear; holgazanear, abstenerse de trabajar, etc. Estos señores harían bien en reflexionar alguna vez sobre aquello de Spinoza: *Determinatio est negatio*. (Nota de la traducción: «La determinación es negación» (Spinoza, carta a Jarig Jelles de 2 de junio de 1674))

[^k14-42]: Senior, l. c., pp. 342 y 343.

[^k14-43]: «Nadie... sembrará, por ejemplo, su trigo y lo dejará doce meses en la tierra, o dejará su vino años en una bodega, en vez de consumir esas cosas o su equivalente en el acto..., a menos que espere obtener un valor adicional, etc.» (Scrope, *Polit. Econ.*, ed. de A. Potter, Nueva York, 1841, p. 133).

[^k14-44]: «La privación que se impone el capitalista al prestar» (eufemismo que emplea para identificar, según el probado método de la economía vulgar, al obrero asalariado explotado por el capitalista industrial con el propio capitalista industrial, ¡que toma prestado del capitalista que presta dinero!) «sus instrumentos de producción al trabajador, en lugar de dedicar su valor a su propio uso transformándolo en objetos de utilidad o de recreo» (G. de Molinari, l. c., p. 36).

[^k14-45]: «La conservación de un capital exige... un esfuerzo constante para resistir a la tentación de consumirlo» (Courcelle-Seneuil, l. c., p. 20).

[^k14-46]: «Las clases particulares de ingresos que contribuyen más abundantemente al progreso del capital nacional cambian en las diferentes fases de ese progreso y son, por tanto, totalmente distintas en naciones que ocupan posiciones diferentes en él... Las ganancias... fuente poco importante de acumulación, en comparación con los salarios y las rentas, en las primeras fases de la sociedad... Cuando se ha producido efectivamente un avance considerable en las fuerzas de la industria nacional, las ganancias adquieren una importancia comparativamente mayor como fuente de acumulación» (Richard Jones, *Textbook etc.*, pp. 16 y 21). (Nota de la traducción: donde dice «pp. 16 y 21», la 4.ª ed. dice «pp. 16, 20 y 21».)

[^k14-47]: L. c., pp. 36 s. [A la 4.ª edición. — Debe de ser un descuido; el pasaje no se ha encontrado. — F. E.]

[^k14-48]: «Ricardo dice: "En diferentes fases de la sociedad, la acumulación del capital o de los medios de emplear trabajo"» (es decir, de explotarlo) «"es más o menos rápida y tiene que depender en todos los casos de las fuerzas productivas del trabajo. Las fuerzas productivas del trabajo son por lo general mayores donde existe abundancia de suelo fértil". Si en esta frase las fuerzas productivas del trabajo significan la pequeñez de la parte alícuota de cada producto que corresponde a aquellos cuyo trabajo manual lo produce, la frase es tautológica, porque la parte restante es el fondo del que, si su dueño lo tiene a bien (*if the owner pleases*), puede acumularse capital. Pero esto no ocurre casi nunca donde la tierra es más fértil» (*Observations on certain verbal disputes etc.*, p. 74).

[^k14-49]: J. St. Mill, *Essays on some unsettled Questions of Polit. Economy*, Londres, 1844, pp. 90 y 91.

[^k14-50]: *An Essay on Trade and Commerce*, Londres, 1770, p. 44. De modo parecido, el *Times* de diciembre de 1866 y enero de 1867 publicó desahogos del corazón de propietarios de minas ingleses en los que se describía la feliz situación de los mineros belgas, que no pedían ni recibían más de lo estrictamente necesario para vivir para sus *masters*. Los obreros belgas aguantan mucho, ¡pero figurar como obreros modelo en el *Times*! A primeros de febrero de 1867 llegó la respuesta: la huelga de los mineros belgas (cerca de Marchienne), aplastada con pólvora y plomo. (Nota de la traducción: donde dice «p. 44», la 4.ª ed. dice «pp. 43 y 44».)

[^k14-51]: L. c., pp. 44 y 46.

[^k14-52]: El fabricante de Northamptonshire comete una *pia fraus* disculpable por el apremio de su corazón. Pretende comparar la vida de los obreros manufactureros ingleses y franceses, pero, como él mismo confiesa después en su azoramiento, ¡con las palabras que acabamos de citar describe a obreros agrícolas franceses!

[^k14-53]: L. c., pp. 70 y 71. Nota a la tercera edición. Hoy, gracias a la competencia en el mercado mundial que se ha establecido desde entonces, hemos avanzado un buen trecho. «Si China», declara a sus electores el diputado Stapleton, «si China se convierte en un gran país industrial, no veo cómo la población obrera europea podría sostener la lucha sin descender al nivel de sus competidores» (*Times*, 3 de septiembre de 1873). Ya no salarios continentales, no, sino salarios chinos: esa es ahora la meta anhelada del capital inglés. (Nota de la traducción: donde dice «3 de septiembre de 1873», la 4.ª ed. dice «9 de septiembre de 1873».)

[^k14-54]: Benjamin Thompson, *Essays, political, economical, and philosophical etc.*, 3 vols., Londres, 1796-1802, vol. 1, p. 294. En su *The State of the Poor, or an History of the Labouring Classes in England etc.*, sir F. M. Eden recomienda encarecidamente la sopa de mendigos de Rumford a los directores de *workhouses* y reprocha a los obreros ingleses que «entre los escoceses hay muchas familias que, en lugar de trigo, centeno y carne, viven durante meses de gachas de avena y harina de cebada mezcladas solo con sal y agua, y además muy confortablemente (*and that very comfortably too*)» (l. c., vol. I, libro II, cap. II, p. 503). «Indicaciones» parecidas en el siglo XIX. «Los obreros agrícolas ingleses», se dice por ejemplo, «no quieren comer mezclas de cereales inferiores. En Escocia, donde la educación es mejor, este prejuicio es probablemente desconocido» (Charles H. Parry, M. D., *The Question of the Necessity of the existing Cornlaws considered*, Londres, 1816, p. 69). El mismo Parry se queja, sin embargo, de que el obrero inglés ha venido ahora (1815) muy a menos en comparación con la época de Eden (1797). (Nota de la traducción: en la cita de Parry, donde dice «p. 69», la 4.ª ed. dice «pp. 68 y 69».)

[^k14-55]: Por los informes de la última comisión parlamentaria de investigación sobre la falsificación de alimentos se ve que en Inglaterra incluso la falsificación de los medicamentos no es la excepción, sino la regla. Por ejemplo, el examen de 34 muestras de opio compradas en otras tantas farmacias distintas de Londres reveló que 31 estaban adulteradas con cápsulas de adormidera, harina de trigo, goma, arcilla, arena, etc. Muchas no contenían ni un átomo de morfina.

[^k14-t7]: (Nota de la traducción.) Dogberry: el alguacil necio y pomposo de *Mucho ruido y pocas nueces*, de Shakespeare.

[^k14-56]: G. L. Newnham (*barrister at law*), *A Review of the Evidence before the Committees of the two Houses of Parliament on the Corn Laws*, Londres, 1815, p. 20, nota.

[^k14-57]: L. c., pp. 19 y 20.

[^k14-58]: Ch. H. Parry, l. c., pp. 77 y 69. Los señores *landlords*, por su parte, no solo se «indemnizaron» por la guerra antijacobina que libraron en nombre de Inglaterra, sino que se enriquecieron enormemente. «Sus rentas se duplicaron, se triplicaron, se cuadruplicaron y, en casos excepcionales, se sextuplicaron en 18 años» (l. c., pp. 100 y 101).

[^k14-t8]: (Nota de la traducción.) Así en el texto; el trabajo a domicilio se trata en el capítulo XIII, apartado 8, d («El moderno trabajo a domicilio»).

[^k14-59]: Friedrich Engels, *La situación de la clase obrera en Inglaterra*, p. 20.

[^k14-60]: La economía clásica, por su análisis deficiente del proceso de trabajo y del proceso de valorización, nunca comprendió como es debido este importante momento de la reproducción, como puede verse, por ejemplo, en Ricardo. Este dice, por ejemplo: cualquiera que sea el cambio en la fuerza productiva, «un millón de personas produce siempre en las fábricas el mismo valor». Esto es cierto si la extensión y el grado de intensidad de su trabajo están dados. Pero no impide —y Ricardo lo pasa por alto en ciertas conclusiones— que un millón de personas, con distinta fuerza productiva de su trabajo, transforme en producto masas muy distintas de medios de producción y conserve, por tanto, en su producto masas de valor muy distintas, de modo que los valores de los productos que suministra son muy distintos. Dicho sea de paso, Ricardo intentó en vano, con aquel ejemplo, hacerle entender a J. B. Say la diferencia entre valor de uso (al que aquí llama *wealth*, riqueza material) y valor de cambio. Say responde: «En cuanto a la dificultad que plantea el señor Ricardo al decir que, con procedimientos mejor entendidos, un millón de personas pueden producir dos, tres veces más riquezas sin producir más valores, esta dificultad no es tal si se considera, como se debe, la producción como un intercambio en el que se dan los servicios productivos del propio trabajo, de la propia tierra y de los propios capitales para obtener productos. Por medio de estos servicios productivos adquirimos todos los productos que hay en el mundo. Ahora bien... somos tanto más ricos, nuestros servicios productivos tienen tanto más valor, cuanto mayor es la cantidad de cosas útiles que obtienen en el intercambio llamado producción» (J. B. Say, *Lettres à M. Malthus*, París, 1820, pp. 168 y 169). La «dificultad» —existe para él, no para Ricardo— que Say ha de explicar es esta: ¿por qué no aumenta el valor de los valores de uso cuando su cantidad crece a consecuencia de un aumento de la fuerza productiva del trabajo? Respuesta: la dificultad se resuelve llamando tranquilamente valor de cambio al valor de uso. El valor de cambio es una cosa que *one way or another* tiene que ver con el intercambio. Llámese, pues, a la producción «intercambio» de trabajo y medios de producción por el producto, y estará más claro que el agua que se obtiene tanto más valor de cambio cuanto más valor de uso le suministra a uno la producción. En otras palabras: cuantos más valores de uso, por ejemplo, medias, suministra una jornada laboral al fabricante de medias, más rico es este en medias. De repente, sin embargo, se le ocurre a Say que «con la mayor cantidad» de medias baja su «precio» (que naturalmente no tiene nada que ver con el valor de cambio), «porque la competencia los» (a los productores) «obliga a dar los productos por lo que les cuestan». Pero ¿de dónde sale entonces la ganancia, si el capitalista vende las mercancías al precio que le cuestan? Pero *never mind*. Say explica que, a consecuencia del aumento de la productividad, cada cual recibe ahora a cambio del mismo equivalente dos pares de medias en lugar de uno, etc. El resultado al que llega es precisamente la tesis de Ricardo que quería refutar. Tras este colosal esfuerzo de pensamiento, apostrofa triunfalmente a Malthus con estas palabras: «Tal es, señor, la doctrina bien trabada sin la cual es imposible, lo declaro, explicar las mayores dificultades de la economía política y, en particular, cómo es posible que una nación sea más rica cuando sus productos disminuyen de valor, aunque la riqueza sea valor» (l. c., p. 170). Un economista inglés observa sobre parecidas habilidades de las *Lettres* de Say: «Estas maneras afectadas de hablar (*those affected ways of talking*) constituyen en conjunto lo que el señor Say tiene a bien llamar su doctrina, y que encarece a Malthus que enseñe en Hertford, como ya se hace "en varias partes de Europa". Dice: "Si encontráis un aire de paradoja en todas estas proposiciones, mirad las cosas que expresan, y me atrevo a creer que os parecerán muy simples y muy razonables". Sin duda, y al mismo tiempo, por efecto del mismo proceso, parecerán cualquier cosa menos originales o importantes» (*An Inquiry into those Principles respecting the Nature of Demand etc.*, p. 110).

[^k14-61]: MacCulloch sacó la patente de los *wages of past labour* mucho antes de que Senior sacara la de los *wages of abstinence*. (Nota de la traducción: «Salarios del trabajo pasado»; «salarios de la abstinencia»)

[^k14-62]: Cf., entre otros, J. Bentham, *Théorie des Peines et des Récompenses*, trad. de Ét. Dumont, 3.ª ed., París, 1826, t. II, libro IV, cap. II.

[^k14-63]: Jeremías Bentham es un fenómeno puramente inglés. Sin exceptuar siquiera a nuestro filósofo Christian Wolf, en ningún tiempo y en ningún país se ha pavoneado nunca con tanta autocomplacencia el lugar común más casero. El principio de utilidad no fue invención de Bentham. Él no hizo más que reproducir sin ingenio lo que Helvétius y otros franceses del siglo XVIII habían dicho con ingenio. Si se quiere saber, por ejemplo, qué es útil a un perro, hay que estudiar a fondo la naturaleza canina. Esta naturaleza misma no puede construirse a partir del «principio de utilidad». Aplicado al hombre, si se quieren juzgar todos los actos, movimientos, relaciones, etc., humanos según el principio de utilidad, se trata primero de la naturaleza humana en general y después de la naturaleza humana históricamente modificada en cada época. Bentham no se anda con contemplaciones. Con la sequedad más ingenua supone que el filisteo moderno, en especial el filisteo inglés, es el hombre normal. Lo que es útil a este estrafalario hombre normal y a su mundo es útil en sí y para sí. Con esta vara mide luego el pasado, el presente y el futuro. Por ejemplo, la religión cristiana es útil porque condena religiosamente los mismos delitos que el código penal condena jurídicamente. La crítica de arte es «perjudicial» porque estorba a la gente honrada en su disfrute de Martin Tupper, etc. Con semejante bazofia ha llenado montañas de libros el buen hombre, cuya divisa era *nulla dies sine linea*. (Nota de la traducción: «Ningún día sin una línea», máxima que Plinio el Viejo atribuye al pintor Apeles) Si yo tuviera el coraje de mi amigo H. Heine, llamaría al señor Jeremías un genio de la estupidez burguesa.

[^k14-64]: «Los economistas políticos son demasiado propensos a tratar una cantidad determinada de capital y un número determinado de obreros como instrumentos de producción de fuerza uniforme y que actúan con cierta intensidad uniforme... Quienes sostienen que las mercancías son los únicos agentes de la producción demuestran que la producción no puede ampliarse en absoluto, pues para tal ampliación tendrían que aumentarse previamente los medios de subsistencia, las materias primas y las herramientas, lo cual equivale en realidad a decir que no puede haber crecimiento de la producción sin su crecimiento previo o, en otras palabras, que todo crecimiento es imposible» (S. Bailey, *Money and its Vicissitudes*, pp. 58 y 70). Bailey critica el dogma principalmente desde el punto de vista del proceso de circulación.

[^k14-65]: J. St. Mill dice en sus *Principles of Polit. Economy*: «El producto del trabajo se reparte hoy en proporción inversa al trabajo: la parte mayor, a los que nunca trabajan; la siguiente, a aquellos cuyo trabajo es casi solo nominal; y así, en escala descendente, la remuneración se va encogiendo a medida que el trabajo se vuelve más duro y desagradable, hasta que el trabajo corporal más fatigoso y agotador no puede contar con seguridad ni siquiera con obtener lo necesario para vivir». Para evitar malentendidos, observo que, si hombres como J. St. Mill, etc., merecen reproche por la contradicción entre sus dogmas económicos antiguos y sus tendencias modernas, sería del todo injusto confundirlos con el tropel de los apologistas de la economía vulgar.

[^k14-66]: H. Fawcett, *Prof. of Polit. Econ. at Cambridge*: *The Economic Position of the British Labourer*, Londres, 1865, p. 120.

[^k14-67]: Recuerdo aquí al lector que las categorías de capital variable y capital constante las he empleado yo por primera vez. La economía política, desde A. Smith, mezcla en revoltijo las determinaciones contenidas en ellas con las diferencias de forma entre capital fijo y capital circulante que nacen del proceso de circulación. Más detalles al respecto en el libro segundo, sección segunda.

[^k14-68]: Fawcett, l. c., pp. 123 y 122.

[^k14-69]: Podría decirse que de Inglaterra no solo se exporta cada año capital, sino también obreros, en forma de emigración. Pero en el texto no se trata en absoluto del peculio de los emigrantes, que en gran parte no son obreros. Los hijos de los arrendatarios aportan una buena porción. El capital adicional inglés enviado cada año al extranjero para obtener intereses guarda una proporción incomparablemente mayor con la acumulación anual que la emigración anual con el incremento anual de la población.

[^k15-70]: Karl Marx, *l. c.* (Nota de la traducción: *Trabajo asalariado y capital* (1849)) — «A igual opresión de las masas, cuantos más proletarios tiene un país, más rico es». (Colins, *L'Économie Politique, Source des Révolutions et des Utopies prétendues Socialistes*, París, 1857, t. III, p. 331.) Por «proletario» no ha de entenderse, en sentido económico, otra cosa que el obrero asalariado que produce y valoriza «capital» y al que se echa a la calle en cuanto sobra para las necesidades de valorización de «Monsieur Capital», como llama Pecqueur a este personaje. «El proletario enfermizo de la selva virgen» es un lindo fantasma de Roscher. El habitante de la selva virgen es propietario de la selva virgen y trata a la selva virgen como propiedad suya, con la misma desenvoltura que el orangután. No es, pues, un proletario. Solo lo sería si la selva virgen lo explotara a él, en lugar de explotar él a la selva virgen. En cuanto a su estado de salud, resiste bien la comparación no solo con el del proletario moderno, sino también con el de la «respetabilidad» sifilítica y escrofulosa. Pero el señor Wilhelm Roscher entiende probablemente por selva virgen su tierra afín, el páramo de Luneburgo. (Nota de la traducción: Wilhelm Roscher (1817-1894), economista alemán, nacido en Hannover. El páramo de Luneburgo (*Lüneburger Heide*) es una landa arenosa del antiguo reino de Hannover; de ahí la «tierra afín»)

[^k15-71]: «Así como los obreros hacen ricos a los hombres, cuantos más obreros haya, más ricos habrá... siendo el trabajo de los pobres la mina de los ricos». (John Bellers, *l. c.*, p. 2.)

[^k15-72]: B. de Mandeville (*The Fable of the Bees*, 5.ª ed., Londres, 1728, *Remarks*, pp. 212, 213, 328). — «Una vida moderada y un trabajo constante son para el pobre el camino de la felicidad material» (por lo cual entiende la jornada laboral más larga posible y la menor cantidad posible de medios de subsistencia) «y de la riqueza para el Estado» (es decir, para los terratenientes, los capitalistas y sus dignatarios y agentes políticos). (*An Essay on Trade and Commerce*, Londres, 1770, p. 54.)

[^k15-73]: Eden debería haberse preguntado: ¿de quién son criaturas, entonces, «las instituciones civiles»? Desde el punto de vista de la ilusión jurídica, no considera la ley como producto de las relaciones materiales de producción, sino, a la inversa, las relaciones de producción como producto de la ley. Linguet echó por tierra el ilusorio *Esprit des Lois* de Montesquieu con una sola frase: «*L'esprit des lois, c'est la propriété*». (Nota de la traducción: «El espíritu de las leyes es la propiedad». Simon-Nicolas-Henri Linguet (1736-1794), abogado y publicista francés, autor de una *Théorie des loix civiles* (1767) dirigida contra Montesquieu)

[^k15-74]: Eden, *l. c.*, vol. I, libro I, cap. I, pp. 1, 2, y *Preface*, p. XX.

[^k15-75]: Si el lector recordara a Malthus, cuyo *Essay on Population* apareció en 1798, le recordaré yo que este escrito, en su primera forma, no es más que un plagio escolarmente superficial y declamado con unción clerical de Defoe, sir James Steuart, Townsend, Franklin, Wallace, etc., y que no contiene una sola proposición pensada por él mismo. La gran sensación que causó este panfleto nació únicamente de intereses de partido. La Revolución francesa había encontrado defensores apasionados en el reino británico; el «principio de la población», elaborado lentamente en el siglo XVIII y proclamado luego a bombo y platillo, en medio de una gran crisis social, como el antídoto infalible contra las doctrinas de Condorcet y otros, fue saludado con júbilo por la oligarquía inglesa como el gran exterminador de todos los anhelos de progreso humano. Malthus, asombradísimo de su éxito, se dedicó entonces a embutir en el viejo esquema material compilado superficialmente y a añadirle material nuevo, pero no descubierto por Malthus, sino solo anexionado. — Dicho sea de paso: aunque Malthus era cura de la Alta Iglesia anglicana, había hecho el voto monástico de celibato. Esta es, en efecto, una de las condiciones de la *fellowship* en la Universidad protestante de Cambridge. «No permitimos que los miembros de los colegios estén casados, sino que, en cuanto alguno tome esposa, deje de ser miembro del colegio». (*Reports of Cambridge University Commission*, p. 172.) Esta circunstancia distingue ventajosamente a Malthus de los demás curas protestantes, que se han sacudido el precepto católico del celibato sacerdotal y han reivindicado el «Creced y multiplicaos» como su misión específicamente bíblica en tal medida que en todas partes contribuyen en grado verdaderamente indecente al aumento de la población, mientras predican al mismo tiempo a los obreros el «principio de la población». Es característico que el pecado original travestido en economía, la manzana de Adán, el «*urgent appetite*», «*the checks which tend to blunt the shafts of Cupid*», (Nota de la traducción: «El apetito apremiante», «los frenos que tienden a embotar las flechas de Cupido». Más abajo, *in this line*: «en este ramo») como dice alegremente el cura Townsend, que este punto escabroso haya sido y siga siendo monopolizado por los señores de la teología protestante o, más bien, de la Iglesia protestante. Con la excepción del monje veneciano Ortes, un escritor original e ingenioso, la mayoría de los teóricos de la población son curas protestantes. Así Bruckner, *Théorie du Système animal*, Leiden, 1767, donde se agota toda la teoría moderna de la población y a la que aportó ideas la riña pasajera entre Quesnay y su discípulo Mirabeau padre sobre el mismo tema; luego el cura Wallace, el cura Townsend, el cura Malthus y su discípulo, el archicura Th. Chalmers, por no hablar de los escritorzuelos clericales menores *in this line*. Originalmente, la economía política la cultivaron filósofos como Hobbes, Locke y Hume; hombres de negocios y de Estado como Tomás Moro, Temple, Sully, De Witt, North, Law, Vanderlint, Cantillon y Franklin, y en el terreno teórico, sobre todo y con el mayor éxito, médicos como Petty, Barbon, Mandeville y Quesnay. Todavía a mediados del siglo XVIII el reverendo Mr. Tucker, un economista notable para su época, se disculpa por haberse ocupado de Mammón. Más tarde, y precisamente con el «principio de la población», sonó la hora de los curas protestantes. Como si hubiera presentido esta chapuza, dice Petty, que trata la población como base de la riqueza y era, igual que Adam Smith, enemigo declarado de los curas: «La religión florece mejor cuando los sacerdotes están más mortificados, como el derecho florece mejor donde los abogados se mueren de hambre». Aconseja por eso a los curas protestantes que, si no quieren seguir al apóstol Pablo y «mortificarse» con el celibato, «al menos no engendren más curas (*not to breed more Churchmen*) de los que pueden absorber los beneficios (*benefices*) existentes; es decir, si solo hay 12.000 beneficios en Inglaterra y Gales, es imprudente engendrar 24.000 curas (*it will not be safe to breed 24.000 ministers*), pues los 12.000 que se queden sin sustento procurarán siempre ganarse la vida, ¿y cómo podrían hacerlo más fácilmente que yendo entre el pueblo y persuadiéndolo de que los 12.000 beneficiados envenenan las almas, matan de hambre a esas mismas almas y les enseñan el camino equivocado al cielo?». (Petty, *A Treatise on Taxes and Contributions*, Londres, 1667, p. 57.) La postura de Adam Smith ante el clero protestante de su tiempo queda caracterizada por lo siguiente. En *A Letter to A. Smith, L. L. D. On the Life, Death and Philosophy of his Friend David Hume. By One of the People called Christians*, 4.ª ed., Oxford, 1784, el doctor Horne, obispo anglicano de Norwich, echa una reprimenda a A. Smith porque en una carta abierta al señor Strahan «embalsama» a su «amigo David» (*scilicet* Hume), porque cuenta al público cómo «Hume se divertía en su lecho de muerte con Luciano y con el whist», y porque incluso tuvo la desfachatez de escribir: «Siempre he considerado a Hume, tanto en vida como después de su muerte, tan cerca del ideal de un hombre perfectamente sabio y virtuoso como lo permite la flaqueza de la naturaleza humana». El obispo exclama indignado: «¿Está bien por su parte, señor, presentarnos como perfectamente sabios y virtuosos el carácter y la conducta de un hombre que estaba poseído por una antipatía incurable contra todo lo que se llama religión y que tensaba cada nervio para borrar, en lo que de él dependía, hasta su nombre de la memoria de los hombres?». (*L. c.*, p. 8.) «Pero no os desaniméis, amantes de la verdad: el ateísmo tiene la vida corta». (P. 17.) Adam Smith «tiene la atroz impiedad (*the atrocious wickedness*) de propagar el ateísmo por el país» (a saber, mediante su *Theory of Moral Sentiments*). «... ¡Conocemos vuestras mañas, señor doctor! Tenéis buena intención, pero esta vez hacéis las cuentas sin la huéspeda. Queréis hacernos creer, con el ejemplo de David Hume, Esq., que el ateísmo es el único licor (*cordial*) para un ánimo abatido y el único antídoto contra el miedo a la muerte... ¡Reíos de Babilonia en ruinas y felicitad al endurecido malvado Faraón!». (*L. c.*, pp. 21, 22.) Una cabeza ortodoxa entre los alumnos de A. Smith escribe tras la muerte de este: «La amistad de Smith por Hume le impidió ser cristiano... Creía a Hume todo a pie juntillas. Si Hume le hubiera dicho que la luna era un queso verde, se lo habría creído. Por eso le creyó también que no hay Dios ni milagros... En sus principios políticos rozaba el republicanismo». (*The Bee*, de James Anderson, 18 vols., Edimburgo, 1791-1793, vol. 3, pp. 166, 165.) El cura Th. Chalmers sospecha de A. Smith que inventó la categoría de los «obreros improductivos» por pura malicia y expresamente para los curas protestantes, pese a su bendito trabajo en la viña del Señor. (Nota de la traducción: donde dice «pp. 21, 22», la 4.ª ed. dice «pp. 20, 21, 22».)

[^k15-76]: Nota a la 2.ª edición. «El límite del empleo de los obreros industriales, como el de los agrícolas, es sin embargo el mismo, a saber, la posibilidad de que el empresario saque una ganancia del producto de su trabajo. Si la tasa del salario sube tanto que la ganancia del patrono cae por debajo de la ganancia media, deja de emplearlos o solo los emplea a condición de que acepten una rebaja del salario». (John Wade, *l. c.*, p. 240.)

[^k15-t1]: (Nota de la traducción.) La *currency school* («escuela monetaria») era la corriente de economistas y banqueros británicos (lord Overstone, Robert Torrens, G. W. Norman) que explicaba los precios por la cantidad de dinero en circulación; sus tesis inspiraron la Ley bancaria de Peel de 1844.

[^k15-77]: Véase Karl Marx, *Zur Kritik der Politischen Oekonomie*, pp. 165 y ss.

[^k15-77a]: «Pero si volvemos ahora a nuestra primera investigación, donde se demostró... que el capital mismo no es más que el producto del trabajo humano..., parece del todo incomprensible que el hombre pueda caer bajo el dominio de su propio producto —el capital— y quedarle subordinado; y como en la realidad este es innegablemente el caso, se impone involuntariamente la pregunta: ¿cómo ha podido el obrero pasar de dominador del capital —como creador de este— a esclavo del capital?». (Von Thünen, *Der isolirte Staat*, segunda parte, segunda sección, Rostock, 1863, pp. 5, 6.) Es mérito de Thünen haber hecho la pregunta. Su respuesta es sencillamente pueril.

[^k15-77b]: [A la 4.ª edición. — Los más recientes *trusts* ingleses y norteamericanos aspiran ya a este objetivo al tratar de reunir al menos todas las grandes empresas de una rama de negocios en una gran sociedad por acciones con monopolio práctico. — F. E.]

[^k15-77c]: [Nota a la 3.ª edición. — En el ejemplar de trabajo de Marx figura aquí la siguiente nota al margen: «Anotar aquí para más adelante: si la ampliación es solo cuantitativa, las ganancias de un capital mayor y de otro menor en la misma rama de negocios están en proporción a las magnitudes de los capitales adelantados. Si la ampliación cuantitativa actúa cualitativamente, sube a la vez la tasa de ganancia del capital mayor». — F. E.]

[^k15-78]: El censo de Inglaterra y Gales muestra, entre otras cosas:

    Todas las personas ocupadas en la agricultura (incluidos propietarios, arrendatarios, hortelanos, pastores, etc.): 1851, 2.011.447; 1861, 1.924.110; disminución, 87.337. Manufactura de estambre (*worsted*): 1851, 102.714 personas; 1861, 79.242. Fábricas de seda: 1851, 111.940; 1861, 101.678. Estampadores de percal: 1851, 12.098; 1861, 12.556, aumento tan pequeño que, pese a la enorme expansión del negocio, implica una gran disminución proporcional del número de obreros ocupados. Sombrereros: 1851, 15.957; 1861, 13.814. Fabricantes de sombreros de paja y de *bonnets*: 1851, 20.393; 1861, 18.176. Malteros: 1851, 10.566; 1861, 10.677. Fabricantes de velas: 1851, 4.949; 1861, 4.686; esta disminución se debe, entre otras cosas, al aumento del alumbrado de gas. Fabricantes de peines: 1851, 2.038; 1861, 1.478. Aserradores: 1851, 30.552; 1861, 31.647, pequeño aumento debido al auge de las sierras mecánicas. Fabricantes de clavos: 1851, 26.940; 1861, 26.130, disminución debida a la competencia de las máquinas. Obreros de las minas de estaño y de cobre: 1851, 31.360; 1861, 32.041. En cambio: hilaturas y tejedurías de algodón: 1851, 371.777; 1861, 456.646; minas de carbón: 1851, 183.389; 1861, 246.613. «El aumento de obreros desde 1851 es en general mayor en aquellas ramas en que la maquinaria no se ha empleado todavía con éxito». (*Census of England and Wales for 1861*, vol. III, Londres, 1863, pp. 35-39.) (Nota de la traducción: donde dice «pp. 35-39», la 4.ª ed. dice «p. 36».)

[^k15-79]: La ley de la disminución progresiva de la magnitud relativa del capital variable, junto con sus efectos sobre la situación de la clase de los obreros asalariados, la han intuido más que comprendido algunos economistas destacados de la escuela clásica. El mayor mérito en este punto corresponde a John Barton, aunque, como todos los demás, confunde el capital constante con el fijo y el variable con el circulante. Dice: «La demanda de trabajo depende del aumento del capital circulante, y no del fijo. Si fuera cierto que la proporción entre estas dos clases de capital es la misma en todo tiempo y en todas las circunstancias, entonces, en efecto, se seguiría que el número de obreros empleados está en proporción a la riqueza del Estado. Pero semejante proposición no tiene visos de probabilidad. A medida que se cultivan las artes y se extiende la civilización, el capital fijo guarda una proporción cada vez mayor con el capital circulante. La cantidad de capital fijo empleada en la producción de una pieza de muselina británica es por lo menos cien veces, y probablemente mil veces, mayor que la empleada en una pieza semejante de muselina india. Y la proporción del capital circulante es cien o mil veces menor... la totalidad de los ahorros anuales, añadida al capital fijo, no tendría efecto alguno en el aumento de la demanda de trabajo». (John Barton, *Observations on the Circumstances which Influence the Condition of the Labouring Classes of Society*, Londres, 1817, pp. 16, 17.) «La misma causa que puede aumentar el ingreso neto del país puede al mismo tiempo hacer excesiva la población y empeorar la condición del obrero». (Ricardo, *l. c.*, p. 469.) Con el aumento del capital, «la demanda (de trabajo) estará en razón decreciente». (*L. c.*, p. 480, nota.) «La cantidad de capital destinada al mantenimiento del trabajo puede variar con independencia de cualquier cambio en la cantidad total del capital... Grandes fluctuaciones en el volumen del empleo y grandes sufrimientos pueden hacerse más frecuentes a medida que el propio capital se vuelve más abundante». (Richard Jones, *An Introductory Lecture on Pol. Econ.*, Londres, 1833, p. 12.) «La demanda» (de trabajo) «aumentará... no en proporción a la acumulación del capital general... Todo aumento del caudal nacional destinado a la reproducción llega, por tanto, en el progreso de la sociedad, a tener cada vez menos influencia sobre la condición del obrero». (Ramsay, *l. c.*, pp. 90, 91.) (Nota de la traducción: en la cita de Jones, donde dice «p. 12», la 4.ª ed. dice «p. 52».)

[^k15-80]: H. Merivale, *Lectures on Colonization and Colonies*, Londres, 1841 y 1842, vol. I, p. 146.

[^k15-81]: «Unos hábitos prudentes respecto al matrimonio, llevados a un grado considerable entre la clase trabajadora de un país que depende principalmente de las manufacturas y del comercio, podrían perjudicarle... Por la naturaleza de una población, no puede llevarse al mercado un aumento de obreros, a consecuencia de una demanda particular, hasta pasados 16 o 18 años, y la conversión de renta en capital, mediante el ahorro, puede producirse mucho más deprisa; un país está siempre expuesto a que la cantidad de los fondos destinados al mantenimiento del trabajo aumente más deprisa que la población». (Malthus, *Princ. of Pol. Econ.*, pp. 215, 319, 320.) En esta obra Malthus descubre por fin, por mediación de Sismondi, la bella trinidad de la producción capitalista: sobreproducción, superpoblación, sobreconsumo, *three very delicate monsters, indeed!* (Nota de la traducción: «¡Tres monstruos muy delicados, en verdad!») Véase F. Engels, «Umrisse zu einer Kritik der Nationalökonomie», *l. c.*, pp. 107 y ss.

[^k15-82]: Harriet Martineau, *The Manchester Strike*, 1832, p. 101.

[^k15-t23]: (Nota de la traducción.) Las palabras «la fuerza de trabajo adulta por fuerza de trabajo juvenil» están en la 4.ª ed. y faltan en la MEW.

[^k15-83]: Incluso durante la penuria algodonera de 1863 se encuentra, en un panfleto de los hiladores de algodón de Blackburn, una violenta denuncia del exceso de trabajo, que en virtud de la ley fabril solo afectaba, naturalmente, a los obreros varones adultos. «A los obreros adultos de esta fábrica se les ha pedido que trabajen de 12 a 13 horas diarias, mientras hay cientos que se ven obligados a estar ociosos y que trabajarían gustosamente parte del tiempo para mantener a sus familias y salvar a sus hermanos de una tumba prematura por exceso de trabajo». «Quisiéramos preguntar», sigue diciendo, «si esta práctica de trabajar horas extraordinarias hace posibles unas relaciones mínimamente soportables entre patronos y "sirvientes". Las víctimas del exceso de trabajo sienten la injusticia tanto como los que por ello están condenados a la ociosidad forzosa (*condemned to forced idleness*). En este distrito, el trabajo que hay que hacer basta para dar ocupación parcial a todos, si se repartiera equitativamente. Solo pedimos lo que es de derecho al invitar a los patronos a trabajar en general solo jornada reducida, al menos mientras dure la situación actual, en lugar de agotar de trabajo a una parte mientras la otra se ve obligada por falta de trabajo a malvivir de la beneficencia». (*Reports of Insp. of Fact., 31st Oct. 1863*, p. 8.) — El autor del *Essay on Trade and Commerce* comprende, con su habitual e infalible instinto burgués, el efecto de una superpoblación relativa sobre los obreros ocupados. «Otra causa de la holgazanería (*idleness*) en este reino es la falta de un número suficiente de brazos trabajadores. Siempre que, por una demanda insólita de manufacturas, la masa de trabajo resulta insuficiente, los obreros sienten su propia importancia y quieren hacérsela sentir también a sus patronos; es asombroso, pero tan depravado es el modo de pensar de estos sujetos que en tales casos grupos de obreros se han coaligado para poner en apuros a sus patronos holgazaneando un día entero». (*Essay etc.*, pp. 27, 28.) Es decir, los sujetos exigían un aumento de salario.

[^k15-84]: *Economist*, 21 de enero de 1860.

[^k15-t6]: (Nota de la traducción.) «Una subida general y sustancial».

[^k15-t7]: (Nota de la traducción.) En francés en el original: «Los dados están cargados».

[^k15-t8]: (Nota de la traducción.) *Teste*: latín, «testigo», «como atestigua».

[^k15-85]: Mientras en el último semestre de 1866 se arrojaba al paro en Londres a entre 80.000 y 90.000 obreros, el informe fabril sobre ese mismo semestre dice: «No parece del todo cierto decir que la demanda producirá siempre la oferta justo en el momento en que se necesita. No ha ocurrido así con el trabajo, pues mucha maquinaria ha estado parada el año pasado por falta de brazos». (*Report of Insp. of Fact. for 31st Oct. 1866*, p. 81.)

[^k15-t24]: (Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «Dr. Leigh» (John Leigh era, en efecto, el funcionario de sanidad de Manchester).

[^k15-85a]: Discurso inaugural de la conferencia sanitaria, Birmingham, 14 de enero de 1875, por J. Chamberlain, entonces alcalde de la ciudad y ahora (1883) ministro de Comercio. (Nota de la traducción: donde dice «14 de enero», la 4.ª ed. dice «15 de enero».)

[^k15-86]: «781 ciudades» se enumeran en el censo de 1861 para Inglaterra y Gales, «con 10.960.998 habitantes, mientras que las aldeas y parroquias rurales solo cuentan 9.105.226... En 1851 figuraban en el censo 580 ciudades cuya población era aproximadamente igual a la de los distritos rurales que las rodeaban. Pero mientras que en estos últimos la población solo creció en medio millón durante los diez años siguientes, en las 580 ciudades creció en 1.554.067. El aumento de la población en las parroquias rurales es del 6,5 %, y en las ciudades, del 17,3 %. La diferencia en la tasa de crecimiento se debe a la migración del campo a la ciudad. Tres cuartas partes del crecimiento total de la población corresponden a las ciudades». (*Census etc.*, vol. III, pp. 11, 12.)

[^k15-87]: «La pobreza parece favorable a la procreación». (A. Smith.) Según el galante e ingenioso abate Galiani, esto es incluso una disposición especialmente sabia de Dios: «Dios hace que los hombres que ejercen los oficios de primera utilidad nazcan en abundancia». (Galiani, *l. c.*, p. 78.) «La miseria, hasta el punto extremo del hambre y la peste, en lugar de frenar el aumento de la población, tiende a acrecentarlo». (S. Laing, *National Distress*, 1844, p. 69.) Después de ilustrar esto estadísticamente, Laing prosigue: «Si todo el mundo se encontrara en circunstancias holgadas, el mundo pronto quedaría despoblado». (*«If the people were all in easy circumstances, the world would soon be depopulated.»*)

[^k15-t9]: (Nota de la traducción.) En francés en el original: «gastos accesorios», costes improductivos de la producción.

[^k15-t10]: (Nota de la traducción.) Juggernaut (Jagannath), advocación de Visnú venerada en Puri (India); según los relatos europeos, algunos fieles se arrojaban bajo las ruedas del carro que llevaba su imagen en procesión.

[^k15-88]: «De día en día se hace, pues, más claro que las relaciones de producción en las que se mueve la burguesía no tienen un carácter uno, un carácter simple, sino un carácter de duplicidad; que en las mismas relaciones en las que se produce la riqueza se produce también la miseria; que en las mismas relaciones en las que hay desarrollo de las fuerzas productivas hay una fuerza productiva de represión; que estas relaciones no producen la riqueza burguesa, es decir, la riqueza de la clase burguesa, sino aniquilando continuamente la riqueza de los miembros integrantes de esta clase y produciendo un proletariado siempre creciente». (Karl Marx, *Misère de la Philosophie*, p. 116.)

[^k15-89]: G. Ortes, *Della Economia Nazionale libri sei*, 1774, en Custodi, *Parte Moderna*, t. XXI, pp. 6, 9, 22, 25, etc. Ortes dice, *l. c.*, p. 32: «En lugar de proyectar sistemas inútiles para la felicidad de los pueblos, me limitaré a investigar la razón de su infelicidad». (Nota de la traducción: donde dice «pp. 6, 9, 22, 25, etc.», la 4.ª ed. dice «pp. 6, 8, 9, 23-25».)

[^k15-90]: *A Dissertation on the Poor Laws. By a Wellwisher of Mankind (The Rev. Mr. J. Townsend), 1786*, reeditado en Londres, 1817, pp. 15, 39, 41. Este «delicado» cura, cuyo escrito que acabamos de citar, junto con su viaje por España, copia Malthus a menudo página tras página, tomó la mayor parte de su doctrina de sir J. Steuart, al que sin embargo tergiversa. Por ejemplo, cuando Steuart dice: «Aquí, en la esclavitud, existía un método violento de hacer laboriosa a la humanidad» (para los que no trabajan) «... Los hombres eran obligados entonces al trabajo» (es decir, al trabajo gratuito para otros) «porque eran esclavos de otros; los hombres son obligados ahora al trabajo» (es decir, al trabajo gratuito para los que no trabajan) «porque son esclavos de sus propias necesidades», no concluye de ello, como el gordo prebendado, que los obreros asalariados deban pasar siempre hambre. Quiere, al contrario, aumentar sus necesidades y hacer del número creciente de sus necesidades, al mismo tiempo, el acicate de su trabajo para «los más delicados».

[^k15-t11]: (Nota de la traducción.) En francés en el original: «¡Esto sí que está bien!».

[^k15-91]: Storch, *l. c.*, t. III, p. 223.

[^k15-92]: Sismondi, *l. c.*, t. I, pp. 79, 80, 85.

[^k15-93]: Destutt de Tracy, *l. c.*, p. 231. «*Les nations pauvres, c'est là où le peuple est à son aise; et les nations riches, c'est là où il est ordinairement pauvre.*»

[^k15-t13]: (Nota de la traducción.) La bolsa inagotable de Fortunato, héroe del libro popular alemán *Fortunatus* (1509).

[^k15-94]: *Tenth Report of the Commissioners of H. M.'s Inland Revenue*, Londres, 1866, p. 38.

[^k15-95]: *Ibidem*.

[^k15-96]: Estas cifras bastan para la comparación, pero, consideradas en términos absolutos, son falsas, ya que quizá se «ocultan» cada año 100 millones de £ de ingresos. La queja de los Commissioners of Inland Revenue por el fraude sistemático, sobre todo por parte del comercio y la industria, se repite en cada uno de sus informes. Así, por ejemplo, se dice: «Una sociedad por acciones declaró unas ganancias imponibles de 60.000 £; el tasador las estimó en 88.000 £, y por esta suma se pagó finalmente el impuesto. Otra compañía declaró 190.000 £ y se vio obligada a confesar que la cantidad real era de 250.000 £». (*Ibid.*, p. 42.) (Nota de la traducción: donde dice «60.000 £», la 4.ª ed. dice «6.000 £».)

[^k15-97]: *Census etc.*, *l. c.*, p. 29. No se ha refutado la afirmación de John Bright de que 150 terratenientes poseen la mitad del suelo inglés y 12 la mitad del escocés.

[^k15-98]: *Fourth Report etc. of Inland Revenue*, Londres, 1860, p. 17.

[^k15-99]: Se trata de los ingresos netos, es decir, después de ciertas deducciones legalmente válidas.

[^k15-t25]: (Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice, en esta tabla, «332.421» personas para 1865 (en el texto, «332.431») y «64.554.197 £».

[^k15-t26]: (Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «489.993.285».

[^k15-t27]: (Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «63.596.025» para 1849 y «188.917.356» para 1866.

[^k15-100]: En este momento, marzo de 1867, el mercado indio-chino está ya otra vez completamente saturado por las consignaciones de los fabricantes británicos de algodón. En 1866 empezó entre los obreros del algodón una rebaja de salarios del 5 %; en 1867, a consecuencia de una operación semejante, huelga de 20.000 hombres en Preston. [Era el preludio de la crisis que estalló inmediatamente después. — F. E.]

[^k15-101]: *Census etc.*, *l. c.*, p. 11.

[^k15-102]: Gladstone en la Cámara de los Comunes, 13 de febrero de 1843: «Es uno de los rasgos más melancólicos del estado social de este país que veamos, sin posibilidad de negarlo, que, mientras hay en este momento una disminución del poder de consumo del pueblo y un aumento de la presión de las privaciones y la miseria, hay al mismo tiempo una acumulación constante de riqueza en las clases altas, un aumento del lujo de sus costumbres y de sus medios de disfrute». (*Times*, 14 de febrero de 1843. — Hansard, 13 de febrero.)

[^k15-103]: «De 1842 a 1852 los ingresos imponibles del país aumentaron un 6 por ciento... ¡En los 8 años de 1853 a 1861 habían aumentado, desde la base tomada en 1853, un 20 por ciento! El hecho es tan asombroso que resulta casi increíble... este embriagador aumento de riqueza y de poder... enteramente limitado a las clases de la propiedad... tiene que ser de beneficio indirecto para la población trabajadora, porque abarata las mercancías de consumo general; mientras los ricos se han hecho más ricos, ¡los pobres se han hecho menos pobres! En todo caso, no me atrevo a decir si los extremos de la pobreza son menores». (Gladstone en la Cámara de los Comunes, 16 de abril de 1863. *Morning Star*, 17 de abril.)

[^k15-104]: Véanse los datos oficiales en el libro azul *Miscellaneous Statistics of the Un. Kingdom. Part VI*, Londres, 1866, pp. 260-273 *passim*. En lugar de la estadística de los orfanatos, etc., podrían servir también de prueba las declamaciones de los periódicos ministeriales en apoyo de la dote de los hijos de la casa real. El encarecimiento de los medios de subsistencia nunca se olvida en ellas.

[^k15-105]: «Pensad en los que están en el borde de esa región» (el pauperismo), «los salarios... en otras no han aumentado... la vida humana no es, en nueve casos de cada diez, más que una lucha por la existencia». (Gladstone, Cámara de los Comunes, 7 de abril de 1864.) La versión de Hansard dice: «Más aún, y en términos todavía más generales, ¿qué es la vida humana sino, en la mayoría de los casos, una lucha por la existencia?». — Las continuas y clamorosas contradicciones de los discursos de Gladstone sobre el presupuesto de 1863 y 1864 las caracteriza un escritor inglés con la siguiente cita de Boileau:

    «He aquí al hombre, en efecto. Va del blanco al negro.  
    Condena por la mañana sus sentimientos de la víspera.  
    Importuno para todos los demás, incómodo para sí mismo,  
    cambia a cada momento de opinión como de moda».  
    (*The Theory of Exchanges etc.*, Londres, 1864, p. 135.)

[^k15-106]: H. Fawcett, *l. c.*, pp. 67, 82. En cuanto a la creciente dependencia de los obreros respecto del tendero, es consecuencia de las crecientes oscilaciones e interrupciones de su ocupación.

[^k15-107]: En Inglaterra se incluye siempre Gales; en Gran Bretaña, Inglaterra, Gales y Escocia; en el Reino Unido, estos tres países e Irlanda.

[^k15-t22]: (Nota de la traducción.) En *La situación de la clase obrera en Inglaterra*, escrita en 1844 y publicada en Leipzig en 1845.

[^k15-108]: Arroja una luz singular sobre el progreso realizado desde A. Smith el hecho de que para él la palabra *workhouse* fuera todavía en ocasiones equivalente a *manufactory*. Por ejemplo, al comienzo de su capítulo sobre la división del trabajo: «... los empleados en cada una de las distintas ramas de la obra pueden reunirse a menudo en el mismo taller (*workhouse*)».

[^k15-t14]: (Nota de la traducción.) Consejo Privado de la Corona británica; su departamento médico, dirigido por John Simon, publicaba los informes anuales sobre *Public Health*.

[^k15-109]: *Public Health. Sixth Report etc. for 1863*, Londres, 1864, p. 13.

[^k15-110]: *L. c.*, p. 17.

[^k15-111]: *L. c.*, p. 3. (Nota de la traducción: donde dice «p. 3», la 4.ª ed. dice «p. 13».)

[^k15-112]: *L. c.*, *Appendix*, p. 232.

[^k15-113]: *L. c.*, pp. 232, 233.

[^k15-114]: *L. c.*, pp. 14, 15.

[^k15-115]: «En ninguna parte se han sacrificado tan abierta y desvergonzadamente los derechos de la persona al derecho de la propiedad como en las condiciones de vivienda de la clase trabajadora. Cada gran ciudad es un lugar de sacrificios humanos, un altar en el que miles de personas son inmoladas cada año al Moloch de la codicia». (S. Laing, *l. c.*, p. 150.)

[^k15-116]: *Public Health. Eighth Report*, Londres, 1866, p. 14, nota.

[^k15-117]: *L. c.*, p. 89. Refiriéndose a los niños de estas colonias, dice el doctor Hunter: «No sabemos cómo se criaba a los niños antes de esta época de densa aglomeración de los pobres, y sería un profeta audaz el que quisiera predecir qué conducta cabe esperar de unos niños que, en condiciones sin paralelo en este país, hacen ahora su aprendizaje para su futura práctica como clases peligrosas pasando la mitad de la noche en vela con personas de todas las edades, borrachas, obscenas y pendencieras». (*L. c.*, p. 56.)

[^k15-118]: *L. c.*, p. 62.

[^k15-119]: *Report of the Officer of Health of St. Martin's in the Fields, 1865*.

[^k15-t15]: (Nota de la traducción.) «Intermediarios»: subarrendadores que toman casas en arriendo para realquilarlas.

[^k15-120]: *Public Health. Eighth Report*, Londres, 1866, p. 91.

[^k15-121]: *L. c.*, p. 88.

[^k15-122]: *L. c.*, p. 89.

[^k15-123]: *L. c.*, p. 56.

[^k15-124]: *L. c.*, p. 149.

[^k15-125]: *L. c.*, p. 50.

[^k15-126]: Lista del agente de una compañía de seguros obreros de Bradford

    | Vulcan Street, n.º 122 | 1 habitación | 16 | personas |
|---|---|---|---|
| Lumley Street, n.º 13 | 1 habitación | 11 | personas |
| Bower Street, n.º 41 | 1 habitación | 11 | personas |
| Portland Street, n.º 112 | 1 habitación | 10 | personas |
| Hardy Street, n.º 17 | 1 habitación | 10 | personas |
| North Street, n.º 18 | 1 habitación | 16 | personas |
| ídem, n.º 17 | 1 habitación | 13 | personas |
| Wymer Street, n.º 19 | 1 habitación | 8 | adultos |
| Jowett Street, n.º 56 | 1 habitación | 12 | personas |
| George Street, n.º 150 | 1 habitación | 3 | familias |
| Rifle Court, Marygate, n.º 11 | 1 habitación | 11 | personas |
| Marshall Street, n.º 28 | 1 habitación | 10 | personas |
| ídem, n.º 49 | 3 habitaciones | 3 | familias |
| George Street, n.º 128 | 1 habitación | 18 | personas |
| ídem, n.º 130 | 1 habitación | 16 | personas |
| Edward Street, n.º 4 | 1 habitación | 17 | personas |
| York Street, n.º 34 | 1 habitación | 2 | familias |
| Salt Pie Street | 2 habitaciones | 26 | personas |
| Sótanos | | | |
| Regent Square 1 | 1 sótano | 8 | personas |
| Acre Street | 1 sótano | 7 | personas |
| Robert's Court, n.º 33 | 1 sótano | 7 | personas |
| Back Pratt Street, usado como taller de calderería | 1 sótano | 7 | personas |
| Ebenezer Street, n.º 27 | 1 sótano | 6 | personas |

    (*L. c.*, p. 111.)

[^k15-t28]: (Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «algunas a 5 y a 6».

[^k15-127]: *L. c.*, p. 114.

[^k15-128]: *L. c.*, p. 50.

[^k15-129]: *Public Health. Seventh Report*, Londres, 1865, p. 18.

[^k15-130]: *L. c.*, p. 165.

[^k15-t16]: (Nota de la traducción.) Comité para la supresión de focos de insalubridad, creado en cada parroquia por las leyes sanitarias (*Nuisances Removal Acts*).

[^k15-131]: *L. c.*, p. 18, nota. El funcionario de beneficencia de la Chapel-en-le-Frith Union informa al Registrar General: «En Doveholes se han hecho cierto número de pequeñas excavaciones en una gran colina de ceniza de cal. Estas cuevas sirven de vivienda a los peones y demás obreros ocupados en la construcción del ferrocarril. Las cuevas son estrechas, húmedas, sin desagüe para las inmundicias y sin retretes. Carecen de todo medio de ventilación, salvo un agujero en la bóveda que sirve a la vez de chimenea. La viruela hace estragos y ha causado ya varias defunciones» (entre los trogloditas). (*L. c.*, nota 2.)

[^k15-132]: Los detalles dados en la p. 460 y ss. (Nota de la traducción: En la 4.ª edición alemana; los datos sobre los mineros del carbón están en el capítulo XIII, apartado 9) se refieren sobre todo a los obreros de las minas de carbón. Sobre la situación aún peor de las minas metálicas, véase el concienzudo informe de la Royal Commission de 1864.

[^k15-133]: *L. c.*, pp. 180, 182.

[^k15-t17]: (Nota de la traducción.) *Trucksystem* (*truck system*): pago de los salarios en especie o en vales canjeables en las tiendas o casas del propio patrono.

[^k15-134]: *L. c.*, pp. 515, 517.

[^k15-135]: *L. c.*, p. 16.

[^k15-t18]: (Nota de la traducción.) La casa Overend, Gurney and Co., que suspendió pagos el 10 de mayo de 1866.

[^k15-136]: «¡Muerte masiva por hambre de los pobres de Londres! (*Wholesale starvation of the London Poor!*)... Durante los últimos días los muros de Londres han estado cubiertos de grandes carteles con el siguiente anuncio notable: "¡Bueyes cebados, hombres hambrientos! Los bueyes cebados han dejado sus palacios de cristal para engordar a los ricos en sus lujosas mansiones, mientras los hombres hambrientos se pudren y mueren en sus tugurios de miseria". Los carteles con esta inscripción de mal agüero se renuevan constantemente. Apenas se ha arrancado y cubierto una tanda cuando reaparece enseguida otra nueva en el mismo lugar o en otro igualmente público... Esto recuerda los *omina* (Nota de la traducción: Latín: «presagios») que prepararon al pueblo francés para los acontecimientos de 1789... En este momento, mientras obreros ingleses mueren de frío y de hambre con su mujer y sus hijos, se invierten millones de dinero inglés, producto del trabajo inglés, en empréstitos rusos, españoles, italianos y otros extranjeros». (*Reynolds' Newspaper*, 20 de enero de 1867.)

[^k15-t19]: (Nota de la traducción.) Moneda prusiana; la equivalencia es de Marx para el lector alemán.

[^k15-137]: Ducpétiaux, *l. c.*, pp. 151, 154, 155, 156.

[^k15-t29]: (Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «pp. 13, 14».

[^k16-138]: James E. Th. Rogers (*Prof. of Polit. Econ. in the University of Oxford*), *A History of Agriculture and Prices in England*, Oxford, 1866, v. I, p. 690. Esta obra, elaborada con diligencia, abarca en los dos primeros tomos aparecidos hasta ahora solo el período de 1259 a 1400. El segundo tomo contiene únicamente material estadístico. Es la primera *History of Prices* auténtica que poseemos para aquella época.

[^k16-139]: *Reasons for the late Increase of the Poor-Rates; or, a comparative view of the price of labour and provisions*, Londres, 1777, pp. 5, 11.

[^k16-140]: Dr. Richard Price, *Observations on Reversionary Payments*, 6.ª ed., a cargo de W. Morgan, Londres, 1803, v. II, p. 158. Price observa en la p. 159: «El precio nominal del trabajo del jornalero no es actualmente más que unas cuatro veces, o a lo sumo cinco, mayor que en el año 1514. Pero el precio del trigo es siete veces mayor, y el de la carne y el vestido, unas quince veces. Tan lejos, pues, ha estado el precio del trabajo de avanzar en proporción al aumento de los gastos de la vida, que no parece que guarde ahora con esos gastos ni la mitad de la proporción que guardaba.»

[^k16-141]: Barton, l. c., p. 26. Para finales del siglo XVIII, véase Eden, l. c.

[^k16-142]: Parry, l. c., p. 80.

[^k16-143]: Id., p. 213.

[^k16-t1]: (Nota de la traducción.) «Instrumento dotado de voz»: así llamaba Varrón (*De re rustica*, I, 17) al esclavo, frente al *instrumentum semivocale* (el buey) y el *instrumentum mutum* (el arado).

[^k16-t2]: (Nota de la traducción.) Revueltas de los jornaleros agrícolas del sur y el este de Inglaterra en 1830, con incendio de almiares y destrucción de trilladoras; las cartas amenazadoras que las acompañaban se firmaban con el nombre imaginario de «Captain Swing».

[^k16-144]: S. Laing, l. c., p. 62.

[^k16-t3]: (Nota de la traducción.) Michael Thomas Sadler (1780-1835), diputado tory, promotor de la legislación fabril y adversario de Malthus; es el «Th. Sadler» de la nota 186a.

[^k16-145]: *England and America*, Londres, 1833, v. I, p. 47.

[^k16-146]: *London Economist*, 29 de marzo de 1845, p. 290.

[^k16-147]: La aristocracia de la tierra se anticipó a sí misma para este fin fondos del erario, naturalmente por medio del Parlamento, a un interés muy bajo, que los arrendatarios tienen que devolverle por partida doble.

[^k16-148]: La disminución de los arrendatarios medianos se aprecia sobre todo en las rúbricas del censo: «hijo, nieto, hermano, sobrino, hija, nieta, hermana, sobrina del arrendatario»; en suma, los miembros de su propia familia ocupados por el arrendatario. Estas rúbricas contaban en 1851 216.851 personas; en 1861, solo 176.151. De 1851 a 1871, las granjas arrendadas de menos de 20 acres han disminuido en Inglaterra en más de 900; las de entre 50 y 75 acres han bajado de 8.253 a 6.370; y algo parecido ha ocurrido con todas las demás granjas de menos de 100 acres. En cambio, durante los mismos 20 años ha aumentado el número de las grandes granjas: las de 300 a 500 acres han pasado de 7.771 a 8.410; las de más de 500 acres, de 2.755 a 3.914; las de más de 1.000 acres, de 492 a 582.

[^k16-t13]: (Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «1.163.227».

[^k16-149]: El número de pastores creció de 12.517 a 25.559.

[^k16-150]: *Census etc.*, l. c., p. 36.

[^k16-t4]: (Nota de la traducción.) «Tras tantas vicisitudes» (Virgilio, *Eneida*, I, 204); *secundum artem*, «según las reglas del arte».

[^k16-151]: Rogers, l. c., p. 693. «El campesino ha vuelto a convertirse en siervo» (*The peasant has again become a serf*), l. c., p. 10. El señor Rogers pertenece a la escuela liberal, es amigo personal de Cobden y de Bright y, por tanto, no es ningún *laudator temporis acti*. (Nota de la traducción: *Laudator temporis acti*: «panegirista de los tiempos pasados» (Horacio, *Arte poética*, 173).)

[^k16-152]: *Public Health. Seventh Report*, Londres, 1865, p. 242. «El coste del *hind* se fija en la cantidad más baja posible con la que puede vivir... lo que se le da en salario o en techo no se calcula sobre el beneficio que se le pueda sacar. Es un cero en los cálculos agrícolas.» No es raro, por tanto, que el que alquila la casa suba el alquiler a un obrero en cuanto se entera de que gana algo más, o que el arrendatario le rebaje el salario «porque su mujer ha encontrado trabajo» (l. c.).

[^k16-153]: L. c., p. 135.

[^k16-t5]: (Nota de la traducción.) «No tengo nada, nada me importa.»

[^k16-154]: L. c., p. 134.

[^k16-155]: *Report of the Commissioners... relating to Transportation and Penal Servitude*, Londres, 1863, p. 42, n.º 50.

[^k16-156]: L. c., p. 77. *Memorandum by the Lord Chief Justice*.

[^k16-157]: L. c., v. II, *Evidence*.

[^k16-158]: L. c., v. I, *Appendix*, p. 280.

[^k16-158a]: L. c., pp. 274, 275.

[^k16-t15]: (Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «Dr. Simon».

[^k16-159]: *Public Health. Sixth Report, 1863*, pp. 238, 249, 261, 262.

[^k16-t14]: (Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «288.272».

[^k16-160]: L. c., p. 262.

[^k16-161]: L. c., p. 17. El obrero agrícola inglés recibe solo ¼ de la leche y solo ⅕ de los alimentos farináceos que recibe el irlandés. Ya A. Young, a comienzos de este siglo, observó en su *Tour through Ireland* el mejor estado de alimentación de estos últimos. La razón es sencillamente que el pobre arrendatario irlandés es incomparablemente más humano que el rico arrendatario inglés. En lo que se refiere a Gales, el dato del texto no vale para su sudoeste. «Todos los médicos de allí coinciden en que el aumento de la tasa de mortalidad por tuberculosis, escrófulas, etc., crece en intensidad con el empeoramiento del estado físico de la población, y todos atribuyen este empeoramiento a la pobreza. El sustento diario del obrero agrícola se calcula allí en 5 peniques; en muchos distritos el arrendatario» (él mismo en la miseria) «paga menos. Un bocado de carne salada, secada hasta tener la dureza de la caoba y que apenas vale el difícil proceso de la digestión, o tocino, sirve para dar sabor a una gran cantidad de caldo de harina y puerros, o de gachas de avena, y día tras día esta es la comida del mediodía del obrero agrícola... El progreso de la industria ha tenido para él la consecuencia, en este clima duro y húmedo, de que las sólidas telas hiladas en casa se vieran desplazadas por baratos tejidos de algodón, y las bebidas más fuertes por un té “nominal”... Tras largas horas de exposición al viento y a la lluvia, el labrador vuelve a su *cottage* para sentarse junto a un fuego de turba o de bolas hechas de barro y desperdicios de carbón, que despiden nubes de ácido carbónico y sulfuroso. Las paredes de la choza son de barro y piedras; el suelo, la tierra desnuda que ya estaba allí antes de construir la choza; el tejado, una masa de paja suelta y abombada. Se tapan todas las rendijas para conservar el calor, y en una atmósfera de un hedor diabólico, con un suelo de barro bajo los pies, a menudo con su única ropa secándose sobre el cuerpo, toma su cena con su mujer y sus hijos. Comadrones obligados a pasar parte de la noche en estas chozas han descrito cómo se les hundían los pies en el barro del suelo y cómo se veían obligados —¡trabajo ligero!— a abrir un agujero en la pared para procurarse un poco de respiración privada. Numerosos testigos de diversa condición atestiguan que el campesino subalimentado (*underfed*) está expuesto todas las noches a estas y otras influencias insalubres, y del resultado, un pueblo debilitado y escrofuloso, no faltan ciertamente pruebas... Las comunicaciones de los funcionarios parroquiales de Caermarthenshire y Cardiganshire muestran de modo contundente el mismo estado de cosas. A ello se añade una plaga aún mayor: la propagación de la idiocia. Y ahora, las condiciones climáticas. Fuertes vientos del sudoeste barren todo el país durante 8 o 9 meses al año, seguidos de aguaceros que se descargan sobre todo en las laderas occidentales de las colinas. Los árboles son raros, salvo en lugares resguardados; donde no están protegidos, el viento los deforma por completo. Las chozas se agazapan al pie de alguna terraza de la montaña, a menudo también en una garganta o en una cantera; en los pastos solo pueden vivir las ovejas más diminutas y el ganado vacuno del país... Los jóvenes emigran a los distritos mineros del este, de Glamorgan y Monmouth... Caermarthenshire es el semillero de la población minera y su asilo de inválidos... La población mantiene su número a duras penas. Así, en Cardiganshire:

    |  | 1851 | 1861 |
|---|---|---|
| Sexo masculino | 45.155 | 44.446 |
| Sexo femenino | 52.459 | 52.955 |
|  | 97.614 | 97.401» |

    (Informe del doctor Hunter, en *Public Health. Seventh Report, 1864*, Londres, 1865, pp. 498-502 *passim*.)

[^k16-162]: En 1865 esta ley se mejoró algo. Pronto se aprenderá por experiencia que semejantes chapuzas no sirven de nada.

[^k16-163]: Para entender lo que sigue: se llaman *close villages* (aldeas cerradas) aquellas cuyos propietarios de la tierra son uno o unos pocos grandes *landlords*; *open villages* (aldeas abiertas), aquellas cuyo suelo pertenece a muchos propietarios más pequeños. En estas últimas localidades es donde los especuladores de la construcción pueden levantar *cottages* y casas de huéspedes.

[^k16-164]: Una aldea de escaparate así parece muy linda, pero es tan irreal como las aldeas que vio Catalina II en su viaje a Crimea. Últimamente, también al pastor se le destierra a menudo de estos *show-villages*. Por ejemplo, cerca de Market Harborough hay una granja de ovejas de unos 500 acres que solo requiere el trabajo de un hombre. Para reducir las largas marchas por estas vastas extensiones, los hermosos pastos de Leicester y Northampton, el pastor solía tener un *cottage* en la granja. Ahora se le da un decimotercer chelín para alojamiento, que ha de buscar lejos, en la aldea abierta. (Nota de la traducción: Alusión a las aldeas de cartón piedra que, según la leyenda, hizo levantar Potemkin a lo largo del viaje de Catalina II a Crimea en 1787.)

[^k16-165]: «Las casas de los obreros» (en las localidades abiertas, que naturalmente están siempre superpobladas) «suelen estar construidas en hileras, con la parte trasera en el borde extremo del retazo de terreno que el especulador de la construcción llama suyo. No tienen, pues, acceso de luz ni de aire, salvo por la fachada» (informe del doctor Hunter, l. c., p. 135). «Muy a menudo el tabernero o el tendero de la aldea es a la vez el que alquila las casas. En este caso, el obrero agrícola encuentra en él un segundo amo junto al arrendatario. Tiene que ser a la vez su cliente. Con 10 chelines por semana, menos una renta anual de 4 £, está obligado a comprar su *modicum* de té, azúcar, harina, jabón, velas y cerveza a los precios que el tendero tenga a bien» (l. c., p. 132). Estas aldeas abiertas forman, en efecto, las «colonias penitenciarias» del proletariado agrícola inglés. Muchos de los *cottages* son meras casas de huéspedes por las que pasa toda la gentuza vagabunda de los alrededores. El campesino y su familia, que a menudo habían conservado de manera verdaderamente admirable, en las condiciones más sucias, la entereza y la pureza de carácter, se van aquí lisa y llanamente al diablo. Naturalmente, entre los Shylocks distinguidos está de moda encogerse farisaicamente de hombros ante los especuladores de la construcción, los pequeños propietarios y las localidades abiertas. Saben muy bien que sus «aldeas cerradas y aldeas de escaparate» son la cuna de las «localidades abiertas» y que no podrían existir sin ellas. «Sin los pequeños propietarios de las localidades abiertas, la mayor parte de los obreros agrícolas tendría que dormir bajo los árboles de las fincas en que trabajan» (l. c., p. 135). El sistema de las aldeas «abiertas» y «cerradas» impera en todas las Midlands y en todo el este de Inglaterra.

[^k16-166]: «El que alquila la casa» (el arrendatario o el *landlord*) «se enriquece directa o indirectamente con el trabajo de un hombre al que paga 10 chelines por semana, y luego le saca a este pobre diablo 4 o 5 £ de alquiler anual por casas que en el mercado libre no valen 20 £, pero que se mantienen a su precio artificial gracias al poder del propietario de decir: “Toma mi casa, o lárgate y búscate alojamiento en otra parte, sin certificado de trabajo mío”... Si un hombre quiere mejorar e irse de peón de vía a un ferrocarril o a una cantera, otra vez está ese mismo poder dispuesto con un: “Trabaja para mí por este salario bajo o lárgate con una semana de preaviso; llévate tu cerdo, si lo tienes, y ya verás qué sacas de las patatas que crecen en tu huerto”. Pero si el interés está del otro lado, en tales casos el propietario» (o el arrendatario) «prefiere a veces un alquiler más alto como castigo por la deserción de su servicio» (doctor Hunter, l. c., p. 132).

[^k16-167]: «Los matrimonios jóvenes no son un estudio edificante para hermanos y hermanas adultos que duermen en el mismo cuarto; y, aunque no puedan registrarse ejemplos, hay datos suficientes para justificar la observación de que un gran sufrimiento, y a menudo la muerte, es la suerte de las participantes femeninas en el crimen del incesto» (doctor Hunter, l. c., p. 137). Un funcionario de policía rural que durante muchos años había trabajado como detective en los peores barrios de Londres dice de las muchachas de su aldea: «Nunca, en toda mi vida de policía en los peores barrios de Londres, he visto igualada su grosera inmoralidad a temprana edad, su descaro y su desvergüenza... Viven como cerdos, muchachos y muchachas ya mayores, madres y padres, todos duermen juntos en el mismo cuarto» (*Child. Empl. Comm. Sixth Report*, Londres, 1867, *Appendix*, p. 77, n. 155).

[^k16-168]: *Public Health. Seventh Report, 1864*, pp. 9-14 *passim*.

[^k16-168a]: «El cura y los señores parecen conjurados para acosarlos hasta la muerte.»

[^k16-169]: «La ocupación del *hind*, querida por el cielo, da dignidad incluso a su posición. No es un esclavo, sino un soldado de la paz, y merece su lugar en un alojamiento para hombres casados, que ha de proporcionarle el *landlord*, quien ha reclamado un poder de trabajo forzoso semejante al que el país exige del soldado militar. No recibe por su trabajo el precio de mercado más que el soldado. Como al soldado, se le atrapa joven, ignorante, sin conocer más que su propio oficio y su propia localidad. El matrimonio precoz y la aplicación de las diversas leyes de domicilio de socorro actúan sobre el uno como el alistamiento y la *Mutiny Act* sobre el otro» (doctor Hunter, l. c., p. 132). A veces algún *landlord* de corazón excepcionalmente blando se enternece ante el desierto que él mismo ha creado. «Es una cosa melancólica estar solo en su tierra», dijo el conde de Leicester cuando lo felicitaron por la terminación de Holkham: «Miro a mi alrededor y no veo más casa que la mía. Soy el gigante de la torre de los gigantes y me he comido a todos mis vecinos.»

[^k16-170]: Movimiento parecido en Francia en los últimos decenios, a medida que la producción capitalista se apodera allí de la agricultura y empuja hacia las ciudades a la población rural «sobrante». También allí, empeoramiento de las condiciones de vivienda y de otras en el origen de los «sobrantes». Sobre el peculiar *prolétariat foncier* que ha incubado el sistema parcelario, véase, entre otros, el escrito de Colins antes citado y Karl Marx, *Der achtzehnte Brumaire des Louis Bonaparte*, 2.ª ed., Hamburgo, 1869, pp. 88 ss. En 1846 la población urbana de Francia era el 24,42 % y la rural el 75,58 %; en 1861, la urbana el 28,86 % y la rural el 71,14 %. En los últimos 5 años la disminución del porcentaje rural de la población es aún mayor. Ya en 1846 cantaba Pierre Dupont en sus *Ouvriers*:

    > «Mal vestidos, alojados en agujeros,  
    > bajo los tejados, entre escombros,  
    > vivimos con los búhos  
    > y los ladrones, amigos de las sombras.» (Nota de la traducción: donde dice «pp. 88 ss.», la 4.ª ed. dice «pp. 56 ss.».)

[^k16-171]: El sexto y último informe de la *Child. Empl. Comm.*, publicado a finales de marzo de 1867, trata solo del sistema de cuadrillas agrícolas.

[^k16-172]: *Child. Empl. Comm., VI. Report*, *Evidence*, p. 37, n. 173. *Fenland* = tierra de marismas.

[^k16-173]: Algunos capataces de cuadrilla, sin embargo, han llegado a ser arrendatarios de 500 acres o propietarios de hileras enteras de casas.

[^k16-174]: «La mitad de las muchachas de Ludford ha sido arruinada por la cuadrilla» (l. c., *Appendix*, p. 6, n. 32).

[^k16-175]: «El sistema ha aumentado mucho en los últimos años. En algunos lugares se ha introducido hace poco; en otros, donde es más antiguo, se enrolan en la cuadrilla más niños y más pequeños» (l. c., p. 79, n. 174).

[^k16-176]: «Los pequeños arrendatarios no emplean el trabajo en cuadrillas.» «No se emplea en las tierras pobres, sino en las que dan una renta de 2 £ a 2 £ 10 chelines por acre» (l. c., pp. 17 y 14).

[^k16-177]: A uno de estos señores le saben tan bien sus rentas que declara indignado ante la comisión de investigación que todo el griterío se debe solo al nombre del sistema. Si, en lugar de «cuadrilla», se lo bautizara «asociación juvenil industrial-agrícola-cooperativa de autosostenimiento», todo estaría *all right*.

[^k16-178]: «El trabajo en cuadrilla es más barato que cualquier otro trabajo; esa es la razón por la que se emplea», dice un antiguo capataz de cuadrilla (l. c., p. 17, n. 14). «El sistema de cuadrillas es sin duda el más barato para el arrendatario e igualmente sin duda el más pernicioso para los niños», dice un arrendatario (l. c., p. 16, n. 3).

[^k16-179]: «Sin duda, mucho del trabajo que ahora hacen los niños en las cuadrillas lo hacían antes hombres y mujeres. Donde se emplean mujeres y niños, hay ahora más hombres sin trabajo (*more men are out of work*) que antes» (l. c., p. 43, n. 202). En cambio, entre otros: «La cuestión del trabajo (*labour question*) se vuelve tan grave en muchos distritos agrícolas, sobre todo en los productores de cereal, a consecuencia de la emigración y de las facilidades que ofrecen los ferrocarriles para trasladarse a las grandes ciudades, que yo» (el «yo» es el del administrador de las tierras de un gran señor) «considero absolutamente indispensables los servicios de los niños» (l. c., p. 80, n. 180). Y es que *the labour question* (la cuestión del trabajo) significa en los distritos agrícolas ingleses, a diferencia del resto del mundo civilizado, *the landlord's and farmers' question* (la cuestión de los terratenientes y de los arrendatarios): ¿cómo, pese al éxodo cada vez mayor de la gente del campo, perpetuar en el campo una «superpoblación relativa» suficiente y, con ella, el «mínimo del salario» para el obrero agrícola?

[^k16-180]: El *Public Health Report* que he citado antes, en el que se trata de pasada del sistema de cuadrillas a propósito de la mortalidad infantil, pasó inadvertido a la prensa y, por tanto, al público inglés. En cambio, el último informe de la *Child. Empl. Comm.* ofreció a la prensa un pasto *sensational* muy bienvenido. Mientras la prensa liberal preguntaba cómo era posible que los finos *gentlemen* y *ladies* y los prebendados de la Iglesia oficial que pululan en Lincolnshire, personajes que envían a los antípodas «misiones para mejorar las costumbres de los salvajes de los mares del Sur», dejaran crecer semejante sistema en sus fincas, ante sus propios ojos, la prensa más fina se dedicaba exclusivamente a consideraciones sobre la grosera depravación de la gente del campo, ¡capaz de vender a sus hijos a semejante esclavitud! En las circunstancias execrables a que «los más delicados» han condenado al campesino, sería comprensible que se comiera a sus propios hijos. Lo que de verdad es admirable es la entereza de carácter que ha conservado en gran parte. Los informantes oficiales demuestran que los padres, incluso en los distritos de cuadrillas, aborrecen el sistema de cuadrillas. «En las declaraciones de testigos que hemos reunido se encuentran pruebas abundantes de que los padres, en muchos casos, agradecerían una ley coercitiva que les permitiera resistir las tentaciones y la presión a que a menudo están sometidos. Unas veces el funcionario de la parroquia, otras el patrono, amenazándolos con despedirlos a ellos mismos, los empujan a mandar a los niños a ganar dinero en lugar de a la escuela... Todo el tiempo y la fuerza malgastados, todo el sufrimiento que produce un cansancio extraordinario e inútil al campesino y a su familia, cada caso en que los padres atribuyen la ruina moral de su hijo al hacinamiento de los *cottages* o a las influencias corruptoras del sistema de cuadrillas, despiertan en el pecho de los pobres que trabajan sentimientos que se comprenderán bien y que es innecesario detallar. Tienen conciencia de que se les inflige mucho tormento físico y moral por circunstancias de las que no son responsables en modo alguno, a las que, de haber estado en su mano, nunca habrían dado su consentimiento y contra las que son impotentes para luchar» (l. c., p. XX, n. 82, y XXIII, n. 96).

[^k16-181]: Población de Irlanda: 1801: 5.319.867 personas; 1811: 6.084.996; 1821: 6.869.544; 1831: 7.828.347; 1841: 8.222.664.

[^k16-182]: El resultado sería más desfavorable si nos remontáramos más atrás. Así, ovejas en 1865: 3.688.742, pero en 1856: 3.694.294; cerdos en 1865: 1.299.893, pero en 1858: 1.409.883.

[^k16-184]: *Tenth Report of the Commissioners of Inland Revenue*, Londres, 1866.

[^k16-183]: Los datos del texto se han compilado a partir del material de los *Agricultural Statistics, Ireland. General Abstract*, Dublín, de los años 1860 y siguientes, y de los *Agricultural Statistics, Ireland. Tables showing the Estimated Average Produce etc.*, Dublín, 1867. Se sabe que esta estadística es oficial y se presenta cada año al Parlamento.

    Adición a la 2.ª edición. La estadística oficial muestra para el año 1872 una disminución de la superficie de tierra cultivada, comparada con 1871, de 134.915 acres. Hubo «aumento» en el cultivo de plantas verdes: nabos, remolacha forrajera y similares; «disminución» de la superficie cultivada de 16.000 acres de trigo, 14.000 acres de avena, 4.000 acres de cebada y centeno, 66.632 acres de patatas, 34.667 acres de lino, y 30.000 acres menos de prados, trébol, veza y colza. La tierra dedicada al cultivo de trigo muestra en los últimos 5 años la siguiente escala descendente: 1868, 285.000 acres; 1869, 280.000 acres; 1870, 259.000 acres; 1871, 244.000 acres; 1872, 228.000 acres. Para 1872 encontramos, en números redondos, un aumento de 2.600 caballos, 80.000 cabezas de vacuno y 68.600 ovejas, y una disminución de 236.000 cerdos. (Nota de la traducción: donde dice «Dublín, 1867» y «68.600 ovejas», la 4.ª ed. dice «Dublín, 1866» y «28.682 ovejas».)

[^k16-t12]: (Nota de la traducción.) *Bere*: variedad escocesa de cebada de cuatro carreras.

[^k16-185]: Los ingresos totales anuales de la rúbrica D difieren aquí de los de la tabla anterior a causa de ciertas deducciones permitidas por la ley.

[^k16-186]: Si el producto disminuye también relativamente por acre, no hay que olvidar que Inglaterra lleva siglo y medio exportando indirectamente el suelo de Irlanda, sin conceder a sus cultivadores siquiera los medios para reponer los componentes del suelo.

[^k16-186a]: Como Irlanda pasa por ser la tierra prometida del «principio de población», Th. Sadler, antes de publicar su obra sobre la población, sacó a la luz su famoso libro *Ireland, its Evils and their Remedies*, 2.ª ed., Londres, 1829, en el que, comparando la estadística de las distintas provincias, y en cada provincia la de los distintos condados, demuestra que allí la miseria no reina, como pretende Malthus, en proporción al número de habitantes, sino en proporción inversa a él.

[^k16-186b]: Para el período de 1851 a 1874, el número total de emigrantes asciende a 2.325.922.

[^k16-186c]: Nota a la 2.ª edición. Según una tabla de la obra de Murphy *Ireland, Industrial, Political, and Social*, 1870, el 94,6 % del suelo lo forman arrendamientos de hasta 100 acres, y el 5,4 %, arrendamientos de más de 100 acres.

[^k16-186d]: *Reports from the Poor Law Inspectors on the wages of Agricultural Labourers in Ireland*, Dublín, 1870. Véase también *Agricultural Labourers (Ireland) Return etc.*, 8 de marzo de 1861.

[^k16-187]: L. c., pp. 29, 1.

[^k16-187a]: L. c., p. 12.

[^k16-187b]: L. c., p. 25.

[^k16-187c]: L. c., p. 27.

[^k16-187d]: P. 26.

[^k16-187e]: P. 1.

[^k16-187f]: P. 32.

[^k16-187g]: P. 25.

[^k16-187h]: P. 30.

[^k16-187i]: Pp. 21, 13.

[^k16-t6]: (Nota de la traducción.) Obrero que bate o apresta el lino en la máquina de mazos (*beetling machine*).

[^k16-188]: *Reports of Insp. of Fact. for 31st Oct. 1866*, p. 96.

[^k16-t7]: (Nota de la traducción.) Eco de las palabras de Mefistófeles al final del «Prólogo en el cielo» del *Fausto* de Goethe: «Está muy bien que un gran señor hable de modo tan humano con el diablo mismo».

[^k16-t8]: (Nota de la traducción.) El doctor Sangrado, médico del *Gil Blas* de Lesage, que todo lo curaba con sangrías y agua caliente.

[^k16-188a]: La superficie total incluye también las «turberas y tierras baldías».

[^k16-t9]: (Nota de la traducción.) «Como el apetito viene comiendo» (Rabelais, *Gargantúa*, I, 5).

[^k16-188b]: Cómo el hambre y las circunstancias que trajo consigo fueron explotadas sistemáticamente tanto por los propietarios individuales de la tierra como por la legislación inglesa para imponer por la fuerza la revolución agrícola y reducir la población de Irlanda a la medida que convenía a los *landlords*, lo demostraré con más detalle en el libro III de esta obra, en la sección sobre la propiedad de la tierra. Allí volveré también sobre la situación de los pequeños arrendatarios y de los obreros agrícolas. Aquí, solo una cita. Nassau W. Senior dice, entre otras cosas, en su obra póstuma *Journals, Conversations and Essays relating to Ireland*, 2 vols., Londres, 1868, v. II, p. 282: «Muy acertadamente observaba el doctor G.: tenemos nuestra ley de pobres, y es un gran instrumento para dar la victoria a los *landlords*; otro es la emigración. Ningún amigo de Irlanda puede desear que la guerra» (entre los *landlords* y los pequeños arrendatarios celtas) «se prolongue, y menos aún que termine con la victoria de los arrendatarios... Cuanto antes termine» (esta guerra), «cuanto antes se convierta Irlanda en un país de pastos (*grazing country*), con la población relativamente escasa que requiere un país de pastos, tanto mejor para todas las clases.» Las leyes cerealistas inglesas de 1815 aseguraban a Irlanda el monopolio de la libre importación de cereales en Gran Bretaña. Favorecían, pues, artificialmente el cultivo de cereales. Este monopolio se suprimió de golpe en 1846 con la abolición de las leyes cerealistas. Prescindiendo de todas las demás circunstancias, este acontecimiento basta por sí solo para dar un poderoso impulso a la transformación de las tierras de labor irlandesas en pastos, a la concentración de las granjas arrendadas y a la expulsión de los pequeños campesinos. Después de haber ensalzado de 1815 a 1846 la fertilidad del suelo irlandés y de haber declarado a voz en grito que la naturaleza misma lo había destinado al cultivo del trigo, ¡los agrónomos, economistas y políticos ingleses descubren de pronto que no sirve más que para producir forraje verde! El señor Léonce de Lavergne se ha apresurado a repetirlo al otro lado del canal. Hace falta un hombre «serio» à la Lavergne para dejarse atrapar por semejantes niñerías.

[^k16-t10]: (Nota de la traducción.) Los fenianos, miembros de la Hermandad Republicana Irlandesa y de su rama norteamericana, la Fenian Brotherhood, fundadas en 1858, que luchaban por la independencia de Irlanda.

[^k16-t11]: (Nota de la traducción.) «Un destino amargo persigue a los romanos, y el crimen del fratricidio» (Horacio, *Epodos*, 7, 17-18), alusión a la muerte de Remo a manos de Rómulo.

[^k17-t1]: (Nota de la traducción.) *Vogelfrei*: literalmente, «libre como los pájaros», pero también, en el viejo derecho alemán, «proscrito», el que está fuera de la ley y a quien cualquiera puede dar muerte. Marx juega con los dos sentidos: libres de todo y desamparados de todo.

[^k17-189]: En Italia, donde la producción capitalista se desarrolló más temprano, también la disolución de las relaciones de servidumbre se produjo más temprano. Aquí el siervo es emancipado antes de haberse asegurado derecho alguno de prescripción sobre la tierra. Su emancipación lo convierte, pues, de inmediato en un proletario libre como los pájaros, que además encuentra ya instalados a los nuevos señores en las ciudades, heredadas en su mayoría de la época romana. Cuando la revolución del mercado mundial, desde finales del siglo XV, destruyó la supremacía comercial de la Italia septentrional, se produjo un movimiento en sentido inverso. Los obreros de las ciudades fueron empujados en masa al campo y dieron allí al pequeño cultivo, practicado al modo de la horticultura, un auge nunca visto.

[^k17-190]: «Los pequeños terratenientes, que cultivaban sus propios campos con sus propias manos y disfrutaban de un modesto bienestar…, constituían entonces una parte de la nación mucho más importante que ahora… No menos de 160.000 terratenientes, que con sus familias debieron de representar más de 1/7 de la población total, vivían de la explotación de sus pequeñas parcelas *freehold*» (*freehold* es la propiedad plenamente libre). «El ingreso medio de estos pequeños terratenientes… se calcula en 60 a 70 £. Se calculó que el número de los que cultivaban su propia tierra era mayor que el de los arrendatarios de tierra ajena». (Macaulay, *Hist. of England*, 10.ª ed., Londres, 1854, I, pp. 333-334.) Todavía en el último tercio del siglo XVII, 4/5 de la masa del pueblo inglés eran agrícolas (l. c., p. 413). Cito a Macaulay porque, como falsificador sistemático de la historia, «recorta» en lo posible hechos de este tipo.

[^k17-191]: No hay que olvidar nunca que incluso el siervo no solo era propietario, aunque fuera propietario tributario, de las parcelas de tierra pertenecientes a su casa, sino también copropietario de la tierra comunal. «El campesino es allí» (en Silesia) «siervo». Y, sin embargo, estos *serfs* poseen bienes comunales. «Aún no se ha podido inducir a los silesianos al reparto de las tierras comunales, mientras que en la Nueva Marca apenas hay aldea en que este reparto no se haya ejecutado con el mayor éxito». (Mirabeau, *De la Monarchie Prussienne*, Londres, 1788, t. II, pp. 125-126.)

[^k17-192]: El Japón, con su organización puramente feudal de la propiedad de la tierra y su desarrollada economía de pequeños campesinos, ofrece una imagen mucho más fiel de la Edad Media europea que todos nuestros libros de historia, dictados en su mayoría por prejuicios burgueses. Es demasiado cómodo ser «liberal» a costa de la Edad Media.

[^k17-t12]: (Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «1488».

[^k17-193]: En su *Utopía*, Tomás Moro habla del extraño país en que «las ovejas se comen a los hombres». (*Utopia*, trad. de Robinson, ed. de Arber, Londres, 1869, p. 41.)

[^k17-t13]: (Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «sección 20».

[^k17-193a]: Bacon expone la conexión entre un campesinado libre y acomodado y una buena infantería. «Era esto de una importancia maravillosa para el poder y la entereza del reino: tener arrendamientos de medida suficiente para mantener a hombres capaces lejos de la necesidad, y atar una gran parte de la tierra del reino a la posesión de la *yeomanry* o de gente de condición media entre los nobles y los aldeanos (*cottagers*) y los mozos de labranza… Porque es opinión general de los más competentes conocedores de la guerra… que la fuerza principal de un ejército consiste en la infantería o gente de a pie. Pero para formar una buena infantería se necesita gente que no se haya criado de manera servil o mísera, sino libre y con cierto desahogo. Por eso, si un Estado se inclina demasiado hacia los nobles y los señoritos, mientras los labradores y los aradores son su mera gente de trabajo o sus mozos de labranza, o bien aldeanos, es decir, mendigos con casa, podréis tener una buena caballería, pero nunca una infantería buena y firme… Esto se ve en Francia y en Italia y en algunas otras regiones extranjeras, donde en efecto todo es nobleza o campesinado miserable…, hasta tal punto que se ven obligados a emplear bandas mercenarias de suizos y otros semejantes para sus batallones de infantería: de donde viene también que estas naciones tengan mucha gente y pocos soldados». (*The Reign of Henry VII etc. Verbatim Reprint from Kennet's England, ed. 1719*, Londres, 1870, p. 308.)

[^k17-t14]: (Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «10 millas».

[^k17-194]: Doctor Hunter, l. c., p. 134. «La cantidad de tierra asignada» (en las viejas leyes) «se juzgaría hoy demasiado grande para unos jornaleros y más bien apta para convertirlos en pequeños arrendatarios». (George Roberts, *The Social History of the People of the Southern Counties of England in past centuries*, Londres, 1856, p. 184.)

[^k17-195]: «El derecho de los pobres a participar en el diezmo está establecido por el tenor de antiguos estatutos». (Tuckett, l. c., vol. II, pp. 804-805.)

[^k17-t2]: (Nota de la traducción.) «El pobre yace por todas partes»: verso de Ovidio (*Fastos*, I, 218).

[^k17-196]: William Cobbett, *A History of the Protestant Reformation*, § 471.

[^k17-197]: El «espíritu» protestante se ve, entre otras cosas, en lo siguiente. En el sur de Inglaterra, varios terratenientes y arrendatarios acomodados se juntaron y redactaron diez preguntas sobre la interpretación correcta de la ley de pobres de Isabel, que sometieron al dictamen de un célebre jurista de la época, el *sergeant* Snigge (más tarde juez bajo Jacobo I). «Novena pregunta: Algunos de los arrendatarios ricos de la parroquia han tramado un plan ingenioso con el que puede eliminarse toda confusión en la aplicación de la ley. Proponen construir una cárcel en la parroquia. A todo pobre que no quiera dejarse encerrar en la susodicha cárcel se le negará el socorro. Se hará saber entonces a la vecindad que, si alguna persona está dispuesta a arrendar a los pobres de esta parroquia, presente propuestas selladas, en un día determinado, por el precio más bajo al que esté dispuesta a quitárnoslos de encima. Los autores de este plan suponen que en los condados vecinos hay personas que no quieren trabajar y que carecen de fortuna o de crédito para adquirir un arrendamiento o un barco, de modo que pudieran vivir sin trabajar (*so as to live without labour*). Estas personas podrían estar dispuestas a hacer a la parroquia propuestas muy ventajosas. Si aquí y allá algún pobre llegara a reventar bajo la custodia del contratista, el pecado recaerá sobre él, puesto que la parroquia habrá cumplido sus deberes para con dichos pobres. Tememos, sin embargo, que la presente ley no permita ninguna medida de prudencia (*prudential measure*) de este tipo; pero ha de saber usted que el resto de los *freeholders* de este condado y de los colindantes se unirán a nosotros para mover a sus diputados de la Cámara de los Comunes a presentar una ley que permita el encierro y el trabajo forzado de los pobres, de modo que toda persona que se resista al encierro no tenga derecho a socorro alguno. Esto, así lo esperamos, impedirá que las personas en la miseria pidan socorro (*will prevent persons in distress from wanting relief*)». (R. Blakey, *The History of Political Literature from the earliest times*, Londres, 1855, vol. II, pp. 84-85.) En Escocia, la abolición de la servidumbre se produjo siglos más tarde que en Inglaterra. Todavía en 1698 declaraba Fletcher de Saltoun en el Parlamento escocés: «Se calcula que el número de mendigos en Escocia no baja de 200.000. El único remedio que yo, republicano por principio, puedo proponer es restaurar el antiguo estado de servidumbre y hacer esclavos de todos aquellos que son incapaces de proveer a su propia subsistencia». Así, Eden, l. c., libro I, cap. I, pp. 60-61. «De la libertad de los labradores data el pauperismo… Las manufacturas y el comercio son los verdaderos padres de nuestros pobres nacionales». Eden, como aquel republicano escocés por principio, solo se equivoca en que no fue la abolición de la servidumbre, sino la abolición de la propiedad del labrador sobre la tierra, lo que lo convirtió en proletario, o en *pauper*. A las leyes de pobres de Inglaterra corresponden en Francia, donde la expropiación se consumó de otro modo, la ordenanza de Moulins, de 1566, y el edicto de 1656.

[^k17-198]: El señor Rogers, aunque era entonces profesor de economía política en la Universidad de Oxford, la cuna de la ortodoxia protestante, subraya en su prólogo a la *History of Agriculture* la pauperización de la masa del pueblo por obra de la Reforma.

[^k17-199]: *A Letter to Sir T. C. Bunbury, Brt.: On the High Price of Provisions. By a Suffolk Gentleman*, Ipswich, 1795, p. 4. Hasta el fanático defensor de los grandes arrendamientos, el autor de *Inquiry into the Connection of large farms etc.*, Londres, 1773, p. 139, dice: «Lo que más lamento es la pérdida de nuestra *yeomanry*, de aquel conjunto de hombres que realmente sostenían la independencia de esta nación; y me apena ver sus tierras ahora en manos de lores acaparadores, arrendadas a pequeños arrendatarios que tienen sus contratos en condiciones tales que apenas son algo más que vasallos dispuestos a acudir a la llamada en cualquier ocasión malintencionada».

[^k17-200]: Sobre la moral privada de este héroe burgués, entre otras cosas: «La gran concesión de tierras en Irlanda a lady Orkney, en 1695, es una prueba pública del afecto del rey y de la influencia de la dama… Se supone que los cariñosos servicios de lady Orkney fueron *foeda labiorum ministeria*». (Nota de la traducción: Latín: «los torpes servicios de los labios») (En la Sloane Manuscript Collection, en el Museo Británico, n.º 4224. El manuscrito se titula: *The charakter and behaviour of King William, Sunderland etc. as represented in Original letters to the Duke of Shrewsbury from Somers, Halifax, Oxford, Secretary Vernon etc.* Está lleno de curiosidades).

[^k17-201]: «La enajenación ilegal de los bienes de la Corona, en parte por venta y en parte por donación, constituye un capítulo escandaloso de la historia inglesa… un gigantesco timo a la nación (*gigantic fraud on the nation*)». (F. W. Newman, *Lectures on Political Econ.*, Londres, 1851, pp. 129-130.) [Cómo llegaron los actuales grandes terratenientes ingleses a sus posesiones puede verse en detalle en *Our old Nobility. By Noblesse Oblige*, Londres, 1879. —F. E.]

[^k17-202]: Léase, por ejemplo, el panfleto de E. Burke sobre la casa ducal de Bedford, cuyo vástago es lord John Russell, «el herrerillo del liberalismo» (*the tomtit of liberalism*).

[^k17-203]: «Los arrendatarios prohíben a los *cottagers* (aldeanos) mantener ninguna criatura viva aparte de sí mismos, con el pretexto de que, si tuvieran ganado o aves, robarían el pienso de los graneros. Dicen también: mantened pobres a los *cottagers* y los mantendréis laboriosos. Pero la verdad es que los arrendatarios usurpan así todo el derecho sobre las tierras comunales». (*A Political Enquiry into the Consequences of enclosing Waste Lands*, Londres, 1785, p. 75.)

[^k17-204]: Eden, l. c., *Preface*.

[^k17-205]: *Capital farms*. (*Two Letters on the Flour Trade and the Dearness of Corn. By a Person in Business*, Londres, 1767, pp. 19-20.)

[^k17-206]: *Merchant-farms*. (*An Inquiry into the Present High Prices of Provisions*, Londres, 1767, p. 111, nota.) Este buen escrito, que apareció anónimo, lo escribió el reverendo Nathaniel Forster.

[^k17-207]: Thomas Wright, *A short address to the Public on the Monopoly of large farms*, 1779, pp. 2-3. (Nota de la traducción: donde dice «*Monopoly of large farms*, 1779», la 4.ª ed. dice «*Monopoly of small farms*, 1795».)

[^k17-t28]: (Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «Leicestershire».

[^k17-208]: Reverendo Addington, *Enquiry into the Reasons for or against enclosing open fields*, Londres, 1772, pp. 37-43 *passim*.

[^k17-209]: Doctor R. Price, l. c., vol. II, pp. 155-156. Léanse Forster, Addington, Kent, Price y James Anderson, y compárese con ellos la mísera palabrería de sicofante de MacCulloch en su catálogo *The Literature of Political Economy*, Londres, 1845.

[^k17-210]: L. c., pp. 147-148.

[^k17-211]: L. c., pp. 159-160. Recuérdese la antigua Roma. «Los ricos se habían adueñado de la mayor parte de las tierras sin repartir. Confiaban en que, dadas las circunstancias de la época, ya no se las quitarían, y por eso compraban las parcelas de los pobres situadas cerca de ellos, en parte con el consentimiento de estos, en parte quitándoselas por la fuerza, de modo que ya no cultivaban campos sueltos, sino dominios muy extensos. Empleaban para ello esclavos en la labranza y en la ganadería, porque a los hombres libres se los habrían llevado del trabajo al servicio militar. La posesión de esclavos les reportaba además gran ganancia en la medida en que estos, por estar exentos del servicio militar, podían multiplicarse sin peligro y tenían gran cantidad de hijos. Así, los poderosos atraían hacia sí absolutamente toda la riqueza, y toda la región hervía de esclavos. Los ítalos, en cambio, eran cada vez menos, consumidos como estaban por la pobreza, los tributos y el servicio militar. Y aunque llegaran tiempos de paz, estaban condenados a una inactividad completa, porque los ricos estaban en posesión del suelo y empleaban en la labranza esclavos en lugar de hombres libres». (Apiano, *Guerras civiles romanas*, I, 7.) Este pasaje se refiere a la época anterior a la ley licinia. El servicio militar, que tanto aceleró la ruina de los plebeyos romanos, fue también uno de los medios principales con que Carlomagno fomentó, como en un invernadero, la transformación de los campesinos alemanes libres en vasallos y siervos.

[^k17-212]: *An Inquiry into the Connection between the present Prices of Provisions etc.*, pp. 124, 129. En términos parecidos, pero con tendencia opuesta: «Los trabajadores son expulsados de sus *cottages* y obligados a buscar empleo en las ciudades; pero entonces se obtiene un excedente mayor, y así se aumenta el capital». (*The Perils of the Nation*, 2.ª ed., Londres, 1843, p. XIV.) (Nota de la traducción: donde dice «pp. 124, 129», la 4.ª ed. dice «pp. 124, 125, 128, 129».)

[^k17-t15]: (Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «1801».

[^k17-213]: «Un rey de Inglaterra podría con el mismo derecho pretender echar a sus súbditos al mar». (F. W. Newman, l. c., p. 132.)

[^k17-t3]: (Nota de la traducción.) Carlos Eduardo Estuardo, el «joven Pretendiente», cuyo levantamiento jacobita de 1745-1746 terminó con la derrota de Culloden.

[^k17-214]: Steuart dice: «La renta de estas tierras» (traslada erróneamente esta categoría económica al tributo de los *taksmen* al jefe del clan) «es completamente insignificante en comparación con su extensión; pero, en cuanto al número de personas que mantiene un arrendamiento, se hallará quizá que un trozo de tierra en las Tierras Altas de Escocia alimenta diez veces más gente que tierra del mismo valor en las provincias más ricas». (L. c., vol. I, cap. XVI, p. 104.)

[^k17-215]: James Anderson, *Observations on the means of exciting a spirit of National Industry etc.*, Edimburgo, 1777.

[^k17-216]: En 1860 se exportó a Canadá con falsas promesas a gente expropiada por la fuerza. Algunos huyeron a las montañas y a las islas vecinas. Los persiguieron policías, llegaron a las manos con ellos y escaparon.

[^k17-217]: «En las Tierras Altas», dice Buchanan, el comentarista de A. Smith, en 1814, «el viejo régimen de propiedad se trastoca cada día por la fuerza… El *landlord*, sin miramientos para los arrendatarios hereditarios» (también esta es aquí una categoría aplicada erróneamente), «ofrece la tierra al mejor postor, y si este es un mejorador (*improver*), implanta inmediatamente un nuevo sistema de cultivo. La tierra, antes sembrada de pequeños campesinos, estaba poblada en proporción a su producto; con el nuevo sistema de cultivo mejorado y rentas aumentadas se obtiene el mayor producto posible con los menores costes posibles, y con este fin se apartan los brazos que ahora se han vuelto inútiles… Los desechados de la tierra natal buscan su subsistencia en las ciudades fabriles, etc.». (David Buchanan, *Observations on etc. A. Smith's Wealth of Nations*, Edimburgo, 1814, vol. IV, p. 144.) «Los grandes de Escocia han expropiado familias como quien arranca malas hierbas; han tratado a las aldeas y a su población como los indios, en su venganza, tratan las guaridas de las fieras… Al hombre se lo malvende por un vellón de oveja o una pierna de carnero, y aun por menos… Durante la invasión de las provincias septentrionales de China se propuso en el consejo de los mongoles exterminar a los habitantes y convertir su tierra en pasto. Esta propuesta la han ejecutado muchos *landlords* de las Tierras Altas de Escocia en su propio país contra sus propios compatriotas». (George Ensor, *An Inquiry concerning the Population of Nations*, Londres, 1818, pp. 215-216.)

[^k17-t16]: (Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «1811».

[^k17-t17]: (Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «1820».

[^k17-218]: Cuando la actual duquesa de Sutherland recibió con gran pompa en Londres a la señora Beecher-Stowe, autora de *Uncle Tom's Cabin*, para exhibir su simpatía por los esclavos negros de la república americana —cosa que, junto con sus compañeras aristócratas, se abstuvo prudentemente de hacer durante la guerra civil, cuando todo «noble» corazón inglés latía por los esclavistas—, expuse en la *New-York Tribune* la situación de los esclavos de los Sutherland. (Extractado en parte por Carey en *The Slave Trade*, Filadelfia, 1853, pp. 202-203.) Mi artículo se reimprimió en un periódico escocés y provocó una bonita polémica entre este y los sicofantes de los Sutherland.

[^k17-219]: Sobre este comercio de pescado puede encontrarse algo interesante en el *Portfolio, New Series* del señor David Urquhart. Nassau W. Senior, en su escrito póstumo citado más arriba, califica «el procedimiento en Sutherlandshire como uno de los despejes (*clearings*) más benéficos que recuerdan los hombres». (L. c.)

[^k17-219a]: Los *deer forests* (bosques de ciervos) de Escocia no contienen un solo árbol. Se echa a las ovejas y se lleva a los ciervos a las montañas peladas, y a eso se le llama un *deer forest*. ¡Ni siquiera, pues, silvicultura!

[^k17-220]: Robert Somers, *Letters from the Highlands; or, the Famine of 1847*, Londres, 1848, pp. 12-28 *passim*. Estas cartas aparecieron primero en el *Times*. Los economistas ingleses explicaron, naturalmente, el hambre de los gaélicos de 1847 por su… superpoblación. En todo caso, «presionaban» sobre sus medios de alimentación. El *Clearing of Estates* o, como se llamaba en Alemania, el *Bauernlegen* («echar a los campesinos») se hizo sentir aquí particularmente después de la guerra de los Treinta Años, y todavía en 1790 provocó levantamientos campesinos en el electorado de Sajonia. Dominó sobre todo en la Alemania oriental. En la mayoría de las provincias de Prusia, solo Federico II aseguró a los campesinos el derecho de propiedad. Tras la conquista de Silesia obligó a los señores a reconstruir las chozas, los graneros, etc., y a dotar de ganado y aperos las fincas campesinas. Necesitaba soldados para su ejército y contribuyentes para su tesoro. Por lo demás, qué vida tan agradable llevaba el campesino bajo el desbarajuste financiero de Federico y su mezcolanza de gobierno de despotismo, burocracia y feudalismo puede verse en el siguiente pasaje de su admirador Mirabeau: «El lino constituye, pues, una de las grandes riquezas del cultivador del norte de Alemania. Desgraciadamente para la especie humana, no es más que un recurso contra la miseria y no un medio de bienestar. Los impuestos directos, las corveas, las servidumbres de todo género aplastan al cultivador alemán, que además paga impuestos indirectos en todo lo que compra… y, para colmo de ruina, no se atreve a vender sus productos donde y como quiere; no se atreve a comprar lo que necesita a los comerciantes que podrían proporcionárselo al mejor precio. Todas estas causas lo arruinan insensiblemente, y se vería incapaz de pagar los impuestos directos a su vencimiento sin el hilado; este le ofrece un recurso, ocupando útilmente a su mujer, a sus hijos, a sus criadas, a sus mozos y a él mismo; ¡pero qué vida tan penosa, aun con la ayuda de este socorro! En verano trabaja como un forzado en la labranza y en la cosecha; se acuesta a las 9 y se levanta a las 2 para dar abasto con las faenas; en invierno debería reponer sus fuerzas con un descanso mayor, pero le faltará grano para el pan y la siembra si se deshace de los productos que tendría que vender para pagar los impuestos. Hay, pues, que hilar para llenar ese vacío… y hay que poner en ello la mayor asiduidad. Así, el campesino se acuesta en invierno a medianoche o a la una y se levanta a las cinco o las seis; o bien se acuesta a las nueve y se levanta a las dos, y así todos los días de su vida, salvo el domingo. Este exceso de vela y de trabajo desgasta la naturaleza humana, y de ahí viene que hombres y mujeres envejezcan mucho antes en el campo que en las ciudades». (Mirabeau, l. c., t. III, pp. 212 ss.)

    Añadido a la 2.ª edición. En marzo de 1866, dieciocho años después de la publicación del escrito de Robert Somers citado más arriba, el profesor Leone Levi pronunció en la Society of Arts una conferencia sobre la transformación de los pastos de ovejas en bosques de caza, en la que describe el avance de la devastación en las Tierras Altas de Escocia. Dice, entre otras cosas: «La despoblación y la transformación en simple pasto de ovejas ofrecían el medio más cómodo para obtener un ingreso sin desembolso… Sustituir el pasto de ovejas por un *deer forest* se convirtió en un cambio corriente en las Tierras Altas. A las ovejas las expulsan los animales salvajes, como antes se expulsó a los hombres para hacer sitio a las ovejas… Se puede marchar desde las fincas del conde de Dalhousie en Forfarshire hasta John o'Groats sin salir nunca del bosque. En muchos» (de estos bosques) «se han aclimatado el zorro, el gato montés, la marta, el turón, la comadreja y la liebre alpina, mientras que el conejo, la ardilla y la rata han encontrado hace poco el camino hasta ellos. Inmensas extensiones de tierra, que en la estadística de Escocia figuraban como pastos de una fertilidad y extensión excepcionales, están ahora excluidas de todo cultivo y mejora y dedicadas únicamente al placer cinegético de unas pocas personas, y eso solo durante un breve período del año».

    El *Economist* de Londres del 2 de junio de 1866 dice: «Un periódico escocés informa la semana pasada, entre otras noticias: "Uno de los mejores arrendamientos de ovejas de Sutherlandshire, por el que recientemente, al vencer el contrato de arrendamiento en curso, se ofreció una renta anual de 1.200 £, se convierte en *deer forest*". Los instintos feudales se manifiestan… como en los tiempos en que el conquistador normando… destruyó 36 aldeas para crear el New Forest… Dos millones de acres, que comprenden algunas de las tierras más fértiles de Escocia, han quedado completamente yermos. La hierba natural de Glen Tilt figuraba entre las más nutritivas del condado de Perth; el *deer forest* de Ben Aulder era el mejor terreno de pasto del extenso distrito de Badenoch; una parte del Black Mount forest era el pastizal escocés más excelente para las ovejas de cara negra. De la extensión de la tierra dejada yerma por afición a la caza puede uno hacerse una idea por el hecho de que abarca una superficie mucho mayor que todo el condado de Perth. La pérdida de fuentes de producción que sufre el país a consecuencia de esta devastación violenta puede estimarse por el hecho de que el suelo del *forest* de Ben Aulder podía alimentar 15.000 ovejas y de que no representa más que 1/30 de todo el coto de caza de Escocia… Toda esta tierra de caza es absolutamente improductiva… igual podría haberse hundido en las aguas del mar del Norte. A tales páramos o desiertos improvisados debería poner fin la mano fuerte de la legislación».

[^k17-221]: El autor del *Essay on Trade etc.*, 1770, observa: «Bajo el reinado de Eduardo VI, los ingleses parecen haberse dedicado en efecto con toda seriedad al fomento de las manufacturas y al empleo de los pobres. Así lo vemos por un notable estatuto en el que se dice que todos los vagabundos serán marcados a fuego», etc. (L. c., p. 5.)

[^k17-t19]: (Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «oreja derecha» y «por un año».

[^k17-t18]: (Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «c. 3».

[^k17-221a]: Tomás Moro dice en su *Utopía*: «Así sucede que un glotón codicioso e insaciable, verdadera peste de su tierra natal, puede juntar miles de acres de tierra y cercarlos con una empalizada o un seto, o acosar con violencia y agravios a sus dueños hasta obligarlos a venderlo todo. Por un medio o por otro, por las buenas o por las malas, se ven forzados a marcharse: ¡pobres almas, sencillas y miserables! Hombres, mujeres, maridos, esposas, huérfanos, viudas, madres afligidas con sus niños de pecho y toda la casa, pobre en recursos y numerosa en bocas, pues la labranza necesitaba muchos brazos. Se van arrastrando, digo, del hogar conocido y acostumbrado, sin encontrar dónde descansar; la venta de todo su ajuar, aunque de no mucho valor, daría en otras circunstancias algún producto; pero puestos de pronto en la calle, tienen que malvenderlo a precio irrisorio. Y cuando han andado errantes hasta gastar el último cuarto, ¿qué otra cosa pueden hacer sino robar y luego, por Dios, ser ahorcados con todas las formalidades de la ley, o salir a mendigar? Y aun entonces se los arroja a la cárcel como vagabundos, porque andan rodando y no trabajan; ellos, a quienes nadie quiere dar trabajo por más afanosamente que se ofrezcan». De estos pobres fugitivos, de los que Tomás Moro dice que se los obligaba a robar, «se ejecutó a 72.000 ladrones grandes y pequeños bajo el reinado de Enrique VIII». (Holinshed, *Description of England*, vol. I, p. 186.) En tiempos de Isabel, «se ahorcaba a los vagabundos en fila; con todo, no pasaba por lo común un año sin que 300 o 400 de ellos acabaran en la horca en uno u otro lugar». (Strype, *Annals of the Reformation and Establishment of Religion, and other Various Occurrences in the Church of England during Queen Elisabeth's Happy Reign*, 2.ª ed., 1725, vol. II.) Según el mismo Strype, en Somersetshire se ejecutó en un solo año a 40 personas, se marcó a fuego a 35, se azotó a 37 y se dejó en libertad a 183 «malhechores desesperados». Sin embargo, dice, «este gran número de acusados no comprende ni 1/5 de los delitos criminales, gracias a la negligencia de los jueces de paz y a la necia compasión del pueblo». Y añade: «Los demás condados de Inglaterra no estaban en mejor situación que Somersetshire, y muchos incluso en peor».

[^k17-t20]: (Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «1531».

[^k17-222]: «Siempre que la legislatura intenta regular las diferencias entre los patronos y sus obreros, sus consejeros son siempre los patronos», dice A. Smith. «El espíritu de las leyes es la propiedad», dice Linguet.

[^k17-223]: *Sophisms of Free Trade. By a Barrister*, Londres, 1850, p. 206. Y añade maliciosamente: «Siempre hemos estado dispuestos a intervenir en favor del patrono. ¿No puede hacerse nada por el empleado?».

[^k17-t21]: (Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «c. 4».

[^k17-224]: Por una cláusula del estatuto 2 Jacobo I, c. 6, se ve que ciertos fabricantes de paño se tomaban la libertad de dictar oficialmente, como jueces de paz, la tarifa de salarios en sus propios talleres. En Alemania, sobre todo después de la guerra de los Treinta Años, fueron frecuentes los estatutos para mantener bajo el salario. «Muy molesta era para los señores, en aquel suelo despoblado, la falta de criados y de trabajadores. A todos los vecinos de las aldeas se les prohibió alquilar cuartos a hombres y mujeres solteros; todos estos realquilados debían ser denunciados a la autoridad y metidos en la cárcel si no querían hacerse criados, aunque se mantuvieran con otra actividad, sembraran a jornal para los campesinos o incluso comerciaran con dinero y grano. (*Kaiserliche Privilegien und Sanctiones für Schlesien*, I, 125.) A lo largo de todo un siglo, las ordenanzas de los príncipes se quejan una y otra vez amargamente de la chusma maliciosa y caprichosa que no quiere plegarse a las duras condiciones ni contentarse con el salario legal; al señor particular se le prohíbe dar más de lo que el estamento provincial ha fijado en una tasa. Y, sin embargo, las condiciones del servicio después de la guerra son a veces todavía mejores que cien años más tarde; en 1652 la servidumbre doméstica de Silesia aún recibía carne dos veces por semana; todavía en nuestro siglo ha habido allí mismo distritos donde solo la recibía tres veces al año. También el jornal era más alto después de la guerra que en los siglos siguientes». (G. Freytag.) (Nota de la traducción: donde dice «2 Jacobo I», la 4.ª ed. dice «1 Jacobo I».)

[^k17-t23]: (Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «7 Jorge III».

[^k17-t22]: (Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «1617».

[^k17-225]: El artículo I de esta ley dice: «Siendo la supresión de toda clase de corporaciones de ciudadanos de un mismo estado y profesión una de las bases fundamentales de la Constitución francesa, se prohíbe restablecerlas de hecho, con cualquier pretexto y bajo cualquier forma». El artículo IV declara que si «ciudadanos dedicados a las mismas profesiones, artes y oficios tomaran deliberaciones o hicieran entre sí convenios tendentes a negar de común acuerdo, o a no conceder sino a un precio determinado, el concurso de su industria o de sus trabajos, dichas deliberaciones y convenios… serán declarados inconstitucionales, atentatorios contra la libertad y contra la Declaración de los Derechos del Hombre, etc.»; es decir, delitos contra el Estado, exactamente igual que en los viejos estatutos obreros. (*Révolutions de Paris*, París, 1791, t. III, p. 523.)

[^k17-226]: Buchez y Roux, *Histoire Parlementaire*, t. X, pp. 193-195 *passim*. (Nota de la traducción: donde dice «pp. 193-195 *passim*», la 4.ª ed. dice «p. 195».)

[^k17-227]: «Arrendatarios», dice Harrison en su *Description of England*, «a los que antes costaba pagar 4 £ de renta pagan ahora 40, 50 o 100 £, y aun así creen haber hecho un mal negocio si al expirar su contrato de arrendamiento no han ahorrado el equivalente de 6 o 7 años de renta».

[^k17-228]: Sobre la influencia de la depreciación del dinero en el siglo XVI en las distintas clases de la sociedad: *A Compendious or Briefe Examination of Certayne Ordinary Complaints of Diverse of our Countrymen in these our Days. By W. S., Gentleman* (Londres, 1581). La forma dialogada de este escrito contribuyó a que se lo atribuyera durante mucho tiempo a Shakespeare, y todavía en 1751 se reeditó con su nombre. Su autor es William Stafford. En un pasaje, el caballero (*Knight*) razona del modo siguiente:

    Caballero: «Vos, mi vecino el labrador, vos, maese mercero, y vos, compadre calderero, con los demás artesanos, bien podéis valeros por vosotros mismos. Porque cuanto más caras están todas las cosas de lo que estaban, tanto subís vosotros el precio de las mercancías y oficios que a vuestra vez vendéis. Pero nosotros no tenemos nada que vender cuyo precio podamos subir para compensar las cosas que a nuestra vez tenemos que comprar». En otro pasaje, el caballero pregunta al doctor: «Os ruego que me digáis qué clases de gente son esas a que os referís. Y, en primer lugar, ¿quiénes pensáis que no han de tener pérdida con ello?». Doctor: «Me refiero a todos los que viven de comprar y vender, porque, si compran caro, venden en consecuencia». Caballero: «¿Cuál es la clase siguiente que decís que ganaría con ello?». Doctor: «Pues todos los que tienen arriendos o granjas que labran por su cuenta» (es decir, que cultivan) «a la renta antigua, porque, mientras pagan según la tasa antigua, venden según la nueva; es decir, pagan su tierra barata y venden caro todo lo que en ella crece…». Caballero: «¿Qué clase es esa que, según dijisteis, tendría con ello mayor pérdida que ganancia tuvieron estos?». Doctor: «Son todos los nobles, hidalgos y todos los demás que viven de una renta fija o de un estipendio, o que no labran» (no cultivan) «la tierra, o que no se ocupan en comprar y vender».

[^k17-229]: En Francia, el *régisseur*, el administrador y recaudador de las prestaciones debidas al señor feudal durante la primera Edad Media, se convierte pronto en un *homme d'affaires* que, a fuerza de extorsiones, estafas, etc., se encarama fraudulentamente a capitalista. Estos *régisseurs* eran a veces ellos mismos grandes señores. Por ejemplo: «Esta es la cuenta que micer Jacques de Thoraisse, caballero castellano sobre Besanzón, rinde al señor que lleva las cuentas en Dijon por monseñor el duque y conde de Borgoña, de las rentas pertenecientes a dicha castellanía, desde el día 25 de diciembre de 1359 hasta el día 28 de diciembre de 1360». (Alexis Monteil, *Histoire des Matériaux manuscrits etc.*, pp. 234-235.) Aquí se ve ya cómo en todas las esferas de la vida social la parte del león le toca al intermediario. En el terreno económico, por ejemplo, los financieros, los bolsistas, los comerciantes y los tenderos se llevan la nata de los negocios; en el derecho civil, el abogado despluma a las partes; en política, el representante pesa más que los electores, el ministro más que el soberano; en religión, Dios queda relegado a segundo plano por el «mediador», y este, a su vez, desplazado por los curas, que son a su vez intermediarios inevitables entre el buen pastor y sus ovejas. En Francia, como en Inglaterra, los grandes territorios feudales estaban divididos en infinidad de pequeñas explotaciones, pero en condiciones incomparablemente más desfavorables para la población rural. Durante el siglo XIV surgieron los arrendamientos, *fermes* o *terriers*. Su número creció sin cesar, muy por encima de 100.000. Pagaban una renta de la tierra en dinero o en especie que variaba entre la duodécima y la quinta parte del producto. Los *terriers* eran feudos, subfeudos, etc. (*fiefs*, *arrière-fiefs*), según el valor y la extensión de los dominios, algunos de los cuales no contaban más que unos pocos *arpents*. Todos estos *terriers* tenían jurisdicción, en uno u otro grado, sobre los habitantes de sus tierras; había cuatro grados. Se comprende la opresión que sufría la población rural bajo todos estos pequeños tiranos. Monteil dice que había entonces en Francia 160.000 tribunales, donde hoy bastan 4.000 (incluidos los juzgados de paz).

[^k17-230]: En sus *Notions de Philosophie Naturelle*, París, 1838.

[^k17-231]: Un punto en el que insiste sir James Steuart.

[^k17-t5]: (Nota de la traducción.) «Para el rey de Prusia»: en francés, expresión proverbial que significa «para nada», «a beneficio ajeno».

[^k17-232]: «Permitiré», dice el capitalista, «que tengáis el honor de servirme, a condición de que me deis lo poco que os queda por el trabajo que me tomo en mandaros». (J. J. Rousseau, *Discours sur l'Économie Politique*.)

[^k17-233]: Mirabeau, l. c., t. III, pp. 20-109 *passim*. Si Mirabeau tiene los talleres dispersos por más económicos y productivos que los «reunidos», y no ve en estos más que plantas de invernadero artificiales cultivadas por los gobiernos, ello se explica por el estado en que se encontraba entonces una gran parte de las manufacturas del continente.

[^k17-234]: «Veinte libras de lana convertidas discretamente en la ropa anual de la familia de un jornalero por su propia laboriosidad, en los ratos libres que le deja el resto de su trabajo, no hacen ningún efecto; pero llevadla al mercado, mandadla a la fábrica, de allí al corredor, de allí al comerciante, y tendréis grandes operaciones comerciales y un capital nominal comprometido por un importe veinte veces mayor que su valor… Así se esquilma a la clase trabajadora para mantener a una mísera población fabril, a una clase parasitaria de tenderos y a un ficticio sistema comercial, monetario y financiero». (David Urquhart, l. c., p. 120.)

[^k17-235]: La época de Cromwell constituye aquí una excepción. Mientras duró la república, la masa del pueblo inglés se levantó, en todas sus capas, de la degradación en que había caído bajo los Tudor.

[^k17-236]: Tuckett sabe que la gran industria lanera surge de las manufacturas propiamente dichas y de la destrucción de la manufactura rural o doméstica, con la introducción de la maquinaria. (Tuckett, l. c., vol. I, pp. 139-144.) «El arado y el yugo fueron invención de dioses y ocupación de héroes: ¿son de linaje menos noble el telar, el huso y la rueca? Separáis la rueca y el arado, el huso y el yugo, y obtenéis fábricas y asilos de pobres, crédito y pánicos, dos naciones enemigas, la agrícola y la comercial». (David Urquhart, l. c., p. 122.) Pero llega Carey y acusa a Inglaterra, sin duda no sin razón, de pretender convertir a todos los demás países en simples pueblos agrícolas cuyo fabricante sería Inglaterra. Afirma que así se arruinó a Turquía, porque «a los propietarios y cultivadores del suelo nunca se les permitió» (Inglaterra) «fortalecerse mediante la alianza natural entre el arado y el telar, el martillo y la grada». (*The Slave Trade*, p. 125.) Según él, el propio Urquhart es uno de los principales agentes de la ruina de Turquía, donde habría hecho propaganda librecambista en interés de Inglaterra. Lo mejor es que Carey, gran lacayo de Rusia de paso, quiere impedir con el sistema proteccionista ese proceso de separación que este acelera. (Nota de la traducción: donde dice «pp. 139-144», la 4.ª ed. dice «pp. 142 y 143».)

[^k17-237]: Los economistas ingleses filantrópicos, como Mill, Rogers, Goldwin Smith, Fawcett, etc., y los fabricantes liberales, como John Bright y compañía, preguntan a los aristócratas terratenientes ingleses, como Dios a Caín por su hermano Abel: ¿adónde han ido a parar nuestros miles de *freeholders*? Pero ¿de dónde habéis salido vosotros? De la destrucción de aquellos *freeholders*. ¿Por qué no seguís preguntando adónde han ido a parar los tejedores, los hilanderos y los artesanos independientes?

[^k17-238]: Industrial aquí en oposición a agrícola. En sentido «categorial», el arrendatario es un capitalista industrial tanto como el fabricante.

[^k17-t6]: (Nota de la traducción.) «Pese a todo», «a pesar de todo».

[^k17-239]: *The Natural and Artificial Rights of Property Contrasted*, Londres, 1832, pp. 98-99. Autor del escrito anónimo: Th. Hodgskin.

[^k17-240]: Todavía en 1794 los pequeños fabricantes de paño de Leeds enviaron una diputación al Parlamento para pedir una ley que prohibiera a todo comerciante hacerse fabricante. (Doctor Aikin, l. c.)

[^k17-241]: William Howitt, *Colonization and Christianity. A Popular History of the Treatment of the Natives by the Europeans in all their Colonies*, Londres, 1838, p. 9. Sobre el trato a los esclavos, buena recopilación en Charles Comte, *Traité de la Législation*, 3.ª ed., Bruselas, 1837. Hay que estudiar esto en detalle para ver en qué se convierte el burgués a sí mismo y en qué convierte al obrero allí donde puede moldear el mundo a su imagen sin cortapisas.

[^k17-242]: Thomas Stamford Raffles, antiguo vicegobernador de esa isla, *The History of Java*, Londres, 1817.

[^k17-t7]: (Nota de la traducción.) «El dulce comercio»: fórmula de la Ilustración (Montesquieu, entre otros) sobre el efecto civilizador y pacificador del comercio.

[^k17-t24]: (Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «Benn».

[^k17-243]: En 1866 murieron de hambre, solo en la provincia de Orissa, más de un millón de hindúes. Pese a ello, se trató de enriquecer el tesoro indio con los precios a los que se cedían víveres a los que se morían de hambre.

[^k17-t25]: (Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «1722».

[^k17-t26]: (Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «55 £».

[^k17-243a]: William Cobbett observa que en Inglaterra todas las instituciones públicas se denominan «reales»; en compensación, sin embargo, existía la deuda «nacional» (*national debt*).

[^k17-243b]: «Si los tártaros inundaran hoy Europa, costaría mucho trabajo hacerles entender lo que es entre nosotros un financiero». (Montesquieu, *Esprit des lois*, t. IV, p. 33, ed. de Londres, 1769.)

[^k17-244]: «¿Por qué ir a buscar tan lejos la causa del esplendor manufacturero de Sajonia antes de la guerra? ¡Ciento ochenta millones de deudas contraídas por los soberanos!». (Mirabeau, l. c., t. VI, p. 101.)

[^k17-t8]: (Nota de la traducción.) Alusión a la matanza de los inocentes ordenada por Herodes (Mateo 2, 16).

[^k17-245]: Eden, l. c., libro II, cap. I, p. 421. (Nota de la traducción: donde dice «p. 421», la 4.ª ed. dice «pp. 420-422».)

[^k17-246]: John Fielden, l. c., pp. 5-6. Sobre las infamias originarias del sistema fabril, véanse doctor Aikin (1795), l. c., p. 219, y Gisborne, *Enquiry into the duties of men*, 1795, vol. II. Cuando la máquina de vapor trasladó las fábricas de los saltos de agua rurales al centro de las ciudades, el fabricante de plus «amante de la abstinencia» encontró ya a mano el material infantil, sin necesidad de traer esclavos por la fuerza de los *workhouses*. Cuando sir R. Peel (padre del «ministro de la plausibilidad») presentó en 1815 su proyecto de ley para la protección de los niños, F. Horner (lumbrera del Comité del Bullion y amigo íntimo de Ricardo) declaró en la Cámara de los Comunes: «Es notorio que, junto con los efectos de un quebrado, se anunció y se subastó públicamente, como parte de su propiedad, una cuadrilla, si se le permitía emplear tal expresión, de niños de fábrica. Hace dos años» (1813) «llegó ante el *King's Bench* un caso abominable. Se trataba de un grupo de muchachos. Una parroquia de Londres los había cedido a un fabricante, que a su vez los había traspasado a otro. Al final, unos filántropos los descubrieron en un estado de inanición absoluta (*absolute famine*). Otro caso, más abominable aún, había llegado a su conocimiento como miembro de la comisión parlamentaria de investigación. No hacía muchos años, una parroquia de Londres y un fabricante de Lancashire habían cerrado un contrato en el que se estipulaba que por cada 20 niños sanos tenía que quedarse también con un idiota».

[^k17-247]: En 1790 había en las Indias Occidentales inglesas 10 esclavos por cada hombre libre; en las francesas, 14 por 1; en las holandesas, 23 por 1. (Henry Brougham, *An Inquiry into the Colonial Policy of the European Powers*, Edimburgo, 1803, vol. II, p. 74.)

[^k17-t9]: (Nota de la traducción.) «Tanto esfuerzo costaba…»: Virgilio, *Eneida*, I, 33 («*Tantae molis erat Romanam condere gentem*», «Tanto esfuerzo costaba fundar el linaje romano»).

[^k17-248]: La expresión *labouring poor* («pobres trabajadores») aparece en las leyes inglesas desde el momento en que la clase de los asalariados se hace notable. Los *labouring poor* se oponen, por un lado, a los *idle poor* («pobres ociosos»), mendigos, etc., y, por otro, a los obreros que todavía no son pollos desplumados, sino propietarios de sus medios de trabajo. De la ley, la expresión *labouring poor* pasó a la economía política, desde Culpeper, J. Child, etc., hasta A. Smith y Eden. Júzguese por ello la *bonne foi* del «execrable traficante de jerga política» (*execrable political cantmonger*) Edmund Burke cuando declara que la expresión *labouring poor* es «execrable jerga política» (*execrable political cant*). Este sicofante, que a sueldo de la oligarquía inglesa hizo el papel de romántico frente a la Revolución francesa, exactamente igual que, a sueldo de las colonias norteamericanas, al comienzo de los disturbios de América, había hecho el papel de liberal frente a la oligarquía inglesa, era de pies a cabeza un burgués vulgar: «Las leyes del comercio son las leyes de la naturaleza y, por consiguiente, las leyes de Dios». (E. Burke, l. c., p. 32.) ¡No es de extrañar que, fiel a las leyes de Dios y de la naturaleza, se vendiera siempre a sí mismo en el mejor mercado! En los escritos del reverendo Tucker —Tucker era cura y *tory*, pero por lo demás un hombre decente y un competente economista político— se encuentra una caracterización muy buena de este Edmund Burke durante su época liberal. Con la infame falta de carácter que reina hoy en día y que cree devotísimamente en «las leyes del comercio», es un deber marcar a fuego una y otra vez a los Burkes, que solo se distinguen de sus sucesores por una cosa: ¡el talento!

[^k17-249]: Marie Augier, *Du Crédit Public*.

[^k17-250]: «El capital», dice el *Quarterly Reviewer*, «huye del tumulto y de la disputa y es de naturaleza medrosa. Esto es muy cierto, pero no es toda la verdad. El capital tiene horror a la ausencia de ganancia o a una ganancia muy pequeña, como la naturaleza al vacío. Con una ganancia adecuada, el capital se vuelve audaz. Un diez por ciento seguro, y se lo puede emplear en cualquier parte; un 20 por ciento, y se anima; un 50 por ciento, y se vuelve positivamente temerario; por un 100 por ciento pisotea todas las leyes humanas; con un 300 por ciento no hay crimen que no arriesgue, aun a riesgo de la horca. Si el tumulto y la disputa reportan ganancia, los fomentará a ambos. Prueba: el contrabando y la trata de esclavos». (T. J. Dunning, l. c., pp. 35-36.)

[^k17-251]: «Nos encontramos en una condición completamente nueva de la sociedad… tendemos a separar toda especie de propiedad de toda especie de trabajo». (Sismondi, *Nouveaux Principes d'Écon. Polit.*, t. II, p. 434.)

[^k17-252]: «El progreso de la industria, del que la burguesía es agente involuntario y pasivo, sustituye el aislamiento de los obreros, resultado de la competencia, por su unión revolucionaria mediante la asociación. Así, con el desarrollo de la gran industria, se le quita a la burguesía bajo los pies el terreno mismo sobre el que produce y se apropia de los productos. La burguesía produce, ante todo, sus propios sepultureros. Su hundimiento y la victoria del proletariado son igualmente inevitables… De todas las clases que hoy se enfrentan a la burguesía, solo el proletariado es una clase verdaderamente revolucionaria. Las demás clases decaen y desaparecen con la gran industria; el proletariado es su producto más genuino. Los estamentos medios, el pequeño industrial, el pequeño comerciante, el artesano, el campesino, todos combaten a la burguesía para salvar del hundimiento su existencia como estamentos medios… son reaccionarios, pues pretenden hacer girar hacia atrás la rueda de la historia». (Karl Marx y F. Engels, *Manifest der Kommunistischen Partei*, Londres, 1848, pp. 11 y 9.)

[^k17-253]: Se trata aquí de colonias reales, de suelo virgen colonizado por inmigrantes libres. Los Estados Unidos siguen siendo, económicamente hablando, país colonial de Europa. Por lo demás, también pertenecen aquí aquellas viejas plantaciones en las que la abolición de la esclavitud ha trastocado por completo las condiciones.

[^k17-254]: Los pocos destellos de lucidez de Wakefield sobre la esencia de las propias colonias los anticiparon por completo Mirabeau padre, el fisiócrata, y mucho antes aún economistas ingleses.

[^k17-255]: Más tarde se convierte en una necesidad temporal en la lucha competitiva internacional. Pero, sea cual sea su motivo, las consecuencias siguen siendo las mismas.

[^k17-256]: «Un negro es un negro. Solo en determinadas relaciones se convierte en esclavo. Una máquina de hilar algodón es una máquina para hilar algodón. Solo en determinadas relaciones se convierte en capital. Arrancada de esas relaciones, es tan poco capital como el oro es en sí y por sí dinero o el azúcar es el precio del azúcar… El capital es una relación social de producción. Es una relación histórica de producción». (Karl Marx, «Lohnarbeit und Kapital», *Neue Rheinische Zeitung*, n.º 266, del 7 de abril de 1849.)

[^k17-t27]: (Nota de la traducción.) La 4.ª ed. dice «300».

[^k17-257]: E. G. Wakefield, *England and America*, vol. II, p. 33.

[^k17-258]: L. c., vol. I, p. 17.

[^k17-259]: L. c., p. 18.

[^k17-260]: L. c., pp. 42, 43, 44.

[^k17-t10]: (Nota de la traducción.) «Mal menor», «último recurso».

[^k17-261]: L. c., vol. II, p. 5.

[^k17-262]: «La tierra, para convertirse en elemento de la colonización, no solo tiene que estar sin cultivar, sino ser propiedad pública que pueda convertirse en propiedad privada». (L. c., vol. II, p. 125.)

[^k17-263]: L. c., vol. I, p. 247.

[^k17-264]: L. c., pp. 21-22.

[^k17-265]: L. c., vol. II, p. 116.

[^k17-266]: L. c., vol. I, p. 131.

[^k17-267]: L. c., vol. II, p. 5.

[^k17-268]: Merivale, l. c., vol. II, pp. 235-314 *passim*. Hasta el manso economista vulgar librecambista Molinari dice: «En las colonias donde se ha abolido la esclavitud sin que el trabajo forzado haya sido sustituido por una cantidad equivalente de trabajo libre, se ha visto producirse lo contrario de lo que sucede todos los días ante nuestros ojos. Se ha visto a los simples trabajadores explotar a su vez a los empresarios industriales, exigirles salarios fuera de toda proporción con la parte legítima que les correspondía en el producto. Los plantadores, al no poder obtener por su azúcar un precio suficiente para cubrir la subida de salarios, se han visto obligados a poner el excedente primero de sus ganancias y después de sus propios capitales. Multitud de plantadores se han arruinado de este modo; otros han cerrado sus talleres para escapar a una ruina inminente… Sin duda, más vale ver perecer acumulaciones de capitales que generaciones de hombres» (¡qué generoso el señor Molinari!), «pero ¿no valdría más que no perecieran ni unas ni otras?». (Molinari, l. c., pp. 51-52.) ¡Señor Molinari, señor Molinari! ¿Qué será de los diez mandamientos, de Moisés y los profetas, de la ley de la oferta y la demanda, si en Europa el *entrepreneur* puede recortar al obrero, y en las Indias Occidentales el obrero al *entrepreneur*, su *part légitime*? ¿Y qué es, si se puede saber, esa *part légitime* que, según confiesa usted mismo, el capitalista no paga cada día en Europa? Al señor Molinari le pica una enormidad el deseo de poner en marcha por medios de policía, allá en las colonias, donde los obreros son tan «simples» que «explotan» al capitalista, la ley de la oferta y la demanda, que en otras partes funciona automáticamente. (Nota de la traducción: donde dice «pp. 235-314 *passim*», la 4.ª ed. dice «pp. 235-237, 314 *passim*».)

[^k17-269]: Wakefield, l. c., vol. II, p. 52.

[^k17-270]: L. c., pp. 191-192.

[^k17-271]: L. c., vol. I, pp. 47, 246. (Nota de la traducción: donde dice «pp. 47, 246», la 4.ª ed. dice «pp. 24, 47, 246».)

[^k17-272]: «Es gracias, añadís, a la apropiación del suelo y de los capitales como el hombre que no tiene más que sus brazos encuentra ocupación y se procura un ingreso… Es, por el contrario, gracias a la apropiación individual del suelo como hay hombres que no tienen más que sus brazos… Cuando ponéis a un hombre en el vacío, os apoderáis de la atmósfera. Así hacéis cuando os apoderáis del suelo… Es ponerlo en el vacío de riquezas, para no dejarlo vivir más que a vuestra voluntad». (Colins, l. c., t. III, pp. 267-271 *passim*.)

[^k17-t11]: (Nota de la traducción.) «Todo irá del mejor modo en el mejor de los mundos posibles»: burla del optimismo leibniziano en el *Cándido* de Voltaire.

[^k17-273]: Wakefield, l. c., vol. II, p. 192.

[^k17-274]: L. c., p. 45.

[^k17-275]: En cuanto Australia pasó a ser su propio legislador, dictó, naturalmente, leyes favorables a los colonos, pero la dilapidación de la tierra ya consumada por los ingleses se lo impide. «El objetivo primero y principal al que apunta la nueva Land Act de 1862 es dar mayores facilidades para el asentamiento de la población». (*The Land Law of Victoria, by the Hon. G. Duffy, Minister of Public Lands*, Londres, 1862.)
