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Title: Cuarto informe anual del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores (1868)
Description: Informe redactado por Marx para el Congreso de Bruselas: las persecuciones de la Internacional por el Imperio francés, Bélgica y Prusia, sus progresos en Europa y en los Estados Unidos, y por qué solo un lazo internacional de la clase obrera puede asegurar su victoria.
Author: Karl Marx
Date: 1868-09-01
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1868%20Cuarto%20informe%20anual%20del%20Consejo%20General%20de%20la%20Asociaci%C3%B3n%20Internacional%20de%20los%20Trabajadores
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*Redactado por Karl Marx, aprobado por el Consejo General el 1 de septiembre de 1868 y leído en el Congreso de Bruselas; se publicó en francés en un suplemento de* Le Peuple belge* del 8 de septiembre de 1868 y en inglés en* The Times* del 9 de septiembre de 1868, con algunas diferencias. Traducido del texto alemán de Marx, según la copia manuscrita de Jenny Marx, en Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 16 (Berlín, 1962, pp. 318-323), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1868%20Vierter%20j%C3%A4hrlicher%20Bericht%20des%20Generalrats%20der%20Internationalen%20Arbeiterassoziation).*

El año 1867-1868 hace época en la Asociación Internacional de los Trabajadores. Tras un período de progreso tranquilo, su radio de acción ha crecido lo bastante para provocar amargas denuncias de las clases dominantes y persecuciones de los gobiernos. Ha entrado en la fase de la lucha.

El gobierno francés se puso, naturalmente, a la cabeza de la reacción contra la clase obrera. Ya el año pasado tuvimos que denunciar algunas de sus maniobras hostiles: interceptación de cartas, confiscación de nuestros Estatutos, retención en la frontera francesa de los documentos del Congreso de Ginebra. Estos últimos, reclamados largo tiempo en vano en París, solo se nos devolvieron finalmente bajo la presión oficial de lord Stanley, ministro británico de Asuntos Exteriores.[^1]

Este año, sin embargo, el Imperio se ha quitado del todo la máscara. Ha intentado abiertamente aniquilar la Asociación Internacional de los Trabajadores mediante su policía y sus tribunales. La dinastía de diciembre debe su existencia a la lucha de clases, cuya manifestación más grandiosa fue la insurrección de junio de 1848.[^2] Por eso tuvo que representar, alternativamente, los papeles de salvadora de la burguesía y de protectora patriarcal del proletariado. En cuanto el creciente poder de la Asociación Internacional de los Trabajadores se manifestó con claridad en las huelgas de Amiens, Roubaix, París, Ginebra, etc., el autoproclamado patrono de los obreros quedó reducido a la alternativa de apoderarse de nuestra sociedad o de suprimirla. Al principio no se pedía mucho. Un manifiesto que los delegados de París habían leído en el Congreso de Ginebra (1866) y publicado al año siguiente en Bruselas había sido confiscado en la frontera francesa. Cuando nuestro comité de París preguntó por los motivos de este atropello, el ministro Rouher[^3] invitó a un miembro del comité a una entrevista personal. En el curso de la reunión pidió primero que se suavizaran y modificaran algunos pasajes del manifiesto. Ante la negativa, replicó:

«Sin embargo, podríamos entendernos si ustedes introdujeran solo unas palabras de agradecimiento al emperador, que tanto ha hecho por la clase obrera.»

Esta delicada insinuación de Rouher, el vice-emperador, no encontró la comprensión esperada. Desde ese momento el régimen de diciembre acechó cualquier pretexto para acabar por la fuerza con la Asociación. Su despecho creció con la agitación antichovinista de nuestros miembros franceses tras la guerra entre Prusia y Austria.[^4] Poco después, cuando el pánico feniano alcanzaba su punto culminante en Inglaterra, el Consejo General de la A.I.T. dirigió al gobierno británico una petición en la que calificaba de asesinato judicial la inminente ejecución de los tres mártires de Manchester.[^5] Al mismo tiempo celebramos mítines públicos en Londres en defensa de los derechos de Irlanda. El gobierno francés, siempre ansioso por ganarse el favor de Inglaterra, consideró entonces llegado el momento de asestar un golpe a la A.I.T. a ambos lados del Canal. Durante la noche, su policía irrumpió en los domicilios de los miembros de nuestro comité de París, registró su correspondencia privada y proclamó a bombo y platillo en la prensa inglesa que por fin se había descubierto el centro de la conspiración feniana, y que uno de sus órganos principales era la A.I.T. ¡Mucho ruido y pocas nueces! La instrucción judicial, pese a toda su buena voluntad, no encontró ni sombra de un *corpus delicti*. Fracasado tan vergonzosamente el intento de convertir la A.I.T. en una sociedad secreta de conspiradores, se echó mano del primer subterfugio que se presentó. Se procesó al comité de París como sociedad no autorizada de más de veinte miembros. Los jueces franceses, adiestrados en la disciplina imperial, declararon naturalmente disuelta sin más la sociedad y condenaron a los miembros del comité a multa y prisión.[^6] Pero el tribunal cometió la ingenuidad de proclamar dos cosas en los considerandos de su sentencia: por una parte, el creciente poder de la A.I.T.; por otra, la incompatibilidad del Imperio de diciembre con la existencia de una sociedad obrera que trata seriamente la verdad, la justicia y la moral como sus principios rectores. Las consecuencias de estos hechos se dejaron sentir pronto en los departamentos, donde mezquinas persecuciones de las prefecturas siguieron de cerca a las condenas de París. Pero, en lugar de sucumbir a estas vejaciones del gobierno, la A.I.T. no hizo más que sacar de ellas nueva fuerza vital. Nada ha favorecido tanto su influencia en Francia como el haber obligado por fin al régimen de diciembre a romper abiertamente con la clase obrera.

En Bélgica nuestra sociedad puede jactarse de grandes progresos. Los propietarios de las minas de la cuenca de Charleroi, con vejaciones incesantes, empujaron a sus mineros del carbón al motín, para lanzar después la fuerza armada contra la multitud desarmada.[^7] En medio del pánico así provocado, la sección belga de la A.I.T. tomó en sus manos la causa de los mineros, denunció en la prensa y en mítines públicos su miserable situación económica, socorrió a las familias de los muertos y heridos y procuró asistencia judicial a los presos. Todos ellos acabaron siendo absueltos por el jurado. Desde los sucesos de Charleroi nuestro éxito en Bélgica quedó asegurado. Entretanto, el ministro de Justicia Jules Bara denunció a la A.I.T. en la Cámara de Diputados belga e hizo de su existencia el pretexto principal para renovar la ley de extranjeros. Llegó a amenazar con prohibir el Congreso de Bruselas. El gobierno belga debería comprender por fin que los Estados pequeños solo tienen ya en Europa una razón de existir: ser los asilos de la libertad.

En Italia la Asociación quedó paralizada por la reacción que siguió a la matanza de Mentana.[^8] Una de sus consecuencias inmediatas fueron las restricciones policiales del derecho de asociación y de reunión. Sin embargo, nuestra extensa correspondencia demuestra que la clase obrera italiana conquista cada vez más una individualidad independiente de todos los viejos partidos.

En Prusia la A.I.T. no puede existir legalmente, porque una ley prohíbe todo vínculo de las asociaciones obreras prusianas con sociedades extranjeras. Además, el gobierno pr[usiano] repite a escala mezquina la política bonapartista, por ejemplo en sus pleitos con la Asociación General de Trabajadores Alemanes. Siempre a punto de tirarse de los pelos entre sí, los gobiernos militares están siempre de acuerdo cuando se trata de una cruzada contra su enemigo común, la clase obrera.

Pese a todos los obstáculos legales, hace tiempo que pequeñas secciones dispersas por toda Alemania se agrupan en torno a nuestro comité de Ginebra.[^9]

En su último congreso, en Hamburgo, la Asociación General de Trabajadores Alemanes, extendida sobre todo por el norte de Alemania, decidió actuar de acuerdo con la A.I.T., aunque legalmente no pueda adherirse a ella de manera oficial. El próximo congreso de Núremberg, que representa a unas cien asociaciones obreras, pertenecientes sobre todo a la Alemania central y del sur, ha puesto en su orden del día la adhesión directa a la A.I.T.[^10] A petición de su comité directivo hemos enviado un delegado a Núremberg.

En Austria el movimiento obrero adquiere un carácter cada vez más marcado. Para comienzos de septiembre se convocó desde Viena un congreso para la fraternización de los obreros de las diversas nacionalidades del Imperio. Al mismo tiempo se publicó una carta de invitación a los ingleses y a los franceses en la que se proclamaban los principios de la A.I.T. Vuestro Consejo General ya había nombrado un delegado para Viena cuando el actual gabinete liberal austriaco, a punto de sucumbir a la reacción feudal, tuvo la clarividencia de granjearse también la enemistad de los obreros prohibiendo su congreso.

En las luchas de los obreros de la construcción de Ginebra estaba en juego, en cierto modo, la existencia de la A.I.T. en Suiza.[^11] Los patronos, en efecto, ponían como condición previa de todo compromiso que los obreros se dieran de baja de la A.I.T. Los obreros rechazaron resueltamente esta pretensión. Gracias a la ayuda que recibieron en la propia Suiza, y también, por medio de la A.I.T., de Francia, Inglaterra, Alemania y Bélgica, conquistaron finalmente una reducción de la jornada de trabajo y un aumento del salario. Profundamente arraigada ya en el suelo suizo, la A.I.T. se extendió entonces rápidamente. Entre otras cosas, el pasado otoño, en su congreso de Neuchâtel, cincuenta asociaciones alemanas de formación obrera, quizá las más antiguas de Europa, decidieron por unanimidad adherirse a la A.I.T.

En Inglaterra, el movimiento político, la disolución de los viejos partidos y la preparación de la próxima campaña electoral han absorbido a muchas de nuestras mejores fuerzas y, por tanto, han frenado nuestra propaganda.[^12] No obstante, hemos abierto una animada correspondencia con las *trade unions* de provincias. Una parte de ellas ha declarado ya su adhesión. Entre las nuevas adhesiones de Londres ocupan el primer lugar, por el número de sus miembros, las *trade unions* de los curtidores y de los zapateros de la City.

Vuestro Consejo General ha mantenido una relación constante con la Unión Nacional del Trabajo de los Estados Unidos.[^13] En su último congreso, en agosto de 1867, la Unión norteamericana votó el envío de un representante al Congreso de Bruselas de este año, pero, por falta de tiempo, no llegó a tomar las medidas necesarias para ejecutar el acuerdo.

La fuerza latente de la clase obrera norteamericana resplandece en la implantación legal de la jornada de ocho horas en los talleres públicos del gobierno federal y en la promulgación de una ley general de las ocho horas en ocho o nueve Estados de la Federación. Sin embargo, la clase obrera norteamericana libra en este momento, en Nueva York por ejemplo, una lucha desesperada contra el capital rebelde, que trata de frustrar la aplicación de la ley de las ocho horas con todos los grandes medios a su alcance. Este hecho demuestra que, aun en las condiciones políticas más favorables, todo éxito serio de la clase obrera depende de la madurez de la organización que adiestra y concentra sus fuerzas.

E incluso su organización nacional fracasa fácilmente por la falta de organización más allá de las fronteras del país, ya que todos los países compiten en el mercado mundial y, por tanto, se influyen recíprocamente. Solo un lazo internacional de la clase obrera puede asegurar su victoria definitiva. Fue esta necesidad la que creó la Asociación Internacional de los Trabajadores. No es la planta de invernadero de una secta o de una teoría. Es un producto natural del movimiento proletario, que a su vez brota de las tendencias normales e irresistibles de la sociedad moderna. Profundamente penetrada de la grandeza de su misión, la A.I.T. no se dejará intimidar ni extraviar. Su destino está en adelante indisolublemente entrelazado con el progreso histórico de la clase que lleva en su seno la regeneración de la humanidad.

Por el Consejo General:

*Robert Shaw*, presidente  
*J. George Eccarius*, secretario general

*Londres*, 1 de septiembre de 1868

[^1]: Edward Henry Stanley, decimoquinto conde de Derby (1826-1893), llamado lord Stanley hasta 1869, ministro de Asuntos Exteriores en los gobiernos conservadores de 1866-1868. Los documentos del Congreso de Ginebra (1866) habían sido confiscados por la policía francesa en la frontera.

[^2]: La «dinastía de diciembre» es la de Luis Bonaparte, que se hizo con el poder por el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851. La insurrección de los obreros de París en junio de 1848 fue aplastada por el general Cavaignac.

[^3]: Eugène Rouher (1814-1884), ministro de Napoleón III y principal figura de su gobierno en los años sesenta, a quien se llamaba el «vice-emperador».

[^4]: La guerra austro-prusiana de 1866.

[^5]: En noviembre de 1867 el Consejo General dirigió al ministro del Interior una petición de indulto para los fenianos William Allen, Michael Larkin y Michael O'Brien, condenados a muerte por un asalto a un furgón policial en Manchester en el que murió un policía; fueron ahorcados el 23 de noviembre de 1867. En la versión inglesa del informe, publicada en *The Times*, la frase dice que la petición pedía la conmutación de la pena y calificaba la condena de acto de venganza política.

[^6]: En 1868 el comité de París de la Internacional fue procesado dos veces por constituir una asociación no autorizada (el Código Penal francés castigaba toda asociación de más de veinte personas sin permiso del gobierno); sus miembros fueron condenados a multas y, en el segundo proceso, a tres meses de prisión.

[^7]: En la cuenca minera de Charleroi la tropa disparó contra los mineros en huelga en marzo de 1868 y causó varios muertos.

[^8]: En Mentana, el 3 de noviembre de 1867, las tropas pontificias y un cuerpo expedicionario francés derrotaron a los voluntarios de Garibaldi que marchaban sobre Roma.

[^9]: El comité de las secciones de lengua alemana de la Internacional en Ginebra, dirigido por Johann Philipp Becker, que publicaba el periódico *Der Vorbote*.

[^10]: El congreso de la Federación de Asociaciones Obreras Alemanas, dirigida por August Bebel y Wilhelm Liebknecht, se celebró en Núremberg del 5 al 7 de septiembre de 1868 y aprobó, por amplia mayoría, la adhesión a los principios de la Internacional.

[^11]: La huelga de los obreros de la construcción de Ginebra en la primavera de 1868.

[^12]: Las primeras elecciones generales tras la reforma electoral de 1867, celebradas a finales de 1868.

[^13]: La National Labor Union, fundada en Baltimore en 1866, primera federación obrera nacional de los Estados Unidos.
