---
Title: Las matanzas de Bélgica (1869)
Description: Mensaje del Consejo General de la Internacional, redactado por Marx, a los obreros de Europa y de los Estados Unidos sobre las matanzas de huelguistas en Seraing y Frameries: en el Estado modelo del constitucionalismo, la matanza anual de obreros es una institución.
Author: Karl Marx
Date: 1869-05-04
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1869%20Las%20matanzas%20de%20B%C3%A9lgica
---


*Redactado en inglés por Karl Marx y aprobado por el Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores el 4 de mayo de 1869; se imprimió como hoja volante en Londres. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 16 (Berlín, 1962, pp. 350-354), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1869%20Die%20belgischen%20Metzeleien).*

*A los obreros de Europa y de los Estados Unidos*

En Inglaterra apenas pasa una semana sin huelgas, y sin huelgas de grandes dimensiones. Si en tales ocasiones el gobierno soltara a sus soldados contra la clase obrera, este país de las huelgas pronto se convertiría en el país de las matanzas, pero no por mucho tiempo. Tras unas cuantas pruebas de fuerza física de este tipo, el poder actual desaparecería. En los Estados Unidos las huelgas también han aumentado sin cesar en número y en extensión durante los últimos años, y a veces han llegado a tomar el carácter de motines. Pero no se ha derramado sangre. En algunos de los grandes Estados militares del continente europeo, la era de las huelgas puede datarse desde el final de la guerra civil norteamericana. Pero tampoco allí se ha derramado sangre. Solo hay un país en el mundo civilizado donde toda huelga se aprovecha ávidamente, y con demasiado gusto, como pretexto para asesinar oficialmente a la clase obrera. Ese país singularmente dichoso es *Bélgica*, el Estado modelo del constitucionalismo continental, el cómodo y bien cercado pequeño paraíso del terrateniente, del capitalista y del cura. La Tierra no realiza su revolución anual con más seguridad que el gobierno belga su matanza anual de obreros. La matanza de este año solo se distingue de la del año pasado por el número más espantoso de víctimas, por las atrocidades más abominables de un ejército por lo demás ridículo, por el júbilo más ruidoso de la prensa clerical y capitalista y por la nulidad más desvergonzada del pretexto que alegan los matarifes del gobierno.

Está ya demostrado, incluso por los informes que la prensa capitalista publicó imprudentemente, que la huelga, perfectamente legal, de los pudeladores de las fundiciones de hierro Cockerill, en Seraing,[^1] solo se convirtió en motín por obra de un fuerte destacamento de caballería y de gendarmería lanzado de improviso sobre el lugar para provocar al pueblo. Del 9 al 12 de abril, estos valientes guerreros no solo se echaron sobre obreros indefensos con sables y bayonetas: mataron e hirieron sin distinción a transeúntes pacíficos, entraron por la fuerza en casas particulares y hasta se divirtieron lanzando repetidas cargas furiosas contra los viajeros encerrados en la estación de ferrocarril de Seraing. Pasados estos días de terror, se difundió el rumor de que el señor *Kamp*, alcalde de Seraing, era agente de la sociedad anónima Cockerill; de que el ministro belga del Interior, un tal señor *Pirmez*, era el mayor accionista de una mina de carbón vecina, también en huelga, y de que Su Alteza Real el príncipe de Flandes[^2] tenía invertidos 1.500.000 francos en las fábricas Cockerill. De ahí la conclusión, verdaderamente desconcertante, de que la matanza de Seraing fue una especie de golpe de Estado de las sociedades anónimas, tramado en secreto entre la casa Cockerill y el ministro belga del Interior con el simple fin de aterrorizar a sus subordinados descontentos. Sin embargo, esta calumnia quedó pronto refutada de modo contundente por los sucesos ocurridos después en el Borinage, una cuenca hullera donde el ministro belga del Interior, el susodicho señor *Pirmez*, no parece ser el capitalista principal. Cuando una huelga se extendió en esta cuenca a casi todos los mineros, se concentraron numerosas tropas que, en Frameries, abrieron su campaña con un fuego de fusilería que mató a nueve mineros e hirió gravemente a veinte. Tras este pequeño preludio heroico se proclamó la ley contra los motines —llamada cómicamente en francés *les sommations préalables*—[^3] y luego se siguió con la matanza.

Diversos políticos atribuyen estos hechos increíbles a móviles de alto patriotismo. Dicen que, mientras el gobierno belga negociaba con el vecino francés ciertas cuestiones delicadas,[^4] era deber del gobierno demostrar el heroísmo de su ejército. De ahí aquel astuto reparto de las fuerzas que demostró primero el empuje irresistiblemente impetuoso de la caballería belga en Seraing y luego la firmeza inquebrantable de la infantería belga en Frameries. Para infundir temor al extranjero, ¿qué medio más infalible que esas batallas caseras, imposibles de perder, y esos campos de batalla domésticos en los que los cientos de obreros muertos, mutilados y hechos prisioneros arrojan un resplandor tan glorioso sobre estos guerreros invulnerables, que salen hasta el último hombre con el pellejo intacto?

Otros políticos, en cambio, sospechan que los ministros belgas están vendidos a las Tullerías y que representan periódicamente estos terribles espectáculos de una parodia de guerra civil para dar a Luis Bonaparte un pretexto para salvar la sociedad en Bélgica como la salvó en Francia. Pero ¿se ha acusado alguna vez al ex gobernador Eyre de haber organizado la matanza de negros en Jamaica para arrebatar esa isla a Inglaterra y ponerla en manos de los Estados Unidos?[^5] Sin duda los ministros belgas son excelentes patriotas según el modelo de Eyre. Como él era el instrumento sin escrúpulos de los plantadores de las Indias Occidentales, así son ellos los instrumentos sin escrúpulos de los capitalistas belgas.

El capitalista belga se ha ganado buena fama en el mundo por su pasión excéntrica por lo que él llama la *libertad del trabajo* (*la liberté du travail*). Tan prendado está de la libertad de sus obreros, sin distinción de edad ni de sexo, de trabajar para él todas las horas de su vida, que siempre ha rechazado con la mayor indignación cualquier ley fabril que menoscabe esa libertad. La sola idea de que un vulgar obrero pudiera ser tan malvado como para aspirar a un fin más alto que enriquecer a su señor y amo, su superior natural, le hace estremecerse. No solo quiere que su obrero siga siendo un miserable siervo, agotado de trabajo y mal pagado, sino que, como todo esclavista, quiere que su obrero sea un siervo rastrero, sumiso, moralmente sojuzgado, religiosamente humilde y de corazón contrito. De ahí su furia demente contra las huelgas. Una huelga es para él una blasfemia, una rebelión de esclavos, la señal de un diluvio social. Revestid ahora a hombres así —crueles por cobardía— del poder del Estado, indiviso, incontrolado y, por tanto, absoluto, como ocurre de hecho en Bélgica, y ya no os asombraréis de que en un país semejante el sable, la bayoneta y el fusil se empleen como instrumentos legítimos y normales para hacer bajar los salarios y subir las ganancias. Pero ¿a qué otros fines podría servir realmente el ejército belga? Cuando, por mandato de la Europa oficial, Bélgica fue declarada país neutral, habría que haberle prohibido también, como es lógico, el costoso lujo de un ejército, salvo quizá un puñado de soldados de desfile indispensables para el teatro de marionetas real. Y, sin embargo, Bélgica mantiene dentro de sus 536 millas cuadradas de superficie[^6] un ejército permanente mayor que el del Reino Unido o el de los Estados Unidos. Los servicios de campaña de este ejército neutralizado se cuentan, por desgracia, por sus *razias* contra la clase obrera.

Se comprende fácilmente que la *Asociación Internacional de los Trabajadores* no fuera un huésped bienvenido en Bélgica. Excomulgada por el clero, calumniada por la prensa respetable, pronto entró en conflicto con el gobierno. Este hizo todo lo posible por librarse de ella, intentando hacerla responsable de las huelgas de las minas de carbón de Charleroi de 1867-1868, huelgas que, según la invariable regla belga, terminaron con matanzas oficiales y procesos contra las víctimas.[^7] No solo se frustró esta intriga del gobierno, sino que, gracias a las diligentes gestiones de la Asociación, todos los obreros acusados de Charleroi fueron declarados *inocentes* y, por consiguiente, *culpable* el gobierno belga. Furiosos por esta derrota, los ministros belgas desahogaron sus angustiados corazones con violentas denuncias contra la *Asociación Internacional de los Trabajadores* desde la tribuna de la Cámara de Diputados y declararon pomposamente que jamás permitirían que el congreso general de la Internacional se reuniera en Bruselas. Pese a esta amenaza, el congreso se celebró en Bruselas. Pero, al final, la *Internacional* va a sucumbir de todos modos a la omnipotencia belga de 536 millas cuadradas. Su complicidad punible en los últimos sucesos salta a la vista. Los emisarios del comité central de Bruselas para Bélgica y otros comités locales han sido convictos de diversos actos abominables. Han intentado apaciguar a los obreros en huelga y prevenirlos contra las trampas del gobierno. En algunas localidades llegaron incluso a evitar el derramamiento de sangre. Por último, estos emisarios de mal agüero hicieron observaciones sobre el terreno, las hicieron certificar por testigos oculares, levantaron cuidadosamente acta de ellas y denunciaron públicamente los caprichos sanguinarios de los defensores del orden. Mediante el simple procedimiento del encarcelamiento, los emisarios pasaron de acusadores a acusados. Después se asaltaron brutalmente los domicilios de los miembros del comité de Bruselas, se les incautaron los papeles y se detuvo a algunos de ellos bajo la acusación de pertenecer a una sociedad *«fundada con el fin de atentar contra la vida y la propiedad de las personas»*. En otras palabras: se les acusó de pertenecer a una *sociedad de thugs*[^8] llamada *Asociación Internacional de los Trabajadores*. Azuzado por los sermones capuchinos de los clericales y el aullido salvaje de la prensa capitalista, este gobierno enano y fanfarrón se esfuerza angustiado, después de revolcarse en un baño de sangre, por ahogarse en un mar de ridículo.

El comité central belga de Bruselas ha anunciado ya su intención de abrir una investigación completa sobre las matanzas de Seraing y del Borinage y de publicar su resultado. Difundiremos sus revelaciones en distintas lenguas por el mundo entero, para abrir los ojos del mundo sobre la fanfarronada favorita del capitalista belga: *La liberté, pour faire le tour du monde, n'a pas besoin de passer par ici* (Bélgica).[^9]

El gobierno belga, que tras las revoluciones de 1848-1849 obtuvo una prórroga de vida convirtiéndose en agente de policía política de los gobiernos reaccionarios del continente, se hace quizá la ilusión de que hoy podrá conjurar de nuevo el peligro que lo amenaza haciendo ostentosamente de gendarme del capital contra el trabajo. Es un gran error. En lugar de detener la catástrofe, no hará más que precipitarla. Al convertir a Bélgica en blanco de las burlas y en caricatura para las masas populares del mundo entero, hace desaparecer el último obstáculo que todavía se opone a los apetitos de los déspotas que quisieran borrar su nombre del mapa de Europa.

El Consejo General de la *Asociación Internacional de los Trabajadores* llama a los obreros de Europa y de los Estados Unidos a organizar colectas para aliviar los sufrimientos de las viudas, las mujeres y los hijos de las víctimas belgas, costear la defensa de los obreros acusados y apoyar la investigación que se propone el comité de Bruselas.

Por encargo del Consejo General de la Asociación  
Internacional de los Trabajadores:

*R. Applegarth*, presidente  
*R. Shaw*, secretario para América  
*Bernard*, secretario para Bélgica  
*Eugène Dupont*, secretario para Francia  
*Karl Marx*, secretario para Alemania  
*Jules Johannard*, secretario para Italia  
*A. Zabicki*, secretario para Polonia  
*H. Jung*, secretario para Suiza  
*Cowell Stepney*, tesorero  
*J. G. Eccarius*, secretario del Consejo General

Londres, 4 de mayo de 1869

Todos los donativos para las víctimas de las matanzas belgas deben enviarse a la oficina del Consejo General: 256, High Holborn, Londres, W. C.

[^1]: Las fundiciones y talleres de la Société John Cockerill, en Seraing, junto a Lieja, eran una de las mayores empresas siderúrgicas del continente. Los pudeladores, que transformaban el arrabio en hierro dulce en los hornos de pudelar, se declararon en huelga en abril de 1869; las tropas cargaron contra ellos los días 9 a 12 de abril. Pocos días después, en la cuenca hullera del Borinage, cerca de Mons, la tropa disparó contra los mineros en huelga en Frameries.

[^2]: Felipe de Bélgica, conde de Flandes (1837-1905), hermano del rey Leopoldo II.

[^3]: «Las intimaciones previas»: las advertencias que la ley exigía hacer a una aglomeración antes de dispersarla por la fuerza.

[^4]: En la primavera de 1869 Francia y Bélgica negociaban sobre la compra por compañías francesas de ferrocarriles belgas, que el gobierno belga había prohibido por ley; se temía que fuera un primer paso hacia la anexión de Bélgica por Napoleón III.

[^5]: Edward John Eyre (1815-1901), gobernador de Jamaica, reprimió en octubre de 1865 la rebelión de Morant Bay con cientos de ejecuciones y azotes; fue destituido, pero nunca condenado.

[^6]: Millas geográficas alemanas, de unos 7,4 km: en total, unos 29.500 km².

[^7]: En marzo de 1867 y en marzo de 1868 hubo huelgas en las minas de carbón de la cuenca de Charleroi; en 1868 la tropa disparó contra los huelguistas, y la sección belga de la Internacional organizó la ayuda a las víctimas y la defensa de los procesados.

[^8]: Miembros de una hermandad de salteadores y estranguladores de la India, que los británicos persiguieron en el siglo XIX.

[^9]: «La libertad, para dar la vuelta al mundo, no necesita pasar por aquí». Jactancia de los liberales belgas desde 1848: la revolución no tenía nada que hacer en Bélgica, porque la libertad ya reinaba en ella.
