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Title: La apología del emperador (1870)
Description: Engels desmonta el folleto en que Luis Napoleón explicaba su camino de Saarbrücken a Sedán: cifras que se contradicen, excusas de mal general y un emperador que deja que la regencia de París decida la marcha que llevó a la catástrofe.
Author: Friedrich Engels
Date: 1870-11-05
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1870%20La%20apolog%C3%ADa%20del%20emperador
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*Escrito en inglés por Friedrich Engels y publicado sin firma en* The Pall Mall Gazette*, núm. 1788, del 5 de noviembre de 1870. Traducido del original inglés según la transcripción del texto del periódico hecha por Tony Brown en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada párrafo a párrafo con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 17 (Berlín, 1962), págs. 161-166, por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen erratas evidentes de la transcripción, cotejadas con la versión alemana. Las notas son nuestras. [Texto original en inglés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1870%20The%20Emperor%E2%80%99s%20Apologia).*

Como otros grandes hombres caídos en desgracia, Luis Napoleón parece consciente de que debe al público una explicación de las causas que lo llevaron, muy en contra de su voluntad, de Saarbrücken a Sedán; y, en consecuencia, se nos ha puesto ahora en posesión de lo que pretende ser esa explicación suya[^1]. Como no hay ningún indicio, ni externo ni interno, que haga recaer sospecha alguna de falsedad sobre el documento, sino más bien al contrario, lo tomamos por ahora como auténtico. En realidad, estamos casi obligados a hacerlo por mera cortesía; pues si alguna vez hubo un documento que confirmara, en general y en el detalle, la visión de la guerra que ha sostenido *The Pall Mall Gazette*, es esta autojustificación imperial.

Luis Napoleón nos informa de que conocía perfectamente la gran superioridad numérica de los alemanes; de que esperaba contrarrestarla con una rápida invasión de la Alemania del Sur para obligar a este país a permanecer neutral y asegurarse, con un primer éxito, la alianza de Austria e Italia. Con este fin, había que concentrar 150.000 hombres en Metz, 100.000 en Estrasburgo y 50.000 en Châlons. Con los dos primeros, rápidamente concentrados, se cruzaría el Rin cerca de Karlsruhe, mientras los 50.000 hombres de Châlons avanzaban sobre Metz para oponerse a cualquier movimiento enemigo sobre el flanco y la retaguardia de las fuerzas que avanzaban. Pero este plan se evaporó en cuanto el emperador llegó a Metz. Solo encontró allí 100.000 hombres, en Estrasburgo no había más que 40.000, y las reservas de Canrobert estaban en cualquier parte y en todas partes salvo en Châlons, donde debían estar. Además, las tropas carecían de lo más necesario para una campaña: mochilas, tiendas, marmitas y utensilios de cocina. Encima, no se sabía nada del paradero del enemigo. En suma, la audaz y arrojada ofensiva se convirtió desde el principio mismo en una defensiva muy modesta.

Apenas habrá en todo esto nada nuevo para los lectores de *The Pall Mall Gazette*. Nuestras «Notas sobre la guerra» esbozaron el plan de ataque arriba expuesto como el más racional que podían seguir los franceses, y rastrearon las causas por las que hubo que abandonarlo[^2]. Pero hay un hecho, que fue la causa inmediata de sus primeras derrotas, del que el emperador no da cuenta: por qué dejó sus diversos cuerpos en la defectuosa posición de ataque pegada a la frontera, cuando hacía mucho que había renunciado al propósito de atacar. En cuanto a sus cifras, las criticaremos más adelante.

Las causas del hundimiento de la administración militar francesa el emperador las encuentra en

> «los defectos de nuestra organización militar tal como ha existido durante los últimos cincuenta años».

Pero no era, sin duda, la primera vez que esta organización se ponía a prueba. Había respondido bastante bien durante la guerra de Crimea. Produjo resultados brillantes al comienzo de la guerra de Italia, cuando se la presentaba en Inglaterra, no menos que en Alemania, como el modelo mismo de organización del ejército. Sin duda, ya entonces se le vieron muchas deficiencias. Pero entre entonces y ahora está esta diferencia: entonces funcionaba, y ahora no. Y el emperador no pretende dar cuenta de esta diferencia, que era justamente lo que había que explicar, pero que al mismo tiempo era el punto más delicado del Segundo Imperio, que había atascado las ruedas de esa organización con toda clase de corrupción y chanchullos.

Cuando el ejército en retirada llegó a Metz,

> «su fuerza efectiva se elevó a 140.000 hombres con la llegada del mariscal Canrobert con dos divisiones y la reserva».

Esta afirmación, comparada con el número de los que acaban de deponer las armas en Metz, nos obliga a examinar un poco más de cerca las cifras imperiales. El ejército de Estrasburgo había de componerse de los cuerpos de MacMahon, De Failly y Douay, en total diez divisiones, y debía contar 100.000 hombres; pero ahora se dice que no pasó de 40.000. Dejando del todo fuera de la cuenta las tres divisiones de Douay, aunque una de ellas acudió en ayuda de MacMahon en Woerth o después[^3], esto daría menos de 6.000 hombres por división (13 batallones), o apenas 430 hombres por batallón, aun sin contar un solo hombre de caballería o artillería. Ahora bien, con todo el crédito que estamos dispuestos a conceder al Segundo Imperio en materia de chanchullos y dilapidación, no podemos llegar a creer que hubiera noventa batallones en el ejército cuya fuerza efectiva, veinte días después del llamamiento de los reservistas y los hombres con licencia, fuera por término medio de 430 hombres en lugar de 900. En cuanto al ejército de Metz, comprendía, en la Guardia y diez divisiones de línea, 161 batallones; y si tomamos los 100.000 hombres que da el folleto como compuestos solo de infantería, sin dejar nada para la caballería o la artillería, aun así no daría más de 620 hombres por batallón, lo que sin duda está por debajo de la realidad. Y, aún más asombroso, después de la retirada a Metz este ejército se elevó a 140.000 hombres con la llegada de dos divisiones de Canrobert y las reservas. Los nuevos aportes consistieron, pues, en 40.000 hombres. Ahora bien, como las «reservas» que llegaron a Metz después de Spicheren solo podían consistir en caballería y artillería, pues la Guardia había llegado allí mucho antes, no pueden estimarse en más de 20.000 hombres, lo que deja otros 20.000 para las dos divisiones de Canrobert, que, para veinticinco batallones, daría 800 hombres por batallón; es decir, que según esta cuenta los batallones de Canrobert, que eran los menos preparados de todos, resultan mucho más fuertes que los que se habían concentrado y preparado mucho antes. Pero si el ejército de Metz, antes de las batallas del 14, el 16 y el 18 de agosto, contaba solo 140.000 hombres, ¿cómo es que, después de las bajas de esos tres días, ciertamente no menos de 50.000 hombres, después de las bajas de las salidas posteriores y de las muertes por enfermedad, Bazaine aún pudo entregar 173.000 prisioneros a los prusianos? Si hemos entrado en estas cifras es solo para mostrar que se contradicen entre sí y con todos los hechos conocidos de la campaña. Pueden descartarse en el acto como totalmente inexactas.

Además de la organización del ejército, hubo otras circunstancias que estorbaron el vuelo del águila imperial hacia la victoria. Hubo, en primer lugar, «el mal tiempo»; luego, «el estorbo de los bagajes»; y por último,

> «la ignorancia absoluta en que permanecimos siempre sobre la posición y la fuerza de los ejércitos enemigos».

Tres circunstancias muy contrarias, en efecto. Pero el mal tiempo lo hubo para las dos partes, pues en todas sus devotas referencias a la Providencia el rey Guillermo no ha mencionado ni una vez el hecho de que el sol brillara sobre las posiciones alemanas mientras la lluvia caía sobre las francesas. Tampoco iban los alemanes libres del estorbo de los bagajes. En cuanto a la ignorancia del paradero del enemigo, existe una carta de Napoleón a su hermano José, que se quejaba en España de la misma dificultad, y que es cualquier cosa menos halagüeña para los generales que formulan tales quejas. Dice que, si los generales ignoran el paradero del enemigo, es por culpa suya, y prueba que no entienden su oficio. Leyendo estas excusas de un mal generalato, uno duda a veces de si este folleto está escrito de verdad para personas mayores.

El relato del papel desempeñado por el propio Luis Napoleón no agradará mucho a sus amigos. Después de las batallas de Woerth y Spicheren, «resolvió inmediatamente llevar de nuevo el ejército al campamento de Châlons». Pero este plan, aunque al principio lo aprobó el Consejo de Ministros, dos días después se consideró que podía «producir un efecto deplorable en la opinión pública»; y, al recibir una carta del señor E. Ollivier (!)[^4] en este sentido, el emperador lo abandonó. Lleva el ejército a la orilla izquierda del Mosela y luego, «sin prever una batalla general y esperando solo combates parciales», lo deja para ir a Châlons. Apenas se ha marchado cuando se libran las batallas del 16 y el 18 de agosto y encierran en Metz a Bazaine y su ejército. Entretanto, la emperatriz y el ministerio, excediéndose en sus atribuciones y a espaldas del emperador, convocan la Cámara; y con la reunión de esa corporación eminentemente poderosa, el Cuerpo Legislativo de los arcadianos[^5], quedó sellada la suerte del Imperio. La oposición (eran veinticinco, ya se sabe) se volvió omnipotente y «paralizó el patriotismo de la mayoría y la marcha del Gobierno»; y ese Gobierno, como todos recordamos, no era el del untuoso Ollivier, sino el del rudo Palikao.

> «Desde entonces los ministros parecieron tener miedo de pronunciar el nombre del emperador; y él, que había dejado el ejército y solo había renunciado al mando para volver a tomar las riendas del gobierno, pronto descubrió que le sería imposible desempeñar el papel que le correspondía.»

En realidad, se le hizo ver que estaba virtualmente depuesto, que se había vuelto imposible. La mayoría de la gente con algún respeto por sí misma habría abdicado en esas circunstancias. Pero no; su irresolución, por emplear la expresión más suave posible, continúa, y sigue al ejército de MacMahon, mero estorbo, impotente para hacer el bien, pero no para impedir que se haga. El Gobierno de París insiste en que MacMahon haga un movimiento para socorrer a Bazaine. MacMahon se niega, pues eso equivaldría a meter su ejército en las fauces de la perdición; Palikao insiste.

> «En cuanto al emperador, no hizo ninguna oposición. No podía entrar en sus miras oponerse al parecer del Gobierno y de la emperatriz regente, que había mostrado tanta inteligencia y energía en medio de las mayores dificultades.»

¡Admiramos la mansedumbre del hombre que durante veinte años había sostenido que la sumisión a su voluntad individual era el único camino de salvación para Francia, y que ahora, cuando «se impone desde París un plan de campaña contrario a los principios más elementales del arte de la guerra», no hace ninguna oposición, porque nunca podía entrar en sus miras oponerse al parecer de la emperatriz regente, que había, etcétera, etcétera!

La descripción del estado del ejército con que se emprendió esta marcha fatal confirma exactamente, en todos sus puntos, la estimación que hicimos de él en su momento. Solo tiene un rasgo que la redima. El cuerpo de De Failly, durante su retirada a marchas forzadas, se las había arreglado al menos para perder sin combatir «casi todos sus bagajes»; pero el cuerpo no parece haber apreciado esta ventaja.

El ejército había ido a Reims el 21 de agosto. El 23 avanzó hasta el río Suippe, en Bétheniville, en el camino directo de Verdún y Metz. Pero las dificultades de intendencia obligaron a MacMahon a volver sin demora a una línea férrea; en consecuencia, el 24 se hace un movimiento hacia la izquierda y se llega a Rethel. Allí se pasa todo el día 25 distribuyendo víveres a las tropas. El 26 el cuartel general va a Tourteron, doce millas más al este; el 27, a Le Chesne-Populeux, otras seis millas. Allí MacMahon, al descubrir que ocho cuerpos de ejército alemanes lo estaban rodeando, dio orden de retirarse de nuevo hacia el oeste; pero durante la noche llegaron de París órdenes terminantes de que marchara sobre Metz.

> «Sin duda, el emperador podría haber revocado esta orden, pero estaba resuelto a no oponerse a la decisión de la regencia.»

Esta virtuosa resignación obligó a MacMahon a obedecer; y así llegó el 28 a Stonne, seis millas más al este. Pero «estas órdenes y contraórdenes ocasionaron retrasos en los movimientos».

Entretanto,

> «el ejército prusiano había hecho marchas forzadas, mientras que nosotros, estorbados por los bagajes [¡otra vez!], habíamos empleado seis días con tropas fatigadas en recorrer veinticinco leguas».

Luego vinieron las batallas del 30 y el 31 de agosto y el 1 de septiembre, y la catástrofe, que se narra con mucho detalle, pero sin dar ningún pormenor nuevo. Y luego viene la moraleja que hay que sacar de ello:

> «Ciertamente la lucha era desproporcionada; pero se habría sostenido más tiempo y habría sido menos desastrosa para nuestras armas si las operaciones militares no se hubieran subordinado sin cesar a las consideraciones políticas.»

Es el destino del Segundo Imperio y de todo lo relacionado con él caer sin que nadie lo compadezca. La conmiseración, que es lo menos que corresponde a las grandes desgracias, no parece, por una razón o por otra, extenderse a él. Hasta el «honneur au courage malheureux» [honor al valor desdichado], que hoy no puede usarse en francés sin cierta ironía, parece negársele. Dudamos que, en estas circunstancias, Napoleón saque mucho provecho de un documento según el cual su eminente visión estratégica queda anulada en todos los casos por órdenes absurdas, dictadas por motivos políticos, del Gobierno de París, mientras que su poder de revocar esas órdenes absurdas queda anulado a su vez por su ilimitado respeto a la regencia de la emperatriz. Lo mejor que puede decirse de este folleto, extraordinariamente cojo, es que reconoce cuán necesariamente han de ir mal las cosas en la guerra «si las operaciones militares se subordinan sin cesar a las consideraciones políticas».

[^1]: El folleto anónimo *Des causes qui ont amené la capitulation de Sedan, par un officier attaché à l'état-major général* (Bruselas, 1870), atribuido a Napoleón III, prisionero entonces en Wilhelmshöhe; los pasajes que cita Engels los traducimos de su versión inglesa.

[^2]: Véanse [«Notas sobre la guerra, II»](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1870%20Notas%20sobre%20la%20guerra%2C%20II) y [«Notas sobre la guerra, IV»](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1870%20Notas%20sobre%20la%20guerra%2C%20IV).

[^3]: Las batallas de Woerth (o Froeschwiller) y de Spicheren (o Forbach), ambas del 6 de agosto de 1870. El 1.er cuerpo era el de MacMahon; el 5.º, el de De Failly; el 7.º, el del general Félix Douay.

[^4]: Émile Ollivier (1825-1913), antiguo republicano pasado al Imperio, jefe del Gobierno desde enero de 1870 hasta su caída, el 9 de agosto de 1870.

[^5]: Los «arcadianos», la extrema derecha bonapartista del Cuerpo Legislativo, llamada así por el círculo de la calle de l'Arcade donde se reunía.
