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Title: La suerte de Metz (1870)
Description: Engels sopesa la fuerza de Metz como fortaleza, los primeros signos de desánimo en el ejército de Bazaine y las consecuencias que tendría su rendición, militarmente más graves para Francia que la caída de París.
Author: Friedrich Engels
Date: 1870-10-17
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1870%20La%20suerte%20de%20Metz
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*Escrito en inglés por Friedrich Engels y publicado sin firma en* The Pall Mall Gazette*, núm. 1771, del 17 de octubre de 1870. Traducido del original inglés según la transcripción del texto del periódico hecha por Tony Brown en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada párrafo a párrafo con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 17 (Berlín, 1962), págs. 137-140, por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen erratas evidentes de la transcripción, cotejadas con la versión alemana. Las notas son nuestras. [Texto original en inglés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1870%20The%20Fate%20of%20Metz).*

Si hemos de creer las noticias de Berlín, el estado mayor prusiano parece contar con que París será conquistado antes que Metz. Pero esta opinión se funda a todas luces tanto en razonamientos políticos como militares. Los disturbios dentro de París que el conde Bismarck viene esperando no han empezado todavía; pero se cuenta con que la discordia y la guerra civil estallarán sin falta en cuanto los grandes cañones de los sitiadores empiecen a tronar sobre la ciudad. Hasta ahora los parisienses han desmentido la opinión que de ellos se tiene en el cuartel general alemán, y puede que lo hagan hasta el final. Si es así, la idea de que París será tomado a fines de este mes resultará casi con toda seguridad ilusoria, y puede que Metz tenga que rendirse antes que París.

Metz, como mera fortaleza, es infinitamente más fuerte que París. Esta ciudad está fortificada en el supuesto de que todo el ejército francés derrotado, o al menos la mayor parte de él, se retire sobre ella y lleve la defensa mediante ataques constantes contra el enemigo, cuyos intentos de cercar la plaza lo debilitan necesariamente en todos los puntos de la larga línea que tiene que ocupar. La fuerza defensiva de las obras no es, por tanto, muy grande, y con mucha razón. Prever un caso como el que ahora se ha producido por los desatinos de la estrategia bonapartista habría elevado el coste de las fortificaciones a una suma inmensa; y el tiempo que con ello habría podido prolongarse la defensa apenas llegaría a quince días. Además, con obras de tierra levantadas durante el sitio o antes de él pueden reforzarse considerablemente las obras. Con Metz el caso es muy distinto. Cormontaigne[^1] y otros grandes ingenieros del siglo pasado legaron Metz a la generación actual como una fortaleza muy fuerte, fuerte en sus obras defensivas. El Segundo Imperio añadió a estas un círculo de siete fuertes destacados muy grandes, a distancias de dos millas y media a tres del centro de la ciudad, para ponerla a salvo de un bombardeo aun con cañones rayados y transformar el conjunto en un gran campo atrincherado que solo cede ante París. Un sitio de Metz sería, pues, una operación muy larga aunque la ciudad no tuviera más que su guarnición normal de guerra. Pero un sitio frente a los 100.000 hombres que se cobijan ahora bajo sus fuertes sería casi imposible. La zona en que los franceses son todavía dueños se extiende hasta dos millas largas más allá de la línea de los fuertes; rechazarlos hasta la línea de los fuertes, para conquistar el terreno donde habría que abrir las trincheras, exigiría una serie de combates cuerpo a cuerpo como solo se vieron ante Sebastopol; y, suponiendo que la guarnición no se desmoralizara con sus constantes combates ni los sitiadores se cansaran de semejante sacrificio de vidas, la lucha podría durar muchos meses. Por eso los alemanes no han intentado nunca un sitio en regla, sino que tratan de rendir la plaza por hambre. Un ejército de 100.000 hombres, sumado a una población de casi 60.000 y a la cantidad de campesinos que se han refugiado tras los fuertes, tiene que agotar tarde o temprano las existencias de víveres si el bloqueo se mantiene con rigor; y, aun antes de que eso ocurra, lo probable es que la desmoralización de la guarnición obligue a la rendición. Cuando un ejército se encuentra completamente encerrado, inútiles todos sus intentos de romper el círculo que lo cerca, cortada toda esperanza de socorro de fuera, hasta el mejor ejército pierde poco a poco su disciplina y su cohesión bajo sufrimientos, privaciones, trabajos y peligros que no parecen servir a otro fin que mantener el honor de la bandera.

Hace tiempo que buscamos en vano síntomas de esa desmoralización. Las existencias de víveres dentro de la ciudad han sido mucho más considerables de lo que se suponía, y así el ejército de Metz lo ha pasado bastante bien. Pero las provisiones, si abundantes, debían de estar mal surtidas; lo cual es muy natural, pues eran suministros sueltos para el ejército, dejados en la ciudad por casualidad y nunca destinados al fin al que ahora tienen que servir. La consecuencia es que la alimentación de los soldados, a la larga, no solo se vuelve distinta de aquella a la que están acostumbrados, sino positivamente anormal, y produce enfermedades de diversas clases y de gravedad creciente día a día, pues las causas de estas enfermedades actúan cada día con más fuerza. Esta fase del bloqueo parece haberse alcanzado ya. Entre los artículos que escasean en Metz están el pan, el principal alimento ordinario de los campesinos franceses, y la sal. Esta es absolutamente indispensable para mantener la salud; y como el pan es casi la única forma en que los franceses toman fécula como alimento que produce grasa, en este caso puede decirse lo mismo de él. La necesidad de alimentar a los soldados y a los habitantes principalmente con carne ha producido, según se dice, disentería y escorbuto. Sin fiarnos demasiado de los informes de desertores, que suelen decir lo que creen que agradará a quienes los capturan, podemos creer, con todo, que es así, pues es justo lo que tiene que ocurrir en esas circunstancias. Que con ello las probabilidades de desmoralización tienen que aumentar rápidamente es cosa evidente.

El muy capaz corresponsal del *Daily News* ante Metz afirma, en su descripción de la salida de Bazaine del 7 de octubre, que, después de que los franceses se hubieran establecido en las aldeas situadas al norte del fuerte de Saint-Eloy (al norte de Metz, en el valle del Mosela), una masa de al menos 30.000 de ellos se formó más a su derecha, junto al río, y avanzó contra los alemanes. Esta columna, o grupo de columnas, tenía evidentemente la misión de romper el círculo del cerco. Esta tarea exigía la máxima determinación. Tendrían que marchar derechos contra un semicírculo de tropas y baterías que concentraban su fuego sobre ellos; la violencia de ese fuego aumentaría hasta el momento del contacto efectivo con las masas enemigas, y entonces, si conseguían desbaratarlas, disminuiría en el acto considerablemente, mientras que, si tenían que retirarse, tendrían que sufrir por segunda vez el mismo fuego cruzado. Esto tenían que saberlo los hombres; y, además, Bazaine emplearía para este esfuerzo supremo sus mejores tropas. Y, sin embargo, se nos dice que ni siquiera llegaron a ponerse a tiro de fusil de las masas alemanas. Antes de llegar al punto crítico, el fuego de la artillería y de la línea de tiradores había deshecho su cohesión: «las densas columnas primero vacilaron y luego se rompieron».

Es la primera vez en esta guerra que oímos tales cosas de los hombres que supieron arrostrar bastante bien el frío acero y el fuego vivo en Vionville, en Gravelotte[^2] y en las últimas salidas. Esta incapacidad de intentar siquiera a fondo la tarea que se les encomendó parece mostrar que el ejército de Metz ya no es lo que era. Parece indicar, todavía no desmoralización, pero sí desánimo y desesperanza: la sensación de que no vale la pena intentarlo. De ahí a la desmoralización declarada no hay muchos pasos, sobre todo con soldados franceses. Y aunque sería prematuro predecir por estos indicios la pronta caída de Metz, será sorprendente que no descubramos pronto más síntomas que anuncien que la defensa decae.

La rendición de Metz tendría sobre el curso de la guerra una influencia moral mucho menor, pero una influencia material mucho mayor, que la caída de París. Si París es tomado, puede que Francia ceda, pero no está más obligada a hacerlo que ahora. Porque la mayor parte, con mucho, de las tropas que ahora cercan París harían falta para ocupar la ciudad y sus alrededores, y es más que dudoso que pudieran sobrar hombres suficientes para avanzar hasta Burdeos. Pero, si Metz capitulara, quedarían libres más de 200.000 alemanes, y un ejército así, en el estado actual de las fuerzas francesas en campaña, bastaría con creces para ir adonde quisiera por campo abierto y hacer allí lo que quisiera. El avance de la ocupación, detenido por los dos grandes campos atrincherados, se reanudaría en el acto, y cualquier intento de guerra de guerrillas, que ahora podría ser muy eficaz, sería entonces pronto aplastado.

[^1]: Louis de Cormontaigne (1695-1752), ingeniero militar francés, que reforzó las fortificaciones de Metz.

[^2]: Las batallas de Vionville-Mars-la-Tour (16 de agosto de 1870) y de Gravelotte-Saint-Privat (18 de agosto), tras las cuales el ejército de Bazaine quedó encerrado en Metz.
