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Title: Las capitales fortificadas (1870)
Description: La guerra da la razón a la fortificación de París: dos meses de resistencia después de perdidos los ejércitos, tiempo para formar nuevas tropas y para que la política europea (la cuestión de Oriente) cambie el curso de la guerra.
Author: Friedrich Engels
Date: 1870-11-21
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1870%20Las%20capitales%20fortificadas
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*Escrito en inglés por Friedrich Engels y publicado sin firma en* The Pall Mall Gazette*, núm. 1801, del 21 de noviembre de 1870. Traducido del original inglés según la transcripción del texto del periódico hecha por Tony Brown en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada párrafo a párrafo con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 17 (Berlín, 1962), págs. 176-179, por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen erratas evidentes de la transcripción, cotejadas con la versión alemana. Las notas son nuestras. [Texto original en inglés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1870%20Fortified%20Capitals).*

Si hay alguna cuestión militar que pueda decirse que la experiencia de la presente guerra ha zanjado definitivamente, es la de la conveniencia de fortificar la capital de un gran Estado. Desde el día en que se resolvió fortificar París[^1], la polémica sobre la utilidad o inutilidad, e incluso sobre la posibilidad de defender una fortaleza tan vasta, no ha cesado en la literatura militar de todos los países. Nada podía zanjarla salvo la experiencia práctica: el sitio efectivo de París, la única capital fortificada que existe; y aunque el sitio propiamente dicho de París no ha empezado todavía, las fortificaciones de París han prestado ya a Francia servicios tan inmensos que la cuestión está como quien dice decidida a su favor.

La peligrosa proximidad de París a la frontera nordeste de Francia, frontera además desprovista por completo de toda línea defendible, sea de río o de montañas, llevó, en primer lugar, a la conquista de las tierras fronterizas más cercanas; en segundo lugar, a la construcción de un triple cinturón de fortalezas que va del Rin al mar del Norte; y, en tercer lugar, a ese continuo anhelo de toda la orilla izquierda del Rin que ha acabado por llevar a Francia a su situación actual. Las conquistas fueron recortadas y delimitadas por los tratados de 1814 y 1815; las dos invasiones de esos mismos años probaron que las fortalezas eran poco menos que inútiles y del todo incapaces de detener a grandes ejércitos; por último, los gritos por el Rin fueron acallados por un tiempo, en 1840, por una coalición europea contra Francia[^2]. Fue entonces cuando Francia, como correspondía a una gran nación, intentó contrapesar la peligrosa posición de París con el único medio a su alcance: fortificándolo.

En la presente guerra, Francia estaba cubierta por su lado más vulnerable por la neutralidad de Bélgica. Aun así, bastó un solo y breve mes para expulsar del campo de batalla a todas sus fuerzas organizadas. La mitad se había rendido prisionera; la otra estaba encerrada sin remedio en Metz, y su rendición era solo cuestión de semanas. En circunstancias normales, la guerra habría terminado. Los alemanes habrían ocupado París y tanto del resto de Francia como hubieran querido, y después de la capitulación de Metz, si no antes, se habría concluido la paz. Francia tiene casi todas sus fortalezas cerca de la frontera: una vez roto este cinturón de ciudades fortificadas en un frente bastante ancho para tener libertad de movimientos, podrían desatenderse las demás fortalezas de la frontera o de la costa y ocuparse todo el centro del país, tras lo cual sería fácil obligar a rendirse una tras otra a las fortalezas fronterizas. Incluso para la guerra de guerrillas son necesarias en los países cultivados fortalezas en el interior, como centros seguros de retirada. En la guerra de la Independencia española, la resistencia popular de los españoles fue posible sobre todo gracias a las fortalezas. Los franceses, en 1809, expulsaron de España a las tropas inglesas de sir John Moore[^3]; vencieron en todas partes en campo abierto y, sin embargo, nunca conquistaron el país. El ejército angloportugués, relativamente pequeño, no habría podido hacerles frente a su reaparición de no haber sido por las innumerables bandas armadas españolas que, fácilmente derrotadas en batalla abierta, infestaban los flancos y la retaguardia de cada columna francesa e inmovilizaban la mayor parte, con mucho, del ejército invasor. Y esas bandas no habrían podido sostenerse mucho tiempo de no haber sido por el gran número de fortalezas que había en el país; fortalezas en su mayoría pequeñas y anticuadas, pero que exigían aun así un sitio en regla para reducirlas, y que eran por tanto refugios seguros para esas bandas cuando se las atacaba en campo abierto. Como en Francia faltan esas fortalezas, ni siquiera una guerra de guerrillas podría ser nunca muy temible allí, a menos que hubiera otras circunstancias que suplieran su falta. Y una de esas circunstancias es la fortificación de París.

El 2 de septiembre capituló el último ejército francés en campaña. Y hoy, 21 de noviembre, casi once semanas después, casi la mitad de todas las tropas alemanas que hay en Francia sigue inmovilizada alrededor de París, mientras la mayor parte del resto se envía a toda prisa desde Metz para proteger el cerco de París contra un Ejército del Loira de nueva formación, un ejército que, cualquiera que sea su valor, ni siquiera habría podido llegar a existir de no haber sido por las fortificaciones de París. Estas fortificaciones llevan cercadas justo dos meses, y los preparativos para abrir el sitio en regla aún no han terminado; es decir, el sitio de una fortaleza del tamaño de París, aunque no la defiendan más que nuevas levas y una población resuelta, solo puede empezar cuando el de una fortaleza corriente haría mucho que habría concluido con éxito. Los hechos han probado que una ciudad de dos millones de habitantes puede abastecerse casi con más facilidad que una fortaleza más pequeña que ejerza menos atracción central sobre los productos de la comarca circundante; pues, aunque el abastecimiento de París no se emprendió en serio hasta después del 4 de septiembre, es decir, solo quince días antes de que se completara el cerco, París aún no ha sido reducido por hambre tras nueve semanas de bloqueo. En efecto, los ejércitos de Francia resistieron solo un mes; París ha resistido ya dos meses y todavía inmoviliza al grueso de los invasores. Sin duda es más de lo que jamás hizo antes una fortaleza, y compensa con creces el gasto de las obras. Y no debemos olvidar lo que ya hemos señalado más de una vez: que la defensa de París se lleva esta vez en condiciones del todo anormales, porque tiene que arreglárselas sin un ejército activo de campaña. ¿Qué sería esa resistencia, cuánto habría retrasado, si no impedido del todo, el cerco, cuántos hombres más de los ejércitos invasores habría inmovilizado alrededor de París, si el ejército de MacMahon hubiera ido a la capital en lugar de a Sedán?

Pero esto no es todo. La defensa de París no solo ha dado a Francia dos meses de respiro, que en circunstancias menos desastrosas habrían sido inapreciables y aún pueden resultarlo, sino que le ha dado también el beneficio de cuantas oportunidades puedan traer los cambios políticos durante el sitio. Podemos decir cuanto queramos que París es una fortaleza como cualquier otra, pero el hecho es que el sitio efectivo de una plaza como París producirá en todo el mundo mucha más agitación que cien sitios de plazas menores. Sean las leyes de la guerra las que sean, nuestra conciencia moderna se niega a consentir que París sea tratado como lo fue Estrasburgo. En tales circunstancias, puede contarse con bastante seguridad con que los neutrales intenten una mediación; es casi seguro que surjan recelos políticos contra el conquistador antes de que la plaza esté completamente reducida; en suma, una operación de la magnitud y la duración del sitio de París tiene tantas probabilidades de decidirse en el gabinete de alguna potencia no combatiente, mediante alianzas y contraalianzas, como en las trincheras por las baterías de desmonte y de brecha. Quizá estemos a punto de presenciar un ejemplo de ello. No es imposible que la repentina irrupción en Europa de la cuestión de Oriente[^4] haga por París lo que no puede hacer el Ejército del Loira: salvarlo de la rendición y liberarlo del bloqueo. Si, como es muy de temer, Prusia no pudiera lavarse de la complicidad, en el grado que sea, con Rusia, y si Europa está resuelta a no tolerar el quebrantamiento de la palabra dada por parte de Rusia, entonces es de la mayor importancia que Francia no quede completamente postrada y que París no caiga en manos de los prusianos. Es, por tanto, absolutamente necesario obligar a Prusia a declararse en el acto categóricamente y, si intenta andarse con evasivas, tomar en el acto medidas para reforzar las esperanzas y la resistencia de París. Treinta mil soldados británicos desembarcados en Cherburgo o en Brest serían un ingrediente que, sumado al Ejército del Loira, le daría una firmeza desconocida hasta ahora. La infantería británica, por su extraordinaria solidez, e incluso por su defecto correspondiente, su torpeza en los movimientos de infantería ligera, es especialmente apta para dar así firmeza a levas de nueva formación; cumplió admirablemente esa tarea en España, con Wellington; cumplió una tarea parecida en todas las guerras de la India con respecto a las tropas indígenas, menos de fiar. En tales circunstancias, la influencia de un cuerpo de ejército británico así excedería con mucho la que correspondería a su mero número, como de hecho ha ocurrido siempre que un cuerpo de ejército británico se ha empleado de este modo. Un par de divisiones italianas lanzadas hacia Lyon y el valle del Saona, como vanguardia de un ejército italiano, atraerían pronto al príncipe Federico Carlos; está además Austria; están los reinos escandinavos, para amenazar a Prusia en otros frentes y atraer a sus tropas; el propio París, al recibir tales noticias, soportaría sin duda casi cualquier grado de hambre antes que rendirse (y pan parece que hay de sobra); y así las fortificaciones de la ciudad podrían realmente, aun en su apurada situación actual, salvar el país al haberle permitido resistir hasta que llegara la ayuda.

[^1]: Las fortificaciones de París, el recinto continuo y los fuertes destacados, se emprendieron en 1840 por iniciativa de Thiers, se aprobaron por ley en 1841 y se terminaron hacia 1845.

[^2]: En la crisis de Oriente de 1840, el tratado de Londres del 15 de julio, firmado por Gran Bretaña, Rusia, Austria y Prusia sin Francia, dejó aislado al gobierno de Thiers, que había respaldado a Mehmet Alí de Egipto; en Francia se alzaron entonces voces que reclamaban el Rin.

[^3]: Sir John Moore (1761-1809), general británico, muerto en la batalla de La Coruña, tras la cual sus tropas se reembarcaron.

[^4]: El 31 de octubre de 1870 el canciller ruso Gorchakov anunció en una circular que Rusia dejaba de considerarse obligada por las cláusulas del tratado de París de 1856 que neutralizaban el mar Negro.
