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Title: Los combates en Francia (1870)
Description: Engels denuncia las represalias alemanas contra la resistencia popular francesa (aldeas incendiadas, fusilamientos sumarios) y recuerda a Prusia su propia ley del Landsturm de 1813, escrita por Scharnhorst con el ejemplo de la resistencia española.
Author: Friedrich Engels
Date: 1870-11-11
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1870%20Los%20combates%20en%20Francia
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*Escrito en inglés por Friedrich Engels y publicado sin firma en* The Pall Mall Gazette*, núm. 1795, del 11 de noviembre de 1870. Traducido del original inglés según la transcripción del texto del periódico hecha por Tony Brown en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada párrafo a párrafo con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 17 (Berlín, 1962), págs. 167-171, por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen erratas evidentes de la transcripción, cotejadas con la versión alemana. Las notas son nuestras. [Texto original en inglés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1870%20The%20Fighting%20in%20France).*

Durante las seis primeras semanas de la guerra, mientras las victorias alemanas se sucedían rápidamente, mientras la fuerza expansiva de los invasores aún no se había agotado más que en parte y mientras aún había ejércitos franceses en campaña que oponerles, la contienda siguió siendo, en términos generales, una contienda entre ejércitos. La población de los distritos invadidos tomó poca parte en los combates. Es cierto que una docena o así de campesinos alsacianos fueron juzgados en consejo de guerra y fusilados por participar en batallas o por mutilar a los heridos; pero una tragedia como la de Bazeilles fue una completa excepción[^1]. Nada lo prueba mejor que la inmensa impresión que causó y la ardiente polémica que se sostuvo en la prensa sobre hasta qué punto estaba justificado o no el trato dado a esa aldea. Si fuera aconsejable reabrir esa polémica, podríamos probar, con el testimonio de testigos presenciales irrecusables, que vecinos de Bazeilles cayeron efectivamente sobre los heridos bávaros, los maltrataron y los arrojaron a las llamas de casas incendiadas por las granadas; y que, a consecuencia de ello, el general Von der Tann dio la estúpida y bárbara orden de destruir todo el lugar; estúpida y bárbara sobre todo porque significaba prender fuego a casas en las que yacían por centenares sus propios heridos. Pero, en todo caso, Bazeilles fue destruida en el calor de la batalla y en la contienda más exasperante de todas, la de la lucha en las casas y las calles, donde hay que actuar en el acto según los informes y tomar decisiones al momento, y donde no hay tiempo de cribar las pruebas ni de oír a las dos partes.

Durante las últimas seis semanas, el carácter de la guerra ha experimentado un cambio notable. Los ejércitos regulares de Francia han desaparecido; la contienda la sostienen levas cuya misma bisoñez las hace más o menos irregulares. Dondequiera que intentan salir en masa a campo abierto, se las derrota fácilmente; dondequiera que combaten al abrigo de aldeas y ciudades con barricadas y aspilleras, descubren que pueden ofrecer una resistencia seria. Las animan a esta clase de lucha, a las sorpresas nocturnas y otros golpes de la guerra menuda, las proclamas y órdenes del Gobierno, que manda además a la población del distrito en que operan que las apoye de todas las maneras. Esta resistencia sería fácil de sofocar si el enemigo dispusiera de fuerzas suficientes para ocupar todo el país. Pero hasta la rendición de Metz no las tuvo. La fuerza de los invasores se agotó antes de que pudieran alcanzarse Amiens, Ruan, Le Mans, Blois, Tours y Bourges por un lado, y Besanzón y Lyon por el otro. Y el que esa fuerza se agotara tan pronto se debe en no pequeña medida a esta mayor condensación del medio resistente. Los eternos cuatro ulanos[^2] ya no pueden entrar a caballo en una aldea o una ciudad muy alejada de sus propias líneas y exigir sumisión absoluta a sus órdenes sin riesgo de que los capturen o los maten. Las columnas de requisa tienen que ir acompañadas de una fuerza imponente, y las compañías o escuadrones sueltos tienen que guardarse bien de las sorpresas nocturnas cuando se acuartelan en una aldea, y de las emboscadas cuando van de marcha. Hay una franja de terreno disputado alrededor de todas las posiciones alemanas, y es justamente allí donde más se deja sentir la resistencia popular. Y para sofocar esta resistencia popular los alemanes recurren a un código de guerra tan anticuado como bárbaro. Actúan conforme a la regla de que toda ciudad o aldea en que uno o varios habitantes tomen parte en la defensa, disparen contra sus tropas o en general ayuden a los franceses ha de ser incendiada; de que todo hombre cogido con las armas en la mano que no sea, según su idea, un soldado regular, ha de ser fusilado en el acto; y de que, donde haya razones para creer que una parte considerable de la población de una ciudad es culpable de alguna falta de ese tipo, hay que matar en el acto a todos los hombres útiles. Este sistema se viene aplicando sin piedad desde hace casi seis semanas, y sigue en pleno vigor. No se puede abrir un periódico alemán sin tropezar con media docena de informes de tales ejecuciones militares, que allí pasan como cosa completamente natural, como simples actuaciones de la justicia militar llevadas a cabo con saludable severidad por «soldados honrados» contra «asesinos cobardes y bandoleros». No hay desorden de ninguna clase, ni saqueo indiscriminado, ni violación de mujeres, ni irregularidad. Nada de eso. Todo se hace sistemáticamente y por orden: se rodea la aldea condenada, se echa fuera a los habitantes, se aseguran los víveres y se prende fuego a las casas, mientras los culpables reales o presuntos son llevados ante un consejo de guerra, donde les esperan con infalible certeza una breve confesión y media docena de balas. En Ablis, aldea de 900 habitantes en el camino de Chartres, un escuadrón del 16.º de húsares (de Schleswig-Holstein) fue sorprendido de noche por irregulares franceses y perdió la mitad de sus hombres; para castigar esta insolencia, toda la brigada de caballería marchó sobre Ablis e incendió todo el lugar; y dos relatos distintos, ambos de actores del drama, afirman que se sacó de entre los habitantes a todos los hombres útiles y se los fusiló o se los hizo pedazos a sablazos sin excepción. Este no es más que uno de los muchísimos casos. Un oficial bávaro escribe desde los alrededores de Orleans que su destacamento había incendiado cinco aldeas en doce días; y no es exagerado decir que, por dondequiera que pasan las columnas volantes alemanas en el centro de Francia, su camino queda con demasiada frecuencia marcado por el fuego y la sangre.

Ahora bien, en 1870 difícilmente bastará con decir que esto es guerra legítima, y que la intervención de civiles o de quienquiera que no sea reconocido debidamente como soldado equivale a bandolerismo y puede reprimirse a sangre y fuego. Todo eso podía valer en tiempos de Luis XIV y Federico II, cuando no había más contiendas que las de los ejércitos. Pero desde la guerra de independencia norteamericana hasta la guerra de Secesión norteamericana, tanto en Europa como en América, la participación de las poblaciones en la guerra ha pasado a ser no la excepción, sino la regla. Dondequiera que un pueblo se ha dejado someter solo porque sus ejércitos habían quedado incapaces de resistir, se lo ha expuesto al desprecio universal como una nación de cobardes; y dondequiera que un pueblo ha llevado a cabo con energía esa resistencia irregular, los invasores han descubierto muy pronto que era imposible aplicar el anticuado código de sangre y fuego. Los ingleses en América, los franceses de Napoleón en España, los austriacos en 1848 en Italia y Hungría se vieron muy pronto obligados a tratar la resistencia popular como perfectamente legítima, por miedo a represalias sobre sus propios prisioneros. Ni siquiera los prusianos en Baden en 1849, ni el papa después de Mentana[^3], tuvieron el valor de fusilar indiscriminadamente a sus prisioneros de guerra, por irregulares y «rebeldes» que fueran. Solo hay dos ejemplos modernos de aplicación implacable de este anticuado código del «aplastamiento»: la represión del motín de los cipayos por los ingleses en la India y la actuación de Bazaine y sus franceses en México.

De todos los ejércitos del mundo, el último que debería renovar tales prácticas es el prusiano. En 1806 Prusia se hundió simplemente porque no había en ninguna parte del país rastro de ese espíritu de resistencia nacional. Después de 1807, los reorganizadores de la administración y del ejército hicieron todo lo que estuvo en su mano para despertarlo. España daba entonces el glorioso ejemplo de cómo una nación puede resistir a un ejército invasor. Todos los jefes militares de Prusia señalaron este ejemplo a sus compatriotas como el que había que seguir. Scharnhorst, Gneisenau y Clausewitz eran todos de la misma opinión a este respecto; Gneisenau llegó a ir él mismo a España a luchar contra Napoleón. Todo el nuevo sistema militar que se inauguró entonces en Prusia fue un intento de organizar la resistencia popular contra el enemigo, al menos en la medida en que esto era posible en una monarquía absoluta. No solo todo hombre útil había de pasar por el ejército y servir en la *Landwehr* hasta los cuarenta años; los mozos de diecisiete a veinte años y los hombres de cuarenta a sesenta habían de formar parte del *Landsturm* o *levée en masse* [leva en masa], que había de alzarse a retaguardia y en los flancos del enemigo, hostigar sus movimientos, interceptar sus suministros y correos, usar cualesquiera armas que encontrara y emplear indistintamente cualesquiera medios que tuviera a mano para molestar al invasor («cuanto más eficaces sean estos medios, mejor») y, sobre todo,

> «no llevar uniforme de ninguna clase, de modo que los hombres del *Landsturm* puedan en cualquier momento recobrar su condición de civiles y permanecer desconocidos para el enemigo».

Toda esta «Landsturm-Ordnung», como se llama la ley de 1813 sobre ella[^4], está redactada (y su autor no es otro que Scharnhorst, el organizador del ejército prusiano) con este espíritu de resistencia nacional intransigente, para la que todos los medios son justificables y los más eficaces son los mejores. Pero es que todo esto lo habían de hacer los prusianos contra los franceses, y si los franceses obran del mismo modo con los prusianos, eso es cosa muy distinta. Lo que en un caso era patriotismo se convierte en el otro en bandolerismo y asesinato cobarde.

El hecho es que el actual Gobierno prusiano se avergüenza de esa vieja Landsturm-Ordnung, medio revolucionaria, y trata de hacerla olvidar con su conducta en Francia. Pero cada acto de crueldad gratuita que hace cometer en Francia la traerá cada vez más a la memoria; y las justificaciones que se dan de un modo tan innoble de hacer la guerra no servirán más que para probar que, si el ejército prusiano ha mejorado inmensamente desde Jena[^5], el Gobierno prusiano está haciendo madurar rápidamente el mismo estado de cosas que hizo posible Jena.

[^1]: En la batalla de Sedán (1 de septiembre de 1870), la aldea de Bazeilles, defendida por la infantería de marina francesa con ayuda de los vecinos, fue incendiada por las tropas bávaras.

[^2]: Alusión a las noticias de la prensa sobre pequeñas partidas de ulanos alemanes que entraban en pueblos y ciudades franceses y les imponían requisas.

[^3]: En Mentana (3 de noviembre de 1867) las tropas pontificias y francesas derrotaron a los voluntarios de Garibaldi que marchaban sobre Roma.

[^4]: La ordenanza prusiana sobre el *Landsturm* del 21 de abril de 1813, modificada en sentido restrictivo el 17 de julio del mismo año.

[^5]: En la batalla de Jena (14 de octubre de 1806) Napoleón destruyó el ejército prusiano.
