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Title: Notas sobre la guerra, XXIII (1870)
Description: Por qué un bombardeo de París no podría forzar su rendición: superficie de la ciudad, distancias, cañones y cureñas; y por qué bombardear París sin esperanza de rendirlo sería un desatino militar con fines políticos.
Author: Friedrich Engels
Date: 1870-10-13
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1870%20Notas%20sobre%20la%20guerra%2C%20XXIII
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*Escrito en inglés por Friedrich Engels y publicado sin firma en* The Pall Mall Gazette*, núm. 1768, del 13 de octubre de 1870, en la serie «Notes on the War» (Notas sobre la guerra). Traducido del original inglés según la transcripción del texto del periódico hecha por Tony Brown en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada párrafo a párrafo con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 17 (Berlín, 1962), págs. 133-136, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en inglés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1870%20Notes%20on%20the%20War%2C%20XXIII).*

Los oficiales del estado mayor prusiano en Berlín parecen estar impacientándose. Por medio de los corresponsales del *Times* y del *Daily News* en Berlín nos informan de que el material de sitio está listo ante París desde hace unos días y de que el sitio empezará en breve. Tenemos nuestras dudas sobre esa disposición. En primer lugar, sabemos que los franceses, al retirarse, volaron varios túneles de la única línea férrea disponible cerca de La Ferté-sous-Jouarre, y que todavía no están en servicio; en segundo lugar, sabemos también que el material para un sitio regular y eficaz de una plaza tan vasta como París es tan colosal que se tardará mucho en reunirlo, aun en el caso de que el ferrocarril hubiera estado siempre abierto; y en tercer lugar, cinco o seis días después de que se hiciera ese anuncio desde Berlín, aún no hemos oído hablar de la apertura de una primera paralela. Tenemos que concluir, por tanto, que por disposición a abrir el sitio, o ataque en regla, hemos de entender la disposición a abrir el ataque irregular, el bombardeo.

Ahora bien, un bombardeo de París con alguna probabilidad de forzar la rendición exigiría muchos más cañones que un sitio en regla. En este último se puede limitar el ataque a uno o dos puntos de la línea de defensa; en el primero hay que esparcir constantemente sobre toda la vasta superficie de la ciudad un número tal de proyectiles que se declaren por todas partes más incendios de los que la población pueda apagar, y que la propia operación de apagarlos sea demasiado peligrosa para intentarla. Ahora bien, hemos visto que incluso Estrasburgo, con 85.000 habitantes, pudo perfectamente resistir un bombardeo de una dureza casi sin precedentes; que, con excepción de unos cuantos barrios aislados y bastante bien delimitados que hubo que sacrificar, los incendios pudieron mantenerse bien a raya. La causa de ello es la extensión relativamente grande de la ciudad. Es fácil rendir a fuerza de bombas una plaza pequeña de cinco o diez mil habitantes, a menos que tenga dentro abundantes refugios a prueba de bomba; pero una ciudad de 50.000 a 100.000 habitantes puede aguantar mucho bombardeo, sobre todo si está construida, como la mayoría de las ciudades francesas, de sillería o con gruesos muros de ladrillo. París, dentro de las fortificaciones, mide doce kilómetros por diez; dentro de las antiguas barreras[^1], que abarcan la parte densamente edificada de la ciudad, nueve kilómetros por siete; es decir, esta parte de la ciudad comprende una superficie de unos cincuenta millones de metros cuadrados, o casi sesenta millones de yardas cuadradas. Para lanzar por término medio un proyectil por hora sobre cada mil yardas cuadradas de esa superficie harían falta 60.000 proyectiles por hora, o un millón y medio de proyectiles cada veinticuatro horas, lo que supondría emplear para ello por lo menos 2.000 cañones pesados. Y, con todo, un proyectil por hora sobre un espacio de casi cien pies de largo por cien de ancho sería un bombardeo flojo. Por supuesto, el fuego podría concentrarse temporalmente sobre uno o varios barrios hasta destruirlos por completo, y luego trasladarse a los barrios vecinos; pero este procedimiento, para ser eficaz, duraría casi tanto como un sitio en regla, o más, y sería necesariamente menos seguro para forzar la rendición de la plaza.

Además, mientras no se hayan reducido los fuertes, París está de hecho fuera del alcance de un bombardeo eficaz. Las alturas más cercanas a la ciudad que están ahora en manos de los sitiadores, las de cerca de Châtillon, distan sus buenos 8.000 metros, es decir, 8.700 yardas o cinco millas, del Palacio de Justicia, que viene a representar el centro de la ciudad. En todo el lado sur esta distancia será más o menos la misma. Al nordeste, la línea de los fuertes llega a estar a 10.000 metros, o unas 11.000 yardas, del centro de la ciudad, de modo que las baterías de bombardeo que se instalaran por ese lado tendrían que situarse 2.000 yardas más lejos, o sea, a siete u ocho millas del Palacio de Justicia. Al noroeste, los meandros del Sena y el fuerte del Mont Valérien protegen tan bien la ciudad que solo podrían levantarse baterías de bombardeo en reductos cerrados o en paralelas en regla; es decir, no antes de haber empezado el sitio en regla, del que aquí suponemos que el bombardeo sería un preliminar.

Ahora bien, no hay duda de que los cañones rayados pesados prusianos, de calibres de cinco, seis, siete, ocho y nueve pulgadas, que lanzan proyectiles de veinticinco a más de trescientas libras de peso, podrían alcanzar una distancia de cinco millas. En 1864 los cañones rayados de a veinticuatro de Gammelmark bombardearon Sonderburg a una distancia de 5.700 pasos, igual a 4.750 yardas o casi tres millas[^2], aunque eran viejos cañones de bronce que no aguantaban más que una carga de pólvora de 4 o 5 libras para un proyectil de 68 libras. La elevación tenía que ser por fuerza considerable, y hubo que obtenerla mediante una adaptación especial de las cureñas, que se habrían roto si se hubieran empleado cargas más fuertes. Los actuales cañones prusianos de acero fundido aguantan cargas mucho más pesadas en proporción al peso de sus proyectiles; pero, para obtener un alcance de cinco millas, la elevación ha de seguir siendo muy considerable, y habría que modificar en consecuencia las cureñas; y estas, empleadas en usos para los que no se construyeron, pronto quedarían destrozadas. Nada inutiliza antes una cureña que disparar con carga completa a elevaciones de solo cinco o seis grados; pero en este caso la elevación sería por término medio de quince grados como mínimo, y las cureñas se harían pedazos tan deprisa como las casas de París. Pero, aun dejando de lado esta dificultad, el bombardeo de París por baterías situadas a cinco millas del centro de la ciudad no podría ser, en el mejor de los casos, más que una cosa parcial. Habría destrucción suficiente para exasperar, pero no para aterrorizar. A semejantes distancias, los proyectiles no podrían dirigirse con suficiente seguridad a una parte determinada de la ciudad. Los hospitales, los museos, las bibliotecas, por muy visibles que fueran desde las alturas donde estuvieran las baterías, difícilmente podrían respetarse aunque se dieran instrucciones de evitar determinados barrios. Los edificios militares, los arsenales, los polvorines, los almacenes, aun visibles para el sitiador, no podrían escogerse con seguridad para destruirlos; de modo que fallaría la excusa habitual de un bombardeo: que se propone destruir los medios de defensa del sitiado. Todo esto se dice en el supuesto de que los sitiadores tengan a mano los medios para un bombardeo realmente serio, es decir, unos dos mil cañones rayados y morteros de grueso calibre. Pero si, como suponemos que es el caso, el parque de sitio alemán se compone de unas cuatrocientas o quinientas piezas, eso no bastará para causar en la ciudad una impresión tal que haga probable su rendición.

El bombardeo de una fortaleza, aunque se sigue considerando un paso permitido por las leyes de la guerra, es, sin embargo, una medida que implica tal cantidad de sufrimiento para los no combatientes que la historia censurará a cualquiera que hoy lo intente sin una probabilidad razonable de arrancar con él la rendición de la plaza. Sonreímos ante el chovinismo de un Victor Hugo, que considera París una ciudad santa (¡santísima!) y todo intento de atacarla un sacrilegio[^3]. Nosotros vemos París como cualquier otra ciudad fortificada que, si elige defenderse, ha de correr todos los riesgos de un ataque leal, de trincheras abiertas, baterías de sitio y disparos perdidos que alcancen edificios no militares. Pero si el mero bombardeo de París no puede obligar a la ciudad a rendirse y, pese a ello, ese bombardeo llega a producirse, será un desatino militar como pocos atribuirían al estado mayor de Moltke[^4]. Se dirá que París fue bombardeado no por razones militares, sino políticas.

[^1]: El muro de los Arrendadores Generales (*mur des Fermiers généraux*), cerca fiscal del siglo XVIII cuyas puertas o barreras cobraban el arbitrio de entrada; se derribó en 1860, al anexionarse a París los municipios de su contorno.

[^2]: En la guerra germano-danesa de 1864, las baterías prusianas de la península de Gammelmark bombardearon desde comienzos de abril la ciudad danesa de Sonderburg (Sønderborg), en la isla de Als.

[^3]: Alusión probable a los llamamientos de Victor Hugo de septiembre de 1870, en particular «Aux Allemands» (9 de septiembre).

[^4]: Helmuth von Moltke (1800-1891), jefe del estado mayor general prusiano.
