---
Title: La nacionalización de la tierra (1872)
Description: Ponencia de Marx leída en la sección de Manchester de la Internacional: el desarrollo económico hace de la nacionalización del suelo una necesidad social, la pequeña propiedad campesina es su mayor obstáculo y solo la propiedad nacional de la tierra, cultivada en gran escala, acabará con la producción capitalista en la ciudad y en el campo.
Author: Karl Marx
Date: 1872-04
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1872%20La%20nacionalizaci%C3%B3n%20de%20la%20tierra
---


*Escrito en inglés por Karl Marx en marzo-abril de 1872 y leído en la sección de Manchester de la Asociación Internacional de los Trabajadores. Publicado en* The International Herald *(Londres), n.º 11, 15 de junio de 1872. Traducido del texto del periódico, según la transcripción del Marxists Internet Archive, cotejado con la versión alemana del manuscrito de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 18 (Berlín, 1962, pp. 59-62), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en inglés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1872%20The%20Nationalisation%20of%20the%20Land).*

La propiedad del suelo es la fuente originaria de toda riqueza y se ha convertido en el gran problema de cuya solución depende el porvenir de la clase obrera.

No me propongo discutir aquí todos los argumentos que aducen los defensores de la propiedad privada de la tierra, juristas, filósofos y economistas, sino que me limitaré, en primer lugar, a señalar que se han esforzado mucho por disfrazar el hecho primitivo de la conquista con el manto del «derecho natural». Si la conquista constituyó un derecho natural de unos pocos, a los muchos les basta con reunir fuerza suficiente para adquirir el derecho natural de reconquistar lo que se les ha quitado.

En el curso de la historia, a los conquistadores les pareció conveniente dar a sus títulos originales, derivados de la fuerza bruta, una especie de estabilidad social por medio de leyes impuestas por ellos mismos.

Llega por último el filósofo y demuestra que esas leyes implican y expresan el consentimiento universal de la humanidad. Si la propiedad privada de la tierra se funda de verdad en semejante consentimiento universal, se extinguirá evidentemente en el momento en que la mayoría de una sociedad se niegue a garantizarla.

Pero, dejando a un lado los llamados «derechos» de propiedad, afirmo que el desarrollo económico de la sociedad, el aumento y la concentración de la población, las mismas circunstancias que obligan al arrendatario capitalista a aplicar a la agricultura el trabajo colectivo y organizado y a recurrir a la maquinaria y a otros inventos semejantes, harán cada vez más de la nacionalización de la tierra una «necesidad social», contra la que de nada sirve cuanto se hable de los derechos de propiedad. Las necesidades imperiosas de la sociedad serán y deben ser satisfechas; los cambios que dicta la necesidad social se abrirán paso y, tarde o temprano, adaptarán la legislación a sus intereses.

Lo que necesitamos es una producción que aumente día a día, y sus exigencias no pueden satisfacerse permitiendo que unos pocos individuos la regulen a su capricho y según sus intereses privados o agoten por ignorancia las fuerzas del suelo. Todos los métodos modernos, como el riego, el drenaje, el arado de vapor, el tratamiento químico, etc., deberían aplicarse a la agricultura en general. Pero los conocimientos científicos que poseemos y los medios técnicos de cultivo de que disponemos, como la maquinaria, etc., nunca podrán aplicarse con éxito si no es cultivando la tierra en gran escala.

Si el cultivo en gran escala resulta (incluso en su forma capitalista actual, que degrada al propio cultivador a la condición de mera bestia de carga) tan superior, desde el punto de vista económico, a la pequeña agricultura fragmentada, ¿no daría un impulso mayor a la producción si se aplicara en dimensiones nacionales?

Las necesidades siempre crecientes del pueblo, por una parte, y el precio siempre en aumento de los productos agrícolas, por otra, aportan la prueba irrefutable de que la nacionalización de la tierra se ha convertido en una necesidad social.

Una disminución de la producción agrícola como la que nace del abuso individual se hará, por supuesto, imposible en cuanto el cultivo se lleve a cabo bajo el control y en beneficio de la nación.

Todos los ciudadanos que he oído aquí hoy en el curso del debate sobre esta cuestión defendieron la nacionalización de la tierra, pero la entendían de maneras muy distintas.[^1]

Se ha aludido con frecuencia a Francia, pero, con su *propiedad campesina*, está más lejos de la nacionalización de la tierra que Inglaterra con su régimen de grandes terratenientes. Es cierto que en Francia el suelo es accesible a todo el que pueda comprarlo, pero esta misma facilidad ha conducido a una división en pequeñas parcelas, cultivadas por hombres de escasos medios que dependen sobre todo de la tierra por su propio esfuerzo y el de sus familias. Esta forma de propiedad territorial y el cultivo fragmentado que impone, a la vez que excluye toda aplicación de las mejoras agrícolas modernas, convierte al propio labrador en el enemigo más decidido del progreso social y, sobre todo, de la nacionalización de la tierra. Encadenado al suelo, en el que tiene que gastar todas sus energías vitales para obtener un rendimiento relativamente pequeño; obligado a ceder la mayor parte de su producto al Estado en forma de impuestos, a la tribu de los leguleyos en forma de costas judiciales y al usurero en forma de intereses; completamente ignorante de los movimientos sociales que se producen fuera de su mezquino campo de actividad, se aferra, sin embargo, con un apego fanático a su pedazo de tierra y a su derecho de propiedad meramente nominal sobre él. De este modo, el campesino francés ha sido arrojado a un antagonismo de lo más funesto con la clase obrera industrial.

Siendo, pues, la propiedad campesina el mayor obstáculo para la nacionalización de la tierra, Francia, en su estado actual, no es desde luego el lugar donde debemos buscar la solución de este gran problema.

Nacionalizar la tierra para arrendarla en pequeñas parcelas a individuos o a sociedades obreras solo engendraría, bajo un gobierno de la clase media, una competencia desenfrenada entre ellos y daría así lugar a un aumento progresivo de la «*renta*», que a su vez ofrecería nuevas facilidades a los apropiadores para alimentarse a costa de los productores.

En el Congreso Internacional de Bruselas, en 1868, uno de nuestros amigos dijo:[^2]

> «La pequeña propiedad privada de la tierra está condenada por el veredicto de la ciencia; la gran propiedad territorial, por el de la justicia. Queda, pues, una sola alternativa. El suelo debe convertirse en propiedad de asociaciones rurales o en propiedad de toda la nación. El porvenir decidirá esta cuestión».

Yo digo, por el contrario: el movimiento social llevará a la decisión de que la tierra no puede ser poseída más que por la nación misma. Entregar el suelo a manos de trabajadores rurales asociados sería entregar la sociedad a una sola clase exclusiva de productores.

La nacionalización de la tierra producirá un cambio completo en las relaciones entre el trabajo y el capital y acabará por suprimir la forma capitalista de producción, tanto industrial como agrícola. Entonces las distinciones de clase y los privilegios desaparecerán junto con la base económica en que descansan. Vivir del trabajo ajeno se convertirá en cosa del pasado. ¡Ya no habrá gobierno ni poder del Estado distinto de la sociedad misma! La agricultura, la minería, la manufactura, en una palabra, todas las ramas de la producción se organizarán gradualmente de la manera más adecuada. La centralización nacional *de los medios de producción* se convertirá en la base nacional de una sociedad compuesta por asociaciones de productores libres e iguales que llevarán a cabo los asuntos sociales según un plan común y racional. Tal es la meta humanitaria hacia la que tiende el gran movimiento económico del siglo XIX.[^3]

[^1]: Esta frase falta en el manuscrito de Marx; según la edición alemana de la MEW, procede probablemente de Eugène Dupont (1831-1881), miembro del Consejo General, que vivía entonces en Manchester.
[^2]: César De Paepe (1841-1890), tipógrafo y médico, dirigente de la Internacional en Bélgica, en su informe sobre la propiedad de la tierra en el Congreso de Bruselas (septiembre de 1868).
[^3]: El manuscrito de Marx, que sigue la edición alemana de la MEW, difiere del texto del periódico en algunos detalles: dice, por ejemplo, «el porvenir decidirá» en lugar de «el movimiento social llevará a la decisión», la base «natural» en lugar de «nacional» y «la meta» sin «humanitaria».
