---
Title: El indiferentismo político (1873)
Description: Sátira de Marx contra los apóstoles proudhonianos y bakuninistas de la abstención: en nombre de unos principios eternos negarían a la clase obrera la acción política, las huelgas, la jornada legal y la escuela pública; Marx recuerda que la clase obrera toma sus medios de lucha de la sociedad existente y que, si sustituye la dictadura de la burguesía por su dictadura revolucionaria, da al Estado una forma revolucionaria y transitoria.
Author: Karl Marx
Date: 1873-01
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1873%20El%20indiferentismo%20pol%C3%ADtico
---


*Escrito por Karl Marx en Londres a finales de 1872 y comienzos de enero de 1873 para el* Almanacco Repubblicano per l'anno 1874 *(Lodi), donde se publicó en italiano en diciembre de 1873 con el título «L'indifferenza in materia politica». El original italiano no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 18 (Berlín, 1962, pp. 299-304), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas marcadas «(Nota de Marx.)» son del autor; las demás son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1873%20Der%20politische%20Indifferentismus).*

«La clase obrera no debe constituirse en partido político, no debe emprender bajo ningún pretexto una acción política, porque combatir al Estado es reconocer al Estado, ¡y eso está en contradicción con los principios eternos! Los obreros no deben hacer huelgas, porque derrochar fuerzas para conseguir el aumento del salario o impedir su reducción es reconocer el *sistema del trabajo asalariado*, ¡y eso está en contradicción con los principios eternos de la emancipación de la clase obrera!

Si los obreros se unen en su lucha política contra el Estado burgués solo para arrancar concesiones, pactan compromisos, ¡y eso está en contradicción con los principios eternos! Hay que condenar, por tanto, todo movimiento pacífico como los que emprenden, por mala costumbre, los obreros ingleses y norteamericanos. Los obreros no deben derrochar sus fuerzas para conseguir un límite legal de la jornada de trabajo, porque eso es pactar compromisos con los patronos, que entonces ya solo podrían explotarlos 10 o 12 horas en lugar de 14 o 16. Tampoco deben esforzarse por conseguir la prohibición legal del trabajo en las fábricas de las niñas menores de diez años, porque con ese medio no se suprime todavía la explotación de los niños menores de diez años; contraen con ello un nuevo compromiso, ¡y eso atenta contra la pureza de los principios eternos!

Menos aún deben exigir los obreros que, como ocurre en la república norteamericana, el Estado, cuyo *presupuesto* se establece a costa de la clase obrera, quede obligado a dar a los hijos de los obreros la instrucción primaria, porque la instrucción primaria no es todavía la instrucción universal. Más vale que los obreros y las obreras no sepan leer, ni escribir, ni contar, a que reciban la enseñanza de un maestro de una escuela del Estado. ¡Es mucho mejor que la ignorancia y una jornada diaria de 16 horas embrutezcan a la clase obrera a que se violen los principios eternos!

Si la lucha política de la clase obrera adopta formas violentas, si los obreros sustituyen la dictadura de la burguesía por su dictadura revolucionaria, cometen el terrible crimen de violar los principios, porque, para satisfacer sus míseras necesidades profanas de cada día, para quebrar la resistencia de la burguesía, dan al Estado una forma revolucionaria y transitoria en lugar de deponer las armas y abolir el Estado. Los obreros no deben formar sociedades de oficio separadas para cada profesión, porque con ello eternizan la división social del trabajo tal como existe en la sociedad burguesa; esa división del trabajo, que separa a los obreros, es precisamente la verdadera base de su esclavitud.

En una palabra, los obreros deben cruzarse de brazos y no perder el tiempo en movimientos políticos y económicos. Todos esos movimientos no pueden darles más que resultados inmediatos. Como gente verdaderamente religiosa, despreciando las necesidades de cada día, deben exclamar llenos de fe: "¡Crucificada sea nuestra clase, perezca nuestra raza, pero los principios eternos han de quedar inmaculados!". Como cristianos piadosos, deben creer las palabras del cura, despreciar los bienes de este mundo y no aspirar más que a ganar el paraíso. Léase, en lugar de paraíso, la *liquidación social* que se producirá un buen día en algún rincón perdido del mundo, sin que nadie sepa cómo ni por quién llevada a cabo, y la mistificación es exactamente la misma.

A la espera de esa famosa liquidación social, la clase obrera debe, pues, comportarse decentemente, como un rebaño de ovejas bien cebadas, dejar en paz al Gobierno, temer a la policía, respetar las leyes y suministrar sin rechistar la carne de cañón.

En su vida práctica de cada día, los obreros deben ser los más obedientes servidores del Estado, pero en su fuero interno deben protestar de la manera más enérgica contra su existencia y manifestarle su profundo desprecio teórico comprando y leyendo tratados literarios sobre la abolición del Estado; pero deben guardarse de oponer al orden capitalista otra resistencia que no sean declamaciones sobre la sociedad del futuro, en la que dejará de existir ese odiado orden.»

Nadie negará que, si los apóstoles del indiferentismo político se hubieran expresado con esta claridad, la clase obrera los habría mandado hace tiempo al diablo; la clase obrera lo habría tomado como una ofensa de burgueses doctrinarios y de nobles venidos a menos, tan tontos o tan ingenuos que le niegan todo medio real de lucha, porque todos esos medios de lucha hay que tomarlos de la sociedad actual y porque las condiciones fatales de esa lucha tienen la desgracia de no amoldarse a las fantasías idealistas que esos doctores de la *ciencia social* han elevado a divinidades con los nombres de *Libertad, Autonomía, Anarquía*. Pero el movimiento de la clase obrera es hoy tan fuerte que esos sectarios filantrópicos ya no tienen el valor de repetir sobre la lucha económica las mismas *grandes verdades* que proclamaban sin cesar sobre la lucha política. Son demasiado cobardes para aplicar también esas verdades a las huelgas, las coaliciones, las sociedades de oficio, las leyes sobre el trabajo de las mujeres y los niños, sobre la limitación de la jornada de trabajo, etc., etc.

¡Veamos ahora hasta qué punto pueden invocar las buenas tradiciones, el pudor, la honradez, los principios eternos!

Los primeros socialistas (Fourier, Owen, Saint-Simon, etc.), como las condiciones sociales todavía no estaban lo bastante desarrolladas para permitir a la clase obrera constituirse en partido político, tuvieron que limitarse a sueños sobre la *sociedad modelo* del futuro y a condenar todos los intentos, como las huelgas, las coaliciones o las acciones políticas, que emprendían los obreros para mejorar un poco su situación. Pero si no tenemos derecho a renegar de esos patriarcas del socialismo, como tampoco los químicos modernos tienen derecho a renegar de sus padres, los alquimistas, sí debemos guardarnos de recaer en sus errores, que, cometidos por nosotros, serían imperdonables.

Sin embargo, mucho más tarde, en 1839, cuando la lucha política y económica de la clase obrera en Inglaterra adquiría ya un carácter muy marcado, Bray,[^t1] uno de los discípulos de Owen y uno de los que descubrieron el *mutualismo* mucho antes que Proudhon, publicó un libro: *Labour's Wrongs and Labour's Remedy* (Los males del trabajo y el remedio del trabajo).

En uno de los capítulos sobre la ineficacia de todos los *remedios que se quieren conseguir mediante la lucha presente*, hace una crítica amarga tanto de todos los movimientos económicos como de los movimientos políticos de los obreros ingleses; condena el movimiento político, las huelgas, la reducción de la jornada de trabajo, la reglamentación del trabajo de las mujeres y los niños en las fábricas, porque todo eso, en su opinión, en lugar de sacarnos del estado actual de la sociedad, no hace más que encadenarnos a él y agudizar todavía más los antagonismos.

Y ahora llegamos al oráculo de esos doctores de la ciencia social, a Proudhon. Mientras que el gran maestro tuvo el valor de pronunciarse enérgicamente contra todos los movimientos económicos (coaliciones, huelgas, etc.) que contradecían las teorías redentoras de su *mutualismo*, aunque con sus escritos y con su participación personal fomentó la lucha política de la clase obrera, sus discípulos no se atreven a enfrentarse abiertamente al movimiento. Ya en 1847, cuando apareció la gran obra del maestro, el *Sistema de las contradicciones económicas*, refuté todos sus sofismas contra el movimiento obrero.[^1][^t5] Pero en 1864, tras la aprobación de la ley Ollivier,[^t2] una ley que, aunque en medida muy limitada, concedía a los obreros franceses el derecho de coalición, Proudhon volvió al mismo tema en su libro *La capacidad política de las clases obreras*, publicado unos días después de su muerte.

Los ataques del maestro estaban tan a gusto de los burgueses que el *Times*, con ocasión de la gran huelga de los sastres de Londres de 1866, hizo a Proudhon el honor de traducirlo y condenar a los huelguistas con sus propias palabras. He aquí algunos ejemplos.

Los mineros de Rive-de-Gier se habían declarado en huelga; para hacerlos entrar en razón acudieron soldados.[^t3]

> «La autoridad», exclama Proudhon, «que hizo fusilar a los mineros de Rive-de-Gier se encontraba en una situación desdichada. Pero actuó como el viejo Bruto cuando tuvo que elegir entre su amor de padre y su deber de cónsul: tuvo que sacrificar a sus hijos para salvar la república. Bruto no vaciló, y la posteridad no se ha atrevido a condenarlo por ello.»[^2]

Ningún obrero recordará que un burgués haya vacilado nunca en sacrificar a sus obreros para salvar sus intereses. ¡Qué Brutos son los burgueses!

> «No, no hay derecho de coalición, como no hay derecho a estafar y robar, como no hay derecho al incesto o al adulterio.»[^3]

Hay que decir, sin embargo, que lo que sí hay, desde luego, es un derecho a la *estupidez*. ¿Cuáles son, pues, esos principios eternos en cuyo nombre lanza el maestro sus anatemas de abracadabra? *Primer principio eterno:*

> «La cuantía del salario determina el precio de las mercancías.»

Incluso quienes no tienen la menor idea de economía política y no saben que el gran economista burgués Ricardo, en su libro *Principios de economía política*, aparecido en 1817, refutó de una vez por todas ese error tradicional, conocen el hecho notable de que la industria inglesa puede vender sus mercancías a un precio más bajo que cualquier otro país, mientras que los salarios en Inglaterra son relativamente más altos que en cualquier otro país de Europa.

*Segundo principio eterno:*

> «La ley que autoriza las coaliciones es en grado sumo antijurídica, antieconómica y contraria a toda sociedad y a todo orden.»

En una palabra, «es contraria al *derecho* económico de la libre competencia».

Si el maestro hubiera sido un poco menos *chauvin*, se habría preguntado cómo se explica que en Inglaterra se promulgara hace cuarenta años una ley tan contraria al *derecho económico de la libre competencia*,[^t4] y cómo es que esa ley, tan contraria a *toda sociedad y a todo orden*, se impone como una necesidad precisamente a los Estados burgueses a medida que se desarrolla la industria y, con ella, la *libre competencia*. Tal vez habría descubierto que ese Derecho (con una *D* mayúscula) solo existe en los *manuales de economía* redactados por los hermanos ignorantes de la economía política burguesa, en esos mismos manuales que contienen también perlas como esta: «*La propiedad es fruto del trabajo*»... del de otros, se olvidan de añadir.

*Tercer principio eterno:*

> «Así, con el pretexto de sacar a la clase obrera de su supuesta degradación social, habrá que empezar por calumniar a toda una clase de ciudadanos: la clase de los señores, de los empresarios, de los fabricantes y de los burgueses; se llamará a la democracia trabajadora al menosprecio y al odio contra esos indignos aliados de la clase media; se preferirá la lucha en el comercio y en la industria a la represión legal, el antagonismo de clase a la policía del Estado.»[^4]

Para cerrar a la clase obrera la salida de su supuesta *degradación social*, el maestro condena las coaliciones, que constituyen a la clase obrera en una clase enfrentada como enemiga a la respetable categoría de los *fabricantes, empresarios y burgueses*, esa categoría que sin duda, como Proudhon, prefiere la *policía del Estado al antagonismo de clase*. Para ahorrar a esa respetable clase toda molestia, el buen Proudhon recomienda a los obreros, hasta el advenimiento de la sociedad mutualista, la «libertad o competencia», que «pese a sus grandes inconvenientes» constituye, con todo, «nuestra única garantía».[^5]

El maestro predicaba el indiferentismo en el terreno económico para proteger la *libertad o competencia burguesa*, nuestra única garantía; los discípulos predican el indiferentismo en el terreno político para proteger la libertad burguesa, su única garantía. Si los primeros cristianos, que predicaban también el indiferentismo político, necesitaron la mano fuerte de un emperador para convertirse de oprimidos en opresores, los modernos apóstoles del indiferentismo político no creen en absoluto que sus principios eternos les impongan la abstinencia de los placeres mundanos y de los privilegios pasajeros de la sociedad burguesa. Debemos reconocer, no obstante, que soportan las 14 o 16 horas de trabajo que pesan sobre los obreros de las fábricas con un estoicismo digno de los mártires cristianos.

Londres, enero de 1873

*Karl Marx*

[^1]: (Nota de Marx.) Véase el librito *Misère de la philosophie. Réponse à la philosophie de la misère de M. Proudhon* (París, A. Frank, 1847), capítulo II, § 5, «Les grèves et les coalitions des ouvriers» [«Las huelgas y las coaliciones de los obreros»].
[^2]: (Nota de Marx.) Proudhon, P.-J., *De la capacité politique des classes ouvrières*, París, Lacroix & Cía., 1868, p. 327.
[^3]: (Nota de Marx.) Op. cit., p. 333.
[^4]: (Nota de Marx.) Op. cit., pp. 337-338.
[^5]: (Nota de Marx.) Op. cit., p. 334.
[^t1]: John Francis Bray (1809-1897), socialista owenista inglés, autor de *Labour's Wrongs and Labour's Remedy* (Leeds, 1839), que proponía bancos de intercambio basados en el tiempo de trabajo.
[^t2]: La ley de 25 de mayo de 1864, presentada por Émile Ollivier, que suprimió en Francia el delito de coalición y permitió las huelgas dentro de ciertos límites.
[^t3]: En la huelga de los mineros de Rive-de-Gier (Loira) de 1844, la tropa disparó contra los huelguistas.
[^t4]: La derogación de las *Combination Acts* en 1824-1825, que reconoció en Inglaterra el derecho de coalición.
[^t5]: Véase [Miseria de la filosofía](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1847%20Miseria%20de%20la%20filosof%C3%ADa), capítulo II, § 5.
