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Title: La Alianza de la Democracia Socialista y la Asociación Internacional de los Trabajadores (1873)
Description: Informe redactado por encargo del Congreso de La Haya de la Internacional sobre la sociedad secreta de Bakunin: sus estatutos, su doble organización, sus manejos en Suiza, España, Italia, Francia y Rusia, el caso Necháyev y el «catecismo revolucionario»; la respuesta de Marx y Engels al anarquismo como dictadura secreta de unos desclasados sobre el movimiento obrero.
Author: Karl Marx, Friedrich Engels, Paul Lafargue
Date: 1873-07
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1873%20La%20Alianza%20de%20la%20Democracia%20Socialista%20y%20la%20Asociaci%C3%B3n%20Internacional%20de%20los%20Trabajadores
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*Informe redactado por encargo del Congreso de La Haya de la Asociación Internacional de los Trabajadores (septiembre de 1872), que había acordado publicar los documentos sobre la Alianza de Bakunin. Se escribió en francés entre abril y julio de 1873, lo firmó la Comisión de Actas del Congreso, con fecha de Londres, 21 de julio de 1873, y se publicó ese mismo año como folleto:* L'Alliance de la démocratie socialiste et l'Association internationale des travailleurs. Rapport et documents publiés par ordre du Congrès international de la Haye *(Londres, A. Darson; Hamburgo, O. Meissner). La Marx-Engels-Werke lo atribuye a Karl Marx y Friedrich Engels; en su redacción colaboró Paul Lafargue, que aportó sobre todo los materiales y la redacción sobre España. En 1874 apareció en Braunschweig (W. Bracke jr.) la edición alemana,* Ein Complot gegen die Internationale Arbeiter-Association*, traducida por Samuel Kokosky y revisada por Engels. El original francés de 1873 no está disponible en una edición libre accesible; traducimos de la edición alemana de 1874, según Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 18 (Berlín, 1962), sin su aparato editorial (de las variantes de la edición francesa que recoge la MEW solo señalamos alguna en nota), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas de los autores van señaladas como tales; las demás son nuestras. Véase también la circular [Las pretendidas escisiones en la Internacional](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1872%20Las%20pretendidas%20escisiones%20en%20la%20Internacional). [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1873%20Ein%20Komplott%20gegen%20die%20Internationale%20Arbeiter-Assoziation).*

**Informe redactado por encargo del Congreso de La Haya sobre las actividades de Bakunin y de la Alianza de la Democracia Socialista**

## I. Introducción

Al emprender la tarea de reunir en una sola unión las fuerzas dispersas de todo el proletariado y convertirse así en la representación viva de la comunidad de intereses que une a los obreros, la Asociación Internacional de los Trabajadores tenía que abrir necesariamente sus puertas a los socialistas de todos los matices. Sus fundadores y los representantes de la organización obrera de ambos mundos, que sancionaron en los congresos internacionales los Estatutos generales de la Asociación, olvidaron que la amplitud misma de su programa permitiría incluso a los desclasados[^1] colarse en ella y formar en el seno de la Asociación organizaciones secretas cuya actividad no se dirigiría contra la burguesía ni contra los gobiernos existentes, sino contra la propia Internacional. Tal fue el caso de la *Alianza de la Democracia Socialista*.

En el Congreso de La Haya, el Consejo General propuso una investigación sobre esta organización secreta. El Congreso la encargó a una comisión de cinco miembros, los ciudadanos Cuno, Lucain, Splingard, Vichard y Walter (que dimitió), la cual presentó su informe en la sesión del 7 de septiembre. El Congreso acordó:

1. Expulsar de la Internacional a Mijaíl Bakunin como fundador de la Alianza y por un hecho de carácter personal;

2. Expulsar a James Guillaume como miembro de la Alianza;

3. Publicar los documentos relativos a la Alianza.

Como sus miembros se hallaban dispersos por distintos países, dicha comisión investigadora se vio por completo imposibilitada de publicar los documentos en que se había basado su informe, y por eso el ciudadano *Vichard*, el único miembro de la comisión que residía en Londres, los entregó a la Comisión de Actas, que ahora los publica, bajo su propia responsabilidad, en el informe que sigue.

Los autos relativos a la Alianza eran tan voluminosos que la comisión, en sus sesiones durante el Congreso, solo tuvo tiempo de examinar los documentos más importantes para llegar a una conclusión práctica; por ejemplo, no se le presentaron la mayoría de los documentos rusos. Por eso el informe que la comisión presentó al Congreso ya no basta hoy, pues no abarca más que una parte del asunto. Para que el lector entienda el sentido y el alcance de estos documentos, nos vemos obligados a hacer de historiadores de la Alianza.

Los documentos que publicamos pertenecen a varias categorías. Una parte de ellos ya se ha publicado por separado, en su mayoría en francés; pero, para reconocer con claridad el espíritu de la Alianza, hay que ponerlos junto a los demás, porque, confrontados con ellos, aparecen bajo una luz nueva. A esta parte pertenece el programa de la Alianza pública. Otros documentos pertenecen a la Internacional, y otros más a la rama española de la Alianza secreta, cuya existencia fue denunciada públicamente en la primavera de 1871 por miembros de la propia Alianza. Quien haya seguido con atención el movimiento español de esa época solo encontrará en ellos datos más precisos sobre hechos que ya son, en mayor o menor medida, de dominio público. La importancia de estos documentos no reside en que se publiquen por primera vez, sino en que por primera vez se reúnen de un modo que pone al descubierto la actividad secreta común de la que proceden; pero, sobre todo, cobran importancia cuando los comparamos con las dos categorías siguientes. La primera de ellas consta de documentos en lengua rusa que revelan el verdadero programa y el modo de actuar de la Alianza. Protegidos por la lengua en que están escritos, estos documentos habían permanecido hasta ahora desconocidos en Occidente, y esta circunstancia había permitido a sus autores dar rienda suelta a su fantasía y a su manera de hablar. La traducción fiel que damos de ellos permitirá al lector medir el valor intelectual, moral, político y económico de los cabecillas de la Alianza.

La última categoría consta de una sola pieza: los estatutos secretos de la Alianza; es el único documento de cierta extensión que se publica por primera vez en este informe. Quizá alguien se pregunte si es lícito que unos revolucionarios publiquen los estatutos de una sociedad secreta, de una presunta conspiración. Pues bien, estos estatutos secretos figuran expresamente entre los documentos cuya publicación pidió en el Congreso de La Haya la comisión sobre la Alianza, y ningún delegado, ni siquiera el miembro que formaba la minoría de la comisión, votó en contra. Esta publicación, por tanto, la ha ordenado expresamente el Congreso, cuyas instrucciones tenemos que cumplir; pero, en cuanto al fondo del asunto, hay que decir lo siguiente:

Nos las habemos aquí con una sociedad que, bajo la máscara del anarquismo más extremo, no dirige sus ataques contra los gobiernos existentes, sino contra los revolucionarios que no se someten a su ortodoxia y a su dirección. Fundada por la minoría de un congreso burgués, se infiltra en las filas de la organización internacional de la clase obrera, intenta primero apoderarse de su dirección y, en cuanto ve fracasar ese plan, trabaja por desorganizarla. Del modo más desvergonzado procura sustituir el programa amplio y las grandes aspiraciones de nuestra Asociación por su programa sectario y sus ideas estrechas; organiza dentro de las secciones públicas de la Internacional sus seccioncillas secretas, que, obedeciendo a una misma consigna y mediante una acción común concertada de antemano, llegan en muchos casos a dominarlas; ataca públicamente en sus periódicos a todos los elementos que se niegan a someterse a su dominio; provoca la guerra abierta —son sus propias palabras— en nuestras filas. Para alcanzar su objetivo no retrocede ante ningún medio ni ante ninguna deslealtad; la mentira, la calumnia, la intimidación, la agresión a traición desde una emboscada, todo le parece igual de bueno. Por último, en Rusia, suplanta por completo a la Internacional y comete en su nombre delitos comunes, estafas y un asesinato, del que la prensa gubernamental y burguesa ha hecho responsable a nuestra Asociación. ¡Y la Internacional tendría que callar ante todos estos hechos porque la sociedad culpable de ellos es secreta! La Internacional tiene en su mano los estatutos de esta sociedad, su enemiga mortal, unos estatutos en los que se declara abiertamente una nueva Compañía de Jesús y proclama que tiene el derecho y el deber de emplear todos los medios jesuíticos; estos estatutos explican de golpe todas las hostilidades a que la Internacional se ha visto expuesta desde ese lado; ¡y no tendría que servirse de ellos porque eso sería denunciar a una sociedad secreta!

Contra todas estas intrigas no hay más que un remedio, pero de un efecto fulminante: la publicidad más completa. Sacar a la luz estos manejos en su conjunto es dejarlos sin efecto. Concederles la protección de nuestro silencio no solo sería una ingenuidad de la que los cabecillas de la Alianza se burlarían todavía más, sería una cobardía. Más aún, sería una traición a aquellos internacionales españoles que, siendo miembros de la Alianza secreta, no vacilaron en dar a conocer su existencia y sus procedimientos en cuanto esta se puso en abierta hostilidad contra la Internacional. Por lo demás, todo lo que contienen los estatutos secretos se encuentra, e incluso de forma todavía más tajante, en los documentos publicados en ruso por el propio Bakunin y por Necháyev. Los estatutos no hacen más que corroborar su contenido.

Que griten, pues, los jefes de la Alianza contra la denuncia. Nosotros los denunciamos al desprecio de los obreros y a la benevolencia de los gobiernos, a los que tan buenos servicios han prestado desorganizando el movimiento proletario. Bien tenía razón la *Tagwacht* de Zúrich[^2] cuando decía en una respuesta a Bakunin:

> «Si no es usted un agente pagado, lo cierto es que un agente pagado no habría podido hacer más daño que usted».

## II. La Alianza secreta

La Alianza de la Democracia Socialista es de origen enteramente burgués. No salió de la Internacional; es un vástago de la Liga de la Paz y de la Libertad, una sociedad nacida muerta de republicanos burgueses. La Internacional ya estaba sólidamente establecida cuando a Mijaíl Bakunin se le metió en la cabeza desempeñar el papel de emancipador del proletariado. Ella solo podía ofrecerle el campo de actividad común a todos sus miembros. Para hacerse valer en ella, habría tenido que ganarse antes los galones con un trabajo constante y abnegado; creyó encontrar mejores perspectivas y un camino más fácil del lado de los burgueses de la Liga.

Así pues, en septiembre de 1867 se hizo elegir miembro del comité permanente de la Liga de la Paz y se tomó en serio su papel; puede decirse incluso que él y Barni,[^3] hoy diputado en Versalles, eran el alma de ese comité. Erigido en teórico de la Liga, Bakunin iba a publicar bajo sus auspicios una obra titulada *Federalismo, socialismo y antiteologismo*.[^4] Pero pronto se convenció de que la Liga seguía siendo una sociedad insignificante y de que los liberales que la componían solo veían en sus congresos un medio de combinar un viaje de recreo con discursos altisonantes, mientras que, por el contrario, la Internacional crecía de día en día. Entonces pensó en injertar la Liga en la Internacional. Para llevar a cabo este plan, Bakunin se hizo admitir en julio de 1868, a propuesta de Elpidin,[^5] en la Sección Central de Ginebra. Por otro lado, consiguió que el comité de la Liga aprobara una moción para proponer al congreso internacional de Bruselas[^6] una alianza ofensiva y defensiva entre ambas sociedades; y para obtener la aprobación del congreso a esta enérgica iniciativa, redactó una circular confidencial e hizo que el comité la enviara a los «señores» de la Liga. En ella confiesa abiertamente que la Liga, hasta entonces una farsa impotente, solo podría adquirir importancia si oponía a la alianza de los opresores

> «la alianza de los pueblos, la alianza de los obreros… solo podremos llegar a ser algo si nos convertimos en los representantes sinceros y serios de los millones de obreros».

La misión providencial de la santa Liga sería obsequiar a la clase obrera con un parlamento burgués autodesignado, al que esta dejaría el cuidado de su dirección política.

> «Para convertirse en un poder saludable y real», dice al final la circular, «nuestra Liga debe llegar a ser la *expresión política pura* de los grandes intereses y principios económicos y sociales que hoy desarrolla y propaga triunfalmente la gran Asociación Internacional de los Trabajadores de Europa y de América».

El congreso de Bruselas se atrevió a rechazar la propuesta de la Liga. Grandes fueron la decepción y la cólera de Bakunin. Por un lado, la Internacional se sustraía a su protección. Por otro, el presidente de la Liga, el profesor Gustav Vogt,[^7] le echó un buen rapapolvo:

> «O bien», le escribía a Bakunin, «no estabas seguro del éxito de nuestra invitación, y entonces has comprometido a nuestra Liga; o bien sabías qué sorpresa nos tenían preparada tus amigos de la Internacional, y entonces nos has engañado de una manera indigna. Te pregunto qué hemos de decir a nuestro congreso».

Bakunin le contestó con una carta que se leía a todo el que quisiera oírla:

> «No podía prever», decía, «que el congreso de la Internacional nos respondería con un insulto tan grosero como arrogante; esto se lo debemos a las intrigas de cierta camarilla de alemanes que detesta a los rusos» (explicaba expresamente a sus oyentes que se trataba de la camarilla de Marx). «¿Me preguntas qué debemos hacer? Reclamo para mí el honor de responder a esta grosera injuria en nombre del comité desde la tribuna de nuestro congreso».

En lugar de cumplir su palabra, Bakunin cambió de chaqueta. Presentó al congreso de los de la Liga en Berna un programa de socialismo de fantasía en el que pedía la igualación de las clases y de los individuos, para superar así a las damas de la Liga, que solo pedían la igualación de los sexos. Derrotado de nuevo, se retiró del congreso con una minoría minúscula y se marchó a Ginebra.[^8]

La alianza entre burgueses y obreros con que soñaba Bakunin no debía limitarse a una alianza pública. Los estatutos secretos de la Alianza de la Democracia Socialista (véanse los documentos justificativos, n.º I) contienen indicios de que Bakunin había puesto, en el seno mismo de la Liga, los cimientos de una sociedad secreta destinada a dominarla. No solo los nombres de los grupos dirigentes son idénticos a los de la Liga (Comité Central Permanente, Oficina Central, comités nacionales), sino que los estatutos secretos declaran además que los «miembros fundadores de la Alianza» son «en su mayor parte antiguos miembros del Congreso de Berna». Para hacerse valer como cabeza de la Internacional, tenía que presentarse como cabeza de otro ejército cuya entrega absoluta a su persona le estuviera asegurada por una organización secreta. Una vez que hubiera implantado abiertamente su sociedad en la Internacional, contaba con ramificarla por todas las secciones y procurarse así su dirección absoluta. Con este fin fundó en Ginebra la Alianza (pública) de la Democracia Socialista. En apariencia no era más que una sociedad pública que, aunque enteramente fundida con la Internacional, iba a tener, eso sí, una organización internacional propia, un comité central, oficinas nacionales y secciones independientes de nuestra Asociación; junto a nuestro congreso anual, la Alianza iba a celebrar públicamente el suyo. Pero esta Alianza pública encerraba en su seno otra, dirigida a su vez por la Alianza, más secreta aún, de los Hermanos Internacionales, los Cien Guardias[^9] del dictador Bakunin.

Los estatutos secretos de la «Organización de la Alianza de los Hermanos Internacionales» muestran que en esta Alianza hay «tres grados»: «I. *Los hermanos internacionales;* II. *Los hermanos nacionales;* III. La organización semisecreta y semipública de la *Alianza Internacional de la Democracia Socialista*».

I. Los hermanos internacionales, cuyo número se limita a «cien», forman el sacro colegio. Están bajo un comité central y bajo comités nacionales, organizados como oficinas ejecutivas y como comités de vigilancia. Estos comités son a su vez responsables ante la «Constituyente», o asamblea general de por lo menos dos tercios de los hermanos internacionales. Estos hermanos de la Alianza

> «no tienen otra patria que la revolución universal, ni otro extranjero ni otro enemigo que la reacción. Rechazan toda política de conciliación y de compromiso y consideran reaccionario todo movimiento político que no tenga por fin inmediato y directo el triunfo de sus principios».

Pero como este artículo aplaza la actividad política de los «Cien» hasta el día del Juicio, y como estos intransigentes no tienen intención de renunciar a las ventajas de los cargos públicos, el artículo 8 dice:

> «Ningún hermano aceptará un cargo público si no es con el consentimiento del comité al que pertenece».

Cuando lleguemos a España y a Italia veremos con cuánto celo se han esforzado los cabecillas de la Alianza en poner en práctica este artículo. Los hermanos internacionales

> «son hermanos… cada uno de ellos debe ser sagrado para todos los demás, más que un hermano de sangre; todo hermano debe contar con la ayuda y el apoyo de todos los demás hasta *el agotamiento de lo posible*».

El asunto Necháyev nos revelará qué significa este misterioso agotamiento de lo posible.

> «Todos los hermanos internacionales se conocen entre sí. *Entre ellos no debe existir jamás ningún secreto político.* Ninguno puede pertenecer a una sociedad secreta cualquiera sin el consentimiento expreso de su comité o, en caso necesario, si este lo exige, sin el del Comité Central, y solo puede pertenecer a ella a condición de revelarles todos los secretos que puedan interesarles directa o indirectamente».

Los Piétri y los Stieber[^10] solo emplean como espías a gente subalterna y perdida; pero la Alianza, al enviar a sus falsos hermanos a las sociedades secretas para traicionar sus secretos, confía el papel de espía a los mismos hombres que, según su plan, han de tomar la dirección de la «revolución universal». Por lo demás, este bufón revolucionario corona la vileza con el colmo de lo grotesco:

> «Solo puede ser hermano internacional quien haya aceptado francamente todo el programa con todas sus consecuencias teóricas y prácticas y una la pasión revolucionaria a la inteligencia, la energía, la honradez (!) y la discreción; quien *tenga el diablo en el cuerpo*».

II. Los hermanos nacionales son organizados por los hermanos internacionales, según el mismo plan, en cada país como asociación nacional, pero en ningún caso deben sospechar siquiera la existencia de una organización internacional.

III. La Alianza Internacional secreta de la Democracia Socialista, cuyos miembros se reclutan más o menos en todas partes, posee un órgano legislativo en el *Comité Central Permanente*, que, cada vez que se reúne, se rebautiza como «Asamblea General Secreta de la Alianza». Esta asamblea se celebra una vez al año durante el congreso de la Internacional, o en sesión extraordinaria por convocatoria de la Oficina Central o, mejor dicho, de la Sección Central de Ginebra.

La *Sección Central de Ginebra* es «la delegación permanente del Comité Central Permanente» y «el consejo ejecutivo de la Alianza». Se divide a su vez en dos subsecciones: la *Oficina Central* y el *Comité de Vigilancia*. La Oficina Central, compuesta de tres a siete miembros, es el verdadero poder ejecutivo de la Alianza:

> «Recibe sus indicaciones de la Sección Central de Ginebra y dirige a su vez sus comunicaciones secretas, *por no decir sus órdenes*, a todos los comités nacionales, de los que debe recibir informes secretos al menos una vez al mes».

Este Comité Central ha descubierto el medio de ser a la vez carne y pescado, secreto y público, porque, como parte

> «de la Sección Central secreta, la Oficina Central es una organización secreta;… como directorio público de la Alianza pública, es una organización pública».

Se ve, pues, que Bakunin había organizado ya toda la dirección secreta y pública de su «querida Alianza» antes de que esta existiera, y que los miembros que participaban en cualquier elección no eran más que las marionetas de un teatro de títeres manejado por él. Por lo demás, tampoco tiene reparo en decirlo, como veremos enseguida. La Sección Central de Ginebra, cuya tarea debía ser dar sus indicaciones a la Oficina Central, no es ella misma más que una comedia, pues sus acuerdos de mayoría solo obligan a la Oficina si esta no

> «decide por mayoría de sus miembros apelar contra ellos a la asamblea general, que en tal caso deberá convocar en el plazo de tres semanas. Para poder deliberar válidamente, una asamblea general así convocada necesita la presencia de dos tercios de todos sus miembros».

Como se ve, la Oficina Central se había rodeado de todas las garantías constitucionales para asegurar su independencia.

Alguien podría tener la ingenuidad de creer que esta Oficina Central autónoma era al menos elegida libremente por la Sección Central de Ginebra. Nada de eso: la Oficina Central provisional

> «fue presentada al grupo fundador de Ginebra como elegida provisionalmente por todos los miembros fundadores de la Alianza, que, en su mayor parte antiguos miembros del Congreso de Berna, han regresado a sus casas» (salvo Bakunin) «después de haber delegado sus poderes en el ciudadano Bakunin».

Los miembros fundadores de la Alianza no son, pues, otros que el puñado de burgueses secesionistas de la Liga de la Paz.

Así pues: el Comité Central Permanente, que se había arrogado el poder constituyente y legislativo sobre toda la Alianza, se había nombrado a sí mismo. La delegación ejecutiva permanente de este Comité Central Permanente, la Sección Central de Ginebra, se había nombrado a sí misma en lugar de ser nombrada por ese comité. La Oficina Central ejecutiva de esta Sección Central de Ginebra, en lugar de ser elegida por ella, le había sido impuesta por un grupo de individuos que habían «delegado» todos «sus poderes en el ciudadano Bakunin».

Así pues, el «ciudadano B.» es el eje de la Alianza. Y para asegurar su función como tal, los estatutos secretos de la Alianza dicen textualmente:

> «Su forma visible de gobierno será la de una presidencia en una república federativa»;

una presidencia para la que el presidente ya existía de antemano: el permanente «ciudadano B.».

Como la Alianza es una sociedad internacional, en cada país hay un comité nacional, formado

> «por todos los miembros del Comité Central Permanente pertenecientes a la misma nación».

Para constituir un comité nacional bastan tres miembros. Para asegurar la regularidad de la vía jerárquica burocrática,

> «los comités nacionales, como *únicos* órganos intermediarios entre la Oficina Central y todos los grupos locales de su país»,

deben servir de enlace. Los comités nacionales tienen que

> «ocuparse de la organización de la Alianza en su país, pero de manera que esta esté siempre *dominada* por miembros del Comité Central Permanente y representada por ellos en los congresos».

A esto se le llama en la jerga de la Alianza organizar de abajo arriba. Estos grupos locales solo tienen derecho a presentar sus programas y reglamentos a los comités nacionales, para que

> «se sometan a la aprobación de la Oficina Central; sin esta aprobación, los grupos locales no pueden formar parte de la Alianza».

Una vez injertada en la Internacional esta organización secreta despótica y jerárquica, para completarla solo faltaba desorganizar a la Internacional. Para ello bastaba con anarquizar y autonomizar sus secciones y convertir sus órganos centrales en simples buzones, en «oficinas de correspondencia y de estadística», como más tarde se intentó efectivamente.

El pasado revolucionario del permanente «ciudadano B.» no era lo bastante glorioso como para permitirle esperar que se perpetuara, en la Alianza secreta y menos aún en la Alianza pública, la permanencia de la dictadura que se había adjudicado. Tenía, pues, que ocultarla tras simulacros democratizadores. En consecuencia, los estatutos secretos disponen que la Oficina Central provisional (léase: el ciudadano permanente) funcione hasta la primera asamblea general pública de la Alianza, que nombrará entonces a los miembros de la nueva Oficina Central permanente. Pero

> «como es urgentemente necesario que la Oficina Central se componga siempre únicamente de miembros del Comité Central Permanente, este deberá procurar, por medio de sus comités nacionales, organizar y *dirigir* a todos los grupos locales de tal modo que *no envíen como delegados* a esa asamblea *más que a miembros del Comité Central Permanente* o, a falta de ellos, solo a personas *enteramente adictas a la dirección* de sus respectivos comités nacionales, a fin de que el Comité Central Permanente *lleve siempre la ventaja* en toda la organización de la Alianza».

Estas instrucciones no las da un ministro o un prefecto bonapartista en vísperas de unas elecciones, sino el antiautoritario quintaesenciado, el archianarquista, el apóstol de la organización de abajo arriba, el Bayardo[^11] de la autonomía de las secciones y de la federación de los grupos autónomos, san Mijaíl Bakunin, para proteger su permanencia.

Acabamos de examinar la organización creada para perpetuar la dictadura del «ciudadano B.»; pasemos ahora a su programa.

> «La Asociación de los Hermanos Internacionales quiere la revolución universal, a la vez social, filosófica, económica y política, para que del orden de cosas actual, fundado en la propiedad, la explotación, la dominación y el principio de autoridad —sea este religioso o metafísico y burgués-doctrinario, o incluso jacobino-revolucionario—, no quede piedra sobre piedra, primero en toda Europa y luego en el resto del mundo. Al grito de: ¡Paz a los obreros, libertad a los oprimidos y muerte a los dominadores, explotadores y tutores de toda especie!, queremos destruir todos los Estados y todas las Iglesias con todas sus instituciones y leyes religiosas, políticas, jurídicas, financieras, policiales, universitarias, económicas y sociales, para que todos esos millones de pobres seres humanos a los que hasta ahora se ha engañado, sojuzgado, martirizado y explotado, liberados ya de todos sus directores y bienhechores oficiales y oficiosos, asociaciones e individuos, respiren por fin en completa libertad».

¡Esto sí que es *revolucionarismo revolucionario*! Para alcanzar este objetivo de abracadabra, la primera condición no es combatir los Estados y gobiernos existentes con los medios habituales de los revolucionarios corrientes, sino, por el contrario, atacar con altisonantes frases doctorales

> «la institución del Estado en general y su consecuencia natural a la vez que su fundamento, la propiedad individual».

No se trata, pues, de derribar el Estado bonapartista, prusiano o ruso, sino el Estado abstracto, el Estado como tal, un Estado que no existe en ninguna parte. Pero si bien los hermanos internacionales, en su encarnizada lucha contra este Estado situado en las nubes, saben esquivar las porras, la cárcel y las balas que los Estados reales reservan a los revolucionarios corrientes, también hemos visto que se han reservado el derecho, para el que basta una dispensa papal, de aprovechar todas las ventajas que les ofrecen los Estados burgueses reales. Fanelli, diputado italiano, Soriano, funcionario del gobierno de Amadeo de Saboya, y quizá también Albert Richard y Gaspard Blanc, agentes de la policía bonapartista,[^12] nos muestran lo complaciente que es el Papa en este terreno… Tampoco la policía se preocupa gran cosa por «la Alianza», o, para emplear abiertamente la palabra, por «la conspiración» del ciudadano B. contra el concepto abstracto de Estado.

El primer acto de la revolución debe ser, pues, decretar la abolición del Estado, como hizo Bakunin el 28 de septiembre en Lyon,[^13] aunque esta abolición del Estado sea necesariamente un acto de autoridad. Por Estado entiende todo poder político, revolucionario o reaccionario,

> «porque nos importa poco que se llame Iglesia, monarquía, Estado constitucional, república burguesa o incluso dictadura revolucionaria. Los aborrecemos y rechazamos a todos por la misma razón, como fuentes infalibles de explotación y de despotismo».

Es más, declara que todos los revolucionarios que, al día siguiente de la revolución, quieran «la construcción del Estado revolucionario» son mucho más peligrosos que todos los gobiernos existentes, y que

> «nosotros, los hermanos internacionales, somos los enemigos naturales de estos revolucionarios»,

porque el primer deber de los hermanos internacionales es desorganizar la revolución.

La respuesta a estas fanfarronadas sobre la abolición inmediata del Estado y sobre la implantación de la anarquía se encuentra ya en la circular privada del último Consejo General, *Les prétendues scissions dans l'Internationale* (*Las pretendidas escisiones en la Internacional*),[^14] de marzo de 1872, página 37: «La anarquía: he ahí el gran caballo de batalla de su maestro Bakunin, que de todos los sistemas socialistas solo ha tomado los rótulos. Todos los socialistas entienden por anarquía lo siguiente: una vez alcanzado el objetivo del movimiento proletario, la abolición de las clases, desaparece el poder del Estado, que sirve para mantener a la gran mayoría productora bajo el yugo de una minoría explotadora poco numerosa, y las funciones de gobierno se transforman en simples funciones administrativas. La Alianza coge el asunto por el otro extremo. Proclama la anarquía en las filas proletarias como el medio más infalible de quebrar la poderosa concentración de fuerzas sociales y políticas en manos de los explotadores. Con este pretexto exige a la Internacional, en el momento mismo en que el viejo mundo trata de aplastarla, que sustituya su organización por la anarquía».

Pero sigamos el evangelio anarquista hasta sus consecuencias; supongamos que el Estado ha sido abolido por decreto. Según el artículo 6, las consecuencias de este acto serán: la bancarrota del Estado, el cese del pago de las deudas privadas mediante la intervención del Estado, el cese del pago de todo impuesto y tributo, la disolución del ejército, de la magistratura, de la burocracia, de la policía y de los curas, la abolición de la justicia oficial, acompañada de un auto de fe de todos los títulos de propiedad y de todo el papelote jurídico y civil, la confiscación de todos los capitales productivos y de todos los instrumentos de trabajo en favor de las asociaciones obreras, y la alianza de estas asociaciones, que «constituirá la comuna». Esta comuna dará a los así despojados estrictamente lo necesario, dejándoles en libertad de ganar más con su propio trabajo.

Los hechos han demostrado en Lyon que el simple decreto de abolición del Estado está muy lejos de bastar para cumplir todas estas hermosas promesas. Dos compañías de guardias nacionales burgueses bastaron, por el contrario, para desvanecer este espléndido sueño y para poner a Bakunin a toda prisa en camino de Ginebra, con el decreto milagroso en el bolsillo. Tampoco podía suponer en sus partidarios tanta estupidez como para que no vieran la necesidad de darles algún plan de organización que asegurara la ejecución de su decreto. Este plan es el siguiente:

> «Para la organización de la comuna: una federación de las barricadas en permanencia y la institución de un consejo de la comuna revolucionaria mediante la delegación de uno o dos diputados por cada barricada, uno por calle o por barrio; los diputados irán provistos de mandatos imperativos y serán siempre responsables y revocables en todo momento» (¡qué cosas tan graciosas, estas barricadas de la Alianza, en las que se redactan mandatos en lugar de combatir!). «El *consejo comunal* así organizado podrá elegir de su seno comités ejecutivos especiales para cada rama de la administración revolucionaria de la comuna».

La capital insurrecta, constituida así en comuna, declara entonces a las demás comunas del país que renuncia a toda pretensión de gobernarlas; las invita a reorganizarse revolucionariamente y a enviar luego a sus delegados, responsables, revocables y provistos de mandatos imperativos, a un lugar de reunión convenido, para constituir la federación de las asociaciones, comunas y provincias insurrectas y organizar un poder revolucionario lo bastante fuerte para triunfar sobre la reacción. Esta organización no se limitará a las comunas del país insurrecto; también podrán participar en ella otras provincias o países, mientras que

> «las provincias, comunas, asociaciones e individuos que tomen el partido de la reacción quedarán *excluidos*».

La abolición de las fronteras va aquí, pues, a la par con la tolerancia más indulgente con las provincias reaccionarias, que no dejarán de reavivar la guerra civil.

Tenemos, pues, en esta organización anárquica de las barricadas-tribuna, primero el consejo comunal, después comités ejecutivos que, para poder ejecutar algo, tendrán que estar investidos de algún poder y apoyados por la fuerza pública; tenemos además todo un parlamento federal, cuya tarea principal será organizar esa *fuerza pública*. Este parlamento, lo mismo que el consejo comunal, podrá[^15] delegar el *poder ejecutivo* en uno o varios *comités*, que por este mismo hecho quedarán revestidos de un carácter autoritario que las necesidades de la lucha harán resaltar cada vez más. Tenemos, pues, todos los elementos del «Estado autoritario» restablecidos de la manera más bonita, y poco importa que a esta máquina la llamemos «comuna revolucionaria organizada de abajo arriba». El nombre no cambia en nada la cosa; la organización de abajo arriba existe en toda república burguesa, y los mandatos imperativos datan incluso de la Edad Media; por lo demás, el propio Bakunin lo reconoce cuando (art. 8) da a su organización el nombre de «nuevo Estado revolucionario».

En cuanto al valor práctico de este nuevo plan revolucionario, en el que se discute en lugar de combatir, no gastaremos una sola palabra.

Pero llegamos ahora al secreto de todas estas cajas mágicas de la Alianza con doble y triple fondo. Para que se siga el programa ortodoxo y la anarquía se comporte siempre como es debido,

> «es necesario que, en medio de la anarquía popular, que constituirá la vida misma y toda la fuerza de la revolución, *la unidad del pensamiento y de la acción revolucionaria encuentre un órgano*. Este órgano debe ser la *asociación secreta y universal de los hermanos internacionales*».

> «Esta asociación parte de la convicción de que las revoluciones nunca las hacen ni los individuos ni las sociedades secretas: se hacen por sí mismas, por la fuerza de las cosas, por el movimiento de los acontecimientos y de los hechos. Se preparan largamente en lo hondo de la conciencia instintiva de las masas populares, y luego estallan… Todo lo que puede hacer una sociedad secreta bien organizada es, en primer lugar, favorecer el nacimiento de una revolución difundiendo entre las masas las ideas que corresponden a los instintos de las masas, y organizar, no el ejército de la revolución —el ejército debe ser siempre el pueblo» (la carne de cañón) «—, sino un *estado mayor revolucionario* compuesto de individuos abnegados, enérgicos, inteligentes y, sobre todo, de amigos sinceros del pueblo, no ambiciosos ni vanidosos, capaces de servir de intermediarios entre la idea revolucionaria» (que ellos monopolizan) «y los instintos populares».

> «El número de estos individuos no debe ser, por tanto, muy grande. Para la organización internacional en toda Europa *bastan cien revolucionarios aliados firme y seriamente*. Doscientos o trescientos revolucionarios bastarán para la organización del país más grande».

Así, de repente, se nos presenta otro cuadro. La anarquía, la «vida popular desencadenada», las «malas pasiones», etc., ya no bastan. Para asegurar el éxito de la revolución hace falta la *unidad del pensamiento y de la acción*. Los internacionales tratan de crear esta unidad mediante la propaganda, la discusión y la organización pública del proletariado; a Bakunin le basta para ello una organización secreta de cien hombres, los representantes privilegiados de la idea revolucionaria; un estado mayor revolucionario disponible, autodesignado y mandado por el permanente «ciudadano B.». Unidad del pensamiento y de la acción no quiere decir otra cosa que ortodoxia y obediencia ciega. *Perinde ac cadaver*.[^16] Estamos en plena Compañía de Jesús.

La afirmación de que los cien hermanos internacionales deben «servir de intermediarios entre la idea revolucionaria y los instintos populares» abre un abismo infranqueable entre la idea revolucionaria de la Alianza y las masas proletarias. Proclama la imposibilidad de reclutar a estos Cien Guardias en otro sitio que en las clases privilegiadas.

## III. La Alianza en Suiza

La Alianza es como Falstaff:[^17] sabe que la prudencia es la mejor parte del valor. Y así, el «diablo en el cuerpo» no impide en absoluto a los hermanos internacionales inclinarse humildemente ante el poder del Estado existente mientras protestan enérgicamente contra el concepto de Estado; sus ataques, en cambio, los dirigen exclusivamente contra la Internacional. Primero quisieron dominarla; cuando esto les falló, intentaron desorganizarla. Expondremos ahora su actividad en los distintos países.

Los hermanos internacionales no eran más que un estado mayor disponible; lo que les faltaba era un ejército. La Internacional les pareció creada y traída al mundo para ese fin. Para poder tomar el mando de este ejército, había que introducir en ella la *Alianza pública*. Temiendo que esta se rebajara si solicitaba su admisión al Consejo General y reconocía con ello sus atribuciones, se dirigieron repetidamente, pero en vano, al Consejo Federal belga y al de París. Las repetidas negativas obligaron a la Alianza a solicitar su admisión al Consejo General el 15 de diciembre de 1868. Envió sus estatutos y su programa, que expresaban abiertamente su propósito (documentos justificativos, n.º 2). Aunque la Alianza se declaraba «enteramente fundida con la Internacional», pretendía formar en su seno un segundo organismo internacional. Junto al Consejo General de la Internacional, elegido por los congresos, había un Comité Central de la Alianza autodesignado, con sede en Ginebra; junto a los grupos locales de la Internacional existían los grupos locales de la Alianza, que, por medio de sus oficinas nacionales, que funcionaban al margen de las oficinas nacionales de la Internacional, *«tienen que solicitar a la Oficina Central de la Alianza su admisión en la Asociación Internacional de los Trabajadores»*. La Oficina Central de la Alianza se arrogaba, pues, el derecho de admitir en la Internacional. Junto a los congresos de la Internacional iban a celebrarse los congresos de la Alianza, pues «en los congresos obreros anuales» «la delegación de la Alianza…» pretendía «celebrar sus sesiones públicas en un local aparte».

El 22 de diciembre, el Consejo General (en una carta publicada en la circular *Les prétendues scissions dans l'Internationale*, página 7)[^18] declaró que estas pretensiones estaban en flagrante contradicción con los Estatutos de la Internacional y rechazó sin más la admisión de la Alianza. Unos meses más tarde, esta volvió a dirigirse al Consejo General y le preguntó si reconocía o no sus principios. En caso afirmativo, se declaraba dispuesta a disolverse en simples secciones de la Internacional. El Consejo General respondió el 9 de marzo de 1869 (véase *Les prétendues scissions*, página 8)[^19] que pronunciarse sobre el valor científico del programa de la Alianza excedía de sus atribuciones, y que, si en lugar de «igualación de las clases» se ponía «abolición de las clases», no habría ningún obstáculo para la transformación de las secciones de la Alianza en secciones de la Internacional. Y añadía: «Si *la disolución de la Alianza y la entrada de las secciones en la Internacional* quedaran decididas definitivamente, según nuestros reglamentos administrativos sería necesario *informar al Consejo General del lugar y del número de miembros de cada nueva sección*».

El 22 de junio de 1869, la sección de Ginebra de la Alianza comunicó al Consejo General que se había disuelto la Alianza Internacional de la Democracia Socialista, cuyas secciones habían sido todas invitadas a «transformarse en secciones de la Internacional». Tras esta declaración expresa, e inducido a error por algunas firmas al pie del programa que hacían suponer que la sección estaba reconocida por el Comité Federal romando, el Consejo General la admitió. Debemos añadir que ninguna de las condiciones aceptadas se ha cumplido jamás. Al contrario: la organización secreta oculta tras la Alianza pública solo entró en plena actividad a partir de ese momento. Detrás de la sección internacional de Ginebra estaba la Oficina Central de la Alianza secreta; detrás de las secciones internacionales de Nápoles, Barcelona, Lyon y el Jura, las secciones secretas de la Alianza. Apoyándose en esta francmasonería, cuya existencia no sospechaban ni la masa de los internacionales ni sus centros administrativos, Bakunin esperaba apoderarse de la dirección de la Internacional en el Congreso de Basilea, en septiembre de 1869. En este congreso, la Alianza secreta, gracias a los medios no precisamente leales que empleó, estaba representada por diez delegados como mínimo, entre ellos el conocido Albert Richard y el propio Bakunin. Había llevado consigo varios mandatos en blanco, que no se pudieron utilizar por falta de gente de confianza, aunque se ofrecieron a internacionales de Basilea. Aun así, este número no bastó siquiera para que el congreso sancionara la abolición del derecho de herencia, esa vieja manía sansimoniana que Bakunin quería convertir en punto de partida práctico del socialismo;[^20] menos aún se pudo imponer al congreso el traslado del Consejo General de Londres a Ginebra, que Bakunin perseguía.

Entretanto, en Ginebra había guerra abierta entre la Alianza y el Comité Federal romando, apoyado por la actitud casi unánime de los internacionales de Ginebra. La Alianza tenía como aliados en esta lucha a *Le Progrès* de Le Locle, redactado por James Guillaume, y a *L'Égalité* de Ginebra, que, aunque órgano oficial del Comité Federal romando, estaba redactado por un comité en su mayoría aliancista y atacaba en toda ocasión al Comité Federal romando. Sin perder de vista el gran objetivo, el traslado de la sede del Consejo General a Ginebra, la redacción de *L'Égalité* abrió una campaña contra el Consejo General existente e invitó a *Le Travail* de París a apoyarla. El Consejo General declaró en su circular del 1 de enero de 1870[^21] que no sostenía polémicas con periódicos. Entretanto, el Comité Federal romando ya había apartado a la gente de la Alianza de la redacción de *L'Égalité*.

En aquella época, la secta todavía no se había puesto la máscara antiautoritaria. Como creía poder adueñarse del Consejo General, fue la primera en proponer y redactar en el Congreso de Basilea los reglamentos administrativos que concedían al Consejo General esos mismos «poderes autoritarios» (*pouvoirs autoritaires*) que ella misma iba a atacar con tanta violencia dos años después. Nada pinta mejor la idea que entonces tenía del papel autoritario del Consejo General que el siguiente fragmento de *Le Progrès* de Le Locle, redactado por James Guillaume, del 4 de diciembre de 1869, a propósito de la disputa entre el *Social-Demokrat* y el *Volksstaat*:[^22]

> «Nos parece que es *deber* del Consejo General de nuestra asociación *intervenir*, abrir una investigación sobre lo que ocurre en Alemania, *pronunciarse* entre Schweitzer y Liebknecht y *poner fin así a la incertidumbre* en que nos coloca esta extraña situación».

¡Quién creería que es el mismo Guillaume que el 12 de noviembre de 1871, en la circular de Sonvillier, reprochaba a ese mismo Consejo General, que antes ejercía demasiado poca autoridad, haber querido «introducir el *principio de autoridad* en la Internacional»!

Los periódicos de la Alianza, no contentos con difundir su programa particular, cosa que nadie les habría reprochado, se habían empeñado desde el principio en crear y mantener una confusión bien calculada entre su programa y el de la Internacional. Esto se repitió en todas partes donde la Alianza disponía de un periódico o colaboraba en él, en España, en Suiza, en Italia; pero solo en sus publicaciones rusas alcanzó el sistema su perfección.

La secta dio su gran golpe en el congreso de la Federación romanda en La Chaux-de-Fonds (4 de abril de 1870). Se trataba de obligar a las secciones de Ginebra a reconocer a la Alianza pública de Ginebra como parte de la Federación y de trasladar el Comité Federal y su órgano a una localidad del Jura donde la Alianza secreta fuera dueña y señora.

Al abrirse el congreso, dos delegados de la «Sección de la Alianza» pidieron ser admitidos. Los delegados de Ginebra propusieron aplazar el asunto hasta el final del congreso y entrar inmediatamente en la discusión del programa, por ser esto mucho más importante. Declararon que su mandato imperativo les ordenaba retirarse antes que admitir a esa sección en su grupo,

> «en vista de las intrigas y del afán de dominio de la gente de la Alianza; se acordaría la escisión de la sección romanda si se acordaba la admisión de la Alianza».

Pero la Alianza no quería dejar escapar esta ocasión. La proximidad de sus pequeñas secciones del Jura le había permitido procurarse una pequeña mayoría aparente, ya que Ginebra y los grandes centros de la Internacional estaban muy débilmente representados. A instancias de Guillaume y de Schwitzguébel, fue admitida por una mayoría impugnada de uno o dos votos. Los delegados de Ginebra consultaron enseguida por telégrafo a todas las secciones y recibieron el encargo de retirarse del congreso. Como los internacionales de La Chaux-de-Fonds apoyaban a los ginebrinos, los aliancistas tuvieron que abandonar el local del congreso, que pertenecía a las secciones de la localidad. Aunque, según su propio órgano (véase *La Solidarité* del 7 de mayo de 1870), solo representaban quince secciones, mientras que Ginebra sola tenía treinta, se arrogaron el título de congreso romando, nombraron un nuevo Comité Federal romando, en el que brillaban Chevalley y Cognon,[^23] y elevaron *La Solidarité* de Guillaume a órgano de la Federación romanda. En cuanto a Guillaume, este joven maestro de escuela tenía la misión especial de desacreditar a los «obreros de fábrica»[^24] de Ginebra, esos «burgueses repugnantes», combatir *L'Égalité*, periódico de la Federación romanda, y predicar la abstención absoluta en materia política. Los artículos más destacados sobre este último tema procedían de Bastelica, en Marsella, y de los dos pilares principales de la Alianza en Lyon, Albert Richard y Gaspard Blanc.

La mayoría momentánea y falseada del congreso de La Chaux-de-Fonds había actuado, por lo demás, violando abiertamente los estatutos de la Federación romanda que pretendía representar, y no hay que olvidar a este respecto que los cabecillas de la Alianza habían tenido una parte importante en la redacción de esos estatutos. Según los artículos 53 y 55, toda decisión importante del congreso necesitaba, para adquirir fuerza de ley, la aprobación de dos tercios de las secciones federadas. Ahora bien, las secciones de Ginebra y de La Chaux-de-Fonds, que se habían pronunciado contra la Alianza, formaban por sí solas *más* de dos tercios del total. En dos grandes asambleas generales, los internacionales de Ginebra aprobaron casi por unanimidad, a pesar de la oposición de Bakunin y de sus amigos, la actuación de sus delegados, que, entre el aplauso general, propusieron a la Alianza que siguiera por su lado y desistiera de su pretensión de entrar en la Federación romanda; a ese precio, la reconciliación estaría hecha. Más tarde, algunos miembros desengañados de la Alianza propusieron su disolución, pero Bakunin y sus partidarios se opusieron con todas sus fuerzas. La Alianza mantuvo su pretensión de pertenecer en cualquier caso a la Federación romanda, y a esta no le quedó otro remedio que expulsar de su seno a Bakunin y a los demás cabecillas principales.

Había, pues, ahora dos comités federales romandos, uno en Ginebra y otro en La Chaux-de-Fonds. La inmensa mayoría de las secciones siguió fiel al primero, mientras que al otro solo lo siguieron quince secciones, muchas de las cuales, como veremos más adelante, fueron desapareciendo una tras otra.

Apenas clausurado el congreso romando, el nuevo comité de La Chaux-de-Fonds apeló a la intervención del Consejo General en una carta firmada por «F. Robert, secretario, y Henri Chevalley, presidente» (véase la nota anterior). El Consejo General examinó las pruebas de ambas partes y el 28 de junio de 1870 acordó mantener al comité de Ginebra en sus funciones y pedir al nuevo Comité Federal de La Chaux-de-Fonds que adoptara un nombre local.[^25] Ante esta decisión, que tan poco respondía a sus deseos, el comité de La Chaux-de-Fonds se puso a clamar contra el autoritarismo del Consejo General, olvidando que había sido él el primero en pedir su intervención. La obstinación con que el comité de La Chaux-de-Fonds se arrogaba el nombre de Comité Federal romando causó tales trastornos en la federación suiza que el Consejo General se vio obligado a romper toda relación con él.

El 4 de septiembre de 1870 se proclamó la república en París. La Alianza creyó que había llegado la hora de «desencadenar la hidra revolucionaria en Suiza» (estilo Guillaume). *La Solidarité* lanzó un manifiesto que pedía la formación de cuerpos francos suizos contra los prusianos. Este manifiesto, sin embargo, si hemos de creer al pedagogo Guillaume, «no estaba firmado» para no ser «en modo alguno *anónimo*». Por desgracia, todo el ardor guerrero de la Alianza se evaporó con el secuestro del periódico y del manifiesto. Pero yo, exclamaba el impetuoso Guillaume, que ardía en deseos de «jugarse el pellejo», «yo me quedé en mi puesto: en la imprenta del periódico» (*Bulletin jurassien*, 15 de junio de 1872).

El movimiento revolucionario de Lyon había estallado. Bakunin acude corriendo en ayuda de su lugarteniente Albert Richard y de sus suboficiales Bastelica y Gaspard Blanc. El 28 de septiembre, el día de su llegada, el pueblo se había apoderado del ayuntamiento, y Bakunin se instaló en él: había llegado por fin el momento crítico, esperado durante largos años, en que Bakunin podía realizar el acto más revolucionario que el mundo haya visto jamás: decretó la *abolición del Estado*. Pero el Estado, en la forma y figura de dos compañías de guardias nacionales burgueses, entró por una puerta que se habían olvidado de ocupar, barrió la sala y mandó a Bakunin a toda prisa camino de Ginebra.

En el mismo momento en que el belicoso Guillaume defendía «en su puesto» la república de septiembre, su fiel Acates,[^26] Robin,[^27] huía de esa república a Londres. Aunque el Consejo General sabía que era uno de los partidarios más acérrimos de la Alianza y, más aún, el autor de los ataques lanzados contra él en *L'Égalité*, lo admitió en su seno, a falta de sus miembros franceses y a pesar de los informes de las secciones de Brest sobre la conducta poco valerosa de Robin. Desde ese momento, Robin actuó allí sin interrupción como corresponsal oficioso del comité de La Chaux-de-Fonds. El 14 de marzo de 1871 propuso convocar una conferencia confidencial de la Internacional para resolver la disputa suiza. El Consejo General, previendo que en París se preparaban grandes acontecimientos, rechazó sin más esta propuesta. Robin repitió varias veces sus intentos y acabó proponiendo incluso que el Consejo General zanjara definitivamente la cuestión. El 25 de julio, el Consejo General decidió que este asunto se sometiera también a la conferencia que había de convocarse para el mes de septiembre de 1871.

El 10 de agosto, la Alianza, poco deseosa de ver sus manejos examinados por una conferencia, declaró que estaba disuelta desde el día 6 de ese mismo mes. Pero, reforzada por algunos refugiados franceses, reapareció pronto con otros nombres, como Sección de los Ateos Socialistas y Sección de Propaganda y de Acción Revolucionaria Socialista. Conforme a la resolución del Congreso de Basilea y de acuerdo con el Comité Federal romando, el Consejo General se negó a reconocer estas secciones, simples nuevos focos de intriga.

La Conferencia de Londres (septiembre de 1871) confirmó frente a los disidentes del Jura la decisión del Consejo General del 28 de junio de 1870.

Desaparecida *La Solidarité*, los nuevos partidarios de la Alianza fundaron *La Révolution sociale*, en la que escribía la señora André Léo,[^28] la misma que en el congreso de la Liga de la Paz en Lausana había declarado, en el momento en que Ferré esperaba en la cárcel la hora de ser llevado a Satory, que

> «Raoul Rigault y Ferré eran las dos figuras siniestras de la Comuna que hasta entonces» (hasta la ejecución de los rehenes) «habían pedido sin cesar, aunque siempre en vano, medidas sangrientas».

Desde su primer número, este periódico se esforzó en ponerse al nivel de *Le Figaro*, *Le Gaulois*, *Paris-Journal* y demás periódicos inmundos, cuyas infames calumnias contra el Consejo General reproducía. El momento le pareció propicio para encender la llama del odio nacional dentro de la propia Internacional. Según él, el Consejo General no era más que un comité alemán dirigido por un cerebro bismarckiano.

La Conferencia, con sus tres resoluciones sobre la disputa suiza, sobre la acción política de la clase obrera y sobre la desautorización pública de Necháyev,[^29] había herido a la Alianza en el corazón. La primera resolución censuraba directamente al seudocomité romando de La Chaux-de-Fonds y aprobaba la actuación del Consejo General. Aconsejaba a las secciones del Jura que se adhirieran a la Federación romanda y, para el caso de que esta unión no se produjera, decidía que las secciones de las regiones montañosas tomaran el nombre de Federación del Jura. Declaraba que, si su comité continuaba su guerra periodística ante el público burgués, esos periódicos serían desautorizados por el Consejo General. La segunda resolución, sobre la acción política de la clase obrera, ponía fin a la confusión que Bakunin había querido introducir en la Internacional al deslizar en su programa la doctrina de la abstención completa en materia política. La tercera resolución amenazaba directamente a Bakunin. Más adelante, cuando hablemos de Rusia, se verá cuánto interés personal tenía Bakunin en ocultar a la Europa occidental las infamias de la Alianza.

La Alianza vio en ello, y con razón, una declaración de guerra, y abrió de inmediato su campaña. Las secciones del Jura que apoyaban al seudocomité romando se reunieron en congreso en Sonvillier el 12 de noviembre de 1871. Acudieron dieciséis delegados que pretendían representar a nueve secciones. Según el informe del Comité Federal, la sección de Courtelary, representada por dos delegados, había «suspendido su actividad»; la sección central de Le Locle «había acabado disolviéndose», pero se había reconstituido por el momento para enviar dos delegados al congreso de los Dieciséis; la sección de grabadores y guillocheros de Courtelary (dos delegados) «se constituyó en sociedad de oficio» *fuera* de la Internacional; la sección de propaganda de La Chaux-de-Fonds (un delegado) «se encuentra en una situación crítica que, lejos de mejorar, amenaza con empeorar». La sección central de Neuchâtel (dos delegados, entre ellos Guillaume) «ha sufrido mucho, y sin la abnegación de algunos miembros su caída habría sido segura». Los dos círculos de estudios sociales de Sonvillier y Saint-Imier (cuatro delegados), en el distrito de Courtelary, se formaron, según el informe, a raíz de la disolución de la sección central de Courtelary; ¡así es como los pocos miembros de este distrito se hacen representar tres veces por seis delegados! La sección de Moutier (un delegado) parece no constar más que de su comité. Así pues, de dieciséis delegados, catorce representan a secciones muertas o moribundas. Pero para comprender el estado de descomposición que la prédica de la anarquía había causado en esta federación, hay que leer un poco más de ese informe. De veintidós secciones, solo nueve estaban representadas en el congreso; siete no habían respondido nunca a ninguna comunicación del comité y cuatro habían sido declaradas completamente muertas. Esta era la federación que se creía llamada a trastocar de arriba abajo la organización de la Internacional.

El congreso de Sonvillier empezó, sin embargo, por inclinarse ante la Conferencia de Londres, que le había dado el nombre de Federación del Jura; pero, para dar al mismo tiempo una muestra de su anarquismo, declaró disuelta toda la Federación romanda. (Esta devolvió a los jurasianos su autonomía expulsándolos de sus secciones.) Acto seguido, el congreso lanzó al mundo su estruendosa circular, cuyo objetivo principal era protestar contra la legalidad de la Conferencia y apelar a un congreso general que debía convocarse en el plazo más breve.

La circular acusa a la Internacional de haberse apartado de su espíritu, que no debía ser otra cosa que «una inmensa protesta contra la autoridad». Hasta después del Congreso de Bruselas todo iba a pedir de boca, en la mejor de las sociedades posibles; pero en Basilea los delegados perdieron la cabeza: fueron presa de una «confianza ciega» y atentaron contra «el espíritu y la letra de los Estatutos generales», en los que tan claramente se proclamaba la autonomía de cada sección y de cada grupo de secciones. Así pues, ahora la Internacional había escrito en su bandera la autoridad, y la Federación del Jura, esa marioneta de la Alianza, la autonomía de las secciones. Ya hemos visto cómo piensa realizar la Alianza esa autonomía.

Los pecados del Congreso de Basilea fueron superados todavía por los de la Conferencia de Londres, cuyas resoluciones

> «tienden a hacer de la Internacional, libre federación de secciones autónomas, una organización jerárquica y autoritaria de secciones disciplinadas, puestas enteramente en manos del Consejo General, que podría a su antojo negarles la admisión o incluso suspender su actividad».

Los aliancistas que redactaron esta circular olvidaban, pues, que su reglamento secreto no está hecho más que para consolidar una «organización jerárquica y autoritaria» coronada por la persona del permanente «ciudadano B.», y que en ese reglamento se dan instrucciones para «disciplinar» a las secciones y ponerlas enteramente, no ya «en manos», sino incluso «bajo el dominio» de ese mismo «ciudadano».

Si los pecados de la Conferencia eran ya pecados mortales, el pecado capital, el pecado contra el Espíritu Santo, lo cometió sin embargo el Consejo General. Hay en él «algunas personalidades» que consideran su

> «mandato» (como miembros del Consejo General) «como una cualidad personal»,[^30] «y Londres les ha parecido la capital inamovible de nuestra Asociación… Ha habido hombres que se han dejado llevar… a querer hacer prevalecer en la Internacional su programa especial, su doctrina personal… como teoría oficial, la única que tendría derecho de ciudadanía en la Asociación… Así se ha formado poco a poco una ortodoxia, cuya sede era Londres y cuyos representantes eran los miembros del Consejo General».

En una palabra, han querido establecer la unidad de la Internacional por medio de la «centralización y la dictadura». En esta misma circular, la Alianza se esfuerza por «hacer prevalecer en la Internacional su programa especial», declarándola «una inmensa protesta contra la autoridad» y sentenciando que la emancipación de los obreros por los obreros mismos debe hacerse «sin ninguna autoridad dirigente, aunque esta autoridad fuera elegida por los obreros y contara con su consentimiento». Veremos cómo, allí donde la Alianza tuvo influencia, hizo precisamente lo que falsamente reprocha al Consejo General: quiso imponer su ridícula quimera teórica como «teoría oficial, la única que tendría derecho de ciudadanía en la Asociación».[^31] Todo esto se refiere solo a la actividad pública y visible de la Alianza; en cuanto a su actividad secreta, «el espíritu y la letra» de sus estatutos secretos ya nos han ilustrado sobre el grado de «ortodoxia», de «doctrina personal», de «centralización» y de «dictadura» que reina en esa «libre federación de grupos autónomos». Comprendemos muy bien por qué la Alianza quería impedir que la clase obrera se diera una dirección común: la providencia bakuninista ya se había ocupado de ello al constituir su *Alianza* como estado mayor de la revolución.

Lejos de imponer una ortodoxia a la Internacional, el Consejo General había propuesto a la Conferencia de Londres suprimir los nombres sectarios de ciertas secciones, y esta propuesta se aprobó por unanimidad.[^32]

Por lo demás, el Consejo General se expresaba así sobre las sectas en su circular privada (*Prét. scissions*, p. 24):

«La primera fase de la lucha del proletariado contra la burguesía está marcada por el movimiento sectario. Este tiene su razón de ser en una época en que el proletariado no se ha desarrollado todavía lo suficiente para actuar como clase. Pensadores aislados someten a crítica los antagonismos sociales y les dan a la vez una solución fantástica, que la masa de los obreros no tiene más que aceptar, propagar y llevar a la práctica. Por su misma naturaleza, estas sectas, formadas por iniciativa individual, se mantienen ajenas y cerradas frente a toda actividad real, frente a la política, las huelgas, las sociedades de oficio, en una palabra, frente a todo movimiento de conjunto. La masa del proletariado sigue siendo siempre indiferente, e incluso hostil, a su propaganda. Los obreros de París y de Lyon no querían saber nada de los sansimonianos, los fourieristas ni los icarianos, como tampoco los cartistas y tradeunionistas ingleses de los owenistas. Las sectas, palanca del movimiento en sus comienzos, se convierten en un obstáculo en cuanto este las rebasa; se vuelven entonces reaccionarias; prueba de ello son las sectas en Francia y en Inglaterra, y últimamente los lassalleanos en Alemania, que, después de haber estorbado durante años la organización del proletariado, han acabado siendo simples instrumentos de la policía. En resumen, representan la infancia del movimiento proletario, como la astrología y la alquimia representan la infancia de la ciencia. Para que la fundación de la Internacional fuera posible, el proletariado tenía que haber superado esta fase.

»Frente a las organizaciones fantásticas de las sectas, la Internacional es la organización real y militante de la clase proletaria de todos los países, unidos entre sí en su lucha contra los capitalistas, los terratenientes y su poder de clase organizado en el Estado. Por eso los Estatutos de la Internacional no conocen más que simples sociedades obreras, que persiguen todas el mismo fin y aceptan el mismo programa, que se limita a trazar los grandes rasgos del movimiento obrero y deja su elaboración teórica al impulso dado por las necesidades de la lucha práctica y por el intercambio de ideas en las secciones, del mismo modo que la Internacional admite indistintamente en sus órganos y en sus congresos todas las convicciones socialistas».

La Alianza no quería que la Internacional fuera una sociedad de combate; la circular de Sonvillier exigía que fuera la imagen fiel de la sociedad futura:

> «debemos procurar, pues, acercar esta organización lo más posible a nuestro ideal… La Internacional, embrión de la sociedad humana futura, está obligada a ser desde ahora la imagen fiel de nuestros principios de libertad y de federación y a desterrar de su seno todo principio que tienda a la autoridad, a la dictadura».

Si la Federación del Jura hubiera logrado su plan de hacer de la Internacional la imagen fiel de una sociedad que aún no existe y de privarla de todo medio de acción combinada, con el propósito oculto de someterla a la «autoridad y dictadura» de la Alianza y de su dictador permanente, el «ciudadano B.», habría superado los deseos más atrevidos de la policía europea, que no pide otra cosa que ver a la Internacional jubilada.

Para demostrar a sus antiguos colegas de la Liga de la Paz y de la burguesía radical que la campaña que abrían iba dirigida contra la Internacional y no contra la burguesía, los hombres de la Alianza enviaron su circular a todos los periódicos radicales. *La République française* de Gambetta se apresuró a expresarles su reconocimiento en un artículo lleno de alientos para los jurasianos y de injurias contra la Conferencia de Londres. El *Bulletin jurassien* quedó tan encantado de encontrar ese apoyo en la prensa burguesa que reprodujo el artículo entero en su número 3, demostrando así que la más cordial armonía unía a los ultrarrevolucionarios aliancistas con los gambettistas versalleses. Para dar más difusión entre la burguesía a la grata noticia de una escisión naciente en la Internacional, la circular de Sonvillier se vendió por las calles de varias ciudades de Francia, sobre todo en Montpellier, un día de mercado. Es sabido que en Francia la venta de impresos en la calle requiere autorización policial.[^33]

Esta circular se envió por fardos a todas partes donde la Alianza creía poder captar amigos o ganarse a descontentos con el Consejo General. El éxito fue casi nulo. Los aliancistas españoles se pronunciaron en contra de convocar el congreso que la circular pedía, y hasta se atrevieron a reprender al Papa. En Italia, un solo individuo, Terzaghi,[^34] y aun él solo por un momento, se declaró a favor del congreso. En Bélgica, donde no había aliancistas conocidos, pero donde todo el movimiento internacional estaba atascado en el pantano de las frases burguesas sobre abstención política, autonomía, libertad, federación, descentralización y en el espíritu de campanario, la circular obtuvo cierta acogida benévola (un *succès d'estime*). Aunque el Consejo Federal belga negó su apoyo a la petición de un congreso general extraordinario —que, por lo demás, habría sido absurda, ya que Bélgica había estado representada en la Conferencia por seis delegados—, redactó en cambio un proyecto de Estatutos generales que suprimía lisa y llanamente el Consejo General. Cuando se discutió esta propuesta en el congreso belga, el delegado de Lodelinsart observó que el sentir de los patronos es el mejor criterio para los obreros. Con solo ver la alegría que la mera idea de suprimir el Consejo General causaba entre los patronos, podía asegurarse que era imposible

> «cometer un error mayor que el de acordar esa supresión».

Y la moción fue rechazada. En Suiza, la Federación romanda protestó enérgicamente; en todas las demás partes, en cambio, solo se respondió a la circular con el silencio del desprecio.

El Consejo General respondió a la circular de Sonvillier y a los continuos manejos de la Alianza con la circular privada *Les prétendues scissions dans l'Internationale*, fechada el 5 de marzo de 1872. Buena parte de esta circular ya se ha citado más arriba en extracto. El Congreso de La Haya despachó como merecían, por la vía rápida, aquellas intrigas y a sus intrigantes.

Ciertamente, esta gente, que solo vive de armar ruido, ha tenido un éxito indiscutible. Toda la prensa liberal y policial ha tomado abiertamente su partido; en sus injurias personales contra el Consejo General y en sus flojos ataques contra la Internacional, los han apoyado los reformadores del mundo de todos los países: en Inglaterra, los republicanos burgueses, cuyas intrigas desbarató el Consejo General; en Italia, los librepensadores dogmáticos que, bajo la bandera de Stefanoni,[^35] propusieron fundar una Sociedad Universal de los Racionalistas con sede obligatoria en Roma, con una organización «autoritaria» y «jerárquica», con conventos ateos de frailes y de monjas, una sociedad cuyos estatutos disponen que se coloque en la sala de congresos un busto de todo burgués que done diez mil francos; en Alemania, por último, los socialistas bismarckianos, que, aparte de su periódico policial, el *Neuer Social-Demokrat*, hacen de blusas blancas[^36] del Imperio prusiano-alemán.

Desaparecida *La Révolution sociale*, la Alianza se hizo representar en la prensa por el *Bulletin jurassien*, que, con el pretexto de defender a las secciones autónomas contra las tendencias autoritarias del Consejo General y las usurpaciones de la Conferencia de Londres, trabajaba en la desorganización de la Internacional. En su número del 20 de marzo de 1872 confesaba abiertamente que por

> «Internacional no entendía tal o cual organización que hoy abarca a una parte del proletariado. Las organizaciones son algo secundario y pasajero… La Internacional es, hablando de una manera más general, ese sentimiento de solidaridad entre los explotados que domina el mundo nuevo».

La Internacional reducida al puro «sentimiento de solidaridad» sería aún más platónica que el amor cristiano. Como muestra de los honrados medios de que se sirve el *Bulletin jurassien*, damos el siguiente pasaje de una carta de Tokarzewicz, redactor jefe del periódico polaco *Wolność* (La Libertad), de Zúrich:

> «En el número 13 del *Bulletin jurassien* aparece un *programa de la sociedad socialista polaca de Zúrich*, que dentro de tres días publicará su periódico, *Wolność*. Le autorizamos a comunicar al Consejo General de la Internacional, tres días después de recibir esta carta, que el programa es *falso*».

El número de este *Bulletin* del 15 de junio contiene las respuestas de los aliancistas (Bakunin, Malon, Claris, Guillaume, etc.) a la circular privada del Consejo General.[^37] Estas respuestas no contestan a ninguna de las acusaciones que el Consejo General había formulado contra la Alianza y sus jefes. El Papa, agotados sus argumentos, creyó zanjar el debate llamando a la circular «montón de inmundicia».

> «Por lo demás», decía, «me había reservado citar a todos mis calumniadores ante un tribunal de honor, que el próximo congreso sin duda no me negará. *Y si* ese *jurado me ofrece todas las garantías de un juicio imparcial y serio*, podré exponerle, con todos los detalles necesarios, todos los hechos tanto políticos como personales, sin temor a los inconvenientes y peligros de una publicación indiscreta».

Naturalmente, el ciudadano B. se puso en la brecha… como de costumbre: no compareció en La Haya.

Se acercaba el congreso, y la Alianza sabía que antes de él iba a publicarse el informe sobre el proceso Necháyev, que la Conferencia había encargado redactar al ciudadano Utin.[^38] Le importaba muchísimo impedir que el informe apareciera antes del congreso, para que sus miembros no estuvieran plenamente informados sobre el asunto. El ciudadano Utin se trasladó a Zúrich para realizar su trabajo. Apenas instalado allí, fue víctima de un intento de asesinato que no dudamos en atribuir a la Alianza. En Zúrich, Utin no tenía más enemigos que algunos eslavos aliancistas bajo el «dominio» de Bakunin. Por lo demás, la organización de la emboscada y del asesinato alevoso es un medio de lucha reconocido y empleado por esa sociedad; veremos otros ejemplos de ello en España y en Rusia. Ocho individuos que hablaban una lengua eslava acecharon a Utin en un lugar solitario, cerca de un canal; en cuanto llegó junto a ellos, lo atacaron por la espalda, le golpearon la cabeza con piedras pesadas, le causaron una herida grave en un ojo y, después de derribarlo, lo habrían rematado y arrojado al canal si no hubieran llegado cuatro estudiantes alemanes. Al verlos, los asesinos huyeron. Este atentado no impidió al ciudadano Utin terminar su trabajo y enviarlo al congreso.

## IV. La Alianza en España

Después del congreso de la *Liga de la Paz* celebrado en Berna en septiembre de 1869, Fanelli, uno de los fundadores de la Alianza y miembro del Parlamento italiano, se fue a Madrid.[^39] Llevaba recomendaciones de Bakunin para el diputado a Cortes Garrido,[^40] quien lo puso en relación con algunos republicanos, tanto burgueses como obreros. Poco después, en noviembre del mismo año, se enviaron desde Ginebra carnés de miembro de la Alianza a Morago, a Córdova y López (republicano, candidato a Cortes, redactor del periódico burgués *El Combate*) y a Rubau Donadeu (candidato derrotado por Barcelona y fundador de un partido seudosocialista).[^41] La noticia del envío de esos carnés sembró la confusión en la joven sección internacional de Madrid; su presidente, Jalvo, se retiró, porque no quería pertenecer a una asociación que toleraba en su seno una sociedad secreta compuesta de burgueses y se dejaba dirigir por ella.

Ya en el Congreso de Basilea la Internacional española estuvo representada por dos aliancistas, Farga Pellicer y Sentiñón, el segundo de los cuales figura en la lista oficial como «delegado de la Alianza».[^42] Después del congreso de la Internacional española (junio de 1870), la Alianza se estableció en Palma, Valencia, Málaga y Cádiz. En 1871 se fundaron secciones en Sevilla y en Córdoba. A principios de 1871, Morago y Viñas, delegados de la Alianza en Barcelona, propusieron a los miembros del Consejo Federal (Francisco Mora, Ángel Mora, Anselmo Lorenzo, Borrell, etc.)… fundar una sección de la Alianza en Madrid; pero estos se opusieron, declarando que la Alianza era una sociedad peligrosa si era secreta e inútil si era pública. Por segunda vez bastó con mencionar ese nombre para arrojar el germen de la discordia en el seno del Consejo Federal, hasta el punto de que Borrell pronunció estas palabras proféticas:

> «Desde hoy ha muerto toda confianza entre nosotros».

Sin embargo, cuando las persecuciones del gobierno obligaron a los miembros del Consejo Federal a trasladarse a Portugal, Morago consiguió convencerlos de la utilidad de aquella asociación secreta, y por iniciativa suya se fundó la sección de la Alianza de Madrid. En Lisboa, Morago admitió en la Alianza a algunos portugueses miembros de la Internacional. Pero como le pareció que esos nuevos miembros no le ofrecían garantías suficientes, fundó sin que ellos lo supieran otro grupo aliancista, formado por los peores elementos burgueses y obreros, sacados de las filas de la masonería. Este nuevo grupo, del que formaba parte un cura colgahábitos, Bonança, quería organizar la Internacional en secciones de diez miembros cada una, que, bajo su dirección, debían servir a los planes del conde de Peniche, y a las que este intrigante político sabía arrastrar a una insurrección de pega cuyo único fin era llevarlo al poder.[^43] Ante las intrigas aliancistas en Portugal y en España, los internacionales portugueses se retiraron de esa sociedad secreta y pidieron en el Congreso de La Haya su expulsión de la Internacional como medida de salud pública.

En la conferencia de la Internacional española celebrada en Valencia (septiembre de 1871), los delegados aliancistas, que como siempre eran también delegados de la Internacional, dieron a su sociedad secreta una organización completa para la península ibérica. La mayoría de ellos creía que el programa de la Alianza era idéntico al de la Internacional, que aquella organización secreta existía en todas partes, que entrar en ella era casi un deber y que la Alianza aspiraba a seguir desarrollando la Internacional y no a dominarla; así que decidió admitir a todos los miembros del Consejo Federal. En cuanto lo supo Morago, que hasta entonces no se había atrevido a volver a España, acudió a toda prisa a Madrid y acusó a Mora de «haber querido subordinar la Alianza a la Internacional», lo contrario de lo que se proponía la Alianza. Y para dar autoridad a esa opinión, en el mes de enero siguiente dio a leer a Mesa una carta de Bakunin en la que este exponía un plan maquiavélico para dominar a la clase obrera.

Este era el plan:

> «La Alianza debe existir en apariencia dentro de la Internacional, pero en realidad a cierta distancia de ella, para observarla y dirigirla mejor. Por esa razón, los miembros que forman parte del consejo o de los comités de las secciones internacionales deben estar *siempre en minoría en las secciones de la Alianza*». (Declaración de José Mesa al Congreso de La Haya, fechada el 1 de septiembre de 1872.)

En una reunión de la Alianza, Morago acusó a Mesa de haber traicionado a esa sociedad secreta al admitir en ella a todos los miembros del Consejo Federal, porque eso les daba la mayoría en la sección aliancista y establecía de hecho el dominio de la Internacional sobre la Alianza. Para impedir ese dominio, las instrucciones secretas disponen que solo uno o dos aliancistas se introduzcan en el consejo o en los comités de la Internacional, para dominarlos luego bajo la dirección y con la ayuda de la sección de la Alianza, donde se tomaban de antemano todos los acuerdos que se quería imponer a la Internacional. Desde ese momento Morago declaró la guerra al Consejo Federal y fundó también aquí, como en Portugal, una nueva sección aliancista, que se ocultaba a los sospechosos. Los iniciados de distintos lugares de España lo apoyaron y empezaron a acusar al Consejo Federal de descuidar sus deberes para con la Alianza, como prueba una circular de la sección de la Alianza de Valencia (30 de enero de 1872) firmada «Demonio» (alias aliancista de Montoro).

Cuando llegó la circular de Sonvillier, la Alianza española se guardó mucho de tomar partido por el Jura.[^44] Incluso la sección madre de Barcelona, en una carta oficial del 14 de noviembre de 1871, trata al Papa Mijaíl, de quien sospechaba que tenía una rivalidad personal con Karl Marx, de una manera muy ruda y del todo herética.[^45]

Por lo demás, el Consejo Federal suscribió esa carta, lo que nos muestra la poca influencia que tenía entonces en España la autoridad central suiza. Pero pronto pudo notarse que la gracia iba a abrirse paso en los corazones endurecidos. En una reunión de la federación internacional de Madrid (7 de enero de 1872) en la que se discutió la circular de Sonvillier, el nuevo grupo dirigido por Morago impidió que se leyera la contracircular de la Federación romanda y cortó el debate. El 24 de febrero, «Rafar» (máscara aliancista de Rafael Farga) escribía a la sección aliancista de Madrid:

> «Hay que destruir las influencias reaccionarias y las tendencias autoritarias del Consejo General».

Aun así, la Alianza solo consiguió que los internacionales de Palma de Mallorca se adhirieran abiertamente a la circular del Jura. Se ve que la disciplina eclesiástica empezaba a quebrar la última resistencia a la infalibilidad del Papa.

Ante todo este trabajo subterráneo, el Consejo Federal español comprendió que era urgente librarse de la Alianza. Las persecuciones del gobierno le dieron un pretexto. Para el caso de que se disolviera la Internacional, propuso crear grupos secretos de «Defensores de la Internacional», en los que las secciones de la Alianza debían fundirse sin que se notara. La entrada de numerosos miembros nuevos tenía que modificar necesariamente el carácter de esas secciones, que desaparecerían definitivamente junto con esos grupos el día en que cesara la persecución. Pero la Alianza adivinó el fin oculto de ese plan y lo hizo fracasar, aunque, a falta de una organización como la propuesta, la Internacional en España quedaba en entredicho si el gobierno cumplía sus amenazas. La Alianza, por el contrario, hizo esta propuesta:

> «Si se nos pone fuera de la ley, podría ser útil dar a la Internacional una forma exterior *que el gobierno pudiera tolerar*, de manera que los consejos locales fueran algo así como el núcleo interior oculto que, bajo la influencia de la Alianza, daría a las secciones una orientación decididamente revolucionaria». (Circular de la sección de la Alianza de Sevilla, 25 de octubre de 1871.)

Cobarde en los hechos, valiente en las frases: ahí tenemos a toda la Alianza, en España como en otras partes.

La resolución de la Conferencia de Londres sobre la acción política de la clase obrera obligó a la Alianza a ponerse en abierta hostilidad con la Internacional y dio al Consejo Federal la ocasión de hacer constar su completa armonía con la gran mayoría de la Internacional.[^46] Le dio además la idea de formar en España un gran partido obrero. Para conseguirlo había que empezar por separar por completo a la clase obrera de todos los partidos burgueses, y sobre todo del partido republicano, que reclutaba entre los obreros la masa de sus electores y de sus combatientes. El Consejo Federal recomendó la abstención en todas las elecciones a diputados, tanto monárquicas como republicanas; y para quitarle al pueblo toda ilusión sobre la palabrería seudosocialista de los republicanos, los redactores de *La Emancipación*, que eran a la vez miembros del Consejo Federal, dirigieron a los representantes del partido republicano federal reunidos en congreso una carta en la que les pedían medidas prácticas y los invitaban a pronunciarse sobre el programa de la Internacional.[^47] Era asestarle un duro golpe al partido republicano; la Alianza se esforzó en amortiguarlo, porque estaba estrechamente aliada con los republicanos. Fundó en Madrid un periódico, *El Condenado*, que proclamaba como programa las tres virtudes cardinales de la Alianza, *ateísmo, anarquía y colectivismo*, pero predicaba a los obreros que no debían pedir la reducción de la jornada de trabajo. Junto al «hermano» Morago escribía en ese periódico Estévanez, uno de los tres miembros del comité director del partido republicano, hace poco gobernador de Madrid y ministro de la Guerra.[^48] Pino, en Málaga, miembro de la comisión federal de la seudo-Internacional, y Felipe Martín, en Madrid, ahora viajante de la Alianza, servían de agentes electorales al partido republicano. Y para tener también a su Fanelli en las Cortes españolas, la Alianza decidió presentar la candidatura de Morago.

La Alianza ya tenía dos agravios imperdonables contra el Consejo Federal: 1.º que se hubiera mantenido neutral en la cuestión del Jura; 2.º que hubiera atacado su existencia; tras la actitud que el Consejo Federal adoptó frente al partido republicano, y que amenazaba con desbaratar todos sus planes, decidió derribarlo. El congreso republicano recibió la carta como una declaración de guerra. *La Igualdad*, el órgano más influyente del partido republicano, atacó con violencia a los redactores de *La Emancipación* y los acusó de haberse vendido a Sagasta.[^49] *El Condenado* alentó esa infamia con su obstinado silencio. La Alianza hizo todavía más por el partido republicano: a causa de esa carta hizo expulsar a los redactores de *La Emancipación* de la federación internacional de Madrid, en la que predominaba.

Pese a las persecuciones del gobierno, el Consejo Federal había llevado en seis meses de gestión el número de las federaciones locales de 13 a 70; en otros cien lugares había preparado federaciones locales; había organizado ocho oficios en sociedades nacionales de oficio, y además, por iniciativa suya, se formó la gran asociación de los obreros fabriles de Cataluña.[^50] Estos servicios prestados por los miembros del Consejo Federal les habían dado una influencia moral tan grande que Bakunin sintió la necesidad de llevarlos por el camino de la salvación con una larga admonición paternal, que envió con fecha del 5 de abril de 1872 a Mora, secretario general del Consejo Federal (véanse los documentos justificativos, n.º 3). El Congreso de Zaragoza (4-11 de abril de 1872), pese a los esfuerzos de la Alianza, representada por al menos doce delegados, anuló la expulsión y eligió para el nuevo Consejo Federal a dos de los expulsados, a pesar de que se negaron repetidamente a aceptar la candidatura.

En el Congreso de Zaragoza se celebraron, como siempre, al mismo tiempo los conciliábulos de la Alianza. Los miembros del Consejo Federal propusieron la disolución de la Alianza. Para que no fuera rechazada, la propuesta se esquivó. Dos meses después, el 2 de junio, esos mismos hombres, en su calidad de directores de la Alianza española y en nombre de la sección madrileña de la Alianza, enviaron una circular a las demás secciones en la que renovaban su propuesta y daban para ello la razón siguiente:

> «La Alianza se ha apartado del camino que a nuestro juicio debía haber seguido; ha falseado la idea a la que debe su origen y, en lugar de ser una parte integrante de nuestra gran Asociación, un elemento activo que diera un impulso fecundo a los distintos órganos de la Internacional, apoyándolos y favoreciéndolos en su desarrollo, se ha separado por completo del resto de la Asociación y ha llegado a formar una organización aparte, que se coloca por encima de ella y trata de dominarla; con ello introduce entre nosotros la desconfianza, la discordia y la división… En Zaragoza, en vez de aportar ideas para resolver las importantes tareas del congreso, no ha hecho más que ponerle trabas y obstáculos».

Ya al día siguiente, la Alianza hizo expulsar de nuevo de la federación internacional de Madrid a los firmantes de la circular del 2 de junio. Tomó como pretexto un artículo de *La Emancipación* del 1 de junio en el que se pedía una investigación

> «sobre el origen de la fortuna de los ministros, generales, jueces, funcionarios públicos, alcaldes, etc. … y de todos los personajes políticos que, sin ejercer un cargo público, han vivido a la sombra de los diversos gobiernos, a los que prestaban su apoyo en las Cortes y cuyos manejos injustos encubrían bajo la máscara de una falsa oposición… cuya confiscación de bienes debería ser la primera medida del primer día de una revolución».

La Alianza, que vio en ello un ataque directo contra sus amigos del partido republicano, acusó a los redactores de *La Emancipación* de haber traicionado la causa del proletariado, porque al pedir la confiscación de los bienes de los ladrones del Estado reconocían la propiedad privada. Nada caracteriza mejor el espíritu reaccionario que se oculta bajo la charlatanería revolucionaria de la Alianza y que esta querría inocular a la clase obrera. Y nada prueba mejor la perfidia de la Alianza que el hecho de que expulse como defensores de la propiedad privada a las mismas personas a las que al mismo tiempo maldice por sus ideas comunistas.

Esta nueva expulsión se llevó a cabo violando el reglamento vigente, que prescribe la formación de un tribunal de honor, en el que el acusado nombra a dos de los siete jueces y de cuya decisión puede apelar a la asamblea general de la sección. En lugar de eso, la Alianza, para que no se le perturbara en su autonomía, hizo acordar la expulsión en la misma sesión en que presentó la acusación. De los 130 miembros que componían la sección, solo se habían presentado 15 compinches. Los expulsados apelaron al Consejo Federal.

Este Consejo Federal, gracias a los manejos de la Alianza, había sido trasladado a Valencia. De los dos miembros del antiguo Consejo Federal reelegidos en el Congreso de Zaragoza, Mora no había aceptado, y poco después Lorenzo dimitió de su cargo. Desde ese momento el Consejo Federal estuvo entregado en cuerpo y alma a la Alianza. Así, contestó a la apelación de los expulsados con una declaración de incompetencia, aunque el artículo 7 del reglamento de la Federación Española le imponía el deber de suspender, a reserva de la apelación al próximo congreso, a toda federación local que violara los estatutos. Los expulsados se constituyeron entonces en «Nueva Federación» y pidieron su reconocimiento al Consejo Federal, que se lo negó formalmente en virtud de la autonomía de las secciones. La Nueva Federación Madrileña se dirigió entonces al Consejo General, que la admitió conforme a los artículos II, 7 y IV, 4 del reglamento general. El congreso general de La Haya aprobó ese acto y admitió *por unanimidad* al delegado de la Nueva Federación Madrileña.[^51]

La Alianza había comprendido todo el alcance de este primer movimiento de rebeldía; había comprendido que, si no lo ahogaba en germen, la Internacional española, hasta entonces tan dócil, se le escaparía de las manos; puso en marcha todos los medios, decentes e indecentes. Empezó por la calumnia. Los nombres de los expulsados, Ángel y Francisco Mora, José Mesa, Víctor Pagés, Iglesias, Sáenz, Calleja, Pauly y Lafargue, se publicaron en los periódicos con el calificativo de traidores y se fijaron en los locales de las secciones. A Mora, que para cumplir con su deber de secretario general había dejado su trabajo y durante varios meses había vivido de la ayuda de su hermano, porque no había dinero para pagarle el sueldo, se le acusó de haber vivido a costa de la Internacional. A Mesa, que para ganarse la vida redactaba una revista de modas y una vez había traducido un artículo para un periódico ilustrado, se le trató de vendido a la burguesía. A Lafargue se le cargó el pecado mortal de haber expuesto, con un banquete digno de Lúculo, la débil carne de Martínez y de Montoro, dos miembros del nuevo Consejo Federal aliancista, a las tentaciones de san Antonio, como si llevaran la conciencia en la panza. Aquí solo hablamos de las calumnias públicas e impresas. Sin embargo, estas medidas no dieron el fruto deseado; se pasó, pues, a la intimidación. En Valencia se atrajo a Mora a una emboscada, donde los miembros del Consejo Federal lo esperaban con el garrote en la mano. Lo sacaron de allí miembros de la federación local, que, conociendo los procedimientos de esos señores, aseguran que Lorenzo presentó la dimisión ante argumentos igual de contundentes. En Madrid se hizo poco después un ataque parecido. La congregación aliancista del Índice prohibió *La Emancipación* a todos los fieles; en Cádiz, para infundir un saludable temor en el alma de los pecadores, se anunció que se expulsaría de la Internacional como traidor a cualquiera que vendiese *La Emancipación*. La anarquía aliancista se realiza en la práctica como Inquisición.

La Alianza se puso entonces manos a la obra, como de costumbre, para conseguir que toda la representación de la Internacional española en el Congreso de La Haya estuviera formada solo por miembros suyos. Con este fin, el Consejo Federal hizo llegar a las secciones una circular privada cuya existencia ocultó cuidadosamente a la Nueva Federación Madrileña. Proponía en ella enviar al congreso una representación colectiva, elegida por todos los internacionales, y recaudar para cubrir los gastos de la representación una contribución general de 25 céntimos por cabeza. Como el tiempo era demasiado corto para que las federaciones locales pudieran ponerse de acuerdo sobre las candidaturas, estaba claro, como lo han probado los hechos, que se elegiría a los candidatos oficiales de la Alianza y se les enviaría al congreso a costa de la Internacional. Pero esa circular cayó en manos de la Nueva Federación Madrileña, que la envió al Consejo General, y este, sabedor de la dependencia del Consejo Federal respecto de la Alianza, vio llegado el momento de actuar. Escribió, pues, al Consejo Federal español una carta en la que se dice:

«Ciudadanos: Tenemos en las manos las pruebas de que en el seno de la Internacional, y en particular en España, existe una sociedad secreta que se llama Alianza de la Democracia Socialista. Esta sociedad, cuya autoridad central está en Suiza, tiene como tarea particular dirigir nuestra gran Asociación en el sentido de sus intereses particulares y ponerla al servicio de fines que desconoce la inmensa mayoría de los internacionales. Sabemos además por *La Razón* de Sevilla que al menos tres miembros de vuestro Consejo pertenecen a la Alianza…

»Si el carácter y la organización de esa sociedad ya eran incompatibles con el espíritu y la letra de nuestros estatutos cuando actuaba libre y públicamente, su existencia continuada en secreto en medio de la Internacional, pese a la palabra dada, constituye una verdadera traición a nuestra Asociación. La Internacional no conoce más que una clase de miembros, con iguales derechos y deberes para todos; la Alianza los divide en dos clases, iniciados y profanos, los segundos destinados a dejarse dirigir por medio de una organización cuya existencia ni siquiera sospechan. La Internacional exige a todos los que se adhieren a ella que reconozcan como regla de su conducta *la verdad, la justicia y la moral*; la Alianza, en cambio, impone a sus iniciados como primer deber engañar a los internacionales profanos sobre la existencia de la organización secreta, sobre los motivos y hasta sobre los fines de sus palabras y de sus actos».[^52]

El Consejo General les pedía además ciertos materiales para la investigación sobre la Alianza que quería someter al Congreso de La Haya, y una explicación de cómo conciliaban sus deberes para con la Internacional con la presencia de al menos tres miembros notorios de la Alianza en el Consejo Federal.

El Consejo Federal contestó con una carta evasiva, en la que, sin embargo, reconocía la existencia de la Alianza.

Como las maniobras de que hemos hablado no parecían bastar para asegurar el éxito de la elección, la Alianza llegó a presentar en sus órganos las candidaturas oficiales de Farga, Alerini, Soriano, Marselau, Méndez y Morago. El resultado de la elección dio 3.568 votos a Marselau, 3.442 a Morago, 2.850 a Méndez y 2.751 a Soriano. De los demás candidatos, Lostau obtuvo 2.430 votos de cuatro ciudades catalanas, que evidentemente aún no estaban bien disciplinadas; Fuster, 1.053 votos en Sans, en Cataluña. Ninguno de los demás candidatos pasó de 250 votos. Para asegurar la elección de Farga y de Alerini, el Consejo Federal concedió a la ciudad de Barcelona, donde dominaba la Alianza, el privilegio de elegir ella misma a sus delegados, que naturalmente fueron Farga y Alerini. La misma circular oficial hace constar además que las cuatro ciudades catalanas que habían elegido a Lostau y a Fuster, y que por tanto habían rechazado a los candidatos oficiales de la Alianza, reunieron 2.654 reales (unos 550 marcos) para los gastos de la delegación, mientras que las demás ciudades españolas, en las que la Alianza había podido sacar adelante a sus candidatos gracias a la falta de costumbre de los obreros de llevar sus asuntos por sí mismos, pagaron en total solo 2.799 reales (unos 580 marcos). La Nueva Federación Madrileña tenía, pues, razón cuando decía que el dinero de la Internacional serviría para enviar a La Haya a los delegados de la Alianza. Por lo demás, el Consejo Federal aliancista no pagó íntegra la cotización reglamentaria al Consejo General.

Todo esto aún no le bastaba a la Alianza. Necesitaba para sus delegados un mandato imperativo dictado por ella, y lo consiguió de la manera siguiente. En su circular del 7 de julio, el Consejo Federal pidió autorización para refundir en un mandato colectivo los mandatos imperativos dados por las federaciones locales; y la obtuvo. Esta maniobra, peor que un plebiscito bonapartista, permitió a la Alianza redactar el mandato de sus delegados, un mandato que pretendía imponer al congreso, prohibiendo a sus delegados tomar parte en las votaciones si no se cambiaba inmediatamente el modo de votación prescrito por el reglamento general de la Internacional. Que esto no era más que una finta lo prueba el hecho de que en el Congreso de Saint-Imier los delegados españoles, pese a su mandato, tomaron parte en la votación por federaciones, un modo de votación tan alabado por Castelar[^53] y practicado por la Liga de la Paz.[^54]

## V. La Alianza en Italia

En Italia la Alianza existió antes que la Internacional. El Papa Mijaíl había residido allí y se había procurado numerosas relaciones entre los elementos radicales más jóvenes de la burguesía. La primera sección de la Internacional italiana, la de Nápoles, estuvo desde su fundación bajo la dirección de ese círculo de burgueses y aliancistas. El abogado Gambuzzi,[^55] uno de los fundadores de la Alianza, consiguió la presidencia para su «obrero modelo» Caporusso. En el Congreso de Basilea, Bakunin, del brazo de su fiel Caporusso, representó a los internacionales napolitanos, mientras que el Antonelli de la Alianza, Fanelli,[^56] delegado de varias asociaciones obreras ajenas a la Internacional, se quedó por el camino a causa de una indisposición.[^57]

La familiaridad con el Santo Padre se le subió a la cabeza al buen Caporusso. A su regreso a Nápoles se creyó por encima de los demás aliancistas y se puso a hacer de amo en su sección.

> «El viaje a Basilea transformó a Caporusso de pies a cabeza… Volvió del congreso con ideas y pretensiones extrañas, en completa contradicción con la naturaleza de nuestra Asociación. Habló primero con insinuaciones y luego abiertamente, en tono imperioso, de plenos poderes que no tenía ni podía tener; aseguraba que el Consejo General solo confiaba en él y que, si la sección no hacía su voluntad, tenía poderes para disolverla y fundar otra nueva». (Informe oficial de la sección de Nápoles al Consejo General, julio de 1871, redactado y firmado por el abogado aliancista Carmelo Palladino.)

Los plenos poderes de Caporusso tenían que venir del comité central de la Alianza, porque la Internacional nunca ha concedido poderes semejantes. El bueno de Caporusso, que en la Internacional solo veía una fuente de provecho personal, nombró a su yerno, un ex jesuita y cura colgahábitos,

> «profesor de la Internacional y obligó a los pobres obreros a tragarse sus diatribas sobre el respeto a la propiedad y otras sandeces de la economía burguesa» (carta de Cafiero),[^58]

tras lo cual se dejó comprar por los capitalistas, a los que inquietaban los progresos de la Internacional en Nápoles. Por orden de ellos arrastró a los peleteros napolitanos a una huelga sin esperanza. Encarcelado con otros tres miembros, se quedó con la suma de 300 francos que la sección había enviado para socorrer a los cuatro presos. Estas hazañas le valieron la expulsión de la sección, que siguió existiendo hasta que fue disuelta por la fuerza (20 de agosto de 1871). La Alianza, que se había librado de los golpes de la policía, aprovechó la circunstancia para ponerse en el lugar de la Internacional. Carmelo Palladino, al enviar el 13 de noviembre de 1871 el informe oficial citado más arriba, protestó contra la Conferencia de Londres en los mismos términos y con las mismas razones que se encuentran en la circular de Sonvillier del día anterior.

En noviembre de 1871 se formó en Milán una sección compuesta de elementos diversos. Había en ella obreros, sobre todo mecánicos, llevados por Cuno; y al lado estudiantes, periodistas de la prensa menor y dependientes de comercio, estos últimos completamente bajo la influencia de la Alianza.[^59] Cuno, ya por su origen pangermánico, estaba excluido de sus misterios; pero se convenció de que, después de una peregrinación a Locarno, la Roma aliancista, aquellos jóvenes burgueses se habían constituido en sección de la sociedad secreta.[^60] Poco después (febrero de 1872), Cuno fue detenido y expulsado por la policía italiana; gracias a esta ayuda del cielo, la Alianza encontró el campo libre y disciplinó con toda suavidad a la sección milanesa de la Internacional.

El 8 de octubre de 1871 se constituyó en Turín la *Federación Obrera*, que pidió al Consejo General su admisión en la Internacional. Su secretario, Carlo Terzaghi, escribía en aquella carta: «*Attendiamo i vostri ordini*», esperamos vuestras órdenes. Como para mostrar que en Italia la Internacional tenía que pasar desde su origen por la vía jerárquica burocrática de la Alianza, anuncia que

> «el Consejo General recibirá por mediación de Bakunin una carta de la asociación obrera de Rávena, en la que esta se declara sección internacional».

El 4 de diciembre Carlo Terzaghi comunica al Consejo General que la *Federación Obrera* se ha escindido, porque la mayoría es mazziniana, y que la minoría se ha constituido en sección con el nombre de Emancipación del Proletario. Aprovecha la ocasión para pedir al Consejo General dinero para su periódico, *Il Proletario*. No era tarea del Consejo General atender a las necesidades de la prensa; pero existía en Londres un comité que se ocupaba de reunir algunos fondos para ayudar a los periódicos internacionales. El comité estaba a punto de enviar una ayuda de 150 francos cuando el *Gazzettino Rosa* anunció que la sección de Turín había tomado abiertamente partido por el Jura y había decidido enviar un delegado al congreso general que iba a convocar la Federación del Jura. Dos meses después, Terzaghi se jactó ante Regis de que había sido *él* quien había hecho tomar esa decisión, después de recibir personalmente en Locarno las instrucciones de Bakunin.[^61] Ante esta actitud hostil a la Internacional, el comité no envió el dinero.

Aunque Terzaghi era en Turín la mano derecha de la Alianza, el verdadero legado pontificio allí era un tal Jacobi, supuesto médico polaco. Para explicar su odio al supuesto pangermanismo del Consejo General, el doctor aliancista acusaba a este

> «de negligencia e inactividad en la guerra franco-prusiana; hay que atribuirle la caída de la Comuna, porque no supo servirse de su inmenso poder para apoyar el movimiento de París; sus tendencias germánicas saltan a la vista si se piensa que ante las murallas de París había en el ejército alemán 40.000 internacionales (!) y que el Consejo General no supo usar su influencia, o no quiso usarla, para impedir que continuara la guerra» (!! Informe de Regis al Consejo General, 1 de marzo de 1872).

Acusa al Consejo General, confundiéndolo con el comité de prensa, de «seguir la teoría de los gobiernos corruptores y corrompidos» por haberle negado los 150 francos al aliancista Terzaghi. Para demostrar que esta queja de la Alianza le salía del corazón, Guillaume se impuso el deber de repetirla en el Congreso de La Haya.

Mientras Terzaghi tocaba en su periódico, ante el público, el gran tambor antiautoritario de la Alianza, escribía bajo cuerda al Consejo General que debía hacer uso de su autoridad y rechazar las cotizaciones de la *Federación Obrera* de Turín, y le pedía una excomunión en regla del periodista Beghelli, que ni siquiera era miembro de la Internacional. Ese mismo Terzaghi, «el buen amigo (*amicone*) del prefecto de policía de Turín, que lo convidaba a un vasito de vermut cuando se lo encontraba» (informe oficial del Consejo Federal de Turín del 5 de abril de 1872), denunció en una reunión pública la presencia del refugiado Regis, enviado a Turín por el Consejo General. Esa denuncia puso inmediatamente a la policía tras los pasos de Regis, que solo con la ayuda de la sección consiguió llegar a la frontera.

Terzaghi terminó así en Turín su misión aliancista. Como se habían levantado contra él graves acusaciones, «amenazó con quemar los libros de la sección si no se le reelegía secretario, si se trataba de sustraerse a su voluntad, a su autoridad, o si se le votaba una censura. En todos esos casos se vengaría haciéndose agente de policía (*questurino*)». (Del informe citado del Consejo Federal de Turín.) Terzaghi tenía todos los motivos para querer intimidar a la sección. En su calidad de tesorero y secretario había llevado demasiado lejos sus robos aliancistas de caja. Pese a una prohibición formal del consejo, se asignó una indemnización de 90 francos; anotó en los libros como pagadas sumas no pagadas y que faltaban en la caja; el balance de cuentas que él mismo hizo arrojaba un saldo en caja de 56 francos que no aparecían por ninguna parte y que se negó a reponer, lo mismo que los 200 sellos de cotización que había recibido del Consejo General. La asamblea general lo echó (*scacciò*) por unanimidad (informe citado). La Alianza, que siempre respeta la autonomía de las secciones, respetó también esta expulsión, haciéndolo nombrar enseguida miembro honorario de la sección de Florencia y más tarde delegado de esa misma sección en la conferencia de Rímini.

Pocos días después, en una carta del 10 de marzo, Terzaghi explica al Consejo General su expulsión de la manera siguiente: había presentado su dimisión como miembro y secretario de esa sección de canallas y soplones (*canaglia et mardoccheria*), porque estaba «compuesta de agentes del gobierno y de mazzinianos», y porque se había intentado colgarle un voto de censura: «¿sabe usted por qué? ¡porque yo predicaba la guerra al capital!». (Esa guerra la libraba precisamente contra la caja de la sección.) La carta tiene por objeto demostrar al Consejo General que se engaña singularmente sobre el carácter de este buen Terzaghi, que no desea nada con más ardor que ser el humilde servidor del Consejo General. ¿No había «declarado siempre que, para ser internacional, hay que pagar las cotizaciones al Consejo General», en contra de las órdenes secretas de la Alianza?

> «Si nos adherimos al congreso del Jura, no fue para declararles la guerra a ustedes, mis queridos amigos, sino que simplemente se siguió la corriente; nuestra intención era aportar en el conflicto una palabra de paz. En cuanto a la centralización de las secciones, la considero muy útil, sin querer por ello quitarles cierta autonomía propia». «Espero que el gran Consejo negará la admisión a la federación obrera mazziniana; estén seguros de que nadie se lo achacará a afán de autoridad; yo asumo toda la responsabilidad… Deseo una biografía detallada de Karl Marx; en Italia todavía no tenemos ninguna auténtica y me gustaría tener el honor de ser el primero en ofrecerla».

¿Y qué significa todo este menear la cola?

> «No por mí, sino por la causa, para no dejar el campo libre a mis numerosos enemigos, para mostrarles que la Internacional se mantiene firme, les ruego encarecidamente que, si todavía es tiempo, me concedan la ayuda de 150 francos que el gran Consejo había acordado».

Creyéndose seguro de la impunidad, parece que Terzaghi se hizo imposible en Florencia con nuevas fechorías, hasta el punto de que el propio *Fascio Operaio* se vio obligado a desautorizarlo.[^62] Esperemos que el Comité del Jura haya sabido apreciar mejor sus servicios.

Si en Terzaghi la Alianza encontró a su verdadero representante, en la Romaña encontró su terreno apropiado. Formó allí su grupo de secciones supuestamente internacionales, que tenían como primera regla de conducta no hacer caso de los Estatutos Generales y no comunicar al Consejo General su constitución ni pagarle cotizaciones. Eran secciones verdaderamente autónomas. Tomaron el nombre de *Fascio Operaio* y sirvieron de centro a diversas asociaciones obreras. Su primer congreso, celebrado en Bolonia el 17 de marzo de 1872, respondió a la pregunta:

> «¿Debe someterse, en el interés general y para asegurar la completa autonomía del *Fascio Operaio*, a la dirección del Comité General de Londres o a la del Jura, o debe conservar su independencia, manteniendo a la vez relaciones con ambos comités?»

con la siguiente resolución:

> «El congreso no ve en el Comité General de Londres ni en el del Jura más que simples oficinas de correspondencia y de estadística, y encarga al consulado del distrito de Bolonia que se ponga en relación con ambos y que informe de ello a las secciones».

El *Fascio Operaio* había metido la pata gravemente al revelar a los profanos la misteriosa existencia del centro secreto de la Alianza. El Comité del Jura se vio obligado a negar públicamente su existencia secreta. En cuanto al Consejo General, el consulado de Bolonia nunca le dio señales de vida.

En cuanto la Alianza tuvo noticia de la convocatoria del Congreso de La Haya, hizo avanzar a su *Fascio Operaio*, que, en nombre de su autoridad autónoma o de su autonomía autoritaria, se atribuyó el título de federación italiana y convocó una conferencia en Rímini para el 5 de agosto. De las 21 secciones que estuvieron representadas allí, solo una, la de Nápoles, había pertenecido alguna vez a la Internacional, mientras que ninguna de las secciones que pertenecían realmente a la Internacional, ni siquiera la de Milán, tuvo allí representante. Esta conferencia descubrió el plan de campaña de la Alianza en la resolución siguiente:

> «Considerando que la Conferencia de Londres (septiembre de 1871) ha intentado imponer, con su resolución IX, a toda la Asociación Internacional de los Trabajadores una doctrina autoritaria, que es la del *partido comunista alemán*;

> »considerando que el Consejo General es la palanca y el punto de apoyo de esa tentativa;

> »considerando que la doctrina de los *comunistas autoritarios* es la negación del sentimiento revolucionario del proletariado italiano;

> »considerando que el Consejo General ha empleado los medios más indignos, como la calumnia y el engaño, con el único fin de imponer a toda la Asociación Internacional la unidad de su doctrina particular *comunista autoritaria*;

> »considerando que el Consejo General ha colmado la medida de su indignidad con su circular privada, fechada en Londres el 5 de marzo de 1872, en la que, prosiguiendo su obra de calumnia y de engaño, revela toda su ansia de autoridad, en particular en los dos pasajes siguientes, dignos de atención:

> »*Sería difícil ejecutar órdenes sin autoridad “moral”, “a falta de cualquier otra autoridad libremente consentida”.* (Circular privada, página 27.)

> »*“El Consejo General se propone pedir en el próximo congreso una investigación sobre esa organización secreta y sus jefes en ciertos países, por ejemplo en España”.* (Página 31.)[^63]

> »Considerando que el espíritu reaccionario del Consejo General indigna el sentimiento revolucionario de los belgas, los franceses, los españoles, los eslavos, los italianos y una parte de Suiza, y ha provocado la propuesta de suprimir el Consejo General y de reformar los Estatutos Generales;

> »considerando que el Consejo General no ha convocado sin motivo el congreso en La Haya, muy alejada de todos esos países revolucionarios;

> »considerando todo esto, la conferencia declara solemnemente ante todos los trabajadores del mundo que la federación italiana de la Asociación Internacional de los Trabajadores rompe desde este momento toda solidaridad con el Consejo General de Londres, afirmando al mismo tiempo su solidaridad económica con todos los trabajadores, e invita a todas las secciones que no comparten los principios autoritarios del Consejo General a enviar sus representantes el 2 de septiembre de 1872, no a La Haya, sino a Neuchâtel (Suiza), para abrir ese mismo día el congreso general antiautoritario.

> »Rímini, 6 de agosto de 1872.

> »Por la conferencia: *Carlo Cafiero*, presidente; *Andrea Costa*, secretario».

La tentativa de poner al *Fascio Operaio* en el lugar del Consejo General fracasó por completo. Ni siquiera el Consejo Federal español, esa simple filial de la Alianza, se atrevió a someter a votación de los internacionales españoles la resolución de Rímini. La Alianza trató, pues, de arreglar su pifia y fue a La Haya, pero convocó al mismo tiempo su congreso antiautoritario en Saint-Imier.

Por circunstancias particularmente favorables, Italia se había convertido en la tierra prometida de la Alianza. El Papa Mijaíl revela este secreto en su carta a Mora (documentos justificativos, n.º 3):

> «En Italia hay lo que falta en los otros países: una juventud ardiente, enérgica, *sin ninguna posición, sin carrera, sin salida* (*tout-à-fait déplacée, sans carrière, sans issue*), que, pese a su origen burgués, no está agotada moral e intelectualmente como la juventud burguesa de otros países. Hoy se lanza de cabeza (*à tête perdue*) al socialismo revolucionario *con todo nuestro programa*, el programa de la Alianza. Mazzini, nuestro genial y poderoso adversario, ha muerto, el partido mazziniano está completamente desorganizado, y Garibaldi se deja arrastrar cada vez más por esa juventud que lleva su nombre, pero que va mucho más lejos que él, e incluso corre».[^64]

El Santo Padre tiene razón. La Alianza en Italia no es una «liga obrera» (*Fascio Operaio*), sino un hatajo de desclasados, la escoria de la burguesía. Todas las supuestas secciones de la Internacional italiana están dirigidas por abogados sin pleitos, por médicos sin enfermos y sin conocimientos, por estudiantes de billar, por viajantes de comercio y demás dependientes, y sobre todo por periodistas de la prensa menor de reputación más o menos dudosa. Italia es el único país en el que la prensa internacional, o la que se llama así, tiene un carácter figaresco.[^65] Basta echar una ojeada a la letra de los secretarios de esas supuestas secciones para convencerse de que es siempre una letra de oficinista o, por lo menos, delata el uso habitual de la pluma. Apoderándose así de todos los cargos oficiales de las secciones, la Alianza obligaba a los obreros italianos, en cuanto querían ponerse en relación entre sí o con un consejo extranjero de la Internacional, a servirse de las manos de esos burgueses aliancistas degradados, que en la Internacional encontraron por fin una «carrera» y una «salida».

## VI. La Alianza en Francia

Los miembros eran allí poco numerosos, pero muy celosos. En Lyon dirigían la Alianza Albert Richard y Gaspard Blanc; en Marsella, Bastelica; los tres eran activos colaboradores de los periódicos que redactaba Guillaume. A ellos se debe que la Alianza lograra desorganizar el movimiento de Lyon en septiembre de 1870; ese movimiento no tuvo para ella más importancia que la de dar a Bakunin ocasión de soltar su decreto, eternamente memorable, de abolición del Estado. La actividad de la Alianza después de la derrota de la insurrección de Lyon queda perfectamente caracterizada en el siguiente pasaje de una carta de Bastelica (Marsella, 13 de diciembre de 1870):

> «Nuestra fuerza efectiva entre los obreros es inmensa; pero desde las últimas persecuciones nuestra sección no se ha vuelto a organizar. No nos atrevemos a hacerlo, por miedo a que, *en ausencia de los dirigentes (initiateurs), los elementos se corrompan*».

El hecho de que Bastelica hubiera sido incorporado a un regimiento de marcha y pudiera ser alejado de Marsella en cualquier momento era, pues, para él razón suficiente para impedir la reorganización de la Internacional: tan indispensable consideraba para la autonomía de esta la presencia de los dirigentes aliancistas. El resultado más visible que obtuvo la Alianza fue desacreditar ante los obreros de Lyon y de Marsella a la Internacional, a la que, como siempre y en todas partes, pretendía representar.

El fin de Richard y de Blanc es conocido. En el otoño de 1870 aparecieron en Londres y trataron de reclutar entre los refugiados franceses aliados para una restauración bonapartista. En enero de 1872 publicaron el folleto *L'Empire et la France nouvelle. Appel du peuple et de la jeunesse à la conscience française, par Albert Richard et Gaspard Blanc*, Bruselas, 1872 (*El Imperio y la nueva Francia. Llamamiento del pueblo y de la juventud a la conciencia francesa*, por Albert Richard y Gaspard Blanc).

Con la modestia habitual de los charlatanes de la Alianza, se ensalzan en él así:

> «Nosotros, que habíamos formado el gran ejército del proletariado francés…, nosotros, los jefes más influyentes de la Internacional en Francia…, nosotros, por suerte, no hemos sido fusilados, y aquí estamos para enarbolar frente a ellos *(los ambiciosos oradores parlamentarios, los republicanos panzudos, los supuestos demócratas de toda especie)* la bandera a cuya sombra combatimos, y para lanzar a la cara de la Europa asombrada, a pesar de las calumnias, a pesar de las amenazas, a pesar de los ataques de toda clase que nos esperan, el grito que sale de lo más hondo de nuestra conciencia y que pronto resonará en el corazón de todos los franceses: “¡VIVE L'EMPEREUR!” (¡Viva el emperador!)».

No vamos a examinar si estos dos aliancistas, que se han hecho imperialistas «por el progreso normal de sus ideas», son simplemente unos «canallas», como los llamó en La Haya su antiguo amigo Guillaume, o si han recibido del Papa aliancista el encargo especial de entrar en las filas de los agentes bonapartistas. Los documentos de la Alianza rusa, que según los estatutos secretos deben revelar el secreto de los secretos de esta misteriosa sociedad y de los que daremos extractos más adelante, dicen expresamente que los hermanos internacionales deben introducirse en todas partes y que pueden recibir incluso el encargo de entrar al servicio de la policía. Por lo demás, la veneración de esos dos hermanos por su emperador de los campesinos no va más allá de la que el propio Bakunin sentía en 1862 por su zar de los campesinos.[^66]

En las ciudades de Francia a las que no habían llegado los aliancistas, la Internacional se desarrolló rápidamente desde la caída de la Comuna. En el Congreso de La Haya, el secretario para Francia pudo informar de que estaba organizada en más de treinta departamentos.[^67] Los dos principales corresponsales aliancistas para Francia, Benoît Malon y Jules Guesde (el nombre de este último figura al pie de la circular de Sonvillier), que conocían el rápido desarrollo de nuestra Asociación, trataron de desorganizarla en provecho de la Alianza.[^68] Sus cartas no tuvieron el efecto que buscaban; se enviaron entonces emisarios, entre otros un ruso llamado Méchnikov, pero sus esfuerzos tampoco llevaron a nada.[^69] Esos mismos individuos, que acusaban desvergonzadamente al Consejo General de impedir a los obreros

> «organizarse en cada país libremente, por su propia iniciativa, conforme a su propio espíritu y a sus costumbres particulares» (carta de Guesde del 22 de septiembre de 1872),

decían a los obreros, en cuanto estos se organizaban libremente, por su propia iniciativa, etc., pero en plena armonía con el Consejo General, que los alemanes del Consejo General los oprimían y que fuera de su iglesia ortodoxa antiautoritaria no había salvación. Los obreros franceses, que solo se sentían oprimidos por los versalleses, enviaban esas cartas al Consejo General preguntando qué significaba todo aquello.

Esta actividad de la Alianza en Francia es la mejor prueba de que había declarado la guerra a la Internacional desde el momento en que perdió la esperanza de dominarla. Toda sección que no se sometía a su dominio era considerada por ella enemiga, y enemiga peor todavía que la burguesía. *Quien no está con nosotros está contra nosotros*: esa es la regla que confiesa abiertamente en todos sus manifiestos rusos. Precisamente en el momento en que la clase obrera francesa necesitaba ante todo una organización, la que fuera, ese momento eligió la Alianza para acudir en ayuda de Thiers y de la Asamblea de los rurales,[^70] declarando la guerra a la Internacional.

Veamos ahora quiénes fueron los agentes de la Alianza en esta campaña en favor de los versalleses.

En Montpellier, Guesde tenía como hombre de confianza a un estudiante de medicina llamado Paul Brousse.[^71] Este hacía propaganda aliancista en el departamento del Hérault, donde Guesde había publicado un periódico, *Les Droits de l'Homme* (Los derechos del hombre). Poco antes del Congreso de La Haya, cuando los internacionales del Sur habían acordado pagar cuotas para un delegado común al congreso, Brousse trató de convencer a la sección de Montpellier de que no pagara su parte y de que no tomara partido hasta que el congreso hubiera resuelto las cuestiones pendientes. El comité del Sur, sección de Montpellier, decidió pedir al congreso la expulsión de Brousse de la Internacional por «haber obrado deslealmente, tratando de provocar una escisión en el seno de la sección». Su amigo Guesde, en una correspondencia del mes de diciembre enviada desde Roma a *La Liberté* de Bruselas, dio a conocer ese atentado autoritario contra Brousse y señaló con su nombre completo, como instigador, a Calas, de Montpellier, mientras que a Brousse solo lo designaba con las iniciales. La policía, despertada por esta denuncia, vigiló a Calas y poco después incautó en Correos una carta de Serraillier a Calas en la que se hablaba mucho de Dentraygues, de Toulouse. El 24 de diciembre Dentraygues fue detenido.[^72]

Los aliados más activos de la Alianza eran en Narbona Gondrès, señalado como espía de la policía; Bacave, que ejercía en Narbona y en Perpiñán el oficio de agente de policía, y De Saint-Martin, abogado y corresponsal de Malon. El señor De Saint-Martin solicitó en 1866 un empleo en el Ministerio de la Casa Imperial y de Bellas Artes. Cuando en 1869 lo condenaron por delito de imprenta a una multa de 800 francos, los republicanos reunieron esa suma para él; pero Saint-Martin, en lugar de emplear el dinero en pagar la multa, lo empleó en una pequeña excursión a París, de modo que los obreros, para evitar el escándalo, tuvieron que repetir la colecta. Inmediatamente después de las jornadas de mayo de 1871, ese mismo Saint-Martin mendigaba al gobierno de Versalles un puesto de subprefecto.

Otro agente más de la Alianza: en noviembre de 1871 Calas escribía a Serraillier:

> «Puede usted contar con la entera entrega del ciudadano Abel Bousquet a la causa social; es… presidente del comité socialista de Béziers».

Dos días después, el 13 de noviembre, Serraillier recibió la siguiente declaración:

> «Convencidos… de que se ha abusado de la confianza del ciudadano Calas, nuestro común amigo, hasta el punto de que este ha concedido al señor Bousquet, presidente del comité electoral de Béziers, una confianza de la que este es absolutamente indigno, puesto que dicho Bousquet es secretario del comisario central de policía de Béziers…, rogamos al ciudadano Serraillier, de acuerdo con el ciudadano Calas, que ha reconocido el error del que ha sido víctima, que considere como no escrita la última carta que le dirigió el ciudadano Calas, y le pedimos además que, si es posible, haga borrar al señor Bousquet de la Internacional. Por la delegación de la democracia socialista de Béziers y Pézenas» (siguen las firmas).

Serraillier se sirvió de esta declaración para desenmascarar a ese señor Bousquet como agente de policía en *L'Émancipation* de Toulouse (19 de diciembre de 1871). Una carta fechada en «Narbona, 24 de julio de 1872» dice que el señor Bousquet

> «reúne en su persona las funciones de cabo jefe de policía y las de viajante por cuenta de los disidentes de Ginebra».

Es muy natural, pues, que el *Bulletin jurassien* del 10 de noviembre de 1872 se encargue de su defensa.[^73]

## VII. La Alianza desde el Congreso de La Haya

Como es sabido, en la última sesión del Congreso de La Haya los catorce delegados de la minoría presentaron una declaración de protesta contra las resoluciones adoptadas. Esa minoría la formaban los delegados siguientes: cuatro españoles, cinco belgas, dos jurasianos, dos holandeses y un norteamericano.

Después de ponerse de acuerdo en Bruselas con los belgas sobre las bases de una actuación común contra el nuevo Consejo General, los jurasianos y los españoles se fueron a Saint-Imier, en Suiza, a celebrar allí el congreso antiautoritario que la Alianza había hecho convocar en Rímini por sus partidarios.

A este congreso lo precedió el de la Federación del Jura, que rechazó las resoluciones de La Haya, y en particular las que habían expulsado a Bakunin y a Guillaume; en consecuencia, el Consejo General suspendió a la Federación.

En el congreso antiautoritario la Alianza estuvo representada al completo. Junto a los españoles y los jurasianos encontramos a Italia representada por seis delegados, entre ellos Costa, Cafiero, Fanelli y el propio Bakunin; dos delegados pretendían representar a «varias secciones de Francia», y un delegado a dos secciones de América; en total había allí quince «aliados». Este congreso ofrecía por fin a Bakunin «todas las garantías de un juicio imparcial y serio»; y en él reinó también la mayor unanimidad. Esta gente, de la que al menos la mitad no pertenecía a la Internacional, se erigió en tribunal supremo, llamado a decidir en última instancia sobre los actos de un congreso general de nuestra Asociación. Declararon que rechazaban absolutamente todas las resoluciones del Congreso de La Haya y que no reconocían en modo alguno las atribuciones del nuevo Consejo General elegido por él. Por último, en nombre de sus federaciones y sin mandato de ninguna clase para ello, concluyeron una alianza ofensiva y defensiva, un «pacto de amistad, de solidaridad y de defensa mutua», contra el Consejo General y contra todos los que reconocieran las resoluciones de La Haya; y definieron su anarquismo abstencionista en la resolución siguiente, que es una condena directa de la Comuna de París:

> «El congreso declara: 1.º que la destrucción de todo poder político es el primer deber del proletariado; 2.º que *toda organización de un poder político supuestamente provisional y revolucionario para llevar a cabo esa destrucción no puede ser más que un engaño más* y sería tan peligrosa para el proletariado como *todos* los gobiernos que existen hoy».

Por último, se acordó invitar a las demás federaciones autonomistas a adherirse a este nuevo pacto y celebrar al cabo de seis meses un segundo congreso antiautoritario.

La escisión de la Internacional quedaba, pues, declarada. Desde ese momento el Comité del Jura tomó abiertamente en sus manos la dirección de los disidentes. La parte de la Internacional que lo siguió no era sino la vieja Alianza pública vuelta a nacer, que servía así de máscara y de instrumento a la Alianza secreta.

De vuelta en España, los cuatro hijos de Aymón de la Alianza española publicaron un manifiesto sembrado de injurias contra el Congreso de La Haya y de alabanzas al de Saint-Imier.[^74] El Consejo Federal tomó ese libelo bajo su ala y, por orden de la autoridad central suiza, convocó el congreso nacional en Córdoba para el 25 de diciembre de 1872, cuando no debía celebrarse hasta abril de 1873. La autoridad central suiza, por su parte, se apresuró a poner a la vista de todos la posición subalterna que este Consejo Federal ocupaba respecto de ella: el Comité del Jura envió las resoluciones de Saint-Imier a todas las federaciones locales de España pasando por encima del Consejo Federal español.

En el Congreso de Córdoba, de las 101 federaciones (cifra oficial dada por el Consejo Federal) solo estuvieron representadas 36; era, pues, un congreso de la minoría, tan limpio y tan indudable como pocos. Federaciones de nueva creación estaban representadas por numerosos delegados; Alcoy tenía seis, y sin embargo esa federación nunca había estado representada antes en un congreso nacional; en tiempos del Congreso de La Haya ni siquiera existía, pues no había dado ni un voto ni un céntimo para la delegación española. Federaciones importantes y activas, como Gracia (500 miembros), Badalona (500 miembros), Sabadell (125) y Sans (1.061), brillaron por su ausencia. En la lista de los cuarenta y ocho delegados se encuentran los nombres de catorce miembros notorios de la Alianza, diez de los cuales representaban a federaciones de las que no eran miembros y en las que probablemente ni siquiera se los conocía. La Alianza, segura de la mayoría que se había fabricado, dio rienda suelta a sus apetitos. Los estatutos de la federación nacional, elaborados en Valencia y confirmados en Zaragoza, fueron echados abajo; se decapitó a la Federación Española sustituyendo su Consejo Federal por una simple comisión de correspondencia y de estadística, a la que ni siquiera se encomendó la entrega de las cotizaciones españolas al Consejo General. En una palabra, se rompió con la Internacional rechazando las resoluciones de La Haya y aceptando el pacto de Saint-Imier; se llevó la anarquía tan lejos que se rechazó ya de antemano el próximo congreso general, sustituyéndolo por un nuevo congreso antiautoritario,

> «en el caso de que aquel no restablezca la dignidad y la independencia de la Internacional anulando las resoluciones del Congreso de La Haya».

En La Haya la Alianza quiso imponer, mediante el mandato imperativo de los españoles, el modo de votación que en ese momento más le convenía; en Córdoba llegó a prescribir con nueve meses de antelación las resoluciones que el próximo congreso general tendría que adoptar. Confesémoslo: no se podía llevar más lejos la autonomía de las secciones y de las federaciones.

El Congreso de La Haya, al expulsar de la Internacional a la Alianza y a sus jefes, dio nueva fuerza al movimiento de reacción contra la Alianza. La Nueva Federación Madrileña recibió en la campaña que había abierto el apoyo de las federaciones de Zaragoza, Vitoria, Alcalá de Henares, Gracia, Lérida, Denia, Pont de Vilumara, Toledo, Valencia, la nueva federación de Cádiz, etc. La circular del Consejo Federal que convocaba el Congreso de Córdoba le pedía a este que juzgara las resoluciones del congreso general de La Haya. Era una violación manifiesta no solo de los Estatutos Generales, sino también de los estatutos nacionales españoles, que declaran en su artículo 13:

> «El Consejo Federal tiene que cumplir y hacer cumplir las resoluciones de los congresos nacionales e *internacionales*».

La Nueva Federación Madrileña respondió con una circular a las demás federaciones locales, en la que declaraba que el Consejo Federal se había puesto con ese proceder fuera de la Internacional y pedía sustituirlo por un nuevo Consejo Federal provisional, encargado de mantener estrictamente los estatutos y no de obedecer ciegamente las órdenes de la Alianza. Esta propuesta fue aceptada; se nombró un nuevo Consejo Federal, que tiene su sede en Valencia. Este se declara en su primera circular (2 de febrero de 1873) «guardián fiel de los estatutos de la Internacional elaborados y confirmados en los congresos internacionales y nacionales» y protesta enérgicamente contra quienes «quieren plantar la anarquía en el seno de la Internacional: ¡la anarquía antes de la revolución, el desarme antes de la victoria! ¡Qué alegría para la burguesía!».

Al mismo tiempo que los españoles, los belgas celebraron su congreso y rechazaron también las resoluciones de La Haya. El Consejo General les respondió, como a los españoles secesionistas, con la resolución del 26 de enero de 1873, que declara que «todas las sociedades y personas que se nieguen a reconocer las resoluciones del congreso o se nieguen expresamente a cumplir los deberes que imponen los Estatutos y Reglamentos Generales se ponen a sí mismas fuera de la Asociación Internacional de los Trabajadores y dejan de pertenecer a ella». El 30 de mayo completó esta declaración con la resolución siguiente:

«Considerando que el congreso de la Federación Belga celebrado en Bruselas los días 25 y 26 de diciembre de 1872 ha decidido declarar nulas y sin efecto las resoluciones del quinto congreso general;

»considerando además que el congreso de una parte de la Federación Española celebrado en Córdoba del 25 de diciembre de 1872 al 2 de enero de 1873 ha decidido no reconocer las resoluciones del quinto congreso general y adoptar las resoluciones de una asamblea antiinternacional;

»considerando por último que una reunión celebrada en Londres el 26 de enero de 1873 ha decidido rechazar las resoluciones del quinto congreso general;

»el Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores, conforme a los Estatutos y al Reglamento Administrativo y de acuerdo con su resolución del 26 de enero de 1873, declara:

»Todas las federaciones nacionales o locales, secciones y personas que han tomado parte en los congresos o reuniones antes mencionados o que reconocen sus resoluciones se han puesto *con ello* a sí mismas *fuera de la Asociación Internacional de los Trabajadores y han dejado de pertenecer a ella*».[^75]

Al mismo tiempo declaró de nuevo «que no existe una federación nacional italiana, porque ninguna de las organizaciones que se atribuyen ese título ha cumplido nunca la más mínima de las condiciones que prescriben los Estatutos y el Reglamento Administrativo para la admisión y la afiliación; existen, sin embargo, en distintas partes de Italia secciones en relación regular con el Consejo General».

Los jurasianos, por su parte, celebraron un nuevo congreso en Neuchâtel los días 27 y 28 de abril. Se presentaron allí diecinueve delegados de diez secciones suizas y de una supuesta sección alsaciana; dos secciones de Suiza y una de Francia no habían enviado delegados. La Federación del Jura pretendía, pues, contar con doce secciones en Suiza. Pero el delegado de Moutier declaró que solo había ido para hablar en favor de una reconciliación con la Internacional y que su mandato le prohibía tomar parte en los trabajos del congreso. Moutier, en efecto, se había separado de la Federación del Jura desde el Congreso de Saint-Imier. Quedan, pues, once secciones. El hecho de que el informe del comité se abstenga con el mayor cuidado de dar la más mínima indicación sobre su fuerza y su situación interna nos da derecho a suponer que no tienen más vitalidad que en tiempos del Congreso de Sonvillier. En compensación, el informe pone en orden de batalla las fuerzas exteriores de los jurasianos, los aliados que la Alianza ha ganado desde el Congreso de La Haya. Son, según ese informe, casi todas las federaciones de la Internacional:

«Italia». Pero ya hemos visto que no hay federación italiana.

«España». Aunque la mayoría de los internacionales españoles se ha pasado al campo de los secesionistas, acabamos de ver que la Federación Española sigue existiendo y está en relación regular con el Consejo General.

«Francia, en la medida en que está seriamente organizada»; es decir, la «sección de Francia» que se excusó ante el Congreso de Neuchâtel de no haber enviado delegado. Nos guardaremos muy bien de descubrir a los jurasianos lo que hasta ahora está «seriamente organizado» en Francia, a pesar de las últimas persecuciones, que han mostrado de sobra de qué lado estaba la organización seria, y que respetaron cuidadosamente al par de aliancistas que tiene Francia.

«Toda Bélgica»: se deja llevar de la nariz por la Alianza, cuyos principios dista mucho de compartir.

«Holanda, con excepción de una sección»; es decir, *dos* secciones holandesas se han adherido, no al pacto de Saint-Imier, sino a la declaración antiseparatista de la minoría de La Haya.

«¡Inglaterra, con excepción de algunos disidentes!». Los «disidentes», es decir, la inmensa mayoría de los internacionales ingleses, celebraron su congreso en Manchester los días 1 y 2 de junio, con la asistencia de veintiséis delegados que representaban a veintitrés secciones; mientras que la Inglaterra de los jurasianos no tiene ni secciones, ni consejo federal, ni mucho menos un congreso.

«¡América, con excepción de algunos disidentes!». La Federación Norteamericana funciona con regularidad y en plena armonía con el Consejo General; tiene su consejo federal y sus congresos. La América del Comité del Jura no es otra cosa que esa clase de burgueses que especulan con el amor libre, el papel moneda, los cargos públicos y la corrupción, tan bien representada en el Congreso de La Haya por el señor West, en cuyo favor ni siquiera los delegados del Jura se atrevieron a hablar ni a votar.[^76]

«Los eslavos»; es decir, la «sección eslava de Zúrich», que, como siempre, tiene que representar a toda una raza. Los polacos, los rusos, los eslavos austriacos y húngaros de la Internacional, todos ellos enemigos declarados de los secesionistas, no cuentan.

Estos son, pues, los aliados de la Alianza. Si las once secciones jurasianas no tienen una existencia más real que la mayoría de esos aliados, su comité ha tenido sobrados motivos para guardar silencio sobre ellas.

En este orden de batalla aliancista Suiza brilla por su ausencia, y por muy buenas razones. Un mes más tarde, los días 1 y 2 de junio, se celebró en Olten un congreso obrero general suizo para organizar la resistencia contra el capital y las huelgas. Cinco jurasianos predicaron allí el evangelio de la autonomía absoluta de las secciones y le hicieron perder al congreso más de la mitad de su tiempo. Por fin hubo que pasar a la votación; el resultado fue que, de ochenta delegados, setenta y cinco votaron contra los cinco jurasianos, a los que no les quedó más remedio que abandonar la sala.

Sin embargo, parece que la Alianza, en sus conciliábulos secretos, no se engaña sobre sus verdaderos recursos tanto como querría engañar al público. En ese mismo Congreso de Neuchâtel hizo adoptar la siguiente resolución:

> «Considerando que, según el texto de los Estatutos Generales, el congreso general de la Internacional se reúne todos los años por derecho propio, sin que haga falta para ello una convocatoria de un consejo general, la Federación del Jura propone a todas las federaciones de la Internacional reunirse en congreso general el lunes 1 de septiembre en una ciudad de Suiza».

Y para evitar que ese congreso caiga en «los funestos errores de La Haya», se pide que los delegados aliancistas y sus aliados se reúnan ya el 28 de agosto como congreso antiautoritario. De los debates sobre esta propuesta

> «se desprende que para nosotros solo valdrá como congreso general de la Internacional el que convoquen directamente las propias federaciones, y no el que *el supuesto Consejo General de Nueva York intente convocar*».

Así, pues, la escisión se ha llevado hasta sus últimas consecuencias. Los internacionales irán al congreso que el último congreso encargó al Consejo General convocar en una ciudad de Suiza elegida por él. Los aliancistas y su séquito, al que llevan de la nariz, irán a un congreso convocado por ellos mismos en virtud de su autonomía. Les deseamos buen viaje.[^77]

## VIII. La Alianza en Rusia

### 1. El proceso Necháyev

La actividad de la Alianza en Rusia nos la ha revelado el proceso político conocido con el nombre de «proceso Necháyev», que se celebró en julio de 1871 ante la Sala de Justicia de San Petersburgo.[^78] Por primera vez en Rusia la vista de un proceso político fue pública y ante jurado. Todos los acusados, más de ochenta, hombres y mujeres, pertenecían, salvo pocas excepciones, a la juventud estudiantil. Habían sufrido en las cárceles de la fortaleza de San Petersburgo, de noviembre de 1870 a julio de 1871, una prisión preventiva que causó la muerte de dos de ellos y llevó a varios otros a la locura. Salieron de la cárcel para oír su condena a las minas de Siberia, a trabajos forzados, a quince, doce, diez, siete y dos años de prisión; y los que el tribunal público absolvió fueron desterrados «por vía administrativa».

Su crimen consistía en haber pertenecido a una sociedad secreta que se había arrogado el nombre de la Asociación Internacional de los Trabajadores y en la que los había admitido un emisario del comité revolucionario internacional, cuyos mandatos llevaban el supuesto sello de la Internacional. Ese mismo emisario los había inducido a cometer estafas y había obligado a varios de ellos a ayudarle a ejecutar un asesinato; este asesinato había puesto a la policía tras la pista de la sociedad secreta; pero, como de costumbre, el emisario ya había puesto tierra por medio. La policía mostró en sus pesquisas tal perspicacia que cabría suponer una delación detallada. En todo este asunto el emisario desempeña el papel más equívoco. Ese emisario era Necháyev, portador de un certificado de poderes redactado así:

> «El portador de este certificado es representante plenipotenciario de la rama rusa de la alianza revolucionaria universal. Número 2771».

Este certificado lleva: 1.º el sello, en francés: «Alliance révolutionnaire européenne. Comité général» (Alianza revolucionaria europea. Comité general); 2.º la fecha: 12 de mayo de 1869; 3.º la firma: *Mijaíl Bakunin*.[^79]

* * *

En 1861 los estudiantes, en respuesta a las medidas fiscales que tenían por objeto alejar a los jóvenes pobres de los centros de enseñanza superior y a las disposiciones disciplinarias que tendían a someterlos a la vigilancia discrecional de los agentes de policía, elevaron protestas enérgicas y unánimes, que de sus asambleas se propagaron a las calles y se convirtieron en manifestaciones imponentes. La Universidad de San Petersburgo se cerró entonces durante algún tiempo, y los estudiantes fueron encarcelados o desterrados. Esta actuación del gobierno empujó a la juventud a las sociedades secretas, cuyos miembros, naturalmente, fueron a parar en gran parte a la cárcel, al destierro o a Siberia. Otros fundaron cajas de socorros mutuos para procurar a los estudiantes pobres los medios de continuar sus estudios. Los más serios de ellos habían decidido no dar al gobierno ningún pretexto más para suprimir esas cajas, que estaban organizadas de tal modo que su gestión se llevaba en pequeños círculos. Esos círculos daban al mismo tiempo ocasión de discutir cuestiones políticas y sociales. Las ideas socialistas habían penetrado ya de tal modo en la juventud de las escuelas superiores rusas, en su gran mayoría hijos de campesinos y de otras gentes pobres, que esta pensaba ya en aplicarlas prácticamente sin demora. Este movimiento, cuya alma teórica era Chernyshevski (hoy en Siberia),[^80] se generalizaba cada día más en las escuelas y lanzaba a la sociedad rusa una juventud sin bienes que, salida del pueblo bajo, estaba instruida en las ideas socialistas e imbuida de ellas. Tal era la situación de la juventud estudiantil rusa cuando Necháyev aprovechó el prestigio de que gozaba la Internacional y el entusiasmo de la juventud para persuadir a los estudiantes de que ya no era hora de ocuparse de aquellas bagatelas, cuando una inmensa sociedad secreta, estrechamente unida a la Internacional, se ocupaba de atizar la revolución universal y estaba dispuesta a pasar a la acción inmediata en Rusia. Consiguió impresionar a algunos jóvenes y arrastrarlos a cometer delitos comunes que dieron a la policía el pretexto para aplastar todo este movimiento de las escuelas, tan peligroso para la Rusia oficial.

En marzo de 1869 apareció en Ginebra un joven ruso que, como supuesto delegado de los estudiantes de San Petersburgo, trataba de introducirse en los círculos más íntimos de la emigración rusa. Se presentaba con distintos nombres. Algunos emigrados sabían con certeza que de aquella ciudad no se había enviado ningún delegado; otros, después de haber conversado con él, tomaron al supuesto delegado por un espía. Por fin se dio a conocer con su verdadero nombre, Necháyev; contó que se había evadido de la fortaleza de San Petersburgo, donde había estado preso como uno de los principales instigadores de los disturbios estallados en enero de 1869 en las escuelas superiores de la capital. Varios emigrados que habían sufrido una larga prisión en esa fortaleza conocían por experiencia la imposibilidad de toda fuga; sabían, pues, que Necháyev mentía en este punto; y como, por otra parte, los periódicos y las cartas que daban los nombres de los estudiantes perseguidos no mencionaban a Necháyev en ninguna parte, tuvieron su supuesta actividad revolucionaria por una fábula. Bakunin, sin embargo, tomó partido por Necháyev con gran alboroto; proclamaba por todas partes que era «enviado extraordinario de la gran organización secreta que existe y actúa en Rusia». Se le rogó entonces encarecidamente a Bakunin que no confiara a ese individuo los nombres de sus conocidos, a los que podría comprometer. Lo prometió, y los documentos del proceso muestran cómo cumplió su palabra.

En una entrevista que Necháyev había solicitado a un emigrado se vio obligado a confesar que ninguna organización secreta lo había delegado; pero, dijo, tenía camaradas y conocidos a los que deseaba organizar; y añadió que había que servirse de los viejos emigrados para influir en la juventud por medio de sus nombres y para hacerse con su prensa y con su dinero. Poco tiempo después aparecieron las «Palabras» dirigidas por Necháyev y Bakunin a los estudiantes.[^81] Necháyev repite en ellas la patraña de su fuga e invita a la juventud a consagrarse a la lucha revolucionaria; Bakunin descubre en las organizaciones de las escuelas superiores «el espíritu destructor del Estado, … que brota de lo más hondo de la vida misma del pueblo»;[^82] desea «suerte a sus jóvenes hermanos en sus aspiraciones revolucionarias…, ¡porque está cerca el fin de este infame imperio de todas las Rusias!».

Su anarquismo le sirve de pretexto para dar a los polacos la coz del asno, reprochándoles que

> «solo trabajan por el restablecimiento de su Estado histórico» (!!): «piensan, pues, en una nueva esclavitud de su pueblo», y si tuvieran éxito, «se convertirían en nuestros enemigos, lo mismo que serían los opresores de su pueblo. Los combatiremos en nombre de la revolución social y de la libertad del mundo entero».

Como se ve, Bakunin está de acuerdo con el zar en que hay que impedir a toda costa que los polacos arreglen sus asuntos interiores a su manera. La prensa oficial rusa ha acusado siempre, en todas las insurrecciones polacas, a los polacos sublevados de ser «los opresores de su pueblo». ¡Conmovedora coincidencia entre los órganos de la Tercera Sección[^83] y el archianarquista de Locarno!

El pueblo ruso, prosigue Bakunin, se encuentra actualmente en una situación parecida a la que lo obligó a sublevarse bajo el zar Alejo, padre de Pedro el Grande. Entonces fue el capitán de bandidos cosaco Stenka Razin quien se puso a su cabeza y le mostró el «camino» de la «emancipación».[^84] Para levantarse hoy, el pueblo solo espera a un nuevo Stenka Razin; pero esta vez

> «lo sustituirá la legión de jóvenes arrojados de su profesión (*déclassés*), que viven ya la vida del pueblo… El pueblo siente detrás de sí a su Stenka Razin, no al personal, sino al colectivo (!) y por eso invencible. Será toda esta espléndida juventud, sobre la que flota ya su espíritu».

Para desempeñar bien este papel de Stenka Razin colectivo, la juventud ha de prepararse ante todo mediante la ignorancia:

> «Abandonad, pues, cuanto antes este mundo condenado a la destrucción. Abandonad sus universidades, sus academias, sus escuelas, id al pueblo», y sed «la comadrona de su emancipación espontánea, cread la unidad y la organización de sus esfuerzos y de todas las fuerzas del pueblo. No os preocupéis en este momento de la ciencia, en cuyo nombre se os quiere atar y castrar… Esta es la fe de los mejores hombres de Occidente… El mundo obrero de Europa y de América os invita a una alianza fraternal».

En sus estatutos secretos, la Alianza elevada a la tercera potencia dice: «Los principios de esta organización… se exponen todavía más detalladamente en el programa de la democracia socialista rusa». Tenemos aquí un comienzo de cumplimiento de esta promesa. Además de las frases anárquicas de costumbre y del odio chovinista a los polacos que Bakunin nunca ha podido disimular, vemos aquí por primera vez cómo ensalza al bandido ruso como el prototipo del verdadero revolucionario, cómo predica a la juventud rusa el culto de la ignorancia, con el pretexto de que la ciencia actual no es más que una ciencia oficial (¡imagínese el lector, por favor, una matemática, una física o una química oficiales!), y de que esta es la opinión de los mejores de Occidente. Por último, al final de su folleto, da a entender que la Internacional, por su mediación, ofrece una alianza a esa juventud a la que él mismo prohíbe la ciencia de los hermanos ignorantinos.[^85]

Esta *«Palabra»* evangélica desempeñó un gran papel en la conspiración de Necháyev. Se leía misteriosamente a cada neófito antes de su admisión.

Al mismo tiempo que esta «Palabra» (1869) se lanzaron los siguientes escritos rusos anónimos: 1.º «Planteamiento de la cuestión revolucionaria»; 2.º «Principios de la revolución»; 3.º «Publicaciones de la sociedad del “Tribunal del Pueblo”» (*Naródnaya rasprava*), n.º 1, verano de 1869, Moscú. Todos estos escritos se imprimieron en Ginebra, como prueba la identidad de los tipos con los de los demás impresos rusos de Ginebra —por lo demás, el hecho es notorio en toda la emigración rusa—, lo que no les impedía llevar en la primera página la indicación: «Imprimé en Russie» (Impreso en Rusia), para hacer creer a los estudiantes rusos que la sociedad secreta poseía grandes medios de acción en la propia Rusia.

El «Planteamiento de la cuestión revolucionaria» delata a primera vista a sus autores. Son las mismas frases, las mismas expresiones de que se sirven Bakunin y Necháyev en sus «Palabras».

> «No solo hay que aniquilar el Estado, sino también a los revolucionarios de Estado y de gabinete. Nosotros, en verdad, nosotros estamos por el pueblo».

En virtud de la asimilación anárquica, Bakunin se pone en el lugar de la juventud estudiantil:

> «El propio gobierno nos muestra el camino que *nosotros* hemos de tomar para alcanzar *nuestro* fin, es decir, el fin del pueblo. Nos expulsa de las universidades, de las academias, de las escuelas. Le damos las gracias por habernos situado así en un campo de batalla tan glorioso, tan favorable. Ahora pisamos terreno firme, ahora podemos actuar. ¿Y cómo hemos de actuar? ¿Instruir al pueblo? Eso sería estúpido. El pueblo sabe por sí mismo, y mejor que nosotros, lo que necesita»;

compárense con esto los estatutos secretos, que atribuyen a las masas los «instintos populares» y a los iniciados la «idea revolucionaria».

> «No tenemos que instruir al pueblo, sino sublevarlo». Hasta hoy «se ha sublevado siempre en vano, porque solo se sublevaba parcialmente… podemos prestarle una ayuda extraordinariamente importante, podemos darle lo que siempre le ha faltado hasta ahora, lo que ha sido la causa principal de todas sus derrotas: la unidad del movimiento omnipresente mediante la concentración de sus propias fuerzas».

Como se ve, la doctrina de la Alianza, anarquía abajo y disciplina arriba, aparece aquí en toda su pureza. Primero encontramos «el desencadenamiento de lo que hoy se llama las malas pasiones»; pero luego «es necesario que, en medio de la anarquía popular, que constituirá la vida misma y toda la fuerza de la revolución, la unidad del pensamiento y de la acción revolucionaria encuentre un órgano». Ese órgano ha de ser la sección rusa de la alianza universal, la sociedad del Tribunal del Pueblo.

Pero a Bakunin no le basta la juventud. Llama a todos los bandidos a filas bajo la bandera de su Alianza, sección rusa.

> «El bandidaje es una de las formas más honrosas de la vida del pueblo ruso. El bandido es el héroe, el protector y el vengador del pueblo, el enemigo irreconciliable del Estado y de todo orden social y civil fundado por el Estado, el luchador a vida o muerte contra toda esta civilización de funcionarios, nobles, curas y de la Corona… Quien no comprende el bandidaje no comprenderá nunca lo más mínimo de la historia del pueblo ruso. Quien no siente simpatía por el bandidaje no puede simpatizar tampoco con la vida del pueblo y no tiene corazón para los sufrimientos seculares e inconmensurables del pueblo; pertenece al campo de los enemigos, de los partidarios del Estado… solo en el bandidaje se muestran la vitalidad, la pasión y la fuerza del pueblo… El bandido ruso es el verdadero y único revolucionario, revolucionario sin frases, sin retórica sacada de los libros, un revolucionario infatigable, irreconciliable e irresistible en la acción, un revolucionario social y popular, no un revolucionario político y de clase… Los bandidos dispersos por los bosques, las ciudades y las aldeas de toda Rusia y los encerrados en las innumerables cárceles del imperio forman un mundo único e indivisible, firmemente unido: el mundo de la revolución rusa. En él, y solo en él, existe desde hace mucho tiempo la verdadera conspiración revolucionaria. Quien quiera en Rusia una conspiración seria, quien quiera la revolución popular, tiene que ir a ese mundo… Sigamos el camino que nos ha trazado el gobierno al expulsarnos de las academias, de las universidades y de las escuelas; hermanos, lancémonos todos al pueblo, al movimiento popular, a la revuelta de los bandidos y de los campesinos y, guardándonos unos a otros una amistad fiel y firme, reunamos en una sola masa esos levantamientos dispersos de los mujiks (campesinos). Hagamos de ellos una revolución popular bien meditada, pero implacable».[^86]

En la segunda hoja, «Los principios de la revolución», se encuentra desarrollado el precepto de los estatutos secretos de obrar de modo que «no quede piedra sobre piedra». Hay que destruirlo todo para producir «el amorfismo completo» (la ausencia de toda forma), porque si se conservara «una sola forma antigua», esta se convertiría en el «embrión» del que renacerían todas las demás formas sociales antiguas. La hoja acusa a los revolucionarios políticos que no se toman en serio este amorfismo de engañar al pueblo. Les reprocha haber

> «levantado nuevas horcas y nuevos cadalsos, en los que han ejecutado a los hermanos revolucionarios que habían escapado a la matanza del combate… hasta ahora los pueblos no han visto todavía una verdadera revolución… la verdadera revolución no necesita individuos que se pongan a la cabeza de la masa y la manden, sino hombres que, ocultos e invisibles en su seno, formen el lazo invisible entre una masa y otra y den así invisiblemente al movimiento una sola y misma dirección, un solo y mismo espíritu y carácter. La organización secreta preparatoria no tiene más sentido que este, y solo para eso es necesaria».

Aquí se revela, pues, al público ruso y a la policía rusa la existencia de los «hermanos internacionales» que tan cuidadosamente se ocultaba a Occidente. Después la hoja predica el asesinato sistemático y declara que, para los hombres de la obra política revolucionaria, todos los razonamientos sobre el porvenir

> «son un crimen, porque estorban *la pura destrucción* y frenan la marcha de la revolución. Solo tenemos confianza en quienes demuestran con hechos su entrega a la revolución, sin miedo a los tormentos ni a la cárcel, y renegamos de toda palabra a la que no siga inmediatamente el hecho. No necesitamos más propaganda sin objeto, no necesitamos una propaganda que no fije con precisión la hora y el lugar en que realizará el fin de la revolución. Al contrario, esa propaganda nos estorba, y emplearemos todas nuestras fuerzas en detenerla… A todos los charlatanes que no quieran comprenderlo los haremos callar por la fuerza».

Estas amenazas iban dirigidas a los emigrados rusos que no se habían inclinado ante el papado de Bakunin y a los que este llamaba doctrinarios.

> «Rompemos todo vínculo con los emigrados políticos que no quieran volver a su país para ponerse en nuestras filas y, mientras nuestras filas sigan siendo secretas, rompemos con todos los que no quieran contribuir a que su aparición pública en la escena de la vida rusa llegue a ser posible. *Solo hacemos una excepción con los emigrados que han dado pruebas de ser obreros de la revolución europea.* No haremos una segunda advertencia… Quien tenga ojos y oídos verá y oirá a los hombres de acción, y si no se une a ellos, no tendremos la culpa de su perdición, como no será culpa nuestra si todo lo que se oculta entre bastidores es aplastado fría e implacablemente junto con esos bastidores».

Bakunin es aquí perfectamente claro. Mientras ordena a los emigrados, so pena de muerte, que vuelvan a Rusia como agentes de su sociedad secreta, a semejanza de los soplones de la policía rusa que les ofrecían pasaportes y dinero para que fueran allí a conspirar, se concede a sí mismo una dispensa papal para quedarse tranquilamente en Suiza como «obrero de la revolución europea» y trabajar allí en los manifiestos que comprometían a los pobres estudiantes presos.

> «Al no admitir otra actividad que la destrucción, reconocemos que la forma en que esa actividad tiene que manifestarse puede ser sumamente variada: veneno, puñal, soga, etc. La revolución lo santifica todo sin distinción. ¡El campo está, pues, abierto!… Que todas las cabezas jóvenes y sanas emprendan, pues, sin demora la santa tarea de destruir el mal, de purificar y aclarar la tierra rusa por el fuego y por la espada, uniéndose fraternalmente a quienes harán lo mismo en toda Europa».

Añadamos además que en esta sublime proclama figura el inevitable bandido en la melodramática persona de Karl Moor,[^87] y que el número 2 del «Tribunal del Pueblo», al citar un pasaje de esta hoja, la califica expresamente de *«proclama de Bakunin»*.

El n.º 1 de las «Publicaciones de la sociedad “El Tribunal del Pueblo”»[^88] empieza anunciando como inminente el levantamiento general del pueblo ruso.

> «Nosotros, es decir, la parte de la juventud del pueblo que ha llegado a cierto desarrollo, tenemos que abrirle el camino, es decir, apartar todos los obstáculos que puedan estorbar su marcha, y prepararle condiciones favorables. Ante la inminencia del levantamiento, consideramos necesario reunir en un solo haz indisoluble todas las aspiraciones revolucionarias dispersas por toda Rusia. Por eso hemos decidido publicar, *por parte del centro revolucionario*, unas hojas en las que cada uno de nuestros correligionarios dispersos por todos los rincones de Rusia, cada obrero de la santa causa de la revolución, aunque nos sea desconocido, verá siempre qué queremos y adónde vamos».

Después se dice:

> «El pensamiento solo tiene valor para nosotros en la medida en que sirve a la gran obra de la *destrucción universal y total*. Un revolucionario que estudia la revolución en los libros nunca servirá para nada… Ya no creemos en las palabras. La palabra solo tiene valor para nosotros cuando la sigue inmediatamente el hecho; pero no todo lo que lleva ese nombre es un hecho. Por ejemplo, la organización modesta y demasiado prudente de sociedades secretas sin manifestaciones exteriores no es a nuestros ojos más que un juego de niños ridículo e insoportable. Solo llamamos manifestaciones exteriores a una serie de acciones que destruyen positivamente algo, una persona, una cosa, una relación que estorbe la emancipación del pueblo… Sin escatimar nuestra vida, sin retroceder ante ninguna amenaza, ningún obstáculo, ningún peligro, etc., tenemos que irrumpir en la vida del pueblo con una serie de empresas audaces, e incluso temerarias, e infundirle la fe en su propio poder, despertarlo, unirlo y llevarlo al triunfo de su propia causa».

De repente, las frases revolucionarias del «Tribunal del Pueblo» se convierten en ataques contra *La Causa del Pueblo*, periódico ruso publicado en Ginebra que defendía el programa y la organización de la Internacional.[^89] Era, como se comprenderá, de la mayor importancia para la propaganda aliancista de Bakunin en Rusia, que se hacía en nombre de la Internacional, hacer callar a un periódico que descubría ese fraude.

> «Si este periódico continúa de la misma manera, no vacilaremos en expresarle y manifestarle cuáles deben ser nuestras relaciones con él… Estamos convencidos de que todos los hombres serios dejarán ahora de lado toda teoría y, con mayor razón, todo doctrinarismo. *Podemos* impedir la publicación de escritos que, aunque sean de buena fe, sean hostiles a nuestra bandera, *por diversos medios prácticos que tenemos en nuestras manos*».

Después de estas amenazas contra su peligroso rival, el «Tribunal del Pueblo» prosigue:

> «Entre los escritos publicados últimamente en el extranjero, recomendamos casi sin reservas el llamamiento de Bakunin a la juventud desclasada (*déclassée*) de las escuelas».

Como se ve, Bakunin nunca pierde una ocasión de echarse un poquito de incienso.

El segundo artículo lleva el título: «Exposición del concepto de la *obra* en el pasado y en el presente». En el primer artículo Bakunin y Necháyev amenazaban al órgano internacional ruso en el extranjero; aquí se enfurecen contra Chernyshevski, el hombre que más había contribuido a lanzar al movimiento socialista a esa juventud de las escuelas que pretenden representar.

> «En verdad, el campesino nunca se ha ocupado de crear en su fantasía formas para el orden social futuro; y sin embargo, una vez apartados todos los obstáculos (es decir, después de la revolución destructora de todo, que hay que hacer antes que nada y que es, por tanto, lo más importante para nosotros), sabrá organizar su vida con más inteligencia de la que contienen las teorías y los proyectos de los socialistas doctrinarios, que quieren imponerse al pueblo como maestros y, lo que es peor, como dirigentes. A los ojos del pueblo, al que no han estragado las gafas de la civilización, las aspiraciones de esos profesores que se presentan a destiempo saltan demasiado a la vista. Con el pretexto de la ciencia, del arte, etc., quieren preparar *buenos puestecillos* para sí mismos y para sus semejantes. Y aunque esas aspiraciones fueran desinteresadas e inconscientes, aunque no fueran más que el fruto inevitable de todo orden social impregnado de la civilización moderna, el pueblo no ganaría nada con ello. El fin ideal de la igualdad social se realizó incomparablemente mejor en la sociedad cosaca que organizó Vasili Us en Astracán después de la marcha de Stenka Razin que en los falansterios de Fourier, en los establecimientos de Cabet, de Louis Blanc y de otros sabios socialistas (!), mejor que en las asociaciones de Chernyshevski».

Sigue toda una página de invectivas contra este y sus compañeros. El buen puestecillo que se preparaba Chernyshevski se lo ha asignado el gobierno ruso en un presidio de Siberia, mientras que Bakunin, libre de ese peligro en su calidad de obrero de la revolución europea, se limitaba a sus manifestaciones *desde fuera*. Y fue precisamente en el momento en que el gobierno prohibía severamente incluso pronunciar en la prensa el nombre de Chernyshevski cuando los señores Bakunin y Necháyev lo atacaron.

Nuestros revolucionarios «amorfos» (sin forma) continúan:

> «Emprendemos la destrucción de este edificio social podrido… Salimos del pueblo, con la piel desgarrada por los dientes del orden actual, guiados por el odio a todo lo que no es pueblo; no tenemos noción alguna de deberes morales ni de consideraciones de ninguna clase hacia esta sociedad, a la que odiamos y de la que no esperamos más que mal. Solo tenemos un plan, único, invariable y negativo: el de la destrucción implacable. Renunciamos categóricamente a elaborar las condiciones de vida futuras; semejante intento sería incompatible con nuestra actividad, y por eso consideramos inútil todo trabajo intelectual puramente teórico… Asumimos exclusivamente la destrucción del orden social actual».

Los dos «manifestantes desde fuera» dan a entender que el atentado contra el zar de 1866 formaba parte de la «serie» de acciones destructoras de todo de su sociedad secreta:

> «Fue Karakózov quien, el 4 de abril de 1866, comenzó nuestra santa obra.[^90] Desde entonces se despierta en la juventud la conciencia de su poder revolucionario. ¡Fue un ejemplo, un hecho! Ninguna propaganda puede tener tanta importancia».

Luego establecen una larga lista de «criaturas» a las que el comité condena a muerte inmediata. A varios habrá que «arrancarles la lengua…», pero

> «*al zar no lo tocamos*… a él lo reservamos para el juicio del pueblo, de los campesinos; ese derecho pertenece a todo el pueblo… que viva, pues, nuestro verdugo hasta el momento de la tormenta popular…».

Nadie se atreverá a poner en duda que estas hojas volantes rusas, los estatutos secretos y los escritos publicados por Bakunin en francés en 1869 proceden de la misma fuente. Al contrario, estas tres clases de escritos se completan entre sí. Corresponden en cierto modo a los tres grados de iniciación de la famosa sociedad secreta destructora de todo. Los folletos franceses están escritos para los aliancistas corrientes, cuyos prejuicios se respetan. A estos solo se les habla de la anarquía pura, del antiautoritarismo, de la libre federación de los grupos autónomos y de otras cosas igual de rancias: puro galimatías. Los estatutos secretos están destinados a los hermanos internacionales de Occidente; la anarquía se convierte en ellos en el «completo desencadenamiento de la vida popular… de las malas pasiones», pero en medio de esta anarquía existe el elemento dirigente secreto, esos mismos hermanos; solo se les dan algunas vagas indicaciones sobre la moral aliancista, tomada de san Ignacio de Loyola; solo se menciona la necesidad de no dejar piedra sobre piedra, porque en Occidente todavía se alimentan prejuicios de filisteo y hay que guardar ciertos miramientos. Se les dice que la verdad, demasiado deslumbradora para unos ojos aún no habituados al verdadero anarquismo, solo se revelará por completo en el programa de la sección rusa. Solo a los anarquistas natos, al pueblo elegido, a su juventud de la santa Rusia, se atreve el profeta a hablar abiertamente. Allí la anarquía se convierte en la destrucción universal y total; la revolución, en una serie de asesinatos, primero individuales y luego en masa; la única regla de conducta es la moral jesuítica elevada a la enésima potencia; el prototipo del revolucionario es el bandido. Allí se le prohíben a la juventud el pensamiento y la ciencia, como ocupaciones mundanas que podrían llevarla a dudar de la ortodoxia destructora de todo. Al que se atreviera a obstinarse en sus herejías teóricas o a aplicar al amorfismo universal la medida de la crítica corriente se le amenaza con la santa Inquisición. Ante la juventud rusa el Papa ya no tiene que contenerse, ni en el fondo ni en la forma. Allí suelta las riendas a su lenguaje. La ausencia absoluta de ideas se expresa en un galimatías tan ampuloso que es imposible verterlo a una lengua occidental sin atenuar lo grotesco. Este lenguaje ni siquiera es ruso: es tártaro, como lo ha calificado un ruso. Estos hombrecillos de cerebro encogido se hinchan con frases espeluznantes para parecer gigantes revolucionarios a sus propios ojos. Es la vieja historia de la rana y el buey.[^91]

¡Qué revolucionarios tan terribles! Quieren aniquilar y amorfizar (dejar completamente sin forma) todo, «absolutamente todo»; hacen listas de proscripción cuyas víctimas destinan a sus puñales, a su veneno, a su soga, a las balas de sus revólveres. A varios hasta les «arrancarán la lengua»; pero se inclinan ante la majestad del zar. El zar, los funcionarios, la nobleza, la burguesía pueden dormir tranquilos. La Alianza no combate a los Estados constituidos, sino a los revolucionarios que no quieren rebajarse a ser comparsas de esta tragicomedia. ¡Paz a los palacios, guerra a las cabañas![^92] A Chernyshevski se le calumnia; a los redactores de *La Causa del Pueblo* se les advierte que se les hará callar «por diversos medios prácticos que tenemos en nuestras manos»; la Alianza amenaza con el asesinato alevoso a todos los revolucionarios que no van con ella. Es la única parte de su programa destructor de todo cuya ejecución ha empezado. Llegamos ahora a su primera hazaña en este terreno.

* * *

Desde abril de 1869, Bakunin y Necháyev empezaron a preparar el terreno para la revolución en Rusia. Enviaban desde Ginebra cartas, proclamas y telegramas a San Petersburgo, a Kiev y a otras ciudades. Sabían, sin embargo, que no se pueden enviar a Rusia cartas, proclamas y, sobre todo, telegramas sin que se entere la Tercera Sección (la policía secreta). Todo esto no podía tener otro objeto que comprometer a la gente. La actuación cobarde de estos individuos, que en su buena ciudad de Ginebra no corrían el menor peligro, provocó numerosas detenciones en Rusia. Y eso que estos señores estaban advertidos del peligro que provocaban. Tenemos en nuestras manos la prueba de que a Bakunin se le comunicó el siguiente pasaje de una carta llegada de Rusia:

> «Por favor, hagan decir a Bakunin que, si algo de la revolución le es sagrado, deje de enviar aquí sus proclamas insensatas, que en varias ciudades dan lugar a persecuciones y detenciones y paralizan toda actividad seria».

Bakunin contestó que aquello no tenía importancia y que Necháyev se había marchado a América. Pero el código secreto de Bakunin prescribe, como se verá más adelante, «comprometer por completo… a los ambiciosos y a los liberales de los distintos matices, de modo que les sea imposible retroceder, y servirse luego de ellos». (Catecismo revolucionario, § 19.)

He aquí una muestra. El 7 de abril de 1869, Necháyev escribía a la señora Tomilova, esposa de un coronel que después murió de pena por la detención de ella, «que en Ginebra había muchísimo que hacer», y la apremiaba a enviar a un hombre de confianza con el que pudiera entenderse. «El asunto sobre el que tenemos que ponernos de acuerdo no afecta solo a *nuestras relaciones*, sino a las de toda Europa. Aquí la cosa está en plena ebullición. Se está cocinando una sopa que toda Europa no será capaz de tragarse. Dese prisa, pues». Sigue luego la dirección de Ginebra. Esta carta no llegó a su destino; la policía secreta la incautó en Correos y provocó la detención de la señora Tomilova, a la que no se le presentó hasta la instrucción del sumario. (Informe sobre el proceso Necháyev, *Gaceta de San Petersburgo*, n.º 187.)[^93]

He aquí otra prueba de la astucia con que se conducía Bakunin en la organización de su conspiración. Un estudiante de la Academia de Kiev, Mavritski, recibió proclamas de Ginebra dirigidas a su nombre. Las envió en el acto al gobierno, que se apresuró a mandar a Ginebra a un hombre de confianza, es decir, a un espía de la policía. Bakunin y Necháyev entablaron enseguida relaciones confidenciales con este «delegado del sur de Rusia», le entregaron proclamas y direcciones de personas a las que Necháyev decía haber conocido en Rusia, y le dieron una carta que no podía ser más que una carta de confianza y de recomendación (*Gaceta de San Petersburgo*, n.º 187).

El 3 de septiembre (15 de septiembre del nuevo estilo)[^94] de 1869, Necháyev se presentó en Moscú a un joven, Uspenski, al que había conocido antes de su marcha al extranjero, como emisario delegado del comité revolucionario universal de Ginebra, y le enseñó el mandato reproducido más arriba. Le comunicó que llegarían a Moscú emisarios de ese comité europeo con mandatos iguales, y que tenía el encargo de «organizar una sociedad secreta entre la juventud estudiantil… para provocar en Rusia el levantamiento popular». Por recomendación de Uspenski, Necháyev fue, para encontrar un alojamiento seguro, a la Academia de Agricultura, situada en un barrio apartado, y se puso en relación con Ivánov, uno de los estudiantes más conocidos por su celo en favor de los intereses de la juventud y del pueblo. Desde entonces la Academia de Agricultura fue el centro de su actividad. Se presentó primero con un nombre falso, contó que había viajado mucho por Rusia, que en todas partes el pueblo estaba dispuesto a levantarse y que ya lo habría hecho hace tiempo de no ser por el consejo que le daban los revolucionarios de tener paciencia hasta que estuviera terminada su grande y poderosa organización, que había de unir a todas las fuerzas revolucionarias de Rusia. Apremió a Ivánov y a otros estudiantes a entrar en esa sociedad secreta, que tenía un comité todopoderoso, en cuyo nombre se hacía todo, pero cuya sede y composición habían de permanecer desconocidas para los miembros. Ese comité y esa organización formaban la rama rusa de la *unión universal, de la alianza revolucionaria, de la Asociación Internacional de los Trabajadores*.[^95]

Necháyev empezó por repartir entre los estudiantes las «Palabras» citadas más arriba, para mostrarles que Bakunin, el célebre revolucionario de 1848, el fugitivo de Siberia, desempeñaba un gran papel en Europa, que era el plenipotenciario general de los obreros, que firmaba mandatos del comité central de la asociación universal y que este héroe les aconsejaba abandonar sus estudios, etc. Para darles una prueba elocuente de una entrega que llegaba hasta la muerte, les leyó un poema de Ogariov, amigo de Bakunin y redactor del *Kólokol* de Herzen,[^96] titulado «El *estudiante*» y dedicado «a su joven amigo Necháyev». En él se presentaba a Necháyev como el modelo ideal del estudiante, como «el luchador infatigable desde la infancia»; Ogariov describía en él cómo el trabajo vivo de la ciencia había enseñado a Necháyev a soportar los tormentos de su juventud, cómo crecía su entrega al pueblo, cómo, perseguido por la venganza del zar y el terror de los boyardos, se entregó a la vida nómada (*skitanie*, vagabundeo), cómo emprendió la peregrinación para gritar a todos los campesinos, de oriente a poniente: ¡Reuníos, levantaos con valor!, etc.; cómo había acabado su vida en los trabajos forzados, en la nieve de Siberia, y cómo, no siendo un hipócrita, se mantuvo fiel a la lucha durante toda su vida y repetía aún en el último aliento: ¡Todo el pueblo tiene que conquistar su tierra y su libertad! Este poema aliancista se imprimió en la primavera de 1869, mientras Necháyev se divertía en Ginebra. Se envió a Rusia por paquetes junto con las demás proclamas. Parece que el simple hecho de copiar este poema tenía la virtud de infundir abnegación a los neófitos, pues Necháyev, por orden del comité, hacía que cada nuevo admitido lo copiara y lo repartiera (declaraciones de varios acusados).

La música parece ser lo único que ha de escapar al amorfismo al que la destrucción universal y total entregará todas las artes y todas las ciencias. Necháyev ordenó en nombre del comité apoyar la propaganda con *música revolucionaria*, y se afanaba en encontrar una melodía con la que la juventud pudiera cantar aquella obra maestra de la poesía (*Gaceta de San Petersburgo*, n.º 190).

Aquella leyenda mística sobre su muerte no le impedía insinuar que Necháyev podría seguir vivo, o incluso contar bajo el sello del secreto que Necháyev estaba en los Urales trabajando como obrero y que había fundado allí asociaciones obreras (*Gaceta de San Petersburgo*, n.º 202). Hacía esta revelación sobre todo a los que «no servían para nada», es decir, a los que pensaban en fundar asociaciones obreras, para infundirles también a ellos admiración por el héroe fabuloso. Por fin, cuando la leyenda de su supuesta fuga de la fortaleza de San Petersburgo y de su muerte poética en Siberia hubo preparado suficientemente los ánimos y él creyó haber adoctrinado bastante a sus discípulos, obró su resurrección evangélica y declaró: ¡era él, Necháyev en persona! Pero esta vez ya no era el Necháyev de antes, del que los estudiantes de San Petersburgo se burlaban y al que despreciaban, como confirmaron testigos y acusados, sino el plenipotenciario del comité revolucionario universal. El milagro de esta transformación lo había obrado Bakunin. Necháyev había cumplido todas las condiciones que exigían los estatutos de la organización que predicaba; se había «distinguido por hechos que el comité conocía y apreciaba»; había organizado y dirigido en Bruselas una importante huelga de la Internacional; el comité belga lo había enviado como delegado ante la Internacional de Ginebra, donde se había encontrado con Bakunin, y como, según sus propias palabras, «no le gustaba dormirse en los laureles», había vuelto a Rusia para comenzar la «acción revolucionaria». Aseguraba también que con él había llegado a Rusia todo un estado mayor, compuesto de dieciséis emigrados rusos.[^97]

Uspenski, Ivánov y otros cuatro o seis jóvenes parecen haber sido los únicos en Moscú que se dejaron atrapar por todos estos embelecos. Cuatro de estos admitidos recibieron el encargo de reclutar nuevos adeptos y formar círculos o pequeñas secciones. El plan de organización figura en los documentos del proceso; coincide casi punto por punto con el de la Alianza secreta. El «reglamento general de la organización» se leyó en plena audiencia y ninguno de los principales iniciados impugnó su autenticidad; por lo demás, el n.º 2 del «Tribunal del Pueblo», redactado por Bakunin y Necháyev, admitió la autenticidad de los siguientes pasajes:

> «La organización tiene por base la *confianza* en el individuo. Ningún miembro sabe qué grado ocupa, si está más lejos o más cerca del centro. *La obediencia al comité tiene que ser absoluta, sin objeción alguna.* Renuncia a toda propiedad en favor del comité, que puede disponer de ella. Todo miembro que haya ganado para nuestra causa cierto número de prosélitos y haya dado pruebas con hechos del grado de sus fuerzas y capacidades puede llegar a conocer este reglamento y, más tarde, de forma más o menos completa, los estatutos de la sociedad. El grado de las fuerzas y capacidades queda a la apreciación del comité».

Para engañar a los afiliados de Moscú, Necháyev les decía que en San Petersburgo la organización era ya enorme, cuando en realidad no existía allí ni un solo círculo ni una sola sección. Una vez se olvidó por un momento y exclamó delante de uno de sus iniciados: «En San Petersburgo me han sido infieles como mujeres y me han traicionado como esclavos». En San Petersburgo decía, al revés, que la organización hacía progresos maravillosos en Moscú.

Como en esta última ciudad se pedía ver a un miembro del comité, invitó a un joven oficial de San Petersburgo que se interesaba por el movimiento estudiantil a ir con él a Moscú para ver sus círculos. El joven aceptó, y por el camino Necháyev lo consagró *«delegado extraordinario del comité de la Asociación Internacional de Ginebra»*.

> «No lo admitirían a usted», le dijo, «en nuestras reuniones, porque no es miembro; pero aquí tiene un mandato que certifica que es usted miembro de la Asociación Internacional, y como tal tiene usted acceso».

El mandato llevaba un sello francés y decía: «El portador de este mandato es representante plenipotenciario de la Asociación Internacional». Los demás acusados confirman que Necháyev les hizo creer que aquel desconocido era «el verdadero agente del comité revolucionario de Ginebra» (n.º 225 y 226, *Gaceta de San Petersburgo*).

Dolgov, amigo de Ivánov, atestigua que «Necháyev, cuando hablaba de la sociedad secreta organizada con el fin de apoyar al pueblo en caso de levantamiento y de dirigir la insurrección de modo que tuviera que triunfar, mencionaba también a la Asociación Internacional y decía que Bakunin les servía de enlace con la Internacional» (n.º 198). Ripman aseguró que Necháyev, «para apartarlo de su idea sobre las asociaciones cooperativas, le contó que en Europa existía la Asociación Internacional de los Trabajadores y que, para alcanzar el fin que esta perseguía, bastaba con entrar en su sociedad, de la que ya existía una sección en Moscú» (n.º 198).

Se ve además por las declaraciones que Necháyev hacía pasar a la Internacional por una sociedad secreta y a su sociedad por una rama de ella. Aseguraba también a sus íntimos que su sección de Moscú actuaría con huelgas y con asociaciones en gran escala, como la Internacional. Cuando el acusado Ripman le pidió el programa de la sociedad, Necháyev le leyó algunos pasajes de un escrito francés sobre el fin de la sociedad; el acusado entendió que aquel escrito era el programa de la Internacional, y añadió que, «como en la prensa se había hablado mucho de esa sociedad, no había visto en la propuesta de Necháyev nada especialmente punible». Uno de los principales acusados, Kuznetsov, dijo que Necháyev había leído el programa de la Asociación Internacional (n.º 181); su hermano declara que «había visto cómo en casa de su hermano se copiaba un escrito francés que debía de ser el programa de la sociedad» (n.º 202). El acusado Klimin declara que se le leyó «el programa de la Asociación Internacional con unas líneas escritas por Bakunin a modo de posdata», «… pero, por lo que recuerdo, ese programa estaba redactado en términos muy generales y no decía nada de los medios para alcanzar el fin, sino que solo hablaba de la igualdad en general» (n.º 199). El acusado Gavrishev declaró que el «escrito francés, en la medida en que se podía entender su sentido, contenía una exposición de los principios de los representantes del socialismo que habían celebrado su congreso en Ginebra». Por último, la declaración del acusado Sviatski nos aclara por completo ese misterioso escrito francés; en el registro se encontró en su casa una hoja escrita en francés con el título: *«Programa de la Alianza Internacional de la Democracia Socialista»*; declaró: «En los periódicos se ha hablado mucho de la asociación internacional, y eso despertó en mí el interés por conocer su programa, con una intención exclusivamente teórica» (*Gaceta de San Petersburgo*, n.º 230). Estas declaraciones prueban que el programa secreto de la Alianza se hacía pasar en manuscrito por el de la Internacional. La identidad del comité revolucionario universal, del que Necháyev se declaraba emisario, con la Oficina Central de la Alianza (el ciudadano B.) queda probada por la declaración del acusado principal Uspenski, quien afirma que había reunido todas las actas de las reuniones del círculo «para hacer con ellas un informe para Bakunin, en Ginebra». Pryzhov, uno de los principales acusados, declaró que Necháyev le había ordenado ir a Ginebra para llevar un informe a Bakunin.

Por falta de espacio no mencionamos aquí todas las mentiras, las necedades, las estafas y los actos de violencia del agente de Bakunin que el proceso sacó a la luz. Solo destacamos los rasgos más llamativos.

Todo en esta organización era secreto. Dolgov declaró «que, antes de entrar en esa sociedad, había querido conocer su organización y sus medios; Necháyev le contestó que eso era un secreto y que ya lo sabría más adelante» (*Gaceta de San Petersburgo*, n.º 198). Cuando los miembros se permitían hacer preguntas, Necháyev les tapaba la boca diciéndoles que, según los estatutos, nadie tenía derecho a saber nada si antes no se había distinguido por algún hecho (n.º 199). «En cuanto consentimos en hacernos miembros de la sociedad», declara un acusado, «Necháyev empezó a aterrorizarnos con el poder y la fuerza del comité, que según él existía y nos dirigía; decía que el comité tenía su policía y que, si alguien no cumplía su palabra o actuaba en contra de las órdenes de individuos que estuvieran *por encima* de nuestro círculo, el comité se vengaría». El acusado confiesa que, «al darse cuenta de las estafas de Necháyev, le anunció su intención de retirarse por completo de aquel asunto y de irse al Cáucaso para reponer su salud. Necháyev le declaró que no se le permitía y que el comité podía castigarlo con la muerte si se atrevía a dejar la sociedad; al mismo tiempo le ordenó ir a una reunión, hablar allí de la sociedad secreta para reclutar partidarios y leer también el poema sobre la muerte de Necháyev. Como el acusado se negaba a obedecer, Necháyev lo amenazó: Usted no está aquí para discutir, exclamó. Está obligado a obedecer sin objeciones las órdenes del comité» (n.º 198). Si se tratara de un hecho aislado, podría ponerse en duda; pero varios acusados que no tenían posibilidad de ponerse de acuerdo entre sí atestiguan exactamente lo mismo. Otro declara que los miembros del círculo, cuando se dieron cuenta de cómo los engañaban, quisieron dejar la sociedad, pero no se atrevieron por miedo a la venganza del comité (n.º 198).

Un testigo, hablando de uno de sus amigos acusados, declaró: el acusado Florinski ya no sabía cómo librarse de Necháyev, que le impedía trabajar; el testigo le aconsejó dejar Moscú y retirarse a San Petersburgo, pero Florinski le contestó que Necháyev lo encontraría en San Petersburgo lo mismo que en Moscú, que Necháyev violentaba las convicciones de gran número de jóvenes y los aterrorizaba; lo que Florinski parecía temer más era una denuncia por parte de Necháyev. «Se decía, y yo lo había oído», declaró Lijutin, «que Necháyev enviaba desde el extranjero a sus conocidos cartas redactadas en términos muy violentos para comprometerlos y hacer que los detuvieran. Esta manera de actuar era un rasgo de su carácter» (n.º 186). Yenisherlov declara incluso que empezó a considerar a Necháyev un agente del gobierno.

En una pequeña reunión de círculo, un miembro, Klimin, contestó al desconocido que asistía a la reunión en su calidad de emisario y expresaba su descontento con la conducta del círculo «que también ellos estaban descontentos; al principio se había dicho a los reclutados que cada sección podía actuar con mayor o menor independencia, sin que se exigiera a sus miembros obediencia ciega, pero luego se cambió por completo de tono y el comité los convirtió literalmente en esclavos» (n.º 199). Necháyev daba sus órdenes en papeletas con el sello: «Sección rusa de la alianza revolucionaria universal, sello público», y las formulaba de esta manera: «El comité os ordena…» hacer esto o aquello, ir aquí o allá, etc.

Un joven oficial que se había desengañado quiere dejar la sociedad. Necháyev parece dar su consentimiento, pero exige un rescate. Hay que procurarle una letra de cambio de 6.000 rublos con la firma de Kolachevski. Tanto Kolachevski como sus hermanas habían sufrido en 1866, después del atentado de Karakózov, una larga prisión. En la época en que transcurre esta historia, una de las hermanas estaba por segunda vez en la cárcel por asuntos políticos. Toda la familia estaba sometida a la más estrecha vigilancia policial, y Kolachevski podía esperar en cualquier momento una nueva detención. Necháyev aprovechó esta situación; por orden suya, el joven oficial del que acabamos de hablar invitó a Kolachevski a su casa con un pretexto falso, entabló con él una conversación y le dio unas proclamas, que este aceptó por curiosidad. Pero apenas está Kolachevski en la calle, se le acerca un oficial y le ordena que lo siga; es funcionario de la Tercera Sección (policía secreta) y sabe que Kolachevski lleva encima proclamas sediciosas. Ahora bien, la mera posesión de tales papeles basta y sobra para acarrearle a cualquiera varios años de prisión preventiva y exponerlo a una condena a trabajos forzados, si tiene la desgracia de haber estado ya comprometido en una causa política. El supuesto agente de la Tercera Sección invita a Kolachevski a subir a un coche y allí le propone rescatarse firmando en el acto una letra de 6.000 rublos. Ante la perspectiva segura de ir a parar a Siberia en caso contrario, Kolachevski firmó. Al día siguiente, otro joven, Negreskul, se enteró de esta historia; sus sospechas recayeron enseguida en Necháyev; buscó al supuesto agente de la Tercera Sección y le pidió cuentas de su estafa. Necháyev lo negó todo; la letra se mantuvo oculta y no apareció hasta más tarde, en los registros. El descubrimiento de la conspiración y la fuga de Necháyev le impidieron cobrarla. Negreskul conocía a Necháyev desde hacía mucho tiempo. En Ginebra había sido víctima de una de sus estafas; luego Bakunin había tratado de atraérselo. Más tarde le sacaron cien rublos (n.º 230). Finalmente, Necháyev lo comprometió, aunque Negreskul lo odiaba y lo creía capaz de cualquier vileza. Fue detenido y murió en la cárcel.

Como hemos visto, Ivánov fue uno de los primeros reclutados por Necháyev. Era uno de los estudiantes más queridos e influyentes de la Academia de Agricultura de Moscú. Se dedicaba a mejorar la situación de sus compañeros y organizaba cajas de socorro y comedores en los que se daba de comer gratis a los estudiantes pobres y que servían a la vez de pretexto para reuniones en las que se discutían cuestiones sociales. Dedicaba todo su tiempo libre a enseñar a los hijos de los campesinos que vivían en los alrededores de la Academia. Sus compañeros atestiguaron que lo hacía todo con pasión, dando su último kopek y pasándose muy a menudo sin comida caliente.

A Ivánov le chocó la insensatez de las violentas proclamas de Necháyev y de Bakunin. No podía comprender por qué el comité mandaba difundir las «Palabras», el «Canto fúnebre» de Ogariov, el «Tribunal del Pueblo» y hasta el «Llamamiento a la nobleza» de Bakunin, una proclama completamente aristocrática.[^98]

Empezó a perder la paciencia y preguntaba dónde estaba el comité, qué hacía, cómo era ese comité que daba siempre la razón a Necháyev y se la quitaba a todos los demás miembros. Expresó el deseo de ver a alguien de ese comité; había adquirido el derecho a ello, porque el propio Necháyev lo había elevado a un grado que correspondía al de miembro de un comité nacional de la Alianza secreta. Fue en esa ocasión cuando Necháyev salió del apuro representando la comedia, contada más arriba, del emisario de la Internacional de Ginebra.

Un día, Necháyev ordenó entregar al comité el dinero destinado a la caja de socorros mutuos de los estudiantes. Ivánov protestó y se entabló una disputa. Otros camaradas lo convencieron de que se sometiera a la decisión del comité: al fin y al cabo, se habían adherido a los estatutos, que mandaban esa sumisión. Ivánov cedió a su insistencia y lo consintió a regañadientes. Desde ese momento Necháyev pensó en cómo librarse de aquel hombre, al que probablemente consideraba un revolucionario doctrinario al que había que quitar de en medio. Entabló con Uspenski conversaciones teóricas sobre el castigo, sobre la eliminación de los miembros desleales que, con su indisciplina, podían comprometer y destruir toda la inmensa organización secreta.

La manera en que Necháyev dirigía la organización secreta era, desde luego, apropiada para despertar dudas sobre su carácter serio. Las secciones tenían que celebrar sesiones regulares para examinar las listas académicas de los estudiantes y señalar a aquellos cuya captación se consideraba deseable, así como para encontrar medios de procurarse dinero. Entre esos medios figuraban las listas de suscripción para los «estudiantes que han sufrido», es decir, los desterrados por vía administrativa; lo recaudado con esas listas iba derecho al bolsillo del comité Necháyev. Había que procurarse toda clase de trajes, que se guardaban en un lugar seguro y que más tarde sirvieron a Necháyev para disfrazarse en su fuga. Pero la ocupación principal consistía en copiar el «Canto fúnebre» y las proclamas citadas más arriba. Los conspiradores tenían que anotar con la mayor exactitud posible todo lo que se trataba en sus reuniones, y Necháyev los amenazaba con el comité, que tenía espías en todas partes, si se atrevían a ocultar algo. Cada uno de ellos tenía que llevar a su círculo informes escritos de todo lo que había hecho desde la última reunión, y de todos esos informes se hacía un extracto para enviarlo a Bakunin.

Toda esta manera de actuar, pueril e inquisitorial, hizo dudar a Ivánov hasta de la existencia del comité y del tan alabado poder de la organización; empezó a darse cuenta de que todo se reducía a una explotación insensata y a mentiras gigantescas, y confesó a sus íntimos que, si la cosa no se ponía en marcha y no se les ocupaba en nada más que en juegos de niños, se separaría de Necháyev y fundaría él mismo una organización seria.

Precisamente entonces tomó Necháyev una medida enérgica: ordenó fijar sus proclamas en las salas de los comedores estudiantiles. Ivánov vio en la colocación de esas proclamas el cierre de los comedores, la prohibición de las reuniones, la dispersión de los mejores estudiantes. Se opuso a esa medida. (El comedor de los estudiantes, en efecto, se cerró, y todos los delegados elegidos para su administración fueron desterrados.) Sobre esto se entabló la disputa; Necháyev repitió una vez más su frase estereotipada: «¡Es la orden del comité!».

Ivánov está desesperado. El 20 de noviembre de 1869 se presenta en casa de un miembro de la sección y le declara que deja aquella sociedad; Pryzhov comunica esta declaración a Uspenski, que a su vez avisa a toda prisa a Necháyev. Al cabo de unas horas, estas tres personas se reúnen en casa de Kuznetsov, donde vive también Nikoláyev. Allí declara Necháyev que hay que castigar a Ivánov por su desobediencia a las órdenes del comité y deshacerse de él para impedirle que les siga haciendo daño. Kuznetsov, el amigo íntimo de Ivánov, parece no entender la intención de Necháyev; entonces este declara que hay que matar a Ivánov. Pryzhov exclama, dirigiéndose a Kuznetsov: Necháyev está loco, quiere matar a Ivánov; hay que impedírselo. Necháyev pone fin a sus escrúpulos con su frase de costumbre: «¿También vosotros queréis rebelaros contra las órdenes del comité? Si no se le puede matar de otro modo, iré esta noche con Nikoláyev a su cuarto y lo estrangularé allí». Luego propone atraer de noche a Ivánov a una gruta del parque de la Academia, con el pretexto de desenterrar una imprenta escondida allí desde hacía tiempo, y asesinarlo en ese lugar.

Así, el propio Necháyev, en este momento decisivo, rindió homenaje a la entrega de Ivánov. Estaba convencido de que Ivánov, a pesar de haberse retirado, acudiría a ayudarle a desenterrar la imprenta, de que no era capaz de traicionarlo, porque, si se lo hubiera propuesto, lo habría hecho antes de anunciar su retirada o inmediatamente después. Si Ivánov hubiera querido denunciarlo a la policía, tenía ahora la ocasión de hacer que lo sorprendieran en flagrante delito. Pero, al contrario, Ivánov se alegró de encontrar por fin una prueba positiva de la existencia de aquella organización, una señal tangible de que poseía algunos medios de acción, aunque solo fueran tipos de imprenta. Olvidó todas las amenazas proferidas tantas veces por Necháyev contra los desleales; dejó a toda prisa a un amigo con el que estaba tomando el té y de cuya casa lo sacó Nikoláyev por orden de Necháyev, y acudió a la cita.

En la oscuridad de la noche, Ivánov se acerca sin recelo a la gruta. De repente se oye un grito; alguien se le echa encima por la espalda. Empieza una lucha terrible; solo se oyen los aullidos de Necháyev y los estertores de su víctima, a la que estrangulaba con las manos; suena un disparo, e Ivánov está muerto. La bala del revólver de Necháyev le había atravesado la cabeza. «¡Rápido, cuerdas, piedras!», grita Necháyev mientras hurga en los bolsillos del asesinado para sacarle el dinero y los papeles. Luego arrojan el cadáver a un estanque.

Los asesinos vuelven a casa de Kuznetsov y toman allí medidas para borrar las huellas de su crimen. Queman la camisa ensangrentada de Necháyev. Todos los cómplices están sombríos y abatidos. De pronto suena un segundo disparo de revólver y una bala pasa silbando junto a la oreja de Pryzhov. Necháyev se disculpa: «Había querido enseñarle a Nikoláyev cómo funcionaba su revólver». Los testigos declararon unánimemente que se trataba de un nuevo atentado. Necháyev quería matar a Pryzhov porque este se había atrevido por la mañana a protestar contra el asesinato de Ivánov.

Inmediatamente después, Necháyev deja Moscú a toda prisa y se va con Kuznetsov a San Petersburgo, encargando a Uspenski que se ocupe en Moscú de lo demás. En San Petersburgo hace como si siguiera ocupándose de su organización; pero, para gran asombro suyo, Kuznetsov encuentra allí todavía menos organización que en Moscú. Entonces se atreve por fin a preguntar a Necháyev: «¿Dónde está, pues, el comité? ¿Eres tú, acaso?». Necháyev todavía lo niega y asegura que el comité existe. Vuelve a Moscú y confiesa a Nikoláyev que, como Uspenski ya está detenido, a todos los demás les espera en poco tiempo lo mismo, y que «no sabe qué hacer». Entonces Nikoláyev, su más fiel seguidor, se decide a preguntarle si el maravilloso comité existe realmente o si se reduce a Necháyev solo. «Sin responder directamente a esa pregunta, me dijo que todos los medios eran lícitos para arrastrar a la gente a semejante empresa, que esa regla se aplicaba también en el extranjero, que Bakunin la seguía lo mismo que otros, y que, si tales hombres obraban así, era natural que él, Necháyev, obrara del mismo modo» (n.º 181). Después ordena a Nikoláyev que vaya con Pryzhov a Tula para sacarle con engaños un pasaporte a un obrero amigo de Necháyev desde hacía tiempo. Más tarde va él mismo a Tula, donde pide a la señora Alexándrovskaya que lo acompañe a Ginebra; le dice que es absolutamente necesario para él.

La señora Alexándrovskaya estaba muy comprometida desde los disturbios de 1861 y 1862; incluso la habían detenido, y en esa ocasión su comportamiento dejó mucho que desear. En un arrebato de franqueza había hecho a los jueces una confesión por escrito, y esa confesión había comprometido a muchas personas. Más tarde fue confinada bajo vigilancia policial en una ciudad de provincias. Como temía no obtener pasaporte, Necháyev le procuró uno, no se sabe cómo. Cabe preguntarse por qué buscaba Necháyev la compañía de una mujer cuya sola presencia podía bastar para provocar su detención en la frontera. Pero, al amparo de la señora Alexándrovskaya, llegó sano y salvo a Ginebra, y mientras los pobres diablos a los que había engañado eran arrojados a la cárcel, él y Bakunin fabricaban el segundo número del «Tribunal del Pueblo». Bakunin se sintió halagado en su orgullo en grado sumo al leer en el *Journal de Genève* lo de la conspiración de Necháyev, cuya dirección se le atribuía; olvidó con ello que su «Tribunal del Pueblo» pretendía estar impreso en Moscú, y llenó una página entera con el artículo del *Journal de Genève* en francés. Apenas estuvo listo el periódico, la señora Alexándrovskaya recibió el encargo de introducirlo de contrabando en Rusia junto con otras proclamas. En la frontera, un agente de la Tercera Sección esperaba a la señora Alexándrovskaya, le quitó el paquete y la detuvo. Ella le entregó entonces una lista de nombres que solo Bakunin podía conocer. Uno de los acusados en el asunto Necháyev, y precisamente uno de sus más íntimos, confesó ante el tribunal que «antes había tenido a Bakunin por un hombre de honor y que no podía comprender cómo él y otros habían podido exponer de manera tan cobarde a aquella mujer a ser detenida».

Aunque Bakunin no se considerase obligado a ir él mismo a Rusia para dirigir en persona la gran revolución cuyo inminente estallido predecía siempre, sí hacía trabajar en Europa como si tuviera «el diablo en el cuerpo». *Le Progrès* de Le Locle, órgano suizo de la Alianza, publicó largos extractos del «Tribunal del Pueblo». Guillaume ponderaba los grandes éxitos de los grandes socialistas rusos y declaraba que su programa de abstención era idéntico al de los grandes socialistas rusos.[^99] Cuando, en el congreso de La Chaux-de-Fonds, Utin intentó denunciar las infamias de Necháyev, Guillaume le cortó la palabra diciendo que hablar de aquellos hombres era hacer espionaje; el propio Bakunin escribía en *La Marseillaise*[^100] como si acabara de regresar «de un largo viaje por países lejanos donde no entran los periódicos libres», para que se creyera que las cosas tomaban en Rusia un giro tan revolucionario que su presencia allí había sido necesaria.

Llegamos ahora al desenlace de la tragicomedia de la Alianza rusa. Herzen había recibido en 1859 de un joven ruso un legado de 25.000 francos para hacer con ellos propaganda revolucionaria en Rusia.[^101] Herzen, que nunca había querido entregar esa suma a nadie, se dejó sin embargo convencer por Bakunin; este consiguió el dinero con el pretexto de que Necháyev era el representante de una organización secreta poderosa y muy ramificada. Necháyev se creyó entonces con derecho a reclamar su parte; pero los dos hermanos internacionales, a los que el asesinato de Ivánov no había podido enemistar, riñeron por la cuestión del dinero. Bakunin se negó a darlo. Necháyev se marchó de Ginebra y publicó en la primavera de 1870 en Londres un periódico ruso, *La Comuna* (*Óbshchina*), en el que reclamaba públicamente a Bakunin el resto del capital que este había recibido del difunto Herzen. Por aquí vemos que los hermanos internacionales «nunca se atacan entre sí ni dirimen sus disputas ante el público».

* * *

El primer artículo del segundo número del «Tribunal del Pueblo» contiene de nuevo un canto fúnebre en prosa poética al eternamente muerto y eternamente vivo Necháyev. Esta vez, el héroe había sido estrangulado por los gendarmes que lo llevaban a Siberia. Lo habían detenido en Tambov, disfrazado de obrero, cuando estaba sentado en una taberna. Esa detención había causado una agitación extraordinaria en los círculos del gobierno. No se hablaba más que del «Necháyev disfrazado… de denuncias… de sociedades secretas… de bakuninistas… de revolución». A la muerte de Necháyev, el gobernador de Perm envió un telegrama a San Petersburgo; ese telegrama se cita textualmente. Otro telegrama, citado igualmente al pie de la letra, se envía a la Tercera Sección, y el «Tribunal del Pueblo» sabe con toda exactitud que «el jefe de policía, al recibir este telegrama, saltó de su silla y estuvo toda la tarde con una sonrisa maligna». Así murió Necháyev por segunda vez.

Se admite el asesinato de Ivánov, pero se le llama

> «un acto de venganza de la sociedad contra un miembro por haberse apartado de su deber. La lógica rigurosa de los verdaderos obreros de la obra no debe retroceder ante un acto que conduce al éxito de la obra, y menos aún ante actos que salvan la obra y evitan su ruina».

El «éxito de la obra», a los ojos de Bakunin, fue la detención de ochenta jóvenes.

El segundo artículo se titula: «Sí, quien no está con nosotros está contra nosotros», y contiene una glorificación del asesinato político. La suerte de Ivánov, al que no se nombra, se anuncia como amenaza a todos los revolucionarios que no se adhieren a la Alianza:

> «Ha llegado el momento decisivo… han empezado las operaciones militares entre los dos campos… ya no es posible permanecer neutral; querer quedarse en medio sería ponerse entre dos ejércitos enemigos en el momento en que abren fuego; sería exponerse inútilmente a la muerte, caer bajo la metralla de uno u otro sin posibilidad de defenderse. Sería exponerse o bien a los golpes de knut y a los tormentos de la Tercera Sección, o bien a caer bajo las balas de nuestros revólveres».

Sigue luego un agradecimiento, al parecer irónico, al gobierno ruso por «su colaboración en el desarrollo y en el rápido avance de nuestra obra, que se acerca con paso alado a su tan anhelada culminación». En efecto. En el momento en que nuestros dos héroes daban las gracias al gobierno por acelerar la «tan anhelada culminación», todos los miembros de su supuesta sociedad secreta estaban detenidos. A esto se añade un nuevo llamamiento. Sus «brazos están abiertos para acoger a todas las fuerzas frescas y honradas», pero se advierte al mismo tiempo a estas que, una vez estrechadas en ese abrazo, tendrán que someterse a todas las exigencias de la sociedad secreta, «que toda renuncia, toda retirada de la sociedad que se produzca a sabiendas por falta de fe en la verdad y en la justicia de ciertos principios conduce también a ser borrado de la lista de los vivos». Luego nuestros dos héroes se burlan de los detenidos: no son más que pequeños liberales; los verdaderos miembros de la organización están protegidos por la sociedad secreta, que no permitiría su detención.

El tercer artículo lleva el título: *«Bases principales del orden social del porvenir»*. Este artículo prueba que, si a los simples mortales se les castiga como por un crimen por toda reflexión sobre la organización social del porvenir, es solo porque los jefes ya lo tienen todo arreglado.

> «El fin del orden actual y la renovación de la vida con ayuda de los nuevos principios solo pueden lograrse *mediante la concentración de todos los medios de existencia social en las manos* de nuestro comité y mediante la proclamación de la obligación del trabajo físico para todos.

> »Inmediatamente después del derrocamiento de las instituciones actuales, el comité proclama que toda propiedad es bien común; ordena la fundación de sociedades obreras (artels) y publica al mismo tiempo cuadros estadísticos, elaborados por expertos, que indican las ramas de la industria más necesarias en un lugar dado, así como las que podrían tropezar allí con obstáculos.

> »Durante un plazo determinado, ocupado por la transformación revolucionaria y por los trastornos que la acompañan inevitablemente, todo individuo tiene que entrar en algún artel de su elección… Todos los que, sin motivo suficiente, se obstinen en su aislamiento y no se unan a ningún grupo obrero no tendrán derecho a ser admitidos en los comedores comunes, en los dormitorios ni en ningún otro edificio destinado a satisfacer las distintas necesidades de los hermanos obreros o a guardar los productos, materiales, víveres o herramientas que sirven a las distintas ramas de la sociedad obrera recién fundada; en una palabra, quien sin motivo suficiente no se haya incorporado a ningún artel se quedará sin medios de existencia. Todos los caminos y medios de comunicación le estarán cerrados; no le queda otra salida que el trabajo o la muerte».

Cada artel elige a su tasador (*otsenshchik*), que regula la marcha del trabajo, lleva la cuenta de la producción y el consumo, así como de la productividad de cada obrero, y sirve de intermediario entre el artel y la oficina común de la localidad. La oficina se compone de miembros elegidos por los artels de la localidad; lleva a cabo el intercambio entre los artels, administra todos los establecimientos sociales (dormitorios, comedores, escuelas, hospitales) y dirige todas las obras públicas:

> «Todos los trabajos comunes están bajo la administración de la oficina, mientras que todos los trabajos individuales que requieren una habilidad y una destreza especiales los ejecutan los artels por separado».

Viene después un largo reglamento sobre la educación, las horas de trabajo, la lactancia de los niños, la dispensa del trabajo a los inventores, etc.

> «Con la actividad de cada uno, enteramente pública y sometida al conocimiento general, desaparece sin dejar rastro y para siempre toda ambición tal como se entiende ahora, y toda mentira… Cada uno se esforzará entonces por producir lo más posible para la comunidad y consumir lo menos posible, y todo el orgullo, toda la ambición del obrero consistirán en la conciencia de su utilidad social».

¡Una espléndida muestra de comunismo de cuartel! Aquí lo tenemos todo: dormitorios y comedores comunes, tasadores y oficinas que tutelan la educación, la producción, el consumo, en una palabra, toda actividad social, y, por encima de todo ello, la dirección suprema de *nuestro* comité anónimo y desconocido. ¡«Antiautoritarismo» puro de la más pura agua!

Para dar a este plan de organización disparatado la apariencia de un fundamento teórico, se añade al título mismo del artículo la nota siguiente:

«Quien quiera conocer el desarrollo teórico completo de *nuestros* principios fundamentales lo encontrará en el escrito que hemos publicado: *“Manifiesto del Partido Comunista”*».

En efecto, la traducción rusa del *Manifiesto del Partido Comunista* (alemán) del año 1847 (precio: un franco) aparece anunciada en todos los números del *Kólokol* de 1870, junto al llamamiento de Bakunin «A los oficiales del ejército ruso» y a los dos números del «Tribunal del Pueblo».[^102] El mismo Bakunin que abusa de este Manifiesto para dar crédito en Rusia a sus fantasías tártaras lo hacía denigrar por la Alianza de Europa occidental como un escrito sumamente herético que predicaba las funestas doctrinas del comunismo autoritario alemán (véanse la resolución de la conferencia de Rímini, el discurso de Guillaume en La Haya, el *Bulletin jurassien*, números 10 y 11, *La Federación* de Barcelona, etc.).

Ahora que todo el mundo conoce el papel al que está destinado «nuestro comité», se comprenderá fácilmente esa envidia de competidor contra el Estado y contra toda centralización de las fuerzas obreras. En efecto, mientras la clase obrera tenga sus propios órganos de representación, los señores Bakunin y Necháyev, que hacen la revolución bajo el incógnito de «nuestro comité», no conseguirán convertirse en los propietarios y administradores de la riqueza social ni recoger los frutos de esa sublime ambición que arden en deseos de infundir… a los demás: ¡trabajar mucho para consumir poco!

### 2. El catecismo revolucionario

Necháyev guardaba con el mayor cuidado un librito escrito en cifra, titulado «El catecismo revolucionario»; afirmaba que la posesión de este libro era el distintivo característico de todo emisario o agente de la Asociación Internacional. De todas las declaraciones, así como de las pruebas claras aportadas por los defensores, se desprende que este catecismo lo escribió Bakunin; y este, por lo demás, nunca se ha atrevido a negar su paternidad. Por otra parte, la forma y el contenido de la obra muestran claramente que procede de la misma fuente que los estatutos secretos, las «Palabras», las proclamas y el «Tribunal del Pueblo» de los que ya hemos hablado. El catecismo no hace más que completarlos. Estos anarquistas destructores de todo, que quieren amorfizarlo todo, introducen la anarquía en la moral exagerando hasta el extremo la inmoralidad de la burguesía. Ya hemos podido apreciar por algunas muestras esa moral aliancista, cuyos dogmas, de origen enteramente cristiano, elaboraron por primera vez en detalle los Escobar del siglo XVII.[^103] Solo que la Alianza exagera su lenguaje hasta el ridículo y pone en lugar de la santa Iglesia católica, apostólica y romana su «santa obra» de la revolución archianarquista y destructora de todo. El catecismo revolucionario es el código oficial de esta moral, que se expone aquí de manera sistemática y sin disimulo. Lo publicamos íntegro, tal como se leyó ante el tribunal en la sesión del 8 de julio de 1871.

> **«Deberes del revolucionario para consigo mismo**

> »§ 1. El revolucionario es un hombre consagrado. No tiene intereses personales, ni asuntos, ni sentimientos, ni inclinaciones, ni propiedad, ni siquiera un nombre. Todo en él está absorbido por un solo interés exclusivo, un solo pensamiento, una sola pasión: la revolución.

> »§ 2. En lo más hondo de su ser, no solo de palabra, sino también de hecho, ha roto por completo con el orden burgués y con todo el mundo civilizado, con las leyes, las convenciones, la moral y las costumbres generalmente admitidas en ese mundo. Es su adversario irreconciliable, y si sigue viviendo en él, es solo para destruirlo con más seguridad.

> »§ 3. El revolucionario desprecia todo doctrinarismo y renuncia a la ciencia del mundo actual, que deja a las generaciones futuras. Solo conoce una ciencia: la destrucción. Para eso, y solo para eso, estudia mecánica, física, química y quizá también medicina. Con el mismo fin estudia día y noche la ciencia viva: los hombres, los caracteres, las situaciones, así como todas las condiciones del orden social actual en todos los terrenos posibles. El fin es el mismo: la destrucción más rápida y segura de este inmundo (*poganyi*) orden del mundo.

> »§ 4. Desprecia la opinión pública. Desprecia y odia la moral social actual en todos sus móviles y en todas sus manifestaciones. Para él es moral todo lo que favorece el triunfo de la revolución, e inmoral y criminal todo lo que lo estorba.

> »§ 5. El revolucionario es un hombre consagrado (que ya no se pertenece a sí mismo); no tiene piedad del Estado en general ni de toda la clase civilizada de la sociedad, y tampoco debe esperar piedad para sí. Entre él y la sociedad reina una guerra a vida o muerte, una lucha abierta o secreta, pero siempre ininterrumpida e irreconciliable. Tiene que acostumbrarse a soportar cualquier tormento.

> »§ 6. Severo consigo mismo, tiene que serlo también con los demás. Todos los sentimientos de afecto, las emociones que reblandecen del parentesco, la amistad, el amor, la gratitud, deben ahogarse en él bajo la pasión única y fría de la obra revolucionaria. Para él solo existe un placer, un consuelo, una recompensa, una satisfacción: el éxito de la revolución. Día y noche no debe tener más que un pensamiento, un fin: la destrucción implacable. Mientras persigue este fin con sangre fría y sin descanso, tiene que estar dispuesto a morir él mismo e igualmente dispuesto a matar con sus propias manos a cualquiera que le impida alcanzarlo.

> »§ 7. La naturaleza del verdadero revolucionario excluye todo romanticismo, toda sensiblería, todo entusiasmo y todo arrebato; excluye incluso el odio o la venganza personales. La pasión revolucionaria, convertida en él en un hábito diario y constante, tiene que ir unida al cálculo frío. Siempre y en todas partes tiene que obedecer, no a sus impulsos personales, sino solo a lo que le prescribe el interés general de la revolución.

> »**Deberes del revolucionario para con sus camaradas de revolución**

> »§ 8. El revolucionario solo puede sentir amistad y afecto por quien haya demostrado con hechos que es también agente de la revolución. El grado de amistad, de entrega y de demás obligaciones hacia un compañero así se mide únicamente por su utilidad en la obra práctica de la revolución destructora de todo (*vserazrushitelnoi*).

> »§ 9. Es superfluo hablar de la solidaridad entre los revolucionarios: en ella descansa toda la fuerza de la obra revolucionaria. Los camaradas de revolución que se encuentran a la misma altura de comprensión revolucionaria y de pasión revolucionaria deben deliberar en común, en la medida de lo posible, sobre todos los asuntos importantes y tomar sus decisiones por unanimidad. Al ejecutar un asunto decidido así, cada uno debe contar, en lo posible, solo consigo mismo. Cuando se trata de ejecutar una serie de actos destructores, cada uno debe actuar por su cuenta y solo pedir ayuda y consejo a sus compañeros cuando sea indispensable para el éxito.

> »§ 10. Todo camarada de revolución debe tener en su mano a varios revolucionarios de segundo o tercer orden, es decir, a hombres que todavía no están iniciados por completo. Debe considerarlos como una parte del capital revolucionario general confiada a su disposición. Debe administrar con economía su parte de capital y sacarle el mayor provecho posible. Él mismo debe considerarse también solo como un capital que se emplea para el triunfo de la obra revolucionaria, pero como un capital del que no puede disponer solo y sin el consentimiento de todos los camaradas plenamente iniciados.

> »§ 11. Cuando un camarada se encuentra en peligro, el revolucionario, al decidir si debe salvarlo o no, no debe consultar ningún sentimiento personal, sino única y exclusivamente el interés de la causa de la revolución. Debe, pues, sopesar, por un lado, la utilidad que presta su camarada y, por otro, el gasto de fuerzas revolucionarias que exige su liberación, y actuar según hacia qué lado se incline la balanza.

> »**Deberes del revolucionario para con la sociedad**

> »§ 12. Un nuevo miembro, después de haber dado sus pruebas, no de palabra, sino con hechos, solo puede ser admitido en la asociación por unanimidad.

> »§ 13. El revolucionario entra en el mundo del Estado, en el mundo de las clases, en el mundo que se llama civilizado, y vive en él por la única razón de que cree en su próxima y completa destrucción. No es un revolucionario si todavía está apegado a algo de este mundo. *No debe retroceder cuando se trata de romper cualquier lazo perteneciente a ese viejo mundo, de destruir cualquier institución o cualquier hombre.* Tiene que odiarlo todo y a todos por igual. Tanto peor para él si tiene en ese mundo lazos de parentesco, de amistad o de amor; *no es un revolucionario si esos lazos pueden detener su brazo.*

> »§ 14. En aras de la destrucción implacable, el revolucionario puede, e incluso debe a menudo, vivir en medio de la sociedad aparentando ser alguien completamente distinto de lo que es en realidad. El revolucionario tiene que introducirse en todas partes, en la alta sociedad como en la clase media, en la tienda del comerciante, en la iglesia, en el palacio aristocrático, en el mundo burocrático, militar y literario, en la *Tercera Sección* (policía secreta) y hasta en el palacio imperial.

> »§ 15. Toda esta sociedad inmunda se divide en varias categorías. La primera la forman los condenados a muerte sin demora. Los camaradas establecerán listas de estos condenados, ordenadas según el grado de su relativa maldad y teniendo en cuenta el éxito de la obra revolucionaria, de modo que los primeros números sean despachados antes que los demás.

> »§ 16. Al establecer estas listas, al fijar las categorías, no debe decidir la depravación individual de un hombre, ni siquiera el odio que inspira a los miembros de la organización o al pueblo. Esa depravación y ese odio pueden incluso ser útiles en cierto modo, al incitar al pueblo a la insurrección. Solo debe tenerse en cuenta la medida de la utilidad que la muerte de una persona determinada pueda reportar a la obra revolucionaria. En primer lugar hay que destruir a los más perniciosos para la organización revolucionaria, aquellos cuya muerte violenta y repentina sea más apropiada para asustar al gobierno y quebrantar su poder privándolo de sus agentes más enérgicos e inteligentes.

> »§ 17. La segunda categoría la forman aquellos a los que provisionalmente (!) se deja con vida para que, con una serie de actos indignantes, empujen al pueblo a la insurrección inevitable.

> »§ 18. A la tercera categoría pertenece un gran número de bestias de alto rango que no se distinguen ni por su inteligencia ni por su energía, pero que, por su posición, poseen riqueza, altas relaciones, influencia y poder. Hay que explotarlas de todas las maneras posibles, enredarlas y confundirlas y, *adueñándose de sus sucios secretos,* convertirlas en esclavas nuestras. De este modo, su poder, sus relaciones, su influencia y su riqueza se convertirán en un tesoro inagotable y en una ayuda preciosa para empresas diversas.

> »§ 19. La cuarta categoría la forman toda clase de funcionarios ambiciosos y los liberales de los distintos matices. Con ellos se puede conspirar según su propio programa, haciendo como si se les siguiera ciegamente. Hay que tenerlos en nuestras manos, *apoderarse de sus secretos, comprometerlos por completo,* de modo que les sea imposible retroceder, y servirse de ellos para provocar disturbios en el Estado.

> »§ 20. La quinta categoría la forman los doctrinarios, los conspiradores, los revolucionarios, todos los que se dedican a la charlatanería en las reuniones o sobre el papel. Hay que empujarlos y arrastrarlos sin descanso a manifestaciones prácticas y peligrosas, cuyo resultado será que la mayor parte de ellos desaparezca, mientras que algunos se convertirán en verdaderos revolucionarios.

> »§ 21. La sexta categoría es de gran importancia: son las mujeres, que hay que dividir en tres clases. A la primera pertenecen las mujeres frívolas, sin inteligencia ni corazón, de las que hay que servirse de la misma manera que de los hombres de la tercera y la cuarta categoría. A la segunda clase pertenecen las mujeres apasionadas, abnegadas y capaces, que sin embargo no son de los nuestros porque aún no han llegado a la comprensión revolucionaria práctica y sin frases; hay que utilizarlas como a los hombres de la quinta categoría. Vienen por último las mujeres que son enteramente de los nuestros, es decir, que están plenamente iniciadas y han aceptado todo nuestro programa. Debemos considerarlas como el más precioso de nuestros tesoros, sin cuya ayuda no podemos hacer nada.

> »**Deberes de la asociación para con el pueblo**

> »§ 22. La asociación no tiene otro fin que la completa emancipación y la felicidad del pueblo, es decir, de la humanidad que vive de su duro trabajo (*chernorabochi liud*). Pero, partiendo de la convicción de que esa emancipación y esa felicidad solo pueden alcanzarse mediante una revolución popular destructora de todo, *la asociación empleará todos sus medios y todas sus fuerzas en aumentar y multiplicar los males y sufrimientos* que acaben por agotar la paciencia del pueblo y por encender su levantamiento en masa.

> »§ 23. Por revolución popular nuestra sociedad no entiende un movimiento reglamentado según el modelo clásico de Occidente, que se detiene siempre ante la propiedad y el orden social tradicional de la llamada civilización y moralidad, y que hasta ahora se ha limitado a proclamar la caída de una forma política para sustituirla por otra y crear un llamado Estado revolucionario. La única revolución que puede traer la salvación al pueblo es la que destruya de raíz toda noción de Estado y derribe todas las tradiciones, todos los órdenes y todas las clases del Estado en Rusia.

> »§ 24. Con este fin, la sociedad no tiene la intención de imponer al pueblo ninguna organización que venga de arriba. La organización futura saldrá sin duda del movimiento y de la vida del pueblo, pero eso es asunto de las generaciones futuras. Nuestra tarea es la destrucción terrible, total, implacable y universal.

> »§ 25. Por eso, al acercarnos al pueblo, tenemos que unirnos ante todo con los elementos de la vida popular que, desde la fundación del Estado moscovita, no han dejado de protestar, no solo de palabra, sino también de hecho, contra todo lo que está ligado directa o indirectamente al Estado, contra la nobleza, la burocracia, los curas, el gran comercio y los pequeños comerciantes, contra todos los explotadores del pueblo. Tenemos que unirnos al aventurero mundo de los bandidos, que son los únicos verdaderos revolucionarios de Rusia.

> »§ 26. Reunir este mundo en una sola fuerza destructora de todo e invencible: en eso consiste toda nuestra organización, toda nuestra conspiración y toda nuestra empresa».

Una obra maestra semejante no se critica. Se echaría a perder la diversión que proporcionan sus muecas grotescas. Además, sería tomar demasiado en serio a este destructor universal amorfo, que ha logrado fundir felizmente en una sola persona a Rodolfo de Gerolstein, a Montecristo, a Karl Moor y a Robert Macaire.[^104] Nos limitamos a demostrar con algunas referencias la identidad del espíritu, e incluso de las expresiones, del catecismo —descontada su exageración convulsiva— con los de los estatutos secretos y las demás producciones rusas de la Alianza.

Los tres grados de iniciación de los estatutos secretos de la Alianza se reproducen en el § 10 del catecismo, donde se habla de «revolucionarios de segundo y tercer orden… que todavía no están iniciados por completo». Los deberes de los hermanos internacionales definidos en el art. 6 de su reglamento son los mismos que los que ordenan los §§ 1 y 13 del catecismo. Las condiciones en las que los hermanos pueden aceptar cargos de gobierno, según el art. 8 del reglamento, se «exponen todavía más detalladamente» en el § 14 del catecismo, que les hace ver incluso la posibilidad de tener que entrar en la policía por orden superior. La prescripción del reglamento, art. 9, de que los hermanos se consulten entre sí se repite en el § 9 del catecismo. Los arts. 2, 3 y 6 del programa de los hermanos internacionales atribuyen a la revolución exactamente el mismo carácter que los §§ 22 y 23 del catecismo. Los jacobinos del art. 4 del programa figuran en el § 20 del catecismo como una subdivisión de los «hombres de la quinta categoría»; aquí como allí, están condenados a muerte. Las ideas de los arts. 5 y 6 del programa sobre la marcha de una revolución verdaderamente anárquica coinciden con las del § 24 del catecismo.

La condena de la ciencia del § 3 del catecismo se encuentra de nuevo en todos los impresos rusos ya mencionados. La glorificación del bandido como verdadero modelo revolucionario, que en las «Palabras» solo se apunta débilmente, se confiesa y se predica de lleno en todos los demás escritos. Para la «quinta categoría» del § 20 del catecismo, el «Planteamiento de la cuestión revolucionaria» tiene la denominación de «revolucionarios de Estado y de gabinete». También allí, como en los §§ 25 y 26, se declara que el primer deber del revolucionario es dedicarse al bandidaje. Pero solo en los «Principios de la revolución» y en el «Tribunal del Pueblo» se empieza a predicar la destrucción universal y total ordenada en los §§ 6, 8 y 26 del catecismo y el asesinato sistemático, como en los §§ 13, 15, 16 y 17.

### 3. El llamamiento de Bakunin a los oficiales del ejército ruso

Por lo demás, parece que a Bakunin le importaba que no quedara ninguna duda sobre su complicidad en la supuesta conspiración de Necháyev. Publicó una proclama fechada en «Ginebra, enero de 1870» y firmada «Mijaíl Bakunin»: «A los oficiales del ejército ruso». Esta proclama, «precio: un franco», aparece anunciada como obra de Bakunin en todos los números del *Kólokol* de 1870. Damos aquí algunos extractos.

Empieza anunciando, como lo hacía también Necháyev en Rusia, que

> «se acerca la hora de la última batalla entre los Románov-Holstein-Gottorp y el pueblo ruso, la batalla entre el yugo tártaro-alemán y la amplia libertad eslava. La primavera está a nuestras puertas, y en los primeros días de la primavera empezará la batalla… la fuerza revolucionaria está preparada y, dado el profundo y general descontento de las masas que reina en este momento en Rusia, está segura de su triunfo».

Existe una organización para dirigir la revolución inminente, pues «una organización secreta es como el estado mayor de un ejército; y ese ejército es todo el pueblo».

> «En mi “Llamamiento a los jóvenes hermanos rusos” dije que el Stenka Razin que se pondrá a la cabeza de las masas populares durante la destrucción, tan visiblemente próxima, del imperio ruso ya no será el héroe individual, sino un Stenka Razin colectivo. Quien no sea un necio habrá comprendido fácilmente que hablaba de una organización existente y que ya en este momento está actuando, y que encuentra su fuerza en su disciplina, en la entrega apasionada y la abnegación de sus miembros y en la obediencia ciega a un *comité* *único*, que lo sabe todo, pero al que nadie conoce.

> »Los miembros de este comité han renunciado por completo a su propia personalidad; eso les da derecho a exigir a todos los miembros de la organización la misma renuncia absoluta. Han renunciado hasta tal punto a todo lo que suele constituir el objeto de la codicia de las gentes vanidosas, ambiciosas y ávidas de poder, que renuncian de una vez para siempre a la posesión individual del poder, a toda autoridad pública u oficial, e incluso, en general, a que su nombre llegue a conocerse en la sociedad, y se entregan a un anonimato eterno, y, mientras dejan a otros la gloria y el brillo manifiestos de la obra, se reservan para sí solos, pero siempre como colectividad, la esencia de la obra.

> »*Como los jesuitas*, pero no con el fin de esclavizar al pueblo, sino de emanciparlo, cada uno de ellos ha renunciado incluso a su propia voluntad. En el comité, como en toda la organización, no es el individuo quien piensa, quiere y actúa, sino la colectividad. Semejante renuncia a la propia vida, al propio pensamiento y a la propia voluntad les parecerá a muchos imposible, e incluso indignante. Es, en efecto, difícil de imponer, pero es absolutamente necesaria. Les parecerá difícil sobre todo a los novatos, que apenas acaban de entrar en la organización, a las gentes que todavía no han perdido la costumbre de la jactancia charlatana y vanidosa, a las gentes que aspiran a los honores, a la dignidad personal y al poder, y a todos los que se dejan guiar por los lamentables fantasmas de un humanitarismo fingido, fantasmas tras los que se muestra en la sociedad rusa un servilismo general ante la realidad más vil y abyecta. Esta renuncia les resultará penosa a quienes en la gran obra solo buscan la satisfacción de su amor propio, solo una ocasión de hacer frases, y que no aman la obra por la obra misma, sino por la exhibición teatral de su propia persona.

> »Todo nuevo miembro entra libremente en nuestra organización y sabe de antemano que, una vez dentro, ya no se pertenece a sí mismo, sino enteramente a ella. *La entrada en la organización es libre, pero la salida imposible*, porque todo miembro que saliera pondría sin duda en peligro la existencia misma de la organización, y esta no puede depender de la ligereza y del capricho, ni de la mayor o menor fiabilidad, honradez y poder de uno o de varios individuos… Quien quiera pertenecer a ella debe saber, pues, de antemano que se entrega a ella por completo, con todo lo que posee de fuerzas, de medios y de conocimientos, e incluso con toda su vida, y eso *irrevocablemente*… Así está expuesto clara y precisamente en su programa; este está publicado y obliga a todos los miembros del comité como a todos los que no pertenecen al comité… Si un miembro está verdaderamente penetrado de la pasión» (revolucionaria), «todo lo que la organización le exija le parecerá fácil. Es cosa sabida que para la pasión no hay dificultades; no conoce imposibles; cuanto mayores son los obstáculos, más se tensan la voluntad, la fuerza y la habilidad del apasionado. Las pequeñas pasiones personales ni siquiera tienen sitio en el poseído por la pasión» (revolucionaria); «ni siquiera necesitaría sacrificarlas, porque en él ya no existen. Un miembro seguro de la asociación ha ahogado ya en sí todo sentimiento de curiosidad y persigue sin piedad este defecto en todos los demás. Aunque se sabe digno de toda confianza, y precisamente porque es digno de ella, es decir, porque es un hombre seguro, no aspira a saber —ni siquiera lo desea— más de lo necesario para cumplir lo mejor posible la tarea que se le ha confiado. Solo habla de los asuntos con las personas que se le indican y solo dice lo que le prescriben las órdenes recibidas; en general, se atiene estricta e incondicionalmente a las órdenes y disposiciones que le llegan *de arriba*, sin preguntar ni tratar siquiera de averiguar en qué grado de la organización se encuentra; deseará naturalmente que se le encomienden tantos asuntos como sea posible, pero esperará, sin embargo, con paciencia el momento en que se le confíe uno.

> »Una disciplina tan rígida y absoluta puede parecerle extraña a un novato y hasta asombrarlo; a un miembro seguro, a un hombre verdaderamente fuerte e inteligente, no le sorprenderá ni le ofenderá; al contrario, le alegrará y será para él una garantía de su seguridad, siempre que esté bajo la influencia de esa pasión absorbente por la victoria del pueblo de la que he hablado más arriba. Un miembro serio comprenderá que una disciplina así es la prenda necesaria de la relativa impersonalidad de cada miembro, que a su vez es la *conditio sine qua non* del triunfo común; comprenderá que solo esta disciplina es capaz de formar una verdadera organización y de crear una fuerza revolucionaria unida que, apoyada en la fuerza elemental del pueblo, sea capaz de vencer el terrible poder de la organización del Estado.

> »Se preguntará quizá: ¿cómo puede uno someterse a la dirección *dictatorial* de un comité que nos es desconocido? Pero el comité os es conocido, en primer lugar por el programa que ha publicado, redactado con tanta claridad y precisión, y que se explica todavía más en detalle a cada miembro que entra en la organización. Pero el comité se os recomienda, en segundo lugar, por la confianza ciega que le otorgan personas que conocéis y respetáis, la misma confianza que os hace preferir esta organización a cualquier otra. El comité se da a conocer además a los miembros activos de la organización por su actividad infatigable y resuelta, que se extiende a todas partes y responde siempre al programa y al fin de la organización. Y todo el mundo se somete con gusto a su *autoridad*, convenciéndose cada vez más por la práctica misma, por una parte, de su previsión verdaderamente asombrosa, de su vigilancia, de su energía unida a la prudencia y de su habilidad para adaptar las medidas adecuadas al fin, y por otra, de la necesidad y del efecto saludable de una disciplina así.

> »Se me podría preguntar: si la composición del comité es un secreto impenetrable para todo el mundo, ¿cómo has podido informarte sobre él y convencerte de su valor real? Respondo francamente a esta pregunta. No conozco a ninguno de los miembros de este comité, ni siquiera su número ni su sede. Solo sé una cosa: que no se encuentra en el extranjero, sino en Rusia, como debe ser, porque un comité revolucionario ruso con sede en el extranjero es un absurdo que solo puede incubar el cerebro de fraseros insensatos y de ambición estúpida, que pertenecen a la emigración y ocultan su ociosidad ridículamente vanidosa y malignamente intrigante bajo el nombre altisonante de “La Causa del Pueblo”.[^105]

> »Después de la conspiración nobiliaria de los decembristas» (1825) «el primer intento serio de organización lo hicieron Ishutin y sus compañeros.[^106] La organización actual es la primera organización de las fuerzas revolucionarias de toda Rusia que ha tenido verdadero éxito. Ha aprovechado todos los preparativos, todas las experiencias; ninguna reacción la obligará a disolverse; sobrevivirá a todos los gobiernos y solo pondrá fin a su actividad cuando su programa se haya convertido en la vida cotidiana de los rusos y del mundo entero.

> »Hace cerca de un año, el comité juzgó útil informarme de su existencia y me envió su programa junto con una exposición del plan general de la actividad revolucionaria en Rusia. Como estaba completamente de acuerdo con ambos y me había convencido de que la empresa, lo mismo que los hombres que han tomado la iniciativa, tiene un carácter absolutamente serio, hice lo que a mi juicio debía hacer todo emigrado honrado: me sometí incondicionalmente a la autoridad del comité como único representante y director de la revolución en Rusia. Si hoy me dirijo a vosotros, no hago con ello más que obedecer las órdenes del comité. No puedo deciros más. Solo quiero añadir una palabra sobre este asunto. Conozco lo bastante el plan de la organización para estar convencido de que ya no hay fuerza capaz de destruirla. Aun cuando el partido popular sufriera una nueva derrota en la próxima batalla —cosa que ninguno de nosotros teme; todos creemos en el triunfo próximo del pueblo—, aun cuando nuestra esperanza se viera defraudada, la organización seguiría intacta y sana y salva bajo las medidas de represión más terribles, en medio de la reacción más salvaje…

> »La base del programa es la más amplia, la más humana: libertad completa e igualdad completa de todos los hombres, fundadas en la propiedad común y en el trabajo común, igualmente obligatorio para todos, salvo, naturalmente, para quienes prefieran morirse de hambre sin trabajar.

> »Este es también el programa actual del mundo obrero de todos los países, y este programa responde a las reivindicaciones y a los instintos seculares de nuestro pueblo… Cuando los miembros de nuestra organización presentaron este programa a las gentes del pueblo bajo, se quedaron completamente asombrados al ver con qué rapidez, y en todas partes, lo comprendían y con qué ardiente entusiasmo lo aceptaban. El programa está, pues, hecho; es inmutable. Quien esté por este programa irá con nosotros. Quien esté contra nosotros es amigo de los enemigos del pueblo, gendarme del zar, verdugo del zar, enemigo nuestro…

> »Os he dicho que nuestra organización está tan sólidamente fundada, y añado ahora que ha echado tan hondas raíces en el pueblo que, aun cuando suframos una derrota, la reacción será impotente para destruirla…

> »La prensa servil, obediente a las órdenes de la Tercera Sección, se esfuerza por hacer creer al público que el gobierno ha logrado atajar la conspiración en su raíz misma. No se ha atajado absolutamente nada. El comité y la organización están intactos y lo seguirán estando siempre; el gobierno se convencerá de ello muy pronto, porque el estallido del levantamiento popular es inminente. Está tan próximo que cada uno tiene que decidir ahora si quiere ser amigo nuestro, amigo del pueblo, o enemigo nuestro y del pueblo. Nuestras filas están abiertas a todos los amigos, sea cual sea el lugar o la posición que ocupen. Pero ¿cómo encontrarnos?, preguntaréis. La organización, *que os rodea por todas partes*, que cuenta entre vosotros *numerosos* partidarios, sabrá encontrar por sí misma a quien la busque con el sincero deseo y la firme voluntad de servir a la causa del pueblo. Quien no está con nosotros está contra nosotros. ¡Elegid!».

En este folleto, firmado con su nombre, Bakunin hace como si no conociera el lugar ni la composición del comité en cuyo nombre habla y en cuyo nombre actuó Necháyev en Rusia. Y sin embargo, el único poder que tenía Necháyev para actuar en nombre de ese comité está firmado: Mijaíl Bakunin, y el único hombre que recibía informes sobre las secciones era también Mijaíl Bakunin. Así pues, cuando Mijaíl Bakunin promete obediencia incondicional al comité, lo que jura es no obedecer a nadie más que al propio Mijaíl Bakunin.

Consideramos inútil seguir demostrando la completa identidad de las tendencias, e incluso de las expresiones, de este escrito firmado por Bakunin con los demás documentos rusos anónimos. Solo queremos destacar la manera en que Bakunin aplica aquí la moral del catecismo. Primero predica esta moral a los oficiales rusos; les declara que él y los demás iniciados han cumplido un deber y llenado una laguna al constituirse en jesuitas de la revolución, y que ante el comité no tienen más voluntad personal que el célebre «cadáver» de la Compañía de Jesús. Y para que no se asusten por el asesinato de Ivánov, trata de hacerles comprender la necesidad de asesinar a todo miembro que quiera salir de la sociedad secreta. Luego aplica esta misma moral a sus lectores, mintiéndoles descaradamente. Sabía que el gobierno no solo había detenido a todos los iniciados en Rusia, sino incluso a un número diez veces mayor de personas comprometidas por Necháyev, de la famosa «quinta categoría» del catecismo; sabía que en Rusia no existía ni la sombra de una organización, que el comité no existía allí, como no había existido nunca, salvo en la persona de Necháyev, que se encontraba entonces con él en Ginebra; sabía también que este folleto no ganaría ni un solo partidario en Rusia y que solo podría dar al gobierno un pretexto para nuevas persecuciones; y sin embargo proclama que el gobierno no ha atajado absolutamente nada, que el comité sigue teniendo su sede en Rusia y despliega allí una actividad infatigable, resuelta, que se extiende en todas direcciones, una previsión verdaderamente admirable, vigilancia, una energía unida a la prudencia y una habilidad asombrosa (las declaraciones del proceso lo demuestran), que su organización secreta, la única seria que ha existido en Rusia desde 1825, sigue intacta, que ha penetrado en el pueblo bajo, que acepta su programa con ardiente entusiasmo, que ya rodea por todas partes a los oficiales, que la revolución ya está a las puertas, que estallará dentro de unos meses, en la primavera de 1870. Es solo la vanidad de darse una «exhibición teatral» ante sus dignos hermanos internacionales y ante su espejo lo que mueve a Bakunin cuando dirige a los rusos sus mendaces fanfarronadas, pretendiendo haber «renunciado a la propia vida, al propio pensamiento y a la propia voluntad» y estar por encima de la «jactancia charlatana y vanidosa» de las «gentes que aspiran a los honores, a la dignidad personal y al derecho».[^107]

Este mismo hombre que en 1870 predica a los rusos la obediencia ciega e incondicional a órdenes que vienen de arriba, de un comité desconocido y anónimo, que declara que la disciplina jesuítica es la condición necesaria de la victoria, que solo ella es capaz de vencer la terrible centralización del Estado, y no solo del ruso, sino de todo Estado; que proclama un comunismo más autoritario que el comunismo más primitivo; este mismo hombre urde en 1871 en el seno de la Internacional un movimiento separatista y desorganizador, con el pretexto de combatir el autoritarismo y la centralización de los comunistas alemanes, de crear la autonomía de las secciones, la libre federación de los grupos autónomos, y de hacer de la Internacional lo que debería ser: la imagen de la sociedad futura. Si la sociedad futura se organizara según el modelo de la Alianza, sección rusa, superaría con mucho al Paraguay de los reverendos padres jesuitas.[^108]

## IX. Conclusión

Al tiempo que dejaba a la clase obrera de los distintos países la más plena libertad en sus movimientos y en sus aspiraciones, la Internacional consiguió unir a toda la clase obrera en una sola unión y hacer sentir por primera vez a las clases dominantes y a sus gobiernos el poder cosmopolita del proletariado. Las clases dominantes y los gobiernos han reconocido este hecho al concentrar sus ataques contra el órgano ejecutivo de nuestra organización de conjunto, el Consejo General. Estos ataques se han ido recrudeciendo cada vez más desde la caída de la Comuna. ¡Y precisamente ese momento eligieron los aliancistas para declarar, por su parte, la guerra abierta al Consejo General! Según ellos, su influencia, esa arma poderosa en manos de la Internacional, no era más que un arma dirigida contra la Internacional. Esa influencia era el fruto de una lucha librada, no contra los enemigos del proletariado, sino contra la propia Internacional. Afirmaban que las aspiraciones dominadoras del Consejo General se habían impuesto a la autonomía de las secciones y de las federaciones nacionales. No quedaba, pues, otro remedio que decapitar a la Internacional para salvar la autonomía.

En efecto, los hombres de la Alianza sabían que, si no aprovechaban ese momento decisivo, se acababa la dirección secreta del movimiento obrero con que soñaban los cien hermanos internacionales. Sus ataques encontraron un eco favorable en la prensa policial de todos los países.

Sus frases altisonantes sobre la autonomía y la libre federación, y en general su grito de guerra contra el Consejo General, no eran más que un artificio para enmascarar su verdadero fin: desorganizar la Internacional y, precisamente por ese medio, someterla al gobierno secreto, jerárquico y autocrático de la Alianza.

Autonomía de las secciones, libre federación de los grupos autónomos, antiautoritarismo, anarquía: son frases que le sientan muy bien a una «sociedad de “desclasados” sin carrera y sin salida» (*sans carrière, sans issue*), a una sociedad que conspira en el seno de la Internacional para someterla a una dictadura secreta e imponerle el programa del señor Bakunin.

Si se le quitan a este programa los oropeles melodramáticos, se reduce a lo siguiente:

1. Todas las abominaciones en las que, como por decreto del destino, se mueve la vida de los desclasados de las capas sociales superiores se ensalzan como otras tantas virtudes ultrarrevolucionarias.

2. Se sienta como principio la necesidad de seducir a una pequeña minoría de obreros bien escogida; a estos se les halaga separándolos de las masas mediante una iniciación misteriosa, haciéndoles participar en el juego de intrigas fraudulento del gobierno secreto y predicándoles que derribarán de arriba abajo la vieja sociedad si dan rienda suelta a sus «malas pasiones».

3. Los principales medios de propaganda consisten en seducir a la juventud con descripciones inventadas —mentiras sobre la extensión y el poder de la sociedad secreta, profecías sobre el inminente estallido de la revolución que esta prepara, etc.— y en comprometer ante los gobiernos a los hombres más avanzados de las clases poseedoras para explotarlos pecuniariamente.

4. La lucha económica y política de los obreros por su emancipación se sustituye por los actos destructores de todo de la chusma de presidio, como encarnación suprema de la revolución. En una palabra, hay que soltar a la canalla que los propios obreros mantenían a raya en las «revoluciones según el modelo clásico de Occidente», y poner así, por propia iniciativa, a disposición de los reaccionarios una banda bien disciplinada de *agents provocateurs*.

Es difícil decidir qué predomina más en las fantasías teóricas y en las tentativas prácticas de la Alianza, si lo grotesco o lo infame. Con todo, ha logrado provocar en el seno de la Internacional una lucha sorda que durante dos años ha estorbado la actividad de nuestra Asociación y que ha acabado llevando a la defección a una parte de las secciones y federaciones. Las resoluciones adoptadas por el Congreso de La Haya contra la Alianza fueron, pues, puros actos de deber; el Congreso no podía dejar que la Internacional, esa gran creación del proletariado, se enredara en los lazos tendidos por la hez de las clases explotadoras. En cuanto a los que quieren quitar al Consejo General las atribuciones sin las cuales la Internacional no sería más que una masa dispersa, incoherente y, para hablar el lenguaje de la Alianza, «amorfa», no podemos ver en ellos más que traidores o incautos.

Londres, 21 de julio de 1873

**La comisión:** *E. Dupont, F. Engels, Leo Frankel, A. Le Moussu, Karl Marx, Aug. Serraillier*[^109]

## X. Apéndice a la Alianza en Rusia

### 1. La hégira de Bakunin

En 1857 Bakunin fue enviado a Siberia, no a trabajos forzados, como quiere hacer creer en sus relatos, sino a un simple destierro. Gobernador de Siberia era entonces el conde Muraviov-Amurski, pariente del verdugo de Polonia y primo de Bakunin.[^110] Gracias a este parentesco, y gracias también a los servicios prestados al gobierno, Bakunin gozaba de una situación excepcional y privilegiada.

Por aquella época se encontraba en Siberia Petrashevski, el organizador y principal dirigente de la conspiración de 1849.[^111] Bakunin se puso en abierta enemistad con él y trató de perjudicarle por todos los medios, cosa fácil para el primo del virrey de Siberia. Esta persecución de Petrashevski dio a Bakunin nuevos títulos a los favores del gobierno. Una historia turbia, que dio mucho que hablar en Siberia y en Rusia, puso fin a la lucha entre los dos desterrados. La conducta de un alto funcionario que se las daba de liberal había dado lugar a no pocos comentarios; a raíz de ellos se desencadenó en el entorno del virrey una tormenta que acabó en un duelo mortal. Ahora bien, todo este asunto tenía hasta tal punto el carácter de intrigas personales y de maquinaciones fraudulentas que toda la población se alborotó y acusó a los más altos funcionarios de haber asesinado a la víctima del duelo, un joven amigo de Petrashevski. El movimiento tomó tales proporciones que el gobierno temió un levantamiento popular. Entonces Bakunin asumió la defensa de los altos funcionarios, y en particular de Muraviov. Se valió de su influencia para hacer desterrar a Petrashevski a una región más apartada, y defendió a sus perseguidores en una larga correspondencia que él mismo había redactado, pero que solo firmó «como testigo», y que envió a Herzen. Herzen, al publicarla en el *Kólokol*, suprimió todos los ataques contra Petrashevski; pero en San Petersburgo se había sacado por el camino una copia del artículo, que circuló manuscrita y dio a conocer el texto original.

Los comerciantes siberianos, en general más liberales que los de la Rusia propiamente dicha, querían fundar una universidad en su tierra para no verse obligados a enviar a sus hijos a las lejanas escuelas superiores del otro lado de los Urales, y para crear un centro intelectual propio de Siberia. Para ello necesitaban la autorización imperial. Muraviov se opuso a este proyecto por consejo e instigación de Bakunin. El odio de Bakunin a la ciencia viene de antiguo. Este hecho es de dominio público en Siberia. Algunos rusos le pidieron cuentas de ello en varias ocasiones, y como no podía negarlo, siempre explicaba su conducta diciendo que, *ocupado en preparar su fuga*, había tenido que procurar ganarse el favor de su primo el gobernador.

Bakunin no solo usaba y abusaba de los favores del gobierno para sí mismo; también los hacía llover, a cambio de una pequeña propina, sobre capitalistas, empresarios y arrendatarios generales. Las proclamas de Bakunin incautadas a las víctimas de Necháyev y publicadas por el gobierno en 1869 y 1870 contenían listas de proscripción en las que figuraba también el conocido Katkov, redactor jefe de la *Gaceta de Moscú*.[^112] Este se vengó publicando en su periódico la siguiente revelación: Katkov posee cartas de Bakunin, fechadas en Londres después de su regreso de Siberia, en las que Bakunin pide a Katkov, su viejo amigo, que le adelante unos miles de rublos. Bakunin confiesa que, durante su estancia en Siberia, cobraba un sueldo anual de un arrendatario general del aguardiente, que se lo pagaba para asegurarse por su mediación el favor del gobernador. Esa paga deshonesta (que había dejado de cobrar desde su fuga) le pesaba en la conciencia, y deseaba devolver al arrendatario general el dinero que le había sacado. Para llevar a cabo esta buena obra pedía el adelanto a su amigo Katkov. Katkov se negó.

En la época en que Bakunin dirigía esta petición a su viejo amigo Katkov, este se había ganado ya hacía tiempo sus galones al servicio de la Tercera Sección y había puesto su periódico al servicio de las denuncias contra los revolucionarios rusos, en particular contra Chernyshevski, así como contra la revolución polaca. Así pues, en 1862 Bakunin pedía dinero a un hombre del que sabía que era un delator y un salteador literario a sueldo del gobierno ruso. Bakunin nunca se ha atrevido a desmentir esta acusación tan grave.

Provisto de dinero —ya sabemos por qué medios lo había adquirido— y gozando de la alta protección del gobernador, Bakunin pudo llevar a cabo su fuga de la manera más sencilla. No solo se le dio un pasaporte a su nombre para viajar por Siberia, sino, por añadidura, la misión oficial de inspeccionar el país hasta su frontera más oriental. Una vez llegado al puerto de Nikoláyevsk, pasó sin dificultad al Japón, desde donde pudo embarcar tranquilamente para América y llegar a Londres a finales de 1861. Así se consumó la maravillosa hégira de este nuevo Mahoma.

### 2. El manifiesto paneslavista de Bakunin

El 3 de marzo de 1861, entre los aplausos jubilosos de toda la Europa liberal, Alejandro II había proclamado la abolición de la servidumbre.[^113] Los esfuerzos de Chernyshevski y del partido revolucionario por imponer el mantenimiento de la propiedad comunal de la tierra habían tenido éxito, es cierto, pero de un modo tan poco satisfactorio que Chernyshevski confesaba con tristeza, ya antes de la proclamación de la abolición de la servidumbre:

> «Si hubiera sabido que la cuestión que yo planteé iba a recibir semejante solución, habría preferido una derrota a una victoria así. Habría preferido que se actuara como se pretendía en un principio, sin tener en cuenta para nada nuestras reivindicaciones».

En efecto, el acto de emancipación no fue más que un juego de manos. Se quitó a sus verdaderos poseedores buena parte de la tierra y se proclamó el sistema de rescate de la tierra por los campesinos. De este acto de engaño zarista sacaron Chernyshevski y su partido un nuevo argumento irrefutable contra las reformas imperiales. El liberalismo que se alineaba bajo la bandera de Herzen gritaba a voz en cuello: «¡Has vencido, galileo!».[^114] Galileo, en su boca, quería decir Alejandro II. Este partido liberal, cuyo órgano principal era el *Kólokol* de Herzen, no supo desde entonces más que cantar las alabanzas del zar libertador, y, para apartar la atención pública de las quejas y protestas que suscitaba aquel acto contrario al pueblo, pidió al zar que continuara su obra de emancipación y emprendiera una cruzada por la liberación de los pueblos eslavos oprimidos, por la realización del paneslavismo.

En el verano de 1861, Chernyshevski desenmascaró en la revista *El Contemporáneo* (*Sovremennik*) los manejos de los paneslavistas y dijo a los pueblos eslavos la verdad sobre el estado de cosas en Rusia y sobre el furor reaccionario interesado de sus falsos amigos, los paneslavistas. Entonces Bakunin, recién vuelto de Siberia, creyó llegado el momento de ponerse en primer plano. Escribió la primera parte de un largo manifiesto, publicado como suplemento del *Kólokol* del 15 de febrero de 1862 con el título: «A los amigos rusos, polacos y a todos los amigos eslavos». La segunda parte no apareció nunca.

El manifiesto empieza con la siguiente declaración:

> «He conservado el valor del pensamiento que todo lo conquista, y en mi corazón, en mi voluntad y en mi pasión he permanecido fiel a los amigos, a la gran causa común, a mí mismo… Me presento ahora ante vosotros, mis viejos amigos probados, y ante vosotros, jóvenes amigos, que vivís en el mismo pensamiento, en la misma voluntad que nosotros, y os ruego: acogedme de nuevo entre vosotros; que se me conceda consagrar entre vosotros y junto a vosotros todo el resto de mi vida a la lucha por la libertad rusa, por la libertad polaca, por la libertad y la independencia de todos los eslavos».

Si Bakunin dirige esta humilde súplica a sus viejos y jóvenes amigos, lo hace porque

> «es mala cosa ejercer la propia actividad en tierra extraña. Lo he experimentado demasiado en los años de la revolución; ni en Francia ni en Alemania he podido echar raíces. Y así, aunque sigo dedicando mi ardiente simpatía al movimiento progresista del mundo entero, para no malgastar el resto de mi vida tengo que limitar de ahora en adelante mi actividad directa a Rusia, a Polonia y a los eslavos. Estos tres mundos, hoy separados, son inseparables en mi amor y en mi fe».

En 1862, es decir, hace once años, a la edad de cincuenta y un años,[^115] el gran anarquista Bakunin profesaba el culto del Estado y el patriotismo paneslavista.

> «Hasta el presente, el pueblo granruso ha vivido, puede decirse que exclusivamente, de la vida del Estado dirigida hacia el exterior. Por opresiva que fuera su situación en el interior, por mucho que lo llevara a la pobreza y a la esclavitud extremas, seguía lleno de amor por la unidad, la grandeza y el poder de Rusia, y por estos principios estaba dispuesto a todos los sacrificios. Así se desarrollaron en el pueblo granruso la conciencia del Estado y un patriotismo, no de frase, sino de hecho. Por eso, de todas las nacionalidades eslavas, solo el pueblo granruso se mantuvo intacto, solo él se mantuvo en pie en Europa y le hizo sentir su poder… No creáis que perderá la influencia legítima y el poder político que ha conquistado solo a fuerza de luchas, luchas libradas durante tres siglos con la abnegación del mártir, únicamente para salvar la integridad de su Estado… Mandemos a los tártaros a Asia y a los alemanes a Alemania, y seamos un pueblo libre, un pueblo puramente ruso…».

Para dar más crédito a esta propaganda paneslavista, que culmina en la cruzada contra los tártaros y los alemanes, Bakunin remite a sus lectores al emperador Nicolás:

> «Se dice que incluso el emperador Nicolás, poco antes de su muerte, cuando se disponía a declarar la guerra a Austria, llamó a la insurrección general a todos los eslavos austriacos y turcos, a los húngaros y a los italianos. Él mismo había provocado contra sí la guerra de Oriente y, para defenderse, casi habría querido convertirse de emperador despótico en emperador revolucionario. Se dice que sus proclamas a los eslavos, entre ellas un llamamiento a los polacos, estaban ya firmadas. Con todo su odio a Polonia, comprendía que sin ella la insurrección eslava era imposible… venció su aversión hasta el punto de estar dispuesto a reconocer la existencia independiente de Polonia, pero… solo más allá del Vístula».

Así pues, el mismo hombre que desde 1868 hace de internacionalista predicaba todavía en 1862 la guerra de razas en interés del gobierno ruso. El paneslavismo es un invento del gabinete de San Petersburgo y no tiene otro fin que adelantar hacia el oeste y hacia el sur las fronteras europeas de Rusia. Pero como no se atreven a anunciar a los eslavos austriacos, prusianos y turcos que su destino es fundirse en el gran imperio ruso, les presentan a Rusia como la potencia que los liberará del yugo extranjero y los unirá en una gran federación libre. El paneslavismo admite, pues, distintos matices, desde el paneslavismo del emperador Nicolás hasta el de Bakunin; pero todos ellos desembocan en la misma tendencia y están en el fondo en íntima armonía, como prueba el pasaje que acabamos de citar. El manifiesto del que vamos a ocuparnos ahora no deja ya ninguna duda sobre este punto.

### 3. Bakunin y el zar

Hemos visto que en Rusia, con ocasión de la abolición de la servidumbre, había estallado la guerra entre el partido liberal y el partido revolucionario. En torno a Chernyshevski, el jefe del partido revolucionario, se agrupaban toda una falange de publicistas, un grupo numeroso de oficiales y la juventud de las escuelas superiores. El partido liberal estaba representado por Herzen, algunos paneslavistas y un gran número de reformadores pacíficos y admiradores de Alejandro II. El gobierno prestaba su apoyo al partido liberal. En marzo de 1861, la juventud de las universidades rusas se había pronunciado enérgicamente por la liberación de Polonia; en el otoño de 1861 había intentado resistir al golpe de Estado que, mediante medidas disciplinarias y fiscales, había de privar a los estudiantes pobres (más de dos tercios del total) de la posibilidad de acceder a la enseñanza superior. El gobierno trató sus protestas como una revuelta; en San Petersburgo, en Moscú y en Kazán se arroja a la cárcel a cientos de jóvenes, se los expulsa de las universidades o se los excluye después de tres meses de prisión. Y por temor a que estos jóvenes pudieran agravar el descontento de los campesinos, una decisión del Consejo de Estado prohibió a los antiguos estudiantes todo acceso a los cargos públicos en el campo. Las persecuciones no se detuvieron ahí. Se destierra a profesores como Pávlov;[^116] se cierran los cursos públicos organizados por los estudiantes expulsados de las universidades; se emprenden nuevas persecuciones con los pretextos más fútiles; la «caja de la juventud estudiantil», apenas autorizada, se suprime de repente; se suspenden periódicos. Todo esto lleva al partido radical a la mayor indignación y agitación, y lo obliga a recurrir a la imprenta clandestina. Apareció el manifiesto de este partido con el título «La joven Rusia», con un lema tomado de los escritos de Robert Owen.[^117] Este manifiesto daba una exposición clara y precisa de la situación interior del país, del estado de los distintos partidos y de la prensa, y concluía, proclamando el comunismo, la necesidad de una revolución social. Invitaba a todos los hombres capaces a agruparse en torno a la bandera radical.

Apenas había salido este manifiesto de la imprenta clandestina cuando, por una coincidencia fatal (si es que la policía no metió la mano en ello), estallaron numerosos incendios en San Petersburgo. El gobierno y la prensa reaccionaria aprovecharon con alegría la ocasión para acusar de incendiarios a la juventud y a todo el partido radical. Las cárceles vuelven a llenarse, nuevas víctimas se apiñan en los caminos del destierro. Chernyshevski es detenido y llevado a la fortaleza de San Petersburgo; de allí, tras dos largos años de tormento, se le envía a trabajos forzados en Siberia.

Ya antes de esta catástrofe, Herzen y Gromeka —este último contribuyó más tarde, como gobernador de una provincia polaca, al sometimiento de Polonia—,[^118] el uno en Londres, el otro en Rusia, atacaron con la mayor furia al partido radical y dieron a entender que a Chernyshevski quizá acabaran premiándolo con una condecoración. Chernyshevski, en un artículo especialmente moderado, invitó a Herzen a reflexionar sobre las consecuencias del nuevo papel por el que el *Kólokol* se ponía en abierta hostilidad con el partido revolucionario ruso. Herzen declaró pomposamente que estaba dispuesto a brindar, en presencia de todo lo que él llamaba la democracia internacional, Mazzini, Victor Hugo, Ledru-Rollin, Louis Blanc y otros, el famoso brindis por el gran zar emancipador, y, añadía, dijeran lo que dijeran los *Danieles* revolucionarios de San Petersburgo,[^119] a despecho de ellos y de sus voceras, «sé que este brindis encontrará un eco favorable en el Palacio de Invierno» (residencia del zar).

Bakunin superó a Herzen. Precisamente cuando el partido revolucionario estaba en plena descomposición y Chernyshevski en la cárcel, Bakunin, que tenía ya entonces cincuenta y un años, publicó su tristemente célebre folleto en favor del zar de los campesinos: «¿Románov, Pugachov o Pestel? La causa del pueblo». Por Mijaíl Bakunin. 1862.

> «Algunos se preguntan todavía si habrá una revolución en Rusia. Pero esa revolución se está realizando paso a paso, predomina en todas partes, en todas las relaciones como en todos los ánimos. Actúa por mano del gobierno con más éxito todavía que con los esfuerzos de sus propios partidarios. No se dejará apaciguar ni detener hasta que haya regenerado el mundo ruso, hasta que haya creado nuevos mundos eslavos.

> »La dinastía trabaja ella misma en su caída. Busca su salvación, no en proteger la vida del pueblo que ha despertado, sino en detenerla. Si se comprendiera esa vida del pueblo, habría podido elevar la casa imperial a una altura de poder y de gloria desconocida hasta hoy… Es de lamentar. Rara vez había asignado el destino a la casa de los zares un papel tan grandioso y tan bienhechor. Alejandro II podía haberse convertido fácilmente en el ídolo del pueblo, en el primer zar de los campesinos,[^120] poderoso no por el miedo, sino por el amor, la libertad y la felicidad de su pueblo. Apoyándose en el pueblo, habría podido convertirse en el señor y el redentor de todo el mundo eslavo…

> »Para ello, desde luego, tenía que tener un corazón ruso, amplio y fuerte en la magnanimidad y en la verdad. Todo el presente ruso y eslavo vivo salía a su encuentro con los brazos abiertos, dispuesto a servir de pedestal a su grandeza histórica».

Más adelante Bakunin pide la abolición del Estado de Pedro el Grande, del Estado *alemán*, y la fundación de la «nueva Rusia». Alejandro II está llamado a esta obra.

> «Su comienzo fue magnífico; proclamó la libertad del pueblo, la libertad y una vida nueva después de mil años de esclavitud; parecía que quería organizar la Rusia de los campesinos» (*zemskuyu Rossiyu*), «porque en el Estado de Pedro es imposible un pueblo libre. El 19 de febrero de 1861, Alejandro II, a pesar de todos los errores, de todas las contradicciones absurdas del ucase sobre la emancipación de los campesinos, era el zar más grande, más amado y más poderoso que Rusia haya tenido jamás». Sin embargo, «la libertad contradice todos los instintos de Alejandro II», porque es un «alemán», y «un alemán nunca comprenderá ni amará la Rusia de los campesinos… solo ha pensado en consolidar el edificio estatal de Pedro… con ello ha emprendido una obra funesta e imposible y trabaja en su propia ruina y en la de su casa; está a punto de precipitar a Rusia en una revolución sangrienta».

Todas las contradicciones del ucase de emancipación, todas las matanzas de campesinos, los motines de los estudiantes, en una palabra, todo el régimen de terror se explican, según Bakunin,

> «enteramente por la falta de espíritu ruso en el zar, de un corazón que lata por el pueblo, por su necio empeño en conservar a toda costa el Estado de Pedro… y, sin embargo, es él, y solo él, quien podría llevar a cabo en Rusia, sin derramar una gota de sangre, la revolución más importante y más bienhechora. Todavía puede hacerlo; si desesperamos de una salida pacífica, no es porque sea demasiado tarde, sino porque hemos acabado perdiendo toda fe en que Alejandro II tenga la capacidad de comprender de qué manera, y solo de qué manera, puede salvarse a sí mismo y salvar a Rusia. Es imposible detener el movimiento del pueblo, despertado tras un sueño de mil años. Pero si el zar se pusiera con audacia y resolución a la cabeza del movimiento, su poder no tendría límites para el bien y la gloria de Rusia».

Para ello no tendría más que dar la tierra a los campesinos y concederles la libertad y la autonomía administrativa.

> «No hay que temer que la autonomía de las distintas partes del país rompa el lazo entre las provincias, que se quebrante la unidad de Rusia; la independencia de las provincias será solo administrativa, legislativa para los asuntos interiores, judicial, pero no política. Y en ningún país, salvo quizá en Francia, está el pueblo tan imbuido como en Rusia de la conciencia de la unidad, de la armonía y de la indivisibilidad del Estado y de la grandeza nacional».

En aquella época se pedía en Rusia la convocatoria de una asamblea nacional. Unos la pedían para resolver dificultades financieras, otros para acabar con la monarquía. Bakunin la reclamaba como expresión de la unidad de Rusia, para consolidar el poder y la grandeza del zar.

> «La unidad de Rusia, que hasta ahora solo había encontrado su expresión en la persona del zar, necesita otra representación por medio de una asamblea nacional… No se trata de saber si vendrá una revolución, sino si será pacífica o sangrienta. Será pacífica y bienhechora en cuanto el zar, a la cabeza del movimiento popular, quiera emprender con la asamblea nacional, resueltamente y sobre bases amplias, la transformación de Rusia en el sentido de la libertad; pero si el zar quiere retroceder o quedarse en medias tintas, la revolución será terrible. Tomará entonces, con el levantamiento de todo el pueblo, el carácter de una matanza implacable… Alejandro II todavía puede proteger a Rusia de la ruina completa y del derramamiento de sangre».

Así pues, para Bakunin la revolución era en 1862 la ruina completa de Rusia, y suplicaba al zar que preservara de ella a Rusia. Para muchos revolucionarios rusos, la convocatoria de una asamblea nacional suponía una derrota de la casa imperial; pero Bakunin corta en seco sus esperanzas y les anuncia que

> «la asamblea nacional estará contra ellos y a favor del zar. ¿Y si la asamblea fuera hostil al zar? No es posible, pues es el pueblo quien enviará a sus delegados, el pueblo, cuya confianza en el zar no conoce hasta ahora límites y que lo mira todo en él con veneración. ¿De dónde iba a venir, pues, la hostilidad?… No hay duda de que, si el zar convocara ahora» (febrero de 1862) «la asamblea nacional, se vería por primera vez rodeado de hombres que le son sinceramente adictos. Si la anarquía dura todavía algunos años, el estado de ánimo del pueblo puede cambiar. En nuestra época se vive deprisa. Pero hoy el pueblo está a favor del zar y en contra de la nobleza, en contra de los funcionarios y en contra de todo lo que lleva traje alemán» (es decir, traje europeo). «En el campo de la Rusia oficial, todo es enemigo del pueblo, *todo salvo el zar*. ¿Quién iba, pues, a intentar hablar al pueblo contra el zar? Y aunque alguien quisiera intentarlo, ¿le creería el pueblo? *¿No fue el zar quien emancipó a los campesinos contra la voluntad de los nobles, contra el deseo general de los funcionarios?*

> »En sus diputados, el pueblo ruso se encontrará por primera vez cara a cara frente a *su* zar. Es un momento decisivo, sumamente crítico. ¿Se agradarán mutuamente? De este encuentro dependerá todo el porvenir del zar y de Rusia. La confianza y la adhesión de los diputados al zar no conocerán límites. Si se apoya en ellos, si va a su encuentro con amor y confianza, elevará su trono a una altura y a una firmeza nunca alcanzadas. Pero ¿qué ocurrirá si los delegados encuentran en él, en lugar de un zar emancipador, de un zar popular, a un emperador petersburgués con uniforme prusiano, a un alemán de miras estrechas? ¿Qué ocurrirá si el zar, en lugar de la libertad esperada, no les da nada o casi nada?… ¡Entonces, ay del cesarismo! Entonces se habrá acabado por lo menos con el imperio petersburgués, alemán, de los Holstein-Gottorp.

> »Si en ese momento fatal en que ha de decidirse la cuestión de la vida o la muerte, de la paz o la sangre, para toda Rusia, si entonces apareciera ante la asamblea nacional el zar popular, *el zar bueno y honrado*, lleno de amor por Rusia, dispuesto a dar al pueblo una organización conforme a su voluntad, ¡qué no podría hacer con un pueblo así! ¿Quién se atrevería a levantarse contra él? La paz y la confianza se restablecerían como por milagro, el dinero aparecería y todo se arreglaría de manera sencilla, natural, sin perjudicar a nadie, a satisfacción general. *Bajo la dirección de un zar así*, la asamblea nacional crearía una nueva Rusia. Ninguna empresa malintencionada, ningún poder enemigo sería capaz de luchar contra el poder unido del zar y del pueblo… ¿Cabe esperar que se produzca esta unión? Decimos francamente que no».

A pesar de todo, Bakunin no pierde la esperanza de arrastrar al zar, y para decidirlo lo amenaza con la juventud revolucionaria, que, si él no se da prisa, acabará su obra y encontrará el camino hacia el pueblo.

> «¿Y por qué no está esta juventud con usted, sino contra usted? Es una gran desgracia para usted… ella» (la juventud revolucionaria) «necesita ante todo libertad y verdad. Pero ¿por qué ha abandonado al zar, por qué se ha declarado contra el que primero dio la libertad al pueblo? ¿Se habrá dejado arrastrar *por el ideal revolucionario abstracto y por esa palabra sonora de república*? En parte es posible, pero no es más que una razón secundaria y poco profunda. La mayoría de nuestra juventud avanzada sabe muy bien que las *abstracciones de Occidente*, tanto las conservadoras como las burguesas, liberales o democráticas, *no son aplicables al movimiento ruso*… el pueblo ruso no se mueve por principios abstractos… el ideal de Occidente le es ajeno, y todos los intentos del doctrinarismo conservador, liberal o incluso revolucionario de imponerle sus tendencias serán vanos… tiene su propio ideal… introducirá nuevos principios en la historia, creará otra civilización, *una nueva religión*, un nuevo derecho, una nueva vida.

> »Ante este fenómeno grande, serio e incluso terrible, el pueblo, nadie se atreve a cometer necedades. La juventud abandonará el papel ridículo y altanero de maestro de escuela embaucador… ¿Qué podemos enseñar al pueblo? Si se dejan a un lado las matemáticas y las ciencias naturales, la última palabra de nuestra ciencia será la negación de las verdades supuestamente irrefutables de la doctrina occidental, la negación completa de Occidente».

Luego Bakunin la emprende con los fundadores de «La joven Rusia»; los acusa de ser doctrinarios, de querer erigirse en amos del pueblo, de haber comprometido la causa, de ser unos niños que no comprenden nada y que han sacado sus ideas de unos cuantos libros de Occidente. El gobierno, que entonces encarcelaba a esa misma juventud por incendiaria, le lanzaba los mismos reproches. Y para tranquilizar a su zar, Bakunin anuncia que

> «el pueblo no está con ese partido revolucionario… la inmensa mayoría de nuestra juventud pertenece al partido popular, al partido que tiene por único y exclusivo fin el triunfo de la causa del pueblo; este partido no tiene prejuicios ni a favor ni en contra del zar, y si el zar que comenzó la gran obra no hubiera traicionado al pueblo, nunca lo habrían abandonado. Y todavía ahora no es tarde para él; todavía ahora esta juventud lo seguiría con alegría, siempre que marchara a la cabeza de su pueblo. No se dejaría estorbar por *ninguno de los prejuicios revolucionarios de Occidente*. Es hora de que los alemanes se vuelvan a Alemania. Si el zar hubiera comprendido que en adelante ya no debía ser la cabeza de una centralización forzosa, sino la de una *libre federación de pueblos libres*, apoyado en un poder firme y fortalecido de nuevo, en alianza con Polonia y con Ucrania; que debía romper todas las alianzas alemanas, tan aborrecidas, y enarbolar con audacia la bandera paneslavista, se convertiría en el *salvador del mundo eslavo*.

> »Sí, en efecto, la guerra contra los alemanes es para los eslavos una obra buena e indispensable; en todo caso es mejor que asfixiar a los polacos para gusto de los alemanes. Levantarse para liberar a los eslavos del yugo turco y alemán será una necesidad y un deber sagrado para el pueblo ruso liberado».

En el mismo folleto, Bakunin obliga al partido revolucionario a agruparse bajo la bandera de la causa del pueblo. Damos aquí algunos artículos de fe del programa de esta causa del pueblo cortada a la medida del zar:

> «Art. 1. Nosotros» (Bakunin y compañía) «queremos el autogobierno del pueblo en el municipio, en la provincia, en cada país y, por último, en el Estado en su conjunto, con zar o sin él, poco nos importa; eso se hará según decida el pueblo. Art. 2. … Estamos dispuestos, y el deber nos lo manda, a acudir en ayuda de Lituania, de Polonia y de Ucrania para impedir cualquier violencia y proteger a esos países contra sus enemigos exteriores, sobre todo contra los alemanes. Art. 4. Unidos con Polonia, Lituania y Ucrania, queremos prestar nuestro brazo a todos nuestros hermanos eslavos que gimen hoy bajo el yugo del reino de Prusia y de los imperios austriaco y turco, y nos comprometemos a no envainar la espada mientras un solo eslavo siga siendo esclavo de los alemanes, de los turcos o de quien sea».

El artículo 6 prescribe una alianza con Italia, Hungría, Rumanía y Grecia; eran precisamente las alianzas que buscaba entonces el gobierno ruso.

> «Art. 7. Junto con todas las demás razas eslavas aspiraremos a realizar el caro sueño de los eslavos, la fundación de la gran y libre federación paneslava, para que no haya más que un solo poder paneslavo, único e indivisible.

> »Este es el gran programa de la causa eslava, esta es la última e inmutable palabra de la causa del pueblo ruso. Hemos consagrado toda nuestra vida a esta causa.

> »Y ahora: ¿adónde vamos y con quién iremos? Hemos dicho adónde queremos ir; hemos dicho también con quién queremos ir: con nadie más que con el pueblo. Solo queda saber a quién seguiremos. ¿Seguiremos a Románov, a Pugachov o a un nuevo Pestel, si se encuentra uno?[^121]

> »Digamos la verdad. *Preferiríamos seguir a Románov*, si Románov pudiera y quisiera transformarse de emperador petersburgués en zar de los campesinos. Nos pondríamos con gusto bajo su bandera, porque el pueblo ruso todavía la reconoce, porque su poder ya está creado y dispuesto a actuar y porque se haría invencible en cuanto él le diera el bautismo popular. Lo seguiríamos también porque él *solo* puede llevar a cabo la gran revolución pacífica sin derramar una gota de sangre rusa o eslava. Las revoluciones sangrientas, por culpa de la necedad humana, se hacen a menudo necesarias; sin embargo, son un gran mal y una gran desgracia, no solo por sus víctimas, sino también por lo que se refiere a la pureza y a la plenitud del fin para el que se llevan a cabo. Lo hemos visto durante la Revolución francesa.

> »Nuestra actitud ante Románov está, pues, clara. *No somos sus enemigos*, como tampoco somos sus amigos. Somos los amigos de la causa del pueblo ruso, de la causa eslava. Si el zar se pone a la cabeza de esta causa, lo seguiremos; si se pone en contra, seremos sus enemigos. Se trata, pues, sencillamente de esto: ¿quiere Románov ser el zar ruso, el zar de los campesinos, o prefiere ser el emperador petersburgués, el de los Holstein-Gottorp? ¿Quiere dedicar sus servicios a Rusia, a los eslavos o a los alemanes? Esta cuestión se decidirá pronto, y entonces sabremos lo que tenemos que hacer».

Por desgracia, el zar no juzgó conveniente convocar la asamblea nacional, para la que Bakunin presentaba ya su candidatura en este folleto. Había malgastado, pues, este manifiesto electoral suyo y sus genuflexiones ante Románov. Vergonzosamente engañado en su inocente confianza, no le quedó otro remedio que lanzarse de cabeza a la anarquía pandestructora.

Después de esta obra del maestro, que se arrastra boca abajo ante su zar de los campesinos, bien podían sus amigos y discípulos Albert Richard y Gaspard Blanc gritar a pleno pulmón: ¡Viva Napoleón III, el emperador de los campesinos!

## XI. Documentos justificativos

### 1. Estatutos secretos de la Alianza

El ejemplar de estos estatutos que obra en nuestras manos está escrito en parte de puño y letra de Bakunin. Este no solo daba copias a sus iniciados, sino también a muchos otros a los que esperaba seducir revelándoles su magnífico programa. La vanidad del escritor pudo más que la sombría reserva del mistificador.

#### Organización de la Alianza de los Hermanos Internacionales

> Tres grados:

> I. *Hermanos internacionales.*

> II. *Los hermanos nacionales.*

> III. La organización semisecreta y semipública de la *Alianza Internacional de la Democracia Socialista.*

> **I. Reglamento de los hermanos internacionales**

> 1. Los hermanos internacionales no tienen otra patria que la revolución universal, ni otro extranjero ni otro enemigo que la reacción.

> 2. Rechazan toda política de conciliación y de compromiso y consideran reaccionario todo movimiento político que no tenga por fin inmediato y directo el triunfo de sus principios.

> 3. Son hermanos: nunca se atacan entre sí ni dirimen sus disputas ante el público o ante los tribunales. Un jurado de honor, elegido por ambas partes entre los hermanos: esa es su única jurisdicción.

> 4. Cada uno de ellos debe ser sagrado para todos los demás, más sagrado que un hermano de sangre. Todo hermano debe contar con la ayuda y el apoyo de todos los demás hasta el agotamiento de lo posible.

> 5. Solo puede ser hermano internacional quien haya aceptado francamente todo el programa con todas sus consecuencias teóricas y prácticas y, además de la inteligencia, la energía, la honradez y la discreción debidas, posea también la *pasión revolucionaria*, quien tenga el diablo en el cuerpo. No imponemos deberes ni sacrificios. Porque quien posee esa pasión hará mucho sin imaginarse siquiera que hace sacrificios.

> 6. Para un hermano no puede haber asuntos, intereses ni deberes más serios y más sagrados que el servicio de la revolución y de nuestra asociación secreta, destinada a servirla.

> 7. Un hermano tiene siempre derecho a negarse a prestar los servicios que le pida el Comité Central o su comité nacional; pero muchas negativas sucesivas podrán hacer que se le considere perezoso o malintencionado; su comité nacional puede suspenderlo y, a propuesta de este, el Comité Central puede ponerlo en situación de retiro hasta la decisión definitiva de la Constituyente.

> 8. Ningún hermano aceptará un cargo público si no es con el consentimiento del comité al que pertenece. No puede participar en ningún acto o manifestación pública que sea hostil, o simplemente ajena, a la línea trazada por su comité, o sobre la que no lo haya consultado. Siempre que dos o más hermanos estén juntos, deben consultarse sobre todos los asuntos públicos importantes.

> 9. Todos los hermanos internacionales se conocen entre sí. *Entre ellos no debe existir jamás ningún secreto político.* Ninguno puede pertenecer a una sociedad secreta cualquiera sin el consentimiento expreso de su comité o, en caso necesario, si este lo exige, sin el del Comité Central, y solo puede pertenecer a ella a condición de revelar a esos comités todos los secretos que puedan interesarles directa o indirectamente.

> 10. La organización de los hermanos internacionales se divide en: A. El Comité General o *Constituyente*. B. El *Comité Central*. C. Los *comités nacionales*.

> **A. El Comité General**

> Es la reunión de todos los hermanos internacionales, o al menos de dos tercios de ellos, convocada por el Comité Central de manera regular en una fecha determinada o como asamblea extraordinaria. El Comité General constituye el poder constituyente y ejecutivo supremo de toda nuestra organización, y puede modificar su programa, sus reglamentos y sus estatutos orgánicos.

> **B. El Comité Central**

> Se compone de: a) la *Oficina Central* y b) el *Comité Central de Vigilancia*. Son miembros de este último todos los hermanos internacionales que no pertenecen a la Oficina y que se encuentran lo bastante cerca para poder ser convocados en el plazo de dos días, así como, naturalmente, todos los hermanos de paso. Sus relaciones mutuas se rigen por el reglamento de la Alianza de la Democracia Socialista (véanse los arts. 2-4).

> **C. Los comités nacionales**

> Cada comité nacional se compone de todos los hermanos internacionales (de cualquier nacionalidad) que residen en el centro de la organización nacional o cerca de él. Cada comité nacional se divide igualmente en dos subsecciones: a) la *oficina ejecutiva nacional* y b) el *comité nacional de vigilancia*. Este último comprende a todos los hermanos internacionales presentes que no pertenecen a la oficina. Rigen las mismas relaciones que en la Alianza de la Democracia Socialista.

> 11. Para crear un nuevo hermano hace falta la *unanimidad* de todos los miembros presentes del comité nacional (tres por lo menos) y la *confirmación del Comité Central* por mayoría de dos tercios. El *Comité Central* puede admitir nuevos miembros por unanimidad de todos sus miembros.

> 12. Cada comité nacional se reúne al menos una vez por semana para controlar y estimular el trabajo de organización, de agitación y de administración de su oficina. El comité nacional es el juez natural de la conducta de sus miembros en todo lo que se refiere a su dignidad revolucionaria y a sus relaciones con la sociedad. Sus decisiones deben someterse a la confirmación del Comité Central. Señala la dirección de la actividad y de todas las manifestaciones públicas de todos sus miembros. Debe mantener, por medio de su oficina o de un hermano que nombre para ello, una correspondencia regular con la Oficina Central, a la que tiene que escribir al menos una vez cada quince días.

> 13. El *comité nacional* organizará la *asociación* secreta de los hermanos nacionales de su país.

> **II. Los hermanos nacionales**

> 14. Los hermanos nacionales deben estar organizados en cada país de tal manera que nunca puedan sustraerse a la dirección de la organización general de los hermanos internacionales, y en particular a la del *Comité General* y del *Comité Central*. Sus programas y reglamentos solo pueden entrar definitivamente en vigor después de haber recibido la sanción *del Comité Central*.

> 15. Cada comité nacional puede, si lo juzga útil, establecer dos categorías: a) hermanos nacionales que se conocen entre sí en todo el país, y b) hermanos nacionales que solo se conocen en pequeños grupos. En ningún caso deben los hermanos nacionales sospechar siquiera la existencia de una organización internacional.

> 16. En todos los puntos principales de un país se fundarán *centros provinciales*, compuestos total o parcialmente de hermanos internacionales o de hermanos nacionales de la primera categoría; tendrán la tarea de hacer crecer la organización secreta y la propaganda de los principios todo lo hondo y lo lejos que puedan, no contentándose con la actividad en las ciudades, sino intentando también extenderla a las aldeas y entre los campesinos.

> 17. Los comités nacionales procurarán crear cuanto antes los recursos financieros necesarios, no solo para el éxito de su propia organización, sino también para las necesidades generales de toda la asociación. Enviarán, pues, una parte —¿la mitad?— a la Oficina Central.

> 18. Las oficinas nacionales deben ser extraordinariamente activas y tener presente que los principios, los programas y los reglamentos solo valen algo en la medida en que las personas que han de llevarlos a la práctica tienen el diablo en el cuerpo.

#### Organización secreta de la Alianza Internacional de la Democracia Socialista

> 1. El *Comité Central Permanente* de la Alianza se compone de todos los miembros de los *comités nacionales permanentes* y de los de la *Sección Central de Ginebra*.

> Reunidos, todos estos miembros forman la *Asamblea General Secreta* de la Alianza, que es el poder supremo y a la vez constituyente de la Alianza y se reúne al menos una vez al año en el congreso obrero como delegados de los distintos grupos nacionales de la Alianza; además, puede ser convocada en cualquier momento tanto por la Oficina Central como por la Sección Central de Ginebra.

> 2. *La Sección Central de Ginebra* es la delegación permanente del Comité Central Permanente. Se compone de todos los miembros de la *Oficina Central* y del *Comité de Vigilancia*, que son necesariamente siempre miembros del Comité Central Permanente. La Sección Central es el *consejo ejecutivo supremo* de la Alianza, dentro de los límites de la constitución y de la línea de conducta que solo la Asamblea General puede fijar o modificar. La Sección Central decide por simple mayoría de votos en todos los asuntos ejecutivos (en los que no se trate de la constitución ni de la política general), y sus acuerdos así tomados son *obligatorios* para la Oficina Central, salvo que esta decida por mayoría de sus miembros apelar contra ellos a la Asamblea General, que en tal caso deberá convocar en el plazo de tres semanas. Para poder deliberar válidamente, una Asamblea General así convocada necesita la presencia de dos tercios de todos sus miembros.

> 3. La *Oficina Central*, el poder ejecutivo, está formada por tres a cinco, o incluso siete, miembros, que deben ser siempre al mismo tiempo *miembros del Comité Central Permanente*. Como una de las dos partes de la Sección Central secreta, la Oficina Central es una organización secreta. Como tal, recibe sus indicaciones de la Sección Central y dirige a su vez sus comunicaciones, por no decir sus órdenes secretas, a todos los comités nacionales, de los que debe recibir informes secretos al menos una vez al mes. Pero, como *directorio ejecutivo de la Alianza pública*, la Oficina Central es al mismo tiempo una organización pública. Como tal, mantiene, según los países y las circunstancias, relaciones más o menos confidenciales o públicas con todas las oficinas nacionales, de las que debe recibir igualmente informes mensuales. Su forma visible de gobierno será la de una presidencia en una república federativa. La Oficina Central, como poder ejecutivo a la vez secreto y público de la Alianza, pondrá en marcha la propaganda secreta y pública de la sociedad y fomentará su desarrollo en todos los países por todos los medios posibles. Administra la parte de los fondos que se le envían de todos los países para las necesidades generales según el artículo b) del reglamento público. Publicará una revista y folletos y enviará agentes viajeros para fundar grupos de la Alianza en los países donde todavía no existan. En todas las medidas que la Oficina Central haya de tomar por el bien de la Alianza deberá, sin embargo, someterse a las decisiones de la mayoría de la Sección Central secreta, a la que, por lo demás, pertenecen todos los miembros de la propia Oficina. Como organización a la vez pública y secreta, y compuesta enteramente de miembros del Comité Central Permanente, la Oficina Central será siempre una emanación directa de ese comité. La Oficina Central provisional será presentada esta vez al grupo fundador de Ginebra como elegida provisionalmente por todos los miembros fundadores de la Alianza, que, en su mayor parte antiguos miembros del Congreso de Berna, han regresado a sus casas después de haber delegado sus poderes en el ciudadano B. Esta Oficina seguirá funcionando hasta la primera Asamblea General pública, que, según el artículo 7 del reglamento público, se reunirá en el próximo congreso obrero como rama de la Asociación Internacional de los Trabajadores. Se entiende que los miembros de la nueva Oficina Central serán elegidos por esa asamblea. Pero, como es urgentemente necesario que la Oficina Central se componga siempre únicamente de miembros del Comité Central Permanente, este deberá procurar, por medio de sus comités nacionales, organizar y dirigir a todos los grupos locales de tal modo que no envíen como delegados a esa asamblea más que a miembros del Comité Central Permanente o, a falta de ellos, solo a personas enteramente adictas a la dirección de sus respectivos comités nacionales, a fin de que el Comité Central Permanente lleve siempre la ventaja en toda la organización de la Alianza.

> 4. El *Comité de Vigilancia* controla todos los actos de la Oficina Central. Se compone de todos los miembros del Comité Central Permanente que residen en el lugar o cerca de la sede de la Oficina Central, así como de todos los miembros presentes temporalmente o de paso, con excepción de los que forman la Oficina. A petición de dos miembros del Comité de Vigilancia, todos sus miembros deben reunirse en el plazo de tres días con los miembros de la Oficina Central para constituir la *Asamblea de la Sección Central del consejo ejecutivo supremo*, cuyos derechos se establecen en el artículo 2.

> 5. Los *comités nacionales* están formados por todos los miembros del Comité Central Permanente pertenecientes a la misma nación. En cuanto hay tres miembros del Comité Central Permanente de la misma nación, la Oficina y, si es necesario, la Sección Central los invitan a constituirse en comité nacional de su país. Cada comité nacional puede nombrar un nuevo miembro del Comité Central de su país, pero solo por unanimidad de todos sus miembros. En cuanto un comité nacional ha nombrado a un nuevo miembro, debe comunicarlo inmediatamente a la Oficina Central, que inscribe a ese nuevo miembro en la lista y le transfiere así todos los derechos de miembro del Comité Central Permanente. La Sección Central de Ginebra está igualmente facultada para nombrar nuevos miembros por unanimidad de todos sus miembros.

> Cada comité nacional tiene la tarea especial de fundar y organizar en su país tanto el grupo nacional público como el secreto. El comité nacional es su autoridad suprema de dirección y de administración, por medio de su oficina nacional, de cuya fundación debe ocuparse de manera que se componga enteramente de miembros del Comité Central Permanente. Los comités nacionales tendrán con sus respectivas oficinas las mismas relaciones, derechos y atribuciones que la Sección Central con la Oficina Central. Los comités nacionales, que se forman por la reunión de sus respectivas oficinas y comités de vigilancia, no deben reconocer otra autoridad superior que la Oficina Central; sirven como únicos órganos intermediarios entre esta y todos los grupos locales de su país, tanto en lo que se refiere a la propaganda y a la administración como a la recaudación y al empleo de las cuotas. Los comités nacionales deben ocuparse, por medio de sus respectivas oficinas, de la organización de la Alianza en su país, pero de manera que esta esté siempre dominada por miembros del Comité Central Permanente y representada por ellos en los congresos.

> A medida que las oficinas nacionales organicen sus grupos locales, deben procurar también que el reglamento y el programa de estos se sometan a la aprobación de la Oficina Central; sin esta aprobación, los grupos locales no pueden formar parte de la Alianza Internacional de la Democracia Socialista.

#### Programa de la Alianza Internacional Socialista

> 1. La Alianza Internacional se ha fundado con el fin de servir a la revolución universal, organizarla y acelerarla sobre la base de los principios enunciados en nuestro programa.

> 2. Conforme a estos principios, el fin de la revolución solo puede ser: a) la destrucción de todos los poderes y potestades religiosos, monárquicos, aristocráticos y burgueses en Europa. La consecuencia de ello es el derrocamiento de todos los Estados que existen actualmente, con todas sus instituciones políticas, jurídicas, burocráticas y financieras; b) la construcción de una nueva sociedad sobre la única base del trabajo libre asociado, que toma como punto de partida la propiedad colectiva, la igualdad y la justicia.

> 3. La revolución tal como la entendemos, o, mejor dicho, tal como hoy la provoca necesariamente la fuerza de las cosas, tiene un carácter esencialmente internacional o universal. Ante la amenazadora coalición de todos los intereses privilegiados y de todos los poderes reaccionarios de Europa, que disponen de todos los medios terribles que les confiere una organización hábilmente organizada, ante el profundo abismo que en todas partes separa a la burguesía de los obreros, ninguna revolución nacional podría contar con el éxito si no se extendiera a la vez a las demás naciones, y nunca podría cruzar la frontera y adquirir ese carácter de universalidad si no llevara en sí misma todos los elementos de esa universalidad, es decir, si no fuera francamente socialista, destructora del Estado y creadora de libertad por medio de la igualdad y de la justicia; porque de ahora en adelante nada puede ya unir, electrizar, levantar a la gran fuerza, la única verdadera de nuestro siglo, los obreros, sino la emancipación completa del trabajo sobre las ruinas de todas las instituciones que existen para proteger la propiedad hereditaria y el capital.

> 4. Como la próxima revolución solo puede ser universal, la Alianza, o, para decir francamente la palabra, la conspiración que ha de prepararla, organizarla y acelerarla, tiene que serlo también.

> 5. La Alianza perseguirá un doble fin: a) Se esforzará por difundir en las masas populares de todos los países las verdaderas ideas sobre la política, sobre la economía social y sobre todas las cuestiones filosóficas. Hará una propaganda activa por medio de periódicos, folletos y libros, así como mediante la fundación de asociaciones públicas. b) Procurará atraerse a todos los hombres inteligentes, enérgicos y seguros que tengan buena voluntad y una adhesión fiel a nuestras ideas, para formar así en toda Europa y, en la medida de lo posible, también en América, una red invisible de revolucionarios capaces de sacrificarse y poderosos por esta misma alianza suya.

#### Programa y fin de la organización revolucionaria de los hermanos internacionales

> 1. Los principios de esta organización son los mismos que los del programa de la Alianza Internacional de la Democracia Socialista. En lo que se refiere a la cuestión de la mujer, a la situación religiosa y jurídica de la familia y al Estado, se exponen todavía más detalladamente en el programa de la *democracia socialista rusa*.

> La Oficina Central se reserva, por lo demás, dar pronto un desarrollo teórico y práctico más completo de los principios.

> 2. La Asociación de los Hermanos Internacionales quiere la revolución universal, a la vez social, filosófica, económica y política, para que del orden de cosas actual, fundado en la propiedad, la explotación, la dominación y el principio de autoridad —sea este religioso o metafísico y burgués-doctrinario, o incluso jacobino-revolucionario—, no quede piedra sobre piedra, primero en toda Europa y luego en el resto del mundo. Al grito de: ¡Paz a los obreros, libertad a los oprimidos y muerte a los dominadores, explotadores y tutores de toda especie!, queremos destruir todos los Estados y todas las Iglesias con todas sus instituciones y leyes religiosas, políticas, jurídicas, financieras, policiales, universitarias, económicas y sociales, para que todos esos millones de pobres seres humanos a los que hasta ahora se ha engañado, sojuzgado, martirizado y explotado, liberados ya de todos sus directores y bienhechores oficiales y oficiosos, asociaciones e individuos, respiren por fin en completa libertad.

> 3. Convencidos de que el mal individual y social tiene sus raíces mucho menos en los individuos que en la organización de las cosas y en las relaciones sociales, seremos humanos, tanto por sentimiento de justicia como por cálculo de utilidad, y destruiremos sin piedad las relaciones y las cosas para poder respetar a los hombres sin peligro para la revolución. Negamos el libre *albedrío* y el supuesto derecho de la sociedad a castigar. La justicia misma, tomada en su sentido más humano y más amplio, no es más que una idea negativa, de transición; plantea la cuestión social, pero no la resuelve; solo nos muestra el único camino posible de la emancipación de la humanidad, es decir, de la humanización de la sociedad por la libertad dentro de la igualdad; la solución positiva solo puede alcanzarse mediante la organización cada vez más racional de la sociedad. Esta solución tan anhelada, el ideal de todos nosotros, es la libertad, la moralidad, la instrucción y el bienestar de cada uno por medio de la solidaridad de todos: es la fraternidad humana.

> Todo individuo humano es el producto involuntario del medio natural y social en el que ha nacido, en el que se ha desarrollado y cuya influencia sigue sufriendo constantemente. Las tres grandes causas de toda inmoralidad humana son: la desigualdad política, económica y social; la ignorancia, que es su resultado natural, y, como consecuencia necesaria, *la esclavitud*.

> Como la organización de la sociedad es siempre y en todas partes la única causa de los crímenes cometidos por los hombres, es una hipocresía o un absurdo manifiestos por parte de la sociedad castigar a los criminales, pues todo castigo presupone la culpa del castigado, y los criminales nunca son los culpables. La teoría de la culpa y del castigo procede de la teología, es decir, del matrimonio del absurdo con la hipocresía religiosa.

> El único derecho que podría reconocerse a la sociedad en su actual estado de transición es el derecho natural de *asesinar*, en interés de su propia defensa, a los criminales que ella misma ha creado, pero no el derecho de juzgarlos y condenarlos. Este derecho ni siquiera es tal en el sentido estricto de la palabra, sino más bien una relación de hecho natural, lamentable pero inevitable, a la vez signo y producto de la impotencia y de la estupidez de la sociedad actual; cuanto mejor sepa la sociedad evitar el ejercicio de este derecho, más se acercará a su verdadera emancipación.

> Todos los revolucionarios, los oprimidos, las víctimas dolientes de la organización actual de la sociedad, cuyos corazones están naturalmente llenos de venganza y de odio, deben tener bien presente que los reyes, los opresores, los explotadores de toda especie son tan culpables como los criminales salidos de la masa del pueblo: también ellos son malhechores, pero tampoco culpables, puesto que son igualmente, como los criminales corrientes, los productos involuntarios de la organización actual de la sociedad. No habrá que extrañarse si el pueblo, en el primer momento de su levantamiento, mata a muchos de ellos: será una desgracia quizá inevitable, pero tan pasajera como los estragos de una tormenta.

> Pero este hecho natural no será ni moral ni siquiera útil. A este respecto la historia es sumamente instructiva: la terrible guillotina de 1793, a la que desde luego no se puede acusar de lentitud ni de blandura, no llegó a destruir la clase noble en Francia. La aristocracia quedó allí, si no destruida por completo, sí profundamente quebrantada, pero no por la guillotina, sino por la confiscación y la venta de sus bienes. Y en general puede decirse que las matanzas políticas nunca han matado a los partidos; se han mostrado siempre impotentes contra las clases privilegiadas, pues el poder reside mucho menos en los hombres que en las situaciones que la organización de las cosas, es decir, *la institución del Estado* y su consecuencia natural a la vez que su fundamento, *la propiedad individual*, crean para los privilegiados.

> Para hacer una revolución radical hay, pues, que dirigir el ataque contra las relaciones y las cosas que están en la base; hay que destruir la propiedad y el Estado; entonces ya no hace falta destruir a los hombres y condenarse uno mismo a la reacción infalible e inevitable que en toda sociedad se ha producido siempre, y se producirá siempre, como consecuencia del asesinato de hombres.

> Pero para tener derecho a ser humano con los hombres sin peligro para la revolución, hay que ser implacable con las situaciones y con las cosas; hay que destruir por completo, en todas partes y ante todo, la propiedad y su corolario inevitable: el *Estado*. Ese es todo el secreto de la revolución.

> No hay que extrañarse de que los jacobinos y los blanquistas, que se han hecho socialistas más por necesidad que por convicción y para los que el socialismo es un medio de la revolución, y no su fin, porque quieren la dictadura, es decir, la centralización del Estado, y porque el Estado tiene que llevarlos con una necesidad lógica inevitable al restablecimiento de la propiedad; es muy natural, decimos, que ellos, que no quieren hacer una revolución radical contra las cosas mismas, sueñen con una revolución sangrienta contra los hombres. Pero esta revolución sangrienta, basada en la construcción de un Estado revolucionario poderosamente centralizado, tendría como consecuencia inevitable, como demostraremos más adelante con más detalle, la dictadura militar con un nuevo amo. El triunfo de los jacobinos y de los blanquistas sería, pues, la muerte de la revolución.

> 4. Somos los enemigos naturales de estos revolucionarios —los futuros dictadores, legisladores y tutores de la revolución— que, antes incluso de que se hayan destruido los actuales Estados monárquicos, aristocráticos y burgueses, piensan ya en la creación de nuevos Estados revolucionarios, Estados tan centralizadores y todavía más despóticos que los que existen hoy; que están tan acostumbrados al orden creado por alguna autoridad desde arriba y sienten tal horror por todo lo que les parece desorden, y que no es otra cosa que la expresión libre y natural de la vida del pueblo, que, antes incluso de que la revolución haya producido un desorden bueno y saludable, piensan ya en ponerle fin y en ponerle el bozal por medio de alguna autoridad que de la revolución solo lleva el nombre, pero que en realidad no es más que una nueva reacción, puesto que de hecho vuelve a hacer gobernar a las masas populares por decretos y las condena así de nuevo a la obediencia, a la inmovilidad, a la muerte, es decir, a la esclavitud y a la explotación por una nueva aristocracia cuasi revolucionaria.

> 5. Entendemos la revolución en el sentido del desencadenamiento de todo lo que hoy se llama las malas pasiones y de la destrucción de lo que en el mismo lenguaje se llama «orden público».

> No tememos la anarquía, la invocamos, convencidos de que de esa anarquía, es decir, de la manifestación completa de la vida popular desencadenada, tienen que salir la libertad, la igualdad, la justicia, el orden nuevo y la fuerza misma de la revolución frente a la reacción. Esta vida nueva —la revolución popular— no dejará sin duda de organizarse, pero creará su organización revolucionaria de abajo arriba y de la periferia al centro, conforme al principio de la libertad, y no de arriba abajo o del centro a la periferia, a la manera de la autoridad, sea esta del tipo que sea, porque nos importa poco que se llame Iglesia, monarquía, Estado constitucional, república burguesa o incluso dictadura revolucionaria. Los aborrecemos y rechazamos a todos por la misma razón, como fuentes infalibles de explotación y de despotismo.

> 6. La revolución tal como la entendemos debe destruir radical y completamente, desde el primer día, el Estado y todas las instituciones del Estado. Las consecuencias naturales y necesarias de esta destrucción serán: a) la bancarrota del Estado; b) el cese del pago de las deudas privadas mediante la intervención del Estado, dejando a cada deudor la libertad de pagar sus deudas si así le place; c) el cese del pago de todo impuesto y de la recaudación de cualquier tributo directo o indirecto; d) la disolución del ejército, de la magistratura, de la burocracia, de la policía y de los curas; e) la abolición de la justicia oficial, la supresión de todo lo que jurídicamente se llama derecho o está relacionado con el ejercicio de ese derecho. En consecuencia, abolición y auto de fe (quema) de todos los títulos de propiedad, actas de herencia, de compraventa, de donación, de procesos; en una palabra, de todo el papelote jurídico y civil. En todas partes y en todas las cosas, el hecho revolucionario en lugar del derecho creado y garantizado por el Estado; f) la confiscación de todos los capitales productivos y de todos los instrumentos de trabajo en favor de las asociaciones obreras, que deberán hacerlos producir colectivamente; g) la confiscación de todos los bienes de la Iglesia y del Estado, así como de los metales preciosos en manos privadas, en favor de la alianza federativa de todas las asociaciones obreras, alianza que constituirá la comuna.

> A cambio de los bienes confiscados, la comuna dará a todos los individuos así despojados estrictamente lo necesario, y más tarde podrán ganar más con su propio trabajo, si pueden y si quieren. h) Para la organización de la comuna: una federación de las barricadas en permanencia y la institución de un consejo de la comuna revolucionaria mediante la delegación de uno o dos diputados por cada barricada, uno por calle o por barrio; los diputados irán provistos de mandatos imperativos y serán siempre responsables y revocables en todo momento. El consejo comunal así organizado podrá elegir de su seno comités ejecutivos y asignarles las distintas ramas de la administración revolucionaria de la comuna. i) Declaración de la capital insurrecta y organizada en comuna de que, después de haber destruido el Estado autoritario y tutelar (a lo que tenía derecho, puesto que había estado sometida a él en la misma esclavitud que todas las demás localidades), renuncia ahora a su derecho, o más bien a toda pretensión de gobernar y dominar las provincias. k) Llamamiento a todas las provincias, comunas y asociaciones para que sigan todas inmediatamente el ejemplo dado por la capital, se reorganicen primero revolucionariamente y deleguen luego, en un lugar de reunión que se convenga, a sus diputados, provistos igualmente de mandatos imperativos, responsables y revocables, para constituir la federación de las asociaciones, comunas y provincias insurrectas en nombre de los mismos principios y organizar un poder revolucionario lo bastante fuerte para triunfar sobre la reacción. Envío, no de comisarios revolucionarios oficiales con fajines de cualquier clase, sino de agitadores revolucionarios a todas las provincias y municipios, sobre todo a los campesinos, a los que no se puede revolucionar con principios ni con los decretos de ninguna dictadura, sino única y exclusivamente con el hecho mismo de la revolución, es decir, con las consecuencias necesarias del cese completo de la vida estatal oficial y jurídica en todos los municipios. Abolición del Estado nacional, incluso en el sentido de que todo país extranjero, provincia, municipio, asociación, e incluso todo individuo aislado, que se haya levantado en nombre de los mismos principios, será admitido en la federación revolucionaria sin tener en cuenta las fronteras actuales de los Estados, aunque pertenezcan a sistemas políticos o nacionales distintos, y de que las provincias, comunas y asociaciones propias, así como los individuos, que tomen el partido de la reacción quedarán excluidos. Así, el hecho mismo de la expansión y de la organización de la revolución, con la protección mutua de los países insurrectos, hará triunfar la universalidad de la revolución basada en la abolición de las fronteras y en la destrucción del Estado.

> 7. Ya no puede triunfar ninguna revolución política o nacional si la revolución política no se transforma en revolución social y si la revolución nacional, por su carácter mismo radicalmente socialista y destructor del Estado, no se convierte en revolución universal.

> 8. Como la revolución tiene que salir en todas partes del pueblo mismo y la dirección suprema tiene que quedar siempre en manos del pueblo organizado en libre federación de asociaciones agrícolas e industriales, el nuevo Estado revolucionario, que se organiza por la vía de la delegación revolucionaria de abajo arriba y abarca a todos los países organizados en nombre de los mismos principios, sin tener en cuenta las viejas fronteras ni la diversidad de las nacionalidades, tendrá por objeto la administración de los servicios públicos, y no el gobierno de los pueblos. Constituirá la nueva *patria, la alianza de la revolución universal* contra la alianza de todos los reaccionarios.

> 9. Esta organización excluye toda idea de dictadura o de cualquier poder dirigente tutelar. Pero para fundar esta alianza revolucionaria y para que la revolución triunfe sobre la reacción es necesario que, en medio de la anarquía popular, que constituirá la vida misma y toda la fuerza de la revolución, *la unidad del pensamiento y de la acción revolucionaria encuentre un órgano*. Este órgano debe ser la *asociación secreta y universal de los hermanos internacionales*.

> 10. Esta asociación parte de la convicción de que las revoluciones nunca las hacen ni los individuos ni las sociedades secretas. Se hacen por sí mismas; las crean la fuerza de las cosas, el curso de los acontecimientos y de los hechos. Se preparan largamente en lo hondo de la conciencia instintiva de las masas populares, y luego estallan, provocadas a menudo, al parecer, por causas insignificantes. Todo lo que puede hacer una sociedad secreta bien organizada es, en primer lugar, favorecer el nacimiento de una revolución difundiendo entre las masas las ideas que corresponden a los instintos de las masas, y organizar, no el ejército de la revolución —el ejército debe ser siempre el pueblo—, sino una especie de estado mayor revolucionario compuesto de individuos abnegados, enérgicos, inteligentes y, sobre todo, de amigos sinceros del pueblo, no ambiciosos ni vanidosos, capaces de servir de intermediarios entre la idea revolucionaria y los instintos populares.

> 11. El número de estos individuos no debe ser, por tanto, muy grande. Para la organización internacional en toda Europa bastan cien revolucionarios aliados firme y seriamente. Doscientos o trescientos revolucionarios bastarán para la organización del país más grande.

### 2. Programa y reglamento de la Alianza pública

> *Al separarse la minoría socialista de la Liga de la Paz y de la Libertad* (!) de esta Liga a consecuencia del voto de la mayoría en el congreso de Berna, voto que se pronunció expresamente contra el principio fundamental de todas las asociaciones obreras, el principio de la igualdad económica y social de las clases y de los individuos, esa minoría se ha adherido por ello mismo a los principios proclamados por los congresos obreros de Ginebra, Lausana y Bruselas. Varios miembros de esa minoría, pertenecientes a distintas naciones, nos han propuesto organizar una nueva Alianza Internacional de la Democracia Socialista que, aun estando enteramente fundida con la gran Asociación Internacional de los Trabajadores, se dé la misión especial de estudiar las cuestiones políticas y filosóficas sobre la base de ese gran principio de la igualdad universal y moral de todos los seres humanos en la tierra.

> Convencidos, por nuestra parte, de la utilidad de semejante empresa, que dará a los demócratas socialistas sinceros de Europa y de América el medio de entenderse y de afianzar sus ideas al margen de toda presión de ese falso socialismo del que hoy hace gala la democracia burguesa para sus fines, hemos creído, de acuerdo con dichos amigos, que debíamos tomar la iniciativa de esta nueva organización.

> En consecuencia, nos hemos organizado como Sección Central de la Alianza Internacional de la Democracia Socialista y publicamos hoy su programa y su reglamento.

#### Programa de la Alianza Internacional de la Democracia Socialista

> 1. La Alianza se declara atea; quiere la abolición de todos los cultos religiosos y la sustitución de la fe por la ciencia y de la justicia divina por la humana.

> 2. Quiere ante todo la igualación política, económica y social de las clases y de los individuos de ambos sexos, empezando por la abolición del derecho de herencia, para que en el futuro el disfrute sea igual a la producción de cada uno y para que, conforme a la resolución adoptada por el último congreso obrero de Bruselas, la tierra, los instrumentos de trabajo y todo otro capital, convertidos en propiedad colectiva de toda la sociedad, solo puedan servir para provecho de los trabajadores, es decir, de las asociaciones agrícolas e industriales.

> 3. Quiere para todos los niños de ambos sexos, desde su nacimiento, la igualdad de los medios de desarrollo, es decir, de mantenimiento, de educación y de instrucción en todos los grados de la ciencia, de la industria y de las artes, convencida de que esta igualdad, al principio solo económica y social, tendrá por resultado crear una igualdad natural cada vez mayor de los individuos, haciendo desaparecer todas las desigualdades artificiales, productos históricos de una organización social tan falsa como inicua.

> 4. Enemiga de todo despotismo, sin reconocer otra forma política que la republicana y rechazando absolutamente toda alianza reaccionaria, rechaza toda acción política que no tenga por fin inmediato y directo el triunfo de la causa de los trabajadores contra el capital.

> 5. Reconoce que todos los Estados políticos y autoritarios que existen actualmente, transformándose cada vez más en simples funciones administrativas de los servicios públicos en sus países respectivos, tienen que desaparecer en la unión universal de las libres asociaciones, tanto agrícolas como industriales.

> 6. Como la cuestión social solo puede encontrar su solución definitiva y real sobre la base de la solidaridad internacional o universal de los trabajadores de todos los países, la Alianza rechaza toda política fundada en el llamado patriotismo y en la rivalidad de las naciones.

> 7. Quiere la asociación universal de todas las asociaciones locales por medio de la libertad.

#### Reglamento

> 1. La Alianza Internacional de la Democracia Socialista se constituye como rama de la Asociación Internacional de los Trabajadores, cuyos Estatutos generales acepta en su totalidad.

> 2. Los miembros fundadores (*membres fondateurs*) organizan provisionalmente una Oficina Central en Ginebra.

> 3. Los miembros fundadores de un mismo país constituyen la oficina nacional de ese país.

> 4. Las oficinas nacionales tienen la tarea de fundar en todas partes grupos locales de la Alianza de la Democracia Socialista, que solicitarán luego, por medio de sus respectivas oficinas nacionales, a la Oficina Central de la Alianza su admisión en la Asociación Internacional de los Trabajadores.

> 5. Todos los grupos locales forman sus oficinas de la manera acostumbrada en las secciones locales de la Asociación Internacional de los Trabajadores.

> 6. Todos los miembros de la Alianza se comprometen a pagar una cuota mensual de diez céntimos. Cada grupo nacional retiene la mitad de la cuota para sus propias necesidades; la otra mitad va a la caja de la Oficina Central para los fines generales.

> En los países en que esta cuota se considere demasiado elevada, las oficinas nacionales pueden reducirla de acuerdo con la Oficina Central.

> 7. En el congreso obrero anual, la delegación de la Alianza de la Democracia Socialista, como rama de la Asociación Internacional de los Trabajadores, celebrará sus sesiones públicas en un local aparte.

* * *

### 3. Carta de Bakunin a Francisco Mora, en Madrid

**(La carta está escrita en francés)**

> Locarno, 5 de abril de 1872

> ¡Querido *aliado* y compañero! Como nuestros amigos de Barcelona me han pedido que le escriba, lo hago con tanto más gusto cuanto que también yo y mis amigos, *nuestros aliados* de la Federación del Jura, estamos expuestos a las calumnias del Consejo General de Londres, en España lo mismo que en otras partes. Es verdaderamente muy triste que en esta crisis terrible, en la que se decide por muchas décadas la suerte del proletariado de toda Europa, y en la que todos los amigos del proletariado, de la humanidad y de la justicia deberían unirse fraternalmente para hacer frente al enemigo común, la sociedad de los privilegiados organizada en el Estado, es muy triste, digo, que hombres que, por lo demás, han prestado en el pasado grandes servicios a la Internacional, empujados hoy por una funesta pasión de autoridad, se rebajen incluso a la mentira y siembren la discordia, en lugar de crear en todas partes esa libre unión de la que únicamente puede salir la fuerza.

> Para darle una idea exacta de nuestras aspiraciones, no necesito decirle más que una cosa. Nuestro programa es el suyo, el mismo que ustedes proclamaron el año pasado en su congreso, y si le han permanecido fieles, son ustedes de los nuestros, por la misma razón que nosotros somos de los suyos. Aborrecemos el principio de la dictadura, del sistema gubernamental (*gouvernementalisme*) y de la autoridad, como ustedes lo aborrecen; estamos convencidos de que todo poder político se convierte en una fuente infalible de corrupción para los gobernantes y de servidumbre para los gobernados. El Estado significa dominación, y la naturaleza humana está hecha de tal manera que toda dominación conduce a la explotación. Enemigos del Estado en todas las circunstancias, del Estado en todas sus manifestaciones, tampoco queremos tolerarlo en la Internacional. Consideramos la Conferencia de Londres y las resoluciones que adoptó como una intriga de la ambición y como un golpe de Estado, y por eso hemos protestado y protestaremos hasta el final. No toco las cuestiones personales; por desgracia, ocuparán demasiado al próximo congreso, si ese congreso se celebra, cosa de la que yo dudo, porque, si las cosas siguen como hasta ahora, pronto no habrá en el continente europeo ningún lugar donde los delegados del proletariado puedan reunirse para deliberar libremente. Y ahora todos los ojos están puestos en España y en el resultado de vuestro congreso. ¿Cuál será su resultado? Esta carta, *si* le llega, solo le llegará después del congreso. ¿Le encontrará en plena revolución o en plena reacción? Todos nuestros amigos de Italia, de Francia y de Suiza esperan con angustia cruel noticias de su país.

> Sabe usted sin duda que en Italia, en los últimos tiempos, la Internacional y *nuestra querida Alianza* han alcanzado un desarrollo muy considerable. El pueblo, tanto en el campo como en las ciudades, se encuentra en una situación completamente revolucionaria, es decir, económicamente desesperada, y las masas empiezan a organizarse de una manera muy seria; sus intereses empiezan a convertirse en ideas. Lo que hasta ahora le había faltado a Italia no eran los instintos, sino precisamente la organización y la idea. Ambas se están formando ahora de tal modo que Italia es, después de España, y con España, en esta hora quizá el país más revolucionario. En Italia hay lo que falta en los otros países: una juventud ardiente, enérgica, *sin ninguna posición, sin carrera, sin salida* (*tout à fait déplacée, sans carrière, sans issue*), que, pese a su origen burgués, no está agotada moral e intelectualmente como la juventud burguesa de otros países. Hoy se lanza de cabeza (*à tête perdue*) al socialismo revolucionario *con todo nuestro programa, el programa de la Alianza*. Mazzini, nuestro genial y poderoso adversario, ha muerto, el partido mazziniano está completamente desorganizado, y Garibaldi se deja arrastrar cada vez más por esa juventud que lleva su nombre, pero que va mucho más lejos que él, o, mejor dicho, corre. He enviado a los amigos de Barcelona una dirección italiana; pronto les mandaré otras. Es bueno, es necesario que los *aliados* de España se pongan en relación directa con los de Italia. ¿Reciben ustedes los periódicos socialistas italianos? Le recomiendo en particular: *L'Eguaglianza* de Girgenti, en Sicilia, *La Campana* de Nápoles, el *Fascio Operaio* de Bolonia, *Il Gazzettino Rosa* y, sobre todo, *Il Martello* de Milán, que por desgracia ha sido secuestrado y cuyos redactores están todos en la cárcel.

> En Suiza le recomiendo a dos *aliados*: James Guillaume (Suiza, Neuchâtel, 5, rue de la Place d'Armes) y Adhémar Schwitzguébel, grabador (miembro y secretario corresponsal de la Federación del Jura), Suiza, Jura bernés, Sonvillier, señor Adhémar Schwitzguébel, grabador. (Sigue la dirección de Bakunin.)

> Alianza y fraternidad

> M. Bakunin

> Le ruego que salude de mi parte al *hermano* Morago y que le pida que me envíe su periódico.

> ¿Recibe usted el *Bulletin* de la Federación del Jura? Le ruego que queme esta carta, porque contiene nombres.

* * *

El Congreso de La Haya expulsó a Bakunin de la Internacional no solo como fundador de la Alianza, sino también por un hecho de carácter personal. El documento auténtico que prueba este hecho sigue en nuestras manos, pero razones políticas nos obligan a abstenernos por el momento de publicarlo.[^122]

[^1]: (Nota de los autores.) Desclasados, *déclassés*, se llama en francés a las personas salidas de las clases poseedoras que han sido expulsadas de su clase o han salido de ella sin convertirse por ello en proletarios; por ejemplo, caballeros de industria, bufones, jugadores profesionales, la mayoría de los literatos y de los políticos de profesión, etc. También el proletariado tiene sus desclasados: forman el lumpenproletariado.

[^2]: *Die Tagwacht*, periódico socialdemócrata de Zúrich (1869-1880), órgano de las secciones de lengua alemana de la Internacional en Suiza.

[^3]: Jules Barni (1818-1878), filósofo y político republicano francés, traductor de Kant, uno de los fundadores de la Liga de la Paz y de la Libertad; diputado de la Asamblea Nacional, que tenía su sede en Versalles.

[^4]: (Nota de los autores.) Esta biblia de los ismos se interrumpió en el tercer pliego por falta de manuscrito.

[^5]: Mijaíl Elpidin (1835-1908), emigrado ruso, editor y librero en Ginebra.

[^6]: El tercer congreso de la Internacional, celebrado en Bruselas del 6 al 13 de septiembre de 1868.

[^7]: Gustav Vogt (1829-1901), jurista y economista suizo, profesor en Berna, hermano del naturalista Carl Vogt.

[^8]: (Nota de los autores.) Entre los secesionistas encontramos los nombres de Albert Richard, de Lyon, actualmente agente de la policía bonapartista; Gambuzzi, abogado en Nápoles (véase el capítulo sobre Italia); Zhukovski, más tarde secretario de la Alianza pública, y un tal Büttner, hojalatero en Ginebra, que hoy pertenece al partido ultrarreaccionario.

[^9]: Alusión a los *Cent-gardes*, escuadrón de caballería de la guardia personal de Napoleón III.

[^10]: Joseph-Marie Piétri (1820-1902), prefecto de policía de París de 1866 a 1870; Wilhelm Stieber (1818-1882), jefe de la policía política prusiana, organizador del proceso de los comunistas de Colonia de 1852 (véase [Revelaciones sobre el proceso de los comunistas en Colonia](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1853%20Revelaciones%20sobre%20el%20proceso%20de%20los%20comunistas%20en%20Colonia)).

[^11]: Pierre Terrail, señor de Bayard (h. 1476-1524), el «caballero sin miedo y sin tacha».

[^12]: Giuseppe Fanelli (1827-1877), diputado al Parlamento italiano y bakuninista, que en 1868 llevó la Internacional a España. Amadeo de Saboya reinó en España de 1870 a 1873. Albert Richard y Gaspard Blanc, bakuninistas de Lyon, publicaron en 1872 un folleto en favor de la restauración del Imperio (*L'Empire et la France nouvelle*).

[^13]: El 28 de septiembre de 1870, Bakunin y sus partidarios ocuparon el ayuntamiento de Lyon y proclamaron la abolición del Estado; la Guardia Nacional los desalojó ese mismo día.

[^14]: Circular privada del Consejo General, redactada por Marx y Engels; véase [Las pretendidas escisiones en la Internacional](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1872%20Las%20pretendidas%20escisiones%20en%20la%20Internacional).

[^15]: En la edición francesa: «deberá».

[^16]: «Como un cadáver»: fórmula de la obediencia en las Constituciones de la Compañía de Jesús.

[^17]: Shakespeare, *Enrique IV*, primera parte, acto V, escena 4.

[^18]: Véase [La Asociación Internacional de los Trabajadores y la Alianza de la Democracia Socialista](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1868%20La%20Asociaci%C3%B3n%20Internacional%20de%20los%20Trabajadores%20y%20la%20Alianza%20de%20la%20Democracia%20Socialista).

[^19]: Véase [El Consejo General al Comité Central de la Alianza Internacional de la Democracia Socialista](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1869%20El%20Consejo%20General%20al%20Comit%C3%A9%20Central%20de%20la%20Alianza%20Internacional%20de%20la%20Democracia%20Socialista).

[^20]: En Basilea ni la propuesta bakuninista ni la del Consejo General obtuvieron la mayoría; véase el [Informe del Consejo General sobre el derecho de herencia](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1869%20Informe%20del%20Consejo%20General%20sobre%20el%20derecho%20de%20herencia).

[^21]: Véase [El Consejo General al Consejo Federal de la Suiza romanda](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1870%20El%20Consejo%20General%20al%20Consejo%20Federal%20de%20la%20Suiza%20romanda).

[^22]: *Der Social-Demokrat*, de Berlín, órgano de la Asociación General de Trabajadores Alemanes, lassalleana, dirigida por Johann Baptist von Schweitzer; *Der Volksstaat*, de Leipzig, órgano del Partido Obrero Socialdemócrata (de Eisenach), dirigido por Wilhelm Liebknecht.

[^23]: (Nota de los autores.) Dos meses después, el órgano de ese mismo comité, *La Solidarité* del 9 de julio, calificaba a estos dos individuos de *ladrones*. En efecto, habían dado una muestra de su revolucionarismo anárquico robando a la cooperativa de los sastres de La Chaux-de-Fonds.

[^24]: En Ginebra se llamaba *la Fabrique* al gremio de los obreros cualificados de la relojería y la joyería.

[^25]: Véase la [Resolución del Consejo General sobre el Comité Federal Romando](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1870%20Resoluci%C3%B3n%20del%20Consejo%20General%20sobre%20el%20Comit%C3%A9%20Federal%20Romando).

[^26]: Acates, el fiel compañero de Eneas en la *Eneida*.

[^27]: Paul Robin (1837-1912), pedagogo francés, bakuninista, miembro del Consejo General en 1870-1871.

[^28]: André Léo, seudónimo de Léodile Champseix (1824-1900), escritora que participó en la Comuna de París. Théophile Ferré (1846-1871), miembro de la Comuna, fue fusilado en el campo de Satory, cerca de Versalles, el 28 de noviembre de 1871; Raoul Rigault (1846-1871), procurador de la Comuna, murió en los combates de mayo de 1871.

[^29]: Véanse las [Resoluciones de la Conferencia de Londres](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1871%20Resoluciones%20de%20la%20Conferencia%20de%20Delegados%20de%20la%20Asociaci%C3%B3n%20Internacional%20de%20los%20Trabajadores%20celebrada%20en%20Londres%20del%2017%20al%2023%20de%20septiembre%20de%201871), la [Resolución sobre las disensiones en la Suiza romanda](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1871%20Resoluci%C3%B3n%20de%20la%20Conferencia%20de%20Londres%20sobre%20las%20disensiones%20en%20la%20Suiza%20romanda) y la [Declaración del Consejo General sobre el abuso del nombre de la Internacional por Necháyev](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1871%20Declaraci%C3%B3n%20del%20Consejo%20General%20sobre%20el%20abuso%20del%20nombre%20de%20la%20Internacional%20por%20Nech%C3%A1yev). Serguéi Necháyev (1847-1882), conspirador ruso, colaborador de Bakunin en 1869-1870.

[^30]: En la edición francesa: «propiedad personal».

[^31]: (Nota de los autores.) Mazzini, por ejemplo, hacía responsable a toda la Internacional de las grotescas fantasías del Papa Bakunin. El Consejo General se vio obligado a declarar públicamente en los periódicos italianos que «se había opuesto siempre a los reiterados intentos de sustituir el programa amplio y comprensivo de la Internacional (que permitía incluso admitir como miembros a los partidarios de Bakunin) por el programa estrecho y sectario de Bakunin, cuya adopción excluiría de golpe a la inmensa mayoría de los miembros de la Internacional». La circular de Jules Favre, el informe del diputado hidalgüelo Sacaze sobre nuestra Asociación, los discursos reaccionarios en el debate de las Cortes españolas sobre la Internacional, en una palabra, todos los ataques públicos dirigidos contra ella, están plagados de citas de frases ultraanárquicas salidas del campo bakuninista.

[^32]: (Nota de los autores.) Resolución II de la Conferencia, art. 2: «Las ramas, secciones o grupos locales y sus comités se designarán y constituirán en adelante única y exclusivamente como ramas, secciones, grupos y comités de la Asociación Internacional de los Trabajadores, añadiendo el nombre de la localidad respectiva». Art. 3: «Queda, pues, prohibido en adelante a las ramas, secciones o grupos designarse con nombres de secta, como, por ejemplo, rama positivista, mutualista, colectivista, comunista, etc., o formar grupos separatistas con el nombre de sección de propaganda, etc., que se asignen tareas especiales al margen del fin común perseguido por todos los grupos de la Internacional».

[^33]: (Nota de los autores.) Proceso de Toulouse; véase *La Réforme* (Toulouse) del 18 de marzo de 1873.

[^34]: Carlo Terzaghi, periodista, secretario de la sección de Turín de la Internacional; más tarde se demostró que era confidente de la policía.

[^35]: Luigi Stefanoni (1842-1905), escritor y librepensador italiano.

[^36]: Bandas de provocadores organizadas por la policía de Napoleón III, que en 1870 se hacían pasar por obreros en las manifestaciones.

[^37]: Benoît Malon (1841-1893), tintorero, y Aristide Claris (1843-1916), periodista, miembros de la Comuna refugiados en Suiza.

[^38]: Nikolái Utin (1841-1883), emigrado ruso, miembro de la Sección Rusa de la Internacional en Ginebra. El proceso Necháyev se celebró en San Petersburgo en el verano de 1871 contra los miembros de la organización secreta de Necháyev.

[^39]: La Liga de la Paz y de la Libertad, organización pacifista burguesa fundada en Ginebra en 1867. Su congreso de Berna se celebró en realidad en septiembre de 1868; Bakunin se separó entonces de ella con su minoría y fundó la Alianza de la Democracia Socialista. Fanelli llegó a España a finales de 1868 y fundó los primeros núcleos de la Internacional en Madrid y Barcelona.

[^40]: Fernando Garrido (1821-1883), publicista y diputado republicano federal, cooperativista.

[^41]: Tomás González Morago, grabador, uno de los primeros internacionales de Madrid y cabeza de los aliancistas madrileños.

[^42]: El Congreso de Basilea de la Internacional (6-11 de septiembre de 1869). Rafael Farga Pellicer (1844-1890), tipógrafo barcelonés, y Gaspar Sentiñón, médico de Barcelona.

[^43]: El conde de Peniche, político portugués.

[^44]: La circular del congreso de la Federación del Jura celebrado en Sonvillier el 12 de noviembre de 1871, dirigida contra el Consejo General y la Conferencia de Londres.

[^45]: (Nota de los autores.) Esta carta, escrita por Alerini «en nombre del grupo de Barcelona» de la Alianza y que empieza con el encabezamiento «Mi querido Bastelica y queridos amigos», se envió en copia a todas las secciones de la Alianza española. Damos aquí algunos pasajes:

    «El actual Consejo General no puede mantenerse en su puesto más allá del congreso del año próximo, y su funesta actividad no puede ser sino pasajera… Una ruptura pública, por el contrario, asestaría a nuestra causa un golpe del que difícilmente se repondría, si es que llega a resistirlo. No podemos, pues, alentar de ningún modo vuestras *tendencias separatistas*… Algunos de nosotros se han preguntado si, aparte de la cuestión de principios, no intervienen en todo esto, o al lado de todo esto, *cuestiones personales, por ejemplo una rivalidad entre nuestro amigo Mijaíl y Karl Marx, entre los miembros de la antigua A. y el Consejo General…* Hemos leído con dolor en *La Révolution sociale* los ataques contra el Consejo General y Karl Marx… Cuando conozcamos la opinión de nuestros amigos de la península *que tienen influencia en los consejos locales*, modificaremos nuestra actitud según la decisión general, a la que nos sometemos en todo, etc.».

    La antigua A. es la Alianza pública que el Consejo General ahogó en germen. El ejemplar de la carta del que hemos sacado estos pasajes está escrito de puño y letra de Alerini.

[^46]: La resolución IX de la Conferencia de Londres de la Internacional (17-23 de septiembre de 1871), sobre la acción política de la clase obrera: el proletariado solo puede actuar como clase constituyéndose en partido político propio, distinto de todos los partidos de las clases poseedoras y opuesto a ellos.

[^47]: *La Emancipación*, semanario de Madrid (1871-1873), órgano de la federación madrileña de la Internacional y luego de la Nueva Federación Madrileña.

[^48]: Nicolás Estévanez (1838-1914), militar y político republicano federal, gobernador civil de Madrid y ministro de la Guerra en 1873, durante la Primera República.

[^49]: Práxedes Mateo Sagasta (1825-1903), ministro de la Gobernación y luego presidente del Consejo de Ministros; en enero de 1872 su gobierno ilegalizó la Internacional en España.

[^50]: Las Tres Clases de Vapor, sindicato de los obreros de la industria textil mecanizada de Cataluña.

[^51]: El delegado era Paul Lafargue.

[^52]: Carta del Consejo General al Consejo Federal español del 24 de julio de 1872, redactada por Engels.

[^53]: Emilio Castelar (1832-1899), orador y jefe del ala moderada del republicanismo español; en 1873 fue presidente del Poder Ejecutivo de la Primera República.

[^54]: (Nota de los autores.) *Sentiñón*, doctor en medicina de Barcelona, amigo personal de Bakunin y uno de los fundadores de la Alianza española, aconsejó a los internacionales mucho antes del Congreso de La Haya que no pagaran sus cotizaciones al Consejo General, porque este las empleaba en comprar fusiles; trató de disuadir a los internacionales españoles de hacer suya la causa de la Comuna vencida; encarcelado por delitos de imprenta, publicó un manifiesto en el que tuvo el valor de renegar de la Internacional, entonces perseguida; abandonado por eso por toda la clase obrera de Barcelona, siguió siendo, sin embargo, uno de los jefes secretos de la Alianza, pues en una carta del 14 de agosto de 1871, tres meses después de la caída de la Comuna, Montoro, miembro de la Alianza, remitía a un corresponsal aliancista a Sentiñón, que, según decía, le informaría sobre su carácter y su condición de miembro de la Alianza.

    *Viñas*, estudiante de medicina, a quien Sentiñón recomendaba a Liebknecht en una carta del 26 de enero de 1872 como «el alma de la Internacional en Barcelona», se retiró de la Internacional durante la época de la persecución, sin que la policía se tomara la molestia de encarcelarlo, para no comprometer los intereses de su familia.

    *Farga Pellicer*, también uno de los jefes de la Alianza, es acusado en esa misma carta de Sentiñón de haber puesto pies en polvorosa en la época de la persecución y haber dejado a otros la responsabilidad judicial de sus artículos. El valor de liebre de los aliancistas presume con osadía, siempre y en todas partes, de su autonomía antiautoritaria. Su protesta contra la autoridad del Estado burgués es la huida.

    *Soriano*, otro jefe, profesor de ciencias (desconocidas), se retiró de la Internacional cuando la persecución estaba en lo más duro. En el Congreso de Zaragoza se opuso, con un valor por desgracia infructuoso, a que el congreso se celebrara en público, como pedían Lafargue y otros delegados, porque no le parecía prudente provocar la ira de la autoridad. Por último, bajo Amadeo, Soriano aceptó un empleo del gobierno.

    *Morago*, tendero y frecuentador de tabernas, afirma su autonomía de jugador profesional gracias al trabajo de su mujer y de sus aprendices. Cuando el Consejo Federal se trasladó a Lisboa, abandonó su puesto de miembro del consejo y propuso arrojar al mar los papeles de la Internacional; cuando Sagasta puso fuera de la ley a la Internacional, volvió a dejar su puesto de miembro del consejo local de Madrid y se puso a salvo de la tormenta en el puerto de la Alianza. Aunque a la Alianza le falte el Cristo, le sobran los Pedros.

    *Clemente Bové* fue destituido y expulsado como presidente de la asociación de los obreros fabriles de Cataluña (las Tres Clases de Vapor) por sus arreglos de caja demasiado autónomos.

    *Dionisio García Fraile*, a quien el número del periódico aliancista *La Federación* del 28 de julio de 1872, en el que publicaba un largo escrito lleno de ataques contra la Nueva Federación Madrileña, llama «nuestro querido compañero», estaba al servicio de la policía en San Sebastián y robó la caja de la Internacional.

[^55]: (Nota de los autores.) «Uno de los partidarios más celosos de Caporusso era el abogado Carlo Gambuzzi, que creía haber encontrado en él el modelo de presidente de una sección internacional. Fue también Gambuzzi quien le proporcionó los medios para asistir al Congreso de Basilea. Y cuando la asamblea general de la sección acordó la expulsión de Caporusso, se opuso vivamente a que el hecho se publicara en el *Bulletin* y convenció también a sus amigos de que no insistieran en que se publicara aquel otro hecho vergonzoso, la apropiación de los 300 francos». (Carta de Cafiero del 12 de julio de 1871.)

[^56]: (Nota de los autores.) Fanelli está desde hace mucho tiempo en el Parlamento italiano. Gambuzzi, interpelado sobre ello, declaró que era algo muy hermoso ser diputado: se es inviolable frente a la policía y se viaja gratis en todos los ferrocarriles italianos. La Alianza prohíbe a los obreros toda acción política, porque pedir al Estado que fije una jornada normal de trabajo para las mujeres y los niños sería reconocer al Estado y someterse al principio del mal; pero los jefes burgueses de la Alianza tienen dispensa papal que les permite sentarse en el Parlamento y gozar de los privilegios que les ofrecen los Estados burgueses. La actividad atea y anarquista de Fanelli en el Parlamento italiano se ha limitado hasta ahora a un elogio ampuloso del autoritario Mazzini, el hombre del «*Dio e popolo*» («Dios y pueblo»).

[^57]: El cardenal Giacomo Antonelli (1806-1876), secretario de Estado de Pío IX, es decir, el brazo derecho del papa.

[^58]: (Nota de los autores.) Dos años después, Caporusso tuvo la desfachatez de querer imponer al Consejo General a ese mismo individuo, que había fracasado en Nápoles, con este reclamo: «¡Ciudadano presidente de la Internacional! La gran cuestión del trabajo y el capital, que trató el congreso obrero de Basilea y que hoy ocupa los espíritus de todas las clases, está ahora resuelta. Mi yerno, el marido de mi hija, se ha dedicado al estudio del grave problema de la cuestión social, ha examinado las decisiones de aquel congreso y, con la ayuda de la ciencia, ha encontrado el hilo del difícil nudo para poner a la familia obrera y a la burguesía, cada una en su derecho, en perfecto equilibrio», etc. (firmado: Stefano Caporusso).

[^59]: Theodor Cuno (1846-1934), ingeniero alemán, organizador de la sección de Milán; expulsado de Italia en 1872, fue delegado en el Congreso de La Haya y emigró luego a los Estados Unidos.

[^60]: Bakunin vivía entonces en Locarno, en el cantón suizo del Tesino.

[^61]: Vitale Regis, refugiado de la Comuna, enviado a Italia por el Consejo General en 1872.

[^62]: *Fascio Operaio*, «Haz obrero» o «Liga obrera»: nombre de las agrupaciones obreras de la Romaña, de orientación bakuninista.

[^63]: La circular privada del Consejo General [*Las pretendidas escisiones en la Internacional*](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1872%20Las%20pretendidas%20escisiones%20en%20la%20Internacional) (1872).

[^64]: (Nota de los autores.) El propio Garibaldi escribe sobre esto: «Mi querido Crescio: Muchas gracias por *L'Avvenire Sociale*, que me ha enviado y que leeré con interés. Quiere usted combatir en su periódico la mentira y la esclavitud: es un programa muy hermoso. Pero creo que combatir el principio de autoridad es uno de los errores de la Internacional que frenan sus progresos. La Comuna de París cayó porque en París no había autoridad, sino solo anarquía. España y Francia sufren del mismo mal. Deseo larga vida a *L'Avvenire* y quedo suyo, G. Garibaldi».

[^65]: Es decir, propio de la prensa ligera y chismosa, a la manera del diario parisiense *Le Figaro*.

[^66]: Alusión al folleto de Bakunin *¿Románov, Pugachov o Pestel? La causa del pueblo* (Londres, 1862), del que se citan extractos en el capítulo X.

[^67]: Era Auguste Serraillier, miembro del Consejo General y secretario corresponsal para Francia.

[^68]: Jules Guesde (1845-1922), periodista, refugiado en Suiza tras la Comuna, se acercó entonces, como Malon, a los bakuninistas; fundaría más tarde, con Lafargue, el Partido Obrero francés.

[^69]: Lev Méchnikov (1838-1888), geógrafo y publicista ruso, antiguo garibaldino, partidario de Bakunin.

[^70]: En alemán, *Krautjunker-Versammlung*, «asamblea de hidalgüelos de aldea»: la Asamblea Nacional elegida en febrero de 1871, de mayoría monárquica y rural, a la que los republicanos franceses llamaban la asamblea de los *ruraux*.

[^71]: (Nota de los autores.) Ahora redactor, con Alerini, de *La Solidarité révolutionnaire* de Barcelona.

[^72]: Émile Dentraygues, empleado de ferrocarriles y delegado de Toulouse en el Congreso de La Haya; en el proceso de Toulouse de 1873 declaró contra sus compañeros.

[^73]: El *Bulletin de la Fédération jurassienne*, órgano de la Federación del Jura, redactado por Guillaume.

[^74]: Los cuatro hijos de Aymón, héroes de un cantar de gesta francés medieval, cuatro hermanos que cabalgan juntos sobre un mismo caballo, Bayardo. Alude a los cuatro delegados españoles en La Haya: Farga Pellicer, Alerini, Marselau y Morago.

[^75]: Las dos resoluciones del Consejo General, ya con sede en Nueva York, del 26 de enero y del 30 de mayo de 1873.

[^76]: William West, de la sección 12 de Nueva York, en la que dominaban Victoria Woodhull y Tennessee Claflin; el Congreso de La Haya no admitió su mandato.

[^77]: Los dos congresos se celebraron en Ginebra en septiembre de 1873: el de los antiautoritarios del 1 al 6 de septiembre, y el último congreso de la Internacional, del 8 al 13.

[^78]: El proceso duró de julio a septiembre de 1871. Necháyev, que había huido a Suiza, fue extraditado a Rusia en 1872, condenado en 1873 a veinte años de trabajos forzados, y murió en 1882 en la fortaleza de Pedro y Pablo.

[^79]: (Nota de los autores.) *Gaceta de San Petersburgo* (rusa), 1871, n.º 180, 181, 187, etc.

[^80]: Nikolái Chernyshevski (1828-1889), filósofo materialista, crítico y economista, autor de la novela *¿Qué hacer?*; detenido en 1862 y condenado en 1864 a trabajos forzados y destierro en Siberia.

[^81]: Los folletos de Bakunin *Algunas palabras a mis jóvenes hermanos de Rusia* y de Necháyev *A los estudiantes de la Universidad, de la Academia y del Instituto Tecnológico*, publicados en Ginebra en la primavera de 1869.

[^82]: (Nota de los autores.) Hay que señalar a este respecto que estas «Palabras» se publicaron precisamente en la época de las persecuciones y las condenas, cuando la juventud hacía todo lo posible por quitar importancia a su movimiento y la policía tenía todo el interés en exagerarla.

[^83]: (Nota de los autores.) La Tercera Sección de la Cancillería imperial rusa es la oficina central de la policía política secreta en Rusia.

[^84]: Stepán (Stenka) Razin (h. 1630-1671), jefe de la gran sublevación de cosacos y campesinos de 1670-1671 en el Volga, bajo el zar Alejo Mijáilovich; fue ejecutado en Moscú.

[^85]: Los «hermanos ignorantinos», apodo de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, orden católica dedicada a la enseñanza elemental de los pobres.

[^86]: (Nota de los autores.) Para engañar a sus lectores, Bakunin confunde a los jefes de las insurrecciones populares de los siglos XVII y XVIII con los bandidos y ladrones rusos de hoy. En cuanto a estos últimos, el libro de Flerovski *La situación de la clase obrera en Rusia* debería desengañar a las almas más románticas acerca de esos pobres diablos con los que Bakunin se propone formar la santa legión de la revolución rusa. El único bandidaje —entiéndase bien, fuera de la esfera del gobierno— que todavía se practica en gran escala en Rusia es el robo de caballos, que ha llegado a ser una empresa comercial explotada por capitalistas, de los que los «revolucionarios sin frases» no son más que meros instrumentos y víctimas.

[^87]: Protagonista de *Los bandidos* (1781) de Schiller, joven noble que se hace capitán de bandidos.

[^88]: (Nota de los autores.) Bakunin y Necháyev traducen siempre: justicia popular; pero la palabra rusa *rasprava* no significa justicia, sino juicio, ejecución de la pena o, mejor aún, venganza, represalia.

[^89]: *Naródnoe Delo* (La Causa del Pueblo), periódico ruso publicado en Ginebra de 1868 a 1870; fundado por Bakunin y Zhukovski, pasó pronto a manos del grupo de Utin y en 1870 fue el órgano de la Sección Rusa de la Internacional.

[^90]: Dmitri Karakózov (1840-1866) disparó contra Alejandro II el 4 de abril de 1866; fue ahorcado.

[^91]: La fábula de la rana que quiso hacerse tan grande como el buey y reventó (Esopo, Fedro, La Fontaine).

[^92]: Inversión de la consigna de la Revolución francesa «¡Guerra a los palacios, paz a las cabañas!».

[^93]: (Nota de los autores.) Todos los hechos relativos a la conspiración de Necháyev que citamos están tomados de las actas del proceso publicadas en la *Gaceta de San Petersburgo* rusa. Indicamos los números del periódico de los que citamos.

[^94]: Rusia seguía el calendario juliano («viejo estilo»), que en el siglo XIX iba doce días por detrás del gregoriano («nuevo estilo»).

[^95]: (Nota de los autores.) Debemos señalar aquí que en lengua rusa las palabras asociación, unión, alianza (*óbshchestvo*, *soyuz*, *továrishchestvo*) son más o menos sinónimas y se emplean indistintamente. Del mismo modo, la palabra internacional se traduce casi siempre por universal (*vsemirni*). En la prensa rusa, la «Asociación Internacional» se traduce, pues, a menudo con palabras que lo mismo podrían significar «alianza universal o mundial». Aprovechando esta confusión de lenguaje, Bakunin y Necháyev consiguieron explotar el nombre de nuestra Asociación y hundir en la desgracia a cerca de cien jóvenes.

[^96]: Nikolái Ogariov (1813-1877), poeta y publicista, amigo de Herzen y coeditor con él de *Kólokol* (La Campana), periódico de la emigración rusa publicado en Londres y luego en Ginebra (1857-1867); en 1870 Necháyev y Ogariov sacaron en Ginebra una nueva serie. Alexandr Herzen (1812-1870), escritor y publicista demócrata ruso, emigrado desde 1847.

[^97]: (Nota de los autores.) Ninguno de los emigrados rusos había vuelto a Rusia, y en toda Europa difícilmente se encontrarían dieciséis emigrados políticos rusos.

[^98]: (Nota de los autores.) Damos aquí algunos pasajes de la proclama impresa de Bakunin «Llamamiento a la nobleza rusa»: «¿Qué privilegios hemos recibido por haber sido, durante toda la mitad del siglo XIX, el sostén del trono, tantas veces sacudido en sus cimientos, por haber preservado en 1848 con nuestras hazañas, mientras las tormentas de la locura popular se desencadenaban sobre toda Europa, al imperio ruso de las utopías socialistas que lo amenazaban?… ¿Qué se nos ha concedido por haber salvado al imperio del despedazamiento, por haber sofocado en Polonia las llamas del incendio que amenazaba con devorar a toda Rusia, por haber trabajado hasta este momento, sin escatimar nuestras fuerzas y con un valor sin igual, en la destrucción de los elementos revolucionarios en Rusia? ¿No salió de nuestro seno Mijaíl Muraviov, ese hombre valeroso al que el propio Alejandro II, a pesar de su debilidad de espíritu, llamó el salvador de la patria? Por todos estos servicios inestimables se nos despoja de todo lo que poseemos… Nuestro presente llamamiento es la manifestación de *una gran mayoría de la nobleza rusa*, que desde hace mucho tiempo está *organizada y preparada*… Sentimos en nuestro derecho nuestra fuerza y arrojamos audazmente el guante a la cara del déspota, del pequeño príncipe alemán Alejandro II Saltykov-Románov, y lo desafiamos a una lucha noble y caballeresca, que ha de empezar *en el año 1870* entre los descendientes de Rúrik y el partido de la nobleza rusa independiente».

    «Muraviov, ese hombre valeroso», no es otro que el verdugo de Polonia.

[^99]: (Nota de los autores.) En 1868, es decir, menos de dos años antes del congreso de La Chaux-de-Fonds, en el que los aliancistas hicieron sancionar su doctrina de la abstención política, Bakunin, censurando la abstención política de los obreros franceses, escribía en *La Démocratie* de Chassin: «La abstención política es una estupidez inventada por canallas para engañar a los tontos».

[^100]: *La Marseillaise*, diario radical de París fundado por Henri Rochefort (diciembre de 1869 - 1870).

[^101]: El llamado fondo Bajmétiev, que el joven Pável Bajmétiev había confiado a Herzen en 1858 para la propaganda revolucionaria en Rusia; en 1869-1870, a instancias de Bakunin y de Ogariov, buena parte de él fue a parar a Necháyev.

[^102]: La primera traducción rusa del [*Manifiesto del Partido Comunista*](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1848%20Manifiesto%20del%20Partido%20Comunista), hecha por Bakunin, la publicó en Ginebra la imprenta del *Kólokol* en 1869. El *Manifiesto* se escribió a finales de 1847 y se publicó en febrero de 1848.

[^103]: Antonio Escobar y Mendoza (1589-1669), jesuita español, autor de tratados de teología moral casuística que Pascal ridiculizó en *Las provinciales*; su nombre pasó a designar la moral acomodaticia.

[^104]: Rodolfo de Gerolstein, el príncipe justiciero de *Los misterios de París* de Eugène Sue; el conde de Montecristo, el vengador de la novela de Alejandro Dumas; Karl Moor, el bandido noble de *Los bandidos* de Schiller; Robert Macaire, el estafador cínico del melodrama *L'Auberge des Adrets* y de las caricaturas de Daumier.

[^105]: (Nota de los autores.) El lector recordará que este era el título de un periódico ruso internacional que publicaban en Ginebra algunos jóvenes rusos que sabían muy bien a qué atenerse sobre el supuesto comité y sobre la organización de Bakunin.

[^106]: Nikolái Ishutin (1840-1879), organizador de una sociedad secreta revolucionaria en Moscú (1863-1866) a la que pertenecía Karakózov; condenado a muerte, se le conmutó la pena por trabajos forzados a perpetuidad.

[^107]: Así en la edición alemana; en el pasaje citado más arriba, «al poder».

[^108]: Las reducciones fundadas por los jesuitas en el Paraguay en los siglos XVII y XVIII, en las que los indígenas guaraníes vivían en comunidad bajo la tutela absoluta de los padres.

[^109]: La Comisión de Actas del Congreso de La Haya, encargada de publicar los documentos sobre la Alianza. Eugène Dupont, obrero instrumentista francés, antiguo secretario corresponsal para Francia en el Consejo General; Leo Frankel (1844-1896), orfebre húngaro, miembro de la Comuna de París; Adolphe Le Moussu, grabador, comunero refugiado en Londres; Auguste Serraillier, zapatero, miembro de la Comuna y del Consejo General.

[^110]: Nikolái Muraviov-Amurski (1809-1881), gobernador general de Siberia Oriental de 1847 a 1861. El «verdugo de Polonia» es Mijaíl Muraviov (1796-1866), llamado «el Ahorcador», que reprimió la insurrección polaca de 1863 en Lituania.

[^111]: Mijaíl Butashévich-Petrashevski (1821-1866), animador de un círculo socialista fourierista de San Petersburgo; detenido en 1849 con sus amigos (entre ellos Dostoievski), condenado a muerte y, tras un simulacro de ejecución, enviado a trabajos forzados en Siberia, donde murió.

[^112]: Mijaíl Katkov (1818-1887), publicista, antiguo liberal convertido en portavoz del nacionalismo reaccionario; dirigía las *Moskovskie Védomosti* (*Gaceta de Moscú*) y la revista *El Mensajero Ruso*.

[^113]: El manifiesto de emancipación de los siervos lleva la fecha del 19 de febrero de 1861 según el calendario juliano, es decir, el 3 de marzo del gregoriano.

[^114]: Palabras que la tradición atribuye al emperador Juliano el Apóstata al morir (363), reconociendo la victoria del cristianismo.

[^115]: Bakunin, nacido en 1814, tenía en realidad cuarenta y siete o cuarenta y ocho años.

[^116]: Platón Pávlov (1823-1895), historiador, profesor de la Universidad de San Petersburgo, desterrado en 1862 por un discurso sobre el milenario de Rusia.

[^117]: *Molodaya Rossiya* (La joven Rusia), proclama clandestina redactada en 1862 por el estudiante Piotr Zaichnevski.

[^118]: Stepán Gromeka (1823-1877), publicista liberal, más tarde gobernador de la provincia polaca de Siedlce.

[^119]: Alusión al profeta Daniel, que anunció la caída de Baltasar. En la edición francesa se añade que los Danieles revolucionarios son Chernyshevski y sus amigos.

[^120]: (Nota de los autores.) El título de zar de los campesinos (*zemski tsar*) con que se obsequia a Alejandro II es una invención de Bakunin y del *Kólokol*.

[^121]: (Nota de los autores.) Románov es el apellido del zar; Pugachov fue el jefe de la gran sublevación cosaca bajo Catalina II; Pestel fue el jefe de la conspiración contra Nicolás I en 1825; lo ahorcaron.

[^122]: Se trata de la carta de Necháyev a Nikolái Liubavin, de 1870, en la que, en nombre de un supuesto comité, se amenazaba a Liubavin para que liberase a Bakunin del compromiso de traducir al ruso el primer tomo de *El capital*, por el que este había cobrado un anticipo. La carta, entregada a Marx por Liubavin, se presentó a la comisión investigadora del Congreso de La Haya.
