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Title: Los bakuninistas en acción. Memoria sobre la sublevación de España en el verano de 1873 (1873)
Description: Engels examina la sublevación cantonal española del verano de 1873 para ver qué fue de los principios bakuninistas —abstención electoral, anarquía, huelga general, rechazo de todo gobierno revolucionario— en cuanto hubo que pasar a los hechos: un modelo insuperable, concluye, de cómo no se debe hacer una revolución.
Author: Friedrich Engels
Date: 1873-10
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1873%20Los%20bakuninistas%20en%20acci%C3%B3n
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*Escrito por Friedrich Engels en septiembre y octubre de 1873 y publicado en* Der Volksstaat *(Leipzig), núms. 105, 106 y 107, del 31 de octubre y el 2 y el 5 de noviembre de 1873; reimpreso, con un prefacio de Engels, en el folleto* Internationales aus dem «Volksstaat» (1871-75) *(Berlín, 1894), cuyo texto sigue la MEW. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels: Werke, tomo 18 (Berlín, 1962, pp. 476-493), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras, salvo la señalada como nota de Engels. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1873%20Die%20Bakunisten%20an%20der%20Arbeit).*

## I

El informe de la comisión de La Haya sobre la Alianza secreta de Mijaíl Bakunin,[^1] que se acaba de publicar, ha expuesto ante el mundo obrero los manejos secretos, las canalladas y la hueca palabrería mediante los cuales se pretendía poner el movimiento proletario al servicio de la hinchada ambición y de los fines egoístas de unos cuantos genios incomprendidos. Entretanto, estos fanfarrones nos han dado ocasión en España de conocer también su actividad revolucionaria práctica. Veamos cómo convierten en realidad sus frases ultrarrevolucionarias sobre la anarquía y la autonomía, sobre la abolición de toda autoridad, en especial la del Estado, sobre la emancipación inmediata y completa de los obreros. Por fin estamos en condiciones de hacerlo, ya que, además de las informaciones de prensa sobre los acontecimientos de España, tenemos ahora a la vista el informe enviado al Congreso de Ginebra[^2] por la Nueva Federación Madrileña[^3] de la Internacional.

Es sabido que en España, al producirse la escisión de la Internacional, los miembros de la Alianza secreta llevaron la mejor parte; la gran mayoría de los obreros españoles se adhirió a ellos. Cuando en febrero de 1873 se proclamó la república,[^4] los aliancistas españoles se vieron en una situación muy difícil. España es un país tan atrasado industrialmente que allí no puede hablarse todavía en absoluto de una emancipación completa *inmediata* de la clase obrera. Antes de llegar a eso, España tiene que pasar por diversas etapas previas de desarrollo y quitar de en medio toda una serie de obstáculos. La república ofrecía la ocasión de comprimir el curso de esas etapas previas en el menor tiempo posible y de eliminar rápidamente esos obstáculos. Pero esa ocasión solo podía aprovecharse mediante la intervención política activa de la clase obrera española. La masa de los obreros lo sentía así; en todas partes insistía en que se tomara parte en los acontecimientos, en que se aprovechara la ocasión para actuar, en lugar de dejar, como hasta entonces, el campo libre a las clases poseedoras para su acción y sus intrigas. El gobierno convocó elecciones a Cortes Constituyentes; ¿qué posición debía adoptar la Internacional? Los jefes de los bakuninistas se encontraban en el mayor de los apuros. Prolongar la inactividad política parecía cada día más ridículo e imposible; los obreros querían «ver hechos». Por otra parte, los aliancistas llevaban años predicando que no había que participar en ninguna revolución que no tuviera por meta la emancipación plena e inmediata de la clase obrera, que emprender cualquier acción política implicaba reconocer el Estado, ese principio del mal, y que, por tanto, participar en una elección, fuera la que fuese, era un crimen digno de muerte. Cómo salieron de este aprieto nos lo enseña el citado informe de Madrid:

> «Los mismos que rechazaron el acuerdo de La Haya sobre la acción política de la clase obrera y pisotearon los estatutos de la Asociación, y con ello introdujeron la discordia, la lucha y el desorden en la Internacional española; los mismos que tuvieron la desvergüenza de presentarnos a los ojos de los obreros como ambiciosos buscadores de cargos que, con el pretexto de llevar al poder a la clase obrera, querían conquistar el poder para sí mismos; los mismos que se llaman revolucionarios autónomos, anarquistas, etc., se han lanzado en esta ocasión con afán a hacer política, pero la peor de todas, la política burguesa. No han trabajado para dar el poder político a la clase obrera —idea que, por el contrario, aborrecen—, sino para ayudar a subir al poder a una fracción de la burguesía compuesta de aventureros, ambiciosos y buscadores de cargos, que se llaman republicanos intransigentes.

> »Ya en vísperas de las elecciones generales a las Constituyentes, los obreros de Barcelona, Alcoy y otros lugares pidieron saber qué política debían seguir los obreros, tanto en la lucha parlamentaria como en cualquier otra. Con este fin se celebraron dos grandes asambleas, una en Barcelona y otra en Alcoy; en ambas los aliancistas se opusieron con todas sus fuerzas a que la Internacional» (la suya, nótese bien) «fijara la actitud política que había de observar. Se acordó, pues, que *la Internacional como asociación no debía ejercer actividad política alguna, pero que los internacionales, cada uno por su cuenta, podían obrar como quisieran y adherirse al partido que mejor les pareciera*, ¡en virtud de su famosa autonomía! ¿Y cuál fue la consecuencia de aplicar una doctrina tan absurda? Que la gran masa de los internacionales, incluidos los anarquistas, tomó parte en las elecciones sin programa, sin bandera, sin candidatos propios, y contribuyó así a que se eligiera casi exclusivamente a republicanos burgueses. Solo dos o tres obreros llegaron a la Cámara, personas que no representan absolutamente nada, que ni una sola vez han levantado la voz en defensa de los intereses de nuestra clase y que votan muy tranquilamente todas las propuestas reaccionarias que presenta la mayoría».

Esto es lo que da de sí la «abstención política» bakuninista. En tiempos tranquilos, cuando el proletariado sabe de antemano que a lo sumo llevará unos pocos representantes al parlamento y que tiene cerrado del todo el camino hacia una mayoría parlamentaria, puede conseguirse aquí y allá hacer creer a los obreros que es una gran acción revolucionaria quedarse en casa el día de las elecciones y, en general, atacar, en lugar del Estado en que se vive y que nos oprime, el Estado como tal, el Estado en general, que no existe en ninguna parte y que, por tanto, tampoco puede defenderse. Es sobre todo una manera espléndida de hacerse el revolucionario para gente a la que se le cae fácilmente el alma a los pies; y hasta qué punto los jefes de los aliancistas españoles pertenecen a esa especie lo demuestra con detalle el escrito sobre la Alianza citado al principio.

Pero en cuanto los propios acontecimientos empujan al proletariado al primer plano, la abstención se convierte en un absurdo palpable, y la intervención activa de la clase obrera, en una necesidad ineludible. Y este fue el caso de España. La abdicación de Amadeo había desalojado del poder a los monárquicos radicales, y de la posibilidad de volver a él tan pronto; los alfonsinos eran por el momento aún más imposibles; los carlistas, como casi siempre, preferían la guerra civil a la lucha electoral.[^5] Todos estos partidos se abstuvieron, según la costumbre española; en las elecciones solo tomaron parte los republicanos federales, divididos en dos alas, y la masa de los obreros. Con el enorme prestigio que el nombre de la Internacional tenía todavía entonces entre los obreros españoles, con la excelente organización de su rama española, que entonces, al menos en la práctica, aún existía, era seguro que en los distritos fabriles de Cataluña, en Valencia, en las ciudades andaluzas, etc., habría salido brillantemente elegida cualquier candidatura presentada y sostenida por la Internacional, y que habría llegado a las Cortes una minoría lo bastante fuerte como para decidir cada votación entre las dos alas de los republicanos. Los obreros lo sentían, sentían que había llegado el momento de poner en movimiento su organización, todavía poderosa entonces. Pero los señores jefes de la escuela bakuninista llevaban tanto tiempo predicando el evangelio de la abstención incondicional que no podían dar media vuelta de repente; y así inventaron aquella lamentable salida de que la Internacional como conjunto se abstuviera, pero dejara a sus miembros votar individualmente *a su gusto*. La consecuencia de esta declaración de bancarrota política fue que los obreros, como siempre en casos semejantes, votaron por los que se daban aires más radicales, por los intransigentes, y se sintieron así más o menos corresponsables de los pasos que dieron después sus elegidos, y se vieron envueltos en ellos.

## II

Los aliancistas no podían permanecer en la ridícula situación en que los había puesto su astuta política electoral; de lo contrario, se habría acabado su dominio sobre la Internacional española. Tenían que actuar, al menos en apariencia. Lo que había de salvarlos era... *la huelga general*.

La huelga general es, en el programa bakuninista, la palanca con la que se pone en marcha la revolución social. Una buena mañana todos los obreros de todos los oficios de un país, o incluso del mundo entero, dejan el trabajo y obligan así, en cuatro semanas a lo sumo, a las clases poseedoras o bien a darse por vencidas o bien a lanzarse contra los obreros, de modo que estos tienen entonces derecho a defenderse y a echar abajo, de paso, toda la vieja sociedad. La propuesta está muy lejos de ser nueva; los socialistas franceses, y tras ellos los belgas, han cabalgado mucho desde 1848 en este caballo de parada, que sin embargo es de raza inglesa en su origen. Durante el rápido y vigoroso desarrollo del cartismo entre los obreros ingleses que siguió a la crisis de 1837, ya en 1839 se predicó el «mes sagrado», la suspensión del trabajo a escala nacional (véase Engels, *La situación de la clase obrera*, segunda edición, página 234),[^6] y tuvo tanto eco que los obreros fabriles del norte de Inglaterra intentaron llevarlo a cabo en julio de 1842.[^7] También en el congreso aliancista de Ginebra del 1 de septiembre de 1873[^8] desempeñó la huelga general un gran papel; solo que todos admitieron que para ello hacían falta una organización completa de la clase obrera y una caja bien llena. Y ahí está justamente el problema. Por un lado, los gobiernos, sobre todo si se les anima con la abstención política, nunca dejarán que la organización ni la caja de los obreros lleguen tan lejos; y por otro, los acontecimientos políticos y los abusos de las clases dominantes traerán consigo la liberación de los obreros mucho antes de que el proletariado llegue a procurarse esa organización ideal y ese colosal fondo de reserva. Pero si los tuviera, no necesitaría el rodeo de la huelga general para llegar a la meta.

Para cualquiera que conozca un poco los resortes secretos de la Alianza no puede caber duda de que la propuesta de emplear este remedio probado partió del centro suizo. En cualquier caso, los jefes españoles encontraron aquí una salida para hacer algo sin hacerse directamente «políticos», y se lanzaron a ella con alegría. Por todas partes se predicaron los efectos milagrosos de la huelga general, y se dispusieron a empezar con ella en Barcelona y en Alcoy.

Entretanto, la situación política se acercaba más y más a una crisis. Los viejos fanfarrones de los republicanos federales, Castelar y compañía, se asustaron ante el movimiento, que se les iba de las manos; tuvieron que ceder el poder a Pi y Margall, que intentó un compromiso con los intransigentes.[^9] Pi era, entre los republicanos oficiales, el único socialista, el único que comprendía la necesidad de apoyar la república en los obreros. En efecto, enseguida presentó un programa de medidas de carácter social que podían aplicarse de inmediato, que no solo habrían beneficiado directamente a los obreros, sino que con sus consecuencias habrían empujado a dar nuevos pasos y habrían puesto en marcha así, al menos, la revolución social. Pero los internacionales bakuninistas, que están obligados a rechazar incluso la medida más revolucionaria en cuanto parte del «Estado», preferían apoyar a los más locos estafadores de entre los intransigentes antes que a un ministro. Las negociaciones de Pi con los intransigentes se alargaron; los intransigentes se impacientaron; los más exaltados de entre ellos empezaron a poner en marcha la sublevación cantonal en Andalucía. Ahora los jefes de la Alianza tenían que lanzarse también ellos a la lucha si no querían quedar a remolque de los burgueses intransigentes. Se ordenó, pues, la huelga general.

En Barcelona, entre otras cosas, se publicó entonces un cartel:

> «¡Obreros! Hacemos una huelga general para mostrar la profunda repugnancia que sentimos al ver cómo el gobierno emplea el ejército en combatir a nuestros hermanos trabajadores, mientras descuida la guerra contra los carlistas», etc.

Así pues, a los obreros de Barcelona, la mayor ciudad fabril de España, cuya historia cuenta con más batallas de barricadas que ninguna otra ciudad del mundo, se les invitaba a hacer frente al poder armado del gobierno no con las armas que tenían igualmente en sus manos, ¡sino con un paro general, con una medida que solo afecta directamente a los burgueses individuales, pero no a su representante colectivo, el poder del Estado! En los tiempos de paz e inacción, los obreros de Barcelona habían podido escuchar las frases violentas de gente mansa como Alerini, Farga Pellicer y Viñas;[^10] cuando llegó la hora de actuar, cuando Alerini, Farga Pellicer y Viñas primero publicaron su famoso programa electoral, luego no hicieron más que calmar los ánimos y por último, en lugar de llamar a las armas, declararon la huelga general, cayeron sin más en el desprecio de los obreros. El más débil de los intransigentes mostraba todavía más energía que el más fuerte de los aliancistas. La Alianza, y la Internacional engañada por ella, perdieron toda influencia, y cuando estos señores proclamaron la huelga general con el pretexto de paralizar así al gobierno, los obreros sencillamente se rieron de ellos. Pero al menos esto sí lo había conseguido todavía la actividad de la falsa Internacional: mantener a Barcelona apartada de la sublevación cantonal; y Barcelona era la única ciudad cuya adhesión al movimiento podía dar al elemento obrero, fuertemente representado en él en todas partes, un apoyo firme y, con ello, la perspectiva de adueñarse finalmente de todo el movimiento. Y además, con la adhesión de Barcelona la victoria estaba prácticamente decidida. Pero Barcelona no movió un dedo; los obreros barceloneses, que veían claro lo que eran los intransigentes y estaban burlados por los aliancistas, permanecieron inactivos y aseguraron con ello la victoria final del gobierno de Madrid. Todo lo cual no impidió a los aliancistas Alerini y Brousse[^11] (el informe sobre la Alianza contiene más detalles sobre ellos) declarar en su periódico, la *Solidarité révolutionnaire*:[^12]

> «El movimiento revolucionario se extiende como un reguero de pólvora por toda la península... en Barcelona *todavía no ha pasado nada, pero en la plaza pública la revolución es permanente*».

Pero era la revolución de los aliancistas, que consiste en soltar arengas y que, precisamente por eso, «permanentemente» no sale de la «plaza».

Al mismo tiempo se puso a la orden del día la huelga general en Alcoy. Alcoy es una ciudad fabril de fecha reciente, de quizá 30.000 habitantes en la actualidad, en la que la Internacional, en su forma bakuninista, solo ha entrado hace un año, pero se ha difundido muy deprisa. El socialismo, en cualquiera de sus formas, fue bien recibido por estos obreros, hasta entonces del todo ajenos al movimiento, exactamente igual que ocurre aquí y allá en Alemania en localidades atrasadas, donde la Asociación General de Trabajadores Alemanes consigue de repente un gran número de seguidores pasajeros. Alcoy fue elegida por eso sede de la Comisión Federal bakuninista para España, y es precisamente a esta Comisión Federal a la que vamos a ver aquí en acción.

El 7 de julio una asamblea obrera acuerda la huelga general y al día siguiente envía una delegación al alcalde con el requerimiento de que reúna en un plazo de 24 horas a los fabricantes y les presente las reivindicaciones de los obreros. El alcalde Albors, un republicano burgués, da largas a los obreros, pide tropas a Alicante y aconseja a los fabricantes que no cedan y que se atrincheren en sus casas. Él mismo estará en su puesto. Tras haberse reunido con los fabricantes —seguimos aquí el informe oficial de la Comisión Federal aliancista, fechado el 14 de julio de 1873—, él, que al principio había prometido neutralidad a los obreros, publica una proclama en la que «insulta y calumnia a los obreros, toma partido por los fabricantes y destruye así el derecho y la libertad de los huelguistas y los provoca a la lucha». Cómo los piadosos deseos de un alcalde pueden destruir el derecho y la libertad de los huelguistas sigue sin estar claro en cualquier caso. Sea como fuere, los obreros dirigidos por la Alianza hicieron declarar al ayuntamiento, por medio de una comisión, que si no estaba dispuesto a mantener la neutralidad prometida en la huelga, más valía que dimitiera para evitar un conflicto. La comisión fue rechazada, y cuando salía del ayuntamiento, unos policías dispararon contra el pueblo, que estaba pacífico y desarmado en la plaza. Así empezó la lucha, según el informe aliancista. El pueblo se armó y comenzó el combate, que, según se dice, duró «veinte horas». De un lado, los obreros, a los que la *Solidarité révolutionnaire* cifra en 5.000; del otro, 32 gendarmes en el ayuntamiento y unos cuantos hombres armados en cuatro o cinco casas de la plaza del mercado, casas que el pueblo incendió a la buena manera prusiana. Por fin, a los gendarmes se les acabó la munición y tuvieron que capitular.

> «Habría menos desgracias que lamentar —dice el informe de la comisión aliancista— si el alcalde Albors no hubiera engañado al pueblo fingiendo que se rendía y haciendo luego asesinar cobardemente a quienes, confiando en su palabra, entraron en el ayuntamiento; y este mismo alcalde no habría sido muerto por la población, justamente indignada, si no hubiera disparado su revólver a quemarropa contra quienes lo detenían».

¿Y cuáles fueron las víctimas de esta lucha?

> «Si no podemos calcular con exactitud el número de muertos y heridos» (del lado del pueblo), «sí podemos decir que *no bajan de... diez*. Del lado de los provocadores se cuentan no menos de *quince* muertos y heridos».

Esta fue la primera batalla callejera de la Alianza. Durante veinte horas se combatió, con una fuerza de 5.000 hombres,[^13] contra 32 gendarmes y unos cuantos burgueses armados, se les venció después de que agotaran su munición, y se perdieron en total diez *hombres*. Bien puede la Alianza inculcar a sus iniciados el dicho de Falstaff de que «la prudencia es la mejor parte del valor».[^14]

Se comprende que todas las noticias terroríficas de los periódicos burgueses sobre fábricas incendiadas sin objeto, gendarmes fusilados en masa, personas rociadas de petróleo y quemadas, son pura invención. Los obreros vencedores, aunque los dirijan los aliancistas, cuyo lema es «¡Hay que arruinarlo tó!»,[^15] tratan siempre con demasiada magnanimidad a sus adversarios vencidos, y estos les achacan por eso todas las infamias que ellos mismos, en caso de victoria, nunca dejan de cometer.

Así que se había conseguido la victoria.

> «En Alcoy —exulta la *Solidarité révolutionnaire*— nuestros amigos, en número de 5.000, se han hecho dueños de la situación».

¿Y qué hicieron los «dueños» con su «situación»? Aquí nos dejan completamente en la estacada el informe aliancista y el periódico aliancista; dependemos de las informaciones corrientes de la prensa. Por ellas nos enteramos de que en Alcoy se constituyó entonces un «Comité de Salud Pública», es decir, un gobierno revolucionario. Ahora bien, los aliancistas habían acordado en su congreso de Saint-Imier, en Suiza, el 15 de septiembre de 1872, «que toda organización de un poder político llamado provisional o revolucionario no puede ser más que un nuevo engaño y sería tan peligrosa para el proletariado como todos los gobiernos que existen hoy».[^16] Además, los miembros de la Comisión Federal española, que tenía su sede en Alcoy, habían hecho cuanto habían podido para que el congreso de la Internacional española hiciera suyo ese acuerdo.[^17] ¡A pesar de todo, nos encontramos con que Severino Albarracín, miembro de esa comisión, y según algunas informaciones también Francisco Tomás, su secretario, eran miembros de ese poder gubernamental provisional y revolucionario, el Comité de Salud Pública de Alcoy![^18]

¿Y qué hizo este Comité de Salud Pública? ¿Cuáles fueron sus medidas para llevar a cabo «la emancipación plena e inmediata de los obreros»? Prohibió a todos los hombres salir de la ciudad, mientras que a las mujeres se les siguió permitiendo, ¡siempre que tuvieran... pasaporte! ¡Los adversarios de la autoridad restablecen los pasaportes! Por lo demás, absoluta falta de consejo, de acción y de recursos.

Entretanto, el general Velarde avanzaba desde Alicante con tropas. El gobierno tenía todos los motivos para apaciguar sin ruido las sublevaciones locales de las provincias. Y los «dueños de la situación» de Alcoy tenían todos los motivos para salir de una situación de la que no sabían sacar nada. El diputado Cervera, que hizo de mediador, lo tuvo, pues, fácil. El Comité de Salud Pública dimitió, las tropas entraron el 12 de julio sin resistencia, y la única contrapartida que se prometió al Comité de Salud Pública fue... una amnistía general. Los «dueños de la situación» aliancistas habían vuelto a salir felizmente del aprieto. Y con eso terminó la aventura de Alcoy.

En Sanlúcar de Barrameda, junto a Cádiz, nos cuenta el informe aliancista,

> «el alcalde cierra el local de la Internacional y con sus amenazas y sus incesantes ataques contra los derechos individuales de los ciudadanos provoca la ira de los obreros. Una comisión reclama al ministro el reconocimiento del derecho y la reapertura del local cerrado arbitrariamente. El señor Pi lo concede en principio... pero lo niega en la realidad; los obreros comprueban que el gobierno quiere poner sistemáticamente fuera de la ley a su asociación; destituyen a las autoridades locales y nombran en su lugar a otras, que vuelven a abrir el local de la Asociación».

«En Sanlúcar... ¡el pueblo domina la situación!», proclama triunfal la *Solidarité révolutionnaire*. Los aliancistas, que también aquí, en contra de todos sus principios anárquicos, habían formado un gobierno revolucionario, no supieron qué hacer con su poder. Perdieron el tiempo en debates vacíos y acuerdos de papel, y cuando el general Pavía hubo tomado Sevilla y Cádiz, envió el 5 de agosto unas cuantas compañías de la brigada Soria a Sanlúcar y no encontró... resistencia alguna.

Estas son las hazañas de la Alianza allí donde actuó sin competencia de nadie.

## III

Inmediatamente después del combate callejero de Alcoy se sublevaron los intransigentes en Andalucía. Pi y Margall seguía todavía al timón y en constante negociación con los jefes de este partido para formar con ellos un ministerio; ¿por qué lanzarse entonces a la lucha antes de que fracasaran las negociaciones? La razón de esta precipitación nunca se ha aclarado del todo; pero lo que sí es seguro es que a los señores intransigentes les importaba ante todo llevar a la práctica lo más deprisa posible la república federal, para hacerse con el poder y con los muchos cargos de gobierno que habría que crear en los distintos cantones. Las Cortes de Madrid tardaban demasiado en despedazar España; había, pues, que poner manos a la obra uno mismo y proclamar por todas partes cantones soberanos. La actitud que había mantenido hasta entonces la Internacional (bakuninista), profundamente enredada desde las elecciones en los asuntos de los intransigentes, permitía contar con su colaboración; ¡acababan de apoderarse por la fuerza de Alcoy y estaban, por tanto, en lucha abierta con el gobierno! A esto se añadía que los bakuninistas llevaban años predicando que toda acción revolucionaria de arriba abajo era perniciosa, que todo debía organizarse y llevarse a cabo de abajo arriba. ¡Y ahora se ofrecía la ocasión de imponer de abajo arriba el famoso principio de la autonomía, al menos para cada ciudad! No podía ser de otro modo: los obreros bakuninistas cayeron en la trampa y sacaron las castañas del fuego a los intransigentes, para ser luego recompensados por estos aliados suyos, como siempre, a patadas y a balazos.

¿Cuál fue entonces la posición de los internacionales bakuninistas en todo este movimiento? Habían ayudado a darle el carácter de fragmentación federalista; habían realizado, en la medida de lo posible, su ideal de la anarquía. Los mismos bakuninistas que en Córdoba,[^19] pocos meses antes, habían declarado que la instauración de gobiernos revolucionarios era una traición y un engaño a los obreros, estaban sentados ahora en todos los gobiernos revolucionarios municipales de Andalucía, pero en todas partes en minoría, de modo que los intransigentes podían hacer lo que quisieran. Mientras estos últimos se reservaban la dirección política y militar, a los obreros se les despachaba con frases pomposas o con supuestos acuerdos de reforma social de la especie más tosca y disparatada, que además solo existían sobre el papel. En cuanto los jefes bakuninistas exigían concesiones reales, se les rechazaba con desdén. Ante los corresponsales de los periódicos ingleses, los dirigentes intransigentes del movimiento no tenían nada más importante que hacer que negar toda relación con estos llamados internacionales y toda responsabilidad por ellos, y declarar que mantenían a sus jefes, así como a todos los refugiados de la Comuna de París allí presentes, bajo la más estricta vigilancia policial. Finalmente, en Sevilla, como veremos, los intransigentes, durante la lucha contra las tropas del gobierno, dispararon también contra sus aliados bakuninistas.[^20]

Así fue como en pocos días toda Andalucía quedó en manos de los intransigentes armados. Sevilla, Málaga, Granada, Cádiz, etc., cayeron en su poder casi sin resistencia. Cada ciudad se declaró cantón soberano y nombró una junta revolucionaria de gobierno. Murcia, Cartagena y Valencia siguieron su ejemplo. En Salamanca se hizo un intento parecido, aunque de naturaleza más pacífica. La mayoría de las grandes ciudades de España estaban, pues, en poder de los insurrectos, con excepción de la capital, Madrid, una ciudad puramente de lujo, que casi nunca interviene de forma decisiva, y de Barcelona. Si Barcelona se hubiera lanzado a la lucha, el éxito final habría sido casi seguro, y además el elemento obrero del movimiento habría tenido asegurado un poderoso apoyo. Pero hemos visto que en Barcelona los intransigentes eran bastante impotentes, mientras que los internacionales bakuninistas, todavía muy poderosos allí en aquel tiempo, tomaron la huelga general como pretexto para *calmar los ánimos*. Barcelona, por tanto, esta vez no estuvo en su puesto.

Aun así, la sublevación, por insensatamente que se hubiera iniciado, tenía todavía grandes probabilidades de éxito si se la hubiera dirigido con un poco de inteligencia, aunque solo fuera a la manera de las sublevaciones militares españolas, en las que la guarnición de una ciudad se alza, marcha sobre la siguiente, arrastra consigo a la guarnición de esa ciudad, trabajada ya de antemano, y, creciendo como un alud, avanza sobre la capital, hasta que un combate afortunado o el paso a su bando de las tropas enviadas contra ella decide la victoria. Esta vez el método era especialmente aplicable. Los insurrectos estaban organizados en todas partes desde hacía tiempo en batallones de voluntarios, cuya disciplina era ciertamente lamentable, pero sin duda no más lamentable que la de los restos del viejo ejército español, disuelto en su mayor parte. Las únicas tropas fiables del gobierno eran los gendarmes (guardias civiles), y estos estaban dispersos por todo el país. Lo principal era impedir que los gendarmes se concentraran, y eso solo podía hacerse tomando la ofensiva y aventurándose en campo abierto; no había en ello mucho peligro, ya que el gobierno solo podía oponer a los voluntarios tropas tan indisciplinadas como ellos. Y si se quería vencer, no había otro medio.

Pero no. El federalismo de los intransigentes y de su cola bakuninista consistía precisamente en que cada ciudad actuaba por su cuenta, declaraba que lo esencial no era la cooperación con las demás ciudades, sino la separación de ellas, y cortaba así toda posibilidad de una ofensiva general. Lo que en la guerra campesina alemana y en las sublevaciones alemanas de mayo de 1849[^21] había sido un mal inevitable —la fragmentación y el aislamiento de las fuerzas revolucionarias, que permitió a las mismas tropas del gobierno aplastar un levantamiento tras otro— se proclamaba aquí como principio de la más alta sabiduría revolucionaria. Bakunin ha vivido para ver esta satisfacción. Ya en septiembre de 1870 (*Lettres à un Français*)[^22] había declarado que el único medio de expulsar a los prusianos de Francia mediante una lucha revolucionaria consistía en abolir toda dirección centralizada y dejar que cada ciudad, cada aldea, cada municipio hiciera la guerra por su cuenta. Si así se oponía al ejército prusiano, dirigido de forma unitaria, el desencadenamiento de las pasiones revolucionarias, la victoria era segura. Frente a la inteligencia colectiva del pueblo francés, abandonada por fin de nuevo a sí misma, la inteligencia individual de Moltke tendría naturalmente que desaparecer. Los franceses no quisieron entenderlo entonces; pero en España Bakunin ha celebrado un triunfo brillante, como hemos visto y seguiremos viendo.

Entretanto, este levantamiento, desencadenado sin pretexto alguno como un tiro de pistola, había hecho imposible a Pi y Margall seguir negociando con los intransigentes. Tuvo que dimitir; en su lugar subieron al poder los republicanos puros de la especie de Castelar,[^23] burgueses sin disfraz, cuyo primer objetivo era acabar con el movimiento obrero, del que se habían servido antes pero que ahora les estorbaba. Se concentró una división al mando del general Pavía contra Andalucía y otra al mando de Campos contra Valencia y Cartagena. Formaban su núcleo los gendarmes reunidos de toda España, todos ellos soldados veteranos, cuya disciplina seguía intacta. Como en los ataques del ejército de Versalles contra París, también aquí los gendarmes tenían que dar un apoyo firme a las tropas de línea desmoralizadas y formar en todas partes la cabeza de las columnas de asalto, una tarea que en ambos casos cumplieron con todas sus fuerzas. Además de ellos, las divisiones recibieron algunos regimientos de línea muy mermados, de modo que cada una de ellas contaba aproximadamente con 3.000 hombres. Eso fue todo lo que el gobierno pudo poner en pie contra los insurrectos.

El general Pavía se puso en marcha hacia el 20 de julio. El 24, Córdoba fue ocupada por un destacamento de gendarmes y tropas de línea al mando de Ripoll. El 29, Pavía atacó Sevilla, que estaba levantada en barricadas y que el 30 o el 31 —los telegramas dejan a menudo inciertas estas fechas— cayó en sus manos. Dejó una columna volante para someter los alrededores y marchó contra Cádiz, cuyos defensores solo defendieron el acceso a la ciudad, y aun eso débilmente, para dejarse luego desarmar sin resistencia el 4 de agosto. En los días siguientes desarmó, igualmente sin resistencia, Sanlúcar de Barrameda, San Roque, Tarifa, Algeciras y una multitud de pequeñas ciudades más, cada una de las cuales se había constituido en cantón soberano. Al mismo tiempo envió columnas contra Málaga, que capituló sin resistencia el día 3, y Granada, que lo hizo el 8 de agosto, de modo que el 10 de agosto, en menos de catorce días y casi sin combate, toda Andalucía estaba sometida.

El 26 de julio Martínez Campos abrió el ataque contra Valencia. Aquí la sublevación había partido de los obreros. Al producirse la escisión de la Internacional española, en Valencia los verdaderos internacionales tenían la mayoría, y el nuevo Consejo Federal español se trasladó a esta ciudad. Poco después de proclamarse la república, cuando se avecinaban luchas revolucionarias, los obreros bakuninistas valencianos, desconfiando de la política de calmar los ánimos de los jefes barceloneses, disfrazada con frases ultrarrevolucionarias, ofrecieron a los verdaderos internacionales actuar conjuntamente con ellos en todos los movimientos locales. Cuando estalló el movimiento cantonal, ambos se lanzaron enseguida a la lucha, sirviéndose de los intransigentes, y expulsaron a las tropas. No se ha llegado a saber cómo estaba compuesta la junta de Valencia; pero de los informes de los corresponsales de los periódicos ingleses se desprende que en ella, como entre los voluntarios valencianos, predominaban claramente los obreros. Esos mismos corresponsales hablaban de los insurrectos valencianos con un respeto que están muy lejos de dedicar a los demás sublevados, en su mayoría intransigentes; alababan su disciplina y el orden que reinaba en la ciudad, y pronosticaban una larga resistencia y una lucha dura. No se equivocaron. Valencia, una ciudad abierta, resistió los ataques de la división de Campos desde el 26 de julio hasta el 8 de agosto, es decir, más tiempo que toda Andalucía junta.

En la provincia de Murcia, la capital del mismo nombre había sido ocupada sin resistencia; tras la caída de Valencia, Campos marchó contra Cartagena, una de las fortalezas más fuertes de España, protegida por el lado de tierra por una muralla continua y por fuertes avanzados en las alturas que la dominan. Los 3.000 hombres de las tropas del gobierno, sin artillería de sitio alguna, eran naturalmente impotentes con sus ligeros cañones de campaña frente a la artillería pesada de los fuertes, y tuvieron que limitarse a cercar la plaza por el lado de tierra; pero eso significaba poco mientras los cartageneros dominaran el mar con la flota de guerra de que se habían apoderado en el puerto. Los insurrectos, ocupados solo de sí mismos mientras se combatía en Valencia y en Andalucía, no pensaron en el mundo exterior hasta después de aplastadas las demás sublevaciones, cuando a ellos mismos se les acabaron el dinero y los víveres. Solo entonces se intentó avanzar sobre Madrid, ¡que está a por lo menos 60 millas alemanas,[^24] más del doble de lejos que, por ejemplo, Valencia y Granada! La expedición tuvo un final lamentable no lejos de Cartagena; el cerco puso freno a toda nueva salida por tierra; así que se recurrió a las salidas con la flota. ¡Y qué salidas! No podía hablarse de volver a sublevar con los buques de guerra cartageneros las ciudades costeras recién sometidas. La flota del cantón soberano de Cartagena se limitó, pues, a amenazar con el bombardeo a las demás ciudades costeras —también soberanas, según la teoría cartagenera— de Valencia a Málaga, y a bombardearlas efectivamente si hacía falta, si no subían a bordo los víveres exigidos y una contribución de guerra en buenos duros contantes. Mientras esas ciudades estuvieron en armas contra el gobierno como cantones soberanos, en Cartagena regía el principio: cada uno para sí. En cuanto fueron vencidas, debía regir el principio: ¡todos para Cartagena! Así entendían los intransigentes de Cartagena y sus cómplices bakuninistas el federalismo de los cantones soberanos.

Para reforzar las filas de los combatientes de la libertad, el gobierno de Cartagena soltó a los aproximadamente 1.800 presidiarios encerrados en el penal de la ciudad, los peores ladrones y asesinos de España. Que esta medida revolucionaria se la sugirieron los bakuninistas no admite ya ninguna duda después de las revelaciones del informe sobre la Alianza. En él se demuestra cómo Bakunin se entusiasma con el «desencadenamiento de todas las malas pasiones» y declara al bandido ruso modelo de todos los verdaderos revolucionarios. Lo que vale para el ruso vale para el español. Así pues, cuando el gobierno de Cartagena desencadenó las «malas pasiones» de los 1.800 degolladores encerrados y llevó con ello al colmo la desmoralización de sus tropas, actuó del todo en el espíritu de Bakunin. Y cuando el gobierno español, en lugar de destruir a cañonazos sus propias fortificaciones, esperó la rendición de Cartagena de la descomposición interna de sus defensores, siguió una política completamente acertada.

## IV

Escuchemos ahora lo que dice de todo este movimiento el informe de la Nueva Federación Madrileña:

> «En Valencia debía celebrarse el segundo domingo de agosto un congreso para fijar, entre otras cosas, la posición que había de adoptar la federación española de la Internacional ante los importantes acontecimientos políticos ocurridos en España desde el 11 de febrero, día de la proclamación de la república. Pero la insensata» (*descabellada*, literalmente: desgreñada) «sublevación cantonal, que tan lamentablemente ha fracasado y en la que los internacionales de casi todas las provincias sublevadas participaron con afán, no solo ha paralizado la actividad del Consejo Federal, al dispersar a la mayoría de sus miembros, sino que ha desorganizado casi por completo las federaciones locales y ha atraído sobre sus miembros, que es lo peor, todo el odio y todas las persecuciones que trae consigo todo levantamiento popular vergonzosamente iniciado y fracasado...

> »Cuando estalló la sublevación cantonal, cuando se constituyeron las juntas, es decir, los gobiernos de los cantones, aquella gente» (los bakuninistas) «que tanto había gritado contra el poder político, que nos había acusado de autoritarismo, se apresuró a entrar en esos gobiernos. En ciudades importantes como Sevilla, Cádiz, Sanlúcar de Barrameda, Granada y Valencia, muchos de los internacionales que se llaman antiautoritarios estaban en las juntas cantonales sin otro programa que el de la autonomía de la provincia o del cantón. Esto consta oficialmente por las proclamas y otros documentos publicados por esas juntas, en los que figuran los nombres de conocidos internacionales de esa especie.

> »Una contradicción tan escandalosa entre la teoría y la práctica, entre la propaganda y los hechos, importaría poco si de ella hubiera podido resultar alguna ventaja para nuestra Asociación o algún progreso en la organización de nuestras fuerzas, algún acercamiento a la consecución de nuestro fin principal, la emancipación de la clase obrera. Ha ocurrido justamente lo contrario, como no podía ser de otro modo. Faltaba la condición fundamental, la cooperación activa del proletariado español, tan fácil de conseguir con solo actuar en nombre de la Internacional. Faltaba el acuerdo entre las federaciones locales; el movimiento quedó abandonado a la iniciativa individual o local, sin dirección alguna (aparte de la *que pudiera imponerle la misteriosa Alianza, y esta Alianza, para vergüenza nuestra, sigue dominando la Internacional española*), sin programa alguno salvo el de nuestros enemigos naturales, los republicanos burgueses. Y así el movimiento cantonal sucumbió de la manera más ignominiosa, casi sin resistencia; pero en su caída arrastró consigo el prestigio y la organización de la Internacional en España. No hay exceso, crimen ni violencia que los republicanos no carguen hoy en la cuenta de los internacionales; incluso ha ocurrido, según se nos asegura, que en Sevilla, durante la lucha, los intransigentes dispararon contra sus aliados, los internacionales» (bakuninistas). «La reacción, aprovechando hábilmente nuestras locuras, azuza a los republicanos a perseguirnos y nos calumnia ante la gran masa indiferente; lo que no pudo conseguir en tiempos de Sagasta,[^25] parece que va a lograrlo ahora: desacreditar el nombre de la Internacional ante la gran masa de los obreros españoles.

> »En Barcelona, gran número de secciones obreras se han separado de los internacionales, protestando a voces contra la gente del periódico *La Federación*» (principal órgano de los bakuninistas)[^26] «y su inexplicable actitud. En Jerez, El Puerto de Santa María y otros lugares, las federaciones han acordado disolverse. En Loja (provincia de Granada), los pocos internacionales que vivían allí han sido expulsados por la población. En Madrid, donde todavía se goza de la mayor libertad, la vieja federación» (bakuninista) «no da la menor señal de vida, mientras que la nuestra se ve obligada a permanecer inactiva y callada si no quiere verse cargada con culpas ajenas. En las ciudades del norte, la guerra carlista, cada día más encarnizada, impide toda actividad por nuestra parte. Por último, en Valencia, donde el gobierno quedó vencedor tras quince días de lucha, los internacionales que no han huido tienen que esconderse, y el Consejo Federal está completamente disuelto».

Hasta aquí el informe de Madrid. Se ve que coincide por completo con el relato histórico que hemos hecho más arriba.

¿Cuál es, pues, el resultado de toda nuestra investigación?

1. En cuanto se encontraron ante una situación revolucionaria seria, los bakuninistas se vieron obligados a tirar por la borda todo su programa anterior. Primero sacrificaron la doctrina del deber de la abstención política y, en especial, electoral. Luego le tocó a la anarquía, a la abolición del Estado; en lugar de abolir el Estado, intentaron más bien crear una serie de nuevos Estados pequeños. Después abandonaron el principio de que los obreros no debían participar en ninguna revolución que no tuviera por objeto la emancipación completa e inmediata del proletariado, y participaron en un movimiento reconocidamente burgués. Por último, abofetearon el dogma que acababan de proclamar —que la instauración de un gobierno revolucionario no es más que un nuevo engaño y una nueva traición a la clase obrera— figurando con toda tranquilidad en las juntas de gobierno de las distintas ciudades, y además casi en todas partes como una minoría impotente, derrotada en las votaciones por los burgueses y explotada políticamente por ellos.

2. Pero esta renuncia a los principios predicados hasta entonces se produjo de la manera más cobarde y mentirosa y bajo la presión de la mala conciencia, de modo que ni los propios bakuninistas ni las masas dirigidas por ellos entraron en el movimiento con programa alguno, ni sabían siquiera lo que querían. ¿Cuál fue la consecuencia natural? Que los bakuninistas o bien impidieron todo movimiento, como en Barcelona, o bien se vieron arrastrados a levantamientos aislados, sin plan y estúpidos, como en Alcoy y Sanlúcar de Barrameda, o bien la dirección de la sublevación recayó en los burgueses intransigentes, como en la inmensa mayoría de los levantamientos. Así pues, en cuanto hubo que pasar a los hechos, el griterío ultrarrevolucionario de los bakuninistas se tradujo o en calmar los ánimos, o en levantamientos condenados de antemano al fracaso, o en la adhesión a un partido burgués que explotó políticamente a los obreros del modo más vergonzoso y encima los trató a patadas.

3. De los llamados principios[^27] de la anarquía, de la libre federación de grupos independientes, etc., no queda nada más que una fragmentación desmedida y absurda de los medios revolucionarios de lucha, que permitió al gobierno someter con un puñado de tropas una ciudad tras otra casi sin resistencia.

4. El final de la historia no fue solo que la Internacional española, bien organizada y numerosa —tanto la falsa como la verdadera—, se vio arrastrada en la caída de los intransigentes y hoy está de hecho disuelta, sino también que se le achaca la infinidad de excesos inventados sin los cuales el filisteo de todos los países no puede concebir un levantamiento obrero, y que con ello se ha hecho imposible, quizá por años, la reorganización internacional del proletariado español.

5. En una palabra, los bakuninistas en España nos han dado un ejemplo insuperable de cómo no se debe hacer una revolución.

[^1]: (Nota de Engels.) *L'Alliance de la Démocratie Socialiste* (Londres, 1873). En alemán: *Ein Komplott gegen die Internationale* (Librería del *Vorwärts*). Véase en este archivo [La Alianza de la Democracia Socialista y la Asociación Internacional de los Trabajadores](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1873%20La%20Alianza%20de%20la%20Democracia%20Socialista%20y%20la%20Asociaci%C3%B3n%20Internacional%20de%20los%20Trabajadores).
[^2]: El VI Congreso general de la Internacional, el de los partidarios de los acuerdos de La Haya, celebrado en Ginebra del 8 al 13 de septiembre de 1873.
[^3]: La Nueva Federación Madrileña se formó en julio de 1872 con los miembros de la Internacional expulsados de la federación de Madrid por oponerse a la Alianza (José Mesa, Francisco Mora, Pablo Iglesias, Paul Lafargue y otros); fue la principal fuerza de la minoría fiel al Consejo General en España.
[^4]: El rey Amadeo I de Saboya abdicó el 11 de febrero de 1873, y ese mismo día las Cortes proclamaron la república. Las elecciones a Cortes Constituyentes se celebraron en mayo de 1873.
[^5]: Los monárquicos radicales, el partido de Ruiz Zorrilla, habían sido el sostén de Amadeo; los alfonsinos eran partidarios de Alfonso de Borbón, hijo de Isabel II, que reinaría desde 1875 como Alfonso XII; los carlistas estaban en guerra desde 1872 (tercera guerra carlista, 1872-1876).
[^6]: Véase [La situación de la clase obrera en Inglaterra](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1845%20La%20situaci%C3%B3n%20de%20la%20clase%20obrera%20en%20Inglaterra). La segunda edición alemana del libro apareció en Stuttgart en 1892; la referencia es, pues, de la reimpresión de 1894.
[^7]: Las huelgas de 1842, que en agosto de ese año se extendieron por los distritos fabriles de Lancashire, Yorkshire y las Midlands.
[^8]: El congreso de los partidarios de Bakunin celebrado en Ginebra del 1 al 6 de septiembre de 1873, al que acudieron las federaciones que habían rechazado los acuerdos de La Haya.
[^9]: Emilio Castelar (1832-1899) y Francisco Pi y Margall (1824-1901), jefes del Partido Republicano Federal. Pi presidió el Poder Ejecutivo de la República del 11 de junio al 18 de julio de 1873.
[^10]: Charles Alerini, antiguo communard refugiado en Barcelona; Rafael Farga Pellicer (1844-1890), tipógrafo barcelonés; José García Viñas (1848-1931): dirigentes bakuninistas de la Federación Regional Española.
[^11]: Paul Brousse (1844-1912), socialista francés, entonces anarquista refugiado en España; más tarde fue el jefe de los «posibilistas» franceses.
[^12]: *La Solidarité révolutionnaire*, periódico de los anarquistas franceses publicado en Barcelona en el verano de 1873.
[^13]: En el *Volksstaat* falta «con una fuerza de 5.000 hombres».
[^14]: Shakespeare, *Enrique IV*, primera parte, acto V, escena 4.
[^15]: En el original, en dialecto berlinés: «Es muß Allens verrungeniert werden» (todo tiene que ser arruinado).
[^16]: El congreso de las federaciones antiautoritarias celebrado en Saint-Imier (Suiza) los días 15 y 16 de septiembre de 1872, después del de La Haya.
[^17]: El congreso de la Federación Regional Española celebrado en Córdoba del 25 de diciembre de 1872 al 2 de enero de 1873.
[^18]: Severino Albarracín y Francisco Tomás, dirigentes bakuninistas de la Comisión Federal española.
[^19]: En el congreso de Córdoba de diciembre de 1872 y enero de 1873.
[^20]: En el *Volksstaat*, los tres párrafos siguientes figuraban al final de la sección III.
[^21]: La guerra campesina de 1525 (véase [La guerra campesina en Alemania](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1850%20La%20guerra%20campesina%20en%20Alemania)) y los levantamientos de mayo de 1849 en Sajonia, el Palatinado y Baden por la Constitución del Imperio (véase [La campaña alemana por la Constitución del Imperio](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1850%20La%20campa%C3%B1a%20alemana%20por%20la%20Constituci%C3%B3n%20del%20Imperio)).
[^22]: Mijaíl Bakunin, *Lettres à un Français sur la crise actuelle* (Cartas a un francés sobre la crisis actual), septiembre de 1870.
[^23]: A Pi le sucedió en la presidencia, el 18 de julio de 1873, Nicolás Salmerón, y a este, el 7 de septiembre, Emilio Castelar.
[^24]: La milla alemana medía unos 7,5 kilómetros: unos 450 kilómetros.
[^25]: Práxedes Mateo Sagasta (1825-1903), ministro de la Gobernación y jefe del gobierno en 1871-1872, persiguió a la Internacional y la puso fuera de la ley en enero de 1872.
[^26]: *La Federación*, semanario de Barcelona (1869-1874), órgano de la Federación Regional Española.
[^27]: En el *Volksstaat*: «grandes principios».
