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Title: Las elecciones inglesas (1874)
Description: Engels analiza las elecciones parlamentarias inglesas de febrero de 1874, las primeras con voto secreto: la derrota de Gladstone, el fracaso de los «dirigentes obreros» que buscaron el escaño de la mano de la burguesía liberal, la entrada de los dos primeros obreros en los Comunes y la de un partido irlandés compacto, señales de una nueva fase de la política inglesa.
Author: Friedrich Engels
Date: 1874-02-22
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1874%20Las%20elecciones%20inglesas
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*Escrito por Friedrich Engels en Londres el 22 de febrero de 1874 y publicado en* Der Volksstaat *(Leipzig), núm. 26, del 4 de marzo de 1874. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels: Werke, tomo 18 (Berlín, 1962, pp. 494-499), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1874%20Die%20englischen%20Wahlen).*

Londres, 22 de febrero de 1874

También las elecciones parlamentarias inglesas han pasado ya. El genial Gladstone, que con una mayoría de 66 no podía gobernar, disolvió el Parlamento de repente, hizo celebrar las elecciones en un plazo de ocho a catorce días, y el resultado fue... una mayoría de más de 50 en contra suya.[^1] El segundo Parlamento elegido conforme a la Reform Bill de 1867, el primero elegido por votación secreta,[^2] da una *fuerte mayoría conservadora*. Y son precisamente las grandes ciudades industriales y los distritos fabriles, donde los obreros tienen ahora la mayoría absoluta, los que envían conservadores al Parlamento. ¿Cómo es posible?

Ante todo, este resultado se debe al golpe de Estado electoral que intentó Gladstone. Las convocatorias electorales siguieron tan deprisa a la disolución que algunas ciudades apenas tuvieron cinco días para pensárselo, la mayoría apenas ocho, y los distritos irlandeses, escoceses y rurales catorce a lo sumo. Gladstone quería pillar desprevenidos a los electores, pero en Inglaterra los golpes de Estado no prenden, y las maniobras para pillar desprevenido a alguien se vuelven aquí contra quien las intenta. La consecuencia fue que toda la numerosa masa de los indiferentes y los indecisos votó contra Gladstone.

Pero es que, además, Gladstone había gobernado de un modo que daba de frente contra las costumbres heredadas de John Bull. John Bull es lo bastante limitado como para no ver en su gobierno a su amo y señor, sino a su criado, y además al único criado al que puede despedir en el acto sin ningún preaviso. Ahora bien, aunque el partido que gobierna en cada momento permite a su ministerio, y por motivos muy prácticos, montar a veces una gran sorpresa teatral con rebajas de impuestos y otras medidas financieras, solo tolera excepcionalmente cosas semejantes cuando se trata de verdaderas medidas legislativas. Pero Gladstone había hecho de estos golpes de efecto legislativos la regla. La mayoría de sus grandes medidas cogían tan de sorpresa a su propio partido como a sus adversarios; a los liberales se les imponían formalmente esas medidas, pues si no votaban a favor llevaban inmediatamente al partido contrario al poder. Y si el contenido de muchas de estas medidas, por ejemplo la ley de la Iglesia irlandesa y la ley agraria irlandesa,[^3] con toda su mezquindad, era ya un horror para muchos viejos *whigs* liberal-conservadores, a todo el partido le horrorizaba la manera en que se le imponían. Pero Gladstone no se dio por satisfecho con eso. La abolición de la compra de grados en el ejército la impuso apelando sin necesidad alguna, en lugar de al Parlamento, al poder de la Corona, con lo que ofendió a su propio partido.[^4] Además, se había rodeado de un puñado de mediocridades entrometidas que no tenían otro talento que el de hacerse odiosas sin necesidad. Así, sobre todo, Bruce, el ministro del Interior, y Ayrton, el verdadero jefe de la administración local de Londres.[^5] El primero se distinguió por su grosería y su arrogancia con las delegaciones obreras; el segundo gobernó Londres —por ejemplo, en el intento de suprimir el derecho de reunión pública en los parques— de un modo completamente prusiano, y como eso aquí no pasa, como demostraron los irlandeses al celebrar en el acto, a pesar del reglamento de parques y en las mismas narices del señor Ayrton, una gran concentración de masas en Hyde Park,[^6] la consecuencia fue una serie de pequeñas derrotas del gobierno y su creciente impopularidad.

Por último, la votación secreta ha permitido a un buen número de obreros —por lo demás indiferentes en política— votar impunemente contra sus explotadores y contra el partido en el que ven, con razón, el de los grandes barones de la industria: el Partido Liberal. Esto sigue siendo cierto incluso allí donde los grandes barones de la industria, en su mayoría, han seguido la moda y se han pasado a los conservadores. El Partido Liberal no representa absolutamente nada en Inglaterra si no representa a la gran industria frente a la gran propiedad de la tierra y la alta finanza.

Ya el Parlamento anterior estaba, por su inteligencia de conjunto, por debajo de la mediocridad. Se componía esencialmente de hidalgos rurales e hijos de grandes terratenientes, por una parte, y de banqueros, directores de ferrocarriles, cerveceros, fabricantes y otros advenedizos ricos, por otra; en medio, algunos hombres de Estado, juristas y profesores. De estos últimos «representantes de la inteligencia», un buen número no ha salido elegido esta vez, de modo que el nuevo Parlamento es, todavía más exclusivamente que el anterior, una representación de la gran propiedad de la tierra y del saco del dinero. En cambio, se distingue del anterior por dos elementos nuevos: dos obreros y unos cincuenta *home rulers* irlandeses.

Por lo que se refiere a los obreros, hay que dejar sentado ante todo que, desde el hundimiento del partido cartista en los años cincuenta, en Inglaterra ya no hay un partido político obrero propio. Esto se explica en un país donde la clase obrera ha participado más que en ningún otro de las ventajas de la enorme expansión de la gran industria, como no podía ser de otro modo en una Inglaterra que domina el mercado mundial; y además en un país donde las clases dominantes se dedican a llevar a la práctica, junto a otras concesiones, un punto tras otro del programa cartista, la Carta del Pueblo. De los seis puntos de la Carta, dos tienen ya fuerza de ley: el voto secreto y la abolición del requisito de propiedad para ser elegible; el tercero, el sufragio universal, está implantado al menos de forma aproximada; los tres últimos siguen sin cumplirse: elecciones anuales, dietas para los diputados y el más importante, distritos electorales iguales según la población.[^7] Los obreros, en la medida en que han participado en la política general en organizaciones propias, han aparecido últimamente casi solo como ala extrema izquierda del «gran partido liberal», y en este papel han sido burlados en cada elección, como corresponde, por el gran partido liberal. Entonces llegó de repente la Reform Bill y cambió de golpe la situación política de los obreros. En todas las grandes ciudades forman ahora la mayoría de los electores, y en Inglaterra el gobierno y los candidatos al Parlamento están acostumbrados a hacer la corte a los electores. Desde entonces, los presidentes y secretarios de las *trade unions* y de las asociaciones políticas obreras, así como otros oradores obreros conocidos a los que se podía suponer influencia sobre su clase, se convirtieron de golpe en personas importantes; recibían visitas de miembros del Parlamento, de lores y de otra gentuza distinguida; de repente se preguntaba con mucho interés por los deseos y las necesidades de la clase obrera, se discutían con estos «dirigentes obreros» cuestiones de las que hasta entonces uno se había reído con altivez o cuyo simple planteamiento se había condenado, y hasta se pagaban contribuciones a colectas para fines obreros. A los «dirigentes obreros» se les ocurrió entonces, con toda naturalidad, hacerse elegir ellos mismos para el Parlamento; sus distinguidos amigos acogieron en general la idea con alegría, naturalmente solo para frustrar en cada caso concreto, en la medida de lo posible, la elección de un obrero. Y así la cosa no avanzó.

Que a los «dirigentes obreros» les hubiera gustado entrar en el Parlamento, nadie se lo reprocha. El camino más corto para ello habría sido pasar enseguida a formar de nuevo un partido obrero fuerte con un programa definido; la Carta del Pueblo les ofrecía el mejor programa político que podían desear. Pero el nombre de los cartistas —precisamente porque habían sido un partido declaradamente proletario— tenía mala fama entre los burgueses, y en lugar de enlazar con la gloriosa tradición de los cartistas, los «dirigentes obreros» prefirieron negociar con sus distinguidos amigos y presentarse como gente «respetable», lo que en Inglaterra quiere decir burguesa. Si el antiguo derecho de voto había obligado hasta cierto punto a los obreros a figurar como cola de la burguesía radical, era imperdonable dejarles seguir representando ese papel desde que la Reform Bill abrió las puertas del Parlamento a por lo menos sesenta candidatos obreros.

Y este fue el punto de inflexión. Los «dirigentes obreros», para entrar en el Parlamento, se dirigieron en primer lugar a los votos y al dinero de la burguesía, y solo en segundo lugar a los votos de los propios obreros. Pero con ello dejaron de ser candidatos obreros y se convirtieron en candidatos burgueses. No apelaron a un partido obrero que había que formar de nuevo, sino al «gran partido liberal» burgués. Entre ellos formaron una sociedad de seguros electorales mutuos, la Labour Representation League,[^8] que sacaba sus recursos, muy escasos, sobre todo de fuentes burguesas. Y no acaba ahí la cosa. Los burgueses radicales son lo bastante sensatos como para comprender que la elección de obreros al Parlamento es cada vez más inevitable; les interesa, pues, mantener bajo su dirección a los probables candidatos obreros y, precisamente por eso, aplazar lo más posible el momento de su elección efectiva. Y para eso tienen a su señor *Samuel Morley*,[^9] un millonario londinense al que no le importa gastarse un par de miles de libras para hacer, por un lado, de general en jefe de este falso estado mayor obrero y para hacerse pregonar, por otro, por boca de ellos, como amigo de los obreros ante las masas, en agradecimiento por engañar a los obreros. Cuando hace aproximadamente un año una disolución del Parlamento se hizo cada vez más probable, Morley reunió a sus fieles en la London Tavern; acudieron todos, los Potter, Howell, Odger, Hales, Mottershead, Cremer, Eccarius y como se llamen todos ellos;[^10] una sociedad de individuos cada uno de los cuales, en las anteriores elecciones parlamentarias, había prestado servicios de agitador a sueldo de la burguesía del «gran partido liberal», o al menos se había ofrecido a ello. Esta sociedad, bajo la presidencia de Morley, redactó un «programa obrero» que cualquier burgués podía firmar y que había de ser la base de un poderoso movimiento para encadenar a los obreros todavía más estrechamente a la burguesía en lo político y —como se figuraban estos señores— para llevar a los «fundadores» al Parlamento. Además, ante la imaginación codiciosa de estos fundadores bailaban los numerosos billetes de cinco libras de Morley que en la agitación por fuerza les tocarían. Pero todo el movimiento se quedó en agua de borrajas antes de empezar en serio. El señor Morley cerró la caja fuerte, y los fundadores volvieron a desaparecer sin dejar rastro.

De repente, hace cuatro semanas, Gladstone disuelve el Parlamento. Los inevitables dirigentes obreros respiran: o se hacen elegir o vuelven a ser predicadores ambulantes bien pagados del «gran partido liberal». Pero no: la fecha de las elecciones está tan cerca que pierden ambas oportunidades. Algunos se presentan, ciertamente, como candidatos; pero como en Inglaterra todo candidato, antes de poder llegar a la votación, tiene que depositar doscientas libras (1.240 táleros) como contribución a los gastos electorales, y los obreros no estaban organizados casi en ninguna parte para ese fin, solo pudieron presentarse en serio aquellos a quienes la burguesía proporcionó esa cantidad, es decir, los que se presentaban con la alta *licencia de la autoridad burguesa*. Pero con ello la burguesía había cumplido también con su deber, y luego, en la elección misma, dejó que fracasaran todos con todo esplendor.

Solo salieron elegidos dos obreros, ambos mineros de las minas de carbón. Este oficio está fuertemente organizado en tres grandes *trade unions*, dispone de recursos considerables, tiene en algunos distritos la mayoría indiscutible entre los electores y desde la Reform Act ha trabajado sistemáticamente por tener representación directa en el Parlamento. Se presentaron los secretarios de las tres *trade unions*; uno, Halliday, no tuvo éxito en Gales; los otros dos salieron elegidos: *Macdonald* por *Stafford* y *Burt* por *Morpeth*.[^11] Burt es poco conocido fuera de su distrito; pero Macdonald, en los debates sobre la última ley de minas, que vigilaba como representante de su oficio, traicionó a sus mandantes al aprobar un artículo adicional tan favorable a los intereses de los capitalistas que ni siquiera el gobierno se había atrevido a incluirlo en el proyecto.[^12]

En todo caso, sin embargo, el hielo se ha roto, y en el club de debates más elegante de Europa, entre gente que se proclama los primeros gentlemen de Europa, se sientan dos obreros.

Junto a ellos se sientan por lo menos cincuenta *home rulers* irlandeses. Cuando la insurrección feniana de 1867[^13] fue aplastada y los jefes militares de los fenianos (republicanos irlandeses) fueron siendo poco a poco capturados o expulsados a América, los restos de la conspiración feniana perdieron pronto toda importancia. Un levantamiento armado no tenía perspectiva alguna durante largos años, al menos hasta que Inglaterra volviera a verse envuelta en serias dificultades exteriores. Quedaba, pues, solo un movimiento legal, y este se emprendió bajo la bandera del *home rule*, del «gobierno en casa propia». La reivindicación concreta era que el Parlamento del Reino, en Londres, cediera la legislación sobre todas las cuestiones puramente irlandesas a un Parlamento irlandés propio en Dublín; qué había que entender por cuestiones puramente irlandesas, sobre eso se callaba prudentemente por el momento. Este movimiento, del que al principio se burló la prensa inglesa, ha adquirido tal fuerza que diputados irlandeses de los más diversos colores de partido, conservadores y liberales, protestantes y católicos —el dirigente del movimiento, Butt,[^14] es protestante—, e incluso un inglés de nacimiento que tiene su escaño por Galway,[^15] han tenido que adherirse a él. Desde los tiempos de O'Connell, cuyo movimiento por la derogación de la Unión se hundió, aproximadamente al mismo tiempo que el cartista, a consecuencia de los acontecimientos de 1848, en la reacción general —él mismo había muerto ya en 1847—,[^16] entra así por primera vez de nuevo en el Parlamento un partido irlandés compacto, y además en circunstancias que difícilmente le permitirán el continuo compromiso de O'Connell con los liberales y la venta de sus miembros uno a uno a un gobierno liberal, tal como se ha puesto de moda desde entonces.

Así pues, las dos fuerzas motrices del desarrollo político inglés han entrado con esto en el Parlamento: por un lado, los obreros; por otro, los irlandeses como partido nacional compacto. Y aunque en este Parlamento difícilmente desempeñen un gran papel —los obreros, seguro que no—, con las elecciones de 1874 el desarrollo político inglés ha entrado sin duda en una nueva fase.

[^1]: William Ewart Gladstone (1809-1898), jefe del Partido Liberal y primer ministro desde 1868, disolvió el Parlamento el 24 de enero de 1874; las elecciones, celebradas a comienzos de febrero, dieron la mayoría a los conservadores de Disraeli.
[^2]: La segunda ley de reforma electoral (1867) extendió el derecho de voto a buena parte de los obreros de las ciudades; la Ballot Act de 1872 introdujo el voto secreto.
[^3]: La ley de 1869 que separó del Estado la Iglesia anglicana de Irlanda y la ley agraria irlandesa de 1870.
[^4]: En 1871, ante la resistencia de la Cámara de los Lores, Gladstone abolió por real orden la compra de los grados de oficial en el ejército.
[^5]: Henry Austin Bruce (1815-1895), ministro del Interior de 1868 a 1873; Acton Smee Ayrton (1816-1886), encargado desde 1869 de las obras públicas y los parques de Londres, autor del reglamento de parques de 1872.
[^6]: El mitin por la amnistía de los presos fenianos celebrado en Hyde Park el 3 de noviembre de 1872 en desafío al reglamento de parques.
[^7]: Los seis puntos de la Carta del Pueblo (1838) eran: sufragio universal masculino, voto secreto, supresión del requisito de propiedad para ser elegido, dietas para los diputados, distritos electorales iguales y elecciones parlamentarias anuales.
[^8]: Liga para la Representación del Trabajo, fundada en 1869 para llevar obreros al Parlamento en alianza con los liberales.
[^9]: Samuel Morley (1809-1886), industrial textil y diputado liberal.
[^10]: George Potter, George Howell, George Odger, John Hales, Thomas Mottershead, William Randal Cremer y Johann Georg Eccarius, dirigentes sindicales y antiguos miembros, algunos de ellos, del Consejo General de la Internacional.
[^11]: Alexander Macdonald (1821-1881), presidente del sindicato nacional de mineros, y Thomas Burt (1837-1922), secretario de los mineros de Northumberland, fueron los dos primeros obreros elegidos a la Cámara de los Comunes.
[^12]: La ley de 1872 sobre las minas de carbón (Coal Mines Regulation Act).
[^13]: En el *Volksstaat*: «1865».
[^14]: Isaac Butt (1813-1879), abogado, fundador en 1870 de la asociación por el *home rule*.
[^15]: Mitchell Henry (1826-1910), nacido en Manchester, diputado por el condado de Galway desde 1871.
[^16]: Daniel O'Connell (1775-1847) dirigió desde 1840 la agitación por la derogación (*repeal*) de la Unión de Irlanda con Gran Bretaña de 1800.
