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Title: Resumen del libro de Bakunin «Estatalidad y anarquía» (1874)
Description: Notas de lectura de Marx sobre el último libro de Bakunin, con extractos copiados en ruso y comentarios en alemán; contienen sus glosas más claras sobre la dictadura del proletariado, el campesinado, el «Estado popular» y la condición económica de la revolución social.
Author: Karl Marx
Date: 1874
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1874%20Resumen%20del%20libro%20de%20Bakunin%20Estatalidad%20y%20anarqu%C3%ADa
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*Escrito por Karl Marx en Londres entre 1874 y comienzos de 1875, a partir del libro de Mijaíl Bakunin* Государственность и анархия *(Estatalidad y anarquía, [Zúrich], 1873), y no publicado en vida de su autor; primera edición, en traducción rusa, en* Летописи марксизма*, II (Moscú, 1926). Marx copia en ruso los pasajes de Bakunin y comenta en alemán. Traducido del alemán de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 18 (Berlín, 1962, pp. 597-642), sin su aparato editorial, y, para los pasajes rusos, del ruso de Marx según* Летописи марксизма *(1926; unas pocas palabras que allí faltan, según el texto de Bakunin en la edición de 1919), por la Escuela de marxismo, 2026. Los pasajes que Marx copió en ruso van entre comillas simples ‹ ›; las frases de Bakunin que Marx traduce él mismo al alemán, entre comillas « »; los párrafos sangrados reproducen el texto de Bakunin (letra pequeña en la MEW). Las páginas citadas son las de la edición rusa de 1873. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán y ruso](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1874%20Konspekt%20von%20Bakunins%20Buch%20Staatlichkeit%20und%20Anarchie).*

## Bakunin: ‹Estatalidad y anarquía›. ‹Introducción. Primera parte. 1873›

(Detrás de este título, en la p. 1: Lucha {Борьба} en la Asociación Internacional de los Trabajadores.)

### ‹PREFACIO›

> ‹En Italia, como en Rusia, se ha encontrado un número bastante considerable de jóvenes así, incomparablemente mayor que en cualquier otro país› (p. 7).

> ‹Sí, quizá en ninguna parte está tan cerca la revolución social como en Italia› (p. 8).

> ‹En Italia predomina ese proletariado miserable del que los señores Marx y Engels, y tras ellos toda la escuela de los socialdemócratas de Alemania, hablan con el más profundo desprecio, y muy injustamente, porque en él, *y solo en él*, y de ningún modo en la capa burguesa de la masa obrera antes mencionada, *se encierra toda la inteligencia y toda la fuerza de la futura revolución social*› (p. 8).

> En los alemanes, en cambio: donde el gobierno se apoya, por un lado, en un buen ejército, etc., y por otro ‹en el patriotismo de *fieles súbditos*, en la ilimitada ambición nacional y en esa antigua, histórica e igualmente ilimitada obediencia y veneración del poder por las que se distinguen todavía hoy la nobleza alemana, la burguesía alemana› (bourgeoisie), ‹la *burocracia* alemana, la Iglesia alemana, todo el gremio de los sabios *alemanes* y, bajo su influencia conjunta, no pocas veces, ¡ay!, *también el propio pueblo alemán*› (p. 11).

> ‹Resulta que Prusia se ha comido a Alemania. Eso significa que, mientras Alemania siga siendo un Estado›, pese a todas las reformas seudoliberales, constitucionales, democráticas ‹*e incluso socialdemócratas, será necesariamente el primer y principal representante y la fuente constante de todos los despotismos posibles en Europa*› (p. 11).

> Desde mediados del *siglo XVI hasta 1815*, la fuente principal de todos los movimientos reaccionarios, Austria (es decir, como representante de Alemania); de 1815 a 1848, [repartida] entre Austria y Prusia, con predominio de la primera (Metternich) (p. 12); ‹*desde 1815 se sumó a esta santa alianza de la reacción puramente germánica, mucho más como cazador que como hombre de negocios, nuestro knut tártaro-alemán, imperial de todas las Rusias*› (p. 13).

> Para quitarse de encima la responsabilidad, los alemanes intentan convencerse a sí mismos y a los demás de que Rusia fue la principal fundadora de la Santa Alianza. «A diferencia de los socialdemócratas alemanes, cuyo programa pone como primer objetivo la fundación del imperio pangermánico, los revolucionarios sociales rusos aspiran ante todo a la disolución completa de nuestro Estado (el ruso)», etc. (p. 13).

En honor a la verdad, ‹*no por deseo de defender la política del gabinete de Petersburgo*› (p. 13), B. da a los alemanes la siguiente respuesta. (El gran hombre, por no hablar de la creación de Prusia con ayuda de los rusos desde Pedro I, pasa por alto la alianza bajo Catalina y la influencia rusa en Francia desde la Revolución hasta Luis Felipe *inclusive*) (ídem sus trapacerías con Inglaterra, desde comienzos del siglo XVIII, para sojuzgar Europa). Empieza con Alejandro I y Nicolás y presenta su actividad como sigue:

> ‹Alejandro corría de un extremo a otro, se afanaba mucho y hacía ruido; Nicolás fruncía el ceño y amenazaba. *Pero ahí acabó todo. No hicieron nada porque no podían, porque no se lo permitieron sus propios amigos, los alemanes austriacos y rusos*; a ellos solo se les asignó el papel honorífico de espantajos› (bange machen)[^1], ‹actuaban, en cambio, solo Austria, Prusia y› «finalmente, bajo la dirección y con el consentimiento de ambas, los Borbones franceses contra España» (pp. 13, 14).

> Rusia solo cruzó una vez sus fronteras, en 1849, para salvar a Austria de la revolución húngara. Además, en este siglo aplastó dos veces la revolución polaca con ayuda de Prusia, tan interesada en ello como ella. Naturalmente: ‹*la Rusia del pueblo es impensable sin la independencia y la libertad polacas*› (p. 14).

> Rusia no tiene, ni por *inteligencia, ni por poder, ni por riqueza, una posición tan preponderante en Europa como para que su voz sea capaz de* ‹*decidir las cuestiones*› (p. 14).

> Rusia solo puede hacer algo cuando la llama una potencia occidental. (Así, Federico II invitó a Catalina al reparto de Polonia y casi también de Suecia.)

> Con respecto al movimiento revolucionario en Europa, Rusia, en manos de los gobernantes prusianos, hizo el papel de espantajo y no pocas veces de biombo, tras el que ellos ocultaban con mucha habilidad sus propias empresas de conquista y de reacción. Después de las recientes victorias ya no lo necesitan y ya no lo hacen (p. 16).

> Ahora Berlín, con Bismarck, cabeza visible y sede de la reacción en Europa (p. 16). Reacción (católica romana) en Roma, Versalles, en parte en Viena y Bruselas;

> reacción del knut en Rusia; pero la viva, (‹inteligente›), realmente (‹fuerte›), concentrada en Berlín y se extiende a todas partes de Europa desde el nuevo imperio alemán, etc. (p. 16).

> ‹*La organización federal, de abajo arriba, de las asociaciones obreras, grupos, comunas, distritos y, por último, de las regiones y los pueblos, esta única condición de la libertad verdadera y no ficticia*, es tan contraria a su naturaleza como incompatible con ellos es cualquier autonomía económica› (p. 17). En cambio, la *democracia representativa* (*представительная демократіа*) necesita dos cosas para su éxito: ‹la centralización estatal y la subordinación efectiva del pueblo soberano a una minoría intelectual que lo gobierna, que supuestamente lo representa y que infaliblemente lo explota› (p. 17).

> ‹La esencia de *nuestro imperio tártaro-alemán*› (p. 14).

> El nuevo imperio alemán es belicoso: tiene que conquistar o ser conquistado (pp. 17, 18): ‹lleva en sí la tendencia irresistible a convertirse en Estado mundial› (p. 18). La hegemonía, solo la expresión modesta de esta tendencia; su condición, la debilidad y la subordinación, en la mayor medida posible, de los Estados circundantes. El último imperio francés tuvo este papel; ahora el alemán, y:

> ‹*El Estado alemán es, según nuestra convicción, el único Estado verdadero en Europa*› (p. 19).

‹*Государство*› (Estado; Empire, Royaume); ‹*государь*› (soberano; souverain, monarque, empereur, roi); ‹государствовать› (reinar; régner, dominer); ‹государь› (soberano; souverain, empereur, monarque, roi)[^2]. En alemán, en cambio, *Reich* no es originariamente más que un trozo de tierra (grande o pequeño) encerrado en determinados límites, al que se da nombre por la estirpe, etc., por la gente a la que pertenece. Así, la comarca junto al Regen, en el Alto Palatinado, hasta Viechtach, es el *Viechtreich*; Aachnerreich; Vrankryk (en los Países Bajos), Reich de Nimega, Reich de Megen; el distrito de Trarbach, en el Mosela, todavía hoy Cröverreich; otra comarca del Mosela, Westrich.

> La ‹*carrera estatal*› de Francia ha terminado; quien conozca siquiera un poco el carácter de los franceses sabe con nosotros (Bak.) que, si Francia pudo ser durante mucho tiempo la ‹*potencia predominante*›, le es imposible una posición secundaria, ni siquiera de igual fuerza que otras. Se preparará para una nueva guerra, para la revancha, para restablecer el perdido первенства (primer rango) (p. 19). «Pero ¿la alcanzará? Seguro que no… Los últimos acontecimientos han demostrado que el *patriotismo*, esta suprema virtud de Estado (*эта высшая государственная добродѣтелъ*), ya no existe en Francia» (p. 19). El patriotismo de las clases altas, ya solo vanidad, que sin embargo sacrifican a sus intereses reales, como mostró la última guerra. Tan poco patriotismo mostró la población rural francesa. El campesino ha dejado de ser patriota desde que se hizo propietario. Solo en Alsacia y Lorena, para burla de los alemanes, se mostró patriotismo francés. El patriotismo, ya solo *en el proletariado urbano*. Por eso se dirige principalmente contra él el odio de las clases poseedoras. Pero no patriotas en sentido propio, porque socialistas (fraternales con los obreros de todos los demás países). No se armaron contra el pueblo alemán, sino contra el despotismo militar germánico (pp. 20-22). La guerra empezó solo 4 años después del I Congreso de Ginebra[^3], y la propaganda internacional despertó, ‹*sobre todo*› entre los obreros ‹*de estirpe latina*›, una nueva concepción del mundo antipatriótica (p. 22). Esta se mostró en *1868* también en un mitin en *Viena* «en respuesta a toda una serie de ‹*propuestas*› políticas y patrióticas» hechas por los demócratas burgueses de la joven Alemania. Los obreros les respondieron que eran explotados, siempre engañados y oprimidos por ellos, y que todos los obreros de todos los países eran sus hermanos… El campo internacional de los obreros, su única patria; el mundo internacional de los explotadores, sus únicos enemigos (pp. 22, 23). Como prueba enviaron un telegrama «a los hermanos de París, como pioneros de la ‹emancipación obrera universal›» (p. 23). Esta respuesta hizo mucho ruido en Alemania; asustó a todos los demócratas burgueses, también a Johann Jacoby[^4], y «ofendió no solo sus sentimientos patrióticos, sino también la fe estatal (государственную вѣру) de la escuela de Lassalle y de Marx. Probablemente por consejo de este último, el señor Liebknecht, ahora uno de los jefes de los socialdemócratas de Alemania, pero entonces todavía miembro del partido democrático-burgués (el difunto Partido Popular[^5]), viajó en el acto de Leipzig a Viena para negociar (переворотъ)[^6] con los obreros vieneses sobre la *falta de tacto político* que había dado lugar a aquel escándalo. Hay que hacerle justicia: actuó con tanto éxito que, pocos meses después, y concretamente en agosto de 1868, en el Congreso de Núremberg de los obreros alemanes[^7], todos los dirigentes del proletariado austriaco firmaron sin la menor protesta el programa estrechamente patriótico del Partido Socialdemócrata» (pp. 23, 24). Esto mostró «la profunda diferencia entre la orientación política de los dirigentes de este partido, más o menos sabios y burgueses, y el instinto revolucionario propio del *proletariado germánico, o al menos del austriaco*». Pero esto se ha desarrollado poco en Alemania y Austria desde 1868, y en cambio de maravilla en Bélgica, Italia, España y sobre todo en Francia (p. 24). Los obreros franceses tienen conciencia de que, como revolucionarios sociales, trabajan para el mundo entero (p. 25) «y más para el mundo que para sí mismos» (p. 25). Este sueño (Эта мечта) «se ha convertido en la naturaleza del proletariado francés y ha expulsado de su imaginación y de su corazón los últimos restos del patriotismo de Estado» (p. 26). El proletariado francés, cuando llamó a las armas, estaba convencido de que luchaba tanto por la libertad y el derecho del proletariado alemán como por los suyos propios (p. 26). «No luchaban por la grandeza y la gloria, sino por la victoria sobre la odiada (‹fuerza militar›), que era el instrumento de su opresión en manos de la burguesía. Odiaban al ejército alemán no porque fuera alemán, sino porque era ejército» (p. 26). La insurrección de la Comuna de París contra la Asamblea Nacional de Versalles y *contra el salvador de la patria, Thiers*, revela por completo la única pasión que hoy mueve al proletariado francés, para el que ya solo existe, etc., la guerra social-revolucionaria (p. 27). En su pasión social-revolucionaria «*proclamaron la disolución definitiva del Estado francés*, la *ruptura de la unidad estatal de Francia, incompatible con la autonomía de las communes* (*comunas*) *francesas*. Los alemanes solo redujeron las fronteras y el poder (силу) de su patria política; [ellos, en cambio,] querían убить (matarla, abatirla) del todo, y, como para manifestar este fin último traidor, arrojaron al polvo la columna Vendôme[^8], el venerado monumento de la gloria francesa» (p. 27).

> ‹Así pues, el Estado por un lado, la revolución social por el otro› (p. 29). Esta lucha, del modo más decidido en Francia; también ya entre los campesinos, al menos en el sur de Francia (p. 30). «Y este antagonismo hostil de dos mundos ahora irreconciliables constituye la *segunda* razón por la que le es imposible a Francia convertirse de nuevo en (Estado) de primer rango, predominante» (p. 30). Los versalleses, la Bolsa, la burguesía, etc., perdieron la cabeza cuando Thiers anunció la evacuación de las tropas prusianas (p. 31). ‹Es decir, el extraño patriotismo de la burguesía francesa busca su salvación en el vergonzoso sometimiento de la patria› (p. 31).

> «Las simpatías que hoy muestran de modo tan visible los obreros franceses hacia la revolución española, *sobre todo en el sur de Francia*, donde se manifestó una aspiración visible del proletariado a la unión fraternal con el proletariado español *e incluso a formar con él una federación* ‹*popular*›, basada en el trabajo libre y en la propiedad colectiva», -

*народ*, pueblo, nación (*natio*, {nasci}, algo nacido, nacimiento) -

> «pese a todas las diferencias nacionales y fronteras estatales, estas simpatías y aspiraciones, digo, prueban que, sobre todo para el proletariado francés, como también para las clases privilegiadas, ha pasado el tiempo del patriotismo de Estado» (p. 32).

> ‹¿Cómo va a luchar un Estado tan viejo e incurablemente enfermo› (como Francia) ‹contra el joven y hasta ahora todavía sano Estado alemán?› (p. 33). Ninguna forma de Estado, por democrática que sea la república, puede dar al pueblo lo que necesita, «es decir, la organización libre (вольны: libre, pero también desenfrenado) de sus propios intereses de abajo arriba (снизу въ верхъ), sin ninguna injerencia, tutela ni coacción desde arriba, porque todo Estado de esa clase (государство), incluso el más republicano y el más democrático, incluso el *llamado Estado popular* (*мнимо-народное государство*) ‹*ideado por el señor Marx*›, no representa ‹en su esencia› otra cosa que el gobierno de las masas de arriba abajo por medio de la minoría inteligente y por eso privilegiada, como si comprendiera los verdaderos intereses del pueblo mejor que el pueblo mismo» (pp. 34, 35). Como, pues, las clases poseedoras no pueden satisfacer la pasión y las aspiraciones populares, «solo les queda un medio, la violencia estatal (государственное насиліе), en una palabra, el ‹*Estado*›, porque ‹*Estado*› significa precisamente también ‹*violencia*› (violence, véhemence, *force*), ‹*dominación por medio de la violencia*, disfrazada si es posible, pero en caso extremo sin miramientos›, etc.» (p. 35).

> Gambetta[^9] no puede remediarlo; la lucha desesperada entre burguesía y proletariado (en Francia) «exige el empleo de todos los medios y fuerzas del gobierno (del Estado), de modo que al Estado francés no le quedan medios ni fuerzas para mantener su propia supremacía exterior entre los Estados europeos. (‹¡Cómo va a medirse con el imperio de Bismarck!›) (p. 37). Francia tiene que someterse a la dirección superior, a la influencia amistosa y tutelar del Imperio alemán, exactamente igual que el Estado italiano se plegó a la política del francés (pp. 37, 38).

*Inglaterra:* influencia muy disminuida. La frase siguiente, característica:

> ‹Hace solo treinta años no habría aceptado tan tranquila *ni la conquista de las provincias del Rin por los alemanes*, ni el restablecimiento de la preponderancia rusa en el mar Negro, ni la campaña de los rusos contra Jiva[^10]› (p. 39). Causa de esta condescendencia, etc.: la lucha del mundo obrero con el mundo burgués explotador, políticamente dominante (p. 39). Allí la revolución social, cerca, etc. (loc. cit.)

> *España e Italia*, ni hablar de ellas: nunca serán Estados amenazadores y fuertes, no por falta de medios materiales, sino porque el ‹espíritu del pueblo› las dirige hacia fines completamente distintos (p. 39). De paso: España despierta de nuevo en la guerra popular contra Napoleón, surgida de las propias masas incultas. Nada parecido en Alemania en 1812 y 1813. No se mueven hasta el revés de Napoleón en Rusia. Solo el Tirol, excepción[^11] (pp. 40, 41).

Entretanto:

> ‹Hemos visto que la posesión de la propiedad bastó para corromper al campesinado francés y apagar en él la última chispa de patriotismo› (p. 42). En Alemania (1812-1813), los jóvenes burgueses, o más exactamente fieles súbditos (вѣрноподданные), excitados por filósofos y poetas, se armaron para defender y restablecer el imperio alemán, porque precisamente en aquella época despertó en Alemania la idea del imperio pangermánico. Mientras tanto, el pueblo español se levantó individualmente (поголовно), para defender (отстоять) contra el opresor cruel y poderoso la libertad de la ‹patria› y la independencia de la ‹vida del pueblo› (p. 43). Todas las formas de gobierno, despótica, constitucional, república conservadora, etc., probadas luego en vano en España; también la república federal pequeñoburguesa a la manera de Suiza (p. 43).

> «No en broma ha sojuzgado (poseído) a España el diablo del socialismo revolucionario. Los campesinos andaluces y extremeños, sin preguntar a nadie ni esperar órdenes, se apoderaron de las antiguas tierras de los terratenientes. Cataluña, y sobre todo Barcelona, proclaman en voz alta su independencia, su autonomía. El pueblo de Madrid proclama la república federal y no permite someter la revolución a las futuras órdenes de una asamblea constituyente. Incluso en el norte, incluso en el que está en manos de los carlistas, se realiza abiertamente la revolución social: se proclaman los fueros (фуэроссы)[^12], la independencia de los distritos y las comunas, quemando todas las actas judiciales y civiles; el ejército en toda España fraterniza con el pueblo y expulsa a sus oficiales. Ha comenzado la bancarrota general, pública y privada, primera condición de la revolución socioeconómica» (p. 44). «No más finanzas, no más ejército, no más tribunales, no más policía; no más fuerzas gubernamentales, no más ‹*Estado*›; queda el pueblo poderoso, fresco (свѣжій), sostenido ahora solo por la pasión social-revolucionaria. Bajo la dirección colectiva de la Internacional y de la Unión de los Revolucionarios Sociales, une y organiza su fuerza, etc.» (p. 44).

> En el pueblo italiano solo sigue viva la tradición de la autonomía absoluta no solo de las областей (provincia, comarca, distrito), sino de las comunas (общин). A este ‹único concepto político› que existe de modo peculiar ‹en el pueblo› se añade la ‹heterogeneidad› histórico-etnográfica de las ‹regiones›, que hablan dialectos tan distintos que las gentes de una области (que, dicho sea en passant, significa también poder, fuerza) entienden con dificultad, y a veces en absoluto, a las gentes de otras regiones; pero Italia no está ‹socialmente› desunida. Al contrario, hay ‹un carácter y un tipo italianos comunes› que distinguen a los italianos de los hombres de cualquier otra estirpe, incluso meridional (p. 45). La disolución del Estado italiano más reciente tendrá infaliblemente por resultado la ‹libre unión social› (p. 46). Todo esto se refiere solo a las ‹masas populares›.

> En cambio, en las ‹capas superiores› de la burguesía italiana, como también en otros países, ‹con la unidad estatal se ha creado, y se desarrolla ahora cada vez más, *la unidad social de la clase* de los explotadores privilegiados del trabajo del pueblo. Esta clase se designa ahora en Italia con el nombre colectivo de *consorterías*[^13]: todo› el mundo oficial, burocrático y militar, policial y judicial; grandes terratenientes, industriales, comerciantes y banqueros; toda la abogacía y la literatura oficial y oficiosa, todo el Parlamento (p. 46).

> Pero ni siquiera la *miseria* (necesidad) más espantosa, aunque golpee ‹a los muchos millones del› proletariado, es todavía prenda (залогъ) suficiente de la revolución… Cuando el hombre (el rebaño) es empujado a la *desesperación*, su rebelión se vuelve ya mucho más posible… En la desesperación, hasta el alemán deja de ser razonador; pero hace falta muchísimo para empujarlo a la desesperación… Pero la ‹miseria› y la ‹desesperación› solo son capaces de provocar ‹*revueltas*› personales, a lo sumo locales, pero no bastan para abarcar ‹a las masas populares enteras›. Para eso hace falta un ‹*ideal popular común*›, elaborado ‹siempre› históricamente desde ‹las profundidades del instinto del pueblo›, y además la fe (вѣру) en su derecho, ‹puede decirse, la fe religiosa en ese derecho›.

Esto, junto con la pobreza y la desesperación, da la receta correcta para la revolución social (pp. 47, 48).

> «En esta situación se encuentra precisamente el pueblo italiano» (p. 48).

Precisamente la *Internacional* (la Alianza, es decir, considerablemente activa en Italia solo desde los 2 últimos años {1872 y 1873}) ha actuado como partera de este ideal.

> ‹Le señaló el fin que debe realizar y al mismo tiempo le abrió los caminos y los medios para la organización de la fuerza del pueblo› (p. 48).

> «Es notable que en Italia, como en España, decididamente no haya tenido suerte (éxito) el ‹programa estatal-comunista de Marx›, sino que, al contrario, acogieron amplia y apasionadamente el *programa de la mundialmente famosa* (пресловутаго) Alianza o ‹*Unión de los Revolucionarios Sociales*›, que declara una guerra sin cuartel a toda ‹dominación, tutela gubernamental, jefatura y autoridad›» (p. 49).

> «En tales condiciones, el pueblo puede liberarse, fundar su propia vida peculiar ‹sobre la más amplia libertad› de todos y de cada uno, pero en modo alguno amenazar la libertad de ningún otro pueblo» (p. 49).

Como, pues, Italia y España profesan el programa aliancista, la revolución social está cerca en ellas, pero no hay que temer de su parte nada *conquistador* (p. 49).

Los *pequeños Estados, Suiza, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Suecia*, ‹*precisamente por las mismas causas*› (¡o sea, porque han adoptado el programa de la Alianza!)

> «pero principalmente» sin amenazar a nadie a causa de su «insignificancia política» (p. 49), tienen más bien muchas razones para «temer el sojuzgamiento por parte del nuevo Imperio germánico» (p. 50).

> *Austria*, enferma de muerte. Dividida en 2 Estados, *magiar-eslavo* y *germano-eslavo* (p. 50). Los alemanes quieren predominar en el último. «Los alemanes, ‹estatistas› y burócratas, puede decirse, por naturaleza, apoyan sus pretensiones en su derecho histórico, es decir, en el derecho de conquista y de ‹antigüedad›, por un lado, y por otro en la supuesta superioridad de su cultura» (p. 52). En los últimos años los alemanes se vieron obligados a conceder a los magiares una ‹existencia› independiente. ‹De todas las estirpes› que habitan el Imperio austriaco, los magiares son, después de los alemanes, ‹el pueblo más estatal› (p. 52); afirman su derecho histórico a dominar a todas las demás estirpes que habitan con ellos el reino de Hungría, aunque ellos mismos no son mucho más de 1/3 (loc. cit.) (a saber, 5.500.000 magiares, 5.000.000 eslavos, 2.700.000 rumanos, 1.800.000 judíos y alemanes, unos 500.000 de otras ‹estirpes›, en total 15.500.000) (loc. cit.). Así, el imperio austrohúngaro, en 2: el cisleitano, eslavo-alemán, con 20.500.000 (7.200.000 alemanes y hebreos, 11.500.000 eslavos, unos 1.800.000 italianos y otras ‹estirpes›), y el magiar-eslavo-rumano-alemán (p. 53).

> En *Hungría*, la «mayoría de la población, sometida a los magiares, no los quiere, lleva su yugo de mala gana; de ahí una lucha incesante» (p. 53). Los magiares temen un levantamiento de los rumanos y los eslavos: de ahí su alianza secreta con *Bismarck*, que, «previendo la guerra inevitable con el Imperio austriaco, condenado a la ruina, ‹coquetea› con los magiares» (p. 54).

> En el Estado *cisleitano* las cosas no van mejor; allí los alemanes quieren dominar a la mayoría eslava. «Los alemanes odian a los eslavos como el amo suele odiar a sus esclavos» (p. 54); temen su liberación, etc. «Como todos los conquistadores de tierra ajena y sojuzgadores de pueblo ajeno, los alemanes odian y desprecian a la vez sumamente (‹injustamente›) a los eslavos» (loc. cit.). Los alemanes de Prusia reprochan al gobierno austriaco sobre todo que sea incapaz de germanizar a los eslavos. «Esto, según su convicción, y también de hecho, constituye el mayor crimen contra los intereses patrióticos pangermanos, contra el *pangermanismo*» (p. 55) (en él, en letra grande). Frente a este pangermanismo, los eslavos austriacos, con excepción de los polacos, han opuesto el *paneslavismo*, igualmente «repugnante necedad», «ideal contrario a la libertad, que mata a los pueblos» (p. 55).

*Sobre esto*, nota en la que el señor B. amenaza con tratar esta cuestión con más extensión; aquí solo exhorta a la juventud revolucionaria rusa a trabajar en contra; admite que agentes rusos actúan en este sentido entre los eslavos austriacos, haciéndoles creer que el zar quiere liberar su país del *yugo alemán*, «y esto al mismo tiempo que el gabinete de Petersburgo (‹manifiestamente›) vende y traiciona ante Bismarck toda Bohemia con Moravia como pago de la ayuda prometida en Oriente».

> ¿De dónde viene, pues, que en los países eslavos de Austria toda una clase de gente culta, etc., espere bien la liberación por parte rusa, bien incluso la *«fundación de una gran potencia eslava bajo la dominación del zar ruso»*? (p. 57).

> Esto solo muestra «hasta qué punto esta maldita civilización alemana, por su esencia ‹*burguesa*› y por tanto ‹estatal›, ha logrado penetrar en el alma incluso de los patriotas eslavos… Siguieron siendo alemanes completos, aunque el fin al que aspiran sea antialemán; por caminos y medios alemanes quieren, piensan, liberar a los eslavos del yugo alemán. Por su educación alemana no conciben otro medio de liberación que la formación de Estados eslavos o de un único Estado eslavo de gran potencia. Se proponen así un fin puramente alemán, porque ‹el Estado moderno›, centralista, burocrático, policíaco-soldadesco, a la manera, por ejemplo, del nuevo imperio alemán o del ‹de todas las Rusias›, es una ‹creación› puramente alemana; en Rusia lo fue antes con mezcla de elemento tártaro, ‹pero tampoco en Alemania faltará ahora amabilidad tártara›» (p. 57).

> «Por toda su naturaleza y toda su esencia, la estirpe eslava no es decididamente política, es decir, no es ‹estatal›. En vano recuerdan (поминаютъ) los checos su gran imperio moravo[^14] y los serbios el imperio de Dušan[^15]. Todo eso, fenómeno efímero o viejos cuentos. En verdad, ninguna estirpe eslava ha fundado por sí misma un ‹Estado›» (p. 57).

> La *monarquía-república polaca*, fundada bajo la doble influencia del germanismo y del latinismo, después de que el pueblo eslavo (хлопъ: siervo, criado) quedara completamente oprimido por la szlachta, que, según la opinión de muchos historiadores polacos, por ejemplo de ‹*Mickiewicz*›[^16], no es de origen eslavo (p. 58).

> El *reino bohemio* (checo), pegoteado a la manera de los alemanes, bajo la influencia abierta de los alemanes, formó por eso pronto también parte orgánica del imperio alemán.

> *Imperio ruso:* knut tártaro, bendición (благословеніе) bizantina e ilustración alemana funcionarial-soldadesca y policíaca (p. 58).

> «Así, es indudable que los eslavos nunca fundaron por iniciativa propia un ‹Estado›. Porque nunca fueron una estirpe conquistadora. Solo los pueblos conquistadores fundan ‹Estados›, y los fundan infaliblemente en provecho propio, en perjuicio de los pueblos sojuzgados.»

> «Los eslavos eran estirpes completamente pacíficas, agricultoras; vivían separadas e independientes en sus comunas, administradas (управлять: también *gobernar*) a la manera patriarcal por los (‹ancianos›), sobre la base ‹del principio electivo›, de la propiedad comunal de la tierra, sin nobleza, sin casta sacerdotal particular, todos iguales, “realizando de manera patriarcal y por tanto imperfecta la idea de la fraternidad humana”. Ningún vínculo político entre las comunas; solo vínculo de defensa ante invasiones extranjeras; ningún ‹Estado› eslavo; pero sí un vínculo social, fraternal, entre todas las estirpes eslavas, hospitalarias en el más alto grado» (pp. 58, 59). «Con tal organización, indefensos ante las invasiones y ataques de estirpes guerreras, sobre todo de los alemanes, que aspiraban a extender su dominación por todas partes» (p. 59). «Los eslavos, en parte exterminados, en su mayor parte oprimidos por turcos, tártaros, magiares y sobre todo alemanes» (p. 59). «Con la 2.ª mitad del siglo X comienza la historia, atormentada pero también heroica, de su esclavitud» (p. 59).

> «*Por desgracia para Polonia*, sus partidos dirigentes (руководящія партіи), hasta ahora todavía pertenecientes preferentemente a la szlachta, no han renunciado aún a su programa ‹estatal›, y en lugar de buscar la liberación y la ‹renovación› de su ‹patria› en la revolución social, la buscan, sojuzgados por viejos prejuicios, ya bajo la protección de algún Napoleón, ya en alianza con jesuitas y feudales austriacos» (p. 61).

> En nuestro siglo despertaron de nuevo también los eslavos occidentales y meridionales; Bohemia, centro de los unos; Serbia, de los otros (pp. 61, 62).

> Última expresión del ‹Estado›, el *imperio pangermánico:* «sus días están contados y de su caída esperan todos los pueblos su liberación definitiva… ¿Envidian los eslavos a los alemanes por haberse ganado el odio de todos los demás pueblos de Europa?» (p. 63).

*Inglaterra* no existe para este hombre, como político de café; ella, la verdadera cúspide de la sociedad burguesa en Europa.

> O ningún ‹Estado› eslavo, o hay un gran ‹imperio del knut de San Petersburgo›, paneslavo y que todo lo devora (pp. 64, 65).

> También es imposible oponer a la centralización pangermánica una *federación paneslava* a la manera de los Estados Unidos (p. 66). La federación en Norteamérica solo es posible porque en el continente americano, en vecindad con la gran república, no hay ningún ‹Estado› de gran potencia a la manera de Rusia, Germania o Francia. Así, para contrarrestar en el terreno ‹estatal› *o* político al pangermanismo victorioso, solo queda un medio: fundar un ‹Estado› *paneslavo*. Esclavitud eslava general bajo ‹el knut de todas las Rusias› (p. 67). Pero también esto es imposible. Cuantitativamente, casi 3 veces más eslavos en Europa que alemanes. Sin embargo, nunca podrá un imperio paneslavo medirse en poder y en verdadera ‹fuerza estatal-militar› con el imperio pangermánico. ¿Por qué? «Porque en la sangre alemana, en el instinto alemán, en la tradición alemana, está la pasión del orden ‹estatal› y de la disciplina ‹estatal›»; en los eslavos, lo contrario; «por eso, para disciplinarlos, hay que tenerlos bajo el palo, mientras que todo alemán, por convicción (с убѣжденіемъ), se comería voluntariamente el palo. Su libertad consiste precisamente en que ‹está adiestrado y se inclina de buen grado› ante toda autoridad. Además, los alemanes son un pueblo serio y laborioso, docto, ahorrador, ‹ordenado, preciso y calculador›, lo que no les impide, cuando es necesario y sobre todo cuando la autoridad lo quiere, pegarse de maravilla. Lo mostraron en las últimas guerras. Además, han llevado su organización militar y administrativa al mayor grado posible de perfección, que ningún otro pueblo alcanzará jamás. ¿Es concebible, entonces, poder medirse con ellos en el campo de la ‹estatalidad›?» (pp. 68, 69). «Los alemanes buscan su vida y su libertad en el ‹Estado›: para los eslavos, el Estado es la tumba. Buscan su liberación fuera ‹del Estado›, no solo en la lucha contra el ‹Estado› alemán, sino en la ‹revuelta de todo el pueblo› contra todo ‹Estado›, en la revolución social» (p. 69). «Pero los ‹Estados› no caen por sí solos; solo puede derribarlos la revolución social de todos los pueblos y de todas las estirpes, internacional» (p. 69). La naturaleza antiestatal, que hasta ahora constituyó su debilidad, constituye, al revés, su fuerza para el actual movimiento popular (p. 69). Se acerca el tiempo de la plena liberación ‹de las masas de peones› y «de su libre organización social ‹de abajo arriba›, sin ninguna injerencia правительственнаго (dirigente, gubernamental), *a partir de libres* народныхъ, del pueblo, públicas, союзовъ (unión, alianza, coalición, liga) *económicas*, ‹al margen de› todas las viejas fronteras estatales y de todas las diferencias nacionales, sobre la única base del trabajo productivo, humano en general y del todo solidario en toda su diversidad» (p. 70).

> «La nacionalidad no es un principio humano general, sino un hecho histórico, local, que tiene un derecho indudable, como todos los hechos (‹reales›) e inofensivos, al ‹reconocimiento› general. Cada pueblo, o incluso cada ‹pueblecito›, tiene su propio carácter, su manera, que constituyen precisamente (именно) la esencia de la nacionalidad; la esencia del resultado de toda la vida histórica en todas las condiciones de vida de la nacionalidad. Cada pueblo, exactamente igual que cada persona, es ‹por fuerza› lo que es, y tiene el derecho indudable a ser él mismo. A eso se reduce todo el llamado ‹derecho nacional›» (p. 70).

> Pero de ello no se sigue que el uno erija su nacionalidad, el otro su individualidad, en principios ‹particulares›, etc. «Cuanto menos piensan en sí mismos y cuanto más ‹se impregnan› de ‹contenido› humano general, tanto más se avivan y cobran sentido la nacionalidad del uno y la individualidad del otro» (p. 71). Así también, los eslavos solo ganarán ‹su lugar legítimo› en la historia y en la libre fraternidad de los pueblos si se impregnan, junto con otros, de intereses universales (p. 71).

> «En Alemania, la Reforma se despojó muy pronto del carácter ‹de revuelta›, inadecuado al temperamento alemán, y adoptó la forma de ‹una reforma estatal pacífica›, que sirvió pronto de base al despotismo ‹estatal› ‹más regular›, sistemático y docto. En Francia, después de una larga y sangrienta lucha, que contribuyó no poco al desarrollo del pensamiento libre en aquel país, fueron (las aspiraciones reformadoras) aplastadas por el catolicismo victorioso. En Holanda, en Inglaterra y después en los Estados Unidos de América formaron una nueva civilización, *por su esencia anti*‹*estatal*›, pero ‹*burguesa-económica*› y liberal» (p. 22).

Este pasaje, muy característico de Bakunin; el Estado propiamente capitalista es para él antigubernamental; en segundo lugar, la diferencia de desarrollo entre Alemania, por un lado, y Holanda e Inglaterra, por otro, no por el cambio del comercio mundial, sino etc.

La reforma religiosa (también es bonito que considere el Renacimiento solo sub specie de la religión)

> «produjo en la humanidad civilizada 2 orientaciones principales: *la económica y liberal-*‹*burguesa*›, sobre todo Inglaterra, luego América, y la despótico-‹*estatal*›, por su esencia también ‹*burguesa*›» -

esta palabra, *burgués*, le sirve tanto para el capitalismo como para los pequeños burgueses filisteos medievales de Alemania -

> «y *protestante*, aunque mezclada con elementos católicos nobiliarios, que por lo demás se sometieron por completo al ‹Estado›. Los principales dirigentes de esta orientación fueron *Francia* y *Alemania*, al principio la austriaca, después la prusiana» (p. 73)

> «La Revolución francesa fundó un nuevo interés humano general, el ideal de la más completa libertad humana, pero *exclusivamente en el terreno político*; contradicción, irrealizable la libertad política; la libertad en el ‹Estado› es mentira. Produjo 2 orientaciones principales. Explotación sistemática del proletariado y enriquecimiento de la minoría. Sobre esta explotación del pueblo quiere un partido fundar la república democrática; el otro, más consecuente, el despotismo ‹estatal› monárquico, es decir, sincero» (p. 73).

Contra todas estas tendencias, una nueva orientación que «va directa» a Bakunin (p. 74).

> «El proletariado eslavo debe, pues, entrar en masa en la Asociación Internacional de los Trabajadores» (p. 75). «Ya tuvimos ocasión de mencionar el grandioso fenómeno de la fraternidad internacional de los obreros vieneses en 1868» (p. 76) contra el programa pangermánico. Pero los obreros austriacos no dieron los pasos ulteriores necesarios, «porque fueron detenidos (apartados) en el primer paso por la propaganda germano-patriótica de los señores Liebknecht y otros socialdemócratas que llegaron con él a Viena, al parecer en julio de 1868, precisamente con el fin de desviar (extraviar) el verdadero instinto social de los obreros austriacos del camino de la revolución internacional y dirigirlo a la agitación política en favor de la fundación de un ‹Estado› [llamado] por ellos народным *(Estado popular)*, naturalmente pangermánico; en una palabra, a la realización del ideal patriótico del conde Bismarck, solo que en el terreno socialdemócrata y por medio de la llamada ‹agitación popular› legal» (p. 76).

> «Para los eslavos, esto sería someterse voluntariamente al yugo alemán, y esto es ‹contrario› a todo corazón eslavo (p. 77). En consecuencia, no solo no persuadiremos a los hermanos eslavos de que entren en las filas del partido socialdemócrata de los obreros alemanes, dirigido con poder dictatorial por los señores Marx y Engels y, tras ellos, por los señores Bebel, Liebknecht y algunos hebreos literatos; nosotros, al contrario, debemos emplear todas las fuerzas para apartar al proletariado eslavo de la ‹entrada› suicida en la ‹unión› con este partido, que no es en absoluto ‹popular›, sino, por su orientación, fines y medios, puramente ‹*burgués*› y además exclusivamente alemán, es decir, ‹eslavicida›» (p. 77).

> El proletariado eslavo no solo no debe unirse a este partido, sino mantenerse alejado de él y, en cambio, adherirse tanto más firmemente a la Asociación Internacional de los Trabajadores. «No hay que confundir en modo alguno el partido socialdemócrata alemán con la Internacional (p. 77). El programa político-patriótico del primero no tiene casi nada en común con el programa de la segunda, sino que le es completamente opuesto. En el Congreso de La Haya[^17] los marxistas quisieron imponérselo a toda la Internacional. Pero este intento provocó una protesta general y ruidosa de Italia, España, parte de Suiza, Francia, Bélgica, Holanda, Inglaterra, incluso parte de los Estados Unidos de América, de modo que quedó claro para todo el mundo que, aparte de los alemanes, nadie quiere el programa alemán» (p. 78).

> «El proletariado eslavo debe entrar en masa en la Internacional, fundar secciones y, si parece necesario, ‹*una federación de todos los eslavos*›» (p. 78).

> *Serbia, ‹principado serbio›*: los serbios fundaron un ‹Estado› tras liberarse de los turcos, cuyo yugo es más pesado que el de los turcos (p. 79). Entregado al ‹saqueo› burocrático y al despotismo (loc. cit.). En la Serbia turca, ni nobleza, ni grandísimos terratenientes, ni industriales, ni comerciantes especialmente ricos; se ha formado una nueva aristocracia burocrática, educada en su mayor parte a costa del gobierno en Odesa, Moscú, Petersburgo, Viena, Alemania, Suiza, París (p. 79).

> Los búlgaros no quieren saber nada del ‹reino de Dušan› serbio; tampoco los ‹croatas› y los ‹montenegrinos› y los serbios de Bosnia. Para todos estos países, solo un camino de salvación y unión, la revolución social, pero de ningún modo una ‹guerra estatal›, que solo puede llevar a su sojuzgamiento por Rusia o por Austria o por ambas (p. 86).

> En la Bohemia checa, por fortuna, el reino y la corona de Wenceslao todavía no se han restablecido; la autoridad de Viena la trata simplemente como provincia, ni siquiera con los privilegios de Galitzia, y sin embargo en Bohemia hay tantos partidos políticos como en el querido ‹Estado› eslavo. «Sí, este maldito espíritu alemán de politiquería y de ‹estatalidad› ha penetrado tanto en la formación de la juventud checa que esta corre el serio peligro de ‹perder›, al final, la posibilidad ‹de comprender a su pueblo› (p. 86). En todas las ciudades austriacas donde la población eslava está mezclada con la alemana, los obreros eslavos toman la parte más enérgica en todas las manifestaciones generales del proletariado. Pero en estas ciudades no existen casi otras asociaciones obreras que las que han reconocido el programa de la socialdemocracia de Alemania, de modo que, de hecho, los obreros eslavos, arrastrados por su instinto social-revolucionario, son reclutados por un partido cuyo objetivo directo y proclamado en voz alta es la fundación de un ‹Estado› pangermánico, es decir, de una enorme ‹cárcel› alemana» (p. 88).

Tienen que adoptar el programa de la Internacional dirigida por B. (p. 89) (recomendada especialmente como oficina de reclutamiento {p. 89, nota}, en Zúrich, la sección *eslava* perteneciente a la Federación del Jura[^18]).

*Austria* (conclusión). El Estado solo existe ya por la tolerancia calculada de Prusia y Rusia, que aún no quieren proceder a su reparto porque cada una de las dos espera la ocasión favorable para llevarse el trozo más grande.

> *Rusia:* «Solo hay una constitución útil para el pueblo: la disolución del Estado ruso» (p. 96).

> ¿Tiene la fuerza militar para medirse con el nuevo imperio alemán? Esta es actualmente la única cuestión política en Rusia (loc. cit.). «Esta cuestión… planteada con necesidad ineludible por la nueva situación de Alemania, que de la noche a la mañana (за одну ночь) ‹creció hasta convertirse en un Estado enorme y todopoderoso›. Pero toda la historia prueba, y la lógica racional confirma, que dos ‹Estados› igual de fuertes no pueden existir a la vez uno junto al otro. Uno tiene que someter al otro» (p. 97). Esto, necesario para Alemania. «Tras una larga, larga humillación política, se ha convertido de repente en el Estado más poderoso del continente europeo. ¿Puede tolerar que junto a él, por así decirlo bajo sus narices, haya una potencia completamente independiente de él, todavía no vencida por él y que se atreve a igualarse con él; y además la potencia rusa, ‹la más odiada›?» (p. 97).

> «Creemos que hay pocos rusos que no sepan hasta qué punto los alemanes, todos los alemanes, pero principalmente los burgueses alemanes, y bajo su influencia, ¡ay!, también el propio pueblo alemán, odian a Rusia» (p. 97). Este odio, una de las pasiones nacionales más fuertes de Alemania (p. 98).

> Al principio, odio honrado de la civilización alemana contra la barbarie tártara (p. 98). En los años 20, protesta del liberalismo político contra el despotismo político (loc. cit.). Echaron toda la responsabilidad de la Santa Alianza sobre Rusia (loc. cit.). A comienzos de los años 30, simpatía por Polonia, odio a los rusos como opresores del levantamiento polaco (loc. cit.). Olvidaron de nuevo que Prusia ayudaba a aplastar Polonia; Prusia ayudó porque, con una victoria polaca, se habría levantado toda la Polonia prusiana, lo que «habría ahogado en germen el ‹poderío naciente› de la monarquía prusiana» (loc. cit.).

> En la 2.ª mitad de los años 30, nuevo motivo del odio a los rusos; le dio una orientación político-nacional la incipiente cuestión eslava: formación en Austria y Turquía de un partido eslavo que esperaba y aguardaba ayuda de Rusia. Federación republicana paneslava a la que aspiraban los decembristas (Péstel, Muraviov-Apóstol, etc.)[^19]. Nicolás la recogió, pero como ‹Estado› paneslavo, unitario y autocrático bajo su cetro de hierro. A comienzos de los años 30 y 40 viajaron desde Petersburgo y Moscú agentes rusos a las tierras eslavas, unos oficialmente, otros por su cuenta y sin paga; estos últimos, pertenecientes a la sociedad moscovita de los eslavófilos. Se extendió entre los eslavos meridionales y occidentales la propaganda paneslavista. Muchos folletos, en parte escritos en alemán, en parte traducidos a él. Miedo del público pangermánico. *¡Bohemia, rusa!* Les quitó el apetito y el sueño (p. 99). Desde entonces, el mayor odio contra Rusia; los rusos, por su parte, no quieren a los alemanes. En estas condiciones, ¿son posibles como Estados vecinos el imperio ‹de todas las Rusias› y el pangermánico? (p. 100). Pero existían y existen todavía razones para que ambos mantengan la paz. *Primero: Polonia* (loc. cit.). Austria no está por el reparto, etc. Para ella, Polonia es un baluarte contra Rusia y Prusia. *Segundo: Austria*, que quieren repartirse. El reparto de Austria las enemistará, pero nada hasta entonces (pp. 100-102). *Tercero:* [el] *nuevo imperio alemán*, odiado por todos, no tiene más aliado que Rusia, quizá los *Estados Unidos*. Aún tiene mucho que hacer para realizar la idea del imperio pangermánico: quitar a los franceses toda Lorena; comerse Bélgica, Holanda, Suiza, Dinamarca, la península escandinava; las provincias bálticas rusas, para mandar él solo en el mar Báltico. Deja Hungría a los magiares, Galitzia con la Bucovina austriaca a los rusos, se reserva toda Austria hasta Trieste (incl.) y Bohemia, que el gabinete ruso tampoco piensa disputarle… «*Nosotros*» (B.) «*sabemos positivamente que, a cuenta del reparto, más o menos lejano, del Imperio austriaco, se llevan desde hace tiempo negociaciones secretas entre Petersburgo y las cortes germánicas*», en las que naturalmente intentan engañarse mutuamente. El imperio prusiano-germánico, aislado, no es capaz de llevar a cabo estos grandes planes; «*por eso la alianza con Rusia constituye y constituirá todavía por mucho tiempo* ‹*una necesidad apremiante*›»… Lo mismo ocurre con *Rusia*. «*La conquista en todas* direcciones *y a cualquier precio es la condición normal de vida del Imperio ruso*». ¿Hacia qué lado, pues? ¿Occidente u Oriente? El camino occidental, el *paneslavo* y la *alianza con Francia* contra las *fuerzas militares unidas de Prusia y Austria*, y probable neutralidad de *Inglaterra y los Estados Unidos*. El otro camino, ‹oriental›, lleva a *la India, Persia, Constantinopla*. Allí, enemigos: Austria, Inglaterra, probablemente con ellas Francia; aliados: *Germania y los Estados Unidos* (pp. 102-104).

> El *primer camino*, *paneslavista, contra el Imperio alemán*. La ayuda de Francia no vale nada; su unidad rota para siempre, etc.; este camino, revolucionario; lleva a la rebelión de los pueblos, en particular de los eslavos, contra sus legítimos ‹soberanos›, austriacos y prusiano-germánicos. Nicolás rechazó este camino por instinto, por principio, etc. (!) Pero además ‹no se puede dejar de reconocer que para la estatalidad de toda Rusia la liberación de Polonia es resueltamente imposible›. Siglos enteros de lucha entre las dos formas ‹del Estado›, ‹la libertad de la szlachta› y el knut zarista. Los polacos parecieron a menudo cerca de la victoria. Pero en cuanto el pueblo se alzó, en 1612 en Moscú[^20], y luego el levantamiento de los pequeñorrusos y de los ‹siervos› lituanos bajo Bogdán ‹Jmelnitski›[^21]: se acabó. *«El knut ruso venció gracias al pueblo.»*

*Esta confesión, p. 110.*

> Sobre las ruinas del ‹Estado› polaco de la szlachta, fundado el imperio del knut ‹de toda Rusia›. «*Quitadle estas bases*, las provincias que hasta 1772 entraban en la ‹composición› del ‹Estado› polaco, y el imperio de toda Rusia desaparece» (p. 110). Son las provincias más ricas, más fértiles, más pobladas; con su pérdida, la riqueza y el poder del Imperio ruso reducidos a la mitad. A esta pérdida sigue la del ‹territorio báltico›, y, suponiendo que el Estado polaco se restableciera de verdad con nueva vida, le arrancaría a Rusia toda la Pequeña Rusia, que se convertiría o en provincia polaca o en ‹Estado› independiente. Con ello pierde también su frontera en el mar Negro, cortada de Europa por todos lados y expulsada a Asia. Algunos creen que el Imperio ruso podría dar a Polonia al menos Lituania. ‹No›. La vecindad de ‹Moscú› y Polonia conduce necesariamente al patriotismo polaco a sojuzgar las provincias bálticas y Ucrania. Basta con liberar solo el actual Reino de Polonia, y Varsovia se une enseguida con Vilna, Grodno, ‹Minsk›, Kiev, por no hablar de Podolia y Volinia. Polonia, pueblo tan inquieto que no se le puede dejar ni un rinconcito libre; se convierte enseguida en centro de toda resistencia revolucionaria. El Imperio ruso solo puede prolongar su existencia con la *condición de* *‹estrangular›* *a Polonia según el sistema de Muraviov*[^22]... El pueblo ruso no tiene nada en común con el Imperio ruso; intereses opuestos.

Con este motivo B. suelta la siguiente frase, estúpida según su propio sistema: «En cuanto el Imperio ruso se disuelva y el pueblo granruso, el pequeñorruso y otros pueblos establezcan su libertad, no les serán *‹temibles›* las ambiciosas intenciones de los patriotas ‹de Estado› polacos» (*comment donc!*). «Solo pueden ser mortales para el imperio» (p. 111). Por eso el zar no renunciará voluntariamente al más pequeño trozo de Polonia. «Y, sin liberar a los polacos, ¿puede llamar a los eslavos ‹a la revuelta›?» (pp. 104-111).

> Y en tiempos de Nicolás el camino paneslavista prometía todavía más provecho que ahora. Entonces aún se podía contar con un levantamiento de magiares e italianos contra Austria. Ahora Italia, probablemente neutral, porque Austria le daría ahora en tal caso, voluntariamente, los pocos restos italianos que todavía tiene. Los magiares, en vista de sus propias relaciones ‹estatales› con los eslavos, se pondrían apasionadamente del lado de los alemanes contra Rusia. El emperador ruso solo podría contar con una colaboración mayor o menor de los eslavos austriacos; si quisiera hacer alzarse también a los *turcos*, nuevo enemigo: *Inglaterra*. Pero en el Imperio austriaco solo hay 17 millones de eslavos; descontados 5 millones de *Galitzia*, donde los polacos paralizarían a los rutenos, quedan *12 millones*, y de ellos hay que descontar aún a los reclutados en el ejército austriaco, que, como todo ejército, se batirían contra quien la autoridad les ordenara.

Estos 12 millones (que *en B. son todos varones y adultos*) no están unidos en uno o pocos puntos; dispersos por toda la extensión del Imperio austriaco, hablando dialectos muy diversos, mezclados con alemanes, magiares, italianos, poblaciones rumanas.

> «Es mucho para mantener en miedo constante a la autoridad austriaca y, en general, a los alemanes, pero muy poco para prestar a los ejércitos rusos un apoyo serio contra las fuerzas unidas de la Alemania prusiana y de Austria.» El gobierno ruso lo sabe y no piensa en mover una guerra paneslavista contra Austria, que se convertiría necesariamente en guerra contra Alemania entera. No obstante, por medio de sus agentes hace efectivamente propaganda paneslavista en los territorios austriacos. Le es útil tener tales partidarios ciegos, etc., en todas las provincias austriacas. «*Esto paraliza, estorba e inquieta al gobierno austriaco y refuerza la influencia de Rusia no solo sobre Austria, sino sobre Alemania entera.* La Rusia imperial azuza a los eslavos austriacos contra magiares y alemanes, sabiendo muy bien que al final los entregará a alemanes y magiares» (pp. 112, 113).

> En el camino occidental, paneslavista, Rusia tiene que luchar con todos los alemanes, prusianos y austriacos, con los magiares y con los polacos. ¿Puede Rusia, en una *guerra ofensiva* (que tendría que hacer para la aparente liberación de los eslavos), acabar siquiera con la *Alemania prusiana*? La nación rusa no tomará interés alguno en la guerra; como en general los pueblos no lo toman en las guerras puramente políticas de los gobiernos; ejemplo de lo contrario en la historia más reciente, solo *Napoleón I*, que, sin embargo, pasaba por continuador de la revolución; propiamente, el único ejemplo es *la última guerra prusiana contra el Segundo Imperio.* El interés pangermanista prevalecía entonces sobre cualquier otro interés en el espíritu y el corazón de todos los alemanes sin distinción, y esto constituye hoy la fuerza especial de Alemania... Los rusos no mostraron interés por su gobierno ni siquiera en la *guerra de Crimea, «no guerra de conquista, sino guerra defensiva»*.

Esto, p. 117; en cambio, ¿la guerra con Napoleón III, evidentemente mera *guerra ofensiva*?

> El campesino ruso ni siquiera sabe que es eslavo... para los pueblos eslavos, una guerra contra todos los ‹Estados›, primero en alianza con los latinos, amenazados como los eslavos por la política de conquista alemana... Con los alemanes, solo cuando también ellos sean ‹antiestatales›... Pero hasta entonces la alianza de los eslavos con los latinos contra los políticos alemanes de la conquista sigue siendo una necesidad... «¡*Étrange* vocación de la estirpe alemana! Excitando ‹despertando› contra sí la inquietud general y el odio general, une a los pueblos»... «En este sentido también el pueblo ruso es un pueblo plenamente eslavo.» Pero esta enemistad no lo arrastra hasta el punto de hacerles la guerra por propia decisión; solo se mostrará cuando los alemanes mismos entren en Rusia y se les ocurra mangonear allí; pero ninguna participación en una guerra ofensiva contra los alemanes... Pero ¿bastan los medios del gobierno, financieros y militares, contra Alemania?... En el caso supuesto (ofensiva rusa), los alemanes tienen que batirse en su casa, y ‹esta vez›, levantamiento real ‹en masa› de todas las clases y de toda la población de Alemania (pp. 114 a 120).

> El oficial ruso, mejor persona que el alemán... fiera salvaje civilizada... Los alemanes, sobre todo oficiales y funcionarios, unen la cultura con la barbarie, la erudición con el servilismo... Pero para un *ejército regular* no hay nada más perfecto que el oficial alemán: toda su vida, obedecer y mandar... El soldado alemán, ídem, modélico por naturaleza y por adiestramiento para el ejército regular... Primero quebrantan el cuerpo y con él el espíritu de los soldados... Disciplina, etc... La oficialidad alemana tiene sobre la de los otros pueblos la ventaja de sus conocimientos, ciencia teórica y práctica del arte de la guerra, entrega ardiente y del todo pedantesca al oficio de las armas, exactitud, puntualidad, ‹aguante›, tenaz perseverancia (терпѣнія) y además una relativa honradez (честности). Organización y equipamiento del ejército alemán, reales y no solo sobre el papel, como con Napoleón III, como será entre nosotros. A ello se suma el control administrativo, civil y sobre todo militar, de modo que el fraude prolongado es imposible. «Entre nosotros, en cambio, de *abajo arriba* y de *arriba abajo* una mano lava la otra, y por eso descubrir la verdad es casi imposible» (pp. 121-128) (la última frase, p. 128). Aunque Rusia ponga incluso un millón de soldados, la mitad tiene que quedarse en el interior para vigilar al amado pueblo. Cuántos hacen falta ya para Ucrania, Lituania, Polonia (p. 128).

> Alemania, un verdadero ejército ‹de un millón›, el primero del mundo por organización, ‹adiestramiento›, espíritu, ciencia, equipamiento. Y tras [él], todo el pueblo en armas, «que probablemente no se habría levantado contra los franceses si en la última guerra hubiera vencido no el Fritz prusiano, sino Napoleón III, pero que contra una ‹invasión› rusa se levantará como un solo hombre»... Pero ¿dónde estará el millón ruso? Sobre el papel... ¿Dónde los oficiales y el equipamiento?... No hay dinero... 5 mil millones sacaron los alemanes a los franceses. Al menos 2 para armamento... «Sí, toda Alemania convertida hoy en un arsenal amenazador, erizado por todos lados.» A vuestro primer paso en Alemania, derrotados de cabo a rabo, y vuestra guerra ofensiva se convierte enseguida en guerra defensiva; el ejército alemán cruza las fronteras del imperio de toda Rusia. ¿Entonces, levantamiento general del pueblo ruso? «*Sí, si los alemanes pisan (‹territorio›) ruso, por ejemplo si marchan directamente sobre Moscú;* pero si no cometen esa estupidez, sino que marchan hacia el norte, sobre Petersburgo, a través de las provincias bálticas, donde encontrarán muchos amigos no solo entre la burguesía, los pastores protestantes y los judíos, los barones descontentos y sus hijos, los estudiantes, sino también entre nuestros innumerables generales, oficiales y altos y bajos funcionarios del Báltico, que llenan Petersburgo y están dispersos por toda Rusia; más aún, levantarán contra el Imperio ruso a Polonia y a la Pequeña Rusia» (pp. 128-131).

> Los polacos no tienen enemigo más peligroso ni más malvado que Bismarck. «Parece que se ha puesto como tarea de su vida borrarlos (стереть) de la faz de la tierra. Y todo eso no le impide llamar a los polacos a rebelarse contra Rusia cuando lo exigen los intereses de Alemania. Y aunque los polacos lo odian a él y a Prusia, por no decir a *Alemania entera, cosa que los polacos* *‹no quisieran reconocer, aunque en el fondo de su alma, no menos que en todos los demás pueblos eslavos, vive el mismo odio histórico contra los alemanes›*..., los polacos se alzarán sin duda a la llamada de Bismarck» (p. 133).

> «En Alemania y en la propia Prusia existe desde hace mucho un partido político numeroso y serio, incluso 3 partidos, el liberal-progresista, el puramente demócrata y el socialdemócrata, que juntos forman la mayoría indudable en los parlamentos alemán y prusiano y, mucho más decididamente, en la sociedad misma; partidos que, previendo y en parte deseando y como provocando una guerra de Alemania contra Rusia, han comprendido que el levantamiento y el restablecimiento de Polonia *‹dentro de ciertos límites›* será condición necesaria de esa guerra» (p. 133). Ni Bismarck ni ninguno de estos partidos quieren devolver a Polonia todos los trozos que Prusia le arrancó; ni Königsberg ni Danzig, ni el más pequeño trozo de Prusia Occidental; también del ducado de Posen, muy poco. Pero le dan toda Galitzia con ‹Lvov› y Cracovia, porque todo eso es ahora *austriaco*, y tanto [territorio] ruso como los polacos puedan tomar. Además, dinero, armas y ayuda militar, se entiende que en forma de un empréstito polaco con garantía alemana... Los polacos lo agarrarán con alegría... Con escasas excepciones, los polacos no se ocupan de la cuestión *eslava*; ‹les son mucho más comprensibles y cercanos los magiares›... Numerosos partidos entre los polacos; en el fondo, siempre el restablecimiento del ‹Estado› polaco en las fronteras de 1772. La diferencia entre los partidos es solo que a unos les parece el único camino correcto para ese fin este, y a otros aquel... Bismarck les exigirá la renuncia formal a la mayor parte de las antiguas tierras polacas que ahora son prusianas... Cierto, *étrange Pologne*, restablecida bajo la protección del conde Bismarck. Pero mejor una Polonia ‹extraña› que ninguna; además, los polacos piensan que después será posible liberarse también de la protección de Bismarck... Polonia se alzará; Lituania, ídem, y con un poco de tormenta se alza también la Pequeña Rusia... Los patriotas polacos, socialistas lamentables, y en su casa no se ocuparán de propaganda social-revolucionaria; aunque quisieran, Bismarck no lo permitiría, ‹demasiado cerca de Alemania›..., pero sí hacerla en Rusia y contra Rusia. Útil a alemanes y polacos una ‹revuelta› campesina en Rusia, y no les es difícil; tantos polacos y alemanes dispersos ahora por Rusia; todos aliados de Bismarck y de los polacos: «Imaginad nuestra situación: nuestros ejércitos, derrotados de cabo a rabo, huyen; pisándoles los talones marchan los alemanes sobre Petersburgo, y en el sur y el oeste, hacia ‹Smolensk› y la Pequeña Rusia, marchan los polacos; y al mismo tiempo, excitado por la propaganda de fuera y de dentro, en Rusia, en la Pequeña Rusia, levantamiento campesino general y victorioso» *(p. 138, esta frase)*... El ‹Estado› alemán cortaría así por completo al ruso de Europa.

«Hablamos, se entiende, del Estado (ruso) y *no del pueblo ruso*, que, cuando le sea necesario, encontrará o ‹*se abrirá*› (пробиться, abrirse paso, romper, *percer*, *se faire jour*) всюду дорогу (por todas partes, en todas direcciones, un camino).» (Esta frase, pp. 138, 139.) Así pues, al *actuar como un todo* el pueblo ruso y *abrirse paso* para no quedar cortado de Europa, estos anarquistas hacen *guerra política*. ¿Y qué quiere Bak.? Los alemanes y los polacos destrozan el *Imperio ruso*, pero provocan al mismo tiempo un *levantamiento campesino general y victorioso* en Rusia. Bismarck y los polacos no impedirán en modo alguno a esos campesinos constituirse «anárquicamente». Al contrario: hacen entre ellos una propaganda más eficaz que la «mundialmente famosa» Alianza; y una vez establecido ese estado anárquico en dimensiones tan grandes, los hermanos latinos y eslavos se inflamarán. Que esto sea consecuencia de una guerra que Rusia empiece contra Alemania o *vice versa* no puede cambiar nada en el asunto. De paso: puesto que en *Serbia*, según Bak., aparte del pueblo no existe más que la *«clase de los funcionarios»*, ¿en qué ha de consistir entonces la revolución social serbia, sino en eliminar la clase de los funcionarios, que es lo único que allí constituye el (‹Estado›)? (pp. 138, 139).

> Así pues, para el imperio de toda Rusia el camino de Europa está ahora cerrado; las llaves de sus puertas las tiene el conde Bismarck, que por nada del mundo se las entregará al conde Gorchakov[^23]. Pero si el camino *noroccidental* está cerrado, queda el *meridional* y el *suroriental: Bujará, Persia, Afganistán, las Indias Orientales*, finalmente *Constantinopla*. Hace ya mucho que los políticos rusos se han planteado si no habría que trasladar la sede y el centro de gravedad del imperio de Petersburgo a Constantinopla. Es verdad que esos patriotas insaciables querían las dos cosas, el mar Báltico y Constantinopla. Pero se acostumbran a renunciar a aquello; sobre todo, se les abrieron los ojos con los acontecimientos de los últimos años, a saber, la «unión de *Schleswig-Holstein y Hannover al reino prusiano, que con ello se convirtió en potencia del mar del Norte*»[^24] (p. 139).

> «Todos conocen el axioma de que ningún (‹Estado›) puede estar en la fila de los de primer rango sin amplias fronteras marítimas que le aseguren la comunicación inmediata con el mundo entero y le permitan participar directamente en el movimiento mundial, material, social, político-moral (политически-нравственномъ)... sin eso, pronto estancado... China... Existen *condiciones múltiples para que un pueblo*, consolidado (замкнутый) en un Estado, pueda tomar parte en el movimiento mundial; hoy pertenecen (принадлежитъ) a ellas ‹la inteligencia natural y la energía innata›, la instrucción, la capacidad para el trabajo productivo ‹y la *más amplia* *libertad* interior, por lo demás tan imposible para las masas en un Estado›. Pero entre estas condiciones figuran también infaliblemente la navegación marítima, el comercio marítimo, porque la comunicación por mar, por su relativa baratura, rapidez y también libertad, en el sentido de que el mar no es de nadie, supera a todas las demás..., incluidos los ferrocarriles. Puede ser que la *navegación aérea* resulte aún más apropiada en todos los aspectos y sea especialmente importante porque al fin *nivelará (уравняютъ)* las *condiciones del desarrollo* y *de la vida para todos los países*.»

Esto es lo principal en Bak.: *nivelar*, p. ej., toda Europa a la altura de los buhoneros eslovacos de ratoneras[^25]. «... Entretanto, la navegación marítima sigue siendo el *medio principal* para el bienestar (gran progreso, ‹de la prosperidad de los pueblos›) de los pueblos.» Es el único punto en que el señor Bak. habla de condiciones *económicas* y reconoce que fundan condiciones y diferencias entre los pueblos independientes del Estado...

> Cuando ya no haya Estados (государств) y sobre las ruinas de todos los Estados se alce, «del todo libre y organizándose de abajo arriba, una libre unión fraternal de libres asociaciones productivas, comunas y federaciones (‹regionales›), que abarque sin distinción, por ser libre, a gentes de todas las lenguas y nacionalidades, entonces el camino del mar estará igualmente abierto a todos: para los ribereños, de manera inmediata, y para los que viven lejos del mar, por medio de los ferrocarriles, completamente liberados [de] todas las попеченій (cuidados, tutelas, solicitudes) ‹estatales›, (‹exacciones›) (*l'action de prendre*), aduanas, restricciones, vejaciones, prohibiciones, licencias e injerencias. *Pero aun entonces los ribereños del mar tendrán una multitud de ventajas naturales, no solo materiales, sino también intelectuales y morales.* El contacto mediato con el mercado mundial y, en general, con el movimiento mundial de la vida desarrolla extraordinariamente incluso relaciones así no niveladas; con todo, los habitantes del interior, privados de esas ventajas, *vivirán y se desarrollarán con más pereza y lentitud que los ribereños*. He aquí *por qué será tan importante la navegación aérea*... pero hasta entonces... *los ribereños serán en todos los aspectos la vanguardia y formarán una especie de aristocracia en la humanidad*.»

*¡La Bretaña, por ejemplo!*

*¡Y la diferencia entre llanura y montaña, cuencas fluviales, clima, suelo, carbón, hierro,* fuerzas productivas *adquiridas, materiales e intelectuales, lengua, literatura, capacidades técnicas, etc., etc.! Fourier pone manos a la obra de la nivelación con más heroísmo (pp. 139-142).*

Con este motivo Bakunin descubre que Alemania (como no marítima) está *en relaciones comerciales por debajo de Holanda* e *industrialmente por debajo* de Bélgica (p. 143).

> Prusia, ahora encarnación, cabeza y brazo de Alemania, se ha fundado ‹apoyado› sólidamente en el *Báltico y el mar del Norte* (p. 145). Hamburgo, Bremen, Lübeck, Mecklemburgo, Oldemburgo, Schleswig-Holstein, todo es Prusia, que con el dinero francés construye dos grandes flotas, una en el Báltico y otra en el mar del Norte, y por medio de un canal navegable que se excava ahora para unir los dos mares, estas 2 flotas pronto formarán una sola. Pronto será mucho más fuerte que la ruso-báltica. Entonces, al diablo Riga, Reval, Finlandia, Petersburgo, Kronstadt. Al diablo toda la importancia de Petersburgo. *Gorchakov* tuvo que decírselo el día en que la aliada Prusia saqueó impunemente y como con nuestro consentimiento a nuestra aliada Dinamarca.

*¡La insurrección polaca*, señor Bak.!

> «Tuvo que comprender que desde aquel día en que Prusia, apoyándose ya en Alemania entera y formando en unidad indisoluble la última y más fuerte potencia continental; desde aquel momento, en una palabra, en que el nuevo Imperio alemán, bajo el cetro prusiano, ocupó en el Báltico su posición actual, tan amenazadora para todas las potencias vecinas, el predominio de la Rusia petersburguesa en ese mar había llegado a su fin, aniquilada la gran creación política de Pedro, y con ella aniquilado a la vez el poder del ‹Estado› de toda Rusia, *si en compensación de la pérdida del libre camino marítimo*»,

pero libre ¿hasta dónde, *s'il vous plaît*? «Libre» frente a los ingleses hasta bajo las murallas de Kronstadt,

> *«no se abre en el norte un nuevo camino hacia el sur»* (pp. 145-147). Los accesos, todavía en manos de Dinamarca; pero esta, primero federada voluntariamente, luego engullida del todo por el imperio pangermanista. De ahí que pronto el Báltico sea un mar exclusivamente alemán y, con ello, la pérdida de la importancia política de Petersburgo. Gorchakov tenía que saberlo cuando consintió en el desmembramiento de Dinamarca y en la unión de Schleswig-Holstein a Prusia. O traicionó a Rusia o recibió de Bismarck el compromiso formal de colaborar con Rusia en la fundación de una nueva potencia en el sureste.

Para Bakunin es seguro que *se concertó una alianza ofensiva y defensiva entre Prusia y Rusia después de la Paz de París*[^26] o, al menos, *en tiempos del levantamiento polaco de 1863*.

> De ahí la despreocupación con que Bismarck empezó la guerra con Austria y la mayor parte de Alemania, a riesgo de una intervención francesa, y la guerra aún más decisiva contra Francia. La más pequeña demostración de Rusia en la frontera, en esta y sobre todo en la última guerra, habría impedido que el ejército prusiano siguiera avanzando victorioso. Alemania entera, sobre todo la parte septentrional de Alemania, enteramente desguarnecida de tropas en la última guerra; Austria solo se estuvo quieta ante la amenaza de Rusia; Italia e Inglaterra solo no intervinieron porque Rusia no lo quería. Si no se hubiera mostrado como aliada tan decidida de Prusia, los alemanes nunca habrían tomado París. Pero Bismarck estaba evidentemente convencido de que Rusia no lo traicionaría. ¿En qué se basaba esa convicción? Bismarck sabe que los intereses rusos y prusianos son del todo antagónicos, salvo en la cuestión polaca. La guerra entre ambos, inevitable. Pero puede haber razones para aplazarla, cuando cada uno espera poder explotar mejor la alianza involuntaria hasta el día de la crisis. El Imperio alemán, aún lejos de estar consolidado, ni dentro ni fuera. Dentro, todavía una masa de pequeños príncipes. Fuera, Austria y Francia. Obedeciendo a una necesidad interna, medita nuevas empresas, nuevas guerras. Restablecimiento del imperio medieval con las fronteras originarias, apoyado en el pangermanismo patriótico que anima a toda la sociedad alemana; unión de toda Austria salvo Hungría, pero con Trieste y Bohemia, de toda la Suiza alemana, parte de Bélgica, toda Holanda y Dinamarca, necesaria para fundar su poder marítimo: planes que azuzan contra él a buena parte de la Europa occidental y meridional y cuya ejecución es por eso imposible sin el consentimiento de Rusia. Por eso para el nuevo Imperio alemán la alianza rusa es todavía necesaria (pp. 148-151).

> El imperio de toda Rusia, por su parte, no puede prescindir de la alianza prusiano-germánica. Tiene que ir hacia el sureste: en lugar del mar Báltico, el Negro; si no, cortado de Europa; y para eso le hace falta *Constantinopla*; si no, siempre se le puede cortar el acceso al Mediterráneo, como ocurrió también en tiempos de la guerra de Crimea. Constantinopla es, pues, el gran objetivo. Contra los intereses de toda la Europa meridional, Francia incluida, contra los intereses ingleses e incluso los de Alemania, porque la dominación ilimitada de Rusia en el mar Negro pone toda la (‹ribera›) del Danubio en dependencia directa de Rusia. No obstante, Prusia ha prometido formalmente a Rusia ayudarla en su política suroriental; igual de seguro es que aprovechará la primera ocasión para romper su promesa. Pero no hay que esperar ahora tal ruptura del tratado; al principio, incluso su cumplimiento. Prusia ayudó a Rusia a anular las condiciones de la Paz de París; la apoyará igualmente en lo referente a *Jiva*. A los alemanes les es útil, además, que Rusia se aleje lo más posible hacia el este. ¿Cuál es el fin de la guerra rusa contra Jiva?... ¿La India? Ni [lo] piensan. *China* sería mucho más fácil; también el gobierno ruso planea algo por el estilo. «Aspira abiertamente a quitarle Mongolia y Manchuria»; un buen día oiremos que el ejército ruso ha logrado una victoria en la *frontera occidental* (!) de China... Los chinos se sienten apretados dentro de su país, demasiado poblado; de ahí la emigración a Australia, California; otras masas pueden moverse hacia el norte y el noroeste. Y entonces, en un abrir y cerrar de ojos, Siberia, toda la región que se extiende del estrecho de Tartaria a los montes Urales y al mar Caspio, dejará de ser rusa. En esta región gigantesca, 12.200.000 kilómetros cuadrados, más de 20 veces la extensión de Francia (528.600 kilómetros cuadrados), ahora solo 6 millones de habitantes, de ellos solo *about* 2.600.000 rusos, todos los demás indígenas, de raza tártara o finesa, y el contingente del ejército, del todo insignificante... Los chinos llegarán incluso más allá de los Urales, hasta el Volga... El aumento de población hace casi imposible a los chinos prolongar su existencia dentro de las fronteras de China. En el interior de China, gente enérgica y guerrera, criada en una guerra civil constante en la que decenas y cientos de miles perecen de una vez... En los últimos tiempos han conocido las armas y la disciplina europeas, en suma, la civilización ‹estatal› de Europa. Con ello, gran barbarie; ningún instinto de libertad ni humano. Se juntan ahora bandas de ellos bajo la influencia de una multitud de aventureros militares, americanos y europeos, que desde la última guerra franco-inglesa (1860) han encontrado el camino de China; este, gran peligro por el lado del este... Con este peligro juega nuestra autoridad rusa, cándida como un niño... Quiere ensanchar fronteras; y Rusia hasta este momento no ha sido capaz, ni lo será nunca, de poblar la región del Amur recién adquirida, donde en 2.100.000 [kilómetros cuadrados], casi 4 veces más que Francia, con ejército y flota, solo hay 65.000 habitantes; a lo que se suma la miseria del pueblo ruso, que lo empuja a la ‹revuelta› general; el gobierno ruso espera extender su poder sobre todo el Oriente asiático. Tendría que volver del todo la espalda a Europa, como también quiere Bismarck, volver todo el ejército hacia Siberia y Asia Central y conquistar Oriente como Tamerlán; pero a Tamerlán lo seguía su pueblo, al gobierno ruso no... En cuanto a la India, los rusos no pueden apoderarse de ella contra Inglaterra... «Pero si no podemos conquistar la India, sí podemos disolver allí, o al menos sacudir fuertemente, la dominación inglesa, suscitar (‹revueltas›) indígenas contra ella, ayudarlas, sostenerlas, si es necesario incluso mediante intervención militar.» Nos costará muchísima gente y dinero... ¿Para qué?... «¿Para inquietar a los ingleses sin provecho alguno? (‹No›), porque los ingleses nos estorban. ¿Dónde nos estorban? *En Constantinopla.* Mientras los ingleses conserven su poder, nunca y por nada del mundo consentirán que Constantinopla, en nuestras manos, se convierta en la nueva capital no solo del imperio de toda Rusia, sino también del imperio eslavo y oriental. Por eso el gobierno ruso promueve la guerra de Jiva; de ahí su afán, desde antiguo, por acercarse a la India. Busca un punto donde pueda dañar a Inglaterra y, no encontrando otro, la amenaza en la India. Así trata de reconciliar a Inglaterra con la idea de que Constantinopla ha de ser una ciudad rusa»... El predominio en el mar Báltico, perdido sin remedio... El Imperio ruso, construido sobre la bayoneta y el knut, odiado por todas las masas populares, incluidas las eslavas, empezando por el pueblo granruso, desmoralizado, desorganizado, etc... no puede luchar contra el recién surgido Imperio alemán. Así pues, «es necesario renunciar al mar Báltico y esperar el momento en que todo el ‹territorio› báltico se haya convertido en provincia alemana. *Solo puede impedirlo* *‹una revolución popular›*. Pero tal revolución es la muerte ‹para el Estado›, y no es en ella donde nuestro gobierno buscará su salvación». (*Esta última frase*, p. 160.) Para él no queda otra salvación que la alianza con Alemania. Renunciando al Báltico, tiene que buscar compensación en el mar Negro, incluso para su existencia política, y solo puede hacerlo con ayuda alemana. «Los alemanes se han comprometido a ayudar. Estamos convencidos de que se ha concluido un tratado formal entre Bism[arck] y Gorch[akov]. Naturalmente, los alemanes no piensan cumplirlo. No pueden dejar al arbitrio de Rusia la desembocadura del Danubio y su comercio danubiano; erigir un gran imperio paneslavista en el sur de Europa sería un suicidio por parte del imperio pangermanista. Pero guiar y empujar a los ejércitos rusos hacia Asia Central, hacia Jiva, con el pretexto de que es el camino más directo a Constantinopla, eso es otra cosa. Gorchakov y Alejandro II, engañados por Bismarck como en su día Nap[oleón] III. Pero lo hecho, hecho está; no hay nada que cambiar. Imposible para las fuerzas rusas, endebles (дряблымъ силамъ), derribar el nuevo imperio germánico; solo puede hacerlo la revolución, y mientras esta no triunfe en Rusia o en Europa, vencerá y avasallará a todos la Alemania ‹estatal›, y el gobierno ruso, como todos los gobiernos continentales de Europa, existirá ya solo con su permiso y por su ‹gracia›»... «Los alemanes, más que nunca, se han convertido en nuestros amos, y no en vano celebraron todos los alemanes de Rusia con tanto ardor y estrépito las victorias de los ejércitos germánicos sobre Francia; no en vano recibieron todos los alemanes de Petersburgo con tanto triunfo al nuevo emperador pangermánico.» «En la época presente, en todo el continente europeo solo ha quedado un ‹Estado› verdaderamente independiente: esa Alemania... La *causa principal*, el *‹instinto de sociabilidad›*, que forma el rasgo más característico del pueblo alemán. Instinto, por un lado, de obediencia ciega al más fuerte, de opresión despiadada del más débil» (pp. 151-163).

Sigue ahora un repaso de la historia de Alemania en la época más reciente (sobre todo desde 1815) para probar su *espíritu servil* y su espíritu opresor...

> De este último han tenido que sufrir sobre todo los eslavos, cuyo *«destino histórico»*, al menos en el norte y el este, según su propia concepción [la de los alemanes], es el exterminio, la esclavización y la «germanización violenta» de las estirpes eslavas. «Esta larga y ‹triste› historia, cuyo recuerdo se guarda hondamente en todos los corazones eslavos y que sin duda resonará en la última e inevitable lucha contra los alemanes, si la revolución social no la apacigua antes» (p. 164).

Sigue ahora la historia del patriotismo alemán desde 1815. (Su *material*, de la *historia de 1815-1866 del profesor Müller*[^27].)

> «La existencia política del reino prusiano (1807) solo se salvó gracias a los ruegos de Alej[andro] I» (pp. 168-169).

> *Los Discursos a la nación alemana de Fichte*: ‹Pero los alemanes de hoy, conservando toda la desmesura de las pretensiones de su filósofo patriota, han renunciado a su humanismo... Les es más accesible el patriotismo del príncipe Bismarck o del señor Marx› (p. 171).

Tras la huida de Napoleón (dice B.) de Rusia, «Federico Guillermo III, con lágrimas ‹de enternecimiento y gratitud›, abrazó en Berlín a su salvador, el emperador de toda Rusia» (loc. cit.).

> «A Austria, por tanto, solo le quedaba una cosa: no ahogar a Alemania» entrando con todas sus posesiones en la Confederación Germánica, como en un principio quería, «pero al mismo tiempo no permitir a Prusia ponerse a la cabeza de la Confederación Germánica. Siguiendo esta política, podía contar con la ayuda efectiva de Francia y de Rusia. La *política de Rusia hasta los últimos tiempos*, es decir, hasta la guerra de Crimea, consistía precisamente en mantener sistemáticamente la rivalidad mutua entre Austria y Prusia, de modo que ninguna de las dos obtuviera preponderancia sobre la otra, y, al mismo tiempo, en despertar desconfianza y miedo en los pequeños y medianos principados de Alemania y en protegerlos contra Austria y Prusia» (p. 183). La influencia de Prusia, principalmente moral; mucho se esperaba de ella (después de 1815). Importante, por eso, para Metternich que no hubiera constitución (la prometida) y que se pusiera con Austria a la cabeza de la reacción. «En estos afanes encontró el más ardiente ‹apoyo› en Francia, gobernada por los Borbones, y en el emperador Alejandro, dirigido por ‹Arakchéyev›»[^28] (p. 184).

> «Los alemanes no necesitan la libertad. La vida es para ellos sencillamente impensable sin autoridad, es decir, sin una voluntad superior, un pensamiento superior y una mano de hierro ‹que los traiga a mal traer›. Cuanto más fuerte esa mano, más orgullosos están y más agradable les es la vida» (p. 192).

> *1830-1840.* Imitación ciega de los franceses. «Los alemanes dejan de comer galos, pero en cambio vuelven todo su odio contra Rusia» (p. 198). «Todo dependía del desenlace de la revolución polaca. Si hubiera vencido, la monarquía prusiana, arrancada (separada) de su apoyo nororiental y obligada» a renunciar, si no a todas, a una parte considerable de [sus] posesiones polacas, «se habría visto obligada a buscar un nuevo punto de apoyo en la propia Alemania, y como entonces no podía hacerlo por la vía de la conquista..., por la de las reformas liberales» (p. 199). Tras la derrota de los polacos, Federico Guillermo III, que tan considerables servicios había prestado a su yerno, el emperador Nicolás, «se quitó la máscara» y persiguió a los patriotas pangermanistas con más saña que antes (p. 200).

> «Convencidos de que las masas populares llevan en sus *instintos*, más o menos desarrollados por la historia, en sus necesidades cotidianas y en sus aspiraciones conscientes o inconscientes, todos los elementos de su futura organización normal, buscamos ese ideal (la organización social) en el pueblo mismo, y como todo poder ‹estatal›, toda autoridad, por su esencia y su posición, está situado fuera del pueblo, por encima de él, tiene inevitablemente que tender a someterlo a órdenes y fines que le son ajenos; por eso nos declaramos enemigos de todo poder autoritario, ‹estatal›, enemigos de la organización ‹estatal› en general, y creemos que el pueblo solo podrá ser feliz, libre, cuando, organizándose ‹de abajo arriba› por la vía de agrupaciones (соединеній) autónomas y del todo libres, y ‹al margen de› toda tutela oficial, ‹pero no al margen de las influencias diversas e igualmente libres de personas y partidos, construya él mismo su vida›» (p. 213). Estas son las «convicciones de la revolución social, y por eso nos llaman anarquistas» (p. 213). «Los idealistas de toda clase, metafísicos, positivistas, defensores del predominio de la ciencia sobre la vida, revolucionarios doctrinarios, todos juntos, con el mismo ardor (жаром), aunque con argumentos diferentes, defienden (отстаиваютъ) la idea del ‹Estado› y del poder ‹estatal›, viendo en él, *muy lógicamente* a su manera, la única salvación de la sociedad. *Muy lógicamente*, porque, al tomar como fundamento la ‹tesis› de que *el pensamiento precede a la vida, la teoría abstracta a la práctica social,* y de que por tanto la *ciencia sociológica tiene que ser el punto de partida de las conmociones y transformaciones sociales,* llegan necesariamente a la conclusión de que, como el pensamiento, la teoría, la ciencia, al menos en nuestro tiempo, solo son accesibles en todas partes a unos pocos, esos pocos deben dirigir la vida social y ser no solo los que despiertan, sino también los que dirigen todos los movimientos populares, y de que al día siguiente de la revolución la nueva organización social tiene que fundarse no por la libre unión de las organizaciones populares, comunas, ‹distritos rurales, regiones, de abajo arriba›, conforme a las necesidades y los instintos populares, sino solo por el poder dictatorial de esa minoría docta, aunque sea elegida por ‹la voluntad de todo el pueblo›» (p. 214).

> De ahí que los «revolucionarios doctrinarios» nunca sean enemigos del ‹Estado›, sino solo de los gobiernos existentes, cuyo lugar quieren ocupar como dictadores (p. 215).

> «Y esto es tan cierto que en este tiempo en que en toda Europa triunfa la reacción, en que todos los gobiernos, etc., se preparan, bajo la presidencia del conde Bismarck, para una lucha desesperada contra la revolución social; ahora que, al parecer, todos los revolucionarios sinceros tendrían que unirse para resistir al ataque desesperado de la reacción internacional, vemos, por el contrario, que los revolucionarios doctrinarios, bajo la dirección del señor Marx, se ponen en todas partes del lado de la ‹estatalidad› y de ‹los estatistas› contra *‹la revolución popular›*» (p. 216). En Francia estuvieron del lado del ‹estatal› republicano-reaccionario Gambetta contra la revolucionaria *Ligue du Midi*[^29], la única que podía salvar a Francia tanto del yugo alemán como de la coalición, mucho más peligrosa y ahora victoriosa, de clericales, legitimistas, bonapartistas y orleanistas; *en España se pusieron abiertamente del lado de Castelar, de Pi y Margall y de la Constituyente de Madrid*[^30]; finalmente, en Alemania y en el entorno de *Alemania, en Austria, Suiza, Holanda, Dinamarca*, sirven al conde Bismarck, a quien, *según su propia confesión, miran como a un muy útil* *‹hombre de acción›* *revolucionario,* ayudándole en la pangermanización de todos estos países» (pp. 216, 217).

> (Feuerbach era todavía metafísico: «tuvo que ceder el sitio a sus ‹legítimos› sucesores, los representantes de la escuela de los materialistas o realistas, de los que, por lo demás, gran parte, p. ej., los señores *Büchner*[^31], *Marx* y otros», todavía no se han liberado «del predominio del pensamiento metafísico abstracto».) (p. 207.)

> «Pero el principal propagandista del socialismo en Germania, primero en secreto y poco después públicamente, fue *Karl Marx*. El señor Marx desempeñó y desempeña un papel demasiado importante en el movimiento socialista del proletariado alemán para que sea posible pasar de largo ante esta notable personalidad sin intentar dibujarla con algunos rasgos verdaderos. Por su origen, el señor Marx es hebreo. Reúne en sí, puede decirse, todas las cualidades y todos los defectos de esta estirpe dotada. Nervioso (Нервный), según dicen algunos, hasta la cobardía, es extraordinariamente ambicioso y vanidoso, pendenciero, intolerante y absoluto como Jehová, el Señor Dios de sus antepasados, y, como él, vengativo hasta la locura. No hay mentira ni calumnia que no sea capaz de inventar contra cualquiera que haya tenido la desgracia de despertar sus celos o, lo que es lo mismo, su odio. Y no se detiene ante ninguna intriga, por ‹infame› que sea, con tal de que, en su opinión, por lo demás errónea la mayoría de las veces, esa intriga pueda servir para reforzar su posición, su influencia o su poder. En este aspecto es un ‹hombre› completamente político. Estas son sus cualidades negativas. Pero también tiene muchísimas positivas. Es muy ‹inteligente› y extraordinariamente versátil, ‹docto›. Doctor en filosofía, ya en Colonia, hacia 1840, era, puede decirse, el alma y el centro de un círculo muy importante de hegelianos destacados, con los que empezó a publicar un periódico de oposición, pronto suprimido por orden ministerial. A este círculo pertenecían los hermanos Bruno Bauer y Edgar Bauer, Marx, Stirner[^32] y luego, en Berlín, el primer círculo de nihilistas alemanes, que en su cínica consecuencia superaban con mucho a los más celosos nihilistas de Rusia. En 1843 o 1844 Marx se trasladó a París. Allí entró *por primera vez en contacto* con una sociedad de comunistas franceses y alemanes y con su compatriota, el hebreo alemán señor Moritz Hess, que antes que él había sido economista docto y socialista y que en aquel tiempo tuvo una influencia importante en el desarrollo científico del señor Marx. Rara vez se encuentra a un hombre que ‹supiera› y leyera tanto, y que leyera ‹tan *inteligentemente*›, como el señor Marx. Ya en aquel tiempo el objeto exclusivo de su ocupación era la ciencia económica. Estudió con particular celo a los economistas ingleses, que superan a todos los demás por la positividad ‹de los conocimientos› y por una orientación práctica del espíritu, nutrida por los hechos económicos ingleses, y por la crítica severa y la honrada audacia de las conclusiones. Pero a todo esto el señor Marx añadió aún dos elementos nuevos: la dialéctica más abstracta, ‹la más caprichosamente sutil›, que había adquirido en la escuela de Hegel y que no rara vez ‹llevaba hasta la travesura, hasta el vicio›, y el punto de vista de la tendencia comunista. El señor Marx leyó, se entiende, a todos los socialistas franceses, desde Saint-Simon hasta Proudhon inclusive, y a este último, como es sabido, lo odia, y no hay duda de que en la crítica implacable que dirigió contra Proudhon hay mucho de verdad: Proudhon, pese a todo su afán por situarse en el terreno de la realidad, sigue siendo idealista y metafísico. Su punto de vista: la idea abstracta del derecho; del derecho pasa al *fact* económico; pero el señor Marx, por el contrario, enunció y demostró la verdad indudable, apoyada en toda la historia pasada y presente de la sociedad humana, de los pueblos y de los Estados, de que el *fact* económico precedió y precede en todas partes al derecho jurídico y político. En la ‹exposición› y demostración de esta verdad consiste precisamente uno de los mayores méritos científicos del señor Marx. Pero lo que es más curioso de todo, y lo que el señor Marx nunca ha reconocido, es que en el aspecto político el señor Marx es discípulo directo del señor Louis Blanc[^33]. El señor Marx es incomparablemente ‹más inteligente› e incomparablemente más docto que este ‹pequeño y fracasado› revolucionario y hombre de Estado; pero, como alemán, pese a ‹su respetable estatura›, entró de aprendiz con el francés enano. Por lo demás, esta rareza se explica sencillamente: el francés retórico, como político burgués y declarado partidario de Robespierre, y el alemán docto, en su triple condición de hegeliano, hebreo y alemán, ambos ‹estatistas› desesperados, y ambos predican el comunismo ‹estatal›, solo con la diferencia de que el uno, en lugar de argumentos, se contenta con declamaciones retóricas, y el otro, como corresponde a un alemán docto y *painstaking*, apoya ese mismo principio, que le es igual de querido, con todos los artificios de la dialéctica hegeliana y toda la riqueza de sus conocimientos versátiles. Hacia 1845 el señor Marx estaba a la cabeza de los comunistas alemanes, y después, junto con el señor *Engels*, su inalterable (неизмѣннымъ) amigo, igual de ‹inteligente›, aunque menos docto, pero en cambio mucho más práctico y no menos capaz de calumnia, mentira e intriga políticas, fundó una sociedad secreta de comunistas alemanes o socialistas ‹de Estado›. Su comité central, cuya cabeza era él junto con el señor Engels, se entiende, se trasladó a Bruselas al ser expulsados ambos de París en 1846, y allí permaneció hasta 1848. Por lo demás, hasta ese año su propaganda, aunque se extendió no poco por toda Alemania, siguió siendo secreta ‹y por eso no salió a la luz›» (pp. 221-225).

> En aquel tiempo (la revolución de 1848) el proletariado urbano de Alemania, al menos su inmensa mayoría, todavía fuera de la influencia de la propaganda de Marx y fuera de la organización de su partido comunista. Este, extendido principalmente en las ciudades industriales de la Prusia renana, sobre todo en Colonia; ramificaciones en Berlín, Breslau y ‹al final› en Viena, pero muy débiles. Instintivamente el proletariado alemán, naturalmente, aspiraciones socialistas, pero ninguna exigencia consciente de transformación social en 1848-1849, aunque el «Manifiesto Comunista» ya publicado en marzo de 1848. Pasó por el pueblo alemán casi sin dejar huella. El proletariado revolucionario urbano, todavía directamente bajo la influencia del partido radical político o, a lo sumo, de la democracia (p. 230). Había entonces en Alemania un elemento que hoy ya no existe allí: un campesinado revolucionario o, al menos, dispuesto a serlo... entonces dispuesto a todo, incluso a la ‹revuelta general›. En 1848, como en 1830, los liberales y radicales alemanes nada temían más que semejante ‹revuelta›; tampoco la quieren los socialistas de la escuela de Marx. Todos saben que Ferd. Lassalle, que, según su propia confesión, fue discípulo directo de aquel jefe supremo del partido comunista en Alemania, lo cual, por cierto, no impidió al maestro expresar, tras la muerte de Lassalle, un descontento celoso y envidioso (malévolo, завистливое) contra el brillante discípulo, que en el aspecto práctico dejaba muy atrás al maestro; todos saben..., que Lassalle expresó varias veces la idea de que la derrota del levantamiento campesino en el siglo XVI y el subsiguiente fortalecimiento y florecimiento del ‹Estado› burocrático en Alemania fueron una verdadera victoria para la revolución. Para los demócratas comunistas o socialistas de Alemania, el campesinado, todo campesinado, es reacción; y el ‹Estado›, todo ‹Estado›, incluso el de Bismarck, revolución. Que no se crea que los calumniamos. Como prueba de que en efecto piensan así, señalaremos sus discursos, folletos, declaraciones periodísticas y *finalmente sus cartas*: todo ello será представлено (presentado) a su debido tiempo al público ruso. Por lo demás, los marxistas tampoco pueden pensar de otro modo; ‹estatistas› a toda costa, tienen que maldecir toda revolución popular, en particular la campesina, campesina por su naturaleza y dirigida directamente a la destrucción del ‹Estado›. Como pangermanistas que todo lo devoran, tienen que rechazar la revolución campesina ya solo porque es una revolución específicamente eslava (pp. 230-232).

> «No solo en 1848, sino también en la actualidad, los obreros alemanes se someten ciegamente a sus jefes, mientras que los jefes, los organizadores del partido socialdemócrata alemán, no los conducen ni a la libertad ni a la fraternidad internacional, sino bajo el yugo del ‹Estado› pangermanista» (p. 254).

Bakunin cuenta cómo Federico *Guillermo IV* teme a Nicolás (respuesta a la diputación polaca, marzo de 1848, y Olmütz[^34], noviembre de 1850) (pp. 254-257).

> *1849-1858:* la Confederación Germánica, ya en absoluto tenida en cuenta por las demás grandes potencias. «*Prusia era más que nunca esclava de Rusia*... La entrega a los intereses de la corte de Petersburgo llegó tan lejos que el ministro prusiano de la Guerra y el embajador prusiano en la corte inglesa, amigo del rey, fueron ambos destituidos por haber expresado simpatía por las potencias occidentales». Nicolás, furioso por la ingratitud de Schwarzenberg[^35] y de Austria. Austria, enemiga natural de Rusia por sus intereses en Oriente, tomó abiertamente partido por Inglaterra y Francia contra ella. «Prusia, para gran indignación de toda Alemania, permaneció ‹fiel hasta el final›» (p. 259). «Manteuffel[^36] se convirtió en primer ministro en noviembre de 1850 para firmar todas las condiciones de la conferencia de Olmütz, sumamente humillantes para Prusia, y para someter finalmente a esta y a toda Alemania a la hegemonía de Austria. Tal era la voluntad de Nicolás..., tales también las aspiraciones de la mayor parte de los junkers prusianos o nobleza, que no querían ni oír hablar de la fusión de Prusia con Alemania y estaban entregados a los emperadores austríaco (?) y de todas las Rusias incluso más que a su propio rey» (p. 261).

> Se formó en aquella época (1866 *seqq.*) el llamado *Partido Popular*. Centro, Stuttgart. Un grupo que quería la unión con la Suiza republicana; fueron los principales fundadores de la *Ligue de la Paix et de la Liberté*[^37] (p. 271).

> «Lassalle formó preferentemente un partido político de obreros alemanes, lo organizó jerárquicamente, lo sometió a una disciplina severa y a su dictadura; en una palabra, hizo lo que el señor Marx quiso hacer en los tres años siguientes en la Internacional. El intento de Marx fracasó, pero el de Lassalle tuvo un éxito completo» (p. 275).

> «*El primer acto del* ‹*Estado*› *popular*» (según Lassalle) «será la apertura de un crédito ilimitado para las asociaciones de producción y de consumo de los obreros, que solo entonces estarán en condiciones de luchar contra el capital burgués y, en un tiempo no lejano, vencerlo y devorarlo. Cuando el proceso de devoración esté terminado, comienza el periodo de la transformación radical de la sociedad. Tal es el programa de Lassalle, tal es también el programa del partido socialdemócrata. En realidad no pertenece a Lassalle, sino a Marx, que lo ‹expuso› completamente en el conocido "Manifiesto del Partido Comunista", publicado por él y Engels en 1848. Una ‹clara alusión› a él se encuentra incluso en el primer *"Manifiesto de la Asociación Internacional"*, escrito por Marx en 1864, en las palabras: "el primer deber de las clases obreras", etc., o, como dice el *"Manifiesto Comunista"*: "el primer paso de la revolución", etc., y que termina con: concentrar todos los medios de producción "en manos ‹del Estado›", es decir, del proletariado, ‹elevado al rango de *estamento dominante*›[^38]» (pp. 275, 276). «Pero ¿no es ‹claro› que el programa de Lassalle no se diferencia en nada del programa de Marx, a quien reconocía como su maestro? En el folleto contra Schulze-Delitzsch[^39], Lassalle..., después de exponer sus conceptos fundamentales sobre el desarrollo sociopolítico de la sociedad moderna, dice directamente que estas mismas ideas, y también la terminología, no le pertenecen a él, sino al señor Marx... Tanto más (‹extraña›) parece la protesta del señor Marx, impresa *tras la muerte de Lassalle* en el prefacio a la obra sobre "El capital"[^40]. Marx se queja amargamente de que Lassalle le ha robado, apropiándose de sus ideas. Protesta muy ‹extraña› por parte de un comunista que predica la propiedad colectiva y no comprende que la idea, una vez expresada, deja de ser propiedad de una persona. Otra cosa sería si Lassalle hubiera copiado ‹una o varias páginas›...» (p. 276). «A diferencia de su maestro Marx, que es fuerte en la teoría, en la intriga entre bastidores o subterránea, y en cambio pierde toda importancia o fuerza en la escena pública, Lassalle estaba hecho por la naturaleza para la lucha abierta en el terreno práctico» (p. 277). «Toda la burguesía liberal y demócrata lo odiaba profundamente; los ‹camaradas correligionarios›, socialistas, marxistas y el propio Marx, concentraron en él toda la fuerza de una envidia (зависти) nada benévola. Sí, lo odiaban tan profundamente como la burguesía; mientras vivió, no se atrevieron a expresar su odio, porque era demasiado fuerte para ellos» (pp. 277, 278).

> «Ya hemos expresado nuestra profunda repugnancia por la teoría de Lassalle y Marx, que recomienda a los obreros, si no como ideal último, al menos como principal objetivo inmediato, *la fundación de un Estado popular* (народного государства), que, según su expresión, no será otra cosa que "el proletariado ‹*elevado al rango de estamento dominante*›". Cabe preguntar: si el proletariado va a ser la clase dominante, ¿sobre quién dominará? Esto significa (quiere decir, значить) que quedará todavía otro proletariado, que será súbdito de esta nueva dominación, de este nuevo Estado (государству)».

Quiere decir: mientras existan las demás clases, y en especial la capitalista, mientras el proletariado luche contra ella (pues con su poder de gobierno no han desaparecido aún sus enemigos ni la vieja organización de la sociedad), tiene que emplear medios violentos, y por tanto medios de gobierno; es él mismo todavía una clase, y las condiciones económicas sobre las que descansan la lucha de clases y la existencia de las clases no han desaparecido aún y tienen que ser quitadas de en medio por la fuerza o transformadas, su proceso de transformación acelerado por la fuerza.

> «Por ejemplo, la крестьянская чернь, el vulgo campesino, la plebe campesina, que, como es sabido, [no goza] de la benevolencia de los marxistas y que, encontrándose en el grado más bajo de la cultura, será probablemente gobernada por el proletariado urbano y fabril».

Es decir: donde el campesino existe en masa como propietario privado, donde incluso forma una mayoría más o menos considerable, como en todos los Estados del continente europeo occidental, donde no ha desaparecido ni ha sido sustituido por jornaleros agrícolas, como en Inglaterra, se dan los casos siguientes: o bien impide, hace fracasar toda revolución obrera, como hasta ahora ha hecho en Francia; o bien el proletariado (pues el campesino propietario no pertenece al proletariado, y allí donde por su situación pertenece a él, cree no pertenecer) tiene que tomar como gobierno medidas por las que el campesino encuentre inmediatamente mejorada su situación, que, por tanto, lo ganen para la revolución; medidas que, sin embargo, faciliten en germen el paso de la propiedad privada de la tierra a la propiedad colectiva, de modo que el campesino llegue a ella por sí mismo, por vía económica; pero no debe chocar de frente con el campesino proclamando, p. ej., la abolición del derecho de herencia o la abolición de su propiedad; esto último solo es posible donde el arrendatario capitalista ha desplazado a los campesinos y el verdadero cultivador de la tierra es tan proletario, tan obrero asalariado como el obrero urbano, y tiene, por tanto, exactamente los mismos intereses que él, *inmediatamente* y no mediatamente; y menos aún debe fortalecerse la propiedad parcelaria agrandando la parcela, simplemente mediante la anexión de las fincas mayores a los campesinos, como en la campaña revolucionaria bakuninista.

> «O, si se considera esta cuestión desde el punto de vista nacional, entonces, supongamos, para los alemanes los eslavos, por la misma razón, estarán respecto al proletariado alemán victorioso en la misma dependencia servil en que este último se encuentra respecto a su burguesía» (p. 278).

¡Burrada de colegial! Una revolución social radical está ligada a ciertas condiciones históricas del desarrollo económico; estas son su presupuesto. Solo es posible, por tanto, donde, junto con la producción capitalista, el proletariado industrial ocupa al menos una posición importante en la masa del pueblo. Y para que tenga alguna posibilidad de victoria, tiene que ser capaz por lo menos de hacer inmediatamente por los campesinos, *mutatis mutandis*, tanto como la burguesía francesa hizo en su revolución por los campesinos franceses de entonces. ¡Bonita idea, que la dominación del trabajo implique la opresión del trabajo agrícola! Pero aquí sale a relucir el pensamiento más íntimo del señor Bak. No entiende absolutamente nada de la revolución social, solo sus frases políticas; las condiciones económicas de esta no existen para él. Como todas las formas económicas anteriores, desarrolladas o no desarrolladas, implican servidumbre del trabajador (sea en la forma de obrero asalariado, de campesino, etc.), cree que en todas es igualmente posible una *revolución radical*. ¡Y aún más! Quiere que la revolución social europea, fundada sobre la base económica de la producción capitalista, se realice al nivel de los pueblos agrícolas y pastores rusos o eslavos, que no rebase ese nivel, aunque reconoce que la *navegación marítima* establece una diferencia entre los hermanos, ¡pero solo la *navegación por mar*, porque es una diferencia conocida también por todos los políticos! La *voluntad*, y no las condiciones económicas, es la base de su revolución social.

> «Si hay Estado (государство), hay inevitablemente dominación (господство), y en consecuencia también ‹esclavitud›; dominación sin esclavitud, oculta o enmascarada, es impensable; por eso somos enemigos del ‹Estado›» (p. 278).

> «¿Qué quiere decir el proletariado ‹elevado a estamento dominante›?».

Quiere decir que el proletariado, en lugar de luchar aisladamente contra las clases económicamente privilegiadas, ha ganado fuerza y organización suficientes para emplear medios generales de coerción en la lucha contra ellas; pero solo puede emplear medios económicos que suprimen su propio carácter de *salariat*, y por tanto de clase; con su victoria completa, por tanto, se acaba también su dominación, porque su carácter de clase [ha desaparecido].

> «¿Estará quizá todo el proletariado a la cabeza del gobierno?».

En una trade-union, p. ej., ¿forma toda la unión su comité ejecutivo? ¿Cesará en la fábrica toda división del trabajo y las distintas funciones que de ella se derivan? Y en la construcción bakuninista ‹de abajo arriba›, ¿estarán todos ‹arriba›? Entonces no habrá ningún ‹abajo›. ¿Administrarán todos los miembros de la comuna a la vez los intereses comunes de la ‹región›? Entonces no habrá diferencia entre comuna y ‹región›.

> «Los alemanes son unos 40 millones. ¿Serán, p. ej., los 40 millones miembros del gobierno?».

*Certainly!* Puesto que la cosa empieza por el autogobierno de la comuna.

> «Todo el pueblo gobernará y no habrá gobernados».

Si un hombre se domina a sí mismo, según este principio no se domina; pues es él mismo y no otro.

> «Entonces no habrá gobierno, no habrá Estado; pero si hay Estado, habrá también gobernantes y esclavos» (p. 279).

Es decir, sencillamente: cuando la dominación de clase haya desaparecido y no [haya] Estado en el sentido político actual.

> «Este dilema se resuelve sencillamente en la teoría de los marxistas. Por gobierno popular entienden» (es decir, Bak.) «el gobierno del pueblo por medio de un pequeño número de dirigentes escogidos (elegidos) por el pueblo».

Asine![^41] ¡Esta palabrería democrática, este desbarrar político! La elección: forma política que existe en la más pequeña comuna rusa y en el artel[^42]. El carácter de la elección no depende de este nombre, sino de la base económica, de las relaciones económicas de los electores; y en cuanto las funciones han dejado de ser políticas, 1) no existe ninguna función de gobierno; 2) la distribución de las funciones generales se ha convertido en un asunto práctico que no confiere ninguna dominación; 3) la elección no tiene nada del carácter político de hoy.

> «El sufragio universal por todo el pueblo»:

semejante cosa, todo el pueblo en el sentido actual, es un fantasma;

> «de representantes del pueblo y ‹gobernantes del Estado›: esta es la última palabra de los marxistas, como también de la escuela democrática; mentira tras la cual se oculta el despotismo de la *minoría gobernante*, tanto más peligroso cuanto que aparece como expresión de la llamada voluntad popular».

Con la propiedad colectiva desaparece la llamada voluntad popular para dejar sitio a la voluntad real de la cooperativa.

> «Así, resultado: dirección de la gran mayoría de la masa popular por una minoría privilegiada. Pero esta minoría, dicen los marxistas»,

¿dónde?

> «estará compuesta de obreros. Sí, con permiso, de antiguos obreros, pero que, en cuanto se conviertan en representantes o gobernantes del pueblo, *dejarán de ser obreros*»,

*tan poco como un fabricante deja hoy de ser capitalista por hacerse concejal municipal*,

> «y mirarán a todo el mundo obrero común desde la altura ‹estatal-militar›; ya no representarán al pueblo, sino a sí mismos y sus ‹pretensiones› al gobierno del pueblo. Quien pueda dudar de ello no conoce en absoluto la naturaleza humana» (p. 279).

Si el señor Bakunin conociera aunque fuera la situación de un gerente en una fábrica cooperativa obrera, todos sus sueños de dominación se irían al diablo. Hubiera debido preguntarse: ¿qué forma pueden adoptar las funciones administrativas sobre la base de este Estado obrero, si quiere llamarlo así?

> (p. 279) «Pero estos elegidos serán socialistas ardientemente convencidos y, por tanto, doctos. La expresión *"socialismo docto"*»,

nunca empleada,

> *«"socialismo científico"»*,

*empleado solo en oposición al socialismo utópico, que quiere endosar al pueblo nuevas quimeras en lugar de limitar su ciencia al conocimiento del movimiento social hecho por el propio pueblo; véase mi escrito contra Proudhon[^43]*,

> «que se emplea sin cesar en las obras y discursos de los lassalleanos y marxistas, muestra por sí misma que el llamado Estado popular no será otra cosa que la muy despótica dirección de las masas populares por una nueva y muy poco numerosa aristocracia de sabios reales o supuestos. El pueblo no es científico, eso significa que quedará del todo liberado de la preocupación de gobernar, quedará del todo encerrado en el establo de los gobernados. ¡Bonita liberación!» (pp. 279, 280).

> «Los marxistas sienten esta (!) contradicción y, reconociendo que el gobierno de los sabios» (*quelle rêverie!*) «será el más opresivo, odioso y despreciable del mundo, una dictadura efectiva a pesar de todas las formas democráticas, se consuelan con la idea de que esta dictadura solo será pasajera y breve».

*Non, mon cher!* Que la *dominación de clase* de los obreros sobre las capas del viejo mundo que luchan contra ellos solo puede durar mientras no esté destruida la base económica de la existencia de las clases.

> «Dicen que su única preocupación y objetivo será *educar e ilustrar* al *pueblo*» (¡político de taberna!) «tanto económica como políticamente hasta tal grado que el gobierno anterior pronto se vuelva inútil y el Estado pierda todo carácter político, es decir, ‹dominante›, y se transforme por sí mismo en una libre organización de intereses económicos y de comunas. Esto es una contradicción evidente. Si su Estado va a ser verdaderamente popular, ¿por qué destruirlo?, y si su destrucción es necesaria para la liberación real del pueblo, ¿por qué se atreven a llamarlo popular?» (p. 280).

Aparte de la insistencia machacona en el Estado popular de Liebknecht, que es un disparate y va contra el Manifiesto Comunista, etc., esto solo quiere decir: como el proletariado, durante el periodo de lucha por el derrocamiento de la vieja sociedad, actúa todavía sobre la base de la vieja sociedad y, por tanto, se mueve todavía en formas políticas que más o menos le pertenecían, no ha alcanzado aún durante este periodo de lucha su constitución definitiva y emplea medios para su liberación que desaparecen tras la liberación; de ahí concluye el señor B. que más vale que no haga nada en absoluto... que espere el *día de la liquidación general*, el del juicio final.

> *«Con nuestra polémica»* (que, naturalmente, apareció antes de mi escrito contra Proudhon y del «Man. Comunista», e incluso antes de Saint-Simon) «contra ellos» (bonito ὕστερον πρότερον[^44]) «*los* hemos llevado a *reconocer* que la libertad o la anarquía» (el señor Bak. no ha hecho más que traducir al tártaro salvaje la anarquía de Proudhon y de Stirner), «es decir, la libre organización de las masas trabajadoras de abajo arriba» (¡disparate!), «es el fin último del desarrollo social, y que todo ‹Estado›, sin excluir el Estado popular, es un yugo que engendra por un lado despotismo y por el otro esclavitud» (p. 280).

> «Dicen que semejante yugo dominador, la dictadura, es un medio de transición necesario para alcanzar la más completa liberación del pueblo: la anarquía o la libertad, el fin; la dominación o la dictadura, el medio. Así, para liberar a las masas populares hay que esclavizarlas primero. En esta contradicción se basa nuestra polémica. Ellos aseguran que solo la dictadura, la suya propia en definitiva, puede fundar la libertad del pueblo; nosotros respondemos que ninguna dictadura puede tener otro fin que el de ‹perpetuarse›, y que ‹es capaz de engendrar y criar en el pueblo que la soporta solo esclavitud; la libertad solo puede ser creada por la libertad›» (del permanente *citoyen* B.), «es decir, por ‹la revuelta de todo el pueblo› y la libre organización de las masas de abajo arriba» (p. 281).

> «Mientras que la teoría político-social de los socialistas antiestatales o anarquistas conduce ‹indefectiblemente› y directamente a la ruptura más completa con todos los gobiernos, con todas las formas de la política burguesa, sin dejar otra salida que la revolución social»,

sin dejar de la revolución social nada más que la *frase*,

> «la teoría opuesta, la teoría de los comunistas de Estado y de la autoridad científica, arrastra y enreda de manera igualmente ‹indefectible› a sus partidarios, con el pretexto de la táctica política, en incesantes ‹componendas› con los gobiernos y con los diversos partidos políticos burgueses; es decir, los empuja directamente a la reacción» (p. 281).

> «La mejor prueba, *Lassalle*. ¿Quién no conoce sus relaciones y acuerdos con Bismarck? Los liberales y demócratas lo aprovecharon para acusarlo de venalidad. Lo mismo, aunque no demasiado abiertamente, ‹susurraban› entre sí diversos partidarios del señor Marx en Alemania» (p. 282).

> Lassalle se comportaba con la masa obrera común más como un médico con el enfermo que como un hermano con el hermano... Por nada del mundo habría traicionado al pueblo (loc. cit.). Lassalle estaba en guerra abierta con liberales y demócratas, los odiaba, los despreciaba. Bismarck, en la misma posición respecto a ellos. Este, primer punto de acercamiento entre ambos: «la base principal de este (‹acercamiento›) estaba contenida en el programa político-social de Lassalle, en la teoría comunista fundada por el señor Marx» (p. 283).

> «El punto principal de este programa: liberación ‹supuesta› del proletariado por medio ‹de un Estado y nada más›... Dos medios... El proletariado tiene que hacer la revolución para someter a sí el Estado: medio heroico... según la teoría del señor Marx»... el pueblo tiene que poner entonces todo el poder en sus manos y en las de sus amigos... «fundan un único banco del Estado, concentrando en sus manos toda la producción comercial e industrial, agrícola e incluso científica, y dividen la masa del pueblo en dos ejércitos, industrial y agrícola, bajo el mando inmediato de ingenieros del Estado, que forman un nuevo estamento privilegiado científico-político» (pp. 283, 284).

> Pero hacer la revolución, los propios alemanes no creen en ello. «Es necesario que otro pueblo la comience o que alguna ‹fuerza› exterior los arrastre o los ‹empuje›». Por consiguiente, es necesario otro medio para apoderarse del Estado. Es necesario ganarse la simpatía de las personas que están o pueden estar a la cabeza del Estado. En tiempos de Lassalle, como todavía ahora, a la cabeza del Estado estaba Bismarck... Lassalle, dotado principalmente de un instinto y un ‹sentido› prácticos que no existe en el señor Marx y sus partidarios. Como todos los teóricos, Marx, soñador invariable e ‹incorregible› en la práctica. Lo mostró con su desdichada campaña en la Asociación Internacional, que tenía por objeto establecer su dictadura en la Internacional y, por medio de la Internacional, sobre todo el movimiento revolucionario del proletariado de Europa y América. Hay que estar loco o ser un sabio completamente abstracto para proponerse semejante objetivo. El señor Marx sufrió este año la derrota más completa y merecida, pero esta «difícilmente lo librará (избавитъ) de su ambicioso ensueño» (pp. 284, 285). «Gracias a esta propensión al ensueño, así como al deseo de ganar admiradores y partidarios entre la burguesía, Marx empujó y empuja constantemente al proletariado a negociaciones con los radicales ‹burgueses›. Gambetta y Castelar: esos son sus ‹verdaderos› ideales» (pp. 284, 285). «A estas aspiraciones a chanchullos (сдѣлкамъ) con la burguesía radical, que se han manifestado con más fuerza en Marx en los últimos años, doble sueño: primero, que si la burguesía radical llega a la dominación, tendrá la posibilidad de ‹querer› emplearla en provecho del proletariado, y segundo, que será capaz de sostenerse frente a la reacción, cuya raíz está oculta en ella misma» (p. 285).

> Lassalle, como hombre práctico, lo comprendió (que la burguesía radical ni quiere ni puede liberar al pueblo, sino que solo quiere explotarlo); además odiaba a la burguesía alemana; Lassalle conocía también demasiado bien a sus compatriotas como para esperar de ellos iniciativa revolucionaria. Solo le quedaba Bismarck. «El punto de unión se lo dio la propia teoría de Marx: un Estado unitario, centralizado por la fuerza. Lassalle lo quería, y Bismarck lo hizo. ¿Cómo no iban a unirse?». Bismarck, enemigo (!) de los burgueses. Su actuación presente muestra que no es fanático ni esclavo del partido feudal-aristocrático... «Su obra principal, como también la de Lassalle y la de Marx: el Estado. Y por eso Lassalle se mostró incomparablemente más lógico y práctico que Marx, que reconoce a Bismarck como revolucionario, ‹por supuesto, a su manera›, y sueña con su caída, probablemente porque ocupa en el Estado el primer puesto, que en opinión del señor Marx debe corresponderle a él». Lassalle, sin tanto amor propio; por eso no le disgustaba aliarse con Bismarck. «En completo acuerdo con el programa político expuesto por los señores Marx y Engels en el "Manifiesto Comunista", Lassalle solo pidió a Bismarck una cosa: la apertura de crédito del gobierno para sociedades productivas obreras». Y al mismo tiempo, «de acuerdo con el programa, emprendió entre los obreros una agitación pacífica y legal en favor de la introducción del sufragio» (pp. 288-289).

> Tras la muerte de Lassalle se formó, junto a las *Asociaciones de Formación Obrera* y a la *Asociación General de Obreros Alemanes*[^45] de Lass[alle], «bajo la influencia directa de los amigos y partidarios del señor Marx, un tercer partido: el *Partido Obrero Socialdemócrata alemán*. A su cabeza, Bebel, полу-работникъ (medio obrero), y Liebknecht, sabio entero y agente del señor Marx» (p. 289).

> Ya hablamos de la actuación de Liebknecht en Viena en 1868. Resultado de ello, el *congreso de Núremberg* (agosto de 1868), donde quedó finalmente organizado el partido socialdemócrata. «Por decisión (intención) de sus fundadores, *que actuaban bajo la dirección directa de Marx*, debía ser la sección pangermánica de la Asociación Internacional de los Trabajadores». Pero las leyes alemanas, y en especial las prusianas, se oponían a semejante unión. De ahí que solo se tocara de pasada: «El Partido Obrero Socialdemócrata alemán está unido a la Asociación Internacional de los Trabajadores en la medida en que lo permiten las leyes alemanas». «*Es indudable que este nuevo partido se fundó en Alemania con la esperanza y la segunda intención secretas* de introducir por medio de él en la Internacional todo el programa de Marx, eliminado por el primer congreso de Ginebra (1866)». «El programa de Marx se convirtió en el programa del partido socialdemócrata»: la ‹conquista› del «poder político» como «objetivo próximo e inmediato», con la adición de la siguiente frase notable: «La conquista de los derechos políticos (sufragio universal, libertad de prensa, libertad de asociación y de *meetings*, etc.) como condición previa (предварительное) indispensable de la emancipación económica de los obreros». «Esta frase significa: antes de pasar a la revolución social, los obreros tienen que llevar a término la revolución política o, lo que es más conforme a la naturaleza de los alemanes, conquistar o, más exactamente aún, adquirir el derecho político por medio de una agitación pacífica. Pero como *todo* movimiento político *anterior* o, lo que es *exactamente* lo mismo, *exterior al social* no puede ser otra cosa que un movimiento burgués, se sigue también que este programa recomienda a los obreros alemanes *apropiarse ante todo de intereses y fines burgueses* y *llevar a término el movimiento político en provecho de la burguesía radical*, la cual, en agradecimiento, no libera luego al pueblo, sino que lo somete a un nuevo poder, a una nueva explotación» (pp. 289-291).

> «Sobre la base de este programa se consumó la conmovedora reconciliación de los obreros alemanes y austríacos con los radicales burgueses del Partido Popular». Sobre la base «del congreso de Núremberg, los delegados nombrados a tal fin por el congreso se dirigieron a *Stuttgart*, donde también se concluyó entre los dirigentes de los obreros engañados y los cabecillas del partido radical burgués una alianza formal ofensiva y defensiva. A consecuencia de esta alianza, tanto unos como otros aparecieron *juntos* en el segundo congreso de la *Ligue de la Paix et de la Liberté*, *inaugurado en septiembre en Berna*. Pero hecho muy curioso. Allí, escisión entre los socialistas burgueses y radicales, y los revolucionarios sociales pertenecientes al partido de la Alianza» (pp. 291, 292). «En este aspecto (llamarse socialista y amigo del pueblo y estar en contra del socialismo popular), la escuela de Marx nos ha dado muchos ejemplos; y el dictador alemán, tan hospitalario con la condición infalible de que uno se incline ante él, de modo que bajo su bandera alberga un número muy grande de socialistas y demócratas burgueses de pies a cabeza; también la *Ligue de la Paix et de la Liberté* podría haberse refugiado bajo ella, con tal de que aceptara reconocerlo como el primer hombre (человѣкомъ). Si el congreso burgués hubiera procedido así, la posición de los aliancistas habría sido incomparablemente más difícil; entre la *Ligue* y ellos habría surgido entonces la misma lucha que existe ahora entre ellos y Marx. Pero la *Ligue* se mostró más tonta y al mismo tiempo más honrada que los marxistas; negó la *igualdad*» (¡disparate!) «en el terreno económico. Se separó del proletariado; murió; solo dejó tras de sí dos sombras errantes y quejumbrosas, Amand Goegg y el millonario saint-simoniano Lemonier[^46]... Otro *fact* en este congreso: *los delegados venidos de Núremberg y Stuttgart, es decir, los obreros enviados por el congreso de Núremberg del nuevo Partido Obrero Socialdemócrata alemán* y por el *Partido Popular* burgués-suabo, *votaron unánimemente, junto con la mayoría de la* Ligue, *contra la igualdad*... Notable además otro *fact*: el *congreso de Bruselas de la Internacional*, clausurado unos días antes del de Berna, rechazó toda solidaridad con este último, y todos los marxistas que participaron en el congreso de Bruselas hablaron y votaron en ese sentido. ¿Cómo pudieron entonces otros *marxistas*, que actuaban, como los primeros, *bajo la influencia directa* de Marx, ir de acuerdo con tan conmovedora unanimidad con la mayoría del congreso de Berna? Todo esto siguió siendo un enigma, hasta hoy no resuelto. La misma contradicción se mostró a lo largo de todo el año 1868 e incluso todavía en 1869 en el "Volksstaat"[^47]... A veces se imprimían en él artículos muy duros contra la *Ligue* burguesa;

> luego seguían inequívocas ‹declaraciones› de ternura, a veces reproches amistosos. El órgano, por así decir, suplicaba a la *Ligue* que ‹refrenara› sus manifestaciones demasiado ardientes de instintos burgueses, que comprometían a los defensores de la *Ligue* ante los obreros. Esta vacilación continuó en el partido del señor Marx hasta septiembre de 1869, es decir, hasta el congreso de Basilea. Este congreso hace época en el desarrollo de la Internacional» (pp. 293-296).

> Por primera vez se presentaron los alemanes en un congreso internacional, y además como partido, organizado sobre un programa más burgués-político que popular-nacional. Votaron como un solo hombre bajo la dirección de Liebknecht. Su primer asunto, se entiende, a consecuencia de su programa, poner la cuestión política por delante de todas las demás. Alemanes derrotados de manera decisiva. El congreso de Basilea mantuvo la pureza del programa internacional, no permitió a los alemanes mutilarlo introduciendo su política burguesa; así surgió la escisión en la Internacional, cuya causa, los alemanes. Querían imponer por la fuerza a la sociedad internacional por excelencia su programa estrechamente burgués y político-nacional, exclusivamente alemán, pangermánico. «Fueron derrotados en toda la línea, y de esta derrota sacó no poco provecho la Unión de los Revolucionarios Sociales, los aliancistas. De ahí el odio amargo de los alemanes contra la Alianza. Finales de 1869 y primera mitad de 1870, llenos de rencillas malignas y de calumnias más malignas aún y no pocas veces viles de los marxistas contra la gente de la Alianza» (p. 296).

> Una victoria de Napoleón III no habría tenido consecuencias tan duraderamente malas como la alemana (p. 297).

> Todos los alemanes *sin excepción* se alegraron de la victoria, aunque sabían que sellaría la preponderancia del elemento militar; «ni uno solo, o apenas un alemán, se asustó; todos se unieron en un triunfo unánime». Su pasión: dominación y esclavitud (p. 298). «*¿Y los obreros alemanes? Pues los obreros alemanes no hicieron nada, ni una sola manifestación enérgica de simpatía, de compasión por los obreros de Francia.* Un par de *meetings* donde se dijeron un par de frases en las que el orgullo nacional victorioso enmudeció, por así decir, ante la manifestación de la solidaridad internacional. Pero ni uno fue más allá de las frases, y en Alemania, enteramente vaciada de ejército, era entonces posible emprender y hacer algo. Es verdad que la mayoría de los obreros estaban reclutados en el ejército, donde cumplieron de manera excelente el deber de soldados, lo mataron todo, etc., por orden de la superioridad, e incluso saquearon. Algunos de ellos, tras cumplir así sus deberes guerreros, escribían al mismo tiempo cartas lastimeras al "Volksstaat" y describían con vivos colores los crímenes bárbaros cometidos por los ejércitos alemanes en Francia» (pp. 298, 299). Entretanto, algunos ejemplos de oposición más audaz: protestas de Jacoby, Liebknecht y Bebel; ejemplos aislados y, además, muy raros.

> No podemos olvidar un artículo publicado en *septiembre de 1870* en el *"Volksstaat"*, en el que se expresa abiertamente el júbilo pangermánico por la victoria. Comienza con las siguientes palabras: «Gracias a las victorias obtenidas por los ejércitos alemanes, la iniciativa histórica pasó finalmente de Francia a Alemania: nosotros, los alemanes, etc.» (p. 299).

> «En una palabra, puede decirse sin excepción alguna que entre los alemanes predominó y predomina el sentimiento victorioso del triunfo nacional, militar y político. Sobre esto principalmente se funda el poder del imperio pangermánico y de su gran canciller, el conde Bismarck» (p. 299).

> «¿Y sabéis qué aspiración predomina ahora en la conciencia o en el instinto de todo alemán? La aspiración a extender (распространить широко, далеко: a lo ancho, a lo lejos) el Imperio alemán» (p. 303). Esta pasión, «ahora también toda la actividad del partido socialdemócrata. Y no creáis que Bismarck sea un enemigo tan ardiente de este partido como finge (прикидывается). Es demasiado ‹listo› para no ver que le sirve de pionero, propagando la idea estatal alemana en Austria, Suecia, Dinamarca, Bélgica, Holanda y Suiza. En la propagación de esta idea germánica consiste ahora la aspiración principal del señor Marx, que, como ya hemos observado, ha intentado *renovar* (*возобновить*), en su provecho, en la Internacional, los movimientos y victorias del conde Bismarck. Bismarck tiene en su mano a todos los partidos y acabará entregándolos en manos del señor Marx» (p. 304).

> «Este imperio (pangermánico) declaró por boca de su gran canciller la guerra a vida o muerte a la revolución social. El conde Bismarck pronunció esta sentencia de muerte en nombre de 40 millones de alemanes que están detrás de él y le sirven de apoyo. También Marx, su competidor y envidioso, y tras él todos los dirigentes del partido socialdemócrata de Alemania... declararon por su parte la misma guerra desesperada a la revolución social. Todo esto lo expondremos detalladamente en la parte siguiente» (pp. 307, 308). «Hasta ahora ella (la revolución social) ha concentrado sus fuerzas solo en el sur de Europa: Italia, España, Francia; pero pronto, esperamos, se levantarán bajo su bandera también los pueblos del noroeste: Bélgica, Holanda y sobre todo Inglaterra, y luego, por fin, también todas las estirpes eslavas» (p. 308).

## Apéndice

> «Los rasgos principales del ideal» del pueblo ruso: 1) «la convicción popular general de que la tierra, toda la tierra, pertenece al pueblo, que la riega con su sudor y la fecunda con el trabajo de sus propias manos; 2) que el derecho a usarla no pertenece a la persona, sino a toda la (‹comuna›, ‹mir›), que la reparte ‹temporalmente› entre las personas; 3) la autonomía casi absoluta, el autogobierno comunal y, en consecuencia, la relación decididamente hostil de la ‹comuna› con el Estado» (p. 10).

> «Los tres lados oscuros son: 1) el patriarcalismo; 2) la absorción de la persona por ‹el mir›; 3) la fe en el zar. Podría contarse como 4) la fe cristiana, oficialmente ortodoxa o sectaria (p. 10); pero esto no tiene en Rusia tanta importancia como en Europa occidental» (loc. cit.).

> Puntos 2 y 3, «resultados naturales» del punto 1 (‹patriarcalismo›). Padre, ‹mir›, zar (p. 15). «‹La comuna›, su mundo. No es otra cosa que la extensión natural de su familia, de su linaje. Por eso predomina también en ella el principio patriarcal, el mismo despotismo abominable y la misma sumisión vil, y por eso también la коренны (originaria, perteneciente a la raíz) injusticia y la misma negación radical de todo derecho personal, como en la propia familia. Las resoluciones ‹del mir›, sean las que sean, ley. ‹"¿Quién se atreve a ir contra el mir?"›, exclama con ‹asombro› el campesino ruso... En ‹el mir› solo tienen derecho de voto los ‹viejos›, los cabezas de familia... Pero por encima de ‹la comuna›, por encima de todas las comunas, está el zar, el patriarca y progenitor ‹universal›, el padre de toda Rusia. Por eso su poder es ilimitado» (p. 15). «Cada comuna forma en sí ‹un todo cerrado›; en consecuencia, ninguna comuna tiene, ni siente tampoco la necesidad de tener, ningún vínculo orgánico independiente con otras comunas. Solo están unidas entre sí por medio del ‹zar-padrecito›, solo en su poder supremo y paternal» (pp. 15, 16).

[^1]: En alemán en el original: «meter miedo», glosa de Marx a la palabra rusa que significa «espantajos».
[^2]: Marx anota los sentidos de la familia léxica rusa de *государство* (Estado), derivada de *государь* (señor, soberano), para contrastarla con el alemán *Reich*, que designa en origen un territorio.
[^3]: Primer congreso de la Asociación Internacional de los Trabajadores, celebrado en Ginebra en septiembre de 1866.
[^4]: Johann Jacoby (1805-1877), médico y político demócrata de Königsberg; en 1872 se adhirió a la socialdemocracia; en 1870 había protestado contra la anexión de Alsacia y Lorena y fue encarcelado por ello.
[^5]: El Partido Popular (Volkspartei), democrático-burgués, al que pertenecieron Liebknecht y Bebel antes de fundar en 1869, en Eisenach, el Partido Obrero Socialdemócrata.
[^6]: Así en *Летописи марксизма* (1926): «vuelco, revolución», seguramente un lapsus de Marx; la MEW lee переговор, «negociación».
[^7]: Congreso de la Unión de Asociaciones Obreras Alemanas (Núremberg, septiembre de 1868), que aprobó por mayoría la adhesión a los principios de la Internacional.
[^8]: La Comuna de París derribó el 16 de mayo de 1871 la columna de la plaza Vendôme, monumento a las victorias de Napoleón I.
[^9]: Léon Gambetta (1838-1882), dirigente de los republicanos radicales franceses; ministro del Gobierno de Defensa Nacional en 1870-1871.
[^10]: Campaña militar rusa de 1873 que sometió el kanato de Jiva, en Asia Central, a protectorado ruso.
[^11]: Alusión al levantamiento tirolés de 1809, dirigido por Andreas Hofer, contra la ocupación bávara y francesa.
[^12]: Fueros: derechos y libertades tradicionales de las provincias vascas y de Navarra, cuya restitución defendían los carlistas.
[^13]: En Italia, *consorteria* designaba despectivamente a la camarilla de la Derecha moderada que gobernó tras la unificación, y por extensión a toda camarilla de intereses.
[^14]: La Gran Moravia, Estado eslavo de los siglos IX y comienzos del X en Europa central.
[^15]: Esteban Dušan (h. 1308-1355), rey y luego zar de los serbios, bajo cuyo reinado Serbia alcanzó su máxima extensión.
[^16]: Adam Mickiewicz (1798-1855), poeta polaco; entre 1840 y 1844 enseñó literatura eslava en el Collège de France.
[^17]: Congreso de la Internacional celebrado en La Haya en septiembre de 1872, que expulsó a Bakunin y a James Guillaume.
[^18]: Federación del Jura: organización de las secciones bakuninistas de la Suiza francófona, núcleo de la oposición antiautoritaria en la Internacional.
[^19]: Pável Péstel (1793-1826) y Serguéi Muraviov-Apóstol (1796-1826), dirigentes de la conspiración decembrista de 1825, ahorcados en 1826; la federación eslava era sobre todo el programa de la Sociedad de los Eslavos Unidos, fusionada con la Sociedad del Sur.
[^20]: En 1612 el levantamiento popular encabezado por Minin y Pozharski expulsó de Moscú a la guarnición polaca que la ocupaba desde 1610.
[^21]: Bogdán Jmelnitski (h. 1595-1657), hetman de los cosacos de Zaporiyia; encabezó desde 1648 el levantamiento de Ucrania contra la República polaco-lituana y en 1654 se puso bajo la soberanía del zar.
[^22]: Mijaíl Nikoláyevich Muraviov (1796-1866), gobernador general de Vilna, que reprimió con extrema dureza la insurrección polaco-lituana de 1863; de ahí su apodo de «el Ahorcador».
[^23]: Aleksandr Mijáilovich Gorchakov (1798-1883), ministro de Asuntos Exteriores de Rusia desde 1856 y canciller desde 1867.
[^24]: Tras la guerra de 1864 contra Dinamarca, Prusia y Austria se repartieron la administración de Schleswig y Holstein; después de la guerra austro-prusiana de 1866 Prusia se anexionó ambos ducados y el reino de Hannover.
[^25]: Alusión a los buhoneros y caldereros ambulantes eslovacos (*drotári*) que recorrían Europa vendiendo ratoneras y otros objetos de alambre.
[^26]: La Paz de París (1856) cerró la guerra de Crimea y neutralizó el mar Negro; en 1870, con el apoyo de Prusia, Rusia denunció esas cláusulas, cuya anulación ratificó la Conferencia de Londres de 1871.
[^27]: Wilhelm Müller, *Politische Geschichte der neuesten Zeit 1816-1866* (Stuttgart, 1867).
[^28]: Alekséi Andréyevich Arakchéyev (1769-1834), ministro y favorito de Alejandro I, símbolo de la reacción y organizador de las colonias militares.
[^29]: Liga del Mediodía, federación de departamentos del sur de Francia constituida en Marsella en septiembre de 1870 para organizar la defensa nacional, con fuerte presencia de republicanos radicales; Gambetta era entonces, desde Tours, ministro del Interior y de la Guerra.
[^30]: Emilio Castelar (1832-1899) y Francisco Pi y Margall (1824-1901) presidieron el poder ejecutivo de la Primera República española en 1873; las Cortes Constituyentes de Madrid se reunieron ese mismo año.
[^31]: Ludwig Büchner (1824-1899), médico y divulgador del materialismo mecanicista, autor de *Kraft und Stoff* (1855).
[^32]: Así en la MEW; la versión rusa del manuscrito publicada en 1926 dice «Max Stirner».
[^33]: Louis Blanc (1811-1882), socialista francés, autor de *Organisation du travail* (1839) y miembro del Gobierno provisional de 1848; era de muy baja estatura.
[^34]: Puntuación de Olmütz (29 de noviembre de 1850): acuerdo por el que Prusia, bajo presión austríaca y rusa, renunció a su proyecto de unión alemana y aceptó el restablecimiento de la Confederación Germánica.
[^35]: Felix zu Schwarzenberg (1800-1852), presidente del gobierno austríaco de 1848 a 1852; Austria debía a la intervención rusa de 1849 el aplastamiento de la revolución húngara.
[^36]: Otto von Manteuffel (1805-1882), ministro del Interior prusiano y, de 1850 a 1858, presidente del gobierno de Prusia.
[^37]: Liga de la Paz y la Libertad, asociación pacifista y democrática burguesa fundada en Ginebra en 1867; Bakunin formó parte de ella hasta su congreso de Berna (1868), donde se separó con la minoría y fundó la Alianza.
[^38]: Así vierte Bakunin («возведенный на степень господствующего сословия») la fórmula del *Manifiesto Comunista* «el proletariado organizado como clase dominante»; сословие significa propiamente «estamento».
[^39]: Hermann Schulze-Delitzsch (1808-1883), político liberal alemán, promotor de las cooperativas de crédito y de consumo; Lassalle lo atacó en *Herr Bastiat-Schulze von Delitzsch* (1864).
[^40]: En el prefacio a la primera edición de *El capital* (1867), Marx señala en nota que Lassalle había tomado de sus escritos, casi al pie de la letra, las tesis teóricas generales de sus obras económicas.
[^41]: Latín: «¡Asno!».
[^42]: Asociación rusa tradicional de trabajadores (artesanos, pescadores, peones) que trabajan en común y se reparten el producto.
[^43]: *Miseria de la filosofía* (1847).
[^44]: «Lo posterior antes»: figura retórica que invierte el orden lógico o temporal de las cosas.
[^45]: Allgemeiner Deutscher Arbeiterverein, fundada por Lassalle en 1863.
[^46]: Amand Goegg (1820-1897), demócrata alemán, ministro del gobierno revolucionario de Baden en 1849; Charles Lemonnier (1806-1891), saint-simoniano francés, dirigente de la Liga de la Paz y la Libertad.
[^47]: *Der Volksstaat*, órgano del Partido Obrero Socialdemócrata, publicado en Leipzig de 1869 a 1876 bajo la dirección de Liebknecht.
