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Title: El aguardiente prusiano en el Reichstag alemán (1876)
Description: Serie de artículos de Engels en Der Volksstaat sobre la destilación de aguardiente de patata de los junkers al este del Elba: fundada con el dinero arrancado a los campesinos, inundó Europa de alcohol adulterado y es la base material del Estado prusiano y de su militarismo.
Author: Friedrich Engels
Date: 1876-02-25
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1876%20El%20aguardiente%20prusiano%20en%20el%20Reichstag%20alem%C3%A1n
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*Escrito por Friedrich Engels en febrero de 1876 y publicado en* Der Volksstaat *(Leipzig), n.os 23, 24 y 25, del 25 y 27 de febrero y 1 de marzo de 1876. Traducido del alemán de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 19 (Berlín, 1962, pp. 37-51), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1876%20Preu%C3%9Fischer%20Schnaps%20im%20deutschen%20Reichstag).*

## I

El 4 de febrero, el señor von Kardorff[^1] interpeló al gobierno del Imperio sobre los elevados impuestos que gravan el «Sprit»[^2] alemán en Inglaterra y en Italia. Llamó la atención de los señores diputados sobre el hecho de que (según la reseña de la *Kölnische Zeitung*)

> «en nuestras provincias orientales y septentrionales, extensas comarcas, cientos de millas cuadradas[^3] de un suelo bastante improductivo, estéril, han alcanzado una productividad y un cultivo relativamente elevados gracias a un cultivo muy extenso de la patata, y que este cultivo de la patata se basa a su vez en el hecho de que por esas tierras están diseminadas numerosas destilerías en las que la fabricación de alcohol se practica como industria agrícola accesoria. Mientras que antes vivían en esas tierras unas mil personas por milla cuadrada, gracias a la fabricación de alcohol la tierra alimenta ahora a unas tres mil personas por milla cuadrada, pues las destilerías son para la patata un mercado necesario, ya que por su volumen es difícil de transportar y en invierno, a causa de las heladas, no se puede transportar en absoluto. En segundo lugar, las destilerías transforman la patata en alcohol, que es valioso y fácil de transportar, y por último hacen más fértil el suelo gracias a los abundantes residuos que sirven de forraje. Cuán importantes son los intereses que aquí están en juego puede comprenderlo cualquiera que considere que del impuesto sobre el alcohol obtenemos unos 36 millones de marcos para los ingresos del Estado, a pesar de que Alemania tiene el impuesto sobre el alcohol más bajo de todos los países del mundo; por ejemplo, cinco veces más bajo que Rusia».

A los junkers prusianos se les deben de haber subido mucho los humos últimamente para que tengan el valor de atraer las miradas del mundo sobre su «industria del Sprit», vulgo destilación de aguardiente.

En el siglo pasado se destilaba poco aguardiente en Alemania, y solo de grano. No se sabía, ciertamente, separar el aceite de fusel que también contiene este aguardiente (volveremos sobre este punto), porque ni siquiera se conocía todavía ese aceite de fusel; pero se sabía por experiencia que la calidad del aguardiente mejoraba considerablemente si se lo guardaba largo tiempo, que perdía su sabor ardiente y que su consumo embriagaba menos y perjudicaba menos la salud. Las condiciones pequeñoburguesas en que se destilaba entonces, y una demanda todavía poco desarrollada, más atenta a la calidad que a la cantidad, permitían casi en todas partes guardar el producto en la bodega durante años y darle así, mediante la transformación química gradual de sus componentes más nocivos, un carácter menos pernicioso. Así, a fines del siglo pasado encontramos la destilación en mayor escala limitada sobre todo a unas pocas ciudades —Münster, Ulrichstein, Nordhausen y otras—, y su producto por lo general adornado con el epíteto de «viejo».

Hacia comienzos de este siglo se multiplicaron las destilerías en el campo como industria accesoria de los grandes terratenientes y arrendatarios, sobre todo en Hannover y Brunswick. Encontraron compradores, por una parte, gracias al consumo de aguardiente, que se extendía cada vez más, y por otra, gracias a las necesidades de los ejércitos, cada vez mayores y siempre en guerra, que a su vez llevaban el gusto por el aguardiente a círculos cada vez más amplios. Así, después de la paz de 1814, la destilación pudo extenderse más y más y arraigar en el Bajo Rin, en la Sajonia prusiana, en Brandeburgo y en Lusacia de la manera descrita, completamente distinta de la antigua destilación urbana, como industria accesoria de los grandes explotadores agrícolas.

Pero el punto de inflexión para la destilación fue el descubrimiento de que el aguardiente podía obtenerse con provecho no solo del grano, sino también de la patata. Con ello se revolucionó toda la industria. Por una parte, el centro de gravedad de la destilación se trasladó definitivamente de las ciudades al campo, y los productores pequeñoburgueses de una bebida vieja y buena fueron desplazados cada vez más por los grandes terratenientes productores de infame matarratas de patata. Pero, por otra parte, y esto es históricamente mucho más importante, el gran terrateniente que destilaba grano fue desplazado por el gran terrateniente que destilaba patata; la destilación se fue mudando de las fértiles tierras de grano a las tierras estériles de patata, es decir, del noroeste de Alemania al nordeste, a la *vieja Prusia* al este del Elba.

Este punto de inflexión llegó con la mala cosecha y la hambruna de 1816. A pesar de las mejores cosechas de los dos años siguientes, la continua exportación de grano a Inglaterra y a otros países mantuvo los precios del grano tan altos que se hizo casi imposible emplearlo en la destilación. El tonel[^4] de aguardiente, que en 1813 valía solo 39 táleros, se vendió en 1817 a 70 táleros. Entonces la patata ocupó el lugar del grano, ¡y en 1823 el tonel se podía comprar ya a 14 o 17 táleros!

Pero ¿de dónde sacaron los pobres junkers del este del Elba, supuestamente arruinados del todo por la guerra y por los sacrificios hechos por la patria, los medios con que transformaron sus agobiantes deudas hipotecarias en lucrativas destilerías de aguardiente? Las coyunturas favorables de los años 1816 a 1819 les proporcionaron, es cierto, rendimientos muy ventajosos y aumentaron su crédito gracias a la subida general del precio de la tierra; pero eso estaba muy lejos de bastar. Nuestros patrióticos junkers recibieron además, en primer lugar, la ayuda del Estado en diversas formas directas e indirectas; y, en segundo lugar, se sumó una circunstancia que debemos examinar con especial atención. Como es sabido, en Prusia se había regulado por ley en 1811 la redención de las prestaciones personales de los campesinos[^5] y, en general, el arreglo de cuentas entre campesinos y señores, de tal modo que las prestaciones en especie se convertían en prestaciones en dinero, estas se capitalizaban y podían redimirse en dinero contante, en determinados plazos, o bien mediante la cesión al señor de una parte de la tierra campesina, o también en parte en dinero y en parte en tierra. Esa ley siguió siendo letra muerta hasta que los altos precios del grano de 1816 a 1819 pusieron a los campesinos en condiciones de proceder a la redención. A partir de 1819 las redenciones avanzaron rápidamente en Brandeburgo, más despacio en Pomerania y más despacio todavía en Posen y en Prusia.[^6] El dinero así arrebatado a los campesinos, legalmente, sí, pero contra todo derecho (porque las cargas de la servidumbre se les habían impuesto contra todo derecho), en la medida en que no se derrochaba en el acto a la antigua usanza nobiliaria, sirvió principalmente para montar destilerías. También en las otras tres provincias mencionadas se extendió la destilación en la misma medida en que las redenciones campesinas proporcionaban los medios para ello. La industria del aguardiente de los junkers prusianos se fundó, pues, literalmente con el dinero arrebatado a los campesinos. Y marchó viento en popa, sobre todo desde 1825. Solo dos años después, en 1827, se destilaron en Prusia 125 millones de cuartos de aguardiente, es decir, 10 1/2 cuartos por habitante, por un valor total de 15 millones de táleros; Hannover, en cambio, que quince años antes era el primer Estado aguardentero de Alemania, solo produjo 18 millones de cuartos.

Se comprende que, a partir de entonces, toda Alemania, en la medida en que los distintos Estados o las uniones aduaneras de varios Estados no se protegieron con barreras aduaneras, se viera inundada por una auténtica marea de matarratas de patata prusiano. ¡14 táleros el ohm de 180 cuartos, o sea, a 2 groschen y 4 pfennig el cuarto al por mayor! La borrachera, que antes había costado el triple o el cuádruple, estaba ahora al alcance diario hasta de los más pobres, desde que un hombre podía pasarse toda la semana completamente borracho por 15 groschen de plata.

El efecto de estos precios del aguardiente, baratos como nunca, que se hicieron sentir en lugares diferentes y en momentos diferentes, pero siempre casi de golpe, fue inaudito. Recuerdo todavía muy bien cómo, a finales de los años veinte, el aguardiente barato cayó de repente sobre el distrito industrial del Bajo Rin y de la Marca.[^7] Sobre todo en el Bergisches Land, y muy en especial en Elberfeld-Barmen, la masa de la población trabajadora se entregó a la bebida. En pandillas, del brazo, ocupando todo el ancho de la calle, los «hombres borrachos» iban dando tumbos desde las nueve de la noche, entre un griterío desafinado, de taberna en taberna y finalmente a casa. Dado el nivel de instrucción de los obreros de entonces y la completa falta de salida de su situación, no era de extrañar. Sobre todo en el bendito valle del Wupper,[^8] donde desde hace sesenta años una industria va relevando a otra, donde, por tanto, una parte de los obreros estaba continuamente en apuros, si no sin pan, mientras otra (entonces los tintoreros) estaba bien pagada para aquella época. Y si, como entonces, a los obreros del Wupper no les quedaba más elección que entre el aguardiente terrenal de las tabernas y el aguardiente celestial de los curas pietistas, ¿qué tiene de extraño que prefirieran el primero, por malo que fuera?

Y era muy malo. Tal como salía del refrigerante, sin más depuración, con todo su contenido de aceite de fusel, se expedía y se bebía recién hecho. Todos los aguardientes destilados de orujo de uva, remolacha, grano o patata contienen ese aceite de fusel, una mezcla de alcoholes superiores, es decir, de líquidos de composición análoga a la del alcohol común, pero con más carbono e hidrógeno (entre otros, alcohol propílico primario, alcohol isobutílico y, con gran predominio, alcohol amílico). Todos estos alcoholes son más nocivos que el espíritu de vino común (alcohol etílico), y la dosis a la que resultan tóxicos es mucho menor que en el caso de este. El profesor Binz, de Bonn,[^9] ha demostrado recientemente con numerosos experimentos que los efectos embriagadores de nuestras bebidas espirituosas, tanto como sus desagradables secuelas, en la honorable resaca o en fenómenos más serios de enfermedad y envenenamiento, deben atribuirse mucho menos al espíritu de vino común o alcohol etílico que a los alcoholes superiores, es decir, al aceite de fusel. Pero no solo embriagan más y destruyen más; determinan también el carácter de la borrachera. Todo el mundo sabe por haberlo visto, si no por experiencia propia, cuán distintas son en su efecto sobre el cerebro la borrachera de vino (e incluso las borracheras de las distintas clases de vino), la de cerveza y la de aguardiente. Cuanto más aceite de fusel contiene la bebida, y cuanto más malsana es la composición de ese aceite de fusel, tanto más brutal y salvaje es la borrachera. Ahora bien, el aguardiente de patata joven y sin depurar contiene, como es sabido, más aceite de fusel que todas las demás bebidas destiladas, y el de composición más desfavorable. El efecto de cantidades extraordinariamente grandes de esta bebida sobre una población tan excitable y apasionada como la del Bergisches Land fue, en consecuencia, el que cabía esperar. El carácter de la borrachera cambió por completo. Toda fiesta, que antes terminaba en una alegre achispadura y solo rara vez en excesos —en los que, eso sí, el *Kneif* (la navaja, en inglés *knife*) desempeñaba no pocas veces su papel—, toda fiesta de esas degeneraba ahora en una orgía brutal y acababa infaliblemente en una reyerta en la que nunca faltaban las heridas de navaja, y las puñaladas mortales eran cada vez más frecuentes. Los curas lo achacaban a la creciente impiedad; los juristas y demás filisteos, a los bailes de taberna. La verdadera causa era la repentina inundación de aceite de fusel prusiano, que no hacía más que ejercer su efecto fisiológico normal y entregaba a cientos de pobres diablos a los trabajos forzados en las fortificaciones.

Este efecto agudo del aguardiente barato duró años, hasta que poco a poco fue desapareciendo más o menos. Pero la influencia sobre las costumbres no desapareció del todo; el aguardiente siguió siendo para la clase obrera una necesidad vital en mayor grado que antes, y su calidad, aunque mejoró algo, quedó muy por debajo de la del antiguo aguardiente de grano añejo.

Y lo que ocurrió en el Bergisches Land ocurrió en otras partes. Nunca fueron las lamentaciones de los filisteos por el aumento del consumo excesivo de aguardiente entre los obreros más generales, más unánimes y más ruidosas que de 1825 a 1835. Hasta cabe preguntarse si el embotamiento con que, en particular, los obreros del norte de Alemania dejaron pasar sobre sí los acontecimientos de 1830[^10] sin que les afectaran no se debió en gran parte al aguardiente, que entonces los dominaba más que nunca. Solo hubo levantamientos serios, y sobre todo con éxito, en las regiones vinícolas o en aquellos Estados alemanes que se habían protegido más o menos con aranceles contra el aguardiente prusiano. No sería la única vez que el aguardiente hubiera salvado al Estado prusiano.

La única industria que ha llegado a efectos directos aún más devastadores —y, con todo, no contra su propio pueblo, sino contra extranjeros— es la industria anglo-india del opio para envenenar a China.

Entretanto, la fabricación de aguardiente siguió alegremente su curso, se extendió más y más hacia el este y fue poniendo bajo la patata una yugada[^11] tras otra del desierto de arena y pantanos del nordeste de Alemania. No contenta con hacer feliz a la patria, aspiró a hacer accesibles al extranjero las bendiciones del aceite de fusel de la vieja Prusia. Se volvía a destilar el aguardiente común para eliminar parte del agua que contenía, y al espíritu de vino así obtenido, acuoso e impuro, se le llamó «Sprit», que es la traducción de *spiritus* al prusiano. Todos los alcoholes superiores tienen puntos de ebullición más altos que el alcohol etílico. Mientras este hierve a 78 1/2 grados del termómetro centígrado, el punto de ebullición del alcohol propílico primario es de 97 grados, el del alcohol isobutílico de 109 y el del alcohol amílico de 132. Se diría entonces que, con una destilación cuidadosa, por lo menos la mayor parte de este último, el componente principal del aceite de fusel, y una parte del alcohol isobutílico deberían quedarse atrás, y que a lo sumo pasaría con el destilado una parte de este y la mayor parte del alcohol propílico primario, que, sin embargo, solo está presente en muy pequeña proporción en el aceite de fusel. Pero incluso la química científica renuncia a separar por destilación los tres alcoholes inferiores de que aquí se trata, y solo puede aislar el alcohol amílico del aceite de fusel mediante la destilación fraccionada, inaplicable en una destilería. Y en las destilaciones de las fábricas de aguardiente rurales las cosas se hacen con bastante tosquedad. No es de extrañar, pues, que el Sprit exportado a comienzos de los años cuarenta estuviera aún considerablemente mezclado con aceite de fusel, como se podía reconocer fácilmente por el olor; el espíritu de vino puro, o simplemente con agua, es casi inodoro.

Ese Sprit iba sobre todo a Hamburgo. ¿Qué se hacía con él? Una parte se enviaba a países donde los derechos de entrada no le cerraban las puertas por completo —en esta exportación participaba también Stettin—; pero la masa principal se utilizaba en Hamburgo y en Bremen para falsificar ron. Este aguardiente, destilado en las Indias Occidentales en parte de la propia caña de azúcar, pero en su mayor parte de los residuos de la caña que quedan al fabricar el azúcar, era el único que, gracias a sus bajos costes de producción, podía competir todavía con el aguardiente de patata como una especie de bebida de lujo de las masas. Para producir un ron «fino», pero a la vez barato, se tomaba, por ejemplo, un barril de ron de Jamaica de verdad fino, tres o cuatro barriles de ron de Berbice[^12] barato y malo y dos o tres barriles de Sprit de patata prusiano, y esta mezcla, u otra parecida, daba el resultado deseado. Este «veneno», como lo llamaban en mi presencia los propios comerciantes que participaban en la falsificación, se embarcaba hacia Dinamarca, Suecia, Noruega y Rusia, pero una parte muy considerable volvía también Elba arriba o por Stettin a los países de donde había venido el noble Sprit, y allí se bebía en parte como ron y en parte se introducía de contrabando en Austria y en Polonia.

Los comerciantes hamburgueses no se quedaron en la falsificación del ron. Con la genialidad que les es propia, fueron los primeros en ver el papel que, con el tiempo, estaba reservado al aguardiente de patata prusiano para conmover el mundo. Ya habían probado con toda clase de otras bebidas, y ya a fines de los años treinta nadie que entendiera algo de vino en la Alemania del Norte no prusiana quería comprar vinos blancos franceses en Hamburgo, porque se decía por todas partes que allí los endulzaban con azúcar de plomo y que, al mismo tiempo, los envenenaban con él. Sea como fuere, el Sprit de patata se convirtió pronto en la base de una falsificación de bebidas cada vez mayor. Al ron le siguió el coñac, que ya requería más arte en su tratamiento. Pronto se empezó a tratar el vino con Sprit, y por último se llegó a preparar oporto y vinos españoles sin nada de vino, con Sprit, agua y jugos vegetales, que se mezclaban además con productos químicos. El negocio florecía tanto más cuanto que en muchos países tales prácticas o estaban directamente prohibidas o rozaban tanto el código penal que todavía no se consideraba prudente arriesgarse a ellas. Pero Hamburgo era la sede del librecambio sin restricciones, y así se falsificaba a destajo «por la prosperidad de Hamburgo».

Pero el monopolio de la falsificación no duró mucho. Después de la revolución de 1848, cuando en Francia el dominio exclusivo de las altas finanzas y de unos pocos grandes industriales destacados había sido sustituido por el dominio momentáneo de toda la burguesía, los productores y comerciantes franceses empezaron a comprender qué fuerzas milagrosas dormían en un barril de Sprit de patata prusiano. Se empezó a mezclar el coñac ya en casa, en lugar de enviarlo sin falsificar al extranjero, y más aún a ennoblecer el coñac destinado al consumo interior (llamo así, para abreviar, a todo aguardiente destilado de orujo de uva) con una buena dosis de Sprit de patata prusiano. Con ello el coñac —el único aguardiente que en Francia entra en el consumo de masas— se abarató considerablemente. El Segundo Imperio favoreció naturalmente estas maniobras en interés de las masas que sufren, y así nos encontramos con que, a la caída de la dinastía napoleónica, gracias a los efectos benditos del aguardiente de la vieja Prusia, la embriaguez, antes casi desconocida allí, había alcanzado en Francia una extensión considerable.

Una serie inaudita de malas cosechas de vino y, por último, el tratado de comercio de 1860,[^13] que abrió Inglaterra al comercio francés de vinos, dieron ocasión a un nuevo progreso. Los vinos flojos de las malas cosechas, cuya acidez no podía eliminarse añadiéndoles azúcar, necesitaban una adición de alcohol para poder conservarse. Se los mezclaba, pues, con Sprit prusiano. Además, el gusto inglés estaba acostumbrado a vinos fuertes; los vinos de mesa naturales franceses, que ahora se exportaban en masa, resultaban a los ingleses demasiado aguados y fríos. ¿Qué se podía encontrar en el mundo mejor que el Sprit prusiano para hacerlos fuertes y cálidos? Burdeos se convirtió cada vez más en la plaza principal para la falsificación de vinos franceses, españoles e italianos, que allí se transformaban en «Burdeos fino», y para el despacho del Sprit prusiano.

Sí, de vinos españoles e italianos. Desde que el consumo de vinos tintos franceses —y ningún burgués quiere beber otros— ha aumentado tan enormemente en Inglaterra, en América del Norte y del Sur y en las colonias, ni siquiera la riqueza vinícola casi inagotable de Francia basta ya. Casi toda la cosecha aprovechable del norte de España, entre otras toda la cosecha de la Rioja, tan rica en vino, en el valle del Ebro, va a Burdeos. Al mismo destino envían Génova, Liorna y Nápoles cargamentos enteros de vino. Mientras estos vinos se hacen capaces de soportar el transporte marítimo con ayuda del Sprit prusiano, esa exportación de vino eleva tanto los precios del vino en España y en Italia que el vino se vuelve del todo inasequible para la masa de la población trabajadora, que antes lo bebía a diario. En su lugar bebe aguardiente, y el componente principal de ese aguardiente es a su vez... el Sprit de patata prusiano. Más aún: el señor von Kardorff se queja en el Reichstag de que en Italia eso todavía no ocurre en medida suficiente.

Vayamos adonde vayamos, en todas partes encontramos Sprit prusiano. El Sprit prusiano llega incomparablemente más lejos que el brazo del gobierno del Imperio alemán. Y dondequiera que encontramos ese Sprit, sirve ante todo... para la falsificación. Se convierte en el medio por el que los vinos del sur de Europa se hacen exportables y, con ello, se sustraen a la población trabajadora del país. ¡Y así como la lanza de Aquiles cura las heridas que ha causado,[^14] el Sprit prusiano ofrece al mismo tiempo a las clases obreras privadas del vino el sucedáneo en forma de aguardiente adulterado! El Sprit de patata es para Prusia lo que el hierro y los tejidos de algodón son para Inglaterra: el artículo que la representa en el mercado mundial. Bien puede, pues, el más reciente adepto y a la vez regenerador del socialismo, el señor Eugen Dühring,[^15] celebrar la destilación «ante todo ... como prolongación natural (de la industria) de las actividades agrícolas» y exclamar triunfante:

> «¡La producción de alcohol es de tal importancia que más bien se la subestimará que sobrestimará!».

Pero, claro está, el «Anch'io son pittore» (también yo soy pintor, como dijo Correggio)[^16] se dice en prusiano: «También yo soy destilador de aguardiente».

Pero con ello no se agotan, ni mucho menos, los prodigios del aguardiente de patata prusiano.

> «Mientras que antes vivían en esas tierras —dice el señor von Kardorff— unas mil personas por milla cuadrada, la tierra alimenta ahora *gracias a la fabricación de alcohol a unas tres mil personas por milla cuadrada*».

Y eso es, en conjunto, cierto. No sé de qué época habla el señor von Kardorff cuando cifra la población en mil almas por milla cuadrada. Una época así ha existido sin duda alguna vez. Pero si excluimos las provincias de Sajonia y Silesia, en las que la destilación desempeña un papel menos destacado junto a las demás industrias, y también Posen, cuya mayor parte, a pesar de todos los esfuerzos del gobierno, sigue sin mostrar ganas de ser otra cosa que polaca, nos quedan las tres provincias de Brandeburgo, Pomerania y Prusia. Estas tres provincias tienen una superficie total de 2.415 millas cuadradas. Tenían en 1817 una población total de 3.479.825 almas, o sea, 1.441 por milla cuadrada; en 1871, de 7.432.407 almas, o sea, 3.078 por milla cuadrada. Estamos completamente de acuerdo con el señor von Kardorff en considerar este aumento de la población esencialmente como consecuencia directa o indirecta de la destilación de aguardiente. Si añadimos la Altmark, la Baja Silesia septentrional, agrícola, y la parte predominantemente alemana de Posen, donde la población habrá evolucionado de modo parecido, tenemos la verdadera región del aguardiente, pero también, al mismo tiempo, el *núcleo de la monarquía prusiana*. Y con esto se abre una perspectiva completamente distinta. La destilación aparece ahora como la verdadera base material de la Prusia actual. Sin ella, el junkerismo prusiano tendría que haberse hundido; sus fincas habrían sido compradas en parte por grandes magnates de la tierra, que habrían formado una aristocracia poco numerosa al estilo ruso, y en parte se habrían parcelado y habrían formado la base de un campesinado independiente. Sin ella, el núcleo de Prusia habría seguido siendo un país de unas 2.000 almas por milla cuadrada, incapaz de seguir desempeñando un papel en la historia, ni para bien ni para mal, hasta que la industria burguesa se hubiera desarrollado lo bastante para asumir también aquí la dirección social y, quizá, política. La destilación ha dado otro giro al desarrollo. En un suelo que casi no produce más que patatas y junkers de terruño, pero ambas cosas en masa, pudo desafiar la competencia de todo un mundo. Favorecida cada vez más por la demanda —por las circunstancias ya explicadas—, pudo elevarse a fábrica central de aguardiente del mundo. En las relaciones sociales existentes, eso no significaba otra cosa que la formación, por un lado, de una clase de terratenientes medianos cuyos hijos menores proporcionaban el material principal para los oficiales del ejército y para la burocracia, es decir, un nuevo plazo de vida para el junkerismo; y, por otro, de una clase de semisiervos que se multiplicaba con relativa rapidez y de la que se recluta la masa de los «regimientos del núcleo» del ejército. Sobre cuál es la situación de esta masa obrera, nominalmente libre, pero en la práctica sometida por completo al señor de la finca por los contratos anuales, por los pagos en especie, por las condiciones de la vivienda y, por último, por la policía señorial, que con la nueva ordenanza de los distritos[^17] no ha hecho más que adoptar otra forma, puede uno informarse en los escritos del profesor von der Goltz.[^18] En suma, si Prusia se vio en condiciones de digerir más o menos los bocados al oeste del Elba engullidos en 1815, de aplastar la revolución en Berlín en 1848, de ponerse en 1849 a la cabeza de la reacción alemana a pesar de los levantamientos de Renania y Westfalia, de llevar a cabo en 1866 la guerra con Austria y de poner en 1871 a toda la Pequeña Alemania bajo la dirección de esta parte de Alemania, la más atrasada, la más inmóvil, la más inculta, todavía semifeudal, ¿a quién se lo debe? A la destilación de aguardiente.

## II

Pero volvamos al Reichstag. En el debate intervienen principalmente el señor von Kardorff, el señor von Delbrück[^19] y el plenipotenciario de Hamburgo en el Consejo Federal, Krüger. A juzgar por este debate, casi parece que estemos cometiendo una injusticia clamorosa con el espíritu de patata prusiano. El malo no es el Sprit prusiano, sino el ruso. El señor von Kardorff se queja de que industriales hamburgueses transforman aguardiente ruso (y este, como subraya expresamente el señor Krüger, está destilado de grano, no de patata) en Sprit, «lo expiden como Sprit alemán y perjudican con ello la reputación del Sprit alemán». Al señor Delbrück «le han dicho que semejante sustitución encontraría grandes dificultades, porque hasta ahora no se ha logrado obtener del aguardiente ruso un Sprit *inodoro* como del alemán», pero añadió con prudencia: «Señores, eso, naturalmente, no puedo saberlo».

Así pues, el malo no es el espíritu de patata prusiano, sino el espíritu de grano ruso. El Sprit de patata prusiano es «inodoro», es decir, libre de fusel; el Sprit de grano ruso no se ha podido producir inodoro hasta ahora, contiene por tanto aceite de fusel, y si se vende como prusiano, priva a este de su reputación de libre de fusel. Según esto, habríamos calumniado al prusiano «libre de fusel» de manera bellaca y con intenciones absolutamente enemigas del Imperio. Veamos cómo son las cosas en la realidad.

Existe, en efecto, un procedimiento para quitar el fusel al aguardiente tratándolo con carbón vegetal recién calcinado. Por eso el Sprit que llega al comercio ha estado en general menos mezclado con aceite de fusel en los últimos tiempos. Pero entre las dos clases de Sprit que aquí nos interesan hay la siguiente diferencia: al espíritu de grano se le puede quitar el fusel *por completo* sin gran esfuerzo, mientras que quitárselo al Sprit de patata es mucho más difícil y, en la gran producción, prácticamente tan imposible que incluso el espíritu más puro obtenido del aguardiente de patata deja siempre olor a fusel cuando se frota en la mano. Por eso es regla que en las farmacias y para los licores finos solo se emplee espíritu de grano y nunca Sprit de patata, o al menos así debería ser (¡porque también aquí se falsifica!).

Y pocos días después de publicar el debate aguardentero mencionado, la *Kölnische Zeitung* publica (8 de febrero, primera hoja), en la sección de noticias varias, el siguiente suspiro de un bebedor renano de vino de taberna:

> «Sería sumamente deseable demostrar también la *adición de Sprit de patata al vino flojo*. Una *brutal pesadez de cabeza* a continuación lo indica, desde luego, pero demasiado tarde. El Sprit de patata *contiene todavía aceite de fusel*, cuyo olor, por lo demás desagradable, queda encubierto por el olor peculiar del vino. *Esta falsificación es de las más frecuentes*».

Por último, para tranquilizar a los destiladores de aguardiente de la vieja Prusia, el señor Krüger saca a la luz el inquietante hecho de que en el mercado de Hamburgo el espíritu de grano ruso se paga *cuatro marcos más caro* que el Sprit de patata prusiano. Este último se cotizaba el 7 de febrero en Hamburgo a 35 marcos los 100 litros; ¡el ruso alcanza, pues, un precio un 12 por ciento mejor que el prusiano, cuya reputación supuestamente perjudica!

¡Y ahora, después de todos estos hechos, contémplese el aire de inocencia ofendida del calumniado, «inodoro», virtuoso «libre de fusel» prusiano, celoso de su reputación, que al por mayor solo cuesta 35 pfennig de marco el litro, más barato que la cerveza! Si se pone uno junto a otro ese debate y estos hechos, ¿no tienta preguntar: a quién se está tomando aquí por tonto?

La benéfica influencia del aceite de fusel prusiano abarca el mundo entero, porque con el Sprit de patata se infiltra en toda bebida. Desde el agrio y flojo vino del Mosela y del Rin de los malos pagos, que con azúcar de patata y Sprit de patata se convierte por arte de magia en Brauneberger y Niersteiner, desde el mal vino tinto que inunda Inglaterra desde el tratado de comercio de Gladstone y que allí se llama «Gladstone», hasta el Château Lafitte y el champán, el oporto y el madeira que beben los burgueses en la India, China, Australia y América, no hay bebida en cuya composición no entre aceite de fusel prusiano. La producción de estas bebidas florece en todas partes donde crece el vino y donde el vino se almacena en grandes cantidades, y entona ditirambos al Sprit de patata. ¿Pero el consumo? Ah, el consumo se da cuenta, por medio de la «brutal pesadez de cabeza» en que consisten las bendiciones del aceite de fusel prusiano, y procura mantener esas bendiciones a distancia. En Italia, dice el señor von Kardorff, se aplica el tratado de comercio de tal modo que el Sprit prusiano paga un arancel demasiado alto. Bélgica, América e Inglaterra hacen imposible con altos aranceles la exportación de Sprit a sus territorios. En Francia, los aduaneros pegan etiquetas rojas en los barriles de Sprit para señalarlos como prusianos: ¡realmente la primera vez que los aduaneros franceses han hecho algo de utilidad pública! En suma, las cosas han llegado a tal punto que el señor von Kardorff exclama desesperado: «Señores, si se representan ustedes la situación de la industria alemana del Sprit, verán *que todos los países se cierran con el mayor temor a nuestros Sprits*». ¡Bastante natural! Los efectos benditos de esos Sprits se han hecho poco a poco mundialmente conocidos, y la única manera de librarse de la «brutal pesadez de cabeza» es no dejar entrar en el país esa porquería de fusel.

Y ahora, para colmo, se levanta por el este, pesada y sombría, una nube de tormenta sobre los acosados junkers del aguardiente. El hermano mayor de Rusia, último baluarte y amparo de todas las venerables instituciones contra el moderno afán destructor, empieza también a destilar y a exportar aguardiente, y además aguardiente de grano, y por si fuera poco lo suministra tan barato como los junkers prusianos su aguardiente de patata. De año en año aumentan la producción y la exportación de ese aguardiente ruso, y si hasta ahora se rectificaba en Hamburgo para convertirlo en Sprit, el señor Delbrück nos cuenta que «en los puertos rusos ... se están instalando ya varios establecimientos, dotados de los mejores aparatos, para la rectificación del aguardiente ruso», y prepara a los señores junkers para que la competencia rusa les vaya desbordando cada año más. El señor von Kardorff lo nota muy bien y pide que el gobierno prohíba sin más el tránsito de espíritu ruso por Alemania.

El señor von Kardorff, como diputado conservador libre,[^20] debería estar en condiciones de apreciar mejor la posición del gobierno del Imperio alemán respecto de Rusia. Después de la anexión de Alsacia-Lorena y de la inaudita indemnización de guerra de cinco mil millones, con las que se había convertido a Francia en aliada necesaria de *cualquier* enemigo de Alemania, y con la política de hacerse respetar, o más bien temer, en todas partes, pero no querer en ninguna, solo quedaba *una* opción: o aplastar rápidamente también a Rusia, o bien asegurarse la alianza rusa (en la medida en que uno pueda fiarse de Rusia) convirtiéndose en el obediente servidor de la diplomacia rusa. Como no se pudo decidir por la primera alternativa, se cayó sin remedio en la segunda. Prusia, y con ella el Imperio, está de nuevo en la misma dependencia de Rusia que después de 1815 y después de 1850;[^21] y exactamente igual que después de 1815, la «Santa Alianza» sirve para encubrir esta dependencia.[^22] El resultado de todas las victorias gloriosas es que se sigue siendo, como antes, la quinta rueda del carro europeo. ¡Y luego se extraña Bismarck de que el público alemán siga ocupándose, como antes, de los asuntos del extranjero, donde están los verdaderos centros de gravedad de las decisiones, en lugar de los hechos del gobierno del Imperio, que en Europa, y de los discursos del Reichstag, que en Alemania, no tienen nada que decir! ¡Prohibir el tránsito del Sprit ruso! ¡Me gustaría ver al canciller del Imperio que se atreviera a ello sin tener al mismo tiempo en el bolsillo la declaración de guerra a Rusia! Y cuando el señor von Kardorff plantea al gobierno del Imperio una exigencia tan peregrina, casi habría que creer que no solo el *beber* aguardiente, sino ya el *destilarlo*, nubla el entendimiento. ¿No han emprendido últimamente destiladores de aguardiente más célebres que el señor von Kardorff[^23] cosas para las que, desde su propio punto de vista, no se encuentra absolutamente ninguna explicación racional?

Por lo demás, nada más comprensible que la competencia rusa inspire un terror siniestro a nuestros junkers del aguardiente. En el interior de Rusia hay grandes regiones donde el grano es tan barato como la patata en Prusia. Además, el combustible es casi siempre más barato en Rusia que en nuestros distritos de destilerías. Todas las condiciones materiales están dadas. ¿Qué tiene de extraño que una parte de la nobleza rusa, exactamente como los junkers prusianos, invierta en destilerías el dinero que el Estado le adelantó por cuenta de los campesinos en la redención de las prestaciones serviles?[^24] ¿Que esas destilerías, con un mercado siempre creciente y con la preferencia que el aguardiente de grano tendrá siempre, a igual o a poco mayor precio, sobre el aguardiente de patata, se extiendan rápidamente y que ya se pueda prever el momento en que su producto desplace por completo del mercado al Sprit de patata prusiano? De nada sirven quejas ni lamentos. Las leyes de la producción capitalista, mientras esta dure, son tan inexorables para los junkers como para los judíos. Gracias a la competencia rusa se acerca el día en que caiga la sagrada Ilión,[^25] en que la espléndida industria prusiana del aguardiente desaparezca del mercado mundial y, a lo sumo, siga emponzoñando de fusel el mercado interior. Pero el día en que se les arranque a los junkers prusianos el capitel del alambique y solo les quede el yelmo del escudo de armas o, a lo sumo, el casco del ejército, ese día se habrá acabado Prusia. Prescindamos por completo del curso restante de la historia universal, de la posibilidad, probabilidad o inevitabilidad de nuevas guerras o revoluciones: la competencia del aguardiente ruso basta por sí sola para arruinar a Prusia, al destruir la industria que mantiene la agricultura de las provincias orientales en su actual grado de desarrollo. Pero con ello destruye también las condiciones de existencia de los junkers del este del Elba y de sus 3.000 siervos por milla cuadrada; y con ello destruye la base del Estado prusiano: el material de los oficiales y de los suboficiales y de los soldados que obedecen las órdenes sin rechistar, y además el material del núcleo de la burocracia, el material que imprime a la Prusia actual su carácter específico. Con la caída de la destilación de aguardiente cae el militarismo prusiano, y sin él Prusia no es nada. Entonces estas provincias orientales volverán a hundirse en el rango que les corresponde en Alemania por su escasa población, por su industria sojuzgada bajo la agricultura, por sus condiciones semifeudales, por su falta de desarrollo burgués y de cultura general. Entonces los demás territorios del Imperio alemán, liberados de la presión de este dominio semimedieval, respirarán y ocuparán la posición que les corresponde por su desarrollo industrial y su cultura más avanzada. Las propias provincias orientales se buscarán otras industrias, menos dependientes de la agricultura y que permitan menos la explotación feudal, y entretanto aportarán su ejército a la socialdemocracia en lugar de al Estado prusiano. Todo el resto del mundo se alegrará de que por fin se acabe el envenenamiento prusiano con aceite de fusel; pero los junkers prusianos y el Estado prusiano, entonces por fin «disuelto en Alemania»,[^26] tendrán que consolarse con las palabras del poeta:

> Lo que ha de vivir inmortal en el canto  
> tiene que perecer en la vida.[^27]

[^1]: Wilhelm von Kardorff (1828-1907), gran terrateniente silesio e industrial, diputado del Partido Conservador Libre (Reichspartei) en el Reichstag, defensor del proteccionismo.

[^2]: Engels usa la palabra *Sprit*, nombre comercial del alcohol rectificado (espíritu de vino) de patata; la conservamos en la traducción porque juega con ella más adelante.

[^3]: La milla cuadrada prusiana equivalía a unos 56,7 kilómetros cuadrados.

[^4]: *Oxhoft*: medida de capacidad para vino y aguardiente, de unos 200 litros. Más abajo, el *Quart* (cuarto) prusiano equivalía a algo más de un litro (1,145 l); el *Ohm*, como dice el propio Engels, a 180 cuartos. El tálero prusiano se dividía en 30 groschen de plata (*Silbergroschen*), y el groschen, en 12 pfennig.

[^5]: El edicto de regulación de 14 de septiembre de 1811, una de las reformas agrarias prusianas (Stein-Hardenberg), que permitía a los campesinos convertirse en propietarios de sus tierras a cambio de ceder al señor una parte de ellas o de pagar una indemnización.

[^6]: La provincia de Prusia (Prusia Oriental y Occidental), distinta del Estado prusiano.

[^7]: El distrito industrial de Wuppertal y del Bergisches Land, junto con el condado de la Marca, en Westfalia. Engels nació en Barmen en 1820; véanse sus [Cartas desde el Wuppertal](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1839%20Cartas%20desde%20el%20Wuppertal) (1839).

[^8]: El valle del Wupper (Wuppertal), donde estaban Elberfeld y Barmen, centro textil y foco del pietismo.

[^9]: Carl Binz (1832-1913), farmacólogo, profesor en Bonn.

[^10]: La revolución de julio de 1830 en Francia, que provocó levantamientos en Bélgica, Polonia y en varios Estados alemanes (Brunswick, Sajonia, Hesse-Kassel).

[^11]: *Morgen*: medida agraria; el *Morgen* prusiano equivalía a una cuarta parte de hectárea, aproximadamente.

[^12]: Berbice, región de la Guayana británica productora de ron barato.

[^13]: El tratado de comercio anglo-francés de 1860 (tratado Cobden-Chevalier), que rebajó los derechos de aduana sobre los vinos franceses en Inglaterra; en el lado inglés lo impulsó el ministro de Hacienda, William Gladstone.

[^14]: Según la leyenda griega, la herida que Aquiles causó con su lanza a Télefo, rey de Misia, solo pudo curarse con la herrumbre de esa misma lanza.

[^15]: Eugen Dühring (1833-1921), profesor de la Universidad de Berlín, cuyo sistema ganaba adeptos entre los socialdemócratas alemanes. Engels le dedicaría poco después su *Anti-Dühring* (1876-1878).

[^16]: «¡También yo soy pintor!», exclamación que la tradición atribuye a Correggio ante un cuadro de Rafael.

[^17]: La ordenanza de los distritos (*Kreisordnung*) de 1872 para las provincias orientales de Prusia, que suprimió la jurisdicción policial hereditaria de los señores, pero dejó el poder local en manos de los junkers.

[^18]: Theodor von der Goltz (1836-1905), economista agrario, profesor en Königsberg, autor de varios estudios sobre la situación de los obreros agrícolas en Alemania.

[^19]: Rudolf von Delbrück (1817-1903), presidente de la Cancillería del Imperio hasta 1876, principal responsable de la política librecambista.

[^20]: El Partido Conservador Libre (Freikonservative Partei, en el Reichstag llamado Deutsche Reichspartei), partido de grandes terratenientes e industriales que apoyaba a Bismarck.

[^21]: Después de 1815, la Santa Alianza de Rusia, Austria y Prusia; después de 1850, la humillación de Prusia en Olmütz (noviembre de 1850), donde tuvo que renunciar a sus planes de unión alemana bajo la presión de Austria y Rusia.

[^22]: Alusión a la Liga de los Tres Emperadores (Alemania, Rusia y Austria-Hungría), formada en 1873.

[^23]: Alusión a Bismarck, que tenía destilerías en sus fincas.

[^24]: La reforma de 1861 que abolió la servidumbre en Rusia: el Estado adelantó a los terratenientes el importe del rescate de las tierras campesinas, que los campesinos tenían que devolverle en 49 años.

[^25]: *Ilíada*, VI, 448 (y IV, 164): «Llegará un día en que perezca la sagrada Ilión».

[^26]: Alusión a la proclama de Federico Guillermo IV del 21 de marzo de 1848: «Prusia se disuelve en lo sucesivo en Alemania» (*Preußen geht fortan in Deutschland auf*).

[^27]: Últimos versos del poema de Schiller *Los dioses de Grecia* (*Die Götter Griechenlands*).
