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Title: Los obreros de Europa en 1877 (1878)
Description: Balance del movimiento obrero europeo en 1877 que Engels escribió para un semanario socialista de Nueva York: la victoria electoral alemana, el fin de la escisión anarquista, el movimiento país por país, Francia y la república, y la revolución que se prepara en Rusia, columna vertebral de la reacción europea.
Author: Friedrich Engels
Date: 1878-03-03
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1878%20Los%20obreros%20de%20Europa%20en%201877
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*Escrito en inglés por Friedrich Engels entre mediados de febrero y mediados de marzo de 1878 y publicado en cinco entregas en* The Labor Standard *(Nueva York) del 3, 10, 17, 24 y 31 de marzo de 1878. Traducido del original inglés según la transcripción del texto del periódico hecha por Tony Brown en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada párrafo a párrafo con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 19 (Berlín, 1962, pp. 117-137), por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen erratas evidentes de la transcripción, cotejadas con la versión alemana. Las notas son nuestras. [Texto original en inglés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1878%20To%20the%20Working%20Men%20of%20Europe%20in%201877).*

## I

El año pasado ha sido para la clase obrera de Europa un año rico en acontecimientos y fecundo. Se han hecho grandes progresos en casi todos los países en cuanto a la organización y la extensión de un partido obrero; la unidad, amenazada en un momento dado por una secta pequeña pero activa, ha quedado prácticamente restablecida; el movimiento obrero se ha abierto paso cada vez más hasta el primer plano de la política cotidiana, y, señal segura de un triunfo próximo, los acontecimientos políticos, fuera cual fuera el giro que tomaran, resultaron siempre, de un modo u otro, favorables al progreso de ese movimiento.

El año 1877 se inauguró, ya desde el principio, con una de las mayores victorias que hayan obtenido nunca los obreros. El 10 de enero se celebraron las elecciones trienales al Parlamento alemán (Reichstag) por sufragio universal; elecciones que, desde 1867, han dado al Partido Obrero alemán la ocasión de contar sus fuerzas y de hacer desfilar ante el mundo sus batallones bien organizados y siempre crecientes. En 1874, cuatrocientos mil votos fueron a los candidatos del trabajo; en 1877, más de seiscientos mil. El día 10 resultaron elegidos diez candidatos obreros, mientras que otros veinticuatro tuvieron que ir a la segunda vuelta de las elecciones complementarias, celebradas quince días después. De esos veinticuatro solo unos pocos salieron finalmente elegidos, porque todos los demás partidos se unieron contra ellos. Pero quedaba el hecho importante de que en todas las grandes ciudades y centros industriales del Imperio el movimiento obrero había avanzado a pasos de gigante, y de que todas esas circunscripciones caerían con seguridad en sus manos en la próxima votación, en 1880. Se habían conquistado Berlín, Dresde, todos los distritos fabriles de Sajonia y Solingen; en Hamburgo, Breslau, Núremberg, Leipzig y Brunswick, en Schleswig-Holstein y en los distritos fabriles de Westfalia y del Bajo Rin, una coalición de todos los partidos apenas había bastado para derrotar a los candidatos obreros por escasas mayorías. La socialdemocracia alemana era una potencia, y una potencia en rápido crecimiento, con la que en adelante tendrían que contar todas las demás potencias del país, gobernantes o no. El efecto de estas elecciones fue enorme. La clase media se vio presa de un verdadero pánico, tanto más cuanto que su prensa había presentado constantemente a la socialdemocracia como si fuera menguando hasta la insignificancia. La clase obrera, enardecida por su propia victoria, continuó la lucha con renovado vigor en todos los campos de batalla a su alcance; y los obreros de otros países, como veremos, no solo celebraron la victoria de los alemanes como un triunfo propio, sino que se sintieron estimulados por ella a nuevos esfuerzos para no quedarse atrás en la carrera por la emancipación del trabajo.

El rápido progreso del Partido Obrero en Alemania no se consigue sin considerables sacrificios por parte de quienes toman en él una parte más activa. Procesamientos del gobierno y condenas a multas, y más a menudo a prisión, llueven sobre ellos, y hace tiempo que han tenido que hacerse a la idea de pasar en la cárcel la mayor parte de su vida. Aunque la mayoría de estas condenas son de corta duración, de un par de semanas a tres meses, las condenas largas no son en modo alguno raras. Así, para proteger el importante distrito minero e industrial de Saarbrücken del contagio del veneno socialdemócrata, dos agitadores fueron condenados recientemente a dos años y medio cada uno por haberse aventurado en ese terreno prohibido. Las elásticas leyes del Imperio ofrecen pretextos de sobra para tales medidas, y donde no bastan, los jueces están por lo general muy dispuestos a estirarlas hasta el punto necesario para una condena.

Una gran ventaja del movimiento alemán es que la organización sindical trabaja mano a mano con la organización política. Las ventajas inmediatas que ofrece la organización sindical atraen al movimiento político a más de un hombre que de otro modo sería indiferente, mientras que la comunidad de la acción política mantiene unidos a los sindicatos, que de otro modo estarían aislados, y les asegura el apoyo mutuo.

El éxito obtenido en las elecciones al Parlamento alemán ha animado a nuestros amigos alemanes a probar suerte en otros terrenos electorales. Así, en dos de los parlamentos de los Estados, en los Estados más pequeños del Imperio, han conseguido elegir a obreros, y han penetrado también en bastantes ayuntamientos; en los distritos fabriles de Sajonia más de una ciudad está gobernada por un concejo socialdemócrata. Como el derecho de voto está restringido en estas elecciones, no cabe esperar un gran resultado; aun así, cada escaño conquistado ayuda a demostrar a los gobiernos y a la clase media que en adelante tendrán que contar con los obreros.

Pero la mejor prueba del rápido avance de la organización consciente de la clase obrera está en el número creciente de sus órganos periódicos de prensa. Y aquí tenemos que rebasar las fronteras del «Imperio» de Bismarck, porque la influencia y la acción de la socialdemocracia alemana no se limitan en modo alguno a ellas. El 31 de diciembre de 1877 se publicaban en lengua alemana, en total, no menos de setenta y cinco periódicos al servicio del Partido Obrero. De ellos, en el Imperio alemán 62 (entre ellos 15 órganos de otros tantos sindicatos), en Suiza 3, en Austria 3, en Hungría 1 y en América 6; 75 en total, más que el número de órganos obreros en todas las demás lenguas juntas.

Después de la batalla de Sedán, en septiembre de 1870, el Comité Ejecutivo del Partido Obrero alemán[^1] dijo a sus afiliados que, con los resultados de la guerra, el centro de gravedad del movimiento obrero europeo se había desplazado de Francia a Alemania, y que los obreros alemanes habían quedado así investidos de una confianza más alta y de nuevas responsabilidades, que exigían de ellos renovados esfuerzos. El año 1877 ha demostrado la verdad de esto y ha demostrado al mismo tiempo que el proletariado de Alemania no ha estado en modo alguno por debajo de la tarea de dirección temporal que se le impuso. Cualesquiera que sean los errores que hayan podido cometer algunos de los dirigentes, y son numerosos y variados, las propias masas han avanzado resueltamente, sin vacilar y en la dirección correcta. Su conducta, su organización y su disciplina contrastan vivamente con la debilidad, la irresolución, el servilismo y la cobardía tan característicos de todos los movimientos de la clase media en Alemania. Pero mientras la clase media alemana ha cerrado su carrera hundiéndose en una adulación más que bizantina de «Guillermo el Victorioso» y entregándose atada de pies y manos a la voluntad caprichosa del único Bismarck, la clase obrera marcha de victoria en victoria, impulsada y fortalecida incluso por las mismas medidas que el gobierno y la clase media maquinan para aplastarla.

## II

Por grande que fuera el efecto de las elecciones alemanas en el propio país, fue mucho mayor en el extranjero. Y, en primer lugar, devolvió al movimiento obrero europeo la armonía que, durante los últimos seis años, habían perturbado las pretensiones de una secta pequeña pero extremadamente atareada.

Aquellos de nuestros lectores que han seguido la historia de la Asociación Internacional de los Trabajadores recordarán que, inmediatamente después de la caída de la Comuna de París, surgieron disensiones en el seno de la gran organización obrera, que condujeron a una escisión abierta en el Congreso de La Haya de 1872 y a la consiguiente disgregación. Esas disensiones las provocaron un ruso, Bakunin, y sus partidarios, que pretendían la supremacía, por buenas o malas artes, sobre un organismo del que no formaban más que una pequeña minoría. Su principal remedio milagroso era la oposición por principio a toda acción política de la clase obrera; hasta tal punto que, a sus ojos, votar en unas elecciones era cometer un acto de traición contra los intereses del proletariado. No admitían otro medio de acción que la revolución pura y simple, violenta. Desde Suiza, donde estos «anarquistas», como se llamaban a sí mismos, habían echado raíces primero, se extendieron a Italia y a España, donde durante un tiempo dominaron efectivamente el movimiento obrero. Dentro de la «Internacional» los apoyaban más o menos los belgas, que, aunque por motivos distintos, se declaraban también por la abstención política. Después de la escisión mantuvieron una apariencia de organización y celebraron congresos en los que un par de docenas de hombres, siempre los mismos, pretendiendo representar a la clase obrera de toda Europa, proclamaban en su nombre sus dogmas. Pero ya las elecciones alemanas de 1874, y la gran ventaja que supuso para el movimiento alemán la presencia en el Parlamento de nueve de sus miembros más activos, habían sembrado la duda entre los «anarquistas». Los acontecimientos políticos habían reprimido el movimiento en España, que desapareció sin dejar apenas rastro; en Suiza, el partido favorable a la acción política, que trabajaba mano a mano con los alemanes, se fortalecía cada día y pronto superó a los pocos anarquistas en una proporción de 300 a 1; en Italia, después de una pueril intentona de «revolución social» (Bolonia, 1874)[^2] en la que ni el juicio ni el valor de los «anarquistas» salieron muy bien parados, el verdadero elemento obrero empezó a buscar medios de acción más racionales. En Bélgica, el movimiento, gracias a la política abstencionista de los dirigentes, que dejaba a la clase obrera sin ningún terreno de acción real, había llegado a un punto muerto. De hecho, mientras la acción política de los alemanes los llevaba de éxito en éxito, la clase obrera de aquellos países en que la abstención estaba a la orden del día sufría derrota tras derrota y se cansaba de un movimiento estéril; sus organizaciones caían en el olvido y sus órganos de prensa desaparecían uno tras otro. A la parte más sensata de estos obreros no podía dejar de llamarle la atención este contraste; la rebelión contra la doctrina «anarquista» y abstencionista estalló tanto en Italia como en Bélgica, y la gente empezó a preguntarse y a preguntar a los demás por qué, en nombre de un estúpido dogmatismo, había que privarse de aplicar precisamente el medio de acción que había demostrado ser el más eficaz de todos. Así estaban las cosas cuando la gran victoria electoral de los alemanes disipó todas las dudas y venció todas las vacilaciones. No había resistencia posible contra un hecho tan tozudo. Italia y Bélgica se declararon por la acción política; los restos de los abstencionistas italianos, desesperados, intentaron otra insurrección cerca de Nápoles; unos treinta anarquistas proclamaron la «revolución social», pero la policía se ocupó de ellos rápidamente.[^3] Lo único que consiguieron fue el hundimiento completo de su propio movimiento sectario en Italia. Así, la organización anarquista, que había pretendido dirigir el movimiento obrero de un extremo a otro de Europa, quedó reducida de nuevo a su núcleo original, unos doscientos hombres en el distrito suizo del Jura, donde, desde el aislamiento de sus rincones montañosos, siguen protestando contra la herejía victoriosa del resto del mundo y defendiendo la verdadera ortodoxia tal como la estableció el emperador Bakunin, hoy difunto. Y cuando en septiembre pasado se reunió en Gante, en Bélgica, el Congreso Socialista Universal[^4] (un congreso que ellos mismos habían convocado), se encontraron en una minoría insignificante frente a los delegados de las grandes organizaciones obreras de Europa, unidas y unánimes. El Congreso, al tiempo que repudiaba enérgicamente sus ridículas doctrinas y sus arrogantes pretensiones y dejaba sentado que no representaban más que a una pequeña secta, les concedió al final una tolerancia generosa.

Así, después de cuatro años de lucha intestina, se restableció la plena armonía en la acción de la clase obrera de Europa, y la política proclamada por la mayoría del último Congreso de la Internacional quedó plenamente justificada por los acontecimientos. Se había recuperado una base sobre la que los obreros de los distintos países europeos podían volver a actuar unidos con firmeza y prestarse ese apoyo mutuo que constituye la principal fuerza del movimiento. La Asociación Internacional de los Trabajadores se había hecho imposi[…][^5] que prohibían a los obreros de estos países entrar en ninguna asociación internacional de ese tipo. Los gobiernos podían haberse ahorrado todo ese trabajo. El movimiento obrero había dejado atrás no solo la necesidad, sino incluso la posibilidad de un vínculo formal de esa clase; pero no solo se ha cumplido por completo la obra de la gran organización proletaria, sino que esta misma sigue viva, más poderosa que nunca, en el vínculo mucho más fuerte de la unión y la solidaridad, en la comunidad de acción y de política que anima hoy a la clase obrera de toda Europa y que es, decididamente, obra suya, y la más grandiosa de todas. Hay gran variedad de opiniones entre los obreros de los distintos países, e incluso entre los de cada país por separado; pero ya no hay sectas, ni pretensiones de ortodoxia dogmática y de supremacía doctrinal, y hay un plan de acción común, trazado originalmente por la Internacional pero hoy adoptado universalmente, porque en todas partes ha surgido, consciente o inconscientemente, de la lucha, de las necesidades del movimiento; un plan que, aunque se adapta libremente a las condiciones variables de cada nación y de cada localidad, es sin embargo el mismo en todas partes en sus rasgos fundamentales, y asegura así la unidad de propósito y la concordancia general de los medios empleados para alcanzar el fin común: la emancipación de la clase obrera por la propia clase obrera.

## III

En el artículo anterior hemos adelantado ya los principales hechos de interés relacionados con la historia del movimiento obrero en Italia, España, Suiza y Bélgica. Aun así, queda algo por contar.

En España, el movimiento se había extendido rápidamente entre 1868 y 1872, cuando la Internacional se jactaba de tener más de 30.000 afiliados cotizantes. Pero todo esto era más aparente que real, fruto más de una excitación momentánea, provocada por la inestable situación política del país, que de un verdadero progreso intelectual. Envuelta en el levantamiento cantonalista (republicano federalista) de 1873,[^6] la Internacional española fue aplastada junto con él. Durante un tiempo subsistió en forma de sociedad secreta, de la que sin duda existe todavía un núcleo. Pero como nunca ha dado señales de vida salvo enviar tres delegados al Congreso de Gante, nos vemos obligados a concluir que estos tres delegados representan a la clase obrera española más o menos como en otro tiempo los tres sastres de Tooley Street representaban al pueblo de Inglaterra.[^7] Y cuando un vuelco político dé a los obreros de España la posibilidad de volver a desempeñar un papel activo, podemos predecir sin temor que el nuevo arranque no vendrá de estos charlatanes «anarquistas», sino del pequeño grupo de obreros inteligentes y enérgicos que en 1872 permanecieron fieles a la Internacional y que ahora aguardan su hora en lugar de jugar a la conspiración secreta.[^8]

En Portugal el movimiento se mantuvo siempre libre de la mancha «anarquista» y avanzó sobre la misma base racional que en la mayoría de los demás países. Los obreros portugueses tenían numerosas secciones de la Internacional y sindicatos; celebraron un congreso muy logrado en enero de 1877 y tenían un excelente semanario, *O Protesto* (La Protesta). Pero también a ellos les ponían trabas leyes adversas, restrictivas de la prensa y del derecho de asociación y de reunión. A pesar de todo, siguen luchando, y ahora celebran otro congreso en Oporto, que les dará ocasión de mostrar al mundo que la clase obrera de Portugal toma la parte que le corresponde en la gran lucha universal por la emancipación del trabajo.

También los obreros de Italia se ven muy entorpecidos en su acción por la legislación de la clase media. Una serie de leyes especiales, promulgadas con el pretexto de reprimir el bandolerismo y las organizaciones secretas de bandoleros muy extendidas, leyes que dan al gobierno inmensos poderes arbitrarios, se aplican sin escrúpulos a las asociaciones obreras; sus miembros más destacados son sometidos, igual que los bandoleros, a vigilancia policial y al destierro sin juez ni jurado. Aun así, el movimiento avanza y, la mejor señal de vida, su centro de gravedad se ha desplazado de las venerables pero medio muertas ciudades de la Romaña a las activas ciudades industriales y fabriles del norte, un cambio que ha asegurado el predominio del verdadero elemento obrero sobre la turba de intrusos «anarquistas» de origen burgués que antes habían llevado la voz cantante. Los círculos obreros y los sindicatos, disueltos una y otra vez por el gobierno, se reconstituyen una y otra vez con nuevos nombres. La prensa proletaria, aunque muchos de sus órganos tienen una vida corta a consecuencia de los procesos, las multas y las condenas a prisión contra sus directores, renace después de cada derrota y, a pesar de todos los obstáculos, cuenta con varios periódicos relativamente antiguos. Algunos de estos órganos, efímeros la mayoría, profesan todavía doctrinas «anarquistas», pero esa fracción ha renunciado a toda pretensión de dirigir el movimiento y se va extinguiendo poco a poco, junto con el partido mazziniano o republicano burgués, y cada palmo de terreno que pierden estas dos fracciones es otro tanto ganado por el movimiento obrero real e inteligente.

También en Bélgica se ha desplazado el centro de gravedad de la acción obrera, y esta misma acción ha sufrido en consecuencia un cambio importante. Hasta 1875 ese centro estaba en la parte francófona del país, incluida Bruselas, que es mitad francesa y mitad flamenca; durante ese período el movimiento estuvo muy influido por las doctrinas proudhonianas, que imponen también la abstención de toda intervención política, sobre todo en las elecciones. No quedaban entonces más que las huelgas, reprimidas por lo general con la sangrienta intervención de la tropa, y los mítines, en los que se repetían una y otra vez las mismas frases hechas. Los trabajadores se hartaron de esto y todo el movimiento fue adormeciéndose poco a poco. Pero desde 1875 las ciudades fabriles de la parte de lengua flamenca entraron en la lucha con un espíritu más vigoroso y, como pronto iba a demostrarse, nuevo. En Bélgica no hay ninguna ley de fábricas que limite las horas de trabajo de las mujeres o de los niños; y la primera reivindicación de los obreros fabriles de Gante y sus alrededores fue la protección de sus mujeres y de sus hijos, a los que se hacía trabajar como esclavos quince y más horas diarias en las fábricas de algodón. La oposición de los doctrinarios proudhonianos, que consideraban tales pequeñeces muy por debajo de la atención de hombres ocupados en un revolucionarismo trascendental, no sirvió de nada y fue vencida poco a poco. La reivindicación de una protección legal para los niños de las fábricas pasó a ser uno de los puntos del programa obrero belga, y con ella se rompió el hechizo que hasta entonces había hecho tabú la acción política. El ejemplo de los alemanes hizo el resto, y ahora los obreros belgas, como los de Alemania, Suiza, Dinamarca, Portugal, Hungría, Austria y parte de Italia, se están constituyendo en un partido político, distinto de todos los demás partidos políticos y opuesto a ellos, que se propone conquistar su emancipación por cualquier acción política que la situación requiera.

La gran masa de los obreros suizos, la parte de lengua alemana, se había organizado desde hacía algunos años en una «Liga Obrera» que a finales de 1876 contaba más de 5.000 afiliados cotizantes. Había, junto a ella, otra organización, la «Sociedad del Grütli»,[^9] fundada originalmente por los radicales de la clase media para difundir el radicalismo entre los obreros y los campesinos; pero poco a poco las ideas socialdemócratas penetraron en esta asociación tan extendida y acabaron por conquistarla. En 1877 ambas sociedades concertaron una alianza, casi una fusión, con el fin de organizar un partido obrero político suizo; y actuaron con tal vigor que sacaron adelante en la votación nacional la nueva ley suiza de fábricas,[^10] la más favorable a los trabajadores de todas las leyes de fábricas existentes. Ahora están organizando una vigilancia atenta para asegurar su debida aplicación frente a la mala voluntad, proclamada a gritos, de los fabricantes. Los «anarquistas», desde su superior punto de vista revolucionario, se opusieron violentamente, como era de esperar, a toda esta acción, denunciándola como una perfecta traición a lo que ellos llaman «la Revolución»; pero como son a lo sumo 200 y, aquí como en otras partes, no son más que un estado mayor de oficiales sin ejército, eso no cambió nada. El programa del Partido Obrero suizo es casi idéntico al de los alemanes, demasiado idéntico incluso, pues ha adoptado hasta algunos de sus pasajes más imperfectos y confusos.[^11] Pero la mera redacción del programa importa poco, mientras el espíritu que domina el movimiento sea el adecuado.

Los obreros daneses entraron en liza hacia 1870 y al principio hicieron progresos muy rápidos. Mediante una alianza con el partido de los pequeños campesinos propietarios, entre los cuales consiguieron difundir sus ideas, alcanzaron una influencia política considerable, hasta el punto de que la «Izquierda Unida», cuyo núcleo era el partido campesino, tuvo durante varios años la mayoría en el Parlamento. Pero en este rápido crecimiento del movimiento había más apariencia que solidez. Un buen día se descubrió que dos de los dirigentes habían desaparecido después de despilfarrar el dinero recaudado entre los obreros para fines del partido.[^12] El escándalo fue enorme, y el movimiento danés no se ha repuesto todavía del desánimo que siguió. De todos modos, si el partido obrero danés avanza ahora de manera menos llamativa que antes, hay todos los motivos para creer que está sustituyendo poco a poco el dominio efímero y aparente sobre las masas, que ahora ha perdido, por una influencia más real y más duradera.

En Austria y en Hungría la clase obrera tiene que luchar con las mayores dificultades. La libertad política, en lo que se refiere a la prensa, las reuniones y las asociaciones, queda allí reducida al nivel más bajo compatible con una monarquía constitucional de pacotilla. Un código de leyes de una elasticidad inaudita permite al gobierno obtener condenas hasta contra la expresión más moderada de las reivindicaciones y los intereses de la clase obrera. Y, sin embargo, el movimiento sigue adelante allí, como en todas partes, de manera incontenible. Los centros principales son los distritos fabriles de Bohemia, Viena y Pest. Se publican periódicos obreros en alemán, en checo y en húngaro. Desde Hungría el movimiento se ha extendido a Serbia, donde antes de la guerra se publicaba un semanario en lengua serbia, pero cuando estalló la guerra el periódico fue suprimido sin más.[^13]

Así, mire uno donde mire en Europa, el movimiento obrero progresa, no solo de manera favorable, sino rápida, y, lo que es más, en todas partes con el mismo espíritu. Se ha restablecido la armonía completa y, con ella, el trato constante y regular, de una forma u otra, entre los obreros de los distintos países. Los hombres que fundaron en 1864 la Asociación Internacional de los Trabajadores, que mantuvieron en alto su bandera durante años de lucha, primero contra enemigos exteriores y luego contra enemigos interiores, hasta que las necesidades políticas, más aún que las disputas intestinas, acarrearon la ruptura y un aparente retiro, estos hombres pueden exclamar ahora con orgullo: «La Internacional ha hecho su obra; ha alcanzado por completo su gran objetivo: la unión del proletariado del mundo entero en la lucha contra sus opresores».

## IV

Nuestros lectores habrán notado que en los tres artículos anteriores apenas se ha mencionado uno de los países más importantes de Europa, Francia, y por esta razón: en los países tratados hasta aquí, la acción de la clase obrera, aunque es esencialmente una acción política, no está íntimamente mezclada con la política general u oficial, por decirlo así. La clase obrera de Alemania, de Italia, de Bélgica, etc., no es todavía una potencia política en el Estado; es una potencia política solo en perspectiva, y si los partidos oficiales de algunos de estos países, conservadores, liberales o radicales, tienen que contar con ella, es simplemente porque su rápido avance pone de manifiesto que dentro de muy poco tiempo el partido proletario será lo bastante fuerte para hacer sentir su influencia. Pero en Francia es distinto. Los obreros de París, secundados por los de las grandes ciudades de provincias, han sido una potencia en el Estado desde la gran Revolución. Han sido durante casi noventa años el ejército combatiente del progreso; en cada gran crisis de la historia francesa bajaron a la calle, se armaron como pudieron, levantaron barricadas y provocaron la batalla, y fue su victoria o su derrota lo que decidió el porvenir de Francia para los años siguientes. De 1789 a 1830, las revoluciones de la clase media las libraron los obreros de París; fueron ellos quienes conquistaron la República en 1848, y, como habían creído que esa República significaba la emancipación del trabajo, se vieron cruelmente desengañados por la derrota que se les infligió en junio del mismo año; resistieron en las barricadas al golpe de Estado de Luis Napoleón de 1851 y fueron derrotados de nuevo; barrieron en septiembre de 1870 el difunto Imperio, que los radicales de la clase media eran demasiado cobardes para tocar. En marzo de 1871, el intento de Thiers de quitarles las armas con que habían defendido París contra la invasión extranjera los empujó a la revolución de la Comuna y a la prolongada lucha que acabó con su sangriento aplastamiento.

Una clase obrera nacional que así, durante casi un siglo, no solo ha tomado parte decisiva en cada crisis de la historia de su propio país, sino que al mismo tiempo ha sido siempre la vanguardia de la revolución europea, una clase obrera así no puede llevar la vida relativamente apartada que es todavía el ámbito de acción propio del resto de los obreros del continente. Una clase obrera como la de Francia está ligada a su historia pasada y por su historia pasada. Su historia, no menos que su reconocida fuerza de combate decisiva, la ha mezclado indisolublemente con el desarrollo político general del país. Y por eso no podemos hacer una retrospectiva de la acción de la clase obrera francesa sin entrar en la política francesa en general.

Tanto si la clase obrera francesa libraba su propia batalla como si libraba la de la clase media liberal, radical o republicana, cada derrota que sufrió fue seguida hasta ahora por una reacción política opresiva, tan violenta como duradera. Así, a las derrotas de junio de 1848 y de diciembre de 1851 siguieron los dieciocho años del Imperio bonapartista, durante los cuales la prensa estuvo encadenada, el derecho de reunión y de asociación suprimido y la clase obrera, por consiguiente, privada de todo medio de comunicación y organización. El resultado necesario fue que, cuando llegó la revolución de septiembre de 1870, los obreros no tenían otros hombres que poner en el gobierno que aquellos radicales de la clase media que bajo el Imperio habían formado la oposición parlamentaria oficial y que, como era de esperar, los traicionaron a ellos y a su país. Tras el aplastamiento de la Comuna, la clase obrera, incapacitada por años en su fuerza de combate, no tenía más que un interés inmediato: evitar que se repitiera otro largo reinado de represión semejante y, con él, la necesidad de luchar de nuevo, no por su propia emancipación directa, sino por un estado de cosas que le permitiera prepararse para la lucha emancipadora final. Ahora bien, en Francia hay cuatro grandes partidos políticos: tres monárquicos, los legitimistas, los orleanistas y los bonapartistas, cada uno con un pretendiente distinto a la corona, y el partido republicano. Cualquiera de los tres pretendientes que subiera al trono contaría en todo caso con el apoyo de una pequeña minoría del pueblo y, por consiguiente, tendría que apoyarse solo en la fuerza. Así, el reinado de la violencia, la supresión de todas las libertades públicas y de los derechos personales, que la clase obrera tiene que desear evitar, era el acompañamiento necesario de toda restauración monárquica. En cambio, el mantenimiento del gobierno republicano establecido les dejaba al menos la posibilidad de obtener un grado de libertad personal y pública que les permitiera crear una prensa obrera, una agitación por medio de mítines y una organización como partido político independiente; y, además, la conservación de la República les ahorraría la necesidad de librar una batalla aparte para reconquistarla en el futuro.

Fue, pues, una prueba más de la alta inteligencia política instintiva de la clase obrera francesa que, en cuanto el 16 de mayo pasado la gran conspiración de las tres facciones monárquicas declaró la guerra a la República,[^14] los obreros, todos a una, proclamaran el mantenimiento de la República como su principal objetivo inmediato. Sin duda, con ello actuaron como cola de los republicanos y radicales de la clase media; pero una clase obrera que no tiene prensa, ni mítines, ni clubes, ni sociedades políticas, ¿qué otra cosa puede ser sino la cola del partido radical de la clase media? ¿Qué puede hacer para conquistar su independencia política sino apoyar al único partido que no tiene más remedio que asegurar al pueblo en general, y por tanto también a los obreros, libertades que permitan una organización independiente? Hay quien dice que los obreros, en las últimas elecciones, deberían haber presentado candidatos propios; pero, incluso en los lugares donde habrían podido hacerlo con éxito, ¿dónde estaban los candidatos obreros lo bastante conocidos entre su propia clase para encontrar el apoyo necesario? Pues el gobierno, desde la Comuna, se ha cuidado mucho de detener, como partícipe en aquella insurrección, a todo obrero que se diera a conocer, aunque solo fuera por una agitación privada en su propio distrito de París.

La victoria de los republicanos en las elecciones del pasado noviembre[^15] fue señalada. La siguieron triunfos todavía más señalados en las elecciones departamentales, municipales y complementarias que vinieron después. La conspiración monárquica quizá no habría cedido ni aun así; pero tenía la mano paralizada por la inequívoca actitud del ejército. No solo había numerosos oficiales republicanos, sobre todo en los grados inferiores, sino que, lo que era más decisivo, la masa de los soldados se negaba a marchar contra la República. Ese fue el primer resultado de la reorganización del ejército, por la que se suprimieron los sustitutos comprados y el ejército se transformó en una representación equitativa de los jóvenes de todas las clases.[^16] Así, la conspiración se vino abajo sin que hubiera que deshacerla por la fuerza. Y también esto convenía mucho a la clase obrera, que, todavía demasiado débil tras la sangría de 1871, no puede desear malgastar de nuevo su mayor fuerza, su fuerza de combate, en luchas en beneficio de otros, ni meterse en una serie de choques violentos antes de haber recuperado todo su vigor.

Pero esta victoria republicana tiene además otro significado. Prueba que desde 1870 la población del campo ha dado un gran paso adelante. Hasta ahora, toda victoria obrera conseguida en París quedaba anulada en muy poco tiempo por el espíritu reaccionario del pequeño campesinado, que forma la gran masa de la población francesa. Desde comienzos de este siglo, el campesinado francés había sido bonapartista. La Segunda República, establecida por los obreros de París en febrero de 1848, quedó anulada por los seis millones de votos campesinos dados a Luis Napoleón en el diciembre siguiente. Pero la invasión prusiana de 1870 ha quebrantado la fe imperialista de los campesinos, y las elecciones del pasado noviembre prueban que la masa de la población rural se ha hecho republicana, y este es un cambio de la mayor importancia. No significa solo que en adelante toda restauración monárquica se ha vuelto imposible en Francia. Significa también la próxima alianza entre los obreros de las ciudades y los campesinos del campo. Los pequeños campesinos propietarios creados por la gran Revolución son propietarios del suelo solo de nombre. Sus tierras están hipotecadas a los usureros; sus cosechas se van en el pago de intereses y de costas judiciales; el notario, el procurador, el alguacil, el subastador amenazan constantemente a sus puertas. Su situación es tan mala como la de los obreros, y casi tan insegura. Y si estos campesinos se vuelven ahora del bonapartismo a la República, muestran con ello que ya no esperan una mejora de su situación de aquellos milagros imperiales que Luis Napoleón prometió siempre y no realizó nunca. La fe de Thiers en los misteriosos poderes salvadores de un «emperador de los campesinos» la ha disipado bruscamente el Segundo Imperio. El hechizo se ha roto. Los campesinos franceses se encuentran por fin en un estado de ánimo lo bastante racional para buscar las causas reales de su miseria crónica y los medios prácticos de acabar con ella; y, una vez que se pongan a pensar, pronto descubrirán que su único remedio está en la alianza con la única clase que no tiene ningún interés en su miserable situación actual: la clase obrera de las ciudades.

Así pues, por despreciable que sea el actual gobierno republicano de Francia, el establecimiento definitivo de la República ha dado por fin a los obreros franceses el terreno sobre el que pueden organizarse como partido político independiente y librar sus batallas futuras, no en beneficio de otros, sino en el suyo propio; el terreno, también, sobre el que pueden unirse con la masa de los campesinos, hasta ahora hostil, y hacer así que las victorias futuras no sean, como hasta ahora, triunfos efímeros de París sobre Francia, sino triunfos definitivos de todas las clases oprimidas de Francia, dirigidas por los obreros de París y de las grandes ciudades de provincias.

## V

Queda todavía por considerar otro país europeo importante: Rusia. No es que exista en Rusia un movimiento obrero digno de mención. Pero las circunstancias interiores y exteriores en que se encuentra Rusia son de lo más peculiar y están preñadas de acontecimientos de la mayor importancia para el porvenir, no solo de los obreros rusos, sino de los de toda Europa.

En 1861 el gobierno de Alejandro II llevó a cabo la emancipación de los siervos, la transformación de la inmensa mayoría del pueblo ruso de siervos adscritos a la tierra y sometidos al trabajo forzado para su señor en campesinos propietarios libres. Este cambio, cuya necesidad era evidente desde hacía mucho tiempo, se realizó de tal modo que ni los antiguos señores ni los antiguos siervos salieron ganando. Las comunidades campesinas recibieron lotes de tierra que en adelante debían ser suyos, mientras que a los señores había que pagarles el valor de la tierra así cedida a las comunidades y también, hasta cierto punto, el derecho que hasta entonces habían tenido sobre el trabajo de los campesinos. Como los campesinos, evidentemente, no podían encontrar el dinero para pagar a los señores, intervino el Estado. Una parte de este pago se hizo transfiriendo al señor una parte de la tierra que hasta entonces los campesinos habían cultivado por su propia cuenta; el resto se pagó en forma de bonos del Estado, adelantados por este y que los campesinos tenían que devolverle con intereses en plazos anuales. La mayoría de los señores vendieron esos bonos y se gastaron el dinero; así que no solo son más pobres que antes, sino que no encuentran trabajadores para cultivar sus fincas, porque los campesinos se niegan en redondo a trabajar en ellas y a dejar sin cultivar sus propios campos. En cuanto a los campesinos, sus lotes de tierra no solo se habían reducido en extensión respecto de lo que habían sido antes, y muy a menudo hasta un punto que, en las condiciones rusas, no les bastaba para mantener a una familia; esos lotes se habían tomado, en la mayoría de los casos, de la peor tierra de la finca, de pantanos u otras tierras sin cultivar, mientras que la tierra buena, hasta entonces en manos de los campesinos y mejorada con su trabajo, había pasado a los señores. En estas circunstancias, también los campesinos quedaron considerablemente peor que antes; pero, además de esto, se esperaba de ellos que pagaran cada año al gobierno los intereses y parte del capital adelantado por el Estado para su rescate, y, además, los impuestos que se les cargaban aumentaban de año en año. Por otra parte, antes de la emancipación los campesinos habían tenido ciertos derechos comunales sobre las tierras de la finca: pastos para su ganado, corta de madera para construcción y otros usos, etc. El nuevo arreglo se los quitó expresamente; si querían volver a ejercerlos, tenían que regatear con su antiguo señor.

Así, mientras la mayoría de los terratenientes quedaron, a consecuencia del cambio, todavía más endeudados que antes, los campesinos fueron reducidos a una situación en la que no podían ni vivir ni morir. El gran acto de la emancipación, tan universalmente ensalzado y glorificado por la prensa liberal de Europa, no había creado otra cosa que el fundamento y la necesidad absoluta de una revolución futura.

Esta revolución, el gobierno hizo todo lo que estaba en su mano para precipitarla. La corrupción que impregnaba todas las esferas oficiales y que anulaba cualquier poder de hacer el bien que pudiera suponérseles, esta corrupción hereditaria, siguió tan mala como siempre, y salió a la luz de manera escandalosa en todos los departamentos públicos al estallar la guerra turca. Las finanzas del Imperio, completamente desordenadas al terminar la guerra de Crimea, fueron de mal en peor. Se contrató empréstito tras empréstito, hasta que no hubo otro medio de pagar los intereses de las deudas viejas que contratando otras nuevas. Durante los primeros años del reinado de Alejandro, el viejo despotismo imperial se había relajado algo; se había dado más libertad a la prensa, se había establecido el juicio por jurados, y a los órganos representativos elegidos respectivamente por la nobleza, los habitantes de las ciudades y los campesinos se les había permitido tomar cierta parte en la administración local y provincial. Incluso con los polacos se había llevado a cabo cierto coqueteo político. Pero el público había interpretado mal las intenciones benévolas del gobierno. La prensa se volvió demasiado franca. Los jurados absolvían efectivamente a presos políticos a los que el gobierno había esperado que condenaran contra las pruebas. Las asambleas locales y provinciales, todas a una, declararon que el gobierno, con su acto de emancipación, había arruinado el país y que las cosas no podían seguir así por más tiempo. Hasta se insinuó una asamblea nacional como único medio de salir de unas dificultades que se volvían rápidamente insoportables. Y, por último, los polacos se negaron a dejarse embaucar con bonitas palabras y estallaron en una rebelión[^17] que costó todas las fuerzas del Imperio y toda la brutalidad de los generales rusos sofocar en torrentes de sangre. Entonces el gobierno volvió a dar media vuelta. La severa represión volvió a ser la orden del día. Se amordazó a la prensa, se entregó a los presos políticos a tribunales especiales, formados por jueces escogidos a propósito, y se hizo caso omiso de las asambleas locales y provinciales. Pero era demasiado tarde. El gobierno, una vez que había mostrado signos de miedo, había perdido su prestigio. La fe en su estabilidad y en su poder de aplastar por completo toda resistencia interior había desaparecido. Había brotado el germen de una opinión pública futura. No se pudo devolver a las fuerzas a su antigua obediencia ciega a los dictados del gobierno. La discusión de los asuntos públicos, aunque fuera solo en círculos privados, se había convertido en una costumbre entre las clases instruidas. Y, por último, el gobierno, con todo su deseo de volver al despotismo desenfrenado del reinado de Nicolás, seguía pretendiendo mantener a los ojos de Europa las apariencias del liberalismo iniciado por Alejandro. La consecuencia fue un sistema de vacilaciones y titubeos, de concesiones hechas hoy y retiradas mañana, para volver a concederse a medias y retirarse a medias por turnos, una política que cambiaba de hora en hora y hacía palpable para todos la debilidad intrínseca, la falta de visión y de voluntad de un gobierno que no era nada si no poseía una voluntad y los medios para imponerla. ¿Qué había más natural que el que cada día aumentara el desprecio hacia un gobierno que, sabido desde hacía mucho incapaz de hacer el bien y obedecido solo por miedo, demostraba ahora que dudaba de su capacidad de mantener su propia existencia, que tenía al menos tanto miedo del pueblo como el pueblo de él? Solo había un camino de salvación para el gobierno ruso, el camino que se abre a todos los gobiernos enfrentados a una resistencia popular abrumadora: la guerra exterior. Y se decidió la guerra exterior; una guerra proclamada ante Europa como emprendida para liberar a los cristianos de un prolongado desgobierno turco, pero proclamada ante el pueblo ruso como hecha para traer a sus hermanos eslavos de raza, de la servidumbre turca, al redil del Santo Imperio ruso.

Esta guerra, después de meses de derrotas sin gloria, ha llegado ahora a su fin mediante el aplastamiento, igualmente sin gloria, de la resistencia turca, en parte por la traición, en parte por una superioridad numérica inmensa.[^18] Pero la conquista rusa de la mayor parte de la Turquía europea no es en sí misma más que el preludio de una guerra europea general. O bien Rusia, en la inminente Conferencia europea (si es que esa Conferencia llega a reunirse),[^19] tendrá que retroceder tanto de la posición ahora conquistada que la desproporción entre los inmensos sacrificios y los mezquinos resultados llevará necesariamente el descontento popular a un violento estallido revolucionario; o bien Rusia tendrá que mantener su posición recién conquistada en una guerra europea. Agotada como está ya en más de la mitad, su gobierno no puede llevarla a través de semejante guerra, sea cual sea su resultado final, sin importantes concesiones al pueblo. Tales concesiones, ante una situación como la descrita, significan el comienzo de una revolución. De esta revolución el gobierno ruso no puede escapar en modo alguno, aunque consiga retrasar su estallido un año o dos. Pero una revolución rusa significa algo más que un mero cambio de gobierno en la propia Rusia. Significa la desaparición de una potencia militar inmensa, aunque torpe, que desde la Revolución francesa ha formado la columna vertebral de los despotismos unidos de Europa. Significa la emancipación de Alemania respecto de Prusia, porque Prusia ha sido siempre la criatura de Rusia y solo ha existido apoyándose en ella. Significa la emancipación de Polonia. Significa el despertar de las pequeñas nacionalidades eslavas de Europa oriental de los sueños paneslavistas que fomenta entre ellas el actual gobierno ruso. Y significa el comienzo de una vida nacional activa en el propio pueblo ruso y, con ella, el surgimiento de un verdadero movimiento obrero en Rusia. En suma, significa un cambio tal en toda la situación de Europa que tienen que saludarlo con alegría los obreros de todos los países como un paso de gigante hacia su meta común: la emancipación universal del trabajo.

[^1]: El Comité de Brunswick, dirección del Partido Obrero Socialdemócrata (los «eisenachianos»), en su manifiesto del 5 de septiembre de 1870, para el que se basó en una carta de Marx y Engels.

[^2]: En agosto de 1874 los internacionalistas bakuninistas intentaron una insurrección en Bolonia y en la Romaña; fracasó sin combate y Bakunin, que había acudido a la ciudad, tuvo que huir disfrazado.

[^3]: La llamada «banda del Matese»: en abril de 1877 un grupo de anarquistas, entre ellos Cafiero y Malatesta, proclamó la revolución social en dos aldeas del macizo del Matese, en el sur de Italia, y fue capturado por la tropa a los pocos días.

[^4]: El Congreso Socialista Universal de Gante (9-15 de septiembre de 1877), al que acudieron tanto los socialdemócratas como los anarquistas.

[^5]: Aquí falta texto en el periódico; la versión alemana de la MEW marca la misma laguna. El fragmento que sigue empieza en inglés por «…many», probablemente final de *Germany*: se trataría de las leyes de Alemania y de otros países contra la Internacional.

[^6]: La insurrección cantonal del verano de 1873, durante la Primera República. Véase el folleto de Engels [Los bakuninistas en acción](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1873%20Los%20bakuninistas%20en%20acci%C3%B3n).

[^7]: Según una anécdota inglesa, tres sastres de Tooley Street, en Londres, dirigieron una petición a la Cámara de los Comunes que empezaba: «Nosotros, el pueblo de Inglaterra...».

[^8]: La Nueva Federación Madrileña, formada en 1872 por los internacionalistas expulsados de la Federación de Madrid (Pablo Iglesias, José Mesa y otros), de la que salió en 1879 el Partido Socialista Obrero Español.

[^9]: El Grütliverein, sociedad patriótica suiza fundada en 1838.

[^10]: La ley federal de fábricas, aprobada en referéndum el 21 de octubre de 1877: jornada máxima de once horas, prohibición del trabajo de los menores de catorce años en las fábricas.

[^11]: Es decir, al programa de Gotha de 1875. Véase la [Crítica del programa de Gotha](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1875%20Cr%C3%ADtica%20del%20programa%20de%20Gotha).

[^12]: Louis Pio y Paul Geleff, fundadores del movimiento socialista danés, emigraron a los Estados Unidos en 1877 con dinero que, según se supo después, les había entregado la policía.

[^13]: La guerra de Serbia contra Turquía de 1876.

[^14]: El 16 de mayo de 1877 el presidente Mac-Mahon destituyó al gobierno republicano de Jules Simon y formó un gabinete monárquico bajo el duque de Broglie; disolvió la Cámara en junio.

[^15]: Las elecciones legislativas se celebraron en realidad el 14 y el 28 de octubre de 1877; las departamentales siguieron en noviembre.

[^16]: La ley militar de 1872, que estableció el servicio militar obligatorio y suprimió la redención a metálico y la sustitución.

[^17]: La insurrección polaca de 1863-1864.

[^18]: La guerra ruso-turca de 1877-1878. Tras el largo sitio de Plevna, el ejército ruso llegó a las puertas de Constantinopla, y el 31 de enero de 1878 se firmó el armisticio de Adrianópolis.

[^19]: El Congreso de Berlín, que se reunió en junio-julio de 1878 y obligó a Rusia a renunciar a parte de lo conseguido en el tratado de San Stefano.
