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Title: Carta circular a Bebel, Liebknecht, Bracke y otros (1879)
Description: Carta circular de Marx y Engels a la dirección de la socialdemocracia alemana contra el «manifiesto» reformista de Höchberg, Bernstein y Schramm: un partido obrero no puede ponerse bajo la tutela de burgueses filántropos, porque la emancipación de la clase obrera ha de ser obra de la propia clase obrera.
Author: Karl Marx, Friedrich Engels
Date: 1879-09-17
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1879%20Carta%20circular%20a%20Bebel%2C%20Liebknecht%2C%20Bracke%20y%20otros
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*Carta escrita por Engels, de acuerdo con Marx, en Londres los días 17 y 18 de septiembre de 1879, para la dirección del Partido Socialista Obrero de Alemania; no se publicó en vida de sus autores (apareció por primera vez en 1931, en la revista* Die Kommunistische Internationale*). Traducida del manuscrito según Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 19 (Berlín, 1962, pp. 150-166), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1879%20Zirkularbrief%20an%20Bebel%2C%20Liebknecht%2C%20Bracke%20und%20andere).*

Querido Bebel:[^1]

La respuesta a su carta del 20 de agosto se ha retrasado, en parte por la prolongada ausencia de Marx y luego por algunos incidentes: primero la llegada del «Anuario» de Richter[^2] y después la del propio H.[^3]

Tengo que concluir que Liebknecht no le ha enseñado a usted mi última carta, aunque se lo encargué expresamente. De lo contrario, seguro que no me habría expuesto usted las mismas razones que Liebknecht hizo valer y a las que ya *respondí* en aquella carta.

Repasemos ahora los distintos puntos que aquí importan.

## I. Las negociaciones con K. Hirsch

Liebknecht pregunta a Hirsch si quiere hacerse cargo de la redacción del órgano del partido que se va a fundar en Zúrich.[^4] Hirsch desea información sobre la base financiera del periódico: de qué fondos se dispone y quién los aporta. En primer lugar, para saber si el periódico no tendrá que apagarse a los pocos meses. En segundo, para asegurarse de quién tiene la mano en la bolsa y, con ello, el dominio último sobre la línea del periódico. La respuesta de Liebknecht a Hirsch, «todo en orden, de Zúrich te enterarás de lo demás» (Liebknecht a H., 28 de julio), no llega a su destino. Lo que sí llega de Zúrich es una carta de Bernstein a Hirsch (24 de julio) en la que Bernstein comunica que «se nos ha encargado a *nosotros* la puesta en marcha y la *supervisión*» (del periódico). Habría tenido lugar una reunión «entre Viereck y *nosotros*»,[^5] en la que se consideró

> «que su posición se vería algo dificultada por las diferencias que ha tenido usted, como hombre de la "Linterna", con algunos compañeros; pero *yo* no considero muy de peso este reparo».

Sobre la base financiera del periódico, ni una palabra.

Hirsch contesta a vuelta de correo, el 26 de julio, preguntando por la situación material del periódico. ¿Qué compañeros se han comprometido a cubrir el déficit? ¿Hasta qué cantidad y por cuánto tiempo? La cuestión del sueldo del redactor no desempeña aquí papel alguno; Hirsch solo quiere saber si «están asegurados los medios para mantener el periódico al menos durante un año».

Bernstein responde el 31 de julio: un eventual déficit se cubrirá con aportaciones voluntarias, *algunas* (!) de las cuales ya están suscritas. A los reparos de Hirsch sobre la línea que piensa dar al periódico, de los que hablaremos más abajo, siguen observaciones de desaprobación y *prescripciones*:

> «La *comisión de vigilancia* tiene que insistir en ello tanto más cuanto que ella misma está a su vez bajo control, es decir, es responsable. Sobre este punto tendría usted, pues, que entenderse con la comisión de vigilancia.»

Se desea respuesta inmediata, a ser posible por telégrafo.

Así pues, en lugar de toda respuesta a sus legítimas preguntas, Hirsch recibe la noticia de que ha de redactar el periódico bajo una *comisión de vigilancia* con sede en Zúrich, cuyas opiniones difieren muy sustancialmente de las suyas y cuyos miembros ni siquiera se le nombran.

Hirsch, con toda razón indignado por este trato, prefiere entenderse con los de Leipzig. Su carta del 2 de agosto a Liebknecht usted ha de conocerla, ya que H. *pedía expresamente* que se comunicara a usted y a Viereck. Hirsch está dispuesto incluso a someterse a una comisión de vigilancia de Zúrich en la medida en que esta pueda hacer observaciones por escrito a la redacción y apelar a la decisión de la comisión de control de Leipzig.[^6]

Liebknecht, entretanto, escribe a Hirsch el 28 de julio:

> «*Naturalmente* la empresa tiene base financiera, puesto que detrás está el partido entero + (incluido) Höchberg. Pero de los detalles no me ocupo.»

Tampoco la siguiente carta de Liebknecht dice nada de la financiación; en cambio, asegura que la comisión de Zúrich no es una comisión de redacción, sino que solo tiene a su cargo la *administración* y las finanzas. Todavía el 14 de agosto me escribe Liebknecht lo mismo a mí y pide que convenzamos a Hirsch de que acepte. Usted mismo, todavía el 20 de agosto, está tan poco al tanto de la verdadera situación que me escribe:

> «Él (Höchberg) no tiene en la redacción del periódico más voz que *cualquier otro compañero de partido conocido*.»

Por fin recibe Hirsch una carta de Viereck, del 11 de agosto, en la que se admite que

> «los 3 domiciliados en Zúrich debían emprender como *comisión de redacción* la fundación del periódico y elegir un redactor con el acuerdo de los 3 de Leipzig... *según recuerdo*, en las resoluciones comunicadas se decía también que el comité de fundación (de Zúrich) mencionado en el punto 2 asumiría ante el partido la responsabilidad *tanto política* como financiera... De estos hechos me parece resultar que... sin la colaboración de los 3 domiciliados en Zúrich y encargados por el partido de la fundación no se puede pensar en asumir la redacción».

Aquí tenía por fin Hirsch al menos *algo* concreto, aunque solo fuera sobre la posición del redactor respecto a los de Zúrich. Son una comisión de *redacción*; tienen también toda la responsabilidad *política*; sin su colaboración no se puede asumir la redacción. En suma, a Hirsch se le remite sencillamente a entenderse con los 3 hombres de Zúrich, cuyos nombres siguen sin decírsele.

Pero, para que la confusión sea completa, Liebknecht añade una posdata a la carta de Viereck:

> «Acaba de estar aquí S., de B.,[^7] y nos ha contado: la comisión de vigilancia de Zúrich no es, como cree V., una comisión de *redacción*, sino esencialmente una comisión administrativa, financieramente responsable del periódico ante el partido, es decir, ante nosotros; naturalmente, sus miembros tienen también el derecho y el deber de discutir contigo la redacción (un derecho y un deber que, dicho sea de paso, tiene *cualquier* compañero de partido); pero *no* están facultados para ponerte *bajo tutela*.»

Los tres de Zúrich y un miembro de la comisión de Leipzig —el *único* que estuvo presente en las negociaciones— insisten en que H. ha de estar bajo la dirección oficial de los de Zúrich; un segundo miembro de Leipzig lo niega rotundamente. ¿Y Hirsch tiene que decidirse antes de que estos señores se pongan de acuerdo entre sí? En que Hirsch tenía derecho a conocer las resoluciones adoptadas, que contenían las condiciones a las que se le pretendía someter, se pensó tanto menos cuanto que a los de Leipzig ni siquiera parecía ocurrírseles enterarse *ellos mismos* de modo fehaciente de aquellas resoluciones. ¿Cómo, si no, era posible la contradicción de arriba?

Si los de Leipzig no logran ponerse de acuerdo sobre las atribuciones conferidas a los de Zúrich, estos lo tienen perfectamente claro.

Schramm a Hirsch, 14 de agosto:

> «Si no hubiese escrito usted en su momento que en un caso igual» (al de Kayser) «volvería a obrar de la misma manera, anunciando así el mismo modo de escribir, no diríamos una palabra al respecto. Pero así, ante esa declaración suya, tenemos que reservarnos el derecho de emitir un voto decisivo sobre la admisión de artículos en el nuevo periódico.»

La carta a Bernstein en la que Hirsch habría dicho tal cosa es del 26 de julio, *mucho* después de la conferencia de Zúrich en la que se habían fijado los poderes de los 3 de Zúrich. Pero en Zúrich se recrean ya tanto en el sentimiento de su plenitud de poder burocrático que, a raíz de esa carta posterior de Hirsch, reclamaron ya la nueva atribución de *decidir* sobre la admisión de los artículos. La comisión de redacción es ya una comisión de *censura*.

Solo cuando Höchberg llegó a París supo Hirsch por él los *nombres* de los miembros de ambas comisiones.

Si las negociaciones con Hirsch fracasaron, ¿a qué se debió?

1. A la obstinada negativa, tanto de los de Leipzig como de los de Zúrich, a comunicarle nada concreto sobre las bases financieras y, con ello, sobre la posibilidad de mantener vivo el periódico, aunque solo fuera un año. La suma suscrita no la ha sabido hasta que se la dije yo aquí (según lo que usted me había comunicado). Era, pues, casi imposible sacar de las comunicaciones anteriores (el partido + Höchberg) otra conclusión que la de que el periódico estaba ya financiado principalmente por Höchberg o que pronto dependería por entero de sus subvenciones. Y esta última posibilidad dista mucho de estar descartada todavía hoy. La suma de —si leo bien— 800 marcos es *exactamente* la misma (40 libras esterlinas) que la asociación de aquí ha tenido que poner en la «Freiheit» en el *primer semestre*.[^8]

2. A la reiterada afirmación de Liebknecht, que después se ha demostrado del todo falsa, de que los de Zúrich no tenían por qué controlar oficialmente la redacción, y a la comedia de equívocos que de ello se siguió;

3. A la certeza, finalmente adquirida, de que los de Zúrich no solo habían de controlar la redacción, sino censurarla ellos mismos, y de que a él, a Hirsch, solo le tocaba el papel de testaferro.

Que en vista de todo ello rehusara, no podemos sino darle la razón. La comisión de Leipzig, según nos dice Hbg., se ha reforzado además con 2 miembros que no residen en la ciudad, de modo que solo puede intervenir con rapidez cuando los 3 de Leipzig están de acuerdo. Con ello el verdadero centro de gravedad se traslada por completo a Zúrich, y con los de allí Hirsch, como cualquier otro redactor de convicciones realmente revolucionarias y proletarias, no habría podido trabajar a la larga. De esto, más adelante.

## II. La línea que se pretende dar al periódico

Ya el 24 de julio Bernstein avisa a Hirsch de que las diferencias que ha tenido como hombre de la «Linterna» con algunos compañeros dificultarían su posición.

Hirsch responde que, a su juicio, la línea del periódico tendrá que ser en general la misma que la de la «Linterna», es decir, una línea que evite procesos en Suiza y no asuste innecesariamente en Alemania. Pregunta quiénes son esos compañeros y prosigue:

> «Yo solo conozco a uno, y le prometo a usted que, en un caso igual de *conducta contraria a la disciplina*, lo volveré a tratar exactamente del mismo modo.»

A lo cual responde Bernstein, imbuido de su nueva dignidad oficial de censor:

> «Por lo que se refiere a la línea del periódico, la comisión de vigilancia opina, desde luego, que la "Linterna" no debe servir de modelo; a nuestro juicio, el periódico debe agotarse menos en el radicalismo político y mantenerse socialista en los principios. Casos como el ataque contra Kayser, que todos los compañeros sin excepción (!) desaprobaron, deben evitarse en cualquier circunstancia.»

Y así sucesivamente. Liebknecht llama al ataque contra Kayser «una pifia», y Schramm lo considera tan peligroso que, a raíz de él, impone la censura a Hirsch.

Hirsch escribe de nuevo a Höchberg que un caso como el de Kayser

> «no puede darse si existe un órgano oficial del partido cuyas claras exposiciones y bienintencionadas advertencias un diputado no *pueda* desoír con tanto descaro».

También Viereck escribe que al nuevo periódico se le

> «prescribe una actitud desapasionada y que ignore en lo posible todas las diferencias que se han producido», que no debe ser una «"Linterna" aumentada», y que a Bernstein «a lo sumo podría reprochársele que es de orientación demasiado moderada, si eso es un reproche en unos tiempos en que no podemos navegar a toda vela».

¿Qué es, pues, ese caso Kayser, ese crimen imperdonable que Hirsch habría cometido? Kayser, único entre los diputados socialdemócratas, habla y vota en el Reichstag a favor de los aranceles proteccionistas.[^9] Hirsch le acusa de haber violado la disciplina del partido, porque K.

1. vota impuestos indirectos, cuya abolición exige expresamente el programa del partido;

2. concede dinero a Bismarck y viola así la primera regla básica de toda nuestra táctica de partido: a este gobierno, ni un céntimo.

En ambos puntos Hirsch tiene innegablemente razón. Y después de que Kayser pisoteara, por un lado, el programa del partido, al que los diputados están, por así decir, juramentados por resolución del congreso, y, por otro, la primera e ineludible regla básica de la táctica del partido, votando a Bismarck dinero *en agradecimiento por la ley contra los socialistas*,[^10] Hirsch tenía también, a nuestro juicio, toda la razón al arremeter contra él con la dureza con que lo hizo.

Nunca hemos podido entender cómo en Alemania pudo uno enfurecerse tanto por ese ataque a Kayser. Ahora me cuenta Höchberg que la «fracción» había dado a Kayser *permiso* para actuar así, y que con ese permiso se considera a K. cubierto.

Si así es, ya es fuerte la cosa. En primer lugar, Hirsch no podía saber de esa resolución secreta más que el resto del mundo. Además, con esta historia la vergüenza para el partido, que antes podía echarse sobre Kayser solo, no hace sino aumentar, y lo mismo el mérito de Hirsch por haber puesto al descubierto, abiertamente y ante todo el mundo, esas necias frases de Kayser y su todavía más necia votación, salvando así el honor del partido. ¿O es que la socialdemocracia alemana se ha contagiado de verdad de la enfermedad parlamentaria y cree que con la elección popular el Espíritu Santo se derrama sobre los elegidos, que las reuniones de la fracción se convierten en concilios infalibles y las resoluciones de la fracción en dogmas intocables?

Pifia sí la ha habido, pero no de Hirsch, sino de los diputados que cubrieron a Kayser con su resolución. Y si quienes están llamados ante todo a velar por el mantenimiento de la disciplina del partido la rompen ellos mismos de manera tan flagrante con semejante resolución, tanto peor. Peor todavía si se llega a creer que no fueron Kayser, con su discurso y su voto, ni los demás diputados, con su resolución, quienes violaron la disciplina del partido, sino Hirsch, por atacar a Kayser pese a esa resolución que, además, desconocía.

Por lo demás, es seguro que en la cuestión de los aranceles proteccionistas el partido adoptó la misma actitud confusa e indecisa que hasta ahora en casi todas las cuestiones económicas que se han vuelto prácticas, por ejemplo en la de los ferrocarriles del Imperio.[^11] Esto se debe a que los órganos del partido, y sobre todo el «Vorwärts»,[^12] en lugar de discutir a fondo estas cuestiones, se han dedicado con preferencia a construir el orden social futuro. Cuando la cuestión de los aranceles se volvió de pronto práctica, *después* de la ley contra los socialistas, las opiniones se dispersaron en los más diversos matices, y no había ni uno solo en su puesto que reuniera la condición previa para formarse un juicio claro y acertado: conocer la situación de la industria alemana y su posición en el mercado mundial. Entre los electores tampoco podían faltar aquí y allá corrientes proteccionistas, y también se quería tenerlas en cuenta. La única manera de salir de esta confusión, tratar la cuestión de modo puramente político (como se hizo en la «Linterna»), no se tomó con decisión. Así no pudo menos de ocurrir que el partido apareciera por primera vez en este debate vacilante, inseguro y confuso, y acabara poniéndose en ridículo a fondo por y con Kayser.

El ataque a Kayser se toma ahora como pretexto para repetirle a Hirsch en todos los tonos que el nuevo periódico no debe imitar en modo alguno los excesos de la «Linterna», que ha de agotarse menos en el radicalismo político y mantenerse socialista en los principios y desapasionado. Y esto tanto Viereck como Bernstein, al que aquel considera el hombre adecuado precisamente por ser demasiado moderado, ya que ahora no se puede navegar a toda vela.

Pero ¿para qué se va uno al extranjero sino para navegar a toda vela? En el extranjero nada se opone a ello. En Suiza no rigen las leyes alemanas de prensa, de asociación ni penales. Allí, por tanto, no solo se pueden decir las cosas que en casa, ya antes de la ley contra los socialistas, no se podían decir por las leyes alemanas ordinarias: se está incluso *obligado* a decirlas. Porque allí uno no está solo ante Alemania, sino ante Europa, y tiene el deber de exponer sin rodeos ante Europa, en la medida en que lo permitan las leyes *suizas*, los caminos y los fines del partido alemán. Quien en Suiza quisiera atarse a las leyes *alemanas* no haría más que demostrar que es digno de esas leyes alemanas y que, en efecto, no tiene nada que decir que no estuviera permitido decir en Alemania antes de la ley de excepción. Tampoco hay que tener en cuenta la posibilidad de que a la redacción se le cierre temporalmente la vuelta a Alemania. Quien no esté dispuesto a arriesgarse a ello no tiene sitio en un puesto de honor tan expuesto.

Más aún. Con la ley de excepción el partido alemán ha sido proscrito y puesto fuera de la ley precisamente *porque* era el único partido de oposición serio en Alemania. Si en un órgano publicado en el extranjero le da las gracias a Bismarck renunciando a ese papel de único partido de oposición serio, presentándose bien manso y encajando la patada con actitud desapasionada, no hará más que demostrar que se merecía la patada. De todos los periódicos de la emigración alemana aparecidos en el extranjero desde 1830, la «Linterna» es sin duda uno de los más moderados. Pero si ya la «Linterna» era demasiado insolente, entonces el nuevo órgano no podrá sino comprometer al partido ante sus correligionarios de los países no alemanes.

## III. El manifiesto de los tres de Zúrich

Entretanto nos ha llegado el «Anuario» de Höchberg, que trae un artículo, «Retrospectiva del movimiento socialista en Alemania», escrito, según me ha dicho el propio Höchberg, precisamente por los tres miembros de la comisión de Zúrich.[^13] Aquí tenemos su crítica auténtica del movimiento hasta la fecha y, con ella, su programa auténtico para la línea del nuevo órgano, en la medida en que dependa de ellos.

Ya de entrada se dice:

> «El movimiento, que Lassalle consideraba eminentemente político, al que llamaba no solo a los obreros, sino a todos los demócratas honrados, y *a cuya cabeza* debían marchar los representantes independientes de la ciencia y *todos los hombres llenos de verdadero amor a la humanidad*, se trivializó bajo la presidencia de J. B. von Schweitzer[^14] hasta convertirse en una *lucha unilateral de intereses de los obreros industriales*.»

No entro a examinar si esto es así históricamente, ni hasta qué punto. El reproche concreto que se hace aquí a Schweitzer consiste en que Schweitzer habría *trivializado* el lassalleanismo, concebido aquí como un movimiento democrático-filantrópico burgués, hasta convertirlo en una lucha unilateral de intereses de los obreros industriales, al *ahondar* su carácter de lucha de clase de los obreros industriales contra la burguesía. Se le reprocha además su «rechazo de la democracia burguesa». ¿Qué pinta la democracia burguesa en el partido socialdemócrata? Si está formada por «hombres honrados», no puede querer entrar en él, y si a pesar de todo quiere entrar, será solo para enredar.

El partido lassalleano «prefirió presentarse del modo *más unilateral* como *partido obrero*». Los señores que escriben esto son ellos mismos miembros de un partido que se presenta del modo más unilateral como partido obrero, y ocupan ahora en él cargos y dignidades. Hay aquí una incompatibilidad absoluta. Si piensan lo que escriben, tienen que salirse del partido o, cuando menos, renunciar a sus cargos y dignidades. Si no lo hacen, confiesan con ello que piensan servirse de su posición oficial para combatir el carácter proletario del partido. Así pues, el partido se traiciona a sí mismo si los deja en sus cargos y dignidades.

Según estos señores, por tanto, el partido socialdemócrata *no* debe ser un partido obrero unilateral, sino un partido omnilateral de «todos los hombres llenos de verdadero amor a la humanidad». Debe demostrarlo ante todo despojándose de las toscas pasiones proletarias y poniéndose bajo la dirección de burgueses cultos y filántropos «para formarse un buen gusto» y «para aprender los buenos modales» (p. 85). Entonces también el «porte andrajoso» de algunos dirigentes cederá el paso a un honorabilísimo «porte burgués». (¡Como si el porte exteriormente andrajoso de los aludidos no fuera lo de menos que se les puede reprochar!) Entonces también

> acudirán «*numerosos* partidarios de los círculos de las clases *cultas* y *poseedoras*. Pero a *estos* hay que ganarlos primero si la agitación... llevada a cabo ha de alcanzar *éxitos tangibles*». El socialismo alemán «ha dado demasiada importancia a ganarse a las *masas* y ha descuidado con ello hacer una propaganda enérgica (!) en las llamadas capas superiores de la sociedad». Pues «al partido le faltan todavía hombres aptos para representarlo en el Reichstag». Pero es «deseable y necesario confiar los mandatos a hombres que hayan tenido ocasión y tiempo suficientes para familiarizarse a fondo con las materias correspondientes. El simple obrero y el pequeño maestro artesano... solo en raras excepciones disponen para ello del ocio necesario».

¡Así que votad a burgueses!

En suma: la clase obrera es incapaz de emanciparse por sí misma. Para ello tiene que ponerse bajo la dirección de burgueses «cultos y poseedores», los únicos que «tienen ocasión y tiempo» para familiarizarse con lo que conviene a los obreros. Y en segundo lugar, a la burguesía no hay que combatirla en modo alguno, sino *ganarla* mediante una propaganda enérgica.

Ahora bien, si se quiere ganar a las capas superiores de la sociedad, o aunque solo sea a sus elementos bienintencionados, no hay que asustarlas en modo alguno. Y aquí los tres de Zúrich creen haber hecho un descubrimiento tranquilizador:

> «Precisamente ahora, bajo la presión de la ley contra los socialistas, el partido muestra que *no está dispuesto* a seguir el camino de la revolución violenta y sangrienta, sino que está decidido... a emprender el camino de la legalidad, es decir, de la *reforma*.»

¡Así que, si los 500.000 o 600.000 electores socialdemócratas, de una décima a una octava parte del electorado total, y encima dispersos por todo el vasto país, son tan sensatos como para no darse de cabeza contra la pared ni intentar, uno contra diez, una «revolución sangrienta», eso demuestra que se *prohíben* también para todo el futuro aprovechar un gran acontecimiento exterior, un repentino arrebato revolucionario provocado por él, e incluso una *victoria* del pueblo conquistada en el choque que de ahí resulte! Si Berlín volviera a ser algún día tan inculto como para hacer un 18 de marzo,[^15] los socialdemócratas, en vez de tomar parte en la lucha como «canallas aficionados a las barricadas» (p. 88), tendrían más bien que «emprender el camino de la legalidad», apaciguar, retirar las barricadas y, si hiciera falta, marchar con el glorioso ejército contra las masas unilaterales, toscas e incultas. ¿O, si estos señores afirman que no lo decían en ese sentido, en qué sentido lo decían entonces?

Aún hay algo mejor.

> «Cuanto más tranquila, objetiva y reflexivamente proceda» (el partido) «en su crítica de la situación existente y en sus propuestas para modificarla, tanto menos podrá repetirse la jugada que ahora» (con la introducción de la ley contra los socialistas) «le ha salido bien a la reacción consciente, con la que ha metido el miedo en el cuerpo a la burguesía con el espectro rojo.» (P. 88.)

Para quitarle a la burguesía el último rastro de miedo, hay que demostrarle de manera clara y concluyente que el espectro rojo no es de verdad más que un espectro, que no existe. Pero ¿cuál es el secreto del espectro rojo sino el miedo de la burguesía a la inevitable lucha a vida o muerte entre ella y el proletariado? ¿El miedo al desenlace inevitable de la moderna lucha de clases? ¡Suprímase la lucha de clases, y la burguesía y «todos los hombres independientes» «no tendrán reparo en ir de la mano con los proletarios»! Y los engañados serían precisamente los proletarios.

Que el partido demuestre, pues, con una actitud humilde y compungida que se ha despojado de una vez para siempre de las «inconveniencias y desmanes» que dieron pie a la ley contra los socialistas. ¡Si promete voluntariamente moverse solo dentro de los límites de la ley contra los socialistas, Bismarck y los burgueses tendrán sin duda la bondad de derogar esa ley, que entonces será superflua!

> «Que se nos entienda bien»: no queremos «renunciar a nuestro partido ni a nuestro programa, pero creemos que tenemos tarea para años si dirigimos toda nuestra fuerza, toda nuestra energía, a alcanzar ciertos objetivos inmediatos que deben conquistarse en cualquier caso antes de que se pueda pensar en realizar las aspiraciones de más largo alcance».

Entonces se nos unirán también en masa burgueses, pequeñoburgueses y obreros a los que «ahora asustan las exigencias de largo alcance».

El programa no se ha de *abandonar*, sino solo *aplazar*, por tiempo indefinido. Se lo acepta, pero en realidad no para uno mismo ni para su propia vida, sino póstumamente, como herencia para los hijos y los nietos. Entretanto se emplea «toda la fuerza y toda la energía» en toda clase de menudencias y remiendos del orden social capitalista, para que parezca que se hace algo y al mismo tiempo no se asuste a la burguesía. Prefiero, la verdad, al comunista Miquel,[^16] que demuestra su firme convicción en el derrumbe inevitable de la sociedad capitalista dentro de algunos cientos de años estafando a manos llenas, contribuyendo con lo suyo al crac de 1873 y haciendo así *de verdad* algo por el hundimiento del orden existente.

Otra falta contra los buenos modales fueron también los «ataques exagerados a los fundadores»,[^17] que al fin y al cabo «no eran más que hijos de su tiempo»; «las invectivas contra Strousberg y gente por el estilo... habría sido mejor ahorrárselas». Por desgracia, todos los hombres son «solo hijos de su tiempo», y si esto es excusa suficiente, ya no se podrá atacar a nadie: se acaba toda polémica, toda lucha por nuestra parte; encajaremos tranquilamente todas las patadas de nuestros adversarios, porque nosotros, los sabios, sabemos que no son «más que hijos de su tiempo» y no pueden obrar de otro modo que como obran. En lugar de devolverles las patadas con intereses, más bien deberíamos compadecer a esos pobres.

Del mismo modo, tomar partido por la Comuna tuvo, después de todo, el inconveniente

> «de que se rechazó a gente por lo demás bien dispuesta hacia nosotros y en general se aumentó contra nosotros el *odio de la burguesía*». Y, además, el partido «no está del todo libre de culpa en que se aprobara la ley de octubre, pues ha aumentado innecesariamente el *odio de la burguesía*».

Ahí tiene usted el programa de los tres censores de Zúrich. No deja nada que desear en cuanto a claridad. Y menos que a nadie a nosotros, que conocemos muy bien todas esas frases desde 1848. Son los representantes de la pequeña burguesía que se presentan, llenos de miedo de que el proletariado, empujado por su situación revolucionaria, «vaya demasiado lejos». En lugar de una oposición política resuelta, la conciliación general; en lugar de la lucha contra el gobierno y la burguesía, el intento de ganarlos y persuadirlos; en lugar de la resistencia desafiante a los malos tratos que vienen de arriba, la sumisión humilde y la confesión de que el castigo era merecido. Todos los conflictos históricamente necesarios se reinterpretan como malentendidos, y toda discusión se zanja con la protesta de que en lo esencial todos estamos de acuerdo. Los que en 1848 se presentaban como demócratas burgueses pueden llamarse ahora igual de bien socialdemócratas. Así como para aquellos la república democrática, para estos el derrocamiento del orden capitalista queda a una distancia inalcanzable y no tiene, por tanto, la menor importancia para la práctica política del presente; se puede conciliar, componer y filantropizar a placer. Lo mismo ocurre con la lucha de clases entre proletariado y burguesía. Sobre el papel se la reconoce, porque ya no hay manera de negarla; pero en la práctica se la encubre, se la diluye, se la atenúa. El partido socialdemócrata *no debe* ser un partido obrero, no debe atraerse el odio de la burguesía ni de nadie; debe hacer ante todo una propaganda enérgica entre la burguesía; en lugar de dar importancia a objetivos de largo alcance que asustan a los burgueses y que, de todos modos, son inalcanzables en nuestra generación, debe emplear más bien toda su fuerza y su energía en esas reformas de remiendo pequeñoburguesas que dan nuevos puntales al viejo orden social y que quizá podrían convertir la catástrofe final en un proceso de disolución gradual, fragmentario y lo más pacífico posible. Es la misma gente que, bajo la apariencia de una incansable locuacidad, no solo no hace nada ella misma, sino que procura impedir que se haga nada que no sea charlar; la misma gente cuyo miedo a toda acción frenó el movimiento a cada paso en 1848 y 1849 y acabó por hacerlo caer; la misma gente que nunca ve la reacción y luego se queda pasmada al encontrarse al fin en un callejón sin salida donde no cabe ni resistir ni huir; la misma gente que quiere encerrar la historia en su estrecho horizonte de filisteo y sobre la que la historia pasa cada vez a la orden del día.

En cuanto a su contenido socialista, ya está suficientemente criticado en el «Manifiesto», en el capítulo «El socialismo alemán o "verdadero"».[^18] Donde la lucha de clases se aparta como un fenómeno desagradable o «tosco», no le queda al socialismo más base que el «verdadero amor a la humanidad» y unas frases vacías sobre la «justicia».

Es un fenómeno inevitable, fundado en la marcha del desarrollo, que también gentes de la clase dominante hasta ahora se unan al proletariado en lucha y le aporten elementos de formación. Ya lo dijimos con claridad en el «Manifiesto». Pero hay que hacer aquí dos observaciones:

*Primera.* Para ser útiles al movimiento proletario, estas personas tienen que aportar también verdaderos elementos de formación. Y por desgracia no es el caso de la gran mayoría de los conversos burgueses alemanes. Ni la «Zukunft» ni la «Neue Gesellschaft»[^19] han traído nada que haya hecho avanzar el movimiento un solo paso. De verdadero material formativo, fáctico o teórico, hay una carencia absoluta. En su lugar, intentos de conciliar las ideas socialistas, asimiladas superficialmente, con los más diversos puntos de vista teóricos que estos señores han traído de la universidad o de cualquier otro sitio, a cual más confuso, gracias al proceso de putrefacción en que se encuentran hoy los restos de la filosofía alemana. En lugar de estudiar primero ellos mismos a fondo la nueva ciencia, cada uno la recortó a la medida del punto de vista que traía, se fabricó sin más una ciencia privada propia y se presentó enseguida con la pretensión de enseñarla. Por eso hay entre estos señores más o menos tantos puntos de vista como cabezas; en vez de poner claridad en algo, no han hecho más que armar una confusión tremenda, por fortuna casi solo entre ellos mismos. Elementos de formación cuyo primer principio es enseñar lo que no han aprendido, el partido puede pasarse muy bien sin ellos.

*Segunda.* Cuando personas de otras clases se unen al movimiento proletario, lo primero que hay que exigirles es que no traigan consigo restos de prejuicios burgueses, pequeñoburgueses, etc., sino que hagan suya sin reservas la concepción proletaria. Pero estos señores, como se ha demostrado, están repletos de ideas burguesas y pequeñoburguesas. En un país tan pequeñoburgués como Alemania, esas ideas tienen sin duda su razón de ser. Pero solo *fuera* del partido obrero socialdemócrata. Si estos señores se constituyen en partido pequeñoburgués socialdemócrata, están en su pleno derecho; se podría negociar con ellos, pactar alianzas según las circunstancias, etc. Pero en un partido obrero son un elemento falsificador. Si hay motivos para tolerarlos en él por el momento, existe la obligación de *solo* tolerarlos, de no permitirles influencia alguna en la dirección del partido, de tener presente que la ruptura con ellos es solo cuestión de tiempo. Por lo demás, ese tiempo parece haber llegado. Nos resulta incomprensible cómo puede el partido seguir tolerando en su seno a los autores de este artículo. Y si encima la dirección del partido cae más o menos en manos de semejante gente, el partido quedará sencillamente castrado, y se acabó el empuje proletario.

En cuanto a nosotros, después de todo nuestro pasado, solo nos queda un camino. Desde hace casi cuarenta años venimos destacando la lucha de clases como fuerza motriz inmediata de la historia, y en especial la lucha de clases entre la burguesía y el proletariado como la gran palanca de la moderna revolución social; no podemos, por tanto, ir de la mano con gente que quiere borrar del movimiento esa lucha de clases. Al fundarse la Internacional formulamos expresamente el grito de guerra: la emancipación de la clase obrera ha de ser obra de la propia clase obrera.[^20] No podemos, por tanto, ir de la mano con gente que declara abiertamente que los obreros son demasiado incultos para emanciparse por sí mismos y que tienen que ser emancipados primero desde arriba por grandes y pequeños burgueses filántropos. Si el nuevo órgano del partido adopta una actitud que responda a las convicciones de esos señores, que sea burguesa y no proletaria, no nos quedará otro remedio, por mucho que lo sintiéramos, que pronunciarnos públicamente en contra y romper la solidaridad con la que hasta ahora hemos representado al partido alemán ante el extranjero. Pero esperamos que no se llegue *a eso*.

Esta carta está destinada a ser comunicada a los 5 miembros de la comisión en Alemania y a Bracke...

Por nuestra parte, tampoco hay inconveniente en que se comunique a los de Zúrich.

[^1]: August Bebel (1840-1913), Wilhelm Liebknecht (1826-1900) y Wilhelm Bracke (1842-1880), dirigentes del Partido Socialista Obrero de Alemania (fundado en Gotha en 1875), que desde la ley contra los socialistas de 1878 trabajaba en la clandestinidad, apoyado en su fracción del Reichstag. La carta va dirigida a Bebel, pero era una circular para la dirección del partido (véase el final).

[^2]: El *Jahrbuch für Sozialwissenschaft und Sozialpolitik* («Anuario de ciencia social y política social»), que Karl Höchberg publicaba en Zúrich con el seudónimo de «Dr. Ludwig Richter»; su primer volumen apareció en el verano de 1879.

[^3]: Karl Hirsch (1841-1900), periodista socialdemócrata, editor del semanario *Die Laterne* («La Linterna»), publicado en Bruselas entre diciembre de 1878 y junio de 1879; en el verano de 1879 se le ofreció la redacción del nuevo órgano del partido.

[^4]: *Der Sozialdemokrat*, órgano central del partido durante la ley de excepción; se publicó en Zúrich desde el 28 de septiembre de 1879 y, desde 1888, en Londres, hasta 1890.

[^5]: Eduard Bernstein (1850-1932), entonces secretario de Höchberg en Zúrich; Louis Viereck (1851-1922), socialdemócrata y diputado en el Reichstag desde 1884.

[^6]: Los de Leipzig: los dirigentes del partido residentes en Leipzig y sus alrededores, que con la fracción del Reichstag hacían de dirección tras la ley contra los socialistas; los de Zúrich: Höchberg, Bernstein y Carl August Schramm.

[^7]: Paul Singer (1844-1911), fabricante berlinés y socialdemócrata, más tarde diputado y presidente del partido.

[^8]: *Freiheit*, semanario fundado en Londres en enero de 1879 por Johann Most, apoyado por la Asociación Comunista de Formación Obrera de Londres.

[^9]: Max Kayser (1853-1888), diputado socialdemócrata, defendió en el Reichstag, en 1879, los aranceles proteccionistas propuestos por Bismarck; la nueva tarifa aduanera se aprobó en julio de 1879. Hirsch lo atacó con dureza en *Die Laterne*.

[^10]: La «Ley contra las aspiraciones socialdemócratas, peligrosas para la comunidad», aprobada por el Reichstag en octubre de 1878 (de ahí, más abajo, «la ley de octubre»): prohibió las organizaciones, reuniones y publicaciones socialdemócratas y estuvo en vigor hasta 1890. También se la llama «ley de excepción».

[^11]: El proyecto de Bismarck, de 1876, de pasar los ferrocarriles alemanes a propiedad del Imperio, que no salió adelante; en su lugar, Prusia estatizó desde 1879 los ferrocarriles de su territorio.

[^12]: *Vorwärts* («Adelante»), órgano central del Partido Socialista Obrero de Alemania, publicado en Leipzig de 1876 a 1878 y prohibido por la ley contra los socialistas.

[^13]: «Rückblicke auf die sozialistische Bewegung in Deutschland», en el primer volumen del *Jahrbuch*, firmado con tres asteriscos; sus autores eran Höchberg, Bernstein y Schramm. Karl Höchberg (1853-1885), hijo de un rico comerciante de Fráncfort, financiaba publicaciones socialistas de orientación reformista; Carl August Schramm (1830-1905), economista socialdemócrata.

[^14]: Johann Baptist von Schweitzer (1833-1875), presidente de la Asociación General de Obreros Alemanes, fundada por Lassalle, de 1867 a 1871.

[^15]: El 18 de marzo de 1848, día de la insurrección y de los combates de barricadas de Berlín.

[^16]: Johannes Miquel (1828-1901), miembro de la Liga de los Comunistas en su juventud, luego dirigente nacional-liberal y, en los años de la fiebre fundadora, director de la Disconto-Gesellschaft, implicado en especulaciones con sociedades anónimas.

[^17]: Los «fundadores» (*Gründer*): los promotores de las sociedades anónimas creadas en masa, con mucha especulación y fraude, tras la guerra franco-prusiana, en los llamados «años de los fundadores», que terminaron con el crac de 1873. Bethel Henry Strousberg (1823-1884), el «rey de los ferrocarriles», fue la figura más conocida de esta especulación.

[^18]: *Manifiesto del Partido Comunista*, capítulo III, 1, c.

[^19]: *Die Zukunft* («El Futuro»), revista socialista editada y financiada por Höchberg en Berlín (1877-1878); *Die Neue Gesellschaft* («La Nueva Sociedad»), revista reformista publicada en Zúrich (1877-1880).

[^20]: Es la primera consideración de los Estatutos de la Asociación Internacional de los Trabajadores, redactados por Marx en 1864.
