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Title: El socialismo del señor Bismarck (1880)
Description: Dos artículos de Engels para la prensa socialista francesa sobre las «medidas sociales» de Bismarck: el arancel proteccionista de 1879 y la compra estatal de los ferrocarriles, presentados como negocios de la Bolsa de Berlín.
Author: Friedrich Engels
Date: 1880-03-03
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1880%20El%20socialismo%20del%20se%C3%B1or%20Bismarck
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*Escrito por Friedrich Engels en francés a finales de febrero de 1880 y publicado en* L'Égalité *(París), n.º 7, 3 de marzo de 1880, y n.º 10, 24 de marzo de 1880. El original francés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 19 (Berlín, 1962, pp. 167-175), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1880%20Der%20Sozialismus%20des%20Herrn%20Bismarck).*

## I. El arancel aduanero

En el debate sobre la infame ley que puso a los socialistas alemanes fuera de la ley,[^1] el señor Bismarck declaró que las medidas de represión no bastaban por sí solas para aplastar el socialismo; que había que tomar además medidas para remediar los males sociales indiscutibles, para asegurar un empleo regular, para prevenir las crisis industriales y qué sé yo cuántas cosas más. Prometió proponer esas medidas «positivas» para el bien social. Porque, dijo, cuando uno ha llevado como yo los asuntos de su país durante diecisiete años, tiene derecho a considerarse un experto en economía política; es como si alguien sostuviera que basta con haber comido patatas durante diecisiete años para conocer a fondo la agronomía.

En todo caso, esta vez el señor Bismarck ha cumplido su palabra. Ha obsequiado a Alemania con dos grandes «medidas sociales», y aún no ha terminado.

La primera fue un arancel aduanero que debía asegurar a la industria alemana la explotación exclusiva del mercado interior.

Hasta 1848, Alemania no había tenido una gran industria propiamente dicha. Predominaba el trabajo manual; el vapor y la maquinaria eran solo excepciones. Después de que la burguesía alemana, gracias a su cobardía, sufriera en 1848 y 1849 una derrota vergonzosa en el terreno político, se consoló lanzándose con ardor a la gran industria. El aspecto del país cambió rápidamente. Quien hubiera visto por última vez en 1849 la Prusia renana, Westfalia, el reino de Sajonia, la Alta Silesia, Berlín y las ciudades portuarias, no los reconocía en 1864. Por todas partes habían penetrado las máquinas y la fuerza del vapor. Las grandes fábricas habían ocupado en su mayor parte el lugar de los pequeños talleres. Los barcos de vapor sustituían poco a poco a los veleros, primero en la navegación de cabotaje y luego en el comercio de ultramar. Las líneas de ferrocarril se multiplicaban; en los astilleros y en las minas de carbón y de hierro reinaba una actividad de la que los pesados alemanes se habían creído hasta entonces del todo incapaces. Comparado con el desarrollo de la gran industria en Inglaterra, e incluso en Francia, todo aquello era todavía muy poca cosa; pero era, con todo, un comienzo. Y además todo esto se había hecho sin ninguna ayuda de los gobiernos, sin subvenciones ni primas a la exportación, y con un arancel que, comparado con los de los demás países del continente, podía calificarse de marcadamente librecambista.

Dicho sea de paso, las consecuencias sociales de semejante movimiento industrial no dejaron de producirse aquí, como en todas partes. Hasta entonces los obreros industriales alemanes habían vegetado en unas condiciones que venían todavía de la Edad Media. Por lo general les quedaba aún la posibilidad de convertirse poco a poco en pequeños burgueses, en maestros artesanos, en propietarios de varios telares de mano, etc. Todo eso desapareció entonces. Los obreros, convertidos en asalariados de los grandes capitalistas, empezaron a formar una clase estable, un verdadero proletariado. Pero quien dice proletariado dice socialismo. Además, subsistían restos de las libertades que los obreros habían conquistado en las barricadas en 1848. Gracias a estas dos circunstancias, el socialismo pudo desplegarse ahora en Alemania a plena luz del día y ganar a las masas, mientras que antes de 1848 había tenido que limitarse a la propaganda ilegal y a una organización secreta de pocos miembros. Así, la reanudación de la agitación socialista por Lassalle data de 1863.[^2]

Vinieron luego la guerra de 1870, la paz de 1871 y los miles de millones.[^3] Mientras que Francia no se arruinó en absoluto pagándolos, a Alemania cobrarlos la puso al borde de la ruina. Derrochados a manos llenas por un gobierno de advenedizos en un imperio advenedizo, los miles de millones cayeron en manos de la alta finanza, que se apresuró a colocarlos con provecho en la Bolsa. En Berlín resucitaron los mejores días del Crédit Mobilier.[^4] Se fundaban a porfía sociedades anónimas y comanditarias, bancos, instituciones de crédito mobiliario e hipotecario, sociedades para la construcción de ferrocarriles, fábricas de toda clase, astilleros, sociedades para especular con inmuebles y otras empresas cuya apariencia industrial no era más que el pretexto para la más desvergonzada especulación bursátil. Las supuestas necesidades públicas del comercio, del tráfico, del consumo, etc., solo servían para encubrir el afán desenfrenado de las hienas de la Bolsa de hacer trabajar los miles de millones mientras los tuvieran en sus manos. Por lo demás, todo esto ya se había vivido en París en los gloriosos días de los Péreire y de Fould; eran los mismos especuladores de Bolsa, que resucitaban en Berlín con los nombres de Bleichröder y Hansemann.[^5]

Lo que había ocurrido en París en 1867, lo que había ocurrido a menudo en Londres y en Nueva York, no dejó de ocurrir también en Berlín en 1873: la especulación desmedida acabó en un crac general.[^6] Las sociedades quebraron a centenares; las acciones de las que se sostenían se volvieron invendibles; fue un hundimiento completo en toda la línea. Pero para poder especular había hecho falta crear medios de producción y de transporte, fábricas, ferrocarriles, etc., cuyas acciones se convertían en objeto de especulación. Cuando estalló la catástrofe, resultó sin embargo que las necesidades públicas que se habían tomado como pretexto se habían rebasado con mucho, que en el curso de cuatro años se habían construido más ferrocarriles, fábricas, minas, etc., de los que se habrían creado en un cuarto de siglo con un desarrollo normal de la industria.

Además de en los ferrocarriles, de los que hablaremos más adelante, la especulación se había lanzado especialmente sobre la industria del hierro. Grandes fábricas brotaban del suelo como setas; se habían fundado incluso algunas factorías que dejaban en la sombra al Creusot.[^7] Por desgracia, el día de la crisis resultó que no había consumidores para esa producción gigantesca. Grandes sociedades industriales se vieron al borde de la quiebra. Como buenos patriotas alemanes, sus directores pidieron ayuda al gobierno: aranceles protectores a la importación que los defendieran de la competencia del hierro inglés en la explotación del mercado interior. Pero, si se exigían aranceles protectores para el hierro, no se les podían negar a las demás industrias ni tampoco a la agricultura. Así se organizó en toda Alemania una ruidosa agitación proteccionista, una agitación que permitió al señor Bismarck introducir un arancel que debía cumplir ese fin. Este arancel, elevado a ley en el verano de 1879, está ahora en vigor.[^8]

Pero la industria alemana había vivido siempre al aire libre de la libre competencia. Nacida la última, después de la industria de Inglaterra y de Francia, tuvo que limitarse a llenar los pequeños huecos que le habían dejado sus predecesoras y a suministrar artículos demasiado mezquinos para los ingleses y demasiado ruines para los franceses; era una fabricación de bajo nivel, de productos siempre cambiantes, *barata y mala*. No se crea que son palabras nuestras: son literalmente las expresiones que empleó oficialmente, al juzgar los productos alemanes expuestos en Filadelfia (1876), el comisario oficial del gobierno alemán, el señor Reuleaux, un científico de fama europea.[^9]

Una industria así solo puede sostenerse en los mercados neutrales mientras en su país reine el librecambio. Si se pretende que los tejidos, los artículos de metal y las máquinas alemanes resistan la competencia en el extranjero, todo lo que sirve de materia prima para fabricarlos, hilo de algodón, de lino o de seda, hierro bruto y alambre, tiene que poder obtenerse a los mismos precios bajos a los que lo compran los competidores extranjeros. Así pues, una de dos: o se quiere seguir exportando tejidos y productos de la industria metalúrgica, y entonces hace falta el librecambio y se corre el riesgo de que esas industrias elaboren materias primas venidas del extranjero; o se quiere proteger con aranceles la hilatura y la producción de metal bruto de Alemania, y entonces pronto se habrá acabado la posibilidad de exportar productos cuya materia prima sean el hilo y los metales brutos.

Con su famoso arancel, que protege las hilaturas y la industria metalúrgica, el señor Bismarck destruye la última posibilidad de encontrar en el extranjero un mercado como el que hasta ahora existía aún para los tejidos, los artículos de metal, las agujas y las máquinas alemanes. Pero Alemania, cuya agricultura producía en la primera mitad del siglo un excedente exportable, ya no puede pasarse ahora sin un complemento de productos agrícolas del extranjero. Si el señor Bismarck impide a su industria producir para la exportación, ¿con qué se pagarán estas y otras muchas importaciones que, pese a todos los aranceles del mundo, son de todos modos necesarias?

Para resolver esta cuestión hacía falta nada menos que el genio de un señor Bismarck, unido al de sus amigos y consejeros de Bolsa. Se hace del modo siguiente:

Tomemos el hierro. El periodo de la especulación y de la producción febril ha regalado a Alemania dos factorías (la Dortmunder Union y la Laurahütte) capaces cada una por sí sola de producir tanto como exige por término medio el consumo total del país. Además están las enormes fábricas Krupp de Essen, una factoría parecida en Bochum e innumerables otras más pequeñas. Así pues, el consumo interior de hierro está cubierto como mínimo tres o cuatro veces. Cabría pensar que semejante situación exige imperiosamente el librecambio más ilimitado, el único capaz de asegurar una salida a ese enorme excedente de producción. Cabría pensarlo, pero no es esa la opinión de los interesados. Como no hay más que una docena, a lo sumo, de empresas que cuenten de verdad y dominen a las demás, se forma lo que los americanos llaman un *ring*: una sociedad para mantener los precios en el interior y regular la exportación.

En cuanto se convoca una subasta de carriles u otros productos de sus fábricas, el comité determina por turno a qué miembro le corresponde el pedido y a qué precio debe aceptarlo. Los demás participantes hacen ofertas a un precio más alto, también convenido de antemano. Como cesa toda competencia, hay un monopolio absoluto. Lo mismo vale para la exportación. Para asegurar la ejecución de este plan, cada miembro del *ring* deposita en manos del comité una letra en blanco por 125.000 francos, que se pone en circulación y se presenta al cobro en cuanto el firmante rompe su contrato. El precio de monopolio que así se exprime a los consumidores alemanes permite a las fábricas colocar su excedente de producción en el extranjero a precios a los que incluso los ingleses se niegan a vender, y el filisteo alemán (que, dicho sea de paso, se lo merece) tiene que pagar la cuenta. Así vuelve a ser posible la exportación alemana, gracias a los mismos aranceles protectores que, en opinión del gran público, parecían arruinarla.

¿Quieren ejemplos? El año pasado, una compañía ferroviaria italiana, cuyo nombre podríamos dar, necesitaba 30.000 o 40.000 toneladas (de 1.000 kilos) de carriles. Tras largas negociaciones, una factoría inglesa se queda con 10.000; el resto lo contrata la Dortmunder Union a un precio que en Inglaterra se había rechazado. Un competidor inglés, al que se preguntó por qué no podía desbancar a la empresa alemana, respondió: «¿Quién demonios puede aguantar la competencia de un quebrado?».

En Escocia se va a construir un puente de ferrocarril sobre un brazo de mar cerca de Edimburgo.[^10] Para ello se necesitan 10.000 toneladas de acero Bessemer. ¿Quién acepta el precio más bajo, quién derrota a todos sus competidores, y eso en el suelo natal de la gran industria del hierro, en Inglaterra? Un alemán, un favorito de Bismarck en más de un sentido, el señor Krupp de Essen, el «rey de los cañones».

Así están las cosas con el hierro. Se entiende que este hermoso sistema solo puede aplazar unos años la quiebra inevitable de estas grandes empresas conjuradas entre sí. Hasta que las demás industrias hagan lo mismo; y entonces no arruinarán a la competencia extranjera, sino a su propio país. Uno se cree en un país de locos; y, sin embargo, todos los hechos citados están tomados de periódicos alemanes burgueses y librecambistas. Organizar la destrucción de la industria alemana con el pretexto de protegerla: ¿se equivocan acaso los socialistas alemanes cuando repiten desde hace años que el señor Bismarck trabaja para el socialismo como si le pagaran por ello?

## II. Los ferrocarriles del Estado

De 1869 a 1873, durante la marea creciente de la especulación berlinesa, dos empresas, unas veces enemigas y otras aliadas, se repartieron el dominio de la Bolsa: la Disconto-Gesellschaft y la banca Bleichröder.[^11] Eran, por así decirlo, los Péreire y el Mirès de Berlín.[^12] Como la especulación se extendía principalmente a los ferrocarriles, a estos dos bancos se les ocurrió hacerse dueños indirectos de la mayoría de las grandes líneas ferroviarias, ya existentes o por construir. Comprando y reteniendo cierto número de acciones de cada línea, se podría dominar sus consejos de administración; las propias acciones servirían de garantía para empréstitos con los que se podrían comprar nuevas acciones, y así sucesivamente. Como se ve, una simple repetición de la ingeniosa pequeña operación que primero dio a los dos Péreire el mayor de los éxitos y luego terminó en la conocida crisis del Crédit Mobilier. Los Péreire berlineses se vieron coronados al principio por el mismo éxito.

En 1873 llegó la crisis. Nuestros dos bancos se vieron en un serio aprieto con su montaña de acciones ferroviarias, de las que ya no había manera de sacar los millones que se habían tragado. El proyecto de someter a las compañías ferroviarias había fracasado. Se cambió, pues, de posición y se intentó vender las acciones al Estado. El proyecto de concentrar todos los ferrocarriles en manos del gobierno del Imperio no tiene como punto de partida el bien social del país, sino el bien individual de dos bancos insolventes.

La ejecución del proyecto no era demasiado difícil. Se había «interesado» en las nuevas sociedades a un número considerable de diputados del Reichstag, de modo que se dominaba al Partido Nacional-Liberal y al Partido Conservador Libre,[^13] es decir, a la mayoría. Altos funcionarios del Imperio y ministros prusianos habían metido los dedos en la estafa bursátil mediante la cual se habían fundado esas sociedades. En última instancia, Bleichröder era el banquero y el factótum financiero del señor Bismarck. Así que no faltaban medios.

Primero, sin embargo, para que la venta de los ferrocarriles al Imperio resultara además rentable, había que hacer subir de nuevo la cotización de las acciones. Por eso se creó en 1873 la «Oficina Imperial de Ferrocarriles»; su director, un conocido estafador de Bolsa, subió de golpe un 20 por ciento las tarifas de todos los ferrocarriles alemanes; con ello los ingresos netos, y en consecuencia el valor de las acciones, debían aumentar en torno a un 35 por ciento. Fue la única medida que llevó a cabo ese señor, la única por la que había aceptado el cargo; poco después lo dejó.[^14]

Entretanto se había conseguido hacer el proyecto apetecible a Bismarck. Pero los pequeños reinos se resistieron; el Consejo Federal lo rechazó de plano. Nuevo cambio de posición: se decidió que primero Prusia comprara todos los ferrocarriles prusianos, para cederlos llegado el caso al Imperio.[^15]

Por lo demás, el gobierno del Imperio tenía todavía un motivo oculto que le hacía deseable la compra de los ferrocarriles. Y eso tiene que ver con los miles de millones franceses.

De esos miles de millones se habían retenido sumas considerables para constituir tres «fondos del Imperio»: el primero, para construir el edificio del Reichstag; el segundo, para fortalezas; el tercero, por último, para los inválidos de las tres últimas guerras.[^16] La suma total ascendía a 926 millones de francos.

De estos tres fondos, el más importante y a la vez el más singular era el de los inválidos. Estaba destinado a consumirse a sí mismo; es decir, para cuando hubiera muerto el último inválido, también el fondo, tanto el capital como sus rentas, habría desaparecido. Un fondo que se consume a sí mismo, cabría pensar de nuevo, solo pueden inventarlo los locos. Pero no lo habían inventado unos locos, sino los estafadores de Bolsa de la Disconto-Gesellschaft, y con buenos motivos. Por eso hizo falta casi un año para convencer al gobierno de que adoptara la idea.

A nuestros especuladores de Bolsa, sin embargo, les pareció que este fondo no se consumiría lo bastante deprisa. Creyeron además que debían dotar a los otros dos fondos de la misma hermosa propiedad de consumirse a sí mismos. El medio era sencillo. Antes incluso de que la ley hubiera fijado en qué clase de valores debían invertirse esos fondos, se encargó a una empresa comercial del gobierno prusiano que comprara títulos adecuados. Esta empresa se dirigió a la Disconto-Gesellschaft, que le vendió para los tres fondos del Imperio acciones ferroviarias por valor de 300 millones de francos, que entonces eran invendibles y que podríamos enumerar una por una.

Entre esas acciones había, por valor de 120 millones, acciones de la línea Magdeburgo-Halberstadt y de las líneas fusionadas con ella, un ferrocarril que estaba prácticamente en quiebra, que había proporcionado grandes ganancias a los estafadores de Bolsa, pero que apenas ofrecía la perspectiva de reportar a los accionistas lo más mínimo. Esto se entiende cuando se sabe que el consejo de administración había emitido acciones por valor de 16 millones para cubrir los gastos de construcción de tres ramales, y que ese dinero había desaparecido por completo antes de que se hubiera empezado siquiera a construir esas líneas. Y el fondo de inválidos se enorgullece de poseer un número considerable de acciones de estos ferrocarriles inexistentes.

La adquisición de estas líneas por el Estado prusiano legalizaría de un golpe la compra de sus acciones por el Imperio; les daría cierto valor real. De ahí el interés que el gobierno del Imperio tenía en este negocio. De ahí que la línea de que se trata fuera una de las primeras cuya compra propuso el gobierno prusiano y aprobaron las Cámaras.

Los precios concedidos por el Estado a los accionistas eran considerablemente más altos que el valor real incluso de las buenas líneas de ferrocarril. Lo demuestra la subida constante de las cotizaciones de las acciones desde que se decidió comprarlas, y sobre todo desde que se conocieron las condiciones de compra. Dos grandes líneas, cuyas acciones estaban en diciembre de 1878 a 103 y 108 respectivamente, han sido compradas entretanto por el Estado; hoy cotizan a 148 y 158. Por eso a los accionistas les costó muchísimo disimular su alegría durante la negociación.

No hace falta subrayar que esta subida de las cotizaciones benefició sobre todo a los grandes especuladores de la Bolsa de Berlín, que estaban al tanto de las intenciones del gobierno. La Bolsa, todavía bastante deprimida en la primavera de 1879, despertó a una nueva vida. Antes de desprenderse definitivamente de sus caras acciones, los especuladores se sirvieron de ellas para montar un nuevo frenesí especulativo.

Como se ve, el Imperio alemán está tan completamente bajo la influencia de la Bolsa como lo estuvo en su día el Imperio francés. Los bolsistas preparan los proyectos que el gobierno tiene que ejecutar en beneficio de sus bolsillos. Y en Alemania tienen además una ventaja de la que carecía el Imperio bonapartista: cuando el gobierno del Imperio choca con la resistencia de los pequeños príncipes, se transforma en gobierno prusiano, que desde luego no encontrará resistencia en sus Cámaras, verdaderas sucursales de la Bolsa.

¡Pues bien! ¿No dijo ya el Consejo General de la Internacional, inmediatamente después de la guerra de 1870: usted, señor Bismarck, solo ha derribado el régimen bonapartista en Francia *para restablecerlo en su propia casa*?[^17]

[^1]: La «ley contra las aspiraciones socialdemócratas peligrosas para la comunidad» (Sozialistengesetz), aprobada por el Reichstag en octubre de 1878; prohibía las organizaciones, reuniones y prensa socialistas y estuvo en vigor hasta 1890. Bismarck era ministro-presidente de Prusia desde 1862.

[^2]: Ferdinand Lassalle (1825-1864) fundó en mayo de 1863 la Asociación General de Obreros Alemanes (Allgemeiner Deutscher Arbeiterverein).

[^3]: La indemnización de guerra de cinco mil millones de francos impuesta a Francia por la paz de Fráncfort (mayo de 1871).

[^4]: La Société générale du Crédit mobilier, banco de inversiones fundado en París en 1852 por los hermanos Émile e Isaac Péreire, símbolo de la especulación bajo el Segundo Imperio; quebró en 1867.

[^5]: Achille Fould (1800-1867), banquero y ministro de Hacienda de Napoleón III. Gerson von Bleichröder (1822-1893), banquero berlinés, banquero personal de Bismarck. Adolph von Hansemann (1826-1903), director de la Disconto-Gesellschaft.

[^6]: El crac de la Bolsa de Viena de mayo de 1873, que se extendió a Berlín y puso fin a la «época de los fundadores» (Gründerjahre).

[^7]: Le Creusot, en Borgoña, sede de la gran empresa siderúrgica y metalúrgica de Schneider.

[^8]: El arancel proteccionista sobre el hierro, los productos industriales y los cereales votado por el Reichstag en julio de 1879, con el que Alemania abandonó el librecambio.

[^9]: Franz Reuleaux (1829-1905), ingeniero y teórico de las máquinas, comisario alemán en la Exposición Universal de Filadelfia de 1876; en sus *Briefe aus Philadelphia* juzgó que los productos alemanes eran «billig und schlecht» («baratos y malos»).

[^10]: El puente sobre el estuario del Forth, cerca de Edimburgo; el proyecto de Thomas Bouch se abandonó tras el hundimiento de su puente sobre el Tay (diciembre de 1879).

[^11]: La Disconto-Gesellschaft, uno de los grandes bancos berlineses, dirigida por Adolph von Hansemann; la banca Bleichröder, de Gerson von Bleichröder.

[^12]: Jules Mirès (1809-1871), banquero y especulador francés del Segundo Imperio, procesado por fraude en 1861.

[^13]: El Partido Nacional-Liberal, de la burguesía liberal que apoyaba a Bismarck, y el Partido Conservador Libre (en el Reichstag, Deutsche Reichspartei), de grandes terratenientes e industriales.

[^14]: La Oficina Imperial de Ferrocarriles (Reichseisenbahnamt) se creó por ley en junio de 1873 para vigilar los ferrocarriles del Imperio.

[^15]: El proyecto de ley de 1876 que autorizaba la cesión de los ferrocarriles prusianos al Imperio chocó con la oposición de los estados del sur; desde 1879 Prusia empezó a comprar por su cuenta las grandes líneas privadas.

[^16]: Las guerras de 1864 (contra Dinamarca), 1866 (contra Austria) y 1870-1871 (contra Francia). El Fondo Imperial de Inválidos (Reichsinvalidenfonds) se creó por ley en 1873.

[^17]: Alusión al Segundo Manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores sobre la guerra franco-prusiana (septiembre de 1870), redactado por Marx, que advertía de las consecuencias de la anexión de Alsacia y Lorena; Engels resume aquí su sentido.
