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Title: Algodón y hierro (1881)
Description: Engels analiza la superproducción crónica en las industrias inglesas del algodón y del hierro, el crecimiento de la industria de vapor extranjera y el fin de la supremacía industrial inglesa bajo las doctrinas de la Escuela de Manchester.
Author: Friedrich Engels
Date: 1881-07-30
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1881%20Algod%C3%B3n%20y%20hierro
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*Editorial escrito en inglés por Friedrich Engels y publicado sin firma en* The Labour Standard *(Londres), núm. 13, del 30 de julio de 1881. Traducido del original inglés según la transcripción del texto del periódico en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 19, Berlín, 1962, pp. 283-286), por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen erratas evidentes de la transcripción. Las notas son nuestras. [Texto original en inglés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1881%20Cotton%20and%20Iron).*

El algodón y el hierro son las dos materias primas más importantes de nuestro tiempo. La nación que va a la cabeza en la fabricación de artículos de algodón y de hierro encabeza también la lista de las naciones industriales en general. Y porque ese es el caso de Inglaterra, y mientras lo siga siendo, Inglaterra será la primera nación industrial del mundo.

Cabría esperar, pues, que en Inglaterra los obreros del algodón y del hierro estuvieran notablemente bien; que, como Inglaterra domina el mercado, el comercio de estos artículos marchara siempre bien, y que al menos en estas dos ramas de la industria se hubiera hecho realidad el milenio de la abundancia prometido en tiempos de la agitación librecambista. ¡Ay!, todos sabemos que no es así ni mucho menos, y que aquí, como en otros oficios, si la condición de los obreros no ha empeorado, y en algunos casos hasta ha mejorado, se debe exclusivamente a sus propios esfuerzos: a una organización fuerte y a huelgas reñidas. Sabemos que, tras unos pocos años de prosperidad en torno a 1874 y después, las industrias del algodón y del hierro se hundieron por completo; las fábricas cerraron, los altos hornos se apagaron y, donde la producción continuó, la regla fue la jornada reducida. Periodos de hundimiento así ya se habían conocido antes; se repiten, por término medio, una vez cada diez años; duran lo que duran, para dar paso a un nuevo periodo de prosperidad, y así sucesivamente.

Pero lo que distingue el actual periodo de depresión, sobre todo en el algodón y el hierro, es que desde hace ya algunos años se prolonga más de lo habitual. Ha habido varios intentos de reactivación, varios arranques, pero en vano. Si se ha superado la fase del hundimiento propiamente dicho, el comercio sigue languideciendo y los mercados siguen siendo incapaces de absorber toda la producción.

La causa es que, con nuestro sistema actual de usar maquinaria para producir no solo artículos manufacturados, sino las máquinas mismas, la producción puede aumentarse con increíble rapidez. No habría ninguna dificultad, si los fabricantes se lo propusieran, para ampliar durante un solo periodo de prosperidad las instalaciones de hilado y tejido, blanqueo y estampado del algodón de modo que pudieran producir un cincuenta por ciento más de artículos, y para duplicar toda la producción de arrabio y de artículos de hierro de toda clase. El aumento efectivo no ha llegado a tanto. Pero aun así ha estado fuera de toda proporción con lo que fue en anteriores periodos de expansión, y la consecuencia es la superproducción crónica, la depresión crónica del comercio. Los patronos pueden permitirse esperar, al menos durante un tiempo considerable, pero los obreros tienen que sufrir, porque para ellos esto significa miseria crónica y la perspectiva constante del asilo de pobres.

¡Este es, pues, el resultado del glorioso sistema de la competencia ilimitada, esta la realización del milenio prometido por los Cobden, los Bright y compañía! Esto es lo que tienen que pasar los obreros si, como han hecho durante los últimos veinticinco años, dejan la dirección de la política económica del imperio a sus «jefes naturales», a esos «capitanes de la industria» que, según Thomas Carlyle,[^1] estaban llamados a mandar el ejército industrial del país. ¡Vaya capitanes de la industria! Los generales de Luis Napoleón en 1870 eran genios comparados con ellos. Cada uno de estos supuestos capitanes de la industria lucha contra todos los demás, actúa por su propia cuenta, amplía sus instalaciones sin tener en cuenta lo que hacen sus vecinos, y al final todos descubren, para su gran sorpresa, que el resultado ha sido un exceso de producción y de comercio. No pueden unirse para regular la producción; solo pueden unirse con un fin: *mantener bajos los salarios de sus obreros.* Y así, al ampliar temerariamente la fuerza productiva del país mucho más allá de la capacidad de absorción de los mercados, privan a sus obreros del relativo desahogo que les daría un periodo de prosperidad moderada y al que tienen derecho tras el largo periodo de hundimiento, para que sus ingresos vuelvan al nivel medio. ¿No se acabará de comprender que los fabricantes, como clase, se han vuelto incapaces de seguir dirigiendo los grandes intereses económicos del país, más aún, incluso el propio proceso de producción? ¿Y no es un absurdo —aunque sea un hecho— que el mayor enemigo de los trabajadores de Inglaterra sea la productividad siempre creciente de sus propias manos?

Pero hay que tener en cuenta otro hecho. No son solo los fabricantes ingleses los que aumentan sus fuerzas productivas. Lo mismo ocurre en otros países. Las estadísticas no nos permiten comparar por separado las industrias del algodón y del hierro de los distintos países principales. Pero, tomando en conjunto las industrias textiles, la minería y la metalurgia, podemos trazar un cuadro comparativo con los datos que proporciona el jefe de la Oficina Prusiana de Estadística, el doctor Engel, en su libro *Das Zeitalter des Dampfes* (*La era del vapor*, Berlín, 1881).[^2] Según sus cálculos, en las industrias mencionadas se emplean en los países indicados a continuación máquinas de vapor con la siguiente potencia total en caballos (un caballo de vapor equivale a una fuerza que levanta 75 kilogramos a un metro de altura en un segundo), a saber:

| | Industrias textiles | Minería y metalurgia |
| --- | --- | --- |
| Inglaterra, 1871 | 515.800 | 1.077.000 CV |
| Alemania, 1875 | 128.125 | 456.436 CV |
| Francia | unos 100.000 | 185.000 CV |
| Estados Unidos | unos 93.000 | 370.000 CV |

Vemos así que la potencia de vapor total que emplean las tres naciones que son las principales competidoras de Inglaterra asciende a tres quintos de la potencia de vapor inglesa en las manufacturas textiles, y casi la iguala en la minería y la metalurgia. Y como sus manufacturas progresan a un ritmo mucho más rápido que las de este país, apenas puede caber duda de que la producción conjunta de aquellas pronto superará a la de este.

Fíjense ahora en este otro cuadro, que da la potencia de vapor en caballos empleada en la producción, sin contar las locomotoras ni las máquinas de los barcos:

| | Caballos de vapor |
| --- | --- |
| Gran Bretaña | Unos 2.000.000 |
| Estados Unidos | Unos 1.987.000[^3] |
| Alemania | Unos 1.321.000 |
| Francia | Unos 492.000 |

Esto muestra todavía con más claridad qué poco queda del monopolio de Inglaterra en las manufacturas de vapor y qué poco ha conseguido el librecambio asegurar la superioridad industrial de Inglaterra. Y que no se diga que este progreso de la industria extranjera es artificial, que se debe a la protección. Toda la inmensa expansión de las manufacturas alemanas se ha logrado bajo un régimen librecambista de lo más liberal, y si América, debido sobre todo a un absurdo sistema de impuestos interiores sobre el consumo, se ve obligada a recurrir a una protección más aparente que real, bastaría con derogar esas leyes de impuestos interiores para que pudiera competir en el mercado abierto.

Esta es, pues, la situación en que veinticinco años de reinado casi absoluto de las doctrinas de la Escuela de Manchester han dejado al país. Creemos que estos resultados son tales que reclaman una pronta abdicación de los caballeros de Manchester y de Birmingham, para que las clases obreras tengan su turno en los próximos veinticinco años. Seguro que no podrían hacerlo peor.

[^1]: En *Past and Present* (*Pasado y presente*, 1843), Thomas Carlyle llamaba a los fabricantes *captains of industry* y les encomendaba la dirección de la sociedad industrial.

[^2]: Ernst Engel (1821-1896), estadístico, director de la Oficina de Estadística de Prusia de 1860 a 1882, autor de *Das Zeitalter des Dampfes in technisch-statistischer Beleuchtung* (*La era del vapor a la luz de la técnica y la estadística*).

[^3]: Así en la transcripción del texto inglés; la versión alemana de la MEW da «987.000».
