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Title: Borradores de la respuesta a la carta de Vera Sasúlich (1881)
Description: Los tres borradores en que Marx preparó su respuesta a Vera Sasúlich sobre el porvenir de la comuna rural rusa: el análisis de El capital vale solo para Europa occidental, la comuna agrícola encierra un dualismo que puede llevarla a disolverse o a desarrollarse, y la comuna rusa, contemporánea de la producción capitalista, puede convertirse en punto de partida directo del sistema económico al que tiende la sociedad moderna si una revolución rusa la salva a tiempo.
Author: Karl Marx
Date: 1881-03
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1881%20Borradores%20de%20la%20respuesta%20a%20la%20carta%20de%20Vera%20Sas%C3%BAlich
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*Borradores de una respuesta a la carta de Vera Sasúlich del 16 de febrero de 1881, escritos en francés por Karl Marx entre finales de febrero y comienzos de marzo de 1881; la carta que envió por fin lleva fecha del 8 de marzo. Publicados por David Riazánov en 1924 en la edición rusa del Archivo de Marx y Engels (*Arjiv K. Marksa i F. Engelsa*, libro I, Moscú) y después en el* Marx-Engels-Archiv*, t. I, Fráncfort del Meno, 1926, pp. 318-340. Traducidos del original francés —el primer borrador, según el texto de las* Œuvres choisies *de Marx y Engels, t. III (Moscú, 1970), transcrito por el Marxists Internet Archive y cotejado con la edición de 1926; el segundo y el tercero, según la edición de 1926— y cotejados con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 19 (Berlín, 1962, pp. 384-406), por la Escuela de marxismo, 2026. Como en esa edición, se omiten los pasajes que Marx tachó y un cuarto borrador muy breve. Las notas son nuestras. [Texto original en francés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1881%20Projets%20de%20r%C3%A9ponse%20%C3%A0%20la%20lettre%20de%20Vera%20Zassoulitch) · [La carta definitiva](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/cartas/1881-03-08%20Marx%20a%20Vera%20Sas%C3%BAlich).*

## Primer borrador

1) Al tratar de la génesis de la producción capitalista, he dicho que en su fondo está «la separación radical del productor respecto de los medios de producción» (p. 315, columna I, de la edición francesa de *El capital*)[^1] y que «la base de toda esta evolución *es la expropiación de los cultivadores*. Solo en Inglaterra se ha llevado a cabo de manera radical… Pero todos los demás países de Europa occidental recorren el mismo movimiento» (l. c., col. II).

He restringido, pues, *expresamente* la «fatalidad histórica» de ese movimiento a los *países de Europa occidental*. ¿Y por qué? Compare usted, por favor, el capítulo XXXII,[^2] donde se lee:

«El movimiento de eliminación que transforma los medios de producción individuales y dispersos en medios de producción socialmente concentrados, que hace de la propiedad enana de los muchos la propiedad colosal de unos pocos, esta dolorosa, esta espantosa expropiación del pueblo trabajador, he ahí los orígenes, he ahí la génesis del capital… La *propiedad privada* fundada en el trabajo personal… va a ser suplantada por la *propiedad privada capitalista*, fundada en la explotación del trabajo ajeno, en el asalariado» (p. 340, col. II).

Así pues, en último análisis, *hay aquí la transformación de una forma de la propiedad privada en otra forma de la propiedad privada*. Como la tierra en manos de los campesinos rusos no ha sido nunca *su propiedad privada*, ¿cómo podría aplicárseles este desarrollo?

2) Desde el punto de vista histórico, el único argumento serio que se aduce en favor de la *disolución fatal* de la comuna de los *campesinos rusos* es este:

Remontándose muy atrás, se encuentra en toda Europa occidental la propiedad común de un tipo más o menos arcaico; en todas partes ha desaparecido con el progreso social. ¿Por qué habría de escapar a la misma suerte solo en Rusia?

Respondo: porque en Rusia, gracias a una combinación de circunstancias única, la comuna rural, establecida todavía a escala nacional, puede desprenderse gradualmente de sus caracteres primitivos y desarrollarse directamente como elemento de la producción colectiva a escala nacional. Precisamente gracias a su contemporaneidad con la producción capitalista puede apropiarse de todas sus adquisiciones positivas sin pasar por sus peripecias terribles, espantosas. Rusia no vive aislada del mundo moderno; tampoco es presa de un conquistador extranjero, como las Indias Orientales.

Si los partidarios rusos del sistema capitalista negaran la posibilidad *teórica* de semejante evolución, les haría esta pregunta: para explotar las máquinas, los barcos de vapor, los ferrocarriles, etc., ¿se ha visto obligada Rusia, a la manera de Occidente, a pasar por un largo período de incubación de la industria mecánica? Que me expliquen también cómo se las han arreglado para introducir en su casa en un abrir y cerrar de ojos todo el mecanismo del cambio (bancos, sociedades de crédito, etc.), cuya elaboración ha costado siglos a Occidente.

Si en el momento de la emancipación[^3] las comunas rurales se hubieran puesto de entrada en condiciones de prosperidad normal; si después la inmensa deuda pública, pagada en su mayor parte a costa de los campesinos, junto con las otras sumas enormes que se entregaron por mediación del Estado (y siempre a costa de los campesinos) a las «nuevas columnas de la sociedad»,[^4] transformadas en capitalistas; si todos esos gastos hubieran servido para el *desarrollo ulterior* de la comuna rural, nadie soñaría hoy con la «fatalidad histórica» del aniquilamiento de la comuna: todo el mundo reconocería en ella el elemento de la regeneración de la sociedad rusa y un elemento de superioridad sobre los países todavía sometidos al régimen capitalista.

Otra circunstancia favorable a la conservación de la comuna rusa (por la vía del desarrollo) es que no solo es contemporánea de la producción capitalista, sino que ha sobrevivido a la época en que ese sistema social se presentaba todavía intacto, y que ahora, por el contrario, lo encuentra, tanto en Europa occidental como en los Estados Unidos, en lucha a la vez con la ciencia, con las masas populares y con las mismas fuerzas productivas que engendra. En una palabra, lo encuentra en una crisis que solo terminará con su eliminación, con un retorno de las sociedades modernas al tipo «arcaico» de la propiedad común, forma en la que —como dice un autor norteamericano[^5] nada sospechoso de tendencias revolucionarias y apoyado en sus trabajos por el gobierno de Washington— «el sistema nuevo» al que tiende la sociedad moderna «será un renacimiento (*a revival*), en una forma superior (*in a superior form*), de un tipo social arcaico». No hay que dejarse asustar demasiado, pues, por la palabra «arcaico».

Pero entonces habría que conocer al menos esas vicisitudes. No sabemos nada de ellas.

La historia de la decadencia de las comunidades primitivas (se cometería un error poniéndolas todas en el mismo plano; como en las formaciones geológicas, hay en las formaciones históricas toda una serie de tipos primarios, secundarios, terciarios, etc.) está todavía por hacer. Hasta ahora no se han dado más que esbozos pobres. Pero, en todo caso, la exploración está lo bastante avanzada para afirmar:

que la vitalidad de las comunidades primitivas era incomparablemente mayor que la de las sociedades semitas, griegas, romanas, etc., y, *a fortiori*, que la de las sociedades capitalistas modernas;

que las causas de su decadencia derivan de datos económicos que les impedían pasar de cierto grado de desarrollo, de medios históricos que no se parecen en nada al medio histórico de la comuna rusa de hoy.

Al leer las historias de comunidades primitivas escritas por burgueses hay que andarse con cuidado. No retroceden ni siquiera ante la falsificación. Sir Henry Maine,[^6] por ejemplo, que fue un ardiente colaborador del gobierno inglés en su obra de destrucción violenta de las comunas indias, nos asegura hipócritamente que todos los nobles esfuerzos del gobierno por sostener esas comunas fracasaron ante la fuerza espontánea de las leyes económicas.

De un modo u otro, esa comuna pereció en medio de guerras incesantes, exteriores e intestinas; murió probablemente de muerte violenta. Cuando las tribus germánicas vinieron a conquistar Italia, España, la Galia, etc., la comuna de tipo arcaico ya no existía. Sin embargo, su vitalidad natural queda probada por dos hechos. Hay ejemplares dispersos que han sobrevivido a todas las peripecias de la Edad Media y se han conservado hasta nuestros días, por ejemplo en mi tierra natal, el distrito de Tréveris. Pero, lo que es más importante, imprimió tan bien sus propios caracteres a la comuna que la suplantó —comuna en la que la tierra de labor se ha convertido en propiedad privada, mientras que bosques, pastos, baldíos, etc., siguen siendo propiedad comunal— que Maurer,[^7] al descifrar esa comuna de formación secundaria, pudo reconstruir el prototipo arcaico. Gracias a los rasgos característicos que tomó de él, la comuna nueva, introducida por los germanos en todos los países conquistados, fue durante toda la Edad Media el único foco de libertad y de vida popular. Si después de la época de Tácito no sabemos nada de la vida de la *comuna*, ni del modo ni del momento de su desaparición, conocemos al menos su punto de partida gracias al relato de Julio César.[^8] En su tiempo la tierra se repartía ya cada año, pero entre las *gentes y tribus* de las confederaciones germánicas, y todavía no entre los miembros individuales de una comuna. La comuna rural nació, pues, en Germania de un tipo más arcaico; fue allí el producto de un desarrollo espontáneo, en lugar de haber sido importada ya hecha de Asia. Allí —en las Indias Orientales— la encontramos también, y siempre como el último término o el último período de la formación arcaica.

Para juzgar los destinos posibles de la «comuna rural» desde un punto de vista puramente teórico, es decir, suponiendo siempre unas condiciones de vida normales, tengo que señalar ahora ciertos rasgos característicos que distinguen la «comuna agrícola» de los tipos más arcaicos.

Ante todo, las comunidades primitivas anteriores descansan todas en el parentesco natural de sus miembros; al romper ese lazo fuerte pero estrecho, la comuna agrícola es más capaz de extenderse y de soportar el contacto con extraños.

Además, en ella la casa y su complemento, el corral, son ya propiedad privada del cultivador, mientras que mucho antes incluso de que se introdujera la agricultura la casa común fue una de las bases materiales de las comunidades precedentes.

Por último, aunque la tierra de labor sigue siendo propiedad comunal, se divide periódicamente entre los miembros de la comuna agrícola, de modo que cada cultivador explota por su cuenta los campos que se le asignan y se apropia individualmente de sus frutos, mientras que en comunidades más arcaicas la producción se hace en común y solo se reparte el producto. Ese tipo primitivo de la producción cooperativa o colectiva fue, desde luego, el resultado de la debilidad del individuo aislado y no de la socialización de los medios de producción.

Se comprende fácilmente que el dualismo inherente a la «comuna agrícola» pueda dotarla de una vida vigorosa, porque, por un lado, la propiedad común y todas las relaciones sociales que de ella se derivan dan solidez a su asiento, al mismo tiempo que la casa privada, el cultivo parcelario de la tierra de labor y la apropiación privada de los frutos permiten un desarrollo de la individualidad incompatible con las condiciones de las comunidades más primitivas. Pero no es menos evidente que ese mismo dualismo puede convertirse con el tiempo en una fuente de descomposición. Aparte de todas las influencias de medios hostiles, la sola acumulación gradual de la riqueza mobiliaria, que empieza por la riqueza en ganado (y admite incluso la riqueza en siervos), el papel cada vez más marcado que el elemento mobiliario desempeña en la agricultura misma y una multitud de otras circunstancias inseparables de esa acumulación, pero cuya exposición me llevaría demasiado lejos, actuarán como un disolvente de la igualdad económica y social y harán nacer en el seno de la comuna misma un conflicto de intereses que acarrea primero la conversión de la tierra de labor en propiedad privada y acaba con la apropiación privada de los bosques, pastos, baldíos, etc., convertidos ya en *anejos comunales* de la propiedad privada. Por eso la «comuna agrícola» se presenta en todas partes como *el tipo más reciente* de la formación arcaica de las sociedades, y en el movimiento histórico de Europa occidental, antigua y moderna, el período de la comuna agrícola aparece como período de transición de la propiedad común a la propiedad privada, como período de transición de la formación primaria a la formación secundaria. Pero ¿quiere esto decir que en todas las circunstancias el desarrollo de la «comuna agrícola» deba seguir ese camino? En absoluto. Su forma constitutiva admite esta alternativa: o el elemento de propiedad privada que implica se impondrá al elemento colectivo, o este se impondrá a aquel. Todo depende del medio histórico en que se encuentre situada… Las dos soluciones son posibles *a priori*, pero para una u otra hacen falta evidentemente medios históricos del todo diferentes.

3) Rusia es el único país europeo en el que la «comuna agrícola» se ha mantenido a escala nacional hasta hoy. No es presa de un conquistador extranjero, como las Indias Orientales. Tampoco vive aislada del mundo moderno. Por un lado, la propiedad común de la tierra le permite transformar directa y gradualmente la agricultura parcelaria e individualista en agricultura colectiva, y los campesinos rusos la practican ya en los prados indivisos; la configuración física de su suelo invita a la explotación mecánica en gran escala; la familiaridad del campesino con el contrato de *artel*[^9] le facilita la transición del trabajo parcelario al trabajo cooperativo, y, por último, la sociedad rusa, que ha vivido tanto tiempo a su costa, le debe los anticipos necesarios para semejante transición. Por otro lado, la *contemporaneidad* de la producción occidental, que domina el mercado mundial, permite a Rusia incorporar a la comuna todas las adquisiciones positivas elaboradas por el sistema capitalista sin pasar por sus horcas caudinas.[^10]

Si los portavoces de las «nuevas columnas sociales» negaran la posibilidad *teórica* de la evolución de la comuna rural moderna, se les preguntaría: ¿se ha visto obligada Rusia, como Occidente, a pasar por un largo período de incubación de la industria mecánica para llegar a las máquinas, a los barcos de vapor, a los ferrocarriles, etc.? Se les preguntaría también cómo se las han arreglado para introducir en su casa en un abrir y cerrar de ojos todo el mecanismo del cambio (bancos, sociedades por acciones, etc.), cuya elaboración ha costado siglos a Occidente.

Hay un rasgo de la «comuna agrícola» en Rusia que la aqueja de debilidad y le es hostil en todos los sentidos. Es su aislamiento, la falta de enlace entre la vida de una comuna y la de las demás, ese microcosmos localizado que no se encuentra en todas partes como carácter inmanente de este tipo, pero que, allí donde se encuentra, ha hecho surgir por encima de las comunas un despotismo más o menos central. La federación de las repúblicas rusas del Norte[^11] prueba que ese aislamiento, que parece haber sido impuesto en un principio por la vasta extensión del territorio, se consolidó en gran parte por los destinos políticos que Rusia tuvo que sufrir desde la invasión mongola. Hoy es un obstáculo de lo más fácil de eliminar. Bastaría con sustituir el *vólost*,[^12] institución gubernamental, por una asamblea de campesinos elegidos por las propias comunas, que sirviera de órgano económico y administrativo de sus intereses.

Una circunstancia muy favorable, desde el punto de vista histórico, a la conservación de la «comuna agrícola» por la vía de su desarrollo ulterior es que no solo es contemporánea de la producción capitalista occidental y puede así apropiarse de sus frutos sin someterse a su *modus operandi*, sino que ha sobrevivido a la época en que el sistema capitalista se presentaba todavía intacto, y que ahora, por el contrario, lo encuentra, tanto en Europa occidental como en los Estados Unidos, en lucha a la vez con las masas trabajadoras, con la ciencia y con las mismas fuerzas productivas que engendra; en una palabra, en una crisis que terminará con su eliminación, con un retorno de las sociedades modernas a una forma superior de un tipo «arcaico» de la propiedad y de la producción colectivas.

Se entiende que la evolución de la comuna se haría gradualmente y que el primer paso sería ponerla en condiciones normales *sobre su base actual*.

Pero frente a ella se alza la propiedad territorial, que tiene en sus manos casi la mitad del suelo, y la mejor parte, sin mencionar los dominios del Estado. Por ese lado la conservación de la «comuna rural» por la vía de su evolución ulterior se confunde con el movimiento general de la sociedad rusa, cuya regeneración tiene ese precio.

Incluso desde el solo punto de vista económico, Rusia puede salir de su callejón sin salida agrícola por la evolución de su comuna rural; en vano intentaría salir de él mediante el arriendo capitalista a la inglesa, al que repugnan todas las condiciones rurales del país.

Haciendo abstracción de todas las miserias que hoy agobian a la «comuna rural» rusa y considerando solo su forma constitutiva y su medio histórico, es evidente a primera vista que uno de sus caracteres fundamentales, la propiedad común del suelo, forma la base natural de la producción y de la apropiación colectivas. Además, la familiaridad del campesino ruso con el contrato de *artel* le facilitaría la transición del trabajo parcelario al trabajo colectivo, que practica ya en cierto grado en los prados indivisos, en las desecaciones y en otras empresas de interés general. Pero, para que el trabajo colectivo pueda suplantar en la agricultura propiamente dicha al trabajo parcelario —fuente de la apropiación privada—, hacen falta dos cosas: la necesidad económica de semejante transformación y las condiciones materiales para llevarla a cabo.

En cuanto a la necesidad económica, la «comuna rural» la sentirá desde el momento mismo en que se la ponga en condiciones normales, es decir, en cuanto se le quiten las cargas que pesan sobre ella y su tierra de cultivo alcance una extensión normal. Pasó el tiempo en que la agricultura rusa no pedía más que la tierra y su cultivador parcelario armado de instrumentos más o menos primitivos. Ese tiempo ha pasado tanto más deprisa cuanto que la opresión del cultivador infecta y esteriliza su campo. Ahora le hace falta trabajo cooperativo organizado en gran escala. Además, el campesino al que le faltan las cosas necesarias para cultivar 2 o 3 desiatinas,[^13] ¿estaría más adelantado con diez veces ese número de desiatinas?

Pero los aperos, los abonos, los métodos agronómicos, etc., todos los medios indispensables para el trabajo colectivo, ¿dónde encontrarlos? Ahí está precisamente la gran superioridad de la «comuna rural» rusa sobre las comunas arcaicas del mismo tipo. Ella sola, en Europa, se ha mantenido a una escala vasta, nacional. Se encuentra así situada en un medio histórico en el que la contemporaneidad de la producción capitalista le presta todas las condiciones del trabajo colectivo. Está en condiciones de incorporarse las adquisiciones positivas elaboradas por el sistema capitalista sin pasar por sus horcas caudinas. La configuración física de la tierra rusa invita a la explotación agrícola con ayuda de máquinas, organizada en gran escala y manejada por el trabajo cooperativo. En cuanto a los primeros gastos de establecimiento —gastos intelectuales y materiales—, la sociedad rusa se los debe a la «comuna rural», a cuya costa ha vivido tanto tiempo y en la que tiene que buscar su «elemento regenerador».

La mejor prueba de que este desarrollo de la «comuna rural» responde a la corriente histórica de nuestra época es la crisis fatal que sufre la producción capitalista en los países europeos y americanos donde ha alcanzado gran auge, crisis que terminará con su eliminación, con el retorno de la sociedad moderna a una forma superior del tipo más arcaico: la producción y la apropiación colectivas.

4) Para poder desarrollarse hay que vivir ante todo, y nadie podría ocultarse que en este momento la vida de la «comuna rural» está en peligro. Para expropiar a los cultivadores no es necesario echarlos de su tierra, como se hizo en Inglaterra y en otras partes; tampoco es necesario abolir la propiedad común por un *ucase*. ¡Id a arrancar a los campesinos el producto de su trabajo agrícola más allá de cierta medida, y, a pesar de vuestra gendarmería y de vuestro ejército, no conseguiréis encadenarlos a sus campos! En los últimos tiempos del Imperio romano, decuriones de provincia[^14] —no campesinos, sino propietarios de tierras— huyeron de sus casas, abandonaron sus tierras, se vendieron incluso como esclavos, y todo ello para librarse de una propiedad que ya no era más que un pretexto oficial para exprimirlos sin piedad ni misericordia.

Desde la llamada emancipación de los campesinos, el Estado puso a la comuna rusa en condiciones económicas anormales, y desde entonces no ha dejado de abrumarla con las fuerzas sociales concentradas en sus manos. Extenuada por sus exacciones fiscales, se convirtió en una materia inerte, fácil de explotar por el comercio, la propiedad territorial y la usura. Esta opresión venida de fuera desencadenó en el seno de la comuna misma el conflicto de intereses ya presente y desarrolló rápidamente sus gérmenes de descomposición. Pero esto no es todo. A costa de los campesinos, el Estado hizo crecer como en invernadero las ramas del sistema capitalista occidental que, sin desarrollar en absoluto las potencias productivas de la agricultura, son las más adecuadas para facilitar y precipitar el robo de sus frutos por los intermediarios improductivos. Ha contribuido así al enriquecimiento de una nueva parasitería capitalista que chupa la sangre ya tan empobrecida de la «comuna rural».

… En una palabra, el Estado ha prestado su concurso al desarrollo precoz de los medios técnicos y económicos más adecuados para facilitar y precipitar la explotación del cultivador, es decir, de la mayor fuerza productiva de Rusia, y para enriquecer a las «nuevas columnas sociales».

5) Este concurso de influencias destructivas, a menos que lo rompa una poderosa reacción, tiene que desembocar naturalmente en la muerte de la comuna rural. Pero uno se pregunta: si todos estos intereses (incluidas las grandes industrias puestas bajo la tutela gubernamental) han encontrado tan buena cuenta en el estado actual de la comuna rural, ¿por qué habrían de conspirar a sabiendas para matar la gallina de los huevos de oro? Precisamente porque sienten que «este estado actual» ya no es sostenible y que, por consiguiente, el modo actual de explotarla ya no está de moda. La miseria del cultivador ha infectado ya la tierra, que se vuelve estéril. Las buenas cosechas se compensan con las hambrunas. La media de los diez últimos años reveló una producción agrícola no solo estancada, sino en retroceso. Por último, por primera vez Rusia tiene que importar cereales en lugar de exportarlos. No hay, pues, tiempo que perder. Hay que acabar. Hay que constituir en clase media rural a la minoría más o menos acomodada de los campesinos y convertir a la mayoría en proletarios sin más.[^15] Con este fin, los portavoces de las «nuevas columnas sociales» denuncian las mismas heridas que se han infligido a la comuna como otros tantos síntomas naturales de su decrepitud.

Si tantos intereses diversos, y sobre todo los de las «nuevas columnas sociales» erigidas bajo el benigno imperio de Alejandro II,[^16] han encontrado su cuenta en *el estado actual* de la «comuna rural», ¿por qué habrían de venir a conspirar a sabiendas para su muerte? ¿Por qué denuncian sus portavoces las heridas que se le han infligido como otras tantas pruebas irrefutables de su caducidad natural? ¿Por qué quieren matar su gallina de los huevos de oro?

Sencillamente porque los hechos económicos, cuyo análisis me llevaría demasiado lejos, han desvelado el misterio de que *el estado actual de la comuna ya no es sostenible* y de que pronto, por la sola necesidad de las cosas, el modo actual de explotar a las masas populares pasará de moda. Hace falta, pues, algo nuevo, y lo nuevo, insinuado bajo las formas más diversas, se reduce siempre a esto: abolir la propiedad común, dejar que la minoría más o menos acomodada de los campesinos se constituya en clase media rural y convertir a la gran mayoría en proletarios sin más.

Por un lado, la «comuna rural» está casi reducida al último extremo, y por otro una conspiración poderosa está al acecho para darle el golpe de gracia. Para salvar la comuna rusa hace falta una revolución rusa. Por lo demás, los detentadores de las fuerzas políticas y sociales hacen todo lo posible por preparar a las masas para semejante catástrofe.

Al mismo tiempo que se desangra y se tortura a la comuna y se esteriliza y se empobrece su tierra, los lacayos literarios de las «nuevas columnas de la sociedad» señalan irónicamente las heridas que se le han infligido como otros tantos síntomas de su decrepitud espontánea. Se pretende que se muere de muerte natural y que se hará una buena obra abreviando su agonía. Aquí ya no se trata de un problema que resolver; se trata sencillamente de un enemigo al que batir. Para salvar la comuna rusa hace falta una revolución rusa. Por lo demás, el gobierno ruso y las «nuevas columnas de la sociedad» hacen todo lo posible por preparar a las masas para semejante catástrofe. Si la revolución llega a tiempo, si concentra todas sus fuerzas en asegurar el libre desarrollo de la comuna rural, esta se desarrollará pronto como elemento regenerador de la sociedad rusa y como elemento de superioridad sobre los países sometidos al régimen capitalista.

## Segundo borrador

I. He mostrado en *El capital* que la metamorfosis de la *producción feudal en producción capitalista* tuvo como punto de partida *la expropiación del productor*, y más en particular que «*la base de toda esta evolución es la expropiación de los cultivadores*» (p. 315 de la edición francesa). Y prosigo: «Ella (la expropiación de los cultivadores) solo se ha llevado a cabo de manera radical en Inglaterra… *Todos los demás países de Europa occidental* recorren el mismo movimiento» (l. c.).

He restringido, pues, expresamente esta «fatalidad histórica» a los «*países de Europa occidental*». Para no dejar la menor duda sobre mi pensamiento, digo en la p. 341:

«*La propiedad privada*, como antítesis de la propiedad colectiva, solo existe allí donde las… *condiciones exteriores del trabajo* pertenecen a *particulares*. Pero, según que estos sean los trabajadores o los no trabajadores, la propiedad privada cambia de forma».

Así, el proceso que he analizado ha sustituido una forma de la propiedad privada y parcelada de los trabajadores por la propiedad capitalista de una minoría ínfima (l. c., p. 342), *ha hecho sustituir una especie de propiedad por otra*.[^17] ¿Cómo podría aplicarse a Rusia, donde la tierra no es ni ha sido nunca «propiedad privada» del cultivador? Así pues, la única conclusión que estarían autorizados a sacar de la marcha de las cosas en Occidente es esta: para establecer la producción capitalista en Rusia, esta tiene que empezar por abolir la propiedad comunal y expropiar a los campesinos, es decir, a la gran masa del pueblo. Ese es, por lo demás, el deseo de los liberales rusos; pero ¿prueba su *deseo* más que el deseo de Catalina II de implantar en el suelo ruso el régimen occidental de los oficios de la Edad Media?[^18]

Así, la expropiación de los cultivadores en Occidente sirvió para «transformar la propiedad privada y parcelada de los trabajadores» en propiedad privada y concentrada de los capitalistas. Pero se trata siempre de la sustitución de una forma de propiedad privada por otra forma de propiedad privada. En Rusia se trataría, por el contrario, de sustituir la propiedad comunista por la propiedad capitalista.

¡Desde luego! Si la producción capitalista ha de establecer su reinado en Rusia, la gran mayoría de los campesinos, es decir, del pueblo ruso, tiene que ser convertida en asalariados y, por consiguiente, expropiada mediante la abolición previa de su propiedad comunista. Pero, en todo caso, el precedente occidental no probaría aquí absolutamente nada.

II. Los «marxistas» rusos de que usted habla me son del todo desconocidos. Los rusos con los que mantengo relaciones personales sostienen, que yo sepa, opiniones completamente opuestas.

III. Desde el punto de vista histórico, el único argumento serio en favor de la *disolución fatal* de la propiedad comunal en Rusia es este: la propiedad comunal ha existido en toda Europa occidental y en todas partes ha desaparecido con el progreso social; ¿cómo, pues, podría escapar a la misma suerte en Rusia?

En primer lugar, en Europa occidental la muerte de la propiedad comunal y el nacimiento de la producción capitalista están separados por un intervalo inmenso, que abarca toda una serie de revoluciones y evoluciones económicas sucesivas, de las que la producción capitalista no es más que la más reciente. Por un lado, ha desarrollado de manera maravillosa las fuerzas productivas sociales, pero por otro ha delatado su propia incompatibilidad con las mismas fuerzas que engendra. Su historia ya no es más que una historia de antagonismos, de crisis, de conflictos, de desastres. Por último, ha revelado a todo el mundo, salvo a los ciegos por interés, su carácter puramente transitorio. Los pueblos en los que ha alcanzado su mayor auge, en Europa y en América, no aspiran sino a romper sus cadenas, sustituyendo la producción capitalista por la producción cooperativa y la propiedad capitalista por una *forma superior* del tipo arcaico de la propiedad, es decir, por la propiedad comunista.

Si Rusia estuviera aislada en el mundo, tendría que elaborar por su propia cuenta las conquistas económicas que Europa occidental solo ha adquirido recorriendo una larga serie de evoluciones, desde la existencia de sus comunidades primitivas hasta su estado presente. No habría entonces, al menos a mis ojos, ninguna duda de que sus comunidades estarían fatalmente condenadas a perecer con el desarrollo de la sociedad rusa. Pero la situación de la comuna rusa es absolutamente distinta de la de las comunidades primitivas de Occidente. Rusia es el único país de Europa en el que la propiedad comunal se ha mantenido a una escala vasta, nacional; pero, al mismo tiempo, Rusia existe en un medio histórico moderno, es contemporánea de una cultura superior y está ligada a un mercado mundial en el que predomina la producción capitalista.

Apropiándose de los resultados positivos de este modo de producción, está, pues, en condiciones de desarrollar y transformar la forma todavía arcaica de su comuna rural en lugar de destruirla. (Observo de paso que la forma de la propiedad comunista en Rusia es la forma más moderna del tipo arcaico, que a su vez ha pasado por toda una serie de evoluciones.)

Si los partidarios del sistema capitalista en Rusia niegan la posibilidad de semejante combinación, ¡que demuestren que para explotar las máquinas Rusia se ha visto obligada a pasar por el período de incubación de la producción mecánica! Que me expliquen cómo han conseguido introducir en su casa, en unos días por así decir, el mecanismo del cambio (bancos, sociedades de crédito, etc.), cuya elaboración ha costado siglos a Occidente.

IV. La formación arcaica o primaria de nuestro globo contiene a su vez una serie de capas de diversas edades, superpuestas unas a otras; del mismo modo, la formación arcaica de la sociedad nos revela una serie de tipos diferentes que señalan épocas progresivas. La comuna rural rusa pertenece al tipo más reciente de esa cadena. El cultivador posee ya en ella en propiedad privada la casa que habita y el huerto que la complementa. He ahí el primer elemento disolvente de la forma arcaica, desconocido en los tipos más antiguos. Por otro lado, todos estos descansan en relaciones de parentesco natural entre los miembros de la comuna, mientras que el tipo al que pertenece la comuna rusa está emancipado de ese lazo estrecho. Por eso mismo es capaz de un desarrollo más amplio. El aislamiento de las comunas rurales, la falta de enlace entre la vida de unas y la de otras, ese microcosmos localizado no se encuentra en todas partes como carácter inmanente del tipo primitivo, pero allí donde se encuentra hace surgir por encima de las comunas un despotismo central. Me parece que en Rusia ese aislamiento, impuesto en un principio por la vasta extensión del territorio, es un hecho fácil de eliminar en cuanto se aparten las trabas gubernamentales.

Llego ahora al fondo de la cuestión. No cabe ocultarse que el tipo arcaico al que pertenece la comuna rusa esconde un dualismo íntimo que, dadas ciertas condiciones históricas, puede acarrear su ruina. La propiedad de la tierra es común, pero cada campesino cultiva y explota su campo por su propia cuenta, como el pequeño campesino occidental. Propiedad común, explotación parcelaria de la tierra: esta combinación, útil en épocas más remotas, se vuelve peligrosa en la nuestra. Por un lado, los bienes muebles, elemento que desempeña un papel cada vez más importante en la agricultura misma, diferencian progresivamente la fortuna de los miembros de la comuna y dan lugar en ella a un conflicto de intereses, sobre todo bajo la presión fiscal del Estado; por otro, se pierde la superioridad económica de la propiedad común como base del trabajo cooperativo y combinado. Pero no hay que olvidar que en la explotación de los prados indivisos los campesinos rusos practican ya el modo colectivo, que su familiaridad con el contrato de *artel* les facilitaría mucho la transición del cultivo parcelario al cultivo colectivo, que la configuración física del suelo ruso invita al cultivo mecánico combinado en gran escala y que, por último, la sociedad rusa, que ha vivido tanto tiempo a costa de la comuna rural, le debe los primeros anticipos necesarios para ese cambio. Se trata, desde luego, solo de un cambio gradual, que empezaría por poner la comuna en un estado normal sobre su base *actual*.

V. Dejando a un lado toda cuestión más o menos teórica, no necesito decirle que hoy la existencia misma de la comuna rusa está amenazada por una conspiración de intereses poderosos. Cierto género de capitalismo, alimentado a costa de los campesinos por mediación del Estado, se ha alzado frente a la comuna; tiene interés en aplastarla. También es interés de los propietarios de tierras constituir a los campesinos más o menos acomodados en clase media agrícola y transformar a los cultivadores pobres —es decir, a la masa— en simples asalariados, lo que quiere decir trabajo barato. ¡Y cómo iba a resistir una comuna triturada por las exacciones del Estado, saqueada por el comercio, explotada por los propietarios de tierras, minada por dentro por la usura!

Lo que amenaza la vida de la comuna rusa no es una fatalidad histórica ni una teoría: es la opresión del Estado y la explotación por parte de intrusos capitalistas a los que ese mismo Estado ha hecho poderosos a costa de los campesinos.

## Tercer borrador

Querida ciudadana:[^19]

Para tratar a fondo las cuestiones planteadas en su carta del 16 de febrero tendría que entrar en el detalle de las cosas e interrumpir trabajos urgentes; pero espero que la exposición sucinta que tengo el honor de enviarle bastará para disipar todo malentendido acerca de mi supuesta teoría.

I) Al analizar la génesis de la producción capitalista, digo: «En el fondo del sistema capitalista está, pues, la separación radical del productor respecto de los medios de producción… la base de toda esta evolución es *la expropiación de los cultivadores*. Solo en Inglaterra se ha llevado a cabo de manera radical… *Pero todos los demás países de Europa occidental* recorren el mismo movimiento» (*Le Capital*, edición francesa, p. 315).

La «fatalidad histórica» de ese movimiento está, pues, *expresamente* restringida a los *países de Europa occidental*. El porqué de esta restricción se indica en este pasaje del capítulo XXXII: «*La propiedad privada, fundada en el trabajo personal*… va a ser suplantada por *la propiedad privada capitalista*, fundada en la explotación del trabajo ajeno, en el asalariado» (l. c., p. 340).

En este movimiento occidental se trata, pues, de la *transformación de una forma de propiedad privada en otra forma de propiedad privada*. Con los campesinos rusos habría, por el contrario, que *transformar su propiedad común en propiedad privada*. Ya se afirme o se niegue la fatalidad de esa transformación, las razones a favor y las razones en contra no tienen nada que ver con mi análisis de la génesis del régimen capitalista. A lo sumo podría inferirse de él que, dado el estado actual de la gran mayoría de los campesinos rusos, el acto de convertirlos en pequeños propietarios no sería más que el prólogo de su rápida expropiación.

II) El argumento más serio que se ha hecho valer contra la comuna rusa se reduce a esto:

Remontaos a los orígenes de las sociedades occidentales y encontraréis en todas partes la propiedad común del suelo; con el progreso social ha desaparecido en todas partes ante la propiedad privada; por tanto, no podrá escapar a la misma suerte solo en Rusia.

No tendré en cuenta este razonamiento más que en la medida en que se apoya en las experiencias europeas. En cuanto a las Indias Orientales, por ejemplo, todo el mundo, salvo sir H. Maine y otras gentes de la misma ralea, sabe muy bien que allí la supresión de la propiedad común del suelo no fue más que un acto de vandalismo inglés, que no empujó al pueblo indígena hacia delante, sino hacia atrás.

Las comunidades primitivas no están todas cortadas por el mismo patrón. Su conjunto forma, por el contrario, una serie de agrupaciones sociales que difieren a la vez en tipo y en edad y que señalan fases de evolución sucesivas. Uno de esos tipos, al que se ha convenido en llamar *la comuna agrícola*, es también el de *la comuna rusa*. Su equivalente en Occidente es la *comuna germánica*, que es de fecha muy reciente. No existía todavía en tiempos de Julio César, y ya no existía cuando las tribus germánicas vinieron a conquistar Italia, la Galia, España, etc. En la época de Julio César había ya un reparto anual de la tierra de labor entre grupos, las *gentes* y las *tribus*, pero todavía no entre las familias individuales de una comuna; probablemente también el cultivo se hacía por grupos, en común. En el mismo suelo germánico, esa comunidad de tipo más arcaico se transformó, por un desarrollo natural, en *comuna agrícola*, tal como la describió Tácito.[^20] Desde su tiempo la perdemos de vista. Pereció oscuramente en medio de guerras y migraciones incesantes; quizá murió de muerte violenta. Pero su vitalidad natural queda probada por dos hechos indiscutibles. Algunos ejemplares dispersos de este modelo han sobrevivido a todas las peripecias de la Edad Media y se han conservado hasta nuestros días, por ejemplo en mi tierra, el distrito de Tréveris. Pero, lo que es más importante, encontramos la huella de esta «comuna agrícola» tan bien trazada en la nueva comuna que salió de ella que Maurer, al descifrar esta, pudo reconstruir aquella. La nueva comuna, en la que la tierra de labor pertenece *en propiedad privada* a los cultivadores, mientras que bosques, pastos, baldíos, etc., siguen siendo *propiedad común*, fue introducida por los germanos en todos los países conquistados. Gracias a los caracteres que tomó de su prototipo, fue durante toda la Edad Media el único foco de libertad y de vida popular.

La «comuna rural» se encuentra también en Asia, entre los afganos, etc., pero en todas partes se presenta como el *tipo más reciente* y, por así decir, como la última palabra de la *formación arcaica* de las sociedades. Para subrayar este hecho he entrado en algunos detalles acerca de la comuna germánica.

Tenemos que considerar ahora los rasgos más característicos que distinguen la «comuna agrícola» de las comunidades más arcaicas.

1) Todas las demás comunidades descansan en relaciones de consanguinidad entre sus miembros. No se entra en ellas a menos que se sea pariente natural o adoptivo. Su estructura es la de un árbol genealógico. La «comuna agrícola» fue la primera agrupación social de hombres libres no estrechada por los lazos de la sangre.

2) En la comuna agrícola la casa y su complemento, el corral, pertenecen en particular al cultivador. *La casa común y la vivienda colectiva* eran, por el contrario, una base económica de las comunidades más primitivas, y eso ya mucho antes de que se introdujera la vida pastoril o agrícola. Ciertamente, se encuentran comunas agrícolas en las que las casas, aunque han dejado de ser lugares de vivienda colectiva, cambian periódicamente de poseedor. El usufructo individual se combina así con la propiedad común. Pero tales comunas llevan todavía su marca de nacimiento: se encuentran en estado de transición de una comunidad más arcaica a la comuna agrícola propiamente dicha.

3) La tierra de labor, propiedad inalienable y común, se divide periódicamente entre los miembros de la comuna agrícola, de modo que cada uno explota por su propia cuenta los campos que se le asignan y se apropia en particular de sus frutos. En las comunidades más primitivas el trabajo se hace en común, y el producto común, salvo la parte reservada para la reproducción, se reparte a medida de las necesidades del consumo.

Se comprende que el *dualismo* inherente a la constitución de la comuna agrícola pueda dotarla de una vida vigorosa. Emancipada de los lazos fuertes pero estrechos del parentesco natural, la propiedad común del suelo y las relaciones sociales que de ella se derivan le garantizan un asiento sólido, al mismo tiempo que la casa y el corral, dominio exclusivo de la familia individual, el cultivo parcelario y la apropiación privada de sus frutos dan un impulso a la individualidad incompatible con el organismo de las comunidades más primitivas.

Pero no es menos evidente que con el tiempo ese mismo dualismo puede convertirse en germen de descomposición. Aparte de todas las influencias malignas que vienen de fuera, la comuna lleva en sus propios flancos sus elementos deletéreos. La propiedad privada de la tierra se ha deslizado ya en ella en forma de una casa con su corral rural, que puede transformarse en plaza fuerte desde la que se prepara el ataque contra la tierra común. Así se ha visto. Pero lo esencial es el trabajo parcelario como fuente de apropiación privada. Da lugar a la acumulación de bienes muebles, por ejemplo de ganado, de dinero y a veces incluso de esclavos o de siervos. Esta propiedad mobiliaria, que la comuna no puede controlar, objeto de cambios individuales en los que la astucia y el azar tienen buen juego, pesará cada vez más sobre toda la economía rural. He ahí el disolvente de la igualdad económica y social primitiva. Introduce elementos heterogéneos que provocan en el seno de la comuna conflictos de intereses y de pasiones capaces de atacar primero la propiedad común de las tierras de labor y después la de los bosques, pastos, baldíos, etc., que, una vez convertidos en *anejos comunales* de la propiedad privada, acabarán por caer en sus manos.

Como última fase de la formación primitiva de la sociedad, la comuna agrícola es al mismo tiempo fase de transición a la formación secundaria y, por tanto, transición de la sociedad fundada en la propiedad común a la sociedad fundada en la propiedad privada. La formación secundaria abarca, desde luego, la serie de las sociedades que descansan en la esclavitud y en la servidumbre.

Pero ¿quiere esto decir que la carrera histórica de la comuna agrícola tenga que desembocar fatalmente en ese desenlace? En absoluto. Su dualismo innato admite una alternativa: o su elemento de propiedad se impondrá a su elemento colectivo, o este se impondrá a aquel. Todo depende del medio histórico en el que se encuentre situada.

Hagamos abstracción por el momento de las miserias que agobian a la comuna rusa, para no ver más que sus posibilidades de evolución. Ocupa una situación única, sin precedentes en la historia. Sola en Europa, es todavía la forma orgánica y predominante de la vida rural de un imperio inmenso. La propiedad común del suelo le ofrece la base natural de la apropiación colectiva, y su medio histórico, la contemporaneidad de la producción capitalista, le presta ya hechas las condiciones materiales del trabajo cooperativo organizado en gran escala. Puede, pues, incorporarse las adquisiciones positivas elaboradas por el sistema capitalista sin pasar por sus horcas caudinas. Puede suplantar gradualmente la agricultura parcelaria por la agricultura combinada con ayuda de máquinas, a la que invita la configuración física del suelo ruso. Una vez puesta previamente en un estado normal en su forma presente, puede convertirse en *el punto de partida directo* del sistema económico al que tiende la sociedad moderna y mudar de piel sin empezar por suicidarse.

Los propios ingleses hicieron tentativas semejantes en las Indias Orientales; solo consiguieron arruinar la agricultura indígena y duplicar el número y la intensidad de las hambrunas.[^21]

Pero ¿y el anatema que pesa sobre la comuna: su aislamiento, la falta de enlace entre la vida de una comuna y la de las demás, ese *microcosmos localizado* que hasta ahora le ha vedado toda iniciativa histórica? Desaparecería en medio de una conmoción general de la sociedad rusa.

La familiaridad del campesino ruso con el *artel* le facilitaría especialmente la transición del trabajo parcelario al trabajo cooperativo, que por lo demás ya aplica en cierto grado en la siega del heno de los prados y en empresas comunales como las desecaciones, etc. Una peculiaridad de lo más arcaica, la bestia negra de los agrónomos modernos, conspira también en el mismo sentido. Llegad a un país cualquiera en el que la tierra de labor muestre las huellas de un extraño despedazamiento que le da la forma de un tablero de ajedrez compuesto de pequeños campos, y no hay duda: he ahí el dominio de una comuna agrícola muerta. Sus miembros, sin haber pasado por el estudio de la teoría de la renta de la tierra, se dieron cuenta de que una misma suma de trabajo, gastada en campos diferentes por su fertilidad natural y por su situación, dará rendimientos diferentes. Para igualar las posibilidades del trabajo dividieron, pues, la tierra en cierto número de zonas, determinadas por las diferencias naturales y económicas del suelo, y luego despedazaron de nuevo todas esas zonas más amplias en tantas parcelas como labradores había. Después, cada uno recibió un lote en cada zona. Este arreglo, que la comuna rusa ha perpetuado hasta hoy, es refractario, ni que decir tiene, a las exigencias agronómicas. Aparte de otros inconvenientes, exige un derroche de fuerza y de tiempo. Sin embargo, favorece la transición al cultivo colectivo, al que a primera vista parece tan refractario. La parcela […][^22]

[^1]: La edición francesa del libro I de *El capital* (*Le Capital*, París, Maurice Lachâtre, 1872-1875), traducida por Joseph Roy y revisada por Marx, impresa a dos columnas. La página 315 corresponde al capítulo XXVI, «El secreto de la acumulación primitiva».
[^2]: El capítulo XXXII de la edición francesa, «Tendencia histórica de la acumulación capitalista» (en la edición alemana, capítulo 24, apartado 7).
[^3]: La abolición de la servidumbre en Rusia por el manifiesto de Alejandro II del 19 de febrero (3 de marzo) de 1861. Los campesinos recibieron menos tierra de la que cultivaban y quedaron obligados a pagar por ella, durante décadas, los llamados pagos de rescate.
[^4]: Expresión irónica con la que Marx designa a la nueva burguesía rusa de banqueros, concesionarios de ferrocarriles, contratistas y comerciantes enriquecida con las reformas de los años sesenta y setenta al amparo del Estado.
[^5]: Lewis Henry Morgan (1818-1881), en las páginas finales de *Ancient Society* (Nueva York y Londres, 1877); Marx resume en francés la frase de Morgan según la cual la sociedad futura «será un renacimiento, en una forma superior, de la libertad, la igualdad y la fraternidad de las antiguas *gentes*».
[^6]: Henry Sumner Maine (1822-1888), jurista e historiador del derecho británico, miembro del Consejo del virrey de la India de 1862 a 1869 y autor de *Village-Communities in the East and West* (Londres, 1871). Marx lo extractó y lo criticó en sus cuadernos etnológicos de esos mismos años.
[^7]: Georg Ludwig von Maurer (1790-1872), historiador del derecho alemán, autor de los estudios sobre la constitución de la marca, de la aldea y de la ciudad germánicas que Marx y Engels tenían por fundamentales (*Einleitung zur Geschichte der Mark-, Hof-, Dorf- und Stadt-Verfassung*, Múnich, 1854, y obras posteriores).
[^8]: César, *La guerra de las Galias*, IV, 1, y VI, 22, sobre el reparto anual de la tierra entre los suevos y los germanos.
[^9]: El *artel* era en Rusia una asociación de trabajadores (artesanos, pescadores, carreteros, obreros de temporada…) que trabajaban en común, respondían solidariamente y se repartían lo ganado.
[^10]: En el año 321 a. C., los samnitas obligaron al ejército romano, cercado en el desfiladero de las Horcas Caudinas, a pasar bajo un yugo de lanzas. «Pasar por las horcas caudinas» quiere decir someterse a una prueba humillante.
[^11]: Nóvgorod y Pskov, ciudades-repúblicas del norte de Rusia en la Edad Media, sometidas por el principado de Moscú en 1478 y 1510.
[^12]: El *vólost* era el distrito rural que agrupaba varias comunas campesinas; tras la reforma de 1861 era la unidad inferior de la administración campesina, sometida a la tutela de los funcionarios del Estado.
[^13]: Medida agraria rusa de algo más de una hectárea (1,09 ha).
[^14]: Miembros de los consejos municipales (*curiae*) del Imperio romano, a los que se hacía responsables con su patrimonio de la recaudación de los impuestos de su ciudad; en el Bajo Imperio muchos intentaron librarse de esa carga por todos los medios.
[^15]: En francés, *prolétaires sans phrase*: proletarios a secas, sin más atributos.
[^16]: Alejandro II reinó de 1855 a 1881. Fue muerto por un atentado de Naródnaya Volia el 1 (13) de marzo de 1881, pocos días después de que Marx escribiera estos borradores.
[^17]: Según la edición de 1926, esta frase está muy corregida en el manuscrito y queda sintácticamente sin terminar; donde traducimos «por» Marx escribe un signo de igualdad. La redacción primitiva decía: «Así, el proceso del que hablo viene a transformar la propiedad privada y parcelada en propiedad capitalista, a transformar una especie de propiedad en otra».
[^18]: Catalina II introdujo en 1785, con la carta de privilegios de las ciudades, una organización de los artesanos en gremios (*tsejí*) a imitación de los de Europa occidental, que nunca arraigó.
[^19]: Vera Ivánovna Sasúlich (1849-1919), revolucionaria populista rusa, célebre por su atentado de 1878 contra el gobernador de San Petersburgo Trépov, emigrada desde 1880 a Ginebra; en 1883 fundaría con Plejánov el grupo Emancipación del Trabajo, primera organización marxista rusa. En su carta del 16 de febrero de 1881 pedía a Marx, en nombre de sus amigos, su opinión sobre el porvenir de la comuna rural rusa y sobre la pretendida necesidad histórica de que todos los países pasaran por todas las fases de la producción capitalista.
[^20]: Tácito, *Germania*, 26.
[^21]: La frase se refiere a un pasaje que Marx tachó inmediatamente antes y que la edición de 1926 reproduce: Rusia intentaría en vano salir de su atolladero mediante el arriendo capitalista a la inglesa, «al que repugnan todas las condiciones sociales del país»; los ingleses lo habían intentado en la India con los resultados que aquí se dicen (véase el primer borrador).
[^22]: Así termina el manuscrito. Según la edición de 1926, este último párrafo, desde «La familiaridad del campesino ruso con el *artel*», estaba en una hoja aparte con la indicación «Fin». Un cuarto borrador, muy breve, que la MEW no recoge, conduce ya a la carta enviada el 8 de marzo.
