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Title: El tratado comercial con Francia (1881)
Description: A partir de un debate de los Comunes sobre el tratado comercial con Francia, Engels explica por qué el mundo no siguió a la Inglaterra librecambista y anuncia el fin del monopolio industrial inglés y de lo que este suponía para la clase obrera inglesa.
Author: Friedrich Engels
Date: 1881-06-18
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1881%20El%20tratado%20comercial%20con%20Francia
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*Editorial escrito en inglés por Friedrich Engels y publicado sin firma en* The Labour Standard *(Londres), núm. 7, del 18 de junio de 1881. Traducido del original inglés según la transcripción del texto del periódico en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 19, Berlín, 1962, pp. 261-265), por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen erratas evidentes de la transcripción. Las notas son nuestras. [Texto original en inglés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1881%20The%20French%20Commercial%20Treaty).*

El jueves 9 de junio, en la Cámara de los Comunes, el señor Monk (Gloucester) presentó una resolución en el sentido de que

> «ningún tratado comercial con Francia será satisfactorio si no tiende a desarrollar las relaciones comerciales entre los dos países mediante una nueva reducción de los aranceles».[^1]

Siguió un debate bastante largo. Sir C. Dilke, en nombre del gobierno, opuso la blanda resistencia que exige la etiqueta diplomática. El señor A. J. Balfour (Tamworth) quería obligar a las naciones extranjeras, mediante aranceles de represalia, a adoptar tarifas más bajas. El señor Slagg (Manchester) dejaría que los franceses descubrieran por sí mismos lo que valía para ellos nuestro comercio y para nosotros el suyo, aun sin tratado alguno. El señor Illingworth (Bradford) desesperaba de llegar al librecambio por medio de tratados comerciales. El señor Mac Iver (Birkenhead) declaró que el actual sistema de librecambio no era más que una impostura, puesto que consistía en importaciones libres y exportaciones restringidas. La resolución se aprobó por 77 votos contra 49, una derrota que no herirá ni los sentimientos ni la posición del señor Gladstone.

Este debate es una muestra bastante representativa de una larga serie de quejas que se repiten una y otra vez sobre la terquedad con que el extranjero estúpido, e incluso el súbdito colonial, no menos estúpido, se niegan a reconocer las bendiciones universales del librecambio y su capacidad de remediar todos los males económicos. Nunca se ha venido abajo una profecía tan por completo como la de la Escuela de Manchester:[^2] el librecambio, una vez implantado en Inglaterra, derramaría tales bendiciones sobre el país que todas las demás naciones tendrían que seguir su ejemplo y abrir sus puertos a las manufacturas inglesas. La voz zalamera de los apóstoles del librecambio siguió siendo la voz que clama en el desierto. No solo el continente y América aumentaron en conjunto sus aranceles protectores; incluso las colonias británicas, en cuanto se les concedió el autogobierno, hicieron lo mismo; y apenas pasó la India a depender de la Corona[^3] se introdujo hasta allí un arancel del 5 por ciento sobre los tejidos de algodón, que sirvió de estímulo a las manufacturas indígenas.

Por qué ha de ser así es un misterio absoluto para la Escuela de Manchester. Y, sin embargo, está bastante claro.

Hacia mediados del siglo pasado, Inglaterra era la sede principal de la manufactura del algodón y, por tanto, el lugar natural donde, con una demanda de tejidos de algodón que crecía rápidamente, se inventó la maquinaria que, con ayuda de la máquina de vapor, revolucionó primero la industria algodonera y sucesivamente las demás manufacturas textiles. Los grandes yacimientos de carbón de Gran Bretaña, de fácil acceso, se convirtieron entonces, gracias al vapor, en la base de la prosperidad del país. Los extensos yacimientos de mineral de hierro, muy próximos al carbón, facilitaron el desarrollo de la industria del hierro, que había recibido un nuevo estímulo con la demanda de máquinas de vapor y maquinaria. Luego, en medio de esta revolución de todo el sistema manufacturero, llegaron las guerras antijacobinas y napoleónicas, que durante unos veinticinco años barrieron de los mares los barcos de casi todas las naciones competidoras y dieron así a las manufacturas inglesas el monopolio práctico de todos los mercados de ultramar y de algunos europeos. Cuando en 1815 se restableció la paz, Inglaterra estaba allí con sus manufacturas de vapor dispuestas a abastecer al mundo, mientras que en otros países las máquinas de vapor apenas se conocían todavía. En la industria manufacturera, Inglaterra les llevaba una ventaja inmensa.

Pero la vuelta de la paz indujo pronto a otras naciones a seguir los pasos de Inglaterra. Al amparo de la muralla china de su arancel prohibitivo, Francia introdujo la producción a vapor. Lo mismo hizo Alemania, aunque su arancel era entonces mucho más liberal que ningún otro, sin exceptuar el de Inglaterra. Lo mismo hicieron otros países. Al mismo tiempo, la aristocracia terrateniente británica, para elevar sus rentas, implantó las Leyes de Cereales,[^4] con lo que subió el precio del pan y, con él, el salario en dinero. A pesar de todo, el progreso de las manufacturas inglesas siguió a un ritmo prodigioso. Hacia 1830 Inglaterra se había propuesto convertirse en «el taller del mundo». Hacer de ella realmente el taller del mundo fue la tarea que emprendió la Liga contra las Leyes de Cereales.[^5]

En aquellos tiempos no se hacía ningún secreto de lo que se pretendía con la derogación de las Leyes de Cereales. Reducir el precio del pan y, con ello, el salario en dinero permitiría a los fabricantes británicos desafiar toda competencia con que los amenazaran extranjeros malvados o ignorantes. ¿Qué cosa más natural que Inglaterra, con su gran adelanto en maquinaria, con su inmensa flota mercante, su carbón y su hierro, abasteciera a todo el mundo de artículos manufacturados, y que a cambio el mundo exterior la abasteciera a ella de productos agrícolas, trigo, vino, lino, algodón, café, té, etc.? Era un decreto de la Providencia que así fuera; oponerse a ello era pura rebelión contra la ley de Dios. A lo sumo podía permitirse a Francia abastecer a Inglaterra y al resto del mundo de los artículos de gusto y de moda que no podían hacerse a máquina y que estaban del todo por debajo de la atención de un fabricante ilustrado. Entonces, y solo entonces, habría paz en la tierra y buena voluntad entre los hombres; entonces todas las naciones estarían unidas por los entrañables lazos del comercio y del provecho mutuo; entonces quedaría establecido para siempre el reino de la paz y la abundancia; y a la clase obrera, a sus «brazos», les decían: «Ya vienen buenos tiempos, muchachos; esperad un poco más».[^6] Por supuesto, los «brazos» siguen esperando.

Pero mientras los «brazos» esperaban, los extranjeros malvados e ignorantes no esperaron. No veían la belleza de un sistema por el que las ventajas industriales momentáneas que poseía Inglaterra se convertirían en el medio de asegurarle el monopolio de las manufacturas en todo el mundo y para siempre, y de reducir a todas las demás naciones a meras dependencias agrícolas de Inglaterra; dicho de otro modo, a la tan envidiable condición de Irlanda. Sabían que ninguna nación privada de manufacturas puede mantenerse a la altura de las demás en civilización, porque queda rebajada a un mero aglomerado de patanes. Y por eso, subordinando el lucro comercial privado a las exigencias nacionales, protegieron sus manufacturas nacientes con aranceles elevados, que les parecían el único medio de protegerse para no caer en la condición económica de que disfrutaba Irlanda.

No queremos decir que esto fuera lo correcto en todos los casos. Al contrario, Francia sacaría inmensas ventajas de un acercamiento considerable al librecambio. Las manufacturas alemanas, tal como son, han llegado a ser lo que son bajo el librecambio, y el nuevo arancel proteccionista de Bismarck[^7] no perjudicará a nadie más que a los propios fabricantes alemanes. Pero hay un país donde un breve periodo de protección no solo está justificado, sino que es una necesidad absoluta: América.

América está en ese punto de su desarrollo en que la introducción de manufacturas se ha convertido en una necesidad nacional. La mejor prueba es que en la invención de maquinaria que ahorra trabajo ya no va en cabeza Inglaterra, sino América. Los inventos americanos desplazan cada día patentes inglesas y maquinaria inglesa. Se traen a Inglaterra máquinas americanas, y esto en casi todas las ramas de la industria. Además, América tiene la población más enérgica del mundo, yacimientos de carbón al lado de los cuales los de Inglaterra parecen casi una cantidad despreciable, hierro y todos los demás metales en abundancia. ¿Y cabe suponer que un país así va a exponer sus manufacturas jóvenes y pujantes a una larga y prolongada lucha competitiva con la industria inglesa, establecida desde antiguo, cuando con un plazo breve, de unos veinte años de protección, puede ponerlas de una vez a la altura de cualquier competidor? Pero, dice la Escuela de Manchester, América no hace más que robarse a sí misma con su sistema protector. Igual que se roba a sí mismo quien paga un suplemento por el expreso en vez de tomar el viejo tren parlamentario:[^8] cincuenta millas por hora en lugar de doce.

No hay duda: la generación actual verá cómo los tejidos de algodón americanos compiten con los ingleses en la India y en China y van ganando terreno en esos dos mercados principales; cómo la maquinaria y la ferretería americanas compiten con las inglesas en todas partes del mundo, Inglaterra incluida; y la misma necesidad implacable que llevó las manufacturas flamencas a Holanda y las holandesas a Inglaterra trasladará antes de mucho el centro de la industria mundial de este país a los Estados Unidos. Y en el campo restringido que entonces le quede a Inglaterra, esta encontrará temibles competidores en varias naciones del continente.

Ya no puede eludirse por más tiempo el hecho de que el monopolio industrial de Inglaterra declina rápidamente. Si a la «ilustrada» clase media le parece que le interesa silenciarlo, que la clase obrera lo mire de frente con valentía, porque le interesa todavía más que a sus «superiores». Estos podrán seguir siendo aún durante mucho tiempo los banqueros y prestamistas del mundo, como lo fueron antes que ellos los venecianos y los holandeses en su decadencia. Pero ¿qué será de los «brazos» cuando el inmenso comercio de exportación de Inglaterra empiece a encogerse cada año en lugar de crecer? Si el traslado de la construcción de barcos de hierro del Támesis al Clyde[^9] bastó para reducir todo el East End de Londres a un pauperismo crónico, ¿qué hará con Inglaterra el traslado efectivo de todas sus industrias principales al otro lado del Atlántico?

Hará una gran cosa: romperá el último eslabón que todavía une a la clase obrera inglesa con la clase media inglesa. Ese eslabón era la explotación en común de un monopolio nacional. Una vez destruido ese monopolio, la clase obrera británica se verá obligada a tomar en sus manos sus propios intereses, su propia salvación, y a acabar con el sistema del salariado. Esperemos que no aguarde hasta entonces.

[^1]: El tratado de comercio anglofrancés de 1860 (tratado Cobden-Chevalier), que había rebajado mucho los aranceles entre ambos países, estaba entonces en renegociación. Charles Monk era diputado liberal por Gloucester; sir Charles Dilke, subsecretario de Asuntos Exteriores del gobierno liberal de Gladstone.

[^2]: Corriente librecambista de los fabricantes de Manchester, encabezada por Richard Cobden y John Bright.

[^3]: Tras la gran sublevación de 1857-1858, la India pasó en 1858 de la administración de la Compañía de las Indias Orientales a la de la Corona británica.

[^4]: Las Leyes de Cereales (*Corn Laws*) de 1815 gravaban la importación de trigo para mantener alto su precio en beneficio de los terratenientes; se derogaron en 1846.

[^5]: La *Anti-Corn Law League*, fundada en 1838 por los fabricantes de Manchester bajo la dirección de Cobden y Bright, hizo campaña por el librecambio hasta conseguir la derogación de las Leyes de Cereales en 1846.

[^6]: Estribillo de una canción popular de Charles Mackay, *There's a good time coming*, de la década de 1840.

[^7]: El arancel aduanero alemán de 1879, con el que Bismarck rompió con el librecambio y protegió la industria y la agricultura.

[^8]: Los *parliamentary trains*, trenes baratos que la ley ferroviaria de 1844 obligaba a las compañías a ofrecer, a un penique por milla y con una velocidad mínima de doce millas por hora.

[^9]: El río de Glasgow, centro de la construcción naval escocesa. La crisis de los astilleros del Támesis, a partir de 1866, dejó sin trabajo a miles de obreros del East End.
