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Title: Las trade unions (1881)
Description: Dos editoriales de Engels en The Labour Standard sobre el papel económico de las trade unions británicas frente al capital y sobre la necesidad de una organización política de la clase obrera en su conjunto.
Author: Friedrich Engels
Date: 1881-05-28
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1881%20Las%20trade%20unions
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*Dos editoriales escritos en inglés por Friedrich Engels y publicados sin firma en* The Labour Standard *(Londres), núms. 4 y 5, del 28 de mayo y el 4 de junio de 1881. Traducido del original inglés según la transcripción del texto del periódico en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 19, Berlín, 1962, pp. 254-260), por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen erratas evidentes de la transcripción. Las notas son nuestras. [Texto original en inglés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1881%20Trades%20Unions).*

## I

En nuestro último número[^1] examinamos la acción de las *trade unions* en la medida en que hacen cumplir a los patronos la ley económica del salario. Volvemos sobre este asunto, porque es de la mayor importancia que la clase obrera en general lo entienda a fondo.

Suponemos que a ningún obrero inglés de hoy hay que enseñarle que al capitalista individual, igual que a la clase capitalista en general, le interesa rebajar los salarios todo lo posible. El producto del trabajo, deducidos todos los gastos, se divide, como ha demostrado irrefutablemente David Ricardo, en dos partes: una forma el salario del trabajador; la otra, la ganancia del capitalista. Ahora bien, como ese producto neto del trabajo es en cada caso concreto una cantidad dada, está claro que la parte llamada ganancia no puede aumentar sin que disminuya la parte llamada salario. Negar que al capitalista le interesa rebajar los salarios equivaldría a decir que no le interesa aumentar sus ganancias.

Sabemos muy bien que hay otros medios de aumentar temporalmente las ganancias, pero no alteran la ley general y por eso no tienen por qué ocuparnos aquí.

Ahora bien, ¿cómo pueden los capitalistas rebajar los salarios, si el nivel de los salarios se rige por una ley de la economía social clara y bien definida? La ley económica del salario existe y es irrefutable. Pero, como hemos visto, es elástica, y lo es de dos maneras. El nivel de los salarios puede rebajarse en un oficio determinado, o bien directamente, acostumbrando poco a poco a los obreros de ese oficio a un nivel de vida más bajo, o bien indirectamente, aumentando el número de horas de trabajo diarias (o la intensidad del trabajo en las mismas horas) sin aumentar la paga.

Y el interés de cada capitalista individual en aumentar sus ganancias rebajando los salarios de sus obreros recibe un nuevo estímulo de la competencia entre los capitalistas de un mismo oficio. Cada uno de ellos trata de vender más barato que sus competidores y, si no quiere sacrificar sus ganancias, tiene que tratar de rebajar los salarios. Así, la presión sobre el nivel de los salarios que ejerce el interés de cada capitalista individual se multiplica por diez con la competencia entre ellos. Lo que antes era cuestión de ganar más o menos se convierte ahora en una necesidad.

Contra esta presión constante e incesante, el trabajo no organizado no tiene ningún medio eficaz de resistencia. Por eso, en los oficios en que los obreros no están organizados, los salarios tienden constantemente a bajar y la jornada tiende constantemente a alargarse. Este proceso avanza lento pero seguro. Las épocas de prosperidad pueden interrumpirlo de vez en cuando, pero las épocas de malos negocios lo aceleran luego tanto más. Los obreros se van acostumbrando a un nivel de vida cada vez más bajo. Mientras la jornada se acerca cada vez más al máximo posible, los salarios se acercan cada vez más a su mínimo absoluto: la suma por debajo de la cual al obrero le resulta absolutamente imposible vivir y reproducir su especie.

Hubo una excepción pasajera a esta regla hacia principios de este siglo. La rápida expansión del vapor y la maquinaria no bastaba para atender la demanda de sus productos, que crecía todavía más deprisa. Los salarios en estas industrias, salvo los de los niños vendidos por el asilo de pobres al fabricante, eran por lo general altos; los del trabajo manual cualificado del que no se podía prescindir eran altísimos: lo que solían cobrar un tintorero, un mecánico, un cortador de terciopelo o un hilador de *mule-jenny* manual nos parece hoy fabuloso.[^2] Al mismo tiempo, los oficios desplazados por la maquinaria se iban muriendo lentamente de hambre. Pero con el tiempo nuevas máquinas desplazaron también a estos obreros bien pagados; se inventó maquinaria que fabricaba maquinaria, y a tal ritmo que la oferta de artículos hechos a máquina no solo igualó la demanda, sino que la superó. Cuando la paz general de 1815 devolvió la regularidad al comercio, empezaron las fluctuaciones decenales entre prosperidad, superproducción y pánico comercial. Todas las ventajas que los obreros habían conservado de los viejos tiempos prósperos, y que quizá incluso habían aumentado durante el periodo de superproducción desenfrenada, se les arrebataron entonces en los periodos de malos negocios y de pánico; y pronto la población fabril de Inglaterra quedó sometida a la ley general de que los salarios del trabajo no organizado tienden constantemente al mínimo absoluto.

Pero entretanto también habían entrado en escena las *trade unions*, legalizadas en 1824, y ya era hora. Los capitalistas están siempre organizados. En la mayoría de los casos no necesitan una asociación formal, ni estatutos, ni cargos, etc. Su escaso número comparado con el de los obreros, el hecho de formar una clase aparte, su constante trato social y comercial, les sirven de sustituto; solo más tarde, cuando una rama de la industria se ha adueñado de un distrito, como la industria algodonera de Lancashire, se hace necesaria una *trade union* formal de los capitalistas. Los obreros, en cambio, no pueden prescindir desde el primer momento de una organización fuerte, bien definida por sus estatutos y que delegue su autoridad en cargos y comités. La ley de 1824 hizo legales estas organizaciones. Desde ese día el trabajo fue una potencia en Inglaterra. La masa antes indefensa y dividida contra sí misma dejó de serlo. A la fuerza que daban la unión y la acción común se sumó pronto la de una caja bien provista: el «dinero de resistencia», como lo llaman con mucha expresividad nuestros hermanos franceses.[^3] Toda la situación cambió entonces. Para el capitalista se volvió arriesgado permitirse una rebaja de salarios o un aumento de la jornada.

De ahí los violentos arrebatos de la clase capitalista de aquella época contra las *trade unions*. Esa clase había considerado siempre su vieja costumbre de exprimir a la clase obrera como un derecho adquirido y un privilegio legítimo. Ahora había que ponerle fin. No es de extrañar que pusieran el grito en el cielo y se consideraran lesionados en sus derechos y su propiedad por lo menos tanto como los terratenientes irlandeses de hoy.[^4]

Sesenta años de experiencia de lucha les han hecho entrar en razón hasta cierto punto. Las *trade unions* son hoy instituciones reconocidas, y su acción como uno de los reguladores de los salarios está tan admitida como la de las Leyes de Fábricas y Talleres como reguladoras de la jornada.[^5] Más aún: los fabricantes de algodón de Lancashire han aprendido últimamente de los obreros y ahora saben organizar una huelga, cuando les conviene, tan bien o mejor que cualquier *trade union*.

Así, es gracias a la acción de las *trade unions* como se hace cumplir la ley del salario frente a los patronos y como los obreros de cualquier oficio bien organizado consiguen obtener, por lo menos aproximadamente, el valor íntegro de la fuerza de trabajo que alquilan a su patrono; y como, con ayuda de las leyes del Estado, se consigue al menos que la jornada no exceda demasiado de la duración máxima más allá de la cual la fuerza de trabajo se agota prematuramente. Pero esto es lo más que las *trade unions*, tal como están organizadas hoy, pueden esperar conseguir, y eso solo a fuerza de lucha constante, con un inmenso derroche de fuerzas y de dinero; y luego las fluctuaciones de los negocios, una vez cada diez años por lo menos, echan por tierra de momento lo conquistado, y hay que librar de nuevo la batalla. Es un círculo vicioso sin salida. La clase obrera sigue siendo lo que era y lo que nuestros antepasados cartistas no tenían miedo de llamarla: una clase de esclavos asalariados. ¿Ha de ser este el resultado final de tanto trabajo, tanto sacrificio y tanto sufrimiento? ¿Ha de seguir siendo esto para siempre la aspiración más alta de los obreros británicos? ¿O intentará por fin la clase obrera de este país romper ese círculo vicioso y encontrarle una salida en un movimiento por la ABOLICIÓN DEL SISTEMA DEL SALARIADO COMO TAL?

La semana próxima examinaremos el papel de las *trade unions* como organizadoras de la clase obrera.

## II

Hasta aquí hemos considerado las funciones de las *trade unions* solo en la medida en que contribuyen a regular el nivel de los salarios y aseguran al trabajador, en su lucha contra el capital, al menos algunos medios de resistencia. Pero ese aspecto no agota nuestro tema.

La lucha del trabajador contra el capital, hemos dicho. Esa lucha existe, digan lo que digan en contra los apologistas del capital. Existirá mientras rebajar los salarios siga siendo el medio más seguro y más a mano de elevar las ganancias; más aún, mientras exista el propio sistema del salariado. La misma existencia de las *trade unions* basta para probarlo; si no se han hecho para luchar contra las usurpaciones del capital, ¿para qué se han hecho? No sirve de nada andarse con rodeos. Ninguna palabra melindrosa puede ocultar el feo hecho de que la sociedad actual está dividida principalmente en dos grandes clases antagónicas: de un lado, los capitalistas, dueños de todos los medios para emplear el trabajo; del otro, los obreros, que no poseen más que su propia fuerza de trabajo. El producto del trabajo de esta última clase tiene que repartirse entre las dos, y es en torno a este reparto donde la lucha no cesa. Cada clase trata de conseguir la mayor parte posible; y lo más curioso de esta lucha es que a la clase obrera, que lucha por obtener solo una parte de su propio producto, se la acusa con frecuencia de robar al capitalista.

Pero una lucha entre dos grandes clases de la sociedad se convierte necesariamente en una lucha política. Así ocurrió con la larga batalla entre la clase media o capitalista y la aristocracia terrateniente;[^6] así ocurre también con la pelea entre la clase obrera y esos mismos capitalistas. En toda lucha de clase contra clase, el objetivo inmediato por el que se lucha es el poder político; la clase dominante defiende su supremacía política, es decir, su mayoría segura en el poder legislativo; la clase inferior lucha primero por una parte y luego por la totalidad de ese poder, para poder cambiar las leyes vigentes de acuerdo con sus propios intereses y necesidades. Así, la clase obrera de Gran Bretaña luchó durante años con ardor, y aun con violencia, por la Carta del Pueblo, que había de darle ese poder político; fue derrotada, pero la lucha había impresionado de tal modo a la clase media victoriosa que esta, desde entonces, se ha dado por muy satisfecha con comprar un armisticio prolongado al precio de concesiones a los trabajadores repetidas una y otra vez.

Ahora bien, en una lucha política de clase contra clase, la organización es el arma más importante. Y en la misma medida en que la organización meramente política o cartista se deshizo, la organización de las *trade unions* se fue haciendo más y más fuerte, hasta alcanzar hoy un grado de fuerza que no iguala ninguna organización obrera del extranjero. Unas cuantas grandes *trade unions*, que agrupan entre uno y dos millones de obreros y cuentan con el respaldo de las uniones menores o locales, representan una potencia que cualquier gobierno de la clase dominante, sea *whig* o *tory*, tiene que tener en cuenta.

Fieles a las tradiciones de su origen y su desarrollo en este país, estas poderosas organizaciones se han limitado hasta ahora casi estrictamente a su función de participar en la regulación de los salarios y la jornada y de imponer la derogación de las leyes abiertamente hostiles a los obreros. Como ya hemos dicho, lo han hecho con todo el éxito que tenían derecho a esperar. Pero han conseguido más que eso: la clase dominante, que conoce su fuerza mejor que ellas mismas, les ha hecho por su propia iniciativa concesiones que van más allá. El sufragio de los cabezas de familia de Disraeli[^7] dio el voto por lo menos a la mayor parte de la clase obrera organizada. ¿Lo habría propuesto si no hubiera supuesto que esos nuevos electores mostrarían voluntad propia, que ya no se dejarían guiar por los políticos liberales de la clase media? ¿Habría podido sacarlo adelante si los trabajadores, en la dirección de sus colosales sociedades de oficio, no hubieran demostrado estar capacitados para el trabajo administrativo y político?

Esa misma medida abrió a la clase obrera una perspectiva nueva. Le dio la mayoría en Londres y en todas las ciudades industriales, y le permitió así entrar en la lucha contra el capital con armas nuevas, enviando al Parlamento a hombres de su propia clase. Y aquí, sentimos decirlo, las *trade unions* olvidaron su deber de vanguardia de la clase obrera. La nueva arma lleva más de diez años en sus manos, pero apenas la han desenvainado. No deberían olvidar que no pueden seguir ocupando la posición que hoy ocupan si no marchan de verdad a la cabeza de la clase obrera. No está en la naturaleza de las cosas que la clase obrera de Inglaterra tenga el poder de enviar al Parlamento cuarenta o cincuenta obreros y se dé por satisfecha para siempre con estar representada por capitalistas o por sus empleados, como abogados, periodistas, etc.

Es más, hay abundantes síntomas de que la clase obrera de este país empieza a despertar a la conciencia de que desde hace algún tiempo va por mal camino; de que los movimientos actuales, que solo buscan salarios más altos y jornadas más cortas, la encierran en un círculo vicioso sin salida; de que el mal fundamental no es lo bajo de los salarios, sino el propio sistema del salariado. En cuanto este conocimiento se extienda entre la clase obrera, la posición de las *trade unions* tendrá que cambiar considerablemente. Ya no gozarán del privilegio de ser las únicas organizaciones de la clase obrera. Junto a las uniones de oficio, o por encima de ellas, tendrá que surgir una unión general, una organización política de la clase obrera en su conjunto.

Hay, pues, dos cosas que los oficios organizados harían bien en considerar. Primero, que se acerca rápidamente el momento en que la clase obrera de este país reclamará, con una voz que no dejará lugar a equívocos, toda la representación en el Parlamento que le corresponde. Segundo, que se acerca también rápidamente el momento en que la clase obrera habrá comprendido que la lucha por salarios altos y jornadas cortas, y toda la acción de las *trade unions* tal como se lleva hoy, no es un fin en sí misma, sino un medio, un medio muy necesario y eficaz, pero solo uno entre varios, hacia un fin más alto: la abolición del sistema del salariado como tal.

Tanto para la plena representación del trabajo en el Parlamento como para preparar la abolición del sistema del salariado, serán necesarias organizaciones no de oficios separados, sino de la clase obrera en su conjunto. Y cuanto antes se haga, mejor. No hay potencia en el mundo que pudiera resistir un solo día a la clase obrera británica organizada como un todo.

[^1]: [El sistema del salariado](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1881%20El%20sistema%20del%20salariado), editorial del número 3 de *The Labour Standard* (21 de mayo de 1881).

[^2]: La *mule-jenny* o *mule*, máquina de hilar inventada por Samuel Crompton en 1779; antes de la *self-acting mule* (máquina automática, extendida a partir de la década de 1830) la manejaban a mano hiladores muy cualificados.

[^3]: En francés, *caisse de résistance*: la caja de huelga de las asociaciones obreras.

[^4]: Alusión a la «guerra de la tierra» en Irlanda (1879-1882): ante la agitación de la Liga Agraria irlandesa contra los desahucios y las rentas abusivas, el gobierno de Gladstone preparaba en 1881 una ley agraria que limitaba los derechos de los terratenientes, que estos denunciaban como un ataque a la propiedad.

[^5]: Las leyes fabriles limitaban la jornada, primero de los niños y las mujeres; la *Factory and Workshop Act* de 1878 las refundió y las extendió a los talleres.

[^6]: Engels emplea *middle class* en el sentido inglés de la época: la burguesía, la clase de los capitalistas, por oposición a la aristocracia terrateniente. Su lucha culminó en la reforma electoral de 1832 y la derogación de las Leyes de Cereales en 1846.

[^7]: La segunda ley de reforma electoral (1867), presentada por el gobierno conservador de Disraeli, dio el voto en las ciudades a todos los cabezas de familia que ocupaban una vivienda (*household suffrage*) y a los inquilinos que pagaban cierto alquiler.
