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Title: Bruno Bauer y el cristianismo primitivo (1882)
Description: Artículo de Engels con motivo de la muerte de Bruno Bauer: balance de la crítica bíblica y explicación materialista del origen del cristianismo y de su victoria a partir de la descomposición económica, política y moral del Imperio romano.
Author: Friedrich Engels
Date: 1882-05-04
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1882%20Bruno%20Bauer%20y%20el%20cristianismo%20primitivo
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*Escrito por Friedrich Engels en la segunda quincena de abril de 1882 y publicado en* Der Sozialdemokrat *(Zúrich), n.º 19 y 20, 4 y 11 de mayo de 1882. Traducido del alemán, según Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 19 (Berlín, 1962, pp. 297-305), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas de Engels van marcadas; las demás son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1882%20Bruno%20Bauer%20und%20das%20Urchristentum).*

El 13 de abril murió en Berlín un hombre que en otro tiempo había desempeñado un papel como filósofo y teólogo, pero que desde hacía años, medio olvidado, solo de tarde en tarde atraía la atención del público como «excéntrico literario». Los teólogos oficiales, entre ellos también *Renan*, lo copiaban y por eso mismo lo silenciaban unánimemente. Y, sin embargo, valía más que todos ellos y aportó más que todos ellos en una cuestión que nos interesa también a los socialistas: la del origen histórico del cristianismo.[^1]

Aprovechemos su muerte para exponer brevemente el estado actual de esta cuestión y lo que Bauer aportó a su solución.

La opinión dominante desde los librepensadores de la Edad Media hasta los ilustrados del siglo XVIII, estos incluidos, según la cual todas las religiones, y por tanto también el cristianismo, eran obra de impostores, dejó de ser suficiente desde que Hegel planteó a la filosofía la tarea de demostrar un desarrollo racional en la historia universal.

Es evidente que, aunque las religiones surgidas espontáneamente, como el fetichismo de los negros o la religión primitiva común de los arios, nazcan sin que el engaño desempeñe en ello papel alguno, en su desarrollo posterior el engaño sacerdotal se vuelve muy pronto inevitable. Las religiones artificiales, en cambio, junto a todo su fervor sincero, no pueden prescindir ya en su fundación del fraude y de la falsificación de la historia, y también el cristianismo puede exhibir desde el principio logros muy notables en este terreno, como ha mostrado Bauer en su crítica del Nuevo Testamento. Pero con ello solo se constata un fenómeno general, y no se explica el caso particular del que precisamente se trata.

Con una religión que sometió al Imperio romano universal y dominó durante 1.800 años a la inmensa mayoría de la humanidad civilizada no se acaba declarándola sin más un disparate amañado por impostores. Solo se acaba con ella cuando se sabe explicar su origen y su desarrollo a partir de las condiciones históricas en que nació y llegó a dominar. Y sobre todo en el caso del cristianismo. Se trata justamente de resolver la cuestión de cómo ocurrió que las masas populares del Imperio romano prefirieran a todas las demás religiones este disparate, predicado además por esclavos y oprimidos, hasta el punto de que el ambicioso Constantino acabó viendo en la adopción de esta religión del disparate el mejor medio para elevarse a soberano único del mundo romano.

Para responder a esta pregunta Bruno Bauer ha contribuido muchísimo más que ningún otro. El orden cronológico y la dependencia recíproca de los Evangelios, que Wilke había demostrado por vía puramente lingüística, los demostró él irrefutablemente también a partir de su contenido, por mucho que los teólogos semicreyentes de la época de reacción posterior a 1849 se resistan a ello.[^2] Puso al descubierto toda la falta de rigor científico de la difusa teoría mítica de Strauss, con la que cada cual puede tener por histórico en los relatos evangélicos exactamente lo que le plazca. Y si de todo el contenido de los Evangelios casi nada en absoluto resultaba demostrable como histórico —hasta el punto de que puede declararse dudosa incluso la existencia histórica de un Jesucristo—, Bauer con ello no hacía más que limpiar el terreno en el que puede resolverse la cuestión: ¿de dónde proceden las representaciones e ideas que en el cristianismo se enlazaron en una especie de sistema, y cómo llegaron a dominar el mundo?

De esto se ocupó Bauer hasta el final. Sus investigaciones culminan en el resultado de que el judío alejandrino Filón, que aún vivía, aunque ya muy anciano, en el año 40 de nuestra era, fue el verdadero padre del cristianismo, y el estoico romano Séneca, por así decir, su tío. Los numerosos escritos que nos han llegado con el nombre de Filón nacieron, en efecto, de una fusión de tradiciones judías, entendidas de manera alegórico-racionalista, con la filosofía griega, en especial la estoica. Esta conciliación de concepciones occidentales y orientales contiene ya todas las representaciones esencialmente cristianas: la pecaminosidad innata del hombre; el logos, la palabra, que está en Dios y es Dios mismo, y que hace de mediador entre Dios y el hombre; la penitencia, no mediante sacrificios de animales, sino mediante la ofrenda del propio corazón a Dios; y, por último, el rasgo esencial de que la nueva filosofía religiosa invierte el orden del mundo existente, busca a sus discípulos entre los pobres, los miserables, los esclavos y los réprobos, y desprecia a los ricos, a los poderosos, a los privilegiados, y de que con ello se prescriben el desprecio de todos los placeres mundanos y la mortificación de la carne.

Por otra parte, ya Augusto se había encargado de que no solo el hombre-dios, sino también la llamada inmaculada concepción, fueran fórmulas prescritas por el Estado. No solo hizo que se tributara culto divino a César y a sí mismo, sino que hizo difundir que él, Augusto César Divus, el Divino, no era hijo de su padre humano, sino que su madre lo había concebido del dios Apolo. Con tal de que ese dios Apolo no fuera pariente del que cantó Heine.[^3]

Ya se ve: no falta más que la clave de bóveda, y todo el cristianismo está acabado en sus rasgos fundamentales: la encarnación del logos hecho hombre en una persona determinada y su sacrificio expiatorio en la cruz para redimir a la humanidad pecadora.

Cómo se insertó históricamente esta clave de bóveda en las doctrinas estoico-filonianas es algo sobre lo que nos dejan en la estacada las fuentes verdaderamente fiables. Pero lo que sí es seguro es que no la insertaron filósofos, discípulos de Filón o de la Estoa. Las religiones las fundan gentes que sienten ellas mismas una necesidad religiosa y tienen sentido para la necesidad religiosa de las masas, y ese no suele ser el caso de los filósofos de escuela. En cambio, en épocas de descomposición general —como también ahora, por ejemplo— encontramos la filosofía y la dogmática religiosa aplanadas en forma vulgarizada y difundidas por todas partes. Si la filosofía griega clásica desembocó en sus últimas formas —sobre todo en la escuela epicúrea— en el materialismo ateo, la filosofía vulgar griega desembocó en la doctrina del Dios único y del alma humana inmortal. Del mismo modo, el judaísmo, racionalizado y vulgarizado en la mezcla y el trato con extranjeros y medio judíos, había llegado al abandono de las ceremonias de la Ley, a la transformación del antiguo dios nacional exclusivamente judío, Yahvé,[^4] en el único Dios verdadero, creador del cielo y de la tierra, y a la adopción de la inmortalidad del alma, originariamente ajena al judaísmo. Así se encontró la filosofía vulgar monoteísta con la religión vulgar, que le presentaba ya hecho y acabado el Dios único. Y así estaba preparado el terreno en el que, entre los judíos, la elaboración de representaciones filonianas, vulgarizadas también ellas, podía engendrar el cristianismo, y el cristianismo, una vez engendrado, podía ser acogido entre griegos y romanos. Que fueron representaciones filonianas popularizadas, y no directamente los escritos de Filón, las que dieron origen al cristianismo lo prueba el hecho de que el Nuevo Testamento descuide casi por completo la parte principal de esos escritos, a saber, la interpretación filosófica alegórica de los relatos del Antiguo Testamento. Es este un aspecto al que Bauer no ha prestado suficiente atención.

Qué aspecto tuvo el cristianismo en su primera forma se lo puede uno imaginar leyendo el llamado Apocalipsis de Juan. Un fanatismo salvaje y confuso; de los dogmas, solo los comienzos; de la llamada moral cristiana, solo la mortificación de la carne; en cambio, visiones y profecías a montones. La elaboración de los dogmas y de la doctrina moral pertenece a una época posterior, en la que se escribieron los Evangelios y las llamadas epístolas de los apóstoles. Y entonces se utilizó sin reparo —al menos para la moral— la filosofía estoica y en particular a Séneca. Que las epístolas lo copian a menudo al pie de la letra lo ha demostrado Bauer; en realidad, la cosa ya había llamado la atención de los ortodoxos, pero estos sostenían que era Séneca quien había copiado el Nuevo Testamento, que entonces ni siquiera estaba escrito. La dogmática se desarrolló, por una parte, en relación con la leyenda evangélica de Jesús, que se iba formando, y, por otra, en la lucha entre judeocristianos y cristianos procedentes del paganismo.

Sobre las causas que dieron al cristianismo la victoria y el dominio del mundo, Bauer aporta también datos muy valiosos. Pero aquí se le cruza en el camino el idealismo del filósofo alemán, que le impide ver con claridad y formular con precisión. A menudo, en el punto decisivo, la frase tiene que hacer las veces de la cosa. En lugar, pues, de entrar en el detalle de las opiniones de Bauer, preferimos dar nuestra propia concepción de este punto, basada no solo en los escritos de Bauer, sino también en estudios propios.

La conquista romana disolvió en todos los países sometidos, primero directamente, las anteriores condiciones políticas, y luego, indirectamente, también las antiguas condiciones sociales de vida. En primer lugar, al poner en lugar de la anterior articulación estamental (prescindiendo de la esclavitud) la simple distinción entre ciudadanos romanos y no ciudadanos o súbditos del Estado. En segundo lugar, y sobre todo, por las exacciones en nombre del Estado romano. Si bajo el Imperio se puso coto en lo posible, en interés del Estado, al afán de enriquecimiento de los gobernadores, ocupó su lugar el tornillo fiscal, cada vez más apretado, que actuaba sin cesar y con fuerza creciente en beneficio del erario: una expoliación de efectos terriblemente disolventes. En tercer lugar, por último, en todas partes juzgaban jueces romanos según el derecho romano, con lo que los ordenamientos sociales autóctonos quedaban declarados nulos en la medida en que no concordaran con el orden jurídico romano. Estas tres palancas tenían que actuar con una fuerza niveladora enorme, sobre todo cuando se aplicaron durante un par de siglos a poblaciones cuya parte más vigorosa había sido ya aniquilada o reducida a la esclavitud en las luchas que precedieron a la conquista, la acompañaron y a menudo la siguieron. Las condiciones sociales de las provincias se aproximaron cada vez más a las de la capital de Italia. La población se dividió cada vez más en tres clases, mezcladas a partir de los elementos y nacionalidades más diversos: ricos, entre ellos no pocos esclavos libertos (véase Petronio),[^5] grandes terratenientes, usureros, o ambas cosas a la vez, como el tío del cristianismo, Séneca; libres sin propiedad, alimentados y divertidos por el Estado en Roma (en las provincias, que se las arreglaran como pudieran); y, por último, la gran masa: los esclavos. Frente al Estado, es decir, frente al emperador, las dos primeras clases carecían de derechos casi tanto como los esclavos frente a sus amos. Sobre todo desde Tiberio hasta Nerón fue regla condenar a muerte a romanos ricos para confiscar su fortuna. El sostén del Gobierno era, materialmente, el ejército, que se parecía ya mucho más a una tropa de mercenarios que al antiguo ejército campesino romano, y moralmente la convicción general de que no había salida de aquella situación, de que no este o aquel emperador, pero sí el imperio fundado en el dominio militar, era una necesidad ineludible. No es este el lugar de examinar en qué hechos muy materiales descansaba esa convicción.

A la carencia general de derechos y a la desesperación de que fuera posible una situación mejor correspondían el decaimiento y la desmoralización generales. Los pocos romanos de viejo cuño, de talante y mentalidad patricios, que quedaban fueron eliminados o se extinguieron; el último de ellos es Tácito. Los demás se daban por contentos si podían mantenerse del todo apartados de la vida pública; la adquisición y el disfrute de riquezas llenaban su existencia, junto con el chismorreo privado y la intriga privada. Los libres sin propiedad, pensionistas del Estado en Roma, lo tenían en cambio difícil en las provincias. Tenían que trabajar, y además frente a la competencia del trabajo esclavo. Pero estaban limitados a las ciudades. Junto a ellos había todavía en las provincias campesinos, propietarios libres de tierras (aquí y allá también, sin duda, en propiedad común) o, como en la Galia, siervos por deudas de grandes señores territoriales. Esta clase fue la menos tocada por la revolución social; también fue la que más tiempo resistió a la religiosa.[^6] Por último, los esclavos, sin derechos ni voluntad, en la imposibilidad de liberarse, como ya había demostrado la derrota de Espartaco; pero, en gran parte, antiguos libres ellos mismos o hijos de libertos. Entre ellos tenía que existir, pues, el odio más vivo, aunque impotente hacia fuera, contra su condición.

En consonancia con ello encontraremos también a los ideólogos de aquella época. Los filósofos eran o simples maestros de escuela que ganaban dinero o bufones pagados de ricos juerguistas. Algunos eran incluso esclavos. En qué se convertían cuando les iba bien lo muestra el señor Séneca. Este estoico que predicaba la virtud y la abstinencia era el primer intrigante de la corte de Nerón, cosa que no se conseguía sin servilismo; se hacía regalar por él dinero, fincas, jardines, palacios, y mientras predicaba al pobre Lázaro del Evangelio, era en realidad el rico de esa misma parábola. Solo cuando Nerón quiso ir a por él pidió al emperador que recuperara todos sus regalos: su filosofía le bastaba. Únicamente algunos filósofos aislados, como Persio, blandieron al menos el látigo de la sátira sobre sus contemporáneos degenerados.[^7] En cuanto a la segunda clase de ideólogos, los juristas, se entusiasmaban con la nueva situación, porque la supresión de todas las diferencias de estamento les permitía elaborar en toda su amplitud su querido derecho privado, a cambio de lo cual fabricaban para los emperadores el derecho público más perruno que haya existido jamás.

Junto con las particularidades políticas y sociales de los pueblos, el Imperio romano había condenado también a la ruina sus religiones particulares. Todas las religiones de la Antigüedad eran religiones tribales, y más tarde nacionales, surgidas espontáneamente, brotadas de las condiciones sociales y políticas de cada pueblo y unidas orgánicamente a ellas. Destruidas estas bases suyas, quebradas las formas sociales heredadas, la organización política tradicional y la independencia nacional, la religión correspondiente se derrumbaba, como es natural. Los dioses nacionales podían tolerar junto a sí a otros dioses nacionales, en otros pueblos, y esa era la regla general en la Antigüedad; pero no por encima de ellos. El trasplante a Roma de cultos orientales solo dañó a la religión romana, pero no pudo frenar la decadencia de las religiones orientales. En cuanto los dioses nacionales ya no pueden proteger la independencia y la autonomía de su nación, se rompen ellos mismos el cuello. Así ocurrió en todas partes (salvo entre los campesinos, sobre todo en las montañas). Lo que en Roma y en Grecia hizo la ilustración de la filosofía vulgar —casi habría dicho el volterianismo— lo hicieron en las provincias el sojuzgamiento romano y la sustitución de hombres orgullosos de su libertad por súbditos desesperados y canallas egoístas.

Esa era la situación material y moral. El presente, insoportable; el futuro, si cabe, todavía más amenazador. Ninguna salida. Desesperación o refugio en el placer sensual más vulgar, al menos entre *aquellos* que podían permitírselo, y eran una pequeña minoría. Por lo demás, no quedaba más que la resignación apática ante lo inevitable.

Pero en todas las clases tenía que haber cierto número de gentes que, desesperando de la redención material, buscaban en su lugar una redención espiritual: un consuelo en la conciencia que las preservara de la desesperación total. Ese consuelo no podía ofrecerlo la Estoa, como tampoco la escuela de Epicuro, precisamente porque son filosofías y, por tanto, no están pensadas para la conciencia común, y además, en segundo lugar, porque la conducta de sus discípulos desacreditaba las doctrinas de la escuela. El consuelo no tenía que sustituir a la filosofía perdida, sino a la religión perdida; tenía que presentarse en forma religiosa, como entonces, y todavía hasta el siglo XVII, todo lo que había de prender en las masas.

Apenas hace falta señalar que, de estas gentes que anhelaban semejante consuelo de la conciencia, semejante huida del mundo exterior al interior, la mayoría tenía que encontrarse entre los *esclavos*.

En esta descomposición económica, política, intelectual y moral general irrumpió entonces el cristianismo. Se situó en decidida oposición a todas las religiones anteriores.

En todas las religiones anteriores lo principal eran las ceremonias. Solo participando en los sacrificios y en las procesiones, y en Oriente, además, observando las más prolijas prescripciones dietéticas y de pureza, podía uno acreditar su pertenencia. Mientras que Roma y Grecia eran tolerantes en este último aspecto, en Oriente reinaba una furia religiosa de prohibiciones que contribuyó no poco a la decadencia final. Gentes de dos religiones distintas, egipcios, persas, judíos, caldeos, etc., no pueden comer ni beber juntos, no pueden realizar juntos ningún acto cotidiano, apenas pueden hablar entre sí. En esta separación del hombre respecto del hombre pereció en buena parte el antiguo Oriente. El cristianismo no conoce ceremonias que separen, ni siquiera los sacrificios y las procesiones del mundo clásico. Al rechazar así todas las religiones nacionales y el ceremonial común a ellas y dirigirse a todos los pueblos sin distinción, se convierte él mismo en la *primera religión universal posible*. También el judaísmo, con su nuevo Dios universal, había hecho un intento de convertirse en religión universal; pero los hijos de Israel siguieron siendo siempre una aristocracia entre los creyentes y circuncisos, y el propio cristianismo tuvo que desprenderse primero de la idea de la preeminencia de los judeocristianos (que todavía domina en el llamado Apocalipsis de Juan) antes de poder convertirse en verdadera religión universal. Por otra parte, el islam, al conservar su ceremonial específicamente oriental, limitó él mismo su área de expansión a Oriente y al norte de África, conquistado y repoblado por beduinos árabes: aquí pudo convertirse en religión dominante; en Occidente, no.

En segundo lugar, el cristianismo tocó una cuerda que tenía que resonar en innumerables corazones. A todas las quejas sobre la maldad de los tiempos y la miseria material y moral general, la conciencia cristiana del pecado respondía: así es, y no puede ser de otro modo; de la corrupción del mundo tienes la culpa tú, tenéis la culpa todos vosotros, ¡tu propia corrupción interior y la vuestra! ¿Y dónde estaba el hombre que pudiera decir que no? *Mea culpa!*[^8] El reconocimiento de la parte de culpa de cada uno en la desgracia general era ineludible, y se convirtió entonces también en condición previa de la redención espiritual que el cristianismo anunciaba al mismo tiempo. Y esa redención espiritual estaba dispuesta de modo que pudieran entenderla fácilmente los miembros de cualquier vieja comunidad religiosa. Todas esas viejas religiones conocían la idea del sacrificio expiatorio, con el que se aplacaba a la divinidad ofendida; ¿cómo no iba a encontrar fácilmente terreno la idea del autosacrificio del mediador, que borraba de una vez para siempre los pecados de la humanidad? Al expresar con claridad, como conciencia del pecado de cada individuo, el sentimiento generalizado de que los hombres tenían ellos mismos la culpa de la corrupción general, y al ofrecer al mismo tiempo, con la muerte sacrificial de su fundador, una forma fácilmente comprensible en todas partes de la redención interior, tan anhelada por todos, respecto del mundo corrompido, del consuelo de la conciencia, el cristianismo volvió a acreditar su capacidad de convertirse en religión universal, y precisamente en una religión adecuada al mundo tal como era.

Así fue como, entre los miles de profetas y predicadores en el desierto que llenaron aquella época con sus innumerables renovaciones religiosas, solo tuvieron éxito los fundadores del cristianismo. No solo en Palestina, sino en todo Oriente, pululaban fundadores de religiones de este tipo, entre los cuales reinaba una lucha, puede decirse, darwinista por la existencia ideal. Gracias sobre todo a los elementos expuestos más arriba, venció el cristianismo. Y cómo, en la lucha de las sectas entre sí y con el mundo pagano, fue desarrollando cada vez más, por selección natural, su carácter de religión universal, eso lo enseña en detalle la historia de la Iglesia de los tres primeros siglos.

*F. Engels*

[^1]: Bruno Bauer (1809-1882), teólogo y filósofo, cabeza de los jóvenes hegelianos de Berlín y amigo de juventud de Marx, a quien Marx y Engels combatieron en *La Sagrada Familia* (1845) y *La ideología alemana*. Sus principales obras sobre el cristianismo son la *Kritik der evangelischen Geschichte der Synoptiker* (1841-1842) y *Christus und die Cäsaren. Der Ursprung des Christenthums aus dem römischen Griechenthum* (1877). Ernest Renan (1823-1892), autor de una *Vida de Jesús* (1863) y de una *Historia de los orígenes del cristianismo*. Engels volvió sobre el tema en [Contribución a la historia del cristianismo primitivo](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1894%20Contribuci%C3%B3n%20a%20la%20historia%20del%20cristianismo%20primitivo) (1894).
[^2]: Christian Gottlob Wilke (1786-1854), teólogo, autor de *Der Urevangelist* (1838), donde defendía la prioridad del Evangelio de Marcos. David Friedrich Strauss (1808-1874), autor de *La vida de Jesús* (1835-1836), que explicaba los relatos evangélicos como mitos formados por la tradición de las primeras comunidades.
[^3]: Alusión al poema de Heinrich Heine «Der Apollogott», del *Romanzero* (1851), en el que el «dios Apolo» que enamora con su canto a una monja resulta ser un vagabundo, antiguo chantre de la sinagoga de Ámsterdam.
[^4]: (Nota de Engels.) Como ya demostró Ewald, los judíos escribían en los manuscritos puntuados (provistos de vocales y signos de lectura), bajo las consonantes del nombre de Yahvé, que estaba prohibido pronunciar, las vocales de la palabra Adonai, que se leía en su lugar. Los posteriores leyeron luego esto como Jehová. Esta palabra no es, pues, el nombre de un dios, sino simplemente un burdo error gramatical: en hebreo es sencillamente imposible.
[^5]: Alusión al *Satiricón* de Petronio (siglo I), con su retrato del liberto enriquecido Trimalción.
[^6]: (Nota de Engels.) Según Fallmerayer, todavía en el siglo IX los campesinos de Maina (Peloponeso) ofrecían sacrificios a Zeus.
[^7]: Aulo Persio Flaco (34-62), poeta satírico romano de orientación estoica.
[^8]: «¡Por mi culpa!», fórmula de la confesión católica (en latín en el original).
