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Title: El Libro del Apocalipsis (1883)
Description: Engels, siguiendo las lecciones de Ferdinand Benary, data el Apocalipsis de Juan en el reinado de Galba (68-69), descifra el número de la Bestia como Nerón César y lee el libro como el retrato más fiel del cristianismo primitivo, un movimiento de masas dividido en sectas como el socialismo moderno.
Author: Friedrich Engels
Date: 1883
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1883%20El%20Libro%20del%20Apocalipsis
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*Escrito por Friedrich Engels en inglés y publicado con el título «The Book of Revelation» en* Progress *(Londres), vol. II, 1883, pp. 112-116. El texto inglés no está accesible en ninguna edición libre; se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 21 (Berlín, 1962, pp. 9-15), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las citas bíblicas se dan según la versión alemana. Las notas son nuestras, salvo la indicada como de Engels. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1883%20Das%20Buch%20der%20Offenbarung).*

La crítica histórica y lingüística de la Biblia, el estudio de la antigüedad, el origen y el valor histórico de los diversos escritos que componen el Antiguo y el Nuevo Testamento, es una ciencia que en este país[^1] casi nadie conoce, salvo algunos teólogos liberales, que se esfuerzan por mantenerla lo más en secreto posible.

Esta ciencia es casi exclusivamente alemana. Además, lo poco que ha traspasado las fronteras de Alemania no ha resultado ser precisamente su mejor parte: es esa crítica liberal que se jacta de ser imparcial, rigurosa y al mismo tiempo cristiana. Los libros no son exactamente revelaciones del Espíritu Santo, sino revelaciones de lo divino a través del espíritu santo de la humanidad, etc. Así, los representantes de la escuela de Tubinga (Baur, Gfrörer, etc.)[^2] son tan apreciados en Holanda y en Suiza como en Inglaterra; y si se quiere ir un poco más allá, se sigue a Strauss.[^3] El mismo espíritu indulgente, pero completamente ahistórico, domina al famoso Ernest Renan,[^4] que no es más que un pobre plagiario de los críticos alemanes. De todas sus obras no le pertenece más que la sentimentalidad estética del pensamiento que las impregna y el lenguaje superficial con que se viste el conjunto.

Algo bueno, sin embargo, sí dijo Ernest Renan:

«Si quieren hacerse una idea exacta de lo que eran las primeras comunidades cristianas, no las comparen con las parroquias de nuestros días; se parecían más bien a secciones locales de la Asociación Internacional de los Trabajadores».

Y es verdad. El cristianismo se apoderó de las masas exactamente como lo hace el socialismo moderno, bajo la forma de una multitud de sectas y, más aún, de opiniones individuales contradictorias —unas más claras, otras más confusas, y estas últimas eran la gran mayoría—, pero todas enemigas del sistema dominante, de «los poderes establecidos».

Tomemos, por ejemplo, nuestro Libro del Apocalipsis, del que veremos que, en lugar de ser el más oscuro y misterioso, es el libro más sencillo y más claro de todo el Nuevo Testamento. De momento tenemos que pedir al lector que crea lo que iremos demostrando poco a poco: que fue escrito en el año 68 o en enero del 69 de nuestra era, y que, por tanto, no solo es el único libro del Nuevo Testamento cuya fecha está realmente establecida, sino también el libro más antiguo. Cómo era el cristianismo en el año 68 podemos verlo aquí como en un espejo.

Lo primero, sectas y más sectas. En las cartas a las siete iglesias de Asia se mencionan al menos tres sectas de las que no sabemos nada más: los nicolaítas, los balaamitas y los seguidores de una mujer simbolizada aquí con el nombre de Jezabel. De las tres se afirma que permitían a sus seguidores comer de las cosas sacrificadas a los dioses y que eran dadas a la fornicación. Es un hecho curioso que con todo gran movimiento revolucionario pase a primer plano la cuestión del «amor libre»: para una parte de la gente, como un progreso revolucionario, como el abandono de viejas cadenas tradicionales que ya no son necesarias; para otros, como una doctrina bienvenida que encubre cómodamente toda clase de relaciones desenfrenadas entre hombre y mujer. Los segundos, es decir, los filisteos, parecen haber llevado aquí pronto la delantera; porque la «fornicación» se relaciona siempre con el comer «lo sacrificado a los ídolos», cosa que a judíos y cristianos les estaba severamente prohibida, pero que negarse a hacer podía ser a veces peligroso o al menos desagradable. Esto muestra a las claras que los partidarios del amor libre mencionados aquí procuraban en general ser amigos de todo el mundo, y que tenían de todo menos madera de mártires.

El cristianismo, como cualquier otro gran movimiento revolucionario, fue obra de las masas. Nació en Palestina, de una manera que desconocemos por completo, en una época en que aparecían a cientos nuevas sectas, nuevas religiones, nuevos profetas. En realidad, no es más que un producto medio, que se formó espontáneamente a partir de los roces recíprocos de las más avanzadas de esas sectas y que después, por la incorporación de teoremas del judío alejandrino Filón[^5] y más tarde por fuertes infiltraciones estoicas, se convirtió en una doctrina. Si podemos llamar a Filón el padre espiritual del cristianismo, Séneca fue su tío. Pasajes enteros del Nuevo Testamento parecen copiados casi al pie de la letra de sus obras; y, por otra parte, en las sátiras de Persio[^6] se encuentran pasajes que parecen tomados del Nuevo Testamento, que entonces aún no estaba escrito. De todos estos elementos doctrinales no hay nada en nuestro Libro del Apocalipsis. Aquí tenemos el cristianismo en la forma más primitiva que se nos ha conservado. Solo hay un punto dogmático dominante: que los creyentes han sido salvados por el sacrificio de Cristo. Pero cómo y por qué, es absolutamente imposible explicarlo. No hay más que la vieja idea judía y pagana de que a Dios o a los dioses hay que aplacarlos con sacrificios, transformada en la idea específicamente cristiana (que fue la que de hecho hizo del cristianismo la religión universal) de que la muerte de Cristo es el gran sacrificio, suficiente de una vez para siempre.

Del pecado original, ni rastro. Nada de la Trinidad. Jesús es «el Cordero», pero subordinado a Dios. De hecho, en un pasaje (15, 3) se le pone al mismo nivel que a Moisés. En lugar del único Espíritu Santo están «los siete espíritus de Dios» (3, 1 y 4, 5). Los santos asesinados (los mártires) claman a Dios venganza:

«¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los que moran en la tierra?» (6, 10),

un sentimiento que más tarde se borró cuidadosamente del código moral teórico del cristianismo, pero que en la práctica se ejerció con tanta más violencia en cuanto los cristianos tuvieron la sartén por el mango frente a los paganos. Naturalmente, el cristianismo no aparece más que como una secta del judaísmo. Así, en las cartas a las siete iglesias:

«Yo conozco la blasfemia de los que se dicen ser judíos» (no cristianos) «y no lo son, sino sinagoga de Satanás» (2, 9);

y otra vez (3, 9):

«He aquí, yo doy de la sinagoga de Satanás, de los que se dicen ser judíos, y no lo son».

Nuestro autor, en el año 69 de nuestra era, no tenía, pues, ni la más remota idea de que representaba una nueva fase de la evolución religiosa, destinada a convertirse en uno de los elementos más esenciales de la revolución. Por eso, cuando los santos comparecen ante el trono de Dios, son primero 144.000 judíos, 12.000 de cada una de las doce tribus, y solo después de ellos se admite a los paganos que se habían adherido a esta nueva fase del judaísmo.

Así era el cristianismo en el año 68, tal como lo describe el libro más antiguo del Nuevo Testamento y el único cuya autenticidad no puede ponerse en duda. Quién fue el autor, no lo sabemos. Se llama a sí mismo Juan. Ni siquiera pretende ser el «apóstol» Juan, porque en los cimientos de la «nueva Jerusalén» están «los nombres de los doce apóstoles del Cordero» (21, 14). Estos, por tanto, ya debían de estar muertos cuando escribió el libro. Que era judío se ve claramente por los abundantes hebraísmos de su griego, que en mala gramática supera con mucho incluso a los demás libros del Nuevo Testamento. Que el llamado Evangelio de Juan, las cartas de Juan y este libro tienen al menos tres autores distintos lo demuestra inequívocamente su lengua, por no hablar de las doctrinas, completamente contradictorias entre sí, que contienen.

Las visiones apocalípticas, que constituyen casi todo el Apocalipsis, están tomadas en la mayoría de los casos literalmente de los profetas clásicos del Antiguo Testamento y de sus imitadores posteriores, empezando por el Libro de Daniel (hacia el 160 antes de nuestra era, que profetizaba cosas sucedidas siglos antes) y terminando con el «Libro de Henoc», un engendro apócrifo en lengua griega escrito poco antes del comienzo de nuestra era.[^7] La invención original, incluso la agrupación de las visiones plagiadas, es sumamente pobre. El profesor Ferdinand Benary,[^8] a cuyo ciclo de lecciones en la Universidad de Berlín en 1841 debo lo que sigue, demostró, citando capítulo y versículo, de dónde había tomado nuestro autor cada una de sus supuestas visiones. Es, pues, inútil seguir a nuestro «Juan» en todas sus ocurrencias extravagantes. Más vale ir directamente al punto que revela el secreto de este libro, en todo caso curioso.

En completa contradicción con todos sus comentaristas ortodoxos, que esperan todos que sus profecías se cumplan todavía, después de más de 1.800 años, «Juan» no se cansa nunca de decir:

«El tiempo está cerca, todo esto sucederá en breve».

Y eso vale sobre todo para la crisis que predice y que evidentemente espera ver.

Esa crisis es la gran batalla decisiva entre Dios y el «Anticristo», como otros lo han llamado. Los capítulos decisivos son el 13 y el 17. Dejemos a un lado todos los adornos superfluos: «Juan» ve subir del mar una bestia que tiene siete cabezas y diez cuernos (los cuernos no nos interesan en absoluto).

«Y vi una de sus cabezas como herida de muerte, y su herida de muerte fue curada».

Esta bestia había de tener durante 42 meses (la mitad de los siete años sagrados) poder sobre la tierra contra Dios y el Cordero, y durante ese tiempo todos los hombres habían de verse obligados a llevar en la mano derecha o en la frente la marca de la bestia o el número de su nombre.

«Aquí hay sabiduría. El que tiene entendimiento, *cuente el número de la bestia, porque es número de hombre, y su número es 666*».

En el siglo II Ireneo[^9] sabía todavía que con la cabeza herida y curada se aludía al emperador Nerón. Nerón fue el primer gran perseguidor de los cristianos. A su muerte se extendió, sobre todo en Acaya y en Asia, el rumor de que no estaba muerto, sino solo herido, y de que un día volvería a aparecer y sembraría el terror por todo el mundo (Tácito, *Historias*, II, 8). Al mismo tiempo, Ireneo conocía otra lectura muy antigua, según la cual el nombre daba el número 616 en lugar de 666.

En el capítulo 17 vuelve a aparecer la bestia de las siete cabezas, montada esta vez por la conocida dama escarlata, cuya amable descripción puede buscar el lector en el propio libro. Allí un ángel le explica a Juan:

«La bestia que has visto era y no es... Las siete cabezas son siete montes sobre los que se sienta la mujer, y son siete reyes. *Cinco han caído, uno es, y el otro aún no ha venido; y* cuando venga, debe durar poco tiempo. Y la bestia que era y no es, *es también el octavo, y es de los siete*... Y la mujer que has visto es la gran ciudad que reina sobre los reyes de la tierra».

Aquí tenemos, pues, dos indicaciones claras: 1. La dama escarlata es Roma, la gran ciudad que reina sobre los reyes del mundo; 2. en el momento en que se escribe el libro reina el sexto emperador romano; después de él vendrá otro que reinará poco tiempo, y luego llega el regreso de aquel que «es de los siete», que fue herido pero curado y cuyo nombre está contenido en el número misterioso, y del que Ireneo sabía todavía que era Nerón.

Si empezamos por Augusto, tenemos a Augusto, Tiberio, Calígula, Claudio y, el quinto, Nerón. El sexto, el que es, es Galba, cuya subida al trono dio la señal para una sublevación de las legiones, sobre todo en la Galia, dirigida por Otón, el sucesor de Galba.[^10] Por consiguiente, nuestro libro tuvo que escribirse bajo Galba, que reinó del 9 de junio del 68 al 15 de enero del 69. Predice como inminente el regreso de Nerón.

Pero ahora, la prueba decisiva: el número. También este lo descubrió Ferdinand Benary, y desde entonces nunca ha sido discutido en el mundo científico.

Unos trescientos años antes de nuestra era, los judíos empezaron a usar sus letras como símbolos de números. Los rabinos especulativos vieron en ello un método de interpretación mística o cábala. Las palabras secretas se expresaban por el número que resultaba de sumar los valores numéricos de las letras que contenían. A esta nueva ciencia la llamaron *gematría*, geometría. Es precisamente esta ciencia la que aplica aquí nuestro «Juan». Tenemos que demostrar 1) que el número contiene el nombre de un hombre y que ese hombre es Nerón, y 2) que la solución vale tanto para la lectura 666 como para la lectura 616, igual de antigua. Tomamos las letras hebreas y sus valores:

|  |  |  |
|---|---|--:|
| (nun) | n | = 50 |
| (resh) | r | = 200 |
| (vav) por | o | = 6 |
| (nun) | n | = 50 |
| (qof) | k [q] | = 100 |
| (sámej) | s | = 60 |
| (resh) | r | = 200 |

Neron Kesar, el emperador Nerón, en griego Neron Kaisar.[^11] Pero si, en lugar de usar la grafía griega, transcribimos a letras hebreas el latín Nero Caesar, desaparece la nun final de Neron y con ella el valor de 50. Eso nos lleva a la otra lectura antigua, es decir, 616, y con ello la prueba es tan completa como se pueda desear.[^12]

Así pues, el contenido del libro misterioso aparece ante nosotros con toda claridad. «Juan» predice el regreso de Nerón hacia el año 70 y su reinado de terror, que ha de durar 42 meses o 1.260 días. Pasado ese plazo aparece Dios, vence a Nerón, el Anticristo, destruye la gran ciudad por el fuego y encadena al diablo durante mil años. Empieza el reino milenario, etc. Todo esto ha perdido hoy cualquier significado, salvo para las personas simples que todavía intenten calcular el día del juicio final. Pero como retrato auténtico de un cristianismo casi primitivo, trazado por uno de los suyos, el libro vale más que todos los demás libros del Nuevo Testamento juntos.

[^1]: Inglaterra: Engels escribe para una revista librepensadora de Londres.

[^2]: La escuela de Tubinga, fundada por el teólogo Ferdinand Christian Baur (1792-1860), estudió históricamente los orígenes del cristianismo y la datación de los escritos del Nuevo Testamento. August Friedrich Gfrörer (1803-1861) fue historiador y teólogo, autor de una historia del cristianismo primitivo.

[^3]: David Friedrich Strauss (1808-1874), autor de *La vida de Jesús examinada críticamente* (1835-1836), que trataba los evangelios como mitos.

[^4]: Ernest Renan (1823-1892), filólogo e historiador francés, autor de una *Historia de los orígenes del cristianismo* cuyo primer tomo es la célebre *Vida de Jesús* (1863).

[^5]: Filón de Alejandría (hacia 20 a. n. e. - hacia 50 n. e.), filósofo judío que interpretó la Biblia con categorías de la filosofía griega, sobre todo platónica y estoica.

[^6]: Aulo Persio Flaco (34-62), poeta satírico romano de inspiración estoica.

[^7]: El Libro de Henoc es una obra apocalíptica judía compuesta en varias etapas entre los siglos III y I antes de nuestra era; solo se ha conservado entera en una versión etíope.

[^8]: Ferdinand Benary (1805-1880), orientalista, profesor de la Universidad de Berlín.

[^9]: Ireneo de Lyon (hacia 130 - hacia 202), Padre de la Iglesia, autor del tratado *Contra las herejías*, donde discute el número de la Bestia.

[^10]: El resumen de Engels es muy apretado: en enero del 69 las legiones del Rin se sublevaron contra Galba y proclamaron emperador a Vitelio, y en Roma Otón hizo asesinar a Galba el 15 de enero y ocupó su lugar.

[^11]: Sumados los valores de la tabla, נרון קסר (Nerón César) da 666; sin la segunda nun, 616.

[^12]: (Nota de Engels.) La grafía del nombre dada arriba, tanto con la segunda nun como sin ella, corresponde a la del Talmud y es, por tanto, auténtica.
