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Title: Prólogo a Karl Marx ante los jurados de Colonia (1885)
Description: Prólogo de Engels a la reedición de la defensa de Marx en el proceso de febrero de 1849 por el llamamiento a negarse a pagar los impuestos: resume el golpe de Estado prusiano de noviembre de 1848 y, frente a quienes acusan a la socialdemocracia de ser revolucionaria, recuerda que el «terreno jurídico» del Imperio alemán nació de revoluciones hechas desde arriba.
Author: Friedrich Engels
Date: 1885-07-01
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1885%20Pr%C3%B3logo%20a%20Karl%20Marx%20ante%20los%20jurados%20de%20Colonia
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*Escrito por Friedrich Engels el 1 de julio de 1885 y publicado en el folleto* Karl Marx vor den Kölner Geschwornen *(Hottingen-Zúrich, 1885), que reeditaba la defensa de Marx en el proceso del 8 de febrero de 1849 contra el Comité Regional Renano de los Demócratas. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 21 (Berlín, 1962, pp. 198-204), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. La defensa de Marx está publicada en [El proceso contra el Comité Renano de los Demócratas](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1849%20El%20proceso%20contra%20el%20Comit%C3%A9%20Renano%20de%20los%20Dem%C3%B3cratas). [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1885%20Vorwort%20zu%20%E2%80%9EKarl%20Marx%20vor%20den%20K%C3%B6lner%20Geschwornen%E2%80%9C).*

Para comprender mejor las sesiones que siguen bastará con reunir los principales acontecimientos con los que están relacionadas.

La cobardía de la burguesía alemana había permitido a la reacción feudal, burocrática y absolutista reponerse de los golpes demoledores de marzo de 1848 hasta el punto de que a finales de octubre ya se avecinaba una segunda batalla decisiva. La caída de Viena, tras una larga y heroica resistencia,[^1] dio también a la camarilla prusiana el valor para un golpe de Estado. La mansa «Asamblea Nacional» de Berlín le parecía todavía demasiado salvaje. Había que disolverla; había que acabar con la revolución.

El 8 de noviembre de 1848 se forma el ministerio Brandenburg-Manteuffel. El 9 traslada la sede de la Asamblea de Berlín a Brandeburgo, para que pueda deliberar «libremente», al amparo de las bayonetas, sin que la perturben las influencias revolucionarias de Berlín. La Asamblea se niega a irse; la Guardia Cívica se niega a actuar contra la Asamblea. El ministerio disuelve la Guardia Cívica, la desarma sin que oponga resistencia y declara a Berlín en estado de sitio. La Asamblea responde acusando al ministerio de alta traición el 13 de noviembre. El ministerio va echando a la Asamblea de un local de Berlín a otro. El 15 la Asamblea resuelve que el ministerio Brandenburg no tiene derecho a disponer de los fondos del Estado ni a recaudar impuestos mientras ella, la Asamblea, no pueda continuar libremente sus sesiones en Berlín.

Esta resolución de negarse a pagar los impuestos solo podía hacerse efectiva si el pueblo se oponía con las armas en la mano a la recaudación. Y entonces había todavía armas de sobra en manos de la Guardia Cívica. Sin embargo, casi en todas partes se quedaron en la resistencia pasiva. Solo en unos pocos lugares se prepararon para rechazar la fuerza con la fuerza. Pero el llamamiento más audaz en ese sentido fue el del Comité de las asociaciones democráticas de la provincia del Rin, que tenía su sede en Colonia y estaba formado por *Marx*, *Schapper* y *Schneider*.[^2]

El Comité no se hacía ilusiones de que en el Rin se pudiera emprender con éxito la lucha contra el golpe de Estado que había triunfado en Berlín. La provincia del Rin tenía cinco fortalezas; en ella misma, en Westfalia, Maguncia, Fráncfort y Luxemburgo estaba acantonado, solo allí, aproximadamente un tercio de todo el ejército prusiano, entre ellos numerosos regimientos de las provincias orientales. La Guardia Cívica ya había sido disuelta y desarmada en Colonia y en otras ciudades. Pero tampoco se trataba de la victoria inmediata en Colonia, que acababa de salir pocas semanas antes del estado de sitio. Se trataba de dar un ejemplo a las demás provincias y de salvar así el honor revolucionario de la provincia del Rin. Y eso se hizo.

La burguesía prusiana, que había ido devolviendo al gobierno un puesto de poder tras otro por miedo a las convulsiones, todavía medio en sueños, del proletariado; que hacía tiempo que se arrepentía de sus anteriores apetitos de poder; que desde marzo ya no sabía por dónde salir de puro miedo, porque por un lado se alzaban amenazantes frente a ella los poderes de la vieja sociedad agrupados en torno al absolutismo y por otro el joven proletariado, en el que empezaba a despuntar la consciencia de su posición de clase; la burguesía prusiana hizo lo que siempre ha hecho en el momento decisivo: agachó la cabeza. Y los obreros no eran tan tontos como para lanzarse a la lucha por la burguesía sin la burguesía; para ellos —sobre todo en el Rin— las cuestiones prusianas eran de todos modos cuestiones puramente locales; si alguna vez habían de exponerse al fuego en interés de la burguesía, que fuera entonces de una vez en toda Alemania y por toda Alemania. Fue un presagio significativo que ya entonces la «hegemonía prusiana»[^3] no prendiera en absoluto entre los obreros.

En resumen, el gobierno venció. Un mes después, el 5 de diciembre, pudo disolver definitivamente la Asamblea de Berlín, que hasta entonces había arrastrado una existencia bastante mísera, y otorgar una nueva Constitución, que, por lo demás, no entró realmente en vigor hasta que quedó reducida a una mera farsa constitucional.

Al día siguiente de la aparición del llamamiento, el 20 de noviembre, los tres firmantes fueron citados ante el juez de instrucción; se abrió contra ellos un proceso por rebelión. De detención no se habló entonces ni siquiera en Colonia. El 7 de febrero la *Neue Rheinische Zeitung* tuvo que afrontar su primer proceso de prensa; Marx, yo y el gerente Korff comparecimos ante los jurados y fuimos absueltos.[^4] Al día siguiente se vio el proceso del Comité. El pueblo ya había dictado sentencia de antemano al elegir catorce días antes diputado por Colonia al acusado Schneider.

La defensa de Marx es, como no podía ser de otro modo, el punto culminante de las sesiones. Es interesante sobre todo en dos aspectos.

En primer lugar, porque es un comunista quien tiene que explicar aquí a los jurados burgueses que el acto que ha cometido y por el que comparece ante ellos como acusado es un acto que, en realidad, tenía la obligación y el deber de cometer, y de llevar hasta sus últimas consecuencias, la clase de ellos, la burguesía. Este hecho basta por sí solo para caracterizar la actitud de la burguesía alemana, y en especial de la prusiana, durante el periodo revolucionario. Se trata de quién ha de mandar: los poderes sociales y estatales agrupados en torno a la monarquía absoluta —la gran propiedad feudal de la tierra, el ejército, la burocracia, el clero— o la burguesía. El proletariado, todavía en formación, solo tiene interés en la lucha en la medida en que la victoria de la burguesía le da aire y luz para su propio desarrollo, espacio para los codos en el campo de batalla donde un día ha de conquistar la victoria sobre todas las demás clases. Pero la burguesía, y con ella la pequeña burguesía, no mueve un dedo cuando el gobierno enemigo la ataca en la sede de su poder, disuelve su Parlamento, desarma su Guardia Cívica y la somete a ella misma al estado de sitio. Entonces los comunistas se ponen en la brecha y la llaman a hacer lo que es su maldita obligación. Frente a la vieja sociedad feudal, las dos, burguesía y proletariado, forman la sociedad nueva y están juntas. El llamamiento, naturalmente, no tiene éxito, y la ironía de la historia quiere que esa misma burguesía tenga que juzgar ahora, de un lado, al comunista revolucionario y proletario y, del otro, al gobierno contrarrevolucionario.

Pero, en segundo lugar —y esto hace la defensa especialmente importante también para nuestros días—, sostiene el punto de vista revolucionario frente a la legalidad hipócrita del gobierno de un modo del que más de uno podría tomar ejemplo todavía hoy. ¿Que hemos llamado al pueblo a las armas contra el gobierno? Lo hicimos, y era nuestro deber. ¿Que hemos violado la ley, que hemos abandonado el terreno jurídico? Bien, pero las leyes que hemos violado el gobierno las había hecho pedazos antes y se las había tirado al pueblo a los pies, y ya no existe ningún terreno jurídico. Se nos puede quitar de en medio como a enemigos vencidos, pero no se nos puede condenar.

Los partidos oficiales, desde la *Kreuz-Zeitung* hasta la *Frankfurter*,[^5] reprochan al partido obrero socialdemócrata que sea un partido revolucionario, que no quiera reconocer el terreno jurídico creado en 1866 y 1871 y que con ello se coloque a sí mismo —así se dice al menos, hasta llegar a los nacional-liberales— fuera del derecho común. Dejo a un lado la opinión monstruosa de que alguien pueda colocarse fuera del derecho común por sostener una opinión. Eso es el puro Estado policial, que más valdría practicar solo en silencio mientras de palabra se predica el Estado de derecho. Pero ¿qué es el terreno jurídico de 1866 sino un terreno revolucionario? Se viola la Constitución de la Confederación y se declara la guerra a los confederados. No, dice Bismarck, fueron los otros los que rompieron la Confederación. A lo que hay que responder que un partido revolucionario tiene que ser muy torpe si no encuentra para cada alzamiento razones jurídicas por lo menos tan buenas como las que encontró Bismarck para el suyo en 1866. Luego se provoca la guerra civil, porque la guerra de 1866 no fue otra cosa. Pero toda guerra civil es una guerra revolucionaria. Se hace la guerra con medios revolucionarios. Se alía uno con el extranjero contra alemanes; se lleva al combate a tropas y barcos italianos, se ceba a Bonaparte con perspectivas de adquisiciones territoriales alemanas en el Rin. Se forma una legión húngara que ha de luchar con fines revolucionarios contra su soberano hereditario; se apoya uno en Hungría en Klapka igual que en Italia en Garibaldi.[^6] Se vence y se engullen tres coronas por la gracia de Dios, Hannover, Hesse Electoral y Nassau, cada una de las cuales era por lo menos tan legítima, tan «hereditaria» y tan «por la gracia de Dios» como la corona de Prusia. Por último, se impone a los demás confederados una Constitución del Imperio que, por ejemplo en el caso de Sajonia, fue aceptada con tanta libertad como en su día la paz de Tilsit por Prusia.[^7]

¿Me quejo de ello? Ni se me ocurre. De los acontecimientos históricos no se queja uno; al contrario, se esfuerza por comprender sus causas y con ellas también sus consecuencias, que están muy lejos de haberse agotado. Pero lo que uno tiene derecho a exigir es que la gente que ha hecho todo eso no reproche a otros ser revolucionarios. El Imperio alemán es una creación de la revolución; de una revolución de un tipo particular, desde luego, pero no por eso menos revolución. Lo que vale para uno vale para el otro. La revolución sigue siendo revolución, la practique la corona de Prusia o un calderero. Si el gobierno del día aplica las leyes existentes para librarse de sus adversarios, hace lo que hace todo gobierno. Pero si cree que los aplasta además con la palabra fulminante «¡revolucionario!», a lo sumo podrá asustar con ello al filisteo. «¡Revolucionario tú mismo!», le responde el eco desde toda Europa.

Pero resulta de lo más cómica la pretensión de que hay que despojarse de la naturaleza revolucionaria que se deriva inevitablemente de las condiciones históricas, cuando se dirige a un partido al que primero se coloca fuera del derecho común, es decir, fuera de la ley, y al que luego se le exige que reconozca el terreno jurídico que precisamente *para él se ha abolido*.

Que haya que gastar siquiera una palabra en estas cosas demuestra una vez más el atraso político de Alemania. En el resto del mundo todo el mundo sabe que todas las situaciones políticas actuales son el resultado de revoluciones y nada más que revoluciones. Francia, España, Suiza, Italia: tantos países, tantos gobiernos por la gracia de la revolución. En Inglaterra hasta el whig Macaulay[^8] reconoce que el actual orden jurídico se basa en una revolución tras otra (*revolutions heaped upon revolutions*). América celebra desde hace cien años su revolución cada 4 de julio. En la mayoría de estos países hay partidos que no se consideran obligados por el orden jurídico existente más tiempo del que este pueda obligarlos. Pero quien, por ejemplo, en Francia, quisiera acusar a los realistas o a los bonapartistas de ser revolucionarios, simplemente haría reír.

Solo en Alemania, donde en política no se resuelve nada a fondo (si no, no estaría partida en dos pedazos, en Austria y la llamada Alemania) y donde precisamente por eso las ideas de tiempos pasados, pero solo superados a medias, siguen vegetando inmortales en las cabezas (por lo que los alemanes se llaman a sí mismos el pueblo de pensadores); solo en Alemania puede ocurrir todavía que se exija a un partido que se considere obligado por el llamado orden jurídico existente no solo de hecho, sino también moralmente; que prometa de antemano que, pase lo que pase, no querrá derribar ese orden jurídico que combate, aunque pueda. En otras palabras, que se comprometa a mantener con vida el orden político existente por toda la eternidad. Eso, y no otra cosa, es lo que significa exigir a la socialdemocracia alemana que deje de ser «revolucionaria».

Pero el pequeñoburgués alemán —y su opinión sigue siendo la opinión pública de Alemania— es un tipo peculiar. Nunca ha *hecho* una revolución. La de 1848 se la hicieron los obreros, para espanto suyo. En cambio, ha *sufrido* tantas más revoluciones. Porque los que en Alemania han hecho las revoluciones desde hace trescientos años —y así salieron ellas— han sido los *príncipes*. Toda su soberanía territorial y, al final, su soberanía plena fueron fruto de rebeliones contra el emperador. Prusia les dio buen ejemplo. Prusia solo pudo convertirse en reino después de que el «Gran Elector» llevara a cabo con éxito una rebelión contra su señor feudal, la corona de Polonia, e independizara así de Polonia el ducado de Prusia.[^9] Desde Federico II la rebelión de Prusia contra el Imperio alemán se convirtió en sistema; él «se burló» de la Constitución del Imperio de un modo muy distinto a como nuestro buen *Bracke* se burla de la ley contra los socialistas.[^10] Luego vino la Revolución francesa, y tanto los príncipes como los pequeñoburgueses la sufrieron entre lágrimas y suspiros. En la Resolución principal de la Diputación del Imperio de 1803,[^11] franceses y rusos repartieron el Imperio alemán de la manera más revolucionaria entre los príncipes alemanes, porque estos no conseguían ponerse de acuerdo sobre el reparto. Luego vino Napoleón y permitió a sus protegidos más especiales, los príncipes de Baden, Baviera y Wurtemberg, apoderarse de todos los condados, baronías y ciudades inmediatas del Imperio situados dentro de sus territorios y entre ellos. Inmediatamente después, esos mismos tres culpables de alta traición hicieron la última rebelión victoriosa contra su emperador, se hicieron soberanos con la ayuda de Napoleón y con ello hicieron saltar definitivamente el viejo Imperio alemán. Desde entonces el emperador alemán de hecho, Napoleón, volvió a repartir Alemania más o menos cada tres años entre sus fieles lacayos, los príncipes alemanes y otros. Por fin llegó la gloriosa liberación de la dominación extranjera, y como recompensa el Congreso de Viena, es decir, Rusia, Francia e Inglaterra, repartió y chalaneó Alemania como zona general de indemnización para príncipes venidos a menos, y adjudicó a los pequeñoburgueses alemanes, como otros tantos carneros, en unos 2.000 jirones de territorio separados, a los treinta y seis soberanos territoriales distintos, ante la mayoría de los cuales todavía hoy «mueren de la más humilde sumisión»[^12] como ante sus soberanos hereditarios. ¡Y todo esto no habría sido revolucionario! Qué razón tenía Schnapphahnski-Lichnowski cuando exclamó en el Parlamento de Fráncfort: «¡El derecho histórico no tiene ninguna fecha ninguna!».[^13] En efecto, nunca la había tenido.

La pretensión del pequeñoburgués alemán ante el partido obrero socialdemócrata alemán no tiene, pues, más que un sentido: que ese partido se haga pequeñoburgués como él y que de ningún modo participe en las revoluciones, sino que las *sufra* todas. Y si el gobierno llegado al poder por la contrarrevolución y la revolución plantea la misma pretensión, eso solo quiere decir que la revolución es buena mientras la hace Bismarck para Bismarck y consortes, y condenable cuando se hace contra Bismarck y consortes.

Londres, 1 de julio de 1885

*Friedrich Engels*

[^1]: La insurrección de Viena de octubre de 1848, aplastada por las tropas de Windischgrätz el 31 de octubre y el 1 de noviembre.

[^2]: Véase el [Llamamiento del Comité Regional Renano de los Demócratas a negarse a pagar los impuestos](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1848%20Llamamiento%20del%20Comit%C3%A9%20Regional%20Renano%20de%20los%20Dem%C3%B3cratas%20a%20negarse%20a%20pagar%20los%20impuestos), del 18 de noviembre de 1848. Karl Schneider II era abogado en Colonia y presidente de la Asociación Democrática.

[^3]: *Preußische Spitze*: la dirección de Alemania por Prusia, aspiración de la burguesía liberal prusiana.

[^4]: Véase [El primer proceso de prensa de la Neue Rheinische Zeitung](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1849%20El%20primer%20proceso%20de%20prensa%20de%20la%20Neue%20Rheinische%20Zeitung). Hermann Korff era el gerente responsable del periódico.

[^5]: La *Neue Preußische Zeitung* («Kreuz-Zeitung»), órgano de los junkers, y la *Frankfurter Zeitung*, órgano de la democracia burguesa del sur de Alemania.

[^6]: En la guerra de 1866 Prusia se alió con Italia contra Austria y los Estados de la Confederación Germánica que la apoyaban, y organizó con emigrados húngaros, bajo el general György Klapka (1820-1892), una legión destinada a sublevar Hungría contra los Habsburgo.

[^7]: La paz de Tilsit (1807), que Napoleón impuso a Prusia tras derrotarla y que le arrebató la mitad de su territorio.

[^8]: Thomas Babington Macaulay (1800-1859), historiador y político whig, autor de una *Historia de Inglaterra*.

[^9]: Federico Guillermo de Brandeburgo, el Gran Elector (1620-1688), obtuvo de Polonia en 1657, durante la guerra entre Polonia y Suecia, la plena soberanía sobre el ducado de Prusia, hasta entonces feudo polaco; sobre esa base su hijo se proclamó rey en Prusia en 1701.

[^10]: Alusión a Wilhelm Bracke (1842-1880), socialdemócrata de Brunswick, que había dicho que su partido «se burlaba» (*pfeifen auf*) de la ley contra los socialistas.

[^11]: El *Reichsdeputationshauptschluss* de 1803, que secularizó los principados eclesiásticos y suprimió la mayoría de las ciudades libres del Imperio para indemnizar a los príncipes alemanes que habían perdido territorios en la orilla izquierda del Rin.

[^12]: «Ersterben in tiefster Untertänigkeit», fórmula de cortesía con que se cerraban los escritos dirigidos a los soberanos alemanes.

[^13]: En la Asamblea de Fráncfort, en el debate sobre Polonia de julio de 1848, Lichnowski dijo en su mal alemán, con artículo equivocado y doble negación, «Das historische Recht hat keinen Datum nicht»; la prensa demócrata se burló de la frase. Sobre Lichnowski, véase [Georg Weerth, el primer y más importante poeta del proletariado alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1883%20Georg%20Weerth%2C%20el%20primer%20y%20m%C3%A1s%20importante%20poeta%20del%20proletariado%20alem%C3%A1n).
