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Title: Proteccionismo y librecambio (1888)
Description: Prólogo de Engels a la edición norteamericana del discurso de Marx sobre el librecambio: por qué Marx se pronunció por el librecambio, cómo el proteccionismo «fabrica fabricantes» y, con ellos, asalariados, y por qué ni uno ni otro sistema salvan al capitalismo de sus consecuencias.
Author: Friedrich Engels
Date: 1888-05
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1888%20Proteccionismo%20y%20librecambio
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*Escrito por Friedrich Engels en inglés entre abril y comienzos de mayo de 1888 como prólogo a la edición norteamericana del* Discurso sobre la cuestión del librecambio *de Marx (Boston, 1888); traducido al alemán por el propio Engels y publicado en* Die Neue Zeit *(Stuttgart), año VI, cuaderno 7, julio de 1888. Se traduce de esta versión alemana de Engels, según Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 21 (Berlín, 1962), pp. 360-375, sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas de Engels van marcadas; las demás son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1888%20Schutzzoll%20und%20Freihandel).*

A finales de 1847 se celebró en Bruselas un congreso librecambista.[^1]

Era una maniobra estratégica de la campaña librecambista que llevaban entonces los fabricantes ingleses. Victoriosos en casa con la abolición de las leyes cerealistas en 1846,[^2] se lanzaron ahora sobre el continente con la exigencia de que, a cambio de la libre entrada del grano continental en Inglaterra, se concediera a los productos industriales ingleses libre acceso a los mercados continentales. En aquel congreso Marx se había inscrito en la lista de oradores; pero, como era de esperar, las cosas se arreglaron de modo que el congreso se clausuró antes de que le llegara el turno. Así que Marx se vio obligado a exponer lo que tenía que decir sobre el librecambio en la Asociación Democrática de Bruselas, una sociedad internacional de la que era vicepresidente.

Como la cuestión del proteccionismo o el librecambio está ahora mismo a la orden del día en América, se ha considerado útil hacer una edición inglesa del discurso de Marx y se me ha pedido que la acompañe de unas palabras de introducción.

«El sistema proteccionista era un medio artificial de fabricar fabricantes, de expropiar a trabajadores independientes, de capitalizar los medios nacionales de producción y de subsistencia y de abreviar por la fuerza el paso del modo de producción antiguo al moderno» (Marx, *El capital*, tomo I, 3.ª ed., p. 783).[^3] Ese era el carácter del arancel protector en su origen, en el siglo XVII, y así siguió hasta bien entrado el XIX. El sistema proteccionista era entonces la política normal de todo país civilizado de Europa occidental. Las únicas excepciones eran los pequeños Estados alemanes y los cantones suizos, y no por desagrado del sistema, sino por desesperar de poder aplicarlo a territorios tan pequeños.

Al amparo de esta protección arancelaria nació y se desarrolló en Inglaterra, en el último tercio del siglo XVIII, el sistema de la gran industria moderna, de la producción con maquinaria y fuerza de vapor. Y como si la protección arancelaria ordinaria no hubiera bastado, se recurrió a las guerras contra la Revolución francesa para asegurar a Inglaterra el monopolio de los nuevos métodos industriales. Durante más de veinte años los buques de guerra ingleses cortaron a los rivales industriales de Inglaterra el acceso a sus respectivos mercados coloniales y, al mismo tiempo, abrieron por la fuerza esos mercados al comercio inglés. La separación de las colonias sudamericanas de sus metrópolis europeas, la conquista por Inglaterra de todas las colonias francesas y holandesas de alguna importancia y el sometimiento gradual de la India convirtieron todos esos países en clientes de la industria inglesa. Inglaterra completó así la protección arancelaria que practicaba en casa con el librecambio que impuso al extranjero allí donde pudo. Gracias a esta feliz mezcla de ambos sistemas, al final de la guerra, en 1815, se encontró en posesión del monopolio de hecho del comercio mundial, al menos en todas las ramas decisivas de la industria.

Durante los años de paz que siguieron, ese monopolio se amplió y consolidó. La ventaja ganada durante la guerra crecía de año en año; Inglaterra parecía dejar cada vez más atrás a todos sus posibles rivales. Y, en efecto, la exportación de productos industriales en cantidades siempre crecientes se convirtió para Inglaterra en una cuestión de vida o muerte. Solo dos obstáculos parecían cerrarle el paso: las prohibiciones de importación y los aranceles protectores de otros países, y los derechos de importación sobre las materias primas y los alimentos en la propia Inglaterra.

Así fue como la libertad de comercio que predicaba la economía política clásica —los fisiócratas franceses y sus sucesores ingleses, Adam Smith y Ricardo— se hizo popular en el país de John Bull. La protección arancelaria en el interior era inútil para unos fabricantes que derrotaban a todos sus rivales extranjeros y cuya existencia misma dependía de la expansión constante de sus exportaciones. La protección arancelaria en casa solo beneficiaba ya a los productores de alimentos y de otras materias primas, a la agricultura; es decir, en la Inglaterra de entonces, a los perceptores de la renta del suelo, a la nobleza terrateniente. A los fabricantes, en cambio, esa protección les perjudicaba directamente. En la medida en que gravaba las materias primas, encarecía el producto industrial fabricado con ellas; en la medida en que gravaba los alimentos, encarecía el trabajo; en ambos casos ponía al fabricante británico en desventaja frente al extranjero. Y como los demás países enviaban a Inglaterra sobre todo productos agrícolas y recibían de ella sobre todo productos industriales, la abolición de los aranceles protectores ingleses sobre el grano y las materias primas contenía ya, indirectamente, una invitación al extranjero a abolir a su vez, o al menos a reducir, sus derechos de importación sobre los productos industriales ingleses.

Tras una lucha larga y violenta, vencieron los capitalistas industriales ingleses; eran ya entonces, de hecho, la clase dirigente de la nación, la clase cuyos intereses eran por el momento también los intereses nacionales. La nobleza terrateniente tuvo que capitular. Se abolieron los derechos sobre el grano y las materias primas. El librecambio pasó a ser la consigna del día. La tarea siguiente de los fabricantes ingleses y de sus portavoces, los economistas políticos, era ahora difundir por todas partes la fe en el evangelio del librecambio y crear así un mundo en el que Inglaterra fuese el gran centro industrial y los demás países su distrito agrícola dependiente. Era la época del congreso de Bruselas, la época del discurso de Marx de que tratamos. Aun reconociendo que el arancel protector puede seguir siendo ventajoso para los capitalistas industriales en determinadas circunstancias, por ejemplo en la Alemania de entonces, y aun demostrando que el librecambio no es en modo alguno la panacea universal que se pregonaba para todos los males de la clase obrera, sino que, al contrario, puede agravarlos, Marx se pronuncia en última instancia y por principio en favor del librecambio. Para él el librecambio es el estado normal de la producción capitalista moderna. Solo con el librecambio pueden desarrollarse plenamente las inmensas fuerzas productivas del vapor, de la electricidad y de la maquinaria; y cuanto más rápido sea ese desarrollo, antes y más plenamente aparecerán sus consecuencias inevitables: la escisión de la sociedad en dos clases, capitalistas de un lado, asalariados de otro; riqueza hereditaria en un lado, pobreza hereditaria en el otro; exceso de la oferta sobre la demanda, incapacidad de los mercados para absorber la masa siempre creciente de los productos industriales; un ciclo que se repite sin cesar de prosperidad, sobreproducción, crisis, pánico, estancamiento crónico y reanimación gradual de los negocios, reanimación que no anuncia una mejora duradera, sino una nueva sobreproducción y una nueva crisis; en una palabra, unas fuerzas productivas sociales que crecen hasta dimensiones tan gigantescas que las instituciones sociales bajo las que se pusieron en marcha se convierten para ellas en trabas insoportables, y *una sola* solución posible: una transformación social que libere las fuerzas productivas sociales de las trabas de un orden social anticuado, y a los productores reales, es decir, a la gran masa del pueblo, de la esclavitud asalariada. Y porque el librecambio es la atmósfera natural y normal de este desarrollo histórico, el medio económico en el que más deprisa nacen las condiciones de esa solución inevitable, por eso y solo por eso se declaró Marx partidario del librecambio.

Sin embargo, los años que siguieron inmediatamente a la victoria del librecambio en Inglaterra parecieron cumplir incluso las esperanzas más exageradas de la prosperidad que había de venir. El comercio británico subió a una altura fabulosa; el monopolio industrial de Inglaterra en el mercado mundial parecía más firme que nunca; nuevos altos hornos y nuevas fábricas surgían por todos lados; nuevas ramas de la industria brotaban por doquier. Es verdad que en 1857 llegó una crisis grave, pero se superó, y pronto el avance volvió a estar en plena marcha en todo el terreno del comercio y de la industria, hasta que en 1866 estalló un nuevo pánico, que esta vez parece señalar de verdad una nueva época de la historia económica mundial.

El auge inaudito de la industria y del comercio en Inglaterra de 1848 a 1866 fue sin duda, en gran parte, consecuencia de la supresión de los aranceles protectores sobre las materias primas y los alimentos. Pero no solo de ella. Otros acontecimientos simultáneos contribuyeron poderosamente. Esos años comprenden el descubrimiento y la explotación de los yacimientos de oro de California y de Australia y, con ellos, un enorme aumento de los medios de cambio en el mercado mundial; marcan una revolución general de los medios de transporte de personas y de mercancías: en el océano, el desplazamiento de los veleros por los vapores, y en tierra, hasta donde llega el mundo civilizado, el de las carreteras por los ferrocarriles, de modo que la vía férrea pasa a ser la línea de comunicación principal, y el camino macadamizado, la secundaria. No es de extrañar que, en circunstancias tan favorables, la industria inglesa movida a vapor extendiera su dominio a costa de las industrias domésticas extranjeras basadas en el trabajo manual. Pero ¿qué debían hacer los demás países? ¿Debían quedarse quietos y soportar con humildad verse degradados a meros apéndices agrícolas de Inglaterra, «el taller del mundo»?

Los demás países no hicieron nada de eso. *Francia* llevaba casi doscientos años protegiendo su industria tras una completa muralla china de aranceles protectores y prohibiciones de importación, y había conseguido en todos los artículos de lujo y de gusto una superioridad que Inglaterra ni siquiera intentaba disputarle. *Suiza*, con un librecambio completo, poseía una industria relativamente importante a la que la competencia inglesa no podía hacer nada. *Alemania*, con un arancel mucho más liberal que el de cualquier otro gran país continental, desarrollaba su industria relativamente más deprisa que la propia Inglaterra. *América*, por último, se vio de pronto, con la guerra civil de 1861, reducida a sus propios recursos, tuvo que atender a una demanda repentina de productos industriales de toda clase y solo pudo hacerlo creando una industria propia en el interior. La demanda de guerra cesó con la guerra; pero la nueva industria estaba ahí y tenía que hacer frente a la competencia inglesa. Y la guerra había hecho madurar en América la idea de que un pueblo de treinta y cinco millones, capaz de duplicar su número en cuarenta años como mucho, con recursos de toda clase casi ilimitados y rodeado de vecinos que durante años tendrán que ser esencialmente agrícolas, de que un pueblo así tenía el «destino manifiesto» de hacerse independiente de las industrias extranjeras en sus principales artículos de consumo, y ello tanto en la paz como en la guerra. Y entonces América implantó el arancel protector.

Hará unos quince años viajaba yo en un vagón de ferrocarril con un inteligente hombre de negocios de Glasgow que tenía un interés particular en el hierro. La conversación vino a parar en América. Me sirvió las consabidas frases librecambistas: ¿no era inconcebible que unos negociantes tan avispados como los americanos pagaran tributo a sus fundidores y fabricantes nacionales, cuando podían comprar desde aquí el mismo artículo, o uno mejor, a mitad de precio? Y luego vinieron ejemplos de lo disparatadamente alto que los americanos se gravaban a sí mismos para enriquecer a unos cuantos codiciosos dueños de fundiciones. «Bueno —le dije—, me parece que la cosa tiene también otra cara. Usted sabe que en carbón, energía hidráulica, hierro y otros minerales, alimentos baratos, algodón propio y otras materias primas América posee recursos y ventajas en los que ningún país europeo le llega a la suela del zapato, y que esos recursos solo pueden desarrollarse plenamente si América se convierte en un país industrial. Admitirá también que hoy un gran pueblo como el americano no puede seguir siendo eternamente un pueblo de agricultores, que eso sería condenarlo a la barbarie y a la subordinación perpetuas; hoy ningún gran pueblo puede subsistir sin industria propia. Pues bien. Si América tiene que convertirse en un país industrial, y si tiene todas las probabilidades no solo de alcanzar en esto a sus rivales, sino incluso de vencerlos, se le abren dos caminos: o sostener con libertad de comercio, durante, pongamos, cincuenta años, una lucha competitiva carísima contra la industria inglesa, que le lleva cien años de ventaja; o bien excluir con aranceles protectores la competencia inglesa durante, pongamos, veinticinco años, con la certeza casi absoluta de que al cabo de esos veinticinco años la industria americana sabrá mantener su puesto en el mercado mundial abierto. ¿Cuál de los dos caminos es el más barato y el más corto? De eso se trata. Si usted viaja de Glasgow a Londres, puede tomar el tren lento que impone la ley (*parliamentary train*);[^4] paga un penique por milla y hace doce millas por hora; pero no se le ocurre, su tiempo le es demasiado precioso. Viaja en el expreso, paga dos peniques por milla y hace cuarenta millas por hora. Pues bien, los americanos prefieren sacar billete de expreso para avanzar mucho más deprisa». Mi librecambista escocés no tuvo una palabra que replicar.

Como el sistema proteccionista es un medio artificial de fabricar fabricantes, puede parecer útil no solo a una clase capitalista a medio desarrollar que todavía lucha con el feudalismo. Puede también ayudar a avanzar a la clase capitalista en ascenso en un país que, como América, no ha conocido nunca el feudalismo, pero que se encuentra en la fase de desarrollo en que el paso de la agricultura a la industria se convierte en una necesidad. América, puesta en esa situación, se decidió por el arancel protector. Desde aquella decisión han transcurrido más o menos los veinticinco años de que hablé a mi compañero de viaje y, si no me equivocaba, el arancel protector tiene que haber hecho ya en América más o menos su trabajo y tiene que ser, por tanto, prescindible.

Esa es también mi opinión desde hace algún tiempo. Hace dos años le dije a un proteccionista americano: «Si América implanta el librecambio, estoy convencido de que en diez años vencerá a Inglaterra en el mercado mundial».

El arancel protector es, en el mejor de los casos, un tornillo sin fin, y nunca se sabe cuándo se ha terminado con él. Si protegemos una rama de los negocios, perjudicamos directa o indirectamente a todas las demás y, por consiguiente, tenemos que protegerlas también. Pero con ello volvemos a perjudicar a la industria protegida en primer lugar y le damos derecho a una compensación; y esa compensación repercute a su vez en todas las demás ramas y las autoriza a nuevas reclamaciones, y así hasta el infinito. En este sentido América nos ofrece un ejemplo contundente de cómo se puede matar una industria importante a fuerza de protección arancelaria. En 1856 la importación y la exportación totales de los Estados Unidos por mar ascendieron a 641.604.850 dólares; de esa suma, el 75,2 por ciento se transportó en barcos americanos y solo el 24,8 por ciento en barcos extranjeros. Ya entonces los vapores oceánicos ingleses empezaban a desplazar a los veleros americanos; pese a ello, en 1860, de un comercio marítimo total de 762.288.550 dólares, los barcos americanos transportaban todavía el 66,5 por ciento. Vino la guerra civil y, tras ella, la protección arancelaria de la construcción naval americana; y esa protección tuvo tanto éxito que ha expulsado casi por completo la bandera americana de alta mar. En 1887 el comercio marítimo total de los Estados Unidos había subido a 1.408.502.979 dólares, pero solo el 13,8 por ciento se transportaba ya en barcos americanos, y el 86,2 por ciento en barcos extranjeros. El valor de las mercancías transportadas en barcos americanos fue en 1856 de 482.268.274 dólares; en 1860, de 507.247.757 dólares; en 1887, de solo 194.356.746 dólares.[^5] Hace cuarenta años la bandera americana amenazaba con quitarle a la inglesa la primacía en el océano; ahora casi ha desaparecido. La protección arancelaria de la construcción naval ha arruinado la navegación y la construcción naval.

Otra cuestión. Los métodos de producción perfeccionados se suceden hoy con tanta rapidez y cambian la naturaleza de ramas enteras de la industria de manera tan repentina y tan completa que lo que ayer era todavía un arancel protector de compensación equitativa hoy se convierte en lo contrario. También de esto nos ofrece un ejemplo el mismo informe del secretario del Tesoro, en la página XIX:

> «Las mejoras de la maquinaria de peinar la lana han provocado en los últimos años tales cambios en los llamados paños de estambre que estos paños han desplazado al paño corriente de lana cardada en la ropa de hombre. Este cambio [...] ha afectado muy desfavorablemente a nuestros tejedores nacionales de estambre, porque el derecho sobre todas las clases de lana en bruto es el mismo, mientras que el derecho sobre los paños de lana cardada, hasta un valor de 80 centavos por libra, es de 35 centavos por libra más el 35 por ciento del valor; en cambio, el derecho sobre el paño de estambre, hasta un valor de 80 centavos por libra, es solo de 10 a 24 centavos por libra y 35 centavos sobre el valor.[^6] En algunos casos el derecho sobre la lana empleada en el paño de estambre es más alto que el que grava la mercancía acabada».

Lo que ayer era protección de la industria nacional se ha convertido hoy, pues, en una prima para el importador extranjero, y bien puede decir el secretario del Tesoro:

> «Hay motivos para esperar que la tejeduría de estambre del país tenga que cesar pronto si no se modifica el arancel».

Pero para modificar el arancel hay que pelearse con los tejedores de lana cardada, que sacan provecho de la situación actual; hay que abrir una campaña en toda regla para ganarse a la mayoría de las dos cámaras del Congreso y, por último, a la opinión pública del país, y la pregunta es: ¿compensa?

Pero lo peor del proteccionismo es que no es tan fácil librarse de él. Por difícil que sea establecer un arancel protector equitativo en todos los sentidos, la vuelta al librecambio es infinitamente más difícil. No volverán a darse las circunstancias que permitieron a Inglaterra hacer la transición en unos pocos años. E incluso allí la lucha data de 1823 (Huskisson),[^7] tuvo sus primeros éxitos en 1842 (el arancel de Peel)[^8] y siguió aún algunos años después de la abolición de las leyes cerealistas. Así, a la industria de la seda (la única que todavía tenía que temer la competencia extranjera) se le concedió primero una protección arancelaria prorrogada durante una serie de años y luego se le otorgó en otra forma, francamente infame: las demás industrias textiles quedaron sometidas a la ley fabril, que limitaba la jornada de las mujeres, los obreros jóvenes y los niños; la industria de la seda fue favorecida con excepciones considerables, pudo emplear a niños más pequeños y hacer trabajar a niños y jóvenes más horas que las demás industrias. El monopolio que los hipócritas librecambistas suprimieron en favor de los competidores extranjeros fue restablecido a costa de la salud y la vida de los hijos de los obreros ingleses.

Pero nunca volverá a ocurrir que un país pueda pasar del proteccionismo al librecambio en un momento en que todas o casi todas las ramas de su industria estén en condiciones de desafiar a la competencia extranjera en el mercado abierto. La necesidad de ese paso se impondrá mucho antes de que pueda siquiera esperarse semejante situación. Se impondrá en distintas ramas de los negocios en distintos momentos, y de los intereses contrapuestos de esas ramas nacerán las más edificantes riñas e intrigas parlamentarias. El constructor de máquinas, el ingeniero y el constructor naval encontrarán quizá que la protección del hierro en lingotes les encarece la mercancía y, con ello, y solo con ello, les cierra la exportación; el tejedor de algodón quizá estaría en condiciones de batir al calicó inglés en los mercados chino e indio si la protección del hilador no le encareciera el hilo, etc. En el momento en que una rama de la industria nacional ha conquistado por completo el mercado interior, en ese mismo momento la exportación se le vuelve indispensable. Bajo el sistema capitalista una industria tiene que expandirse o encogerse. No puede quedarse estacionaria; frenar su expansión es empezar a arruinarse; el progreso de los inventos mecánicos y químicos deja continuamente sin empleo trabajo humano, al tiempo que multiplica y concentra el capital todavía más deprisa; crea así en toda industria estancada un excedente tanto de obreros como de capital, un excedente que no encuentra salida en ninguna parte, porque el mismo proceso tiene lugar igualmente en todas las demás ramas de la industria. Así, el paso del comercio interior al de exportación se convierte en una cuestión de vida o muerte para todas esas ramas; pero entonces se les oponen los derechos adquiridos, los intereses arraigados de otras, que de momento encuentran todavía en la protección arancelaria más seguridad o más beneficio que en el librecambio. Se produce así una lucha larga y tenaz entre librecambistas y proteccionistas, una lucha en la que, por ambos lados, la dirección pasa pronto de manos de los directamente interesados a las de los políticos de profesión, los manipuladores de los partidos políticos tradicionales, cuyo interés no es que la cuestión se resuelva, sino que siga abierta el mayor tiempo posible; y tras una pérdida interminable de tiempo, de energías y de dinero, se llega por lo general a una serie de compromisos, unas veces a favor de un lado y otras del otro, que en conjunto van empujando despacio hacia el librecambio, a no ser que entretanto el proteccionismo consiga hacerse absolutamente insoportable para la nación, y eso es bastante posible en América.

De todas las clases de protección arancelaria, la peor es la que se nos muestra en *Alemania*. También Alemania sintió poco después de 1815 la necesidad de un desarrollo industrial más rápido. La primera condición para ello era crear el mercado interior suprimiendo las innumerables líneas aduaneras y las leyes fiscales particulares de los pequeños Estados; en una palabra, formar una unión aduanera alemana. Solo podía crearse sobre la base de un arancel liberal, pensado más con fines fiscales que de protección industrial. En ninguna otra condición se habría conseguido que entraran los pequeños Estados. Así, el nuevo arancel del Zollverein,[^9] aunque protegía en pequeña medida algunas industrias, era para la época de su implantación un verdadero modelo de librecambio; y siguió siéndolo, aunque desde 1830 la mayoría de los fabricantes alemanes clamaba por protección arancelaria. Y, sin embargo, bajo ese arancel extremadamente liberal, y pese al aplastamiento despiadado de las industrias domésticas alemanas basadas en el trabajo manual por la competencia de la gran industria inglesa, el paso del trabajo manual a la maquinaria se fue realizando también en Alemania y hoy está casi terminado. El paso de Alemania de la agricultura a la industria avanzó al mismo ritmo y desde 1866 se vio favorecido además por acontecimientos políticos: la creación de un gobierno central fuerte y de un parlamento del Imperio que aseguraban una legislación industrial unitaria; moneda, medidas y pesos unitarios, y, por último, la riada de los miles de millones franceses.[^10] Así ocurrió que hacia 1874 el comercio total alemán en el mercado mundial solo quedaba ya por detrás del inglés[^11] y que Alemania tenía en funcionamiento más fuerza de vapor en la industria y el transporte que ningún otro país del continente europeo. Quedaba así demostrado que todavía hoy, pese a la enorme ventaja de la industria inglesa, un gran país puede abrirse paso hasta competir con éxito con Inglaterra en el mercado abierto.

Y de pronto se cambió de frente: justo en el momento en que el librecambio parecía más necesario que nunca para Alemania, precisamente entonces implantó aranceles protectores. Era sin duda absurdo, pero tiene explicación.

Mientras Alemania exportaba grano, todos los terratenientes y todos los armadores eran librecambistas entusiastas. Pero en 1874, en lugar de exportar grano, Alemania necesitaba fuertes importaciones del extranjero. Más o menos al mismo tiempo América empezó a inundar Europa con envíos de grano barato; allí adonde llegaban, reducían los ingresos en dinero que daba el suelo y, con ellos, la renta del suelo; desde ese momento toda la propiedad territorial de Europa entera clamó por protección arancelaria. Al mismo tiempo la industria alemana sufría las secuelas de la desenfrenada sobreproducción y sobreespeculación que había brotado bajo la lluvia de los miles de millones franceses, mientras Inglaterra, cuya industria no había superado todavía el estancamiento crónico que arrastraba desde la crisis de 1866, inundaba todos los mercados accesibles con mercancías invendibles en casa y por eso mismo malvendidas fuera a precios de saldo. Así que, aunque la industria alemana dependía esencialmente de la exportación, los fabricantes vieron ahora en la protección arancelaria un medio de asegurarse en exclusiva el mercado interior. Y el gobierno estuvo encantado de aprovechar esa circunstancia en beneficio de la nobleza terrateniente, dando aranceles protectores a ambos, terratenientes e industriales. En 1878 se implantó un arancel fuertemente proteccionista, tanto para los productos agrícolas como para los industriales.[^12]

La consecuencia fue que desde entonces la exportación de productos industriales alemanes se paga directamente del bolsillo del consumidor nacional. Allí donde fue posible, los fabricantes formaron cárteles para regular el comercio de exportación y la producción misma. La producción alemana de hierro está en manos de unas pocas grandes firmas, sociedades anónimas en su mayoría, que entre todas producen unas cuatro veces más hierro del que el país consume por término medio. Para evitar una competencia mutua inútil, estas firmas han formado un cártel que se reparte todas las subastas del extranjero y decide en cada caso qué firma ha de hacer la oferta real. Hace algunos años ese cártel llegó incluso a un acuerdo con los fundidores ingleses, que sin embargo se ha roto. Del mismo modo, las minas de carbón de Westfalia, que producen unos treinta millones de toneladas al año, han formado un cártel para regular los precios de las ofertas en las subastas y la producción misma. En general, cualquier fabricante alemán os dirá que el único objeto de los aranceles protectores es permitirle resarcirse en el mercado interior de los precios de saldo que tiene que aceptar en el extranjero. Pero eso no es todo. A cambio de este absurdo sistema de protección industrial, los capitalistas industriales han consentido un monopolio todavía más disparatado, el que ha obtenido la propiedad territorial. No solo todos los productos agrícolas están sometidos a derechos de entrada altos y que no dejan de subir, sino que ciertas industrias rurales que los señores *junkers*[^13] explotan en sus fincas reciben subvenciones directas de la bolsa pública. La industria del azúcar de remolacha no solo está protegida, sino que recibe además sumas enormes en forma de primas a la exportación. Alguien que debe de saberlo opina que, aunque todo el azúcar exportado se tirara al mar, el fabricante seguiría haciendo un buen negocio con la prima a la exportación. Del mismo modo, los destiladores de aguardiente de patata reciben, a consecuencia de la legislación más reciente, un regalo del bolsillo del público de al menos treinta y seis millones de marcos al año.[^14] Y como casi todo gran terrateniente del noreste de Alemania es fabricante de azúcar de remolacha o destilador de aguardiente de patata, o ambas cosas, no es de extrañar que el mundo esté literalmente inundado de sus productos.

Esta política, ruinosa en cualquier circunstancia, lo es doblemente en un país cuya industria mantiene su venta en los mercados neutrales sobre todo gracias a la baratura del trabajo. En Alemania el salario se mantiene, incluso en los mejores tiempos, indebidamente cerca del límite del hambre a causa del rápido crecimiento de la población, pese a toda la emigración. Pero tiene que subir a consecuencia del encarecimiento de todos los medios de subsistencia que impone el arancel protector. Entonces el fabricante alemán ya no podrá, como hace ahora con demasiada frecuencia, resarcirse de los precios de saldo de sus mercancías con un descuento del salario normal de sus obreros: perderá la capacidad de competir. En Alemania el arancel protector mata la gallina de los huevos de oro.

También *Francia* sufre las consecuencias de la protección arancelaria. Allí el sistema, tras doscientos años de dominio indiscutido, se ha convertido casi en una parte de la vida de la nación. Sin embargo, es cada vez más un obstáculo. La gran industria exige un cambio continuo de los métodos de producción, pero el arancel protector cierra el paso. El revés del terciopelo de seda se hace hoy de hilo fino de algodón; el fabricante francés tiene que pagar por él el arancel protector o someterse a interminables vejaciones burocráticas que compensan con creces la *admission temporaire*[^15] que se le permite con ello, y así Krefeld puede competir con éxito, porque allí la protección del hilo fino de algodón sigue siendo menor. La exportación francesa, como ya se ha dicho, consiste sobre todo en artículos de lujo en los que decide el gusto francés, superior hasta ahora; pero los principales consumidores de tales artículos son hoy en todas partes nuestros modernos advenedizos capitalistas, que no tienen ni cultura ni gusto, que quedan igual de bien servidos con baratas y toscas imitaciones alemanas o inglesas y que con bastante frecuencia compran esas mercancías a precios disparatados como si fueran el auténtico artículo francés. El mercado de los artículos especiales que no pueden hacerse fuera de Francia se estrecha cada vez más; la exportación industrial francesa se mantiene a duras penas y pronto tendrá que disminuir; ¿qué artículos nuevos puede exportar Francia para sustituir a aquellos cuya exportación se extingue? Si algo puede ayudar aquí, es un paso audaz en dirección al librecambio, que saque al fabricante francés de su acostumbrada atmósfera de invernadero y lo ponga al aire libre de la competencia abierta. De hecho, el comercio total francés se habría encogido ya si no le hubiera ayudado a avanzar el débil e inseguro paso hacia el librecambio que fue el tratado Cobden de 1860;[^16] sus efectos están ya más o menos agotados, y está indicada una dosis más fuerte de ese tónico.

Apenas vale la pena hablar de *Rusia*. Allí el arancel protector, cuyos derechos tienen que pagarse en oro en lugar de en el papel moneda depreciado del país, sirve ante todo para proporcionar al empobrecido gobierno la moneda contante y sonante de la que por desgracia no puede prescindir en su trato con los acreedores extranjeros. El día en que ese arancel cumpla su función protectora y excluya sin excepción las mercancías extranjeras, ese día el gobierno ruso estará en bancarrota. Pese a ello, ese mismo gobierno hace bailar ante los ojos de sus crédulos súbditos la brillante esperanza de que ese arancel convertirá a Rusia en un país económicamente del todo independiente, que no necesite del extranjero nada, pero absolutamente nada, ni alimentos, ni materias primas, ni obras de la industria o del arte. Quienes creen en esa Rusia fantasmal, aislada de todo el resto del mundo, están a la altura de aquel teniente prusiano de la Guardia que pidió en una tienda un globo, pero no un globo terráqueo ni un globo celeste, sino un globo de Prusia.

Pero volvamos a América. Hay ya indicios suficientes de que el arancel protector ha dado a los Estados Unidos lo que podía dar y de que es hora de despedirlo. Uno de esos indicios es la formación de cárteles para ayudar a las industrias protegidas a explotar su monopolio. Ahora bien, los cárteles (*rings*, *trusts*) son instituciones genuinamente americanas, y cuando explotan ventajas naturales hay que resignarse a ellos por el momento. La conversión de la producción de petróleo de Pensilvania en un monopolio de la Standard Oil Company es un procedimiento que está en perfecta armonía con las reglas de la producción capitalista. Pero cuando los refinadores de azúcar quieren convertir la protección contra la competencia extranjera que les ha concedido la nación en un monopolio contra el consumidor nacional, es decir, contra la misma nación que les concedió la protección, eso ya es otra cosa. Pues bien, los grandes refinadores de azúcar han formado un cártel que no persigue otra cosa. Y el cártel del azúcar no es el único de su especie. La formación de cárteles así en las industrias protegidas es la señal más segura de que el proteccionismo ha agotado su vida y cambia de carácter; de que ya no protege al fabricante contra el importador extranjero, sino contra el consumidor nacional; de que, al menos en esa rama particular de la industria, ha fabricado fabricantes suficientes, si no demasiados; de que el dinero que la protección arancelaria pone en el regazo de esos fabricantes es simplemente dinero tirado, exactamente igual que en Alemania.

En América, igual que en otras partes, se defiende el arancel protector con el argumento de que el librecambio solo beneficia a Inglaterra. La mejor prueba de lo contrario es que en Inglaterra no solo los arrendatarios y los terratenientes, sino hasta los fabricantes se están volviendo proteccionistas. En la sede de la escuela librecambista de Manchester, en el propio Manchester, la Cámara de Comercio discutió el 1 de noviembre de 1886 la propuesta

> «de que, después de haber esperado en vano cuarenta años a que otras naciones se decidieran a imitar el ejemplo librecambista dado por Inglaterra, la Cámara cree llegado el momento de volver a considerar esta situación».

La propuesta fue rechazada, desde luego, pero por 22 votos contra 21. Y eso ocurría en el centro de la industria algodonera, la única industria inglesa cuya superioridad en el mercado abierto parece todavía indiscutida. Pero, claro, también en esta rama particular de la industria el genio inventivo ha emigrado de Inglaterra a América. Las últimas mejoras de la maquinaria algodonera (hilado y tejido) han venido casi todas de América, y Manchester no ha hecho más que adoptarlas. En inventos industriales de toda clase América va decididamente a la cabeza, mientras Alemania disputa a los ingleses el segundo puesto. En Inglaterra gana terreno la conciencia de que el monopolio industrial inglés se ha perdido sin remedio, de que Inglaterra pierde comparativamente cada vez más terreno mientras sus rivales avanzan, y de que poco a poco se ve empujada hacia una situación en la que tendrá que ser un país industrial entre muchos, en lugar de, como un día soñó, «el taller del mundo». Y para contener ese destino que se le viene encima se invoca ahora el arancel protector, mal disimulado bajo el velo del *fair trade*[^17] y de los aranceles de represalia, por los hijos de los mismos hombres que hace cuarenta años no veían salvación más que en el librecambio absoluto. Y cuando los propios fabricantes ingleses encuentran ahora que el librecambio los arruina y piden al gobierno que los proteja de la competencia extranjera, entonces ha llegado sin duda el momento de tirar por la borda un sistema proteccionista inútil en adelante y de combatir el declinante monopolio industrial de Inglaterra con su propia arma, el librecambio.

Sin embargo, como ya he dicho, el arancel protector se implanta con facilidad, pero no es tan fácil librarse de él. Al adoptar la protección arancelaria, la legislación ha creado intereses enormes y se ha hecho responsable de ellos. No todos esos intereses, no todas las ramas de la industria, están igual de preparados para verse expuestos a la libre competencia en un momento dado. Mientras unas ya no necesitan los mimos de la protección, otras se arrastran penosamente detrás. Esta diferencia de situación pondrá en marcha en el parlamento los habituales chanchullos de partido y es por sí misma garantía suficiente de que, una vez decidido el librecambio, se tratará a las industrias protegidas con todo miramiento, como se hizo en Inglaterra después de 1846 con la industria de la seda. Tal como están las cosas, es inevitable, y los librecambistas tendrán que resignarse a ello siempre que el paso quede establecido en principio.

La cuestión del librecambio y el proteccionismo se mueve por entero dentro de los límites del sistema actual de producción capitalista y, por eso, no tiene interés directo para los socialistas, que exigen la abolición de ese sistema. Pero les interesa indirectamente en la medida en que tienen que desear para el sistema de producción actual el desarrollo más libre y la expansión más rápida posibles; porque con ello desplegará también sus consecuencias económicas necesarias: miseria de la gran masa del pueblo a consecuencia de una sobreproducción que engendra o bien crisis periódicas o bien un estancamiento crónico del tráfico; escisión de la sociedad en una pequeña clase de grandes capitalistas y una gran clase de esclavos asalariados de hecho hereditarios, proletarios, cuyo número crece sin cesar mientras la nueva maquinaria ahorradora de trabajo los vuelve, con la misma constancia, sobrantes; en resumen, una sociedad metida en un callejón sin salida del que no hay escapatoria posible si no es mediante una transformación completa de la estructura económica que le sirve de base. Desde este punto de vista Marx se declaró hace cuarenta años, en principio, por el librecambio, como el camino más directo, el que llevará más deprisa a la sociedad capitalista a ese callejón sin salida. Pero si Marx está por el librecambio por esta razón, ¿no es precisamente esa una razón para que todo defensor del orden actual esté contra el librecambio? Si el librecambio es revolucionario, ¿no deben todos los buenos ciudadanos votar por el arancel protector, que será entonces necesariamente conservador?

Si hoy un país adopta el librecambio, no lo hará desde luego por complacer a los socialistas, sino porque el librecambio se ha convertido en una necesidad para los capitalistas industriales. Pero si rechaza el librecambio y se aferra al arancel protector para escamotear a los socialistas la catástrofe social que esperan, nadie saldrá más burlado que él mismo. El arancel protector es un medio de fabricar fabricantes artificialmente y, por eso mismo, también un medio de fabricar asalariados artificialmente. Si criáis a los unos, criaréis con ellos a los otros. El asalariado sigue en todas partes los pasos del fabricante; es como la negra preocupación de Horacio, que va sentada detrás del jinete y de la que este no puede librarse.[^18] Del destino, o dicho de otro modo, de las consecuencias necesarias de vuestros propios actos, no podéis escapar. Un sistema de producción fundado en la explotación del trabajo asalariado, un sistema en el que la riqueza crece en proporción al número de obreros empleados y explotados, un sistema así no puede subsistir sin aumentar la clase de los asalariados y sin agudizar con ello un antagonismo de clase que un día acabará con todo el sistema. No hay remedio: no podéis hacer otra cosa que seguir desarrollando el sistema capitalista, acelerar la acumulación y la centralización del capital y, a la vez, la producción de una clase obrera que está fuera de la sociedad oficial. Que toméis el camino proteccionista o el librecambista no cambiará nada el resultado, y apenas cambiará la duración del plazo que os queda hasta que el resultado llegue. Porque mucho antes el arancel protector se habrá convertido en una traba insoportable para todo país que aspire con perspectivas de éxito a una posición independiente en el mercado mundial.

[^1]: (Nota de Engels, al título.) Prólogo (traducido por el autor) a la edición inglesa del discurso de Marx sobre la cuestión del librecambio que se publica en Nueva York (en alemán, traducido por E. Bernstein y K. Kautsky, apéndice II a la *Miseria de la filosofía* de Marx, Stuttgart, Dietz, pp. 188 y ss.). Como este prólogo está pensado en primer lugar para un público americano, la política proteccionista alemana solo ha podido tocarse de pasada. Pero el autor encontrará sin duda pronto ocasión de tratar la cuestión también en relación especial con Alemania. — El discurso de Marx de enero de 1848 está publicado en esta colección: [Discurso sobre la cuestión del librecambio](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1848%20Discurso%20sobre%20la%20cuesti%C3%B3n%20del%20librecambio).

[^2]: Las *Corn Laws*, que gravaban la importación de grano en beneficio de los terratenientes, fueron abolidas en 1846 tras la campaña de la Liga contra las Leyes Cerealistas, dirigida por los fabricantes Cobden y Bright.

[^3]: *El capital*, libro I, capítulo XXIV, «La llamada acumulación originaria».

[^4]: «Tren parlamentario»: desde la ley de ferrocarriles de 1844, las compañías británicas estaban obligadas a ofrecer en cada línea al menos un tren diario de tercera clase, con parada en todas las estaciones, a un penique por milla.

[^5]: (Nota de Engels.) *Annual Report of the Secretary of the Treasury* etc. *For the year 1887*, pp. XXVIII y XXIX.

[^6]: Así en el texto alemán. La versión inglesa de Engels dice que los paños de lana cardada pagaban el 35 por ciento *ad valorem* y los de estambre de 10 a 24 centavos por libra más el 35 por ciento *ad valorem*.

[^7]: William Huskisson (1770-1830), presidente de la Junta de Comercio de 1823 a 1827, rebajó los aranceles sobre numerosas materias primas y manufacturas.

[^8]: El arancel de 1842 del gobierno de Robert Peel redujo los derechos sobre las materias primas y los productos semielaborados.

[^9]: La Unión Aduanera alemana, fundada en 1834 bajo la dirección de Prusia sobre la base del arancel prusiano de 1818.

[^10]: Los cinco mil millones de francos de indemnización que Francia tuvo que pagar a Alemania tras la guerra de 1870-1871.

[^11]: (Nota de Engels.) Comercio total (importación y exportación sumadas) en 1874, en millones de marcos: Gran Bretaña, 13.380; Alemania, 9.300; Francia, 6.600; Estados Unidos, 4.980 (Kolb, *Statistik*, 7.ª ed., Leipzig, 1875, p. 790).

[^12]: El arancel proteccionista de Bismarck se aprobó en el Reichstag en julio de 1879.

[^13]: Los terratenientes nobles de la Prusia al este del Elba.

[^14]: La ley del impuesto sobre el aguardiente de 1887 favorecía a los destiladores agrícolas con un tipo reducido para un contingente de producción.

[^15]: «Admisión temporal»: régimen aduanero que permite importar sin derechos materias primas o productos semielaborados destinados a ser transformados y reexportados.

[^16]: El tratado de comercio anglofrancés de 1860, negociado por Richard Cobden y Michel Chevalier, que rebajó sustancialmente los aranceles entre ambos países.

[^17]: «Comercio justo»: así se llamaba el movimiento que, desde 1881, reclamaba en Inglaterra aranceles de represalia contra los países proteccionistas.

[^18]: Horacio, *Odas*, III, 1, 40: «post equitem sedet atra Cura» («detrás del jinete va sentada la negra preocupación»).
