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Title: ¿Y ahora qué? (1890)
Description: Artículo de Engels en el Sozialdemokrat tras la victoria socialdemócrata del 20 de febrero de 1890: la mayoría del Kartell está destrozada, a Bismarck solo le queda provocar un levantamiento para aplastarlo, y los obreros, educados por la ley antisocialista, no deben caer en la trampa.
Author: Friedrich Engels
Date: 1890-03-08
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1890%20Y%20ahora%20qu%C3%A9
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*Escrito por Friedrich Engels entre el 21 de febrero y el 1 de marzo de 1890 y publicado en* Der Sozialdemokrat *(Londres), n.º 10, 8 de marzo de 1890. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 22 (Berlín, 1963, pp. 7-10), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1890%20Was%20nun).*

El 20 de febrero de 1890 es el comienzo del fin de la era de Bismarck. La alianza entre junkers y ricachones para explotar a las masas populares alemanas —pues eso y no otra cosa era el Kartell—[^1] da su fruto. El impuesto sobre el aguardiente, la prima al azúcar, los aranceles sobre el grano y la carne, que hacen pasar como por arte de magia millones del bolsillo del pueblo al de los junkers; los aranceles proteccionistas industriales, introducidos justamente en el momento en que la industria alemana se había conquistado por sus propias fuerzas, y bajo el librecambio, una posición en el mercado mundial, introducidos expresa y únicamente para que el fabricante pudiera vender en el interior a precios de monopolio y en el exterior a precios de saldo; todo el sistema de impuestos indirectos, que aplasta a las masas populares más pobres y apenas roza a los ricos; la carga fiscal, que crece hasta lo insoportable para cubrir los gastos de unos armamentos que aumentan sin fin; el peligro de una guerra mundial, que crece con los armamentos y se acerca cada vez más, y que amenaza con dejar «tendidos» a cuatro o cinco millones de alemanes porque el robo de Alsacia-Lorena echó a Francia en brazos de Rusia y convirtió con ello a Rusia en árbitro de Europa; la inaudita corrupción de la prensa, por medio de la cual el gobierno inundaba sistemáticamente al pueblo de mentiras alarmistas en cada renovación del Reichstag; la corrupción policial para comprar o arrancar por la fuerza la traición de la mujer al marido, del hijo al padre; los agentes provocadores, hasta entonces prácticamente desconocidos en Alemania; la arbitrariedad policial, que supera con mucho la de antes de 1848; el desprecio desvergonzado de todo derecho por los tribunales alemanes, con el noble Tribunal Supremo del Imperio a la cabeza; la privación de derechos de toda la clase obrera mediante la ley antisocialista: todo esto ha tenido su tiempo, y bastante ha durado ese tiempo, gracias a la cobardía del filisteo alemán; pero ahora se acaba. La mayoría del Kartell está destrozada, destrozada sin remedio, de modo que ya solo queda un medio para remendarla aunque sea por un instante: un golpe de fuerza.

¿Y ahora qué? ¿Componer a trancas y barrancas una nueva mayoría para el viejo sistema? Oh, ganas no faltarían, y no solo en el gobierno. Entre los librepensadores[^2] hay miedicas de sobra que prefieren jugar ellos mismos al Kartell antes que dejar subir a los malvados socialdemócratas; los sueños de llegar a ser un partido de gobierno, enterrados con Federico III,[^3] ya llaman de nuevo a la tapa del ataúd. Pero el gobierno no puede servirse del librepensamiento: este todavía no está maduro para la alianza con los junkers del este del Elba, ¡y estos son, al fin y al cabo, la clase más importante del Imperio!

¿Y el Centro? También en el Centro hay junkers en masa, de Westfalia, de Baviera, etc., que arden en deseos de caer en brazos de sus hermanos del este del Elba y que han votado con fruición los impuestos favorables a los junkers; también en el Centro hay reaccionarios burgueses de sobra que quieren volver aún más atrás de lo que el gobierno puede permitirse y que, si pudieran, nos volverían a cargar con toda la Edad Media gremial. Un partido específicamente católico, como cualquier partido específicamente cristiano, no puede ser otra cosa que reaccionario. ¿Por qué no, entonces, un nuevo Kartell con el Centro?

Sencillamente porque lo que mantiene unido al Centro no es en realidad el catolicismo, sino el odio a Prusia. Se compone exclusivamente de elementos hostiles a Prusia, que, como es natural, son más fuertes en las regiones católicas: de campesinos, pequeños burgueses y obreros renanos, de alemanes del sur, de católicos de Hannover y de Westfalia; en torno a él se agrupan los demás elementos burgueses y campesinos antiprusianos: los güelfos[^4] y otros particularistas, los polacos, los alsacianos. El día en que el Centro se convierta en partido de gobierno, se descompondrá en un trozo reaccionario de junkers y gremialistas y en un trozo democrático campesino; y los señores del primer trozo saben que entonces no podrán volver a presentarse ante sus electores. Aun así se hará el intento, aun así la mayoría del Centro le saldrá al encuentro. Y eso no puede parecernos sino bien. El partido católico específicamente antiprusiano fue a su vez un producto de la era de Bismarck, del dominio del prusianismo específico. Si este cae, es justo que caiga también aquel.

Podemos contar, pues, con una alianza momentánea del Centro y el gobierno. Pero el Centro no está formado por nacional-liberales; al contrario, es el primer partido que ha salido victorioso de la lucha con Bismarck, el que lo ha llevado a Canosa.[^5] De ningún modo saldrá de ahí, por tanto, un Kartell, y Bismarck solo puede servirse de un nuevo Kartell.

¿Qué saldrá, entonces? ¿Disolución, nuevas elecciones, llamamiento al miedo a la marea socialdemócrata? También para eso es demasiado tarde. Si Bismarck quería eso, no debería haberse enemistado ni por un instante con su nuevo emperador, y menos aún pregonar a los cuatro vientos esa desavenencia.

Mientras vivió el viejo Guillermo, la invencibilidad del triunvirato Bismarck, Moltke, Guillermo era algo inquebrantable a los ojos del filisteo alemán. Pero ahora Guillermo se ha ido, a Moltke lo han ido, y Bismarck vacila entre si lo irán o se irá él mismo.[^6] Y el joven Guillermo, que ha ocupado el lugar del viejo, ha demostrado con todo su breve reinado, y sobre todo con sus famosos decretos,[^7] que una sólida filistería burguesa no puede de ningún modo fiarse de él, y además que no se deja manejar por un mayordomo de palacio.[^8] El hombre en quien cree el filisteo ya no tiene el poder, y en el hombre que tiene el poder el filisteo no puede creer. La vieja confianza en la eternidad del orden interior del Imperio fundado en 1871 se ha perdido, y ningún poder de la tierra puede restablecerla. El último sostén de la política seguida hasta ahora, el filisteo, se tambalea. ¿Y una disolución va a remediarlo?

¿Un golpe de Estado? Pero este no solo libera de su obediencia al pueblo; libera también a los príncipes del Imperio de su obediencia a la Constitución del Imperio, rota entonces; significa la voladura del Imperio.

¿Una guerra? Empezarla es un juego de niños. Pero lo que salga de ella, una vez empezada, escapa a todo cálculo. Si Creso cruza el Halis, o Guillermo el Rin, destruirá un gran imperio;[^9] pero ¿cuál? ¿El suyo o el del enemigo? La paz subsiste ya solo gracias a la revolución interminable de la técnica de las armas, que no deja que nadie esté preparado para la guerra, y gracias al miedo de todos a las posibilidades absolutamente incalculables de la guerra mundial, la única guerra posible ya hoy.

Solo una cosa puede ayudar: un levantamiento provocado por la brutalidad del gobierno y aplastado con una brutalidad doble y triple, estado de sitio general y nuevas elecciones bajo el terror. También esto solo podría conseguir unos pocos años de prórroga. Pero es el único medio, y sabemos que Bismarck es de esas personas para quienes cualquier medio es bueno. ¿Y no ha dicho también Guillermo: a la menor resistencia, mando fusilar a todo el mundo?[^10] Por eso, este medio se aplicará con toda seguridad.

Los obreros socialdemócratas alemanes acaban de conquistar un triunfo que su tenaz firmeza, su férrea disciplina, su alegre humor en la lucha y su incansable esfuerzo no podían dejar de merecer, pero que probablemente les ha llegado de forma inesperada incluso a ellos mismos y que ha dejado asombrado al mundo. Con la irresistibilidad de un proceso natural, el aumento de los votos socialdemócratas se ha producido en cada nueva elección; la violencia, la arbitrariedad policial, la vileza judicial, todo rebotaba sin efecto; adelante, y cada vez más deprisa adelante, avanzaba la columna de asalto, que no dejaba de crecer, hasta que ahora está ahí, como segundo partido más fuerte del Imperio. ¿Y ahora iban a echar a perder su propio juego los obreros alemanes, dejándose arrastrar a un *putsch* sin perspectivas, única y exclusivamente para sacar a Bismarck del trance de muerte? En el momento en que su valentía, que está por encima de todo elogio, se ve apoyada por la conjunción de todas las circunstancias externas, en que toda la situación social y política, en que incluso todos sus enemigos se ven obligados a trabajar para la socialdemocracia como si esta les pagara, ¿en ese momento iban a fallar la disciplina y el dominio de sí, e íbamos nosotros mismos a arrojarnos sobre la espada que se nos tiende? Jamás. Para eso, la ley antisocialista ha instruido demasiado bien a nuestros obreros, para eso tenemos demasiados soldados veteranos en nuestras filas, y entre ellos demasiados que han aprendido a aguantar con el arma al pie bajo la lluvia de balas hasta que llega el momento del ataque.

*Friedrich Engels*

[^1]: Alianza electoral de los conservadores, los conservadores libres y los nacional-liberales que, en apoyo de Bismarck, obtuvo la mayoría en las elecciones al Reichstag de 1887; la perdió en las del 20 de febrero de 1890.

[^2]: El Partido Librepensador Alemán (Deutsche Freisinnige Partei), formado en 1884 por la fusión de los progresistas con el ala izquierda escindida de los nacional-liberales.

[^3]: Federico III, emperador alemán y rey de Prusia durante noventa y nueve días en 1888; los liberales esperaban de él un giro hacia un gobierno parlamentario.

[^4]: Partidarios de la casa de Hannover, destronada por Prusia en 1866, que reclamaban la restauración del reino de Hannover.

[^5]: En 1872, en plena *Kulturkampf* contra la Iglesia católica, Bismarck había declarado en el Reichstag: «No iremos a Canosa», es decir, no nos humillaremos ante el papa, como el emperador Enrique IV ante Gregorio VII en 1077. A partir de 1878 tuvo que desmontar las leyes contra la Iglesia y buscar el apoyo del Centro.

[^6]: Guillermo I murió el 9 de marzo de 1888. Moltke dejó la jefatura del Estado Mayor en agosto de 1888. Bismarck dimitió el 18 de marzo de 1890, pocos días después de escribirse este artículo. En el original, juego de palabras con *gehen* («irse») y la forma pasiva *gegangen werden* («ser ido», es decir, ser despedido).

[^7]: Los dos decretos de Guillermo II del 4 de febrero de 1890 sobre la protección del trabajo y sobre una conferencia internacional en esa materia.

[^8]: En el original, *hausmeiern lassen*: dejarse gobernar por un *Hausmeier*, el mayordomo de palacio que en la monarquía merovingia tenía el poder real en lugar del rey.

[^9]: Según Heródoto (*Historia*, I, 53 y 91), el oráculo de Delfos predijo a Creso, rey de Lidia, que si cruzaba el río Halis contra los persas destruiría un gran imperio; destruyó el suyo.

[^10]: Palabras que se atribuyeron a Guillermo II cuando recibió a una delegación de los mineros en huelga del Ruhr, en mayo de 1889.
