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Title: Entrevista con el corresponsal de Le Figaro (1893)
Description: Entrevista de Engels con Le Figaro tras la disolución del Reichstag por el rechazo de la ley militar: por qué un golpe de Estado de Guillermo II es difícil, por qué la guerra se ha vuelto un salto en el vacío del que Inglaterra sería árbitro, y por qué la socialdemocracia, que gana votos en cada elección y con ellos soldados, espera llegar al poder antes de fin de siglo.
Author: Friedrich Engels
Date: 1893-05-08
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1893%20Entrevista%20con%20el%20corresponsal%20de%20Le%20Figaro
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*Entrevista concedida por Friedrich Engels en Londres el 8 de mayo de 1893 y publicada en francés en* Le Figaro *(París), 13 de mayo de 1893. El original francés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 22 (Berlín, 1963, pp. 538-543), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1893%20Interview%20mit%20dem%20Korrespondenten%20der%20Zeitung%20%E2%80%9ELe%20Figaro%E2%80%9C).*

... En cuanto Engels se enteró del objeto de mi visita, me declaró:

—Alemania entra en una de las fases más graves de su historia, pero añado enseguida que nosotros, los socialistas, no tenemos nada que temer de la situación; al contrario, sacaremos de ella gran provecho. Sobre todo a nuestra agitación se debe que se hayan rechazado los créditos militares.[^1] A los distintos partidos del parlamento les fue imposible ignorarnos, y menos aún al gobierno, que sabe muy bien que somos su adversario más peligroso. Cuando en Alemania se supo la decisión del gobierno de pedir nuevos créditos militares, la población se indignó, y la actitud del Centro y de los radicales en la votación estuvo sin duda influida por la presión de la opinión pública.

—Mire usted —añadió Engels, dando a sus palabras un énfasis especial—, en Alemania el pueblo dice: *¡Ya tenemos bastantes soldados! ¡Esto tiene que acabar de una vez!*

—¿Y el nuevo Reichstag, señor Engels?

—En el momento en que le hablo, me parece que el próximo Reichstag estará todavía menos dispuesto que el anterior a conceder los créditos. Sin embargo, no me oculto la posibilidad de que los nuevos elegidos, que tienen por delante cinco años de legislatura, negocien con el gobierno, que con un poco de violencia suave hará votar un compromiso. Si el Reichstag negara los créditos, lo que es probable, habría que recurrir a una segunda disolución; y eso, estoy convencido, traería la elección de un Reichstag todavía más reacio a aceptar las propuestas del gobierno. Entonces el conflicto sería agudo, y ya solo se trataría de saber quién se impone, el parlamento o el emperador. Sería una repetición del conflicto de 1864 entre Bismarck y la Cámara de Diputados prusiana, al que puso fin la guerra con Austria.[^2]

Con esta respuesta, Friedrich Engels me llevó a plantearle dos posibilidades ya discutidas en la prensa europea: la de un golpe de Estado de Guillermo II en el interior y la de un ataque hacia fuera.

—Un golpe de Estado —me replicó vivamente mi interlocutor— ya no es hoy tan fácil como antes. En 1864, en tiempos del conflicto entre Bismarck y la Cámara de Diputados prusiana, Prusia era un Estado centralizado, mientras que hoy el Imperio alemán es un Estado federal. El gobierno central se jugaría demasiado si se arriesgara a dar un golpe de Estado. Para tener la seguridad de poder llevarlo a cabo necesitaría el consentimiento *unánime* de los gobiernos confederados. Si uno de ellos no aceptara el golpe de Estado, quedaría desligado de sus obligaciones con el Imperio, y eso significaría la disgregación del Estado federal. Pero eso no es todo. La constitución de la federación es la única garantía que tienen los pequeños Estados contra la preponderancia de Prusia; si la violan ellos mismos, se entregan atados de pies y manos a la arbitrariedad del poder central. ¿Es probable que Baviera renuncie en este punto? No, y para abreviar le diría lo siguiente: para poder dar un golpe de Estado en Alemania, el emperador tendría que tener de su lado o bien al pueblo, y no lo tiene, o bien a todos los gobiernos confederados, *y a todos no los tendrá nunca*.

Como esta última explicación de Engels no me había convencido, insistí en esa posibilidad de un golpe de Estado en el interior.

—¡Oh! —replicó—, no digo en absoluto que lo que yo llamaría la revolución desde arriba no sea una amenaza para el futuro. Bebel y varios de nuestros amigos han dicho ya que prevén un atentado contra el sufragio universal.

—En ese caso, ¿responderían ustedes a la violencia con la violencia?

—No seríamos tan locos como para caer en la trampa que nos tiende el gobierno, porque el gobierno alemán no desea nada tanto como una insurrección para poder aplastarnos. Conocemos demasiado bien el estado actual de nuestras fuerzas y el de las del gobierno para arriesgarnos a la ligera en semejante partida. Por lo demás, ¿se atrevería Guillermo II a suprimir *por completo* el sufragio universal? No lo creo. Quizá eleve la edad mínima de los electores y nos obsequie con un sufragio universal *revisado y corregido* —y al decir estas palabras Engels se echó a reír—, con el que ahora va a hacer sus experiencias Bélgica.[^3]

—¿No teme usted detenciones en masa de diputados de la oposición?

—¡Oh! —exclamó Engels—, nadie en Alemania tiene eso por posible. Hay gobiernos confederados, Baviera por ejemplo, que nunca consentirían en sancionar una violación tan flagrante de la constitución. No olvide que la constitución del Imperio y el Reichstag son para los pequeños Estados las únicas armas para impedir que el gobierno prusiano los absorba.

Llegamos luego a la hipótesis de un ataque exterior. Engels está muy lejos de ser pesimista.

—Evidentemente —me explicó—, una guerra puede estallar de repente. Pero ¿quién se atrevería hoy a asumir la responsabilidad de provocarla, si no es quizá Rusia, cuyo territorio, por su inmensa extensión, no puede ser conquistado...? ¡Y sin embargo...! En este momento Rusia se encuentra en una situación tal que no podría aguantar una guerra ni cuatro semanas si no recibiera dinero del extranjero.

* * *

Aquí mi interlocutor se detuvo un momento y luego dijo con una cólera apenas contenida:

—De verdad que no entiendo al gobierno francés. Es Rusia la que necesita a Francia, y no Francia a Rusia. Rusia está arruinada, su suelo está agotado. Si el gobierno francés viera la situación tal como es en realidad, podría obtener de Rusia todo lo que quisiera... todo... todo... salvo dinero y ayuda militar eficaz. Sin Francia, Rusia estaría aislada, completamente aislada... ¡Y que no me hablen de la fuerza militar de los rusos! Acuérdese de la guerra con Turquía. Sin los rumanos, los rusos eran impotentes ante Plevna...[^4] No; cuanto más lo pienso, menos creo en una guerra. ¡Sus perspectivas son hoy tan inciertas! Los ejércitos se han puesto en un pie completamente nuevo que echa por tierra todos los cálculos. ¡Hay fusiles con los que se pueden hacer diez disparos por minuto, cuyo alcance se aproxima al de un cañón y cuyos proyectiles tienen una fuerza de penetración inaudita! ¡Hay granadas de melinita, de roburita,[^5] etc.! Todos esos terribles instrumentos de destrucción no se han probado todavía en ninguna guerra. No sabemos, por tanto, en absoluto qué efecto tendrá esta revolución del armamento sobre la táctica y sobre la moral del soldado.

—Si Guillermo II quisiera lanzarse a la guerra, encontraría resistencia en su propio Estado Mayor; le harían *sentir* el enorme riesgo de una guerra. En tiempos de Napoleón III se podían hacer guerras localizadas; hoy la guerra sería general y *Europa quedaría a merced de Inglaterra*, porque Inglaterra podría hacer pasar hambre a voluntad a uno u otro de los beligerantes. Ni Alemania ni Francia producen bastante grano en su propio país; están obligadas a importarlo del extranjero. Se abastecen sobre todo en Rusia. Si Alemania estuviera en guerra con Rusia, no podría conseguir ni un solo hectolitro de grano. Si, por otra parte, Europa central entrara en campaña contra Francia, Francia quedaría separada del grano ruso. Solo quedaría abierta, pues, la vía marítima. Pero el mar estaría en tiempo de guerra más que nunca en poder de los ingleses. Como el gobierno inglés concede subvenciones a las compañías navieras que atienden los distintos servicios de ultramar, dispone también de sus barcos, construidos bajo su control. Así, en caso de declaración de guerra, Inglaterra tendría, además de su poderosa flota, otros cincuenta o sesenta cruceros cuya tarea sería cortar los suministros a este o aquel beligerante contra el que se pusiera Inglaterra. Aunque permaneciera neutral, seguiría siendo el juez supremo de la situación. Mientras los países beligerantes se agotaran en la lucha, ella podría dictar en el momento oportuno sus condiciones de paz. Por lo demás, tranquilícese en cuanto a la posibilidad de una guerra provocada por Guillermo II. El emperador alemán ha perdido mucho de su ímpetu inicial...

* * *

Me quedaba todavía preguntar al señor Engels por un punto importante: las perspectivas de los socialistas alemanes en las próximas elecciones.

—Estoy convencido —respondió a esta pregunta— de que, respecto de las elecciones de 1890, ganaremos de setecientos mil a un millón de votos. Reuniremos, pues, en total dos millones y cuarto, si no dos millones y medio de votos. Pero los escaños conquistados no corresponderán a esa cifra... Si los escaños estuvieran repartidos equitativamente, tras las elecciones que nos dieron millón y medio de votos habríamos tenido que tener en el último Reichstag ochenta diputados en lugar de treinta y seis. Después de la fundación del Imperio, cuando se fijaron los distritos electorales, el reparto de la población ha cambiado en contra nuestra. Al formar los distritos se siguió esta regla: un diputado por cada cien mil habitantes. Pero Berlín, que sigue eligiendo solo seis diputados, tiene actualmente una población de más de millón y medio. Así que hoy Berlín debería tener en justicia dieciséis diputados. Otro ejemplo: Colonia, que cuenta ahora con 250.000 habitantes, sigue teniendo un solo diputado.

—¿Presentará el partido socialista candidatos en todos los distritos?

—Sí, presentaremos candidatos en los cuatrocientos distritos. Nos importa pasar revista a nuestras fuerzas.

—¿Y cuál es su objetivo final, el de los socialistas alemanes? —El señor Engels me miró unos instantes y luego dijo:

—Pero si no tenemos un objetivo final. Somos *evolucionistas*; no tenemos la intención de dictar a la humanidad leyes definitivas. ¿Ideas preconcebidas sobre la organización de la sociedad futura en sus detalles? No encontrará usted rastro de ellas entre nosotros. Ya nos daremos por satisfechos cuando hayamos puesto los medios de producción en manos de la sociedad entera, y sabemos muy bien que con el actual gobierno monárquico y federal eso es imposible.

Me permití observar que el tiempo en que los socialistas alemanes estén en condiciones de realizar sus teorías me parece todavía muy lejano.

—No tan lejano como usted cree —replicó el señor Engels—. Creo que se acerca el momento en que nuestro partido será llamado a tomar en sus manos el gobierno... Hacia finales de siglo verá usted quizá producirse ese acontecimiento.

—¡Fíjese en el número de nuestros partidarios desde el comienzo de nuestras luchas parlamentarias! En cada elección se registra un aumento constante. Por mi parte, estoy convencido de que, si el último Reichstag hubiera durado su plazo legal, es decir, si las elecciones no se hubieran celebrado hasta 1895, habríamos reunido tres millones y medio de votos. Ahora bien, en Alemania hay diez millones de electores, de los que votan por término medio siete millones. Con tres millones y medio de siete millones de electores, el Imperio alemán no puede seguir existiendo en su forma actual. Y... no lo olvide, es muy importante, las cifras de nuestros electores nos muestran el número de nuestros partidarios en el ejército. Como ya votan por nosotros millón y medio de diez millones de electores, es decir, aproximadamente una séptima parte de la población, podemos contar con que de cada seis soldados uno es de los nuestros. Cuando tengamos tres millones y medio de votos, y eso ya no está muy lejos, la mitad del ejército estará de nuestro lado.

Como expresé dudas sobre la fidelidad a los principios de los soldados socialistas en caso de revolución, el señor Engels me declaró textualmente:

—El día en que estemos en mayoría, lo que el ejército francés hizo por instinto cuando no disparó contra el pueblo se repetirá entre nosotros de manera consciente.[^6] Sí, digan lo que digan los burgueses asustados, podemos calcular el momento en que tendremos de nuestro lado a la mayoría de la población; nuestras ideas se extienden por todas partes, entre los profesores, los médicos, los abogados, etc., igual que entre los obreros. Si mañana tuviéramos que tomar la dirección de los asuntos del Estado, necesitaríamos ingenieros, químicos y agrónomos. Pues bien, estoy convencido de que ya hay bastantes de ellos de nuestro lado. Dentro de cinco o diez años tendremos más de los que necesitemos.

Y tras estas palabras extremadamente optimistas me despedí del señor Friedrich Engels.

[^1]: El 6 de mayo de 1893 el Reichstag rechazó el proyecto de ley militar del canciller Caprivi, que aumentaba considerablemente los efectivos del ejército; el gobierno disolvió la cámara y convocó elecciones para el 15 de junio.

[^2]: El conflicto constitucional prusiano entre el gobierno de Bismarck y la mayoría liberal de la Cámara de Diputados por la reforma del ejército duró de 1862 a 1866 y terminó tras la victoria sobre Austria en 1866.

[^3]: En abril de 1893, tras una huelga general, Bélgica introdujo el sufragio universal masculino, pero corregido por el voto plural, que daba uno o dos votos más a los propietarios y a los titulados.

[^4]: En la guerra ruso-turca de 1877-1878, los rusos solo tomaron la plaza turca de Plevna, en Bulgaria, tras un largo asedio y con ayuda del ejército rumano.

[^5]: Explosivos de alta potencia introducidos en los años ochenta del siglo XIX.

[^6]: Alusión a las tropas que en París se negaron a disparar contra el pueblo, en febrero de 1848 y el 18 de marzo de 1871.
