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Title: ¿Puede Europa desarmarse? (1893)
Description: Serie de artículos de Engels contra el proyecto de ley militar alemán de 1893: la carrera de armamentos lleva a Europa a la ruina o a una guerra de exterminio, y la salida es reducir por tratado internacional el servicio en filas, paso a paso, hasta llegar a la milicia del pueblo en armas.
Author: Friedrich Engels
Date: 1893-03-01
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1893%20Puede%20Europa%20desarmarse
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*Escrito por Friedrich Engels en febrero de 1893 y publicado como serie de artículos en el* Vorwärts *(Berlín), núms. 51 a 56, 58 y 59, del 1 al 10 de marzo de 1893; reimpreso ese mismo año en folleto (Núremberg, 1893) con un prefacio fechado el 28 de marzo de 1893. Traducido del texto del folleto según Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 22 (Berlín, 1963, pp. 369-399), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras, salvo la señalada como nota de Engels. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1893%20Kann%20Europa%20abr%C3%BCsten).*

## Prefacio

Los artículos que aquí se reimprimen se publicaron en el *Vorwärts* de Berlín en marzo de 1893, durante el debate del Reichstag sobre el proyecto de ley militar.[^1]

Parto en ellos de un supuesto que se gana cada vez más el reconocimiento general: que el sistema de los ejércitos permanentes ha sido llevado al extremo en toda Europa, hasta un grado en que o bien arruina económicamente a los pueblos con la carga militar, o bien tiene que degenerar en una guerra general de exterminio, a menos que los ejércitos permanentes se transformen a tiempo en una milicia basada en el armamento general del pueblo.

Intento demostrar que esta transformación es posible ya ahora, incluso para los gobiernos actuales y en la situación política actual. Parto, pues, de esta situación y propongo por el momento solo medios que cualquier gobierno de hoy puede aceptar sin poner en peligro la seguridad del país. Solo trato de dejar sentado que, desde el punto de vista puramente militar, nada en absoluto se opone a la abolición gradual de los ejércitos permanentes; y que si, pese a ello, se mantienen estos ejércitos, no es por razones militares sino políticas; que, en una palabra, los ejércitos han de proteger no tanto contra el enemigo exterior como contra el interior.

En cambio, la reducción gradual del tiempo de servicio por tratado internacional, que constituye el núcleo de mi exposición, la tengo en general por el camino más sencillo y más corto para facilitar el tránsito general del ejército permanente al pueblo en armas organizado como milicia. Las modalidades de tal tratado serían naturalmente distintas según el carácter de los gobiernos contratantes y según la situación política de cada momento. Y las cosas no pueden presentarse más favorables que ahora; si hoy se puede tomar ya como punto de partida un servicio de dos años como máximo, dentro de unos años quizá pueda escogerse ya un plazo considerablemente menor.

Al hacer de la instrucción gimnástica y militar de toda la juventud masculina una condición esencial del paso al nuevo sistema, excluyo expresamente que se confunda el sistema de milicias aquí propuesto con cualquiera de las milicias hoy existentes, por ejemplo la suiza.

*Londres*, 28 de marzo de 1893

*F. Engels*

## I

Desde hace veinticinco años toda Europa se arma en una medida hasta ahora inaudita. Cada gran potencia trata de arrebatar a la otra la primacía en poderío y preparación militar. Alemania, Francia y Rusia se agotan en esfuerzos por superarse unas a otras. Precisamente en este momento el gobierno alemán exige al pueblo un nuevo esfuerzo tan violento que hasta el manso Reichstag actual retrocede espantado. ¿No es una locura, entonces, hablar de desarme?

Y, sin embargo, en todos los países las clases populares, que tienen que poner casi en exclusiva la masa de los soldados y pagar la masa de los impuestos, claman por el desarme. Y, sin embargo, el esfuerzo ha alcanzado en todas partes el grado en que las fuerzas —aquí los reclutas, allá el dinero, en un tercer lugar ambas cosas— empiezan a fallar. ¿Es que no hay otra salida de este callejón que una guerra devastadora como el mundo no ha visto nunca?

Yo afirmo: el desarme, y con él la garantía de la paz, es posible; es incluso relativamente fácil de llevar a cabo, y Alemania, más que ningún otro Estado civilizado, tiene para llevarlo a cabo tanto el poder como la vocación.

Tras la guerra de 1870-1871 quedó definitivamente demostrada la superioridad del sistema del servicio militar obligatorio general con reserva y Landwehr[^2] —aun en su raquítica forma prusiana de entonces— sobre el sistema de la quinta con sustitución. Todos los países del continente lo adoptaron, más o menos modificado. Eso, de por sí, no habría sido un gran mal. El ejército que tiene su principal apoyo en hombres casados de mediana edad es por naturaleza menos ofensivo que el ejército de quintas de Luis Napoleón, plagado de sustitutos, es decir, de soldados profesionales a sueldo. Pero a ello se sumó la anexión de Alsacia-Lorena, que hizo de la paz de Fráncfort para Francia una mera tregua, igual que la paz de Tilsit lo había sido para Prusia.[^3] Y entonces empezó la febril carrera de armamentos entre Francia y Alemania, en la que poco a poco se vieron arrastradas también Rusia, Austria e Italia.

Se empezó por prolongar la obligación de servir en la Landwehr. En Francia, el ejército territorial recibió una reserva de hombres de más edad; en Alemania se restablecieron el segundo llamamiento de la Landwehr e incluso el Landsturm. Y así se siguió, paso a paso, hasta alcanzar o incluso sobrepasar el límite de edad que pone la naturaleza.

Luego se aumentó el reclutamiento y se crearon los nuevos cuadros de instrucción que ello hacía necesarios; pero también aquí se ha alcanzado casi o del todo el límite, y en Francia se ha sobrepasado ya. Los últimos reemplazos del ejército francés incluyen ya un número considerable de jóvenes que todavía no están, o no estarán nunca, a la altura de las fatigas del servicio. Los oficiales ingleses, imparciales en esto, que asistieron a las grandes maniobras de Champaña de 1891 y que reconocieron sin reservas, y a veces con admiración, la gran eficacia del actual ejército francés, informan unánimemente de que un número desproporcionadamente grande de soldados jóvenes se quedaba rezagado en las marchas y en los ejercicios de combate. Y en Alemania, aunque todavía no hemos agotado del todo nuestras reservas de hombres aptos para el servicio, precisamente para remediarlo está el nuevo proyecto de ley militar. En una palabra, también en este aspecto estamos ante el límite de nuestra capacidad.

Ahora bien, el lado moderno, el lado *revolucionario* del sistema militar prusiano consiste precisamente en la exigencia de poner la fuerza de todo hombre apto para las armas, durante toda la duración de su edad militar, al servicio de la defensa nacional. Y lo único revolucionario que puede descubrirse en todo el desarrollo militar desde 1870 reside precisamente en que —bastante a menudo contra la propia voluntad— se ha visto uno obligado a llevar a la práctica cada vez más esta exigencia, que hasta entonces solo se cumplía en la fantasía chovinista. Ni la duración de la obligación de servir ni el alistamiento de todos los jóvenes aptos pueden ya ponerse hoy en cuestión, y menos que nadie por Alemania, y menos aún por el Partido Socialdemócrata, que, al contrario, es el único que está en condiciones de traducir plenamente también esta exigencia a la práctica en Alemania.

Según esto, solo queda un punto donde la necesidad del desarme puede aplicar la palanca: la duración del servicio en filas. Y aquí está, en efecto, el punto de Arquímedes: *la fijación internacional*, entre las grandes potencias del continente, *del máximo del servicio activo en filas* para todas las armas, si se quiere al principio en dos años, pero con la reserva de reducirlo enseguida más en cuanto uno se convenza de que es posible, y *con el sistema de milicias como meta final*. Y afirmo que es precisamente Alemania la llamada antes que nadie a presentar esta propuesta, y que Alemania sacará de presentarla más ventaja que nadie, aunque no sea aceptada.

## II

La fijación internacional del tiempo máximo de servicio en filas afectaría por igual a los ejércitos de todas las potencias. Se admite generalmente que, en ejércitos cuya tropa aún no ha olido la pólvora, la duración del servicio activo es, para el primer período de una campaña y dentro de ciertos límites, la mejor medida de su utilidad en todas las situaciones de guerra, sobre todo para el ataque tanto estratégico como táctico. Nuestros combatientes de 1870 conocieron sobradamente la *furia francese*[^4] de las cargas a la bayoneta de la infantería imperial de largo servicio y el empuje de las cargas de caballería de Wörth y de Sedán; pero también demostraron en Spicheren, nada más empezar la guerra, que podían desalojar a esa misma infantería de una posición fuerte, incluso en inferioridad numérica. Admitámoslo, pues, en general: dentro de ciertos límites, distintos según el carácter nacional, en tropas no avezadas a la guerra la duración del servicio en filas decide sobre la aptitud general para la guerra y sobre todo sobre la capacidad para la ofensiva.

Si se consigue fijar internacionalmente un límite máximo para este tiempo de servicio, la relación de eficacia entre los distintos ejércitos seguirá siendo más o menos la que es hoy. Lo que uno pierda en utilidad inmediata lo perderán también los demás. En la medida en que hoy está excluido que un Estado tome por sorpresa a otro, seguirá estándolo también entonces. La diferencia del tiempo de servicio activo, por ejemplo en Francia y en Alemania, no ha sido hasta ahora tal que pese en la balanza; también con el servicio reducido todo dependería, exactamente como hoy, de cómo se aprovechara en cada uno de los dos ejércitos el tiempo convenido. Por lo demás, la fuerza relativa de ambos ejércitos correspondería por completo a la proporción entre las poblaciones de ambos países, y, una vez que el servicio militar obligatorio general esté de verdad implantado, en países de desarrollo económico aproximadamente igual (del que depende el porcentaje de inútiles) la cifra de población dará siempre la medida de la fuerza del ejército. Ya no hay artificios como los prusianos de 1813;[^5] la nata ya está desnatada.

Pero mucho depende precisamente de cómo se aproveche el tiempo de servicio fijado. Y en esto hay en casi todos los ejércitos gente que podría contar algo si... se lo permitieran, porque la querida penuria de dinero ha obligado en todas partes a instruir a una parte de los reclutas solo «a lo indispensable», en un par de meses. Entonces hay que limitarse a lo esencial, entonces un montón de ringorrangos tradicionales sale volando al rincón, y entonces se descubre, para propia sorpresa, qué poco tiempo hace falta para convertir en soldado a un joven medianamente bien plantado. Bebel contó en el Reichstag cómo esto deja asombrados a los oficiales instructores de la reserva de reemplazo alemana. En el ejército austriaco hay oficiales a montones que afirman que la Landwehr, que tiene aproximadamente el mismo tiempo de servicio que la reserva de reemplazo alemana, es mejor que la tropa de línea. No es de extrañar. Aquí falta el tiempo que en la línea se malgasta en las tonterías habituales y por eso mismo sagradas, y precisamente por eso no se malgasta.

El reglamento alemán de ejercicios de la infantería de 1888 limita las formaciones tácticas de combate a lo necesario. No contiene nada nuevo; la capacidad de combatir en todas las posiciones invertidas la habían introducido ya los austriacos después de 1859, y la formación de todas las columnas de batallón por simple reunión de las cuatro columnas de compañía la habían introducido por la misma época los de Hesse-Darmstadt, que después de 1866 tuvieron que dejar que los prusianos les prohibieran de nuevo esta formación racional. Por lo demás, el nuevo reglamento elimina un fárrago enorme de ceremonias anticuadas, tan inútiles como sagradas; precisamente yo no tengo absolutamente ningún motivo para ponerle peros. Y es que, después de la guerra de 1870, me había permitido el lujo de esbozar un esquema de las formaciones cerradas y los movimientos de la compañía y del batallón adecuados a la guerra actual, y no fue poca mi sorpresa al encontrar este trozo de «Estado del futuro» realizado casi en todos sus rasgos en los apartados correspondientes del nuevo reglamento.

Pero una cosa es el reglamento y otra la ejecución. La caballería andante de las polainas,[^6] que ha florecido en el ejército prusiano en todas las épocas de paz, vuelve a meter por la puerta trasera del desfile el despilfarro de tiempo abolido en el reglamento. De pronto la instrucción de desfile resulta absolutamente necesaria como contrapeso de la indisciplina del orden de combate disperso, como único medio de crear verdadera disciplina, etc., etc. Lo que no quiere decir otra cosa sino que el orden y la disciplina solo pueden establecerse haciendo que la gente ejercite cosas del todo inútiles. Solo la abolición del «paso de la oca» liberaría semanas enteras para ejercicios racionales, aparte de que entonces los oficiales extranjeros podrían presenciar una revista alemana sin tener que aguantarse la risa.

Una institución anticuada parecida es el servicio de guardia, que, también según la idea tradicional, sirve para desarrollar la inteligencia y sobre todo el pensamiento propio de la tropa, enseñándole el arte —si no lo domina ya— de no pensar en absolutamente nada durante dos horas de centinela. Con la costumbre hoy general de ejercitar el servicio de avanzadas sobre el terreno, montar guardia en la ciudad, donde hay policía de seguridad de todo tipo, ha perdido todo sentido. Suprímase, y se ganará por lo menos un veinte por ciento de tiempo de servicio libre para lo militar y seguridad en las calles para los civiles.

Además, en todas partes hay una multitud de soldados que, con toda clase de pretextos, prestan el menor servicio posible: artesanos de compañía, asistentes de oficiales, etc. También ahí se puede cambiar mucho.

Sí, pero ¿y la caballería? ¿No tiene que tener un servicio más largo? Desde luego es deseable cuando se trata de reclutas que no saben montar ni cuidar caballos. Pero también ahí se puede hacer mucho. Si las raciones de los caballos no fueran tan mezquinas —¡a los caballos hay que engordarlos primero para las maniobras, para que lleguen a la medida normal de fuerzas!— y si en cada escuadrón hubiera cierto número de caballos supernumerarios, de modo que la gente pudiera ejercitarse más y más tiempo en la silla; en una palabra, si de una vez se pusiera uno en serio a compensar la reducción del servicio practicando con más intensidad lo esencial y suprimiendo lo superfluo, pronto se vería que también así se puede. También para la doma de remonta, en la que tanto se apoya hoy y cuya absoluta necesidad admito de buen grado, se encontrarán medios y caminos. Y, por lo demás, nada impide mantener y extender, mientras se considere necesario, el sistema de voluntarios de tres o cuatro años, o también el de reenganchados, para las tropas montadas, a cambio de las compensaciones correspondientes en la obligación de servir en la reserva y en la Landwehr, sin las cuales no se consiguen tales cosas.

Si se escucha a las autoridades militares, la cosa es, desde luego, muy distinta. Entonces nada de eso es posible en absoluto, no se puede tocar nada sin que todo se venga abajo. Pero yo llevo ya cincuenta años viendo cómo las mismísimas autoridades pregonan hoy como intocables y sagradas tantas instituciones militares que mañana arrojan sin miramientos al trastero; he visto además tantas veces que lo que en un ejército se ponía por las nubes se consideraba en otro por debajo de todo;[^7] he vivido tantas veces que las costumbres e instituciones más acreditadas y más alabadas resultaban una necedad ante el enemigo; he experimentado, en fin, tantas veces que en cada ejército existe una tradición convencional particular, destinada a los grados inferiores, al soldado raso y al público, cultivada por los superiores de alto rango, pero de la que sonríen los oficiales que piensan por cuenta propia y que cada campaña reduce a nada; en una palabra, he reunido tanta experiencia histórica al respecto que aconsejo a todo el mundo no desconfiar de nada tanto como del *«juicio de los expertos»* militares.

## III

Es un contraste singular: nuestros altos mandos militares son casi siempre tan espantosamente conservadores precisamente en su oficio, y sin embargo hoy apenas hay otro terreno tan revolucionario como el militar. Entre el cañón liso de seis libras y el obús de siete libras con que yo trajinaba en otro tiempo junto al Kupfergraben[^8] y las actuales piezas rayadas de retrocarga, entre el fusil liso de grueso calibre de entonces y el actual fusil de repetición de cinco milímetros y carga por la recámara parecen mediar siglos; y todavía no hay un final a la vista: todavía cada día la técnica echa abajo sin miramientos todo lo que se acaba de introducir. Ahora elimina incluso el romántico humo de la pólvora, y con ello da al combate un carácter y un curso totalmente cambiados y absolutamente imprevisibles de antemano. Pero con tales factores imprevisibles tendremos que contar cada vez más en medio de esta revolución ininterrumpida de la base técnica de la guerra.

Todavía hace cuarenta años el alcance eficaz del fuego de la infantería llegaba a 300 pasos, distancia a la que un hombre solo podía aguantar sin peligro una descarga de batallón entera, con tal de que todos apuntaran de verdad a él. El fuego de la artillería de campaña era ya prácticamente ineficaz a 1.500 o 1.800 pasos. En la guerra franco-alemana, el alcance eficaz del fusil era de 600 a 1.000 pasos; el del cañón, de 3.000 a 4.000 pasos como máximo. Pero los nuevos fusiles de pequeño calibre, todavía no probados en la guerra, tienen un alcance que se aproxima al del cañón, y sus proyectiles poseen una fuerza de penetración cuatro a seis veces mayor; el fusil de repetición da hoy a una sección la eficacia de fuego que antes correspondía a una compañía; la artillería no puede presumir, es cierto, de un alargamiento parecido del alcance, pero en cambio ha cargado sus granadas con explosivos completamente nuevos de un efecto antes insospechado; aunque todavía no es del todo seguro quién tendrá que aguantar ese efecto, si el que dispara o el que recibe el disparo.

Y en medio de esta transformación incesante, cada vez más rápida, de todo el arte de la guerra tenemos frente a nosotros autoridades militares que todavía hace cinco años machacaban a sus tropas con todas las solemnidades convencionales y los artificiosos pasos de baile de la táctica lineal del viejo Fritz,[^9] muerta hace tiempo en el campo de batalla, y que tenían por sagrados reglamentos con arreglo a los cuales todavía podía uno ser derrotado solo porque había desfilado por la derecha y no había espacio para desplegarse por la izquierda. Autoridades que hasta el día de hoy no se atreven siquiera a tocar los botones relucientes y los herrajes metálicos del equipo del soldado —otros tantos imanes para atraer los proyectiles de cinco milímetros—, que mandan bajo el fuego de fusilería a los ulanos con anchas pecheras rojas y a los coraceros, es cierto que sin coraza —¡por fin!—, pero con guerrera blanca, y que solo con dificultad, con cuánta dificultad, se han decidido a sacrificar en el altar de la patria las charreteras, espantosamente feas pero por eso mismo tenidas por tanto más sagradas, antes que al portador de las charreteras.

Me parece que no está en el interés del pueblo alemán, ni siquiera del ejército alemán, que esta superstición conservadora siga dominando en el ejército, en medio de la revolución técnica que la rodea por todas partes. Necesitamos cabezas más frescas y más audaces, y mucho tendría que equivocarme si no las hubiera en número suficiente entre nuestros oficiales más capaces, en número suficiente que no ansíen liberarse de la rutina y del régimen de las polainas que en estos veinte años de paz ha vuelto a crecer con exuberancia. Pero hasta que estos encuentren el valor y la ocasión de hacer valer su convicción, los demás tenemos que salir a la brecha desde fuera y hacer todo lo posible por demostrar que también nosotros aprendimos algo en el ejército.

Más arriba he intentado demostrar que el servicio de dos años es ya ahora practicable para todas las armas si se enseña a la gente lo que puede necesitar en la guerra y se la dispensa de antiguallas tradicionales que hacen perder el tiempo. Pero ya desde el principio dije que no debe quedarse en los dos años. Se trata más bien de que la propuesta de un servicio internacional de dos años sea solo el primer paso hacia una reducción gradual ulterior del tiempo de servicio: digamos primero a dieciocho meses, dos veranos y un invierno; luego un año; luego...? Aquí empieza el Estado del futuro, el sistema de milicias sin adulterar, y de eso hablaremos más cuando la cosa esté de verdad en marcha.

Y que la cosa se ponga en marcha es lo principal. En cuanto se mire de frente el hecho de que la reducción del tiempo de servicio es una necesidad para la existencia económica de todos los países y para el mantenimiento de la paz europea, la ganancia inmediata será comprender que *el centro de gravedad de la instrucción militar ha de ponerse en la educación de la juventud*.

Cuando, tras diez años de exilio, volví al Rin,[^10] me sorprendió gratamente ver por todas partes paralelas y barras fijas instaladas en los patios de las escuelas de los pueblos. Hasta ahí muy bien; por desgracia no se fue muy lejos. A la buena manera prusiana, los aparatos se adquirieron conforme al reglamento, pero con su uso siempre hubo tropiezos. Eso venía en otra hoja, o más bien casi siempre en ninguna. ¿Es pedir demasiado que de una vez se tome esto en serio? ¿Que a la juventud escolar de todas las clases se le enseñen sistemática y concienzudamente los ejercicios libres y en aparatos mientras los miembros todavía son elásticos y ágiles, en lugar de que, como ahora, se fatigue en vano a los mozos de veinte años con el sudor de su frente —y de la propia— para volver a hacer sueltos y dóciles los huesos, músculos y tendones entumecidos por el trabajo? Cualquier médico os dirá que la división del trabajo lisia a todo hombre que se somete a ella, desarrolla series enteras de músculos a costa de otras, y que esto actúa de manera distinta en cada rama del trabajo, que cada trabajo produce su propia deformación. ¿No es una locura dejar primero que la gente se deforme y luego, en el ejército, volver a ponerla derecha y ágil a posteriori? ¿Hace falta un grado de entendimiento inalcanzable para el horizonte oficial para comprender que se obtienen soldados tres veces mejores si esa deformación se previene a tiempo en la escuela primaria y en la escuela de perfeccionamiento?

Pero esto es solo el principio. En la escuela se puede enseñar con facilidad a los muchachos a formar y mover pelotones en orden cerrado militar. El escolar está derecho y anda derecho por naturaleza, sobre todo si tiene clases de gimnasia; cómo están en pie nuestros reclutas y lo difícil que es enseñar a muchos a estar derechos y andar derechos, lo ha visto cada uno de nosotros durante su servicio. Los movimientos de sección y de compañía pueden ejercitarse en cualquier escuela, y con una facilidad desconocida en el ejército. Lo que para el recluta es una dificultad odiosa, a menudo casi insuperable, para el escolar es un juego y una diversión. El contacto y la alineación en la marcha de frente y en las conversiones, tan difíciles de conseguir con reclutas adultos, los aprenden los escolares jugando en cuanto se hace con ellos instrucción sistemática. Si se dedica buena parte del verano a marchas y ejercicios sobre el terreno, el cuerpo y el espíritu de los muchachos no ganarán con ello menos que el fisco militar, que se ahorra así meses enteros de servicio. Que esos paseos militares se prestan especialmente bien a que los escolares resuelvan tareas del servicio de campaña, y que esto es muy adecuado para desarrollar la inteligencia de los alumnos y capacitarlos para adquirir en un tiempo relativamente corto una instrucción específicamente militar, lo ha demostrado en la práctica mi viejo amigo Beust,[^11] él mismo antiguo oficial prusiano, en su escuela de Zúrich. En el complicado estado actual del arte de la guerra no cabe pensar siquiera en pasar al sistema de milicias sin una formación militar previa de la juventud, y precisamente en este terreno los ensayos coronados por el éxito de Beust tienen la mayor importancia.

Y ahora se me permitirá tocar una cuerda específicamente prusiana. La cuestión vital del Estado prusiano es esta: ¿qué hacer con el suboficial licenciado? Hasta ahora se le ha empleado como gendarme, como guardia de fronteras, como portero, como escribiente, como funcionario civil de todas las clases posibles; no hay agujero, por miserable que sea, de la burocracia prusiana donde no se haya metido a suboficiales con derecho a empleo civil. Muy bien: os habéis matado a trabajar para encontrar colocación a los suboficiales; os habéis empeñado en meterlos donde no servían, en emplearlos en cosas de las que no entendían nada; ¿no será hora de colocarlos de una vez en el oficio del que entienden algo y en el que pueden rendir algo? Maestros de escuela tienen que ser, pero no para enseñar a leer, escribir y contar, sino gimnasia e instrucción militar; eso les hará bien a ellos y a los muchachos. Y cuando los suboficiales hayan pasado de la clandestinidad del cuartel y de la jurisdicción militar a la luz del día del patio de la escuela y del proceso penal civil, entonces, apuesto, nuestra rebelde juventud escolar enseñará buenos modales hasta al peor antiguo desollador de soldados.

## IV

Nos reservamos examinar más adelante la cuestión de si semejante propuesta de reducción general, uniforme y gradual del tiempo de servicio por tratado internacional tiene perspectivas de ser aceptada. Partamos por el momento del supuesto de que ha sido aceptada. ¿Pasará entonces del papel a la realidad, será cumplida honradamente por todas las partes?

En conjunto, sin duda. En primer lugar, no podrá ocultarse ninguna elusión que valga la pena. Pero, en segundo lugar, las propias poblaciones se encargarán de que se cumpla. Nadie se queda voluntariamente en el cuartel si se le retiene allí más allá del tiempo legal.

En cuanto a los distintos países, Austria e Italia, así como los Estados de segundo y tercer rango que han implantado el servicio militar obligatorio general, saludarán un tratado así como un acto liberador y lo cumplirán con gusto al pie de la letra. De Rusia hablaremos en el próximo apartado. Pero ¿qué pasa con Francia? Y Francia es aquí sin duda el país decisivo.

Una vez que Francia haya firmado y ratificado el tratado, no hay duda de que tendrá que cumplirlo en conjunto. Pero queremos admitir que la corriente revanchista que existe en las clases poseedoras y en la parte todavía no socialista de la clase obrera puede imponerse momentáneamente y provocar infracciones de los límites del tratado, directas o basadas en sutilezas verbales. Tales infracciones nunca podrán ser de importancia, porque de lo contrario en París preferirían denunciar el tratado. Pero ante esas pequeñas ventajas indebidas Alemania se encuentra en la feliz situación de poder hacer la vista gorda con generosidad. Pese a todos los esfuerzos, muy dignos de reconocimiento, de Francia por hacer imposible una repetición de las derrotas de 1870, Alemania le lleva todavía mucha más ventaja de lo que se ve a primera vista. En primer lugar está el excedente de población de Alemania, que crece cada año y que pasa ya hoy de doce millones. En segundo lugar, el hecho de que en Prusia el actual sistema militar existe ya desde hace más de setenta años, que se ha arraigado en la población, que ha sido probado en todos sus detalles en una larga serie de movilizaciones, que todas las dificultades que en ellas se presentan y la manera de superarlas se han vivido en la práctica y son conocidas; ventajas que benefician también a los demás cuerpos del ejército alemán. En Francia, en cambio, la primera movilización general está todavía por probar, y con una organización mucho más complicada para este fin. Y en tercer lugar, en Francia la institución antidemocrática de los voluntarios de un año ha tropezado con obstáculos insuperables; los soldados de tres años han echado sencillamente del ejército a fuerza de vejaciones a los privilegiados de un año. Esto prueba cuánto más bajo que en Francia están en Alemania la consciencia política pública y las instituciones políticas que esta tolera. Pero lo que políticamente es una carencia, en este caso es militarmente una ventaja. Está fuera de toda duda que ningún país, en proporción a su población, hace pasar por sus escuelas secundarias y superiores tal cantidad de jóvenes como precisamente Alemania, y ahí la institución de los voluntarios de un año, por antidemocrática y políticamente reprobable que sea, ofrece al mando del ejército un medio excelente para formar también militarmente para el servicio de oficial a la mayoría de esos jóvenes, ya suficientemente preparados en lo general. La campaña de 1866 lo puso de manifiesto por primera vez; pero desde entonces, y sobre todo desde 1871, este aspecto de la fuerza militar de Alemania se ha cultivado muy especialmente, casi hasta el exceso. Y aunque entre los oficiales de la reserva alemanes tantos hayan hecho últimamente todo lo posible por poner en ridículo su estamento, no hay duda de que, tomados en masa, son militarmente superiores, hombre por hombre, a sus colegas franceses y, lo que es más importante, de que Alemania posee entre sus reservistas y hombres de la Landwehr un porcentaje de personas cualificadas para el servicio de oficial mucho más alto que cualquier otro país.

Esta peculiar riqueza en oficiales permite a Alemania, en el momento de la movilización, formar un número desproporcionadamente mayor de nuevas unidades, preparadas ya en tiempo de paz, que cualquier otro país. Según la afirmación de Richter (*Freisinnige Zeitung*, 26 de noviembre de 1892),[^12] que, hasta donde yo sé, no ha sido desmentida ni en el Reichstag ni en la comisión militar, cada regimiento de infantería alemán estará en condiciones de aportar para la guerra un regimiento de reserva movilizado, dos batallones de Landwehr y dos batallones de reemplazo. Es decir, cada tres batallones dan diez, o sea, los 519 batallones de los 173 regimientos de tiempo de paz se transforman en la guerra en 1.730 batallones, sin contar todavía cazadores y tiradores. Y esto en un tiempo tan corto como ningún otro país puede alcanzar ni de lejos.

Los oficiales de la reserva franceses, como me reconoció uno de ellos, son mucho menos numerosos; deben de bastar, sin embargo, para llenar los cuadros de las nuevas unidades previstas según las publicaciones oficiales. Además, el hombre confesó que la mitad de esos oficiales no valen gran cosa. Pero dichas nuevas unidades no se acercan ni de lejos a lo que, según lo dicho, Alemania está en condiciones de poner en pie. Y, además, los oficiales que Francia puede aportar quedan empleados todos, mientras que a Alemania todavía le sobran.

En todas las guerras anteriores, al cabo de un par de meses de campaña faltaban oficiales. En todos los demás países seguirá ocurriendo eso también ahora. Solo Alemania es inagotable en oficiales. ¿Y no se les podría consentir a los franceses que aquí y allá hagan hacer instrucción a sus hombres dos o tres semanas más allá del tiempo del tratado?

## V

Pasamos ahora a Rusia. Y aquí, dicho sin rodeos, es bastante indiferente no solo que Rusia cumpla un tratado de reducción gradual y uniforme del tiempo de servicio, sino incluso que lo suscriba siquiera. En lo que toca a nuestra cuestión, podemos de hecho dejar casi por completo fuera de consideración a Rusia, y ello por las razones siguientes.

El Imperio ruso contiene, es cierto, más de cien millones de personas, o sea, bastante más del doble que el Imperio alemán, pero está muy lejos de poseer una fuerza ofensiva militar que se acerque siquiera a la alemana. Los cincuenta millones de Alemania están apretados en 540.000 kilómetros cuadrados; los 90 o 100 millones como máximo de Rusia que cuentan militarmente para nosotros están dispersos por 3½ millones de kilómetros cuadrados, calculando por lo bajo; la ventaja que esta densidad de población mucho mayor da a los alemanes se acrecienta todavía considerablemente con una red ferroviaria incomparablemente mejor. Con todo, queda el hecho de que cien millones pueden poner a la larga más soldados que cincuenta. Tal como están las cosas, costará más tiempo que lleguen; pero al final tienen que llegar. ¿Y entonces?

Un ejército no se compone solo de reclutas, sino también de oficiales. Y eso en Rusia anda mal. En Rusia, para el rango de oficial solo entran en consideración la nobleza y la burguesía de las ciudades; la nobleza es relativamente muy poco numerosa, las ciudades son pocas, como mucho uno de cada diez habitantes vive en una ciudad, y de esas ciudades poquísimas merecen el nombre; el número de escuelas secundarias y de alumnos que las frecuentan es extremadamente reducido; ¿de dónde van a salir entonces los oficiales para toda esa tropa?

No a todos les sienta bien lo mismo. El sistema del servicio militar obligatorio general presupone cierto grado de desarrollo económico e intelectual; donde este falta, el sistema hace más daño que provecho. Y este es evidentemente el caso en Rusia.

En primer lugar, hace falta en general un tiempo relativamente largo para hacer del recluta ruso medio un soldado instruido. El soldado ruso es de una gran valentía indiscutible. Mientras la decisión táctica estuvo en el ataque de masas cerradas de infantería, estaba en su elemento. Toda su experiencia vital lo había acostumbrado a apoyarse en sus camaradas. En el pueblo, la comunidad todavía semicomunista; en la ciudad, el trabajo cooperativo del artel; en todas partes la *krugovaia poruka*, la responsabilidad mutua de los compañeros;[^13] en una palabra, un estado social que señala palpablemente, por un lado, la cohesión, en la que está toda la salvación, y por otro el desamparo del individuo aislado, abandonado a su propia iniciativa. Este carácter lo conserva el ruso también en el ejército; las masas de batallón son casi imposibles de romper; cuanto mayor es el peligro, más se apiñan los grupos. Pero este instinto de apiñarse, que todavía en tiempos de las campañas napoleónicas tenía un valor inapreciable y compensaba más de un lado menos útil del soldado ruso, es hoy un peligro decidido. Hoy las masas cerradas han desaparecido de la línea de combate; hoy se trata de la cohesión de enjambres de tiradores dispersos, donde se mezclan tropas de las unidades más diversas y el mando pasa a menudo, y con bastante rapidez, a oficiales totalmente desconocidos para la mayor parte de la tropa; hoy cada soldado debe ser capaz de hacer por sí mismo lo que hay que hacer en cada momento, sin perder por ello la cohesión con el conjunto. Es una cohesión que no puede hacer posible el primitivo instinto gregario del ruso, sino solo el desarrollo del entendimiento en cada individuo, y las condiciones previas para ello solo las encontramos en un grado de cultura de desarrollo «individualista» superior, como el que existe en las naciones capitalistas de Occidente. El fusil de repetición de pequeño calibre y la pólvora sin humo han convertido la cualidad que hasta ahora era la mayor fuerza del ejército ruso en una de sus mayores debilidades. Así pues, hoy hará falta todavía más tiempo que antes para que el recluta ruso se convierta en un soldado útil para el combate, y ya no iguala en absoluto a los soldados de Occidente.

En segundo lugar: ¿de dónde van a salir los oficiales para encuadrar en la guerra a todas esas masas en nuevas unidades? Si Francia tiene ya dificultades para encontrar el número suficiente de oficiales, ¿qué le pasará a Rusia? Rusia, donde la población instruida, de la que únicamente pueden salir oficiales capaces, constituye un porcentaje tan desproporcionadamente pequeño del total, y donde, sin embargo, el soldado, incluso el instruido, necesita un porcentaje de oficiales mayor que en otros ejércitos.

Y en tercer lugar: con el sistema general, notorio en Rusia, de malversaciones y robos por parte de los funcionarios, y bastante a menudo también de los oficiales, ¿cómo va a desarrollarse una movilización? En todas las guerras que ha hecho Rusia hasta ahora resultó enseguida que incluso una parte del ejército de paz y de sus existencias de equipo solo existía en el papel. ¿Qué pasará entonces cuando los reservistas con licencia y la *opolchenie* (Landwehr) tengan que incorporarse a filas y ser provistos de uniforme, armamento y munición? Si en una movilización no todo encaja, si no todo está a tiempo y en el sitio debido, la confusión es completa. Pero ¿cómo va a encajar todo si todo pasa por las manos de *chinóvniks*[^14] rusos ladrones y sobornables? La movilización rusa será un espectáculo para los dioses.

Lo uno con lo otro: ya solo por razones puramente militares podemos permitir a los rusos alistar tantos soldados y retenerlos en filas tanto tiempo como le plazca al zar. Además de las tropas que ya están ahora bajo las armas, difícilmente pondrá en pie muchas más, y tampoco eso, difícilmente, a tiempo. El experimento del servicio militar obligatorio general puede salirle caro a Rusia.

Y además, si se llega a la guerra, el ejército ruso estará a lo largo de toda la frontera, de Kovno a Kamenets,[^15] en país enemigo dentro de su propio territorio, en medio de polacos y judíos, porque también a los judíos el gobierno zarista se los ha hecho enemigos mortales. Un par de batallas perdidas por Rusia, y el campo de batalla se traslada del Vístula al Duina y al Dniéper; a espaldas del ejército alemán, bajo su protección, se forma un ejército de aliados polacos; y será un justo castigo para Prusia si entonces tiene que restablecer, por su propia seguridad, una Polonia fuerte.

Hasta aquí solo hemos considerado las condiciones directamente militares y hemos hallado que, para la cuestión que nos ocupa, puede dejarse a Rusia fuera de consideración. Pero esto se verá todavía más en cuanto echemos una ojeada a la situación económica general, y especialmente financiera, de Rusia.

## VI

La situación interior de Rusia es en este momento casi desesperada. La emancipación de los campesinos de 1861[^16] y el desarrollo de la gran industria capitalista, ligado a ella en parte como causa y en parte como efecto, han lanzado a este país, el más estable de todos, *esta China europea*, a una revolución económica y social que sigue ya su curso de manera incontenible; y este curso es, por ahora, predominantemente devastador.

La nobleza recibió con la emancipación una indemnización en títulos de la deuda pública que dilapidó lo más rápido posible. Hecho esto, los nuevos ferrocarriles le abrieron un mercado para la madera de sus bosques; mandó talar y vender la madera y volvió a vivir a cuerpo de rey mientras duró el producto. La explotación de las fincas, en las nuevas condiciones y con trabajadores libres, siguió siendo casi siempre muy poco satisfactoria; nada tiene de extraño que la nobleza terrateniente rusa esté endeudada hasta las cejas, cuando no francamente en bancarrota, y que el rendimiento de sus fincas en productos más bien disminuya que aumente.

El campesino recibió menos tierra que la que había poseído hasta entonces, y casi siempre peor; se le retiró el aprovechamiento de los pastos y bosques comunales, y con ello la base de la cría de ganado; los impuestos se elevaron considerablemente y en adelante tenía que pagarlos él mismo, y en todas partes en dinero; a ello se añadían los plazos —también en dinero— para los intereses y la amortización del dinero de rescate (*vykup*) adelantado por el Estado; en una palabra, a todo el empeoramiento de su situación económica general se sumó el paso forzoso y repentino de la economía natural a la economía monetaria, que basta por sí solo para arruinar al campesinado de un país. La consecuencia fue el desarrollo exuberante de la explotación del campesino por los poseedores de dinero del campo, campesinos más ricos y taberneros de aguardiente, *miroiedy* (literalmente, «devoradores de la comunidad») y *kulaki* (usureros).[^17] Y como si todo esto no bastara, llegó además la nueva gran industria y arruinó hasta el último resto la economía natural de los campesinos. Su competencia no solo socavó la producción industrial doméstica del campesino para sus propias necesidades, sino que arrebató el mercado a su trabajo manual destinado a la venta o, en el caso más favorable, lo puso bajo el dominio del «comerciante distribuidor»[^18] capitalista o, lo que es peor, de su intermediario. El campesino ruso, con su agricultura primitiva como el bosque y una constitución comunal de comunismo antiguo, entró así de golpe en colisión con la forma más desarrollada de la gran industria moderna, que tenía que crearse por la fuerza un mercado interior; una situación en la que no podía sino hundirse sin remedio. Pero el campesino era casi las nueve décimas partes de la población de Rusia, y la ruina del campesino equivalía a la ruina —al menos pasajera— de Rusia.[^19]

Después de que este proceso de transformación social durara unos veinte años, se manifestaron otros resultados. La deforestación sin miramientos destruyó los depósitos de humedad del suelo; el agua de la lluvia y de la nieve corría rápidamente, sin ser absorbida, por arroyos y ríos, provocando fuertes inundaciones; pero en verano los ríos quedaban sin caudal y el suelo se secaba. En muchas de las comarcas más fértiles de Rusia el nivel de la humedad del suelo ha bajado, según dicen, un metro entero, de modo que las raíces del cereal ya no lo alcanzan y se secan. De suerte que no solo están arruinados los hombres, sino en muchas comarcas también el propio suelo, al menos por una generación.

Este proceso de ruina, hasta entonces crónico, lo hizo agudo, y con ello visible ante todo el mundo, la hambruna de 1891.[^20] Y por eso Rusia, desde 1891, no sale del hambre. El mal año arruinó en gran parte el último y más importante medio de producción de los campesinos, el ganado, y llevó su endeudamiento a un punto culminante que tiene que quebrar su última fuerza de resistencia.

En una situación así, un país podría a lo sumo emprender una guerra desesperada. Pero también para eso faltan los medios. En Rusia la nobleza vive de deudas, ahora también el campesino vive de deudas, y de deudas vive sobre todo el Estado. Cuánto dinero debe el Estado ruso al extranjero se sabe: más de cuatro mil millones de marcos. Cuánto debe en el interior no lo sabe nadie; en primer lugar, porque no se conoce ni la suma de los empréstitos contraídos ni la del papel moneda en circulación, y en segundo lugar porque este papel moneda cambia de valor cada día. Pero lo cierto es esto: el crédito de Rusia en el extranjero está agotado. Los cuatro mil millones de marcos en títulos de la deuda rusa han saturado hasta rebosar el mercado de dinero de Europa occidental. Inglaterra se ha deshecho hace tiempo, y Alemania recientemente, de la mayor parte de sus «rusos». Holanda y Francia se han estropeado también el estómago comprándolos, como se vio en el último empréstito ruso en París: de los 500 millones de francos solo pudieron colocarse 300, y el ministro de Hacienda ruso tuvo que volver a quedarse con 200 millones de los banqueros que lo habían suscrito y sobresuscrito.[^21] Con ello queda demostrado que un nuevo empréstito ruso no tiene, por ahora, absolutamente ninguna perspectiva, ni siquiera en Francia.

Esta es la situación del país que supuestamente nos amenaza con un peligro inmediato de guerra y que, sin embargo, ni siquiera está en condiciones de provocar una guerra desesperada, a menos que nosotros mismos seamos tan tontos como para echarle a las fauces el dinero para hacerla.

No se comprende la ignorancia del gobierno francés y de la opinión pública *burguesa* francesa que lo domina. No es Francia quien necesita a Rusia; es más bien Rusia quien necesita a Francia. Sin Francia, el zar estaría aislado en Europa con su política; impotente, tendría que dejar que todo siguiera su curso en Occidente y en los Balcanes. Con un poco de entendimiento, Francia podría sacarle a Rusia todo lo que quisiera. Pero, en lugar de eso, la Francia oficial se arrastra sobre el vientre ante el zar.

La exportación de trigo de Rusia está ya arruinada por la competencia norteamericana, más barata. Como principal artículo de exportación solo le queda el centeno, y este va casi sin excepción a Alemania. *En cuanto Alemania coma pan blanco en lugar de pan negro, la actual Rusia oficial zarista y de la gran burguesía estará en bancarrota.*

## VII

Ya hemos criticado bastante a nuestros pacíficos enemigos vecinos. Pero ¿cómo andan las cosas en casa?

Y aquí tenemos que decir sin rodeos: una reducción gradual del tiempo de servicio solo puede ser ventajosa para el ejército si se hace total y definitivamente imposible el maltrato de los soldados, que en los últimos años se ha extendido y se ha convertido en el ejército en algo mucho más habitual de lo que se quiere admitir.

Este maltrato de los soldados es la contrapartida del servicio de polainas y de la instrucción de desfile; ambos se propagan desde siempre en el ejército prusiano en cuanto este es por algún tiempo un ejército de paz, y de los prusianos pasan también a los sajones, a los bávaros, etc. Es una herencia de la auténtica época «vieja prusiana», cuando el soldado era o un vagabundo enganchado o un hijo de campesino siervo y tenía por eso que aguantar sin rechistar cualquier maltrato y cualquier deshonra de su oficial *junker*. Y en particular la nobleza venida a menos, muerta de hambre y parásita, que al este del Elba no está precisamente poco representada, sigue aportando hoy su contingente de los peores desolladores de soldados, y en este aspecto solo la igualan los hijitos fanfarrones de burgueses que quisieran hacer de *junkers*.

Las vejaciones al soldado nunca se extinguieron del todo en el ejército prusiano. Pero antes eran más raras, más suaves y a veces más humorísticas. Sin embargo, desde que, por un lado, hubo que enseñar al soldado cada vez más cosas, mientras que por otro no se pensaba en suprimir el trasto inútil de ejercicios tácticos anticuados y vaciados de sentido, desde entonces el suboficial recibió cada vez más un poder tácito para aplicar cualquier método de instrucción que le pareciera adecuado y, por otro lado, se vio obligado indirectamente a emplear medios violentos por la orden de meter en la cabeza de su escuadra esto o aquello de forma suficiente en un tiempo limitado. A esto se añade el derecho de queja del soldado, que es una pura burla; no es de extrañar que el apreciado método de la vieja Prusia volviera alegremente a estar en boga allí donde los soldados se lo consentían. Porque estoy seguro de que los regimientos del Oeste o con un fuerte componente de gente de las grandes ciudades presentan mucho menos maltrato de soldados que los que se componen preferentemente de campesinos del este del Elba.

Antes había para ello un contrapeso, al menos de hecho. Con el fusil de avancarga de ánima lisa era fácil, en las maniobras, dejar rodar un guijarro por el cañón sobre el cartucho de fogueo, y bastante a menudo ocurría que superiores odiados resultaban muertos por descuido en las maniobras. A veces también salía mal: conocí a un joven de Colonia que en 1849 encontró la muerte de este modo por un proyectil destinado a su capitán. Ahora, con el fusil de retrocarga de pequeño calibre, eso ya no resulta tan fácil ni pasa tan inadvertido; en cambio, la estadística de los suicidios en el ejército nos da con bastante exactitud la lectura del barómetro del maltrato de soldados. Pero si en el «caso serio» se usa el cartucho de bala, entonces cabe preguntarse, desde luego, si la vieja práctica no volverá a encontrar partidarios, como al parecer ocurrió aquí y allá en las últimas guerras; lo cual, desde luego, no contribuiría mucho a la victoria.

Los informes de los oficiales ingleses coinciden en elogiar la relación excepcionalmente buena entre superiores y soldados en el ejército francés que maniobró en Champaña en 1891. En ese ejército serían sencillamente imposibles cosas como las que entre nosotros salen tan a menudo de los cuarteles a la prensa. Ya antes de la gran Revolución fracasó el intento de introducir los palos a la prusiana. En la peor época de las campañas de Argelia y del Segundo Imperio ningún superior se habría atrevido a hacer al soldado francés la décima parte de lo que se le ha hecho al alemán delante de todos nosotros. Y hoy, implantado el servicio militar obligatorio general, quisiera yo ver al suboficial francés que se atreviera a ordenar a los soldados que se abofetearan o se escupieran en la cara unos a otros. Y qué desprecio no sentirán los soldados franceses por sus futuros adversarios cuando oyen y leen lo que estos se dejan hacer sin pestañear. Y ya se encarga alguien de que lo lean y lo oigan en cada cuartel francés.

Entre los franceses reinan en el ejército el espíritu y la relación entre oficial, suboficial y soldado que reinaban en Prusia de 1813 a 1815 y que llevaron dos veces a nuestros soldados hasta París. Entre nosotros, en cambio, todo eso se acerca cada vez más al estado de 1806, cuando el soldado también era considerado apenas un ser humano, apaleado y desollado, y cuando entre él y el oficial había un abismo infranqueable; y ese estado llevó al ejército a Jena y al cautiverio francés.[^22]

Tanto se habla del valor decisivo de los factores morales en la guerra. ¿Y qué otra cosa se hace en tiempo de paz sino destruirlos de forma casi sistemática?

## VIII

Hasta ahora hemos supuesto que la propuesta de reducción gradual y uniforme del tiempo de servicio, con el paso final al sistema de milicias, había sido aceptada por todos. Pero la cuestión es, ante todo: ¿será aceptada?

Supongamos que Alemania hace la propuesta primero a Austria, Italia y Francia. Austria aceptará con alegría un tiempo máximo de servicio de dos años y probablemente bajará todavía más en su propia práctica. En el ejército austriaco, al parecer, se habla mucho más abiertamente que en el alemán de los buenos resultados obtenidos con el servicio corto de una parte de las tropas. Muchos oficiales de allí declaran sin rodeos que la Landwehr, que solo sirve un par de meses, es mejor tropa que la de línea; tienen en todo caso a su favor que un batallón de Landwehr, según se me asegura, se moviliza en 24 horas, mientras que un batallón de línea necesita para ello varios días. Naturalmente: en la línea se teme tocar la cachaza fanfarrona de la vieja Austria; en la Landwehr, donde todas las instituciones se crearon nuevas, se ha tenido en cambio el valor de no introducirla. En todo caso, en Austria tanto el pueblo como el gobierno suspiran por un alivio de la carga militar, y este, precisamente sobre la base de las experiencias propias, se obtiene aquí más fácilmente reduciendo el tiempo de servicio.

Italia también se agarrará a ello con las dos manos. Sucumbe bajo la presión del presupuesto de guerra, y hasta tal punto que aquí hay que poner remedio, y pronto. También aquí la reducción del tiempo máximo de servicio es el camino más inmediato y sencillo. Puede decirse, pues: o la Triple Alianza[^23] se rompe, o tiene que recurrir a un medio que viene a ser, más o menos, nuestra propuesta.

Pero si Alemania, apoyada en la aceptación de Austria e Italia, somete esta propuesta al gobierno francés, este se verá en una situación muy desagradable. Si la acepta, no empeora en absoluto su situación militar relativa. Al contrario, tendría ocasión de mejorar esa situación relativa. En más de un aspecto es una desventaja para Francia que el servicio militar obligatorio general no se haya implantado allí más que desde hace veinte años. Pero esta desventaja encierra la ventaja de que todo es todavía nuevo, de que la vieja coleta de los tiempos de Maricastaña se cortó hace poco, de que pueden introducirse fácilmente nuevas mejoras sin tropezar con la tenaz resistencia de prejuicios oxidados. Todos los ejércitos son extraordinariamente educables después de *grandes derrotas*. Un mejor aprovechamiento del tiempo de servicio fijado en el tratado sería, por tanto, mucho más fácil de llevar a cabo en Francia que en otras partes, y como también la enseñanza, igual que el ejército, se encuentra allí en plena revolución, también la preparación física general y militar específica de la juventud podrá ponerse en práctica allí mucho más rápida y fácilmente que en otras partes. Pero eso significaría que la posición de poder militar de Francia frente a Alemania se refuerza. Pese a todo, es posible, e incluso bastante probable, que la corriente chovinista —el chovinismo francés es exactamente tan estúpido como el alemán— se haga lo bastante fuerte como para derribar a cualquier gobierno que acepte algo así, sobre todo si viene de Alemania. Supongamos, pues, que Francia rechaza. ¿Y entonces?

Entonces Alemania, por el mero hecho de haber hecho esta propuesta, obtiene una ventaja enorme. No debemos olvidar que los veintisiete años de régimen bismarckiano han hecho a Alemania —no sin razón— odiosa en todo el extranjero. Ni la anexión de los daneses del norte de Schleswig, ni el incumplimiento y el escamoteo final del artículo de la paz de Praga que se refería a ellos,[^24] ni la anexión de Alsacia-Lorena, ni las mezquinas medidas contra los polacos de Prusia tenían lo más mínimo que ver con la realización de la «unidad nacional». Bismarck supo dar a Alemania fama de codiciosa de tierras; el burgués chovinista alemán, que echó fuera a los austroalemanes y que, sin embargo, todavía quiere mantener fraternalmente unida a Alemania «desde el *Adigio* hasta el Memel», por encima de todo,[^25] y que en cambio quisiera unir al Imperio alemán Holanda, Flandes, Suiza y las provincias bálticas de Rusia, supuestamente «alemanas», este chovinista alemán ha ayudado honradamente a Bismarck, y con un éxito tan espléndido que hoy nadie en Europa se fía ya del «honrado alemán». Id adonde queráis: en todas partes encontraréis simpatías por Francia, pero desconfianza hacia Alemania, a la que se tiene por causa del actual peligro de guerra. A todo esto se pondría fin si Alemania se decidiera a presentar nuestra propuesta. Aparecería como pacificadora de un modo que no admite dudas. Se declararía dispuesta a ir por delante en la obra del desarme, como en justicia corresponde al país que dio la señal del armamento. La desconfianza tendría que convertirse en confianza, la aversión en simpatía. No solo la frase de que la Triple Alianza es una alianza de paz se haría por fin verdad, sino también la propia Triple Alianza, que ahora es solo una apariencia. Toda la opinión pública de Europa y de América se pondría del lado de Alemania. Y eso sería una conquista moral que compensaría con creces incluso todas las desventajas militares que todavía puedan sacarse de la manga contra nuestra propuesta.

Francia, en cambio, tras haber rechazado la propuesta de desarme, caería en la misma desfavorable posición de sospechosa en que está ahora Alemania. Ahora vemos todos, diría el filisteo europeo —y él es la mayor de las grandes potencias—, ahora vemos todos quién quiere la paz y quién la guerra. Y si entonces llegara quizá alguna vez al timón en Francia un gobierno de verdad belicoso, se encontraría ante una situación que, con un poco de entendimiento, le prohibiría en absoluto la guerra. Hiciera lo que hiciera, ante toda Europa aparecería como la parte que ha provocado la guerra, que la ha forzado. Con ello no solo se habría puesto en contra a los pequeños, no solo a Inglaterra; ni siquiera estaría segura de la ayuda de Rusia, ni siquiera de esa ayuda tradicional de Rusia que consiste en meter primero a sus aliados en el atolladero y dejarlos luego en la estacada.

No lo olvidemos: *en la próxima guerra decide Inglaterra*. Tanto la Triple Alianza, en guerra contra Rusia y Francia, como Francia, separada de Rusia por territorio enemigo, dependen, para la fuerte importación de grano que les es indispensable, de la vía marítima. Esta la domina incondicionalmente Inglaterra. Si pone su flota a disposición de una de las partes, la otra queda sencillamente reducida por hambre, se le corta el suministro de grano; es el asedio por hambre de París a una escala colosalmente ampliada, y la parte hambrienta tiene que capitular, tan seguro como que dos y dos son cuatro.

Pues bien: en este momento la corriente liberal tiene la sartén por el mango en Inglaterra, y los liberales ingleses tienen decididas simpatías francesas. Además, el viejo Gladstone es personalmente amigo de los rusos. Si estalla una guerra europea, Inglaterra seguirá neutral todo el tiempo posible; pero incluso su neutralidad «benévola» puede ser, en las circunstancias mencionadas, una ayuda decisiva para una de las partes beligerantes. Si Alemania hace nuestra propuesta y Francia la rechaza, Alemania no solo habrá vencido todas las simpatías inglesas contrarias y se habrá asegurado la neutralidad benévola de Inglaterra; habrá hecho además poco menos que imposible al gobierno inglés unirse en la guerra a los adversarios de Alemania.

Así pues, para terminar:

O Francia acepta la propuesta. Entonces el peligro de guerra que nace de los armamentos siempre crecientes queda efectivamente eliminado, los pueblos encuentran la calma, y Alemania tiene la gloria de haberlo iniciado.

O Francia no acepta. Entonces empeora su propia posición en Europa y mejora la de Alemania hasta tal punto que Alemania ya no tiene en absoluto que temer una guerra y puede incluso, sin ningún peligro, junto con sus aliados, que solo entonces serán de verdad sus aliados, pasar por su cuenta a una reducción gradual del tiempo de servicio y a la preparación del sistema de milicias.

¿Se tendrá el valor de dar el paso salvador? ¿O se quiere esperar a que Francia, informada de la situación de Rusia, dé el primer paso y se lleve la gloria?

[^1]: El proyecto de ley militar del canciller Caprivi, presentado al Reichstag en noviembre de 1892, aumentaba considerablemente el ejército de paz a cambio de reducir a dos años el servicio en la infantería. El Reichstag lo rechazó el 6 de mayo de 1893 y fue disuelto; el nuevo Reichstag lo aprobó en julio de 1893.
[^2]: Landwehr: en el sistema prusiano, la segunda línea del ejército, formada por los hombres que habían pasado por el servicio activo y la reserva; el Landsturm era la última leva, con los hombres de más edad.
[^3]: La paz de Fráncfort (10 de mayo de 1871) cerró la guerra franco-alemana con la cesión de Alsacia y parte de Lorena; la de Tilsit (1807) desmembró Prusia tras su derrota ante Napoleón.
[^4]: «Furia francesa», en italiano en el original: la expresión con que los italianos describían el ímpetu de las tropas francesas desde las guerras de Italia del siglo XVI.
[^5]: Alusión al llamado sistema Krümper, con el que Prusia, tras Tilsit, eludió el límite de 42.000 hombres impuesto por Napoleón instruyendo en tandas a reclutas que luego licenciaba, de modo que en 1813 dispuso de muchos más hombres instruidos.
[^6]: *Kamaschenrittertum*, de *Kamasche*, «polaina»: la pedantería de cuartel que da más importancia a los uniformes, los desfiles y el reglamento que a la preparación para la guerra.
[^7]: Juego con dos modismos alemanes: «über das Bohnenlied loben», alabar exageradamente, y «unter aller Kanone», por debajo de todo.
[^8]: Engels hizo su servicio militar como voluntario de un año en la Brigada de Artillería de la Guardia, en Berlín, en 1841-1842; el cuartel estaba junto al Kupfergraben.
[^9]: Federico II de Prusia (1712-1786), Federico el Grande.
[^10]: Engels volvió a Renania en la primavera de 1860, con motivo de la muerte de su padre, por primera vez desde que tuvo que abandonar Alemania tras la campaña de Baden y el Palatinado de 1849.
[^11]: Friedrich von Beust (1817-1899), antiguo oficial prusiano, demócrata en la revolución de 1848-1849, emigrado a Suiza, donde dirigió una escuela en Zúrich.
[^12]: Eugen Richter (1838-1906), jefe del Partido Liberal Alemán (*Freisinnige Partei*) y director de su periódico, la *Freisinnige Zeitung*.
[^13]: Artel: asociación cooperativa rusa de trabajadores; *krugovaia poruka*: la responsabilidad colectiva de los miembros de la comunidad aldeana, en particular por los impuestos.
[^14]: *Chinóvnik*: funcionario ruso.
[^15]: Kovno (Kaunas, en Lituania) y Kamenets-Podolski (en Ucrania): los extremos norte y sur de la frontera occidental del Imperio ruso con Alemania y Austria.
[^16]: La abolición de la servidumbre en Rusia por el manifiesto de Alejandro II del 19 de febrero (3 de marzo) de 1861.
[^17]: *Miroied*, de *mir*, la comunidad aldeana, y *iest*, «comer»; *kulak*, literalmente «puño».
[^18]: *Verleger*: el comerciante que adelanta la materia prima al trabajador a domicilio y le compra el producto.
[^19]: (Nota de Engels.) Ya expuse todo esto hace un año en la *Neue Zeit*, 1891/92, n.º 19, artículo «El socialismo en Alemania».
[^20]: La hambruna de 1891-1892, que afectó a las provincias del Volga y de la Tierra Negra.
[^21]: Se refiere al empréstito ruso emitido en París en el otoño de 1891.
[^22]: Las guerras de liberación de 1813-1815 contra Napoleón, tras las cuales los aliados entraron en París en 1814 y en 1815; en 1806, el ejército prusiano fue destrozado por Napoleón en Jena y Auerstedt.
[^23]: La alianza de Alemania, Austria-Hungría e Italia, firmada en 1882.
[^24]: El artículo V de la paz de Praga (1866) preveía un plebiscito para devolver a Dinamarca el norte de Schleswig si su población lo deseaba; nunca se celebró, y Prusia y Austria lo derogaron en 1878.
[^25]: Alusión a la *Canción de los alemanes* de Hoffmann von Fallersleben (1841), cuya primera estrofa delimita Alemania «desde el Mosa hasta el Memel, desde el Adigio hasta el Belt» y la proclama «por encima de todo».
