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Title: Sobre el Panamá italiano (1893)
Description: Engels cuenta el escándalo de la Banca Romana, el «Panamino» italiano de 1893, con sus billetes emitidos por encima de la ley, sus créditos a ciento cincuenta diputados y sus ministros encubridores, y saca la moraleja: la política burguesa no puede hacerse sin masas colosales de dinero que se consiguen por vías inconfesables.
Author: Friedrich Engels
Date: 1893-01-26
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1893%20Sobre%20el%20Panam%C3%A1%20italiano
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*Escrito por Friedrich Engels entre el 26 y el 29 de enero de 1893 y publicado en tres entregas en el* Vorwärts *(Berlín), n.os 27, 28 y 29, 1, 2 y 3 de febrero de 1893. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 22 (Berlín, 1963, pp. 358-364), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1893%20Vom%20italienischen%20Panama).*

## I

«Italia, Italia, qué *canaglia* tienes», dice una canción de estudiantes alemana a propósito de las chinches y las pulgas italianas. Pero, junto a la *canaglia* de seis patas, allí la hay también de dos, y *la bella Italia* se empeña en mostrar que en este aspecto no tiene nada que envidiar a *la belle France* de Panamá[^1] ni a la casta Germania del temor de Dios, de las piadosas costumbres y del fondo güelfo.[^2]

Italia se hace fabricar su papel moneda por seis bancos: dos toscanos, uno napolitano, uno siciliano y dos romanos, la Banca Romana y la Banca Nazionale. Los billetes de estos seis bancos privilegiados tienen curso como medio de pago de pleno valor en virtud de una ley que expiró hace algunos años y que luego se prorrogó de año en año, hasta el 31 de diciembre de 1892, y finalmente por tres meses, hasta el 31 de marzo de 1893.

Ya bajo el ministerio Crispi[^3] se ordenó en 1889, con vistas a la renovación de ese privilegio bancario que se haría necesaria y a causa de los rumores inquietantes que corrían, una investigación sobre la gestión de esos bancos. La Banca Nazionale fue investigada por el senador Consiglio, la Banca Romana por el senador Alvisi,[^4] un hombre honrado, al que se agregó como perito un competente funcionario del Ministerio de Hacienda, Biagini. De lo que descubrió Consiglio no se ha sabido nada hasta ahora; del informe de Alvisi, con todos los documentos justificativos, llegó tras la muerte de Alvisi una copia a unas manos que suelen calificarse de no autorizadas, y de ahí ha salido el *Panamino*, el pequeño Panamá, como lo llaman los italianos.

Entonces el ministerio Crispi archivó el informe en silencio. Alvisi mencionó el asunto un par de veces en el Senado, amenazó con historias escandalosas, pero siempre se dejó reducir al silencio. Calló también cuando el ministro Miceli,[^5] que había ordenado la investigación, presentó en la comisión de la Cámara, con ocasión de la siguiente prórroga anual de la ley bancaria, un informe enormemente edulcorado sobre la Banca Romana y rogó encarecidamente a su amigo Alvisi que no los comprometiera, a él y al crédito del país, con revelaciones. Crispi cayó y lo sustituyó Rudinì; Rudinì cayó y le siguió el ministerio Giolitti,[^6] que gobierna hoy. La ley bancaria definitiva, que debía reorganizar los bancos y prorrogar su privilegio por 6 años, seguía en el aire. Nadie quería morder ese cebo peligroso. Como la astilla encendida del juego infantil «la chispita todavía vive»,[^7] fue pasando de mano en mano hasta que por fin, el 21 de diciembre, la última chispita fue cruelmente aplastada de manera no autorizada.

Todavía el 6 de diciembre de 1892 Giolitti había hecho presentar un proyecto de ley para prorrogar el privilegio de los bancos por *seis años*. Pero, a consecuencia de los fatales rumores que corrían de manera no autorizada sobre graves irregularidades en la administración de los bancos, Giolitti ya solo pidió el 21 de diciembre un plazo de gracia de tres meses, hasta el 31 de marzo. Durante el debate intervino el diputado Colajanni[^8] y, para sorpresa general, leyó varios pasajes del informe general de Alvisi sobre la Banca Romana y del informe especial de Biagini sobre los libros y existencias que había examinado. ¡Qué cosas tan bonitas salieron entonces a la luz! 9 millones de francos en billetes emitidos ilegalmente por encima del límite; una mezcla, contraria a los estatutos y sumamente agradable para el gobernador del banco y el cajero, de la caja del banco con la reserva de oro; una cartera llena de letras de favor incobrables; de los fondos del banco, 73 millones adelantados a 179 personas privilegiadas, de ellos 33½ millones a solo 19 personas; entre los deudores del banco figuraban el gobernador del banco, Tanlongo,[^9] con más de un millón, y el presidente del consejo de vigilancia, el príncipe Giulio Torlonia, con 4 millones, etc., etc. Por lo demás, Colajanni no dio nombres, pero dio a entender que sabía más de lo que decía y pidió una investigación parlamentaria sobre los bancos.

Otro diputado, Gavazzi, leyó luego otro pasaje del informe, según el cual la Banca Romana había hecho fuertes anticipos a abogados, periodistas y personajes políticos, y esos clientes especiales habían recibido sumas de hasta 12 millones que no figuraban en los balances publicados.

De un salto se levantó Miceli, el exministro que bajo Crispi había ordenado la investigación. De un salto se levantaron Giolitti, Crispi y Rudinì, los tres presidentes del Consejo implicados, uno tras otro, para declarar fábulas esas revelaciones.

¡Y con qué vehemencia de indignación moral se presentaron! Un viajante de comercio alemán al que le hubiesen echado en cara las mercancías encargadas sobre buenas muestras y entregadas de mala calidad no habría desplegado una cólera más noble.

Ese mismo día los diputados cambiaron en la caja de la Cámara billetes de la Banca Romana por más de 50.000 francos, y las acciones (de un valor nominal de 1.000 francos) bajaron 100 francos. Pero, después de los heroicos discursos ministeriales, los bolsistas ya estaban de nuevo arriba por la tarde. Se creía ahogado y enterrado el escándalo.

## II

Y, sin embargo, era verdad cada palabra que había dicho Colajanni, y apenas era la tercera parte de lo que contenía el informe de la investigación. El gobernador Tanlongo, el cajero principal Lazzaroni y el presidente del consejo de vigilancia, Torlonia, se habían concedido con toda campechanía anticipos de hasta nueve millones. «Campechanamente» —*patriarcalmente*— se administraba el banco en general, según declaró Tanlongo; tan campechanamente, que los fondos que debían facilitar el crédito al comercio y a la industria se prestaban con malas hipotecas prácticamente irredimibles o se fiaban a gentes que de la industria solo conocían la caballería de industria, contra letras siempre renovadas o incluso en cuenta corriente abierta. Tan campechanamente, que poco a poco casi todos los periodistas y no menos de *ciento cincuenta miembros de la actual Cámara de Diputados*, en buena parte gente notoriamente insolvente o que incluso vivía solo de deudas, figuraban como deudores en los libros del banco. La lista de esos clientes iba también adjunta al informe de Alvisi; figuraban en ella, junto a un solo diputado de la derecha, Arbib, casi todos los matices de la izquierda, con sumas de 500.000 a 600.000 francos por cabeza. Figura también el portador de un nombre venerado en el mundo entero, y asimismo dos de los ministros actuales, Grimaldi y Martini; Grimaldi es incluso uno de los consejeros jurídicos del banco, con 5.000 francos de sueldo anual. Eso ya no está nada mal, pero aquello era en 1889, aquello no era más que el principio, aquello no era todavía ni siquiera un *Panamino*, era solo un *Panaminetto*, un Panamá muy, muy pequeñito.

Estas cosillas y otras, entre ellas también, como es natural, rumores exagerados, fueron llegando poco a poco y por partes al público, una vez que el discurso de Colajanni dio el impulso. El público empezó a retirar sus depósitos de la Banca Romana —en pocos días, más de 9 millones de un total de 14 millones de depósitos— y a aceptar sus billetes con desconfianza. El gobierno sintió que había que actuar. Lo que durante años un ministerio había ido pasando al otro —la regulación de los bancos y del papel moneda— había que despacharlo ahora atropelladamente. A comienzos de enero se iniciaron negociaciones para fusionar los dos bancos romanos y los dos toscanos en una sola gran institución de crédito, y al mismo tiempo el ministerio ordenó una nueva inspección de los bancos. La Banca Nazionale, que debía formar el núcleo de la nueva institución, se negó, naturalmente, a cargar sin examen con los pecados de la Banca Romana; puso dificultades e hizo ofertas bajas. Todo ello trascendió a la gente; la desconfianza se convirtió en pánico. La ciudad de Roma retiró de la Banca Romana su saldo de más de un millón, y la caja de ahorros recuperó también su depósito de más de 500.000 francos. Las acciones de la Banca Romana, que habían caído a 670 tras el discurso de Colajanni, estaban el 15 de enero en solo 504 francos por 1.000 francos de valor nominal. En el norte del país se empezó a rechazar los billetes de este banco.

Pero entonces llegaron al público rumores sobre los resultados todavía más asombrosos de la nueva inspección de la Banca Romana. Es cierto que el príncipe Giulio Torlonia había pagado su deuda: el 13 de enero, 4 millones; el 14, otros 600.000 francos; el 15, el resto de 2 millones. Es cierto que el gobernador Tanlongo y el cajero Lazzaroni habían hipotecado a favor del banco toda su gran fortuna en garantía de sus deudas. Es cierto que «una persona muy encumbrada» —el *Corriere di Napoli* señaló al rey sin el menor disimulo— había pagado la deuda bancaria del ministro Grimaldi y de sus familiares. Es cierto que el diputado radical-constitucional Fortis había hecho declarar que el crédito que se le había abierto se le había concedido en su calidad de consejero jurídico del banco. ¿Qué significaba todo eso frente a la noticia de que la nueva inspección había revelado que la Banca Romana, autorizada a emitir 70 millones en billetes, *había puesto en circulación 133 millones*; que, para encubrirlo, figuraban en los libros acreedores falsos por un importe de 49 millones, y que el gobernador Tanlongo había retirado 25 millones contra un simple recibo fechado solo el 3 de enero de 1893? (*Secolo*, 21-22 de enero.) Más aún, se murmuraba que la reserva de oro se había encontrado en orden, pero solo porque el barón Michele Lazzaroni, sobrino del cajero principal, se había hecho prestar expresamente para ese fin, por unos días, varios millones en efectivo de amigos de negocios suizos, con la promesa de devolverlos *in natura* inmediatamente después de la inspección; lo cual, por cierto, costará algún trabajo, porque entretanto el gobierno ha embargado todos los fondos de la Banca Romana. Y entonces empezaron a llover revelaciones por todas partes, entonces circularon los nombres de los 150 diputados con mayor o menor exactitud y certeza, entonces ya no se pudo negar que al menos los tres últimos ministerios habían estado al tanto de todo el asunto, que habían puesto los fondos del banco regular y masivamente a disposición de sus partidarios para fines electorales, que habían discutido a menudo las malversaciones en el Consejo de Ministros y las habían ocultado deliberadamente, con pleno conocimiento de la responsabilidad que con ello asumían, es decir, que habían consentido que siguieran.

Qué pálido parecía a su lado el informe de Biagini, que se publicó entonces en el *Corriere di Napoli* del 19-20 de enero. El *Panamino* estaba ahí.

## III

La crisis ya no podía evitarse. De la gente que había hecho trampas con el banco y que había despilfarrado y derrochado sus fondos —por la vía del honrado préstamo, se entiende—, una parte disponía del poder público y la otra no. ¿Qué había más claro que el hecho de que, en cuanto a todos les pusieran el cuchillo en la garganta, la primera parte sacrificaría a la segunda? Uno de los cómplices tomó la sublime decisión de convertirse en verdugo del otro. Exactamente como en Francia. También allí los Rouvier, Floquet, Freycinet y compañía[^10] sacrificaron a esos mismos Lesseps y Fontane a quienes ellos y sus secuaces habían «puesto el cuchillo en la garganta» con bastante frecuencia, como dice Charles Lesseps,[^11] para sacar del Panamá fondos con fines políticos. Exactamente así sacrificaron Giolitti y Grimaldi a su amigo del alma Tanlongo, después de que ellos y sus predecesores le hubiesen sacado el dinero del banco para sus fines electorales y de prensa hasta que no quedó más que la quiebra. Y cuando las deudas de Grimaldi fueron pagadas de la consabida manera misteriosa, fue él el que más alto gritó pidiendo la detención de Tanlongo.

Pero Tanlongo es un viejo italiano curtido en todas las aguas, ladino de pies a cabeza, no un novato en la estafa como Charles Lesseps y las demás marionetas que tuvieron que hacer el Panamá para los Reinach[^12] y compañía. Tanlongo es un hombre piadoso, que iba a misa todas las mañanas a las 4, donde despachaba los negocitos cuyos portadores e intermediarios —no me pongas en evidencia, querida niña— no deseaba ver en su despacho del banco. Tanlongo estaba en excelentes relaciones con el Vaticano, y al Vaticano, intocable para la policía italiana, dicen que puso a salvo una cajita que contiene aquellos documentos que lo protegen frente a sus poderosos amigos y protectores, aquellos documentos que no desea confiar precipitadamente a la justicia. Porque en Italia, con el *Panamino*, igual que en Francia con el Panamá, se tiene a la justicia por muy sospechosa de que sus registros sirven a veces también para que los documentos no salgan a la luz, sino que desaparezcan por completo. Y Tanlongo consideraba que ciertos documentos, que habían de defenderle y aclarar el verdadero estado de cosas, no estaban seguros en manos del juez de instrucción italiano, sino solo en el Vaticano.

Basta. Apenas había llevado a término el ministerio el trato con la Banca Nazionale, según el cual esta se hace cargo de todo el activo y el pasivo de la Banca Romana y paga a los accionistas 450 francos por cada acción de 1.000, apenas creía haber puesto con ello a salvo de la publicidad los nombres de los deudores políticos del banco, cuando el bueno de Tanlongo tuvo que pagar el pato, es decir, conocer la ingratitud que es la paga de la política burguesa. Desde la noche del 16 de enero su casa estuvo vigilada; el 19 los detuvieron a él y al cajero principal Lazzaroni.

Eso no le cogió en absoluto por sorpresa. Ya antes le había dicho a un redactor del *Parlamento*:

«Que me encierren, pero que piensen entonces que juegan una mala carta… si se me quiere hacer responsable de la culpa de otros, se me obliga a armar un escándalo… ¿Se me quiere arruinar? Entonces sacaré a la luz pública los nombres de la gente *que me ha exigido millones y millones*. Cuántas veces he dicho: no puedo darlos; la única respuesta era: son necesarios (*occorrono*). Y de eso tengo pruebas… siempre pasa lo mismo: cuantos más servicios he prestado, más patadas me han dado en la cara; pero *si caigo, caeré en buena compañía*.»

Y cuando el viejo enfermo, al que hasta entonces habían tenido detenido en su palacio, fue conducido el 25 a la cárcel de Regina Coeli, le dijo al funcionario que lo acompañaba: «Voy, pero me reservo hacer revelaciones», y a su familia: «Querrían que muriese en la cárcel, pero todavía tengo fuerzas bastantes para vengarme».

Este hombre no tiene aspecto de querer derrumbarse en la vista pública, como los directores del Panamá de París, que, en lugar de aplastar a sus acusadores con los hechos que tenían a su disposición, diez veces más comprometedores, imploran con su silencio una sentencia benévola. Gotoso como está, los periódicos lo describen como un hombre grande y huesudo, «un verdadero coracero de setenta años»; todo su pasado garantiza que sabe que solo en la lucha más violenta, en la resistencia más tenaz, puede encontrar salvación; y así, una buena mañana, la famosa *cassetta d'oro* [cajita de oro] irá probablemente del Vaticano a la sala de audiencias y desplegará su contenido sobre la mesa del tribunal. ¡Que aproveche!

Entretanto, ese mismo día 25 se han reabierto las Cámaras, y el escándalo ha estallado también allí. Giolitti solo puede gritar a sus 150 lo que Rouvier gritó a sus 104: si no hubiéramos tomado aquel dinero, ustedes no estarían aquí sentados.[^13] Y así es. Y solo eso mismo pueden decir Crispi y Rudinì. Pero con eso el asunto no está zanjado. Tienen que seguir más revelaciones, tanto en la Cámara como en el tribunal. El *Panamino*, como el Panamá, no está más que al comienzo de su desarrollo.

¿Y cuál es la moraleja de la historia? Que el Panamá, el *Panamino* y el fondo güelfo demuestran que toda la política burguesa actual, tanto las agradables riñas de los partidos burgueses entre sí como su resistencia común a la acometida de la clase obrera, no puede hacerse sin masas colosales de dinero; que esas masas de dinero se emplean para fines que no se pueden confesar públicamente; y que los gobiernos, dada la tacañería de los burgueses, se ven cada vez más obligados a procurarse los medios para esos fines inconfesables por vías inconfesables. «Tomamos el dinero donde lo encontramos», dijo Bismarck, que lo sabrá bien. Y «dónde lo encontramos», eso es lo que acabamos de ver.

[^1]: El escándalo de la Compañía del Canal de Panamá, de Ferdinand de Lesseps, quebrada en 1889; a finales de 1892 se descubrió que había sobornado a ministros, diputados y periodistas para obtener autorizaciones de empréstitos.

[^2]: El fondo güelfo (*Welfenfonds*) se formó con la fortuna confiscada en 1866 al rey depuesto de Hannover, de la casa de los Güelfos; Bismarck lo empleó sin control parlamentario para sobornar a la prensa (el «fondo de reptiles»).

[^3]: Francesco Crispi (1818-1901), antiguo garibaldino, presidente del Consejo de Ministros de Italia en 1887-1891 y de nuevo desde diciembre de 1893.

[^4]: Giacomo Giuseppe Alvisi, senador italiano, muerto en 1892.

[^5]: Luigi Miceli, ministro de Agricultura, Industria y Comercio con Crispi.

[^6]: Antonio Starabba, marqués de Rudinì (1839-1908), presidente del Consejo en 1891-1892; Giovanni Giolitti (1842-1928), presidente del Consejo de mayo de 1892 a noviembre de 1893, caído precisamente por el escándalo de la Banca Romana.

[^7]: «Fünkchen lebt noch»: juego infantil alemán en el que una astilla encendida pasa de mano en mano y pierde aquel en cuya mano se apaga.

[^8]: Napoleone Colajanni (1847-1921), diputado republicano siciliano.

[^9]: Bernardo Tanlongo, gobernador de la Banca Romana; el proceso terminó en 1894 con su absolución.

[^10]: Maurice Rouvier, Charles Floquet y Charles de Freycinet, ministros y jefes de gobierno de la Tercera República comprometidos en el asunto de Panamá.

[^11]: Charles de Lesseps, hijo de Ferdinand de Lesseps, y Marius Fontane, administradores de la Compañía de Panamá, procesados en 1893.

[^12]: El barón Jacques de Reinach, banquero e intermediario de la Compañía de Panamá en el soborno de los parlamentarios, que murió de forma repentina en noviembre de 1892, cuando estallaba el escándalo.

[^13]: En diciembre de 1892 Rouvier admitió en la Cámara haber recurrido a fondos de financieros para las necesidades políticas del gobierno; la lista de los «104» señalaba a los parlamentarios sobornados por la Compañía de Panamá.
