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Title: Contribución a la historia del cristianismo primitivo (1894)
Description: El último gran estudio de Engels sobre la religión: el cristianismo primitivo como movimiento de masas de los oprimidos del Imperio romano, comparable en su origen al movimiento obrero moderno, leído a través del Apocalipsis de Juan, el más antiguo documento cristiano según la crítica de su tiempo.
Author: Friedrich Engels
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1894%20Contribuci%C3%B3n%20a%20la%20historia%20del%20cristianismo%20primitivo
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*Escrito por Friedrich Engels entre el 19 de junio y el 16 de julio de 1894. Publicado por primera vez en* Die Neue Zeit *(Stuttgart), año XIII, tomo I, núms. 1 y 2, 1894-1895; en francés, en traducción autorizada, en* Le Devenir social *(París), 1895. Traducido de la edición de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 22, Berlín, 1963, pp. 447-473, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras, salvo la marcada como de Engels. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1894%20Zur%20Geschichte%20des%20Urchristentums).*

## I

La historia del cristianismo primitivo ofrece notables puntos de contacto con el movimiento obrero moderno. Como este, el cristianismo fue en su origen un movimiento de oprimidos: apareció primero como religión de los esclavos y de los libertos, de los pobres y de los que no tenían derechos, de los pueblos sojuzgados o dispersados por Roma. Ambos, el cristianismo y el socialismo obrero, predican una próxima redención de la servidumbre y de la miseria; el cristianismo sitúa esa redención en una vida del más allá, después de la muerte, en el cielo; el socialismo, en este mundo, en una transformación de la sociedad. Ambos son perseguidos y acosados, sus partidarios proscritos, sometidos a leyes de excepción: los unos como enemigos del género humano, los otros como enemigos del Imperio, enemigos de la religión, de la familia, del orden social.[^1] Y a pesar de todas las persecuciones, e incluso directamente favorecidos por ellas, ambos avanzan victoriosos e incontenibles. Trescientos años después de su aparición, el cristianismo es la religión de Estado reconocida del Imperio romano universal, y en apenas sesenta años el socialismo se ha conquistado una posición que le asegura absolutamente la victoria.

Así pues, cuando el señor profesor Anton Menger, en su *Derecho al producto íntegro del trabajo*,[^2] se pregunta extrañado por qué, con la colosal concentración de la propiedad de la tierra bajo los emperadores romanos y con los sufrimientos desmedidos de la clase trabajadora de entonces, compuesta casi exclusivamente por esclavos, «a la caída del Imperio romano de Occidente no siguió el socialismo», no ve precisamente que ese «socialismo», en la medida en que entonces era posible, existió de hecho y llegó incluso al poder: en el cristianismo. Solo que este cristianismo, como no podía ser de otro modo dadas las condiciones históricas previas, no quería realizar la transformación social en este mundo, sino en el más allá, en el cielo, en la vida eterna después de la muerte, en el «reino de mil años» que estaba a punto de llegar.

El paralelo entre ambos fenómenos históricos se impone ya en la Edad Media, en los primeros levantamientos de campesinos oprimidos y, sobre todo, de plebeyos de las ciudades. Estos levantamientos, como todos los movimientos de masas de la Edad Media, llevaban necesariamente una máscara religiosa, aparecían como restauraciones del cristianismo primitivo frente a la degeneración que se había introducido;[^3] pero tras la exaltación religiosa se ocultaban regularmente intereses mundanos muy tangibles. Esto se manifestó del modo más grandioso en la organización de los taboritas bohemios bajo Jan Žižka, de gloriosa memoria;[^4] pero este rasgo recorre toda la Edad Media hasta que, tras la guerra campesina alemana,[^5] se adormece poco a poco, para despertar de nuevo entre los comunistas obreros después de 1830. Tanto los comunistas revolucionarios franceses como, sobre todo, Weitling y sus partidarios[^6] invocaban el cristianismo primitivo mucho antes de que Ernest Renan dijera: si queréis haceros una idea de las primeras comunidades cristianas, mirad una sección local de la Asociación Internacional de los Trabajadores.

El literato francés que, sobre la base de un saqueo de la crítica bíblica alemana sin precedentes incluso en el periodismo moderno, fabricó la novela de historia eclesiástica *Origines du christianisme*,[^7] no sabía él mismo cuánta verdad encerraban aquellas palabras. Me gustaría ver al viejo «internacional» capaz de leer, por ejemplo, la llamada segunda epístola de Pablo a los Corintios sin que, al menos en un aspecto, se le reabran viejas heridas. Toda la epístola, a partir del capítulo octavo, resuena con el eterno, ¡ay, tan conocido!, lamento: *les cotisations ne rentrent pas*, ¡las cuotas no acaban de llegar![^8] ¡Cuántos de los propagandistas más celosos de los años sesenta estrecharían con complicidad la mano del autor de esa epístola, fuera quien fuese, y le susurrarían: «¡así que a ti también te pasaba!»! También nosotros podemos contar algo de eso —también en nuestra Asociación pululaban los corintios—; esas cuotas que no llegaban, que revoloteaban inaprensibles ante nuestras miradas de Tántalo, ¡esos eran precisamente los famosos «millones de la Internacional»![^9]

Una de nuestras mejores fuentes sobre los primeros cristianos es Luciano de Samosata, el Voltaire de la Antigüedad clásica, que se mostraba igual de escéptico ante toda clase de superstición religiosa y que por eso no tenía motivos ni de creyente pagano ni políticos para tratar a los cristianos de manera distinta que a cualquier otra comunidad religiosa.[^10] Al contrario, se burla de todos por su superstición, de los adoradores de Júpiter no menos que de los adoradores de Cristo; para su punto de vista racionalista y superficial, una clase de superstición es tan necia como la otra. Este testigo, imparcial en cualquier caso, cuenta entre otras cosas la vida de un aventurero, Peregrino, que se hacía llamar Proteo, natural de Pario, en el Helesponto. El tal Peregrino debutó en su juventud en Armenia con un adulterio, fue sorprendido in fraganti y linchado según la costumbre del país. Escapado felizmente, estranguló a su padre en Pario y tuvo que huir.

> «Y entonces sucedió —cito según la traducción de Schott— que conoció también la maravillosa sabiduría de los cristianos, con cuyos sacerdotes y escribas había tenido trato en Palestina. Y en poco tiempo llegó a tal punto que sus maestros parecían niños a su lado. Se hizo profeta, anciano de la comunidad, jefe de la sinagoga; en una palabra, lo era todo: interpretaba sus escritos y él mismo escribió muchos, de modo que acabaron por creer ver en él un ser superior, se dejaron dar leyes por él y lo nombraron su presidente (obispo)... Por este motivo» (es decir, como cristiano) «también Proteo fue detenido un día por las autoridades y arrojado a la cárcel... Mientras estaba así encadenado, los cristianos, a quienes su encarcelamiento parecía una gran desgracia, hicieron toda clase de intentos para liberarlo. Pero no lo consiguieron, y entonces le prodigaron toda clase de cuidados con el esmero más extraordinario. Ya al romper el día se veía a viejecitas, viudas y huérfanos jóvenes aguardando ante la puerta de su cárcel; los cristianos más distinguidos llegaron a sobornar a los carceleros y pasaban noches enteras con él; allí reunían sus comidas y leían junto a él sus libros sagrados; en resumen, el bueno de Peregrino (pues así se llamaba todavía entonces) no era para ellos nada menos que un segundo Sócrates. Incluso de algunas ciudades de Asia Menor llegaron enviados de las comunidades cristianas para echarle una mano, consolarlo y ser sus defensores ante el tribunal. Es increíble con qué rapidez acude esta gente en todas partes cuando se trata de un asunto de su comunidad; no escatiman entonces ni esfuerzos ni gastos. Y así le llegó también a Peregrino dinero de todas partes, de modo que su cautiverio se convirtió para él en fuente de abundantes ingresos. Pues estos pobres diablos se han persuadido de que son inmortales en cuerpo y alma y de que vivirán por toda la eternidad; de ahí viene también que desprecien la muerte y que muchos de ellos incluso se entreguen a ella voluntariamente. Además, su primer legislador les ha inculcado la idea de que todos son hermanos entre sí desde el momento en que se han convertido, es decir, desde que han renegado de los dioses griegos, se han entregado a la adoración de aquel sofista crucificado y viven según sus preceptos. Por eso desprecian sin distinción todos los bienes exteriores y los poseen en común; doctrinas todas ellas que han aceptado de buena fe, sin examen ni prueba. Así, cuando llega a ellos un embaucador hábil, que sabe aprovechar astutamente las circunstancias, puede lograr en poco tiempo hacerse rico y reírse para sus adentros de esos pobres bobos. Por lo demás, Peregrino fue puesto de nuevo en libertad por el entonces prefecto de Siria».

Después de algunas otras aventuras, se dice:

> «Nuestro hombre se echó entonces por segunda vez» (desde Pario) «a vagabundear por los caminos, y en lugar de todo dinero para el viaje le bastaba la buena fe de los cristianos, que en todas partes le daban escolta y no le dejaban carecer de nada. Durante algún tiempo se dejó alimentar de este modo. Pero como infringió también las leyes de los cristianos —le habían visto, creo, comer algo prohibido entre ellos—, lo expulsaron de su comunidad».

¡Qué recuerdos de juventud me suscita este pasaje de Luciano! Ahí está, en primer lugar, el «profeta Albrecht», que desde 1840 aproximadamente hizo inseguras durante algunos años, en el sentido literal de la palabra, las comunidades comunistas weitlingianas de Suiza: un hombre grande y fuerte, de larga barba, que recorría Suiza a pie buscando oyentes para su misterioso nuevo evangelio de la liberación del mundo, pero que, por lo demás, parece haber sido un embrollón bastante inofensivo, y que murió pronto.[^11] Ahí está su sucesor, menos inofensivo, el «doctor» Georg Kuhlmann, de Holstein, que aprovechó el tiempo en que Weitling estaba en la cárcel para convertir a *su* evangelio a las comunidades de la Suiza francesa, y por un tiempo con tanto éxito que atrapó incluso al más ingenioso con mucho, pero también al más desordenado de ellos, August Becker.[^12] Este Kuhlmann les daba conferencias, que se publicaron en Ginebra en 1845 con el título *El nuevo mundo, o el reino del espíritu en la tierra. Anunciación*. Y en la introducción, redactada por sus partidarios (probablemente por August Becker), se dice:

> «Faltaba un hombre en cuya boca hallaran expresión todos nuestros sufrimientos y todos nuestros anhelos y esperanzas, en una palabra, todo lo que conmueve a nuestro tiempo en lo más íntimo... Este hombre, al que nuestro tiempo esperaba, ha aparecido. Es el doctor Georg Kuhlmann, de Holstein. Ha aparecido con la doctrina del nuevo mundo, o del reino del espíritu en la realidad».

Supongo que no necesito añadir que esta doctrina del nuevo mundo no es otra cosa que el sentimentalismo más vulgar, puesto en frases semibíblicas a la manera de Lamennais[^13] y expuesto con arrogancia de profeta. Lo cual no impidió a los buenos weitlingianos llevar en palmitas a este embaucador, igual que aquellos cristianos asiáticos a Peregrino. Ellos, que por lo demás eran archidemócratas e igualitarios hasta el extremo, hasta el punto de abrigar una sospecha inextinguible contra todo maestro de escuela, periodista y, en general, contra todo el que no fuera artesano, como contra un «sabio» que quisiera explotarlos, se dejaron convencer por el melodramáticamente ataviado Kuhlmann de que en el «nuevo mundo» el más sabio, *id est* Kuhlmann, regularía el reparto de los goces, y de que por eso ya ahora, en el viejo mundo, los discípulos debían llevar a ese mismo sabio los goces a manos llenas y contentarse ellos mismos con las migajas. Y Peregrino-Kuhlmann vivió en la abundancia y la alegría a costa de las comunidades, mientras duró. Por cierto que no duró mucho; las crecientes murmuraciones de los escépticos y los incrédulos y las amenazas de persecución del gobierno del cantón de Vaud pusieron fin al «reino del espíritu» en Lausana: Kuhlmann desapareció.

A todo el que haya conocido por experiencia el movimiento obrero europeo en sus comienzos le vendrán a la memoria decenas de ejemplos parecidos. Hoy día, casos tan extremos se han hecho imposibles, al menos en los grandes centros; pero en regiones apartadas, donde el movimiento conquista terreno nuevo, un pequeño Peregrino así puede contar todavía con un éxito pasajero y limitado. Y del mismo modo que al partido obrero se acercan en todos los países todos los elementos que no tienen nada que esperar del mundo oficial o que ya se han quemado en él —enemigos de la vacuna, abstemios, vegetarianos, antiviviseccionistas, naturópatas, predicadores de comunidades libres a los que se les ha desbandado la comunidad, autores de nuevas teorías sobre el origen del mundo, inventores fracasados o desafortunados, víctimas de injusticias reales o imaginarias a las que la burocracia llama «querellantes inútiles», locos honrados y embaucadores deshonestos—, lo mismo les ocurrió a los primeros cristianos. Todos los elementos que el proceso de disolución del mundo antiguo había liberado, es decir, puesto en la calle, entraron unos tras otros en el campo de atracción del cristianismo, como el único elemento que resistía a ese proceso de disolución —precisamente porque era su propio producto necesario— y que por eso permanecía y crecía, mientras que los demás elementos eran solo efímeros. No hubo exaltación, locura o embuste que no se acercara a las jóvenes comunidades cristianas, que no encontrara, al menos en algunos lugares y durante algún tiempo, oídos abiertos y creyentes dispuestos. Y, como nuestras primeras comunidades obreras comunistas, también los primeros cristianos eran de una credulidad sin igual para las cosas que les venían bien, de modo que ni siquiera estamos seguros de que de «la gran cantidad de escritos» que Peregrino compuso para la cristiandad no se haya extraviado algún que otro fragmento en nuestro Nuevo Testamento.

## II

La crítica bíblica alemana, hasta ahora la única base científica de nuestro conocimiento de la historia del cristianismo primitivo, ha seguido dos direcciones.

Una es la de la *escuela de Tubinga*,[^14] a la que en sentido amplio hay que sumar también a D. F. Strauss.[^15] En la investigación crítica llega tan lejos como puede llegar una escuela *teológica*. Admite que los cuatro evangelios no son relatos de testigos oculares, sino reelaboraciones posteriores de escritos perdidos, y que de las epístolas atribuidas al apóstol Pablo a lo sumo cuatro son auténticas, etc. Suprime del relato histórico, por inadmisibles, todos los milagros y todas las contradicciones; pero del resto trata de «salvar lo que todavía puede salvarse», y ahí sale muy a la luz su carácter de escuela de teólogos. Con ello ha hecho posible que Renan, que en gran parte se apoya en ella, haya «salvado» todavía mucho más aplicando el mismo método, y quiera imponernos como históricamente acreditados, además de muchos relatos del Nuevo Testamento más que dudosos, toda una serie de otras leyendas de mártires. En cualquier caso, todo lo que la escuela de Tubinga rechaza en el Nuevo Testamento como no histórico o apócrifo puede darse por definitivamente descartado para la ciencia.

La otra dirección está representada por un solo hombre: *Bruno Bauer*.[^16] Su gran mérito no consiste solo en la crítica implacable de los evangelios y de las epístolas apostólicas, sino también en haber sido el primero en tomarse en serio la investigación no solo de los elementos judíos y greco-alejandrinos, sino también de los elementos puramente griegos y grecorromanos que fueron los que abrieron al cristianismo el camino para convertirse en religión universal. La leyenda de un cristianismo surgido del judaísmo completamente acabado, que desde Palestina conquistó el mundo con una dogmática y una ética fijadas ya en lo esencial, se ha vuelto imposible desde Bruno Bauer; solo puede seguir vegetando en las facultades de teología y entre la gente que quiere «conservar la religión para el pueblo», aun a costa de la ciencia. La enorme participación que la escuela de Filón de Alejandría[^17] y la filosofía vulgar grecorromana —platónica y sobre todo estoica— tienen en el cristianismo que bajo Constantino se convirtió en religión de Estado está todavía muy lejos de haberse establecido en detalle, pero su existencia está demostrada, y eso es obra principalmente de Bruno Bauer; él puso las bases de la prueba de que el cristianismo no fue importado desde fuera, desde Judea, al mundo grecorromano e impuesto a este, sino que es, al menos en su forma de religión universal, el producto más genuino de ese mundo. Naturalmente, Bauer, como toda la gente que lucha contra prejuicios arraigados, se pasó mucho de la raya en este trabajo. Para fijar también literariamente la influencia de Filón y sobre todo de Séneca[^18] en el cristianismo naciente, y para presentar a los escritores del Nuevo Testamento como verdaderos plagiarios de aquellos filósofos, tiene que retrasar medio siglo el nacimiento de la nueva religión, rechazar los relatos contrarios de los historiadores romanos y, en general, tomarse grandes libertades con la exposición histórica. Según él, el cristianismo como tal no nace hasta la época de los emperadores Flavios, y la literatura del Nuevo Testamento no hasta Adriano, Antonino y Marco Aurelio. Con ello desaparece también en Bauer todo trasfondo histórico de los relatos del Nuevo Testamento sobre Jesús y sus discípulos; se disuelven en leyendas en las que las fases internas de desarrollo y las luchas interiores de las primeras comunidades se han trasladado a personajes más o menos ficticios. Según Bauer, la cuna de la nueva religión no es Galilea y Jerusalén, sino Alejandría y Roma.

Así pues, si la escuela de Tubinga nos ofrecía, en el residuo de la historia y la literatura del Nuevo Testamento que deja sin impugnar, el máximo extremo de lo que la ciencia puede hoy todavía admitir como discutible, Bruno Bauer nos ofrece el máximo de lo que puede impugnar en ello. Entre esos límites está la verdad efectiva. Que esta pueda determinarse con los medios actuales parece muy dudoso. Nuevos hallazgos, sobre todo en Roma, en Oriente y, ante todo, en Egipto, contribuirán a ello mucho más que toda la crítica.

Pero en el Nuevo Testamento tenemos un único libro cuya fecha de redacción puede fijarse con un margen de pocos meses, que tiene que haberse escrito entre junio del 67 y enero o abril del 68;[^19] un libro que pertenece, por tanto, a la época más temprana del cristianismo y que nos refleja sus ideas con la fidelidad más ingenua y en una lengua idiomática en consonancia, y que por eso, a mi juicio, es mucho más importante para establecer lo que fue realmente el cristianismo primitivo que todo el resto del Nuevo Testamento, muy posterior en su redacción actual. Este libro es el llamado Apocalipsis de Juan, y como este libro, aparentemente el más oscuro de toda la Biblia, es además hoy, gracias a la crítica alemana, el más comprensible y transparente de todos, quiero informar sobre él a mis lectores.[^20]

Basta echar una ojeada a este libro para convencerse de lo exaltado que estaba no solo el autor, sino también el «medio ambiente» en que se movía. Nuestro «Apocalipsis» no es el único de su clase y de su tiempo. Desde el año 164 antes de nuestra era, en que se escribió el primero que se nos ha conservado, el llamado libro de Daniel, hasta aproximadamente el 250 de nuestra era, fecha aproximada del *Carmen* de Comodiano,[^21] Renan enumera no menos de quince «apocalipsis» clásicos conservados, sin contar las imitaciones posteriores. (Cito a Renan porque su libro es también el más conocido y el más accesible fuera de los círculos especializados.) Era una época en la que, incluso en Roma y en Grecia, pero mucho más aún en Asia Menor, Siria y Egipto, se aceptaba sin examen una mezcla absolutamente acrítica de las supersticiones más burdas de los pueblos más diversos, completada con piadosos fraudes y con la charlatanería pura y simple; en la que los milagros, los éxtasis, las visiones, los espíritus, la adivinación del porvenir, la alquimia, la cábala y otras hechicerías ocultas desempeñaban el primer papel. Esa era la atmósfera en la que nació el cristianismo primitivo, y además en una clase de gente que, más que ninguna otra, tenía oídos abiertos para esas fantasías sobrenaturales. Los gnósticos cristianos de Egipto, durante el siglo II de la era cristiana, se dedicaron mucho a la alquimia, como demuestran, entre otros, los papiros de Leiden,[^22] e incorporaron ideas alquímicas a sus doctrinas. Y los *mathematici* caldeos y judíos que, según Tácito, fueron expulsados de Roma dos veces por hechicería, bajo Claudio y de nuevo bajo Vitelio,[^23] no practicaban otras artes geométricas que las que volveremos a encontrar en el núcleo del Apocalipsis de Juan.

A esto se añade una segunda cosa. Todos los apocalipsis se arrogan el derecho de engañar a sus lectores. No solo están escritos por regla general por personas muy distintas —casi siempre muy posteriores— de sus supuestos autores, como el libro de Daniel, el libro de Henoc, los apocalipsis de Esdras, Baruc, Judá, etc., y los libros sibilinos, sino que además profetizan, en lo esencial de su contenido, cosas que ya han sucedido hace tiempo y que el verdadero autor conoce perfectamente. Así, el autor del libro de Daniel, en el año 164, poco antes de la muerte de Antíoco Epífanes,[^24] hace que Daniel, que supuestamente vivía en tiempos de Nabucodonosor, prediga el ascenso y la caída de la dominación universal persa y macedonia y el comienzo de la romana, para que, con esta prueba de su potencia profética, el lector esté dispuesto a acoger la profecía final de que el pueblo de Israel superará todos sus sufrimientos y acabará venciendo. Si el Apocalipsis de Juan fuera realmente obra de su supuesto autor, sería, pues, la única excepción en toda la literatura apocalíptica.

El Juan que se presenta como autor era en todo caso un hombre muy respetado entre los cristianos de Asia Menor. Lo garantiza el tono de las cartas a las siete comunidades. Así que posiblemente fuera el apóstol Juan, cuya existencia histórica no está ciertamente del todo acreditada, pero es muy probable. Y si este apóstol fuera realmente el autor, tanto mejor para nuestro punto de vista. Sería la mejor garantía de que el cristianismo de este libro es el verdadero, el auténtico cristianismo primitivo. Señalemos solo de paso que está demostrado que el Apocalipsis no procede del mismo autor que el evangelio o las tres epístolas que se atribuyen también a Juan.

El Apocalipsis consta de una serie de visiones. En la primera aparece Cristo, vestido de sumo sacerdote, andando entre siete candeleros que representan las siete comunidades de Asia, y dicta a «Juan» cartas a los siete «ángeles» de esas comunidades. Ya aquí, al principio, salta a la vista la diferencia entre *este* cristianismo y la religión universal constantiniana formulada por el concilio de Nicea.[^25] La Trinidad no solo es desconocida, sino que aquí es una imposibilidad. En lugar del único Espíritu Santo posterior, tenemos aquí los «siete espíritus de Dios»,[^26] que los rabinos construyeron a partir de Isaías 11,2. Cristo es el Hijo de Dios, el primero y el último, el alfa y la omega, pero en modo alguno Dios mismo o igual a Dios, sino, al contrario, «el principio de la *creación* de Dios», es decir, una emanación de Dios existente desde la eternidad, pero subordinada, parecida a los siete espíritus mencionados. En el capítulo 15,3 los mártires cantan en el cielo «el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del Cordero» para glorificar a Dios. Aquí, pues, Cristo no solo aparece subordinado a Dios, sino incluso, en cierto sentido, puesto en el mismo plano que Moisés. Cristo fue crucificado en Jerusalén (11,8), pero resucitó (1,5 [y] 18); es «el Cordero» que fue sacrificado por los pecados del mundo y con cuya sangre los creyentes han sido redimidos para Dios de todo pueblo y lengua. Aquí encontramos la idea fundamental que permitió al cristianismo primitivo desarrollarse hasta convertirse en religión universal. Todas las religiones de los semitas y de los europeos de entonces compartían la idea de que los dioses ofendidos por las acciones de los hombres podían aplacarse con sacrificios; la primera idea fundamental revolucionaria del cristianismo (tomada de la escuela de Filón) fue que con el único gran sacrificio voluntario de un mediador quedaban expiados de una vez para siempre los pecados de todos los tiempos y de todos los hombres, para los creyentes. Con ello desaparecía la necesidad de cualquier sacrificio ulterior y, con ella, la base de multitud de ceremonias religiosas; y la libertad respecto de las ceremonias que dificultan o prohíben el trato con los de otra fe era la primera condición de una religión universal. Y, sin embargo, la costumbre de sacrificar estaba tan arraigada en los usos populares que el catolicismo —que recogió tantas cosas paganas— consideró oportuno acomodarse a este hecho introduciendo al menos el sacrificio simbólico de la misa. Del dogma del pecado original, en cambio, no hay en nuestro libro ni rastro.

Pero lo más característico de estas cartas, como de todo el libro, es que al autor no se le ocurre nunca ni en ninguna parte llamarse a sí mismo y a sus correligionarios de otro modo que como… *judíos*. A los sectarios de Esmirna y de Filadelfia, contra los que se enardece, les reprocha: «dicen ser judíos y no lo son, sino que son la escuela de Satanás»; de los de Pérgamo se dice que tienen la doctrina de Balaam, que enseñaba a Balac a poner tropiezo *ante los hijos de Israel*, a comer de lo sacrificado a los ídolos y a fornicar. No tenemos que ver aquí, pues, con cristianos conscientes, sino con gente que se hace pasar por judía; su judaísmo es, desde luego, una nueva fase de desarrollo del anterior, pero precisamente por eso es también el único verdadero. Por eso, cuando los santos comparecen ante el trono de Dios, vienen primero 144.000 judíos, 12.000 de cada tribu, y solo después la multitud innumerable de los paganos convertidos a este judaísmo renovado. Tan poco sabía nuestro autor, en el año 69 de la era cristiana, que representaba una fase completamente nueva de la evolución religiosa, que había de convertirse en uno de los elementos más revolucionarios de la historia del espíritu humano.

Vemos, pues, que el cristianismo de entonces, todavía inconsciente de sí mismo, era tan distinto como el cielo de la tierra de la religión universal posterior, dogmáticamente fijada, del concilio de Nicea; en esta no se reconoce en absoluto a aquel. Aquí no existen ni la dogmática ni la ética del cristianismo posterior; existe, en cambio, el sentimiento de estar luchando contra todo un mundo y de que esa lucha se superará victoriosamente; un ardor combativo y una certeza de la victoria que el cristiano de hoy ha perdido por completo y que en nuestro tiempo solo se encuentran en el otro polo de la sociedad, entre los socialistas.

En efecto, la lucha contra un mundo al principio muy superior en fuerzas y, al mismo tiempo, la lucha de los innovadores entre sí son comunes a ambos, a los primeros cristianos y a los socialistas. Ninguno de los dos grandes movimientos es obra de jefes y profetas —aunque en ambos aparezcan profetas de sobra—; son movimientos de masas. Y los movimientos de masas son necesariamente confusos al principio; confusos porque todo pensamiento de masas se mueve primero entre contradicciones, oscuridades e incoherencias, pero confusos también precisamente por el papel que todavía desempeñan en ellos, al principio, los profetas. La confusión se muestra en la formación de numerosas sectas que se combaten entre sí con al menos la misma violencia que al enemigo común de fuera. Así fue en el cristianismo primitivo, así fue en los primeros tiempos del movimiento socialista, por mucho que eso afligiera a las buenas almas bienintencionadas que predicaban la unidad donde no era posible ninguna unidad.

¿Acaso la Internacional se mantenía unida por un dogma único? Al contrario. Había comunistas de la tradición francesa anterior a 1848, ellos mismos a su vez de distintos matices; comunistas de la escuela de Weitling y otros de la Liga de los Comunistas regenerada; proudhonianos, predominantes en Francia y en Bélgica; blanquistas; el partido obrero alemán; y, por último, anarquistas bakuninistas, que durante un momento tuvieron la supremacía en España y en Italia; y esos eran solo los grupos principales. Desde la fundación de la Internacional hizo falta todo un cuarto de siglo para que la separación de los anarquistas se consumara definitivamente y en todas partes y pudiera establecerse una unidad al menos sobre los puntos de vista económicos más generales. Y eso con nuestros medios de comunicación, con los ferrocarriles, los telégrafos, las ciudades industriales gigantescas, la prensa, las asambleas populares organizadas.

Entre los primeros cristianos, la misma división en innumerables sectas, que fue precisamente el medio de imponer la discusión y, por ello mismo, la unidad posterior. Ya en este, nuestro documento cristiano sin duda más antiguo, la encontramos, y nuestro autor se enardece contra ellas con la misma violencia implacable que contra el gran mundo pecador de fuera. Están, primero, los nicolaítas, en Éfeso y en Pérgamo; los que dicen ser judíos, pero son la sinagoga de Satanás, en Esmirna y Filadelfia; los partidarios de la doctrina del falso profeta designado como Balaam, en Pérgamo; los que dicen ser apóstoles y no lo son, en Éfeso; y, por último, los partidarios de la falsa profetisa designada como Jezabel, en Tiatira. Más detalles sobre estas sectas no se nos dan; solo de los seguidores de Balaam y de Jezabel se dice que comen de lo sacrificado a los ídolos y fornican. Se ha intentado interpretar estas cinco sectas como cristianos paulinos, y todas estas cartas como dirigidas contra Pablo, el falso apóstol, el supuesto Balaam y «Nicolás». Los argumentos al respecto, muy poco sólidos, se encuentran reunidos en Renan, *Saint Paul*, París, 1869, pp. 303-305 y 367-370. Todos ellos se reducen a explicar las cartas por los Hechos de los Apóstoles y las llamadas epístolas de Pablo, escritos que, al menos en su redacción actual, son por lo menos sesenta años más recientes que el Apocalipsis, y cuyos datos de hecho al respecto no solo son sumamente dudosos, sino que se contradicen totalmente entre sí. Pero lo decisivo es que a nuestro autor no podía ocurrírsele dar a una sola y misma secta cinco nombres distintos, e incluso dos solo para Éfeso (falsos apóstoles y nicolaítas) y otros dos para Pérgamo (balaamitas y nicolaítas), y además cada vez expresamente como dos sectas distintas. Con lo cual no se pretende negar la probabilidad de que entre estas sectas hubiera también elementos que hoy se calificarían de paulinos.

En los dos casos en que se dan más detalles, la acusación se reduce a comer de lo sacrificado a los ídolos y a la fornicación, los dos puntos sobre los que los judíos —tanto los antiguos como los cristianos— estaban en eterna disputa con los paganos convertidos. La carne de los sacrificios paganos no solo se servía en banquetes festivos, donde rechazar lo ofrecido podía parecer indecoroso e incluso resultar peligroso, sino que se vendía también en los mercados públicos, donde no siempre se podía saber si era *kosher* o no. Por fornicación entendían esos mismos judíos no solo las relaciones sexuales fuera del matrimonio, sino también el matrimonio en grados de parentesco prohibidos por la ley judía, o entre judíos y paganos; y este es el sentido que suele darse a la palabra en el pasaje de Hechos 15,20 y 29. Pero nuestro Juan tiene ideas propias también sobre las relaciones sexuales permitidas a los judíos ortodoxos. Dice en 14,4 de los 144.000 judíos celestiales: «Estos son los que no se han contaminado con mujeres, porque son vírgenes». Y en efecto, en el cielo de nuestro Juan no hay ni una sola mujer. Pertenece, pues, a la tendencia, frecuente también en otros escritos del cristianismo primitivo, que considera pecaminosas las relaciones sexuales en general. Y si tenemos en cuenta además que llama a Roma la gran ramera, con la cual han fornicado los reyes de la tierra y se han embriagado con el vino de su fornicación, y sus mercaderes se han enriquecido con la abundancia de sus deleites, no podemos en modo alguno tomar la palabra en las cartas en el sentido estrecho que la apologética teológica quisiera darle, para sacar de ahí a la fuerza una confirmación de otros pasajes del Nuevo Testamento. Al contrario. Estos pasajes de las cartas apuntan claramente al fenómeno, común a todas las épocas de agitación profunda, de que, como todas las demás barreras, también se sacuden los lazos tradicionales de las relaciones sexuales. También en los primeros siglos cristianos aparece con bastante frecuencia, junto al ascetismo que mortifica la carne, la tendencia a extender la libertad cristiana a un trato más o menos ilimitado entre el hombre y la mujer. Lo mismo ocurrió en el movimiento socialista moderno. ¡Qué espantoso horror provocó en la Alemania de los años treinta, aquel «piadoso cuarto de los niños», la *réhabilitation de la chair* sansimoniana, que se germanizó como «restitución de la carne»![^27] ¡Y los más horrorizados de todos eran aquellos estamentos distinguidos que dominaban entonces (clases no las teníamos todavía), que ni en Berlín ni en sus fincas podían vivir sin restituir una y otra vez su carne! ¡Ah, si esa buena gente hubiera conocido a Fourier, que promete a la carne saltos muy distintos![^28] Con la superación del utopismo, estas extravagancias han dejado paso a una concepción más racional y, en realidad, mucho más radical, y desde que Alemania ha pasado de ser el piadoso cuarto de los niños de Heine a convertirse en el territorio central del movimiento socialista, uno se ríe de la indignación hipócrita del distinguido mundo piadoso.

Este es todo el contenido dogmático de las cartas. Por lo demás, exhortan a los compañeros a una propaganda celosa, a confesar su fe con audacia y orgullo ante los adversarios, a la lucha incesante contra los enemigos de fuera y de dentro; y en esa medida podría haberlas escrito igual de bien un entusiasta de la Internacional con un aire de profeta.

## III

Las cartas no son más que la introducción al verdadero tema del mensaje de nuestro Juan a las siete comunidades de Asia Menor y, a través de ellas, al resto del judaísmo reformado del año 69, del que más tarde surgió la cristiandad. Y con esto entramos en el sanctasanctórum más íntimo del cristianismo primitivo.

¿De qué clase de gente se reclutaban los primeros cristianos? Principalmente de los «trabajados y cargados», de los miembros de las capas más bajas del pueblo, como corresponde a un elemento revolucionario. ¿Y de quiénes se componían estas? En las ciudades, de hombres libres venidos a menos —gente de todos los pueblos, parecida a los *mean whites*[^29] de los estados esclavistas del Sur y a los vagabundos y aventureros europeos de los puertos coloniales y chinos—, además de libertos y, sobre todo, de esclavos; en los latifundios de Italia, Sicilia y África, de esclavos; en los distritos rurales de las provincias, de pequeños campesinos que caían cada vez más en la servidumbre por deudas. No había en absoluto un camino común para la emancipación de todos estos elementos. Para todos ellos el paraíso estaba detrás, perdido: para el hombre libre arruinado, la antigua *polis*, ciudad y Estado a la vez, de la que sus antepasados habían sido en otro tiempo ciudadanos libres; para el esclavo prisionero de guerra, el tiempo de la libertad anterior al sometimiento y al cautiverio; para el pequeño campesino, la sociedad gentilicia y la comunidad de la tierra aniquiladas. Todo eso lo había derribado el puño de hierro nivelador del romano conquistador. El mayor grupo social al que había llegado la Antigüedad era la tribu y la federación de tribus emparentadas; entre los bárbaros, organizada en linajes; entre los griegos y los itálicos fundadores de ciudades, en la *polis*, que comprendía una o varias tribus emparentadas. Filipo y Alejandro dieron a la península helénica la unidad política, pero no por eso llegó a formarse una nación griega. Las naciones solo fueron posibles con la caída de la dominación universal romana. Esta puso fin de una vez para siempre a las pequeñas asociaciones; el poder militar, la jurisdicción romana y el aparato de recaudación de impuestos acabaron de disolver la organización interna tradicional. A la pérdida de la independencia y de la organización propia se sumó el saqueo violento por las autoridades militares y civiles, que primero quitaban sus tesoros a los sometidos y luego se los volvían a prestar a intereses de usura para que pudieran pagar nuevas exacciones. La presión fiscal y la necesidad de dinero que provocaba, en regiones de economía natural pura o predominante, arrojaban a los campesinos cada vez más hondo en la servidumbre por deudas de los usureros, creaban grandes diferencias de fortuna, enriquecían a los ricos y acababan de empobrecer a los pobres. Y toda resistencia de las pequeñas tribus o ciudades aisladas contra la gigantesca potencia mundial romana era inútil. ¿Dónde estaba entonces la salida, la salvación para los esclavizados, los oprimidos y los empobrecidos, una salida común a todos estos grupos humanos tan diversos, de intereses ajenos o incluso opuestos entre sí? Y, sin embargo, había que encontrarla, si un único gran movimiento revolucionario había de abarcarlos a todos.

Esta salida se encontró. Pero no en este mundo. Tal como estaban las cosas, solo podía ser una salida religiosa. Y entonces se abrió otro mundo. La pervivencia del alma después de la muerte del cuerpo se había convertido poco a poco, en todo el mundo romano, en artículo de fe reconocido. También se fue aceptando cada vez más una especie de premio y castigo del alma difunta por las acciones cometidas en la tierra. Con el premio, ciertamente, la cosa andaba bastante floja; la Antigüedad era demasiado espontáneamente materialista para no conceder a la vida terrenal un valor infinitamente mayor que a la del reino de las sombras; para los griegos, la vida después de la muerte era más bien una desgracia. Entonces llegó el cristianismo, se tomó en serio el premio y el castigo en el más allá, creó el cielo y el infierno, y se encontró la salida que llevaba a los trabajados y cargados de este valle de lágrimas terrenal al paraíso eterno. Y, en efecto, solo con la perspectiva de una recompensa en el más allá era posible elevar la renuncia al mundo y el ascetismo estoico-filonianos a principio ético fundamental de una nueva religión universal que arrastrara a las masas populares oprimidas.

Pero este paraíso celestial no se abre sin más a los creyentes con la muerte. Veremos que el reino de Dios, cuya capital es la nueva Jerusalén, solo se conquista y se abre tras violentas luchas con las potencias del infierno. Pero en la imaginación de los primeros cristianos esas luchas eran inminentes. Nuestro Juan califica su libro desde el principio de revelación de «las cosas que deben suceder *pronto*»; justo después, en el versículo 3, llama «bienaventurado el que lee y los que oyen las palabras de esta profecía, porque el *tiempo está cerca*»; a la comunidad de Filadelfia Cristo le hace escribir: «He aquí, yo vengo *pronto*». Y en el último capítulo dice el ángel que ha mostrado a Juan «las cosas que deben suceder *pronto*», y le ordena: «No selles las palabras de la profecía de este libro, porque el tiempo está *cerca*»; y el propio Cristo dice dos veces, en los versículos 12 y 20: «vengo *pronto*». La continuación nos mostrará cuán pronto se esperaba esa venida.

Las visiones apocalípticas que el autor nos presenta ahora están tomadas todas, y casi siempre al pie de la letra, de modelos anteriores. En parte de los profetas clásicos del Antiguo Testamento, sobre todo de Ezequiel, en parte de los apocalipsis judíos posteriores, escritos según el modelo del libro de Daniel, especialmente del libro de Henoc, que por entonces estaba ya escrito al menos en parte. La crítica ha demostrado con todo detalle de dónde tomó nuestro Juan cada imagen, cada presagio amenazador, cada plaga derramada sobre la humanidad incrédula, en resumen, todo el material de su libro; de modo que no solo hace gala de una pobreza de espíritu muy particular, sino que él mismo aporta la prueba de que sus supuestos éxtasis y visiones no los vivió, ni siquiera en la imaginación, tal como los describe.

El curso de estas apariciones es, en pocas palabras, el siguiente. Primero Juan ve a Dios en su trono, con un libro sellado con siete sellos en la mano, y ante él al Cordero degollado pero de nuevo vivo (Cristo), que es hallado digno de abrir los sellos. Al abrirlos se producen toda clase de prodigios amenazadores. Al quinto, Juan ve bajo el altar de Dios las almas de los mártires de Cristo que habían sido muertos por causa de la palabra de Dios, y clamaban a gran voz: «¿Hasta cuándo, Señor, no juzgas y vengas nuestra sangre en los que moran en la tierra?»; tras lo cual se les da una vestidura blanca y se les consuela diciéndoles que esperen todavía un poco de tiempo, pues aún han de ser muertos más mártires. Aquí, pues, no se habla todavía de la «religión del amor», del «amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen», etc.; aquí se predica abiertamente la venganza, una venganza sana y honrada contra los perseguidores de los cristianos. Y así en todo el libro. Cuanto más se acerca la crisis, cuanto más espesas caen del cielo las plagas y los castigos, con tanta mayor alegría anuncia nuestro Juan que la gran masa de los hombres sigue sin querer arrepentirse de sus pecados, que todavía tienen que caer sobre ellos nuevos azotes de Dios, que Cristo tiene que regirlos con vara de hierro y pisar el lagar del vino del furor y de la ira del Dios todopoderoso, pero que los impíos siguen obstinados en sus corazones. Es el sentimiento natural, libre de toda hipocresía, de estar en lucha, y de que *à la guerre comme à la guerre*, en la guerra como en la guerra. Al séptimo sello aparecen siete ángeles con trompetas; cada vez que uno toca la trompeta, se producen nuevos prodigios espantosos. Tras el séptimo toque de trompeta entran en escena siete nuevos ángeles con las siete copas de la ira de Dios, que se derraman sobre la tierra; otra vez nuevas plagas y castigos, en lo esencial casi siempre la penosa repetición de lo ya visto varias veces. Luego viene la mujer, Babilonia la gran ramera, sentada con vestido de escarlata sobre las aguas, ebria de la sangre de los santos y de los mártires de Jesús: es la gran ciudad de las siete colinas, que reina sobre todos los reyes de la tierra. Está sentada sobre una bestia de siete cabezas y diez cuernos. Las siete cabezas representan las siete colinas, pero también siete «reyes». De estos reyes, cinco han pasado, uno es, el séptimo ha de venir todavía, y después de él vuelve uno de los cinco primeros, que había sido herido de muerte pero ha sido curado. Este reinará sobre la tierra 42 meses, o 3½ años (la mitad de la semana de años de siete años), perseguirá a muerte a los creyentes y hará reinar la impiedad. Pero entonces se libra la gran batalla decisiva: los santos y los mártires son vengados con la destrucción de la gran ramera Babilonia y de todos sus partidarios, es decir, de la gran masa de los hombres; el diablo es arrojado al abismo y encerrado allí por mil años, durante los cuales Cristo reina con los mártires resucitados de entre los muertos. Pero al cabo de mil años el diablo queda suelto de nuevo, y hay una nueva gran batalla de espíritus en la que es vencido definitivamente. Sigue entonces la segunda resurrección, en la que despiertan también los demás muertos y comparecen ante el tribunal de Dios (no de Cristo, nótese bien), y los creyentes entran en un cielo nuevo, una tierra nueva y una nueva Jerusalén para la vida eterna.

Así como todo este aparato está construido exclusivamente con material judío precristiano, así también presenta casi únicamente ideas puramente judías. Desde que al pueblo de Israel empezó a irle mal en este mundo, desde el tributo a Asiria y Babilonia, desde la destrucción de los dos reinos de Israel y de Judá hasta el yugo de los seléucidas, es decir, desde Isaías hasta Daniel, en cada tribulación se profetiza un salvador. En Daniel 12,1-3 se encuentra incluso ya una profecía del descenso de Miguel, el ángel protector de los judíos, que los salvará de una gran tribulación; muchos muertos resucitarán, habrá una especie de juicio final, y los maestros que enseñan al pueblo la justicia brillarán como las estrellas por toda la eternidad. Cristiano es solo el fuerte acento puesto en la inminencia del reino de Cristo y en la gloria de los creyentes resucitados, especialmente de los mártires.

La interpretación de esta profecía, en la medida en que se refiere a acontecimientos de la época, se la debemos a la crítica alemana, sobre todo a Ewald, Lücke y Ferdinand Benary.[^30] Gracias a Renan se ha hecho accesible también a los círculos no teológicos. Que la gran ramera Babilonia significa Roma, la ciudad de las siete colinas, ya lo hemos visto. De la bestia sobre la que está sentada se dice en 17,9-11:

> «Las siete cabezas» (de la bestia) «son siete montes, sobre los cuales se sienta la mujer, y son siete reyes. Cinco han caído; uno es, y el otro aún no ha venido; y cuando venga, es necesario que dure breve tiempo. Y la bestia que era y no es, es también el octavo; y es de los siete, y va a la perdición».

Según esto, la bestia es la dominación universal romana, representada sucesivamente por siete emperadores, uno de los cuales fue herido de muerte y ya no reina, pero será curado y volverá para consumar como octavo el reino de la blasfemia y del desafío a Dios. Se le concede

> «hacer guerra contra los santos y vencerlos, y todos los que moran en la tierra, cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida del Cordero, adoran a la bestia; todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y siervos, tienen que llevar la marca de la bestia en la mano derecha o en la frente, y que ninguno pueda comprar ni vender, sino el que tenga la marca o el nombre de la bestia o el número de su nombre. Aquí hay sabiduría. El que tiene entendimiento, cuente el número de la bestia, pues es número de hombre; y su número es 666». (13,7-18.)

Constatemos simplemente que aquí se menciona el boicot como medida que la potencia mundial romana ha de aplicar contra los cristianos —por lo que es evidentemente un invento del diablo—, y pasemos a la cuestión de quién es este emperador romano que ya había reinado una vez, fue herido de muerte y apartado, pero vuelve como octavo de la serie y hará el papel del Anticristo.

Empezando por Augusto como el primero, tenemos: 2, Tiberio; 3, Calígula; 4, Claudio; 5, Nerón; 6, Galba. «Cinco han caído; uno es.» Así que Nerón ya ha caído, Galba es. Galba reinó del 9 de junio del 68 al 15 de enero del 69. Pero inmediatamente después de su subida al trono se sublevaron las legiones del Rin al mando de Vitelio, mientras en otras provincias otros generales preparaban levantamientos militares. En la propia Roma se amotinaron los pretorianos, mataron a Galba e hicieron emperador a Otón.

De aquí se deduce que nuestro Apocalipsis se escribió bajo Galba. Probablemente hacia el final de su reinado. O, a más tardar, durante los tres meses (hasta el 15 de abril del 69) del gobierno de Otón, «el séptimo». Pero ¿quién es el octavo, el que era y no es? Nos lo enseña el número 666.

Entre los semitas —caldeos y judíos— estaba entonces en boga un arte mágico basado en el doble valor de las letras. Desde unos trescientos años antes de nuestra era, las letras hebreas se empleaban también como cifras: a = 1, b = 2, g = 3, d = 4, etc. Los adivinos cabalistas sumaban los valores numéricos de las letras de un nombre y trataban de profetizar a partir de esa suma, por ejemplo formando palabras o combinaciones de palabras del mismo valor numérico que permitieran sacar conclusiones sobre el futuro del portador del nombre. Del mismo modo se expresaban en este lenguaje numérico palabras secretas, y cosas por el estilo. Este arte se llamaba con una palabra griega *gematria*, geometría; los caldeos que lo practicaban como oficio, y a los que Tácito llama *mathematici*, fueron expulsados de Roma bajo Claudio y de nuevo, más tarde, bajo Vitelio, probablemente por «grave desorden público».

Por medio precisamente de esta matemática nació también nuestro número 666. Tras él se esconde el nombre de uno de los cinco primeros emperadores romanos. Pero además del número 666, Ireneo, a finales del siglo II, conocía una variante, 616,[^31] que en todo caso había surgido en una época en que el enigma del número era todavía conocido de muchos. Si la solución que se proponga vale por igual para los dos números, la prueba estará hecha.

Esa solución la dio Ferdinand Benary, en Berlín. El nombre es Nerón. El número se basa en נרון קסר, *Neron Kesar*, la grafía hebrea, atestiguada por el Talmud y por inscripciones de Palmira, del griego *Nerōn Kaisar*, el emperador Nerón, que era la leyenda de las monedas de Nerón acuñadas en la mitad oriental del Imperio. En efecto: n (*nun*) = 50, r (*resh*) = 200, w (*vav*) por o = 6, n (*nun*) = 50, k (*qof*) = 100, s (*samej*) = 60 y r (*resh*) = 200; suma = 666. Pero si tomamos como base la grafía latina *Nero Caesar*, desaparece la segunda *nun* = 50, y tenemos 666 − 50 = 616, la variante de Ireneo.

En efecto, en tiempos de Galba todo el Imperio romano había caído en una súbita confusión. El propio Galba había marchado sobre Roma al frente de las legiones de Hispania y de la Galia para derribar a Nerón; este huyó y se hizo matar por un liberto. Pero contra Galba no solo conspiraban los pretorianos en Roma, sino también los comandantes en jefe de las provincias; por todas partes surgían nuevos pretendientes al trono que se preparaban para marchar con sus legiones sobre la capital. El Imperio parecía entregado a la guerra civil y su descomposición parecía inminente. Y para colmo se difundió el rumor, sobre todo en Oriente, de que Nerón no había muerto, sino que solo estaba herido, que había huido con los partos y que volvería con un ejército a través del Éufrates para abrir un nuevo y más sangriento reinado del terror. Acaya y Asia, en particular, estaban aterrorizadas por estas noticias. Y precisamente hacia la época en que debió de escribirse el Apocalipsis apareció un falso Nerón, que con un número bastante grande de seguidores se estableció cerca de Patmos y de Asia Menor, en la isla de Citnos, en el mar Egeo (la actual Thermia), hasta que fue muerto, todavía bajo Otón.[^32] ¿Qué tiene de extraño que entre los cristianos, contra los que Nerón había desencadenado la primera gran persecución, se extendiera la opinión de que volvería como Anticristo, y de que su retorno, y el intento más feroz de exterminar sangrientamente a la nueva secta que necesariamente iría unido a él, eran el presagio y el preludio del retorno de Cristo, de la gran lucha victoriosa contra las potencias del infierno, del reino de mil años que se establecería «pronto», cuya segura espera hacía a los mártires ir alegres a la muerte?

La literatura cristiana, y la influida por el cristianismo, de los dos primeros siglos muestra indicios de sobra de que el secreto del número 666 era entonces conocido de muchos. Ireneo, ciertamente, ya no lo conocía; pero él, como muchos otros hasta finales del siglo III, sabe todavía que por la bestia del Apocalipsis se entendía a Nerón, que había de volver. Luego se pierde también esta pista, y nuestro escrito cae en manos de la interpretación fantástica de los escrutadores ortodoxos del futuro; yo mismo, de niño, conocí todavía a gente mayor que, según el viejo Johann Albrecht Bengel,[^33] esperaba el fin del mundo y el juicio final para el año 1836. La profecía se ha cumplido, y en el año exacto. Solo que el juicio final no cayó sobre el mundo pecador, sino sobre los propios piadosos intérpretes del Apocalipsis. Pues ese mismo año de 1836 F. Benary dio la clave del número 666, y con ello puso un final espantoso a todos aquellos cálculos proféticos, a esa nueva *gematria*.

Del reino de los cielos reservado a los creyentes, nuestro Juan solo puede dar una descripción muy exterior. La nueva Jerusalén está, desde luego, concebida a lo grande para las ideas de la época: un cuadrado de 12.000 estadios = 2.227 kilómetros de lado, es decir, una superficie de unos cinco millones de kilómetros [cuadrados], más de la mitad de los Estados Unidos de América, y construida toda de oro y piedras preciosas. Allí habita Dios entre los suyos, los alumbra en lugar del sol, y ya no hay muerte, ni dolor, ni sufrimiento; un río de agua de vida atraviesa la ciudad, y en sus orillas crecen árboles de la vida con doce clases de frutos, que maduran de nuevo cada mes; y las hojas «son para la sanidad de las naciones»[^34] (como opina Renan, una especie de tisana medicinal, *L'Antéchrist*, p. 542). Aquí viven los santos para siempre.

Así era el cristianismo en Asia Menor, su sede principal, hacia el año 68, en la medida en que lo conocemos. Ni rastro de Trinidad; en cambio, el viejo Jehová uno e indivisible del judaísmo tardío, cuando de dios nacional judío se ha elevado a dios supremo y único del cielo y de la tierra, cuando reclama el dominio sobre todos los pueblos, promete la gracia a los convertidos y aplasta sin piedad a los rebeldes, fiel al antiguo *parcere subjectis ac debellare superbos*, perdonar a los sometidos y abatir a los soberbios.[^35] Por consiguiente, también es este Dios en persona quien juzga el día del juicio final, y no, como en las descripciones posteriores de los evangelios y las epístolas, Cristo. De acuerdo con la doctrina persa de la emanación, familiar al judaísmo tardío, Cristo, el Cordero, ha emanado de él desde la eternidad, e igualmente, pero ya en un rango inferior, los «siete espíritus de Dios», que deben su existencia a un malentendido de un pasaje poético (Isaías 11,2). Ninguno de ellos es Dios ni igual a Dios, sino que le están sometidos. El Cordero se ofrece a sí mismo como sacrificio expiatorio por los pecados del mundo y recibe por ello en el cielo una expresa elevación de rango; pues esta muerte sacrificial voluntaria se le cuenta en todo el libro como una hazaña extraordinaria, no como algo que se desprenda necesariamente de su esencia más íntima. Se comprende que no falte toda la corte celestial de ancianos, querubines, ángeles y santos. El monoteísmo, para convertirse en religión, ha tenido que hacer desde siempre concesiones al politeísmo, desde el Zend-Avesta.[^36] Entre los judíos, la caída en la idolatría de los dioses paganos sensibles se prolonga de forma crónica hasta que, después del exilio, la corte celestial a la manera persa adapta un poco más la religión a la fantasía popular. E incluso el cristianismo, después de haber puesto en el lugar del rígido dios judío, eternamente igual a sí mismo, el misterioso Dios trino, diferenciado en sí mismo, solo pudo desplazar entre las masas populares el culto de los viejos dioses mediante el culto de los santos; así, según Fallmerayer, el culto de Júpiter en el Peloponeso, en Maina y en Arcadia, no se extinguió hasta hacia el siglo IX (*Geschichte der Halbinsel Morea*, I, p. 227).[^37] Solo el periodo burgués moderno y su protestantismo vuelven a eliminar a los santos y se toman por fin en serio el monoteísmo diferenciado.

Tampoco conoce nuestro escrito la doctrina del pecado original ni la de la justificación por la fe. La fe de estas primeras comunidades, llenas de ardor combativo, es de una clase muy distinta de la de la Iglesia posterior, victoriosa: además del sacrificio expiatorio del Cordero, su contenido esencial es el próximo retorno de Cristo y el reino de mil años que empezará pronto, y aquello en lo que únicamente se acredita es la propaganda activa, la lucha incesante contra el enemigo de fuera y de dentro, la confesión orgullosa y gozosa del punto de vista revolucionario ante los jueces paganos, la muerte de mártir segura de la victoria.

Hemos visto que el autor no sabe todavía en absoluto que es otra cosa que un judío. En consecuencia, no se habla en ninguna parte del libro del bautismo, y en efecto muchas cosas indican que el bautismo es una institución del segundo periodo cristiano. Los 144.000 judíos creyentes son «sellados», no bautizados. De los santos del cielo y de los creyentes de la tierra se dice que han lavado sus pecados, que han lavado y emblanquecido sus vestiduras en la sangre del Cordero; del agua bautismal no se habla. Tampoco los dos profetas que preceden en el capítulo 11 a la aparición del Anticristo bautizan, y según 19,10 el testimonio de Jesús no es el bautismo, sino el espíritu de la profecía. En todas estas ocasiones era natural mencionar el bautismo, si ya estaba en vigor entonces; podemos, pues, concluir con certeza casi absoluta que nuestro autor no lo conocía, que solo apareció cuando los cristianos se separaron definitivamente de los judíos.

Tampoco sabe nada el autor del segundo sacramento posterior, la eucaristía. Si en el texto de Lutero Cristo promete a todo tiatireno que persevere en la fe que entrará en su casa y celebrará con él la santa cena, eso da una falsa apariencia.[^38] En griego dice *deipnēsō*, cenaré (con él), y la Biblia inglesa lo traduce con toda exactitud: *I shall sup with him*. De la eucaristía como mera cena conmemorativa no se habla aquí en absoluto.

Que nuestro libro, con su fecha, 68 o 69, tan singularmente acreditada, es el más antiguo de toda la literatura cristiana, no puede ofrecer duda. Ningún otro está escrito en una lengua tan bárbara, plagada de hebraísmos, de construcciones imposibles y de faltas gramaticales. Así, en el capítulo 1,4 dice literalmente:

> «Gracia sea con vosotros y paz de el que es y el que era y el que viene».[^39]

Que los evangelios y los Hechos de los Apóstoles son reelaboraciones tardías de escritos hoy perdidos, cuyo débil núcleo histórico ya no puede reconocerse bajo la maleza legendaria; que incluso las pocas epístolas apostólicas supuestamente «auténticas» son, según Bruno Bauer, o bien escritos posteriores o, en el mejor de los casos, refundiciones de obras más antiguas de autores desconocidos, alteradas con añadidos e interpolaciones,[^40] es algo que ya solo niegan los teólogos de profesión u otros historiadores interesados. Tanto más importante es que tengamos aquí un libro cuya fecha de redacción está fijada casi con precisión de un mes, un libro que nos muestra el cristianismo en su forma menos desarrollada, en la forma que guarda con la religión de Estado del siglo IV, completamente elaborada en dogmática y mitología, más o menos la misma relación que la mitología todavía vacilante de los germanos de Tácito con la doctrina de los dioses de la *Edda*,[^41] formada bajo la influencia de elementos cristianos y antiguos. El germen de la religión universal está ahí, pero ese germen encierra todavía, indistintamente, las mil posibilidades de desarrollo que se realizaron en las innumerables sectas posteriores. Y precisamente por eso este fragmento, el más antiguo del proceso de formación del cristianismo, es para nosotros especialmente valioso: porque nos da en toda su pureza lo que el judaísmo —bajo una fuerte influencia alejandrina— aportó al cristianismo. Todo lo posterior es añadido occidental, grecorromano. Solo a través de la mediación de la religión monoteísta judía podía el monoteísmo culto de la filosofía vulgar griega tardía adquirir la forma religiosa en la que únicamente podía prender en las masas. Pero, una vez hallada esa mediación, solo podía convertirse en religión universal en el mundo grecorromano y mediante su desarrollo ulterior en el material de pensamiento conquistado por ese mundo y su fusión con él.

[^1]: Tácito (*Anales*, XV, 44) dice que los cristianos fueron condenados en Roma bajo Nerón por su «odio al género humano». «Enemigos del Imperio» (*Reichsfeinde*) era el epíteto que Bismarck aplicaba a los socialdemócratas, sometidos en Alemania de 1878 a 1890 a la ley de excepción contra los socialistas.

[^2]: Anton Menger (1841-1906), jurista austriaco, profesor en Viena, autor de *Das Recht auf den vollen Arbeitsertrag in geschichtlicher Darstellung* (El derecho al producto íntegro del trabajo, expuesto históricamente, 1886). Engels y Kautsky lo criticaron en *El socialismo de los juristas* (1887).

[^3]: (Nota de Engels.) Un contraste peculiar con esto lo forman los levantamientos religiosos del mundo mahometano, sobre todo en África. El islam es una religión hecha a la medida de los orientales, en especial de los árabes; es decir, por una parte, de los habitantes de las ciudades, dedicados al comercio y a la industria, y por otra, de los beduinos nómadas. Pero ahí está el germen de una colisión que se repite periódicamente. Los habitantes de las ciudades se enriquecen, se dan al lujo, se relajan en la observancia de la «ley». Los beduinos, pobres y, por pobres, de costumbres severas, miran con envidia y codicia esas riquezas y esos placeres. Entonces se unen bajo un profeta, un mahdi, para castigar a los apóstatas, restablecer el respeto a la ley ceremonial y a la verdadera fe y, como recompensa, apoderarse de los tesoros de los renegados. Al cabo de cien años se encuentran, naturalmente, exactamente donde estaban aquellos renegados: hace falta una nueva purificación de la fe, surge un nuevo mahdi y el juego vuelve a empezar. Así ha sucedido desde las expediciones de conquista de los almorávides y almohades africanos en España hasta el último mahdi de Jartum, que tan eficazmente resistió a los ingleses. Así, o de modo parecido, ocurrió con los levantamientos en Persia y en otros países mahometanos. Todos ellos son movimientos con ropaje religioso, nacidos de causas económicas; pero, aun cuando vencen, dejan intactas las viejas condiciones económicas. Todo sigue, pues, como antes, y la colisión se hace periódica. En los levantamientos populares del Occidente cristiano, en cambio, el ropaje religioso solo sirve de bandera y de máscara para atacar un orden económico que envejece; este acaba siendo derribado, surge otro nuevo, el mundo avanza.

[^4]: Los taboritas, llamados así por la ciudad de Tábor, en Bohemia, fundada en 1420, eran el ala radical, campesina y plebeya, del movimiento husita; en sus comienzos practicaron la comunidad de bienes. Jan Žižka (hacia 1360-1424) fue su jefe militar en las guerras husitas.

[^5]: La guerra campesina alemana de 1524-1525, a la que Engels había dedicado *La guerra campesina en Alemania* (1850).

[^6]: Wilhelm Weitling (1808-1871), oficial sastre, teórico del comunismo de los artesanos alemanes, que en *El evangelio de un pobre pecador* (1845) presentaba a Jesús como precursor del comunismo; estuvo preso en Zúrich en 1843-1844. Entre los franceses, Étienne Cabet (1788-1856), autor del *Viaje a Icaria*, publicó en 1846 *El verdadero cristianismo según Jesucristo*.

[^7]: Ernest Renan (1823-1892), filólogo e historiador francés, autor de una *Histoire des origines du christianisme* en siete tomos (1863-1883), que empieza con la *Vida de Jesús* e incluye *Saint Paul* (1869) y *L'Antéchrist* (1873).

[^8]: En los capítulos 8 y 9 de la segunda epístola a los Corintios, Pablo insiste en la colecta para los pobres de la comunidad de Jerusalén.

[^9]: En la época de la Comuna de París la prensa burguesa atribuyó a la Internacional fondos fabulosos, de millones, con los que habría financiado huelgas e insurrecciones.

[^10]: Luciano de Samosata (hacia 120-después de 180), escritor satírico griego. Engels resume y cita su opúsculo *Sobre la muerte de Peregrino*, cínico que, tras haber pasado por la comunidad cristiana, se quemó públicamente en Olimpia en el año 165.

[^11]: Karl Albrecht (1788-1844), predicador místico alemán que difundió en Suiza un comunismo de tono profético entre los artesanos alemanes emigrados.

[^12]: Georg Kuhlmann, natural de Holstein, predicador de un comunismo místico entre los artesanos alemanes de Suiza en la década de 1840; *La ideología alemana* de Marx y Engels le dedicó un capítulo satírico. August Becker (1814-1871), periodista, discípulo de Weitling, que tras 1848 emigró a los Estados Unidos.

[^13]: Félicité de Lamennais (1782-1854), sacerdote francés, autor de *Palabras de un creyente* (1834), escrito en un estilo bíblico y profético y precursor del socialismo cristiano.

[^14]: La escuela de teología protestante fundada en Tubinga por Ferdinand Christian Baur (1792-1860), que estudió el Nuevo Testamento como producto de los conflictos entre judeocristianos y paulinos; solo daba por auténticas las epístolas a los Romanos, a los Gálatas y las dos a los Corintios.

[^15]: David Friedrich Strauss (1808-1874), discípulo de Baur y de Hegel, autor de *La vida de Jesús* (1835-1836), que interpretaba los relatos evangélicos como mitos.

[^16]: Bruno Bauer (1809-1882), filósofo de la izquierda hegeliana, autor de la *Crítica de la historia evangélica de los sinópticos* (1841-1842), de una crítica de las epístolas de Pablo (1850-1852) y de *Cristo y los Césares* (1877). Engels le había dedicado en 1882 el artículo «Bruno Bauer y el cristianismo primitivo».

[^17]: Filón de Alejandría (hacia 20 a. n. e.-hacia 50 n. e.), filósofo judío de lengua griega, que interpretó alegóricamente las Escrituras a la luz de la filosofía platónica y estoica y desarrolló la doctrina del *logos* como mediador entre Dios y el mundo.

[^18]: Lucio Anneo Séneca (hacia 4 a. n. e.-65 n. e.), filósofo estoico, preceptor y ministro de Nerón; una correspondencia apócrifa con el apóstol Pablo circuló desde la Antigüedad tardía.

[^19]: Así en el original. Según el cálculo que Engels expone en el capítulo III (Galba reinó de junio del 68 a enero del 69, y Otón hasta abril del 69), debería decir junio del 68 y enero o abril del 69.

[^20]: Engels sigue la datación de la crítica de su tiempo (Ewald, Renan), que identificaba al sexto rey del capítulo 17 con Galba y fechaba el libro en 68-69. Hoy la mayoría de los especialistas sitúa su redacción final bajo Domiciano, hacia el año 95, como ya decía Ireneo, aunque la fecha temprana sigue teniendo defensores.

[^21]: Comodiano, poeta cristiano latino, probablemente del siglo III, autor del *Carmen apologeticum*, de contenido apocalíptico.

[^22]: Los papiros griegos de Leiden, procedentes de Tebas, en Egipto, y del siglo III, contienen recetas de alquimia y de magia.

[^23]: Tácito, *Anales*, XII, 52 (bajo Claudio, en el año 52), e *Historias*, II, 62 (bajo Vitelio, en el 69).

[^24]: Antíoco IV Epífanes, rey seléucida de Siria (175-164 a. n. e.), cuya persecución del culto judío provocó la sublevación de los Macabeos.

[^25]: El concilio de Nicea (325), convocado por el emperador Constantino, fijó el dogma de la consustancialidad del Hijo con el Padre.

[^26]: Las citas bíblicas se traducen del alemán de Engels, que sigue por lo general, a veces de memoria, la versión de Lutero; cuando su texto coincide con el de la Reina-Valera (revisión de 1909), seguimos la redacción de esta. Aquí, Apocalipsis 1,4 y 3,1; la cita siguiente es de Apocalipsis 3,14.

[^27]: Los discípulos de Saint-Simon, sobre todo Prosper Enfantin, predicaron a comienzos de la década de 1830 la «rehabilitación de la carne» frente al ascetismo cristiano, idea que entusiasmó a Heine y a la Joven Alemania. La imagen de Alemania como «piadoso cuarto de los niños» es de Heine.

[^28]: Charles Fourier (1772-1837), socialista utópico francés, que en su teoría de las pasiones preveía en la sociedad futura una completa libertad de las relaciones amorosas.

[^29]: «Blancos pobres»: la población blanca sin esclavos ni tierras de los estados esclavistas del sur de los Estados Unidos.

[^30]: Heinrich Ewald (1803-1875), orientalista y teólogo de Gotinga; Friedrich Lücke (1791-1855), teólogo, autor de una introducción al Apocalipsis (1832); Ferdinand Benary (1805-1880), orientalista berlinés, que en 1836 propuso la solución del número 666 por *Neron Kesar*.

[^31]: Ireneo de Lyon, *Contra las herejías*, V, 30, que menciona la lectura 616 de algunos manuscritos y la rechaza.

[^32]: Tácito, *Historias*, II, 8-9.

[^33]: Johann Albrecht Bengel (1687-1752), teólogo pietista de Wurtemberg, que en su comentario al Apocalipsis calculó para 1836 el comienzo del reino de mil años.

[^34]: Apocalipsis 22,2.

[^35]: Virgilio, *Eneida*, VI, 853.

[^36]: El Avesta (llamado entonces Zend-Avesta), colección de los textos sagrados del zoroastrismo, la antigua religión persa.

[^37]: Jakob Philipp Fallmerayer (1790-1861), historiador y orientalista tirolés, autor de una *Historia de la península de Morea en la Edad Media* (1830-1836).

[^38]: Lutero traduce Apocalipsis 3,20: «entraré a él y celebraré con él la santa cena (*Abendmahl*)»; la Reina-Valera, «entraré a él y cenaré con él». Engels se confunde de destinatario: la promesa no figura en la carta a Tiatira, sino en la dirigida a Laodicea.

[^39]: El griego dice *apo ho ōn kai ho ēn kai ho erchomenos*: la preposición rige aquí un nominativo y el artículo se une a un verbo en forma personal. Engels reproduce la incorrección en alemán; la imitamos con «de el».

[^40]: En la traducción francesa autorizada, publicada en *Le Devenir social* en 1895, el pasaje dice que las tres o cuatro epístolas apostólicas que la escuela de Tubinga todavía tenía por auténticas no son más que escritos de una época posterior, como demostró Bruno Bauer en su minucioso análisis.

[^41]: Tácito describió la religión de los germanos en su *Germania* (98 n. e.); la *Edda* reúne los poemas y relatos mitológicos escandinavos fijados por escrito en Islandia en el siglo XIII.
